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En los 60 cometí el gran error de convertirme en coleccionista de libros de cf (queridos niños, nunca coleccionéis libros: ocupan espacio, pesan, acumulan polvo y, como es una colección, la mayor parte no los leeréis jamás). Todos los sábados, por la mañana, iba a la Cuesta de Moyano (una calle de Madrid, junto al Retiro, donde hay una feria permanente del libro usado) en busca de viejos títulos. La caseta número 3, la de Antonio, estaba especializada en cf, y allí descubrí algo que no me había planteado nunca: aparte de mi hermano y de mí, había en España otros pirados de la cf. Ése fue mi primer contacto, aunque indirecto, con el incipiente fandom español. Una aclaración para los neófitos: la cf quizá sea el género que cuenta con aficionados más activos. Se comunican entre sí, se reúnen, crean asociaciones, editan publicaciones de aficionados... no son muchos, pero sí muy participativos. Pues bien, a ese grupo de superaficionados a la cf se lo denomina fandom, que es la contracción de fanatic kingdom, reino de los fans.
¿Era yo un friki? Bueno, lo cierto es que por aquel entonces, y en España, no resultaba fácil serlo (ni siquiera existía el término); sobre todo en lo que a merchandising se refiere, por la sencilla razón de que no había. Pero, reconozcámoslo, un poco friki sí que era; digamos que protofriki. Un pirado de la cf y el fantástico en (casi) todas sus modalidades.
1968 fue un año especial. Hacía tiempo que se venía hablando de la próxima superproducción de Stanley Kubrick, 2001: Una odisea del espacio. El guionista del film era el famoso escritor de cf, Arthur C. Clarke (de quien yo había leído muchos cuentos y novelas), y todo lo que se decía de la película prometía maravillas (una anécdota: se comentaba como algo extraordinario que Kubrick, que vivía en Londres, y Clarke, que vivía en Sri Lanka, se comunicaban mediante ordenadores conectados por teléfono). Mi hermano José Carlos viajó a Londres ese año y vio la película (allí se había estrenado en mayo del 68). Volvió encantando y me trajo un lujoso programa de mano del film, que todavía conservo. Joder, qué envidia me daba el cabrón (mi hermano, no el programa). Finalmente, 2001: Una odisea del espacio se estrenó en España en octubre del 68, en el cine Albéniz de Madrid, con su maravillosa pantalla de Cinerama tan adecuada para los 70 gloriosos mm. del film.
Yo estaba castigado por sacar malas notas, pero un domingo mi padre me invitó a ver la película con él, en la sesión matinal. ¿Cómo describir la experiencia? Yo adoraba la cf en una época en la que los efectos especiales más avanzados eran los dibujitos naif que diseñó la Walt Disney Co. para Planeta Prohibido (1956), una película cuyo más deslumbrante efecto especial era la minifalda de Anne Francis. Y de pronto, ante mis ojos, veía naves surcando el espacio, tan reales como la vida misma, ingravidez, estaciones espaciales en construcción, la superficie de la Luna, inteligencia artificial, extraterrestres... Fue un sueño, una epifanía, un orgasmo de 160 minutos de duración. Volví a ver la película en el Albéniz otras seis veces.
Diez meses antes, en enero del 68, había tenido lugar un acontecimiento de especial relevancia para la cf hispana: la aparición del número 1 de la revista especializada en el género Nueva Dimensión. Esta publicación, creada por tres aficionados catalanes, Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, fue un milagro en aquella España mugrienta y mediocre. Ya se había intentado con anterioridad lanzar revistas de cf (por ejemplo, Anticipación), pero ninguna había durado mucho. Nueva Dimensión (ND por abreviar) se extendió a lo largo de 148 números y se mantuvo quince años en el centro de la cf española.
ND publicaba relatos, tanto de cf clásica como de la nueva cf que comenzaba a escribirse por aquel entonces. Pero lo más importante eran sus famosas páginas verdes, una sección de opinión, información y ensayo que iba a ser lugar de cita ineludible para todos los aficionados hispanohablantes. Entre otras muchas cosas, ND unió (creó en realidad) el fandom español y propició las primeras hispacones, reuniones de aficionados de las que hablaré más adelante. Además, en sus páginas dieron los primeros pasos algunos de los principales autores españoles del género (y también del cómic, por cierto).
En algún momento de finales de los 60 descubrí a Ray Bradbury. Supongo que había leído antes algún que otro relato suyo, pero lo que me impactó fueron sus famosas Crónicas Marcianas. Bradbury era un francotirador que iba por libre y su forma de encarar el género, siempre profundamente humanística y alejada de la tecnología, era completamente distinta a la de cualquier otro autor. A partir de ese momento, devoré todo lo que encontraba de Bradbury; de hecho, como ya estaba haciendo mis primeros pinitos como escritor, comencé a copiarle descaradamente. Es más, uno de mis propios relatos de los que estoy más satisfecho, El rebaño, está inspirado en un cuento de Bradbury, Volverán las mansas lluvias. Bradbury me enseñó el secreto placer de la melancolía.
Pero resultaba que todos los libros de Bradbury estaban publicados por Ediciones Minotauro, una colección dedicada al fantástico en general y a la cf en particular, creada por Francisco Porrúa, el editor que publicó Cien años de soledad. El primer libro de la colección, editado en el 55, fue precisamente Crónicas marcianas, con prólogo de Borges. Minotauro publicaba poco, pero selecto; Porrúa escogía personalmente lo mejor de la cf mundial y acabó forjando la más brillante colección de cf en español y, probablemente, una de las mejores del mundo. Allí descubrí las novelas de Sturgeon (Mas que humano y Los cristales soñadores), a Cordwainer Smith, a Ballard y, muy en particular, a Alfred Bester, cuya pirotecnia narrativa me asombró y todavía me asombra. (Nota: lo que digo sobre Minotauro es válido hasta que Porrúa le vendió la editorial a Planeta; a partir de ese momento, las cosas fueron lamentablemente distintas).
Para entonces, yo ya tenía formado un criterio propio sobre el género. Me gustaba más la cf cercana al ser humano que la tecnológica (hard); me gustaba la cf que, quizá adentrándose en el futuro, hablaba de nuestro presente; me gustaba la cf que exploraba ideas originales y extrañas acerca de nosotros mismos. (...) Releo lo que acabo de escribir y compruebo que da la sensación de que sólo me gustaba la cf profunda, comprometida y sesuda, lo cual no es cierto. También me gustaba, y mucho, la cf que sólo es entretenimiento e imaginación. Pero bien narrada e inteligente. En realidad, lo que me gustaba era la cf más literaria.
Por esa época, creo que fue en 1970, descubrí a Jorge Luis Borges y el impacto fue brutal (pensaréis que me impactaban muchas cosas, y es cierto; supongo que era un jovencito impresionable). Leí Ficciones y El aleph y me quedé anonadado. ¡Más allá de la cf había maravillas deslumbrantes! Pero maravillas intelectuales, filosóficas, estéticas. Leí de seguido todo lo de Borges, y luego lo releí (y sigo releyéndolo), y más tarde comencé a leer libros sobre Borges, que son un género en sí mismos. Salté a Kafka, García Márquez y Cortázar, seguí con Wough, Golding y Hemingway, y también Stevenson, y Conan Doyle, y Buzzati, y Wilde, y Kipling... Mis gustos literarios se fueron ampliando progresivamente, aunque durante la siguiente década seguí siendo un gran aficionado a la cf.
Pero es que los 70 fueron, en cuanto a publicaciones del género, una edad de oro en España. Veréis, como dije en una entrada anterior, la cf alcanzó la madurez en los 50/60. A finales de los 60 y durante parte de los 70 surgió un movimiento de renovación del género, la new thing, que generaría grandes autores y grandes obras. Hablaré de eso en la siguiente entrada. El caso es que en los 70 se publicaba, además de la cf del momento, mucho material de las dos décadas anteriores. Todo un festín.
En mi opinión, esos treinta años, entre 1950 y 1980, fueron el periodo de máximo esplendor del género. Nadie podía imaginarse que pronto llegaría su rápido declive, y a mí ni se me pasaba entonces por la cabeza que acabaría escribiendo y publicando cf, y al mismo tiempo dejando de leerla. Y es que, como decía la mamá de Forrest Gump, la vida es una caja de bombones.
Ya he hablado de Fredric Brown en Babel (AQUÍ). Fue un escritor de novela policíaca y de cf, especializado en relatos cortos. Según palabras de José María Merino: “Los relatos breves de Fredric Brown están a la altura de la ficción literaria más interesante del siglo XX por la mirada irónica, la calidad de las invenciones y su intensidad expresiva”. Brown fue un maestro del ingenio, de la vuelta de tuerca, de los bruscos cambios de perspectiva. No tenía demasiado buen concepto de la humanidad y, en particular, de los fans de la cf; quizá por eso dos de sus mejores novelas, Marciano vete a casa y Universo de locos, son sátiras del género. De él aprendí al menos dos cosas. Que no hay situación, por dramática que sea, que no admita un punto de vista irónico. Y que en vez de héroes es mucho mejor tener por protagonistas a personas normales arrastradas a situaciones que les superan.
Clifford D. Simak es mi particular debilidad. No fue un gran escritor desde un punto de vista literario, pero sí un escritor sincero y honesto. Aunque escribía cf, un género relacionado con el futuro, sus mejoras obras hablan en realidad del pasado, de un tipo de vida, más sencilla e inocente, que ya había dejado de existir cuando se publicaron por primera vez, y de la que ahora no quedan ni rastros. Simak fue uno de los primeros representantes de lo que podríamos denominar “cf humanística”, y me enseñó que el género es mucho más rico e interesante cuando se aleja de las máquinas y se aproxima a los personajes. Escribió sus mejores obras en las décadas de los 50 y 60; luego, el mundo y la cf le pasaron por encima.
