martes, octubre 10

Rabia y desánimo



          Soy catalán, eso pone en mi DNI. Nací en Barcelona, igual que mi padre y mis hermanos; mi madre era de Manresa. Cuando obtuve el Nacional de Literatura Juvenil, casi todos los medios de comunicación me presentaron como “El escritor catalán César Mallorquí”. De modo que sí, debo de ser catalán. Porque vi la luz por primera vez en la calle Urgell 245 de Barcelona y mis raíces son catalanas. Pero cuando tenía un añito de edad, mi familia se trasladó a Madrid, donde he vivido siempre. Así que en parte soy madrileño.

          Supongo que ese es uno de los motivos por los que tengo una visión tan distanciada de las patrias, las pertenencias y las identidades. Me sé catalán, me sé madrileño y me sé español, pero no sé lo que es sentirse catalán, madrileño o español. ¿En qué consiste ese sentimiento patrio? Amo a personas, a animales o a cosas, pero me resulta imposible amar a un puñado de abstracciones, sobre todo cuando son tan nebulosas como “Patria” o “Pueblo”. Me niego a aceptar que mi identidad provenga del azar de mi nacimiento. Mi identidad viene de mi entorno, sí; pero también de todos los libros y cómics que he leído, de todas las películas que he visto, de toda la música que he escuchado, de todos los viajes que he hecho... y eso me ha llegado de todo el mundo, no solo del pequeño rincón donde vivo. Mi única identidad soy yo mismo, y ni siquiera sé lo que significa eso.

          No obstante, sería estúpido negar que me unen vínculos sentimentales con Madrid, Barcelona y España en general, vínculos casi siempre forjados durante la infancia y la primera juventud. Mi patria es mi infancia, como dijo Baudelaire. Pero esos sentimientos sólo son una parte de mí y no me ciegan hasta el punto de no percibir todo lo que está mal en Madrid, Barcelona y España.

          El fin de semana del referéndum,  Pepa y yo estuvimos en Barcelona para cenar con mi querido padrino Josep María y sus hijos, y para visitar a nuestro hijo Pablo, que trabaja allí. Llegamos el jueves y regresamos el domingo, coincidiendo con el simulacro de consulta. He dejado pasar unos días para escribir esto, porque sentía demasiada rabia y desánimo.

          Del procés català ¿qué puedo decir? Que es fruto de la manipulación, de la mentira, de las emociones desatadas, de la crisis y de unos políticos corruptos que esconden su mierda bajo la bandera (y con esto me refiero a los dos bandos). Entre el 6 y el 8 de septiembre hubo un autogolpe en el Parlament, al que siguió un referéndum ilegal. Muy chungo, pero yo me digo: ¿Querían votar? Vale, se les advierte que se trata de un acto ilegal que no servirá para nada, se le pide a los no independentistas que no voten y, luego, se permite que la gente que quiera votar lo haga tranquilamente en su referéndum de la señorita Pepys. Luego, al día siguiente, se aplica la ley y si hay que poner multas o enjuiciar a alguien, adelante.

          Pero no. Tenemos un gobierno macarra que sólo sabe de cojones, así que para cojones los suyos. Mandan a la guardia civil y, como era previsible, se lían a porrazos. Qué absurdo, qué estúpido... Los nacionalistas ya tienen sus mártires y todo es llanto, rabia y rasgarse las vestiduras. Dejando aparte que, además de estúpido, el uso innecesario de la violencia es execrable, yo no puedo evitar preguntarme algo: ¿Dónde estaban todos los catalanes que ahora se conmocionan por la violencia de la guardia civil, cuando en 2011 la policía apaleó a miles de pacíficos manifestantes en la Plaça de Catalunya? Ah, espera, es que los polis que daban estopa entonces eran los Mossos. Es decir que no importan tanto los porrazos, como quién los da. Si el que golpea es un tío de Extremadura, entonces el mundo se hunde, pero si te atiza un noi de Palafrugell, bah, tampoco es para tanto. No puedo evitar pensar, además, que toda esa gente que hacía cola para votar estaba siendo cómplice, de facto, de un autogolpe de estado. Si eso no es fascismo, se le parece mucho.

