lunes, octubre 31

Noche de monstruos


Noche de brujas y fantasmas, amigos míos; el samhain celta, halloween. Por las calles merodean pequeños monstruos en busca de presas con las que poder saciar su hambre de chucherías. Ya sabéis lo mucho que me gusta esta fiesta, la única celebración abiertamente pagana en monótono catálogo de aburridas fiestas cristianas. Sin embargo, este año me había olvidado por completo de ella, así que no tengo chucherías con que obsequiar a los muertos vivientes ni nada previsto para Babel. Improvisemos pues.



A todos los merodeadores un consejo: esta noche dejad algo de comida en vuestra puerta o en el alféizar de una ventana, para evitar que los difuntos, cuando salgan de sus tumbas, os devoren. ¿O es que no habéis visto The Walking Dead? Y un regalo: un relato, pero no mío. Ya que hablaba de él en la última entrada, os voy a dejar aquí un relato ultracorto del gran Fredric Brown. Se llama La respuesta, fue publicado en 1954 y, por supuesto, es un cuento de terror. Espero que os guste tanto como a mí.


Feliz halloween, merodeadores.


   La respuesta
     Fredric Brown

     Dwar Ev soldó ceremoniosamente con oro la conexión final. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le observaban, y el subéter transmitía al universo una docena de imágenes de lo que estaba haciendo.
     Se enderezó, hizo una seña a Dwar Reyn y se acercó al interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, simultáneamente, todos los grandes ordenadores todos los planetas habitados del universo -noventa y seis mil millones de planetas- en un supercircuito que los convertiría en un superordenador, una máquina cibernética que combinaría todo el conocimiento de las galaxias.
     Dwar Reyn habló brevemente a los billones de seres que observaban y escuchaban. Después permaneció un instante en silencio.

     -Ahora, Dwar Ev –dijo después de la pausa.
      Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un poderoso zumbido; la energía de noventa y seis mil millones de planetas. A lo largo de los kilómetros que medía el panel de control se encendieron y apagaron multitud de lucecitas.
     Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
    -El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
    -Gracias -repuso Dwar Reyn-. Será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha sido capaz de contestar hasta ahora.
     Se volvió hacia la máquina.
     -¿Existe Dios? –preguntó.
     Una potente voz respondió sin vacilar y sin que sonara ni un relé.
     -Ahora sí –dijo.
     Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para intentar apagar la máquina.
     Y de un cielo sin nubes surgió un rayo que lo derribó y fundió para siempre el interruptor.

jueves, octubre 27

La ciencia ficción y yo (II)


Permitidme un breve repaso a la historia de la cf (los connoisseurs os lo podéis saltar). Aunque algunos se empeñan en buscar los antecedentes del género en la antigüedad, remontándose a Luciano de Samosata, a los vedas hindúes o incluso al poema de Gilgamesh, existe la convención general de que la primera novela de cf fue Frankenstein, el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley. En efecto, aunque esa obra es puro género gótico, por primera vez el elemento fantástico no procede de lo sobrenatural, sino de la ciencia (la ciencia de la época, claro; en concreto, las teorías de Luigi Galvani).


A partir de entonces se extiende un largo periodo donde se cuece lo que podríamos llamar la proto-cf, con autores como Edgar Alan Poe, Jack London, Bulwer Lytton, Bellamy, Stevenson y, sobre todo, el gran Julio Verne. A finales de siglo se publica La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, el auténtico padre de la cf, pues fue él quien exploró y delimitó sus principales temáticas (el viaje por el espacio y el tiempo, los contactos con alienígenas, la investigación biológica, la guerra espacial...) En realidad, Wells inventó la cf como género independiente.


Pero la consolidación no se produjo en Europa, sino en Estados Unidos. Aquí conviene aclarar algo: la cf moderna, con todas las excepciones que queramos, es un género básicamente anglosajón y, sobre todo, norteamericano. Las obras de Verne y de Wells eran tremendamente populares en Estados Unidos, así que un emigrante luxemburgués, Hugo Gernsback, editó varias revistas pulp dedicadas a publicar relatos de esa temática. Entre ellas, Amazing Stories, donde en 1926 el género adquirió su actual nombre: ciencia ficción.


En realidad, la cf que publicaba Gernsback no tenía nada de nuevo; era el viejo “romance científico” del siglo anterior, historias que mezclaban aventuras clásicas y ciencia. Pero pronto le salieron imitadores, editores que lanzaron nuevas revistas pulp de cf, y, como no podían pasarse la vida reeditando a Verne y Wells, comenzaron a buscar escritores autóctonos. Escritores baratos, por supuesto.


En la década siguiente, los 30, la cf alcanzó una gran popularidad en USA, centrándose, sobre todo, en el subgénero de aventuras espaciales, el llamado space opera. Entre los autores principales destacan Ray Cummings, E. E. Smith, Jack Williamson o Edmond Hamilton. Se trata de novelas pulp, historias muy ingenuas llenas de peripecias y escritas sin la menor ambición literaria. Puro entretenimiento de escaso nivel (aunque a veces deliciosamente imaginativo y loco).


En 1938, el joven fan John W. Campbell fue nombrado director de la revista de cf Astounding Stories. Campbell tenía las ideas muy claras acerca de lo que debería ser la cf, así que reclutó una “cuadra” de escritores noveles que, con el tiempo, se convirtieron en las máximas estrellas del género. Entre ellos, Isaac Asimov, Robert Heinlein o Theodore Sturgeon. Campbell quería sacar a la cf del fangoso pozo del pulp, pero no en tanto a lo que a estilo literario se refiere, sino en cuanto a solidez argumental y narrativa. Lo cierto es que consiguió su meta en cierta medida; bajo su influencia, la cf se volvió más seria y rigurosa, y también más ambiciosa. Tanto es así que los americanos denominan al “reinado” de Campbell (la década de los 40, básicamente) La Edad de Oro de la cf. Chorradas, por supuesto. Campbell ayudó a evolucionar la cf, es verdad, pero también la encorsetó. Se centraba demasiado en la ciencia y la tecnología, se quedaba en la superficie sin llegar a profundizar. Obviaba los temas comprometidos, y si aparecía un alienígena en su revista tenía que ser más malo que la quina. (Nota: Campbell es el autor de Who Goes There?, el relato que dio origen a la(s) película(s) La Cosa -la versión de Nyby y la de Carpenter- y a la recién estrenada precuela del mismo título, de Matthijs van Heijningen; esa historia es el paradigma del ET cabrón). Además, qué demonios, Campbell era un pirado de las teorías extravagantes. Baste decir que fue el primer gran impulsor de la dianética, origen de la cienciología.


La década de los 50 estuvo marcada por la influencia de dos revistas de cf: Galaxy y The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Sus respectivos editores, Horace Gold y Anthony Boucher, fueron los responsables de que el género abandonara definitivamente el pulp. Con ellos, la cf se volvió definitivamente adulta; además de prestarse más atención a la calidad literaria de los textos, el género se abrió a temáticas antes vedadas, como la política, el sexo o la religión, y amplió el término “ciencia”, comenzando a explorar otras disciplinas, las humanísticas, como la psicología, la antropología o la sociología. Los yanquis llaman a esta época La Edad de Plata, pero en realidad fue la verdadera edad de oro del género, con el definitivo encumbramiento de lo mejores autores de la década anterior y la aparición de nuevos talentos como Philip K. Dick, Ray Bradbury, Frederik Pohl o Robert Sheckley.


A mediados de la siguiente década se produjo una gran, y finalmente fallida, revolución en el género, la New Thing, pero de eso hablaremos más adelante. Ahora volvamos a mí.


Me aficioné a la cf a mediados de los 60, cuando era un niño. Supongo que los merodeadores más jóvenes no tienen muy claro cómo era esa época en España, porque en Occidente fue una década de cambio y revolución, de optimismo y psicodelia. Pero aquí no. No hacía mucho que habíamos salido de una larguísima posguerra (si es que habíamos salido) y la dictadura le había quitado el poder a la Falange para entregárselo a los tecnócratas del Opus, que iniciaron lo que se llamó el desarrollismo. Poco a poco, España comenzó a modernizarse y se mejoró el nivel de vida, lo que incrementó el número de la clase media, que hasta entonces era prácticamente inexistente. No obstante, el reparto de la riqueza era muy desigual y las libertades seguían bajo mínimos. El desarrollismo se notaba algo en las grandes ciudades, pero el resto del país seguía sumido en la miseria económica, moral y cultural. España, a mediados de los 60, era oscura, iletrada, catoliquísima, paleta, reprimida, atrasada; las infraestructuras eran nefastas, la censura estaba a la orden del día, carecíamos de libertades democráticas y todo el poder estaba en manos de un anciano y miserable dictador, el último vestigio de los fascismos europeos. España, en los 60, era deprimente.


Aunque, claro, yo era un niño y no me daba del todo cuenta. Sabía que Franco era un hijoputa porque se lo oía decir a mis hermanos mayores, y pensaba, porque me parecía evidente, que la democracia era más justa que la imposición por la fuerza. Pero había nacido en ese entorno y todo me resultaba normal. Salvo por algo: las películas americanas. El mundo y la sociedad que mostraban esas películas se me antojaba algo así como un universo paralelo luminoso y deseable. Todo era moderno en esas películas, mientras que en España todo parecía antiguo, rancio y polvoriento, como una sacristía. Yo quería vivir en las películas americanas, pero me había tocado habitar en el neorrealismo. Eso, incluso para un niño, resultaba patético.