Robert Heinlein me encantaba cuando yo era niño; releía algunas de sus novelas una y otra vez, y aguardaba impaciente cualquier novedad surgida de su pluma. También he hablado de este autor en Babel (AQUÍ). Heinlein es un escritor controvertido a causa de su ideología. En USA le adoran, pero en España muchos le tildan de ultraderechista, cuando no directamente de fascista, mientras que otros intentan disculparle remitiéndose a las peculiaridades del pensamiento político yanqui. Como es lógico, todo eso me importaba un bledo cuando de niño le leía. Y en gran medida sigue importándome un bledo ahora.
Lo cierto es que Heinlein era un extraordinario narrador, en la mejor tradición literaria norteamericana que parte de Mark Twain. Además, ocurría algo curioso: aparte de su producción para adultos, Heinlein había escrito una decena de novelas juveniles. En España, muchas de esas novelas se publicaron en colecciones generales, sin advertir que estaban destinadas a lectores jóvenes. Y nadie se dio cuenta. Porque cuando Heinlein escribía literatura juvenil, lo que hacía era elegir un protagonista joven y luego desarrollar la novela exactamente igual que cuando escribía para adultos. De hecho, la que quizá sea su obra más conocida, Tropas del espacio, estaba destinada al público juvenil. Cuando los editores, con no poca sensatez, se negaron a publicar en sus colecciones juveniles una novela tan rabiosamente militarista, Heinlein la vendió a una publicación para adultos. Y nadie se dio cuenta.
Pues bien, cuando yo comencé a escribir literatura juvenil, seguí exactamente la misma estrategia que Heinlein: escribir para jóvenes igual que se escribe para adultos. ¿Casualidad? Lo dudo mucho. Por supuesto, yo no tenía a Heinlein en la cabeza cuando opté por ese camino, pero la huella que dejaron en mí sus novelas juveniles tuvo forzosamente que pesar en la decisión (aunque tampoco hay que descartar la influencia de Richmal Crompton y del propio Twain). No hace mucho que me he dado cuenta, pero reconozco que mi estilo a la hora de afrontar el género juvenil, aunque sea en temáticas distintas, se parece mucho al de Heinlein, así que estoy en deuda con él.
Bien, estos eran mis tres autores favoritos cuando yo tenía trece o catorce años. ¿Y Asimov? Muchos fans de la cf se aficionaron al género gracias a Asimov, pero no ocurrió así conmigo. Me gustó la trilogía inicial de las Fundaciones, El fin de la eternidad y Yo robot, pero el resto de sus novelas me parecían un pestiño, así que nunca estuvo entre mis favoritos. Por supuesto, me gustaban otros autores, como John Wyndham, Arthur Clarke o Theodore Sturgeon, pero quizá les había leído menos por aquel entonces y, en cualquier caso, no formaban parte de mis santa trinidad infantil.
Siendo un abducido por la cf, como yo era, no me nutría sólo de literatura, sino también de material audiovisual. No había demasiado cine de cf por aquellos tiempos (al menos buen cine), así que no tenía mucho donde elegir. Me encantaban El enigma de otro mundo, de Nyby/Hawks, y Planeta Prohibido, de Wilcox, y La invasión de los ladrones de cuerpos, de Siegel, y El increíble hombre menguante, de Arnold, y Ultimatum a la Tierra, de Wise. Y poco más, porque no había mucho más.
Curiosamente, creo que la TV me ofreció por aquel entonces más, y en ocasiones mejor, material de cf que el cine. Y también productos muy malos que, entonces, me encantaban. Por ejemplo, Viaje al fondo del mar; las aventuras de un submarino ultramoderno (el Seaview) que solía encontrarse con monstruos gigantes y/o alienígenas cabrones. Estaba producida por Irwin Allen, que también tenía otras series de cf que me chiflaban: El túnel del tiempo, Perdidos en el espacio y Tierra de gigantes. Todas eran malas, material de derribo, productos de reciclaje, pero coño, yo era un niño.
Otra de mis series favoritas era Los invasores. La Tierra sigilosamente invadida por malintencionados ETs que adoptaban nuestro aspecto, salvo por el hecho de no poder doblar el dedo meñique (como snobs bebedores de te). Huelga decir que en el colegio todos íbamos con el meñique tieso. Probablemente la serie era mediocre, y desde luego repetitiva, pero reflejaba a la perfección el espíritu paranoico de la cf escrita durante la Guerra Fría.
Y no puedo olvidarme de las “supermarionetas” de Gerry Anderson. Telefilms de cf protagonizados por marionetas cabezonas muy realistas. La primera que vi, y que casi nadie recuerda, era Supercar, las aventuras de un coche volador. Yo tenía nueve o diez años, así que era de mi etapa pre-cf. Luego vinieron Los guardianes del espacio (Thunderbirds), que me encantaba, y por último El capitán Escarlata. Cuando se estrenó en España yo tenía 15 o 16 años y me sentía demasiado mayor para ver telefilms de marionetas, pero me gustaban los guiones de esa serie, así que la veía medio a escondidas y totalmente avergonzado.
En la tele había mucho material infantiloide de cf, pero también productos de calidad. Como por ejemplo Star Trek, la serie original, con guiones muchas veces escritos por conocidos autores de cf. O mitos de la TV (y de la cf), como Rumbo a lo desconocido (The Outer limits) o la prodigiosa The Twilight Zone. También había series que, sin ser cf, recurrían con frecuencia al género. En primer lugar Los vengadores, con Patrick McNee y mi adorada, ay, Diana Rigg, donde se mezclaba el espionaje, la cf y el puro cómic, añadiéndole al cóctel grandes dosis de humor británico. O la divertidísima Jim West, que era un western, pero también espionaje y cf en plan steampunk avant la lettre. Me encantaba esa serie y jamás olvidaré a su principal supervillano, Miguelito Loveless, enano, megalómano y excéntrico mad doctor. Más adelante llegó otra serie también mítica que mezclaba el espionaje (tan en boga en los 60) con la cf: El prisionero, un delirio pop que aún hoy en día sigue resultando extraño y transgresor. Pero esa serie llegó más tarde, en el 69, y corresponde al comienzo de otra etapa de mi vida.
Por último, dos rarezas que lo son por ser productos españoles: Mañana puede ser verdad e Historias para no dormir, ambas de Chicho Ibáñez-Serrador. La segunda pertenecía al género de terror, pero la primera era pura cf, historias originales de Ibáñez-Serrador o adaptaciones de autores anglosajones, como Bradbury y Heinlein. Algún día hablaré largo y tendido sobre Chicho, pero ahora me limitaré a decir que esas dos series de terror y cf fueron, allá por mediados de los franquistas 60, y para un chaval con la cabeza en las nubes como era yo, algo así como rayos de luz entre las tinieblas.
La década de los 60 estaba a punto de acabarse; yo tenía unos 16 años. Tras una impetuosa inmersión en la cf, en la que devoré de todo, incluyendo muchas piezas indigestas, comenzaba a ser selectivo y a formarme mi propio criterio sobre lo que me gustaba y lo que no. Al mismo tiempo, y gracias a la influencia de mi hermano Eduardo, comencé a leer otra clase de literaturas. Entre tanto, y aunque yo no lo sabía, la cf estaba cambiando.
Por aquel entonces entraron en mi vida dos importantísimas publicaciones de cf: la colección (y editorial) Minotauro y la revista Nueva dimensión. Y un autor que cambió radicalmente mi forma de entender el género: Ray Bradbury. Y una epifanía: 2001. Una odisea del espacio.
Pero eso en el próximo post.
Noche de brujas y fantasmas, amigos míos; el samhain celta, halloween. Por las calles merodean pequeños monstruos en busca de presas con las que poder saciar su hambre de chucherías. Ya sabéis lo mucho que me gusta esta fiesta, la única celebración abiertamente pagana en monótono catálogo de aburridas fiestas cristianas. Sin embargo, este año me había olvidado por completo de ella, así que no tengo chucherías con que obsequiar a los muertos vivientes ni nada previsto para Babel. Improvisemos pues.
A todos los merodeadores un consejo: esta noche dejad algo de comida en vuestra puerta o en el alféizar de una ventana, para evitar que los difuntos, cuando salgan de sus tumbas, os devoren. ¿O es que no habéis visto The Walking Dead? Y un regalo: un relato, pero no mío. Ya que hablaba de él en la última entrada, os voy a dejar aquí un relato ultracorto del gran Fredric Brown. Se llama La respuesta, fue publicado en 1954 y, por supuesto, es un cuento de terror. Espero que os guste tanto como a mí.
Feliz halloween, merodeadores.
La respuesta
Fredric Brown
Dwar Ev soldó ceremoniosamente con oro la conexión final. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le observaban, y el subéter transmitía al universo una docena de imágenes de lo que estaba haciendo.
Se enderezó, hizo una seña a Dwar Reyn y se acercó al interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, simultáneamente, todos los grandes ordenadores todos los planetas habitados del universo -noventa y seis mil millones de planetas- en un supercircuito que los convertiría en un superordenador, una máquina cibernética que combinaría todo el conocimiento de las galaxias.
Dwar Reyn habló brevemente a los billones de seres que observaban y escuchaban. Después permaneció un instante en silencio.
-Ahora, Dwar Ev –dijo después de la pausa.
Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un poderoso zumbido; la energía de noventa y seis mil millones de planetas. A lo largo de los kilómetros que medía el panel de control se encendieron y apagaron multitud de lucecitas.
Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
-El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
-Gracias -repuso Dwar Reyn-. Será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha sido capaz de contestar hasta ahora.
Se volvió hacia la máquina.
-¿Existe Dios? –preguntó.
Una potente voz respondió sin vacilar y sin que sonara ni un relé.
-Ahora sí –dijo.
Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para intentar apagar la máquina.
Y de un cielo sin nubes surgió un rayo que lo derribó y fundió para siempre el interruptor.
Permitidme un breve repaso a la historia de la cf (los connoisseurs os lo podéis saltar). Aunque algunos se empeñan en buscar los antecedentes del género en la antigüedad, remontándose a Luciano de Samosata, a los vedas hindúes o incluso al poema de Gilgamesh, existe la convención general de que la primera novela de cf fue Frankenstein, el moderno Prometeo (1818), de Mary Shelley. En efecto, aunque esa obra es puro género gótico, por primera vez el elemento fantástico no procede de lo sobrenatural, sino de la ciencia (la ciencia de la época, claro; en concreto, las teorías de Luigi Galvani).
A partir de entonces se extiende un largo periodo donde se cuece lo que podríamos llamar la proto-cf, con autores como Edgar Alan Poe, Jack London, Bulwer Lytton, Bellamy, Stevenson y, sobre todo, el gran Julio Verne. A finales de siglo se publica La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells, el auténtico padre de la cf, pues fue él quien exploró y delimitó sus principales temáticas (el viaje por el espacio y el tiempo, los contactos con alienígenas, la investigación biológica, la guerra espacial...) En realidad, Wells inventó la cf como género independiente.
Pero la consolidación no se produjo en Europa, sino en Estados Unidos. Aquí conviene aclarar algo: la cf moderna, con todas las excepciones que queramos, es un género básicamente anglosajón y, sobre todo, norteamericano. Las obras de Verne y de Wells eran tremendamente populares en Estados Unidos, así que un emigrante luxemburgués, Hugo Gernsback, editó varias revistas pulp dedicadas a publicar relatos de esa temática. Entre ellas, Amazing Stories, donde en 1926 el género adquirió su actual nombre: ciencia ficción.
En realidad, la cf que publicaba Gernsback no tenía nada de nuevo; era el viejo “romance científico” del siglo anterior, historias que mezclaban aventuras clásicas y ciencia. Pero pronto le salieron imitadores, editores que lanzaron nuevas revistas pulp de cf, y, como no podían pasarse la vida reeditando a Verne y Wells, comenzaron a buscar escritores autóctonos. Escritores baratos, por supuesto.
En la década siguiente, los 30, la cf alcanzó una gran popularidad en USA, centrándose, sobre todo, en el subgénero de aventuras espaciales, el llamado space opera. Entre los autores principales destacan Ray Cummings, E. E. Smith, Jack Williamson o Edmond Hamilton. Se trata de novelas pulp, historias muy ingenuas llenas de peripecias y escritas sin la menor ambición literaria. Puro entretenimiento de escaso nivel (aunque a veces deliciosamente imaginativo y loco).
En 1938, el joven fan John W. Campbell fue nombrado director de la revista de cf Astounding Stories. Campbell tenía las ideas muy claras acerca de lo que debería ser la cf, así que reclutó una “cuadra” de escritores noveles que, con el tiempo, se convirtieron en las máximas estrellas del género. Entre ellos, Isaac Asimov, Robert Heinlein o Theodore Sturgeon. Campbell quería sacar a la cf del fangoso pozo del pulp, pero no en tanto a lo que a estilo literario se refiere, sino en cuanto a solidez argumental y narrativa. Lo cierto es que consiguió su meta en cierta medida; bajo su influencia, la cf se volvió más seria y rigurosa, y también más ambiciosa. Tanto es así que los americanos denominan al “reinado” de Campbell (la década de los 40, básicamente) La Edad de Oro de la cf. Chorradas, por supuesto. Campbell ayudó a evolucionar la cf, es verdad, pero también la encorsetó. Se centraba demasiado en la ciencia y la tecnología, se quedaba en la superficie sin llegar a profundizar. Obviaba los temas comprometidos, y si aparecía un alienígena en su revista tenía que ser más malo que la quina. (Nota: Campbell es el autor de Who Goes There?, el relato que dio origen a la(s) película(s) La Cosa -la versión de Nyby y la de Carpenter- y a la recién estrenada precuela del mismo título, de Matthijs van Heijningen; esa historia es el paradigma del ET cabrón). Además, qué demonios, Campbell era un pirado de las teorías extravagantes. Baste decir que fue el primer gran impulsor de la dianética, origen de la cienciología.
La década de los 50 estuvo marcada por la influencia de dos revistas de cf: Galaxy y The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Sus respectivos editores, Horace Gold y Anthony Boucher, fueron los responsables de que el género abandonara definitivamente el pulp. Con ellos, la cf se volvió definitivamente adulta; además de prestarse más atención a la calidad literaria de los textos, el género se abrió a temáticas antes vedadas, como la política, el sexo o la religión, y amplió el término “ciencia”, comenzando a explorar otras disciplinas, las humanísticas, como la psicología, la antropología o la sociología. Los yanquis llaman a esta época La Edad de Plata, pero en realidad fue la verdadera edad de oro del género, con el definitivo encumbramiento de lo mejores autores de la década anterior y la aparición de nuevos talentos como Philip K. Dick, Ray Bradbury, Frederik Pohl o Robert Sheckley.
A mediados de la siguiente década se produjo una gran, y finalmente fallida, revolución en el género, la New Thing, pero de eso hablaremos más adelante. Ahora volvamos a mí.
Me aficioné a la cf a mediados de los 60, cuando era un niño. Supongo que los merodeadores más jóvenes no tienen muy claro cómo era esa época en España, porque en Occidente fue una década de cambio y revolución, de optimismo y psicodelia. Pero aquí no. No hacía mucho que habíamos salido de una larguísima posguerra (si es que habíamos salido) y la dictadura le había quitado el poder a la Falange para entregárselo a los tecnócratas del Opus, que iniciaron lo que se llamó el desarrollismo. Poco a poco, España comenzó a modernizarse y se mejoró el nivel de vida, lo que incrementó el número de la clase media, que hasta entonces era prácticamente inexistente. No obstante, el reparto de la riqueza era muy desigual y las libertades seguían bajo mínimos. El desarrollismo se notaba algo en las grandes ciudades, pero el resto del país seguía sumido en la miseria económica, moral y cultural. España, a mediados de los 60, era oscura, iletrada, catoliquísima, paleta, reprimida, atrasada; las infraestructuras eran nefastas, la censura estaba a la orden del día, carecíamos de libertades democráticas y todo el poder estaba en manos de un anciano y miserable dictador, el último vestigio de los fascismos europeos. España, en los 60, era deprimente.
Aunque, claro, yo era un niño y no me daba del todo cuenta. Sabía que Franco era un hijoputa porque se lo oía decir a mis hermanos mayores, y pensaba, porque me parecía evidente, que la democracia era más justa que la imposición por la fuerza. Pero había nacido en ese entorno y todo me resultaba normal. Salvo por algo: las películas americanas. El mundo y la sociedad que mostraban esas películas se me antojaba algo así como un universo paralelo luminoso y deseable. Todo era moderno en esas películas, mientras que en España todo parecía antiguo, rancio y polvoriento, como una sacristía. Yo quería vivir en las películas americanas, pero me había tocado habitar en el neorrealismo. Eso, incluso para un niño, resultaba patético.
Vale, el mundo que me rodeaba era cutre y mediocre, oscuro y asfixiante, pero yo tenía un secreto: en una vida paralela, viajaba por el espacio, me relacionaba con alienígenas, visitaba otros mundos, retrocedía al pasado o me aventuraba en el futuro, poseía poderes psí, algunos de mis mejores amigos eran mutantes, veía cosas que no creeríais: naves en llamas más allá de Orión, rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser... Resultaba liberador; vivía en un mundo pequeño, pero mi universo literario era descomunal; la galaxia entera y más allá. Si ahora dices que eres aficionado a la cf, es probable que te tomen por un friki. Pero ser aficionado a la cf en los 60 era, sencillamente, raro de cojones. Yo me sentía diferente. Y me gustaba serlo.
Durante la primera mitad del siglo XX, no se publicó en España prácticamente nada de cf. Las primeras publicaciones fueron la colección Futuro (1953-1954), creada, coordinada y en su mayor parte escrita por mi padre, y la revista argentina Más Allá (1953-1957), basada en la norteamericana Galaxy. Poco después apareció la colección Nebulae (1955-1967), de Edhasa, que a lo largo de sus 140 títulos publicó a los principales autores anglosajones de los 40 y 50. Después vinieron las colecciones Galaxia y Cenit, con terribles traducciones y pésimas ediciones. En cualquier caso, dada la virginidad española respecto al género, había unas tres décadas de material de cf por publicar, así que se publicaba de todo, sin mucho orden ni demasiado concierto.
Y yo, con doce, trece, catorce años, me lo zampaba todo sin pestañear. Lo bueno, lo malo y lo peor. No obstante, poco a poco, iba desarrollando mi propio juicio crítico. Los viejos space operas y los acartonados relatos pulp comenzaban a aburrirme, así que empecé a buscar otra clase de cf. Y la encontré. Durante mi niñez, tres eran mis autores de cf favoritos: Fredric Brown, Cliford D. Simak y Robert Heinlein.
Es curioso. Escribiendo esto me doy cuenta de lo mucho que han influido en mí, como escritor y como persona, esos tres autores. Así que hablaré un poco de ellos en la próxima entrada.