          Durante nuestra estancia en Barcelona me desanimó comprobar cómo amigos míos, gente brillante intelectualmente, se habían dejado abducir por las mentiras y los espejismos del nacionalismo; si no manifestando su adhesión, si al menos su simpatía y comprensión. Y me da rabia ver a gente supuestamente de izquierda tildando de fachas a quienes enarbolan la bandera española, al tiempo que aplauden a los que agitan la estelada, olvidando que no hay ideología más reaccionaria que el nacionalismo. Ése es uno de los grandes sinsentidos de la izquierda española: su complicidad con los nacionalismos periféricos.

          Me da una rabia tremenda esa huida hacia delante del Govern, camino de su República Independiente de Playmobil. Un sueño de pipa que ha creado una fractura en su sociedad, que está poniendo en peligro su economía y la del resto del país, que está tirando por los suelos nuestra imagen y credibilidad ante Europa y el mundo, que inquieta y preocupa a la gente. Y todo por un sueño, ¿no? Pues los sueños no se construyen sobre mentiras y odio, o acaban convirtiéndose en pesadillas.

          Hay tantas cosas que me cabrean... Pero para qué seguir, es inútil. Paradójicamente, el problema de quienes odiamos las banderas es que no tenemos bandera y se nos ve muy poco.

          Banderas... suelen estar en el extremo de un palo. De un palo; por algo será. El jueves 28 de septiembre, cuando Pepa y yo salimos de casa rumbo a Barcelona, había dos banderas de España en mi calle. El domingo, cuando volvimos, había, no sé, unas veinte. Hoy, tan solo en mi edificio, hay nueve. Madrid está lleno de banderas españolas, y supongo que en otras ciudades de España sucede lo mismo. Ese es el problema, acción-reacción: el nacionalismo de un signo fomenta el nacionalismo contrario. Como un espejo. Y hala, ya estamos todos rebosando emociones, exudando amor patrio por todos los poros.

          Yo, que creía haber dejado atrás el rancio nacionalismo español, lo veo ahora florecer a mi alrededor junto al rancio nacionalismo catalán. ¿No querías sopa?; pues toma dos tazas. Veo por Internet listas de productos catalanes que, si somos patriotas, debemos boicotear, y me desanimo. ¿No se dan cuenta de que un boicot daña tanto a los catalanes soberanistas como a los unionistas? Y esos soberanistas catalanes tildando de fascistas a todos los españoles... ¡Un reaccionario nacionalista llamando fascistas a los demás! Lo que hay que oír. Que desánimo, amigos míos, que desánimo.

          Aunque, claro, hay una posible explicación para todo esto. ¿Los dirigentes del soberanismo creen de verdad que van a fundar una república independiente? ¿Son así de estúpidos? Algunos puede que sí, pero no creo que sean tan tontos todos. ¿Qué buscan entonces en realidad? ¿Barrer bajo la bandera la mierda de unos políticos corruptos hasta la médula? Alguno ha señalado que el 31 de diciembre se terminará el secreto bancario en Andorra. Quizá eso tenga que ver con estas prisas secesionistas.

          Pero luego tenemos la otra parte. ¿Por qué envió el gobierno a la guardia civil a Cataluña, por qué se pusieron tan cafres intentando reprimir el simulacro de consulta? ¿Tan estúpidos son como para no darse cuenta de que iba a pasar lo que finalmente pasó? Es difícil de creer, por muy macarras que sean. Entonces, ¿qué?  Cuando se comete un crimen, la policía suele formularse una pregunta: ¿a quién beneficia esto? Pues bien, mientras la gente presta obsesiva atención al problema catalán, deja de prestar atención a los 40.000 millones de euros que el PP nos ha quitado para dárselo a los bancos y nunca recuperaremos. Y, sobre todo, deja de fijarse en los múltiples casos de corrupción de los populares.

          Recordad que el PP lleva tiempo perdiendo apoyos en las encuestas. Según dice en privado un prestigioso politólogo, la cosa será así: La Generalitat proclamará la república independiente. El gobierno, haciendo uso del 155, disolverá el gobierno autónomo de Cataluña y convocará elecciones locales. Pero simultáneamente convocará elecciones generales. Y como el PP se habrá convertido en el bastión contra el independentismo, recuperará votos a paletadas y se quitará de encima el grano que es Ciudadanos. Ya veremos si es así.

          Entre tanto, qué hartito estoy de todo. Me encantaría emigrar a Nueva Zelanda; no porque ese país me guste especialmente (no lo conozco), sino porque es el lugar más lejano adonde se puede ir.