Vale, el mundo que me rodeaba era cutre y mediocre, oscuro y asfixiante, pero yo tenía un secreto: en una vida paralela, viajaba por el espacio, me relacionaba con alienígenas, visitaba otros mundos, retrocedía al pasado o me aventuraba en el futuro, poseía poderes psí, algunos de mis mejores amigos eran mutantes, veía cosas que no creeríais: naves en llamas más allá de Orión, rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser... Resultaba liberador; vivía en un mundo pequeño, pero mi universo literario era descomunal; la galaxia entera y más allá. Si ahora dices que eres aficionado a la cf, es probable que te tomen por un friki. Pero ser aficionado a la cf en los 60 era, sencillamente, raro de cojones. Yo me sentía diferente. Y me gustaba serlo.


Durante la primera mitad del siglo XX, no se publicó en España prácticamente nada de cf. Las primeras publicaciones fueron la colección Futuro (1953-1954), creada, coordinada y en su mayor parte escrita por mi padre, y la revista argentina Más Allá (1953-1957), basada en la norteamericana Galaxy. Poco después apareció la colección Nebulae (1955-1967), de Edhasa, que a lo largo de sus 140 títulos publicó a los principales autores anglosajones de los 40 y 50. Después vinieron las colecciones Galaxia y Cenit, con terribles traducciones y pésimas ediciones. En cualquier caso, dada la virginidad española respecto al género, había unas tres décadas de material de cf por publicar, así que se publicaba de todo, sin mucho orden ni demasiado concierto.


Y yo, con doce, trece, catorce años, me lo zampaba todo sin pestañear. Lo bueno, lo malo y lo peor. No obstante, poco a poco, iba desarrollando mi propio juicio crítico. Los viejos space operas y los acartonados relatos pulp comenzaban a aburrirme, así que empecé a buscar otra clase de cf. Y la encontré. Durante mi niñez, tres eran mis autores de cf favoritos: Fredric Brown, Cliford D. Simak y Robert Heinlein.


Es curioso. Escribiendo esto me doy cuenta de lo mucho que han influido en mí, como escritor y como persona, esos tres autores. Así que hablaré un poco de ellos en la próxima entrada.

lunes, octubre 24

Atienza


Disculpad que haga un pequeño paréntesis en la recién iniciada serie de post acerca de la ciencia ficción, pero a fin de cuentas se trata de algo que tiene que ver, en parte, con la cf. El pasado 16 de junio, a los 80 años de edad, murió Juan García Atienza. Yo me enteré el viernes pasado.



Juan G. Atienza era un personaje curioso de aún más curiosa trayectoria. Nació en Valencia el 18 de julio de 1930 y estudió Filología Románica en la Complutense de Madrid, pero su gran vocación era el cine. Trabajó durante un tiempo como ayudante de dirección, hasta que en 1964 dirigió su primera película, Los dinamiteros, una comedia sobre unos jubilados que planean el asalto a un banco. Creo que ni se llegó a estrenar, así que Atienza pasó a formar parte del grupo de los directores malditos, con una sola obra. Yo la vi en la tele hace un millón de años (en algún momento de los 70), y no estaba nada mal. El caso es que, tras su fracaso en el cine, comenzó a escribir ciencia ficción y publicó dos antología de relatos en la colección Nebulae: La máquina de matar (1966) y Los viajeros de la gafas azules (1967), convirtiéndose en uno de los precursores del género en nuestro país. Entre tanto, trabajaba en TVE, rodando documentales sobre la España medieval y una serie de ficción llamada Los paladines.


Fue mientras recopilaba datos para los documentales como descubrió lo que habría de ser su segunda, y definitiva, gran vocación: la historia oculta (intrahistoria lo llamaba él), las sociedades secretas y las conspiraciones, las órdenes de caballería, el hermetismo, la alquimia, la heterodoxia. Sobre estos temas publicó más de cincuenta libros y estaba considerado una autoridad mundial. Yo intenté leer algunas de sus obras, pero no tardé mucho en abandonarlas. Creo que, a partir de indicios muy vagos, Atienza llegaba a conclusiones excesivas; por ejemplo, su interpretación de los topónimos resultaba, por decirlo con suavidad, demasiado imaginativa. En cualquier caso, hay que reconocer que era un autor mucho más serio y documentado que otros “investigadores de lo oculto".


No obstante, hay un libro de Atienza que manejaba, y manejo, con mucha frecuencia: La Guía de la España mágica (1981), una recopilación de, como su título indica, los lugares más “mágicos” de nuestro país. Yo no creo en la magia, pero sí creo que hay lugares metafóricamente “mágicos”, y ese libro es una excelente guía para encontrarlos. Por eso lo he llevado, y llevo, en todos mis viajes por España, y gracias a él he conocido lugares tan mágicos como el extraño cementerio de Santa María a Nova, en Noia, la Pedra do Cribo, en Pontevedra, o la necrópolis de Nuestra Señora de la Luz, en Cáceres.


Pues bien, en el prólogo de la Guía, Atienza ponía su dirección de Madrid y le pedía a los lectores que si conocían algún “lugar mágico” que no estuviese incluido en el libro, se lo hicieran saber. En verano de 1991 (el verano del fallido golpe de estado en Rusia), yo había estado con mi familia pasando las vacaciones en Galicia y, durante mis recorridos por esa maravillosa región, había descubierto tres o cuatro lugares “mágicos”, así que le escribí a Atienza una carta comunicándole mis hallazgos. Atienza me respondió con una larga carta en la que me daba las gracias y comentaba algunos de los temas de mi misiva. Yo contesté y así se inició una breve relación epistolar que se interrumpió cuando, en una de sus cartas, Atienza sacó el tema de la “energía telúrica” y los “lugares de poder”. Él creía en eso, pero yo no, y así se lo hice saber en mi respuesta, añadiendo que lo que sí creía es que hay lugares que, por sus características topográficas, arquitectónicas o históricas, pueden afectar psicológicamente, provocando algo así como estados alterados de conciencia.


Pero Atienza creía firmemente en la existencia real de lo “telúrico” (y también de lo paranormal) y en su última carta parecía un poco molesto por mi escepticismo. Supongo que le defraudé; nos interesaban temas similares, pero de forma muy diferente. El caso es que le escribí otra carta y el ya no me respondió. Y ahí se acabó mi relación con Atienza; nunca le conocí en persona y jamás volvimos a intercambiar epístolas. Aunque supongo que no se enfadó mucho conmigo, porque en 2002 publicó la Nueva guía de la España mágica (en realidad una reedición de la anterior con algunos añadidos) y en el listado de agradecimientos figura mi nombre y me dedica una amable frase. Fue agradable saber que me recordaba con cariño.


Por lo poquísimo que pude conocerle, creo que Atienza era un hombre culto, inteligente, amable y lleno de curiosidad. También estaba un poquito pirado (sólo un poquito), pero no me cabe duda de que era absolutamente honesto. Creía en todo lo que escribía. Lamento que haya muerto.


Y también lamento haber tardado cuatro meses en enterarme. Por lo visto, la noticia de su fallecimiento no apareció en ningún medio de comunicación, salvo en los especializados en esoterismo. Al parecer, no era un asunto de interés. Qué rabia me da muchas veces este país ... De acuerdo, Atienza no era un historiador “serio”, de esos que en la Academia tildan al régimen franquista de, simplemente, “autoritario”. Era un heterodoxo, un miembro de esa clase de personas que van a contracorriente y que tanto le gustaban a él (escribió una Guía de los heterodoxos españoles). Y probablemente se equivocó muchísimo, es cierto. Pero también era el máximo representante español de esa línea ensayística que inauguró El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier, y la revista Planète, y creo que, aunque sólo sea por eso, los medios deberían haberle dedicado un breve adiós.


Adiós pues, Juan G. Atienza, amigo al que nunca conocí, pero cuya Guía me condujo a lugares evocadores y románticos. Gracias por los buenos momentos que me has hecho pasar. Espero que tú tuvieras razón, y no yo, y que ahora tu espíritu esté vagando de lugar de poder en lugar de poder, siguiendo las redes telúricas que los conectan. Aunque lo dudo mucho, qué le vamos a hacer. A veces, ser tan escéptico como yo resulta de lo más aburrido.

jueves, octubre 13

La ciencia ficción y yo (I)


Hace no mucho leí –o, mejor dicho, intenté leer- la novela El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán. Se trata de un texto rabiosamente experimental que cuenta una historia de amor a tres bandas; es decir, tres jóvenes amigos enamorados de la misma muchacha. Cuenta más cosas, pero no sé a ciencia cierta qué. Al principio parecía sencillamente rara, aunque hasta cierto punto comprensible, pero al llegar a la segunda parte dejé radicalmente de entender lo que el autor me contaba. No digo que sea una mala novela; posiblemente mi paladar literario no está preparado para platos tan exóticos, y no hay que descartar que mi cerebro se paralice ante tamaño cripticismo. No, no sé si El fondo del cielo es una obra buena o mala, porque, primero, no soy un lector tan sofisticado; segundo, no acabé de leerla y, tercero, apenas entendí nada.


Sin embargo, pese a que el texto era farragoso y aunque la vaga historia que contaba no me interesaba un pijo, seguí leyendo mucho más de lo que en otras circunstancias hubiera leído. ¿Por qué? Pues porque, como el mismo autor señala, El fondo del cielo no es una novela de ciencia ficción, pero sí una novela con ciencia ficción. El texto cuenta la historia de tres adolescentes neoyorquinos que, en la década de los 50, fundan un grupo de aficionados a la ciencia ficción (cf en lo sucesivo) llamado “Los lejanos”. Luego se enamoran de la misma chica (rara), y después aparece un extraterrestre o algo así... y no recuerdo mucho más. El caso es que en la novela hay diversas reflexiones sobre el género y se hace referencia a varios autores, a veces llamándolos por su nombres y otras con nombres falsos (ignoro por qué). Pero nada de eso en sí mismo me hubiera hecho seguir leyendo.


