martes, mayo 8
La ciencia ficción y yo (V)
Tras la depresión político/económica de las anteriores entradas, volvemos a mi serie sobre la ciencia ficción (cf). Ya sé que a muchos merodeadores les importa un bledo este asunto, así que procuraré abreviar. Antes de nada, conviene comentar un par de cuestiones que quizá debí aclarar al principio:
Tres cosas que no es la cf: 1. Futurología. La cf no intenta predecir nada, y cuando lo hace es por pura casualidad. A decir verdad, la cf ni siquiera tiene que tratar sobre el futuro; suele hacerlo, es cierto, y puede que ese recurso al futuro sea condición suficiente para que un relato sea incluido en el género, pero no una condición necesaria. Hay muchas historias de cf ambientadas en el presente o el pasado (por ejemplo, Más que humano, de Sturgeon, o El prestigio, de Priest). 2. Divulgación científica. La cf no tiene por qué centrarse en asuntos científicos; de hecho, puede ser profundamente acientífica. 3. Literatura de “ideas”. Con frecuencia, los más “fundamentalistas” del género, afirman que el principal baremo para medir la calidad de un relato de cf reside en las “ideas” que contiene. No es cierto; las ideas son importantes, sí, pero una magnífica idea mal escrita es un mal relato.
Tres cosas que sí es la cf: 1. Literatura. 2. Literatura. 3. Literatura. ¿Está claro? La cf es un género literario que debe ser juzgado del mismo modo que cualquier otro género. Y ahí llegamos al meollo, al tuétano, a la raíz del problema. La cf nació, en sus más lejanos orígenes, de la literatura popular (novela gótica, primero, y de aventuras después), y se consolidó en el contexto del pulp, es decir, lo más tirado, el máximo exponente de la basura literaria. Para los bienpensantes guardianes de la cultura, la cf estaba y está manchada por un pecado original. Además, las primeras películas de cf eran, en su mayor parte, no solo deplorables sino también ridículas, lo cual no ayudó precisamente a mejorar la imagen del género.
La verdad es que durante las tres o cuatro primeras décadas de su historia moderna, la cf fue, en general, bastante cochambrosa en los aspectos literarios. La mayor parte de los autores habían sido fans del género que dieron el paso a la escritura a través de las revistas especializadas. Eran entusiastas y voluntariosos, y muchas veces tremendamente imaginativos, pero más interesados en las “ideas”, las tramas y las peripecias que en la carpintería narrativa o la prosa.
Eso comenzó a cambiar en los años 50, cuando la cf alcanzó cierto grado de madurez; pero la tendencia se consolidó durante la década siguiente, con la llegada de la New Thing, un movimiento, surgido en Inglaterra, que pretendía cambiar drásticamente el género. La New Thing proponía abandonar las “ciencias duras” (física, química, biología, matemáticas...), que hasta entonces habían monopolizado las temáticas de la cf, y centrarse en las “ciencias blandas” (psicología, sociología, lingüística...). También promulgaba dejar de lado el espacio exterior y sumergirse en el espacio interior del ser humano. Y prestar mayor atención al acabado literario. Y experimentar.
Con la New Thing, el género alcanzó su mayor grado de madurez literaria y temática. Y también se pegó una costalada de cuidado. Durante ese periodo surgieron autores magníficos que escribieron obras originales, comprometidas y exigentes. Demasiado originales, comprometidas y exigentes, me temo. Porque la New Thing supuso una terrible paradoja: consiguió que la cf se volviera más ambiciosa literaria y temáticamente, pero la cultura oficial siguió ignorando al género. Y, al mismo tiempo, el fandom, el núcleo duro de aficionados -que era el sustento económico de las colecciones y revistas de cf-, pasaba en redondo de la calidad literaria; quería lo de siempre, sus aventurillas espaciales y sus “ideas” chocantes. Así que la cf dejó de vender y la New Thing se fue a la mierda (Parte de la culpa también corresponde a la experimentación que proponía el movimiento. Experimentar, cuando no sale bien, es chungo; y la mayor parte de las veces no salía bien). Creo que fue en ese momento cuando los gustos de los lectores comenzaron a derivar de la cf al fantasy.
Pero ahora, de momento, estamos en los 70. En esa década se publicaron en España muchas y muy buenas obras de cf, y además teníamos Nueva Dimensión, la mejor y más duradera revista del género en nuestro país. Por aquel entonces se produjo mi primer contacto con el fandom. Como ya he dicho, los aficionados a la cf suelen ser muy dinámicos y participativos. Entre sus actividades se cuentan las convenciones de aficionados, llamadas “hispacones”. La primera se celebró en Barcelona, en 1969. Durante los 70 hubo cinco (cuatro de ellas en Madrid) y yo, la verdad, ya no sé si asistí a una o a dos de ellas. Estoy seguro de que participé en la de 1978, pero tengo vagos recuerdos de otra... No sé, da igual; el caso es que participé en una o dos hispacones durante los 70. Eran reuniones con escaso número de asistentes y una gran pobreza de medios. Y yo saqué una conclusión muy clara: aquella gente estaba como una cabra. Algunos, incluso, parecían confundir realidad y fantasía. Me sentía como si me hubiese colado en la reunión de una secta, o algo así. De modo que durante veinte largos años no volví a tener contacto con el fandom ni a participara en otra hispacon.
A finales de los 70, harto de narrar mal, abandoné mis torpes intentos de escritura. Poco después tuve que hacer la muy atrasada mili. Cuando salí del ejército, abandoné también el periodismo y comencé a trabajar en publicidad. Eran los 80. Durante aquella década cada vez leía menos cf. Supongo que, por un lado, mis gustos estaban ampliándose y cambiando; pero, por otro, la cf también había cambiado. Los mejores autores de los 50 habían desaparecido o estaban en decadencia, mientras que la “generación new thing” se hallaba dispersa o dimitida. La mayor parte de las nuevas figuras del género (Bear, Scott Card, Stanley Robinson, Brin, Bujold...) carecían de interés para mí. Entonces aún no lo sabía, pero la cf estaba entrando en decadencia.
A principios de los 90 sufrí una crisis personal: la publicidad me estaba volviendo loco. Harto de ese trabajo, empecé a buscar nuevas perspectivas laborales, como por ejemplo los guiones audiovisuales. Ahí comenzó un proceso de aprendizaje narrativo del que ya he hablado en otra ocasión. Y un buen día me llegaron por correo las bases de un concurso de relatos de cf convocado por la Asociación Española de Fantasía y CF, el premio Aznar (llamado así en honor a una vieja saga española de cf, no por el enano bigotudo). ¿Por qué no participar?, me dije.
Escribí un cuento llamado El mensaje perdido. Para ello, cogí una vieja idea que había tenido en los 70 y la mezclé con el último cuento que escribí, a comienzo de los 80, antes de colgar la máquina de escribir (el cuento se llamaba –es raro que me acuerde- Amor en mal estado). El relato está protagonizado por Gedeón Montoya, un gitano del Sacromonte que, al nacer, es alcanzado en la cabeza por una comunicación extraterrestre, lo que le vuelve omnisciente. La historia narra el procesó por el cual Gedeón pasa de ser un bicho raro, prácticamente autista, a convertirse en humano gracias a un amor imposible. El relato está escrito de una forma peculiar, por un procedimiento que podríamos llamar de collage. La narración está constantemente mezclada con fragmentos de información que parecen tener una relación muy colateral (o nula) con la historia, aunque al final contribuyen a darle sentido.
Este relato cuenta con firmes defensores y con radicales detractores. La verdad es que, de todos los que he escrito, es el que menos suele gustar. Aún así, estoy satisfecho de él. Me parece un experimento no del todo fallido. Sea como fuere, gané el concurso. Sólo una placa, sin pasta. Pero fue un incentivo para seguir escribiendo y también mi segundo contacto, después de dos décadas, con el fandom, el reino de los aficionados.
Pero de eso hablaré en la próxima entrada.
viernes, abril 27
Ssspain: decline and fall
Las burbujas financieras tienen algo bueno: durante un periodo de tiempo, generan prosperidad. El problema, claro, es el desastre que sobreviene cuando revienta la burbuja. Es como sobreacelerar un coche; al principio vas muy deprisa, pero acabas reventando el motor. En cualquier caso, antes de pincharse las burbujas crean una apariencia de riqueza.
Es evidente, o al menos a mí me lo parece, que la principal obligación de los gobiernos de Aznar y de Zapatero era prever los efectos del pinchazo y, en consecuencia, deshinchar en sus inicios la burbuja inmobiliaria, algo que estaba en su mano hacer. Pero no lo hicieron; la pasta fluía a raudales, el empleo crecía, así que, desde su cortoplacista e interesado criterio, decidieron cerrar los ojos y colgarse medallas (¿Recordáis lo de “el milagro soy yo” del infame Aznar? Valiente milagro de mierda...)
Así que los políticos no hicieron nada por cortar la burbuja. Entonces, al menos, podrían haber aprovechado toda esa pasta para mejorar el país, al menos en dos aspectos. En primer lugar, la educación, tanto la secundaria, como la universitaria y la formación profesional. La educación es el futuro de un país, y nuestro sistema educativo era y es muy deficiente. No se hizo nada al respecto.
En segundo lugar, cambiar (o comenzar a cambiar, porque es un asunto lento) nuestro modelo productivo. En algún momento, se decidió que Ssspaña iba a ser un país de servicios. Por otro lado, y en parte en consonancia con esa decisión, el incremento de la economía se basó en la construcción, el ladrillo. Pues bien, está claro que los países industrializados cuentan con economías más sólidas que resisten mejor las crisis. Y también está claro que, en nuestro país, una economía de servicios+ladrillo es incapaz de crear empleo duradero para toda la población. Por eso el paro es uno de nuestros problemas endémicos. Pues bien, tampoco se hizo nada al respecto.
Y ahora estamos donde estamos, con la economía en recesión y un 23,60 % de paro. Evidentemente, esa situación no es sólo fruto de la ineficacia de nuestros políticos, sino también, y sobre todo, de la crisis financiera mundial. Y aquí conviene recordar que prácticamente todo Occidente estaba, y está, en manos de la derecha, y que fueron las doctrinas económicas de la derecha lo que nos condujo al desastre.
