sábado, marzo 29

Porno


 
            Que quede claro desde el principio: no tengo nada en contra de la pornografía. Es más, estoy a favor; creo que el porno cumple una beneficiosa función social: aliviar tensiones. De hecho, no existe la menor relación entre el consumo de pornografía y un aumento de los delitos sexuales, sino más bien al contrario.

            Luego está lo de la cosificación de la mujer, que es cierto: en las películas porno la mujer suele aparecer única y exclusivamente como objeto sexual. Pero lo mismo ocurre con los hombres; o aún peor, porque en el porno heterosexual (el mayoritario) los hombres cumplen una función exclusivamente mecánica y siempre focalizada en la mujer. Es lógico, porque los mayores consumidores de porno somos lo hombres, así que lo que nos interesa es la mujer, no ese tipo que está con ella y que encima tiene una tranca de lo más acomplejante. Por eso las actrices porno, en general, están mucho mejor pagadas que los actores.

            En cuanto a los actos degradantes que muestran las películas porno, pues en fin, es cuestión de opiniones. Reconozco que hay modalidades de porno que harían vomitar a una cabra (al menos, mi cabra vomita cuando las ve), pero ¿quién soy yo, o mi cabra, para juzgar lo que dos –o más- adultos decidan hacer con mutuo consentimiento? Que lo hagan por dinero no importa, porque son libres de hacerlo o no. Ah, ¿que la necesidad les obliga a hacer cosas que no harían en otras circunstancias? Pues supongo que en muchos casos sí. Pero lo mismo sucede con tantísima gente que se ve obligada a hacer trabajos infectos por un sueldo de mierda. ¿O es que no es deplorable trabajar ocho horas al día en una cadena de montaje? Eso sí que es cosificación, y no un par de sesiones de sexo grabado.

            Pero es que practicar sexo por dinero es lo más indigno que pueda concebirse, dirá alguien. Y yo responderé: ay, que chunga es la moral judeocristiana. El sexo, el gran tabú. Nos han metido en el coco que el sexo es algo sucio, indigno, animal y repugnante, y que sólo puede practicarse cuando está bendecido por el más puro de los amores y, a ser posible, con el objetivo de la procreación. En cuanto a follar por diversión... bueno, si lo hace un hombre se comprende (ya sabemos cómo son los hombres), y si lo hace una mujer es que es una puta. ¡Chorradas! Y, además chorradas patriarcales.

            La pornografía no es más que la representación simulada de fantasías. Pero, atención, las fantasías sexuales sólo tienen sentido en su propio contexto, el de la fantasía, y de ningún modo implican el deseo real de llevarlas a la práctica. Pondré un ejemplo: ¿Sabéis cuál es la fantasía sexual más recurrente en las mujeres? Que un hombre las fuerce, a veces muy violentamente, a realizar el acto. Es decir, que las violen. Eso suele confundir a muchos. ¿Las mujeres quieren que las violen? Por supuesto que no: las mujeres (no todas, claro) quieren fantasear con ser violadas, que es muy diferente. Porque en una fantasía de violación, la mujer tiene el control, pero en una violación real quien tiene el control es el hijo puta del violador.

Y con los hombres pasa lo mismo. Imaginad que un día vais, que sé yo, a un zapatería y, mientras os estáis probando unos mocasines, la dependienta, un tía buenísima, empieza a gemir y retorcerse al tiempo que se acaricia los pechos y te suplica que la tomes ahí mismo, sobre la moqueta. No sé lo que haríais vosotros, pero creo que yo, tras comprobar si hay cámaras ocultas, saldría pitando de allí, porque una tía que se comporta de esa forma no puede ser normal. Pues bien, lo que acabo de describir es una escena típica de cualquier película porno.

            De hecho, sostengo que hay tres géneros fílmicos que en realidad muestran universos paralelos al nuestro: las películas de artes marciales, los musicales y la pornografía. Todas estas modalidades de cine están ambientadas en un mundo aparentemente normal, hasta que de repente, sin venir a cuento, se quiebran las leyes de la lógica y, en un caso, todo el mundo rompe a dar saltos y patadas, en otro rompen a cantar y en el tercero rompen a follar. Por cierto, Sasha Grey protagonizó un corto satírico sobre los tópicos del género (podéis verlo pinchando AQUÍ; tranquis, no hay imágenes porno).
 
En resumen: creo que lo peor del cine pornográfico es lo aburrido, torpe y poco imaginativo que suele ser. Pero en las últimas dos décadas se ha producido un cambio tecno-social que altera las cosas de forma preocupante.

            La pornografía, de una forma u otra, ha existido siempre. Y cuando digo siempre, es siempre. En cuanto al cine porno, baste decir que los Lumière mostraron su invento en 1895, y la primera película erótica de la que se tiene constancia es de 1896, un año después. No hacía falta ser un lince para comprender que cine+sexo=negocio.

            Así que siempre ha habido pornografía. La cuestión era el acceso a ella. Ciñéndonos al cine, las primeras películas pornográficas no eran para exhibición pública, sino para el consumo privado de ciertos personajes adinerados. Por ejemplo, durante los años 20 nuestro rey Alfonso XIII sufragó la producción, a través del conde de Romanones, de una serie de películas porno que, por supuesto, sólo eran para disfrute del rey.

            Mucho después, aparecieron las primeras salas de cine X, de acceso muy controlado. En los 50, 60 y 70 se popularizó el cine doméstico (Ocho mm. y Súper 8), y por supuesto comenzaron a comercializarse películas porno en esos formatos. Pero verlas era un coñazo, porque había que desplegar una pantalla, montar la película en un proyector y apagar las luces (y luego desmontarlo y guardarlo todo). Más tarde llegaron el video y los DVD’s, lo que facilitaba mucho la adquisición de pornografía. Aun así, tenías que estar en una casa y disponer de una TV y un reproductor.

            Pero ahora... ¿Sabéis cuántas webs pornográficas hay en Internet? No, porque según he comprobado nadie lo sabe. He encontrado un informe de Google donde se afirma que tiene indexadas más de 260 millones de webs pornográficas. Pero ese dato es de 2003... En fin, el caso es que hay mucho porno en la Red. Y de todo tipo; cualquier variedad que se os ocurra, por retorcida que sea, y muchas variedades que no se os ocurrirían jamás. Todo eso al alcance de un clic; y, con los smartphones, en cualquier lugar. Jamás el acceso a la pornografía ha sido tan sencillo, omnipresente y, además, gratuito.

            Hace tiempo, cuando mi hijo mayor tenía doce años y el menor nueve, entré en su cuarto y les encontré partiéndose de risa delante del ordenador. Tras indagar un poco, descubrí que se estaban riendo de un fragmento de peli porno que un amigo les había enviado por correo. Eran apenas 20 segundos y las imágenes mostraban a un tío cagando sobre la cara de una chica...

            Hoy en día, todos los niños, todos y desde edades sorprendentemente tempranas, se inician en la sexualidad a través de las páginas web pornográficas. Ésa es toda la educación erótica que reciben. No sé lo que pensáis vosotros, pero a mí eso me estremece. Educarse sexualmente con el porno es como estudiar física con las pelis de Star Wars. Sencillamente, nada que ver con la realidad.

            Los niños no están suficientemente formados para comprender que lo que muestra el porno son fantasías y nada más que fantasías. Y tampoco comprenden que muchas de las cosas que muestran esas películas no tienen en realidad nada que ver con el sexo, sino con la técnica cinematográfica. Por ejemplo, las extrañas posturas que adoptan los actores porno no son ejemplos del Kamasutra, sino la forma de conseguir que la cámara pueda grabar con claridad los genitales en funcionamiento. O esa moda de la depilación brasileña, cuya única función en el porno es, de nuevo, eliminar el vello para que puedan verse bien los genitales. Nada de eso tiene que ver con el sexo real.

