jueves, septiembre 11

Hijos de puta


 
            El pasado fin de semana leí en el periódico una noticia que me dejó pensativo: Zelda Williams había regresado a Twitter tras haberlo abandonado. ¿Quién es Zelda Williams? Pues la hija de Robin Williams.

            Un inciso: Me habría gustado comentar aquí el trágico fallecimiento de ese actor, pero como a veces Babel parece más un obituario que un blog, me abstuve. El caso es que Williams tenía la rara capacidad de conmoverme y, si bien no simultáneamente, sacarme de quicio. Me ponía de los nervios en películas como Jack, Flubber o Patch Adams, pero lograba enternecerme en El club de los poetas muertos, Despertares o El rey pescador. En conjunto, me caía bien; me parecía un buen tipo y, según cuentan, lo era.

            Volvamos a Zelda. ¿Por qué dejó Twitter? Porque, tras el suicidio de su padre, comenzó a recibir en la red social comentarios anónimos insultando al actor, acusándole de cobarde y poniéndola a ella misma a parir. Incluso le mandaron fotos trucadas donde aparecía Williams con aspecto de cadáver en medio de una autopsia.

            Vamos a ver: Muere una persona de forma dramática, su única hija, como es lógico, está destrozada... y hay gente que lo único que se le ocurre en esas circunstancias es intentar que la pobre chica sufra aún más. ¿Pero qué clase de personas son esa gentuza? Unos mayúsculos hijos de puta, está claro. Y unos gilipollas, como veremos.

            Lo que nos conduce a los trolls, esa morralla que, amparada en el anonimato, se dedica a molestar en Internet. Es decir, personas cuya forma de divertirse consiste en hacer sufrir a los demás. Eso tiene un nombre, ¿no? Hace poco leí un artículo sobre ellos; según un estudio realizado por psicólogos de la universidades canadienses de Manitoba, Winnipeg y British Columbia, el 5’6% de los internautas encuestados reconocía abiertamente que disfrutaba “trolleando” a los demás. Dado que sólo la mitad de quienes navegan por la Red participan activamente, el número de trolls real debe de rondar el 10% de los usuarios activos. Parece poco, pero es muchísimo.

            El estudio señala que los trolls dedican una media de 11 horas semanales a fastidiar a la gente. Había uno en concreto que reconoció dedicar 79 horas a la semana a trollear; es decir el doble de una jornada laboral semanal. Los psicólogos señalan que los rasgos básicos de la personalidad de estos esforzados vocacionales del mal son psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo, siendo este último el más relevante. Pues bien, a mi entender algo falla aquí.

            Vamos a ver, se considera que el 1% de las personas son sádicos puros. Ese mismo porcentaje, el 1%, corresponde a los psicópatas. Pero supongo que ambas categorías se solapan, así que a lo sumo habrá un 1’5% de personas que son o sádicos, o psicópatas, o ambas cosas a la vez. Un porcentaje muy alejado del 10% de los trolls. Así pues, hay alrededor de un 8’5% de trolls que no padecen ninguna parafilia ni ningún trastorno de la personalidad; personas normales que, sin embargo, disfrutan haciendo el mal. ¿Cómo es posible esto? Yo creo que hay varios motivos.

            En primer lugar, la gilipollez. Como reza el llamado Principio de Hanlon: “No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la mera estupidez”. Según las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, de Carlo M. Cipolla, “Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas”. Es decir, los trolls. Convendréis conmigo en que el porcentaje mundial de gilipollas supera con creces el 10% (no me atrevo a aventurar una cifra, porque la Primera Ley Fundamental de Cipolla impide la atribución de un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población. Cualquier estimación numérica resultaría ser una subestimación). Evidentemente, no todos los tontos se orientan hacia el mal; supongo que la mayor parte no se orientan en ningún sentido concreto y sólo algunos acaban cayendo en el trolleo. ¿Por qué lo hacen? Pues, como suele ocurrir con las motivaciones de los capullos, sencillamente porque sí.

            El segundo motivo es la deshumanización de la Red. Estoy seguro de que la mayoría de los trolls serían incapaces de decirle a la gente a la cara las monstruosidades que sueltan por Internet. Y no solo por temor a las represalias (eso lo veremos después), sino por empatía. Sólo el 1% de la población (los psicópatas) carece de empatía. Por tanto, la mayoría de los trolls son empáticos en mayor o menor grado.

            Pero para que la empatía funcione es preciso que antes reconozcas al otro como ser humano, lo cual se produce automáticamente cuando lo ves cara a cara. Pero eso no ocurre en Internet; lo que tienes delante es un nombre, un nick, una foto a lo sumo. Es muy fácil deshumanizar algo así. De modo que la empatía se desconecta y puedes decirle cualquier barbaridad a algo que no percibes como un ser humano, sino como una entelequia, una entidad tan abstracta como Super Mario, por ejemplo.

            El tercer motivo es el anonimato. De entrada, por la impunidad; puedes hacer y decir lo que te venga en gana sin consecuencias, pues nadie sabe quién eres. Pero creo que la cuestión va mucho más allá. Ya sabemos los efectos sobre la psique que tienen los disfraces y las máscaras. Perdemos nuestra identidad y podemos transformarnos en lo que queramos. Pero las personas no somos una única cosa; de hecho, interpretamos distintos papeles según las circunstancias. A grandes rasgos, nos dividimos en el personaje público, que se relaciona con la gente en general, el personaje privado, que se relaciona con su círculo más íntimo, y el yo secreto, que no se lo mostramos a nadie. Diferentes aspectos para la misma persona.

            Cuando interpretamos al personaje público, procuramos ofrecer la mejor imagen de nosotros mismos; potenciamos (o inventamos) nuestras virtudes, y ocultamos nuestros defectos. Se trata de nuestro yo más inhibido, pues está sujeto a una serie de convenciones sociales que no nos atrevemos a vulnerar por temor al rechazo.

            Pero al ponernos una máscara, al ocultar nuestra identidad, podemos mandar al cuerno al yo público, con todas sus inhibiciones, y dar rienda suelta a otras facetas de nuestra personalidad que por lo general no mostramos. Es decir, dejamos en libertad a nuestro yo secreto, ese ente situado en lo más profundo de nuestro interior donde ocultamos lo que no queremos que nadie vea (a veces ni nosotros mismos). Ahora bien, ¿por qué ocultamos ciertos aspecto de nuestra personalidad? Puede ser por fragilidad, porque lo que escondemos es tan sensible que un simple roce ajeno podría dañarnos. Pero también puede ser por vergüenza, pues hay facetas nuestras tan bochornosas que no queremos que nadie las vea. Por ejemplo, ese profundo resentimiento que algunos alimentan en su interior, porque piensan que el mundo es injusto con ellos; la rabia de sentirse menospreciados, el ansia de poder, el rencor, la envidia... Pulsiones y sentimientos profundamente negativos que habitualmente guardamos bajo llave. Ese es el monstruo que, a veces, dejamos suelto cuando enmascaramos nuestro yo público. ¿Y qué es Internet sino un inmenso baile de máscaras?