Vale. Lo lógico sería corregir y regular el sistema financiero, que ha demostrado funcionar como el culo, ¿no? Pues no, todo sigue prácticamente igual. Pero, ojo, llega el PP al poder y lo primero que hace es reformar la legislación laboral, abaratando y facilitando el despido, permitiendo al empresario modificar a su antojo las relaciones laborales, dinamitando los convenios colectivos, abaratando el empleo, generalizando los contratos basura y, en fin, otorgándole todo el poder a los empresarios.
No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que esas medidas, lejos de fomentar el empleo, lo que harán será crear más paro. El gobierno mismo lo admite, y lo cifra en unos 600.000 desempleados más. O sea, que siendo el paro el principal problema del país, las primeras medidas de la derecha van a estimular el paro. Ah, sí, pero eso es a medio plazo, dicen; luego habrá más empleo, más estabilidad en el trabajo, más flexibilidad interna en la empresa, más eficacia del mercado de trabajo, más control y lucha contra el fraude, bla, bla bla. ¿Sabéis cuál es una de las principales razones ocultas para esta reforma? Para descubrirla sólo hay que fijarse en un pequeño detalle: por primera vez, una reforma laboral no se aplica sólo a los futuros contratos, sino también a los ya existentes (ley ex post facto). ¿Por qué? Pues porque su objetivo último consiste en abaratar el conjunto de la masa salarial del país. Es decir: empobrecernos.
¿Por qué hacen eso? ¿Es que son pérfidos y malvados? Bueno, se limitan a seguir sus doctrinas neocon. La teoría es que, al abaratar el trabajo, las empresas serán más competitivas y conseguirán más beneficios que generarán más inversiones y más empleo. Sí, puede que ocurra eso. O puede que esos beneficios se inviertan en el mercado financiero (lo que no genera empleo), o, sencillamente, que vayan a las cuentas corrientes de los propietarios (lo que aún genera menos empleo). ¿Qué creéis que pasará?
El caso es que esa maravillosa reforma laboral creará más desempleo, empobrecerá a los trabajadores y les privará de todo derecho frente al empresario. (Anécdota: El otro día estaba en El Corte Inglés y coincidí en el ascensor con dos empleadas. Una le decía a la otra que le dolía algo, que había ido al médico y que éste le había dicho que tenía que operarse. Pero la buena mujer no se atrevía a operarse, porque temía que la despidiesen. Lo malo, añadió, es que me duele mucho... A mí eso se me antoja una de las cosas más monstruosas que he oído jamás. ¿A qué grado de inhumanidad estamos llegando?)
Y luego está el asunto de los “recortes” impuestos por Europa. ¿Por Europa? No, por la señora Merkel, correligionaria del señor Sarkozy y del señor Rajoy. Ay, Rajoy... sería para reírse si no fuese porque no tiene ni pizca de gracia. Creíamos que el PP tenía un programa oculto y resulta que no tiene ningún programa (salvo el compromiso con la clase empresarial –su clase- para despojar de derechos a los trabajadores). Rajoy no es más que un obediente servidor de los designios del “Mercozy”, como en su última etapa lo fue Zapatero. Y la Merkel, como todos los políticos, se limita a actuar a cortísimo plazo y con óptica nacionalista. Eso está conduciendo a Europa al desastre. Tiene su gracia que todo el mundo, incluido Rajoy y sus muchachos, esté cruzando los dedos para que el socialista Hollande gane en Francia las elecciones y ponga coto a la locura neocon franco-alemana.
Entre tanto, aquí se están realizado unos recortes presupuestarios que más bien son amputaciones. Dejando aparte lo que se está haciendo con la sanidad (que dentro de poco será beneficencia), clama al cielo el acoso y derribo a la educación pública. Y eso es lo último que debería tocarse, porque no es un gasto, sino una inversión. En realidad es el futuro del país. En fin..., si no fuese porque no creo en conspiraciones mundiales, pensaría que esta crisis es una conspiración para cargarse el estado del bienestar. Pensadlo: las clases altas no llevan a sus hijos a colegios públicos ni usan la sanidad pública. Tampoco necesitan becas, ni pensiones estatales, ni asistencia a dependientes. Entonces, ¿por qué van a contribuir a su financiación? ¿Por justicia social? ¿Qué es eso?
El plan de nuestra derecha neocon está en marcha. El primer paso fue convencernos de que somos corresponsables de la crisis porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (cuando lo cierto es que estamos como estamos porque algunos han vivido por encima de nuestras posibilidades). El segundo paso es asustarnos. España se hunde, todo está fatal, las estructuras se tambalean, así que tenemos que hacer grandes sacrificios para... ¿salvar los bancos? Además, se endurecen las penas por delitos relacionados con “desórdenes públicos”, no vaya a ser que nos de por protestar en la calle. Y, gracias a la reforma laboral, se puede tener acojonados a los trabajadores, pues pueden verse privados de su mayor bien, el trabajo, en cualquier momento y con toda facilidad. El tercer paso es desunirnos. Insistiendo en que los sindicatos van a lo suyo y no se ocupan de los parados, y que quienes tienen trabajo (como los funcionarios, por ejemplo) son unos privilegiados que más vale que se estén calladitos. El cuarto paso consiste en arrebatarle derechos y poder adquisitivo a los trabajadores, un sacrificio que, según ellos, servirá para crear empleo (?). Por cierto, si descienden los salarios, pero no bajan los precios, ¿a qué parte exacta del infierno nos vamos? El quinto paso será ir eliminando poco a poco lo que queda del estado del bienestar, “porque no podemos permitírnoslo”.
Si hay o no un sexto paso (que lo habrá), da igual. ¿Cuál se supone que es el propósito final de todo eso? Al parecer, crear una miríada de infraempleos infrapagados que maquillen las estadísticas. Y hacernos competitivos a base de abaratar la mano de obra. ¿Para competir con quién, con los chinos? ¿Jornadas de 12 horas por un sueldo de miseria sin derechos ni seguridad alguna? ¿Así vamos a competir? Me temo que, aunque quisiéramos, los chinos nos ganarían. Qué absurda gilipollez. En realidad, lo único que se trata es de preservar los privilegios de una clase social. El resto es palabrería.
Así estamos y el gobierno lleva poco más de 100 días en el poder. Es para echarse a temblar. Porque si el presente es chungo, el futuro es aún peor. ¿Queréis que profetice el porvenir de Ssspaña? De acuerdo; desempolvo mi bola de cristal, trazo una estrella de cinco puntas en el suelo y sacrifico una gallina.
1. El país se empobrecerá. Vale, qué listo soy; el país ya se ha empobrecido. Pero es que se empobrecerá mucho más y eso se notará en las infraestructuras y los servicios públicos. Nuestro poder adquisitivo disminuirá notablemente y durante mucho tiempo.
2. La clase media se reducirá. De nuevo soy un listo, porque ya se ha reducido. Pero se reducirá aún más, lo que afectará a la dinámica social, incrementando la brecha entre pobres y ricos. El motor de un país es la clase media; si la clase media se resiente, el país se resiente.
3. Los jóvenes más preparados, nuestros mejores técnicos y científicos, se verán obligados a emigrar a otros países. ¿A que soy cojonudo prediciendo el presente? Habremos tirado a la basura la inversión que el país ha hecho en ellos y nuestro mundo cultural y científico se empobrecerá tanto como la economía.
4. La educación pública, masificada y mal dotada, se degradará aún más. La formación básica de los ciudadanos será aún más deficiente que ahora, hundiéndonos definitivamente en lo más bajo del escalafón PISA.
5. El incremento de la tasas universitarias y la disminución de becas alejará a las clases menos afortunadas de la enseñanza superior. La formación profesional seguirá siendo el mismo desastre que es ahora.
6. Los drásticos recortes en I+D nos descolgarán del mundo moderno. Hoy en día, en Europa, la economía de un país sólo puede competir mundialmente si genera productos con valor añadido. No es como antes, que bastaba con fabricar cosas que estuviesen más o menos bien hechas; ahora hace falta algo más. ¿Y qué es ese algo más? Pues tecnología, diseño e innovación constante. Justo aquello en lo que nuestro gobierno ha decidido dejar de invertir.
7. Los contratos de trabajo serán cada vez más precarios; la falta de estabilidad en el empleo se traducirá en deficiencias de la formación y, por ende, en disminución de la productividad. Con todo, nuestra maltrecha economía no será capaz de generar suficiente número de empleos. Además, al menos un millón y medio de nuestros parados son irrecuperables para el empleo estable, pues carecen de la menor formación y sólo valen para servir copas o poner ladrillos. No sería de extrañar que hacia el final de la legislatura, si los vientos del crédito son propicios, el gobierno intentara hinchar una nueva burbuja inmobiliaria.
8. Políticamente, seguiremos en manos de una mediocre partidocracia, con una democracia imperfecta y un sistema legal ineficaz, politizado e injusto. Todo ello, por supuesto, seguirá siendo la pantalla de la oligarquía que realmente nos controla.
En fin, se me quedan muchas cosas en el tintero, hay tanto que decir... pero la entrada ya es demasiado larga. Estoy convencido de que mis predicciones se cumplirán, porque son evidentes y, de hecho, ya se están cumpliendo. Sólo un giro en Europa, un cambio en el dominio neocon (que ojalá comience pronto en Francia), podrá amortiguar un poco nuestra caída; pero aunque eso suceda, saldremos de ésta más burros y pobres que antes, habiendo perdido una oportunidad extraordinaria de subirnos al carro de la historia y, también, perdiendo la que quizá sea nuestra mejor generación.
Un amable y realista merodeador, Rickard, preguntaba en la anterior entrada que qué podemos hacer la plebe, el populacho, para luchar contra esto, pues, en su opinión, las manifestaciones, huelgas y protestas puntuales no sirven para nada, o para muy poco, y movimientos como el 15-M no pasan de ser testimoniales. La verdad es que estoy bastante de acuerdo con él, aunque creo que las huelgas y protestas deben mantenerse, y que los movimientos testimoniales tienen su grado de eficacia. Pero en las actuales circunstancias, todo eso es insuficiente.
Estamos secuestrados por una omnipotente derecha neocon (a la que nosotros hemos concedido todo el poder) y lo estaremos durante cuatro largos años. Prácticamente no existe oposición, pues el PSOE está noqueado y sin ideas. Nos han dado un tarro de vaselina y nos han exigido que nos untemos con ella el ojete, así que no hay que ser muy listo para adivinar lo que va a pasar (ah, y la vaselina la pagamos nosotros). Rickard tiene razón: ¿qué coño podemos hacer nosotros, el populacho?
