viernes, mayo 16

Bibliofobia

A veces, lo reconozco, siento la tentación de calzarme un uniforme de las SS y ponerme a quemar libros (también me entran ganas de invadir Polonia, pero eso es otra cuestión). Sí, sí, sí, una buena hoguera formada por cientos, miles de tomos, una falla de papel impreso, me parece en ocasiones el destino ideal para mi biblioteca. Y, entre todos esos libros que me gustaría ver ardiendo figuran, en primer lugar, los que he escrito yo. Ah, santo dios de los ágrafos, cómo me gustaría ser Guy Montag (el bombero pirómano de Fahrenheit 451).

Siendo éste un blog, como ocurre en otros blogs hermanos, donde los libros se consideran objetos sagrados, como si en vez de pasta de papel sus hojas estuvieran hechos con pasta de hostias consagradas, y siendo como soy escritor, supongo que suena extraña tanta belicosidad contra la producción editorial, pero es que, amigos míos, hay amores que matan. Permitidme explicároslo.

En mi casa almaceno aproximadamente 15.000 libros. Tan solo en mi despacho, que es una estancia más bien reducida, tengo cerca de 4.000. Es decir, vivo rodeado de libros; y, por lo general, me gusta. Pero no siempre. Veréis, si me dijeran que tengo que abandonar mi casa llevándome sólo los objetos que aprecio profundamente, creo que podría meterlos todos en una caja no muy grande y todavía sobraría sitio. Descontando, claro, los libros, porque para llevármelos necesitaría docenas de cajones. ¿Sabéis cuánto pesan 15.000 libros? Yo tampoco, pero realizando un cálculo conservador, conjeturo que deben de pesar entre siete y ocho toneladas. Eso por no mencionar los metros cúbicos que ocupan (no lo menciono porque no tengo ni puta idea de cómo calcularlo).

Cuando realizo cálculos como éste, me invade una gran fatiga; de pronto, me imagino a mí mismo como un patético penitente que va arrastrando por la vida una enorme saca con ocho toneladas de libros dentro. Y me siento atrapado, agobiado, harto de esa grasa sobrante que son mis libros. Entonces empiezo a pensar en lo agradable que sería rociarlos de gasolina y prenderles fuego. Sería una liberación. Pero no lo hago, claro; entre otras cosas, porque, aparte de los libros, quemaría mi casa y quizá a mi familia. Bueno, es cierto, podría llevarlos a un descampado e incinerarlos allí, pero ¿sabéis lo que es trasladar ocho toneladas de libros? Yo sí, lo hice una vez y me juré a mi mismo no volver a hacerlo nunca, ni siquiera para convertirlos en justo pasto de las llamas.

En fin, tampoco quiero dar una falsa impresión de mí mismo: por lo general, estoy muy a gusto con mis libros; me encanta estar rodeado de ellos y, en ocasiones, incluso los leo. A decir verdad, la piromanía biblofóbica sólo se apodera de mí en las siguientes ocasiones: 1. Cuando tengo que trasladar libros, como por ejemplo en el caso de una mudanza. 2. Cuando constato por enésima vez que ya no me caben más libros. 3. Cuando me pongo a arreglar las librerías para ver si consigo que quepan más libros de lo que físicamente es posible. 4. Cuando busco un libro en concreto y no lo encuentro. 5. Cuando descubro que he comprado el mismo libro dos veces. 6. Cuando, intentando coger un libro situado en una balda alta, consigo que un montón de dolorosos volúmenes caigan encima de mi dura, pero no invulnerable, cabezota. 7. Cuando los libros se desplazan súbita y espontáneamente en el espacio-tiempo.

Supongo que los seis primeros puntos no necesitan explicación, pero imagino que el séptimo requiere un comentario aclaratorio. Para ello, nada mejor que un ejemplo. Hace años, estaba yo trabajando en mi despacho cuando me entraron unas tremendas ganas de hacer de vientre, como decía mi abuela, o de realizar el tránsito intestinal, como dicen Danone y José Coronado. Dado que uno de los mejores lugares del mundo para dedicarse a la lectura es sentadito en la taza del váter, cogí el libro que estaba leyendo y me lo llevé al cuarto de baño. Hice lo que tenía que hacer, leí unos minutitos más, salí del baño y regresé al despacho. Pero, cuando llegué allí, el libro ya no estaba, había desaparecido. Lo busqué en el WC, en el despacho, en el pasillo, por toda la casa, y nada, el libro se había esfumado. Pero, ¿cómo era posible? Yo había tenido el libro en mis manos todo el tiempo, era absurdo que se hubiese perdido... Pues bien, apareció al día siguiente; estaba dentro de la nevera.

Este suceso sólo tiene dos explicaciones posibles. La primera es que, después de salir del cuarto de baño, en vez de ir directo al despacho, pasé por la cocina, abrí la nevera para beber algo, dejé el libro en una balda del frigorífico y luego me olvidé por completo de todo el episodio. La segunda consiste en que, al regresar por el pasillo con el libro, pasé cerca de una distorsión espacio-temporal (¿quizá un micro-agujero de gusano?) que absorbió mi libro y lo precipitó instantáneamente al interior de la nevera. Sin lugar a dudas, la explicación más razonable es la segunda.

Bueno, amigos míos, ha vuelto a suceder. El otro día, hará cosa de un mes, compré en el Hipercor un libro sobre la Santa Alianza. Lo necesitaba, y necesito, como documentación para la novela que estoy escribiendo, así que me puse muy contento al encontrarlo. En fin, el caso es que lo compré, fui a casa y lo dejé en una balda situada a la derecha de mi escritorio, donde está la documentación que manejo en cada momento. Hasta ahí, todo correcto. Pero el lunes pasado se me ocurrió buscarlo para consultar una cosa y... sí, ya no estaba allí. Desde entonces, lo he buscado por todas partes (también en la nevera) y nada, no está. Pero es absurdo; desde que lo dejé en su baldita no lo he vuelto a coger, ni siquiera le he dedicado un segundo de mis pensamientos. Entonces, ¿por qué no está? Pues evidentemente porque la puñetera distorsión espacio-temporal lo ha absorbido y vete tú a saber dónde habrá ido a parar. Puede que esté en Ganímedes, o en Alpha Centauri, o en una dimensión paralela, no lo sé; lo único seguro es que estará en el sitio más recóndito e inaccesible, el que más me toque las narices.

Hace un par de años me sucedió algo parecido. Compré un tratado de caligrafía como documentación para una novela, y desapareció. Lo busqué como un loco, y nada, no estaba, se lo había tragado la singularidad. Así que me compré otro tratado de caligrafía. ¿Y qué paso? Que nada más comprarlo, apareció el tratado perdido, ahí, detrás de unos libros, en un lugar donde yo jamás lo puse. Y me encontré con dos libros iguales. Porque la distorsión espacio-temporal de la que estamos hablando no solo tiene un peculiar sentido del humor, sino además mucha mala leche.

Así pues –y me dirijo sobre todo a ti, maldita singularidad-, no pienso volver a comprar el libro. Buscaré la información en otra parte y, si no la encuentro, me la inventaré; lo que sea, cualquier cosa antes de permitir que un estúpido agujero de gusano tocapelotas se cachondee de mí.

Y algún día, sí, reuniré el valor suficiente, compraré una lata de gasolina y mis libros arderán en una pira ilustrada que iluminará el mundo con un mensaje: desconfía de los libros, son pesados, polvorientos, volubles y, en cuanto les quitas el ojo de encima, desaparecen. Ese día, cuando mis libros sean pasto de las llamas, habré roto las cadenas que me esclavizaban y seré el Espartaco de los iletrados.

