viernes, noviembre 22

¿Soy un friki?



            Hace unos meses, mi hijo mayor, Óscar (26 tacos), me comentó que yo era un friki. Cuando le pregunté por qué decía eso, me contestó: “Porque te gustan los cómics”. Me quedé perplejo; en primer lugar, porque cuando yo era niño, a todos los niños les gustaban los cómics, y nadie consideraba esa afición como un signo de frikismo. Entre otras cosas porque por entonces aún no existían los frikis. En segundo lugar, porque yo no me siento friki; es más, los frikis me ponen un poquito nervioso.

            Aunque, claro, todo depende de lo que entendamos por “friki”. Veamos lo que dice la RAE al respecto: "friki. (Del ingl. freaky). 1. adj. coloq. extravagante, raro o excéntrico. 2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante. 3. com. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición." Y ahora lo que dice la Wikipedia: “Friki o friqui (del inglés freak, extraño, extravagante, estrafalario, fanático) es un término coloquial para referirse a una persona cuyas aficiones, comportamiento o vestuario son inusuales.1 Al conjunto de aficiones minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki, como puedan ser la ciencia ficción, la fantasía, los cómics, el manga y la animación, entre otros”.

            Respecto a la definición de la RAE, no me considero pintoresco ni extravagante y no practico desmesurada ni obsesivamente ninguna afición. Soy un poco raro y un tanto excéntrico, es cierto, pero ambas características pueden aplicarse a gran variedad de asuntos, aparte del frikismo.

            En cuanto a lo que dice la Wikipedia, ni mi comportamiento ni mi vestuario son inusuales. De hecho, eso es lo que más nervioso me pone de los frikis: su empeño en vivir en un mundo irreal. En mi opinión, un friki es aquel que permite que sus aficiones se conviertan en una obsesión e invadan su vida normal. Por ejemplo, disfrazándose de sus héroes de ficción, o hablando klingon, o discutiendo durante horas sobre quién es más rápido, Flash o Superman. Eso suena a caricatura, pero no lo es, al menos no del todo. Un friki ama tanto su afición (o detesta tanto el mundo real), que intenta convertirla en realidad mediante un simulacro que, al menos a mí, me resulta un poquito patético; sobre todo cuando el friki lo es como refugio ante su incapacidad para relacionarse con el mundo real. Ya sabéis, el típico adolescente gordo y granujiento, sin habilidades sociales y que tartamudea cada vez que se cruza con una chica. ¿Otra caricatura? Seguro que sí, aunque esa clase de gente existe, no lo dudéis. Pero la mayor parte de los frikis no son así.

            Porque hay otro aspecto en la definición de la Wikipedia que todavía no hemos considerado: las aficiones inusuales. Y ahí sí, lo reconozco, me han pillado; porque, sin ir más lejos, entre los ejemplos que menciona el texto hay tres que comparto: me gustan la ciencia ficción, la fantasía y los cómics (todo lo cual hace que mi hijo Óscar me considere un friki).

            Pero, ¿basta con tener aficiones poco comunes para ser un friki? Creo que ésa es una condición necesaria, pero no suficiente, así que no, no basta. A mí me interesa la cultura popular; de hecho, mi trabajo está relacionado con ella. Me gusta la literatura (y el cine) de género; y no sólo la ciencia ficción y la fantasía, sino también el terror, el thriller, el histórico, el western... Me gustan los cómics, aunque últimamente ando un poco desorientado. Me gustan las series de TV. Y no solo consumo esa clase de productos, sino que además leo ensayos y artículos sobre ellos.

            Pero, atención, nada de eso me obsesiona. Ninguna de esas actividades se entromete en mi mundo real. Aunque... eh... en fin, puede que eso no sea del todo cierto.

            Voy a hablaros de algunas cosas que hay en el salón de mi casa. Por ejemplo, de las catorce figuritas de Tintín que tengo repartidas por la habitación; son de resina, muy caras, y me encantan. Algunas, la mayoría, me las han regalado y otras me las he comprado yo; por ejemplo, cada vez que gano un premio me regalo una. También hay un poster enmarcado en la pared; es la portada de La isla negra, de Tintín. Tengo otros dos; uno en el pasillo –Las siete bolas de cristal- y otro en el despacho –El tesoro de Rackham el Rojo-.

            Si entramos en mi despacho, veremos  otras tres láminas de Tintín, si bien más pequeñas, colgando de las paredes. Sobre una mesita descansa una reproducción del Fetiche Arumbaya del álbum La oreja rota. En unas baldas hay seis figuritas pequeñas, también de Tintín, pero de plástico. Y dos tazas con las efigies de Tintín y Haddock. Y, entre medias, una taza con el logotipo de The Twilight Zone. Y a la derecha una figurita de El Coyote.

            Sobre los estantes de las librerías hay más figuritas: Dos reproduciendo personajes de Watchmen –Búho Nocturno y El Comediante-, y otra un bonito Terminator articulado. Y ocho preciosos robots de hojalata. Ah, en la pared situada frente a mi escritorio cuelga un enorme cartel enmarcado de la película King Kong de 1933. Y en la pared de detrás tengo dos reproducciones de viejas y coloristas portadas de la revista de ciencia ficción Amazing Stories; una anuncia e ilustra una novela llamada “Suicide Squadrons of Space” y la otra “Fish Men of Venus”. Y todo eso sin mencionar los libros y objetos que no están a la vista.

            Pues bien, ¿no será que, de algún modo, permito que la  ficción se entrometa en el mundo real? ¿Y no hay síntomas, al menos en lo que respecta a Tintín, de cierta obsesión?

            Para nada; ya he dicho que me interesa la cultura popular desde un punto de vista intelectual. Además, muchos de esos objetos me producen placer estético. Hergé era un extraordinario grafista y su merchandising es el más cuidado que conozco. Por otro lado, esos objetos me traen buenos recuerdos y son muy decorativos...

            Maldita sea, ¿a quién quiero engañar? Soy un jodido friki; y eso, a mi avanzada edad, resulta tan inmaduro como patético.

            ¿O no?

jueves, noviembre 14

Qwerty


 
            Hace años, mi buena amiga y gran escritora Care Santos me pidió para su página Web un pequeño texto que iba a sumarse a otros textos que sus amigos escritores le habían obsequiado. Decidí utilizar una vieja idea de mi cuaderno de ideas, una pequeña historia llamada Qwerty. La escribí, y el resultado no me gustó. Dejé pasar un tiempo y volví a escribirla. Mal. Y al cabo de unos meses la escribí de nuevo, con idénticos deplorables resultados.
             Era desesperante; se trataba de una historia muy sencilla, pero no lograba que quedara bien, no transmitía lo que quería que transmitiese. Así que la dejé en stand by... y me olvidé por completo del asunto. Hasta que, años después, me acordé, revisé lo que había escrito y me di cuenta al instante del estúpido error que había cometido: en los primeros tres intentos, por algún motivo, me había empeñado en escribir en tercera persona, cuando era un texto que pedía a gritos la primera persona. Entre otras cosas, porque no es una historia inventada, sino algo que me sucedió a mí cuando tenía veintipocos años. Espero que no haya quedado mal del todo.

