lunes, abril 14

Eostre



            Hace un momento estaba escribiendo una entrada que era un auténtico coñazo. Quería que fuese un texto corto, porque no tengo mucho tiempo para escribirlo, así que me he puesto a contar lo que hice la semana pasada –dar unas charlas en Vitoria-, como en esos  blogs donde las adolescentes cuentan qué desayunaron, qué ropa se pusieron o con quién charlaron. ¿A quién le interesa? A mí no, desde luego, así que he tirado a la papelera lo que había escrito.

            Últimamente tengo la sensación de que Babel se está apartando un poco de su línea; y es un tanto desconcertante, porque este blog nunca ha tenido ninguna línea. Pero, no sé... Creo que deberíamos hablar más de literatura, de cine, de cómic, de series... Y tengo que escribir la segunda parte de la entrada sobre Stonehenge y la llanura de Salisbury. Escribí la primera hace no sé cuántos años, y siempre se me olvida continuarla. Un amable merodeador me invita a que repase las series de TV de mi infancia y juventud, y lo haré, aunque sea como asomarse al abismo del tiempo.

            ¿Y qué tal ampliar un poco “En la mente del escritor”? También me gustaría comentar lo loco que está Alan Moore, y lo bueno que es True Detective, y lo fascinante que es el ilusionismo...

            Aunque en realidad este post sólo es un pretexto para desearos que paséis una estupenda Semana Santa. ¿Sabéis que, cuando yo era niño y su excremencía aún vivía, los cines sólo podían proyectar películas religiosas (Ben Hur, La túnica sagrada, Barrabas, Rey de reyes, Los diez mandamientos, etc.)? De igual modo, las radios sólo podían emitir música clásica y las discotecas cerraban. Eso sí que era una Semana Santa como dios manda, coño. Aburrida hasta la médula.

            Pero como muchos de vosotros sois unos paganazos, siempre podéis celebrar las festividades del comienzo de la primavera, como las dedicadas a  Eostre, Cibeles, Astarté, Freya o Deméter. Todas son diosas de la fertilidad, así que ya sabéis.

            En fin, lo dicho: Feliz Semana Santa. O feliz Eostre, que por cierto es el origen del nombre de la Pascua en inglés: Easter

martes, abril 8

¡Corre, Espe, corre!


 
 
            Supongo que ya conocéis el incidente de Esperanza Aguirre con la policía municipal. El pasado jueves, la lideresa del PP madrileño aparcó en el carril bus de la Gran Vía, junto a la plaza de Callao, y se bajó del coche para sacar dinero de un cajero. Al cabo de un rato aparecieron dos agentes de movilidad y le pidieron la documentación para ponerle una multa. Al parecer, la lideresa no tenía los papeles del coche. Entre tanto, la gente que pasaba por ahí comenzó a hacer fotos con sus móviles, y Espe se puso nerviosa, así que antes de que se acabaran las formalidades de la denuncia, se montó en su coche, arrancó y emprendió la huida, derribando al salir la moto de uno de los agentes. Estos fueron tras ella, iniciando una persecución a la que se sumó un coche patrulla. Le dieron el alto, pero la lideresa les ignoró y prosiguió la fuga hasta entrar en el garaje de su casa. Los agentes llamaron a la puerta, pero la lideresa pasó de ellos y mandó a sus escoltas para que intentaran solucionar el asunto. Según cuentan los policías, doña Espe mostró en todo momento una actitud chulesca y prepotente, con frases como: “¿Qué, multita y bronquita?”.

            Para quienes no conozcan la Villa y Corte, una aclaración: Madrid es un caos circulatorio, todo el mundo aparca donde le sale de las narices, en los carriles bus, en doble fila o en los pasos cebra, da igual. Pero, veréis, la Gran Vía es una de las principales arterias de la ciudad, una de las calles con más tráfico; y no solo de coches, sino también de autobuses, sobre todo a la altura de Callao. Así que a nadie se le pasa por la cabeza aparcar en la Gran Vía. A nadie menos a Espe.

            Este incidente no es más que una variante del famoso “¡No sabe usted con quién está hablando!”, pero con el castizo desparpajo habitual de la lideresa. No os perdáis las declaraciones que la inefable Espe ha hecho posteriormente al respecto; la retratan a la perfección.

            Podría decirse que el comportamiento de esa señora (?) es el típico de alguien que se considera intocable, de alguien tan acostumbrado al poder que se cree con licencia para hacer lo que le venga en gana, de alguien que está por encima del bien y del mal. Podría decirse que Espe se ha comportado como lo que siempre ha sido: una bocazas maleducada y prepotente. Podría decirse que Espe tenía antes, cuando presidía la comunidad, consejeros y asesores de imagen que atemperaban su verborrea autoritaria y despótica, pero que ahora, al carecer de esa ayuda, la dicharachera Espe se abandona a los excesos. Sí, podría decirse todo eso, porque es verdad. Pero creo que, en última instancia, la razón de su comportamiento es más profunda.

