martes, octubre 15

Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil



Queridos amigos, acabo de enterarme de que he ganado el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por La isla de Bowen.
¡Bien!

viernes, octubre 11

Gravedad



            Amo el cine casi tanto como amo la literatura. De hecho, como escritor suelo utilizar técnicas de narrativa cinematográfica en mis textos. No soy el único que lo hace; la literatura del siglo XX está influida por el cine, igual que el cine estuvo influido por la literatura desde su nacimiento. Son artes primas hermanas.

            Como lector, ha habido grandes hitos en mi vida, libros que me han maravillado, que me han cambiado aunque sólo sea un poquito. De entre todos ellos destaca, con gran diferencia uno que leí cuando tenía 17 o 18 años; en realidad dos: Ficciones y El aleph, de Jorge Luis Borges. Nunca había leído nada igual; fue una especie de epifanía, como cruzar una puerta que te conducía a un universo paralelo. En realidad, leer los relatos de Borges supuso una experiencia que trascendió lo literario y me llevó a... no sé, lo metafísico, lo numinoso, o quizá más bien lo lisérgico. ¿Podemos llamarlo experiencia iniciática? Pues como escribo yo y el blog es mío, podemos. Fue como tomarse un tripi.

            El equivalente cinematográfico de esto ocurrió cuando, teniendo yo 16 años, fui con mi padre a ver 2001: Una odisea del espacio. Levité sobre el asiento. Vamos a ver, yo era un pirado de la ciencia ficción y, de repente, veía de forma absolutamente verosímil lo que tantas veces había leído. Es decir: nunca había visto nada igual; aquello era un experiencia totalmente nueva. Tened en cuenta que, hasta entonces, los efectos especiales más elaborados habían sido los de, no sé, Planeta prohibido quizá. Y son de barraca de feria, podéis comprobarlo en YouTube. Pues bien, de repente te encuentras con unos efectos totalmente realistas y te quedas con la boca abierta. De hecho, pese a los 44 años que han transcurrido desde su estreno, y pese a estar realizados con la clásica técnica analógica del caché/contracaché, los efectos de 2001 siguen siendo asombrosamente eficaces.

            Pero no solo era la perfección técnica de la película, sino también los temas que trataba -clásicos de la cf: el primer contacto, la exploración espacial, la inteligencia artificial-, la majestuosa dirección, la música, las coreografías en gravedad cero... En fin, no voy a enrollarme. 2001 era, y es, sobre todo un grandísimo espectáculo, con sus rutilantes 70 mm proyectados en una pantalla gigantesca. Fue una experiencia del todo nueva, una experiencia que trascendía lo narrativo para adentrarse en lo puramente sensorial. Eso sí que era como tomarse un tripi. De hecho, así se anunció la película: 2001 a space odyssey. It's a trip.

            Más  tarde vi en el cine otros grandes espectáculos visuales basados en efectos especiales: Star Wars, Encuentros en la tercera fase, Matrix, El señor de los anillos, la más bien tonta Avatar... Pero, con independencia de lo mucho o poco que me gustaran esas películas, ninguna supuso la experiencia alucinada que fue para mí 2001. La verdad es que, saturado como estoy por la sobreabundancia de efectos especiales cada vez más perfectos, pensaba que ya nada podría sorprenderme. Me equivocaba, porque lo importante no es la perfección técnica de los efectos, sino el uso que se haga de ellos.

            El pasado domingo tuve el gozoso privilegio de volver a zambullirme en la misma epifanía que sentí cuando presencié 2001. Vi algo que jamás había visto, una experiencia sensorial y lisérgica totalmente nueva. Vi Gravity, de Alfonso Cuarón. Y me quedé con la boca abierta.

            Tanto 2001 como Gravity están ambientadas en el espacio, pero no pueden ser más distintas. 2001 es una historia grandiosa que abarca millones de años y afecta a toda la humanidad, mientras que Gravity es una historia pequeña que sólo atañe a un par de personas. Por otro lado, cabría preguntarse si mi afición a la ciencia ficción no influye en lo mucho que me gustan ambos films. Y la respuesta es sí, claro que influye. Pero hay algo más. Desde siempre, el firmamento nos ha fascinado; tanto, que hemos situado allí la morada de los dioses. Y también ha formado siempre parte de la poesía; ¿cuántos poetas han hablado del Sol la Luna y las estrellas? El firmamento, el espacio exterior, es poesía cósmica. La música de las esferas. 2001 trasmite esa poesía, una poesía fría y grandiosa que me recuerda a los versos de Borges. Gravity también emana poesía, pero una poesía íntima y cálida; aunque en el fondo, ambos films son epopeyas.

            La historia de Gravity es muy sencilla: Durante un paseo espacial rutinario, dos astronautas, la doctora Stone y el veterano Kowalsky, -interpretados por Sandra Bullock y George Clooney- sufren una accidente causado por el impacto de los restos de un satélite contra el transbordador espacial en el que viajaban. Ambos se quedan flotando en el espacio y su única posibilidad de volver a la Tierra es llegar a la lejana estación espacial china, que cuenta con una cápsula de reentrada.

            Todo el metraje del film simula la gravedad cero (de ahí el título), y la mayor parte del tiempo los personajes están enfundados en trajes espaciales. De hecho, la película comienza con un plano secuencia de 17 minutos (¡) que muestra el paseo espacial de tres astronautas y el accidente.

            Los efectos especiales son (casi) perfectos. Eso significa que lo que vemos parece totalmente real. Por otro lado, la cámara se mueve en gravedad cero, vuela. Si os paráis a pensarlo, todas las películas son bidimensionales, porque la cámara está, o se desplaza, en un plano de dos dimensiones (el suelo). También hay movimientos de grúa que añaden la tercera dimensión, es cierto, pero sólo ocasionalmente. En Gravity, la cámara siempre se mueve majestuosamente en un espacio de tres dimensiones donde no existe el arriba y el abajo.

            Por otro lado, a la fascinante belleza de las imágenes se une la no menos fascinante coreografía de la gravedad cero, donde cada acción lleva consigo una reacción. Si empujas algo hacia delante, te verás proyectado hacia atrás con la misma fuerza. Eso ocurre con todos los objetos y personajes que aparecen en pantalla, componiendo un hipnótico ballet espacial coreografiado por Newton.

            Pero nada de eso pasaría de ser un ejercicio de estilo si Cuarón hubiese descuidado los aspectos narrativos y dramáticos de la historia, cosa que no sucede. Por el contrario, el espectador empatiza con la doctora Stone –el trabajo de Sandra Bullock es espléndido-, sufre con ella, lucha con ella, se mete por completo en su piel. Reconozco que en más de un momento me vi a mí mismo aferrado a los brazos de mi butaca por la tensión y el suspense. Hay muchas secuencias maravillosas en esta maravillosa película, pero dos se me han quedado especialmente grabadas. Una, cuando la doctora Stone llega a una estación espacial y, ya en su interior, se quita el traje y se queda flotando en posición fetal. Es como un parto (ella ha vuelto a nacer), pero también, creo, un pequeño tributo a 2001. La segunda secuencia es un primer plano de la doctora Stone llorando, una de las imágenes más poéticas que he visto en mi vida. No explicaré por qué para evitar spoilers.

            Hay un tema controvertido: las 3D. Hasta ahora, se me antojaba una chorrada que lo único que valía es para restar luminosidad a la proyección. En ninguna de las películas que he visto en ese formato –incluida la tan cacareada Avatar- me ha parecido que las 3D aportasen nada. Así que, después de tres experiencias negativas, dejé de ver películas con las gafitas de marras.

            Pero leí varias críticas donde se decía que en este caso las 3D eran imprescindibles, de modo que volví a ponerme las gafas polarizadas. Afortunadamente. Es la primera película que he visto donde las 3D contribuyen significativamente a la experiencia cinematográfica. Entre otras cosas porque, como he dicho antes, en este film la cámara se mueve en tres dimensiones. Sea como fuere, las extraordinarias 3D de Gravity contribuyen a que te metas más en la historia, a que la sensación casi física de estar allí, flotando en el espacio, sea abrumadora.

