lunes, mayo 23

Crononautas, aliens y otras hirbas

 

            En la anterior entrada surgió, no sé muy bien cómo, una interesante charla sobre viajes en el tiempo y paradojas. Se trata de uno de los temas básicos de la ciencia ficción (cf)... aunque, ahora que lo pienso, yo nunca he escrito un relato de esa temática. Bueno, casi, porque mi novela El coleccionista de sellos trata, no de viajar en el tiempo, sino de mandar mensajes al pasado y modificar la historia.

            Para darnos cuenta de la importancia de este subgénero de los viajes temporales, basta con considerar que la primera novela de H. G. Wells, el padre de la cf, fue precisamente La máquina del tiempo (aunque la primera historia de máquinas del tiempo, El anacronópete, la escribió un autor español Enrique Gaspar en 1887, ocho años antes de que Wells publicara su novela).

            Hay, no obstante, otras temáticas de la cf tan básicas como los viajes temporales. Así, de memoria, se me ocurren los siguientes: Viajes espaciales. Universos paralelos. Apocalipsis. Poderes mentales. Mutantes. Inteligencia Artificial/Robótica. Alienígenas. Ucronías. Distopías. Transhumanismo. Inmortalidad. Superciencia. Divinidad. Futuro lejano.

            Creo que éstas son las temáticas principales; es decir, las que conforman el núcleo básico del género. Hay otras, claro, pero son, por decirlo así, temáticas compuestas, como el space opera o el cyberpunk. En cualquier caso, hay que hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, ¿por qué incluyo la Divinidad como temática de cf? Pues porque, según y cómo lo mires, Dios puede ser un concepto de cf (la teología es una rama más de la literatura fantástica, Borges dixit). Y no solo eso; Dios es un concepto frecuentemente explorado por la cf, y basta con recordar 2001: Una odisea del espacio.

            Por otro lado, cabría preguntarse si las ucronías y las distopías son realmente ciencia ficción. Hay opiniones para todos los gustos, pero yo diría que por tradición, sí. También cabe plantearse si alguna de esas temáticas no es más fantasía que cf. Por ejemplo, los poderes mentales. Durante un tiempo se creía que eso de la percepción extrasensorial tenía una base científica, así que la cf la usaba con frecuencia (por ejemplo en La Fundaciones de Asimov o en Muero por dentro, de Silverberg). Pero ahora sabemos que eso de la telepatía, la telequinesis o la precognición no son facultades reales.  No existen, así que serían magia, no ciencia.

            Igual sucede con el viaje en el tiempo. Estoy convencido de que es imposible trasladarse al pasado y actuar sobre él. ¿Por qué? Pues porque en cuanto te planteas el viaje al pasado, descubres que las paradojas crecen como hongos. Y las paradojas encajan mal con la realidad. Son una señal de algo no marcha bien con la lógica que estás empleando; como cuando en una operación matemática empiezan a aparecerte infinitos. Además, dado que la única forma de generar una ucronía sería viajar en el tiempo y alterar la historia, y como viajar en el tiempo es imposible, entonces las ucronías no son posibles. No obstante, como el mecanismo de la cf es la plausibilidad, no la realidad, y también por tradición, aceptamos que las máquinas del tiempo, los poderes mentales y las ucronías son cf (aunque, sensu stricto, deberían ser fantasía). Por lo demás, el resto de las temáticas entran en el ámbito de lo posible (sí, incluida la divinidad; o, más bien, ciertas formas de divinidad).

            Como buen friki de la cf que he sido (y en parte sigo siendo) muchas veces me he preguntado qué acontecimiento de cf me gustaría vivir. O, dicho de otra forma, qué temática de cf me gustaría protagonizar. Bueno, supongo que todos elegiríamos la inmortalidad. Lo que pasa es que, para darte cuenta de que eres inmortal, ha de pasar bastante tiempo. Además, se trata de un don con facetas oscuras (como por ejemplo que se vaya muriendo toda la gente a la que quieres mientras tú sigues fresco como una lechuga).