Pues sólo se me ocurre una posibilidad: articular una (inmensa) plataforma ciudadana destinada única y exclusivamente a modificar el ordenamiento legal e institucional con el objeto de perfeccionar nuestra cada vez más obsoleta democracia y corregir los desmanes e ineficiencias de nuestro actual sistema de partidos.
¿Utópico? ¿Ingenuo? ¿Irrealizable? Hace veinte años habría contestado que sí a las tres preguntas, pero ahora... ahora tenemos Internet, un sistema global de comunicación instantánea que permite, sin apenas coste, reunir y coordinar a un inmenso número de personas. En cualquier caso, ¿cómo poner de acuerdo a tanta y tan diversa gente? Sencillo: hay algo en lo que todo el mundo, tanto de la izquierda como del centro y la derecha, coincide: en que los políticos son uno de los principales problemas del país (el tercero, después del paro y la economía, según el CIS).
No digo que sea fácil, porque no lo es (entre otras cosas, porque la Constitución no puede modificarse por iniciativa popular). Y llevaría mucho tiempo, aunque para llevarlo a cabo disponemos de cuatro largos años de infierno por delante. Y puede que finalmente sea irrealizable, de acuerdo; pero, aunque no alcanzase sus objetivos, ¿os imagináis el peso que una plataforma ciudadana grande y activa puede tener sobre la clase política?
Vale, estoy siendo ingenuo, pero, ¿sabéis?, gran parte de las cosas que consideramos imposibles lo son, precisamente, porque las consideramos imposibles. Y además, no lo olvidemos, somos animales gregarios, muy reacios a apartarnos de la senda del rebaño. Imaginaos que estáis en la calle y, de pronto, un hombre comienza a pegar a su pareja. Con frecuencia ocurre que los testigos de la agresión se quedan mirando sin hacer nada. ¿Por qué? Porque todos esperan que sea otro el que haga primero algo. Pero si alguien toma la iniciativa e interviene, los demás se suman. Quizá eso mismo pueda aplicarse a la actual situación.
Lo siento, perdonad la tabarra que os he dado, disculpad este larguísimo monólogo. Pero es que la situación es grave e irá a peor. Pensad en lo que he dicho, por favor; aunque sea para demostrarme que estoy equivocado.
En la siguiente entrada, Babel volverá a su habitual inutilidad.
jueves, abril 19
Ssspaña azul
¿Me estoy poniendo pesado con Ssspaña? Es probable, pero las cosas en nuestro país se están desquiciando de tal manera que siento la necesidad de decir algo, aunque sólo sea para soltar vapor. Lo lamento; es mi derecho al pataleo.
Al final de la anterior entrada comentaba algunos puntos básicos de la doctrina económica y social neocon, y afirmaba que eran meros dogmas casi religiosos. Veamos por qué: La primera premisa básica de los neocon es que el mercado organiza la economía automáticamente, sin necesidad de reglamentaciones ni correcciones externas. FALSO. Y, además, falso desde su misma esencia. El mercado, en estado puro, es como el Monopoly: al principio de la partida, los competidores se enfrentan en igualdad de condiciones; pero, poco a poco, uno o varios jugadores van acumulando capital, y cuanto más capital tienen, más capital consiguen. Finalmente, sólo queda un competidor, que es quien controla con mano férrea todo el mercado inmobiliario y hotelero del tablero. Moraleja: por naturaleza, el sistema de libre mercado conduce al monopolio. Pero, oh paradoja, el monopolio dinamita el funcionamiento del mercado. Por eso en prácticamente todo el mundo existen leyes anti-monopolio. Y por eso en USA, el bastión del capitalismo (y ya en épocas tan tempranas como 1882), se dictó el Acta Sherman, que declaraba ilegales los trusts.
De modo que el mercado sí necesita regulaciones. Pero hay más: Como han demostrado diversos estudios de economía experimental (Sheen, Zajak, Vernon Smith...), las burbujas financieras son inherentes al sistema de libre mercado. Es decir, que esta crisis de los cojones no es un accidente, sino una parte fundamental del juego.
La segunda premisa básica de las creencias neocon es que en un sistema de libre mercado todos partimos en igualdad de condiciones, de modo que todo aquel que se prepare y esfuerce lo suficiente, alcanzará el éxito. Es decir, los ricos son los más listos, los más formados y los más trabajadores, y los pobres los más tontos, incultos y vagos. Por eso unos tienen pasta y los otros no. FALSO. Para rebatir esto me remito a los estudios del genetista Luca Cavalli-Sforza (y también a los de los doctores Lewontin, Rose y Kamin), que demuestran que el factor fundamental para alcanzar el éxito económico es la clase social donde se haya nacido. Es decir, supongamos dos jovenzuelos recién salidos de la universidad. Uno es de clase alta, gilipollas, con un expediente académico de risa y muy vago. El otro es de clase baja, listo como el hambre, trabajador incansable y con un expediente brillante. ¿Cuál de los dos tiene, estadísticamente, más posibilidades de alcanzar el éxito social y económico? Con diferencia, el gilipollas de clase alta. Y esto no se debe sólo al dinero, sino también, y sobre todo, a la red de contactos que proporciona una clase social elevada. Así que no, de ninguna manera partimos todos en igualdad de condiciones, y, en la mayor parte de los casos, para alcanzar el éxito hace falta mucho más que inteligencia, formación y tesón. Hace falta apoyo social.
Y, en cuanto a eso de que cuanto mejor les vaya a los ricos, mejor les irá a los pobres, FALSO también. En Estados Unidos, varios gobiernos (incluyendo los del demócrata Clinton), se dedicaron a quitarles impuestos a los ricos. ¿Se tradujo eso en un incremento de las inversiones y, por ende, del empleo? Ni de coña. Se tradujo en más beneficios para los poderosos y en que la brecha entre ricos y pobres, ya de por sí abismal, aumentara aún más. En fin, se podría seguir argumentando, pero no vale la pena. Las doctrinas neocon están edificadas sobre mentiras. Pero que sean falsas o no poco importa a quienes las promueven. Como durante un tiempo nos olvidamos de que existen las clases sociales, también nos hemos olvidado de que los partidos políticos defienden los intereses de determinadas clases. Al menos, los partidos de derechas. Y no cabe duda de que las doctrinas neocon son cojonudas para los ricos y poderosos.
Ésas son las doctrinas que ahora dominan el mundo. Y son ésas doctrinas las que nos han conducido a la actual crisis de los cojones sin que nadie dijera ni mú. ¿Cómo es posible? Sencillo, si tenemos en cuenta que el dos por ciento de la población controla la mitad de la riqueza mundial. ¿O dais cuenta de la inmensa concentración de poder que ello supone? Con eso se tuercen voluntades y se controlan tendencias y creencias, con eso se compran políticos, gobiernos, naciones enteras. De hecho, con las migajas de eso ya nos han comprado a nosotros.
Regresemos a Ssspaña.
El gobierno ¿socialista? de Zapatero no sólo hizo una mala gestión de la crisis, sino también de la prosperidad anterior. Y lo mismo puede decirse de los partidos y políticos que controlaban las diversas autonomías y municipios. Nadie aprovechó la prosperidad para mejorar realmente al país, como tampoco lo hicieron los gobiernos del nefasto Aznar. Pero no nos vayamos tan lejos. Zapatero la cagó con la crisis.
La economía comenzó a desmoronarse y el paro a crecer; los socialistas parecían noqueados, incapaces de reaccionar. Se adelantaron las elecciones y los votos le dieron prácticamente todo el poder del país a la derecha. Es lógico; la gente estaba asustada, la situación era angustiosa, así que la mayoría optó por un cambio. Además, ésa es la esencia de la democracia, ¿no? La alternancia de poder: si un partido lo hace mal, que gobierne otro. Y como estamos en un bipartidismo, la alternativa es o falso socialismo, o auténtica derecha. Vale, pues todo el poder para los conservadores, a ver si nos sacan de este follón.
Sólo hay un pequeño problema: le hemos entregado el poder a aquellos que defienden las doctrinas que nos han conducido (con la aquiescencia implícita de nuestra supuesta socialdemocracia) al actual desastre económico. Hemos nombrado bomberos a los pirómanos.
¿Qué está haciendo la derecha con el inmenso poder que graciosamente le hemos concedido?
Hablaremos de eso en la próxima, y os prometo que última, entrada.
viernes, marzo 30
The world around Ssspaña
Desde que comenzó la crisis se afirma con frecuencia que la política se ha puesto a los pies, y al dictado, del Mercado (lo escribo con mayúscula, como si fuera una divinidad, porque lo es). Es decir, que ya no hay política, sino mera sumisión al entramado financiero. Esto es cierto si sólo nos fijamos en las consecuencias, pero no lo es en absoluto si contemplamos las causas. No es que la política haya quedado orillada; lo que ocurre es que desde hace un par de décadas se ha impuesto una política distinta a la que había antes. Una política que tiene al Mercado como tótem.
Cuando charlo de estos temas suelo argumentar algo que, quizá por evidente, no suele tenerse en cuenta: vivimos tiempos de posguerra. ¿Recordáis la Guerra Fría? Comenzó poco después de la Segunda Guerra Mundial y concluyó con la disolución de la Unión Soviética, a comienzos de los 90. Aunque no hubo enfrentamiento bélico (en realidad lo hubo, pero periférico), fue una guerra en toda la regla -y además una guerra ideológica, casi religiosa-, que, como toda guerra, tuvo vencedores y vencidos. Los principales artífices de la victoria final fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Los dos primeros están considerados grandes popes de la “revolución neo-con” y el tercero fue el papa que le dio el tiro de gracia final al tímido aperturismo del Vaticano Segundo.
El gran perdedor, claro está, fue el comunismo soviético, pero en realidad supuso el fracaso de toda la izquierda, incluso de la que ya se había alejado del marxismo. En la Guerra Fría no triunfó un país, ni una alianza, sino una creencia, una idea, una forma de entender la sociedad, la política y la economía; y quien fracasó tampoco fue un bloque de naciones, sino una ideología alternativa. Por expresarlo de alguna manera, al hundirse el comunismo nos quedamos sin plan B (aunque el plan B fuera una mierda, ésa es otra cuestión).