            ¿Es  Gravity un film de ciencia ficción? Pues la verdad es que no; toda la tecnología que aparece en pantalla se corresponde con la actual. Aunque, por otro lado, hay una estación espacial china, y los chinos tienen previsto situar en órbita su estación para el año 2023. Así que la película transcurriría al menos diez años en el futuro. Pero da igual; si te gusta la ciencia ficción, el film de Cuarón te encantará. Y si no te gusta, también.

            En fin, amigos míos; en la anterior entrada os recomendaba un libro un poco friki. En ésta os recomiendo una gran película para todo el mundo. Id a verla, en las puñeteras 3D, porque vale la pena. Es espectacular, es poética, es emocionante, es grandiosa e intimista a la vez, es algo que nunca antes habéis visto, una experiencia sensorial totalmente nueva.

            ¿Qué demonios hacéis ahí sentados leyendo esto? ¡Corred a ver Gravity! ¿Acaso no ha quedado claro que es una pequeña –o grande, no sé- obra maestra?
 
 

miércoles, octubre 2

Los buenos libros malos: Tríptico de Asclepia



            Una de las escasas utilidades de Babel es compartir con los conspicuos merodeadores algo que me haya gustado, y es lo que voy a hacer ahora. Pero antes, una confesión: de cuando en cuando el cuerpo me pide leer “basura inteligente”. Al decir “basura” me refiero a novelas que cuentan historias disparatadas, escasamente (o nada) vinculadas con la realidad y sin ninguna pretensión metafórica, novelas cuyo único objetivo es entretener al lector.

            ¿Por qué “basura”? En realidad, estoy empleando el término que usaría, y usa, la crítica literaria culta para referirse a esa clase de libros. Son basura porque cuentan historias absurdas, porque están escritos con prosa, en el mejor de los casos, meramente funcional y porque son productos comerciales sin ambiciones artísticas. El alcance de este criterio dependerá de lo pequeño o grande que sea el filtro que emplees.

            En lo que a mí respecta, dentro del saco de la basura literaria entran muchísimos autores, como Dan Brown, Stephanie Meyer, Clive Cussler o E. L. James, por citar sólo algunos nombres conocidos. No los leo, porque son malos y me aburren. De hecho, la mayor parte de las novelas que se consideran meros productos de entretenimiento, lo único que consiguen es sumirme en el tedio. Eso es, para mí, basura a secas.

            Y ahí es donde entra el adjetivo “inteligente”. Novelas con tramas disparatadas, sin pretensiones de ningún tipo, cuyo único objetivo es entretener, pero... pero narradas con talento, imaginación, cuidado por el detalle y respeto a la inteligencia del lector. ¿Eso es basura? No lo sé, quizá desde cierto punto de vista lo sea; pero, en cualquier caso, basura honesta e inteligente. ¿Ejemplos? El padrino, de Mario Puzzo, La trilogía Milenium de Stieg Larssen, Las Fundaciones de Asimov, Los asesinatos de Manhattan de Preston & Child o La isla de las tormentas, de Ken Follett. Basura inteligente.

            O lo que Chesterton definía como el placer inconfesable de los “buenos libros malos”. Por ejemplo, el Tríptico de Asclepia, de Ian Tregillis, compuesto por las novelas Semillas amargas, La guerra más fría y Un mal necesario (Random 2013).

            Vi Semillas amargas, el primer tomo de la trilogía, en una librería. Parecía literatura juvenil, pero no lo era. El texto de contraportada rezaba: “En los albores de la Segunda Guerra Mundial las fuerzas nazis cuentan con superhombres y las británicas con demonios de la naturaleza. Pronto, un hombre normal y corriente se verá atrapado entre los dos bandos”. ¿Por qué compré un libro así? No sabía nada de él ni de su autor, pero tuve una premonición: con una trama tan disparatada, o aquello era una mierda infumable o era un bocado exquisito. Las probabilidades estaban 99 a 1 a favor de la primera opción, pero el libro era barato, así que, qué narices, lo compré. Como no quería que se quedara haciendo bulto en mi pila de pendientes de lectura, lo comencé a la primera de cambio, convencido de que lo iba a mandar a la mierda a las 20 páginas.

            Pero, mira tú qué cosas, me enganchó. Mucho. Y me sorprendió. Intentaré explicar por qué.

            Veamos el argumento: En 1939, Raybould Marsh, un agente secreto británico, se dirige a Tarragona, en plena Guerra Civil, donde un técnico cinematográfico alemán va a pasarle una información de vital importancia sobre el régimen nazi. El técnico muere, misteriosamente abrasado, pero Marsh logra recuperar parte de esa información: un chamuscado rollo de película donde pueden verse superhombres en acción. Porque un científico loco alemán, el Doktor Von Westarp, se dedicó a comprar huérfanos en los años 20 y a someterlos a atroces operaciones quirúrgicas en las que la mayor parte de los niños morían. Pero a los que sobrevivían les conectaba una batería al cerebro y se convertían en superhombres. Cada uno con su especialidad.

            Uno podía volar, otro hacerse invisible, otro atravesar paredes, otro lanzar llamas como la Antorcha Humana, una joven que ve el futuro, un telequinético capaz de aplastar un rascacielos con un simple acto de voluntad, unas gemelas telépatas... ¿Quién creéis que es el superhombre más poderoso? Si habéis respondido que la chica que ve el futuro, premio, porque los demás poderes son propios de superhombres, pero el suyo corresponde a una semidiosa. De hecho, ella, Gretel, es el titiritero en la sombra que maneja los hilos de la trama.

            Volvamos a la historia. Hitler llega al poder y anexiona los  superhombres de Von Westarp a su ejército, creando el Götterelektrongruppe, una fuerza de ataque con poderes sobrehumanos. Y comienza la Segunda Guerra Mundial, con los ejércitos alemanes invadiendo alegremente toda Europa gracias al poder de los superhombres nazis.

            Toda Europa, salvo Inglaterra, que se defiende como puede. El MI6 (la agencia de inteligencia exterior inglesa) ha creado una sección llamada Asclepia, cuyo objetivo es combatir a los superhombres. Para ello, localizan y reclutan a un reducido grupo de brujos, cuyo único poder es hablar enoquiano, el lenguaje primigenio, lo que les permite entrar en contacto con los eidolones, unos seres sobrenaturales que habitan en los intersticios de la realidad, y que son capaces de manipular el espacio, el tiempo y los elementos naturales.

            Gracias a los pactos con los eidolones, Asclepia modifica el clima, creando una ola de mal tiempo que impide durante meses la invasión alemana de Inglaterra. Pero hay dos problemas: Los eidolones exigen precios de sangre, y esos seres odian a la humanidad. En cualquier caso, el bloqueo climático de la isla hace que los norteamericanos no intervengan en la guerra, y da tiempo a los rusos para avanzar hacia Berlín y derrotar al Reich.

 
            La segunda novela, La guerra más fría, transcurre a comienzos de la década de los sesenta. La Unión Soviética, triunfadora de la guerra, domina toda Europa, salvo las Islas Británicas. Además, los rusos se apropiaron de la tecnología de Von Westarp y se han dedicado a fabricar perfeccionados superhombres soviéticos. La guerra fría está a punto de calentarse. Ahora bien, la ciencia de Von Westarp es evidentemente perversa (y muy nazi); pero la “magia” inglesa de Asclepia es igual de perversa, o más. Y el libro termina con un cataclismo.

            La tercera novela, Un mal necesario, es un viaje en el tiempo que nos devuelve al escenario del primer título: la Segunda Guerra Mundial, donde todo es igual y a la vez diferente. Y no cuento más para no caer en spoilers.

            ¿Una historia disparatada? Desde luego, y además escrita con una prosa meramente funcional. Sin embargo, la trilogía te coge por las solapas, te engancha y no te suelta hasta el punto final. Es francamente divertida, y voy a intentar explicar por qué.