            Viajar en el tiempo molaría un huevo. Entre otras cosas, porque podrías forrarte apostando. Pero dejando aparte eso, sería fabuloso visitar el Stonehenge de hace cuatro mil años, o el Imperio Romano en su apogeo, o el Egipto de los faraones... También sería cojonudo poseer poderes mentales, adivinar el futuro, leer la mente o ponerte cabrón en plan Carrie. Lástima que ni el viaje en el tiempo ni los poderes mentales existan.

            Viajar por el espacio también estaría bien. Visitar otros planetas, otras estrellas... Aunque me temo que esa clase de viajes consistiría, básicamente, en quedarse encerrado en la nave sin poder salir. Desplazarse a universos paralelos, sin embargo, no me parece del todo atractivo. La realidad alternativa puede ser de cualquier manera (de hecho, será de todas las maneras posibles), y pudiera ser que te tocara un universo paralelo de lo más coñazo. ¿Os imagináis caer en una realidad poblada por clones de Rajoy? Tampoco tengo especial interés en ver a un mutante, ni en conocer la humanidad de dentro de, pongamos, 20.000 años. ¿Cómo sería? Pues incomprensible. Y, por supuesto, ni la menor gana de enfrentarme a cualquier forma de divinidad.

            Así pues, si tuviera que elegir una temática de cf para vivirla, creo que escogería a los alienígenas. ¿Os habéis parado a pensar en nuestra soledad como especie? No conocemos a ningún ser semejante a nosotros, no compartimos con nadie aquello que nos singulariza: la inteligencia. La raza humana es un monólogo sin diálogo posible. Por eso, creo que descubrir la existencia del “otro”, del alienígena, supondría un inmenso cambio cultural y personal. Dejaríamos de estar solos.

            Aunque, claro, los aliens pueden venir en plan hjijoputa, a lo Independence Day. O, más probablemente, serían totalmente incomprensibles. Pero da igual (me refiero al segundo caso, no al primero); el mero hecho de saber que existen ya sería maravilloso. Además, teniendo en cuenta que los alienígenas, si han llegado hasta aquí, han de poseer una tecnología fabulosa, igual nos invitan a viajar por el tiempo y el espacio, y a trasladarnos a universos paralelos, y puede que nos proporcionen poderes mentales, o que nos hagan inmortales... ya puestos, podrían convertirnos en Linterna Verde. Como veis, esta elección sería un “todo en uno”.

            Ahora bien, si me olvido de los cómics e intento contemplar el asunto de forma adulta (si es que hay alguna forma adulta de contemplar este asunto), ¿de qué temáticas de cf estamos más cerca ahora, en nuestra actual sociedad? Pues yo diría que de la inteligencia artificial y la robótica. Pero también de la distopía y del apocalipsis. ¿O soy demasiado pesimista?

viernes, mayo 13

Espías y Vikingos



Ante todo, mis disculpas queridos merodeadores, porque últimamente he desatendido mucho el blog. Pero es que estoy muy, pero que muy liado, y por todas partes. Entre otras cosas, no paro de dar charlas, tanto en Madrid como fuera de Madrid. Ay, señor, señor... Si lo que yo sé hacer es escribir, ¿qué interés tiene oírme hablar? Satisfacer la curiosidad, supongo. “¿Cómo será el capullo que ha escrito ese libro?”. Pues calvo y viejo. Pero, eso sí, grande y con unos preciosos ojos azules.

            El caso es que, entre unas cosas y otras, no he tenido tiempo de escribir; ni novela, ni relato, ni artículos, ni posts, ni nada. Lo que me provoca a partes iguales culpabilidad y frustración. Ahora debería continuar mi anterior post sobre la fe, pero no me apetece un pijo, así que vamos a hablar de algo más ligero. De series de TV, por ejemplo. A fin de cuentas, acaba de estrenarse la sexta temporada de Juego de Tronos, lo que hoy en día constituye un auténtico acontecimiento mundial (un acontecimiento que sólo algunos estrenos cinematográficos, muy pocos, pueden igualar. Cómo ha cambiado la tele, ¿eh?).

