Hace
tiempo que lo sé, pero no puedo evitarlo, qué le vamos a hacer; como escritor
cometo uno de los pecados más terribles que cabe imaginar: ser ameno. Y es que
tildar a un escritor de “ameno” es un insulto tan grave como decir que un
pintor es “decorativo”. O, al menos, eso parece.
Lo
peor de todo es que se trata de un pecado voluntario que no pienso dejar de
cometer. Porque, veréis, (casi) todo escritor acaba desarrollando una “teoría
narrativa” propia que es la que emplea en sus textos, y mi teoría narrativa no
se centra en mí, ni en el texto que estoy escribiendo, sino en el lector y su
relación con dicho texto. Es decir, no escribo para colgarme medallas con cada
frase, ni creyendo que ese texto que se cuece en el Word es una obra maestra
ante la que los demás deben inclinarse (y adaptarse). No, ni mucho menos;
escribo pensando en el lector, procurando presentarle mi historia de la forma
más eficaz, interesante y adictiva posible.
Supongo
que más de uno pensará que eso significa hacer concesiones: simplificar la
trama y la estructura, renunciar a la complejidad temática, restarle matices a
los personajes, abaratar la prosa... Pero no es cierto; de lo que se trata,
precisamente, es de hacer accesible y seductor lo complejo. La narrativa no
consiste en sumar oscuridad a la oscuridad, sino en arrojar un rayo de luz
sobre las tinieblas; porque la oscuridad es monótona, mientras que la luz,
además de iluminar, crea interesantes sombras. La narrativa no consiste en
construir pistas americanas llenas de obstáculos, sino en diseñar toboganes,
montañas rusas, trenes. De hecho, sostengo que escribir de forma oscura y árida
es sencillísimo, mientras que hacerlo con claridad y garra resulta muy difícil.
Esto
viene a cuento por algo que el escritor Agustín Fernández Mallo (AFM) escribió
en El Cultural y que yo he encontrado en el blog Patrulla de Salvación. Dice
AFM: “Los escritores de la novela culta,
es decir, el género que en el siglo XX y lo que llevamos del XXI hemos llamado
literatura a secas, se quejan de que sus libros ni son consumidos por el lector
ni están bien atendidos por las promociones en el mercado. Y en parte tienen
razón. Pero el problema no es que se lea menos novela culta –no nos engañemos,
siempre ha sido minoritaria-, sino que otra clase de escritura, antes llamada
folletinesca y ahora llamada “bestsellera” le ha robado el nombre a aquella. En
efecto, una de las características de la mayoría de los bestsellers es que
pueden ser leídos en voz alta sin detrimento de su contenido ni detrimento de
la comprensión por parte del oyente. Por eso no pertenecen al género de la
novela. Una novela es un tipo de escritura sujeta a unos mecanismos de
complejidad y construcción tales que impiden la oralidad, o si no la impide
desde luego la hacen penosa y difícil. De modo que lo que ocurre es que se
confunde el relato oral puesto por escrito con la novela. El mercado mete todo
en el mismo saco. Bienvenidos sean los relatos orales puestos por escrito, y
bienvenido sea que vendan millones de ejemplares porque ello permite a las
editoriales seguir financiando a escritores que escriben novelas, pero desde
luego tales libros tienen poco que ver con la novela”.
De
entrada, confieso que las ¿novelas? de AFM no sólo no me interesan, sino además
me parecen mala narrativa (si es que son narrativa) y un recurso fácil; no
obstante, y aunque no la comparta, acepto que su “teoría narrativa” tiene todo
el derecho del mundo a formar parte de la literatura (que es un arte grande
precisamente porque en él caben muchas cosas distintas); algo que él, por
cierto, no está dispuesto a hacer con escritores como yo.