Así que hacedme caso, amigos míos, y quemad vuestro libros. No son de fiar.

jueves, mayo 8

Hiyab

El domingo pasado leí en el periódico un reportaje sobre dos chicas árabes (o de origen árabe) que viven en España. Una, llamada Mariam, lleva habitualmente hiyab, el pañuelo con el que se cubren el cabello las mujeres musulmanas; la otra, llamada Aya, no. Ambas, según afirman, tomaron la decisión de llevarlo o no voluntariamente. El reportaje se centraba básicamente en la peripecia de Mariam, una diplomada en óptica a la que le costó muchísimo encontrar trabajo precisamente por llevar el hiyab. Supongo que el artículo pretendía hacer hincapié en lo intolerante que es nuestra sociedad, pero ¿eso es cierto? ¿Se trata de un flagrante caso de intolerancia?

La ropa, la vestimenta que usamos, no es neutra, habla de nosotros. No es lo mismo llevar un traje de Armani que llevar unos vaqueros y una chaqueta de pana, ni son lo mismo unos zapatos Camper que unos Castellano; cada prenda dice algo distinto de quien la lleva. De hecho, la ropa sirve muchas veces para definirnos e identificarnos. Si vemos por la calle a un tipo rapado, con ropa paramilitar y botas Doc Martens, sabemos que es un skin head; si va de negro, con alzacuellos, es un cura; si va de verde, con galones y gorra, se trata de un militar; si lleva un polo Lacoste, pantalones de pinzas y un pullover de Paul & Shark sobre los hombros, es un pijo. La ropa habla, dice cosas y, sobre todo, las dice públicamente, para que los demás nos enteremos. La ropa es una proclamación; a veces de algo insignificante y en ocasiones de algo sustancial.

Entonces, ¿qué dice el hiyab de una mujer joven, educada y de clase media que ha elegido voluntariamente llevarlo? A mi modo de ver, dice lo siguiente: “Soy profundamente musulmana; tan religiosa soy y tan convencida estoy de mis creencias, que modifico mi aspecto llevando puesta una muestra externa y bien visible de mi fe para que todo el mundo lo sepa”. Probablemente dice más cosas, pero basta con esto.

Antes de seguir, una aclaración: creo que todo el mundo es libre de ir vestido como le de la gana, aunque pondría como excepciones el velo, el burka o cualquier otra prenda que oculte el rostro, pues en nuestra cultura es muy importante la identificación por los rasgos faciales. Pero, por lo demás, que cada cual vista como le salga de las napias. Además, habiendo afirmado que la ropa habla, defender la libertad de vestimenta es lo mismo que defender la libertad de expresión. Ahora bien, igual que uno debe asumir las consecuencias de lo que dice verbalmente, también debe asumir las consecuencias de lo que su ropa dice visualmente.

Mariam buscaba trabajo en una óptica; es decir, un trabajo de cara al público. Los dueños de las ópticas no la contrataban porque pensaban que el hiyab podría ahuyentar a los clientes. Bien, seré sincero: yo tampoco la contrataría, y no sólo porque pudiera espantar a la clientela, sino porque no querría tener en mi establecimiento una muestra ostentosa de ninguna religión. Un momento, dirá alguien: ¿qué pasaría si la chica, en vez del hiyab, llevara al cuello un crucifijo? ¿Te impediría eso contratarla? Respuesta: no. Igual que no tendría ningún inconveniente si, en vez del hiyab, Mariam llevara media luna de oro colgando de una cadenita. Porque ni el crucifijo ni la media luna modifican el aspecto de quien los lleva, no son “muestras ostentosas”. Incluso pueden ser meros adornos. Pero un hiyab no se presta a confusión: es lo que es y significa lo que significa. Por otro lado, tampoco contrataría a nadie que se empeñara en venir a trabajar con un capirote de nazareno, ni me gustaría tener como dependienta de mi óptica a una monja vestida de monja. La verdad, no tengo el menor interés en mezclar fe con dioptrías.

De hecho, alguien que lleva de forma cotidiana y muy visible una muestra evidente de su fe –aunque ello le cause problemas-, tiene que ser forzosamente una persona muy religiosa, una persona cuya vida y comportamiento están marcados por sus creencias. Y yo desconfío de esa clase de personas, las veo demasiado próximas al fanatismo. Me inquietan. Prefiero a la gente con mayor predisposición a la duda.

Pero volvamos al principio. El hiyab de Mariam dice: “soy musulmana y lo proclamo”. Bien, es un mensaje claro y respetable; cualquiera debe tener derecho a poder decirlo libremente. Pero, ¿qué pasa si no te gusta ese mensaje? Por ejemplo, la ropa paramilitar y las Doc Martens contienen un mensaje que me desagrada, de modo que procuro evitar a la gente que viste así. Un momento, alguien podría objetar que las ideas skin head (si es que a eso se le puede llamar ideas) conducen a la intolerancia y la violencia, mientras que el islamismo es una doctrina espiritual. Sí, podría decir eso, pero se equivocaría.

Mucha gente afirma que el islamismo es una religión moralmente irreprochable, y que quienes actúan violentamente en su nombre no son más que una minoría de exaltados que malinterpretan las escrituras. Quien diga esto, no ha leído el Corán. Yo lo leí hará unos diez años; rectifico, no lo leí entero (porque es un coñazo pésimamente escrito), pero sí lo suficiente para hacerme una idea bastante fiel del asunto. Y se me pusieron los pelos como escarpias. Jamás he visto un libro que incite tanto a la violencia y a la intolerancia. ¿Que contiene preceptos moralmente buenos?, por supuesto, como todas las religiones; pero también contiene preceptos terribles, como por ejemplo la obligación de destruir a todo infiel que no acepte someterse a las leyes de Alá (es decir, la yihad). Y es que la moral que se desprende del Corán no puede ser más hipócrita: cualquier cosa que favorezca al Islam es éticamente buena. “Cualquier cosa”, sea lo que sea. El fin justifica los medios.

Dicho de otra forma: No todos los musulmanes son terroristas, evidentemente; pero no lo son porque no siguen fielmente los preceptos del Corán. Si los siguieran... bueno, mejor ni pensarlo. Y, ojo, me estoy limitando al tema de la violencia, porque si habláramos de la intolerancia... bueno, basta con ver el papel que ocupa la mujer en las sociedades islámicas. Por último, conviene señalar que el islamismo no sólo es una doctrina religiosa, sino también política y legal; vamos, que ocupa todos los nichos de la sociedad.

Así pues, Mariam tiene todo el derecho del mundo a llevar hiyab, traje de faralaes o lo que le venga en gana, pero yo también tengo todo el derecho del mundo a decidir si eso me gusta o no me gusta. Y estoy seguro de que Mariam es una mujer honesta, pacífica y trabajadora, pero lo que dice su hiyab no me gusta un pelo.

domingo, mayo 4

Calvo Sotelo

Cuando Leopoldo Calvo Sotelo formaba parte de la difunta UCD, y durante el corto tiempo en que fue presidente de gobierno, la imagen que yo tenía de él era la de un hombre fúnebre y aburrido, un personaje sin carisma ni interés. Más tarde, cuando dejó la política nacional, escuché un par de entrevistas suyas y descubrí que yo estaba completamente equivocado. Calvo Sotelo era un hombre inteligente, culto, razonable y –lo que para mí resultó una sorpresa- estaba dotado de un finísimo sentido del humor. Es decir, lo contrario de su imagen pública. ¿Por qué muchos políticos optan por parecer que se han tragado el palo de una escoba? (la otra opción es camuflarse de Lola Flores).