            Vale, Juego de Tronos es una serie inteligente, y espectacular, y está hecha de cojones, y los diálogos son brillantes, y las situaciones imaginativas, y los actores están muy bien... pero, lo confieso, tengo la sensación de que esa serie no hace más que girar sobre sí misma, generando un efecto centrífugo que escupe cadáveres y no parece conducir a ninguna parte. Entendedme, Juego de Tronos me divierte, pero empiezo a preguntarme por qué. Da igual; sobre JdT ya escribe mucha gente y yo quiero hablar de un par de series menos conocidas.

            La primera es The Americans, creada por Joe Weisberg para Amblin y Fox, y protagonizada por Mathew Rhys y Keri Russell. Va de una típica familia norteamericana –papá, mámá, una hija y un hijo- que reside en los años 80 a las afueras de Washington, donde tienen una agencia de viajes. Una familia enteramente normal salvo por un pequeño detalle: papá y mamá –Philip y Elizabeth- son, en realidad, agentes encubiertos del KGB. Espías soviéticos.

            Lo interesante de la serie es que está narrada desde el punto de vista de los espías. Hay otras dos subtramas, una centrada en el entorno ruso y otra en el del FBI, pero los protagonistas absolutos son Philip y Elizabeth, y con ellos empatiza el espectador. Es decir, con los malos. ¿O no son los malos? Desde luego, no son unos angelitos: manipulan, roban, chantajean, seducen, mienten y, si hace falta, asesinan. Pero, ¿son malos o simplemente cumplen con su deber? Si en vez de espías rusos en Estados Unidos fuesen espías estadounidenses en Rusia, ¿serían los malos? En ese punto de ambigüedad moral se mueve la serie, y ahí reside gran parte de su interés. En fin, sigue habiendo cierto maniqueísmo, los soviéticos son malos, pero no mucho peores que los miembros del FBI.

            La segunda serie es Vikingos, creada por Michael Hirst para el canal Historia. ¿Qué tiene de bueno esa serie? Pues su mismo título lo dice: trata sobre vikingos. ¿Os parece poco? Porque, vamos a ver, no sé si sucede lo mismo con las chicas, pero ¿a qué tío no le gustan los vikingos? Son uno de los grandes arquetipos de la infancia, son sinónimo de épica y aventura, son leyenda en estado puro. ¿Quién no ha soñado de niño con navegar a bordo de un drakkar? ¿Cómo no estremecerse de placer al oír una frase tan contundente como “¡Dios nos libre de la furia de los normandos!”?

            Hasta ahora, el mejor producto audiovisual sobre los Hombres del Norte era el film Los Vikingos (1958), de Richard Fleisher, con un maravillosamente cabreado Kirk Douglas, un feroz Ernest Borgnine, una preciosa Janet Leigh y un blandorrillo Tony Curtis. Una película excelente, por cierto.

            Vikingos, la serie, está más o menos basada en un personaje medio histórico, medio legendario, el líder normando Ragnar Lodbrok, que en el siglo IX se dedicó alegremente a saquear Inglaterra y Francia. No se trata de un documental, sino de una serie de ficción, pero está extraordinariamente documentada, tanto en los aspectos históricos como en los antropológicos.

            Tampoco es una serie amable. El prota es -como eran todos los guerreros en aquella época- extremadamente cruel, y para comprobarlo basta con ver el capítulo donde somete a uno de sus rivales a una tortura llamada “Águila de Sangre” (pone los pelos de punta). Además, el actor que lo interpreta, Travis Fimmel, consigue parecer en todo momento un psicópata. No se trata, ni mucho menos, de una de esas ficciones históricas en las que a los personajes se les adjudican personalidades modernas. No, ahí todo el mundo es consecuente con su época, y todos parecen a punto de matar a alguien (cosa que hacen con frecuencia).

            Pero, sobre todo, Vikingos es, probablemente, la mejor serie de aventuras que se ha emitido por TV en mucho tiempo. Si no te gusta, me temo que tu niño interior está pachuchillo.

jueves, abril 14

Las conferencias de hoy



            Hoy, jueves 14, prosiguen las jornadas sobre mi padre en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14)

            Jueves 14 de abril, 19 horas.