Disculpad que haga un pequeño paréntesis en la recién iniciada serie de post acerca de la ciencia ficción, pero a fin de cuentas se trata de algo que tiene que ver, en parte, con la cf. El pasado 16 de junio, a los 80 años de edad, murió Juan García Atienza. Yo me enteré el viernes pasado.
Juan G. Atienza era un personaje curioso de aún más curiosa trayectoria. Nació en Valencia el 18 de julio de 1930 y estudió Filología Románica en la Complutense de Madrid, pero su gran vocación era el cine. Trabajó durante un tiempo como ayudante de dirección, hasta que en 1964 dirigió su primera película, Los dinamiteros, una comedia sobre unos jubilados que planean el asalto a un banco. Creo que ni se llegó a estrenar, así que Atienza pasó a formar parte del grupo de los directores malditos, con una sola obra. Yo la vi en la tele hace un millón de años (en algún momento de los 70), y no estaba nada mal. El caso es que, tras su fracaso en el cine, comenzó a escribir ciencia ficción y publicó dos antología de relatos en la colección Nebulae: La máquina de matar (1966) y Los viajeros de la gafas azules (1967), convirtiéndose en uno de los precursores del género en nuestro país. Entre tanto, trabajaba en TVE, rodando documentales sobre la España medieval y una serie de ficción llamada Los paladines.
Fue mientras recopilaba datos para los documentales como descubrió lo que habría de ser su segunda, y definitiva, gran vocación: la historia oculta (intrahistoria lo llamaba él), las sociedades secretas y las conspiraciones, las órdenes de caballería, el hermetismo, la alquimia, la heterodoxia. Sobre estos temas publicó más de cincuenta libros y estaba considerado una autoridad mundial. Yo intenté leer algunas de sus obras, pero no tardé mucho en abandonarlas. Creo que, a partir de indicios muy vagos, Atienza llegaba a conclusiones excesivas; por ejemplo, su interpretación de los topónimos resultaba, por decirlo con suavidad, demasiado imaginativa. En cualquier caso, hay que reconocer que era un autor mucho más serio y documentado que otros “investigadores de lo oculto".
No obstante, hay un libro de Atienza que manejaba, y manejo, con mucha frecuencia: La Guía de la España mágica (1981), una recopilación de, como su título indica, los lugares más “mágicos” de nuestro país. Yo no creo en la magia, pero sí creo que hay lugares metafóricamente “mágicos”, y ese libro es una excelente guía para encontrarlos. Por eso lo he llevado, y llevo, en todos mis viajes por España, y gracias a él he conocido lugares tan mágicos como el extraño cementerio de Santa María a Nova, en Noia, la Pedra do Cribo, en Pontevedra, o la necrópolis de Nuestra Señora de la Luz, en Cáceres.
Pues bien, en el prólogo de la Guía, Atienza ponía su dirección de Madrid y le pedía a los lectores que si conocían algún “lugar mágico” que no estuviese incluido en el libro, se lo hicieran saber. En verano de 1991 (el verano del fallido golpe de estado en Rusia), yo había estado con mi familia pasando las vacaciones en Galicia y, durante mis recorridos por esa maravillosa región, había descubierto tres o cuatro lugares “mágicos”, así que le escribí a Atienza una carta comunicándole mis hallazgos. Atienza me respondió con una larga carta en la que me daba las gracias y comentaba algunos de los temas de mi misiva. Yo contesté y así se inició una breve relación epistolar que se interrumpió cuando, en una de sus cartas, Atienza sacó el tema de la “energía telúrica” y los “lugares de poder”. Él creía en eso, pero yo no, y así se lo hice saber en mi respuesta, añadiendo que lo que sí creía es que hay lugares que, por sus características topográficas, arquitectónicas o históricas, pueden afectar psicológicamente, provocando algo así como estados alterados de conciencia.
Pero Atienza creía firmemente en la existencia real de lo “telúrico” (y también de lo paranormal) y en su última carta parecía un poco molesto por mi escepticismo. Supongo que le defraudé; nos interesaban temas similares, pero de forma muy diferente. El caso es que le escribí otra carta y el ya no me respondió. Y ahí se acabó mi relación con Atienza; nunca le conocí en persona y jamás volvimos a intercambiar epístolas. Aunque supongo que no se enfadó mucho conmigo, porque en 2002 publicó la Nueva guía de la España mágica (en realidad una reedición de la anterior con algunos añadidos) y en el listado de agradecimientos figura mi nombre y me dedica una amable frase. Fue agradable saber que me recordaba con cariño.
Por lo poquísimo que pude conocerle, creo que Atienza era un hombre culto, inteligente, amable y lleno de curiosidad. También estaba un poquito pirado (sólo un poquito), pero no me cabe duda de que era absolutamente honesto. Creía en todo lo que escribía. Lamento que haya muerto.
Y también lamento haber tardado cuatro meses en enterarme. Por lo visto, la noticia de su fallecimiento no apareció en ningún medio de comunicación, salvo en los especializados en esoterismo. Al parecer, no era un asunto de interés. Qué rabia me da muchas veces este país ... De acuerdo, Atienza no era un historiador “serio”, de esos que en la Academia tildan al régimen franquista de, simplemente, “autoritario”. Era un heterodoxo, un miembro de esa clase de personas que van a contracorriente y que tanto le gustaban a él (escribió una Guía de los heterodoxos españoles). Y probablemente se equivocó muchísimo, es cierto. Pero también era el máximo representante español de esa línea ensayística que inauguró El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier, y la revista Planète, y creo que, aunque sólo sea por eso, los medios deberían haberle dedicado un breve adiós.
Adiós pues, Juan G. Atienza, amigo al que nunca conocí, pero cuya Guía me condujo a lugares evocadores y románticos. Gracias por los buenos momentos que me has hecho pasar. Espero que tú tuvieras razón, y no yo, y que ahora tu espíritu esté vagando de lugar de poder en lugar de poder, siguiendo las redes telúricas que los conectan. Aunque lo dudo mucho, qué le vamos a hacer. A veces, ser tan escéptico como yo resulta de lo más aburrido.
Hace no mucho leí –o, mejor dicho, intenté leer- la novela El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán. Se trata de un texto rabiosamente experimental que cuenta una historia de amor a tres bandas; es decir, tres jóvenes amigos enamorados de la misma muchacha. Cuenta más cosas, pero no sé a ciencia cierta qué. Al principio parecía sencillamente rara, aunque hasta cierto punto comprensible, pero al llegar a la segunda parte dejé radicalmente de entender lo que el autor me contaba. No digo que sea una mala novela; posiblemente mi paladar literario no está preparado para platos tan exóticos, y no hay que descartar que mi cerebro se paralice ante tamaño cripticismo. No, no sé si El fondo del cielo es una obra buena o mala, porque, primero, no soy un lector tan sofisticado; segundo, no acabé de leerla y, tercero, apenas entendí nada.
Sin embargo, pese a que el texto era farragoso y aunque la vaga historia que contaba no me interesaba un pijo, seguí leyendo mucho más de lo que en otras circunstancias hubiera leído. ¿Por qué? Pues porque, como el mismo autor señala, El fondo del cielo no es una novela de ciencia ficción, pero sí una novela con ciencia ficción. El texto cuenta la historia de tres adolescentes neoyorquinos que, en la década de los 50, fundan un grupo de aficionados a la ciencia ficción (cf en lo sucesivo) llamado “Los lejanos”. Luego se enamoran de la misma chica (rara), y después aparece un extraterrestre o algo así... y no recuerdo mucho más. El caso es que en la novela hay diversas reflexiones sobre el género y se hace referencia a varios autores, a veces llamándolos por su nombres y otras con nombres falsos (ignoro por qué). Pero nada de eso en sí mismo me hubiera hecho seguir leyendo.
La cuestión es que Rodrigo Fresán fue, de niño y adolescente, un gran aficionado a la cf. Además, Fresán tiene diez años menos que yo, pero, en lo que a cf se refiere, somos de la misma generación. Pues bien, en muchos momentos de su novela, Fresán evoca lo que sentía cuando era adicto a la cf y reflexiona sobre las emociones y pensamientos que el género le provocaba. Y resulta que esos sentimientos y reflexiones coinciden punto por punto con los míos. Leí El fondo del cielo más de lo aconsejable porque esas partes del texto me ayudaban a recordar mi pasado.
Permitidme una aseveración muy discutible: no hay género que provoque más asombro y maravilla en la mente de un niño que la cf. Pero, antes de debatir sobre esta idea, vamos a dejar algo claro. ¿Qué es la cf? Muchos merodeadores de Babel son encallecidos expertos en el tema, pero otros apenas lo conocen y, además, con frecuencia se confunde la fantasía con la cf. La verdad es que se trata de un género muy difícil de definir; de hecho, no hay ninguna definición totalmente satisfactoria, así que aquí va un puñados de ellas:
"La ciencia ficción es la rama de la literatura que trata sobre las respuestas humanas a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología". Isaac Asimov.
"Más aún que en su temática, el parentesco de la ciencia ficción con la ciencia estriba en su método, en su carácter eminentemente especulativo: partiendo de unas premisas imaginarias, contrafácticas (generalmente obtenidas por la extrapolación de la realidad actual), desarrolla sus consecuencias conservando la lógica del mundo ficticio creado". Carlo Frabetti.
"La ciencia ficción es un género de narraciones imaginarias que no pueden darse en el mundo que conocemos, debido a una transformación del escenario narrativo, basado en una alteración de coordenadas científicas, espaciales, temporales, sociales o descriptivas, pero de tal modo que lo relatado es aceptable como especulación racional". Eduardo Gallego y Guillem Sánchez.