            Qwerty
           by César Mallorquí
 
            Añoro la voz de las máquinas de escribir, el tabaleo de los tipos percutiendo contra la cinta entintada y el papel. Hace muchos años, antes de la Edad del Silicio, esa voz, ese sonido, era el rumor de fondo de las oficinas y el tam-tam de los escritores. Mi padre era escritor, así que la percusión de su máquina de escribir fue la banda sonora de mi niñez.
           Cuando yo tenía catorce años, durante el verano, mi padre se empeñó en que aprendiese a escribir al tacto; es decir, empleando los diez dedos de las manos y sin mirar el teclado. Me compró un método, el Caballero, y me obligó a hacer una página diaria de ejercicios.
           asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj...
           Y así con todas las letras, una y otra vez. Fue un soberano coñazo, pero aprendí en un par de meses, y hoy le estoy infinitamente agradecido a mi padre. Suya fue la primera máquina de escribir que tuve; una viejísima Underwood con un teclado tan duro que parecía un banco de musculación dactilar, y con unos tipos móviles cuya tendencia natural, paradójicamente, era inmovilizarse al encallar los unos contra los otros. Posteriormente adquirí una Olivetti, más moderna y algo menos dura. Y luego...
            La primera vez que probé un procesador de textos –el Wordperfect- debió de ser a finales de los 80. Aún recuerdo con nitidez la experiencia; me senté frente al ordenador y comencé a juguetear sin saber muy bien cómo funcionaba. A los cinco minutos ya me había dado cuenta de que aquel programa era la mejor herramienta de escritura que jamás se había inventado. Una hora más tarde, me sentía como quien, después de trasladarse toda la vida en un viejo Seiscientos, empuña de repente el volante de un Ferrari.
            En ese preciso instante, mi vieja y querida Olivetti se convirtió en un fósil. La informática supuso para las máquinas de escribir lo que el asteroide que se estrelló contra el Golfo de México para los dinosaurios.
           Poco a poco, y en todas su variedades –mecánicas, eléctricas, electrónicas-, las máquinas de escribir fueron desapareciendo del mundo hasta extinguirse por completo. Y una nueva especie, un darwiniano salto evolutivo, ocupó su nicho ecológico: los ordenadores.
           Pero los ordenadores son mudos, no tienen voz. O, mejor dicho, sí que la tienen; pero ese ridículo cliqueo que hacen los dedos al impactar contra las teclas suena afónico, sin brío, como un balbuceo o como las bielas de un motor desajustado. Desde luego, nada que ver con el vigoroso tamborileo de los tipos de una máquina de escribir.
           Los seres humanos somos especialmente sensibles a los instrumentos de percusión. Todas las culturas del mundo, pasadas y presentes, han usado tambores. Gaitas no, e instrumentos de cuerda tampoco; pero una u otra forma de tambores, todas sin excepción. De hecho, es muy probable que la música, allá en el pasado más remoto, surgiera precisamente de la percusión. Supongo que a algún cromañón le dio por golpear con un palo un tronco hueco, y al resto de los homínidos les pareció una buena idea. El caso es que la percusión, la forma más diáfana del ritmo, nos afecta de un modo muy primario, como si incidiese directamente en lo más profundo y primitivo de nuestro sistema nervioso.
           ¿Y qué era una máquina de escribir, sino, entre otras cosas, un instrumento de percusión? Su sonido parecía mero ruido, y desde luego no era música (aunque quizá sí música atonal), pero hablaba, decía algo. Decía: eh, aquí hay alguien que está escribiendo. Y te informaba de si lo hacía rápido o deprisa, de si intercalaba muchas pausas y de cuándo empezaba a, o dejaba de, trabajar. Había algo cálido y cercano en ese sonido, era la partitura de una de las más nobles actividades humanas. Y a veces, muy ocasionalmente, ese sonido decía más de lo que cabría esperar.
           Permitidme que os cuente una pequeña historia.
           Ocurrió hace mucho tiempo, a mediados de junio del 76 o del 77; yo contaba veintipocos años y aún iba a la universidad. Se acercaba el final del curso y tenía que entregar un trabajo para no recuerdo qué asignatura; pero, como siempre, lo había dejado para el último momento, así que lo tuve que escribir de un tirón, pese a que era condenadamente largo.
            Estaba solo en casa. A primera hora de la tarde, me senté frente a la máquina de escribir, en mi dormitorio, y comencé a teclear. Pasaron las horas y se hizo de noche, y seguí escribiendo hasta bien entrada la madrugada. Hacía calor, así que tenía la ventana abierta. La ventana daba al patio interior de la casa, que se comunicaba con los patios de los edificios contiguos. Al fondo se divisaban las farolas de la calle paralela a la mía.
           Es curioso lo que ocurre cuando pasas mucho tiempo escribiendo de noche. Todo está en silencio; la única lámpara encendida es la que hay sobre tu escritorio, un tenue resplandor orientado hacia abajo que deja en penumbras la periferia de la habitación. Estás ahí, dentro de una burbuja de luz, rodeado por un mundo oscuro e impreciso. A veces, el sentido del espacio se altera y todo parece alejarse. En otras ocasiones, cada detalle adquiere una nitidez sobrenatural. La atmósfera se densifica, el tiempo se ralentiza; es como estar dentro de un cuadro de Edward Hooper.
            Pero aquella noche había algo distinto: el silencio no era total. Del exterior llegaba el golpeteo de otra máquina de escribir. Sonaba cerca, a no más de quince o veinte metros de distancia, aunque no procedía de mi edificio, sino probablemente de la casa contigua. Desde mi habitación no se distinguían las ventanas de esa vivienda, de modo que me resultaba imposible comprobar si alguna estaba iluminada.
            El caso es que ahí estábamos, dos mecanógrafos nocturnos interpretando un improvisado dueto. Lo cierto es que resultaba agradable. El repiqueteo de aquella otra máquina de escribir quebraba la soledad, convirtiéndola en cercanía. Dos personas haciendo lo mismo, al mismo tiempo, mientras el resto del mundo duerme. Era reconfortante; como encontrar a un amigo en medio del desierto. Supongo que la voz de mi Olivetti provocaba similares sensaciones en el otro mecanógrafo.
            No recuerdo cuánto duró aquello; varias horas, desde luego. A veces él hacía pausas, a veces las hacía yo; la mayor parte del tiempo escribíamos simultáneamente. Pero entonces, a eso de las tres de la madrugada, ocurrió algo: ambos dejamos de escribir a la vez y la noche quedó en absoluto silencio. Y, de pronto, tuve una idea...
            ¿Conocéis la musiquilla de Una copita de Ojén? Todo el mundo la conoce: un toque, pausa breve, cuatro toques, pausa larga y dos toques. Ta... ta-ta-ta-ta... ta-ta.
            Pues bien, alcé una mano y pulsé cinco teclas con el ritmo del inicio de aquella estrofa musical. Ta... ta-ta-ta-ta...
           Un breve silencio.
           Y entonces me llegó la voz de la otra máquina de escribir completando la estrofa con dos toques seguidos: ta-ta.
            Otro silencio.
            El vello se me erizó y noté un cosquilleo en la nuca. Acababa de suceder algo mágico. La pausa duró unos minutos y luego ambos reanudamos la escritura.
            Han transcurrido muchísimos años desde entonces; demasiados. Nunca averigüé la identidad del otro mecanógrafo; ignoro si era hombre o mujer, joven o viejo. No lo sé y jamás lo sabré; aunque, en el fondo, creo que es mejor que sea un misterio. Lo que sí sé es que pocas veces en mi vida me he sentido tan cerca de alguien como aquella noche me sentí de ese desconocido.