 
            1. El Tríptico de Asclepia es una historia de ciencia ficción. Incluso la magia que aparece es limitada y está perfectamente reglamentada, lo que impide sacar conejos de la chistera y nos libra del típico deus ex machina.

            Vamos a ver, ¿podemos suspender la incredulidad y aceptar que existen superhombres nazis, brujos y poderosos eidolones? Pues aceptando eso, la historia se desarrolla con absoluta coherencia, lógica y seriedad. Pese a lo friki del tema, es un texto muy adulto.

            2. Aunque son tres novelas, se trata de una misma historia continuada –dividida, eso sí, en tres partes bien diferenciadas- que tiene un principio (o dos) y un final (o dos). La trama es compleja, y mucho más cuando entra en escena el viaje en el tiempo; pero se sigue con facilidad. Porque el texto está muy, pero que muy bien narrado, tanto en las escenas intimistas como en las de acción, con un ritmo medido que no decae en ningún momento, y un excelente manejo del misterio y el suspense.

            3. El texto está muy bien documentado y ambientado. Los españoles podemos comprobarlo en los primeros capítulos, que transcurren en la Guerra Civil, pero esa meticulosidad se detecta en decenas de detalles (aquí fue donde descubrí lo de las emisoras de números). De hecho, aunque Tregillis es norteamericano, las novelas parecen escritas por un inglés.

            4. En general, uno de los principales defectos de esta clase de textos es el insuficiente diseño de los personajes, que suelen ser planos y arquetípicos. No es el caso. Por el contrario, una de las principales bazas del Tríptico son los personajes. Se trata de seres humanos auténticos, con sus virtudes, sus defectos, sus debilidades y sus contradicciones.

            Pongamos el caso de Marsh, el protagonista; un hombre honesto, pero terco, a veces colérico y siempre rígido. Un tipo,  de hecho, más bien antipático. Y sin embargo, el lector empatiza con él. O un caso más extremo: Tregillis logra que el lector sienta piedad y simpatía por un asesino nazi, algo nada fácil de conseguir.

            De entre los demás personajes destacan Will Beauclerk, aristócrata inglés y brujo enoquiano, simpático, un tanto tarambana, pero también un hombre torturado por los remordimientos. Y Gretel, por supuesto, la supermujer capaz de ver, no solo el futuro, sino las diferentes líneas de futuro posibles; una auténtica hija de puta, pero no por ser nazi, sino por ser totalmente ajena a la humanidad. O Klaus, su hermano, un pobre tipo sometido a los oscuros tejemanejes de Gretel. O Reinhardt, la salamandra humana, un cabrón necrófilo...

            Creo que lo que más me ha sorprendido del Tríptico es el excelente diseño de personajes, algo poco común en la literatura popular.

            5. En general, las novelas populares suelen ser complacientes. El bien y el mal están claros, los buenos triunfan y los héroes son recompensados. De nuevo, éste no es el caso. De hecho, pocas novelas he leído donde el autor maltrate tanto a sus personajes. Lo pasan todos fatal; sobre todo Marsh, el protagonista, que sufre una putada detrás de otra, hasta el final. Un final, por cierto, aparentemente feliz, pero en el fondo triste y desesperanzado.

            6. Dice el autor en el epílogo: “Los libros de Asclepia siempre han sido, en el fondo, un intento de contar una historia de aventuras entretenida”. En efecto, lo son: una divertidísima e inteligente historia de aventuras, sin más pretensiones que las de entretener. Sin embargo, no por ello deja de plantear interesantes cuestiones morales. ¿El fin justifica los medios? ¿Lo hace o no lo hace en cualquier circunstancia? ¿Es lícito combatir el mal con el mal?

            En el Tríptico, la frontera entre el bien y el mal es difusa. Hay villanos absolutos, por supuesto (difícil no encontrarlos entre los nazis), y también villanos relativos que son en el fondo víctimas; pero lo que no hay ni remotamente es héroes sin tacha. Los protagonistas a veces se comportan como malvados; y, sobre todo, se equivocan muchísimo. Son seres humanos.

            Leí el Tríptico este verano, casi de un tirón; 1.500 páginas. Me lo pasé bomba. A decir verdad, hacía tiempo que no leía una novela de ciencia ficción tan divertida. Y, por favor, entended lo que quiero decir con “ciencia ficción”: se propone un hecho irreal por disparatado que sea (superhombres y eidolones en este caso), y a partir de ahí la historia debe desarrollarse con absoluta lógica y coherencia. Esa es la base de la buena ciencia ficción, y lo que encontraréis en esta trilogía. El único problema es que la traducción, por decirlo con suavidad, es muy deficiente. Pero la historia tiene tanta fuerza que hasta te olvidas de eso. Aún así, si podéis leerlo en inglés, mejor.

Si os gustan las ucronías, los relatos ambientados en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, las historias de viajes en el tiempo, si os parece divertida la idea de superhombres nazis (a fin de cuentas, de eso iba el nazismo, ¿no?), si os gustan las novelas de aventuras, si os apetece leer algo ligero y adictivo que os permita olvidaros de esta realidad de mierda, entonces, amigos míos, os recomiendo que leáis el Tríptico de Asclepia.

            ¿Basura inteligente? Quizá; pero prefiero, como Chesterton, hablar de buenos libros malos.

martes, septiembre 24

Dos libros



            Hace mucho que no hablamos de libros; lo cual no deja de ser paradójico, siendo mi profesión la que es. Y mi apellido, si vamos a eso; porque el primero de los dos libros que quiero comentaros tiene que ver con un Mallorquí que no soy yo, sino el genuino, el auténtico, el original: mi padre.

            La editorial Cátedra, en su excelente colección Letras Populares, acaba de publicar El Coyote, una edición especial con motivo del centenario del nacimiento de José Mallorquí, como reza la faja de portada. El tomo incluye dos novelas de la colección, El Diablo en Los Ángeles y Don César de Echagüe; ambas anotadas por Ramón Charlo –quizá el mayor experto en la obra de mi padre-, que también aporta una larga introducción sobre el personaje y su autor. La edición se completa con dos prólogos, uno de Luis Alberto de Cuenca y otro mío, y con una semblanza sobre mi padre escrita por mí: José Mallorquí: El hombre tras la máscara. Vamos, todo un lujo.

            Por cierto, el próximo domingo se clausura la exposición Hoy es Ayer. Colección Eguidazu de Literatura Popular, en la Casa del Lector del Matadero de Madrid. Se trata de una enorme colección de novelas populares que el especialista Fernando Eguidazu le ha cedido a la Casa del Lector. Una parte muy importante de la muestra está dedicada a El Coyote y a mi padre. A partir de la semana que viene, la colección se trasladará a Peñaranda de Bracamonte, pero aún estáis a tiempo de visitarla en Madrid. Vale la pena (siempre y cuando os interese la cultura pulp, por supuesto).

 


            El segundo libro es Moby Dick. La atracción del abismo. Un estudio gráfico y literario sobre la obra maestra de Herman Melville. Está publicado por Ilarión en su colección Graphiclassic y, según la propia editorial, se trata de: “un extenso estudio gráfico y literario de una de las figuras más temidas del océano. La obra está divida en tres partes, siendo la primera concerniente al origen de la leyenda y su autor, y valiosos apuntes de su vida, para entender mejor su génesis. La segunda parte profundiza más en Moby Dick, interpretaciones, leviatanes marinos, enigmas del mar o misterios sin resolver. La última parte consta de todas las representaciones artísticas del gigante del mar, desde ilustraciones hasta adaptaciones cinematográficas pasando por cómics o pinturas del siglo XIX”.

            Entre los múltiples autores incluidos en el libro, cabe destacar a José Carlos Somoza, Fernando Savater, Arturo Pérez Reverte, Luis Conde, Raúl Guerra Garrido, Manuel Hidalgo o Juan Madrid. A mí me regaló un ejemplar mi buen amigo Luis Conde (con quien me encontré en la inauguración de la exposición antes citada), y  la verdad es que se trata de un trabajo estupendo, sobre todo en lo que respecta a la parte gráfica. Si amáis el género clásico de aventuras, este libro es una joya.