            Además, el sexo que aparece en el porno no es un sexo funcional, no es buen sexo. En el mundo real, las mujeres no son perras calientes ni los hombres descerebrados sementales en permanente celo (al menos, no todos). El porno, en realidad, elimina el erotismo, lo destruye. El porno reduce el sexo a la genitalidad, y el sexo es mucho, muchísimo más que eso. Sexualmente hablando, el porno es muy tosco. Porque, no lo olvidemos, sólo son fantasías representadas.

            Pero el auténtico problema no es la confusión que el porno puede provocar en la mente de los niños, sino que esos niños no van a recibir absolutamente ningún tipo de educación erótica. Nadie les va a hablar del sexo real, así que su única fuente de información será el porno en Internet. Ese es el problema.

            A mi modo de ver, lo execrable no es la pornografía, porque la pornografía es consustancial a nosotros y siempre va a estar ahí. Lo verdaderamente execrable es una moral hipócrita que cree que no hablando de sexo, el sexo va a desaparecer. Lo execrable son todos esos padres y madres biempensantes, muy religiosos ellos, que ponen el grito en el cielo cuando alguien propone educar sexualmente a los niños, o cuando alguien simplemente menciona la sexualidad delante de ellos, dejando de ese modo a sus hijos a merced de la ignorancia y las páginas pornográficas. Eso es lo execrable y lo preocupante.

           

viernes, marzo 21

Lectores



“Nunca pienso en el lector, porque el mayor acto de respeto hacia el lector es ignorarlo. Si piensas en el lector, ya sería algo falso porque no estarías haciendo lo que quieres. Yo escribo para mí, pero supongo que es para construir e investigar mi propio mundo poético y material”.

            El párrafo que he reproducido ahí arriba lo he extraído de una entrevista con un más o menos conocido presunto escritor, presunto narrador, presunto novelista que ya ha aparecido en esta tierra ignota de Babel. ¿Sabéis quién es? Ya sé que es difícil adivinarlo, pues pseudointelectuales dispuestos a decir soplapolleces los hay a paletadas. Os voy a dar una pista: es un autor que, literariamente hablando, en vez de ofrecerte delicioso chocolate suizo, te da Nocilla.

            ¡Premio! El escritor (aquí fue donde puse “escrotor”) en cuestión es el inefable Agustín Fernández Mallo -autor de la no menos inefable Trilogía Nocilla-, que hace unos meses, cuando dijo otra chorrada, ya tuvo su momento de gloria en este blog (aquí).

            El caso es que leí el comentario de AFM en una entrevista que le hicieron en El País, y me entraron ganas de comentarlo aquí, pero me pareció que era darle demasiada cancha al personaje. Más adelante, leí en el mismo periódico un artículo de Carlos Boyero en el que comentaba la bobada dicha por Mallo (calificándola de eso, de bobada). Y, como estaba claro que el destino así lo quería, recorté esa parte del texto para reproducirlo en el blog. Entre tanto, vi en una librería el reciente libro de Alfaguara que reúne los tres títulos del Proyecto Nocilla y... no, no lo compré (¿creéis que estoy tan loco?), pero si me quedé ahí un rato hojeando el libro, picoteando aquí y allá. No es una forma adecuada de leer, es cierto; pero en este caso da igual. Dado que no existe el menor hilo narrativo, puedes empezar a leer donde quieras para luego saltar a donde te dé la gana. Cierto es que si lo lees en diagonal no le encuentras sentido. Pero creo que si lo lees de principio a fin tampoco.

            Por  lo visto, AFM presume de no leer demasiada literatura. Se nota. Se nota mucho. Se nota muchísimo. Porque escribe rematadamente mal. Entendedme, no es que no me gusta lo que escribe, sino que lo que escribe, con independencia de que me guste o no, está incorrectamente escrito, con errores de sintaxis, un notable desconocimiento de las normas de puntuación y una severa dificultad para expresarse. Por lo demás, es una especie de collage con pensamientos supuestamente profundos que en su mayor parte son banales, un pretendido y pretencioso tono poético y unas reflexiones farragosas que, o están mal expresadas o no significan nada.

            Pero bueno, a lo que íbamos. Mi mala cabeza me hizo perder el recorte, así que busqué la entrevista en Internet. Y no la encontré, pero sí otras entrevistas, tres o cuatro, en las que Mallo decía lo mismo con más o menos las mismas palabras (como si se lo hubiese aprendido de memoria). Aunque en la entrevista de El País no decía “para construir e investigar mi propio mundo poético”, sino “mi propia poética”, que queda más cool. Pero bueno, vamos  a reflexionar sobre tan brillante frase.

            De entrada, justo es reconocer que AFM tiene razón en cierto sentido.  En cuanto al tema y al argumento, no debes basarte en lo que crees que pueda interesarle más a los lectores, sino en lo que te interesa a ti. Esa es la única forma de que tu texto sea auténtico y honesto. Si luego le interesa a los lectores o no es otra cuestión. Pero si escribes dependiendo de los intereses de los demás, lo máximo que llegarás a ser es un mercenario de las letras.

            Ahora bien, AFM añade a continuación: “Yo escribo para mí”. De hecho, acabo de encontrar otra entrevista donde afirma: “Yo escribo para mí, para investigar mi poética, creo que escribir para el lector es un error. La presunción de inteligencia en él te obliga a ser honesto en cuanto a tu poética”. ¿Veis?: dice poética. Dos veces.

            Una pregunta: Estimado AFM, si escribes para ti, si lo único que te interesa es investigar tu... eh... poética, todo lo cual me parece estupendo, ¿por qué demonios publicas? Porque al publicar tus textos conviertes ese supuesto acto de introspección en un acto de comunicación, lo que es muy distinto.

            Verás, es la misma diferencia que entre masturbarse y hacer el amor. Cuando te masturbas, lo haces pensando única y exclusivamente en tu propio placer. Dicho a tu manera: Te masturbas para investigar tu propia erótica. Ahora bien, cuando haces el amor, además de buscar tu placer, se supone que también debes contribuir al placer de tu pareja. De hecho, tu placer dependerá en gran medida del placer de ella. Así que, en vez de dedicar un escaso par de minutos a un apresurado mete-saca y luego a otra cosa, lo que debes hacer es postergar tu orgasmo (la más estimulante forma de procrastinación que existe, por cierto), acariciar, besar, decir cosas bonitas, ya sabes (supongo). Para que me entiendas: eso es narrar; lo que haces tú es masturbarte.

            Pues bien, si lo único que quieres es investigar tu... esto... poética, ¿no habría sido mucho más consecuente guardarte los textos y no enseñárselos ni a tu abuelita? Antes de morir, podrías dárselos a un amigo para que los quemara. Es lo que hizo Franz Kafka  con Max Brod. Lo que pasa es que Brod le traicionó y publicó los textos, haciéndole de paso un favor a Kafka -o al menos a su memoria- y a todos nosotros. En tu caso, no te preocupes: si eligieras a un auténtico amigo, te haría un favor (a ti y al resto del mundo) y los quemaría.

            Pero estoy siendo injusto; AFM no es el único ¿escritor? al que le he leído ufanarse de no escribir para los lectores. Hubo uno, lamento no recordar quién, que más o menos dijo: “Yo hago todo el trabajo al escribir un libro, así que le corresponde al lector el esfuerzo de leerlo”. Pues no, olvidado amigo, de ninguna manera. Ya sé que te has esforzado mucho en escribir tu libro, pero nadie te ha pedido que lo hagas. Además, el libro no lo regalas; el lector paga por él, así que tiene todo el derecho a exigir, porque los veinte eurazos que ha soltado podría haberlos dedicado a comerse unas gambas, o a comprar otro libro, así que debes darle un buen motivo para que elija el tuyo. Él es el cliente, y tú quien le proporciona un servicio.