Retrocedamos en el tiempo. ¿Recordáis cómo era el capitalismo industrial en sus inicios, cuando imperaba el liberalismo salvaje? Hombres, mujeres y niños trabajando en fábricas insalubres doce horas al día, o más, siete días a la semana y doce meses al año, a cambio de un jornal miserable, sin ningún derecho ni ayuda (vamos, como en China ahora). ¿Recordáis las luchas sindicales, toda la sangre que se vertió intentando conquistar unos mínimos derechos para los trabajadores? El comunismo surgió como reacción ante esa realidad atroz (una reacción equivocada, pero de nuevo ésa es otra cuestión), era el plan B; o, más bien, uno entre varios planes B. Hasta que, de pronto, el comunismo triunfó en Rusia y dejó de ser una fantasía utópica para convertirse en una sólida alternativa. De hecho, en LA ALTERNATIVA.
La ideología comunista se expandió como la pólvora entre las clases obreras de Europa y América, así que, para evitar males mayores (que el comunismo siguiera prosperando), el capitalismo salvaje se vio obligado a hacer concesiones y aceptar algunas demandas sindicales. Tras las 2ª Guerra Mundial, con el incremento de poder de la Unión Soviética y el nacimiento de la República Popular China, el capitalismo tuvo que hacer aún más concesiones, y así nació el estado del bienestar europeo mientras florecía la socialdemocracia, que no es más que un ten con ten de la izquierda con el capitalismo. ¿Está claro lo que quiero decir? Las conquistas sociales de la clase trabajadora se consiguieron porque, ante la “amenaza comunista”, las fuerzas capitalistas se vieron obligadas a hacer concesiones que contentaran a la población, vacunándola frente a tentaciones revolucionarias. Había un contrapeso.
Pues bien, amigos míos, hace ya veinte años que el sistema capitalista triunfó y, ¿os habéis fijado?, ya no hay ninguna alternativa, ningún plan B. ¿Cómo?... ¿La socialdemocracia?... Me suena esa palabra; creo recordar que en algún momento significó algo.
¿Sabéis por qué ha triunfado el capitalismo de libre mercado? Es sencillo: porque funciona, porque es el mejor sistema económico creando riqueza. Aunque también plantea muchos problemas; entre ellos que, si bien es bueno a la hora de crear riqueza, es malísimo redistribuyéndola. El capitalismo, por naturaleza, tiende a concentrar inmensas cantidades de dinero y poder no democrático en muy escasas manos. Hay otros problemas, pero de momento no vienen al caso.
Tras la mini-crisis de principios de los 90, la economía mundial inició un largo periodo de crecimiento y prosperidad (entre otras causas, aupada por el inicio de diversas burbujas, como ahora sabemos). Todo marchaba bien y el dinero fluía a raudales, había trabajo, bienestar, así que la sociedad se fue aburguesando. Nadie lucha por mejorar el mundo, si el mundo ya le parece suficientemente bueno. Los partidos socialdemócratas se plegaron a los vientos dominantes y se plegaron a las políticas económicas liberales, con algunos toquecitos sociales.
En cuanto al pueblo, la masa, la plebe, la chusma, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en consumidores. De repente, todo parecía estar al alcance de cualquiera. ¿Los millonarios usan Iphones? Pues tú también puedes tener uno; e igual sucede con las Nike, las Nikon, los Vuitton o los Sony de plasma. ¿Los triunfadores viajan por el mundo en jet y tienen Mercedes y BMWs? Como tú, si quieres. Poco a poco, la ética social se fue difuminando hasta que el principal valor, por no decir el único, fue la posesión. No importa lo que eres, sino lo que tienes. Dicho de otra forma: todas las capas de la sociedad fueron derechizándose. La ciudadanía se volvió conservadora; incluso la izquierda viró a la derecha. Y la derecha, libre ya del contrapeso comunista, pudo por fin desplegar las esencias de su verdadero plan.
Todo eso puede verse muy bien en España, donde la conciencia de clase ha desaparecido casi por completo. De pronto, sólo había dos clases sociales: la alta y una enorme e informe clase media. ¿La política? Una tomadura de pelo, así que cuanto menos atención se le preste, mejor. ¿Los políticos? Todos iguales, todos mentirosos y ladrones. ¿La ideología? Paparruchas. ¿La corrupción? Tolerable si el que se corrompe es de tu bando. ¿La justicia social? A quién le importa; que les den por saco a los pobres, que le den al vecino. Nos hemos vuelto individualistas y egoístas, estamos desideologizados y el único valor que nos guía es la consecución del “éxito” mediante la acumulación de bienes de consumo que confieren estatus. La educación, el esfuerzo y la ética son para pringados. Los valores de la izquierda (lo valores, no los partidos) ya no son deseables, están pasados de moda. ¿Quién quiere pagar impuestos? Ni dios. ¿Quién quiere practicar la solidaridad? Pues nadie; ¿para qué, para alimentar a unos cuantos vagos? “Yo, yo, yo y más, más, más”... ése es el estribillo de nuestra canción.
Huelga decir que un estado de opinión semejante es terreno abonado para la derecha. Pero, ¿qué dice la derecha actual, cuál es su filosofía? Resumiéndolo mucho:
1. El capitalismo de libre mercado (CdLM) es el único sistema económico (y por ende social) que funciona. Todo lo que vaya en contra del CdLM es perverso.
2. El sistema de libre mercado ajusta la economía por sí solo, de forma automática, castigando a quienes lo hacen mal y premiando a los que lo hacen bien. Por tanto, ya que es un mecanismo perfecto, al mercado hay que ponerle el menor número posible de reglas y restricciones. Anarco-capitalismo.
3. El principio básico es la libertad individual, así que el Estado debe abstenerse de intervenir en la vida y actividades de los ciudadanos. Además, el Estado tiende a ser una máquina burocrática de gastar dinero; por tanto, lo deseable es que el Estado sea lo más pequeño y lo menos fiscalizador posible.
4. En un sistema de CdLM, cualquiera que se prepare, se esfuerce y trabaje lo suficiente, alcanzará el éxito. Por contra, quien no lo haga estará condenado al fracaso.
5. El CdLM no sólo regula automáticamente la actividad económica, sino también la dinámica social. Los ricos lo son porque se han preparado y esforzado más, porque son más listos y trabajadores. Los pobres, por contra, deben su miseria al hecho de ser tontos e indolentes. En un sistema CdLM, todos partimos con las mismas posibilidades, pero a la larga el sistema pone a cada uno en su lugar.
6. Como los pobres lo son por ser vagos e indolentes, intentar ayudarles mediante subsidios es contraproducente. Cuanto peor lo pasen más posibilidades hay de que espabilen. Por ejemplo, los parados están parados por su culpa, así que se busquen las castañas por su cuenta. En términos generales, las políticas de asistencia social son negativas, pues generan gasto y fomentan la indolencia. Por otro lado, los ricos son los mejores ejemplares de nuestra especie, como han demostrado por su brillante capacidad de supervivencia, así que deben ser cuidados, mimados y respetados. Los pobres, por su parte, son los ejemplares menos aptos, de modo que la mejor política es apartarlos lo más posible del foco social y del proceso de toma de decisiones. Este punto, y el anterior, sintetizan el llamado “darwinismo social”. La ley de la selva adaptada a la civilización.
7. Los impuestos son negativos, pues frenan la economía. Además, ese absurdo mito izquierdista de la “redistribución de la riqueza” choca de lleno contra los puntos 5 y 6. Por tanto, los impuestos deben ser lo más bajos posible y con un único tipo impositivo para todo el mundo, con independencia del dinero que gane.
8. Si a los ricos les va bien y ganan mucho dinero, invertirán, crearán puestos de trabajo, y a los pobres, de rebote, también les irá bien.
En fin, le derecha neo-con dice más cosas, pero con esto basta por el momento. ¿Que la derecha española no dice exactamente eso? No, no lo dice con tanta crudeza, pero lo piensa y, como hemos podido comprobar, lo practica. A fin de cuentas, lo que he expuesto forma parte de la filosofía de la “revolución conservadora” (eso debe de ser un oxímoron). El caso es que esos ocho puntos son, en su mayor parte, meros actos de fe, revelaciones de algún profeta (Milton Friedman, por ejemplo) que guardan escasa relación con los hechos. En realidad, son dogmas religiosos. Y una coartada para seguir manteniendo el status quo.
Pero de eso hablaremos la siguiente semana... Ah, no, que me voy de viaje. Entonces dentro de dos semanas.
Feliz Semana Santa, amigos míos.
Cuando charlo de estos temas suelo argumentar algo que, quizá por evidente, no suele tenerse en cuenta: vivimos tiempos de posguerra. ¿Recordáis la Guerra Fría? Comenzó poco después de la Segunda Guerra Mundial y concluyó con la disolución de la Unión Soviética, a comienzos de los 90. Aunque no hubo enfrentamiento bélico (en realidad lo hubo, pero periférico), fue una guerra en toda la regla -y además una guerra ideológica, casi religiosa-, que, como toda guerra, tuvo vencedores y vencidos. Los principales artífices de la victoria final fueron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Los dos primeros están considerados grandes popes de la “revolución neo-con” y el tercero fue el papa que le dio el tiro de gracia final al tímido aperturismo del Vaticano Segundo.
El gran perdedor, claro está, fue el comunismo soviético, pero en realidad supuso el fracaso de toda la izquierda, incluso de la que ya se había alejado del marxismo. En la Guerra Fría no triunfó un país, ni una alianza, sino una creencia, una idea, una forma de entender la sociedad, la política y la economía; y quien fracasó tampoco fue un bloque de naciones, sino una ideología alternativa. Por expresarlo de alguna manera, al hundirse el comunismo nos quedamos sin plan B (aunque el plan B fuera una mierda, ésa es otra cuestión).
Retrocedamos en el tiempo. ¿Recordáis cómo era el capitalismo industrial en sus inicios, cuando imperaba el liberalismo salvaje? Hombres, mujeres y niños trabajando en fábricas insalubres doce horas al día, o más, siete días a la semana y doce meses al año, a cambio de un jornal miserable, sin ningún derecho ni ayuda (vamos, como en China ahora). ¿Recordáis las luchas sindicales, toda la sangre que se vertió intentando conquistar unos mínimos derechos para los trabajadores? El comunismo surgió como reacción ante esa realidad atroz (una reacción equivocada, pero de nuevo ésa es otra cuestión), era el plan B; o, más bien, uno entre varios planes B. Hasta que, de pronto, el comunismo triunfó en Rusia y dejó de ser una fantasía utópica para convertirse en una sólida alternativa. De hecho, en LA ALTERNATIVA.
