¿Cómo van a interesarte las cosas
que ocurren en una novela si no te interesan los personajes a quienes les
ocurren? Había experimentado ya con la creación de personajes en mis novelas El coleccionista de sellos y La casa del doctor Pétalo; pero cuando escribí
mi primera juvenil, obsesionado como estaba con la estructura, me olvidé de
trabajar los personajes. Un error.
Así que mi nueva obsesión fue el
diseño de personajes. En mi siguiente novela, El último trabajo del sr. Luna, presté especial atención a uno de
los personajes, Doña Flor, intentando dotarlo de la mayor humanidad posible. Y
en la siguiente, La cruz de El Dorado,
me propuse que todos los personajes, incluso los más secundarios, fueran
especiales y tuvieran caracteres muy marcados.
“Dime
lo que dices y te diré quién eres”. El diseño de personajes es uno de los
puntos débiles más usuales entre los escritores novatos y entre no pocos
escritores profesionales. Esto no es un curso de escritura, así que no me voy a
meter en cómo se construye un personaje. Baste señalar que hace falta un montón
de observación previa del género humano. Pero sí voy a comentar cómo se
transmite la personalidad de los personajes.
Es un error hacer que el narrador
“explique” al personaje. Y lo es porque si el personaje no transmite su
personalidad, explicarlo no sirve para nada. ¿Y cómo la transmite? En mi
opinión, de tres maneras: 1. Por lo que otros personajes comentan acerca de él.
2. Por lo que hace. 3. Por lo que dice y cómo lo dice. Esto último es muy
importante. Todo diálogo debe contemplar a la vez dos objetivos: comunicar algo
y definir al personaje. Lo cual nos lleva al siguiente punto.
“Dialoguemos”.
Algunos escritores desconfían de los diálogos y los utilizan lo menos posible.
Como García Márquez, que decía: “El diálogo en lengua castellana resulta falso”.
Sin embargo, otros escritores, como Manuel Puig, llegan a escribir novelas que
son todo diálogo.
En realidad, el escritor colombiano
tenía razón: los diálogos de las novelas siempre son falsos. En la vida real no
hablamos así; lo hacemos con errores de sintaxis y repeticiones, de forma
atropellada, con cortes bruscos o dejando frases sin terminar. Si en una novela
transcribiéramos diálogos reales, quedaría horrible.
Así que, en efecto, los diálogos
literarios son falsos. Pero, y ahí está el problema, deben sonar naturales.
Para ello hace falta entrenar el oído. Por otro lado, no hay nada más triste
que una novela donde todos los personajes hablan igual. Como decía en el punto
anterior, los diálogos deben reflejar retazos de la personalidad del personaje.
Para ello, el escritor debe interiorizar al personaje, convertirse en él,
hablar como él. Yo sé que he construido mal un personaje cuando me cuesta
escribir sus diálogos. Eso significa que lo he diseñado mal y no puedo
interiorizarlo. Si estuviera bien diseñado, los diálogos surgirían con
naturalidad.
Sólo un apunte más: A los lectores,
en general, les gustan los diálogos.
“Descríbemelo,
por favor”. Pero a los lectores, en general, no les gustan las
descripciones. Es cierto que hay auténticos genios de la descripción, como
Proust; pero, reconozcámoslo, todos hemos leído alguna vez en diagonal cuando
un autor se pone estupendo describiendo algo. No obstante, las descripciones
son necesarias y minimizarlas es un error. La cuestión es cómo hacerlas sin
ponernos coñazo.