            La novela es narrativa, y la narrativa consiste en contar una o varias historias. Lo cual significa que lo primero que debe tener un escritor es algo que decir, historias que contar. En cuanto al arte de narrar, consiste en contar historias de la forma más atractiva y efectiva posible, persiguiendo el placer del lector. Porque ése es el objetivo de toda forma de arte: el placer (estético, intelectual y/o emocional) de quién se expone a él.

Contar una historia de forma ardua, embarullada y aburrida ES FÁCIL. Lo puede hacer cualquiera, está al alcance del más inepto. Por el contrario, contar un historia de forma fluida, con interés, con inteligencia y provocando emociones ES DIFÍCIL. Para poder conseguirlo hace falta mucho aprendizaje, mucho tiempo y mucho esfuerzo.

            Además, ¿qué significa eso de “escribir para mí”? ¿Acaso aparte de escritor no eres lector? Pues entonces querrás que el autor, aunque seas tú, narre lo mejor posible. Salvo que tengas mucha manga ancha con ese autor que eres tú mismo, claro. O que no leas demasiada literatura, lo que explica muchas cosas.

            Me pondré de ejemplo. Como he comentado muchas veces, escribí La isla de Bowen para mí. Cierto género literario, la aventura clásica, me gustaba mucho y hoy casi no existe. Quería volver a leer una novela así, y como nadie la escribía, lo hice yo, sin importarme lo más mínimo si eso de la aventura clásica le interesaba a alguien más o no. Ahora bien, yo como lector le exigí a mi yo escritor que me contara una buena historia de forma atractiva y emocionante, respetando mi inteligencia y divirtiéndome. Que narrara bien, vamos; a fin de cuentas, es lo que me exijo siempre (aunque supongo que no siempre lo consigo).

            En resumen: Lo que quiero contar es asunto mío; la forma en que lo cuento pertenece al lector.           

domingo, marzo 16

Procrastinando


 
            Hace poco, durante mi participación en el Hay Festival de Cartagena de Indias, hubo alguna gente que insistió en llamarme “maestro”, lo cual significa dos cosas: que ellos eran muy amables y que yo soy muy viejo. Porque lo que no soy de ninguna manera es maestro de nada; no creo que ni siquiera llegue a la categoría de discípulo medianamente aplicado. Aunque, bien pensado, sí que soy maestro en algo: en el arte de perder el tiempo, de postergar las tareas, de procrastinar en definitiva.

            Anteayer me puse a escribir una entrada para Babel y, al poco de empezar, me ocurrió algo de lo más normal: cometí un error tipográfico al escribir una palabra cambiando una letra por otra. Pasa mucho, pero a veces resulta que la palabra que obtienes, aunque no exista, parece poseer cierto significado. En concreto, quería poner “escritor” y puse “escrotor”. Y esa nueva palabra, escrotor, se me antojó de lo más sugerente.

            Entonces un rayo cayó del cielo y, sin necesidad de decir Shazam, me transformé en el Capitán Procrastinador. ¿Cuántos neologismos podría inventar basándome en el término “escritor” (y afines), cambiando, quitando o poniendo sólo una letra. Una oportunidad como esa de perder el tiempo no se da todos los días, así que durante los siguientes diez o quince minutos me dediqué con un entusiasmo digno de mejor causa a confeccionar una lista de los nuevos palabros que se me ocurrieron. Ésta es:

 
            Escrotor: Escritor que escribe cojonudamente.

            Rescritor: Escritor que corrige mucho.

            Esgritor: Escritor que lo escribe todo entre admiraciones.

            Escretor: Escritor que escribe mierdas.

            Escrutor: Escritor que se documenta mucho.

            Escrisor: Monja literata.

            Escrior: Escritor muy joven.

            Escrigor: John Norman.

            Escriñor: Escritor español.

            Escrimor: Guionista de Chiquito de la Calzada.

            Escrilor: Escritor aristocrático.

            Descritor: Proust.

            Hescritor: Escritor analfabeto.

            Escristor: Escritor de temas religiosos.

            Escrintor: Escritor hípico.

            Escrithor: 1. Escritor épico. 2. Guionista de la Marvel.

            Esfritor: Escritor que hace novelas como churros.

            Culígrafo: Escritor que escribe con el culo.

            Escrivano: Escritor que escribe cosas sin importancia.

            Escrijano: Cervantes.

            Escrisano: Escritor en buen estado.

            Escrinano: Escritor pequeño.

            Escricano: Escritor maduro.

            Y esto es todo, amiguitos. Una vez más, tío César os ha demostrado que no hay actividad, por estúpida que sea, que no sea susceptible de convertirse en un buen motivo para perder lamentablemente el tiempo.

jueves, marzo 6

Universos paralelos



            No sé si os habéis fijado, pero ahí, a la derecha de la pantalla, hay una columna titulada Universos Paralelos donde aparece un listado con algunos de los blogs que sigo o seguía. Unos publican entradas habitualmente, otros de pascuas a ramos y otros ya no publican nada. Voy a hablaros de dos de ellos.

            El primero se llama Notas para lectores curiosos (pinchar AQUÍ) y su responsable es Elena Rius (que también es una insigne merodeadora de Babel). Se trata de un blog dedicado enteramente a la literatura y, que quede claro desde el principio, es el mejor blog literario que he encontrado. Me apresuro a precisar que no conozco personalmente a Elena (o, al menos, eso creo, porque mi memoria da pena). Hace tiempo, ella comentó algo en alguna de mis entradas y yo llegué a su blog a través de su comentario (basta con cliquear sobre el nombre). Automáticamente lo incorporé a mi lista de bitácoras favoritas. Todo lo que sé sobre Elena es que vive en Barcelona –a juzgar por su apellido, debe de ser catalana de pura cepa- y que es traductora. Bueno, sé más cosas porque he leído su blog, pero son inferencias, no datos.

            Hace unas semanas, estando en Cartagena de Indias, me fui después de comer a la habitación del hotel para disfrutar del bendito aire acondicionado. Me tumbé en la cama, cogí la tableta y, para pasar el rato, me puse a revisar los blogs que aparecen en mi selección de universos paralelos. El caso es que me detuve en Notas para lectores curiosos y ahí me quedé durante las siguientes dos horas. Hacía tiempo que no lo visitaba, así que fui de adelante hacia atrás leyendo con fruición cada entrada.

            Entonces, de repente, me di cuenta de algo: en cierto sentido, Elena y yo nos parecíamos. Ambos  somos no-ahora. De hecho, la anterior entrada de Babel se inspiró en Elena y su blog. Antes de seguir quiero aclarar algo: Elena Rius es una lectora mucho más culta y sofisticada que yo. Pero coincidimos en varios aspectos y, creo, también en la perspectiva con que contemplamos el hecho literario. Se puede saber mucho de la gente conociendo su bagaje cultural.

            Por ejemplo, en la anterior entrada Elena termina su comentario exclamando: “¡Larga vida a Guillermo y Tintín!”. Pues bien, cuando te encuentras con alguien que, como tú, ha leído y recuerda con cariño a Guillermo (Guillermo Brown, el personaje de Richmal Crompton), descubres muchas cosas sobre esa persona y te sientes instantáneamente identificado con ella. Al confesar su debilidad por Guillermo, Elena está diciendo que es una mujer independiente, con mucho sentido del humor, que le gusta ser diferente a los demás y que hay en ella un punto de rebeldía. Y lo más importante de todo: que aún conserva en su interior a la niña que fue.

            Y cuando le desea larga vida a Tintín, Elena nos dice que es una soñadora, una romántica, una aventurera intelectual, una persona imaginativa, ecléctica y desprejuiciada. Y que aún conserva en su interior a la niña que fue. Sé que me pongo pesado con eso, pero el niño interior es muy importante; de hecho, su presencia o no marca la diferencia entre estar vivo o muerto. En mi caso, el niño interior, ése que aún disfruta con Guillermo, es quien escribe mis novelas, así que no os extrañe si le estoy tan agradecido.