La cuestión es que Rodrigo Fresán fue, de niño y adolescente, un gran aficionado a la cf. Además, Fresán tiene diez años menos que yo, pero, en lo que a cf se refiere, somos de la misma generación. Pues bien, en muchos momentos de su novela, Fresán evoca lo que sentía cuando era adicto a la cf y reflexiona sobre las emociones y pensamientos que el género le provocaba. Y resulta que esos sentimientos y reflexiones coinciden punto por punto con los míos. Leí El fondo del cielo más de lo aconsejable porque esas partes del texto me ayudaban a recordar mi pasado.


Permitidme una aseveración muy discutible: no hay género que provoque más asombro y maravilla en la mente de un niño que la cf. Pero, antes de debatir sobre esta idea, vamos a dejar algo claro. ¿Qué es la cf? Muchos merodeadores de Babel son encallecidos expertos en el tema, pero otros apenas lo conocen y, además, con frecuencia se confunde la fantasía con la cf. La verdad es que se trata de un género muy difícil de definir; de hecho, no hay ninguna definición totalmente satisfactoria, así que aquí va un puñados de ellas:


"La ciencia ficción es la rama de la literatura que trata sobre las respuestas humanas a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología". Isaac Asimov.


"Más aún que en su temática, el parentesco de la ciencia ficción con la ciencia estriba en su método, en su carácter eminentemente especulativo: partiendo de unas premisas imaginarias, contrafácticas (generalmente obtenidas por la extrapolación de la realidad actual), desarrolla sus consecuencias conservando la lógica del mundo ficticio creado". Carlo Frabetti.


"La ciencia ficción es un género de narraciones imaginarias que no pueden darse en el mundo que conocemos, debido a una transformación del escenario narrativo, basado en una alteración de coordenadas científicas, espaciales, temporales, sociales o descriptivas, pero de tal modo que lo relatado es aceptable como especulación racional". Eduardo Gallego y Guillem Sánchez.


La escritora Judith Merrill dijo: "Es la literatura de la imaginación disciplinada". Aunque, en el fondo, toda literatura es eso, así que yo corregiría la frase así: “Cf es la literatura de la fantasía disciplinada”. Lo cual me lleva a mi propia definición (o a una de ellas): “Cf es una rama de la literatura fantástica que se aleja de lo sobrenatural y se rige por lo racional o pseudoracional”. ¿Demasiado general? Por supuesto, pero creo que señala un aspecto importante del género: la verosimilitud. La cf ha de ser verosímil, la fantasía no. Philip K. Dick lo expresó así: "La fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible: la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias".


Volvamos a mi aventurada afirmación: no hay género que provoque más asombro y maravilla en la mente de un niño que la cf. ¿Por qué? A fin de cuentas, el fantasy, que tan de moda está ahora, puede ofrecer a cualquier joven tantas, o más, maravillas y asombros que la cf. Bueno, en cierto modo sí, pero hay una sutil diferencia. Cuando lees El señor de los anillos, o Canción de hielo y fuego, o las historias de Harry Potter, puedes maravillarte y asombrarte muchísimo, pero sabes que no existen los hobbits, ni los dragones, ni la magia; jamás verás un elfo ni jugarás al quidditch montado en una escoba. Sin embargo, quizá sí veas a un alienígena o viajes al espacio en un cohete; no es probable, pero sí posible. Es decir, las ensoñaciones del fantasy sólo son eso, ensoñaciones; sin embargo, cabe la posibilidad (o eso parece) de que los sueños de la cf se conviertan, en algún momento, en realidad. Y esa sutil diferencia hace que el asombro y la maravilla se multipliquen por mil.


Demonios, es que a mí mismo me sucedió. De pequeño, había leído De la Tierra a la Luna, de Verne, y Los primeros hombres en la Luna, de Wells, y El hombre que compró la Luna, de Heinlein, y allí estaba yo el 20 de julio de 1969, contemplando con los ojos como platos cómo Armstrong se daba un garbeo por nuestro satélite. La cf es una mezcla de realismo y fantasía, y ese cóctel puede generar en la mente del lector un profundo sentimiento de asombro, lo que los anglosajones llaman sense of wonder, sentido (o, mejor, “sensación”) de la maravilla.


No recuerdo cuál fue mi primer contacto con la cf. Supongo que los tebeos de Superman, aunque sobre todo el Flash Gordon de Dan Barry. También leí de muy niño a Julio Verne y alguna de las novelas de Wells. Además, mi padre, José Mallorquí, había coordinado la primera colección española de cf, Futuro; pero eso lo leí más tarde. En realidad, la culpa fue de mi hermano (14 años) mayor, José Carlos, que era aficionado al género y tenía la costumbre de ir dejando tiradas por todas partes las novelas que leía. Un día, tendría yo once o doce años, hojeé uno de los libros de mi hermano –en realidad una revista, el número 43 de Más Allá- y me encontré con un cuento de Sprague de Camp llamado Un rifle para el dinosaurio, que trataba sobre viajes en el tiempo y cazadores de dinos. A mí, por aquella época y como a todos los niños, me chiflaban los dinosaurios, así que devoré el relato. Y me quedé maravillado. ¡Cabía la posibilidad de que, en un futuro, pudiera viajar al pasado y ver dinosaurios! Hoy en día creo que si algo ha demostrado la cf es que es imposible viajar al pasado, porque enseguida empiezan a aparecer paradojas por todas partes, pero aquel relato, para los ojos de un niño, convertía en verosímil lo extraordinario. ¿Veis?, ésa es la diferencia entre cf y fantasy.


El caso es que ese cuento me impactó, así que supongo (porque no lo recuerdo) que leí más cuentos de cf. Hasta que un día, poco después, leí mi primera novela de cf moderna (“moderna” en el sentido histórico del género), Los reyes de las estrellas, de Edmond Hamilton. Era puro pulp, un vulgar space opera (aventuras espaciales al estilo Star Wars), una novela, reconozcámoslo, francamente mala y ya por aquel entonces (mediados de los 60) anticuada, pero a mí me maravilló. Un futuro remoto, imperios galácticos que abarcaban miles de planetas, astronaves, superarmas que no destruyen la materia, sino el mismísimo espacio... Joder, yo era un niño, así que me quedé alucinando en colorines. En ese mismo instante fui abducido por la cf y durante la siguiente década me zambullí de lleno en el género.


Leía de todo, sin el menor juicio crítico, buscando asombro y maravilla igual que un yonqui en pos de su chute diario. Sin embargo, poco a poco, fui desarrollando mis propias preferencias, mi particular canon del género. Y así descubrí que no es maravilla y asombro lo único que ofrece la cf, sino también reflexión y estética. Pero eso, amigos míos, ocurrió más tarde.


NOTA: ¿Otra serie de entradas temáticas? Sí, qué le vamos a hacer. Pero no será una serie demasiado larga ¿Y de nuevo centrada en ti mismo? Ya, pero es mi blog, ¿no? ¿Y sobre un tema, la cf, que muchos desconocen por completo? Bueno, así pueden empezar a conocerlo. ¿Y por qué demonios lo escribes? Porque me sale de las narices, coño, basta ya de preguntitas. ¿Sabes que eres un maleducado y un gilipollas? Sí, desde hace tiempo. En cualquier caso, al final de la serie incluiré una breve reseña de lo que en mi opinión son los mejores autores y obras del género. Y, quién sabe, quizá eso pueda serle útil a alguien.

viernes, septiembre 30

Dos noticias


A veces, como ocurre en este caso, escribo o digo algo que sé positivamente que será malinterpretado. Suele tratarse de temas sensibles sobre los que sólo se admite una opinión, la políticamente correcta, y no se acepta la menor matización. Por eso, cuando intento dar otro punto de vista sobre lo monolítico, suelo encontrarme con un rechazo frontal y, a mi modo de ver, poco meditado. Hoy mismo, por ejemplo, me ha ocurrido con Pepa, mi mujer. Esta mañana, en la radio, había dos noticias sobre violencia doméstica y de género. Ayer, un hombre entró en una iglesia de Madrid con una pistola, disparó y asesinó a una mujer embarazada, hirió a otra y luego se suicidó. Pepa, con toda razón, se ha puesto a despotricar contra ese hijo de puta y a echar pestes de que las cifras de asesinatos machistas sigan siendo tan altas.



Entonces, iluso de mí, se me ha ocurrido decir que eso es inevitable. Si un hombre está dispuesto a morir con tal de matar a una mujer, ese cabronazo es imparable, no hay dios que le pueda impedir cometer ese crimen. Porque lo difícil es matar y salir impune, pero si estás dispuesto a palmarla... bueno, ahí tenéis a los islámicos pilotos del 11-S. Nada más expresar mi opinión, Pepa se ha cabreado conmigo y me ha espetado que, entonces, según yo, como el asunto no podía solucionarse totalmente, no había que hacer nada.


Vaya, yo no había dicho eso. Claro que hay que hacer todo lo posible para prevenir los crímenes machistas, pero teniendo claro que jamás podrán evitarse del todo (del mismo modo que es imposible reducir a cero los accidentes de tráfico). Ahora bien –y aquí viene el matiz que me condena al infierno-, creo que, dentro de la violencia doméstica, se le da una excesiva relevancia a la violencia machista en detrimento de otro tipo de violencia que a mí se me antoja aún más grave: la que se ejerce contra los niños. ¿Y sabéis por qué? Porque las mujeres tienen voz, pero los niños no. Las mujeres pueden organizarse, hacerse oír, reclamar sus justos derechos, acudir a los medios de comunicación, presionar a la administración. Pero los niños no. Un niño maltratado es el ser más indefenso, patético y solitario del mundo, mil veces más que cualquier mujer. Y sin embargo, el maltrato infantil está mucho menos presente en el debate social que la violencia machista.


