martes, febrero 14

JMM (José María Moreno)


Creo, y no es un pensamiento original, que el núcleo básico de lo que somos, el armazón que sustenta nuestra personalidad, se forma durante los once o doce primeros años de vida. Construimos nuestra identidad sobre un niño y crecemos como una cebolla, formando capas que se superponen, pero el niño siempre está ahí. A veces, es cierto, tan oculto, tan asfixiado por la mordaza del adulto, que casi no se le percibe. En otras ocasiones, al niño se le ve con nitidez incluso en los tipos más añosos. El caso es que, lo percibamos o no, el niño está ahí.


Si hago memoria, no me resulta difícil encontrar en mi niñez las semillas de lo que luego, al crecer, conformaría mi personalidad. Por ejemplo, cuando yo tenía alrededor de siete años, mi hermano José Carlos me explicó lo que eran las estrellas y lo lejos que estaban, y aquello me produjo un asombro tan grande que aún me dura. Ahí está la raíz de mi interés por la ciencia, pues en la ciencia siempre he buscado lo mismo: asombro. Por otro lado, habiendo nacido en la casa de un escritor, rodeado de ficción por todas partes, no es sorprendente que fuera un niño soñador, con la cabeza siempre en las nubes, y tampoco es de extrañar que ese niño acabara convirtiéndose en el soñador profesional que ahora soy. Quizá a partir de cierto momento, puede que muy temprano, ya no añadimos nada nuevo a nuestra identidad, y todo lo que nos queda por hacer es desarrollar (o no) lo que ya tenemos.


Así pues, los acontecimientos de la infancia, por pequeños que sean, tienen una inmensa importancia en nuestras vidas. Al principio, todo ocurre en el seno de la familia. Si las cosas van bien, ahí encontramos refugio y sosiego; la familia es como una cálida matriz que nos mantiene protegidos y aislados del mundo. Pero luego aparecen otras influencias. Llega un momento en que comenzamos a apartarnos de la familia (protectora, sí, pero demasiado agobiante) y descubrimos a nuestros semejantes: los amigos. Y, de pronto, la amistad es mucho más importante que la propia familia. No hay amistades tan intensas como las de la infancia.



Cuando yo era pequeño y jovenzuelo –digamos que entre los 9 y los 19 años-, tenía muchos amigos, pero dos de ellos eran los principales, mis mejores amigos más grandes del mundo: Tito y José Mari, ambos compañeros de clase en el colegio San Alberto Magno. A Tito ya le conocéis; merodea por aquí bajo el alias “Samael” (no estoy desvelando su identidad, porque “Tito” es un hipocorístico) y de José Mari ya os he hablado; de hecho, transcribí algunas de sus poesías hace ya casi seis años (si queréis saber algo más sobre él leed la entrada “Routier” pinchando AQUÍ). Éramos muy diferentes: José Mari, tímido y reflexivo; Tito, abierto y expansivo; y yo... en fin, no sé muy bien cómo era yo entonces. En cualquier caso, éramos diferentes, sí, pero de algún extraño modo complementarios. Durante una década fuimos inseparables.


Luego, durante la pos-adolescencia, algo cambió. Tito y yo seguimos siendo amigos (siempre lo hemos sido); nos veíamos con frecuencia e incluso llegamos a trabajar juntos. Pero nos distanciamos de José Mari. ¿La razón? Tito y yo nos convertimos en un par de cabras-locas, dos balas perdidas siempre de juerga, mientras que José Mari, de naturaleza sensata y tranquila, se dedicó a tareas más elevadas. Nuestras sendas vitales divergieron, como tantas veces sucede con las amistades de la infancia. Comenzamos a reunirnos con menor frecuencia; luego, de pascuas a ramos y, finalmente, dejamos de vernos casi por completo.


No obstante, pese a la ausencia y la distancia, siempre he considerado a José Mari uno de mis mejores amigos. ¿Cuánto hay de él en mí? Mucho, igual que de Tito. Crecimos juntos, nos influimos los unos a los otros; dejamos huellas indelebles. Fue como si cada uno hubiera depositado trocitos de sí mismo en los demás. Charlas eternas durante tardes infinitas, el amor a los cómics (y muy especialmente a Tintín), los primeros pitillos, las primeras copas, las maquetas de Revell, los libros, el cine, largas sesiones de futbolín y ping pong, el Scalextric, garbanzos de pega, caramelos Saci, bolsas de pipas, paseos interminables sin rumbo fijo... todo eso, y mucho más, nos hermanaba. En algún momento fuimos algo así como una gestalt. José Mari & Tito & César.



Decidí distanciar este post, alejarlo un poco de la alegría del premio que gané recientemente. Tampoco quiero, por otro lado, convertir Babel en una especie de obituario; pero ¿qué le voy a hacer si la gente tiene la manía de morirse? Además, esto es especial. Especial y jodidamente doloroso.


El pasado 24 de enero, a mediodía, cuando estaba preparando el equipaje para viajar esa tarde a Barcelona con motivo del premio Edebé, sonó el teléfono. Era la mujer de José Mari. Me informó de que su marido había muerto el pasado 8 de julio. Un maldito cáncer de pulmón se lo había llevado por delante en pocos meses.


No voy a ponerme melodramático; me limitaré a decir una cosa: con la muerte de José Mari algo de mí ha muerto también. Supongo que así es la vida: nos vamos muriendo poco a poco, conforme muere lo que amamos.


Durante los últimos quince años, José Mari, Tito y yo sólo nos vimos dos veces. La primera fue a mediados de los 90. Cuando publiqué mi primer libro, José Mari me llamó y quedamos a comer. Trabajaba en la Biblioteca Nacional, y no puedo imaginar un trabajo más adecuado para él. Le invité a mi fiesta de cumpleaños. Vino con su mujer, a quien yo no conocía, y me regaló dos cosas. Un volumen encuadernado con 10 novelas de El Encapuchado, de G. L. Hipkiss, un pulp de los años 40 al que de niños éramos muy aficionados (todo un lujo de regalo para coleccionistas, por cierto). El segundo regalo era un diminuto opúsculo de 30 páginas, autoeditado, con seis sonetos suyos: 50 sonetos ciclistas. Me escribió a mano la siguiente dedicatoria: “Para César Mallorquí, como brindis por unos tiempos en que las bicis sólo existían en sueños, y la amistad rodaba a toda máquina. Con mucho, mucho cariño. José Mari”.


Hará cosa de año y medio, decidí telefonearle de nuevo. Tito y yo nos reunimos con él en su casa, para conocer a sus dos preciosos hijos. Luego cenamos juntos y quedamos en volver a reunirnos. No tuvimos la oportunidad. En esa ocasión, José Mari nos regaló otro libro autoeditado: Galería de bibliotecarios arrepentidos, una colección de semblanzas imaginarias escrita con una mezcla de humor y erudición. La dedicatoria decía: “Para César Mallorquí, este libro de pequeñas semblanzas. Y no en pago, sino en reconocimiento de una deuda: haberme regalado él –y sin haberlo yo sabido- una semblanza infantil tan emocionante. José Mari”. La semblanza a la que se refiere apareció aquí, en el post “Routier” antes citado.


Cuando José Mari supo que estaba enfermo y que iba a morir, quiso editar otro libro, el tercero y último, reuniendo sus poesías. Una edición de 500 ejemplares sólo para sus amigos. Se llama Libro de los oficios fallidos y está editado, como los otros dos, por la ficticia Biblioteca Bulbuentina (Bulbuente era el pueblo donde veraneaba José Mari). Mi viejo amigo nunca llegó a verlo terminado. Su mujer y algunos de sus amigos lo editaron tras su muerte. Pocos días antes de morir, ya ingresado en el hospital, José Mari escribió el prólogo. Comienza así: “Ahora que está, al parecer, definitivamente desaparecido, me toca otra vez presentar un nuevo librito de JMM”. Definitivamente desaparecido... genio y figura, humor e ironía, hasta la sepultura. Como es lógico, en el libro ya no hay dedicatoria; no obstante, poco antes de su muerte José Mari elaboró una lista de las personas a quienes quería que se le regalara un ejemplar. En esa lista estábamos Tito y yo. De hecho, nuestros ejemplares están personalizados. Al final del mío pone: “Ejemplar nº CLV para César Mallorquí”. Me produce una triste alegría, me enternece. que en sus últimos momentos nuestro viejo amigo se acordara de nosotros.


El Libro de los oficios fallidos es una antología de 90 páginas con 53 poesías. Voy a transcribiros la última, llamada “Colofón”. Está dedicada a sus hijos –una niña de 12 y un niño de 8, si mal no recuerdo- y no lo sé a ciencia cierta, pero me juego las pelotas a que está escrita cuando ya sabía que iba a morir. (Disculpad si los ojos se me humedecen mientras transcribo)


Colofón

Ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niña:
que nunca enluten penas
su clara risa.

*

Y, ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niño:
nunca sea su risa
campo baldío.

Me cuesta aceptar que José Mari se ha ido, pero el muy cabrón lo ha hecho, a su modo, con ironía, en silencio, sin un lamento ni un adiós. La mayor parte de vosotros no le conoció; os hubiera gustado conocerle. ¿Sabéis cuáles eran los personajes de cómic con los que más se identificaba? El Rompetechos de Ibáñez y el profesor Tornasol de Hergé. Eso le define. Fijaos en la ilustración de la portada del libro; la dibujó el propio José Mari. Es un hipopótamo enfadado porque no le traen el café que ha pedido. Eso también le define: una mezcla de inteligencia, discreción, ironía, erudición, timidez y dulzura con unos toques naif. Era un tipo irrepetible. ¿Sabéis?, nadie le vio nunca jamás enfadado. No sabía enfadarse.


