Nos gustan
los números redondos. El nueve o el once son dígitos vulgares, sin interés,
como el cuatro, el ocho o el dos; pero el diez, ah amigo, el diez es algo
serio, un número a tener en cuenta; la clase de número que, al entrar en una
habitación, se convierte automáticamente en el blanco de todas las miradas. El
diez no pasa inadvertido, no señor; porque es el más redondo de todos los
números redondos. Sin duda, la razón se debe a que en las manos tenemos diez
posibilidades distintas de meternos un dedo en la nariz. Si tuviéramos doce,
ahora estaríamos hablando de la redondez del doce, pero no es el caso.
Dada la
ilustre esfericidad del diez, sus múltiplos gozan de un amplio reconocimiento
general. Por ejemplo, para medir lo más valioso que tenemos, el tiempo, usamos
el sistema métrico decimal, y a ciertas cantidades de tiempo les ponemos
nombres específicos. Lustro (que es la mitad de diez), década, siglo, milenio,
eón (mil millones de años)... todos múltiplos de diez. No cabe duda de que 101
es un número más gordo que 100, y, por tanto, más importante, pero nadie le ha
puesto nombre. Podríamos llamarlo, qué sé yo, funfurrio, y diríamos: “Han
transcurrido cinco funfurrios (505 años) desde que Miguel Ángel comenzara a pintar
la Capilla Sixtina” (dato, por cierto, rigurosamente cierto). Pero no lo hacemos;
sólo le prestamos atención a los números redondos. Nos encanta, por ejemplo, el
500, porque es doblemente redondito y grande, pero dentro de todo manejable (por eso el
billete más gordo es de quinientos euros).
Pues bien,
queridos merodeadores, os anuncio que ésta es la entrada número 500 del blog.
¡TACHÁN! ¿Qué significa eso? Pues que, calculando una media por entrada de 650
palabras, hasta ahora he escrito en Babel alrededor de 325.000 palabras. ¡La
madre que me parió...! He ahí un buen motivo para estar callado el resto de mi
vida. Pero no caerá esa breva.
Vale, medio
millar de entradas. Ni se os ocurra felicitarme, porque no creo que haya mucho
más mérito en escribir el post 500 que el 499. Y si lo hubiera, entonces tendríais
que volver a felicitarme por la entrada 501 y sucesivas; sobre todo por la 505,
que es un pentafunfurrio. Absurdo. Sólo si os embelesan los números redondos
caeréis en la tentación de celebrarlo.
Ahora, otra
cosa: ¿Os habéis dado cuenta de que estamos en verano? Ya sé que sabéis que
estamos en verano, pero ¿os habéis dado cuenta, lo habéis sentido? Los
merodeadores más jóvenes seguro que sí, pero ¿y los más vetustos?
Permitidme
que os transcriba un texto de la psicóloga Maria Konnikova: “De niños somos extraordinariamente
conscientes de todo lo que nos rodea. Absorbemos y procesamos información a una
velocidad que nunca volveremos a alcanzar. Nuevas imágenes, sonidos nuevos,
nuevos olores, nuevas personas, emociones nuevas, nuevas experiencias. (...)
Todo es nuevo y apasionante, todo alienta nuestra curiosidad. Y la novedad
inherente a nuestro entorno hace que siempre estemos alerta y lo captemos todo
sin perdernos nada. (...) Pero, a medida que crecemos, la displicencia aumenta
de una manera exponencial. Ya estamos de vuelta de casi todo, no hace falta que
prestemos atención a casi nada. (...) Antes de que nos demos cuenta, habremos
cambiado aquella atención, aquella dedicación y curiosidad innatas, por una
colección de hábitos pasivos y mecánicos. (...) Seguimos unas pautas tan
arraigadas que nos pasamos buena parte del día en un estado de inconsciencia”.
Creo que ya
hemos hablado de esto en alguna ocasión. Es como si, conforme pasan los años,
fuéramos perdiendo poco a poco el sentido del gusto, hasta que al final todo,
salvo los platos muy especiados, nos resultara insípido. Cuando era un niño,
podía extraerle el goce de la vida a casi cualquier cosa, por pequeña que
fuese; pero ahora estoy como dormido, soy un zombi. Porque lo mío es peor. No
es ya que trabaje en casa, en mi despacho, sino que donde realmente trabajo es en
el interior de mi cráneo. Paso mucho tiempo dentro de mí mismo. Demasiado,
quizá.
Por eso, todos
los días me asomo a la ventana y dedico unos minutos a “sentir” lo que me rodea.
Hoy me ha acompañado una cigarra que, desde el jardín, se ha tirado toda la
tarde cantándole al sol. En realidad es un macho, porque sólo los machos
cantan; y no le canta al sol, sino a las hembras (de su especie, se entiende),
para atraerlas. Se tira un buen rato cantando, luego para otro rato y vuelta a
empezar. Si cada pausa entre serenata y serenata significa que está echando un
polvo, esa cigarra es mi ídolo, porque lleva así todo el día. Seguro que el muy
cabrón sí que siente el verano.
Ahora canta.
Es un ansioso.


