A. Al margen de ‘El Coyote’: la otra narrativa de José Mallorquí. “José Mallorquí, más allá de El Coyote”. Conferencia a cargo de RAMÓN CHARLO, coleccionista, escritor y especialista en literatura popular española. 40’

B. Mallorquí y la radio de los sesenta. “José Mallorquí y la radio española del franquismo”, conferencia a cargo de ARMAND BALSEBRE, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad (Universidad Autónoma de Barcelona). 40’

lunes, abril 11

Fe



            Estoy leyendo un libro, El fin de la fe, del filósofo Sam Harris, de lo más interesante. Digo que es interesante porque Harris expone ideas que yo sostengo desde hace tiempo, y no hay nada como la comunión intelectual para despertar interés. ¿Qué ideas? El subtítulo del libro es revelador: Religión, terror y el futuro de la razón. En fin, apenas llevo leídas unas sesenta páginas, así que lo que voy a decir a continuación es de mi cosecha.

            Creo que los europeos tenemos una idea un tanto equivocada acerca del fenómeno religioso. En España, por ejemplo, el 70’6 % se declara católico (un 2’3 % pertenece a otras religiones). Sin embargo, del total de los creyentes sólo un 12’1 % confiesa acudir a los oficios religiosos siguiendo los preceptos de la Iglesia. Es decir que para la inmensa mayor parte de los creyentes españoles, la religión apenas ocupa lugar en sus vidas, más allá de las ceremonias sociales (bodas, bautizos...), e incluso éstas cada vez menos.

            Pero eso no es así en el resto del mundo. Para cientos de millones de personas, la religión es un aspecto sustancial de su existencia, hasta el punto de determinar su forma de vivir, de pensar y de relacionarse con el resto de la humanidad. Esta entregada y obstinada adscripción a un conjunto de creencias está basada en un principio fundamental para todo fenómeno religioso: la fe.

            La fe consiste en creer en algo aunque no se tengan evidencias de ello y por absurdo (o insólito) que parezca. Para todas las religiones -con la curiosa excepción parcial del budismo-, la fe es algo positivo. Creer a ciegas en algo que va contra la razón... Eso, que en casi cualquier otro aspecto de la vida conduciría al diván del psiquiatra, en el ámbito religioso se convierte mágicamente en la mayor de las virtudes. Cuanta más fe tenga un creyente, más cerca de la santidad estará.

            Porque hay fes de distintos calibres. Por ejemplo, una cosa es creer en la existencia de un dios, así, en abstracto, sin meternos en detalles, y otra muy distinta creer que ese dios es un elefante con cuatro brazos, o que tiene cabeza de chacal, o que nació de una virgen, o que vive en el planeta Kólob, o que premiará a los fieles en el otro mundo con 72 zagalas complacientes...

            Si la fe consiste en creer en algo careciendo de evidencias, y si la fe es una virtud, entonces cuanto más inverosímiles y absurdas sean las creencias, más fe hará falta para creérselo y más virtuoso será quien la profesa. Y una vez que te has tragado algo intragable, ya te tragas cualquier cosa. Así funciona la fe.

            Puede que algún merodeador creyente, probablemente católico, difiera conmigo en este último punto. Yo creo en las enseñanzas del cristianismo, dirá, y eso no significa que sea un iluso que me crea cualquier cosa. Y yo estaré de acuerdo con él, pero le diré que eso es así porque es un creyente occidental y su fe no es gran cosa (comparada con otras fes).

            Pongamos un ejemplo: la Santísima Trinidad. Es un dogma de fe, pero, convengámoslo, no hay quien lo entienda (¿qué demonios es el espíritu santo?). Y no hay quien lo entienda porque es absurdo (al menos, a mí me lo parece). Este asunto proviene de los inicios del cristianismo, cuando Pablo de Tarso desgajó la doctrina de Jesús del judaísmo, y comenzó a predicarla entre los gentiles. Había mucha competencia, sobre todo de religiones orientales, donde abundan las trinidades (Isis-Osiris-Horus, Brahma-Siva-Vishnú, Ea-Marduk-Guibil, etc.), así que los primitivos cristianos, para conseguir adeptos, se sacaron de la manga una trinidad intentando conciliarla con el monoteísmo. El resultado fue un concepto decididamente extraño: un único dios que al tiempo es una trinidad.