Ahora, José Mari cree que ha muerto, pero no es del todo cierto. Él, Tito y yo éramos una gestalt, ¿recordáis?, así que José Mari seguirá viviendo en nosotros. Somos una gestalt herida, es verdad, pero aún estamos aquí. De hecho, mientras alguno de los que quedamos, Tito o yo, continúe vivo, la amistad entre los tres seguirá rodando a toda máquina.


Hasta siempre, José Mari, viejo y queridísimo amigo. Jamás te olvidaré.


miércoles, febrero 8

El rincón del odio: George Lucas


Hace mucho tiempo, allá por 1983, en una galaxia muy lejana, cuando yo estaba en el lado oscuro de la fuerza trabajando como publicitario, una de las cuentas que llevaba era la de General Mills, un fabricante de juguetes entre cuyos productos se contaba la línea de figuritas articuladas y maquetas de Star Wars. Por aquel entonces acababa de estrenarse (o estaba a punto) El retorno del jedi, así que la línea de juguetes Star Wars se hallaba en plena efervescencia y yo me pasaba el día adaptando spots yanquis al castellano.


Supongo que entonces debí darme cuenta. El retorno del jedi era sensiblemente peor que los dos títulos anteriores, los ewoks eran repelentes (burdas copias de unos bichos que aparecían en la portada de una novela de H. Beam Piper) y tanta figurita, tanta espada láser de plasticurro, tanto merchandising en definitiva, era signo inequívoco de que alguien, no quiero señalar, era un pesetero. Pero no quise darme cuenta; le debía tantas horas de felicidad a George Lucas que preferí mirar para otro lado.


Veréis, creo que American Grafitti es una magnífica película sobre la enorme pérdida, la inmensa tristeza, que se produce con el paso de la adolescencia a la madurez. Es una comedia, sí, pero rebosa dulce melancolía. Luego llegaron La guerra de las galaxias y El imperio contraataca, puro pulp de los años treinta con muchas dosis de humor y toneladas de diversión. E Indiana Jones, por supuesto; jamás me he divertido tanto en el cine como viendo En busca del arca perdida, y también me lo pasé bomba con El templo maldito y La última cruzada.


Esto en su haber, y es un haber muy notable. El caso es que, entre el 89 y el 99, hubo un impasse durante el cual Lucas se limitó a producir unas cuantas chorradas sin trascendencia (Willow, El pato Howard...) y todos nos quedamos expectantes durante una década. Esperábamos como agua de mayo la anunciada segunda trilogía de Star Wars (o la primera, según la liosa cronología de la serie), aunque teníamos ciertas dudas, porque El retorno del jedi había sido... en fin, bastante decepcionante.


Supongo que sabréis que Lucas no se hizo recontramillonario por sus películas, sino gracias al merchandising derivado de ellas. Figuritas, viedeojuegos, maquetas, novelas, cómics, juguetes... ¿Quiénes son los principales destinatarios de esta clase de productos? Los niños. Pues bien, La guerra de las galaxias era una historia infantil recubierta de humor, espectacularidad y amable ironía para satisfacer al espectador adulto. El imperio contraataca, por su parte, era una historia más oscura y violenta. ¿Quizá demasiado para las virginales mentes infantiles? Eso debió de pensar Lucas, así que en El retorno del jedi redujo la oscuridad y la violencia, e introdujo a los ewoks, esos extraterrestres con pinta de ositos de peluche, tan tiernos, tan monos y tan estomagantes. Pero la pasta es la pasta, y los principales clientes de Lucas eran los niños, así que vamos a infantilizarlo todo bien infantilizado. Eso nos debería haber alertado.


Y por fin llegó la tan esperada segunda/primera trilogía. ¿Qué decir de La amenaza fantasma? Que quizá sea la película más equivocada de la historia del cine. Todo es narrativamente erróneo en esa sandez, todo está infantilizado al máximo, pero lo peor es que, aparte de ridícula, es una película aburridísima. Del segundo episodio, El ataque de los clones, no recuerdo casi nada, salvo que las famosas “guerras clon” que se mencionaban en la película original acababan siendo algo parecido a una algarada entre los hooligans de dos equipos rivales. En cuanto al tercer episodio, La Venganza de los Sith, vale, es el mejor de los tres. La película es menos infantil que las anteriores, mucho más oscura, y dramáticamente funciona mejor. Pero dista mucho de alcanzar las cotas de las dos películas iniciales (me refiero a las dos primeras en producirse, las protagonizadas por Hamill y Ford; la cronología de esta franquicia es un coñazo).


Sospecho que cuando comenzó la producción y realización de la nueva trilogía, Lucas oscilaba entre dos posturas distintas. Por un lado, parecía tomarse su producto, y la mitología que lo rodeaba, demasiado enserio. Eso provocó que las tres nuevas películas, técnicamente perfectas, resultaran demasiado rígidas y envaradas, muy lejos de la frescura de los dos films iniciales. Por otro lado, en cada plano de cada film se nota la avidez con que Lucas se las ingeniaba para exprimirle toda la pasta posible al asunto. Jar Jar Binks, ese personaje supuestamente humorístico –y en realidad irritante-, está ahí para contentar a los niños y vender muchas figuritas articuladas. Esa carrerita copiada de Ben Hur servirá para el videojuego. Y todo así. Una pena.


¿Y qué pasó después? Que tras años de darle vueltas, después de mucho marear la perdiz, Lucas se decidió al fin a producir la tan esperada cuarta película de Indiana Jones. Mal rayo le parta. Los quince o veinte primeros minutos de El reino de la calavera de cristal son Indiana Jones en estado puro; una gozada. El resto es como una mala copia de Indiana Jones. Joder, según Lucas, tardó tanto en continuar la serie porque no encontraba el guión adecuado... Y, cuando lo encuentra, ¿es eso? Por favor, cualquier cómic de la franquicia tiene mejor guión que esa bobada. Lamentable.


Vale, Lucas ha perdido el tino artístico (que no el comercial). No es el primer creador al que le sucede y, desde luego, no es razón para odiarle, sino para lamentarlo. Pero es que este hombre se ha convertido en una piraña, en un avida dollars, según el anagrama que André Breton le dedicó a Dalí.


Veamos. Justo antes de producir la segunda trilogía de Star Wars (que luego será la primera, ya sabéis), Lucas re-estrenó la trilogía inicial (sí, sí, en realidad la segunda) añadiéndole algún metraje extra y unos efectos digitales que no hacían la menor falta. Pero de ese modo conseguía atrapar a las nuevas generaciones y prepararlas para todo el marketing que les iba a caer encima. Después estrena la nueva trilogía, con todas las figuritas y merchandising que eso conlleva. Luego, una serie de dibujos animados, que primero aparece en cine y luego se traslada a TV. Hay que mantener vivo el sector juguetero. Y ahora, ese maldito pesetero va y re-estrena las dos trilogías de Star Wars en 3D. ¡Hala, venga, más pasta para la buchaca! ¿Pero es que es insaciable? Ah, y por lo visto está considerando producir una quinta película de Indiana Jones, con Harrison Ford. ¿Indiana Jones y la próstata perdida? La persecución en sillas de ruedas será memorable.


Así que por ser tan pesetero, por preocuparse más del merchandising que de la calidad de sus films, por manosear hasta el aburrimiento a unos personajes entrañables, por tener sólo un par de ideas y exprimirlas hasta la saciedad, por haber perdido el sentido del humor y, en definitiva, por haberse convertido en un codicioso pelmazo, declaro culpable a George Lucas. En reconocimiento a sus primeros méritos, la sentencia será leve: se le condena a escribir cien mil veces en la pizarra “Han Solo disparó primero” (reconozco que hay que ser muy friki para entender esto último; el primero que desvele el misterio ganará un valioso premio inmaterial).


Ah, por cierto; he leído hace poco que Lucas ha anunciado que dejará el cine comercial y se dedicará a producir y dirigir films experimentales... Anda y que te den, Jorgito.

lunes, enero 30

And the winner is... ¡La isla de Bowen!


Quienes seguís este blog sabéis que no suelo utilizarlo para darme autobombo, pero ésta es una ocasión especial. He ganado la vigésima edición del Premio Edebé de Literatura Juvenil con mi novela La isla de Bowen. ¡Bravo, hurra por mí! Vale, sí, es la cuarta vez que lo gano, pero la última fue hace diez años y, qué queréis que os diga, me encanta ganar premios.