            Antes he dicho que Elena es una lectora culta y sofisticada. Su blog está muy documentado, es muy riguroso. Y sin embargo, en él no hay ni rastro de esnobismo o elitismo cultural. Todo lo contrario; mientras que muchos contemplan el canon literario como si fuera una catedral, para ella es un parque de atracciones. Elena sabe que, como decía Borges, el objetivo de la literatura es el placer del lector. Y en realidad de eso va su blog: del placer de leer. En sus electrónicas páginas nos ofrece atinadas recomendaciones, nos habla con igual respeto de la alta cultura y de la cultura popular, nos cuenta historias interesantes, nos aporta datos curiosos... ¿Conocéis a esa clase de personas tan aficionadas a la gastronomía que da gusto verlas comer? Pues bien, a Elena da gusto verla leer.

            Así que, sinceramente, no sé qué coño hacéis perdiendo el tiempo con las gilipolleces que escribo, cuando podríais estar disfrutando de ese estupendo blog que es Notas para lectores curiosos.

            Y ahora, si es que no me habéis hecho caso y os habéis ido todos a la bitácora de Elena, vamos a hablar del segundo blog: Planells fact & fiction (pinchar AQUÍ)

            ¿Sabéis?, a veces me pregunto qué será de La Fraternidad de Babel cuando yo muera. Se quedará ahí, congelada, como un fósil de mí mismo, como una parte de mi vida vista a través del cristal lento de Bob Shaw; pero ¿durante cuánto tiempo?

            Hay un instante de mi niñez que se me quedó grabado. Mi abuela me estaba leyendo un cuento, la historia de La Bella Durmiente, y en un momento dado me enseñó una de las ilustraciones del libro. Era el dibujo de un grupo de habitantes del reino en una  plaza; llevaban tanto tiempo dormidos que la hiedra había crecido sobre ellos y los espinos lo cubrían todo. Siempre me ha parecido una imagen fascinante.

            Bueno, pues así imagino Babel cuando yo muera. Un lugar silencioso y solitario que, en vez de hierba y espinos, se irá cubriendo poco a poco con el spam que suele llegar en sucesivas oleadas. Una foto ajada del pasado, un melancólico epitafio, una ruina.

            ¿Por qué me pongo tan fúnebre? La última entrada de Planells fact & fiction es del 30 de noviembre de 2011. Porque Juan Carlos Planells, su gestor, murió tres días después de publicarla, el 3 de diciembre, de un ictus cerebral. Es decir, su blog lleva más de dos años ahí, detenido en el tiempo, como el reino de la Bella Durmiente.

            ¿Y quién demonios era Juan Carlos Planells? Un fan de la ciencia ficción, uno de los más activos en su momento. Conocía su nombre desde los años 80, había leído algunos de sus cuentos y artículos, pero no le conocía personalmente. Hará unos cinco años, leí unos textos suyos sobre mi padre y su obra. Eran excelentes, muy documentados, pero contenían un par de errores, así que le escribí un mail que él, amablemente, contestó agradeciéndome la información. Ese fue todo el contacto que tuvimos.

            Planells fue uno de los nombres más señalados de la microhistoria del fandom CF español; lo cual, no nos engañemos, es muy poca cosa. No recuerdo ninguno de sus cuentos, y no he leído su única novela publicada, El enfrentamiento, así que ignoro qué tal escritor era. Según dicen, no demasiado bueno, pero con destellos de calidad. No lo sé. Ahora bien, lo que sí sé es que era un excelente articulista.

            Hace años, no sé cuántos, descubrí su blog y me hice adicto a él. Planells fact & fiction no trata sólo, ni principalmente, de ciencia ficción, sino sobre cine, novela negra, música pop, series de TV, sobre la propia vida de su autor... Es el mejor blog de cultura popular que conozco y por eso, pese a la desaparición de su gestor, sigue ahí, entre los universos paralelos. Un universo muerto, pero que vuelve a vivir cada vez que alguien lo lee.

            Más tarde, después de su muerte, supe algunas cosas más acerca de Planells, y no eran muy alegres que digamos. Por lo visto, murió solo, pobre, sin trabajo y desesperanzado. Tenía 61 años. Su historia, lo poco que sé de ella, me conmovió más de lo normal, porque me recordó la historia de mi hermano Eduardo (que ya narré en Babel). Si alguien quiere saber algo más sobre Planells, le recomiendo que lea la excelente semblanza que escribió Juanma Santiago, y a la que puede acceder pinchando AQUÍ.

            Siempre me han gustado los finales tristes; pero en literatura, no en la vida real. Qué le vamos a hacer. En cualquier caso, Planells fact & fiction es un blog excelente, absolutamente imprescindible para cualquier interesado en la cultura popular. No dejéis de visitarlo antes de que se cubra de hiedra y espinos.

miércoles, febrero 26

No-ahora


A veces me encuentro con gente que es como yo. Miento: afortunadamente, nunca he encontrado a nadie parecido a mí; lo que quiero decir es que de vez en cuando tropiezo con personas que tienen intereses similares a los míos. Lo cual ya es condenadamente raro. De hecho, creo que somos una especie de tribu urbana tan minoritaria y dispersa que ni siquiera tenemos conciencia de nosotros mismos. Ni nombre, aunque podríamos denominarnos los “no-ahora”, ya explicaré por qué.

            Los no-ahora de mi generación tuvimos en la niñez unas influencias claras: las historias de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, los comics de Tintín, los libros de Editorial Juventud y el cine clásico norteamericano. Guillermo Brown (cuyo primer libro se publicó en 1922) nos enseñó el sentido del humor, pero también fue el primer contacto con Inglaterra (algo importante, como veremos), y no con la Inglaterra de los 60, sino con la del periodo de entreguerras. Tintín nos abrió las puertas al mundo de la aventura y la fantasía y la pasión por el viaje a lugares exóticos. Los libros de editorial Juventud incidían en lo mismo (a fin de cuentas, esa editorial también publicaba los álbumes de Tintín): aventuras reales en sitios remotos, como las de Thor Heyerdahl y la Kon Tiki o las de Michel Peissel en el Himalaya. En cuanto al cine norteamericano, era lo que más veíamos por TV. Westerns, policiacos de los 40, aventuras, el terror de la Universal, bélico, comedia...

            Hubo más influencias, por supuesto. Autores como Julio Verne, H. G. Wells, Emilio Salgari, Stevenson, Jack London, Arthur Conan Doyle, P. G. Wodehouse, James Oliver Curwood, Edgar Alan Poe, P. C. Wren, H. Rider Haggard... Y comics como Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Rip Kirby, Mandrake el Mago, Brick Bradford, Zarpa de Acero, Kelly Ojo Mágico, El Príncipe Valiente, Asterix... Ese fue el caldo de cultivo del que surgimos los no-ahora, y a partir de ahí desarrollamos nuestras peculiares características.

            Los no-ahora adultos nos consideramos lectores eclécticos. Podemos leer a autores de prestigio mezclándolos con novelas que harían vomitar a un académico. En realidad, lo que nos va es la literatura de género, sobre todo el fantástico, la ciencia ficción y la novela negra. Ahora bien, nuestros referentes culturales son, en su mayor parte, anglosajones (¿por culpa de Guillermo Brown?). De hecho, adoramos Inglaterra.

            Sí, ya lo sé, Inglaterra tiene muchas cosas criticables (comenzando por su familia real), pero nos gusta, qué le vamos a hacer. De entrada, porque uno de los rasgos idiosincráticos de ese país es el sentido del humor, y los no-ahora valoramos mucho el humor. Además, la Inglaterra que nos gusta no es la del presente, sino la del pasado. La época victoriana y la eduardiana (que se extiende hasta el reinado de Jorge V) y el periodo de entreguerras. Adoramos los clubes de caballeros y las sociedades geográficas, las aventuras coloniales (aunque detestamos el colonialismo), la rancia aristocracia rural, Sherlock Holmes, Jack el Destripador (es un decir), el rey Arturo, el Museo Británico o, si nos adelantamos un poco en el tiempo, el Londres pop de Carnaby Street y los Beatles.