¿Por qué he sacado el tema de los niños? Porque la segunda noticia de la radio hablaba de una mujer que, en Jaén, había ahogado en la bañera a sus dos hijos de 3 y 11 años. El niño mayor telefoneó a su padre pidiéndole auxilio; el hombre estaba internado en un hospital por un accidente y avisó inmediatamente a la policía, pero cuando los servicios de socorro llegaron los niños ya estaban muertos. Es curioso, hace unos años Pepa y yo escuchamos una noticia prácticamente idéntica; otra mujer, creo que en Canarias, había ahogado a sus dos hijos en una bañera. Pepa dijo: “Pobre mujer; qué infierno debería de estar pasando para hacer algo así”. Entonces el que se cabreó fui yo. “¿Cómo que pobre mujer?”, dije. “Pobres niños, coño; esa mujer está loca o es una hija de puta, y en cualquier caso es una madre de mierda”. Pepa acabó dándome la razón, pero su actitud inicial fue muy significativa y se corresponde con la forma en que la sociedad reacciona ante esos casos. Por un lado, la madre asesina se contempla como una pobre persona arrastrada por las circunstancias (una víctima en el fondo), mientras que el macho es siempre culpable, sin matices. Por otro lado, de dos noticias simultáneas que hablaban de crímenes, Pepa sólo comentó la de la pobre mujer asesinada por un hombre, pero no dijo nada de los dos pobres niños asesinados por su madre. Porque Pepa, como gran parte de la sociedad, tiende a considerar a las mujeres inocentes por naturaleza, incluso más allá de las evidencias.


Es la ley del péndulo. Cuando un colectivo sojuzgado recupera sus derechos, tiende a llevar las cosas hacia el extremo opuesto. Lo mismo ocurrió y ocurre con los homosexuales. Antes, con toda injusticia, eran víctimas de escarnio y persecución, hoy todos son encantadores, sensibles e inocentes de todo mal. Cuando se estrenó El silencio de los corderos, los colectivos de homosexuales montaron una campaña en contra de la película, porque el malo era gay. No sé, creo que eso es llevar las cosas demasiado lejos. ¿O es que los villanos de las películas sólo pueden ser hombres heterosexuales? En el caso del feminismo sucede algo parecido. Escucho hablar a algunas feministas radicales y siento que mis apreciados testículos corren peligro. Y sin llevar las cosas a los extremos, creo que, por ejemplo, el hecho de que en los divorcios se otorgue automáticamente la custodia de los hijos a la madre, es aberrante e injusto.


En cualquier caso, estoy absolutamente a favor de los derechos de los homosexuales y del feminismo, aunque se pasen tres pueblos, porque han estado oprimidos y merecen nuestro apoyo. Los excesos ya se corregirán a medida que su situación se normalice. Ahora bien, estoy a favor de todo eso salvo en el caso de que se creen nuevas víctimas; muy en particular si esas víctimas son niños. Y eso, por desgracia, es lo que está ocurriendo.


¿Cuántas víctimas de violencia de género llevamos en lo que va de año? 68 mujeres. Es un dato muy fácil de encontrar; tecleas la pregunta en Google y das con la respuesta en las primeras páginas que aparecen. Además, es un dato que los medios de comunicación suelen aportar después de cada crimen machista.


¿Cuántos niños han muerto a causa de la violencia doméstica? Ni puta idea. Lo he buscado en Internet y no lo encuentro por ningún lado. Estará, seguro, pero desde luego no aparece en las primeras páginas. De hecho, no es fácil encontrar estadísticas sobre el maltrato infantil. Las hay, pero muchas veces contradictorias y siempre nebulosas, entre otras cosas porque se estima que los casos de maltrato infantil conocidos son menos del veinte por ciento del total. En efecto, las estadísticas, incluso las oficiales, son un tanto vagas. Por ejemplo, no mencionan el sexo del agresor. ¿Sabéis por qué? Pues porque los resultados contradicen el modelo políticamente correcto, chocan con la imagen estereotipada que tenemos acerca de esa cuestión, de quiénes son los malos y quiénes son los buenos.


En efecto, los colectivos feministas se cuidan mucho de no entrar en el terreno del maltrato infantil, de oscurecerlo, de apartarlo a un lado. Y los devotos de lo políticamente correcto les siguen el juego. Porque los datos, las frías estadísticas, lesionan sus intereses. Y eso sí que lo critico, me parece una vergüenza, porque quienes sufren las consecuencias son los más inocentes y desvalidos. ¿Cuáles son esos datos incómodos?


Según estadísticas de Save the Childrens, que coinciden con los datos de la Policía Nacional y los de un estudio de la Universidad de Valencia, el 52,5 % de los maltratadores infantiles en el seno doméstico son las madres, frente a un 36 % de padres. Sorprendente, ¿verdad?


¿Quiere eso decir que las madres son más malas que los padres? ¿Que las mujeres son pérfidas por naturaleza? No, para nada. En realidad, la explicación es muy sencilla y evidente. Quienes tienen más posibilidades de maltratar a los niños son quienes más tiempo pasan con ellos, que en nuestra machista sociedad suelen ser las mujeres. Dicho de otra forma: no es cuestión de bondad o maldad intrínseca al género, sino de oportunidad. Estoy seguro de que si los hombres se ocuparan de sus hijos tanto como las mujeres, las estadísticas se equilibrarían. Pero los hechos son los hechos, por mucho que puedan molestar, y lo que ponen de relieve es que el maltrato infantil doméstico no es cuestión de género. A una mujer no se le puede suponer bondad por el mero hecho de ser mujer, igual que no se puede prejuzgar la maldad de un hombre sólo por ser hombre. Hay padres buenos y madres horribles, y viceversa. La mujeres pueden ser unas santas o unas cabronas, igual que los hombres. Entre los homosexuales encontraremos gente encantadora y arpías insufribles, igual que entre los negros, los emigrantes, los judíos, los árabes, los peluqueros o los sexadores de pollos. Podemos dividir la humanidad en cuantos grupos y conjuntos se nos ocurran, pero lo que quedará al final serán personas, seres humanos, con todo lo que eso tiene de bueno y todo lo que tiene de malo.


Hoy, en Occidente, en nuestro país, el paradigma políticamente correcto consiste en considerar a la mujer como inocente por naturaleza, y como víctima en muchos casos (algo que suele ser cierto con excesiva frecuencia). Sin embargo, las estadísticas revelan que las mujeres también pueden ser verdugos. La violencia contra las mujeres es real y terrible, y debemos luchar contra ella. Pero la violencia contra los niños es aún peor, porque cuando maltratas a un niño no sólo torturas a un ser indefenso, sino que también estás aniquilando al adulto que llegará a ser. Además, es frecuente que el maltratado, cuando tiene hijos, reproduzca los comportamientos adquiridos, convirtiéndose a su vez en maltratador. Esa clase de violencia se transmite como una herencia maldita.


El problema es que, estadísticamente, hay más maltratadoras que maltratadores domésticos, y eso es incómodo. Así que se oscurecen las estadísticas y, sobre todo, se excluye el problema del debate. Es como mirar para otro lado y simular que no sucede nada. Pero eso tiene consecuencias. Por ejemplo, la Ley Integral sobre la Violencia de Género ha generado recursos y apoyo para las mujeres maltratadas, pero se ha olvidado por completo de sus hijos. Según Save the Childrens: «La Ley Integral reconoce los efectos de la violencia doméstica sobre los niños, pero no contempla medidas para atenderlos»,


Gracias a muchos años de lucha sufragista, hace tiempo que las mujeres tienen derecho al voto. Pero los niños no votan, así  que¿a quién le importa lo que les pueda pasar?


NOTA: Irónicamente, el tipo que mató a la mujer embarazada e hirió a otra no las conocía de nada. No es un caso de violencia de género, sino los actos de un chalado que se creía perseguido por el demonio.

jueves, septiembre 22

Llamamiento


Un grave inconveniente de la sofisticada tecnología moderna es que muchos de sus problemas no son evidentes. Antes las cosas eran más claras; por ejemplo, evidentemente no debes meter los dedos en un enchufe, ni la mano en una prensa hidráulica. Ni se te pasa por la cabeza abrir una olla a presión puesta al fuego (bueno, lo cierto es que a mi madre sí se le ocurrió, y desde entonces le tengo pavor a las ollas a presión). Tampoco harías una hoguera junto a una bombona de butano ni hurgarías en las tripas de un televisor de tubo. Y todos sabemos que no es una buena idea secar al caniche en el microondas. Estábamos familiarizados con la tecnología que nos rodeaba y nos sentíamos seguros manejándola. Todo era muy analógico, muy rígido y estable. Pero ya no.



La tecnología con la que más tiempo convivo es mi ordenador. Trabajo con él, lo uso para comunicarme y para entretenerme. Es el ser inteligente del que más cerca estoy, incluyendo a mi familia. Así que he llegado a creer, estúpidamente, que lo controlo, que puedo manejarlo con soltura y sin riesgo. Por eso, un día, no hace mucho, decidí que iba a cambiar el antivirus y que iba a hacerlo yo mismo con mis propias manitas. Si me hubiera propuesto realizar una operación de cirugía cerebral no habría estado más equivocado.


El caso es que parecía sencillo. Desinstalabas el viejo antivirus e instalabas el nuevo, todo de forma automática. Hasta un niño de cinco años podría hacerlo; qué lástima no haber tenido a mano un niño de cinco años para que me echara un cable. Desinstalé el viejo antivirus, amigos, pero al parecer no del todo. Me dejé un cachito. El cachito cabrón. Y luego, con la alegría que otorga la ignorancia, instalé el nuevo antivirus. Y entonces mi ordenador se volvió loco. No de golpe y no del todo, fue algo gradual, maquiavélico, sutilmente traicionero, pequeños detalles que te extrañan pero no te alarman, y que poco a poco van a más hasta que al final descubres que tienes un poltergeist en el disco duro.