Regresé ayer mismo de Barcelona y todavía estoy un poco mareado de tanto ajetreo. El martes 24 fui en AVE a mi ciudad natal y, tras pasar por el hotel, cené con Susana Vallejo, ganadora de la anterior edición, excelente escritora y aún mejor persona. El miércoles dediqué todo el día a entrevistas y filmaciones, de acá para allá, junto con el premiado en la modalidad infantil, Fernando Lalana, que por cierto es un tío la mar de majo. Por la noche me fui a cenar con mi mujer y un amigo, para celebrar el premio. Acabamos a las tantas. Yo estaba hecho polvo, que uno está mu mayor y ha tenido mu mal rodaje. El jueves por la mañana, Fernando y yo fuimos a la editorial para firmar los contratos, charlar un rato con el personal de Edebé y comer con el director general y la directora editorial. Por la tarde, la ceremonia de entrega. Estuvo muy bien, fue todo de maravilla, un acto divertido y brillante, pero... agotador y mareante. Te saludan y felicitan decenas de personas y a todas tienes que atenderlas con una sonrisa. Aunque no las conozcas. O, lo que es peor, aunque deberías conocerlas, pero no te acuerdas ni remotamente de quiénes son. Con todo, fue muy agradable, aunque cansado.


Por ser la edición número veinte de los premios, la editorial reunió a (casi) todos los premiados de ediciones anteriores y, poco antes de empezar la ceremonia, nos hicieron una foto de grupo, que es la que preside este post. Allí me reencontré con viejos amigos y conocidos a quienes no veía desde hace tiempo. El calvorotas del fondo soy yo.


Hablando de la novela ganadora, La isla de Bowen es esa historia “al estilo Verne” que estaba escribiendo y de la que os hablé en alguna ocasión. Veréis, escribí La isla de Bowen para mí; era un regalo que me hacía a mí mismo. La escribí sin pensar en nada ni en nadie, sin tener en cuenta las modas, sin plantearme la edad de los lectores, sin ponerme más cortapisas que mi propio criterio. ¿Qué pienso sobre el resultado final? Bueno, poco importa la opinión de un autor sobre su propia obra, ¿verdad? Por un lado adoro la novela, por otro la odio (la he releído demasiadas veces mientras la corregía). ¿Responde a mis expectativas? Pues... creo que sí, pero me falta perspectiva.


No obstante, ha ocurrido algo que me resulta muy gratificante. Como es natural, cuando ganas un premio todo el mundo alaba tu novela, pero nunca he recibido tantas y tan entusiastas alabanzas como en esta ocasión. El fallo fue unánime. Un par de miembros del jurado le pidieron a la editorial mi dirección de e-mail y me escribieron felicitándome (algo, por lo visto, inaudito). Durante la ceremonia de entrega, varios jurados se acercaron a mí para darme las gracias por el buen rato que les había hecho pasar. En la editorial están entusiasmados con la novela. Lo cierto es que todos lo que la han leído hablan muy bien de ella. Así que cabe la posibilidad de que La isla de Bowen no esté del todo mal...


En cualquier caso, os garantizo que, en cierto modo, La isla de Bowen es la novela menos juvenil que he escrito. No porque no pueda disfrutarla un adolescente (claro que puede), sino porque está escrita para un cincuentón que adora la novela de aventuras clásica y, en especial, a Julio Verne (aunque también a Wells, y a Hergé, y a Conan Doyle, y a Stevenson...). La isla de Bowen es un destilado de todos los relatos de aventuras que leí durante mi juventud. Y también es la primera novela de ciencia ficción que he escrito en mucho tiempo. Aunque, eso sí, ciencia ficción arcaica; la clase de ciencia ficción que podría haberse escrito a principios del siglo pasado. Eso es parte de su gracia. La novela, ambientada en 1920, está dividida en dos partes: la primera es aventura clásica en estado puro; y en la segunda comienzan a aparecer los elementos de ciencia ficción, pero siempre en el marco del género de aventuras...


Bueno, ya hablaré en otra entrada sobre este tema: mi particular teoría sobre el género de aventuras. Ahora sólo quiero compartir con vosotros la alegría por el premio obtenido. Más abajo, en letra pequeña, os adjunto el discursete que pronuncié durante la ceremonia de entrega de galardones. Dije más cosas, pero eso es lo que llevaba escrito.


Hola, buenas tardes.
Cuando uno recibe algo, lo primero que hay que hacer es dar las gracias. Así que gracias en primer lugar a los miembros del jurado por haber elegido mi novela. Espero que no se hayan equivocado demasiado. Gracias también a la editorial EDEBÉ, no sólo por convocar estos galardones, sino por la difícil tarea de mantener viva la llama de la cultura y la literatura en estos tiempos oscuros. Gracias por último al escritor francés Julio Verne, porque él fue la principal fuente de inspiración de mi novela.
Este acto que hoy celebramos es muy especial. No sólo porque se trata de la vigésima edición del Premio Edebé, sino también, y sobre todo, porque probablemente será la última. Eso, por supuesto, en el caso de que los mayas tengan razón y este año llegue el fin del mundo. Así que, aprovechando que el Apocalipsis se acerca, me gustaría dedicarle este premio y mi novela a cuatro personas muy especiales para mí. Tres de ellas se encuentran aquí, con nosotros, y la cuarta no está muy lejos.
En primer lugar, se lo dedico a Pepa, mi mujer, porque sin ella jamás habría escrito nada. Pepa es esa mujer maravillosa que está al lado de un chico muy alto.
En segundo lugar, se lo dedico al chico muy alto que está junto a mi mujer. Es mi hijo Pablo.
En tercer lugar... Veréis, yo nací aquí, en Barcelona, hace tanto tiempo que no sé si por entonces aún se llamaba Barcino. El caso es que mi familia se trasladó a Madrid cuando yo sólo tenía un año de edad, y en esa ciudad he vivido siempre. Sin embargo, son muchos los lazos que me unen a Barcelona, y el mayor de ellos, el más intenso, son mis padrinos, el matrimonio formado por José María Gispert y María Luisa Lafuente.
José María es un galán maduro que está por ahí, acompañado por su encantadora hija Mireia, y este premio también está dedicado a él.
En cuanto a María Luisa... Cuando yo era pequeño y jugaba a escribir, mi madrina me decía: “tú serás escritor”. Luego, cuando yo estudiaba Ciencias de la Información, ella seguía diciendo: “tú serás escritor”. Mucho después, cuando durante más de veinte años me dediqué al periodismo y la publicidad, María Luisa insistía: “tú será escritor”. Y finalmente, cuando le regalé mi primer libro publicado, María Luisa me dedicó una sonrisa socarrona y tuvo la delicadeza de no decirme: “ya te lo dije”.
María Luisa no ha podido estar hoy aquí, con nosotros. Padece la enfermedad del olvido. No obstante, por adivinar tan claramente mi futuro, por ser tan dulce, generosa, inteligente y buena, este premio está especialmente dedicado a María Luisa Lafuente, ahijada de mi padre y, a su vez, mi querida madrina.
Muchas gracias a todos por estar aquí.


miércoles, enero 18

Miedo


Hace tiempo, leí una entrevista a Konrad Lorenz en la que el famoso etólogo afirmaba que el estado anímico habitual de los mamíferos en la naturaleza es el miedo. Básicamente, miedo a no poder comer o miedo a ser comidos. Es decir que todo ser viviente dotado de un sistema nervioso medianamente sofisticado padece un permanente estrés; algo lógico, teniendo en cuenta que el estrés es un mecanismo de supervivencia.


Veamos un ejemplo: los perros. ¿Por qué un perro ataca a un ser humano? Puede haber muchos motivos, pero básicamente son dos: que el perro esté entrenado para atacar o, lo que es mucho más frecuente, que el perro tenga miedo. Supongo que todos habéis oído decir que los perros “huelen el miedo”, y es literalmente cierto. Tanto humanos como perros (y otros muchos bichos) emitimos feromonas, unas sustancias químicas que transmiten información sobre nuestro estado anímico. Si estamos tristes, o excitados sexualmente, o cabreados, o contentos, o asustados, nuestras feromonas se lo chivan a cualquiera que pueda olerlas. El problema es que nuestro sentido del olfato es una caquita, así que los humanos ni nos enteramos (al menos conscientemente) del fascinante mundo olfativo que nos rodea.


En el caso de los perros la cosa es muy distinta, porque ya sabéis el buen olfato que tienen los muy cabrones. Los humanos contamos, de media, con 5 millones de receptores olfativos, mientras que los perros poseen alrededor de 200 millones. Vamos, que los perros dependen de las napias lo mismo que nosotros de los ojos. Supongo que todos os habéis fijado en que cuando dos perros se encuentran, lo primero que hacen es olerse el culo mutuamente. ¿Es que son unos guarros? ¿O de naturaleza sodomita? No.


Los humanos emitimos feromonas sobre todo a través de la sudoración, pero los perros no sudan y su principal fuente de feromonas es el ano. Así que dos perros oliéndose el culo es el equivalente a dos humanos estrechándose las manos en señal de buena voluntad. Es más, ¿por qué cuando un perro está contento mueve el rabo? Porque sus feromonas están diciendo: “me siento guay, tengo ganas de lamerte, y de que me rasques detrás de las orejas, y de que me tires un palo para que vaya a buscarlo”, así que, como el perro quiere que te enteres, mueve el rabo de un lado a otro, esparciendo sus juguetonas feromonas por el aire. Por el contrario, cuando un perro es agresivo o tiene miedo (luego veremos que es lo mismo), lo que hace es meter el rabo entre las patas y dejarlo quieto. Es decir: tapa el ano para que no puedas oler sus feromonas.