 

miércoles, noviembre 6

Estoy enfadado



            Estoy cabreado. Lo estoy por muchos motivos, algunos privados, otros públicos. Y me jode, porque últimamente me han sucedido cosas buenas y debería estar contento, feliz como una perdiz. Pero no, estoy cabreado. Qué mala suerte...

            Para colmo de males, de todos mis motivos de cabreo sólo uno me afecta directamente, y es el menos importante. Los demás motivos están relacionados con otras personas, o con el país en el que vivo. Y eso es chungo, porque lo me afecta a mí puedo manejarlo a mi manera, pero ante lo que le sucede a los demás no puedo hacer nada. Y me siento impotente, enfadado y preocupado. Me preocupan tantas cosas sobre las que no tengo control...

            Unas vez le oí decir a un etólogo que el sentimiento básico de los mamíferos superiores en la naturaleza es el miedo. Miedo a no comer o a ser comidos. Lo comprendo; también el miedo es el sentimiento básico de la humanidad. Miedo a no conseguir trabajo o miedo a perderlo, miedo a quedarte sin casa, miedo al desarraigo, miedo al desprestigio social, miedo a la enfermedad, miedo al futuro (que es el temor más terrible)...

            En realidad, el miedo es una herramienta de supervivencia. Te hace evitar los peligros; y, si no queda más remedio, enfrentarte a ellos con más energía, sea corriendo o sea luchando. Pero ¿qué ocurre cuando no se puede huir y no hay nada ni nadie en concreto contra lo que luchar? A eso se le llama estrés. Y el miedo se queda ahí, retroalimentándose a sí mismo. El miedo sin salida ofusca y paraliza. Eso lo saben bien los manipuladores sociales.

            Curiosamente, no tengo miedo. Hace siete años, un médico me anunció que iba a morir, que la enfermedad que tenía me iba a matar en breve. Fue extraño, porque no sentí miedo. Sentí asombro y distanciamiento; como si en vez de ser el protagonista de un drama fuera un mero espectador. Era como verme a mí mismo desde fuera. El caso es que llevaba mucho tiempo en el hospital, sin que nadie pudiera diagnosticar mi enfermedad. Y durante ese periodo sí que tuve miedo. Pero cuando me dijeron que iba a morir, el miedo desapareció.

            Afortunadamente, fue un error. Los médicos acabaron diagnosticando correctamente mi enfermedad, me sometí a un tratamiento y aquí estoy. Fue un proceso largo, penoso y duro, un proceso que, sin embargo, produjo un inesperado efecto: me libró del miedo a lo que pueda pasarme a mí. Veréis, cuando me dijeron que iba a morir, me quitaron la esperanza. Y cuando a una persona le quitan la esperanza, también le quitan el miedo. Porque en última instancia la causa del miedo es la expectativa de una pérdida; por eso, cuando ya no tienes nada que perder, el miedo se desactiva.

            No estoy curado; mi enfermedad no tiene cura. Pero puede cronificarse, mantenerse a raya, que es lo que los médicos han hecho conmigo. Hago vida normal, ni siquiera tomo medicinas, pero me someto a controles cada tres o cuatro meses. Y sé que, inexorablemente, mi enfermedad, ese monstruo dormido que llevo dentro, algún día despertará. Y entonces habrá que volver a luchar contra ella, y puede que me mate o puede que no. Quién sabe. Lo sorprendente es que, en el fondo, me da igual. Miento; no es que me de igual. Preferiría vivir, claro. Pero si no es así... bueno, no me da miedo. Creo que cuando se equivocaron anunciando mi muerte inminente, me vacunaron contra el miedo a morir. De un modo u otro, yo ya he muerto. Y no es tan malo como dicen.

            Por otra parte, desde entonces, desde hace siete años, tengo la sensación de estar viviendo un tiempo extra, un tiempo prestado por el que sólo puedo sentirme agradecido, pues me ha permitido seguir disfrutando de las personas que amo. Cuando ese tiempo acabe, será lo que sea, pero no una injusticia, porque nada tiene de injusto que los regalos no sean eternos. En realidad, para qué negarlo, he tenido mucha suerte.

            Mi enfermedad también fue muy instructiva; me enseñó muchas cosas sobre mí y sobre los demás. Al principio me cogió por sorpresa, con la guardia bajada, y me dejé llevar por la autocompasión. Y nunca me he dado tanto asco, nunca me he sentido tan miserable y despreciable. Me entran ganas de darme de bofetadas sólo de recordarlo. Y me juré que nunca, jamás de los jamases, utilizaría mi enfermedad como chantaje moral. Mi enfermedad no debía ser una carga para nadie, salvo para mí; mi enfermedad no debía obligar a nadie a hacer nada. Pasé dos meses ingresado en un hospital creyendo que me iba a morir. Cuando mis amigos venían a visitarme, yo bromeaba, me burlaba de mí mismo, simulaba el mejor humor posible. No quería que mi muerte fuera un drama, sino una comedia. No quería que los demás me recordaran con lágrimas, sino con una sonrisa. Las enfermeras me llamaban “el paciente paciente”, por la poca lata que daba. No quería ser una carga; eso me habría horrorizado.

            Aún recuerdo a Pepa, mi mujer, viniendo a verme cada día antes y después del trabajo. Se estaba machacando por mí, y eso me partía el corazón. Un día me enfadé con ella, le dije que no quería que viniese a verme tanto, que no me iba a pasar nada por estar solo (si algo sé manejar bien es la soledad); le dije que quería que descansase, que quería que se olvidase un poco de mí, que quería que estuviese con nuestros hijos. No quería convertirme en una carga para ella, ni para nadie, porque prefiero estar muerto que ser un pesado. Y no lo digo por altruismo, sino por dignidad.

            También recuerdo a Samael, mi gran amigo. Hurtándole tiempo al trabajo me visitaba todos los días al mediodía, aunque sólo fuera durante unos minutos. Yo bromeaba con él: ¿Otra vez aquí?, le decía. Pero qué pesado eres... Aunque en el fondo lo que me pedía el cuerpo era darle un abrazo y echarme a llorar de agradecimiento. Pero nada de dramas; ése era el lema.

            En realidad, si me paro a pensarlo, en cierto modo mi enfermedad ha sido una bendición. Me ha enseñado muchísimas cosas. Por ejemplo: la próxima vez que me muera lo haré mejor. Aparte de eso, me ha mostrado mis límites, y que esos límites están mucho más lejos de lo que yo pensaba. También me ha enseñado lo entrañables, desinteresadas y bondadosas que pueden ser las personas. Me ha enseñado que la muerte no es nada, absolutamente nada en el sentido más literal de la palabra. Lo único que importa es lo que ocurre antes. Me ha enseñado a respetarme a mí mismo no permitiéndome caer en la autocompasión. Me ha enseñado a valorar cada minuto de la existencia. Me ha enseñado que la mejor respuesta a un drama es la risa. Me ha enseñado que sólo soy un chiste y que eso no tiene nada de malo. No soy importante para nadie, ni siquiera para mí mismo, y eso es genial.