El caso es que de repente Calvo Sotelo –que por cierto se parecía mucho al actor Powers Boothe- comenzó a caerme bien. Sobre todo, lo reconozco, a raíz de una entrevista televisiva en la que comentó que, tras su etapa política, había vuelto a leer por placer y que, para ello, había releído toda la colección de El Coyote, que tanto le había entusiasmado en su juventud. Recuerdo que comentó lo buen escritor que era José Mallorquí, y Cela, que también estaba presente, hizo un comentario despectivo al respecto. Calvo Sotelo insistió diciendo: “Ojo, que Mallorquí tenía muy buena pluma” y Cela respondió: “Bueno, bueno, no era Quevedo”. Qué oportunidad para responderle: “Don Camilo, usted tampoco es ni remotamente Quevedo, pero, miré qué cosas, le han regalado el Nobel”.

Sin duda, el hecho de que hablara tan bien de mi padre aumentó mi simpatía hacia Calvo Sotelo. Sin embargo, hay algo objetivo: cuando una persona de prestigio intelectual reconoce públicamente su admiración por un producto de la cultura popular, eso significa que está tan seguro de su propio bagaje cultural que no tiene que fingir ni presumir de nada. Y eso le enaltece.

Por lo demás, Calvo Sotelo ejerció la política en una época muy difícil para nuestro país, y basta recordar lo que ocurrió el día en que supuestamente iba a ser elegido presidente de gobierno. Era un hombre conservador y yo no comparto su ideología, pero la labor que contribuyó a realizar –básicamente desguazar el anterior régimen- estuvo bien hecha. Dicen que fue un hombre honesto y yo me lo creo. Descanse en paz.

lunes, abril 28

Hombres

Seamos sinceros: los varones de nuestra especie, al igual que los machos de casi cualquier otra especie, somos biológicamente desechables, un producto de usar y tirar. Nuestra función (biológica) prácticamente comienza y acaba con el acto de la concepción; a partir de ese momento, es la mujer quien se ocupa de todo el proceso de fabricación, desarrollo y mantenimiento de la prole. Supongamos que sólo quedaran vivos cien mujeres y un hombre; al cabo de algo más de nueve meses (salvo que el tío sea un toro), ¿qué tenemos?: cien bebés y un hombre feliz. Pero sí sólo quedaran cien hombres y una mujer, lo que conseguiríamos es un bebé al año. Es decir, la clave para la proliferación de una especie reside en el número de hembras, no en el de machos.

Pero las cosas no son tan sencillas; los varones no nos limitamos a ser abejorros polinizadores (aunque nos encantaría), sino que asumimos una serie de roles mediante los que contribuimos al mantenimiento de la especie. Dado que poseemos mayor masa muscular que las mujeres, hemos adoptado el papel de proveedores de alimentos (aunque esto, como veremos, es relativo) y defensores. Catering y servicios de seguridad, esas son nuestras especialidades. Así pues, en los primitivos grupos humanos los hombres protegían al clan y cazaban, mientras que las mujeres se ocupaban del cuidado de la prole y de recolectar alimentos. Este modelo prehistórico de reparto de papeles se ha perpetuado durante milenios hasta hace muy poco, con la única diferencia de que los machos dejaron de cazar y se pusieron a ejercer los trabajos remunerados necesarios para mantener, no al clan, sino a la familia.

No obstante, hay dos puntos que conviene aclarar. En primer lugar, los antropólogos que han estudiado a los actuales grupos humanos de cazadores-recolectores, han descubierto que aproximadamente (cito de memoria) el 80% de las proteínas consumidas por el grupo provenían de la recolección y sólo el 20% de la caza. Pero, ojo, de la recolección se ocupaban las mujeres, los niños y los ancianos, no los varones adultos, de modo que hay que cuestionar mucho el papel del macho como proveedor de alimentos. Además, en el neolítico, con el advenimiento de la agricultura, el trabajo se distribuyó por igual entre hombres y mujeres; aunque, eso sí, la mujer siguió ocupándose en exclusiva del cuidado de la prole. En segundo lugar, hubo un momento en el pasado en que las bestias salvajes descubrieron que los humanos éramos mucho más bestias y salvajes que ellas, así que decidieron no meterse con nosotros. Entonces, ¿de qué protegían los hombres a las mujeres? Sencillo: de otros hombres. Nuestro sexo era la solución y el problema al mismo tiempo. Aunque, me apresuro a añadir, esto no era arbitrario; como hemos visto, la supervivencia de un clan (de una comunidad humana) depende del número de hembras, de modo que éstas se convierten en un bien fundamental. Así pues, no era nada raro el “robo” de mujeres. Por ejemplo, el padrino de boda cumplía antaño el papel de guardaespaldas de la novia, para evitar que fuera secuestrada.

En fin, prácticamente todas las sociedades humanas adoptaron una estructura patriarcal en la que el hombre era dominante y los papeles estaban claramente distribuidos. Hasta hace poco. En la entrada anterior comenté la revolución femenina del siglo XX, así que no voy a repetirme; la mujer comenzó a abandonar sus roles tradicionales y está ocupando nichos laborales y sociales secularmente destinados a los hombres. Esto supone una revolución social, pero también psicológica, pues poco a poco se va consolidando un modelo de mujer –libre, autosuficiente y fuerte- que hasta hace nada era inimaginable. Paralelamente, los valores sociales cambian y los modelos sexuales se cuestionan; la sociedad, poco a poco, se feminiza.

Todo lo cual, como es lógico, nos afecta de lleno a nosotros, los machos de la especie. Ellas cambian, así que nosotros debemos cambiar también, pero ¿en qué sentido? ¿Qué significa ahora ser “hombre”? A primera vista, la revolución femenina (que a fin de cuentas es una revuelta contra el macho) no ha hecho más que arrebatarnos privilegios y socavar el pedestal sobre el que se alzaba nuestro sexo. Aparentemente, los hombres hemos salido perdiendo al vernos obligados a compartir con las mujeres lo que tradicionalmente era nuestro. Pero ojo, sólo aparentemente; luego daré mi opinión al respecto.

Pero antes vamos a comentar un tema que se suscitó en la anterior entrada: ¿Son los hombres más simples que las mujeres? Mucha gente (sobre todo mujeres, claro) afirma que sí; de hecho, se trata de uno de los tópicos hembristas (equivalente femenino a machista) más extendidos: las mujeres son complejas y los hombres simples. Pero, ¿es cierto? En mi opinión, evidentemente no; hombres y mujeres somos igual de complejos, aunque la complejidad no está idénticamente repartida. Porque, reconozcámoslo, ese falso tópico parte de una realidad parcial: la sexualidad masculina es más simple que la femenina. En realidad, nuestra sexualidad, la de los machos, parte de un principio biológico sencillísimo: “si puedes follar, folla”. Punto. La mujer, por el contrario, debe elegir para aparearse al macho más adecuado (según los criterios del momento), y ese proceso de elección complica sumamente las cosas. Por lo demás, la sexualidad de la mujer es más lenta y llena de matices que la del hombre y... en fin, qué os voy a contar que no sepáis. Los hombres hacemos muchas tonterías a causa del sexo, y eso se debe a lo primario de nuestro instinto. Ahí, ellas nos ganan por goleada.