Todos sabemos cómo son los perros; pero puede que algunos tengamos una idea un tanto equivocada acerca de ellos, porque estamos acostumbrados a tratar con perros mascota, animales de compañía que son alimentados y cuidados por sus amos. Es decir, perros que nunca se hacen adultos del todo, perros que viven en un permanente estado de “cachorrez”. Por eso, su comportamiento es sutilmente distinto al de los perros que viven libres en la naturaleza. Por ejemplo, los perros asilvestrados tienden a unirse formando jaurías, porque ésa es su forma natural de cazar (heredada de los lobos). Por otro lado, son animales muy territoriales; marcan su zona de caza delimitándola con señales olfativas: su orina esparcida aquí y allá. Ese comportamiento también lo vemos en los perros urbanos. Cuando los sacas a pasear no hacen todo el pis de una vez, sino que van orinando poco a poco en distintos lugares para marcar su territorio de caza, olvidándose, los muy capullos, de que no han cazado en su puñetera vida.


Bien, en estado natural un perro (como casi todos los mamíferos terrestres) jamás atacará a un ser humano, salvo en los siguientes supuestos: 1. Que forme parte de un grupo extraordinariamente hambriento. Es decir, que el miedo a morir de hambre supere al miedo a morir de un balazo. 2. Que penetres en su territorio. Él ha dejado señales olfativas de que no debes pasar (no sabe que tienes menos olfato que un tocho de madera), así que si las ignoras debe de ser con fines agresivos, lo cual le asusta. 3. Que le acorrales o agredas. Y aquí debemos entender los términos “acorralar” y “agredir” desde un punto de vista canino; si, sin darte cuenta, te sitúas de tal forma que interceptes sus vías de huída, el perro se sentirá acorralado, y si haces un gesto demasiado brusco el perro puede interpretarlo como una agresión. 4. Que tengas miedo. En efecto, si, como le ocurre a mucha gente, sientes un temor irracional (o racional, da lo mismo) hacia los perros, cuando veas uno comenzarás a emitir feromonas de miedo y el perro lo detectará. Y, para un perro, el miedo del contrario es sinónimo de una posible agresión y, por tanto, un motivo para atacar él a su vez.


En resumen, todas las razones por las que un perro (no entrenado) ataca a un humano están relacionadas con el miedo. Y no deja de tener su lógica, porque el miedo también es un mecanismo natural de supervivencia. ¿Sabéis algunas cosas que pasan cuando nos entra el canguelo? Se excita la amígdala del hipotálamo, que es donde reside el centro neurológico de la agresividad. Las suprarrenales comienzan a verter al flujo sanguíneo generosas dosis de adrenalina, un poderoso estimulante natural que te ayudará a huir o a luchar. Se incrementa la producción de testosterona, que aumentará tu fuerza y rapidez (para correr o pelear), y subirá también la corticotropina, que te ayudará a controlar el estrés. Como puede verse, la respuesta orgánica al miedo se traduce en un incremento de la agresividad y regula tu cuerpo preparándolo (mediante hormonales espinacas de Popeye) para huir o para luchar.


Huelga decir que la respuesta más usual (y más sabia) ante el miedo es la huída (y eso vale tanto para perros como para humanos). No obstante, ¿qué pasa cuando, por las razones que sean, no hay posibilidad de huída, cuando se está acorralado? Pues que la única opción que queda es el conflicto, una furia descontrolada que tiene más de reptil que de humana. Una vez, durante la dictadura, yo estaba en un bar cuando, de pronto, se desató una algarada en la calle. Al poco, entraron un par de antidisturbios en el local para desalojarlo; uno de ellos era un tipo jovencito, muy alto, tanto como yo, pero con casco, porra, escudo y una pistola al cinto. Recuerdo su cara; estaba aterrorizado, tenía más miedo que los manifestantes. Y eso me acojonó, porque alguien poseído por el pánico puede hacer cualquier cosa y sin ningún motivo.


El miedo, igual que el estrés, es un mecanismo de defensa, pero cuando se descontrola puede convertirse en algo extraordinariamente destructivo. Los humanos, igual que el resto de los mamíferos superiores, vivimos en un estado de permanente... no, de intermitente temor. Miedo a la enfermedad, a los accidentes, a que le suceda algo malo a nuestros seres queridos; miedo a perder el trabajo, o a no encontrarlo, miedo a la pobreza, al desarraigo, al desamparo, miedo a no conseguir lo que se desea o a perder lo que se tiene... Por lo general, ante esos miedos la sociedad da salidas y alivio para la mayor parte de la población (por eso somos gregarios); pero, ¿qué pasa cuando la sociedad no sólo no ayuda, sino que acorrala y agrede?


Últimamente, la atmósfera se está llenando de feromonas del miedo. No puedes olerlas, pero percibes ese temor en los ojos de la gente, en las noticias, en los comentarios de la Red, en las historias que te cuentan, en el estado de ánimo general. Quizá incluso en el espejo cuando te miras. Somos una sociedad progresivamente atemorizada. Y el miedo, ¿sabéis?, es un sentimiento primario que surge de las capas más profundas de nuestro proceso evolutivo, del sistema límbico, de ese lagarto violento e irracional que todos llevamos dentro y que toma el control cuando el neocórtex deja de servir para algo. Ese lagarto no actúa con racionalidad, sino con pura, brutal y ciega violencia.


Por eso me da miedo el miedo.

viernes, enero 13

Stand-by


Lo primero, feliz año, amigos míos. Lo segundo, mis disculpas por el retraso en actualizar el blog (tengo un post a medio escribir desde hace semanas). En mi casa, la fiesta de Reyes es muy sofisticada, así que estuve ocupado toda esa semana. Luego me cayó encima un achuchón de trabajo y después sobrevino un problema personal que me tiene con el coco en otro lado. Prometo que la semana que viene recuperaré el ritmo habitual de Babel.

Y, entre tanto, os sugiero que visitéis el blog de mi buen amigo Samael. Se llama LA TERTULIA PEREZOSA y podéis llegar a él pinchando AQUÍ. Samael es un excelente escritor de relatos cortos dotado de una personalidad a todas luces excéntrica (que es la forma políticamente correcta de denominar a la simple y llana chaladura). Su blog están nuevecito, recién estrenado; os recomiendo que no os lo perdáis.

sábado, diciembre 24

Cuento de Navidad: Todos los pequeños pecados


Son las 11:50 de la mañana del 24 de diciembre. Estoy en mi despacho, tecleando en el ordenador. De fondo escucho a mi familia yendo de acá para allá. El día es frío (11º), pero soleado. Y eso, los rayos de sol, activan un pequeño dispositivo que tengo fijado a la ventana. Lo compré en la tienda del Moma, en NY; es un pequeño motor que se activa con una plaquita fotoeléctrica y hace girar dos cristales tallados. Cuando la luz pasa a través de los cristales, se proyectan por mi despacho una infinidad de pequeños arco iris giratorios. Me encanta esa chorrada. Dentro de poco me levantaré para cocinar el relleno de los canelones que tomaremos en Navidad. Me salen de muerte y es lo que siempre comemos el 25 de diciembre (ciclos y ritos, ya sabéis). Luego saldré a hacer las últimas compras y pasaremos la tarde preparándolo todo para la cena de Nochebuena.



¿Me olvido de algo? No, claro que no. Aunque algún que otro merodeador impaciente comenzaba a dudar de ello, aquí tenéis mi habitual regalo de Navidad: un cuento navideño escrito expresamente para vosotros. Se llama Todos los pequeños pecados. Pero este año el relato tiene dos peculiaridades. En primer lugar, comencé a escribirlo hace casi quince años y lo dejé durante todo ese tiempo a medias. Es normal, tengo varios cuentos sin acabar. El caso es que, mientras buscaba argumentos para el cuento de este año, recordé ese relato y me di cuenta de que era muy fácil de adaptar a la Navidad. Terminé de escribirlo y aquí está.


En cuanto a la segunda peculiaridad... veréis, en el texto se describe un incidente que le sucedió durante la infancia al protagonista. Pues bien, ese incidente es real y me ocurrió a mí. El resto de la historia es ficción. Más o menos.


Amigas y amigos, os deseo toda la felicidad del mundo para esta noche, para mañana y para el resto de vuestras vidas. Espero que el relato de este año no os disguste demasiado.


Feliz Navidad. Felices fiestas.


Todos los pequeños pecados


César Mallorquí

Como venía ocurriendo desde hacía casi un mes, Enrique despertó en mitad de la noche y ya no pudo volver a conciliar el sueño.

Tumbado boca arriba sobre la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad, escuchó la cadenciosa respiración de Alicia, que dormía profundamente a su lado, y experimentó un acceso de rabia, como si el plácido sueño de su mujer fuera una afrenta, y a punto estuvo de despertarla, pero desechó el impulso con un suspiro y pensó en tomar una pastilla. Lo malo era que el químico sueño inducido por el Valium no solo carecía de la textura del descanso verdadero, sino que además le sumía, al despertar, en un desagradable estado de aturdimiento que solía prolongarse durante todo el día. No, nada de pastillas, decidió.

Harto de contemplar el vacío, se levantó de la cama, abandonó el dormitorio procurando no hacer ruido, preparó un vaso de cacao caliente en la cocina y se dirigió a la sala de estar para leer un poco, o para ver la tele, o para escuchar música, o para hacer cualquier cosa que pudiera relajarle, pero la familiar atmósfera del salón se le antojaba ahora tan fría y deprimente como la de un mausoleo, así que a eso de la cinco de la madrugada, abrumado por el silencio, se vistió, salió de la casa y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las mudas y desiertas calles (...)