            Esperanza Aguirre es, en esencia, una señorona de derechas del barrio de Salamanca. Ya, ya sé que vive en un palacete de Malasaña, pero da igual: su ecosistema natural es el barrio de Salamanca.

            (De nuevo para los que no conozcan Madrid: el barrio de Salamanca es donde vive –o vivía- gran parte del pijerío de la ciudad, una zona muy cara, con muchas tiendas de lujo, y muy, pero que muy de derechas. De hecho, al menos antes se la conocía como “zona nacional” -¿o nazional?-).

            Pues bien, permitidme que os cuente una anécdota personal:

            Hace años, yo vivía en barrio de Chamberí, que está separado del barrio de Salamanca por el Paseo de la Castellana. Mi casa estaba situada a cuatro manzanas de la Castellana, así que se encontraba en la zona de influencia de Salamanca; era una zona noble, por así decirlo. Muy cerca de mi casa se encontraba la parroquia del barrio, San Fermín de los Navarros, que probablemente sea la parroquia más facha y rancia de Madrid. Y en la acera de enfrente había, hay, un quiosco de prensa.

            Un domingo, a eso de la una y media, fui allí para comprar el periódico. Pero resulta que acababa de terminar la misa, así que había una nutrida cola de gente frente al quiosco. Me sumé a la cola y me dispuse a esperar mi turno. Entonces, al poco, llegó una mujer de unos setenta años, emperifollada con un abrigo de pieles, y me dio un empujón para ponerse en primera fila. Me volví hacia ella y le dije: “Perdone, pero hay gente esperando”. Ella, con altivez, me espetó: “Es que soy una señora”. Y yo le contesté: “Pues demuéstrelo”.

            Reconozco que estoy íntimamente orgulloso de mi respuesta. La presunta señora se quedó cortada, cerró la boca y aguardó la cola. Pero el caso es que esa mujer se creía con derecho a todo, a pasar por delante de cualquiera, no por ser una anciana, ni por ser una señora, sino por pertenecer a una casta superior. Así son las señoronas (y los señorones) del barrio de Salamanca, prepotentes, altivas y maleducadas. Como Espe.

            El caso es que el incidente tiene su gracia. Esa imagen de la expresidenta embistiendo a una moto y huyendo de la policía recuerda a los Keystone Cops, o a los Autos locos. Para ser slapstick sólo le falta un tartazo en la cara.

            Lo que ya no resulta tan gracioso es lo que sucederá después. Nada.

            Y lo que no tiene ni pizca de gracia es que sus votantes la seguirán votando haga lo que haga. No deja de maravillarme la gente de derechas de toda la vida, con esa tenacidad suya a la hora de votar a sus líderes inquebrantablemente. Aunque les pillaran celebrando misas negras o violando a niños, les votarían.

            Pero bueno, a fin de cuentas su incidente de tráfico no es lo peor que ha hecho Esperanza Aguirre. Ella fue la persona que llegó al poder mediante una maniobra antidemocrática, la lideresa que intentó cargarse la sanidad pública madrileña, la que dio cobijo y poder a un montón de corruptos. Y la siguieron votando. Como dios manda.


sábado, marzo 29

Porno


 
            Que quede claro desde el principio: no tengo nada en contra de la pornografía. Es más, estoy a favor; creo que el porno cumple una beneficiosa función social: aliviar tensiones. De hecho, no existe la menor relación entre el consumo de pornografía y un aumento de los delitos sexuales, sino más bien al contrario.

            Luego está lo de la cosificación de la mujer, que es cierto: en las películas porno la mujer suele aparecer única y exclusivamente como objeto sexual. Pero lo mismo ocurre con los hombres; o aún peor, porque en el porno heterosexual (el mayoritario) los hombres cumplen una función exclusivamente mecánica y siempre focalizada en la mujer. Es lógico, porque los mayores consumidores de porno somos lo hombres, así que lo que nos interesa es la mujer, no ese tipo que está con ella y que encima tiene una tranca de lo más acomplejante. Por eso las actrices porno, en general, están mucho mejor pagadas que los actores.

            En cuanto a los actos degradantes que muestran las películas porno, pues en fin, es cuestión de opiniones. Reconozco que hay modalidades de porno que harían vomitar a una cabra (al menos, mi cabra vomita cuando las ve), pero ¿quién soy yo, o mi cabra, para juzgar lo que dos –o más- adultos decidan hacer con mutuo consentimiento? Que lo hagan por dinero no importa, porque son libres de hacerlo o no. Ah, ¿que la necesidad les obliga a hacer cosas que no harían en otras circunstancias? Pues supongo que en muchos casos sí. Pero lo mismo sucede con tantísima gente que se ve obligada a hacer trabajos infectos por un sueldo de mierda. ¿O es que no es deplorable trabajar ocho horas al día en una cadena de montaje? Eso sí que es cosificación, y no un par de sesiones de sexo grabado.