No obstante, hay algo en lo que los hombres somos mucho más complejos que las mujeres: nuestra habilidad para jugar. Pero antes de seguir, definamos “juego”. Según la RAE: Ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde. Ahí está todo dicho; el juego consiste en una actividad divertida, reglamentada y, esto es muy importante, sujeta al éxito o al fracaso y, por tanto, competitiva. Pues bien, al parecer el núcleo de la agresividad humana reside en el hipotálamo, y se da la circunstancia de que los hombres tenemos más grande el hipotálamo que las mujeres, lo cual justificaría la evidencia cotidiana de que los hombres somos más agresivos que las mujeres. Así, de entrada, lo de la agresividad suena chungo, pero es un factor importantísimo para la supervivencia, de modo que no la desdeñemos alegremente. El caso es que los hombres somos más agresivos, lo que nos impele a competir; si a eso le unimos que, al no estar sujetos a las cadenas de la maternidad -lo cual nos libera de múltiples responsabilidades-, nuestra visión de la vida es más individualista y menos pragmática que la de las mujeres, ¿qué obtenemos? Jugadores natos.

De hecho, nuestra actividad reproductiva tiene matices lúdicos. Los machos damos la salida a un montón de espermatozoides que compiten –echan una carrera- para ver quién llega primero al óvulo. El clásico juego de pierde-gana. Pero hablemos en serio y echémosle un vistazo bajo esta óptica a la distribución de roles en las sociedades primitivas. Los hombres se reservaban la actividad de la caza, aunque ya hemos visto que esa práctica sólo aportaba un quinto de las proteínas necesarias para el clan. Vale, de acuerdo, un filete de mamut resulta mucho más suculento que un montón de bayas, frutas, raíces, vegetales y huevos, pero no deja de ser un lujo, un capricho; sin duda, los machos hubiesen sido mucho más productivos si, en vez de pasar días y días cazando, se hubieran dedicado a recolectar. Pero es que cazar es divertido –un juego-, mientras que recolectar es un coñazo; y prueba de ello es que la caza sigue siendo hoy una actividad recreativa por la que es necesario pagar, mientras que la recolección es un duro trabajo por el que se cobra. En cuanto a la guerra, en sus formas primitivas, era sin duda el juego por excelencia, la actividad de pierde-gana definitiva. De hecho, hoy en día muchísimos deportes, empezando por el fútbol y acabando por el ajedrez, no son más que simulacros de la actividad bélica. Eso por no hablar del tiro con arco, la esgrima, el lanzamiento de jabalina o el boxeo y todas las variedades de lucha personal, que son directamente actividades bélicas. Quizá el primero de todos los juegos consistiera precisamente en dos machos dándose de leches.

La cuestión es que esas habilidades lúdicas han ido evolucionando con el tiempo hasta el punto de que los hombres pueden convertir en juego casi cualquier actividad susceptible de ganar o perder, algo que se ve claramente en el mundo empresarial, donde la competición externa (contra otras empresas) y la interna (contra otros colegas) se acaban transformando en un juego abstracto donde lo importante es ganar o perder, no qué se gana y qué se pierde. El ejemplo más extremo de esto sería la bolsa, un puro juego de azar capaz de erigir imperios y destrozar vidas. Resumiendo, los hombres poseen una especial habilidad para jugar y para crear los juegos más sofisticados; algunos de esos juegos son terribles, otros son obras de arte; pero todos son, o pueden llegar a ser, tremendamente complejos. En eso, el hombre es más sofisticado que la mujer. De hecho, la naturaleza pragmática y realista de muchas mujeres les impide entender el sentido de los juegos masculinos, así que los consideran una muestra más de la superficialidad del hombre, cuando en realidad son complejos mecanismos de supervivencia. Me apresuro a añadir, que eso no significa que la naturaleza lúdica del hombre sea incompatible con la naturaleza pragmática de la mujer; por el contrario, lo que significa es que hombres y mujeres son socios perfectos, pues cada uno aporta habilidades y estrategias distintas, pero compatibles, para afrontar la realidad.

Hay otros aspectos en los que el hombre es más complejo que la mujer, y viceversa, pero no vale la pena seguir tratando este tema; los seres humanos somos tremendamente complicados por naturaleza y ahí no hay distinción de sexos. Pero, volviendo al principio, ¿hemos salido perdiendo los varones con la revolución femenina?

En mi opinión, todo lo contrario: hemos salido ganando, porque al liberarse la mujer, los varones nos hemos liberado de nosotros mismos. Vale, puede que haya un puñado (o muchos puñados) de tarugos que, al ser despojados de su condición de machos alfa, van por ahí como zombis sin identidad, sintiéndose castrados y preguntándose cuál es su rol de hombres. La pregunta que yo me hago es ¿por qué narices debo configurar mi identidad en base a mi sexo? ¿Por qué tengo que echar de menos el papel de patriarca si los patriarcas me aburren y ni yo mismo me creo ese papel? Antes que varón, o cualquier otra cosa, soy César, un ser humano con su propia identidad; el sexo sólo es una parte de mí, y no la más importante. Me alegro infinitamente de que las mujeres nos hayan librado a los hombres de esa carga milenaria que eran los roles tradicionales; ahora ya no tenemos que fingir fuerza cuando estamos exhaustos, no tenemos que bloquear la expresión de nuestras emociones ni que rumiar en soledad nuestras debilidades y problemas. Ahora, por fin, tenemos compañeras con las que compartirlo todo, porque no esperan que seamos Superman o el príncipe azul, sino simplemente sus iguales. A hacer puñetas los roles tradicionales; ya no son necesarios y, a fin de cuentas, ¿no es mejor que cada cual invente su propio papel en la vida?

Bueno, pues ahí está; lo que más me gusta de los hombres es su habilidad para jugar. Y precisamente por eso, porque el juego es la especialidad de nuestro sexo, estoy seguro de que más temprano que tarde los hombres inventaremos un juego en el que los nuevos roles sexuales tengan perfecta cabida. Sólo es cuestión de tiempo, imaginación y ganas de jugar.

lunes, abril 21

Mujeres

Creo que la única revolución del siglo XX que ha triunfado es la revolución femenina (o quizá feminista, no estoy seguro del término); todas las demás (el comunismo, los fascismos, el mayo del 68, el movimiento underground...) se han desvanecido en mayor o menor medida, pero el cambio de roles efectuado por la mujer no sólo permanece, sino que se expande y consolida día a día. Pero, antes de nada, ¿por qué la mujer ha estado sometida al hombre durante tanto tiempo? Por una sencillísima razón: en nuestra especie, los machos poseemos alrededor de un 20 % más de masa muscular que las hembras. Es decir, los hombres podemos partirle la cara a las mujeres, lo cual nos ha permitido someterlas durante milenios. A base de hostias, sí señor, así de simple... Además, las mujeres eran de vital importancia para las comunidades por su capacidad de tener hijos, lo cual las convertía en objetos valiosos. Atención: valiosos, sí, pero objetos, pues su valor dependía únicamente de su función (procrear), y no de su naturaleza, que era femenina, y por tanto débil, y por tanto despreciable.

Ahora bien, conforme la civilización ha ido avanzando, el valor de la fuerza bruta individual ha ido decreciendo. Antes, muchos trabajos requerían del músculo humano, y cuanto más músculo mejor, pero la tecnología cambió los bíceps por los motores, así que poco importaba ya si el operario tenía o no un 20 % más de masa muscular. Por ejemplo, recuerdo que, cuando era niño, los camioneros tenían los brazos como jamones, pues hacía falta mucha fuerza para manejar los volantes de aquellos viejos camiones (lo cual expulsaba de ese oficio a las mujeres). Sin embargo, con la aparición de la dirección asistida se acabaron los camioneros-suarcenaguer y las mujeres pudieron ejercer ese oficio sin necesidad de seguir el método Atlas o inflarse de anabolizantes. Pero el decaimiento de la fuerza individual no ha afectado sólo al trabajo, sino también a la más “viril” y testosterónica de las actividades humanas: la guerra. Antes, para ser guerrero había que estar muy, pero que muy cachas; se necesitaba mucho músculo para manejar una espada o tensar un arco de guerra. Sin embargo, la actividad bélica se ha ido tecnificando hasta el punto de que la fuerza muscular carece prácticamente de importancia. Hoy en día, los soldados son en realidad operarios cualificados de maquinaria especial, algo que puede realizar igual de bien un hombre o una mujer.