            Quizá sea porque me estoy haciendo viejo, pero cada vez siento más desconfianza hacia la humanidad, cada vez me gusta menos. Entendedme, por supuesto que hay personas estupendas, gente con la que da gusto estar y de las que puede aprenderse mucho. Pero por cada persona de esa clase hay nueve que sólo me inspiran desinterés, en el mejor de los casos, o repugnancia y miedo en el peor. La humanidad da asco; y cuando digo “humanidad” me incluyo a mí mismo, y el primero de la fila (a fin de cuentas, conozco mi yo secreto).

            Como suele decir un buen amigo mío, somos monos malos, los simios más cabrones de todos. Porque una especie que es capaz de producir ejemplares como los hijos de puta que disfrutaron atormentando a una pobre chica que se acababa de quedar huérfana, no es una buena especie.

 

martes, septiembre 2

Lucha de clases


 
            Es curioso, pero creo que hoy en día quienes se plantean la política como lucha de clases son, sobre todo, las élites de derechas. Warren Buffett, el cuarto hombre más rico del mundo, lo expresó con claridad: “"Por supuesto que existe lucha de clases, y mi clase la ha ganado". Me apresuro a aclarar que lo que define la clase social es el poder adquisitivo; es decir, que alguien es de clase alta única y exclusivamente porque maneja más pasta que los de clase media y baja. Nada más. Aunque, claro, eso de la pasta tiene luego muchas y variadas consecuencias.

            En mi círculo personal, incluso en el familiar, hay unas cuantas personas de derechas, incluso de derecha extrema, y todas me han acusado en algún momento de lo que consideran un contrasentido: Yo me declaro de izquierdas, y sin embargo tengo un buen coche, una buena vivienda y según mi renta pertenezco a la clase media-alta. Así pues, para mis conocidos de derechas soy un burgués que juega a ser izquierdoso; porque, en su concepción de las cosas, para ser de izquierdas hay que ser pobre.

            En realidad, es un argumento muy generalizado. Supongo que todos recordáis lo mucho que se ceba la caverna con Javier Bardén, por ser de izquierdas y millonario. Al propio Buffett le acusan de lo mismo, pues propugna una subida de impuestos a los ricos, y afirma que el sistema actual es injusto, pues permite que él tribute a un tipo impositivo más bajo que su secretaria. Así pues, Buffett, Bardén y yo somos unos inconsecuentes que jugamos a ser progresistas, mientras que nuestro nivel de vida se corresponde con el de clases sociales elevadas (aunque ya me gustaría a mí que mi nivel de vida fuese tan elevado como el de mis ilustres compañeros de inconsecuencia).

            Pues bien, este argumento de la derecha sólo tiene sentido si se contempla desde el punto de vista de la lucha de clases. Si pertenezco a una clase social, debería defender los intereses de esa clase social y dejarme de gilipolleces. O, dicho de otra forma: si tengo X pasta, debería propugnar que el sistema político haga posible que yo siga teniendo esa pasta, o más. Por  tanto, yo debería, entre otras cosas, estar en contra de los impuestos, pues estos tienen un componente redistributivo que beneficia a clases sociales inferiores, que no son mi clase y por tanto deberían importarme un carajo.

            Vale. Resulta que cuando yo tenía veintitantos años ya era de izquierdas. Pero también era pobre como una rata, así que, según los criterios de la derecha, era consecuente. Pero después empecé a ganar bastante dinero (y además en el mundo de la publicidad, te cagas), así que lo lógico era, supuestamente, que empezase a derivar hacia la diestra para ser consecuente con mi nueva clase social.

            Dicho con otras palabras: Si tienes unas ideas acerca de cómo debería ser la sociedad y la forma de gestionarla, en el momento en que subas de clase social esas ideas deben cambiar y adaptarse a tu nuevo estatus económico. O sea, que lo que está bien y lo que está mal depende de la pasta que tengas en el bolsillo, ¿no?

            Y ahí está la cuestión, en el bien y el mal. Porque hay otra forma de entender la política: no como lucha de clases (eso sería una consecuencia posterior), sino como ética. ¿Y qué clase de ética? La más sencilla de todas, la base de todo planteamiento moral, un principio que, según creo, fue escrito por primera vez en el Mahabharata: "Todo lo que una persona no desea que le hagan, debe abstenerse de hacerlo a los demás”. O al revés, como lo expuso Mencio: "Esfuérzate en tratar a los demás como querrías ser tratado”. Es decir, tú eres los demás y los demás son tú.

            Mi planteamiento es muy simple: No todo el mundo nace en igualdad de condiciones; algunos, la minoría, lo hacen en el seno de familias privilegiadas, tanto en poder adquisitivo como en redes de contactos. Otros, muchos más, nacen en familias que no tienen casi nada, ni dinero ni contactos. Y entre medias, una amplia gama de gradaciones. Es decir, si la vida fuese una maratón (a veces lo parece), algunos corredores partirían de la línea de salida, a  42 kilómetros y 195 metros de la meta; pero otros lo harían a tan solo veinte kilómetros, y unos pocos ya estarían en la llegada desde el principio de la carrera. No parece muy justo, ¿verdad? Pero así son las cosas. En nuestra sociedad, el factor más importante para alcanzar el éxito no es ni el talento, ni la preparación, ni el esfuerzo, sino la clase social donde hayas nacido. O sea que un gilipollas de clase alta tiene muchas más posibilidades de triunfar en la vida que un genio de clase baja.

            Como eso no me parece bien (soy así de raro), creo que la sociedad debería hacer todo lo posible por reducir esas diferencias; por un lado eliminando en lo posible los privilegios de las clases, sí, privilegiadas, y por otro proporcionando a las clases bajas todo lo necesario para que tengan un mínimo de igualdad de oportunidades (educación pública de calidad, sanidad, desarrollo personal, etc.). Del mismo modo, debería garantizarse el derecho a una vida digna para todos los ciudadanos. Y simultáneamente, deberían potenciarse valores sociales y personales como la solidaridad, la tolerancia, el esfuerzo, el diálogo, la cooperación o el respeto a la cultura. Y por supuesto, debería tacharse de un plumazo cualquier discriminación por razones de clase, sexo o raza. ¿Es eso ser de izquierdas? ¿Sí? Vale, pues entonces soy de izquierdas; pero insisto en que mi planteamiento inicial no es político, sino ético.