            Pero es que practicar sexo por dinero es lo más indigno que pueda concebirse, dirá alguien. Y yo responderé: ay, que chunga es la moral judeocristiana. El sexo, el gran tabú. Nos han metido en el coco que el sexo es algo sucio, indigno, animal y repugnante, y que sólo puede practicarse cuando está bendecido por el más puro de los amores y, a ser posible, con el objetivo de la procreación. En cuanto a follar por diversión... bueno, si lo hace un hombre se comprende (ya sabemos cómo son los hombres), y si lo hace una mujer es que es una puta. ¡Chorradas! Y, además chorradas patriarcales.

            La pornografía no es más que la representación simulada de fantasías. Pero, atención, las fantasías sexuales sólo tienen sentido en su propio contexto, el de la fantasía, y de ningún modo implican el deseo real de llevarlas a la práctica. Pondré un ejemplo: ¿Sabéis cuál es la fantasía sexual más recurrente en las mujeres? Que un hombre las fuerce, a veces muy violentamente, a realizar el acto. Es decir, que las violen. Eso suele confundir a muchos. ¿Las mujeres quieren que las violen? Por supuesto que no: las mujeres (no todas, claro) quieren fantasear con ser violadas, que es muy diferente. Porque en una fantasía de violación, la mujer tiene el control, pero en una violación real quien tiene el control es el hijo puta del violador.

Y con los hombres pasa lo mismo. Imaginad que un día vais, que sé yo, a un zapatería y, mientras os estáis probando unos mocasines, la dependienta, un tía buenísima, empieza a gemir y retorcerse al tiempo que se acaricia los pechos y te suplica que la tomes ahí mismo, sobre la moqueta. No sé lo que haríais vosotros, pero creo que yo, tras comprobar si hay cámaras ocultas, saldría pitando de allí, porque una tía que se comporta de esa forma no puede ser normal. Pues bien, lo que acabo de describir es una escena típica de cualquier película porno.

            De hecho, sostengo que hay tres géneros fílmicos que en realidad muestran universos paralelos al nuestro: las películas de artes marciales, los musicales y la pornografía. Todas estas modalidades de cine están ambientadas en un mundo aparentemente normal, hasta que de repente, sin venir a cuento, se quiebran las leyes de la lógica y, en un caso, todo el mundo rompe a dar saltos y patadas, en otro rompen a cantar y en el tercero rompen a follar. Por cierto, Sasha Grey protagonizó un corto satírico sobre los tópicos del género (podéis verlo pinchando AQUÍ; tranquis, no hay imágenes porno).
 
En resumen: creo que lo peor del cine pornográfico es lo aburrido, torpe y poco imaginativo que suele ser. Pero en las últimas dos décadas se ha producido un cambio tecno-social que altera las cosas de forma preocupante.

            La pornografía, de una forma u otra, ha existido siempre. Y cuando digo siempre, es siempre. En cuanto al cine porno, baste decir que los Lumière mostraron su invento en 1895, y la primera película erótica de la que se tiene constancia es de 1896, un año después. No hacía falta ser un lince para comprender que cine+sexo=negocio.

            Así que siempre ha habido pornografía. La cuestión era el acceso a ella. Ciñéndonos al cine, las primeras películas pornográficas no eran para exhibición pública, sino para el consumo privado de ciertos personajes adinerados. Por ejemplo, durante los años 20 nuestro rey Alfonso XIII sufragó la producción, a través del conde de Romanones, de una serie de películas porno que, por supuesto, sólo eran para disfrute del rey.

            Mucho después, aparecieron las primeras salas de cine X, de acceso muy controlado. En los 50, 60 y 70 se popularizó el cine doméstico (Ocho mm. y Súper 8), y por supuesto comenzaron a comercializarse películas porno en esos formatos. Pero verlas era un coñazo, porque había que desplegar una pantalla, montar la película en un proyector y apagar las luces (y luego desmontarlo y guardarlo todo). Más tarde llegaron el video y los DVD’s, lo que facilitaba mucho la adquisición de pornografía. Aun así, tenías que estar en una casa y disponer de una TV y un reproductor.

            Pero ahora... ¿Sabéis cuántas webs pornográficas hay en Internet? No, porque según he comprobado nadie lo sabe. He encontrado un informe de Google donde se afirma que tiene indexadas más de 260 millones de webs pornográficas. Pero ese dato es de 2003... En fin, el caso es que hay mucho porno en la Red. Y de todo tipo; cualquier variedad que se os ocurra, por retorcida que sea, y muchas variedades que no se os ocurrirían jamás. Todo eso al alcance de un clic; y, con los smartphones, en cualquier lugar. Jamás el acceso a la pornografía ha sido tan sencillo, omnipresente y, además, gratuito.

            Hace tiempo, cuando mi hijo mayor tenía doce años y el menor nueve, entré en su cuarto y les encontré partiéndose de risa delante del ordenador. Tras indagar un poco, descubrí que se estaban riendo de un fragmento de peli porno que un amigo les había enviado por correo. Eran apenas 20 segundos y las imágenes mostraban a un tío cagando sobre la cara de una chica...