En fin, digamos que ese proceso de tecnificación de las actividades humanas se consolidó en occidente a mediados del siglo XX. Pues bien, en torno a ese momento ocurrieron dos cosas que cambiaron por completo la sociedad. En primer lugar, la Segunda Guerra Mundial. Durante cinco largos años, los hombres de multitud de países fueron movilizados para luchar, sea en el frente o en la retaguardia, lo cual causó una grave escasez de trabajadores para la industria. Así pues, se echó mano de la única fuerza de trabajo disponible: las mujeres. Atención: por primera vez en la historia, las mujeres se pusieron masivamente a desempeñar trabajos tradicionalmente reservados para los hombres. Luego, se acabó la guerra, los hombres regresaron y les dijeron a las mujeres: “Vale, gracias por la ayuda; ahora devolvednos nuestros trabajos y volved a fregar suelos”. Pero muchas mujeres respondieron: “Y una mierda; hemos demostrado que podemos trabajar tan bien o mejor que vosotros, así que ni de coña nos vamos de aquí”. Y ya nunca se fueron.

El segundo factor de cambio tuvo lugar en 1958, cuando el químico Gregory Pincus inició las pruebas del primer anticonceptivo oral de la historia. Tres años más tarde, en 1961, la “píldora” (Enovid se llamaba) comenzó a distribuirse en las farmacias. Y así se quebró el último eslabón de la cadena que esclavizaba al sexo femenino: la maternidad. La “píldora” dejaba en manos de las mujeres la decisión de si tener o no tener hijos, de cuándo tenerlos y en qué número, lo cual supuso que las mujeres podían programar su vida sin depender del varón. Ese acto de independencia se tradujo además en una nueva sexualidad femenina, no ligada ya a la concepción. La mujer podía practicar el “sexo recreativo” en igualdad de condiciones que el hombre, de modo que fue abandonando su carácter pasivo (“receptáculo de la semilla”) para convertirse en un sujeto activo de la sexualidad.

Todos estos factores han cristalizado en la actual situación: sin lugar a dudas, el siglo XXI será el siglo de las mujeres. Lo cual no quiere decir que todos los obstáculos se han derribado, ni mucho menos: sigue existiendo el machismo, sigue habiendo múltiples discriminaciones por razón de sexo. Pero cada vez menos, porque la igualdad entre los sexos ya está firmemente instalada entre los valores sociales, es un concepto que por fin forma parte esencial de nuestra cultura. El “macho alfa” ya no es el héroe, sino el malo de la película. Por supuesto que sigue habiendo machos alfa, pero se trata de una especie no protegida en proceso de extinción y, sobre todo, socialmente despreciada. Además, la propia lógica lo impone: la humanidad no puede seguir desaprovechando la mitad de su potencial en base a prejuicios sexistas. ¿Cuántas Einstein se han perdido, cuántas Kant o Adam Smith han muerto antes de florecer porque las mujeres han sido excluidas de la educación y el trabajo intelectual? Aunque sólo sea visto así, menudo desperdicio.

Porque los hechos hablan por sí solos, amigos míos. Hoy, el prototipo del lector medio español, no es hombre, sino mujer. Y son hoy las mujeres quienes consiguen las mejores calificaciones en los estudios, las que mejor se preparan y las más productivas a la hora de trabajar. Las mujeres son el futuro. Ya era hora.

Todo esto viene a cuento por las voces surgidas contra el nuevo gobierno de Zapatero –demasiado rosa según el payaso Berlusconi- y, en particular, por el nombramiento de Carme Chacón como ministra de defensa. En fin, no voy a reproducir lo que se ha dicho, porque es de vergüenza, igual que no voy a mencionar los cavernícolas comentarios realizados ante el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo Popular. Los machos alfa se resisten a desaparecer, no cabe duda; pero son tan ridículos, lo que dicen suena tan desfasado y antiguo...

En lo que a mí respecta, me considero feminista. Por un lado, porque la lógica me dicta que hombres y mujeres somos intelectualmente similares y humanamente idénticos, por lo que debemos tener iguales derechos y deberes. Por otro lado, el machismo me parece la forma más recalcitrante de estupidez y cortedad de miras; es, además, una evidente muestra de inseguridad y complejo de inferioridad. Yo no quiero tener a mi lado un ser inferior que me admire y me tema y en el que de vez en cuando deposite mi semilla; quiero una compañera que sea mi igual, una mujer segura y decidida que me complemente como persona y con la que pueda compartirlo todo. Si el precio que hay que pagar por ello es participar a partes iguales en la limpieza de culos de bebé y el fregoteo de platos, lo abono sin rechistar. Me gustan las mujeres fuertes, lo reconozco, mujeres al estilo de los personajes femeninos de Howard Hawks, mujeres independientes que se labran su propio destino, mujeres que no me necesitan a mí (ni a cualquier otro hombre) y que si están conmigo (o con cualquier otro hombre) es, sencillamente, porque les sale de los santos ovarios. Así pues, gustándome esa clase de mujeres, ¿cómo no voy a ser feminista?

Además, creo que las mujeres están mejor preparadas para la supervivencia, para desenvolverse en la vida real, que los hombres. Veréis, últimamente han aparecido un montón de libros que hablan sobre las “profundas” diferencias entre hombres y mujeres, títulos como Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ya sabéis. Pues bien, me parecen una verdadera chorrada; hombres y mujeres somos similares al 99’9 por cien, nos movemos por análogos impulsos y reaccionamos de forma muy parecida a los mismos estímulos. Sin embargo, hay diferencias y quizá la fundamental es que la mujer tiene los hijos. Y no sólo los tiene, sino que está biológicamente programada para cuidar de ellos. Y eso hace que su mente sea más realista, más pragmática que la masculina: no debe velar sólo por sus intereses, sino también por los de su descendencia. Debe, pues, percibir correctamente la realidad y saber adaptarse a ella. Pura supervivencia de la especie.

Una prueba de esto la encontramos en el hecho de que las mujeres maduran intelectualmente antes que los hombres. Un chico de quince o dieciséis años es todavía un niño, pero una chica a esa misma edad es ya una mujer, infinitamente más madura –tanto física como intelectualmente- que el chico. ¿Por qué? Pues porque las chicas de esa edad son fértiles, pueden quedar embarazadas y, por tanto, deben disponer ya de una mente que les permita sobrevivir, tanto a ellas como a su prole. Esto, que se ve muy claramente en la adolescencia, afecta a las personas a lo largo de su vida. De hecho, un hombre puede permitirse el lujo de no madurar nunca, pero las mujeres rara vez disfrutan de ese privilegio, si es que es un privilegio. Pero de los hombres hablaré en la siguiente entrada.

Las mujeres, pues, son más pragmáticas y están más preparadas para manejarse en la vida real. Pero es que, además, en ciertos aspectos son más complejas que los hombres. Cuando le preguntaron al director de cine Joseph L. Mankiewicz (autor de obras maestras como Eva al desnudo o Carta a tres esposas) por qué sus protagonistas solían ser femeninos, él contestó más o menos que cuando un hombre quiere conseguir algo, se lía a puñetazos, mientras que una mujer, al ser físicamente más débil, debe dar un rodeo para alcanzar sus fines; y ese rodeo, en su opinión, era más interesante que todos los ganchos a la mandíbula del mundo juntos. Estoy de acuerdo con él.