La ideología comunista se expandió como la pólvora entre las clases obreras de Europa y América, así que, para evitar males mayores (que el comunismo siguiera prosperando), el capitalismo salvaje se vio obligado a hacer concesiones y aceptar algunas demandas sindicales. Tras las 2ª Guerra Mundial, con el incremento de poder de la Unión Soviética y el nacimiento de la República Popular China, el capitalismo tuvo que hacer aún más concesiones, y así nació el estado del bienestar europeo mientras florecía la socialdemocracia, que no es más que un ten con ten de la izquierda con el capitalismo. ¿Está claro lo que quiero decir? Las conquistas sociales de la clase trabajadora se consiguieron porque, ante la “amenaza comunista”, las fuerzas capitalistas se vieron obligadas a hacer concesiones que contentaran a la población, vacunándola frente a tentaciones revolucionarias. Había un contrapeso.
Pues bien, amigos míos, hace ya veinte años que el sistema capitalista triunfó y, ¿os habéis fijado?, ya no hay ninguna alternativa, ningún plan B. ¿Cómo?... ¿La socialdemocracia?... Me suena esa palabra; creo recordar que en algún momento significó algo.
¿Sabéis por qué ha triunfado el capitalismo de libre mercado? Es sencillo: porque funciona, porque es el mejor sistema económico creando riqueza. Aunque también plantea muchos problemas; entre ellos que, si bien es bueno a la hora de crear riqueza, es malísimo redistribuyéndola. El capitalismo, por naturaleza, tiende a concentrar inmensas cantidades de dinero y poder no democrático en muy escasas manos. Hay otros problemas, pero de momento no vienen al caso.
Tras la mini-crisis de principios de los 90, la economía mundial inició un largo periodo de crecimiento y prosperidad (entre otras causas, aupada por el inicio de diversas burbujas, como ahora sabemos). Todo marchaba bien y el dinero fluía a raudales, había trabajo, bienestar, así que la sociedad se fue aburguesando. Nadie lucha por mejorar el mundo, si el mundo ya le parece suficientemente bueno. Los partidos socialdemócratas se plegaron a los vientos dominantes y se plegaron a las políticas económicas liberales, con algunos toquecitos sociales.
En cuanto al pueblo, la masa, la plebe, la chusma, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en consumidores. De repente, todo parecía estar al alcance de cualquiera. ¿Los millonarios usan Iphones? Pues tú también puedes tener uno; e igual sucede con las Nike, las Nikon, los Vuitton o los Sony de plasma. ¿Los triunfadores viajan por el mundo en jet y tienen Mercedes y BMWs? Como tú, si quieres. Poco a poco, la ética social se fue difuminando hasta que el principal valor, por no decir el único, fue la posesión. No importa lo que eres, sino lo que tienes. Dicho de otra forma: todas las capas de la sociedad fueron derechizándose. La ciudadanía se volvió conservadora; incluso la izquierda viró a la derecha. Y la derecha, libre ya del contrapeso comunista, pudo por fin desplegar las esencias de su verdadero plan.
Todo eso puede verse muy bien en España, donde la conciencia de clase ha desaparecido casi por completo. De pronto, sólo había dos clases sociales: la alta y una enorme e informe clase media. ¿La política? Una tomadura de pelo, así que cuanto menos atención se le preste, mejor. ¿Los políticos? Todos iguales, todos mentirosos y ladrones. ¿La ideología? Paparruchas. ¿La corrupción? Tolerable si el que se corrompe es de tu bando. ¿La justicia social? A quién le importa; que les den por saco a los pobres, que le den al vecino. Nos hemos vuelto individualistas y egoístas, estamos desideologizados y el único valor que nos guía es la consecución del “éxito” mediante la acumulación de bienes de consumo que confieren estatus. La educación, el esfuerzo y la ética son para pringados. Los valores de la izquierda (lo valores, no los partidos) ya no son deseables, están pasados de moda. ¿Quién quiere pagar impuestos? Ni dios. ¿Quién quiere practicar la solidaridad? Pues nadie; ¿para qué, para alimentar a unos cuantos vagos? “Yo, yo, yo y más, más, más”... ése es el estribillo de nuestra canción.
Huelga decir que un estado de opinión semejante es terreno abonado para la derecha. Pero, ¿qué dice la derecha actual, cuál es su filosofía? Resumiéndolo mucho:
1. El capitalismo de libre mercado (CdLM) es el único sistema económico (y por ende social) que funciona. Todo lo que vaya en contra del CdLM es perverso.
2. El sistema de libre mercado ajusta la economía por sí solo, de forma automática, castigando a quienes lo hacen mal y premiando a los que lo hacen bien. Por tanto, ya que es un mecanismo perfecto, al mercado hay que ponerle el menor número posible de reglas y restricciones. Anarco-capitalismo.
3. El principio básico es la libertad individual, así que el Estado debe abstenerse de intervenir en la vida y actividades de los ciudadanos. Además, el Estado tiende a ser una máquina burocrática de gastar dinero; por tanto, lo deseable es que el Estado sea lo más pequeño y lo menos fiscalizador posible.
4. En un sistema de CdLM, cualquiera que se prepare, se esfuerce y trabaje lo suficiente, alcanzará el éxito. Por contra, quien no lo haga estará condenado al fracaso.
5. El CdLM no sólo regula automáticamente la actividad económica, sino también la dinámica social. Los ricos lo son porque se han preparado y esforzado más, porque son más listos y trabajadores. Los pobres, por contra, deben su miseria al hecho de ser tontos e indolentes. En un sistema CdLM, todos partimos con las mismas posibilidades, pero a la larga el sistema pone a cada uno en su lugar.
6. Como los pobres lo son por ser vagos e indolentes, intentar ayudarles mediante subsidios es contraproducente. Cuanto peor lo pasen más posibilidades hay de que espabilen. Por ejemplo, los parados están parados por su culpa, así que se busquen las castañas por su cuenta. En términos generales, las políticas de asistencia social son negativas, pues generan gasto y fomentan la indolencia. Por otro lado, los ricos son los mejores ejemplares de nuestra especie, como han demostrado por su brillante capacidad de supervivencia, así que deben ser cuidados, mimados y respetados. Los pobres, por su parte, son los ejemplares menos aptos, de modo que la mejor política es apartarlos lo más posible del foco social y del proceso de toma de decisiones. Este punto, y el anterior, sintetizan el llamado “darwinismo social”. La ley de la selva adaptada a la civilización.
7. Los impuestos son negativos, pues frenan la economía. Además, ese absurdo mito izquierdista de la “redistribución de la riqueza” choca de lleno contra los puntos 5 y 6. Por tanto, los impuestos deben ser lo más bajos posible y con un único tipo impositivo para todo el mundo, con independencia del dinero que gane.
8. Si a los ricos les va bien y ganan mucho dinero, invertirán, crearán puestos de trabajo, y a los pobres, de rebote, también les irá bien.
En fin, le derecha neo-con dice más cosas, pero con esto basta por el momento. ¿Que la derecha española no dice exactamente eso? No, no lo dice con tanta crudeza, pero lo piensa y, como hemos podido comprobar, lo practica. A fin de cuentas, lo que he expuesto forma parte de la filosofía de la “revolución conservadora” (eso debe de ser un oxímoron). El caso es que esos ocho puntos son, en su mayor parte, meros actos de fe, revelaciones de algún profeta (Milton Friedman, por ejemplo) que guardan escasa relación con los hechos. En realidad, son dogmas religiosos. Y una coartada para seguir manteniendo el status quo.
Pero de eso hablaremos la siguiente semana... Ah, no, que me voy de viaje. Entonces dentro de dos semanas.
Feliz Semana Santa, amigos míos.
jueves, marzo 22
Meditación para hoy
Ando un poco retrasado con las actualizaciones del blog, lo siento. Y hoy me largo de viaje. Para pasar el rato y no dejar un vacío demasiado grande, os propongo una meditación:
El gobierno del PSOE, en su último consejo de ministros, indultó al número 2 del Banco de Santander, Alfredo Sáenz, que había sido condenado por el Tribunal Supremo a tres meses de arresto, e inhabilitación para gestionar entidades financieras, a causa de una denuncia falsa presentada en 1994. De paso, el gobierno socialista (?) también indultó al abogado Rafael Jiménez de Parga y al ex-directivo de Banesto Miguel Ángel Calama, condenados por los mismo hechos.
Este mismo mes, el gobierno del PP ha indultado al militante de Unió Democràtica de Catalunya y exsecretario general de Trabajo Josep Maria Servitje y al empresario Víctor Manuel Lorenzo Acuña, que fueron condenados a cuatro años y medio y dos años y tres meses de prisión, respectivamente, por malversación continuada de fondos públicos. El indulto transforma las dos penas en sendas multas de 3.600 euros, menos de una décima parte de lo que sustrajeron de las arcas públicas. Ninguno de los dos ha pisado la prisión.
Ante esto, la pregunta que cabe hacerse no es “¿por qué?”, pues eso está clarísimo, sino: ¿cómo es posible que hayamos llegado a un punto en que hechos como estos nos importen un bledo?
lunes, marzo 12
Ssspaña y la cosa pública
La democracia no solo es un sistema político, sino también una forma de entender y practicar las relaciones sociales. En ninguno de los dos casos se trata de algo que pueda improvisarse, sino de un proceso que requiere tiempo y generaciones hasta que la esencia del pensamiento democrático cale en la médula de la colectividad. En España llevamos treinta y tantos años de democracia (y es el periodo más largo de nuestra historia), así que aún nos falta mucho para que el talante democrático se instale en nuestra idiosincrasia (si es que eso existe). Hemos sufrido una oprobiosa dictadura durante casi cuarenta años, y eso deja huellas, no en una, sino en varias generaciones.
No es de extrañar, por tanto, que en España la política se interprete como una prolongación de lo que realmente forma parte de nuestro acervo cultural: el fútbol. Tenemos nuestros colores, nuestras banderas, y somos fieles a ellas con absoluta independencia de si nuestros abanderados dan la talla o no (para evitar suspicacias, insisto en que hablo de las mayorías, no sobre el total del pueblo español). En fin, quizá esta actitud sea compartida por otros pueblos, pero me parece que en España reviste una especial radicalidad. Nuestro parlamento es un guiñol donde el debate se ha sustituido por la refriega, y el pensamiento racional por la frase hueca presuntamente ingeniosa. Se discute de todo, menos de lo importante, y entre tanto, los españoles (y aquí me incluyo de lleno) nos dejamos engañar por los capotes que los políticos de uno y otro signo (sin olvidarnos de los nacionalistas) agitan frente a nuestros ojos para impedir que prestemos atención a lo que realmente están haciendo, a lo que de verdad nos afecta.