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viernes, diciembre 23

Llega la Navidad, suspende la incredulidad


Éstas son las navidades menos navideñas que recuerdo. Al menos en Madrid, no veo ambiente de fiesta por las calles; hay menos luces y adornos y la gente va de un lado a otro como triste, deprimida, sin pizca de humor. Por la crisis, claro, por las constantes malas noticias, por los cinco millones de dramas personales que hay en el país. Supongo que es natural que la gente no esté para muchas celebraciones.


¿O no?... Porque, a fin de cuentas, ¿la Navidad no existe precisamente para esta clase de situaciones? ¿No es ahora, con todo chungo a nuestro alrededor, cuando necesitamos grandes dosis de Navidad?


Tiene gracia, ¿no?; un ateazo como yo hablando así. Supongo que debería explicar cómo entiendo la Navidad, aunque ya lo he hecho otras veces. La Navidad son muchas cosas a la vez, todas sumadas por acumulación. Hay un relato explícito: el nacimiento de un profeta/dios. Ése es el último disfraz que ha adoptado esta fiesta y, por tópico, resulta escasamente motivador (salvo que seas creyente, claro). En cualquier caso, el relato explicito es un remake de otro relato más antiguo de índole simbólica: el ciclo solar. Ayer, día 22, fue el solsticio de invierno, el día más corto del año. El Sol murió (la oscuridad venció a la luz). A partir de ese momento y durante tres días, el Sol sale y se pone por los mismos lugares aparentes. El Sol permanece muerto. Y, al tercer día, el tiempo de luz comienza a crecer de nuevo. El Sol resucita. Eso celebraban nuestros antepasados antes de que la apisonadora del cristianismo les pasara por encima. Me gusta más ese relato antiguo, quizá porque el paganismo siempre me ha parecido más divertido que el monoteísmo. Supongo que el culto al Sol vinculado a los solsticios surgió en el neolítico, cuando por primera vez pudo medirse con precisión el año solar, así que estamos hablando de una fiesta condenadamente antigua.


Pero hay un significado previo a cualquier historia. La Navidad marca el final de un ciclo y la llegada del invierno, del frío y la oscuridad. Los celtas llamaban a este periodo la Estación del Sueño, porque todo se ralentiza, porque los rigores del clima hacen que nos volvamos hacia dentro, que nos cobijemos en el cálido útero del hogar. Es un momento de calma y serenidad. Los seres humanos somos muy sensibles a los ciclos; por eso celebramos nuestros cumpleaños, por eso conmemoramos tantas cosas. También somos proclives a los ritos, así que cuando queremos dar importancia a algo los ritualizamos. Hacemos las mismas cosas en los mismos momentos. La Navidad es cíclica y ritual, porque la necesitamos.


Y también es una enorme mentira. La Navidad es tan falsa como un abeto de plástico, como una estrella de papel maché, como la nieve de harina y los ríos de Albal. Jugamos a ser buenos, pero no lo somos; aparentamos querer a los demás cuando siguen cayéndonos gordos, simulamos una alegría que distamos mucho de sentir. Compramos, bebemos y comemos sin ninguna razón. Nada es auténtico.


Salvo una cosa: lo que sienten los niños, lo que sentíamos todos cuando lo éramos. Eso es verdadero. Y, ¿sabéis?, dicen que la patria de las personas es la infancia. Por eso, si queremos recuperar un jirón del paraíso, tenemos que volvernos niños, aunque sólo sea por un momento. Y para eso hace falta un poquito de inocencia.


La Navidad es como un cuento, como una historia fantástica, como una película de Frank Capra. Para disfrutar con la ficción hace falta algo que se llama “suspensión de la incredulidad”. Ese término, inventado por Coleridge, se refiere al pacto tácito que establecen el autor (o director de cine) y el lector (o espectador). El autor se compromete a contar mentiras de la forma más convincentemente posible y el lector, por su parte, deja momentáneamente aparcado el escepticismo. Este principio es de vital importancia sobre todo en la fantasía y la ciencia ficción, porque esos géneros tratan de cosas irreales.


Pues bien, así deberíamos aproximarnos a la Navidad: jugando a creernos lo imposible, suspendiendo por unos días la incredulidad. Todo es falso, de acuerdo; pero ¿acaso sería mejor tirarnos todo el tiempo de malhumor y con acidez de estómago; aunque, eso sí, lúcidos de cojones? Entremos en la Navidad con la misma disposición de ánimo con que nos ponemos a ver por enésima vez Qué bello es vivir. Es decir: dispuestos a tragarnos todas las mentiras del mundo por la sencilla razón de que son mentiras bonitas .


Ah sí, hay gente que se queja de que la Navidad les pone tristes. Ya, ¿y qué? Eso no es tristeza, sino melancolía; y, como en cierta ocasión expresó atinadamente mi buena amiga Conchita Balmaseda, la melancolía es la felicidad que extraemos de la tristeza. Recordar a los que se fueron, recordar lo que hemos perdido, recordar los tiempos que ya no volverán, también es bonito.


Felices fiestas, amigos míos. Que la Estación del Sueño os traiga paz y sosiego.


viernes, diciembre 9

Babel 6


La Fraternidad de Babel cumple hoy seis añitos. Parece mentira, cómo pasa el tiempo, ¿verdad? Cuántas cosas han cambiado desde la primera entrada... Escribí el primer post en un mundo próspero y feliz, mientras que éste lo redacto en un escenario pre-apocalíptico. En el fondo tiene su gracia; dentro de poco seremos todos personajes de una peli de Mad Max. Pero también el blog ha cambiado. Revisándolo, he comprobado que mis post cada vez son más largos; debe de ser que conforme envejezco me da por contar batallitas. ¿Os he hablado del desembarco de Alhucemas? ¿No? Bueno, otro día.


Aunque, la verdad, el blog sigue siendo el mismo batiburrillo sin demasiado sentido que fue desde el principio. Producto de una mente desordenada y enferma, sin duda. Algunos merodeadores han seguido fieles a Babel durante todo este tiempo, pero otros no. Recuerdo unos cuantos que comentaban mucho al principio, pero que al cabo de un tiempo abandonaron la fraternidad. Y no puedo evitar preguntarme por qué. ¿Se cansaron de mí? Es lógico, yo también me canso de mí mismo. ¿Se pasaron a otros blogs? ¿Dejaron de lado los blogs cuando la moda pasó? ¿Dije algo en algún momento que les molestó? Es probable; en ocasiones lo hago, y no siempre sin darme cuenta. No todos los merodeadores de Babel son de mi agrado; la mayor parte sí, pero hay unos cuantos, muy pocos en realidad, que me causan cierta irritación. Bueno, aquí puedo permitirme el lujo de ser sincero con ellos. En cualquier caso, si a algún buen merodeador molesté, lo siento, no era mi intención. Respecto a los que se lo merecían... bueno, que les den.


Con cierta frecuencia recibo ofertas para incorporarme a... no sé cómo se llaman, conglomerados de blogs o algo así. A cambio, me garantizan un asombroso incremento de visitas. ¿Para qué narices necesito incrementar los visitantes? Me importa un bledo la cantidad; lo importante es la calidad, y de eso, de merodeadores interesantes, estoy sobrado.


Hace muy poco, recibí un e-mail ofreciéndome dinero por algo relacionado con el blog. La verdad es que no sé exactamente que me pedían, porque usaban un lenguaje técnico que me producía cierto grado de somnolencia, así que no le presté mucha atención; pero lo cierto es que me daban pasta (no mucha, seamos sinceros) a cambio de no sé qué relacionado con el blog. ¿Ganar dinero con Babel? Eso sería como tener una hija y meterla a puta. Si ganase dinero con Babel lo convertiría en un trabajo y acabaría odiando al blog. No, estoy muy bien como estoy. Babel es un sitio inútil escrito por un inútil, y así debe ser.


Lo que sí ha cambiado es la media de edad de los merodeadores. Cada vez son más jóvenes, lo que no debería extrañarme teniendo en cuenta que escribo literatura juvenil. Me encanta que haya jóvenes merodeando por aquí; me gusta leer sus ideas, sus preocupaciones, sus reflexiones. Ellos son el futuro y yo un fósil. Me enseñan muchas cosas.


Eh... En fin, ya sé que esto es un cumpleaños y que debería desplegar un tono optimista y chispeante, pero no estoy de humor. Anteayer murió una buena persona, un gran tipo llamado Alejo Romero. Estaba casado con una hermana de mi mujer, así que éramos concuñados. Tenía cincuenta y pocos años y se lo ha llevado un puto cáncer. Alejo vivía en San Sebastián y era biólogo. Tenía una mente envidiablemente racional y un gran sentido del humor. Coincidíamos en muchas cosas; de todos los cuñados, éramos los más parecidos. Me caía bien, era una excelente persona. Llevo un par de días llorándole. Dentro de dos o tres horas, Pepa, Óscar, Pablo y yo viajaremos a San Sebastián para pasar el fin de semana con Teresa, su mujer, y con Guillermo, su hijo.


Pero no tengáis en cuenta esto. Hoy es el cumpleaños de La Fraternidad de Babel, así que celebrémoslo alzando una metafórica copa. Y ya sólo me falta daros las gracias. Gracias por merodear por aquí, gracias por vuestros comentarios, gracias por leerme, gracias por pensar. Gente como vosotros, o como Alejo, constituyen la sal de la vida. Sois una bendición.