La escritora Judith Merrill dijo: "Es la literatura de la imaginación disciplinada". Aunque, en el fondo, toda literatura es eso, así que yo corregiría la frase así: “Cf es la literatura de la fantasía disciplinada”. Lo cual me lleva a mi propia definición (o a una de ellas): “Cf es una rama de la literatura fantástica que se aleja de lo sobrenatural y se rige por lo racional o pseudoracional”. ¿Demasiado general? Por supuesto, pero creo que señala un aspecto importante del género: la verosimilitud. La cf ha de ser verosímil, la fantasía no. Philip K. Dick lo expresó así: "La fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible: la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias".
Volvamos a mi aventurada afirmación: no hay género que provoque más asombro y maravilla en la mente de un niño que la cf. ¿Por qué? A fin de cuentas, el fantasy, que tan de moda está ahora, puede ofrecer a cualquier joven tantas, o más, maravillas y asombros que la cf. Bueno, en cierto modo sí, pero hay una sutil diferencia. Cuando lees El señor de los anillos, o Canción de hielo y fuego, o las historias de Harry Potter, puedes maravillarte y asombrarte muchísimo, pero sabes que no existen los hobbits, ni los dragones, ni la magia; jamás verás un elfo ni jugarás al quidditch montado en una escoba. Sin embargo, quizá sí veas a un alienígena o viajes al espacio en un cohete; no es probable, pero sí posible. Es decir, las ensoñaciones del fantasy sólo son eso, ensoñaciones; sin embargo, cabe la posibilidad (o eso parece) de que los sueños de la cf se conviertan, en algún momento, en realidad. Y esa sutil diferencia hace que el asombro y la maravilla se multipliquen por mil.
Demonios, es que a mí mismo me sucedió. De pequeño, había leído De la Tierra a la Luna, de Verne, y Los primeros hombres en la Luna, de Wells, y El hombre que compró la Luna, de Heinlein, y allí estaba yo el 20 de julio de 1969, contemplando con los ojos como platos cómo Armstrong se daba un garbeo por nuestro satélite. La cf es una mezcla de realismo y fantasía, y ese cóctel puede generar en la mente del lector un profundo sentimiento de asombro, lo que los anglosajones llaman sense of wonder, sentido (o, mejor, “sensación”) de la maravilla.
No recuerdo cuál fue mi primer contacto con la cf. Supongo que los tebeos de Superman, aunque sobre todo el Flash Gordon de Dan Barry. También leí de muy niño a Julio Verne y alguna de las novelas de Wells. Además, mi padre, José Mallorquí, había coordinado la primera colección española de cf, Futuro; pero eso lo leí más tarde. En realidad, la culpa fue de mi hermano (14 años) mayor, José Carlos, que era aficionado al género y tenía la costumbre de ir dejando tiradas por todas partes las novelas que leía. Un día, tendría yo once o doce años, hojeé uno de los libros de mi hermano –en realidad una revista, el número 43 de Más Allá- y me encontré con un cuento de Sprague de Camp llamado Un rifle para el dinosaurio, que trataba sobre viajes en el tiempo y cazadores de dinos. A mí, por aquella época y como a todos los niños, me chiflaban los dinosaurios, así que devoré el relato. Y me quedé maravillado. ¡Cabía la posibilidad de que, en un futuro, pudiera viajar al pasado y ver dinosaurios! Hoy en día creo que si algo ha demostrado la cf es que es imposible viajar al pasado, porque enseguida empiezan a aparecer paradojas por todas partes, pero aquel relato, para los ojos de un niño, convertía en verosímil lo extraordinario. ¿Veis?, ésa es la diferencia entre cf y fantasy.
El caso es que ese cuento me impactó, así que supongo (porque no lo recuerdo) que leí más cuentos de cf. Hasta que un día, poco después, leí mi primera novela de cf moderna (“moderna” en el sentido histórico del género), Los reyes de las estrellas, de Edmond Hamilton. Era puro pulp, un vulgar space opera (aventuras espaciales al estilo Star Wars), una novela, reconozcámoslo, francamente mala y ya por aquel entonces (mediados de los 60) anticuada, pero a mí me maravilló. Un futuro remoto, imperios galácticos que abarcaban miles de planetas, astronaves, superarmas que no destruyen la materia, sino el mismísimo espacio... Joder, yo era un niño, así que me quedé alucinando en colorines. En ese mismo instante fui abducido por la cf y durante la siguiente década me zambullí de lleno en el género.
Leía de todo, sin el menor juicio crítico, buscando asombro y maravilla igual que un yonqui en pos de su chute diario. Sin embargo, poco a poco, fui desarrollando mis propias preferencias, mi particular canon del género. Y así descubrí que no es maravilla y asombro lo único que ofrece la cf, sino también reflexión y estética. Pero eso, amigos míos, ocurrió más tarde.
NOTA: ¿Otra serie de entradas temáticas? Sí, qué le vamos a hacer. Pero no será una serie demasiado larga ¿Y de nuevo centrada en ti mismo? Ya, pero es mi blog, ¿no? ¿Y sobre un tema, la cf, que muchos desconocen por completo? Bueno, así pueden empezar a conocerlo. ¿Y por qué demonios lo escribes? Porque me sale de las narices, coño, basta ya de preguntitas. ¿Sabes que eres un maleducado y un gilipollas? Sí, desde hace tiempo. En cualquier caso, al final de la serie incluiré una breve reseña de lo que en mi opinión son los mejores autores y obras del género. Y, quién sabe, quizá eso pueda serle útil a alguien.
A veces, como ocurre en este caso, escribo o digo algo que sé positivamente que será malinterpretado. Suele tratarse de temas sensibles sobre los que sólo se admite una opinión, la políticamente correcta, y no se acepta la menor matización. Por eso, cuando intento dar otro punto de vista sobre lo monolítico, suelo encontrarme con un rechazo frontal y, a mi modo de ver, poco meditado. Hoy mismo, por ejemplo, me ha ocurrido con Pepa, mi mujer. Esta mañana, en la radio, había dos noticias sobre violencia doméstica y de género. Ayer, un hombre entró en una iglesia de Madrid con una pistola, disparó y asesinó a una mujer embarazada, hirió a otra y luego se suicidó. Pepa, con toda razón, se ha puesto a despotricar contra ese hijo de puta y a echar pestes de que las cifras de asesinatos machistas sigan siendo tan altas.
Entonces, iluso de mí, se me ha ocurrido decir que eso es inevitable. Si un hombre está dispuesto a morir con tal de matar a una mujer, ese cabronazo es imparable, no hay dios que le pueda impedir cometer ese crimen. Porque lo difícil es matar y salir impune, pero si estás dispuesto a palmarla... bueno, ahí tenéis a los islámicos pilotos del 11-S. Nada más expresar mi opinión, Pepa se ha cabreado conmigo y me ha espetado que, entonces, según yo, como el asunto no podía solucionarse totalmente, no había que hacer nada.
Vaya, yo no había dicho eso. Claro que hay que hacer todo lo posible para prevenir los crímenes machistas, pero teniendo claro que jamás podrán evitarse del todo (del mismo modo que es imposible reducir a cero los accidentes de tráfico). Ahora bien –y aquí viene el matiz que me condena al infierno-, creo que, dentro de la violencia doméstica, se le da una excesiva relevancia a la violencia machista en detrimento de otro tipo de violencia que a mí se me antoja aún más grave: la que se ejerce contra los niños. ¿Y sabéis por qué? Porque las mujeres tienen voz, pero los niños no. Las mujeres pueden organizarse, hacerse oír, reclamar sus justos derechos, acudir a los medios de comunicación, presionar a la administración. Pero los niños no. Un niño maltratado es el ser más indefenso, patético y solitario del mundo, mil veces más que cualquier mujer. Y sin embargo, el maltrato infantil está mucho menos presente en el debate social que la violencia machista.
¿Por qué he sacado el tema de los niños? Porque la segunda noticia de la radio hablaba de una mujer que, en Jaén, había ahogado en la bañera a sus dos hijos de 3 y 11 años. El niño mayor telefoneó a su padre pidiéndole auxilio; el hombre estaba internado en un hospital por un accidente y avisó inmediatamente a la policía, pero cuando los servicios de socorro llegaron los niños ya estaban muertos. Es curioso, hace unos años Pepa y yo escuchamos una noticia prácticamente idéntica; otra mujer, creo que en Canarias, había ahogado a sus dos hijos en una bañera. Pepa dijo: “Pobre mujer; qué infierno debería de estar pasando para hacer algo así”. Entonces el que se cabreó fui yo. “¿Cómo que pobre mujer?”, dije. “Pobres niños, coño; esa mujer está loca o es una hija de puta, y en cualquier caso es una madre de mierda”. Pepa acabó dándome la razón, pero su actitud inicial fue muy significativa y se corresponde con la forma en que la sociedad reacciona ante esos casos. Por un lado, la madre asesina se contempla como una pobre persona arrastrada por las circunstancias (una víctima en el fondo), mientras que el macho es siempre culpable, sin matices. Por otro lado, de dos noticias simultáneas que hablaban de crímenes, Pepa sólo comentó la de la pobre mujer asesinada por un hombre, pero no dijo nada de los dos pobres niños asesinados por su madre. Porque Pepa, como gran parte de la sociedad, tiende a considerar a las mujeres inocentes por naturaleza, incluso más allá de las evidencias.