            Así que vivo un tiempo prestado y quizá soy un poquito más sabio que antes. Estupendo, ¿no?

            Entonces, ¿por qué demonios tengo que estar tan cabreado?

            NOTA: No sé por qué he escrito esto. Quería soltar vapor, supongo, así que me he puesto a escribir sin saber muy bien sobre qué. A veces, Babel es una catarsis. Y sin comerlo ni beberlo he hablado de mi enfermedad. No lo había hecho antes en el blog, nunca; aunque escribí entradas estando enfermo, y unas cuantas desde el hospital, con las manos temblándome tanto a causa de la cortisona que apenas podía pulsar el teclado. Pero nunca mencioné mi enfermedad.

            No quería que me vieseis como a un enfermo. Mi mundo analógico se había ido a la mierda, pero en el mundo digital yo seguía siendo el mismo de siempre. Necesitaba sentirme así y Babel fue entonces una gran ayuda para mí. Quizá por eso sigo escribiéndolo.

            No hay nada que me irrite más que la injusticia, el abuso con que los fuertes tratan a los débiles. No, no es que me irrite; es que me revuelve las tripas, me saca de mis casillas. Hay tantas injusticias en España que ya ni me quedan fuerzas para indignarme. Pero es que últimamente también hay muchas injusticias a mi alrededor, injusticias que afectan a personas a las que quiero, incluso injusticias que comenten personas próximas a mí. Y ya estoy harto de tanta mierda. No me he muerto ni he resucitado para eso...

            Joder, qué enfadado estoy.

miércoles, octubre 30

Otra vez Halloween


 
            Otra vez Halloween; la noche en que los espíritus de los muertos caminan entre los vivos. Ya sabéis que me encanta esta fiesta pagana incrustada en el corazón del cristianismo. Y también sabéis hasta qué punto me parecen tontos esos argumentos contrarios que se quejan de Halloween porque es una tradición importada. ¿Acaso la Navidad es una fiesta autóctona? Pues no. Ni la Semana Santa; ni, si vamos a eso, tampoco Todos los Santos, que fue una festividad cristiana creada para superponerse al Samhain, la fiesta celta que es el precedente de Halloween. Y el Samhain sí que es autóctono, pues hasta hace menos de medio siglo se seguía celebrando en Galicia y en el norte de Cáceres. Además, demonios, qué más dará si una fiesta es o no producto nacional; lo importante es que sea divertida. Y Halloween es divertidísimo para los niños. Aunque, claro, puede que haya quien piense que ir a rezar a un cementerio es mucho más excitante que disfrazarse de monstruo y salir por ahí pidiendo chucherías. Claro, hombre; dónde va a parar. El poder de la oración, sí señor.

            Samhain era el fin de año celta; de hecho, marcaba el final de la temporada agrícola. Y también el comienzo de la oscuridad. Durante una noche, los fantasmas de los muertos regresaban al mundo; y los vivos, para contentarlos e impedir que los devoraran, les dejaban comida fuera de las casas (de ahí la petición de chucherías de Halloween).

            ¿Sabéis?, empiezo a pensar que España se está convirtiendo en una especie de Samhain/Halloween sin pizca de gracia. Pensad en toda la gente que no tiene trabajo, ni futuro, ni esperanza, en aquellos que rebuscan en los contenedores o son asiduos de los comedores sociales. Son como muertos vivientes, sombras, espíritus hambrientos, fantasmas.

            Y ahora pensad en lo poquísimo que hacemos por esa gente, en los cada vez más escasos subsidios, en las pensiones no contributivas, en los asilos públicos, en la caridad... ¿No se parece eso mucho a la comida de Samhain o las chucherías de Halloween? Les damos a los espíritus lo justo para que no se enfurezcan y así evitamos que nos devoren.

            Pero eso no puede durar; Halloween no es eterno, sólo es una noche. Aunque, claro, luego llega la oscuridad. Y en esa oscuridad, los muertos vivientes pueden despertar a una bestia terrible, parda y gamada, un monstruo brutal que, ese sí, podría devorarnos a todos. Mirad a los países de nuestro entorno; ya está comenzando a suceder.

            En fin, no nos pongamos sombríos de verdad, sino tenebrosos en broma. Disfrutad de la noche de los muertos; sois merodeadores, caminantes de las sombras, viajeros nocturnos; estáis hechos para las tinieblas.

            Feliz Halloween/Samhain, amigos.

            ¿Truco o trato?

martes, octubre 22

Querido profesor Zarco


 
 
Profesor Ulises Zarco
SIGMA. Sociedad de Investigaciones Geográficas, Meteorológicas y Astronómicas.
C/ Almagro 9. Madrid. España. Octubre de 1923


Querido profesor Zarco:

            Hasta hace unos cuatro años, usted y yo no nos conocíamos. De hecho, usted ni siquiera existía. Pero desde entonces hemos pasado juntos mucho tiempo, y creo que hemos aprendido a apreciarnos; aunque, reconozcámoslo, tiene usted un carácter endiablado. No, no es fácil tratar con usted. Vale, ni tampoco conmigo, es cierto. A fin de cuentas, parte de su personalidad proviene directamente de la mía.

            Nos vimos por primera vez en el capítulo inicial de La isla de Bowen, titulado “La inesperada visita de las damas inglesas”. Me encontré con un hombre de cuarenta y tantos años, alto, grande y fuerte, con un fiero mostacho, vestido con un terno blanco y tocado con un sombrero Panamá. Enseguida supe cómo era usted: inteligente, culto, honesto, valiente y leal, pero también brusco, malhumorado, impaciente, colérico, arrogante, vanidoso, sarcástico, excéntrico, intolerante y absolutamente machista. Todo un personaje, ¿eh? La verdad es que no dejo de preguntarme cómo es posible que, pese a su insufrible carácter, me caiga bien.

            Creo que porque es usted un ser exagerado, pero ni demasiado, ni demasiado poco. Si con esa personalidad se comportase usted de forma más moderada, sería un pelmazo antipático, y si se comportase de forma más extremada, sería una caricatura. Ese punto intermedio de exageración le convierte en lo que es: un hombre que se pasa la vida interpretando un papel; el de gorila. Pero yo sé que en el fondo tiene buen corazón; aunque, si quiere que le diga la verdad, lo que más me divierte de usted es su perenne mal humor, sus volcánicos cabreos y sus ácidos sarcasmos.

            Por aquel entonces yo me disponía a iniciar un largo viaje que acabaría superando las 500 páginas y me llevaría más de un año. Era un proyecto absurdo, un sinsentido; me proponía regresar al corazón de un género muerto y enterrado. Pero no podía hacerlo solo; le necesitaba a usted, profesor. Y a más gente; un grupo de personas que me acompañarían en esa loca travesía. Y como íbamos a estar juntos mucho tiempo, procuré que fuese la clase de gente que me gusta.

            El primero, después de usted, en ser reclutado fue Samuel Durango, el fotógrafo de la expedición. Es su polo opuesto, profesor; un joven discreto, algo tímido, de carácter taciturno, y atormentado por su pasado y por las experiencias vividas durante la Gran Guerra. El problema era que Samuel acabaría siendo de vital importancia para nuestro viaje; pero a su lado, profesor, quedaría eclipsado. Así que le concedí una ventaja sobre usted: le di voz propia a través de las páginas de su diario.