            Hoy en día, todos los niños, todos y desde edades sorprendentemente tempranas, se inician en la sexualidad a través de las páginas web pornográficas. Ésa es toda la educación erótica que reciben. No sé lo que pensáis vosotros, pero a mí eso me estremece. Educarse sexualmente con el porno es como estudiar física con las pelis de Star Wars. Sencillamente, nada que ver con la realidad.

            Los niños no están suficientemente formados para comprender que lo que muestra el porno son fantasías y nada más que fantasías. Y tampoco comprenden que muchas de las cosas que muestran esas películas no tienen en realidad nada que ver con el sexo, sino con la técnica cinematográfica. Por ejemplo, las extrañas posturas que adoptan los actores porno no son ejemplos del Kamasutra, sino la forma de conseguir que la cámara pueda grabar con claridad los genitales en funcionamiento. O esa moda de la depilación brasileña, cuya única función en el porno es, de nuevo, eliminar el vello para que puedan verse bien los genitales. Nada de eso tiene que ver con el sexo real.

            Además, el sexo que aparece en el porno no es un sexo funcional, no es buen sexo. En el mundo real, las mujeres no son perras calientes ni los hombres descerebrados sementales en permanente celo (al menos, no todos). El porno, en realidad, elimina el erotismo, lo destruye. El porno reduce el sexo a la genitalidad, y el sexo es mucho, muchísimo más que eso. Sexualmente hablando, el porno es muy tosco. Porque, no lo olvidemos, sólo son fantasías representadas.

            Pero el auténtico problema no es la confusión que el porno puede provocar en la mente de los niños, sino que esos niños no van a recibir absolutamente ningún tipo de educación erótica. Nadie les va a hablar del sexo real, así que su única fuente de información será el porno en Internet. Ese es el problema.

            A mi modo de ver, lo execrable no es la pornografía, porque la pornografía es consustancial a nosotros y siempre va a estar ahí. Lo verdaderamente execrable es una moral hipócrita que cree que no hablando de sexo, el sexo va a desaparecer. Lo execrable son todos esos padres y madres biempensantes, muy religiosos ellos, que ponen el grito en el cielo cuando alguien propone educar sexualmente a los niños, o cuando alguien simplemente menciona la sexualidad delante de ellos, dejando de ese modo a sus hijos a merced de la ignorancia y las páginas pornográficas. Eso es lo execrable y lo preocupante.

           

viernes, marzo 21

Lectores



“Nunca pienso en el lector, porque el mayor acto de respeto hacia el lector es ignorarlo. Si piensas en el lector, ya sería algo falso porque no estarías haciendo lo que quieres. Yo escribo para mí, pero supongo que es para construir e investigar mi propio mundo poético y material”.

            El párrafo que he reproducido ahí arriba lo he extraído de una entrevista con un más o menos conocido presunto escritor, presunto narrador, presunto novelista que ya ha aparecido en esta tierra ignota de Babel. ¿Sabéis quién es? Ya sé que es difícil adivinarlo, pues pseudointelectuales dispuestos a decir soplapolleces los hay a paletadas. Os voy a dar una pista: es un autor que, literariamente hablando, en vez de ofrecerte delicioso chocolate suizo, te da Nocilla.

            ¡Premio! El escritor (aquí fue donde puse “escrotor”) en cuestión es el inefable Agustín Fernández Mallo -autor de la no menos inefable Trilogía Nocilla-, que hace unos meses, cuando dijo otra chorrada, ya tuvo su momento de gloria en este blog (aquí).

            El caso es que leí el comentario de AFM en una entrevista que le hicieron en El País, y me entraron ganas de comentarlo aquí, pero me pareció que era darle demasiada cancha al personaje. Más adelante, leí en el mismo periódico un artículo de Carlos Boyero en el que comentaba la bobada dicha por Mallo (calificándola de eso, de bobada). Y, como estaba claro que el destino así lo quería, recorté esa parte del texto para reproducirlo en el blog. Entre tanto, vi en una librería el reciente libro de Alfaguara que reúne los tres títulos del Proyecto Nocilla y... no, no lo compré (¿creéis que estoy tan loco?), pero si me quedé ahí un rato hojeando el libro, picoteando aquí y allá. No es una forma adecuada de leer, es cierto; pero en este caso da igual. Dado que no existe el menor hilo narrativo, puedes empezar a leer donde quieras para luego saltar a donde te dé la gana. Cierto es que si lo lees en diagonal no le encuentras sentido. Pero creo que si lo lees de principio a fin tampoco.

            Por  lo visto, AFM presume de no leer demasiada literatura. Se nota. Se nota mucho. Se nota muchísimo. Porque escribe rematadamente mal. Entendedme, no es que no me gusta lo que escribe, sino que lo que escribe, con independencia de que me guste o no, está incorrectamente escrito, con errores de sintaxis, un notable desconocimiento de las normas de puntuación y una severa dificultad para expresarse. Por lo demás, es una especie de collage con pensamientos supuestamente profundos que en su mayor parte son banales, un pretendido y pretencioso tono poético y unas reflexiones farragosas que, o están mal expresadas o no significan nada.