De la derecha no voy a hablar por ahora. Soy de izquierdas, aunque supongo que decir eso ya no tiene mucho significado. Sería un coñazo exponer mi pensamiento político, así que lo resumiré aceptando que soy algo así como un socialdemócrata, con todo el descrédito que eso supone. En cualquier caso, está claro que la derecha no me gusta.
En España, durante la dictadura y hasta mediados de los 70, sólo había un partido de izquierda organizado (en la ilegalidad, claro): el PC. Yo nunca fui comunista, pero por aquella época todos los que eran de izquierda en España militaban o simpatizaban con los comunistas (y justo es reconocer que el PC hizo una gran labor en la clandestinidad). Hasta después de la muerte de Franco no empecé a ver por la universidad a los primeros socialistas. Eran pocos y sin pasado, pues se trataba de una nueva generación que había sustituido a los viejos dinosaurios de la República.
En apariencia, la Transición no la hicimos mal del todo (sólo en apariencia). Sorprendentemente, en aquel momento tuvimos políticos de cierta talla: Suárez, Felipe González, Fraga, Fernández Miranda, Carrillo, Calvo Sotelo... Suárez cumplió impecablemente su difícil labor de conseguir que un régimen se suicidase, pero no fue capaz de consolidar un partido. El desastre de la UCD, y el sucesivo fracaso de los grupos de extrema derecha, hizo que todas las fuerzas conservadoras se concentraran en un solo partido. Por otra parte, el batacazo de la UCD y el tejerazo le concedieron el poder a González y a un socialismo de nuevo cuño, sin ninguna tradición reciente. En realidad, un socialismo potenciado por el propio Suárez, para esquinar al PC.
González era un político brillante y también un gran mentiroso, un manipulador nato. Durante sus dos primeras legislaturas contribuyó decisivamente a modernizar el país. Luego, las cosas empezaron a torcerse seriamente. ¿De verdad era socialista aquel partido tan excesivamente pragmático y tan podrido por dentro? Pero la gente siguió votándole durante otras dos legislaturas (por si alguien pregunta: yo no).
España cambió mucho durante los 80. Los fondos provenientes de la UE permitieron mejorar las infraestructuras, la clase media creció y una cierta prosperidad comenzó a extenderse por la población. Conviene recordar que en esa década hubo una primera burbuja inmobiliaria, que no se hinchó demasiado porque el crédito era muy caro, y que acabó en la mini-crisis de principios de los 90. Durante este periodo se inició un inesperado proceso de desideologización. La derecha, a causa del fallido golpe de estado, estaba demasiado acomplejada para airear alegremente su ideología, mientras que los socialistas, firmemente instalados en el poder, consideraban que era más cómodo gobernar sin demasiada ideología. Recordemos que en aquellos tiempos el paradigma de triunfador social era el yuppy, Mario Conde y sus clones.
Lo cierto es que todos nos relajamos; los progresistas en particular, olvidando de dónde veníamos y qué se suponía que defendíamos. De un modo u otro, creímos que, conseguida la democracia, el trabajo estaba hecho, así que nos sentimos muy satisfechos de nosotros mismos y nos echamos a dormir. O a hacer pasta, colaborando alegremente con las estructuras capitalistas (por ejemplo, en mi caso, dedicándome a la publicidad). ¿Para qué luchar por un mundo mejor si el mundo que teníamos ya era el mejor de los mundos?
Tras un largo y penoso rosario de escándalos por corrupciones varias, el PSOE perdió las elecciones y ganó el PP de José María Aznar. Aclararé algo: Aznar representa todo lo que detesto, lo considero uno de los personajes más viles y desagradables que ha producido nuestro país (y mira que tenemos experiencia en personajes viles y desagradables). Así que no hablaré mucho de él. Pero hay una decisión de ese gobierno que debemos tener en cuenta: declarar suelo urbanizable todo suelo no protegido. Eso, unido a créditos baratos, a desgravaciones fiscales por compra de inmuebles, al dinero negro que había que lavar tras la llegada del euro y a la necesidad de financiación por parte de los ayuntamientos, todo ello disparó la burbuja inmobiliaria.
Y el gobierno, lejos de frenarla, la potenció. España estaba saliendo de una crisis con una elevada tasa de desempleo, y la hiperactividad constructora generaba puestos de trabajo y un simulacro de prosperidad. Además, las recalificaciones permitían financiar a los ayuntamientos (y de paso a los partidos), así que la burbuja mataba cuatro pájaros de un tiro. Aunque, hablando de pájaros, también aumentó la corrupción (privada y pública), al tiempo que las viviendas alcanzaban precios astronómicos (aunque eso ¿qué importaba con hipotecas de hasta 100 años?). En cualquier caso, la jugada le salió bien al gobierno y Aznar ganó las siguientes elecciones con mayoría absoluta. Luego pasó lo que pasó, pero eso es otra historia.
En 2004, el PSOE ganó las elecciones y Rodríguez Zapatero se convirtió en presidente de gobierno. La burbuja inmobiliaria seguía creciendo, pero el gobierno socialista no hizo nada por desactivarla. Al contrario, continuó la misma política económica que el PP, con un ligero incremento del gasto público. ¿Socialistas favoreciendo una economía neocon? Supongo que era algo así con la Tercera Vía de Blair a la española; es decir: una estafa. Por aquel entonces ya había muchas voces que alertaban sobre el desastre que ocurriría cuando la burbuja pinchase, pero el gobierno hizo caso omiso y, mientras los vientos de la economía fueran favorables, decidió seguir con más de lo mismo. Eso sí, Zapatero realizó una buena labor ampliando los derechos civiles; pero, al mismo tiempo, se prodigó en tonterías populistas, como los ministerios de Vivienda e Igualdad, el cheque-bebé o la Alianza de Civilizaciones. Al mismo tiempo, demostraba ser un gobierno timorato en sus relaciones con la Iglesia, o en el desarrollo de la ley de la memoria histórica y la ley Sinde. Pero, ¿y lo importante?
Estoy convencido de que el principal problema de este país es la educación. Ocupamos el puesto 34 en el ranking del informa PISA (estamos en la cola de Europa) y el endémico problema de nuestras empresas, la baja productividad, se debe casi exclusivamente a la deficiente de formación de los trabajadores. Nuestro sistema educativo es deplorable y de eso depende no ya nuestro presente, sino nuestro futuro como país. Cualquier gobierno, y más uno supuestamente progresista, debería asumir esa cuestión como el primero de los problemas a resolver. Pero, ¿qué hizo Zapatero durante sus dos legislaturas? Pues, como dice la cuña de radio, lo mismo que yo si me cruzara con una top model: ABSOLUTAMENTE NADA.
Luego estalló la burbuja inmobiliaria, sobrevino esta crisis de los cojones, y Zapatero hizo lo mejor que sabe hacer: meter la cabeza en un agujero y fingir que no pasa nada. Pero si pasaba, claro que sí, de modo que Zapatero se vio obligado a sacar la cabeza del hoyo y hacer, más o menos, lo que la conservadora Merkel le ordenaba. Finalmente, adelanto y batacazo electoral, y una rica mayoría absoluta para la derecha.
Y ahora...
Ahora haremos una pausa antes de proseguir con este cabreo en la siguiente entrada.
viernes, marzo 2
Ssspaña
Reconozco que no entiendo muy bien el significado de la palabra “patria”. Según la RAE, es: “1. f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. 2. f. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido”. Bueno, expresado así el asunto parece más o menos claro; lo que pasa es que a esa definición suelen añadírsele ciertas características que ya no están tan claras. La patria, al parecer, es lo que dice la RAE y, además, el conjunto del territorio, el conjunto de sus habitantes (no sólo los vivos, sino también los muertos y los por nacer), unas tradiciones, una historia, una cultura, una supuesta idiosincrasia, un supuesto conjunto de valores y, en última instancia, un supuesto destino común. ¿Qué significan cada uno de esos aspectos en concreto? Ni idea; todo es muy vago y metafísico, así que cada cual lo interpreta como mejor le convenga. En realidad, “patria” es una de esas palabras peligrosas que, por su indefinición, pueden retorcerse y utilizarse para controlar a las masas. “Patria” es una palabra más grande que el ser humano y, por tanto, en su nombre pueden sacrificarse a los seres humanos. Basta con recordar cuántas guerras se han desatado en nombre de la “patria” para comprobar cuan cierto es esto.
Por otro lado, ¿qué es un “patriota”? Como los vínculos históricos y jurídicos son comunes a todos los nacidos en una nación, sólo quedan los afectivos. Así pues, un “patriota” sería alguien que ama especialmente a su nación. En ese sentido, no soy un patriota. Aunque... ¿en qué consiste el amor a la patria? ¿En ignorar los defectos y enaltecer las virtudes (o directamente inventarlas) del país donde uno ha nacido? Yo diría que eso asemeja al patriota con el hooligan que defiende los colores de su equipo tenga o no motivos para hacerlo (¡Viva er Beti manque pierda!). ¿O bien amar a la patria significa reconocer los defectos del país natal e intentar mejorarlo? Ése sería un “patriotismo” más productivo; lo que pasa es que a lo que unos llaman defectos otros lo denominan virtudes. A fin de cuentas, hubo una Guerra Civil provocada por ese pequeño desacuerdo.
No me gusta España. ¿Una afirmación demasiado general? Para ser sincero, me parece un país bonito, con notables monumentos, una historia interesante, una gastronomía espléndida y un clima fantástico. Por lo demás, y salvo honrosas excepciones, se me antoja un país de mierda. ¿Que los hay peores? Por supuesto, pero no he nacido ni vivo en ellos. Además, compararnos con los peores para sentirnos a gusto es una puerilidad; como si un tío de 1’50 con alzas se pusiera al lado de un pigmeo para poder decir “joder, qué alto soy”. No, macho; compárate con Gasol. España es un país bajito y con caspa. ¿De verdad no me gusta? Quizá debería decir lo mismo que Unamuno: me duele España. Porque ese dolor implica, de un modo u otro, cariño; sólo puede dolernos lo que nos importa, ¿no?