 

lunes, septiembre 16

No lo pienses: cópialo



            A comienzos de este año (o finales del pasado) se puso en contacto conmigo, a través del e-mail de Babel, un hombre –le mantendré en el anonimato- solicitándome fotografías de mi padre para una conferencia que iba a dar con motivo del centenario de su nacimiento. Siempre he colaborado con cualquier actividad destinada a mantener viva la memoria de mi padre, así que le envié diligentemente las fotos solicitadas. Meses después, el individuo en cuestión me mandó un mail invitándome a visitar su blog, donde acababa de colgar el texto de su conferencia. Lo visité, leí el texto y me quedé con la boca abierta.

            Veréis, en 2001 escribí una semblanza sobre mi padre, “José Mallorquí: El hombre tras la máscara”, que se publicó en el libro La novela popular en España, de Ediciones Robel. Años después, colgué ese texto en El scriptorium de Babel, para que estuviese a disposición de todo el que deseara consultarlo. Porque quería que hubiese una fuente fiable de datos biográficos sobre mi padre.

            Pues bien, cuando leí la conferencia de aquel desconocido descubrí que más de la mitad del texto procedía de mi semblanza. Y no, no me refiero sólo a los datos; estoy hablando de párrafos completos que habían sido copiados literalmente. Aquello era un cortipega de mi semblanza. Me quedé de piedra, pero lo que más me sorprendió es que el buen conferenciante me invitara a leer su texto confiado en que me gustara. ¿Cómo no me iba a gustar si lo había escrito yo?

            Hace unos meses, leí un artículo sobre mi padre en cierta publicación. De nuevo, el autor había entresacado y copiado párrafos completos de mi semblanza; sin entrecomillarlos ni citar su procedencia.

            Hoy mismo, por pura casualidad, he entrado en un blog –no diré cuál- y he leído un post sobre el autor de ciencia ficción Cordwainer Smith. Y de nuevo me he quedado boquiabierto. Porque, veréis, en 2006 escribí en Babel un post (en realidad dos) sobre Cordwainer Smith, prestando especial atención a su relato Alpha Ralpha Boulevard. Pues bien, la entrada del blog que he visto hoy no solo copiaba la estructura y los argumentos de mi texto, sino que reproducía literalmente párrafos completos. Sin citar mi nombre, por supuesto.

            Esto último me ha dejado perplejo. Se supone que uno pone un blog para exponer sus ideas. Entonces, ¿qué sentido tiene copiar las ideas –y las palabras- de otra persona? Es como esa gente que juega al ajedrez en Internet usando un programa. No juegan ellos, sino el programa; entonces, ¿para qué pierden el tiempo haciendo trampas? ¿Para molar?

            En cierta ocasión, una de mis editoras me comentó que algunos autores de literatura juvenil habían comenzado a imitarme. De hecho, conocí a uno de ellos, que me confesó con toda sinceridad que se inspiraba en mi forma de concebir el género. Eso lo entiendo, es natural y lógico. Yo mismo he llegado a la conclusión de que la forma en que enfoco la literatura juvenil está muy influida por las novelas juveniles de Robert Heinlein. Comprendo que uno se inspire en el estilo, los recursos, la estructura, incluso los argumentos de otro autores, pero... ¿copiar las palabras?

            Pongamos el caso de un plagio famoso: Sabor a hiel, de Ana Rosa Quintana. Aunque en realidad fue escrito por un negro, el periodista (y ex-cuñado de la “autora”) David Rojo. Pues bien, se demostró que el señor Rojo había copiado párrafos completos de tres autoras: Ángeles Mastretta, Colleen MacCullough y Danielle Steele. Recuerdo que, en su momento, leí algunos de los textos plagiados y, sinceramente, no lo entendí; porque muchos eran meros pasajes de transición, párrafos sin apenas importancia. ¿Por qué plagiar eso?

            Vamos a ver, si yo tuviera que plagiar un libro, copiaría el argumento, la estructura, los personajes y, quizá, alguna figura especialmente brillante; pero no las palabras. En primer lugar, porque si plagias literalmente estás haciendo oposiciones a que te pillen. Pero, sobre todo, porque para mí sería mucho más rápido y cómodo escribir con mis propias palabras que andar cortipegando.

            Por tanto, deduzco que tanto para David Rojo como para esos escritores que me han plagiado, resulta más sencillo cortar y pegar que reescribir. Quizá porque tengan dificultades a la hora de escribir. De hecho, es asombroso lo mal que escribe la gente (universitarios incluidos). Y no estoy hablando de escritura literaria, sino del simple acto de exponer por escrito una idea. Por lo general, la gente se embrolla, maneja de forma confusa los conceptos y destroza la sintaxis (eso por no mencionar la ortografía).

            En cierta ocasión, dando una charla sobre los malos usos del lenguaje, una de las asistentes me preguntó qué había que hacer para tener un estilo. Yo le contesté: “Si escribes con claridad, orden y sencillez, ya tienes un estilo”. Todo lo demás vendrá a partir de eso.

            ¿Por qué escribe tan mal la gente? En parte, por supuesto, por los bajos índices de lectura de nuestro país. Pero hay algo más. Yo creo que quien escribe de forma confusa y desordenada, en el fondo es porque piensa de forma confusa y desordenada. A fin de cuentas, escribir no es más que reproducir pensamientos mediante un código de símbolos. Si los pensamientos son confusos, la reproducción simbólica también lo será.

            El problema proviene, creo, de la educación que hemos recibido; una educación basada más en la acumulación de datos que en el procesado de esos datos. Ayer mismo, mi hijo Pablo me comentó el caso de un profesor de filosofía que tuvo en el colegio. Mi hijo le adoraba, pero los demás alumnos le detestaban. Porque en vez de seguir el temario y hacerles aprender listados de filósofos y obras, les planteaba cuestiones filosóficas, les obligaba a pensar. Y por lo visto, eso, que te obliguen a pensar, es casi una forma de maltrato.

            En nuestro país no hay clubes de debate, ni se practica el debate en los colegios. Tampoco los ejemplos de debate público que transmiten los medios de comunicación son un ejemplo a seguir. Y basta con echar un vistazo a cualquier foro de Internet para comprobar lo que no debe ser un debate y sí un gallinero. Menciono esto porque el debate, la discusión, es una buena forma de clarificar y ordenar las ideas. Un debate de nivel es como una esgrima de argumentos y contraargumentos; por desgracia, en nuestro país el debate se parece más a una pelea callejera, con gritos, insultos, descalificaciones y ocasionales patadas en los huevos.

            En nuestro sistema educativo no se enseña a pensar, a razonar con orden y claridad, ni por supuesto a escribir con corrección. Tampoco se enseña filosofía de la ciencia, ni ética, ni el pensamiento crítico. Supongo que no interesa. Y no solo es el sistema educativo; es toda nuestra sociedad, nuestros confusos y desordenados valores, nuestra incapacidad para distinguir entre lo superfluo y lo importante, entre la imagen y la realidad.

            Quizá por eso hay tantos que, a la hora de crear algo propio, sólo saben usar la función de copiar y pegar del procesador de textos.

            Volviendo al tema inicial de este post, alguien dijo que cuando un autor plagia a otro, en realidad está confesándole su admiración.

            Como tal me lo tomo.

lunes, septiembre 9

Los juegos de Anita


 
            Ya está, se acabó; hemos despertado bruscamente del sueño olímpico, y es terrible salir de un sueño bonito para encontrarte de nuevo con la cruda realidad. Eso, claro está, siempre que consideres un sueño bonito organizar los JJOO, algo que, para ser sincero, yo no comparto.