            Pero bueno, a lo que íbamos. Mi mala cabeza me hizo perder el recorte, así que busqué la entrevista en Internet. Y no la encontré, pero sí otras entrevistas, tres o cuatro, en las que Mallo decía lo mismo con más o menos las mismas palabras (como si se lo hubiese aprendido de memoria). Aunque en la entrevista de El País no decía “para construir e investigar mi propio mundo poético”, sino “mi propia poética”, que queda más cool. Pero bueno, vamos  a reflexionar sobre tan brillante frase.

            De entrada, justo es reconocer que AFM tiene razón en cierto sentido.  En cuanto al tema y al argumento, no debes basarte en lo que crees que pueda interesarle más a los lectores, sino en lo que te interesa a ti. Esa es la única forma de que tu texto sea auténtico y honesto. Si luego le interesa a los lectores o no es otra cuestión. Pero si escribes dependiendo de los intereses de los demás, lo máximo que llegarás a ser es un mercenario de las letras.

            Ahora bien, AFM añade a continuación: “Yo escribo para mí”. De hecho, acabo de encontrar otra entrevista donde afirma: “Yo escribo para mí, para investigar mi poética, creo que escribir para el lector es un error. La presunción de inteligencia en él te obliga a ser honesto en cuanto a tu poética”. ¿Veis?: dice poética. Dos veces.

            Una pregunta: Estimado AFM, si escribes para ti, si lo único que te interesa es investigar tu... eh... poética, todo lo cual me parece estupendo, ¿por qué demonios publicas? Porque al publicar tus textos conviertes ese supuesto acto de introspección en un acto de comunicación, lo que es muy distinto.

            Verás, es la misma diferencia que entre masturbarse y hacer el amor. Cuando te masturbas, lo haces pensando única y exclusivamente en tu propio placer. Dicho a tu manera: Te masturbas para investigar tu propia erótica. Ahora bien, cuando haces el amor, además de buscar tu placer, se supone que también debes contribuir al placer de tu pareja. De hecho, tu placer dependerá en gran medida del placer de ella. Así que, en vez de dedicar un escaso par de minutos a un apresurado mete-saca y luego a otra cosa, lo que debes hacer es postergar tu orgasmo (la más estimulante forma de procrastinación que existe, por cierto), acariciar, besar, decir cosas bonitas, ya sabes (supongo). Para que me entiendas: eso es narrar; lo que haces tú es masturbarte.

            Pues bien, si lo único que quieres es investigar tu... esto... poética, ¿no habría sido mucho más consecuente guardarte los textos y no enseñárselos ni a tu abuelita? Antes de morir, podrías dárselos a un amigo para que los quemara. Es lo que hizo Franz Kafka  con Max Brod. Lo que pasa es que Brod le traicionó y publicó los textos, haciéndole de paso un favor a Kafka -o al menos a su memoria- y a todos nosotros. En tu caso, no te preocupes: si eligieras a un auténtico amigo, te haría un favor (a ti y al resto del mundo) y los quemaría.

            Pero estoy siendo injusto; AFM no es el único ¿escritor? al que le he leído ufanarse de no escribir para los lectores. Hubo uno, lamento no recordar quién, que más o menos dijo: “Yo hago todo el trabajo al escribir un libro, así que le corresponde al lector el esfuerzo de leerlo”. Pues no, olvidado amigo, de ninguna manera. Ya sé que te has esforzado mucho en escribir tu libro, pero nadie te ha pedido que lo hagas. Además, el libro no lo regalas; el lector paga por él, así que tiene todo el derecho a exigir, porque los veinte eurazos que ha soltado podría haberlos dedicado a comerse unas gambas, o a comprar otro libro, así que debes darle un buen motivo para que elija el tuyo. Él es el cliente, y tú quien le proporciona un servicio.

            La novela es narrativa, y la narrativa consiste en contar una o varias historias. Lo cual significa que lo primero que debe tener un escritor es algo que decir, historias que contar. En cuanto al arte de narrar, consiste en contar historias de la forma más atractiva y efectiva posible, persiguiendo el placer del lector. Porque ése es el objetivo de toda forma de arte: el placer (estético, intelectual y/o emocional) de quién se expone a él.

Contar una historia de forma ardua, embarullada y aburrida ES FÁCIL. Lo puede hacer cualquiera, está al alcance del más inepto. Por el contrario, contar un historia de forma fluida, con interés, con inteligencia y provocando emociones ES DIFÍCIL. Para poder conseguirlo hace falta mucho aprendizaje, mucho tiempo y mucho esfuerzo.

            Además, ¿qué significa eso de “escribir para mí”? ¿Acaso aparte de escritor no eres lector? Pues entonces querrás que el autor, aunque seas tú, narre lo mejor posible. Salvo que tengas mucha manga ancha con ese autor que eres tú mismo, claro. O que no leas demasiada literatura, lo que explica muchas cosas.