Nada de esto quiere decir que las mujeres sean moralmente mejores que los hombres, ni mucho menos. Cada uno con su particular estilo, somos exactamente igual de despreciables o maravillosos. Las dos peores personas que he conocido en mi vida eran mujeres, lo cual supongo que significa que, puestos a ser hijos de puta, las mujeres pueden llegar a serlo de forma más sibilina, intensa y retorcida. Y cuando las mujeres, por ejemplo en el mundo de la empresa, se ponen a jugar el juego de los hombres... bueno, para que una mujer triunfe debe demostrar que vale el doble que su más directo competidor masculino, así que para que una mujer sea un “machote” en el mundo empresarial tiene que demostrar el doble de testosterona que el macho más cercano. Y sé lo que me digo.

Cada vez me gustan más las mujeres, y no estoy hablando de sexo. Me gusta su forma de ver la vida, su pragmatismo, su sensibilidad, su capacidad de conectar emocionalmente con los demás; me gusta su delicadeza, su fragilidad y su fuerza, su tesón y su espíritu de lucha. Cada vez admiro más a las mujeres, qué le vamos a hacer. Es más, últimamente me ha dado por travestirme. Veréis, estoy escribiendo la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo, que, al igual que El juego de Caín, está narrada en primera persona por una mujer. Eso significa que, cuando escribo, tengo que ser Carmen Hidalgo, tengo que sentir, hablar y actuar como una mujer. Y la experiencia me parece de lo más instructiva; me siento cómodo en los zapatos de Carmen, aunque sean unos zapatos de tacón.

Bien pensado, quizá eso sea algo que deberían hacer todos los hombres: ponerse en los zapatos de una mujer. Seguro que, si lo hicieran, las cosas irían mucho mejor.

lunes, abril 14

Polihabla

Recuerdo que cuando hice la mili... ¡Alto, conteneos, no huyáis a toda prisa de este blog, no voy a contaros mi mili, lo juro! Sólo es un breve comentario al respecto, palabrita del niño Jesús. Bien. Recuerdo que cuando hice la mili, muchos de mis compañeros de armas me consideraban un tanto pedante. Descubrir esto me sorprendió, porque soy el tío menos pedante del mundo; de hecho, soy un encanto, pero eso es otra cuestión. El caso es que sí, tenía fama de pedantuelo. ¿Por qué? Por mi forma de hablar. Hablaba demasiado bien, lo cual, a sus ojos, era una muestra de afectación. Me apresuro a aclarar que tanto entonces como ahora procuro expresarme con sencillez, sin rebuscamientos, pero... pero, claro, mi sintaxis está por encima de la media y manejo un vocabulario más amplio de lo normal.

Nada de eso tiene ningún mérito, por supuesto. Hablo bien por dos motivos: porque en mi familia se hablaba bien y porque he leído un güevo (¿veis lo llano que soy?). Dado que en la mayor parte de las familias se habla como el culo de mal, y que la mitad de los españolitos no coge un libro ni para calzar un armario, no es de extrañar que en este país, en general, se hable de pena. De hecho, ¿qué es lo que homogeniza al lenguaje en nuestra sociedad, cuál es el referente lingüístico para los españoles? Los medios de comunicación de masas; y en los medios de comunicación, amigos míos, se habla puñeteramente mal. Ahí encontramos al famoseo cutre de los programas cardiacos, unos botarates incapaces de coordinar tres palabras seguidas, ignaros (qué bonita palabra, ¿verdad?; significa “incultos”) que nos han dejado perlas como el “estar en el candelabro” de la Mazagatos o el “en dos palabra: im-presionate” de Jesulín de Ubrique. Luego tenemos a los periodistas, a quienes, dada su profesión y formación universitaria, se les debería suponer cierto conocimiento del idioma, pero que en realidad se dedican a maltratarlo con un entusiasmo digno de mejor fin. Cuando yo estudiaba periodismo, una encuesta realizada en la facultad reveló que sólo un 20 % de los estudiantes leía el periódico todos los días. ¡Y eran estudiantes de periodismo! En fin, con estos mimbres poco se puede hacer. Por último están los políticos, cuya presencia en los medios es constante.

Hubo una época, en algún momento de la historia, en que ser político era sinónimo de oratoria, de verbo florido y aguzada dialéctica. Aún ahora, cuando alguien expresa bien sus ideas, se le llama “Castelar”. Bueno, pues eso, si no es una leyenda, sucedía hace mucho, mucho, mucho tiempo, porque lo que ahora hacen los políticos de todo signo con el idioma es para cogerlos por las orejas y mandarlos de nuevo a la escuela. ¡Qué panda de burros, coño!

Al parecer, se supone que los políticos deben hablar diferente al resto de los humanos; tienen, por lo visto, la obligación de expresarse de forma encorsetada, con mucha afectación y procurando retorcer el idioma hasta volverlo casi irreconocible, convirtiéndolo en un batiburrillo de frases hechas, patadas a la semántica, incorrecciones sintácticas y ampulosa palabrería vacía. Escuchar a un político es como contemplar a un malabarista al que una y otra vez se le caen todas las bolas al suelo. Se nota que intentan emplear un lenguaje culto y serio, pero lo que en realidad hacen es retorcer absurdamente la sintaxis y emplear culteranismos de forma equivocada. Olvidémonos del “dequeísmo”, que tantos estragos ha hecho, y fijémonos, por ejemplo, en el empleo de la palabra “nivel”, que significa altura o escala, pero que en polihabla se utiliza para todo. Por ejemplo: “A nivel internacional”; ¿que narices tiene que ver la internacionalidad con la escala o la altura? Y lo mismo digo de “a nivel popular”, “a nivel sociológico” y a todos esos niveles que nivelan nuestro nivel político. Habría que hacer una campaña en pro del desnivel.

Pero no voy a redactar un catálogo de incorrecciones lingüísticas políticas, que luego dicen que escribo entradas larguísimas. No obstante, voy a citar dos casos que me irritan sobremanera. Por un lado, Mariano Rajoy, líder del principal partido de la oposición y, según dicen, gran orador. Bueno, vale que en el uso del español existe la costumbre (no aceptada por la Academia) de acabar en “ao”, en vez de en “ado”, los participios; pero es que Rajoy lo hace de forma tan sonora y enfática que, la verdad, suena casi ofensivo. Además, podemos hacer la vista gorda a que lo haga con los participios, pero llamar “Machao” a Antonio Machado es pasarse un pelín.

Por otro lado, tenemos a nuestro presidente de gobierno, don José Luis Rodríguez Zapatero. Últimamente le ha dado por repetir “en lo que representa” hasta la saciedad. Por ejemplo: “... un gran esfuerzo en lo que representa el apoyo a la familia...”, o "el Gobierno no tiene prevista participación alguna en lo que representa el proceso que se vive en Irak" (ambas frases sic). Vamos a ver, ¿es una muletilla estúpida y retorcida o sólo a mí me lo parece? Ese “en lo que representa” me irrita más que el “por consiguiente” de González o el “mireusté” de Aznar, y, además, Zapatero lo emplea como si le dieran un millón de euros cada vez que lo dice. Llevado al lenguaje normal –y no a la polihabla-, daría pie a construir frases como estas: “Cascaré dos huevos, los batiré y los pasaré por la sartén en lo que representa una tortilla” o “Me la cojo con la mano derecha y la sacudo arriba y abajo en lo que representa una paja”. Estoy seguro de que, si alguien hablara así en la vida cotidiana, propios y extraños le tirarían tomates y tartas de merengue para que se callase de una maldita vez. Pero como es un político, y además nuestro presidente, incluso le escuchamos.