            Pues bien, ¿dónde está la ética en la sociedad española? Y no me refiero a los políticos, que en su mayor parte ni siquiera conocen el significado de esa palabra, sino a los ciudadanos. Por ejemplo, a esos que votan a candidatos corruptos a sabiendas de que lo son, como ha ocurrido en la Comunidad Valenciana con el PP o en Andalucía con el PSOE. O los que discriminan a los emigrantes y/o abusan de ellos. O los que promueven o toleran comportamientos racistas y sexistas. O los que piratean la propiedad intelectual e incluso se atreven a considerarlo un acto revolucionario. O los que no saben debatir sin gritar e insultar. O los que conducen sus coches partiendo de la base de que pueden hacer lo que les salga de los cojones y los demás que se jodan. O los que ensucian las calles. O los que abusan de los “inferiores”. O los que son incapaces de escuchar y sólo se oyen a sí mismos. O los que desprecian la cultura y solo valoran el dinero. O los que opinan sobre cualquier cosa sin molestarse en informarse. O los que exigen toda clase de derechos, pero en cuanto pueden se escaquean de sus deberes. O los que evaden impuestos, que es el principal factor redistributivo. O los se ciscan en el esfuerzo y sólo buscan el pelotazo rápido...

            Desde mediados de los 80 hasta la primera década del siglo XXI, tuvo lugar un triunfante proceso de “desclasación”. El sistema convenció a los ciudadanos de que todos éramos de clase media, así que la lucha de clases carecía de sentido. Por otro lado, no hacía falta prepararse y esforzarse para prosperar, porque el dinero fluía alegremente y bastaba con una cuantas chapuzas en la construcción para forrarse. De modo que, al perderse la conciencia de clase, nos convertimos en un país de insolidarios, de egoístas francotiradores que iban cada cual a lo suyo. Vale, y ahora ¿qué?

            En España hay una crisis económica, una crisis de instituciones y una crisis política. Pero sobre todo hay una crisis de ética ciudadana, y mientras ésta no se solucione todo seguirá igual.

            En cualquier caso, lo gracioso es que, salvo algunos dinosaurios de IU, los únicos marxistas que quedan en este país, los únicos que aún practican la lucha de clases, son las élites económicas. Qué cosas, ¿verdad?

sábado, agosto 9

Verano




            Este año, al menos en Madrid, lo que llevamos de verano ha sido raro. El calorazo se retrasó mucho y, cuando por fin llegó, lo hizo de forma intermitente; dos o tres días de calor, luego refrescaba y vuelta a empezar. Ahora llevamos más de una semana de solanera, pero aun cuando hace mucho calor, no es ese calor achicharrante tan propio del verano madrileño; ese calor que suele derretir el asfalto, las mentes y los corazones a principios de agosto. Mejor así, ¿no? No obstante, tengo la no demasiado tranquilizadora sensación de que las estaciones se están desplazando. El verano climatológico comienza y acaba más tarde, y lo mismo sucede con el otoño y el invierno. Con la primavera no lo sé, porque en Madrid no suele haber primaveras. ¿El cambio climático o una falsa impresión? Ni idea.

            ¿Cuál es la estación del año que más os gusta? A mí todas; de hecho, lo que más me gusta es vivir en una zona del planeta donde se producen sensibles cambios estacionales. No obstante, siento debilidad por el otoño. Porque es una estación visualmente bonita, meteorológicamente agradable y emocionalmente melancólica. Pero si me hubieran preguntado lo mismo cuando era niño o jovenzuelo, mi respuesta habría sido otra: el verano. Esas larguísimas vacaciones escolares, ese tiempo dilatado... Durante la infancia, el tiempo se percibe más lento; las tardes de verano duraban siglos y el verano en sí era infinito. Una luminosa época de promesas y prodigios.

            No sé si os sucede a vosotros, pero en mi caso las emociones derivadas de ciertas cosas (como por ejemplo las estaciones) provienen directamente de las impresiones de la infancia y la primera juventud. Por ejemplo, cuando era niño (estamos hablando de los 60) en mi casa se compraba el Selecciones del Reader's Digest, y en esa revista, al llegar el verano, Nescafé insertaba un publirreportaje con bebidas de verano hechas con eso, con Nescafé. Era una serie de bodegones de ambientación veraniega acompañados de las recetas de las diferentes mezclas. Pues bien, uno de esos bodegones lo tengo grabado en la memoria. Un fondo de arena de playa, una toalla y, encima de ella, la copa con la bebida en cuestión. Y, lo más importante, la luz entrando en hileras paralelas, como si atravesase una persiana o un baldaquino de chamiza.

            Eso es para mí el verano: intensa luz del sol entrando en hileras. Y no es de extrañar. En mi casa, para atemperar el calor, se bajaban las persianas durante el día, pero dejando huecos entre las lamas para que se colara algo de luz. Luz en hileras. Verano.

            Paradójicamente, otra poderosa asociación con el verano es, para mí, lo contrario de la luz: la noche. Veréis, de pequeño, durante el periodo escolar, tenía que acostarme a la 22:30 como muy tarde. Durante los fines de semana me dejaban hasta la medianoche. Pero en verano, amigos míos, me permitían acostarme cuando me viniese en gana. Puede que no fuese una educación muy ortodoxa por parte de mis padres, pero a mí me encantaba.

            Una de las cosas que hacía con frecuencia por la noche era sentarme junto al gran ventanal del salón y ponerme a leer una novela de ciencia ficción, aunque alternaba la lectura con la observación de lo que sucedía en la calle. Por aquel entonces, todas las casas tenían porteros que vivían en el edificio con sus familias. En verano, después de cenar, sacaban una sillas a la calle, junto al portal, quizá una mesa, un botijo y alguna botella de vino o anís, y se ponían a charlar al fresco (es un decir). Así que había varias tertulias en varios portales. A partir de la una de la madrugada o así, cuando los porteros y sus familias se habían retirado, aparecían los regadores. Conectaban sus largas mangueras a las tomas de agua que había en las aceras y limpiaban la calle a manguerazos. El agua se evaporaba rápidamente, saturando la por lo usual seca atmósfera de humedad. Y entre tanto, periódicamente, se escuchaban los golpes de chuzo que daba el sereno durante su ronda (¿Todo esto os parece prehistórico? Claro, porque lo es).

            Pues bien, desde la atalaya de mi ventanal yo contemplaba el escenario nocturno con curiosidad y una confortable sensación de calidez. Pero lo mejor venía luego, cuando las calles se quedaban totalmente vacías. Me parecía mágico, como atisbar un universo paralelo. El silencio, la oscuridad matizada por el resplandor de las farolas, los insectos revoloteando en torno a ellas, el lejano sonido de las campanas de alguna iglesia, quizá los ladridos de un perro en la distancia... Sumergirme en el corazón de la noche, no sé por qué, me hacía sentir bien.

            Supongo que fue entonces cuando me convertí en el bicho nocturno que siempre he sido. El caso es que esas son las asociaciones que me sugiere el verano: luz en hileras y la noche. Hay más, por supuesto, pero creo que esas se cuentan entre las más remotas.