            Me pondré de ejemplo. Como he comentado muchas veces, escribí La isla de Bowen para mí. Cierto género literario, la aventura clásica, me gustaba mucho y hoy casi no existe. Quería volver a leer una novela así, y como nadie la escribía, lo hice yo, sin importarme lo más mínimo si eso de la aventura clásica le interesaba a alguien más o no. Ahora bien, yo como lector le exigí a mi yo escritor que me contara una buena historia de forma atractiva y emocionante, respetando mi inteligencia y divirtiéndome. Que narrara bien, vamos; a fin de cuentas, es lo que me exijo siempre (aunque supongo que no siempre lo consigo).

            En resumen: Lo que quiero contar es asunto mío; la forma en que lo cuento pertenece al lector.           

domingo, marzo 16

Procrastinando


 
            Hace poco, durante mi participación en el Hay Festival de Cartagena de Indias, hubo alguna gente que insistió en llamarme “maestro”, lo cual significa dos cosas: que ellos eran muy amables y que yo soy muy viejo. Porque lo que no soy de ninguna manera es maestro de nada; no creo que ni siquiera llegue a la categoría de discípulo medianamente aplicado. Aunque, bien pensado, sí que soy maestro en algo: en el arte de perder el tiempo, de postergar las tareas, de procrastinar en definitiva.

            Anteayer me puse a escribir una entrada para Babel y, al poco de empezar, me ocurrió algo de lo más normal: cometí un error tipográfico al escribir una palabra cambiando una letra por otra. Pasa mucho, pero a veces resulta que la palabra que obtienes, aunque no exista, parece poseer cierto significado. En concreto, quería poner “escritor” y puse “escrotor”. Y esa nueva palabra, escrotor, se me antojó de lo más sugerente.

            Entonces un rayo cayó del cielo y, sin necesidad de decir Shazam, me transformé en el Capitán Procrastinador. ¿Cuántos neologismos podría inventar basándome en el término “escritor” (y afines), cambiando, quitando o poniendo sólo una letra. Una oportunidad como esa de perder el tiempo no se da todos los días, así que durante los siguientes diez o quince minutos me dediqué con un entusiasmo digno de mejor causa a confeccionar una lista de los nuevos palabros que se me ocurrieron. Ésta es:

 
            Escrotor: Escritor que escribe cojonudamente.

            Rescritor: Escritor que corrige mucho.

            Esgritor: Escritor que lo escribe todo entre admiraciones.

            Escretor: Escritor que escribe mierdas.

            Escrutor: Escritor que se documenta mucho.

            Escrisor: Monja literata.

            Escrior: Escritor muy joven.

            Escrigor: John Norman.

            Escriñor: Escritor español.

            Escrimor: Guionista de Chiquito de la Calzada.

            Escrilor: Escritor aristocrático.

            Descritor: Proust.

            Hescritor: Escritor analfabeto.

            Escristor: Escritor de temas religiosos.

            Escrintor: Escritor hípico.

            Escrithor: 1. Escritor épico. 2. Guionista de la Marvel.

            Esfritor: Escritor que hace novelas como churros.

            Culígrafo: Escritor que escribe con el culo.

            Escrivano: Escritor que escribe cosas sin importancia.

            Escrijano: Cervantes.

            Escrisano: Escritor en buen estado.

            Escrinano: Escritor pequeño.

            Escricano: Escritor maduro.

            Y esto es todo, amiguitos. Una vez más, tío César os ha demostrado que no hay actividad, por estúpida que sea, que no sea susceptible de convertirse en un buen motivo para perder lamentablemente el tiempo.

jueves, marzo 6

Universos paralelos



            No sé si os habéis fijado, pero ahí, a la derecha de la pantalla, hay una columna titulada Universos Paralelos donde aparece un listado con algunos de los blogs que sigo o seguía. Unos publican entradas habitualmente, otros de pascuas a ramos y otros ya no publican nada. Voy a hablaros de dos de ellos.

            El primero se llama Notas para lectores curiosos (pinchar AQUÍ) y su responsable es Elena Rius (que también es una insigne merodeadora de Babel). Se trata de un blog dedicado enteramente a la literatura y, que quede claro desde el principio, es el mejor blog literario que he encontrado. Me apresuro a precisar que no conozco personalmente a Elena (o, al menos, eso creo, porque mi memoria da pena). Hace tiempo, ella comentó algo en alguna de mis entradas y yo llegué a su blog a través de su comentario (basta con cliquear sobre el nombre). Automáticamente lo incorporé a mi lista de bitácoras favoritas. Todo lo que sé sobre Elena es que vive en Barcelona –a juzgar por su apellido, debe de ser catalana de pura cepa- y que es traductora. Bueno, sé más cosas porque he leído su blog, pero son inferencias, no datos.

            Hace unas semanas, estando en Cartagena de Indias, me fui después de comer a la habitación del hotel para disfrutar del bendito aire acondicionado. Me tumbé en la cama, cogí la tableta y, para pasar el rato, me puse a revisar los blogs que aparecen en mi selección de universos paralelos. El caso es que me detuve en Notas para lectores curiosos y ahí me quedé durante las siguientes dos horas. Hacía tiempo que no lo visitaba, así que fui de adelante hacia atrás leyendo con fruición cada entrada.