Y un aciago día, el Outlook dejó de funcionar. Y mi agenda de contactos se esfumó en la nada. He perdido todas mis direcciones de Internet. Todas... Pero cómo, dirá alguien, ¿no habías hecho un backup? Pues no, joder, no había hecho un puto backup. ¿Me arrepiento? Sí. ¿Soy idiota? Por supuesto. Pero de nada vale lamentarse, el caso es que un experto le ha devuelto la cordura a mi ordenata, pero me he quedado sin contactos igual que me quedé sin abuela. Aunque eso, lo de mi abuela, me importó bastante menos. Así pues, escribo este post con un doble objetivo.


1. Comunicaros una enseñanza: Queridos niños, los ordenadores son nuestros amigos. Por eso, si algún día os planteáis practicar la neurocirugía con vuestro ordenador, preguntadle antes a papá.


2. Lanzar un llamamiento: A TODOS MIS AMIGOS, MIS ENEMIGOS, MIS CONOCIDOS, MIS COLEGAS, MIS COLABORADORES, A TODOS AQUELLOS, EN DEFINITIVA, QUE TENGÁIS MI DIRECCIÓN DE CORREO (NO LA DE BABEL, SINO LA MÍA PARTICULAR), POR FAVOR MANDADME UN E-MAIL Y ASÍ PODRÉ RECUPERAR VUESTRAS DIRECCIONES. No tenéis que poner nada en el correo, aunque, por supuesto, recibir noticias vuestras siempre será un placer. Y recordad: debéis enviarlo a mi dirección particular, no a la del blog. Gracias.

lunes, septiembre 12

Quiero ser finlandés


Visité Finlandia hace unos años porque mi hijo Óscar estaba de Erasmus allí. La verdad es que, de no ser por esa circunstancia, creo que jamás habría ido. Finlandia nunca había figurado entre mis intereses, no sabía nada de ella, salvo que fabrica teléfonos móviles; aunque lo cierto es que tengo cierta relación con ese país. En los años 50, la edición finesa de El Coyote fue un exitazo y el editor le regaló a mi padre, para mí, un traje de lapón (o, mejor dicho: de saami). Aún conservo fotos mías, de cuando tenía tres o cuatro años, vestido de lapón. El caso es que fui a Finlandia sin esperar más que mucho frío (lo hacía), y me encontré con un país admirable. Gente civilizada, culta y rica con un envidiable sistema social.



Y eso tiene mucho mérito, porque las cosas fueron muy distintas en el pasado. De entrada, Finlandia está en mal lugar, con un clima adverso, un territorio en su mayor parte inhóspito y dos vecinos, a izquierda y derecha, sumamente tocapelotas: Suecia y Rusia. De hecho, Finlandia fue sucesivamente invadida y anexionada a ambos países (se declaró independiente en 1918). Además, la única riqueza natural con la que cuenta es la madera, y de eso vivió durante mucho tiempo. Malvivió, más bien, porque eran pobres como ratas. Sin embargo, hoy posee la undécima mayor renta per capita del mundo (España ocupa, u ocupaba, el puesto 25), y es el sexto país en cuanto a desarrollo tecnológico. ¿Cómo lo han hecho esos cabrones de finlandeses? ¿Encontraron petróleo, como los noruegos?


No, nada de petróleo. Apostaron por la educación, invirtieron todo lo que tenían en brindarle a la gente la mejor enseñanza pública posible. Y lo consiguieron, como vienen demostrando todos los informes PISA;. Desde hace mucho, el sistema educativo finlandés está considerado el mejor del mundo (o uno de los mejores, no nos pongamos tiquismiquis). Ese es el milagro que transformó un país pobre e inculto en un país ilustrado y próspero.


¿Y sabéis cuál es el secreto del éxito de ese sistema educativo? ¿Muchos ordenadores? ¿Pizarras electrónicas? ¿Mejores instalaciones? No, nada de eso. La piedra angular del sistema educativo finlandés es el profesorado. Los docentes finlandeses se someten a un riguroso sistema de selección y formación (la carrera dura 6 años), y son evaluados según “las habilidades lectora y escrita, la capacidad de empatía y comunicación, las habilidades artísticas, musicales y una alta competencia matemática”. Y no solo se trata de su formación, sino también de su número. En Finlandia, el máximo de alumnos por clase es de 20, así que los profesores pueden brindar una atención más personalizada.


En fin, tampoco hay que darle muchas vueltas. Recordad el colegio, a los mejores profesores que hayáis tenido, y pensad en lo importantes que fueron para vosotros, en cómo las asignaturas se convertían en apasionantes cuando eran impartidas por un buen profesor. Ese es el secreto, y no es ningún secreto.


España ocupa el puesto 35 en el ranking PISA, doce puntos por debajo de la media de la OCDE. Tenemos el segundo mayor índice de fracaso escolar de la Unión Europea (31’2 %) y deficiencias muy notables en aspectos tan fundamentales como la comprensión lectora y las matemáticas. El sistema educativo español está bajo mínimos. Y ese es un problema, quizá el más grave de nuestro país, que ninguno de los gobiernos que hemos sufrido, tanto de izquierdas como de derechas, ha sabido o querido solucionar. Nos hemos gastado miles de millones de euros en infraestructuras innecesarias, que quedaban muy bien en la foto, pero no hacían nada por nuestro futuro. Es decir, cuando los vientos eran favorables no invertimos en educación, y ahora con la puñetera crisis...


Ahora, con la crisis, varios gobierno autonómicos (Madrid, Galicia, Navarra y Castilla la Mancha, de momento) han decidido recortar sus presupuestos de educación. Es una locura, un error descomunal, una barbaridad. Además, lo que se va a reducir es el número de docentes, así que el recorte redundará en una inevitable falta de atención al alumnado, con el consiguiente empeoramiento de la enseñanza. Vamos a hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron los finlandeses, qué listos somos.


Para colmo de males, y hablo sólo de la comunidad en que vivo, doña Esperanza Aguirre tildó de vagos e insolidarios a los profesores, confundiendo horas lectivas con horas de trabajo. Luego se disculpó, qué confusión más tonta, ja-ja, pero ya había implantado en la gente la idea que le interesaba, que los profesores trabajan poco. Igual hizo la ínclita Ana Botella, la concejala de medio ambiente que nos proporciona uno de los peores medios ambientes de Europa. Qué asco me dan, como me indignan; pensando sólo en sus intereses, son capaces de difamar a uno de los colectivos más admirables y desprotegidos que conozco. Pero no me extraña; ya lo hicieron con otro colectivo admirable, el de la sanidad.


Conozco a muchos profesores; son gente vocacional, gente entregada a una labor fundamental para nuestra sociedad. Trabajan con muy pocos medios, supliendo las carencias a base de entusiasmo y dedicación; son héroes cotidianos. Joder, pensadlo un momento: les confiamos lo más valioso que tenemos, nuestros hijos, así que deberíamos apoyarlos incondicionalmente. Pero no lo hacemos. Hoy en día, los profesores tienen un problema de autoridad, precisamente porque los padres sobreprotegen a sus hijos. Y ahora vienen Esperanza, Ana y sus secuaces para minar más su autoridad tildándolos de vagos. Es para echarse a llorar.


Ya está el rojo de mierda, pensará alguno; metiéndose con el PP, como siempre. Pues no, joder, esto no tiene nada que ver con ideologías, sino con el sentido común. En Finlandia, todo su espectro político, de la derecha a la izquierda, está de acuerdo en algo: apoyar la educación pública. Porque quizá sea un tópico, pero no por ello es menos cierto: la educación no es un gasto, sino una inversión. Pero una inversión a largo plazo, claro, y nuestros miserables políticos (tanto de babor como de estribor) son incapaces de pensar a más de cuatro años vista, así que cuando les llega el turno de gobernar cambian los planes de estudio tontamente sin plantearse siquiera lo fundamental: cambiar y mejorar el sistema educativo del país.


Ahora se escuchan otras ocurrencias sobre educación. Por ejemplo, juntar a los alumnos “listos” y derivar a los “tontos” a FP. Genial; según ese sistema, Einstein jamás habría ido a la universidad, aunque a lo mejor habría sido un buen fontanero. Pero es que además esa chorrada no dividiría a los alumnos en “listos” y “tontos”, sino en ricos (que van a colegios privados y pueden pagarse profesores de apoyo) y pobres (que no pueden costearse la menor ayuda y viven en peores condiciones). Y de nuevo se propone todo lo contrario que en Finlandia, porque allí el propósito del sistema es que todos los alumnos alcancen el nivel del mejor del grupo.


Otra ocurrencia, que ya se da en muchos colegios concertados, consiste en separar a los niños de las niñas, como en el franquismo. Según dicen, porque cada sexo debe ser educado de distinta manera. En Finlandia, huelga decirlo, no hay separación escolar por sexos. Sin embargo... Es cierto que, tradicionalmente, las chicas obtienen mejores resultados en comprensión verbal y los chicos en matemáticas. Pues bien, la menor diferencia por sexos respecto a esos temas se da en Finlandia, donde la educación es más igualitaria.


El sistema educativo español nunca ha sido bueno, y ahora nos lo estamos cargando aún más. Eso le augura al país un futuro de mierda. Ya no somos mano de obra barata; lo único que nos puede dar alguna ventaja frente a los países emergentes es la innovación, el desarrollo tecnológico, y para eso es imprescindible que invirtamos en educación. Miremos a Finlandia, por favor. ¿Sabéis cuál es la profesión más valorada por los finlandeses? La docencia. ¿Sabéis cuánto gana al mes un profesor finlandés? 3.400 euros; casi el doble que sus colegas españoles (y Finlandia tiene el menor coste de vida de los países nórdicos).


Lo que se está haciendo con la educación es un suicidio, y son los jóvenes, nuestros hijos, quienes sufrirán las consecuencias. Las protestas de los docentes no son un mero conflicto laboral, sino una cuestión de interés nacional. Apoyémosles, por favor; no hagamos caso a los políticos hijos de puta que sólo piensan en sus intereses partidistas y a cortísimo plazo. Esos políticos son los locos que nos van a llevar a la mierda.