            A los no-ahora nos interesa mucho la historia, sobre todo ciertos periodos: la prehistoria, el imperio egipcio, el romano, la Edad Media, el siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial. En particular, los dos últimos. El XIX y primer tercio del XX nos fascina, porque en ese siglo se mezcla lo antiguo con lo moderno, el pensamiento mágico con la ciencia. Además, el conocimiento del mundo es más amplio, pero todavía hay grandes zonas del planeta sin explorar. Por aquel entonces se descubrió Macchu Picchu, las fuentes del Nilo, la tumba de Tutankamon, se conquistaron los polos, se encontró Troya... Y se inventaron la fotografía y el cine para documentarlo. También fue una época de extraordinarios descubrimientos científicos e inventos tecnológicos.

            En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, no nos interesa el aspecto militar, eso es secundario, sino el hecho de que en esa guerra puede que el bien no estuviese (sobre todo al final) del todo claro, pero el mal, ay amigos, el mal estaba clarísimo, niquelado, con eso nazis que sin duda han sido los más deleznables e inhumanos villanos. Por otro lado, esa guerra es un una línea trazada en la historia, una frontera que marca un antes y un después. Todo cambió radicalmente. Y todas las historias de aquel entonces, todas las heroicidades y todas las canalladas, y los espías... A los no-ahora nos encantan los espías, por eso tampoco le hacemos ascos a la Guerra Fría.

            También nos gusta la geografía. Simplemente con escuchar ciertos nombres nos ponemos a soñar: Port Said, Lhasa, Uxmal, Cabo Norte, Gobi, Tierra de Francisco José, Mar de Ross, Cajamarca, Montañas de la Luna, Bucaramanga... Suena de maravilla “Bucaramanga”, ¿verdad? Pues a veces la realidad lleva la contraria, porque yo he estado en Bucaramanga (Colombia, departamento de Santander) y puedo garantizaros que es un pueblo feo y deprimente. Aunque, eso sí, con un nombre precioso.

            A los no-ahora nos chiflan los conocimientos chorras, inútiles y sorprendentes. Nos encanta saber que el misterioso Artefacto de Antiquitera (87 a. C.) era en realidad un proto-ordenador astronómico, que el borrador de la Declaración de Independencia de Estados Unidos fue escrito sobre papel de cáñamo (marihuana) o que a veces los fotones poseen la curiosa propiedad de estar en dos sitios a la vez (como mi cerebro, por cierto).

            Respecto a la música, se trata de un asunto muy generacional. Mi generación ha estado marcada por el pop y el rock, pero creo que entre los no-ahora se dan con frecuencia un par de peculiaridades: Suele gustarnos el rock sinfónico (quizá por su poder ensoñador), y tenemos alguna excentricidad (en mi caso, la música celta).

            A los no-ahora nos gustan las viejas ruinas, las aventuras, los misterios, los lugares exóticos, las leyendas, los sueños... En realidad, para qué negarlo, somos románticos en el sentido literal de la palabra. Pero no es lo mismo ser romántico en el siglo XIX que serlo en el XXI, así que somos románticos descreídos, románticos conscientes de nuestro propio autoengaño, románticos desesperanzados. O quizá ni siquiera seamos románticos; pero nos gustaría serlo.

            Y de ahí viene el nombre de “no-ahora”, porque no nos gusta el presente. Adoramos el pasado y nos fascina el futuro, quizá porque el pasado puede remodelarse y reinterpretarse (o directamente inventarse), y porque el futuro está por hacer; pero el presente es lo que puñeteramente es.

           Y el presente, amigos míos, da asco. Siempre lo ha dado.

lunes, febrero 10

Cartagena de Indias


 
Como ya os avisé, he estado fuera de circulación estas últimas dos semanas. Aunque, en realidad, lo que he estado es fuera de España, fuera de Europa y a veces me parecía que fuera del mundo. Fui invitado a participar en el Hay Festival de Cartagena de Indias, y ahí, en Colombia, estuve, junto a Pepa, mi mujer, desde el 27 de enero hasta el 7 de febrero.

            ¿Qué es el Hay Festival? Copio de la Wikipedia: “El Hay Festival of Literature & Arts es un festival literario y de artes originado en la pequeña población mercantil de Hay-on-Wye en Gales que se realiza anualmente como un encuentro entre literatos, músicos, cineastas y otras personalidades de talla internacional (...) Hay-on-Wye es una pequeña población de 1500 personas en donde hay 41 librerías, conocida también como la ciudad de los libros. El festival se originó allí como un encuentro de amigos para compartir y debatir sus gustos en literatura, música y otras artes. El certamen se lleva a cabo en dicha población cada año desde 1988 y desde 1996 se organiza también a nivel mundial”. Aparte de en Gales, el Hay Festival se celebra en Cartagena de Indias, Medellín y Segovia.

            Aprovechando el viaje, una de las editoriales con que trabajo me organizó algunas charlas en colegios de Bogotá, así que pasamos allí tres días. Luego fuimos a Cartagena, donde, durante el fin de semana, participé en cuatro actos del festival, y finalmente Pepa y yo dedicamos unos días más a conocer la zona.

            ¿Qué tal nos fue? Pues muy bien; cuando estás invitado a uno de estos certámenes todo suele ser buen trato y amabilidad. El hotel, situado en el interior de la ciudad amurallada, era estupendo, la comida muy sabrosa y conocimos a gente de lo más interesante. Además, Cartagena es preciosa. Asistimos a una recepción de la primera dama del país (donde estaba, por cierto, Felipe González), y a otra ofrecida por el embajador de Inglaterra en el Palacio de la Inquisición. Esa última me llamaba poderosamente la atención, porque una recepción en Cartagena de Indias del embajador inglés sonaba a novela de Graham Greene. Por desgracia, en vez de un viejo coronel con feroz mostacho, el embajador resultó ser un jovenzuelo con aspecto de acabar de salir de la facultad, lo que le restó encanto al asunto. Pero el Palacio de la Inquisición era precioso y la noche cartagenera siempre es romántica.

            Así que todo estupendo, ¿verdad? Bueno, pues sí, aunque... no sé, me ha quedado un regusto un poquito amargo.

            Veréis, ya había estado antes en Colombia. En 1990, para rodar unos anuncios de café. Fue un viaje extraño, porque en vez de visitar las zonas turísticas del país recorrí la Colombia profunda. Así, que recuerde de memoria: Bogotá, Cali, Buenaventura, Pereira, Medellín, el Chicamocha, el desierto de la Candelaria, Villa de Leyva... Si lo miráis en un mapa, comprobaréis que fue un periplo por el oeste y el centro del país.

            Cuando uno viaja, siempre lleva consigo dos clases de equipaje: el físico -las maletas- y el mental. El segundo es lo que podríamos llamar “la burbuja cultural”, y consiste en comportarte y mirarlo todo como si estuvieses en tu país. Un error, por supuesto. Durante aquel primer viaje a Colombia, mi burbuja cultural se pinchó al poco de llegar, cuando estaba en un “pueblo” situado en la selva próxima a Buenaventura. Era un villorrio de casas de madera habitado por negros descendientes de esclavos y atravesado por un río; y fue allí, en el río, donde vi a una mujer lavando a un bebé recién nacido. Le pedí permiso para fotografiarla, a ella y al niño, y les hice un montón de retratos (preciosos, por cierto). Al cabo de un rato, formulé una pregunta: “¿Cómo se llama el bebé?”. Y ella me contestó: “Todavía no tiene nombre. Si vive, ya se lo pondré”.

            Me quedé helado. En mi mundo, los recién nacidos viven, eso no se cuestiona; en el suyo, las posibilidades eran del cincuenta por ciento, como tirar una moneda al aire. Mi burbuja cultural saltó por los aires.