Pero se acabó, José Luis, te lo advierto: como sigas empleando el “en lo que representa” incluso para preguntar la hora –“¿podría decirme que hora es en lo que representa un acto de información cronológica?”-, en las siguientes elecciones te va a votar tu tía Federica, porque si insistes en enloquerepresentarme te juro que prefiero darle mi voto a Esperanza Aguirre, que por lo menos tiene un primoroso acento inglés, antes que a ti. En fin, me he pasado, vale, pero es que estoy más que harto de escuchar esa irritante muletilla. ¡No lo soporto más, en lo que representa un acto de desesperación!

Ay, Castelar, ¿dónde estás?...

lunes, abril 7

Pensamiento mágico


Hoy estoy un poco de malhumor, pero antes de explicaros por qué permitidme una breve divagación.

Si os preguntaran qué es lo que más ha transformado al mundo en los últimos siglos, ¿qué responderíais? Yo, sin dudarlo un instante, contestaría que la ciencia y su hija la tecnología. La prueba, si es que es necesario ofrecer alguna, la encontramos al analizar el ritmo histórico de los cambios sociales y comprobar cómo éste se acelera en progresión yo diría que geométrica a partir del siglo XVIII, momento en que se conforma el método científico. De hecho, si miráis a vuestro alrededor ahora mismo, mientras leéis este post, comprobaréis que la inmensa mayor parte de los que os rodea está sustancialmente impregnado de ciencia y tecnología, y da igual si estáis en vuestra casa, en el trabajo o en la calle. Es más, si podéis leer esto es porque manejáis alta tecnología (la informática).

Bien, ¿a qué se debe el triunfo arrollador de la ciencia? Pues a que funciona, así de sencillo. Antes del método científico, en la humanidad imperaba el pensamiento mágico; el problema es que la magia no daba (ni da) resultados. Un estadista, ante una pertinaz sequía, podía pedirle a los sacerdotes que hicieran rogativas para que lloviese, pero si no iba a llover los rezos no valdrían de nada. Ahora bien, si el estadista le pedía una solución a sus técnicos, estos excavarían pozos, elevarían el agua mediante energía eólica y construirían canales de irrigación, salvando así la cosecha. Conclusión: invertir en magia es tirar tiempo y dinero, mientras que invertir en tecnología da beneficios. Por eso, tres de los principales poderes sociales, el político, el económico y el militar, acabaron apoyando activamente el desarrollo de la tecnología (para lo cual era necesario apoyar también la ciencia pura).

Así pues, vivimos en un mundo científico-tecnológico (me refiero a eso que llamamos la “civilización occidental”). Esto nos invitaría a inferir que, ante la contundente eficacia de la ciencia, el pensamiento mágico iría en declive, y en cierto modo así ha sido. Por ejemplo, las religiones “institucionales” están en decadencia y las antiguas supersticiones van desapareciendo. Pero no nos engañemos; el pensamiento mágico sigue firmemente arraigado en nuestra sociedad, sólo que ha cambiado de apariencia. O ni siquiera eso, si tenemos en cuenta la cantidad de gente que se fía de la astrología o paga por oír las chorradas de los videntes. Pero supongamos que esos son aspectos folclóricos del tema, tonterías irracionales sin importancia (salvo que quien consulte a astrólogos y adivinos sea el presidente de EEUU, como hizo Ronald Reagan para planificar su política). Vale, imaginemos que nada de eso es relevante; ¿hacia dónde ha derivado el pensamiento mágico occidental, en qué se ha convertido? En pseudo-ciencia y pseudo-espiritualidad. Concretamente, ha adoptado la forma del movimiento (?) New Age.

La New Age surgió de la creencia astrológica de que hemos entrado en la era de Acuario (concretamente, el 4 de febrero de 1962, aunque hay zodiacales discrepancias al respecto), lo cual supondrá un cambio radical en la conciencia humana. Al menos, eso se suponía al principio, porque poco a poco el movimiento fue adoptando toda suerte de creencias, tanto antiguas como nuevas, hasta convertirse en un confuso y arbitrario sincretismo. Así pues, en la New Age conviven la astrología, el ocultismo, el hinduismo, el budismo, el gnosticismo, versiones del psicoanálisis, el holismo, el chamanismo... ¡incluso descacharrantes adulteraciones de la física cuántica!

Porque, amigos míos, una de las curiosas costumbres de la Nueva Era es introducir en su plastificada doctrina espiritual términos procedentes de la ciencia. Así se habla de “energía”, “vibraciones”, “consciencia cuántica”, “estados alternativos de conciencia” y esa clase de jerga. Del mismo modo, la compleja filosofía budista y zen se convierte en su manos en una especie de manual de autoayuda pasado por la licuadora del Reader’s Digest. En realidad, todo el movimiento está orientado a confortar a una aburrida clase media poco dada al rigor intelectual y muy necesitada de mentiras y simplificaciones que den sentido, o cuando menos bálsamo, a las grises vidas de sus miembros.

Vale, hasta aquí la cosa parece más o menos inofensiva. El problema es que la New Age incluye entre sus creencias, y de forma muy característica, a las medicinas alternativas. ¿Y qué demonios son las “medicinas alternativas”? Pues de entrada, cada una de su madre y de su padre: naturismo, ayurveda, homeopatía, acupuntura, iridología, curación por cristales, flores de Bach, reiki (tocamiento curativo), terapia gestalt... en fin, un poquito de todo, siempre y cuando no tenga nada que ver con la lógica y el pensamiento crítico. Porque todas estas “medicinas alternativas” se caracterizan por rechazar el método científico incluso en lo que parece más básico y de sentido común: la comprobación de su eficacia.

Por lo general, estas “medicinas alternativas” se usan paralelamente a la medicina moderna, por lo que no suelen causar demasiados problemas de salud; aunque, ojo, tanto el naturismo como el ayurveda emplean plantas que, al contrario de los placebos homeopáticos, sí contienen principios activos que pueden ser muy perjudiciales. Pero, aparte de esto, poco mal puede causarte que te miren el ojo, te impongan las manos o tomarte pastillitas de agua destilada; si eso te hace sentirte más tranquilo y esperanzado, allá tú. El problema, el gravísimo problema, sobreviene cuando esas “medicinas alternativas”, en vez de usarse complementariamente, sustituyen a la medicina científica.

Y aquí llegamos al motivo de mi enfado. Voy a hablaros de dos personas reales, una pareja a la que llamaremos Hansel y Grettel. Ambos son universitarios de clase media alta y rondan los cuarenta años de edad. Él es extranjero, procedente de un país situado al noreste de España, y es un profesional de éxito en su especialidad; ella es española y, aunque cursó los mismos estudios que Hansel, decidió no trabajar fuera de casa y dedicarse al cuidado de sus tres hijos. Ambos son personas inteligentes y encantadores, personas muy próximas a mí a quienes aprecio. De hecho, compartimos muchas opiniones y posturas, aunque hay un tema que nos separa: Hansel está muy impregnado de creencias New Age, sobre todo en lo que respecta a las medicinas alternativas, y como suele ocurrir ha convertido a Grettel en una adepta a esas creencias. En particular, son firmes creyentes en la homeopatía.