            Lo que no dejo de preguntarme es por qué narices se habían despertado tantas expectativas; de  hecho, empiezo a pensar que la gente del PP se cree su propia propaganda barata. Vamos a ver, desde el momento en que supe que las ciudades en liza eran Tokio, Estambul y Madrid, tuve absolutamente claro que el pastel se lo iban a llevar los japoneses. ¿Porque soy clarividente? ¿Porque soy más listo que nadie? Pues no; sencillamente por sentido común y dos poderosas razones: 1. Las Olimpiadas de 2020 le tocaban a Asia (desde luego, no a Europa). 2. Tokio tiene mucha pasta; Estambul y Madrid, no. Lo que no me esperaba, claro, es que Madrid quedara por detrás de Estambul...

            Por otro lado, la propuesta madrileña al COI no podía ser más... no sé si decir cándida o absurda: organizar unos juegos austeros. Genial. Vamos a ver; los JJOO son una gran fiesta, un sarao que patrocina el COI sin poner un puto euro (y sacándole mucho dinero), pero decidiendo quién lo organiza. Y van y llegan unos tipos y dicen que quieren montar el tinglado ellos, pero sin gastar demasiada pasta, dando ejemplo de sobriedad. La cubertería será de plástico, los vasos y platos de papel, el vino de garrafón, los langostinos congelados y para animar el cotarro traeremos a Las Ketchup y a John Cobra. Luego llegan unos tipos de ojos rasgados con los bolsillos llenos de pasta y dicen que, si se encargan ellos, la vajilla será de Sèvres, la cubertería de plata, el menú servido por un tres estrellas Michelin y las actuaciones entre lo más selecto del show business internacional. ¿A quién le concederíais vosotros la organización de la fiesta? Pues eso.

            Y luego está la extraordinaria actuación de nuestros políticos, comenzando por la inefable Anita Botella, que tan gratos momentos de humor nos ha proporcionado. La verdad es que se ha superado con ese emotivo discurso en spanglish, tan sobreactuado y tan macarrónico, y con ese no comprender las preguntas que le formulaban en inglés, hablando de infraestructuras (y dando dos porcentajes distintos sobre las ya construidas), cuando le preguntaban por el paro. Para troncharse de risa... aunque a mí no me hace ni pizca de gracia.

            Cuando veo a alguien haciendo el ridículo, siento una profunda vergüenza ajena, no me divierto. Sólo he disfrutado viendo hacer el ganso al marido de Anita, porque le detestaba y le despreciaba. Pero a Anita sólo la desprecio, así que cuando la veo revolcándose en el fango del ridículo, lo que me entran es ganas de decirle que deje de intentar jugar a un juego que le viene grande, y que se vaya a dar una vuelta por el barrio de Salamanca, que es su ecosistema natural.

            El problema es que esas imágenes que muestran a una maruja inculta con el pelo frito haciendo el ridículo mientras habla inglés como Chiquito de la Calzada, esas imágenes, insisto, las ha visto todo el mundo. Para mucha gente, España es esa mujer. Ella nos representaba a todos, lo queramos o no. ¿Marca España? No, España marcada por el sonrojo.

            Por cierto, he leído comentarios de gente que, a quienes se burlaban del ridículo inglés de Anita, les preguntaban si ellos lo harían mejor. Vale, es cierto que la mayor parte de los españoles no hablamos ni papa de inglés. Pero la mayor parte de los españoles no somos políticos, ni alcaldes de la capital, ni representamos mundialmente a nuestro país. Y, sobre todo, la mayor parte de los españoles no contamos con los medios que contaba Anita. Porque, conociendo con tanta antelación la fecha de ese discurso, ¿no podía haberlo ensayado, con ayuda de fonopedas, logopedas o lo que sea, hasta pronunciarlo medianamente bien? Y ya puestos, ¿no podría haberlo leído en español? Aunque, ¿para qué?; una persona como Anita, que ha logrado ser alcaldesa sin haber sido votada, debió de pensar que también podía dominar el inglés sin haberlo estudiado jamás. Qué atrevida es la ignorancia...

            Pero da igual; aunque Anita hubiese leído su discurso con el bien timbrado acento de Judi Dench, aunque hubiese contestado correctamente a lo que le preguntaban, aunque Madrid hubiera estado dispuesto a gastarse el oro y el moro, no nos habrían dado los juegos. Porque no nos los merecemos. España es un país en bancarrota financiera, un país sin ninguna influencia internacional, un país inmerso en una profunda crisis de corrupción política, un país con la mayor tasa de paro de Europa, un país con sospechosos antecedentes de dopaje deportivo, un país que cada vez cuenta menos. ¿Por qué, entonces, nos iban a dar los juegos? ¿Por caridad?

            Uno de los miembros del COI comentó, después de la votación, que España no había sido votada por su bien, para que dedicara el dinero de los juegos a combatir el paro. Un comentario condescendiente, sin duda; pero lamentablemente cierto.

            Llamadme antiespañol y traidor (no sería la primera vez), pero yo me alegro de que no nos hayan dado los juegos, y me alegro de que la derrota haya sido tan humillante. Por tres razones:

            1. ¿Son rentables los JJOO? Pues depende. Por ejemplo, se calcula que Barcelona 92 ha generado, a la larga, un beneficio de unos 12.000 millones de euros. Pero eso se debió a una profunda remodelación urbana y a una certera campaña de imagen que la convirtió en lo que no había sido hasta entonces: uno de los principales destinos turísticos mundiales. Los Ángeles 84 también fue muy rentable, porque lo mercantilizaron todo.

            Por el contrario, las Olimpiadas de Montreal, Atlanta y Atenas fueron un desastre económico que dejaron a esas ciudades sumidas en montañas de deudas. ¿Puede Madrid, la ciudad más endeudada de España, asumir ese riesgo? A mi modo de ver no, porque Madrid no admite ninguna reforma urbana sustancial, y porque Madrid ya es desde hace tiempo uno de los principales destinos turísticos del mundo. ¿Cómo, entonces, rentabilizar un gasto tan enorme? Organizar los JJOO habría sido un caprichoso despilfarro que no podemos permitirnos.

            2. Al irse los JJOO, también se aleja (aunque sólo sea un poquito) la posibilidad de que el megaputiclub Eurovegas se asiente en Madrid. Esta ciudad ya me abochorna demasiado; no necesito más motivos.

            3. No nos engañemos. ¿A qué tanto bombo institucional con las Olimpiadas? Pues a que Rajoy y su panda calculaban que, si nos llevábamos los juegos, la gente se olvidaría de Bárcenas y la Gurtel, y tomaría con mejor ánimo la desastrosa gestión económica del gobierno. Y a que Anita, con los juegos en la mano, a lo mejor tenía alguna oportunidad de ser la próxima candidata a la alcaldía que Gallardón le regaló.

            Pues no, que les den. Ya no se pueden gastar (más) nuestro dinero en intentar lavar sus vergüenzas. Bravo por los japoneses. No obstante, ¿cuánto ha costado esta ridícula candidatura? ¿Cuánto se han gastado en vídeos promocionales, viajes, publicidad y mamoneo? No lo sé, pero mucho. Y estoy seguro de que ese dinero habría estado infinitamente mejor invertido en sacar del paro a unos cuantos investigadores, profesores o profesionales de la medicina.

            En cualquier caso, me gustaría poder decirle a Anita que no se preocupe. Madrid no vale para unas Olimpiadas, de acuerdo; pero ¿qué me dice del campeonato del mundo de petanca? O de soka-tira, o de lanzamiento de troncos, o de bolos cántabros... No, no, mucho mejor; dada la innegable pericia de nuestros políticos para inventarse la realidad, ¿por qué no la Copa Mundial de Quidditch?

lunes, septiembre 2

Emisoras de números



             Todo pasa y todo queda, 
            pero lo nuestro es pasar,
            pasar haciendo caminos,
            caminos sobre la mar.

            Eso decían Machado y Serrat, probablemente refiriéndose a las vacaciones (y a las actividades acuáticas). Todo pasa, sí, incluso las vacaciones; al menos, las mías. Como sabéis –y si no lo sabéis os lo cuento-, Pepa y yo no solemos ir a un sitio fijo, sino que hacemos largos tours en tres o cuatro etapas. Este año hemos ido a Portugal (Lisboa y Coímbra) y luego a Galicia (Baiona y Padrón).