            La segunda en sumarse fue Lady Elisabeth Faraday. También parece su polo opuesto, pues usted es todo brusquedad, mientras que ella es pura cortesía. Pero hay algo en lo que son iguales: ella tiene tanto carácter y determinación, o más, que usted. Mano de hierro en guante de terciopelo. Durante mucho tiempo creí que usted sería el alma y el motor de nuestra expedición, pero me equivocaba: es ella. Lady Elisabeth lo inicia todo; usted, a fin de cuentas, no hace más que seguirla. Me gusta esa mujer de ideas avanzadas, culta, tan decidida como amable, con mucho sentido del humor y una voluntad de acero. Es la clase de mujer que me atrae. Supongo que me entiende, profesor; a fin de cuentas, se ha casado usted con ella.

            Luego llegaron el resto de los personajes. Kathy, la hija de Elisabeth, que también es importante para la historia, pero que no me acaba de caer del todo bien; se parece a su madre, pero no tiene su sentido del humor. Y el tranquilo Adrián Cairo, su mano derecha, profesor. Y el paternal Gabriel Verne, capitán del Saint Michel. Y el apocado químico Bartolomé García. Y el estoico Aitor Elizagaray, primer oficial del navío.

            Hay muchos más personajes, por supuesto, como Aleksander Ardán, su rival en esta historia, pero son secundarios. El caso es que ya había reunido un grupo de gente con la que me apetecía iniciar un viaje a lo desconocido. Así que lo iniciamos. Calculo que la singladura/escritura duró más o menos un año. Para usted, profesor, fue un viaje geográfico, pero para mí fue un viaje en el tiempo.

            Primero tuve que desplazarme a mediados de los años 60, cuando yo era un niño y devoraba novelas de autores como Julio Verne, H. G. Wells, Stevenson, Doyle, Oliver Curwood o London, sin olvidar los comics de Hergé y de Hugo Pratt, ni las películas de Raoul Walsh, Howard Hawks o Richard Fleischer. Quería recuperar el “aroma” de todas esas maravillosas historias. Lo cual me llevó a desplazarme al último tercio del siglo XIX y el primero del XX, para zambullirme en los esquemas narrativos de la novela clásica de aventuras. Unos esquemas que ya nadie utiliza. Menuda locura.

            Viajamos juntos, profesor, durante muchos meses de intenso periplo. Y alcanzamos nuestra meta, llegamos al punto final del relato. ¿Bravo? No, yo estaba hecho polvo. ¿Qué demonios había hecho? Ahí tenía una larguísima novela de quinientas páginas, perteneciente a un género que ya no existe, escrita de un modo que ya nadie emplea y de difícil catalogación editorial. Estaba convencido de que había escrito una cagada.

            Tras el prólogo, la historia se desarrolla de forma lenta al principio. ¿Demasiado lenta? Todo, en ese primer tramo, lo fiaba ahí a las relaciones entre los personajes, pero ¿funcionaban? Y sobre todo, ¿qué clase de libro era ése? Estaba inspirado por un clásico de la literatura juvenil, Julio Verne, pero al mismo tiempo era una de las novelas más adultas que he escrito (por sus referentes nostálgicos). Y encima, quinientas páginas. Aquello era un desastre.

            Se la di a leer a tres personas de mi confianza y a todas les gustó. Algo más tranquilo, envié el texto al Premio EDEBÉ... y ganó. Luego comenzaron a llegar las críticas, las mejores y más entusiastas de mi carrera. Y las alabanzas de propios y extraños. Y después gané el premio Templo de las Mil Puertas. Y Babelia la eligió la mejor novela juvenil del año. Y luego vino la candidatura al Celsius. Y después la novela fue escogida para la Lista de Honor del IBBY. Y, por último, la semana pasada obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Es abrumador.

            Y me abrumó. Ese insospechado éxito me bloqueó, me precipitó a una crisis creativa (algo que nunca antes había experimentado). No podía escribir; ni tan siquiera imaginar historias. Estaba paralizado, porque no sabía cómo había hecho lo que había hecho, ni, sobre todo, cómo repetirlo. En cierto modo, el éxito es una carga más pesada que el fracaso.

            Afortunadamente, ya salí del hoyo y he podido volver a escribir. Lo único que me queda es satisfacción y agradecimiento a todas las personas que confiaron en el texto, y a todo el mundo que se alegró con mi alegría. Al final, La isla de Bowen ha resultado ser una aventura mucho más grande y gozosa de lo que yo pensaba.

            Y en gran medida se lo debo a usted, profesor. Todos los que han leído la novela le eligen como su personaje preferido. Y eso a pesar de su pésimo carácter. Pero ése es el milagro de la literatura. Leer una buena aventura es estupendo; vivirla, ya no tanto. Leer a un personaje como usted es divertido, pero tratar con él en la vida real, no demasiado que digamos.

            En cualquier caso, gracias de corazón, profesor, porque me ha dado usted mucho, muchísimo. Pero ya se acabó, llega el momento de decirnos adiós. Fue bonito mientras duró...

            Aunque me resisto, coño; una voz en mi interior me susurra: “Vuelve a viajar con él”... Y no me atrevo. Y tampoco me atrevo a no atreverme. Otra vez estoy liado.

            Sé que no querría volver a hacer lo mismo, no me plantearía de nuevo escribir una novela clásica de aventuras. Eso ya lo he hecho. Elegiría otro género aventurero. El pulp, probablemente. Es decir, un ritmo más rápido desde el principio y una trama más... truculenta, supongo. De hecho, ya tengo algún retazo del argumento; quizá la búsqueda de Shangri-La. Me divertiría mucho verle a usted rodeado de pacíficos lamas tibetanos. Pero todo eso plantea problemas.

            La isla de Bowen está basada en referentes literarios “nobles”, por así decirlo. Pero el pulp tiene muy poco de noble. Así que no podría inspirarme en ningún autor en concreto, sino sólo en los temas y el ambiente. Aunque, sí... podría poner un poquito de Lovecraft, otro poco de James Hilton, una pizca de Sax Rohmer, un pelín de Doyle... ¿Le gustaría enfrentarse a Fu Manchú, profesor? ¿Ayudado quizá por el hijo secreto de Sherlock Holmes e Irene Adler? ¿Explorar templos dedicados a dioses -o demonios, si es que hay diferencia- arcanos? ¿Viajar al Tíbet? Podríamos, profesor, dividir el texto en diferentes subgéneros del pulp, uno distinto por cada capítulo... Pero bueno, ya estoy dejando volar la imaginación...

            La isla de Bowen es, en el fondo, una extravagancia, algo que hacía tanto que no se hacía que parece nuevo. Pero una segunda aventura perdería originalidad, ya no sorprendería. Ese es el principal problema. Y también que necesito refrescarme la mente con otras historias, con otros personajes.

            De modo que, por ahora, no volveremos a viajar juntos. Nos quedaremos un tiempo en el dique seco. Pero me gusta esa idea de meter varias temáticas del pulp en la misma novela, así que pensaré en ello. Le daré muchas vueltas, no lo dude.

            Entre tanto, hasta que llegue el momento de volver a encontrarnos en el Saint Michel, le doy de nuevo las gracias, profesor. Muy pocos de mis personajes me han dado tantas satisfacciones como usted.