Es la ley del péndulo. Cuando un colectivo sojuzgado recupera sus derechos, tiende a llevar las cosas hacia el extremo opuesto. Lo mismo ocurrió y ocurre con los homosexuales. Antes, con toda injusticia, eran víctimas de escarnio y persecución, hoy todos son encantadores, sensibles e inocentes de todo mal. Cuando se estrenó El silencio de los corderos, los colectivos de homosexuales montaron una campaña en contra de la película, porque el malo era gay. No sé, creo que eso es llevar las cosas demasiado lejos. ¿O es que los villanos de las películas sólo pueden ser hombres heterosexuales? En el caso del feminismo sucede algo parecido. Escucho hablar a algunas feministas radicales y siento que mis apreciados testículos corren peligro. Y sin llevar las cosas a los extremos, creo que, por ejemplo, el hecho de que en los divorcios se otorgue automáticamente la custodia de los hijos a la madre, es aberrante e injusto.
En cualquier caso, estoy absolutamente a favor de los derechos de los homosexuales y del feminismo, aunque se pasen tres pueblos, porque han estado oprimidos y merecen nuestro apoyo. Los excesos ya se corregirán a medida que su situación se normalice. Ahora bien, estoy a favor de todo eso salvo en el caso de que se creen nuevas víctimas; muy en particular si esas víctimas son niños. Y eso, por desgracia, es lo que está ocurriendo.
¿Cuántas víctimas de violencia de género llevamos en lo que va de año? 68 mujeres. Es un dato muy fácil de encontrar; tecleas la pregunta en Google y das con la respuesta en las primeras páginas que aparecen. Además, es un dato que los medios de comunicación suelen aportar después de cada crimen machista.
¿Cuántos niños han muerto a causa de la violencia doméstica? Ni puta idea. Lo he buscado en Internet y no lo encuentro por ningún lado. Estará, seguro, pero desde luego no aparece en las primeras páginas. De hecho, no es fácil encontrar estadísticas sobre el maltrato infantil. Las hay, pero muchas veces contradictorias y siempre nebulosas, entre otras cosas porque se estima que los casos de maltrato infantil conocidos son menos del veinte por ciento del total. En efecto, las estadísticas, incluso las oficiales, son un tanto vagas. Por ejemplo, no mencionan el sexo del agresor. ¿Sabéis por qué? Pues porque los resultados contradicen el modelo políticamente correcto, chocan con la imagen estereotipada que tenemos acerca de esa cuestión, de quiénes son los malos y quiénes son los buenos.
En efecto, los colectivos feministas se cuidan mucho de no entrar en el terreno del maltrato infantil, de oscurecerlo, de apartarlo a un lado. Y los devotos de lo políticamente correcto les siguen el juego. Porque los datos, las frías estadísticas, lesionan sus intereses. Y eso sí que lo critico, me parece una vergüenza, porque quienes sufren las consecuencias son los más inocentes y desvalidos. ¿Cuáles son esos datos incómodos?
Según estadísticas de Save the Childrens, que coinciden con los datos de la Policía Nacional y los de un estudio de la Universidad de Valencia, el 52,5 % de los maltratadores infantiles en el seno doméstico son las madres, frente a un 36 % de padres. Sorprendente, ¿verdad?
¿Quiere eso decir que las madres son más malas que los padres? ¿Que las mujeres son pérfidas por naturaleza? No, para nada. En realidad, la explicación es muy sencilla y evidente. Quienes tienen más posibilidades de maltratar a los niños son quienes más tiempo pasan con ellos, que en nuestra machista sociedad suelen ser las mujeres. Dicho de otra forma: no es cuestión de bondad o maldad intrínseca al género, sino de oportunidad. Estoy seguro de que si los hombres se ocuparan de sus hijos tanto como las mujeres, las estadísticas se equilibrarían. Pero los hechos son los hechos, por mucho que puedan molestar, y lo que ponen de relieve es que el maltrato infantil doméstico no es cuestión de género. A una mujer no se le puede suponer bondad por el mero hecho de ser mujer, igual que no se puede prejuzgar la maldad de un hombre sólo por ser hombre. Hay padres buenos y madres horribles, y viceversa. La mujeres pueden ser unas santas o unas cabronas, igual que los hombres. Entre los homosexuales encontraremos gente encantadora y arpías insufribles, igual que entre los negros, los emigrantes, los judíos, los árabes, los peluqueros o los sexadores de pollos. Podemos dividir la humanidad en cuantos grupos y conjuntos se nos ocurran, pero lo que quedará al final serán personas, seres humanos, con todo lo que eso tiene de bueno y todo lo que tiene de malo.
Hoy, en Occidente, en nuestro país, el paradigma políticamente correcto consiste en considerar a la mujer como inocente por naturaleza, y como víctima en muchos casos (algo que suele ser cierto con excesiva frecuencia). Sin embargo, las estadísticas revelan que las mujeres también pueden ser verdugos. La violencia contra las mujeres es real y terrible, y debemos luchar contra ella. Pero la violencia contra los niños es aún peor, porque cuando maltratas a un niño no sólo torturas a un ser indefenso, sino que también estás aniquilando al adulto que llegará a ser. Además, es frecuente que el maltratado, cuando tiene hijos, reproduzca los comportamientos adquiridos, convirtiéndose a su vez en maltratador. Esa clase de violencia se transmite como una herencia maldita.
El problema es que, estadísticamente, hay más maltratadoras que maltratadores domésticos, y eso es incómodo. Así que se oscurecen las estadísticas y, sobre todo, se excluye el problema del debate. Es como mirar para otro lado y simular que no sucede nada. Pero eso tiene consecuencias. Por ejemplo, la Ley Integral sobre la Violencia de Género ha generado recursos y apoyo para las mujeres maltratadas, pero se ha olvidado por completo de sus hijos. Según Save the Childrens: «La Ley Integral reconoce los efectos de la violencia doméstica sobre los niños, pero no contempla medidas para atenderlos»,
Gracias a muchos años de lucha sufragista, hace tiempo que las mujeres tienen derecho al voto. Pero los niños no votan, así que¿a quién le importa lo que les pueda pasar?
NOTA: Irónicamente, el tipo que mató a la mujer embarazada e hirió a otra no las conocía de nada. No es un caso de violencia de género, sino los actos de un chalado que se creía perseguido por el demonio.
Un grave inconveniente de la sofisticada tecnología moderna es que muchos de sus problemas no son evidentes. Antes las cosas eran más claras; por ejemplo, evidentemente no debes meter los dedos en un enchufe, ni la mano en una prensa hidráulica. Ni se te pasa por la cabeza abrir una olla a presión puesta al fuego (bueno, lo cierto es que a mi madre sí se le ocurrió, y desde entonces le tengo pavor a las ollas a presión). Tampoco harías una hoguera junto a una bombona de butano ni hurgarías en las tripas de un televisor de tubo. Y todos sabemos que no es una buena idea secar al caniche en el microondas. Estábamos familiarizados con la tecnología que nos rodeaba y nos sentíamos seguros manejándola. Todo era muy analógico, muy rígido y estable. Pero ya no.
La tecnología con la que más tiempo convivo es mi ordenador. Trabajo con él, lo uso para comunicarme y para entretenerme. Es el ser inteligente del que más cerca estoy, incluyendo a mi familia. Así que he llegado a creer, estúpidamente, que lo controlo, que puedo manejarlo con soltura y sin riesgo. Por eso, un día, no hace mucho, decidí que iba a cambiar el antivirus y que iba a hacerlo yo mismo con mis propias manitas. Si me hubiera propuesto realizar una operación de cirugía cerebral no habría estado más equivocado.
El caso es que parecía sencillo. Desinstalabas el viejo antivirus e instalabas el nuevo, todo de forma automática. Hasta un niño de cinco años podría hacerlo; qué lástima no haber tenido a mano un niño de cinco años para que me echara un cable. Desinstalé el viejo antivirus, amigos, pero al parecer no del todo. Me dejé un cachito. El cachito cabrón. Y luego, con la alegría que otorga la ignorancia, instalé el nuevo antivirus. Y entonces mi ordenador se volvió loco. No de golpe y no del todo, fue algo gradual, maquiavélico, sutilmente traicionero, pequeños detalles que te extrañan pero no te alarman, y que poco a poco van a más hasta que al final descubres que tienes un poltergeist en el disco duro.
Y un aciago día, el Outlook dejó de funcionar. Y mi agenda de contactos se esfumó en la nada. He perdido todas mis direcciones de Internet. Todas... Pero cómo, dirá alguien, ¿no habías hecho un backup? Pues no, joder, no había hecho un puto backup. ¿Me arrepiento? Sí. ¿Soy idiota? Por supuesto. Pero de nada vale lamentarse, el caso es que un experto le ha devuelto la cordura a mi ordenata, pero me he quedado sin contactos igual que me quedé sin abuela. Aunque eso, lo de mi abuela, me importó bastante menos. Así pues, escribo este post con un doble objetivo.
1. Comunicaros una enseñanza: Queridos niños, los ordenadores son nuestros amigos. Por eso, si algún día os planteáis practicar la neurocirugía con vuestro ordenador, preguntadle antes a papá.
2. Lanzar un llamamiento: A TODOS MIS AMIGOS, MIS ENEMIGOS, MIS CONOCIDOS, MIS COLEGAS, MIS COLABORADORES, A TODOS AQUELLOS, EN DEFINITIVA, QUE TENGÁIS MI DIRECCIÓN DE CORREO (NO LA DE BABEL, SINO LA MÍA PARTICULAR), POR FAVOR MANDADME UN E-MAIL Y ASÍ PODRÉ RECUPERAR VUESTRAS DIRECCIONES. No tenéis que poner nada en el correo, aunque, por supuesto, recibir noticias vuestras siempre será un placer. Y recordad: debéis enviarlo a mi dirección particular, no a la del blog. Gracias.