Respecto
a su comentario, creo que huelga señalar hasta qué punto es una gilipollez eso
que dice sobre la oralidad. Tolstoi, Stevenson, Twain, Flaubert, Capote,
Lampedusa, Mendoza, Buzzati, Steinbeck, Bradbury... las obras de estos autores, y de otros muchos,
permiten la lectura oral sin el menor problema de comprensión; entonces, ¿no
escribieron auténticas novelas? El Quijote o El Buscón fueron durante mucho
tiempo, y a causa del analfabetismo, lecturas orales, así que, según la
empanada mental de AFM, ni Cervantes ni Quevedo escribieron novelas de verdad.
En fin, lo dicho: una gilipollez.
Pero
una gilipollez que tiene mucho que ver con cierta visión aristocrática de la
literatura que, por desgracia, aún cuenta con un inmerecido predicamento. AFM
dice que la “novela culta” (entre cuyos cultivadores, por supuesto, él se
incluye) es literatura a secas, así que todo lo demás no es auténtica
literatura, sino escritura folletinesca o “bestsellera”. Pero hay algo que AFM
no aclara: ¿qué entiende él por “novela culta” o “literatura”? No, no lo aclara,
pero del contexto se deduce que la auténtica novela, la novela realmente
literaria, es aquella que está escrita de forma compleja y resulta difícil de leer.
Novelas áridas, sin nada que huela ni remotamente a un argumento; novelas
narradas a contrapelo, con voluntaria o involuntaria torpeza, novelas
concebidas para alimentar el ego del autor, y no para el placer del lector.
¿Placer?
Esa palabra está proscrita en el lenguaje de los talibanes de la “novela culta”.
Estamos hablando de aristocracia literaria y eso implica, desde el punto de
vista del “lector culto”, consumir novelas aburridas, pesadas, pretenciosas y oscuras. Porque
cualquier imbécil puede disfrutar de un texto divertido, pero leer un coñazo no
está al alcance de todos. Sí, cualquiera puede disfrutar de una novela
divertida; ahora bien, ¿cualquiera puede escribir una novela apasionante? Me
parece que no. ¿Sabría escribir AFM una buena novela “bestsellera y
folletinesca”? De hecho, ¿sabe narrar AFM? Teniendo en cuenta lo que ha
escrito, lo dudo mucho.
Siempre
he desconfiado de lo que es voluntaria y arbitrariamente oscuro. Creo que quien
se refugia en la falsa complejidad y en las tinieblas lo hace porque tiene algo
que ocultar: por lo general, su incompetencia como narrador. Decía Vázquez
Montalbán que le resultaba mucho más difícil escribir sus novelas policíacas
que las “literarias”. Porque contar bien una historia, narrar con oficio, es
muy, muy complejo. No se trata de algo que esté al alcance de cualquier idiota
con ínfulas de artista.
En
el caso de AFM, su despiste le lleva a admirar a Borges. Tanto le admira, que
escribió El hacedor (de Borges) Remake, donde reproducía textos del maestro
argentino. Pero es tan listo que los reproducía sin consentimiento, así que el
libro fue retirado. En fin, el caso es que, dada su admiración por Borges, supongo
que AFM lo considera un escritor complejo.
Y
sin duda lo es; pero la complejidad de Borges reside en la complejidad de las
ideas y conceptos que maneja, no en la forma en que los expone. Muy al contrario;
su precisa y elegante prosa de relojería es de una claridad luminosa. Pero si a
un escritor mediocre no se le ocurren ideas interesantes y complejas, siempre
puede embrollar artificialmente la apariencia de sus textos para ver si da el
pego. A veces, como vemos, ese truquito funciona.
En
cualquier caso, si AFM admira tanto a Borges, quizá debería tener en cuenta dos
preceptos de su maestro: 1. El peor pecado de un escritor es aburrir. Y 2. El objetivo de la literatura es el
placer.
En
lo que a mí respecta, me conformo con ser ameno. Porque según el diccionario,
amenidad es la capacidad para resultar divertido, entretenido, placentero. Todo
lo cual se me antoja estupendo, sobre todo si tenemos en cuenta que “divertido”
no es lo contrario de “serio”, sino lo contrario de “aburrido”. Tres hurras,
pues, por la amenidad. Y condena eterna para quienes conciben la literatura
como una farragosa y pesada carga.

















