viernes, julio 29

Para toda la humanidad

 


            En cierta ocasión, durante una charla suya, el llorado Miquel Barceló dijo algo que me llamó la atención, porque, pese a ser evidente, nunca había caído en ello: Lo más asombroso de la carrera espacial no fue el alunizaje, sino que después, y durante más de medio siglo, ningún humano volviera a ir más allá de la órbita baja de la Tierra.

            Yo tenía dieciséis años recién cumplidos cuando el Apolo 11 se posó en el Mar de la Tranquilidad. ¿Os imagináis lo que supuso para mí contemplar las borrosas imágenes en blanco y negro del primer humano en pisar otro cuerpo celeste? No, no tenéis ni idea, porque la mayoría de vosotros no vivió aquello. Además, perdéis de vista que yo era un pirado de la ciencia ficción. Fue un éxtasis para mí, una epifanía, una arrebato. Yo, que tanto había leído sobre el futuro, ¡estaba viviendo el futuro!

            Y qué felices me las prometía, amigos míos. Ahora la Luna, me decía; mañana Marte, y pasado las estrellas. Imaginaba vuelos espaciales comerciales, majestuosas estaciones orbitales, bases en el sistema solar, videotélefonos, coches voladores... Bueno, eso no; los coches voladores siempre me parecieron una mala idea. El caso es que imaginaba un futuro del estilo de 2001: Una odisea del espacio. Ahí iba a vivir yo.

            Luego, poco a poco, la cruda realidad me fue pasando por encima. La carrera espacial concluyó. A fin de cuentas, ya había un ganador. El programa Apolo se canceló. Los gigantescos cohetes Saturno V dejaron de fabricarse. Llegaron los transbordadores espaciales, pero eran poco más que autobuses con alas solo capaces de alcanzar órbitas bajas. Además, eran una chapuza. Y ahora los norteamericanos ni siquiera pueden ir a la Estación Espacial por sus propios medios, y tienen que comprarle pasajes a los rusos o a Space X.

            Fue un proceso lento, pero en algún momento quedó claro que mis sueños se habían ido al garete. Yo esperaba que el futuro me trajera una utopía espacial, y lo que al final me ha traído es una especie de distopía en la que la humanidad vive hipnotizada por unos pequeños artilugios rectangulares. Aunque, hay que reconocérselo, en esos artilugios van incluidos los videoteléfonos, algo que nadie imaginó jamás.

            Alto ahí, diréis; siempre te quedan las misiones no tripuladas. Es verdad; pensar que ahora mismo hay un par de rovers deambulando por Marte me emociona un poco. Pero no es lo mismo,

            Pues bien, más o menos de eso va la serie de televisión Para toda la humanidad, que se emite en AppleTV. Se trata de una ucronía en toda la regla. Su punto Jonbar, es decir, el acontecimiento que quiebra la realidad histórica, consiste en que, en 1969, los rusos llegaron primero a la Luna, adelantándose por unos meses a los norteamericanos. Lo cual hace que la carrera espacial se prolongue durante las siguientes décadas.

            La trama se centra en el personal de la NASA, sobre todo en los y las astronautas. La primera temporada comienza con el alunizaje ruso, continúa con el alunizaje yanqui, y sigue con el entrenamiento de un grupo de mujeres astronautas y el establecimiento de la primera base lunar. La segunda temporada, ambientada en los 70, narra la ampliación de la base y los conflictos con los rusos. La tercera temporada (cuyo último capítulo se emite hoy) se ambienta en los 90 y describe la carrera para llegar a Marte entre americanos, rusos y una empresa privada. Todo ello, por supuesto, aderezado con la relaciones y conflictos entre los protagonistas.

            ¿Es Para toda la humanidad una obra maestra? No, dista mucho de serlo. ¿Es una gran serie? Probablemente tampoco, aunque a veces se aproxime. Sencillamente es una buena serie de ciencia ficción, respetuosa con la inteligencia del espectador. Lo que ya es mucho, creedme.

            En la serie, aparte del devenir de la carrera espacial, hay otros dos temas predominantes. En primer lugar, el feminismo. De hecho, siendo una obra coral, la mayor parte de sus personajes importantes son mujeres. De entre las que destaco a Molly Cobb, interpretada por  Sonya Walger, una astronauta con más cojones que todos sus compañeros masculinos juntos. El segundo tema recurrente es el de la homosexualidad en el seno de una sociedad absolutamente intolerante.

            El casting es excelente y todos los actores encajan en sus roles con solvencia. De entre ellos, aparte de Sonya Walger, quiero destacar a     

Joel Kinnaman, un actor al que siempre me agrada ver. Por cierto, probablemente es el actor con mejor planta del panorama actual. Le pones un traje de gala del ejército colonial inglés, y el tío queda de un gallardo que alucinas. Por lo demás, la puesta en escena está muy cuidada y los efectos especiales, sin pretender ser apabullantes, son más que correctos.

            No todo es bueno, por supuesto. En gran medida, esta serie es un folletín, lo cual no es malo (¿acaso no lo son la mayoría de las series?). Pero a veces, por fortuna escasas, se aproxima peligrosamente al culebrón. Aparte de eso, el devenir de ciertos personajes resulta forzado, y algunos tópicos huelen un poco a naftalina. Por ejemplo, los rusos soviéticos son los taimados hijos de puta de siempre. No obstante, lo bueno predomina sobre lo malo.

            En cualquier caso, ¿sabéis lo que más me gusta de Para toda la humanidad? El intenso aroma a ciencia ficción clásica de toda la vida que desprende. Viéndola, no puedo evitar evocar a Robert Heinlein, o a Arthur Clarke, o a Fredric Brown. Es refrescante, como volver al pasado. Aunque, bien pensado, de eso va precisamente la serie: de volver al pasado para corregirlo.

            En fin, que os la recomiendo. Ya sé que muy pocos están suscritos a AppleTV (aunque tiene contenidos de gran calidad), pero tengo entendido que la plataforma ha puesto la primera temporada en abierto. Es decir, que os bajáis la aplicación y podéis verla gratis, sin necesidad de suscribiros.

            Besos.