            Entonces, de repente, me di cuenta de algo: en cierto sentido, Elena y yo nos parecíamos. Ambos  somos no-ahora. De hecho, la anterior entrada de Babel se inspiró en Elena y su blog. Antes de seguir quiero aclarar algo: Elena Rius es una lectora mucho más culta y sofisticada que yo. Pero coincidimos en varios aspectos y, creo, también en la perspectiva con que contemplamos el hecho literario. Se puede saber mucho de la gente conociendo su bagaje cultural.

            Por ejemplo, en la anterior entrada Elena termina su comentario exclamando: “¡Larga vida a Guillermo y Tintín!”. Pues bien, cuando te encuentras con alguien que, como tú, ha leído y recuerda con cariño a Guillermo (Guillermo Brown, el personaje de Richmal Crompton), descubres muchas cosas sobre esa persona y te sientes instantáneamente identificado con ella. Al confesar su debilidad por Guillermo, Elena está diciendo que es una mujer independiente, con mucho sentido del humor, que le gusta ser diferente a los demás y que hay en ella un punto de rebeldía. Y lo más importante de todo: que aún conserva en su interior a la niña que fue.

            Y cuando le desea larga vida a Tintín, Elena nos dice que es una soñadora, una romántica, una aventurera intelectual, una persona imaginativa, ecléctica y desprejuiciada. Y que aún conserva en su interior a la niña que fue. Sé que me pongo pesado con eso, pero el niño interior es muy importante; de hecho, su presencia o no marca la diferencia entre estar vivo o muerto. En mi caso, el niño interior, ése que aún disfruta con Guillermo, es quien escribe mis novelas, así que no os extrañe si le estoy tan agradecido.

            Antes he dicho que Elena es una lectora culta y sofisticada. Su blog está muy documentado, es muy riguroso. Y sin embargo, en él no hay ni rastro de esnobismo o elitismo cultural. Todo lo contrario; mientras que muchos contemplan el canon literario como si fuera una catedral, para ella es un parque de atracciones. Elena sabe que, como decía Borges, el objetivo de la literatura es el placer del lector. Y en realidad de eso va su blog: del placer de leer. En sus electrónicas páginas nos ofrece atinadas recomendaciones, nos habla con igual respeto de la alta cultura y de la cultura popular, nos cuenta historias interesantes, nos aporta datos curiosos... ¿Conocéis a esa clase de personas tan aficionadas a la gastronomía que da gusto verlas comer? Pues bien, a Elena da gusto verla leer.

            Así que, sinceramente, no sé qué coño hacéis perdiendo el tiempo con las gilipolleces que escribo, cuando podríais estar disfrutando de ese estupendo blog que es Notas para lectores curiosos.

            Y ahora, si es que no me habéis hecho caso y os habéis ido todos a la bitácora de Elena, vamos a hablar del segundo blog: Planells fact & fiction (pinchar AQUÍ)

            ¿Sabéis?, a veces me pregunto qué será de La Fraternidad de Babel cuando yo muera. Se quedará ahí, congelada, como un fósil de mí mismo, como una parte de mi vida vista a través del cristal lento de Bob Shaw; pero ¿durante cuánto tiempo?

            Hay un instante de mi niñez que se me quedó grabado. Mi abuela me estaba leyendo un cuento, la historia de La Bella Durmiente, y en un momento dado me enseñó una de las ilustraciones del libro. Era el dibujo de un grupo de habitantes del reino en una  plaza; llevaban tanto tiempo dormidos que la hiedra había crecido sobre ellos y los espinos lo cubrían todo. Siempre me ha parecido una imagen fascinante.

            Bueno, pues así imagino Babel cuando yo muera. Un lugar silencioso y solitario que, en vez de hierba y espinos, se irá cubriendo poco a poco con el spam que suele llegar en sucesivas oleadas. Una foto ajada del pasado, un melancólico epitafio, una ruina.

            ¿Por qué me pongo tan fúnebre? La última entrada de Planells fact & fiction es del 30 de noviembre de 2011. Porque Juan Carlos Planells, su gestor, murió tres días después de publicarla, el 3 de diciembre, de un ictus cerebral. Es decir, su blog lleva más de dos años ahí, detenido en el tiempo, como el reino de la Bella Durmiente.

            ¿Y quién demonios era Juan Carlos Planells? Un fan de la ciencia ficción, uno de los más activos en su momento. Conocía su nombre desde los años 80, había leído algunos de sus cuentos y artículos, pero no le conocía personalmente. Hará unos cinco años, leí unos textos suyos sobre mi padre y su obra. Eran excelentes, muy documentados, pero contenían un par de errores, así que le escribí un mail que él, amablemente, contestó agradeciéndome la información. Ese fue todo el contacto que tuvimos.