            Más de una vez he comentado aquí que, con los años, vamos perdiendo la capacidad de “sentir” nuestro entorno. Cuando yo era jovenzuelo sentía el verano (y el resto de las estaciones; todo en realidad) en cada una de las células de mi cuerpo, me armonizaba con las impresiones externas, me fundía con ellas. Ya no; al menos, no automáticamente. Es como si estuviera anestesiado y no pudiera sentir. Quizá en ello también tenga algo que ver mi trabajo de escritor; estoy tan acostumbrado a vivir en mi interior que a veces pierdo contacto con el exterior. Pero, en general, creo que a partir de cierto momento vital nuestra mente está siempre en otra parte y dejamos de prestar atención a las pequeñas cosas que suceden a nuestro alrededor.

            No obstante, una mañana hará cosa de un mes, mientras circulaba en coche por el barrio de Chamberí (mi viejo barrio), de repente, sentí el verano en toda su dimensión emocional. No sé por qué, quizá por algún olor, o por algo que vi o recordé; el caso que súbitamente entré en armonía con todo lo que me rodeaba. Fue una epifanía de lo más exultante.

            Qué tontería, ¿verdad? Sin embargo, entrar en armonía con el mundo es la esencia de la mística, ¿no? Por menos de eso Santa Teresa de Jesús escribió tropecientas poesías.

            En fin, vaya rollazo. En realidad, esto no ha sido más que un pretexto para despedirme, momentáneamente, de vosotros y desearos unas felices vacaciones. Durante las dos próximas semanas estaré ausente de Babel; al menos en lo que a entradas se refiere. Luego, volveremos a encontrarnos descansados y fresquitos.

            Feliz verano, amigos.

jueves, agosto 7

Abracadabra


 
            Me fascina el ilusionismo. Como a todo el mundo, supongo, pues ésa es la razón de ser de la prestidigitación: asombrar. Me gusta en particular la llamada “micromagia”, o “magia de proximidad”; es decir, la que se realiza a corta distancia del espectador, mediante cartas, monedas, bolas, etc. El tipo de magia que practica Juan Tamariz, para entendernos

            Mucha gente cree que el secreto de esta clase de ilusionismo reside en la agilidad manual del mago. A fin de cuentas, la palabra “prestidigitación” viene del latín prestus digitus, que significa “dedos rápidos”. Y es cierto, la habilidad manual del ilusionista es fundamental; pero no es la habilidad más importante.

            Hace poco, leí un libro de lo más interesante: Engañar a Houdini, de Alex Stone (Debate, 2014). En él, el autor narra el largo proceso que siguió para convertirse en ilusionista. Y os puedo asegurar algo: hace falta más tiempo, trabajo, dedicación y empeño para ser ilusionista que para ser neurocirujano. Pero bueno, a lo que íbamos: El autor, Stone, afirma que la principal herramienta del mago es su habilidad para dirigir la atención de los espectadores hacia donde él quiera. El ilusionista consigue que mires su mano derecha mientras que con la izquierda hace algo que no ves.

            De hecho, últimamente la neurobiología se ha dedicado a utilizar el ilusionismo para estudiar la percepción humana y las formas en que es engañada. En España se han publicado varios libros al respecto, como por ejemplo Los engaños de la mente, de S. L. Macknik y S. Martínez-Conde (Destino, 2012).

            Vale, ahora voy a hablar del molt honorable Jordi Pujol, uno de los próceres del nacionalismo catalán y fundador del partido Convergencia Democrática de Cataluña, que actualmente lidera, junto con Esquerra Republicana, el movimiento independentista. Reconozcámoslo; Pujol siempre ha sido un ilusionista de primera. ¿Recordáis su campechano “eso ahora no toca”? Un abracadabra magistral para desviar la atención. O su asombroso transformismo que le permitió pasar de ser un mero dirigente político a convertirse, junto con su partido, nada más y nada menos que en la encarnación de la mismísima Cataluña. Ni David Copperfield sería capaz de algo semejante.

            Pero su número maestro, su gran actuación, ha sido un fabuloso ejercicio de escamoteo. Pujol, solo en el escenario bajo la luz de los focos, alza lentamente la mano derecha y en ella aparece un rótulo resplandeciente que pone PATRIA. El público, asombrado, embelesado, centra la atención en la maravilla que muestra la mano derecha del prestidigitador, y el hábil Pujol aprovecha esa distracción para hacer desaparecer con la mano izquierda unos cuantos cientos de millones del erario público.

            Eso es la esencia del ilusionismo, no me digáis que no. La clave está en desviar la atención. Si os fijáis, los movimientos de los magos son exagerados, ampulosos, hipnóticos. Cuando extienden un brazo, lo hacen con un gesto amplio, cadencioso, acompañado de un suave floreo de la mano. Es imposible apartar la mirada de esos ademanes, son magnéticos.

            Del mismo modo, los prestidigitadores sociales usan palabras ampulosas para atrapar y distraer la atención del público. Son las famosas Palabras Grandes de las que ya he hablado aquí en más de una ocasión. Me refiero a palabras como PATRIA, DIOS, RAZA, HONOR, PUEBLO... palabras grandes en el sentido de que superan la dimensión del ser humano; de hecho, son más grandes que la vida misma. Y, al mismo tiempo, palabras difusas, imprecisas, cuyo significado puede adaptarse al gusto de cada cual. Como los ademanes de los magos, que no significan nada, pero, coño, cómo molan.

            El caso es que de esto ya hablé en una entrada de septiembre de 2012 llamada Carnaza, mucho antes de que el gran mago Pujolini confesara (parcialmente) su truquito. Joder, cómo me gusta tener razón...

            Pero ya sé que da igual. Las trampas de Pujol, de su familia y de su partido no van a empañar el fulgor del independentismo catalán. Puede que antes el ex molt honorable fuese la encarnación de las esencia patrias, pero ahora de golpe se ha convertido en un mero individuo del que hay que olvidarse. El hombre ha fallado, dirán, pero el ideal permanece.

            ¿Aunque ese ideal haya sido el señuelo de unos cuantos ilusionistas sociales aficionados al latrocinio? Pues vale... ¿Cómo podría yo hacer ver a cierta gente, por lo demás estupenda, que cuando alguien te viene con Palabras Grandes es porque quiere manipularte? En fin, ya sé que no voy a poder. ¿Y Samuel Johnson podría? Suya es esa frase que reza: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

            Pero da igual; las personas son reacias a reconocer que han sido manipuladas o a aceptar que son manipulables. Como sabéis, trabajé durante muchos años como creativo publicitario; era un manipulador profesional, sé de qué va la cosa. Y a lo largo del tiempo me he encontrado con numerosas personas que afirmaban, con gran solemnidad, que a ellos la publicidad no les afectaba. Por supuesto, yo me reía para mis adentros, porque sabía, sé, que la publicidad afecta a todo el mundo; incluso a mí y a los profesionales del medio, que nos conocemos los trucos.