            No conocía Lisboa, ¿os lo podéis creer? Me habían hablado mucho de ella, de lo bonita y romántica que es; pero, la verdad, me ha decepcionado un poquito. Tiene rincones preciosos, sí, y algunas zonas rezuman tipismo, pero en general la ciudad me ha parecido un poquito... digamos que cochambrosilla. Por el contrario, Sintra me encantó; el Palacio de la Pena es alucinante; estoy seguro de que el arquitecto (el alemán Von Eschwege) se tomó un par de ácidos antes de diseñarlo. Y también me gustó un montón Coímbra; sobre todo la vieja universidad.

            De Galicia ¿qué puedo deciros que no sepáis? Me encanta esa tierra, tan hermosa, tan verde, tan misteriosa... Aunque ahora es menos misteriosa que antes, porque no os podéis imaginar cuánto ha mejorado la red de carreteras. Varias autovías la recorren de norte a sur y de este a oeste, y las carreteras secundarias están en bastante buen estado. Se llega rápido a cualquier sitio.

            Antes (no hace mucho), internarse en las carreteras gallegas parecía una aventura, porque eran estrechas, con trazados hipersinuosos y firme en pésimo estado. Chungo; la muy deficiente red de comunicaciones sumía en el aislamiento a la región. Pero, al mismo tiempo, ese aislamiento hacía que se conservasen, en más medida que en el resto de España, cierto tipo de vida, ciertas costumbres, ciertas tradiciones. La viejísima cultura rural, en definitiva. Y sé lo que digo, porque aparte de haber viajado mucho por Galicia (desde 1966), hice la mili allí en 1980; primero en Pontevedra y después en La Coruña. Y mi querida Pepa es gallega.

            Sí, Galicia ha perdido misterio, y un buen ejemplo es la iglesia de Santa María a Nova (s. XIV), de Noia. El templo está en pleno casco urbano, rodeado por un viejo cementerio, y es de estilo gótico marinero; pero lo que importa no es tanto la iglesia como lo que hay (o había) en el cementerio: las famosas Laudas de Noia. Se trata de lápidas, por lo general muy toscamente talladas, que datan de los siglos XIV al XIX. Algunas contienen marcas heráldicas, otras marcas gremiales (marineros –anclas-, sastres –tijeras-, carpinteros –hachas-, etc.)... y otras unos extraños símbolos que constituyen el auténtico misterio. Son lápidas sin nombre ni fecha; en ellas sólo aparecen diversos signos, algunos muy complejos, imposibles de interpretar.

            Visité por primera vez Santa María a Nova a mediados de los 80, de la mano de la Guía de la España mágica de Juan G. Atienza. Por entonces, las laudas estaban en el exterior, desordenadamente apoyadas contra los muros del cementerio o, sencillamente, amontonadas. Pero la antigüedad del lugar, su decadente abandono y aquellos enigmáticos signos, creaban un aura  mágica de lo más sugestiva.

            Este verano, al volver a Santa María a Nova, me he encontrado con que muchas de las laudas se exhiben ahora en el interior de la iglesia, expuestas de forma ordenada en grupos de tres. El problema es que en la exposición hay muchas laudas heráldicas y gremiales, y muy pocas con las marcas misteriosas (que eran el núcleo de la magia del lugar). Además, unos letreros afirman que eso signos enigmáticos son marcas familiares, lo que, hasta donde yo sé, no es más que una hipótesis (no del  todo convincente, porque si son marcas familiares hereditarias ¿por qué los signos de todas las laudas son diferentes entre sí? ¿Y por qué esas supuestas marcas familiares sólo aparecen en lápidas?).

            En fin, sin duda las laudas están ahora más protegidas que antes y pueden verse mejor. Eso es positivo; pero Santa María a Nova ha perdido magia, igual que Galicia. Todo, incluso lo bueno, debe pagar un precio.

            Y, hablando de misterios, este verano he resuelto uno; pero de la forma que a mí más me gusta: he resuelto un misterio para dar paso a otro mayor. Os voy a contar algo que me sucedió hace mucho tiempo.

            Ocurrió hará entre ocho y diez años, al anochecer. Yo estaba en mi despacho, navegando por Internet, cuando metí la pata, hice algo que no debía haber hecho, y acabé con la pantalla en negro; o, mejor dicho, en gris oscuro, sin ninguna imagen ni símbolo. Era como si el ordenador se hubiese colgado. Pero no, no estaba colgado, porque de pronto una voz comenzó a sonar en los altavoces. Era una voz de mujer que, en tono pausado, recitaba en inglés una larguísima serie de números. 137, 416, 58, 212, 75, 308... Me estoy inventando las cifras, pero era más o menos así. Permanecí un rato escuchando, pero como aquello era muy monótono, acabé saliendo de allí, de dónde quiera que estuviese, y volví a mis asuntos. Sin embargo, aquello se me quedó grabado en la memoria: ¿qué demonios era esa voz recitando cifras?

            Pues bien, este verano, leyendo una novela (de la que os hablaré en breve), lo he descubierto. Veréis, durante la Guerra Fría (en realidad mucho antes, pero no viene al caso) existía algo llamado “Emisoras de Números”. Eran emisoras de onda corta, de origen desconocido, que, a determinadas horas, transmitían voces leyendo secuencias de números. Se trataba, claro, de mensajes encriptados que los diferentes servicios de inteligencia (KGB, CIA, MI6...) dirigían a sus agentes encubiertos.

            Algunas de esas radios fantasma comenzaban su actividad con una sintonía que, a la larga, acabó dándoles nombre, como por ejemplo la emisora Lincolnshire Poacher, probablemente operada por el MI6, que iniciaba su actividad con los primeros compases de la canción popular inglesa de ese nombre, o la emisora Magnetic Fields, que utilizaba esa pieza de Jean Michel Jarre.

            Estoy hablando en pasado, de la Guerra Fría, pero lo cierto es que las emisoras de números siguen existiendo y actuando. Pero se han pasado a las nuevas tecnología; según he leído en la web de Kriptopolis.org, las emisoras de números, además de en onda corta, también emiten ahora por Internet.

            Y yo, por pura casualidad, caí en una de ellas. La cuestión es: ¿quién la operaba? ¿Los chinos, los yanquis, los rusos, los ingleses...? Jamás lo sabré; pero, demonios, cómo me gustan los misterios...

            Feliz retorno de vacaciones, amigos, romanos, merodeadores todos.

jueves, agosto 1

Hasta septiembre


 


¡FELICES VACACIONES!

lunes, julio 29

Myrddin



            Queridos merodeadores, ésta va a ser la última entrada antes de las vacaciones. Durante el mes de agosto, como viene siendo habitual, Babel echará el cierre hasta regresar en septiembre. Entre tanto, y como el verano es la mejor época para leer, os dejo un post larguísimo sobre cierto aspecto de la leyenda artúrica. Si le echáis una ojeada también a las dos entradas que cito al principio, tendréis lectura para un buen rato. Si es que os interesa la leyenda artúrica, claro, pues en caso contrario más os valer cliquear en otro blog.


            Los merodeadores más veteranos ya sabéis lo mucho que me fascina la leyenda artúrica. De hecho, he escrito un par de posts sobre el tema (podéis verlos pinchando AQUÍ y AQUÍ). La última vez prometí que volvería sobre el asunto para hablar de ciertos aspectos colaterales de la leyenda (Camelot, Excalibur, la Tabla Redonda, Ginebra, Lanzarote, el grial, etc.), y es justo lo que voy a hacer hoy, pero sólo (de momento) refiriéndome a cierto personaje, el único de la leyenda que es tan famoso como el propio Arturo. Me refiero, por supuesto, al mago Merlín; que en principio ni era mago ni se llamaba Merlín.