            Durante mi primer viaje apenas pude ver Bogotá; esta vez lo he visto un poco mejor. Es una ciudad caótica, extensa (8 millones de habitantes, o puede que más) y no demasiado bonita. Aunque hay urbanizaciones preciosas, es cierto: las de los ricos, rodeadas por vallas y protegidas por ejércitos de guardias privados de seguridad. Porque junto a esas urbanizaciones, por todas partes, hay miserables colonias de chabolas donde la gente es paupérrima.

            Y allí donde existe pobreza extrema, nula protección social y absoluta desigualdad, la delincuencia brota de forma natural. Bogotá es una ciudad peligrosa para los extranjeros, porque desde el punto de vista de los pobres autóctonos, cualquier extranjero es automáticamente un rico y, por tanto, una pieza codiciada para los maleantes. Desde que pisamos la ciudad, los lugareños se dedicaron a meternos el miedo en el cuerpo.

            Por ejemplo, fuimos al Museo del Oro –un museo estupendo dedicado a la orfebrería prehispánica-, situado en una zona comercial, cerca de la universidad, frente a una plaza con niños jugando y gente de lo más normal paseando. Todo aparentemente pacífico. A las seis de la tarde, al anochecer, cuando cerró el museo y nos disponíamos a irnos, nos advirtieron que no cogiéramos un taxi de la calle, que mejor pidiéramos uno desde el mostrador de información. Lo hicimos y, como el museo había cerrado, nos dispusimos a salir a la calle para esperar al taxi, pero los guardias del centro nos dijeron que eso no era seguro, que esperáramos dentro. Y yo, sintiendo cómo mi burbuja cultural se deshinchaba, contemplaba a través de los cristales aquella plaza con niños y parejitas de novios que, por lo visto, podía convertirse en una trampa mortal para incautos como nosotros.

            Los cuatro colegios que visité eran colegios para ricos, con vallas y guardias de seguridad (en uno hasta nos retuvieron los pasaportes). Sólo los hijos de los más afortunados podían permitirse el lujo de comprar mis libros.

            Más tarde, en Cartagena de Indias, la seguridad era absoluta; podíamos deambular tranquilamente por el interior de la ciudad amurallada a cualquier hora del día o de la noche. Por la sencilla razón de que esa parte de la ciudad, la colonial, la turística, está llena de policías y agentes de seguridad privados. Algo parecido había visto en la Zona Rosa de Ciudad de México.

            La Cartagena turística consta de la ciudad antigua, con los fuertes y las murallas, y Bocagrande, que es como Benidorm o la Manga. El resto es cochambre, y los alrededores pura miseria. En realidad, las autoridades habían creado una burbuja en la Cartagena de los turistas, una burbuja protegida por policías donde la gente como yo podía ir de un lado a otro manteniendo intacta la ilusión de su propia burbuja cultural. Era como estar en un acuario, sólo que con los peces fuera y tú dentro de la pecera, protegido de los posibles tiburones.

            Resulta desconcertante contemplar los océanos de chabolas de Bogotá salpicados de islas de insultante riqueza, o las cochambrosas barriadas que rodean a las zonas turísticas de Cartagena. Eso es miseria, piensas. Pero luego te acuerdas de los negros de la selva del Valle del Cauca, cerca de Buenaventura, y te das cuenta de que eso sí que es auténtica miseria. Y entonces recuerdas a los indios que viste en las montañas de Cundinamarca y comprendes que no, que los negros del Cauca al menos tienen fruta y pueden pescar, pero los indios sólo comen patatas... Te quedas pensando y te preguntas cómo es posible tanta desigualdad social, tan tremenda brecha entre ricos y pobres, y que no pase nada. ¿Creemos que las cosas están mal aquí? Pues esto es un paraíso comparado con lo que hay allí. Pero entonces caes en la cuenta de que nos dirigimos hacia lo de allí, y te echas a temblar.

            En mis novelas protagonizadas por Jaime Mercader –La Cruz de El Dorado y La piedra inca-, el protagonista vive en Cartagena de Indias, a finales del XIX y comienzos del XX. Cuando las escribí, no conocía la ciudad, salvo por la documentación que manejaba. Así que me gustó visitar la vieja Cartagena, imaginando a mi personaje recorrer sus angostas y coloristas callejas. Pero, a decir verdad, la ciudad que imaginé era, no más bonita, pero sí más romántica que la que vi con mis propios ojos. Es lo que tiene la ficción: suele mejorar la realidad.

viernes, enero 24

Alexandra y la nostalgia




            El otro día leí en el periódico que Alexandra Bastedo había muerto de cáncer el pasado 12 de enero, a los 67 años de edad. Me llevé un pequeño disgusto.

            ¿Y quién demonios era Alexandra Bastedo?, os preguntaréis. Ah, qué jóvenes sois, condenados... Era una actriz inglesa, aunque trabajó mucho en España durante los 70, en películas como La Novia Ensangrentada, Odio Mi Cuerpo, El Clan de los Nazarenos o El Mirón. Pero el origen de su (relativa) fama no le vino de ninguno de esos films, sino de una serie de TV inglesa que sólo tuvo dos temporadas (1968-1969) y 30 episodios: Los  invencibles de Némesis (The Champions, en la versión original).

            Los protagonistas eran tres agentes secretos, dos hombres y una mujer (Bastedo), que trabajaban para una organización internacional al servicio de las Naciones Unidas llamada Némesis. Durante su primera misión, en China, el avión en que viajaban sufría un accidente en el Himalaya, pero los tres agentes no sólo sobrevivían, sino que además eran rescatados por un monje perteneciente a una civilización perdida. Y ese monje les adiestraba para que adquiriesen poderes mentales. Luego, volvían a Europa dotados de habilidades tales como telepatía, fuerza sobrehumana o supermemoria.

            En resumen, la serie iba de agentes secretos, poderes psíquicos y ciencia ficción. Puro pulp inglés, que es una modalidad de pulp bastante rara. A mí me encantaba, por dos motivos: En primer lugar, porque eso de los poderes mentales y el misticismo tibetano me chiflaba por aquel entonces. En segundo lugar, porque yo era un adolescente de 16 años cuando la serie se estrenó en España, las hormonas me crepitaban como palomitas de maíz, y Alexandra Bastedo estaba buenísima.

            De hecho, creo que la segunda razón pesaba más que la primera, porque de Alexandra me acuerdo perfectamente, pero de la serie muy poco. La verdad es que sólo recuerdo una escena: Dos de los agentes están prisioneros y maniatados en una casa. No saben dónde se encuentra esa casa, pero hay un teléfono y logran ver el número. Entonces, le envían telepáticamente ese número al tercer agente, que les está buscando, y así éste localiza la dirección del teléfono y consigue rescatarles.

            Es una chorrada, pero ilustra uno de los principales puntos a favor de la serie (aparte de la Bastedo): los poderes psíquicos de los agentes eran muy limitados. Por ejemplo, su telepatía; no podían, si mal no recuerdo, leer la mente de las personas, pero sí podían enviarse entre sí mensajes mentales sencillos. Un número de teléfono, por ejemplo.

            ¿Era una buena serie? Ni idea; a mí me encantaba, pero yo era muy joven y en aquella época no sería la primera cosa muy mala que me gustaba. Supongo que hoy resultaría ingenua y muy sesentera en el peor sentido de la palabra. No lo sé. Pero Alexandra Bastedo estaba como un queso y fue uno de los referentes eróticos de mi adolescencia.

            Quizá no nos damos cuenta, pero la televisión forma parte del escenario de nuestras vidas, y se establecen fuertes vínculos emocionales con las series y sus personajes. Hace unos meses, nos reunimos un grupo de amigos en mi casa para ver series antiguas que había comprado en DVD. Vimos episodios de, por ejemplo, Bonanza, El Santo, Viaje al fondo del mar, Superagente 86 o Alfred Hitchcock presenta.