No sé con seguridad cuál fue el problema inicial de nuestro país, la raíz de nuestra mediocre realidad. Quizá, indirectamente, la invasión árabe. El proceso de la llamada Reconquista hizo que el feudalismo se prolongara en España más que en otros países y favoreció que grandes extensiones de terreno quedaran en manos de una reducida casta de aristócratas. Además, las luchas contra los árabes no solo eran guerras por el territorio, sino también guerras de religión, lo cual acarreó que la Iglesia Católica adquiriera un inmenso poder en nuestro país, con todo el inmovilismo y la represión intelectual que eso conlleva.
La invasión francesa también tuvo su parte de culpa. Por un lado, porque los franceses no se quedaron (mejor nos hubiera ido de su mano). Por otro, porque la Guerra de Independencia generó en los españoles un profundo sentimiento anti-francés, lo que en aquellos tiempos se tradujo en una reacción contra la Ilustración. Por entonces, la ecuación era ésta: intelectual = afrancesado = antipatriota. Para ser buen español había que ser bien burro. La Ilustración pasó de largo por España; de hecho, la Ilustración jamás ha llegado a este país. Nuestro siglo XVIII fue culturalmente un páramo. Y en cuanto al XIX, una bonita sucesión de conflictos internos que desangraron al país y arruinaron cualquier posibilidad de establecer un proyecto común para la nación. A los españoles nos encanta molernos a palos entre nosotros.
A finales del XIX y comienzos del XX parecía que la cosa mejoraba un poco, que la simiente de una cultura moderna comenzaba a germinar en esta tierra baldía, pero entonces, ¡zas!, la Guerra Civil y cuarenta años de dictadura que nos hicieron perder definitivamente el tren de la historia y de la modernidad. Y luego la Transición, redoble de campanas y fuegos artificiales, qué cojonudos somos los españoles volviéndonos demócratas de toda la vida de la noche a la mañana. Y la movida, y la olimpiada, y la Expo de Sevilla. Entramos en el Mercado Común, luego en la Unión Europea, y después en el euro, y prosperamos con las ayudas externas y con una burbuja inmobiliaria que hacía fluir el dinero a raudales. Hasta que el chiringuito se fue a la mierda. Vale, y ahora ¿qué?
¿Sabéis lo que menos me gusta de España? Nuestro tradicional desdén hacia la cultura y la inteligencia. Aquí lo suyo era, y es, hacer las cosas por cojones, no con la cabeza; sólo en un país como el nuestro pudo decir alguien (Millán Astray): “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. Es como si los españoles diéramos por hecho que dos testículos piensan mejor que un cerebro, así que vamos por la vida sin planificar nada, sin reflexionar, guiados por emociones primarias y dispuestos a dejarnos manejar y embaucar por el primer listillo que aparezca. No amamos ni respetamos la cultura, despreciamos la educación; y eso, aunque por diferentes motivos, afecta tanto a la derecha como a la izquierda. Nunca valoramos nuestro patrimonio artístico y cultural; durante mucho tiempo nos dedicamos a venderlo o a asistir indiferentes a su deterioro, y al final lo convertimos en una atracción turística, como si fuera un parque temático para guiris.
Somos incultos y, lo que es peor, estamos encantados de serlo. Al que se interesa por la cultura se le tilda despectivamente de “gafapasta”, o de “friki” a secas. Los artistas y creadores son garrapatas, parásitos a los que se puede despojar de cualquier derecho. Todo aquel que triunfa por su talento es sospechoso y, por tanto, merecedor del descrédito. ¿Estudiar, aprender? ¿Para qué? Sólo los gilis pierden el tiempo formándose. Esto es el reino de los mediocres. Lo único que valoramos es la pasta; pero no el dinero conseguido mediante ingenio y esfuerzo, sino el dinero rápido, el pelotazo que no crea riqueza. Los aprovechados, los listillos, los demagogos, los corruptos, esos son nuestros héroes. ¿A causa de nuestra tradición picaresca? Pues si es así, seguimos sin entender nada, porque el objetivo de la novela picaresca no era enaltecer al pícaro, sino criticar una sociedad injusta. Ni siquiera comprendemos nuestras propias tradiciones. Somos idiotas. Y gritones. Y maleducados. Y feos. Y olemos a ajo y a fritanga. En realidad, somos lo peor que podemos ser; es decir, somos exactamente lo que el resto de los europeos creen que somos.
Vale, no todos los españoles son así, de acuerdo; pero sí la mayoría, y eso basta para que este país me provoque ardor de estómago. España es como un traje mal cortado, un traje que no solo no te sienta bien, sino que además te tira de la sisa de la entrepierna. Vamos, un país que te toca los cojones.
Y nada de eso es lo realmente malo, no, ni mucho menos. Lo peor es que hemos desperdiciado una oportunidad histórica de corregirnos, de mejorar; y lo realmente terrible es que a partir de ahora, las cosas sólo van a empeorar. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.
miércoles, febrero 22
Entrevista
martes, febrero 14
JMM (José María Moreno)
Si hago memoria, no me resulta difícil encontrar en mi niñez las semillas de lo que luego, al crecer, conformaría mi personalidad. Por ejemplo, cuando yo tenía alrededor de siete años, mi hermano José Carlos me explicó lo que eran las estrellas y lo lejos que estaban, y aquello me produjo un asombro tan grande que aún me dura. Ahí está la raíz de mi interés por la ciencia, pues en la ciencia siempre he buscado lo mismo: asombro. Por otro lado, habiendo nacido en la casa de un escritor, rodeado de ficción por todas partes, no es sorprendente que fuera un niño soñador, con la cabeza siempre en las nubes, y tampoco es de extrañar que ese niño acabara convirtiéndose en el soñador profesional que ahora soy. Quizá a partir de cierto momento, puede que muy temprano, ya no añadimos nada nuevo a nuestra identidad, y todo lo que nos queda por hacer es desarrollar (o no) lo que ya tenemos.
Así pues, los acontecimientos de la infancia, por pequeños que sean, tienen una inmensa importancia en nuestras vidas. Al principio, todo ocurre en el seno de la familia. Si las cosas van bien, ahí encontramos refugio y sosiego; la familia es como una cálida matriz que nos mantiene protegidos y aislados del mundo. Pero luego aparecen otras influencias. Llega un momento en que comenzamos a apartarnos de la familia (protectora, sí, pero demasiado agobiante) y descubrimos a nuestros semejantes: los amigos. Y, de pronto, la amistad es mucho más importante que la propia familia. No hay amistades tan intensas como las de la infancia.
Luego, durante la pos-adolescencia, algo cambió. Tito y yo seguimos siendo amigos (siempre lo hemos sido); nos veíamos con frecuencia e incluso llegamos a trabajar juntos. Pero nos distanciamos de José Mari. ¿La razón? Tito y yo nos convertimos en un par de cabras-locas, dos balas perdidas siempre de juerga, mientras que José Mari, de naturaleza sensata y tranquila, se dedicó a tareas más elevadas. Nuestras sendas vitales divergieron, como tantas veces sucede con las amistades de la infancia. Comenzamos a reunirnos con menor frecuencia; luego, de pascuas a ramos y, finalmente, dejamos de vernos casi por completo.
No obstante, pese a la ausencia y la distancia, siempre he considerado a José Mari uno de mis mejores amigos. ¿Cuánto hay de él en mí? Mucho, igual que de Tito. Crecimos juntos, nos influimos los unos a los otros; dejamos huellas indelebles. Fue como si cada uno hubiera depositado trocitos de sí mismo en los demás. Charlas eternas durante tardes infinitas, el amor a los cómics (y muy especialmente a Tintín), los primeros pitillos, las primeras copas, las maquetas de Revell, los libros, el cine, largas sesiones de futbolín y ping pong, el Scalextric, garbanzos de pega, caramelos Saci, bolsas de pipas, paseos interminables sin rumbo fijo... todo eso, y mucho más, nos hermanaba. En algún momento fuimos algo así como una gestalt. José Mari & Tito & César.
Decidí distanciar este post, alejarlo un poco de la alegría del premio que gané recientemente. Tampoco quiero, por otro lado, convertir Babel en una especie de obituario; pero ¿qué le voy a hacer si la gente tiene la manía de morirse? Además, esto es especial. Especial y jodidamente doloroso.
El pasado 24 de enero, a mediodía, cuando estaba preparando el equipaje para viajar esa tarde a Barcelona con motivo del premio Edebé, sonó el teléfono. Era la mujer de José Mari. Me informó de que su marido había muerto el pasado 8 de julio. Un maldito cáncer de pulmón se lo había llevado por delante en pocos meses.
No voy a ponerme melodramático; me limitaré a decir una cosa: con la muerte de José Mari algo de mí ha muerto también. Supongo que así es la vida: nos vamos muriendo poco a poco, conforme muere lo que amamos.
Durante los últimos quince años, José Mari, Tito y yo sólo nos vimos dos veces. La primera fue a mediados de los 90. Cuando publiqué mi primer libro, José Mari me llamó y quedamos a comer. Trabajaba en la Biblioteca Nacional, y no puedo imaginar un trabajo más adecuado para él. Le invité a mi fiesta de cumpleaños. Vino con su mujer, a quien yo no conocía, y me regaló dos cosas. Un volumen encuadernado con 10 novelas de El Encapuchado, de G. L. Hipkiss, un pulp de los años 40 al que de niños éramos muy aficionados (todo un lujo de regalo para coleccionistas, por cierto). El segundo regalo era un diminuto opúsculo de 30 páginas, autoeditado, con seis sonetos suyos: 50 sonetos ciclistas. Me escribió a mano la siguiente dedicatoria: “Para César Mallorquí, como brindis por unos tiempos en que las bicis sólo existían en sueños, y la amistad rodaba a toda máquina. Con mucho, mucho cariño. José Mari”.
Hará cosa de año y medio, decidí telefonearle de nuevo. Tito y yo nos reunimos con él en su casa, para conocer a sus dos preciosos hijos. Luego cenamos juntos y quedamos en volver a reunirnos. No tuvimos la oportunidad. En esa ocasión, José Mari nos regaló otro libro autoeditado: Galería de bibliotecarios arrepentidos, una colección de semblanzas imaginarias escrita con una mezcla de humor y erudición. La dedicatoria decía: “Para César Mallorquí, este libro de pequeñas semblanzas. Y no en pago, sino en reconocimiento de una deuda: haberme regalado él –y sin haberlo yo sabido- una semblanza infantil tan emocionante. José Mari”. La semblanza a la que se refiere apareció aquí, en el post “Routier” antes citado.