            De hecho, si algo demuestra el ilusionismo es que todos podemos ser engañados y manipulados. Y no hay que sentirse tonto por ello; está en la esencia de nuestra percepción, en nuestro programa básico. Los magos pueden engañar incluso a los más inteligentes. La diferencia está en que algunas personas, las que menos se dejan llevar por las emociones y son más propensas al escepticismo, quizá no sepan descubrir los trucos, pero saben con certeza que el mago les está engañando. Otros, los menos reflexivos, creen que, aunque el mago sea un tramposo, la magia es real.

viernes, agosto 1

José Carlos Mallorquí / Big Brother


 
El martes pasado, 29 de julio de 2014, en la clínica Ruber de Madrid, a la edad de 74 años, murió José Carlos Mallorquí del Corral, hijo primogénito del escritor José Mallorquí Figuerola y de Leonor del Corral Abuin, arquitecto, fotógrafo y arquero. Mi hermano mayor. Big Brother.

            Según me han contado quienes estuvieron presentes, su muerte, causada por una insuficiencia respiratoria, fue dulce y serena. Estaba inconsciente; su respiración, cada vez más leve, se interrumpió. Su pulso fue debilitándose hasta desvanecerse. Fin. Game over. No sufrió.

            Llevo unos minutos parado aquí, sin saber cómo seguir. Me gustaría construir un monumento de palabras para dedicárselo, pero no sé hacerlo, sólo soy un artesano. ¿Recordáis la serie de entradas que escribí sobre mi hermano Eduardo? Pues no voy a hacer lo mismo con José Carlos, porque no hay tema. La vida de Eduardo fue un drama, pero la de José Carlos no, todo lo contrario. Su vida fue cómoda, ordenada y razonablemente feliz. Y la felicidad no es buena materia prima para la literatura.

            Era trece años y medio mayor que yo. Nos parecíamos físicamente. Él medía un metro noventa y tres centímetros de altura, y yo uno noventa y dos; ambos teníamos los ojos azules y la piel clara. Nuestras voces se parecían mucho –por teléfono eran indistinguibles-, aunque la de Eduardo también. Pero Eduardo no era tan alto (sólo medía 1’88), y era moreno, con la piel más oscura. Eduardo se parecía más a nuestro padre, y nosotros a nuestra madre.

            Cuando yo era pequeño, no me relacioné mucho con José Carlos. Por la diferencia de edad, claro; pero también porque mi hermano mayor no sabía tratar con niños, se sentía incómodo con ellos.

            José Carlos estudió arquitectura y, al concluir la carrera, montó un pequeño estudio con dos compañeros de universidad. Uno de ellos, Teresa, acabaría siendo su esposa, con la que tuvo una hija a la que llamaron Leonor como homenaje a nuestra madre. Le habría gustado tener más hijos, pero no fue posible.

            A José Carlos le fue bien con la arquitectura: había mucho trabajo y ganaron mucho dinero. Le gustaba viajar y se daba todos los caprichos que le apetecían. Era un pirado de la tecnología y le encantaban los gadgets. Su espléndido equipo de sonido, por ejemplo, era tan sofisticado y estaba tan lleno de cachivaches que llegó un momento en que ni él mismo sabía qué estaba conectado con qué, ni cómo, ni por qué.

            Pero su auténtica pasión –heredada de nuestro padre- era la fotografía. Tenía un equipo excelente, casi profesional, y había montado un laboratorio fotográfico en el estudio (eran los tiempos de la fotografía analógica). Y, lo más importante, era un fotógrafo excepcional, de esos que saben ver lo que los demás no ven. Al principio, sus fotografías eran impecables, de gran calidad técnica, pero quizá demasiado académicas. Hasta que, de repente, rompió las normas y comenzó a hacer una fotografía mucho más libre y creativa. Era muy bueno (no lo dice el hermano, sino el publicitario que hay en mí). Siempre he pensado que si se hubiera dedicado profesionalmente a la fotografía habría sido aún más feliz. Pero sólo es mi opinión.

            Su otra gran afición era el tiro con arco. Lo practicó de jovencito y luego, ya adulto, de forma más seria. En 1981 fue campeón de España de tiro olímpico. Más tarde, sería presidente de la Federación Española de Tiro con Arco y miembro del Comité Olímpico Español. Y en ese contexto tuvo lugar uno de sus mayores éxitos. Para las Olimpiadas de Barcelona 92, el Estado dotó de presupuesto extra a las distintas federaciones; pero, claro, unas se llevaron más pasta y otras menos. El tiro con arco español nunca había pintado nada internacionalmente, así que su federación recibió mucho menos que las otras.

            Hasta entonces, las ayudas se habían repartido entre varios arqueros, con lo cual, al ser poco dinero, no servían para nada. Así que José Carlos hizo algo distinto: Escogió a los dos mejores arqueros del país y destinó todo el dinero a becarles para que se dedicaran durante unos años exclusivamente a practicar el tiro. ¿El resultado? España ganó la medalla de oro en Tiro por Equipos, un oro con el que nadie contaba. En la primera reunión del Comité Olímpico que hubo tras los juegos, cuando mi hermano entró en la sala todos los presidentes federativos se pusieron en pie y le aplaudieron. Había hecho un milagro. José Carlos me confesó que esos fueron los momentos más exultantes de su vida.

            Aunque nos parecíamos físicamente, José Carlos y yo éramos muy distintos. Él de derechas y yo de izquierdas; él un hombre de vida ordenada y yo una cabra loca; él tradicional y yo rupturista. Además, él era muy Mallorquí, y yo mucho menos (quienes nos conozcan sabrán lo que significa ser “muy Mallorquí”). Y otra cosa: yo era por dentro más fuerte que él. Es paradójico; pese a su gran tamaño y fortaleza física, José Carlos era frágil en su interior, se quebraba con facilidad. Él mismo reconocía que lloraba con La casa de la pradera. A veces me da por pensar que mi familia se parece un poco a la de El padrino. De todos los hermanos, el más duro, el que mejor encajaba los golpes, fui yo, el pequeño Y también he sido yo el sucesor de mi padre (¿Soy Michael Corleone?).

            Pero otras cosas nos unían. Ambos amábamos la literatura y la cultura popular. A los dos nos gustaba viajar y la gastronomía. Éramos muy aficionados a la ciencia ficción (él me inició en ella). Nos apasionaba el cine, sobre todo el clásico norteamericano. Nos encantaban los conocimientos chorras. Yo también era aficionado a la fotografía, aunque con mayor modestia. La verdad es que compartíamos muchas aficiones e intereses.

            José Carlos y yo apenas tuvimos relación durante mis primeras dos décadas de vida, hasta unos años después de la muerte de nuestro padre. Luego, poco a poco, fuimos aproximándonos. Las, afortunadamente, no muchas veces que le necesité, él respondió. El desastre vital de nuestro hermano Eduardo contribuyó a unirnos. Y al final sellamos un tácito pacto de hermandad. Aprendimos a querernos.

            Hicimos algunos  viajes juntos, asistimos a conciertos y exposiciones, íbamos al cine, nos veíamos con cierta frecuencia. Luego, me casé, tuve hijos, y nuestros encuentros se hicieron más esporádicos, pero no nos distanciamos, pues hablábamos mucho por teléfono. En los 90, José Carlos y Teresa clausuraron el estudio y se prejubilaron. Al tener más tiempo libre, las llamadas telefónicas de mi hermano se intensificaron, tanto en número como en extensión.