 
           Bonanza fue enormemente popular en su época y muy longeva (14 temporadas, de 1959 a 1973). Contaba las aventuras de una familia de terratenientes –padre viudo y tres hijos varones-, los Cartwright, en el salvaje Oeste. El episodio que vimos era malísimo. No me extrañó; Bonanza me gustaba cuando era niño, pero ya en la preadolescencia me di cuenta de que era un coñazo. Sin embargo, se me enterneció el corazón cuando vi a Hoss, el hermano grandote y fuerte, pero más bien simple. Hoss Cartwright, interpretado por el prematuramente fallecido Dan Blocker, era el favorito de todos los niños.

            Viaje al fondo del mar (1964-1968) trataba de un submarino atómico supersofisticado (el Seaview) que, en el curso de sus misiones, solía enfrentarse a científicos locos, monstruos gigantescos o malintencionados extraterrestres. Era una serie mala, ciencia ficción de guardarropía, pero era mi serie favorita de niño. La emitían los sábados a última hora de la tarde, y esa era una cita ineludible para mí. Vimos el episodio piloto, y mi buen amigo Samael y yo aullábamos imitando los ruidos del submarino o pronunciando las frases características de la serie (¡Control de daños, control de daños...!).

            El Santo (1962-1969) fue la serie de TV inglesa que lanzó a Roger Moore, que luego sería el tercer (y más nefasto) James Bond. La serie trata de un tipo, un hombre de acción –Simon Templar-, que va por el mundo ayudando a la gente. Así de simple. Está basada en una serie de novelas muy populares por aquel entonces del escritor inglés Leslie Charteris (llevadas al cine varias veces). Lo que pasa es que en las novelas Simon Templar, El Santo (por sus iniciales), es en realidad un irónico delincuente y asesino cuyo código moral le permite robar (o matar) a los malvados, siempre y cuando ayude a los inocentes. Una especie de Robin Hood moderno, para entendernos. Pero ese lado oscuro fue eliminado de la serie, así que el personaje se quedó un poco blandito. O, al menos, eso me parecía a mí por entonces, ya que había leído un par de novelas de Charteris y podía hacer la comparación. Sin embargo, el episodio que vimos no estaba nada mal; un thriller internacional bastante solvente.

            Superagente 86 (1965-1970) era una sátira de las películas de espías creada por Mel Brooks y protagonizada por Don Adams en el papel de Maxwell Smart, un agente secreto absolutamente imbécil, y Barbara Feldon como su compañera, la Agente 99, algo más lista que él, pero no demasiado. Cuando era pequeño me partía de risa con esa serie. Hace unos meses volvimos a verla y todos nos volvimos a partir de risa. Es un clásico.

           
 Igual que Alfred Hitchcock presenta (1955-1965). Es la serie más antigua de todas las citadas, pero claro, estaba producida por el gran Hitchcock y muchos de los episodios dirigidos por él. Una obra maestra intemporal de la televisión. Y lo mejor: las irónicas presentaciones y despedidas de cada episodio a cargo del propio Hitchcock. Vimos el episodio 7 de la primera temporada (Breakdown), dirigido por el viejo Hitch y protagonizado por Joseph Cotten, y era tan moderno e innovador como la más moderna e innovadora serie actual.




            Me acabo de acordar de que también vimos otras dos series, un episodio de Misión imposible y otro de Los invasores.

            Misión Imposible (1966-1973) ya la conocéis por las versiones cinematográficas protagonizadas por Tom Cruise. A mí me encantaba, aunque reconozco que su planteamiento básicamente consistía en realizar misiones de la forma más absurdamente complicada posible. Barbara Bain, la tía buena del equipo, nunca me pareció que estuviese buena, pero me encantaba Martin Landau, interpretando a Rollin Hand, con esa cara suya de enterrador, disfrazándose constantemente como si fuera Mortadelo. Y Peter Lupus, un culturista que creo que jamás tuvo una miserable línea de diálogo. Los años se le notan a esta serie, pero la música de Lalo Schifrin sigue siendo molona.

            Los invasores (1967-1968) contaba la historia de David Vincent, un arquitecto que una noche, viajando en su automóvil, presencia el aterrizaje de un OVNI en una zona rural. Investiga y descubre que hay una invasión alienígena en marcha. Los extraterrestres se infiltran adoptando nuestra apariencia, salvo en un aspecto: no pueden doblar los dedos meñiques, así que van todo el día por ahí como si sostuvieran una taza de te. Yo era un chiflado de la ciencia ficción, así que Los invasores me chiflaba, aunque reconozco que los capítulos eran muy repetitivos. David Vincent llegaba a un sitio y descubría un grupo de aliens; luchaba contra ellos, los vencía y se iban sin dejar huellas, de modo que las autoridades no creían al pobre Vincent. En cualquier caso, mientras duró la serie, en el colegio todos íbamos con los meñiques tiesos.
           En fin, qué sobredosis de nostalgia. Pero esos fueron algunos de mis compañeros de la infancia. Mi novia Alexandra Bastedo, mi hermano mayor Hoss Cartwright, mi submarino particular, el Seaview, y mis amigos Simon Templar, Maxwell Smart, David Vincent, Rollin Hand  o Alfred Hitchcock, entre otros muchos. La verdad es que, bien pensado, hemos tenido suerte de nacer en la era de la televisión.

            Y ahora, antes de despedirme, un aviso: estaré fuera de circulación durante las próximas dos semanas. Por nada malo, no os preocupéis. Ya os contaré.

viernes, enero 17

Hipocresía


 
            Pocas cosas dan tanta pereza como discutir sobre cuestiones en las que es imposible ponerse de acuerdo. Eso sucede con la religión, por ejemplo: jamás un ateo convencerá a un religioso y viceversa, y lo mismo ocurre con la política, los toros o el nacionalismo. El problema es que en estas cuestiones interviene en gran medida el factor emocional, y se puede debatir civilizadamente en base a razones, pero no enarbolando sentimientos.

            Uno de esos temas controvertidos es el del aborto, que tan  de moda está ahora gracias (?) al proyecto de ley Rajoy-Gallardón (porque, no lo olvidemos, dicha ley no solo está impulsada por ese ministro que tanto se parece al señor Smithers de los Simpson, sino también por nuestro ínclito presidente de gobierno). Voy a intentar dejar clara mi posición al respecto: Creo que la mujer es la única que tiene derecho a decidir sobre lo que ocurre con su cuerpo, y eso afecta a algo tan determinante como el embarazo. Así pues, creo que el aborto es un derecho inalienable de la mujer. Con ciertos límites; en concreto, el momento en que el feto pueda llevar una vida independiente de la madre, salvo que la salud de ésta corra peligro. La actual ley de plazos establece ese límite en 14 semanas, y mí me parece bien porque está claro que un feto de 14 semanas no puede llevar una vida independiente.

            Bien, ésa es mi posición, pero no el tema que pretendo debatir aquí, de modo que no pienso entrar al trapo de si el aborto es moralmente bueno o malo. Porque de lo que quiero hablar es de la hipocresía de ese proyecto de ley y de muchos antiabortistas. Y lo voy a hacer utilizando sus mismos argumentos.

            La única razón para oponerse al aborto es considerar que el feto, desde el momento de la concepción, es un ser humano con los mismos derechos que cualquier otro ser humano, como tú, el vecino o quién sea. Yo no lo creo, igual que no creo que una bellota germinada sea una encina, pero lo que yo crea o deje de creer carece de importancia. El caso es que ése es el principal argumento de los antiabortistas: que los fetos son desde el primer instante seres humanos con todos sus derechos plenamente vigentes. Prueba de ello es que los antiabortistas, en sus campañas, nunca muestran la imagen de un feto de 14 semanas, que viene a tener el tamaño de un ratón, sino fotos de sonrientes y rollizos bebés de ojos azules y varios meses de edad. Es decir, que para ellos un feto y un niño son lo mismo (con la única salvedad de que el niño sale mejor en las fotos). Por tanto, un aborto es un asesinato.