            Pero no me voy a meter en si la Santísima Trinidad existe o no, eso es otro tema. La cuestión es que un hipotético católico deberá aceptar la existencia de esa trinidad, aunque no la entienda y aunque suene absurda. La aceptará a base de fe, que es creer en lo increíble. Ahora bien, a ese supuesto creyente le plantearía dos preguntas: ¿Estás dispuesto a matar para defender tu fe en la Santísima Trinidad? Y más importante aún: ¿Estás dispuesto a morir en defensa de esa fe? Me imagino que la respuesta a ambas preguntas, sobre todo a la segunda, es no, ni de coña. Porque la fe de nuestro virtual creyente no da para tanto. Por fortuna.

            Sin embargo, no hay prueba más contundente de la fortaleza de una fe que dar la vida por ella. En el catolicismo, el martirio es el único camino directo e incuestionable a la santidad. Si das la vida por tu fe, te conviertes automáticamente en santo, que es la máxima distinción que puede alcanzar un creyente. Lo mismo sucede en el islamismo.

            Estoy seguro de que ninguno de los merodeadores creyentes estaría dispuesto a dar su vida, o a quitar una ajena, por defender sus creencias religiosas. Porque son personas civilizadas dotadas de una ética personal que va más allá de la moral religiosa. Y, además, aunque no lo sepan, son creyentes críticos y selectivos en cuanto a su propia doctrina. Por ejemplo, la mayoría de los creyentes aceptan que los relatos recogido en el Génesis (Adán y Eva, Noé, etc.) no son históricos, sino fábulas con un significado simbólico y ético (porque la capacidad de tragaderas –es decir, la fe- de los creyentes de aquí tiene un límite). Por otro lado, hay versículos de la Biblia que defienden la esclavitud (p. ej.: Éxodo 21:2-6 o Levítico 25:44-45), pero los creyentes no los leen, y si lo hacen lo justifican diciendo que eran otros tiempos (y olvidando que, en teoría, se trata de la palabra de Dios, y por tanto eterna e inmutable).

            La Biblia, supuestamente, es toda ella la palabra de Dios transcrita mediante la revelación, así que todo lo que se dice en ella tiene el mismo peso y es una verdad absoluta. Sin embargo, la mayoría de los cristianos suelen pasar por alto el Antiguo Testamento (con ese dios tribal, colérico y caprichoso) y centrarse casi exclusivamente en los Evangelios. Porque, las cosas como son, la moral del Nuevo Testamento es mil veces más moral que la del Antiguo.

            El caso es que la mayoría de los creyentes occidentales “adaptan” a su manera las doctrinas religiosas, quedándose con lo que consideran bueno, e ignorando o rechazando aquello que les parezca negativo o demasiado absurdo (aquí conviene recordar que esa actitud, hace quinientos años, les habría llevado a la hoguera). Y eso se debe a muchas cosas: a la reforma, a tres siglos de pensamiento laico, a la ciencia, a la educación generalizada... Todo eso ha debilitado la fe de los creyentes. Por fortuna, insisto.

            Ahora bien, no olvidemos que en el mismo Occidente, en Estados Unidos por ejemplo, hay un buen número de cristianos integristas que se toman la Biblia literalmente. Para ellos, Adán y Eva existieron, Noé metió unos cuarenta millones de especies animales en un barco de madera, o la Tierra (el universo entero en realidad) fue creada en la madrugada del 23 de octubre del año 4004 a.C. (sic). Evidentemente, para creerse todas esas insensateces hay que tener unas tragaderas descomunales. Es decir, una fe muy intensa.

            ¿Y qué ocurre con las sociedades, y con las religiones, donde no ha habido ni una reforma, ni asomo de pensamiento laico, ni pizca de ciencia, ni educación generalizada? ¿Cómo es la fe de esa gente? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué puede hacer? Porque, no lo perdamos de vista, la fe es una fuerza muy, pero que muy poderosa.