            Pasó el tiempo y, ya entrado el siglo XXI, comenzaron los problemas de salud. Lesiones en la columna que dificultaban su movilidad. Apneas del sueño. Y lo más terrible: la enfermedad de Parkinson. Yo creía que el único efecto del Parkinson eran los temblores, pero no; eso es una broma comparado con los verdaderos síntomas. Es una enfermedad lenta, pero condenadamente hija de puta.

            José Carlos cada vez tenía más problemas para desplazarse. A veces, se quedaba paralizado. No podía estar mucho rato en la misma posición. Dormía mal. Y todo eso, cada vez peor.

            Dejó de salir de casa. Yo le visitaba de vez en cuando, pero sobre todo hablábamos muchísimo por teléfono. Siempre llamaba él; con frecuencia dos o tres veces el mismo día. En gran medida, era una putada, porque me interrumpía cuando estaba trabajando; pero yo siempre le daba toda la bola que él quisiera. Él decidía cuándo llamarme y cuándo interrumpir la llamada. No soy una persona paciente, pero con él tuve toda la paciencia del mundo, porque muchas veces me llamaba en momentos muy inoportunos. Pero yo era uno de sus escasos contactos con el exterior, una de sus pocas distracciones. Y, qué demonios, también me gustaba hablar con él. El teléfono era casi nuestro único contacto.

            Y a partir de un momento, ya fue literalmente lo único que nos unía. Para entonces, casi sólo nos veíamos en Nochebuena, pues mi familia y yo íbamos a su casa para cenar. Hasta que José Carlos decidió dejar de hacerlo, porque se sentía demasiado incómodo físicamente para pasar una velada entera. Y ya nunca más celebramos las fiestas de Navidad juntos.

            Pero seguíamos hablando muchísimo por teléfono. ¿De qué hablábamos? De cine, de series de TV, de libros, de ciencia ficción, de nuestra familia, de banalidades. Bromeábamos. José Carlos tenía un gran sentido del humor, pero una inconfesable debilidad por los juegos de palabras. Yo me metía con él, le decía que el juego de palabras es el pariente pobre del ingenio. Pero él, inasequible al desaliento, incluso me telefoneaba exclusivamente para contarme el último juego de palabras que se la había ocurrido. Su último comentario en el blog no lo firmó “Big Brother”, como solía. Aparece en la entrada Procrastinando y es el comentario del anónimo de las 2:51. Y, cómo no, es un juego de palabras.

            Una de las consecuencias del Parkinson es, en su fase avanzada, provocar crisis de insuficiencia respiratoria. La primera que sufrió mi hermano fue, creo recordar, hace dos años y medio. Le ingresaron urgentemente en el hospital, le intubaron, le practicaron una traqueotomía, le indujeron un coma. Estuvo varios meses ingresado. Más o menos un año más tarde, sufrió otra crisis que conllevó una nueva y prolongada hospitalización.

            Y este mes de julio sobrevino la tercera y definitiva.
 
            Mi sobrina Leonor me  telefoneó al día siguiente del ingreso de mi hermano en el hospital, por la noche. Odio cuando suena el teléfono después de las once; sólo pueden ser malas noticias. Y esta vez lo fueron. José Carlos se moría. Fui a verle a la mañana siguiente. Tuve suerte, muchísima suerte, porque pude reunirme con él durante uno de sus últimos momentos de lucidez. Y hablamos de banalidades, como siempre hacíamos, durante algo menos de una hora.

            Pero sobre todo, pude despedirme de él. En realidad, yo ignoraba que era un adiós definitivo; sabía que estaba muy grave, que los médicos le habían desahuciado, pero mi hermano era fuerte como un toro... Sin embargo, cuando él me pidió que me fuese porque quería descansar, sentí la necesidad de besarle, algo que nunca hacía. Así que le cogí de la mano y le besé en la frente. Puede que ése haya sido el beso más importante de mi vida.

            El pasado martes, Leonor me llamó por la mañana y me dijo que José Carlos estaba agonizando, que su muerte era inminente. Vale, sabía que eso iba a ocurrir, pero me desmoroné. Fue entonces cuando escribí la anterior entrada.

            Poco antes de las tres de la tarde sonó el teléfono. Era Leonor; entre lágrimas, me dijo que su padre había muerto. Yo no podía hablar; balbuceé una disculpa, colgué el teléfono y lloré como hacía mucho tiempo que no lloraba. Afortunadamente, un minuto más tarde llegó a casa Pepa, mi mujer, se abrazó a mí y me consoló. Luego llegaron mis hijos y me abrazaron también. Qué buena gente es mi actual familia...

            Nada puede prepararnos para la muerte de un ser querido, y cada muerte es distinta, única. Si hubiese estado en mi mano elegir si mi hermano vivía o moría, ¿qué habría hecho? De prevalecer el egoísmo, habría optado por su supervivencia. Pero actuando con bondad, habría elegido la muerte. Porque la vida de José Carlos era un infierno, y su muerte una liberación.

            Mi hermano solía comentarme lo bien que había sabido morir nuestra madre. Él la acompañó en la ambulancia que la condujo al hospital; por lo visto, ella miraba por la ventanilla, como despidiéndose del mundo. Estaba tranquila, había aceptado su final. José Carlos también estaba presente cuando nuestra madre sufrió el colapso definitivo. Lo último que dijo justo antes de perder el conocimiento fue preguntar qué tal estaba nuestro padre.

            Al final, José Carlos aceptó la muerte y también supo irse con elegancia.

            Pero todo eso sólo es un leve consuelo para mí. En mi interior bullen un montón de emociones, muchas de ellas contrapuestas. Tristeza, sí, y vacío, un inmenso vacío. Es como si me quedara huérfano otra vez. También siento un raro vértigo... Mi familia original, en la que nací, estaba compuesta por mis padres, mis dos hermanos y mi abuela materna. Eso era todo; no tengo tíos ni, por tanto, primos. Pues bien, de esa familia original sólo quedo yo.

            Es como ser una ruina; lo que resta de lo que fue. Yo soy ahora el guardián de la memoria, el último de una saga, aunque no el último de la estirpe. Ahí están Leonor, Óscar y Pablo. Pero me siento un poquito solo, un poquito perdido, porque con la muerte de José Carlos una parte de mi vida, de mi hogar, de mi verdadera patria, se ha esfumado. En el fondo, muy en el fondo de mi interior, me siento como un niño abandonado.

            Ahora, cuando suena el teléfono por la mañana, el primer pensamiento que me viene a la cabeza es que es José Carlos llamándome (casi siempre era él cuando sonaba el teléfono). Y un instante después, el corazón me da un vuelco al comprender que no, que no puede ser, que nunca jamás volveré a charlar por teléfono con mi hermano, que Big Brother no volverá a merodear por Babel.