            Un cordial saludo y hasta pronto

            César Mallorquí

 

NOTA: Me gustaría señalar que, al otorgarse el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil a La isla de Bowen, se ha premiado una novela “clásica” de aventuras. Es cierto y es lo que todo el mundo ha destacado. Pero quizá se ha pasado por alto algo importante: La isla de Bowen también es una novela de ciencia ficción. Así que la ciencia ficción ha obtenido un Premio Nacional. Parece que, poco a poco, va cambiando la percepción del género.

martes, octubre 15

Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil



Queridos amigos, acabo de enterarme de que he ganado el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por La isla de Bowen.
¡Bien!

viernes, octubre 11

Gravedad



            Amo el cine casi tanto como amo la literatura. De hecho, como escritor suelo utilizar técnicas de narrativa cinematográfica en mis textos. No soy el único que lo hace; la literatura del siglo XX está influida por el cine, igual que el cine estuvo influido por la literatura desde su nacimiento. Son artes primas hermanas.

            Como lector, ha habido grandes hitos en mi vida, libros que me han maravillado, que me han cambiado aunque sólo sea un poquito. De entre todos ellos destaca, con gran diferencia uno que leí cuando tenía 17 o 18 años; en realidad dos: Ficciones y El aleph, de Jorge Luis Borges. Nunca había leído nada igual; fue una especie de epifanía, como cruzar una puerta que te conducía a un universo paralelo. En realidad, leer los relatos de Borges supuso una experiencia que trascendió lo literario y me llevó a... no sé, lo metafísico, lo numinoso, o quizá más bien lo lisérgico. ¿Podemos llamarlo experiencia iniciática? Pues como escribo yo y el blog es mío, podemos. Fue como tomarse un tripi.

            El equivalente cinematográfico de esto ocurrió cuando, teniendo yo 16 años, fui con mi padre a ver 2001: Una odisea del espacio. Levité sobre el asiento. Vamos a ver, yo era un pirado de la ciencia ficción y, de repente, veía de forma absolutamente verosímil lo que tantas veces había leído. Es decir: nunca había visto nada igual; aquello era un experiencia totalmente nueva. Tened en cuenta que, hasta entonces, los efectos especiales más elaborados habían sido los de, no sé, Planeta prohibido quizá. Y son de barraca de feria, podéis comprobarlo en YouTube. Pues bien, de repente te encuentras con unos efectos totalmente realistas y te quedas con la boca abierta. De hecho, pese a los 44 años que han transcurrido desde su estreno, y pese a estar realizados con la clásica técnica analógica del caché/contracaché, los efectos de 2001 siguen siendo asombrosamente eficaces.

            Pero no solo era la perfección técnica de la película, sino también los temas que trataba -clásicos de la cf: el primer contacto, la exploración espacial, la inteligencia artificial-, la majestuosa dirección, la música, las coreografías en gravedad cero... En fin, no voy a enrollarme. 2001 era, y es, sobre todo un grandísimo espectáculo, con sus rutilantes 70 mm proyectados en una pantalla gigantesca. Fue una experiencia del todo nueva, una experiencia que trascendía lo narrativo para adentrarse en lo puramente sensorial. Eso sí que era como tomarse un tripi. De hecho, así se anunció la película: 2001 a space odyssey. It's a trip.

            Más  tarde vi en el cine otros grandes espectáculos visuales basados en efectos especiales: Star Wars, Encuentros en la tercera fase, Matrix, El señor de los anillos, la más bien tonta Avatar... Pero, con independencia de lo mucho o poco que me gustaran esas películas, ninguna supuso la experiencia alucinada que fue para mí 2001. La verdad es que, saturado como estoy por la sobreabundancia de efectos especiales cada vez más perfectos, pensaba que ya nada podría sorprenderme. Me equivocaba, porque lo importante no es la perfección técnica de los efectos, sino el uso que se haga de ellos.

            El pasado domingo tuve el gozoso privilegio de volver a zambullirme en la misma epifanía que sentí cuando presencié 2001. Vi algo que jamás había visto, una experiencia sensorial y lisérgica totalmente nueva. Vi Gravity, de Alfonso Cuarón. Y me quedé con la boca abierta.

            Tanto 2001 como Gravity están ambientadas en el espacio, pero no pueden ser más distintas. 2001 es una historia grandiosa que abarca millones de años y afecta a toda la humanidad, mientras que Gravity es una historia pequeña que sólo atañe a un par de personas. Por otro lado, cabría preguntarse si mi afición a la ciencia ficción no influye en lo mucho que me gustan ambos films. Y la respuesta es sí, claro que influye. Pero hay algo más. Desde siempre, el firmamento nos ha fascinado; tanto, que hemos situado allí la morada de los dioses. Y también ha formado siempre parte de la poesía; ¿cuántos poetas han hablado del Sol la Luna y las estrellas? El firmamento, el espacio exterior, es poesía cósmica. La música de las esferas. 2001 trasmite esa poesía, una poesía fría y grandiosa que me recuerda a los versos de Borges. Gravity también emana poesía, pero una poesía íntima y cálida; aunque en el fondo, ambos films son epopeyas.

            La historia de Gravity es muy sencilla: Durante un paseo espacial rutinario, dos astronautas, la doctora Stone y el veterano Kowalsky, -interpretados por Sandra Bullock y George Clooney- sufren una accidente causado por el impacto de los restos de un satélite contra el transbordador espacial en el que viajaban. Ambos se quedan flotando en el espacio y su única posibilidad de volver a la Tierra es llegar a la lejana estación espacial china, que cuenta con una cápsula de reentrada.

            Todo el metraje del film simula la gravedad cero (de ahí el título), y la mayor parte del tiempo los personajes están enfundados en trajes espaciales. De hecho, la película comienza con un plano secuencia de 17 minutos (¡) que muestra el paseo espacial de tres astronautas y el accidente.

            Los efectos especiales son (casi) perfectos. Eso significa que lo que vemos parece totalmente real. Por otro lado, la cámara se mueve en gravedad cero, vuela. Si os paráis a pensarlo, todas las películas son bidimensionales, porque la cámara está, o se desplaza, en un plano de dos dimensiones (el suelo). También hay movimientos de grúa que añaden la tercera dimensión, es cierto, pero sólo ocasionalmente. En Gravity, la cámara siempre se mueve majestuosamente en un espacio de tres dimensiones donde no existe el arriba y el abajo.

            Por otro lado, a la fascinante belleza de las imágenes se une la no menos fascinante coreografía de la gravedad cero, donde cada acción lleva consigo una reacción. Si empujas algo hacia delante, te verás proyectado hacia atrás con la misma fuerza. Eso ocurre con todos los objetos y personajes que aparecen en pantalla, componiendo un hipnótico ballet espacial coreografiado por Newton.