            Y aquí, amigos, os dejo para que reflexionéis sobre este apasionante tema hasta el siguiente post. Ciao.

miércoles, abril 6

Continúa el ciclo de conferencias sobre mi padre



            Mañana, jueves siete de abril, a partir de las 19:00, tendrá lugar en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14) la segunda jornada de charlas sobre la figura de mi padre y su obra. Serán dos conferencias:

            A. De la España bélica a las postrimerías del franquismo: auge de la literatura popular y madurez creativa de J. Mallorquí. “La pluralidad del uniformismo hacia 1950”, conferencia a cargo de JORDI GRACIA, catedrático de Literatura Española (Universidad de Barcelona) y ensayista. 40’

B. El Oeste, espacio de leyenda. ‘El Coyote’ y las novelas de vaqueros. “El Coyote, un héroe hispano en un Oeste hispano”, conferencia a cargo de MANUEL BLANCO CHIVITE, periodista y director de El Garaje Ediciones. 40’

            Espero veros por allí.

            Nota: En la foto, uno de los juguetes que, como primitivo merchandising, se vendieron en los años 50 amparándose en la fama de El Coyote. Yo, de pequeño, tuve unas pistoleras como esas; pero eran de plástico cutre y se rompieron enseguida. Ese juguete es uno de los objetos más peculiares que se exhiben en la exposición ANTIFAZ.

martes, marzo 29

Conferencias sobre José Mallorquí


 
            Queridos merodeadores, con motivo de los actos programados para la exposición ANTIFAZ, el próximo jueves, 31 de marzo, a partir de las 19:00, comenzará el ciclo de encuentros y conferencias dedicadas a mi padre y a su obra. El acto tendrá lugar en las aulas de la Casa del Lector del Matadero (Paseo de la Chopera, 14)

Os copio el texto del programa:

Sesión 1. Hacia un nuevo paradigma lector. Jueves 31 de marzo, 19 horas.
A. Sociedad de masas, sociedad lectora: la España que vio nacer a José Mallorquí.
“Entregarse a la lectura: las primeras lecturas del joven Mallorquí”, conferencia a cargo de JEAN-FRANÇOIS BOTREL, hispanista y catedrático emérito de Lengua y Cultura Hispánicas (Universidad de Rennes 2). 40’
B. José Mallorquí, una visión familiar. Encuentro con: MANUEL BLANCO CHIVITE, periodista y director de El Garaje Ediciones; ABILIO FERNÁNDEZ, locutor radiofónico; CÉSAR MALLORQUÍ, escritor. Modera JOSÉ LUIS MARTÍNEZ MONTALBÁN, historiador y crítico de la literatura popular y del cine españoles. 60’

            A los que viváis en Madrid os animo a asistir, porque será de lo más interesante. Y, como suelo decir, además podréis encontraros conmigo, que soy un encanto.

lunes, marzo 21

Críticas



            Por fortuna, la mayor parte de las críticas que he recibido como escritor han sido positivas; unas más, otras menos, pero digamos que la nota media es de notable. Además, los premios que he obtenido me sugieren que, objetivamente, no debo de ser del todo mal escritor. Por otro lado, soy consciente de algo: es imposible gustar a todo el mundo Por bueno que seas, da igual; siempre habrá alguien que se cisque en lo que has escrito.

            No obstante, y ahora voy a desnudar mi alma ante vosotros, debo confesar algo: las malas críticas me afectan. Me deprimen. Para que me entendáis: una mala crítica me jode más que lo que puede llegar a alegrarme una crítica elogiosa. Eso, sin duda, se debe a mi proverbial inseguridad.

            Yo, como escritor, vivo en una permanente duda. Cuando acabo de escribir una novela, siempre temo haber escrito la mayor mierda de la historia de la literatura. Cuando alguien me comenta que le ha gustado lo que he escrito, siempre pienso que lo dice por amabilidad. Cuando tomo una decisión mientras escribo siempre temo haberme equivocado. Nunca estoy seguro de nada.

            Y es jodido, no os creáis que no. Pero, al mismo tiempo, lo considero necesario. Porque esa duda permanente me ayuda a mejorar, y porque si en algún momento llegase a estar seguro de lo que escribo, creo que en ese preciso instante estaría muerto como escritor. La inseguridad es el precio que debo pagar por mi trabajo. Pero bueno, ya me he acostumbrado a vivir sintiéndome al borde de un abismo.