            En fin... Adiós José Carlos, hermano mayor; te voy a echar muchísimo de menos.
 
 
José Carlos Mallorquí del Corral
26 de diciembre de 1939 – 29 de julio de 2014
 
 
 
 

 
Nuestro padre publicó como complemento de una de sus novelas
la historia de Levi Strauss y sus pantalones. La empresa, en
agradecimiento, le envió a m padre una gran caja llena de ropa
vaquera para toda la familia. Las dos fotos se tomaron el día que
llegó, el sábado 30 de junio de 1956. Por entonces, los Levi's
no se vendían en España, así que debimos de ser los primeros
del país en llevarlos.



 
 
José Carlos y yo en 1956

 
José Carlos y yo en 1954
 
 
Nuestro padre hacía sus propias felicitaciones de Navidad.
En la foto, la mano de la izquierda es de Eduardo y la de la derecha
de José Carlos.

martes, julio 29

Mientras agoniza


 
            Desde hace unos días, mi hermano mayor, José Carlos, está ingresado en un hospital, aquejado de una grave crisis respiratoria causada por la enfermedad de Parkinson. Hará cosa de un par de horas he hablado por teléfono con mi sobrina Leonor y me ha dicho que su padre está agonizando. Los médicos dijeron que no superaría la pasada noche, pero él sigue ahí. Aún en la debilidad es fuerte.

            He tenido que cortar la llamada, porque no podía dejar de llorar. Llevo mucho rato derramando lágrimas. No lo había hecho hasta ahora; es como si hubiera abierto una espita y no pudiera cerrarla. Me siento confuso...

            José Carlos está sedado; le suministran morfina para que no sufra, porque debe de ser horrible morir ahogándose.

            No sé por qué escribo esto, no tiene sentido. Estoy en mi despacho, solo, y no puedo trabajar, no puedo concentrarme, aunque debería hacerlo, debería seguir con mi novela, para ser otras personas en otros lugares donde no sucede lo que está sucediendo... Pero no puedo. Y tampoco puedo no hacer nada, así que escribo este estúpido texto.

            Fui al hospital el viernes pasado. Mi hermano había experimentado una leve mejoría y estaba consciente. Al verle, fue como un mazazo; estaba tan desvalido... parecía un bebé enorme. Estuve con él una hora o así, hasta que me pidió que me fuese, porque quería descansar. Al marcharme, hice algo que nunca hacía. Le cogí de la mano y le besé en la frente. No solía besarle; nos abrazábamos, nos dábamos un apretón, pero no nos besábamos, no sé por qué. Pero me inspiraba tanta ternura que no pude evitar besarle. Ignoraba que ese beso iba a ser una despedida definitiva. Pero me alegro de que haya sido así, trasmitiéndole mi cariño...

            Apenas veo la pantalla del monitor, oculta tras una bruma de lágrimas. ¿”Bruma de lágrimas”? ¿Es que ni ahora puedo dejar de ser escritor, coño? ¿Es que no puedo dejar de pulsar el teclado ni siquiera en estas circunstancias? ¿Por qué tengo que transformarlo todo en letras, palabras y frases? Y si lo hago, ¿por qué pretendo que sean bonitas? Esto no tiene nada de bonito, no debería intentar convertirlo en literatura. Pero es lo que sé hacer; quizá sea ésta la forma en que digiero las cosas. Palabrería; puede que eso sea todo: puñetera palabrería, bla-bla-bla sin sentido.

            Pero a  veces, las palabras son alfileres que se clavan en la piel. Perros que te muerden. Sal en la herida. Joder, qué mierda...

            Big Brother. Ese es el nick que utiliza José Carlos para merodear por Babel. Gran Hermano, como el personaje de 1984, de esa ciencia ficción suya que tanto ama. Su herencia en mí, él me transmitió la afición por ese género. Big Brother. Un nick adecuado; es mi hermano y es grande, tan alto como yo pero mucho más voluminoso.

            Creo que hablar en presente de él me tranquiliza. No quiero hacerlo en pasado, no quiero. De repente, tengo la sensación de que mientras escriba esto, mi hermano vivirá. Quizá si no dejara de escribirlo nunca, hablando de él en presente, entonces no moriría...

            Estoy divagando, perdonadme.

            Sólo he encontrado en Internet una foto de mi hermano, la que tenéis ahí arriba. Es de hace muchos años, más de treinta, y se le va haciendo una de las cosas que más le gustaban.

            Estoy mal; lo siento, ahora no soy un buen anfitrión. Colgaré este texto en el blog, porque quiero estar ocupado haciendo algo, porque no quiero pensar. Ni puedo. Disculpad el mal rollo.

jueves, julio 24

Viajes de papel


 
 
            Hay muchas formas de encarar las vacaciones. Algunos, la mayoría, se trasladan a un lugar de playa, o montaña, y allí se apalancan, sin apenas moverse de donde están. Otros hacen lo mismo, pero tienen su propia casita, adonde van todas las vacaciones. Esta última opción me desconcierta: ¿Ir siempre al mismo lugar, año tras año? Me parece un coñazo, pero para gustos los colores.

            Otra alternativa son los viajes organizados. Te llevan de un lado para otro y te dicen lo que puedes y/o debes hacer. Ahora te montas en un autobús, ahora tienes cinco minutos para hacer fotos, ahora haces compras, ahora te culturizas con una visita guiada a tal monumento, ahora te diviertes... Quienes practican este tipo de viaje parecen pistoleros del oeste haciendo muescas en la culata de su revolver. Me los imagino con una libretita, tachando destinos a toda leche. ¿Taj Mahal? Check. ¿La Alhambra? Check. ¿Mont Saint Michel? Check. ¿El Gran Bazar? Check. ¿Hoy es martes? Entonces esto es Bélgica. Los cruceros son una variante acuática, y a la larga claustrofóbica, de esta clase de vacaciones.

            Pero hay toda suerte de opciones. Dedicarte a practicar tu afición favorita (surf, escalada, cazar mariposas, lo que sea). Ser tan hijo de puta como para hacer turismo sexual. Asistir a conciertos y actividades culturales. Irte a tu pueblo, con los parientes... ¿Sabéis cuál es la mía? Irme a un país, coger un vehículo y recorrer una zona a mi aire, parándome donde y cuando me apetece, y yéndome a otro lugar cuando me venga en gana.

            Mi límite para apalancarme en un sitio, por estupendo que sea, es de una semanita. Al cabo de ese tiempo empiezo a ponerme nervioso y me entran unas ganas enormes de salir pitando. De hecho, cuando mis hijos eran muy pequeños y tenía que pasar todas las vacaciones en el mismo lugar, me dedicaba a hacer constantes excursiones por los alrededores. Pero bueno, sólo se trata de mis gustos personales.

            ¿Sabéis lo que siempre me ha irritado? La pedante diferenciación entre “viajero” y “turista”. Creo que esto lo inició Paul Bowles en su novela El cielo protector, donde decía: “No se consideraba un turista. Él era un viajero. Explicaba que la diferencia reside, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”.