            Pues bien, como mero experimento mental, vamos a aceptarlo. Y a partir de aquí, ojo, no voy a argumentar en base a mi punto de vista, sino siguiendo el criterio de los antiabortistas.

            Según el proyecto de ley Rajoy-Gallardón, para poder abortar legalmente sólo existirán dos supuestos: Violación o riesgo para la salud de la madre. Sobre el segundo supuesto podríamos hablar mucho, pero sería más farragoso, así que vamos a centrarnos en el primero, la violación.

            Una mujer es violada y queda embarazada. El violador es un hijo de puta sobre el que debe recaer todo el peso de la ley, en eso estamos todos de acuerdo. Ahora bien, ¿qué culpa tiene el feto de los delitos de su padre biológico? Ninguna, es un ser totalmente inocente. Y además, según hemos aceptado, es un ser humano en plenitud de sus derechos. Sin embargo, la ley Rajoy-Gallardón ¡permite el asesinato de un inocente niño!

            No lo entiendo.

            Y hay otra cosa que no entiendo. Gallardón ha insistido mucho en que su ley (y la del presidente) "libera a la mujer de la posibilidad de sufrir cualquier reproche penal". Es decir, que una mujer podrá asesinar a su hijo y quedar legalmente impune. Pero, vamos a ver, ¿no hemos quedado en que un feto, cualquiera que sea su estado de desarrollo, tiene los mismos derechos que tú y que yo? Entonces, una madre que comete el horrible crimen de matar a su hijo debería ser juzgada por asesinato, con las agravantes al menos de parentesco, alevosía y abuso de superioridad. Pero por algún extraño motivo, no es así.

            Continuemos con mi incomprensión. Una mujer que se someta a un aborto ilegal no será perseguida legalmente; sin embargo, el médico que la asista sí. O sea, que contrato a un asesino a sueldo para matar a mi hijo y, si nos pillan, al asesino le enchironan, pero yo, pese a ser inductor del delito, me quedo tan pancho. Sé que me repito, pero no lo entiendo.

            Una última perplejidad. El médico que realice un aborto ilegal se arriesgará a una pena de tres años de cárcel. ¿Sólo tres años? Porque, a ver si me entero, el asesinato en España se castiga con un máximo de 25 años de cárcel. Matar a un feto, según hemos aceptado, es exactamente lo mismo que matar a un adulto, ¿no? Entonces, ¿por qué matar a un feto tiene ocho veces menos pena que matar a un señor de Cuenca o a un bebé sonrosado?

            En fin, es como si el feto fuese igual que un lustroso bebé, pero no del todo. Como si tuviera los mismos derecho que cualquier adulto, pero sin pasarse. Como si, jurídicamente, los fetos no fueran seres humanos al cien por cien, sino ¿la octava parte de un ser humano?

            Nada de eso tiene sentido; es pura arbitrariedad.

            Si realmente crees que un feto de 14 semanas es exactamente lo mismo que una persona hecha y derecha, entonces estarás en contra de cualquier forma de aborto, sin excepción alguna. Yo no comparto la premisa inicial, pero, en buena lógica, si la aceptas la única conclusión coherente es esa.

            El proyecto de ley Rajoy-Gallardón es, por su parte, pura incoherencia, y sólo se entiende si lo examinamos desde cierto punto de vista: el de la hipocresía.

            Para contentar a sus votantes más recalcitrantes (la extrema derecha) y para devolverle favores a la jerarquía de la Iglesia, este gobierno nuestro ha decidido convertir el derecho al aborto en un delito. Pero, claro, eso de obligar a dar a luz a niñas violadas queda muy mal, así que hagamos una excepción. Y empezar a meter a pobres mujeres en la cárcel tampoco viste mucho, así que la mujer que aborte ilegalmente delinque..., pero no delinque. En cuanto a las malformaciones del feto, ahí también se le puede dar un poco de cancha a la derechona, porque niñas violadas pariendo en contra de su voluntad y mujeres en la cárcel son imágenes muy dañinas a la hora de las votaciones. Pero la imagen de un feto con graves malformaciones puede ser sustituida por la imagen de cientos de bebés sonrosaditos y tulliditos a punto de ser víctimas del genocidio nazi.

            Entre otras muchas cosas malas, ese proyecto de ley regresivo perpetrado por Rajoy y Gallardón es un bonito conglomerado de manipulación, incoherencia y arbitrariedad.

            Y, por supuesto, de mucha hipocresía.

miércoles, enero 8

Sobre rinovirus y otras catástrofes


 
Ante todo, feliz año nuevo amigos míos. Y mis disculpas por haber dejado tan inactivo el blog durante estas fiestas, con lo que a mí me gusta hablar de las tradiciones del Solsticio de Invierno. Pero es que he tenido y sigo teniendo un catarro tremendo, el padre de todos los catarros, un Apocalipsis de toses, estornudos y mocos. Doy asco; si fuera un caballo, me sacrificarían.

            Y es que, en cierto modo, el catarro es una de las enfermedades más crueles que existen, porque no te encuentras lo suficientemente mal para meterte en la cama y que todo el mundo se apiade de ti, así que te dedicas a intentar hacer una vida más o menos normal, pero sintiéndote como el culo y con todo el mundo a tu alrededor pensando que eres bobo y que das asquito sorbiéndote los mocos todo el rato.

            Por ejemplo, he tenido fiebre, aunque sólo décimas; 37’5 como mucho. Eso no te incapacita, pero coño, te sientes fatal; notas escalofríos, tienes las cabeza acorchada, sudas y tiritas alternativamente, estás agotado... Y sin embargo, hasta tú te dices a ti mismo que tampoco es para tanto, e intentas fingir que haces una vida normal, cuando en realidad eres un muerto viviente.

            Si encima, como es mi caso, eres un capullo que trabaja con el coco, entonces es lo peor que puede pasarte, porque escribir acatarrado es como intentar correr debajo del agua: todo se vuelve lento, confuso y torpe.

            Debería haber una asociación de ayuda a los acatarrados; un lugar donde las víctimas del resfriado pudiéramos reunirnos para darnos cariño y comprensión. No abrazaríamos entre temblores, nos toseríamos y estornudaríamos encima, intercambiaríamos Kleenex y brindaríamos con aspirinas efervescentes. El propósito de esos grupos de apoyo no sería superar psicológicamente la enfermedad, sino todo lo contrario: hacernos conscientes de que estamos realmente enfermos. Nos diríamos: “¡Pero qué mal aspecto tienes!”. O: “¿Cómo se te ocurre salir así? Deberías haberte quedado en la cama”. O: “Vete a urgencias ya mismo”. O: “Tu familia debe de estar muy preocupada por ti”. En fin, nos diríamos lo que no nos dice nadie.

            Si fuera una buena gripe las cosas serían muy distintas, porque la gripe da mucha fiebre y te deja KO del todo. Y su fama le precede: ha habido epidemias de gripe; la de la Gripe Española, por ejemplo, se cargó a entre 50 y 100 millones de personas a comienzos del siglo XX. Y la Gripe del Pollo nos tuvo a todos acojonados, pese a su ridículo nombre. Pero el catarro es como el hermano tonto de la gripe; nadie le hace el menor caso. Prueba de ello es que hay vacuna para la gripe, pero ¿y para el catarro? Bah, eso a quién le importa.

            Pero somos millones los que padecemos cada año los desagradables síntomas del resfriado sin que una mano amiga se tienda a nuestro vacilante paso, sin encontrar piedad en las miradas de los demás, sin que el bálsamo de la compasión alivie nuestro dolor. Es hora de decir basta y hacernos conscientes de nuestro poder. Somos multitud. Si, simplemente, todos estornudáramos a la vez en el mismo sentido, podríamos acelerar o decelerar a nuestro antojo la rotación de la Tierra. Somos mad doctors en potencia, no lo olvidéis.

¿Creéis que exagero? Para comprobar los estragos intelectuales que puede causar un catarro, aquí tenéis este post como muestra.