            Pero nada de eso pasaría de ser un ejercicio de estilo si Cuarón hubiese descuidado los aspectos narrativos y dramáticos de la historia, cosa que no sucede. Por el contrario, el espectador empatiza con la doctora Stone –el trabajo de Sandra Bullock es espléndido-, sufre con ella, lucha con ella, se mete por completo en su piel. Reconozco que en más de un momento me vi a mí mismo aferrado a los brazos de mi butaca por la tensión y el suspense. Hay muchas secuencias maravillosas en esta maravillosa película, pero dos se me han quedado especialmente grabadas. Una, cuando la doctora Stone llega a una estación espacial y, ya en su interior, se quita el traje y se queda flotando en posición fetal. Es como un parto (ella ha vuelto a nacer), pero también, creo, un pequeño tributo a 2001. La segunda secuencia es un primer plano de la doctora Stone llorando, una de las imágenes más poéticas que he visto en mi vida. No explicaré por qué para evitar spoilers.

            Hay un tema controvertido: las 3D. Hasta ahora, se me antojaba una chorrada que lo único que valía es para restar luminosidad a la proyección. En ninguna de las películas que he visto en ese formato –incluida la tan cacareada Avatar- me ha parecido que las 3D aportasen nada. Así que, después de tres experiencias negativas, dejé de ver películas con las gafitas de marras.

            Pero leí varias críticas donde se decía que en este caso las 3D eran imprescindibles, de modo que volví a ponerme las gafas polarizadas. Afortunadamente. Es la primera película que he visto donde las 3D contribuyen significativamente a la experiencia cinematográfica. Entre otras cosas porque, como he dicho antes, en este film la cámara se mueve en tres dimensiones. Sea como fuere, las extraordinarias 3D de Gravity contribuyen a que te metas más en la historia, a que la sensación casi física de estar allí, flotando en el espacio, sea abrumadora.

            ¿Es  Gravity un film de ciencia ficción? Pues la verdad es que no; toda la tecnología que aparece en pantalla se corresponde con la actual. Aunque, por otro lado, hay una estación espacial china, y los chinos tienen previsto situar en órbita su estación para el año 2023. Así que la película transcurriría al menos diez años en el futuro. Pero da igual; si te gusta la ciencia ficción, el film de Cuarón te encantará. Y si no te gusta, también.

            En fin, amigos míos; en la anterior entrada os recomendaba un libro un poco friki. En ésta os recomiendo una gran película para todo el mundo. Id a verla, en las puñeteras 3D, porque vale la pena. Es espectacular, es poética, es emocionante, es grandiosa e intimista a la vez, es algo que nunca antes habéis visto, una experiencia sensorial totalmente nueva.

            ¿Qué demonios hacéis ahí sentados leyendo esto? ¡Corred a ver Gravity! ¿Acaso no ha quedado claro que es una pequeña –o grande, no sé- obra maestra?
 
 

miércoles, octubre 2

Los buenos libros malos: Tríptico de Asclepia



            Una de las escasas utilidades de Babel es compartir con los conspicuos merodeadores algo que me haya gustado, y es lo que voy a hacer ahora. Pero antes, una confesión: de cuando en cuando el cuerpo me pide leer “basura inteligente”. Al decir “basura” me refiero a novelas que cuentan historias disparatadas, escasamente (o nada) vinculadas con la realidad y sin ninguna pretensión metafórica, novelas cuyo único objetivo es entretener al lector.

            ¿Por qué “basura”? En realidad, estoy empleando el término que usaría, y usa, la crítica literaria culta para referirse a esa clase de libros. Son basura porque cuentan historias absurdas, porque están escritos con prosa, en el mejor de los casos, meramente funcional y porque son productos comerciales sin ambiciones artísticas. El alcance de este criterio dependerá de lo pequeño o grande que sea el filtro que emplees.

            En lo que a mí respecta, dentro del saco de la basura literaria entran muchísimos autores, como Dan Brown, Stephanie Meyer, Clive Cussler o E. L. James, por citar sólo algunos nombres conocidos. No los leo, porque son malos y me aburren. De hecho, la mayor parte de las novelas que se consideran meros productos de entretenimiento, lo único que consiguen es sumirme en el tedio. Eso es, para mí, basura a secas.

            Y ahí es donde entra el adjetivo “inteligente”. Novelas con tramas disparatadas, sin pretensiones de ningún tipo, cuyo único objetivo es entretener, pero... pero narradas con talento, imaginación, cuidado por el detalle y respeto a la inteligencia del lector. ¿Eso es basura? No lo sé, quizá desde cierto punto de vista lo sea; pero, en cualquier caso, basura honesta e inteligente. ¿Ejemplos? El padrino, de Mario Puzzo, La trilogía Milenium de Stieg Larssen, Las Fundaciones de Asimov, Los asesinatos de Manhattan de Preston & Child o La isla de las tormentas, de Ken Follett. Basura inteligente.

            O lo que Chesterton definía como el placer inconfesable de los “buenos libros malos”. Por ejemplo, el Tríptico de Asclepia, de Ian Tregillis, compuesto por las novelas Semillas amargas, La guerra más fría y Un mal necesario (Random 2013).

            Vi Semillas amargas, el primer tomo de la trilogía, en una librería. Parecía literatura juvenil, pero no lo era. El texto de contraportada rezaba: “En los albores de la Segunda Guerra Mundial las fuerzas nazis cuentan con superhombres y las británicas con demonios de la naturaleza. Pronto, un hombre normal y corriente se verá atrapado entre los dos bandos”. ¿Por qué compré un libro así? No sabía nada de él ni de su autor, pero tuve una premonición: con una trama tan disparatada, o aquello era una mierda infumable o era un bocado exquisito. Las probabilidades estaban 99 a 1 a favor de la primera opción, pero el libro era barato, así que, qué narices, lo compré. Como no quería que se quedara haciendo bulto en mi pila de pendientes de lectura, lo comencé a la primera de cambio, convencido de que lo iba a mandar a la mierda a las 20 páginas.

            Pero, mira tú qué cosas, me enganchó. Mucho. Y me sorprendió. Intentaré explicar por qué.

            Veamos el argumento: En 1939, Raybould Marsh, un agente secreto británico, se dirige a Tarragona, en plena Guerra Civil, donde un técnico cinematográfico alemán va a pasarle una información de vital importancia sobre el régimen nazi. El técnico muere, misteriosamente abrasado, pero Marsh logra recuperar parte de esa información: un chamuscado rollo de película donde pueden verse superhombres en acción. Porque un científico loco alemán, el Doktor Von Westarp, se dedicó a comprar huérfanos en los años 20 y a someterlos a atroces operaciones quirúrgicas en las que la mayor parte de los niños morían. Pero a los que sobrevivían les conectaba una batería al cerebro y se convertían en superhombres. Cada uno con su especialidad.

            Uno podía volar, otro hacerse invisible, otro atravesar paredes, otro lanzar llamas como la Antorcha Humana, una joven que ve el futuro, un telequinético capaz de aplastar un rascacielos con un simple acto de voluntad, unas gemelas telépatas... ¿Quién creéis que es el superhombre más poderoso? Si habéis respondido que la chica que ve el futuro, premio, porque los demás poderes son propios de superhombres, pero el suyo corresponde a una semidiosa. De hecho, ella, Gretel, es el titiritero en la sombra que maneja los hilos de la trama.

            Volvamos a la historia. Hitler llega al poder y anexiona los  superhombres de Von Westarp a su ejército, creando el Götterelektrongruppe, una fuerza de ataque con poderes sobrehumanos. Y comienza la Segunda Guerra Mundial, con los ejércitos alemanes invadiendo alegremente toda Europa gracias al poder de los superhombres nazis.