Seamos un poquito finlandeses, joder, y luchemos por la mejor educación pública posible. O bien resignémonos a ser un país de quinta fila poblado de mediocres. Nuestros políticos ya han optado por esa segunda opción; ¿se lo vamos a permitir?

jueves, septiembre 1

Insomnio


El otro día, en el talk show Real Time with Bill Maher, de HBO (Canal + Extra), Maher le preguntó a uno de sus invitados, un astrofísico, sobre la muy probable cancelación por falta de fondos del telescopio espacial James Webb (JWST), sucesor del Hubble, que la NASA planeaba poner en órbita en 2014. El científico expuso su pesar ante esa eventualidad, aduciendo una serie de razones científicas –el alcance del JWST, muy superior al del Hubble, podría obtener imágenes del mismísimo comienzo del universo- y también económicas –comparando el coste del JWST con el de un mes de las tropas yanquis en Afganistán-. Al final añadió que las cada vez más drásticas restricciones económicas al programa espacial, no sólo suponían un freno para la ciencia y la tecnología, sino que además de ese modo se estaban cercenando los sueños de la gente. Entonces, dándole vueltas a esa respuesta, me di cuenta de que nuestra sociedad, nuestra civilización, está perdiendo la capacidad de soñar.



Recuerdo perfectamente el día (la noche en realidad) en que el hombre pisó la Luna. Para un chiflado de la ciencia ficción, como yo a los 16 años, aquello era un sueño hecho realidad. Vale, sí, el programa Apolo fue una herramienta propagandística de la Guerra Fría, probablemente el anuncio más caro del mundo, pero ¿y qué? Para la Gran Historia, lo único importante será que el 20 de julio de 1969 un ser humano pisó por primera vez otro cuerpo celeste.


A partir del alunizaje, todo el mundo, y en particular los pirados de la ciencia ficción, augurábamos un futuro esplendoroso. Lo siguiente sería una estación espacial en órbita; luego, bases permanentes en la Luna, después una misión tripulada a Marte y, por qué no, finalmente las estrellas. Nos sentíamos como los primitivos anfibios dando sus primeros y torpes pasos en las playas, dispuestos a extenderse por tierra firme. Estábamos abandonando la Tierra para colonizar el espacio.


Pero no sólo era el programa espacial. Sentíamos que todo era posible, que el futuro era un paraíso lleno de prodigios. Vale, también albergábamos el temor de que los pérfidos comunistas nos frieran a bombazos atómicos; pero hasta eso, una hecatombe nuclear, era una pesadilla grandiosa (y una pesadilla no es más que un mal sueño). Sí, nuestro futuro estaba lleno de sueños. Incluso creímos que podíamos cambiar el mundo sin más armas que flores, buen rollito y unos canutos. No lo conseguimos, claro; el mundo nos cambió a nosotros. Pero si bien es importante cumplir los sueños, aún más importante es poseer la capacidad de soñar.


Luego, las cosas comenzaron a torcerse. El programa espacial perdió popularidad y el desastre (en todos los sentidos) de los transbordadores casi ha acabado con la NASA. A la fiesta hippy le siguió el nihilismo punk. Y la Guerra Fría concluyó, con un ganador y un perdedor. A la mierda el sueño/pesadilla comunista. Fueron los tiempos de Reagan, Thatcher y Wojtyla, tiempos malos para la lírica. Así que la gente comenzó a pasar de utopías y de antiutopías, los sueños dejaron de ser colectivos para convertirse en privados (es decir, no solo se privatizó la economía, sino también los sueños). Sueños muy poco románticos: el nuevo paradigma consistía en enriquecerse lo antes posible del modo que fuese. Y aquellas lluvias trajeron estos lodos, el cenagal de una crisis causada por un capitalismo sin freno.


¿Qué sueña la gente ahora? No hay sueños colectivos, nadie habla de utopías, no hay ningún proyecto de futuro, ninguna empresa lo suficientemente amplia, ambiciosa e ilusionante que nos brinde esperanza. Ahora, el sueño de la gente consiste en encontrar un trabajo de menos-que-mileuirista y, con suerte, empeñarse de por vida para conseguir una casa de mierda. Joder, entre soñar con alcanzar las estrellas y soñar con pillar un curro mal pagado y una hipoteca hay una sustancial diferencia, no me digáis que no.


Ahora, una aclaración, para evitar confusiones. Alguien podría pensar: vaya, ya estamos con la cantinela de siempre. Los de antes tenían valores, eran luchadores y románticos, pero las nuevas generaciones, criadas en el confort y la molicie, pasan tanto de todo que ni siquiera son capaces de tener sueños ambiciosos. Bueno, pues no, de ningún modo pretendo decir eso. Al contrario, sostengo que las nuevas generaciones, los más jóvenes, no sólo no son responsables del actual estado de las cosas, sino que son las principales víctimas. Los verdaderos culpables somos nosotros, los que nacimos en torno a mediados del siglo XX. Nosotros, los babyboomers y las generaciones anterior y posterior, fuimos quienes la cagamos.


Las características de cada generación dependen de su momento histórico y de las circunstancias de su entorno. En Occidente, después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como nuevo imperio y Europa lamiéndose las heridas, se inició un proceso de intensísimo y velocísimo desarrollo tecnológico que se sustanció en una rápida mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Tras el profundo conservadurismo de posguerra, hubo una primera reacción en los 50, la generación beat, que condujo a la revolución contracultural de los 60, un grandioso despliegue de sueños utópicos. Pero, atención, los 60 fueron años de esplendor económico (no en España, pero sí en el resto de Occidente), de modo que esa contracultura era sobre todo burguesa. No nos engañemos: aquellos greñudos, románticos y colocados hasta el culo, éramos unos hijos de papá. Como dábamos por hecho que teníamos tan asegurado el futuro como el presente, ¿por qué no cambiar el mundo y, además, divirtiéndonos al hacerlo? Reconozcamos que no tiene mucho mérito intentar volar cuando se tiene una red de seguridad debajo.


El caso es que el mundo no cambió, y ahí nos quedamos los greñudos, preguntándonos qué habíamos hecho mal. Quizá el pelo; así que nos lo cortamos (además, empezábamos a quedarnos calvos). Para colmo de males, la mayor parte de los ideólogos de nuestra generación había apostado por el caballo equivocado: el comunismo. La invasión rusa de Checoslovaquia fue un bajonazo, y el posterior desmoronamiento del imperio soviético dejó a la izquierda con los ojos como platos y sin plan B. Se acabó el sueño de intentar cambiar el mundo (para cambiar algo primero hay que saber en qué quieres convertirlo). Así que los ex-greñudos nos volvimos socialdemócratas, que es como decir: “Vale, has ganado, tu sistema es el bueno; pero al menos déjanos controlarlo un poquito”. Y los ex-greñudos nos pusimos a currar para intentar vivir lo mejor posible. ¿Utopías? Para qué, si ya vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Nos vendimos al sistema a cambio de un plato de lentejas, y criamos a nuestros hijos inculcándoles la convicción de que habría lentejas para siempre y para todos. Mentira. Unos pocos, los listos de verdad (los que, en efecto, han cambiado el mundo), se quedaron con todo el chorizo, la morcilla y el tocino, y ahora ya no hay legumbres para todos, ni se auguran buenas cosechas futuras. Y del cerdo, por supuesto, olvídate.


Mi generación creció con la certeza de que el futuro iba a ser mejor que el pasado (de ahí que “futuro” sea para nosotros sinónimo de “progreso”). Y en muchos sentidos, así fue. Pero ya no. Las jóvenes generaciones, nuestros hijos, vivirán peor que nosotros, lo tendrán infinitamente más difícil. Les hemos robado el futuro; y lo que es aún peor: les hemos robado los sueños.


“Eh”, diréis; “hay muchos jóvenes idealistas, como los que curran para las ONGs o los del 15-M”. Es cierto, hay jóvenes idealista. Pero fijaos en qué clase de sueños tienen. Los del 15-M ya no quieren cambiar el sistema, sino simplemente algunas de sus normas. Y un curro, claro; es lógico con un 50 % de paro juvenil. En cuanto a los de las ONGs, su sueño consiste en aliviar los males, una labor admirable, pero también en cierto modo pesimista, porque en el fondo es el reconocimiento de que no hay utopías, y todo lo que podemos hacer es intentar paliar un poco el dolor y la miseria de esta mierda de mundo.


Ya no hay futuro. Fijaos en algo: durante el siglo XX, hasta más o menos los años 80, la modalidad de fantástico más popular era la ciencia ficción, un género intrínsicamente relacionado con el porvenir. Hoy, la ciencia ficción está en recesión y el género en boga es el fantasy (El señor de los anillos, El nombre del viento, Canción de hielo y fuego, etc.), una temática que suele desarrollarse en una especie de pasado pseudo medieval. Es decir, antes soñábamos con el futuro, mientras que hoy los sueños se refugian en el pasado. Muy sintomático.


Mi generación no solo forjó sus propios sueños; también heredó algunos de los sueños de generaciones anteriores. En cierto modo había una continuidad, una inercia, una línea conductora a lo largo del tiempo. ¿Qué sueños de mi generación heredarán los jóvenes? Ninguno; ni siquiera la torpe ensoñación de dar un pelotazo. ¿Forjarán sus propios sueños? Quizá, pero cuando se está luchando por sobrevivir es muy difícil perder el tiempo fantaseando con las estrellas.