Yo tengo un sistema que llamo “naturalista”,
porque intenta reproducir lo que hacemos en la realidad. Consiste en no
describirlo todo de un tirón, sino por partes que vas intercalando en medio de
una acción o, sobre todo, de una conversación. Pondré un ejemplo: vamos a
entrar en un despacho que no conocemos para hablar con un amigo. Entramos en el
despacho y lo primero que percibimos es una impresión general del lugar: ¿Es
amplio o pequeño? ¿Oscuro o luminoso? ¿De estilo clásico o moderno? ¿Muy
decorado o poco? ¿Lujoso o modesto? ¿Algún detalle sobresale? Todo eso lo observamos
mientras caminamos hacia el escritorio. Saludamos a nuestro amigo, nos sentamos
frente a él y comenzamos a charlar. Y mientras hablamos, paseamos la vista por
el despacho y nos fijamos que ese cuadro de ahí es una copia de Modigliani, o
que sobre la mesa descansa la foto de una mujer. ¿Comprendéis? Al fragmentarla,
la descripción no se hace pesada. Pero bueno, ese es mi método, que no tiene
por qué ser el mejor.
Sin embargo, las descripciones no
solo sirven para describir. También se utilizan para crear ambientes y provocar
emociones. Y eso se consigue con la prosa.
“Seamos
prosaicos al estilo latino”. Me sorprenden esos autores que sólo manejan un
tipo de prosa, escriban el relato que escriban. En mi opinión, cada historia
exige su propia prosa, porque la prosa definirá el tono del relato. Yo manejo
habitualmente al menos tres estilos distintos de prosa, aunque todos ellos
comparten algo que luego comentaré.
La prosa puede ser como os dé la
gana: barroca, minimalista, laberíntica, funcional, colorista, elegante... lo que
más os guste. Pero siempre ha de ser expresiva, capaz de despertar emociones. Y
debe fluir con la suavidad de un mecanismo bien engrasado. Eso, que la prosa
fluya sin sobresaltos, que cada línea enlace con la siguiente con naturalidad,
que los párrafos se engarcen entre sí como cuentas de un collar, todo eso es
muy importante para mí. Hace que el lector se sienta cómodo leyendo, incluso
que se olvide de que está leyendo.
En lo que a mí respecta, sea cual
sea el estilo que emplee, mi objetivo es que la prosa se note lo menos posible,
que sea transparente, de tal forma que en la mente del lector sólo quede la
historia y los personajes. Empleo figuras retóricas, pero nunca como alarde
estilístico, sino por su funcionalidad y con moderación. Pero esa es mi opción,
que por supuesto no tiene por qué ser la mejor, ni siquiera buena.
Cuando era un alocado y melenudo
jovenzuelo realizaba un ejercicio que me vino muy bien. Escogía a una serie de
autores de prosa muy marcada; por ejemplo, García Márquez, Borges, Delibes,
Lezama Lima, Cela, Carpentier… Elegía a uno de ellos, leía fragmentos de alguna
de sus obras y luego escribía un breve texto intentando imitar su prosa. Era
divertido.
“Vale,
¿y qué?”. Todo lo que he citado hasta ahora son técnicas narrativas. Creo
que cualquier aspirante a escritor profesional (o escritor a secas) debe
conocerlas, porque, precisamente por ser técnicas, se pueden aprender. Pero,
ojo, no se trata sólo de entenderlas, ni siquiera de asimilarlas, sino más bien
de interiorizarlas de tal manera que funcionen de forma automática (más o menos
como aprender a conducir). Y eso, amigo mío, requiere tiempo, mucho tiempo. Por
eso, cuando un aspirante a escritor me pide consejo, siempre le digo lo mismo:
paciencia. Porque escribir es uno de los trabajos que más paciencia requieren.
El caso es que son técnicas, la
carpintería del oficio. Pero en la escritura intervienen otros factores que no
se pueden aprender. Cultivar sí; aprender no. Y, probablemente, son los
factores más importantes.
Hablaremos de ellos en la próxima
entrega de esta apasionante serie.
Nota: Cuando tenía catorce años
aprendí a escribir a máquina en una Underwood muy parecida a la de la foto. Ya
era una máquina muy vieja por aquel entonces; la heredé de mi padre. Aún la
conservo.