Para todos y todas, un abrazo de oso y un beso de mariposa.

martes, noviembre 22

Harto de chorradas


Hace poco, una merodeadora de Babel dejó en el blog la siguiente afirmación: “Aquí no se trata de que los ricos se han quedado con lo que es de los pobres. Esta crisis trata de que los pobres se han endeudado para poder vivir como ricos. Y eso en economía hace !crack!”. No es la primera vez que oigo decir cosas semejantes, y no precisamente a orondos oligarcas, sino a personas normales, de clase media, como tú y yo. “Es que la gente ha vivido por encima de sus posibilidades y, claro, pasa lo que pasa”, dicen. Genial; resulta que quienes están padeciendo la crisis, quienes más la sufren, son en realidad los culpables. Ése es uno de los eslóganes favoritos de la derecha extrema, de los neo-con a la española (¿el manzanilla party?). El sistema, el sacrosanto mercado, jamás tiene la culpa de nada; es el populacho que no sabe cuál es su lugar quien estropea las cosas. Me sacan de quicio semejantes soplapolleces; me parecen insultantes, entre otras cosas para la inteligencia. Pero aún más me indigna que entre el propio “populacho” haya quien está tan absolutamente desnortado que no sólo se lo cree, sino que además lo repite.

Así que los pobres se han endeudado para poder vivir como ricos, ¿eh? Los pobres se han comprado yates, e islas privadas, y deportivos, y joyas, y palacetes en el lago de Como, y jets privados. Vaya, qué cucos los pobres. Y qué almas de la caridad aquellos que les han prestado dinero para costearse todos esos lujos...


Joder, estoy hasta los güevos de tanta gilipollez.


Perdón. Me ponen de mal humor estas cosas, lo reconozco; me cabrea que Goebbels tenga razón y una mentira repetida mil veces acabe siendo la verdad. Bien, contención. Intentaré exponer mis argumentos de forma jodidamente desapasionada (aunque dudo que los argumentos sirvan de algo para quienes se limitan a repetir consignas).


La deuda pública española actual equivale a un 71 % del PIB. Es decir, unos veinte puntos menos que la media europea. Así que el problema económico de nuestro país no es la deuda pública.


La deuda privada, por el contrario, es el 292 % del PIB. Esto se desglosa de la siguiente manera: la deuda corporativa (de las empresas) asciende al 134 % del PIB; la financiera al 76 % y la familiar al 82 %. Ahí está el auténtico problema de nuestra economía, en la deuda privada; y no tanto por su tamaño en números brutos, sino por el hecho de que supera con mucho el volumen del ahorro del país y, por tanto, es una deuda contraída con capitales extranjeros. Pero eso no viene ahora al caso y, además, para explicarlo haría falta alguien con más conocimientos que yo, que me limito a la cuenta de la vieja.


Sigamos a lo nuestro. Los pobres se han endeudado para poder vivir como ricos y eso ha jodido la economía, ¿no? Veamos. Está claro que ni empresarios ni financieros pueden enclavarse en la categoría de “pobres”, así que lo único que queda es la deuda familiar de los cojones (tengo que dejar de escribir palabrotas). Esa deuda supone, más o menos, la quinta parte de la deuda total del país.


¿En qué consiste esa deuda, en qué se entrampaban las familias (los pobres) españolas? Los números son claros: casi el 80 % del endeudamiento familiar es hipotecario. El restante 20 % está destinado, supongo, a adquirir yates, islas, deportivos, joyas y jets privados.


Una quinta parte de esas hipotecas corresponde a la adquisición de segundas viviendas; algo que, con la manga muy ancha, podría entenderse como “querer vivir como ricos”, aunque en su momento fue más bien inversión y ahorro. En cualquier caso, la inmensa mayor parte de la deuda de las familias estuvo y está motivada por la adquisición de la primera vivienda.


Entonces, ¿aspirar a tener una casa es querer vivir como ricos? ¿Eso es vivir por encima de las posibilidades?


¡Córcholis! (Estoy mejorando; el cuerpo me pedía escribir “¡hostias!”)


Aunque, claro, ¿por qué comprar una casa si se puede alquilar?


Eso le dije yo a mi mujer cuando, a mediados de los 90, tuvimos que desalojar el piso de renta antigua donde vivíamos. Y ella me contestó: vale, haz números. Averigüé los precios de alquiler, los comparé con los costes de hipoteca y, bingo, teniendo en cuenta las desgravaciones fiscales, resultaba mucho más rentable para nuestra economía familiar comprar que alquilar.


Veamos unos datos de antes de la crisis, datos del año 2001. En España, la oferta de alquiler cubría tan solo el 11,3 % de las necesidades residenciales (sólo una de cada diez familias tenía la opción de alquilar). Por otro lado, el precio medio del alquiler equivalía al 79,5 % de los ingresos medios mensuales de una familia. Una barbaridad. Es decir, que si querías tener tu propia casa, prácticamente la única opción era comprar. Aunque eso significara entraparte hasta las cejas y de por vida.


¡Ole, ole, eso sí que es vivir a lo grande!


Porque, si querías independizarte y formar una familia (¿eso sólo pueden hacerlo los ricos?), no quedaban más narices que comprar una vivienda; pero no era un regalo, ni mucho menos. Porque había una burbuja inmobiliaria. ¿En qué consiste eso?


Primero hace falta dinero barato. Creo recordar que en los años 80 los intereses hipotecarios rondaban el 18 %. Una década más tarde estaban en torno al 3 %. Pasta barata.


En segundo lugar, hace falta mucha demanda. Hay poco alquiler y la gente necesita casas, eso ya es un buen incentivo. Pero había más incentivos: dinero barato, como hemos visto, y desgravaciones fiscales. Y, además facilidades de pago: hipotecas a 30, 40, 50 años. ¡Incluso a 100! (acabo de leerlo en Internet).


En tercer lugar, hace falta que el precio de la vivienda suba constantemente. Y en España, durante los cinco primeros años de este siglo, el precio de la vivienda por metro cuadrado tuvo un incremento medio anual del 13’5 %, muy superior al aumento del poder adquisitivo de las familias.


Pero ojo, en su momento, fue un negocio redondo para los bancos (y para los especuladores, si es que hay alguna diferencia entre unos y otros). La ecuación era sencilla: yo presto mucho dinero, a mucha gente, muy barato. Si me pagan la deuda, gano. Y si no me pagan, como el aval es una vivienda, un bien cuyo valor no deja de subir, gano también. Fantástico, genial. Hasta que el precio de la vivienda no sólo deja de subir, sino que comienza a bajar, y los endeudados no pueden pagar la deuda. Entonces se pincha la burbuja, sobreviene una crisis de cojones y los pobres-que-querían-vivir-como-ricos-por-pretender-tener-una-casa se van a la puta mierda. Bien merecido se lo tienen.


Durante ese proceso, el precio de la vivienda alcanzó niveles absurdos, desproporcionados, surrealistas. Por eso, los jóvenes españoles no podían, ni pueden, abandonar la casa paterna hasta bien pasados los treinta años. Por eso, aunque lo recomendable es no invertir más del 35 % de los ingresos en el coste de la vivienda, ha habido y hay mucha gente que destina el 75 % de su sueldo, o más, a pagar una hipoteca. Por eso, el ahorro descendió en nuestro país. Por eso, alguna gente, atraída por el dinero barato y el incremento constante de los bienes inmobiliarios, invirtió sus ahorros en casas que ahora valen mucho menos de lo que pagaron (o siguen pagando) por ellas.


Y con este panorama, ¿todavía hay alguien que tiene los santos cojones de afirmar, sin que se le caiga la cara de vergüenza, que los culpables de la crisis han sido los pobres que querían vivir como ricos? ¿De verdad el problema es que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades? ¿Quién leches ha vivido por encima de sus posibilidades? ¿Los que sólo pretendían tener algo tan básico, tan elemental, como una casa, un techo, un puto hogar? ¿Los jóvenes que aspiraban a abandonar el nido y vivir su propia vida, pero que ni sumando dos miserables sueldos lograban cuadrar cuentas? ¿Esos son los culpables?


¡Y una puta mierda pinchada en un palo! (Vale, soy un caso perdido)


¿Sabéis quiénes son los verdaderos culpables? Los ayuntamientos que obtenían cuantiosos beneficios mediante comisiones ilegales por recalificar terrenos (una parte pal municipio, otra parte pal partido y lo que sobre pa mí). Los directivos bancarios que se forraron a base de repartir hipotecas a todo dios y de cualquier forma (sus generosos bonos dependían de ello). Los financieros que llenaron de basura oculta (hipotecas incobrables) la economía mundial. Los economistas que fueron incapaces de prever lo que iba a pasar. Los políticos corruptos o, sencillamente, ineptos. Los sucesivos gobiernos, tanto del PP como del PSOE, que no quisieron acabar con la burbuja inmobiliaria (creaba un simulacro de prosperidad, ¿no?) ni supieron reconvertir la economía española en algo más que puto ladrillo.