Una sociedad que carece de sueños, una sociedad que no tiene ningún proyecto, salvo perpetuarse en lo mismo, es una sociedad decadente. No hay de qué sorprenderse; en algún momento tenía que producirse el declive de Occidente. Pero ese no es el auténtico problema. La cuestión es que la gente no necesita sólo pan y cobijo para vivir, sino también esperanza, sueños, y si se les priva de ellos, automáticamente se abre un hueco (un “nicho de mercado” en lenguaje de marketing) que los oportunistas y los iluminados correrán a ocupar. El nazismo surgió de una profunda crisis económica en un país que había visto derrumbarse sus sueños. Hitler le prometió a los alemanes (arios, por supuesto) que mejoraría su nivel de vida y les devolvería el orgullo nacional. Y en gran medida cumplió su promesa. Lo malo es que esos sueños venían acompañados por la peor de las pesadillas. Eso es lo que nos enseña la Historia, que cuando a la gente se le arrebatan los sueños, los locos se alzan con el poder. Y no os creáis que siempre es sencillo identificar a los dementes.


Vaya, cuánto me he enrollado... En resumen, amigos míos, lo único que quería decir es que la crisis económica es chunga, pero la crisis onírica puede ser aún peor.

lunes, agosto 22

Leoncio Vázquez



Hay en TV una serie de humor, muy divertida, llamada Scrubs. Trata sobre dos médicos internos (Dorian y Turk, uno blanco y el otro negro) del hospital docente Sagrado Corazón. Ambos son amigos desde pequeños; de hecho, se conocen tanto que han desarrollado una serie de ritos privados y saben en todo momento lo que está pensando o haciendo el otro. Son como dos partes del mismo mecanismo. La serie, ya lo he dicho, es muy divertida, pero una de las cosas que más gracia me hacen es que la relación entre Dorian y Turk se parece a mi relación con mi mejor amigo, Tito, a quien conocéis por su nick Samael.


Tito y yo nos conocimos en el colegio San Alberto Magno cuando teníamos nueve años, hace ya casi cincuenta, y desde entonces hemos mantenido ininterrumpidamente nuestra amistad. ¿Amistad? No, más que eso. Mis hermanos eran diez y catorce años mayores que yo, y el hermano de Tito, Dámaso, murió muy joven, así que hemos sido prácticamente hermanos. Juntos hemos pasado muchas cosas buenas, y también muchas cosas malas; la verdad es que podría escribir un libro entero con las delirantes anécdotas que hemos protagonizado. Durante mucho tiempo lo hicimos todo a la vez, desde la vida loca de dos balas perdidas, a la loca vida de dos publicitarios. Él y su mujer son los padrinos laicos de mi hijo mayor y yo soy el padrino de su gata Renata.

El caso es que nadie me conoce tan bien como Tito y nadie conoce a Tito tan bien como yo. Con frecuencia sabemos lo que está pensando el otro y, como no podía ser de otra forma, hemos desarrollado una serie de ritos privados. Por ejemplo, cada vez que hablamos por teléfono sobrevienen un par de minutos previos en los que no hacemos más que proferir ruidos guturales y frases sin sentido. Cualquiera que no nos conozca sospecharía que somos gilipollas, mientras que quienes nos conocen tienen la certeza de que, en efecto, somos gilipollas. Como es natural, también conozco a su familia desde siempre y, de un modo u otro, he llegado a considerarla mi propia familia. Una familia muy peculiar, por cierto. Y quizá el más peculiar de todos sus miembros fuese Leoncio Vázquez, el padrino de Tito (en realidad, Tito se llama Leoncio).

Cuando le conocí (hace un millón de años), Leoncio Vázquez era el propietario de una cafetería llamada La Concha, situada en la madrileña plaza de Santa Bárbara 1, justo donde hoy hay una sucursal BBVA. Leoncio era un hombre fornido y grueso, pero la suya no era una gordura fofa, sino tensa y firme, como si fuese una expansión de sus músculos. Llevaba un bigotito recortado, como una fila de hormigas, bigote de facha. Porque Leoncio era un facha, un franquista de tomo y lomo; pero inofensivo, pues jamás se metió en política. Tenía la voz grave, algo rota, y una perenne expresión de ironía en la mirada. Estaba casado con Eloisa, una mujer tan guapa como insoportable, y no tenía hijos.

Básicamente, Leoncio era un golfo. Jugador, tramposo, juerguista, bebedor impenitente, fumador compulsivo, putero… y simpático, arrolladoramente simpático. Fue un señorito madrileño de la posguerra, sin excesiva pasta pero con mucho morro, un buscavidas que solía caminar al borde de la ilegalidad. En la trastienda de La Concha, su cafetería, se celebraban larguísimas partidas de póker (cuando el juego estaba prohibido), en las que tanto él como su mujer participaban con entusiasmo. La verdad es que en La Concha se jugaba mucho y a todo y, en contra de lo que cabía esperar, esa pasión por el juego acabó convirtiendo a Leoncio en multimillonario.


Era un golfo, sí, pero con un peculiar código de valores. Por ejemplo, aceptaba que sus empleados le robaran, siempre y cuando no fuese demasiado (a fin de cuentas, él hubiera hecho lo mismo), igual que aceptaba las trampas, siempre y cuando estuvieran bien hechas. En cierta ocasión, cuando Tito y yo teníamos 16 o 17 años, fuimos a La Concha y nos pusimos a jugar con Leoncio a los dados. Nos jugábamos poco dinero, para él, pero mucho para nosotros, y Leoncio ganó todas las partidas, dejándonos sin un duro. “Qué suerte tienes”, le dijimos. Él le dio un sorbo a su whisky, nos dedicó una mirada socarrona y respondió: “Sois unos lilas; os he hecho trampas”. Acto seguido, nos explicó cómo se hacían trampas jugando a los dados. Pero no nos devolvió el dinero; ese era el precio que habíamos pagado por la lección que acababa de darnos: si vais a jugaros la pasta, tened presente que podéis encontraros con tipos como yo.

Podría relatar cientos de anécdotas protagonizadas por Leoncio. Por ejemplo, una tarde, estando en La Concha, entraron un grupo de sordomudos. De pronto, Leoncio se aproximó y comenzó a hablar con ellos… ¡en el lenguaje gestual de los sordomudos! ¿Cómo es que conocía ese lenguaje? Se negó en redondo a decírnoslo. ¿Para qué lo había aprendido? Ni idea, aunque sospecho que para algo semi-ilegal. No es que ésta sea una anécdota graciosa, pero ilustra una de las peculiaridades de Leoncio: era imprevisible, estaba lleno de pequeños secretos y sorpresas.

A mediados de los 70, poco antes de la muerte de Franco, cuando Leoncio tenía cuarenta y tantos años, inició su camino hacia la fortuna. Enfrente de La Concha había, y hay, un palacete, el de la marquesa de V. Los más jóvenes de esa familia, los nietos de la marquesa, solían frecuentar La Concha, acompañados muchas veces por uno de los nietos de Franco, Francis. Eran, como es natural, una panda de pijos. Se dio la casualidad de que una de las nietas de la marquesa, llamada (creo recordar) Patricia, fue compañera mía en la facultad de periodismo. Era una chica encantadora, muy crítica con sus parientes, que me contó algunas cosas acerca de su familia. La marquesa, heredera del título y de la fortuna, tenía tres hijos que vivían en ese palacete. Cada hijo, a su vez, tenía su propia familia, pero todos dependían de la pasta de la marquesa, que al parecer era más bien tacaña. Por lo visto, los nietos se dedicaban a ir por las habitaciones del palacete que su abuela no solía visitar, cogían todo lo que tuviese algún valor y lo vendían. Porque no tenía ni un duro.

Entonces, los marquesitos tuvieron una idea para conseguir pasta: le propusieron a Leoncio montar un bingo ilegal en La Concha (el juego, os lo recuerdo, estaba prohibido). Fue un éxito tan grande que Leoncio comenzó a ganar más dinero con el bingo que con la cafetería. De vez en cuando aparecía la policía, cerraba el tinglado y metía a los promotores en la trena, pero entonces Francis Franco intercedía por ellos, todo el mundo quedaba libre sin cargos y el negocio volvía a empezar. Cosas de la dictadura.

No era el único bingo ilegal de Madrid, claro; de hecho, había tantos que finalmente se autorizó esa clase de juego, restringiéndolo al principio a determinadas instituciones, entre ellas las casas regionales. Justo en ese momento, Leoncio tuvo un golpe de suerte: el Banco de Bilbao le compró La Concha. Leoncio, que era pucelano, se puso entonces en contacto con la Casa de Valladolid y les propuso montar un bingo, esta vez legal. Fue un éxito absoluto y el dinero comenzó a entrar a raudales. En el 77 se permitió el juego en España y Leoncio montó varios bingos más. Y se hizo multimillonario.

Voy a hablaros de Eloisa, su mujer. Lo reconozco: me caía fatal. Cuando sólo era de clase media ya se comportaba de forma egoísta, altanera y despectiva con los demás, así que imaginaros lo insoportable que se puso cuando se convirtió en multimillonaria. Era insufrible y cometió el error de serlo también con su marido. La verdad es que se llevaban fatal y discutían constantemente. Según reconoció la propia Eloisa, dormía con un cuchillo debajo de la almohada, aunque estoy convencido de que Leoncio jamás la maltrató. Más bien fue al revés.

En mi opinión, si estás casada con un tío que, de la noche a la mañana, se ha forrado, más te vale tratarlo bien (y cuando digo “tratarle bien” me refiero sólo a tratarle con un poco de educación). Pero Eloisa optó exactamente por lo contrario: se dedicó a hacerle la vida cada vez más imposible a su marido. Hasta que un día a Leoncio se le hincharon las pelotas y se divorció de ella. Eloisa sacó mucha pasta y muchas posesiones de ese divorcio, suficiente capital para vivir bien el resto de su vida, pero era una ludópata y lo perdió todo en el juego. Al final murió pobre y sola. No me alegro de ello, pero se lo había ganado a pulso.

Leoncio, por su parte, se casó de nuevo, con la mujer que había sido su amante de siempre. Eso le hizo feliz. Pero mucho antes, antes incluso del divorcio, había cometido un error: se asoció con tiburones de la alta sociedad. En realidad, fue la misma tontería que Tito y yo habíamos cometido al jugarnos la pasta con él a los dados: jugó con tipos que eran más golfos que él. Y perdió. Sus socios le timaron y se quedaron con uno de su bingos, el que más pasta le daba. Pero aún tenía mucho dinero y, aunque la fiebre del bingo acabó disipándose, siguió viviendo con toda comodidad.