Cuando José Mari supo que estaba enfermo y que iba a morir, quiso editar otro libro, el tercero y último, reuniendo sus poesías. Una edición de 500 ejemplares sólo para sus amigos. Se llama Libro de los oficios fallidos y está editado, como los otros dos, por la ficticia Biblioteca Bulbuentina (Bulbuente era el pueblo donde veraneaba José Mari). Mi viejo amigo nunca llegó a verlo terminado. Su mujer y algunos de sus amigos lo editaron tras su muerte. Pocos días antes de morir, ya ingresado en el hospital, José Mari escribió el prólogo. Comienza así: “Ahora que está, al parecer, definitivamente desaparecido, me toca otra vez presentar un nuevo librito de JMM”. Definitivamente desaparecido... genio y figura, humor e ironía, hasta la sepultura. Como es lógico, en el libro ya no hay dedicatoria; no obstante, poco antes de su muerte José Mari elaboró una lista de las personas a quienes quería que se le regalara un ejemplar. En esa lista estábamos Tito y yo. De hecho, nuestros ejemplares están personalizados. Al final del mío pone: “Ejemplar nº CLV para César Mallorquí”. Me produce una triste alegría, me enternece. que en sus últimos momentos nuestro viejo amigo se acordara de nosotros.
El Libro de los oficios fallidos es una antología de 90 páginas con 53 poesías. Voy a transcribiros la última, llamada “Colofón”. Está dedicada a sus hijos –una niña de 12 y un niño de 8, si mal no recuerdo- y no lo sé a ciencia cierta, pero me juego las pelotas a que está escrita cuando ya sabía que iba a morir. (Disculpad si los ojos se me humedecen mientras transcribo)
Colofón
Ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niña:
que nunca enluten penas
su clara risa.
*
Y, ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niño:
nunca sea su risa
campo baldío.
Me cuesta aceptar que José Mari se ha ido, pero el muy cabrón lo ha hecho, a su modo, con ironía, en silencio, sin un lamento ni un adiós. La mayor parte de vosotros no le conoció; os hubiera gustado conocerle. ¿Sabéis cuáles eran los personajes de cómic con los que más se identificaba? El Rompetechos de Ibáñez y el profesor Tornasol de Hergé. Eso le define. Fijaos en la ilustración de la portada del libro; la dibujó el propio José Mari. Es un hipopótamo enfadado porque no le traen el café que ha pedido. Eso también le define: una mezcla de inteligencia, discreción, ironía, erudición, timidez y dulzura con unos toques naif. Era un tipo irrepetible. ¿Sabéis?, nadie le vio nunca jamás enfadado. No sabía enfadarse.
Ahora, José Mari cree que ha muerto, pero no es del todo cierto. Él, Tito y yo éramos una gestalt, ¿recordáis?, así que José Mari seguirá viviendo en nosotros. Somos una gestalt herida, es verdad, pero aún estamos aquí. De hecho, mientras alguno de los que quedamos, Tito o yo, continúe vivo, la amistad entre los tres seguirá rodando a toda máquina.
Hasta siempre, José Mari, viejo y queridísimo amigo. Jamás te olvidaré.
miércoles, febrero 8
El rincón del odio: George Lucas
Hace mucho tiempo, allá por 1983, en una galaxia muy lejana, cuando yo estaba en el lado oscuro de la fuerza trabajando como publicitario, una de las cuentas que llevaba era la de General Mills, un fabricante de juguetes entre cuyos productos se contaba la línea de figuritas articuladas y maquetas de Star Wars. Por aquel entonces acababa de estrenarse (o estaba a punto) El retorno del jedi, así que la línea de juguetes Star Wars se hallaba en plena efervescencia y yo me pasaba el día adaptando spots yanquis al castellano.
Supongo que entonces debí darme cuenta. El retorno del jedi era sensiblemente peor que los dos títulos anteriores, los ewoks eran repelentes (burdas copias de unos bichos que aparecían en la portada de una novela de H. Beam Piper) y tanta figurita, tanta espada láser de plasticurro, tanto merchandising en definitiva, era signo inequívoco de que alguien, no quiero señalar, era un pesetero. Pero no quise darme cuenta; le debía tantas horas de felicidad a George Lucas que preferí mirar para otro lado.
Veréis, creo que American Grafitti es una magnífica película sobre la enorme pérdida, la inmensa tristeza, que se produce con el paso de la adolescencia a la madurez. Es una comedia, sí, pero rebosa dulce melancolía. Luego llegaron La guerra de las galaxias y El imperio contraataca, puro pulp de los años treinta con muchas dosis de humor y toneladas de diversión. E Indiana Jones, por supuesto; jamás me he divertido tanto en el cine como viendo En busca del arca perdida, y también me lo pasé bomba con El templo maldito y La última cruzada.
Esto en su haber, y es un haber muy notable. El caso es que, entre el 89 y el 99, hubo un impasse durante el cual Lucas se limitó a producir unas cuantas chorradas sin trascendencia (Willow, El pato Howard...) y todos nos quedamos expectantes durante una década. Esperábamos como agua de mayo la anunciada segunda trilogía de Star Wars (o la primera, según la liosa cronología de la serie), aunque teníamos ciertas dudas, porque El retorno del jedi había sido... en fin, bastante decepcionante.
Supongo que sabréis que Lucas no se hizo recontramillonario por sus películas, sino gracias al merchandising derivado de ellas. Figuritas, viedeojuegos, maquetas, novelas, cómics, juguetes... ¿Quiénes son los principales destinatarios de esta clase de productos? Los niños. Pues bien, La guerra de las galaxias era una historia infantil recubierta de humor, espectacularidad y amable ironía para satisfacer al espectador adulto. El imperio contraataca, por su parte, era una historia más oscura y violenta. ¿Quizá demasiado para las virginales mentes infantiles? Eso debió de pensar Lucas, así que en El retorno del jedi redujo la oscuridad y la violencia, e introdujo a los ewoks, esos extraterrestres con pinta de ositos de peluche, tan tiernos, tan monos y tan estomagantes. Pero la pasta es la pasta, y los principales clientes de Lucas eran los niños, así que vamos a infantilizarlo todo bien infantilizado. Eso nos debería haber alertado.
Y por fin llegó la tan esperada segunda/primera trilogía. ¿Qué decir de La amenaza fantasma? Que quizá sea la película más equivocada de la historia del cine. Todo es narrativamente erróneo en esa sandez, todo está infantilizado al máximo, pero lo peor es que, aparte de ridícula, es una película aburridísima. Del segundo episodio, El ataque de los clones, no recuerdo casi nada, salvo que las famosas “guerras clon” que se mencionaban en la película original acababan siendo algo parecido a una algarada entre los hooligans de dos equipos rivales. En cuanto al tercer episodio, La Venganza de los Sith, vale, es el mejor de los tres. La película es menos infantil que las anteriores, mucho más oscura, y dramáticamente funciona mejor. Pero dista mucho de alcanzar las cotas de las dos películas iniciales (me refiero a las dos primeras en producirse, las protagonizadas por Hamill y Ford; la cronología de esta franquicia es un coñazo).
Sospecho que cuando comenzó la producción y realización de la nueva trilogía, Lucas oscilaba entre dos posturas distintas. Por un lado, parecía tomarse su producto, y la mitología que lo rodeaba, demasiado enserio. Eso provocó que las tres nuevas películas, técnicamente perfectas, resultaran demasiado rígidas y envaradas, muy lejos de la frescura de los dos films iniciales. Por otro lado, en cada plano de cada film se nota la avidez con que Lucas se las ingeniaba para exprimirle toda la pasta posible al asunto. Jar Jar Binks, ese personaje supuestamente humorístico –y en realidad irritante-, está ahí para contentar a los niños y vender muchas figuritas articuladas. Esa carrerita copiada de Ben Hur servirá para el videojuego. Y todo así. Una pena.
¿Y qué pasó después? Que tras años de darle vueltas, después de mucho marear la perdiz, Lucas se decidió al fin a producir la tan esperada cuarta película de Indiana Jones. Mal rayo le parta. Los quince o veinte primeros minutos de El reino de la calavera de cristal son Indiana Jones en estado puro; una gozada. El resto es como una mala copia de Indiana Jones. Joder, según Lucas, tardó tanto en continuar la serie porque no encontraba el guión adecuado... Y, cuando lo encuentra, ¿es eso? Por favor, cualquier cómic de la franquicia tiene mejor guión que esa bobada. Lamentable.
Vale, Lucas ha perdido el tino artístico (que no el comercial). No es el primer creador al que le sucede y, desde luego, no es razón para odiarle, sino para lamentarlo. Pero es que este hombre se ha convertido en una piraña, en un avida dollars, según el anagrama que André Breton le dedicó a Dalí.
Veamos. Justo antes de producir la segunda trilogía de Star Wars (que luego será la primera, ya sabéis), Lucas re-estrenó la trilogía inicial (sí, sí, en realidad la segunda) añadiéndole algún metraje extra y unos efectos digitales que no hacían la menor falta. Pero de ese modo conseguía atrapar a las nuevas generaciones y prepararlas para todo el marketing que les iba a caer encima. Después estrena la nueva trilogía, con todas las figuritas y merchandising que eso conlleva. Luego, una serie de dibujos animados, que primero aparece en cine y luego se traslada a TV. Hay que mantener vivo el sector juguetero. Y ahora, ese maldito pesetero va y re-estrena las dos trilogías de Star Wars en 3D. ¡Hala, venga, más pasta para la buchaca! ¿Pero es que es insaciable? Ah, y por lo visto está considerando producir una quinta película de Indiana Jones, con Harrison Ford. ¿Indiana Jones y la próstata perdida? La persecución en sillas de ruedas será memorable.
Así que por ser tan pesetero, por preocuparse más del merchandising que de la calidad de sus films, por manosear hasta el aburrimiento a unos personajes entrañables, por tener sólo un par de ideas y exprimirlas hasta la saciedad, por haber perdido el sentido del humor y, en definitiva, por haberse convertido en un codicioso pelmazo, declaro culpable a George Lucas. En reconocimiento a sus primeros méritos, la sentencia será leve: se le condena a escribir cien mil veces en la pizarra “Han Solo disparó primero” (reconozco que hay que ser muy friki para entender esto último; el primero que desvele el misterio ganará un valioso premio inmaterial).
Ah, por cierto; he leído hace poco que Lucas ha anunciado que dejará el cine comercial y se dedicará a producir y dirigir films experimentales... Anda y que te den, Jorgito.
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