            Toda Europa, salvo Inglaterra, que se defiende como puede. El MI6 (la agencia de inteligencia exterior inglesa) ha creado una sección llamada Asclepia, cuyo objetivo es combatir a los superhombres. Para ello, localizan y reclutan a un reducido grupo de brujos, cuyo único poder es hablar enoquiano, el lenguaje primigenio, lo que les permite entrar en contacto con los eidolones, unos seres sobrenaturales que habitan en los intersticios de la realidad, y que son capaces de manipular el espacio, el tiempo y los elementos naturales.

            Gracias a los pactos con los eidolones, Asclepia modifica el clima, creando una ola de mal tiempo que impide durante meses la invasión alemana de Inglaterra. Pero hay dos problemas: Los eidolones exigen precios de sangre, y esos seres odian a la humanidad. En cualquier caso, el bloqueo climático de la isla hace que los norteamericanos no intervengan en la guerra, y da tiempo a los rusos para avanzar hacia Berlín y derrotar al Reich.

 
            La segunda novela, La guerra más fría, transcurre a comienzos de la década de los sesenta. La Unión Soviética, triunfadora de la guerra, domina toda Europa, salvo las Islas Británicas. Además, los rusos se apropiaron de la tecnología de Von Westarp y se han dedicado a fabricar perfeccionados superhombres soviéticos. La guerra fría está a punto de calentarse. Ahora bien, la ciencia de Von Westarp es evidentemente perversa (y muy nazi); pero la “magia” inglesa de Asclepia es igual de perversa, o más. Y el libro termina con un cataclismo.

            La tercera novela, Un mal necesario, es un viaje en el tiempo que nos devuelve al escenario del primer título: la Segunda Guerra Mundial, donde todo es igual y a la vez diferente. Y no cuento más para no caer en spoilers.

            ¿Una historia disparatada? Desde luego, y además escrita con una prosa meramente funcional. Sin embargo, la trilogía te coge por las solapas, te engancha y no te suelta hasta el punto final. Es francamente divertida, y voy a intentar explicar por qué.

 
            1. El Tríptico de Asclepia es una historia de ciencia ficción. Incluso la magia que aparece es limitada y está perfectamente reglamentada, lo que impide sacar conejos de la chistera y nos libra del típico deus ex machina.

            Vamos a ver, ¿podemos suspender la incredulidad y aceptar que existen superhombres nazis, brujos y poderosos eidolones? Pues aceptando eso, la historia se desarrolla con absoluta coherencia, lógica y seriedad. Pese a lo friki del tema, es un texto muy adulto.

            2. Aunque son tres novelas, se trata de una misma historia continuada –dividida, eso sí, en tres partes bien diferenciadas- que tiene un principio (o dos) y un final (o dos). La trama es compleja, y mucho más cuando entra en escena el viaje en el tiempo; pero se sigue con facilidad. Porque el texto está muy, pero que muy bien narrado, tanto en las escenas intimistas como en las de acción, con un ritmo medido que no decae en ningún momento, y un excelente manejo del misterio y el suspense.

            3. El texto está muy bien documentado y ambientado. Los españoles podemos comprobarlo en los primeros capítulos, que transcurren en la Guerra Civil, pero esa meticulosidad se detecta en decenas de detalles (aquí fue donde descubrí lo de las emisoras de números). De hecho, aunque Tregillis es norteamericano, las novelas parecen escritas por un inglés.

            4. En general, uno de los principales defectos de esta clase de textos es el insuficiente diseño de los personajes, que suelen ser planos y arquetípicos. No es el caso. Por el contrario, una de las principales bazas del Tríptico son los personajes. Se trata de seres humanos auténticos, con sus virtudes, sus defectos, sus debilidades y sus contradicciones.

            Pongamos el caso de Marsh, el protagonista; un hombre honesto, pero terco, a veces colérico y siempre rígido. Un tipo,  de hecho, más bien antipático. Y sin embargo, el lector empatiza con él. O un caso más extremo: Tregillis logra que el lector sienta piedad y simpatía por un asesino nazi, algo nada fácil de conseguir.

            De entre los demás personajes destacan Will Beauclerk, aristócrata inglés y brujo enoquiano, simpático, un tanto tarambana, pero también un hombre torturado por los remordimientos. Y Gretel, por supuesto, la supermujer capaz de ver, no solo el futuro, sino las diferentes líneas de futuro posibles; una auténtica hija de puta, pero no por ser nazi, sino por ser totalmente ajena a la humanidad. O Klaus, su hermano, un pobre tipo sometido a los oscuros tejemanejes de Gretel. O Reinhardt, la salamandra humana, un cabrón necrófilo...

            Creo que lo que más me ha sorprendido del Tríptico es el excelente diseño de personajes, algo poco común en la literatura popular.

            5. En general, las novelas populares suelen ser complacientes. El bien y el mal están claros, los buenos triunfan y los héroes son recompensados. De nuevo, éste no es el caso. De hecho, pocas novelas he leído donde el autor maltrate tanto a sus personajes. Lo pasan todos fatal; sobre todo Marsh, el protagonista, que sufre una putada detrás de otra, hasta el final. Un final, por cierto, aparentemente feliz, pero en el fondo triste y desesperanzado.

            6. Dice el autor en el epílogo: “Los libros de Asclepia siempre han sido, en el fondo, un intento de contar una historia de aventuras entretenida”. En efecto, lo son: una divertidísima e inteligente historia de aventuras, sin más pretensiones que las de entretener. Sin embargo, no por ello deja de plantear interesantes cuestiones morales. ¿El fin justifica los medios? ¿Lo hace o no lo hace en cualquier circunstancia? ¿Es lícito combatir el mal con el mal?

            En el Tríptico, la frontera entre el bien y el mal es difusa. Hay villanos absolutos, por supuesto (difícil no encontrarlos entre los nazis), y también villanos relativos que son en el fondo víctimas; pero lo que no hay ni remotamente es héroes sin tacha. Los protagonistas a veces se comportan como malvados; y, sobre todo, se equivocan muchísimo. Son seres humanos.

            Leí el Tríptico este verano, casi de un tirón; 1.500 páginas. Me lo pasé bomba. A decir verdad, hacía tiempo que no leía una novela de ciencia ficción tan divertida. Y, por favor, entended lo que quiero decir con “ciencia ficción”: se propone un hecho irreal por disparatado que sea (superhombres y eidolones en este caso), y a partir de ahí la historia debe desarrollarse con absoluta lógica y coherencia. Esa es la base de la buena ciencia ficción, y lo que encontraréis en esta trilogía. El único problema es que la traducción, por decirlo con suavidad, es muy deficiente. Pero la historia tiene tanta fuerza que hasta te olvidas de eso. Aún así, si podéis leerlo en inglés, mejor.

Si os gustan las ucronías, los relatos ambientados en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, las historias de viajes en el tiempo, si os parece divertida la idea de superhombres nazis (a fin de cuentas, de eso iba el nazismo, ¿no?), si os gustan las novelas de aventuras, si os apetece leer algo ligero y adictivo que os permita olvidaros de esta realidad de mierda, entonces, amigos míos, os recomiendo que leáis el Tríptico de Asclepia.

            ¿Basura inteligente? Quizá; pero prefiero, como Chesterton, hablar de buenos libros malos.