En fin, supongo que os habéis dado cuenta de que hablo de Leoncio en pasado. Porque Leoncio Vázquez falleció hace poco más de un mes, el 14 de julio de este año. Tenía 88 años de edad. Cuando volví de Noruega y me enteré de lo que había pasado, se me partió el corazón. Y me sentí culpable y asquerosamente cobarde.

Hacía mucho tiempo que no veía a Leoncio; creo que casi treinta años. Muchas veces había pensado en visitarle, pero lo fui dejando. Finalmente, el invierno pasado hablé con Tito y le dije que me gustaría ver a su padrino. Quedamos para comer juntos, pero Leoncio se indispuso y no pudo ser. Poco después, se rompió un tobillo y lo ingresaron en una residencia para la rehabilitación. Tito iba a verle con frecuencia; le dije que un día quería acompañarle, y Tito me advirtió de que Leoncio tenía la mente en perfecto estado, pero físicamente estaba hecho una mierda (con el tipo de vida que había llevado, lo raro es que alcanzara tan avanzada edad). Me dio miedo verle tan cascado, ingresado en una residencia llena de viejos gagá, así que le dije a Tito que esperaría a verle para cuando estuviese recuperado. Nada más colgar el teléfono lo pensé: se va a morir, no volveré a verle jamás. Y así ocurrió. Soy un mierda, pero eso es otra cuestión. Según Tito, Leoncio no soportaba estar en la residencia y como su tobillo no mejoraba, temía quedarse allí para siempre. Así que se dejó morir; de hecho, cuando llegaron los médicos rechazó toda ayuda. Ya había vivido demasiado, y  no le gustaba el tipo de vida que le esperaba, así que ¿para qué seguir? La partida había terminado; era hora de recoger las cartas y descansar.

Con Leoncio ha muerto una parte de mi niñez y de mi juventud, una parte de mi vida. Pero también ha muerto un personaje irrepetible, y uno de los últimos protagonistas de una época que ya no existe. No quiero ponerme sentimental, pero lo siento, lo siento muchísimo. Ya sabéis que no creo en el más allá, pero si me equivocara y realmente hubiese una vida después de la muerte, con toda seguridad, Leoncio, gran pecador, estaría en el infierno, timándole a los dados a Satanás y regentando un casino en la trastienda del Averno.

Hasta siempre, Leoncio, entrañable y simpático golfo, viejo tramposo, putero y juerguista. Nunca te olvidaré.

jueves, agosto 4

Canícula


¡Eeeeeeeeoooooooo!... ¿Hay alguien ahí?... Supongo que estáis todos de vacaciones o, cuando menos, con las neuronas en otra parte. En lo que a mí respecta, es el primer verano en mucho tiempo que me pilla sin estar escribiendo alguna novela. Aunque, en realidad, comencé una hará cosa de mes y medio, pero no sé yo si voy bien encaminado. Me cuesta mucho escribirla, lo que suele significar que hay algo que no funciona. Me parece que voy a abandonarla…



Ahora estoy corrigiendo la última novela que he escrito, La isla de Bowen, un relato de 500 páginas de extensión. Está ambientada en 1920, en España, Inglaterra y Noruega, y es una historia de aventuras al estilo de las de Julio Verne, un proyecto que llevaba casi veinte años acariciando. Aunque, ahora que ya está casi acabada, me doy cuenta de que no solo me he dejado influir por Verne, sino también por Conan Doyle y Wells. Cuanta la historia de un hallazgo imposible y valiosísimo en una tumba medieval, de la búsqueda de un misterio, de una expedición perdida y de la pugna por encontrarla entre un multimillonario sin escrúpulos y un geógrafo y explorador, Ulises Zarco, tan extravagante como malhumorado. Hay dirigibles, volcanes, barcos y todo lo que debe tener una novela al estilo Verne.


Confieso que casi me lo pasé bien escribiéndola. Casi, porque 500 páginas son una pasada y al final estaba un poquito hasta las pelotas. No obstante, ahora me lo estoy pasando bomba corrigiéndola. Vale, lo confieso, debo de ser el único escritor que disfruta corrigiendo sus textos. Pero es que hay que tener en cuenta mi gran axioma profesional (copiado de Fredric Brown): Odio escribir, pero adoro haber escrito. Y en eso precisamente consiste corregir: en repasar lo ya escrito. Genial, porque ya está hecha la mayor parte del trabajo y lo único que queda es retocar aquí y allá; a lo sumo, redactar un par de párrafos. Desde luego, mucho mejor que romperte la cabeza trabajando en algo que todavía no tiene forma. El caso es que ahora, mientras corregía, me he dado cuenta de las peculiaridades de la documentación que he tenido que manejar. He aquí algunos ejemplos:


-Técnicas y material fotográfico en 1920.
-Características detalladas de un carguero impulsado por un motor diesel en 1920.
-Velocidades de navegación a vapor y con motor de explosión en 1920.
-Sueldos en España y cotización de la peseta en 1920.
-Trazado del metro de Londres en 1920.
-Modelos de coches y motos a principios del siglo XX.
-Nivel del conocimiento sobre los elementos químicos en 1920.
-Historia de la iglesia de San Gluvias en Penryn (Cornualles).
-Historia de la cristianización de Escandinavia.
-Historia de la ciudad noruega de Trondheim.
-Historia e imágenes del Reform Club.
-Imágenes y filmaciones de Havoysund (cerca de Cabo Norte) y de la isla Spitsbergen en el archipiélago Svalbard (cerca del Polo Norte).


Eso sólo es una muestra. Ahora bien, ¿os hacéis una idea de cuánto tiempo y esfuerzo me habría llevado conseguir esos datos antes de Internet? No puedo ni imaginármelo. De hecho, si no dispusiera de la Red no me habría planteado siquiera buscar muchas de esas cuestiones. ¿De dónde demonios iba a sacar, por ejemplo, un plano del metro de Londres de la década de los 20? Pues bien, todo eso lo encontré en Internet, aunque es cierto que tuve que complementar algunas cuestiones a la vieja usanza, recurriendo a libros y revistas. Y las imágenes… joder, había mucho más de lo que yo esperaba, incluso imágenes de los años 20. Sin duda, Internet es una bendición para un escritor.


Pero no todo es bueno. Con mucha frecuencia, cuando buscas un dato te encuentras con el mismo texto, por lo general simplista e insuficiente, copiado y repetido decenas de veces, copando las primeras páginas. De hecho, tienes que rebuscar entre montones de páginas inútiles hasta encontrar lo que buscas… si es que lo encuentras. Luego está la calidad de la información, porque la mayor parte de los datos que encuentras en la Red no son fiables. Por ejemplo, amigos míos, Wikipedia NO ES FIABLE. ¿Cómo, que las enciclopedias en papel tampoco lo son? Cierto, pero me atrevería a afirmar que la peor enciclopedia del mundo es cien veces más fiable que Wikipedia. Y lo sé por experiencia. Lo cierto es que yo recurro a la Wiki de las narices casi exclusivamente por los links. El problema es que por Internet circulan con idéntica profusión y rapidez la información y la desinformación, y a veces no es fácil distinguir la una de la otra. Hay temas, como por ejemplo el esoterismo, que ni siquiera me planteo buscar en Internet, porque la cantidad de basura que hay hace imposible la labor. Pero bueno, ya hablaremos otro día de los problemas de Internet.


Ahora estoy aquí, en mi despacho, sintiéndome culpable por estar escribiendo esto en vez de corregir la novela, como sería mi deber. Son las doce menos cuarto de la mañana; miro por la ventana y veo la calle vacía. Agosto es como un largo bostezo, qué maravilla. No hay tráfico, no hay aglomeraciones, puedes aparcar donde quieras… una gozada. Ya conocéis el dicho: Madrid, en agosto, Baden-Baden. Aunque este año viene Ratzinger Z y la ciudad se va a poner perdidita de meapilas. Será cosa de no visitar el centro entre el 18 y el 21, no vaya a ser que me quemen en una hoguera.


Hace calor. Pasado mañana, Pepa, Óscar, Pablo y yo nos vamos de vacaciones a pasar una semana en Malta. Sí, sí, sí, acabo de volver de Noruega, lo sé; pero es que siempre partimos las vacaciones. Quince días para Pepa y para mí, solos (si alguno de nuestros vástagos quiere acompañarnos, perfecto; pero nunca quieren), y una semana con los okupas. De todas formas, últimamente estoy viajando muchísimo, es cierto. Me encanta. Aunque me temo que en Malta hará un egg de calor… en fin, añoraré el clima noruego. Pepa y los okupas están deseando tumbarse al sol; yo me buscaré un buen lugar a la sombra donde maquinar el modo de convencerles para que dediquen más horas a conocer la isla que a broncearse. También debo decidir si continuar con la novela que he empezado o ponerme con otra cosa. Como comentaba en la entrada anterior, molaría un historia de vikingos, pero creo que me atrae más un relato relacionado con la Liga Hanseática. El problema es que sé muy poco sobre el Hansa… En fin, ya veremos.


Hoy es el cumpleaños de Pepa. ¡Felicidades, reina mora! Comeremos todos juntos en el Asador Donostiarra, restaurante donde el Real Madrid solía celebrar sus títulos… cuando ganaba títulos, claro. Le he regalado a Pepa un IPad; se lo he dado esta mañana, pero durante la comida le daré un par de detallitos que no se espera. Sí, soy un encanto, lo sé.


¿Estoy divagando? Por supuesto; pero es lo que exige el verano. Y más que pienso divagar. Hasta dentro de quince días, amigos míos. Feliz verano.