Esos son los culpables. No pobres queriendo ser ricos, sino avariciosos ricos queriendo ser aún más ricos. Y lográndolo, por cierto. Mientras que quien paga el pato de la crisis son las clases medias y bajas, ellos, los verdaderos culpables se dedican a... Voy a daros un dato: la venta de coches en España ha caído un 24 % durante el último año. ¿De todos los coches? No; los modelos de alta gama, los automóviles de lujo, han experimentado un aumento de ventas ¡del 111,8 %! (dato extraído de CincoDías) Bueno, pues ya sabéis lo que hacen los responsables de la crisis: cambiar de coche.


Así que, por favor, que no nos vengan con gilipolleces. Y para aquellos que sólo piensan con eslóganes y consignas, un consejo: antes de poner la lengua en movimiento, poned el cerebro en funcionamiento.

MENSAJE POSTELECTORAL




“El demonio –padre de la mentira y víctima de su soberbia- intenta remedar al Señor hasta en el modo de hacer prosélitos. ¿Te has fijado?: lo mismo que Dios se vale de los hombres para salvar almas y llevarlas a la santidad, Satanás se sirve de otras personas, para entorpecer esa labor y aun para perderlas”.

José María Escrivá de Balaguer

viernes, noviembre 18

MENSAJE ELECTORAL



"Para que el mal triunfe basta con que las personas buenas no hagan nada".

Edmund Burke


miércoles, noviembre 16

La ciencia ficción y yo (IV)


En los 60 cometí el gran error de convertirme en coleccionista de libros de cf (queridos niños, nunca coleccionéis libros: ocupan espacio, pesan, acumulan polvo y, como es una colección, la mayor parte no los leeréis jamás). Todos los sábados, por la mañana, iba a la Cuesta de Moyano (una calle de Madrid, junto al Retiro, donde hay una feria permanente del libro usado) en busca de viejos títulos. La caseta número 3, la de Antonio, estaba especializada en cf, y allí descubrí algo que no me había planteado nunca: aparte de mi hermano y de mí, había en España otros pirados de la cf. Ése fue mi primer contacto, aunque indirecto, con el incipiente fandom español. Una aclaración para los neófitos: la cf quizá sea el género que cuenta con aficionados más activos. Se comunican entre sí, se reúnen, crean asociaciones, editan publicaciones de aficionados... no son muchos, pero sí muy participativos. Pues bien, a ese grupo de superaficionados a la cf se lo denomina fandom, que es la contracción de fanatic kingdom, reino de los fans.


¿Era yo un friki? Bueno, lo cierto es que por aquel entonces, y en España, no resultaba fácil serlo (ni siquiera existía el término); sobre todo en lo que a merchandising se refiere, por la sencilla razón de que no había. Pero, reconozcámoslo, un poco friki sí que era; digamos que protofriki. Un pirado de la cf y el fantástico en (casi) todas sus modalidades.


1968 fue un año especial. Hacía tiempo que se venía hablando de la próxima superproducción de Stanley Kubrick, 2001: Una odisea del espacio. El guionista del film era el famoso escritor de cf, Arthur C. Clarke (de quien yo había leído muchos cuentos y novelas), y todo lo que se decía de la película prometía maravillas (una anécdota: se comentaba como algo extraordinario que Kubrick, que vivía en Londres, y Clarke, que vivía en Sri Lanka, se comunicaban mediante ordenadores conectados por teléfono). Mi hermano José Carlos viajó a Londres ese año y vio la película (allí se había estrenado en mayo del 68). Volvió encantando y me trajo un lujoso programa de mano del film, que todavía conservo. Joder, qué envidia me daba el cabrón (mi hermano, no el programa). Finalmente, 2001: Una odisea del espacio se estrenó en España en octubre del 68, en el cine Albéniz de Madrid, con su maravillosa pantalla de Cinerama tan adecuada para los 70 gloriosos mm. del film.


Yo estaba castigado por sacar malas notas, pero un domingo mi padre me invitó a ver la película con él, en la sesión matinal. ¿Cómo describir la experiencia? Yo adoraba la cf en una época en la que los efectos especiales más avanzados eran los dibujitos naif que diseñó la Walt Disney Co. para Planeta Prohibido (1956), una película cuyo más deslumbrante efecto especial era la minifalda de Anne Francis. Y de pronto, ante mis ojos, veía naves surcando el espacio, tan reales como la vida misma, ingravidez, estaciones espaciales en construcción, la superficie de la Luna, inteligencia artificial, extraterrestres... Fue un sueño, una epifanía, un orgasmo de 160 minutos de duración. Volví a ver la película en el Albéniz otras seis veces.


Diez meses antes, en enero del 68, había tenido lugar un acontecimiento de especial relevancia para la cf hispana: la aparición del número 1 de la revista especializada en el género Nueva Dimensión. Esta publicación, creada por tres aficionados catalanes, Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, fue un milagro en aquella España mugrienta y mediocre. Ya se había intentado con anterioridad lanzar revistas de cf (por ejemplo, Anticipación), pero ninguna había durado mucho. Nueva Dimensión (ND por abreviar) se extendió a lo largo de 148 números y se mantuvo quince años en el centro de la cf española.


ND publicaba relatos, tanto de cf clásica como de la nueva cf que comenzaba a escribirse por aquel entonces. Pero lo más importante eran sus famosas páginas verdes, una sección de opinión, información y ensayo que iba a ser lugar de cita ineludible para todos los aficionados hispanohablantes. Entre otras muchas cosas, ND unió (creó en realidad) el fandom español y propició las primeras hispacones, reuniones de aficionados de las que hablaré más adelante. Además, en sus páginas dieron los primeros pasos algunos de los principales autores españoles del género (y también del cómic, por cierto).


En algún momento de finales de los 60 descubrí a Ray Bradbury. Supongo que había leído antes algún que otro relato suyo, pero lo que me impactó fueron sus famosas Crónicas Marcianas. Bradbury era un francotirador que iba por libre y su forma de encarar el género, siempre profundamente humanística y alejada de la tecnología, era completamente distinta a la de cualquier otro autor. A partir de ese momento, devoré todo lo que encontraba de Bradbury; de hecho, como ya estaba haciendo mis primeros pinitos como escritor, comencé a copiarle descaradamente. Es más, uno de mis propios relatos de los que estoy más satisfecho, El rebaño, está inspirado en un cuento de Bradbury, Volverán las mansas lluvias. Bradbury me enseñó el secreto placer de la melancolía.


Pero resultaba que todos los libros de Bradbury estaban publicados por Ediciones Minotauro, una colección dedicada al fantástico en general y a la cf en particular, creada por Francisco Porrúa, el editor que publicó Cien años de soledad. El primer libro de la colección, editado en el 55, fue precisamente Crónicas marcianas, con prólogo de Borges. Minotauro publicaba poco, pero selecto; Porrúa escogía personalmente lo mejor de la cf mundial y acabó forjando la más brillante colección de cf en español y, probablemente, una de las mejores del mundo. Allí descubrí las novelas de Sturgeon (Mas que humano y Los cristales soñadores), a Cordwainer Smith, a Ballard y, muy en particular, a Alfred Bester, cuya pirotecnia narrativa me asombró y todavía me asombra. (Nota: lo que digo sobre Minotauro es válido hasta que Porrúa le vendió la editorial a Planeta; a partir de ese momento, las cosas fueron lamentablemente distintas).


Para entonces, yo ya tenía formado un criterio propio sobre el género. Me gustaba más la cf cercana al ser humano que la tecnológica (hard); me gustaba la cf que, quizá adentrándose en el futuro, hablaba de nuestro presente; me gustaba la cf que exploraba ideas originales y extrañas acerca de nosotros mismos. (...) Releo lo que acabo de escribir y compruebo que da la sensación de que sólo me gustaba la cf profunda, comprometida y sesuda, lo cual no es cierto. También me gustaba, y mucho, la cf que sólo es entretenimiento e imaginación. Pero bien narrada e inteligente. En realidad, lo que me gustaba era la cf más literaria.


Por esa época, creo que fue en 1970, descubrí a Jorge Luis Borges y el impacto fue brutal (pensaréis que me impactaban muchas cosas, y es cierto; supongo que era un jovencito impresionable). Leí Ficciones y El aleph y me quedé anonadado. ¡Más allá de la cf había maravillas deslumbrantes! Pero maravillas intelectuales, filosóficas, estéticas. Leí de seguido todo lo de Borges, y luego lo releí (y sigo releyéndolo), y más tarde comencé a leer libros sobre Borges, que son un género en sí mismos. Salté a Kafka, García Márquez y Cortázar, seguí con Wough, Golding y Hemingway, y también Stevenson, y Conan Doyle, y Buzzati, y Wilde, y Kipling... Mis gustos literarios se fueron ampliando progresivamente, aunque durante la siguiente década seguí siendo un gran aficionado a la cf.


Pero es que los 70 fueron, en cuanto a publicaciones del género, una edad de oro en España. Veréis, como dije en una entrada anterior, la cf alcanzó la madurez en los 50/60. A finales de los 60 y durante parte de los 70 surgió un movimiento de renovación del género, la new thing, que generaría grandes autores y grandes obras. Hablaré de eso en la siguiente entrada. El caso es que en los 70 se publicaba, además de la cf del momento, mucho material de las dos décadas anteriores. Todo un festín.