            Voy a dar por supuesto que conocéis la leyenda artúrica, sea por la literatura, el cine, la TV, el musical o el cómic, así que no la voy a contar. Ahora bien, la imagen que tenéis, como apuntaba en un post anterior, es la de un rey y una corte propios de la Baja Edad Media, con armaduras, torneos, amor galante, etc. Eso es así porque la versión más famosa de la leyenda, La muerte de Arturo, la escribió Thomas Mallory en el siglo XV, y en aquella época no se respetaba el contexto histórico de los relatos, sino que se adaptaba al contexto del momento en que se escribía. Sin embargo, el Arturo histórico (si es que existió) vivió en el comienzo de la Alta Edad Media, aproximadamente entre el último tercio del siglo V y el primero del VI. Y éste era el contexto histórico:

            Inglaterra estaba habitada por los celtas britanos al sur de la isla, y por los pictos y los escotos al norte, en lo que hoy es Escocia. Entre los siglos I adC y I dC, los romanos conquistaron el sur de Inglaterra; es decir, el territorio perteneciente a los celtas britanos. Como los pictos y los escotos eran muy brutos, los romanos no pudieron conquistarles, así que construyeron un muro, el de Adriano, para mantenerlos alejados. Durante la ocupación, los britanos se romanizaron; es decir, adquirieron costumbres romanas, como ocurrió en España, aunque no en igual medida. Y, por supuesto, no podían tener ejércitos, pues ese monopolio pertenecía a las legiones.

            Entonces, de repente, en el año 410, los romanos abandonaron Britania llevándose a las legiones y dejando a los britanos con el culo al aire. Porque desde hacía tiempo, la isla estaba siendo invadida por un constante flujo de colonos sajones. Además, los pictos, los escotos y los piratas irlandeses, que habían sido contenidos por los romanos, ahora se dedicaban a hacer cada vez más incursiones de saqueo. A todo esto, los britanos, antes unidos por la autoridad romana, se habían dividido en varios pequeños reinos que, para colmo, solían guerrear entre sí. Vamos, que a los britanos les estaban cayendo collejas por todas partes.

            Sin entrar en detalles, llegó un momento en que los reinos britanos (o parte de ellos) se unieron militarmente para enfrentarse a los sajones, así que nombraron un dux bellorum, un señor de la guerra, para comandar los ejércitos. Ese personaje, fuera quien fuese, era el Arturo histórico, y propinó una severa derrota a los sajones en la batalla del monte Badon (ocurrida entre 490 y 517, porque las fechas no están nada claras), propiciando un periodo de paz que duró casi 50 años.

            Pero los sajones no paraban de llegar, así que al final acabaron con los britanos, dejándolos miserablemente recluidos en Cornualles y Gales, de modo que la mayor parte de Inglaterra se convirtió en sajona. Sin embargo, donde las dan las toman, como reza el sabio refrán, porque en el siglo XI el duque de Normandía, Guillermo el Conquistador, hizo honor a su apodo conquistando Inglaterra tras la batalla de Hastings (14-10-1066), matando a Haroldo II, el último rey sajón de la isla, y autonombrándose rey el día de Navidad de 1066 en la Abadía de Westminster. La Casa de Normandía reinó en Inglaterra hasta 1154 y luego fue sustituida por los Plantagenet.

            Pues bien, ¿cómo es posible que Arturo (si es que existió), un caudillo britano, es decir, perteneciente a un pueblo derrotado que vivía miserablemente en las zonas más pobres y remotas de la isla, acabara convirtiéndose en el monarca más emblemático de un país gobernado por dinastías que no eran ni celtas ni sajonas? Es más, ¿cómo es posible que Arturo, un señor de la guerra del siglo VI que nunca reinó, se convirtiera en el máximo exponente de monarca ideal? La respuesta está en lo que podríamos llamar el marketing medieval.

            A partir del siglo VI, la literatura oral sobre Arturo era abundantísima, no sólo entre los celtas de Inglaterra (sobre todo en Gales), sino también en el continente, pues a raíz de las invasiones sajonas, muchos britanos emigraron a Francia, a la Bretaña armoricana, llevándose consigo su idioma y sus tradiciones. Por desgracia, no sabemos qué contaban exactamente esas historias, pues los primeros escritos literarios referentes a Arturo son del siglo XI (todos fueron compuestos por bardos galeses).

            En el siglo XII, Geoffrey de Monmouth, un clérigo galés (aunque posiblemente de ascendencia armoricana y normanda) que llegó a ser obispo de Saint Asaph, fue el hombre que creo la forma básica de la leyenda artúrica y el primero en relacionar a Arturo con Merlín. Como he dicho, Geoffrey era natural de Gales, una zona de población celta que era algo así como el culo del mundo, una circunstancia que a nuestro buen clérigo le jodía. Él sabía que los britanos tenían un pasado glorioso (y si no lo sabía, lo imaginaba), de modo que se propuso escribir un libro que lo sacara a la luz: la  Historia Regum Britanniæ, la Historia de los reyes de Britania, que fue compuesto entre 1136 y 1139.

            El libro cuenta la historia de Britania desde el primer asentamiento en la isla –que atribuye a Bruto de Troya, descendiente de Eneas-, hasta la muerte de Cadwallader en el siglo VII (que fue cuando los sajones tomaron definitivamente el control de Inglaterra). Según Geoffrey, su libro es la traducción de un viejo y misterioso manuscrito britano que le había entregado el archidiácono de Oxford, pero era mentira. El clérigo se había basado en muchas fuentes distintas; algunas históricas, pero la mayor parte legendarias, mitológicas o directamente inventadas por él mismo. Como tratado histórico no es nada fiable; aunque cabe señalar que en este libro aparece la versión más antigua conocida de la historia del Rey Lear.

            Pero Geoffrey, aparte de narrar la (supuesta) historia de los monarcas britanos, tenía otro propósito, el fundamental: glosar la figura del personaje más importante de la historia de Britania. Arturo. El guerrero que venció y contuvo a los sajones. El rey que descansa en Avalon y algún día volverá para recuperar la gloria de Britania. Para Geoffrey el asunto era importante, pues hasta entonces Arturo sólo era conocido por los britanos y sus descendientes, ya que sus historias se contaban en lengua celta. De modo que iba a ser la presentación de Arturo al mundo no celta, usando para ello el latín. Y un personaje tan extraordinario como Arturo merecía una presentación extraordinaria. Ahí es donde entra en escena Merlín.

            Pero antes tenemos que hablar de una curiosa tradición galesa de aquellos tiempos: los awennyddion, los profetas galeses. Por lo visto, era de lo más normal en Gales que a cierta gente, de pronto, le llegara una especie de hálito profético (el awen), entrara en trance y soltara un augurio. Esa profecías eran tomadas muy enserio, y no solo por los galeses, sino por todo el mundo, así que solían circular en forma de tradiciones orales, algunas de las cuales fueron puestas por escrito posteriormente. Una de ellas era la llamada Profecía de Britania, escrita en el año 930 (pero basada en tradiciones muy anteriores), una serie de augurios de índole política que vaticinaban la caída de los sajones y el resurgimiento de los britanos.

            El asunto encajaba con el libro que Geoffrey estaba escribiendo, y sobre todo con Arturo, así que decidió usar esa fuente para cimentar la historia del más importante rey britano. Para ello, escogió a uno de los awennyddion que se citaban en la Profecía de Britania, un antiguo profeta llamado Myrddin. ¿Por qué él y no otro? Es difícil determinarlo; quizá porque era el autor de otras muchas profecías que circulaban oralmente, y también porque supuestamente había vivido en el siglo V o el VI; es decir, en época artúrica. Pero existía un problema: Geoffrey estaba escribiendo en latín, y el nombre Myrddin traducido al latín es Merdinus, que inevitablemente evoca a “mierda” en latín (merda). Así que le cambió el nombre y lo llamó Merlín, cuya versión latina, Merlinus, es mucho más elegante (me apresuro a aclarar que esto es absolutamente cierto; no me lo he inventado, aunque lo parezca).