Visité Finlandia hace unos años porque mi hijo Óscar estaba de Erasmus allí. La verdad es que, de no ser por esa circunstancia, creo que jamás habría ido. Finlandia nunca había figurado entre mis intereses, no sabía nada de ella, salvo que fabrica teléfonos móviles; aunque lo cierto es que tengo cierta relación con ese país. En los años 50, la edición finesa de El Coyote fue un exitazo y el editor le regaló a mi padre, para mí, un traje de lapón (o, mejor dicho: de saami). Aún conservo fotos mías, de cuando tenía tres o cuatro años, vestido de lapón. El caso es que fui a Finlandia sin esperar más que mucho frío (lo hacía), y me encontré con un país admirable. Gente civilizada, culta y rica con un envidiable sistema social.
Y eso tiene mucho mérito, porque las cosas fueron muy distintas en el pasado. De entrada, Finlandia está en mal lugar, con un clima adverso, un territorio en su mayor parte inhóspito y dos vecinos, a izquierda y derecha, sumamente tocapelotas: Suecia y Rusia. De hecho, Finlandia fue sucesivamente invadida y anexionada a ambos países (se declaró independiente en 1918). Además, la única riqueza natural con la que cuenta es la madera, y de eso vivió durante mucho tiempo. Malvivió, más bien, porque eran pobres como ratas. Sin embargo, hoy posee la undécima mayor renta per capita del mundo (España ocupa, u ocupaba, el puesto 25), y es el sexto país en cuanto a desarrollo tecnológico. ¿Cómo lo han hecho esos cabrones de finlandeses? ¿Encontraron petróleo, como los noruegos?
No, nada de petróleo. Apostaron por la educación, invirtieron todo lo que tenían en brindarle a la gente la mejor enseñanza pública posible. Y lo consiguieron, como vienen demostrando todos los informes PISA;. Desde hace mucho, el sistema educativo finlandés está considerado el mejor del mundo (o uno de los mejores, no nos pongamos tiquismiquis). Ese es el milagro que transformó un país pobre e inculto en un país ilustrado y próspero.
¿Y sabéis cuál es el secreto del éxito de ese sistema educativo? ¿Muchos ordenadores? ¿Pizarras electrónicas? ¿Mejores instalaciones? No, nada de eso. La piedra angular del sistema educativo finlandés es el profesorado. Los docentes finlandeses se someten a un riguroso sistema de selección y formación (la carrera dura 6 años), y son evaluados según “las habilidades lectora y escrita, la capacidad de empatía y comunicación, las habilidades artísticas, musicales y una alta competencia matemática”. Y no solo se trata de su formación, sino también de su número. En Finlandia, el máximo de alumnos por clase es de 20, así que los profesores pueden brindar una atención más personalizada.
En fin, tampoco hay que darle muchas vueltas. Recordad el colegio, a los mejores profesores que hayáis tenido, y pensad en lo importantes que fueron para vosotros, en cómo las asignaturas se convertían en apasionantes cuando eran impartidas por un buen profesor. Ese es el secreto, y no es ningún secreto.
España ocupa el puesto 35 en el ranking PISA, doce puntos por debajo de la media de la OCDE. Tenemos el segundo mayor índice de fracaso escolar de la Unión Europea (31’2 %) y deficiencias muy notables en aspectos tan fundamentales como la comprensión lectora y las matemáticas. El sistema educativo español está bajo mínimos. Y ese es un problema, quizá el más grave de nuestro país, que ninguno de los gobiernos que hemos sufrido, tanto de izquierdas como de derechas, ha sabido o querido solucionar. Nos hemos gastado miles de millones de euros en infraestructuras innecesarias, que quedaban muy bien en la foto, pero no hacían nada por nuestro futuro. Es decir, cuando los vientos eran favorables no invertimos en educación, y ahora con la puñetera crisis...
Ahora, con la crisis, varios gobierno autonómicos (Madrid, Galicia, Navarra y Castilla la Mancha, de momento) han decidido recortar sus presupuestos de educación. Es una locura, un error descomunal, una barbaridad. Además, lo que se va a reducir es el número de docentes, así que el recorte redundará en una inevitable falta de atención al alumnado, con el consiguiente empeoramiento de la enseñanza. Vamos a hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron los finlandeses, qué listos somos.
Para colmo de males, y hablo sólo de la comunidad en que vivo, doña Esperanza Aguirre tildó de vagos e insolidarios a los profesores, confundiendo horas lectivas con horas de trabajo. Luego se disculpó, qué confusión más tonta, ja-ja, pero ya había implantado en la gente la idea que le interesaba, que los profesores trabajan poco. Igual hizo la ínclita Ana Botella, la concejala de medio ambiente que nos proporciona uno de los peores medios ambientes de Europa. Qué asco me dan, como me indignan; pensando sólo en sus intereses, son capaces de difamar a uno de los colectivos más admirables y desprotegidos que conozco. Pero no me extraña; ya lo hicieron con otro colectivo admirable, el de la sanidad.
Conozco a muchos profesores; son gente vocacional, gente entregada a una labor fundamental para nuestra sociedad. Trabajan con muy pocos medios, supliendo las carencias a base de entusiasmo y dedicación; son héroes cotidianos. Joder, pensadlo un momento: les confiamos lo más valioso que tenemos, nuestros hijos, así que deberíamos apoyarlos incondicionalmente. Pero no lo hacemos. Hoy en día, los profesores tienen un problema de autoridad, precisamente porque los padres sobreprotegen a sus hijos. Y ahora vienen Esperanza, Ana y sus secuaces para minar más su autoridad tildándolos de vagos. Es para echarse a llorar.
Ya está el rojo de mierda, pensará alguno; metiéndose con el PP, como siempre. Pues no, joder, esto no tiene nada que ver con ideologías, sino con el sentido común. En Finlandia, todo su espectro político, de la derecha a la izquierda, está de acuerdo en algo: apoyar la educación pública. Porque quizá sea un tópico, pero no por ello es menos cierto: la educación no es un gasto, sino una inversión. Pero una inversión a largo plazo, claro, y nuestros miserables políticos (tanto de babor como de estribor) son incapaces de pensar a más de cuatro años vista, así que cuando les llega el turno de gobernar cambian los planes de estudio tontamente sin plantearse siquiera lo fundamental: cambiar y mejorar el sistema educativo del país.
Ahora se escuchan otras ocurrencias sobre educación. Por ejemplo, juntar a los alumnos “listos” y derivar a los “tontos” a FP. Genial; según ese sistema, Einstein jamás habría ido a la universidad, aunque a lo mejor habría sido un buen fontanero. Pero es que además esa chorrada no dividiría a los alumnos en “listos” y “tontos”, sino en ricos (que van a colegios privados y pueden pagarse profesores de apoyo) y pobres (que no pueden costearse la menor ayuda y viven en peores condiciones). Y de nuevo se propone todo lo contrario que en Finlandia, porque allí el propósito del sistema es que todos los alumnos alcancen el nivel del mejor del grupo.
Otra ocurrencia, que ya se da en muchos colegios concertados, consiste en separar a los niños de las niñas, como en el franquismo. Según dicen, porque cada sexo debe ser educado de distinta manera. En Finlandia, huelga decirlo, no hay separación escolar por sexos. Sin embargo... Es cierto que, tradicionalmente, las chicas obtienen mejores resultados en comprensión verbal y los chicos en matemáticas. Pues bien, la menor diferencia por sexos respecto a esos temas se da en Finlandia, donde la educación es más igualitaria.
El sistema educativo español nunca ha sido bueno, y ahora nos lo estamos cargando aún más. Eso le augura al país un futuro de mierda. Ya no somos mano de obra barata; lo único que nos puede dar alguna ventaja frente a los países emergentes es la innovación, el desarrollo tecnológico, y para eso es imprescindible que invirtamos en educación. Miremos a Finlandia, por favor. ¿Sabéis cuál es la profesión más valorada por los finlandeses? La docencia. ¿Sabéis cuánto gana al mes un profesor finlandés? 3.400 euros; casi el doble que sus colegas españoles (y Finlandia tiene el menor coste de vida de los países nórdicos).
Lo que se está haciendo con la educación es un suicidio, y son los jóvenes, nuestros hijos, quienes sufrirán las consecuencias. Las protestas de los docentes no son un mero conflicto laboral, sino una cuestión de interés nacional. Apoyémosles, por favor; no hagamos caso a los políticos hijos de puta que sólo piensan en sus intereses partidistas y a cortísimo plazo. Esos políticos son los locos que nos van a llevar a la mierda.
Seamos un poquito finlandeses, joder, y luchemos por la mejor educación pública posible. O bien resignémonos a ser un país de quinta fila poblado de mediocres. Nuestros políticos ya han optado por esa segunda opción; ¿se lo vamos a permitir?
El otro día, en el talk show Real Time with Bill Maher, de HBO (Canal + Extra), Maher le preguntó a uno de sus invitados, un astrofísico, sobre la muy probable cancelación por falta de fondos del telescopio espacial James Webb (JWST), sucesor del Hubble, que la NASA planeaba poner en órbita en 2014. El científico expuso su pesar ante esa eventualidad, aduciendo una serie de razones científicas –el alcance del JWST, muy superior al del Hubble, podría obtener imágenes del mismísimo comienzo del universo- y también económicas –comparando el coste del JWST con el de un mes de las tropas yanquis en Afganistán-. Al final añadió que las cada vez más drásticas restricciones económicas al programa espacial, no sólo suponían un freno para la ciencia y la tecnología, sino que además de ese modo se estaban cercenando los sueños de la gente. Entonces, dándole vueltas a esa respuesta, me di cuenta de que nuestra sociedad, nuestra civilización, está perdiendo la capacidad de soñar.