            Volviendo a las críticas, creo que básicamente las hay de dos tipos: aquellas en las que el reseñista se limita a decir si el texto le ha gustado o no, sin aportar argumentos, y esas en las que el crítico sustenta su opinión con datos y argumentos. Una mala crítica de la primera clase me jode (porque todas me joden), pero no me aporta nada. Las malas críticas del segundo tipo también me joden, pero me ayudan.

            Por ejemplo, un crítico señaló los defectos de una novela mía muy querida por mí. No le daba un palo, pero sí que señalaba ciertas debilidades del texto. ¡Y el muy cabrón tenía razón! Me agarré un cabreo enorme, pero no contra el crítico, sino contra mí, por ser tan burro. Y al mismo tiempo me sentí muy agradecido, porque aquel crítico me había ayudado a mejorar. Por desgracia, las críticas del tipo 1 abundan mucho más que las del 2.

            Respecto a las primeras, hay unos casos concretos que me producen una mezcla de estupor e irritación; no por las opiniones subjetivas que expresan, sino por la naturaleza del reseñista. Me explicaré.

            Tengo una Alerta Google. Es decir, cada vez que aparece mi nombre en internet, recibo un mail avisándome (esa es la teoría, porque falla más que una escopeta de feria). Bueno, pues hará cosa de un mes me llegó una alerta que me condujo a una web de esas en las que diversas personas opinan sobre una novela determinada. En ese caso, la novela era La isla de Bowen.

            Uno de los participantes (voy a emplear el masculino, pero puede ser tanto un hombre como una mujer) escribió un comentario bastante extenso. No se cargaba la novela, pero hablaba de ella con condescendencia. Decía que la primera parte le había aburrido, pero que la segunda le había gustado, más o menos. Luego, en tono siempre condescendiente, me daba consejos para mejorar (a mí directamente, aunque supongo que era una especie de figura retórica, porque no creo que pensase que yo lo iba a leer). Criticaba mi forma de emplear los adjetivos (aunque no especificaba por qué) y me tildaba de leísta. Eso último es cierto, soy leísta. Es más, aunque podría corregirlo, no lo hago, porque la forma correcta me suena mal (me he criado y vivo en el centro de España, donde el leísmo es común). Además, la RAE admite el leísmo. A fin de cuentas, Cervantes lo era. Ah, también me tildaba de machista.

            Reconozco que me molestó un poco el tono de suficiencia que destilaba el comentario. Pero hubo algo que me molestó aún más: esa persona era, es, un escritor de literatura juvenil. Además, nos conocemos; muy superficialmente, pero nos hemos visto un par de veces.

            Veréis, digamos que hay dos tipos de escritores profesionales: los consagrados y, llamémoslos así, los de clase media (me apresuro a aclarar que me considero un escritor de clase media). Respecto a los primeros, no tengo ningún problema en criticarles negativamente (salvo que los conozca personalmente), que para eso los han subido al Olimpo. Por ejemplo, más de una vez he puesto a parir los textos Agustín Fernández Mallo; pero es que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, es un autor “consagrado”.

            Ahora bien, jamás hablo mal públicamente de las obras de los escritores de clase media, y mucho menos si los conozco, aunque sólo sea de vista. Me parece una rotunda falta de cortesía profesional. Y un exceso de vanidad, porque si un escritor critica a otro, en el fondo es como si dijese: “Yo lo hago mejor”. Por eso, si comento la obra de un escritor de clase media –por ejemplo en este blog-, siempre será porque sinceramente me ha gustado. Si no ha sido así, me callo.

            La verdad es que creo que la inmensa mayor parte de mis colegas, escritores de clase media, piensan como yo, porque rara vez he visto a alguno de ellos criticando a otro. De hecho, a mí sólo me ha sucedido dos veces; hace muchísimos años -por parte de un escritor de ciencia ficción- y ahora.

            En el fondo, como decía antes, cuando un escritor critica a otro siempre es por vanidad (a veces mezclada con la envidia). Porque los escritores, como casi todos los que se dedican a un trabajo creativo, solemos ser muy vanidosos. Aunque me parece que esa vanidad, en la mayor parte de los casos, no es más que una defensa contra la insidiosa inseguridad inherente al oficio de escribir. Ahora bien, enaltecer el propio ego a base de denigrar el de los demás se me antoja, cuando menos, poco caballeroso.