            Geoffrey reunió un buen número de augurios, no pocos ideados por él mismo. Su superior eclesiástico, encantado con ellos, le pidió que los publicara en un libro independiente, cosa que hizo con el nombre de Profecías de Merlín. Este libro tuvo un enorme éxito y fue muy influyente durante al menos los tres siglos posteriores. Más tarde, Geoffrey escribió otro libro sobre el personaje, la Vida de Merlín; pero antes prosiguió con la escritura de su obra magna, la Historia de los reyes de Britania.

            Merlín aparece en el libro al llegar a Vortigern (el rey más odiado de Britania, pues consintió la colonización de los sajones en el siglo V, justo antes de la era artúrica), y es presentado como un niño prodigioso, pues nació de la unión de un demonio y una humana. Merlín asombra a Vortigern y a sus magos por su portentosa sabiduría, y sobre todo por su capacidad profética. Más tarde, ya de adulto, será consejero de Uter Pendragón, y vaticinará en dos ocasiones la llegada de un gran rey: Arturo.

            Finalmente, Merlín interviene en la concepción del futuro rey de la forma en que todos sabemos. Igraine, la esposa de Gorlois, el duque de Cornualles, estaba por lo visto como un queso, y Uter, al verla, se puso berraco y pretendió llevársela al huerto. Igraine huye y se refugia en el castillo de Tintagel, así que Uter sitia la fortaleza con su ejército, pero no consigue conquistarla. Entonces, Uter le pide consejo a Merlín, quien le da una droga que le conferirá la apariencia del marido de Igraine. Uter la toma y, con el aspecto de Gorlois, entra en el castillo, se folla a Igraine y se va. Dejando a Igraine embarazada de un niño que acabará siendo Arturo.

            A partir de ese punto, Merlín desaparece del relato. Ya sé que todos recordamos a Merlín como el preceptor del joven Arturo y su más fiel consejero en Camelot, pero nada de eso aparece en el libro de Geoffrey. Se trata de un desarrollo posterior de la leyenda.

            Cuando Geoffrey cuenta la historia de Arturo no inventa nada nuevo; se limita a reunir todas las tradiciones que circulaban sobre él. De hecho, el suyo es el primer relato escrito que unifica todos los elementos de la leyenda. Aunque sí inventó algo: Merlín. Es decir, existió el profeta galés Myrddin, que quizá vivió en época artúrica; pero ninguna tradición anterior relacionaba a Myrddin con Arturo. Si Arturo existió, nunca hubo un Myrddin/Merlín a su lado. Eso se lo sacó Geoffrey de la manga.

            Por otro lado, el Merlín de Geoffrey no es un mago, sino un  profeta. Vale, eso de conseguir que Uter adoptara la apariencia de Gorlois parece cosa de magia; pero no lo hizo con un hechizo, sino con una droga, lo que para una mentalidad medieval era muy distinto a la magia. Lo que Geoffrey intentaba dejar claro es que Merlín era muy sabio y poseía el don de adivinar el futuro. ¿Para qué? Para utilizar a Merlín como magnificador de la grandeza de Arturo.

            En efecto, Merlín, el mayor sabio de Britania, profetiza el advenimiento de un gran rey y, luego, colabora en su milagrosa concepción. Esos son los antecedentes adecuados para un personaje portentoso. Luego, Geoffrey se dedica a glorificar las hazañas de Arturo, que según su relato llegó a enfrentarse, y vencer, al mismísimo emperador de Roma, y sólo pudo ser derrotado por la traición de su sobrino Mordred.

            La versión de la leyenda artúrica de Geoffrey difiere bastante de la que conocemos. En su texto no se menciona, por ejemplo, la Tabla Redonda, ni el grial, ni a Morgana. Todo eso fueron añadidos posteriores que se reunieron, finalmente, en La muerte de Arturo de Mallory (que es, como dije antes, la versión que todos conocemos). La versión de Geoffrey es más “realista”, con menos magia y prodigios sobrenaturales que la de Mallory. Porque el propósito de Geoffrey no era literario, sino “histórico” (entre comillas): contarle al mundo la historia del mayor rey de todos los tiempos, Arturo. Pero, ¿su único propósito era hablar de la pasada gloria de los britanos y su gran rey? Pues no, había algo más.

            Como sin duda recordáis, Guillermo, el duque de Normandía, conquistó Inglaterra en el siglo XI, instaurando la Casa de Normandía. Así que Guillermo y sus sucesores eran reyes de la isla, pero también duques de Normandía, de modo que le rendían vasallaje al rey de Francia, algo que no les molaba ni un pelo. Digamos que los reyes ingleses eran unos recién llegados a la realeza, en clara inferioridad con los monarcas franceses, que descendían nada más y nada menos que del gran Carlomagno.

            Así que, como los reyes normandos de Inglaterra no tenían ni un Alejandro ni un Carlomagno del que presumir, ¿por qué no inventarse uno? El libro de Geoffrey les vino como anillo al dedo. Poco importaba que el Arturo histórico (si es que existió) no fuese un rey, sino un dux bellorum (en esa época ya sólo se recordaba al Arturo legendario). Y tampoco importaba que Arturo no fuese normando, sino britano, porque su raza y nacionalidad fueron difuminándose en los posteriores desarrollos de la leyenda. Al final sólo quedó que Arturo fue el mayor rey de todos los tiempos y fue un monarca de Inglaterra. Que se jodan los franceses con su insignificante Carlomagno.

            Y la maquinaria del “marketing medieval” se puso en marcha. El libro de Geoffrey se convirtió en un best seller de la época, y la nobleza normanda comenzó a pagar a los poetas para que cantaran las hazañas de Arturo. Y eso ocurría en la isla, pero también en Normandía y en la Bretaña francesa. Apenas un siglo después de la aparición de La historia de los reyes de Britania, la popularidad de Arturo era tal, que en las cortes europeas -incluyendo las españolas- se puso de moda jugar a la Tabla Redonda (una especie de juego de rol avant la lettre en el que los nobles interpretaban los papeles de los distintos caballeros, reservándose el rey, claro, el papel estelar de Arturo).

            Y así fue como un remoto señor de la guerra celta, del que sólo conocemos su sobrenombre Artorius, o Arthús, o Arthur, acabó convirtiéndose en rey más conocido del mundo, en el monarca perfecto. Pero este post iba de Merlín; ¿qué fue de él? Pues que, conforme evolucionaba la leyenda, dejó de ser un profeta y acabó convirtiéndose en el mago más famoso del mundo, y en el único personaje del mito capaz de competir en popularidad con Arturo.

            Merlín nunca existió; ese personaje lo inventó Geoffrey. Pero, como hemos visto, sí que existió un profeta galés llamado Myrddin que no tuvo nada que ver con Arturo (pero sí con la resistencia britana a los sajones). Ahora bien, resulta que no hubo un único Myrddin, sino dos: Myrddin Emrys, también conocido como Lailoken, que vivió en Gales, y otro llamado Myrddin Celedonio, o Silvestre, natural de Escocia. Uno nació en el siglo V y el otro en el VI. Pero ambos eran bardos profetas. Y es muy posible que muchos de los augurios atribuidos a Myrddin no pertenezcan a un solo hombre, sino a diferentes personas que en diferentes tiempos se dedicaban a la profecía y todos se llamaban Myrddin.

            Lo cual significa que Myrddin no es un nombre, sino una especie de título. Pero, ¿qué clase de título? El especialista Geoffrey Ashe propone una hipótesis fascinante. Inglaterra tuvo un dios tutelar que pudo ser incluso anterior a la llegada de los celtas. Ese dios se llamaría Myrddin, y sus principales representantes –aquellos que tuvieran el don de la profecía- serían denominados “Hombres de Myrddin”. De modo que, probablemente, no hubo un Merlín, sino muchos. Qué cosas, ¿verdad?


            Y esto es todo, amigos. Felices vacaciones y hasta septiembre.

            Ciao.