En mi opinión, esos treinta años, entre 1950 y 1980, fueron el periodo de máximo esplendor del género. Nadie podía imaginarse que pronto llegaría su rápido declive, y a mí ni se me pasaba entonces por la cabeza que acabaría escribiendo y publicando cf, y al mismo tiempo dejando de leerla. Y es que, como decía la mamá de Forrest Gump, la vida es una caja de bombones.

lunes, noviembre 7

La ciencia ficción y yo (III)


Ya he hablado de Fredric Brown en Babel (AQUÍ). Fue un escritor de novela policíaca y de cf, especializado en relatos cortos. Según palabras de José María Merino: “Los relatos breves de Fredric Brown están a la altura de la ficción literaria más interesante del siglo XX por la mirada irónica, la calidad de las invenciones y su intensidad expresiva”. Brown fue un maestro del ingenio, de la vuelta de tuerca, de los bruscos cambios de perspectiva. No tenía demasiado buen concepto de la humanidad y, en particular, de los fans de la cf; quizá por eso dos de sus mejores novelas, Marciano vete a casa y Universo de locos, son sátiras del género. De él aprendí al menos dos cosas. Que no hay situación, por dramática que sea, que no admita un punto de vista irónico. Y que en vez de héroes es mucho mejor tener por protagonistas a personas normales arrastradas a situaciones que les superan.


Clifford D. Simak es mi particular debilidad. No fue un gran escritor desde un punto de vista literario, pero sí un escritor sincero y honesto. Aunque escribía cf, un género relacionado con el futuro, sus mejoras obras hablan en realidad del pasado, de un tipo de vida, más sencilla e inocente, que ya había dejado de existir cuando se publicaron por primera vez, y de la que ahora no quedan ni rastros. Simak fue uno de los primeros representantes de lo que podríamos denominar “cf humanística”, y me enseñó que el género es mucho más rico e interesante cuando se aleja de las máquinas y se aproxima a los personajes. Escribió sus mejores obras en las décadas de los 50 y 60; luego, el mundo y la cf le pasaron por encima.


Robert Heinlein me encantaba cuando yo era niño; releía algunas de sus novelas una y otra vez, y aguardaba impaciente cualquier novedad surgida de su pluma. También he hablado de este autor en Babel (AQUÍ). Heinlein es un escritor controvertido a causa de su ideología. En USA le adoran, pero en España muchos le tildan de ultraderechista, cuando no directamente de fascista, mientras que otros intentan disculparle remitiéndose a las peculiaridades del pensamiento político yanqui. Como es lógico, todo eso me importaba un bledo cuando de niño le leía. Y en gran medida sigue importándome un bledo ahora.


Lo cierto es que Heinlein era un extraordinario narrador, en la mejor tradición literaria norteamericana que parte de Mark Twain. Además, ocurría algo curioso: aparte de su producción para adultos, Heinlein había escrito una decena de novelas juveniles. En España, muchas de esas novelas se publicaron en colecciones generales, sin advertir que estaban destinadas a lectores jóvenes. Y nadie se dio cuenta. Porque cuando Heinlein escribía literatura juvenil, lo que hacía era elegir un protagonista joven y luego desarrollar la novela exactamente igual que cuando escribía para adultos. De hecho, la que quizá sea su obra más conocida, Tropas del espacio, estaba destinada al público juvenil. Cuando los editores, con no poca sensatez, se negaron a publicar en sus colecciones juveniles una novela tan rabiosamente militarista, Heinlein la vendió a una publicación para adultos. Y nadie se dio cuenta.


Pues bien, cuando yo comencé a escribir literatura juvenil, seguí exactamente la misma estrategia que Heinlein: escribir para jóvenes igual que se escribe para adultos. ¿Casualidad? Lo dudo mucho. Por supuesto, yo no tenía a Heinlein en la cabeza cuando opté por ese camino, pero la huella que dejaron en mí sus novelas juveniles tuvo forzosamente que pesar en la decisión (aunque tampoco hay que descartar la influencia de Richmal Crompton y del propio Twain). No hace mucho que me he dado cuenta, pero reconozco que mi estilo a la hora de afrontar el género juvenil, aunque sea en temáticas distintas, se parece mucho al de Heinlein, así que estoy en deuda con él.


Bien, estos eran mis tres autores favoritos cuando yo tenía trece o catorce años. ¿Y Asimov? Muchos fans de la cf se aficionaron al género gracias a Asimov, pero no ocurrió así conmigo. Me gustó la trilogía inicial de las Fundaciones, El fin de la eternidad y Yo robot, pero el resto de sus novelas me parecían un pestiño, así que nunca estuvo entre mis favoritos. Por supuesto, me gustaban otros autores, como John Wyndham, Arthur Clarke o Theodore Sturgeon, pero quizá les había leído menos por aquel entonces y, en cualquier caso, no formaban parte de mis santa trinidad infantil.


Siendo un abducido por la cf, como yo era, no me nutría sólo de literatura, sino también de material audiovisual. No había demasiado cine de cf por aquellos tiempos (al menos buen cine), así que no tenía mucho donde elegir. Me encantaban El enigma de otro mundo, de Nyby/Hawks, y Planeta Prohibido, de Wilcox, y La invasión de los ladrones de cuerpos, de Siegel, y El increíble hombre menguante, de Arnold, y Ultimatum a la Tierra, de Wise. Y poco más, porque no había mucho más.


Curiosamente, creo que la TV me ofreció por aquel entonces más, y en ocasiones mejor, material de cf que el cine. Y también productos muy malos que, entonces, me encantaban. Por ejemplo, Viaje al fondo del mar; las aventuras de un submarino ultramoderno (el Seaview) que solía encontrarse con monstruos gigantes y/o alienígenas cabrones. Estaba producida por Irwin Allen, que también tenía otras series de cf que me chiflaban: El túnel del tiempo, Perdidos en el espacio y Tierra de gigantes. Todas eran malas, material de derribo, productos de reciclaje, pero coño, yo era un niño.


Otra de mis series favoritas era Los invasores. La Tierra sigilosamente invadida por malintencionados ETs que adoptaban nuestro aspecto, salvo por el hecho de no poder doblar el dedo meñique (como snobs bebedores de te). Huelga decir que en el colegio todos íbamos con el meñique tieso. Probablemente la serie era mediocre, y desde luego repetitiva, pero reflejaba a la perfección el espíritu paranoico de la cf escrita durante la Guerra Fría.


Y no puedo olvidarme de las “supermarionetas” de Gerry Anderson. Telefilms de cf protagonizados por marionetas cabezonas muy realistas. La primera que vi, y que casi nadie recuerda, era Supercar, las aventuras de un coche volador. Yo tenía nueve o diez años, así que era de mi etapa pre-cf. Luego vinieron Los guardianes del espacio (Thunderbirds), que me encantaba, y por último El capitán Escarlata. Cuando se estrenó en España yo tenía 15 o 16 años y me sentía demasiado mayor para ver telefilms de marionetas, pero me gustaban los guiones de esa serie, así que la veía medio a escondidas y totalmente avergonzado.


En la tele había mucho material infantiloide de cf, pero también productos de calidad. Como por ejemplo Star Trek, la serie original, con guiones muchas veces escritos por conocidos autores de cf. O mitos de la TV (y de la cf), como Rumbo a lo desconocido (The Outer limits) o la prodigiosa The Twilight Zone. También había series que, sin ser cf, recurrían con frecuencia al género. En primer lugar Los vengadores, con Patrick McNee y mi adorada, ay, Diana Rigg, donde se mezclaba el espionaje, la cf y el puro cómic, añadiéndole al cóctel grandes dosis de humor británico. O la divertidísima Jim West, que era un western, pero también espionaje y cf en plan steampunk avant la lettre. Me encantaba esa serie y jamás olvidaré a su principal supervillano, Miguelito Loveless, enano, megalómano y excéntrico mad doctor. Más adelante llegó otra serie también mítica que mezclaba el espionaje (tan en boga en los 60) con la cf: El prisionero, un delirio pop que aún hoy en día sigue resultando extraño y transgresor. Pero esa serie llegó más tarde, en el 69, y corresponde al comienzo de otra etapa de mi vida.


Por último, dos rarezas que lo son por ser productos españoles: Mañana puede ser verdad e Historias para no dormir, ambas de Chicho Ibáñez-Serrador. La segunda pertenecía al género de terror, pero la primera era pura cf, historias originales de Ibáñez-Serrador o adaptaciones de autores anglosajones, como Bradbury y Heinlein. Algún día hablaré largo y tendido sobre Chicho, pero ahora me limitaré a decir que esas dos series de terror y cf fueron, allá por mediados de los franquistas 60, y para un chaval con la cabeza en las nubes como era yo, algo así como rayos de luz entre las tinieblas.


La década de los 60 estaba a punto de acabarse; yo tenía unos 16 años. Tras una impetuosa inmersión en la cf, en la que devoré de todo, incluyendo muchas piezas indigestas, comenzaba a ser selectivo y a formarme mi propio criterio sobre lo que me gustaba y lo que no. Al mismo tiempo, y gracias a la influencia de mi hermano Eduardo, comencé a leer otra clase de literaturas. Entre tanto, y aunque yo no lo sabía, la cf estaba cambiando.


Por aquel entonces entraron en mi vida dos importantísimas publicaciones de cf: la colección (y editorial) Minotauro y la revista Nueva dimensión. Y un autor que cambió radicalmente mi forma de entender el género: Ray Bradbury. Y una epifanía: 2001. Una odisea del espacio.


Pero eso en el próximo post.