Hace unos meses, mi hijo mayor,
Óscar (26 tacos), me comentó que yo era un friki. Cuando le pregunté por qué
decía eso, me contestó: “Porque te gustan los cómics”. Me quedé perplejo; en
primer lugar, porque cuando yo era niño, a todos los niños les gustaban los
cómics, y nadie consideraba esa afición como un signo de frikismo. Entre otras
cosas porque por entonces aún no existían los frikis. En segundo lugar, porque
yo no me siento friki; es más, los frikis me ponen un poquito nervioso.
Aunque, claro, todo depende de lo
que entendamos por “friki”. Veamos lo que dice la RAE al respecto: "friki. (Del ingl. freaky). 1. adj. coloq. extravagante,
raro o excéntrico. 2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante. 3. com.
coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición."
Y ahora lo que dice la Wikipedia: “Friki
o friqui (del inglés freak, extraño, extravagante, estrafalario, fanático) es
un término coloquial para referirse a una persona cuyas aficiones,
comportamiento o vestuario son inusuales.1 Al conjunto de aficiones
minoritarias propias de los frikis se denomina frikismo o cultura friki, como
puedan ser la ciencia ficción, la fantasía, los cómics, el manga y la
animación, entre otros”.
Respecto a la definición de la RAE,
no me considero pintoresco ni extravagante y no practico desmesurada ni
obsesivamente ninguna afición. Soy un poco raro y un tanto excéntrico, es
cierto, pero ambas características pueden aplicarse a gran variedad de asuntos,
aparte del frikismo.
En cuanto a lo que dice la
Wikipedia, ni mi comportamiento ni mi vestuario son inusuales. De hecho, eso es
lo que más nervioso me pone de los frikis: su empeño en vivir en un mundo
irreal. En mi opinión, un friki es aquel que permite que sus aficiones se
conviertan en una obsesión e invadan su vida normal. Por ejemplo, disfrazándose
de sus héroes de ficción, o hablando klingon, o discutiendo durante horas sobre
quién es más rápido, Flash o Superman. Eso suena a caricatura, pero no lo es,
al menos no del todo. Un friki ama tanto su afición (o detesta tanto el mundo
real), que intenta convertirla en realidad mediante un simulacro que, al menos
a mí, me resulta un poquito patético; sobre todo cuando el friki lo es como
refugio ante su incapacidad para relacionarse con el mundo real. Ya sabéis, el
típico adolescente gordo y granujiento, sin habilidades sociales y que tartamudea
cada vez que se cruza con una chica. ¿Otra caricatura? Seguro que sí, aunque
esa clase de gente existe, no lo dudéis. Pero la mayor parte de los frikis no
son así.
Porque hay otro aspecto en la
definición de la Wikipedia que todavía no hemos considerado: las aficiones
inusuales. Y ahí sí, lo reconozco, me han pillado; porque, sin ir más lejos,
entre los ejemplos que menciona el texto hay tres que comparto: me gustan la
ciencia ficción, la fantasía y los cómics (todo lo cual hace que mi hijo Óscar
me considere un friki).
Pero, ¿basta con tener aficiones
poco comunes para ser un friki? Creo que ésa es una condición necesaria, pero
no suficiente, así que no, no basta. A mí me interesa la cultura popular; de
hecho, mi trabajo está relacionado con ella. Me gusta la literatura (y el cine)
de género; y no sólo la ciencia ficción y la fantasía, sino también el terror,
el thriller, el histórico, el western... Me gustan los cómics, aunque
últimamente ando un poco desorientado. Me gustan las series de TV. Y no solo
consumo esa clase de productos, sino que además leo ensayos y artículos sobre
ellos.
Pero, atención, nada de eso me
obsesiona. Ninguna de esas actividades se entromete en mi mundo real. Aunque...
eh... en fin, puede que eso no sea del todo cierto.
Voy a hablaros de algunas cosas que
hay en el salón de mi casa. Por ejemplo, de las catorce figuritas de Tintín que
tengo repartidas por la habitación; son de resina, muy caras, y me encantan.
Algunas, la mayoría, me las han regalado y otras me las he comprado yo; por
ejemplo, cada vez que gano un premio me regalo una. También hay un poster
enmarcado en la pared; es la portada de La
isla negra, de Tintín. Tengo otros dos; uno en el pasillo –Las siete bolas de cristal- y otro en el
despacho –El tesoro de Rackham el Rojo-.
Si entramos en mi despacho,
veremos otras tres láminas de Tintín, si
bien más pequeñas, colgando de las paredes. Sobre una mesita descansa una reproducción
del Fetiche Arumbaya del álbum La oreja
rota. En unas baldas hay seis figuritas pequeñas, también de Tintín, pero
de plástico. Y dos tazas con las efigies de Tintín y Haddock. Y, entre medias,
una taza con el logotipo de The Twilight
Zone. Y a la derecha una figurita de El
Coyote.
Sobre los estantes de las librerías
hay más figuritas: Dos reproduciendo personajes de Watchmen –Búho Nocturno y El Comediante-, y otra un bonito
Terminator articulado. Y ocho preciosos robots de hojalata. Ah, en la pared
situada frente a mi escritorio cuelga un enorme cartel enmarcado de la película
King Kong de 1933. Y en la pared de
detrás tengo dos reproducciones de viejas y coloristas portadas de la revista
de ciencia ficción Amazing Stories;
una anuncia e ilustra una novela llamada “Suicide Squadrons of Space” y la otra
“Fish Men of Venus”. Y todo eso sin mencionar los libros y objetos que no están
a la vista.
Pues bien, ¿no será que, de algún
modo, permito que la ficción se
entrometa en el mundo real? ¿Y no hay síntomas, al menos en lo que respecta a
Tintín, de cierta obsesión?
Para nada; ya he dicho que me
interesa la cultura popular desde un punto de vista intelectual. Además, muchos
de esos objetos me producen placer estético. Hergé era un extraordinario
grafista y su merchandising es el más
cuidado que conozco. Por otro lado, esos objetos me traen buenos recuerdos y
son muy decorativos...
Maldita sea, ¿a quién quiero
engañar? Soy un jodido friki; y eso, a mi avanzada edad, resulta tan inmaduro
como patético.
¿O no?