La homeopatía, tan popular en nuestros días, es una pseudo-ciencia, o “medicina alternativa” inventada por el alemán Samuel Hahnemann en 1796. Su teoría es que las enfermedades pueden ser curadas suministrando al paciente sustancias que provoquen los mismos síntomas que la enfermedad. Ahora bien, esas sustancias deben administrarse sumamente diluidas; en concreto, se toma una parte de la sustancia activa y se disuelve en diez partes de agua destilada, luego se toma una parte de esa disolución y vuelve a disolverse en otras diez partes de agua destilada, y así sucesivamente. Los medicamentos (?) homeopáticos van marcados con una clave que indica el número de disoluciones. Así, por ejemplo,15X significa que ha sido diluido quince veces y 30X que ha sido diluido treinta veces. Si en vez de X vemos una C, significa las disoluciones en vez de decimales son centesimales.

Ahora bien, según los homeópatas, cuanto más diluida esté una sustancia más potentes son sus efectos. En fin, huelga decir que esto va contra la lógica, la experiencia y la observación científica, pero hay algo más: si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta que en algún momento, tras cierto número de disoluciones, no quedará nada de la sustancia activa; pero, ¿cuándo? El científico Amadeo Avogadro lo descubrió, estableciendo el llamado “Número de Avogadro”, que determina la cantidad de moléculas que hay en cierta proporción de disolución. Pues bien, una disolución homeopática de 12C ya es inferior a la cota del número de Avogadro, lo cual significa que en esa disolución no queda ni una sola molécula de principio activo. Para entendernos: supongamos una disolución 30X; tendríamos que beber 29.803 litros de la solución para esperar encontrar sólo una molécula del principio activo.

El problema es que la demostración de Avogadro surgió después de la publicación de las teorías de Hahnemann, algo con lo que los homeópatas no contaban. Pero se trataba de un hecho incuestionable: hasta los más feroces defensores de la homeopatía tuvieron que admitir que sus preparados sólo contenían agua destilada. Entonces, cual ilusionistas sacando una paloma de la manga, se inventaron la “memoria del agua”. Es decir, que el agua tiene la pasmosa propiedad de “adoptar” las propiedades de los elementos con los que ha estado en contacto. Por supuesto, el hecho de que jamás se haya podido demostrar en condiciones de laboratorio esa supuesta “memoria del agua” no ha desanimado lo más mínimo a los homeópatas. Una de las características del pensamiento mágico es no permitir jamás que la realidad arruine una buena teoría.

Volvamos a mi pareja de amigos. Al principio, solía discutir mucho con Hansel sobre estos temas, pero nuestros debates acababan conduciendo siempre a un punto muerto en el que ya no era posible la dialéctica. Hansel es un hombre inteligente y por lo general lógico y razonable, pero al mismo tiempo una parte de su mente está invadida por el pensamiento mágico; por ello, cuando sus creencias entran en conflicto con el sentido común, recurre a un argumento mágico: la intuición. Él intuye, siente el íntimo convencimiento de que, por ejemplo, la homeopatía es la panacea de la medicina. No necesita pruebas, le basta con su intuición. Pero, ¿de qué vale una intuición sobre medicina formulada por alguien que no sabe nada de medicina? Pues eso, de nada. Pero es que Hansel, cuando menciona la “intuición” en realidad está hablando de “fe”. Aunque él, claro, no se da cuenta.

En cuanto a Grettel, en realidad se limita a adoptar las creencias de su marido porque confía en él, sin plantearse nada más. De hecho, discutí una vez con ella sobre homeopatía y descubrí que ignoraba lo que supuestamente era la “memoria del agua”. Ni siquiera conocía la materia que estaba defendiendo. Lo cierto es que ambos confían ciegamente en un homeópata amigo de Hansel, una especie de gurú (creyente también en la astrología y otras bobadas) a quien consultan todo lo relacionado con la salud de ellos y de su familia.

Bueno, en fin, yo pensaba que si mis amigos se sentían mejor tirando el dinero en placebos homeopáticos, y siempre y cuando recurrieran al mismo tiempo a la medicina científica, el asunto carecía de importancia. Allá cada cual con sus creencias mágico-religiosas. Sin embargo, hace tiempo creí escuchar algo que me alarmó mucho; tanto me intranquilizó que preferí pensar que había oído mal, que no era cierto aquello. Pero lo era.

Hace cuatro días descubrí que Hansel y Grettel, influidos sin duda por su homeopático gurú, creían que las vacunas eran muy malas y habían decidido no vacunar a sus hijos de nada. Es decir, tres niños (el mayor creo que tiene siete años) privados de las ventajas de la medicina preventiva a causa de la irracionalidad de sus padres.

Pensadlo un momento, porque el asunto es más grave de lo que parece a simple vista. Por un lado, esos niños pueden padecer enfermedades que no tendrían por qué sufrir. Por ejemplo, una de las niñas lleva un mes enferma de tosferina, algo que se hubiera evitado con una simple vacuna. Y no digamos lo que sucedería –ojalá jamás ocurra- si en algún momento estuvieran expuestos a la polio, la difteria, el tétanos o la meningitis. Pero no es sólo lo que pueda suceder ahora, sino lo que puede suceder después. Hay enfermedades como el sarampión, las paperas o la rubéola que, padecidas por un niño, apenas tienen importancia, pero que pueden ser sumamente graves si se sufren de adulto. El sarampión, por ejemplo; era muy común enfermar de sarampión durante la niñez; yo lo pasé, igual que toda mi generación, inmunizándome naturalmente en el proceso. Pero ahora todos los niños están vacunados contra el sarampión, así que la enfermedad ya no es común. Y, por tanto, es muy probable que los hijos de Hansen y Grettel no lleguen a infectarse, así que llegarán a adultos sin estar inmunizados de ninguna manera. Y si entonces enfermaran de sarampión, la enfermedad podría dejar en ellos severas secuelas. Y todo por la irracionalidad de sus padres.

En la medida que pueda evitarlo, no voy a hablar de esto con Hansel y Grettel; sé que no se puede razonar con ellos, porque están bajo la influencia del pensamiento mágico y, por tanto, son incapaces de seguir un discurso lógico; sé que, al final, yo diría cosas muy gordas de las que me arrepentiría posteriormente, de modo que lo mejor es no sacar el tema y fingir que no pasa nada. A fin de cuentas, no son mis hijos... aunque sí son unos niños a los que quiero y aprecio. Pero en fin, intentaré olvidarme de eso y cruzaré los dedos para que esos niños tengan la suerte de no enfermar de nada grave.

Sí, procuraré que mi relación con Hansel y Grettel siga como siempre, aunque no puedo negar que algo ha cambiado. Mientras sus creencia mágicas eran inofensivas, el asunto carecía de importancia; pero ahora ambos han cruzado una línea, una frontera invisible que separa lo anecdótico de lo peligroso. Sus creencias ya no son inocentes. A decir verdad, no puedo evitar contemplarles como a esos padres, testigos de Jeovah, cuyo fanatismo les lleva a impedir que un hijo suyo reciba la transfusión de sangre que podría salvarle la vida. En fin, qué pena y qué rabia... Por lo visto, Grettel defiende su postura limitándose a decir “son diferentes puntos de vista”... Y yo me pregunto, ¿cómo cojones puede alguien jugarse la salud de sus hijos en virtud de un mero “punto de vista”? Si yo me viera tentado de privar a mis hijos de alguna de las ventajas, universalmente reconocidas, de la medicina científica, antes estudiaría atentamente todos los argumentos a favor y, sobre todo, todos los argumentos en contra, me asesoraría en profundidad, consultaría con propios y extraños... pero no, a ellos les basta con las palabras de su descerebrado gurú.

Pero así es el pensamiento mágico, amigos míos: inocente e inocuo hasta que, sin saber cómo ni por qué, se convierte en letal.

Y no sigo porque me estoy poniendo de mala leche.