            Bueno, dejando aparte que eso más bien es un nómada, el problema de esa distinción es que es deshonesta. Porque al decir “viajero” estamos pensando en la forma más sublime de eso, de viajero (un Indiana Jones o un Marco Polo cualquiera), mientras que al decir “turista” nos imaginamos la forma más abyecta de turista, con pantaloncitos cortos, chanclas y un porrón de sangría. Pero hay muchos tipos de turismo. Además, en definitiva, o vives en un sito (y no eres ni turista ni viajero), o trabajas provisionalmente allí, o estás de paso para echar un vistazo, con lo cual ni viajero ni leches: eres un turista.

            En cualquier caso, queda muy bien, muy elitista, muy snob, decir: “No soy un turista: soy un viajero”. Anda y que te den... Porque el sentido que se le pretende dar a la palabra “viajero” es equívoco, un sentido que en realidad sólo correspondería a los exploradores y los aventureros, que se juegan la piel en el viaje. Todo lo demás es una forma u otra de turismo.

            Por cierto, ¿sabéis de dónde viene la palabra “turismo”? Pues de Grand Tour, una costumbre de los jóvenes aristócratas ingleses que consistía en realizar una largo viaje por Europa tras acabar sus estudios para complementar su formación (algo así como el Erasmus). Comenzó en el siglo XVII y su objetivo era familiarizarse con la cultura clásica y renacentista. Al principio se centraba en dos países, Francia e Italia, a los que se añadieron Alemania y Austria. En el siglo XVIII la costumbre se extendió a los hijos de la burguesía. Más tarde, en el XIX, con el Romanticismo, el Grand Tour se amplió a Grecia, Turquía y España. Y ya en el siglo XX la costumbre se democratizó para convertirse en lo que ahora conocemos como turismo.

            Pero bueno, de lo que quería hablar es de una forma especial de turismo: los viajes de papel. Me fascinan los mapas, me chiflan los atlas. De pequeño, me metía en el despacho de mi padre, cogía algún National Geographic y el mapa que incluía, y comenzaba a seguir una ruta. No sabía inglés, así que me centraba en las fotos y los nombres. Yucatán, Moka, Tierra de Baffin, Isla Kodiak, Samarcanda, Bahía de Cook, Zanzíbar... Esos nombres exóticos eran como píldoras para soñar.

            Mucho después, he tenido que documentarme sobre geografía para escribir algunas novelas. Por ejemplo, en La piedra inca, el protagonista (Jaime Mercader) realiza un largo viaje desde Cartagena de Indias hasta la selva amazónica de Perú. Para describirlo, usé mapas, libros e Internet, que es utilísimo para estas cosas. Me lo pasé bomba. En el caso de La catedral, ambientada en la Edad Media, el prota debía viajar de Navarra a la Bretaña francesa. Primero hice el viaje sobre el mapa, y después, en verano, dediqué las vacaciones a hacerlo físicamente, en coche. Fue interesante comparar sueños con realidad (en ese caso, ganó la realidad).
 
 

            ¿Os gusta, como a mí, viajar sobre el papel? Supongo que sí, porque en caso contrario no estaríais leyendo este blog. Entonces, os recomiendo un libro: Atlas de islas remotas (Capitán Swing & Nørdicalibros 2013), de Judth Schalansky. El subtítulo del libro aclara aún más el asunto: Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré. Es decir, un atlas de algunos de los lugares más inaccesibles y solitarios del mundo. Es un libro precioso (la autora, aparte de escritora, es diseñadora gráfica), con las islas distribuidas según los mares donde se encuentran. Cada isla ocupa una doble página: el texto a la izquierda y un mapa a la derecha.

            Los textos que hablan de cada isla son breves, pero fascinantes. A veces cuentan cómo se produjo su descubrimiento. Otras veces se limitan a describir lo que hay allí. En ocasiones narran alguna leyenda o historia relacionada con la isla. Schalansky es una excelente escritora y consigue que su prosa sea poética en el espíritu, aunque no en la forma (la mejor variedad de poesía, en mi opinión). Son textos evocadores, sugerentes, inspiradores, exóticos, a veces enigmáticos.

            ¿No resulta asombroso descubrir que, hasta finales de los 90, más gente había pisado la Luna que la Isla de Pedro I en el Antártico? ¿O que existe una Isla Robinsón Crusoe (en el archipiélago Juan Fernández del Pacífico), llamada así porque en ella naufragó el hombre que inspiró a Daniel Defoe para escribir su novela, el escocés Alexander Selkirk? ¿O que hay una cordillera llamada Jules Verne en la isla Posesión, en el archipiélago Crozet del Índico? (También hay un cráter Jules Verne en la cara oculta de la Luna).

            Pero mi historia preferida, la más asombrosa, es la de Rapa Iti, en las Islas Australes de la Polinesia Francesa. Todo comenzó en Francia a mediados del siglo XX, en Luxeuil, un pequeño pueblo de la Haute-Saône. Allí vivía Marc Liblin, un adolescente al que le ocurría algo extraño: cada noche, soñaba que una persona le visitaba y le enseñaba un idioma desconocido. Finalmente, después de muchos sueños, Liblin llegó a dominar el idioma. Cuando tenía treinta años, conoció a un lingüista de la Universidad de Rennes y le habló del idioma onírico. Ni el profesor ni ninguno de sus compañeros conocía esa lengua, pero se trataba de un lenguaje demasiado bien estructurado para tratarse de una mera invención. Entonces tuvieron una idea: visitarían las tabernas de los puertos y le preguntarían a los marineros si en alguno de sus viajes habían oído un idioma parecido.

            Y en Rennes, el dueño de una taberna, tras oír a Liblin hablar esa lengua misteriosa, dijo que la conocía, que era el idioma que se hablaba en Rapa Iti, una de las islas más lejanas de la Polinesia. Y no solo eso, además conocía a una nativa, viuda de un militar, que vivía allí mismo, en Rennes. Fueran a verla, Liblin la saludó en la lengua de sus sueños y ella, que se llamaba Meretuini Make, le respondió en el antiguo Rapa que se hablaba en su isla natal. ¿Y sabéis cómo acabó la cosa? Pues Marc y Meretuini se enamoraron, se casaron y en 1983  se fueron a vivir a Rapa Ini. Y supongo que vivieron felices y comieron perdices, o el pájaro que sea que se coma allí.
 
 

            Curiosa historia, ¿verdad? Y por lo visto auténtica, pues, según he comprobado en Internet, está muy documentada (os adjunto una foto de Liblin y, supongo, de su esposa Make). Sin duda, tiene una explicación, pero hasta ahora nadie se la ha encontrado (que yo sepa).

            En fin... Soledad, Isla del Oso, Annobón, Thule Sur, Pukapuka, Pitcairn, Isla de los Cocos, Takuu, Isla Decepción... qué hermosos nombres para soñar, que maravillosos viajes de papel.