Recuerdo perfectamente el día (la noche en realidad) en que el hombre pisó la Luna. Para un chiflado de la ciencia ficción, como yo a los 16 años, aquello era un sueño hecho realidad. Vale, sí, el programa Apolo fue una herramienta propagandística de la Guerra Fría, probablemente el anuncio más caro del mundo, pero ¿y qué? Para la Gran Historia, lo único importante será que el 20 de julio de 1969 un ser humano pisó por primera vez otro cuerpo celeste.
A partir del alunizaje, todo el mundo, y en particular los pirados de la ciencia ficción, augurábamos un futuro esplendoroso. Lo siguiente sería una estación espacial en órbita; luego, bases permanentes en la Luna, después una misión tripulada a Marte y, por qué no, finalmente las estrellas. Nos sentíamos como los primitivos anfibios dando sus primeros y torpes pasos en las playas, dispuestos a extenderse por tierra firme. Estábamos abandonando la Tierra para colonizar el espacio.
Pero no sólo era el programa espacial. Sentíamos que todo era posible, que el futuro era un paraíso lleno de prodigios. Vale, también albergábamos el temor de que los pérfidos comunistas nos frieran a bombazos atómicos; pero hasta eso, una hecatombe nuclear, era una pesadilla grandiosa (y una pesadilla no es más que un mal sueño). Sí, nuestro futuro estaba lleno de sueños. Incluso creímos que podíamos cambiar el mundo sin más armas que flores, buen rollito y unos canutos. No lo conseguimos, claro; el mundo nos cambió a nosotros. Pero si bien es importante cumplir los sueños, aún más importante es poseer la capacidad de soñar.
Luego, las cosas comenzaron a torcerse. El programa espacial perdió popularidad y el desastre (en todos los sentidos) de los transbordadores casi ha acabado con la NASA. A la fiesta hippy le siguió el nihilismo punk. Y la Guerra Fría concluyó, con un ganador y un perdedor. A la mierda el sueño/pesadilla comunista. Fueron los tiempos de Reagan, Thatcher y Wojtyla, tiempos malos para la lírica. Así que la gente comenzó a pasar de utopías y de antiutopías, los sueños dejaron de ser colectivos para convertirse en privados (es decir, no solo se privatizó la economía, sino también los sueños). Sueños muy poco románticos: el nuevo paradigma consistía en enriquecerse lo antes posible del modo que fuese. Y aquellas lluvias trajeron estos lodos, el cenagal de una crisis causada por un capitalismo sin freno.
¿Qué sueña la gente ahora? No hay sueños colectivos, nadie habla de utopías, no hay ningún proyecto de futuro, ninguna empresa lo suficientemente amplia, ambiciosa e ilusionante que nos brinde esperanza. Ahora, el sueño de la gente consiste en encontrar un trabajo de menos-que-mileuirista y, con suerte, empeñarse de por vida para conseguir una casa de mierda. Joder, entre soñar con alcanzar las estrellas y soñar con pillar un curro mal pagado y una hipoteca hay una sustancial diferencia, no me digáis que no.
Ahora, una aclaración, para evitar confusiones. Alguien podría pensar: vaya, ya estamos con la cantinela de siempre. Los de antes tenían valores, eran luchadores y románticos, pero las nuevas generaciones, criadas en el confort y la molicie, pasan tanto de todo que ni siquiera son capaces de tener sueños ambiciosos. Bueno, pues no, de ningún modo pretendo decir eso. Al contrario, sostengo que las nuevas generaciones, los más jóvenes, no sólo no son responsables del actual estado de las cosas, sino que son las principales víctimas. Los verdaderos culpables somos nosotros, los que nacimos en torno a mediados del siglo XX. Nosotros, los babyboomers y las generaciones anterior y posterior, fuimos quienes la cagamos.
Las características de cada generación dependen de su momento histórico y de las circunstancias de su entorno. En Occidente, después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos como nuevo imperio y Europa lamiéndose las heridas, se inició un proceso de intensísimo y velocísimo desarrollo tecnológico que se sustanció en una rápida mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Tras el profundo conservadurismo de posguerra, hubo una primera reacción en los 50, la generación beat, que condujo a la revolución contracultural de los 60, un grandioso despliegue de sueños utópicos. Pero, atención, los 60 fueron años de esplendor económico (no en España, pero sí en el resto de Occidente), de modo que esa contracultura era sobre todo burguesa. No nos engañemos: aquellos greñudos, románticos y colocados hasta el culo, éramos unos hijos de papá. Como dábamos por hecho que teníamos tan asegurado el futuro como el presente, ¿por qué no cambiar el mundo y, además, divirtiéndonos al hacerlo? Reconozcamos que no tiene mucho mérito intentar volar cuando se tiene una red de seguridad debajo.
El caso es que el mundo no cambió, y ahí nos quedamos los greñudos, preguntándonos qué habíamos hecho mal. Quizá el pelo; así que nos lo cortamos (además, empezábamos a quedarnos calvos). Para colmo de males, la mayor parte de los ideólogos de nuestra generación había apostado por el caballo equivocado: el comunismo. La invasión rusa de Checoslovaquia fue un bajonazo, y el posterior desmoronamiento del imperio soviético dejó a la izquierda con los ojos como platos y sin plan B. Se acabó el sueño de intentar cambiar el mundo (para cambiar algo primero hay que saber en qué quieres convertirlo). Así que los ex-greñudos nos volvimos socialdemócratas, que es como decir: “Vale, has ganado, tu sistema es el bueno; pero al menos déjanos controlarlo un poquito”. Y los ex-greñudos nos pusimos a currar para intentar vivir lo mejor posible. ¿Utopías? Para qué, si ya vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Nos vendimos al sistema a cambio de un plato de lentejas, y criamos a nuestros hijos inculcándoles la convicción de que habría lentejas para siempre y para todos. Mentira. Unos pocos, los listos de verdad (los que, en efecto, han cambiado el mundo), se quedaron con todo el chorizo, la morcilla y el tocino, y ahora ya no hay legumbres para todos, ni se auguran buenas cosechas futuras. Y del cerdo, por supuesto, olvídate.
Mi generación creció con la certeza de que el futuro iba a ser mejor que el pasado (de ahí que “futuro” sea para nosotros sinónimo de “progreso”). Y en muchos sentidos, así fue. Pero ya no. Las jóvenes generaciones, nuestros hijos, vivirán peor que nosotros, lo tendrán infinitamente más difícil. Les hemos robado el futuro; y lo que es aún peor: les hemos robado los sueños.
“Eh”, diréis; “hay muchos jóvenes idealistas, como los que curran para las ONGs o los del 15-M”. Es cierto, hay jóvenes idealista. Pero fijaos en qué clase de sueños tienen. Los del 15-M ya no quieren cambiar el sistema, sino simplemente algunas de sus normas. Y un curro, claro; es lógico con un 50 % de paro juvenil. En cuanto a los de las ONGs, su sueño consiste en aliviar los males, una labor admirable, pero también en cierto modo pesimista, porque en el fondo es el reconocimiento de que no hay utopías, y todo lo que podemos hacer es intentar paliar un poco el dolor y la miseria de esta mierda de mundo.
Ya no hay futuro. Fijaos en algo: durante el siglo XX, hasta más o menos los años 80, la modalidad de fantástico más popular era la ciencia ficción, un género intrínsicamente relacionado con el porvenir. Hoy, la ciencia ficción está en recesión y el género en boga es el fantasy (El señor de los anillos, El nombre del viento, Canción de hielo y fuego, etc.), una temática que suele desarrollarse en una especie de pasado pseudo medieval. Es decir, antes soñábamos con el futuro, mientras que hoy los sueños se refugian en el pasado. Muy sintomático.
Mi generación no solo forjó sus propios sueños; también heredó algunos de los sueños de generaciones anteriores. En cierto modo había una continuidad, una inercia, una línea conductora a lo largo del tiempo. ¿Qué sueños de mi generación heredarán los jóvenes? Ninguno; ni siquiera la torpe ensoñación de dar un pelotazo. ¿Forjarán sus propios sueños? Quizá, pero cuando se está luchando por sobrevivir es muy difícil perder el tiempo fantaseando con las estrellas.
Una sociedad que carece de sueños, una sociedad que no tiene ningún proyecto, salvo perpetuarse en lo mismo, es una sociedad decadente. No hay de qué sorprenderse; en algún momento tenía que producirse el declive de Occidente. Pero ese no es el auténtico problema. La cuestión es que la gente no necesita sólo pan y cobijo para vivir, sino también esperanza, sueños, y si se les priva de ellos, automáticamente se abre un hueco (un “nicho de mercado” en lenguaje de marketing) que los oportunistas y los iluminados correrán a ocupar. El nazismo surgió de una profunda crisis económica en un país que había visto derrumbarse sus sueños. Hitler le prometió a los alemanes (arios, por supuesto) que mejoraría su nivel de vida y les devolvería el orgullo nacional. Y en gran medida cumplió su promesa. Lo malo es que esos sueños venían acompañados por la peor de las pesadillas. Eso es lo que nos enseña la Historia, que cuando a la gente se le arrebatan los sueños, los locos se alzan con el poder. Y no os creáis que siempre es sencillo identificar a los dementes.
Vaya, cuánto me he enrollado... En resumen, amigos míos, lo único que quería decir es que la crisis económica es chunga, pero la crisis onírica puede ser aún peor.