            Planells fue uno de los nombres más señalados de la microhistoria del fandom CF español; lo cual, no nos engañemos, es muy poca cosa. No recuerdo ninguno de sus cuentos, y no he leído su única novela publicada, El enfrentamiento, así que ignoro qué tal escritor era. Según dicen, no demasiado bueno, pero con destellos de calidad. No lo sé. Ahora bien, lo que sí sé es que era un excelente articulista.

            Hace años, no sé cuántos, descubrí su blog y me hice adicto a él. Planells fact & fiction no trata sólo, ni principalmente, de ciencia ficción, sino sobre cine, novela negra, música pop, series de TV, sobre la propia vida de su autor... Es el mejor blog de cultura popular que conozco y por eso, pese a la desaparición de su gestor, sigue ahí, entre los universos paralelos. Un universo muerto, pero que vuelve a vivir cada vez que alguien lo lee.

            Más tarde, después de su muerte, supe algunas cosas más acerca de Planells, y no eran muy alegres que digamos. Por lo visto, murió solo, pobre, sin trabajo y desesperanzado. Tenía 61 años. Su historia, lo poco que sé de ella, me conmovió más de lo normal, porque me recordó la historia de mi hermano Eduardo (que ya narré en Babel). Si alguien quiere saber algo más sobre Planells, le recomiendo que lea la excelente semblanza que escribió Juanma Santiago, y a la que puede acceder pinchando AQUÍ.

            Siempre me han gustado los finales tristes; pero en literatura, no en la vida real. Qué le vamos a hacer. En cualquier caso, Planells fact & fiction es un blog excelente, absolutamente imprescindible para cualquier interesado en la cultura popular. No dejéis de visitarlo antes de que se cubra de hiedra y espinos.

miércoles, febrero 26

No-ahora


A veces me encuentro con gente que es como yo. Miento: afortunadamente, nunca he encontrado a nadie parecido a mí; lo que quiero decir es que de vez en cuando tropiezo con personas que tienen intereses similares a los míos. Lo cual ya es condenadamente raro. De hecho, creo que somos una especie de tribu urbana tan minoritaria y dispersa que ni siquiera tenemos conciencia de nosotros mismos. Ni nombre, aunque podríamos denominarnos los “no-ahora”, ya explicaré por qué.

            Los no-ahora de mi generación tuvimos en la niñez unas influencias claras: las historias de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, los comics de Tintín, los libros de Editorial Juventud y el cine clásico norteamericano. Guillermo Brown (cuyo primer libro se publicó en 1922) nos enseñó el sentido del humor, pero también fue el primer contacto con Inglaterra (algo importante, como veremos), y no con la Inglaterra de los 60, sino con la del periodo de entreguerras. Tintín nos abrió las puertas al mundo de la aventura y la fantasía y la pasión por el viaje a lugares exóticos. Los libros de editorial Juventud incidían en lo mismo (a fin de cuentas, esa editorial también publicaba los álbumes de Tintín): aventuras reales en sitios remotos, como las de Thor Heyerdahl y la Kon Tiki o las de Michel Peissel en el Himalaya. En cuanto al cine norteamericano, era lo que más veíamos por TV. Westerns, policiacos de los 40, aventuras, el terror de la Universal, bélico, comedia...

            Hubo más influencias, por supuesto. Autores como Julio Verne, H. G. Wells, Emilio Salgari, Stevenson, Jack London, Arthur Conan Doyle, P. G. Wodehouse, James Oliver Curwood, Edgar Alan Poe, P. C. Wren, H. Rider Haggard... Y comics como Flash Gordon, El Hombre Enmascarado, Rip Kirby, Mandrake el Mago, Brick Bradford, Zarpa de Acero, Kelly Ojo Mágico, El Príncipe Valiente, Asterix... Ese fue el caldo de cultivo del que surgimos los no-ahora, y a partir de ahí desarrollamos nuestras peculiares características.

            Los no-ahora adultos nos consideramos lectores eclécticos. Podemos leer a autores de prestigio mezclándolos con novelas que harían vomitar a un académico. En realidad, lo que nos va es la literatura de género, sobre todo el fantástico, la ciencia ficción y la novela negra. Ahora bien, nuestros referentes culturales son, en su mayor parte, anglosajones (¿por culpa de Guillermo Brown?). De hecho, adoramos Inglaterra.

            Sí, ya lo sé, Inglaterra tiene muchas cosas criticables (comenzando por su familia real), pero nos gusta, qué le vamos a hacer. De entrada, porque uno de los rasgos idiosincráticos de ese país es el sentido del humor, y los no-ahora valoramos mucho el humor. Además, la Inglaterra que nos gusta no es la del presente, sino la del pasado. La época victoriana y la eduardiana (que se extiende hasta el reinado de Jorge V) y el periodo de entreguerras. Adoramos los clubes de caballeros y las sociedades geográficas, las aventuras coloniales (aunque detestamos el colonialismo), la rancia aristocracia rural, Sherlock Holmes, Jack el Destripador (es un decir), el rey Arturo, el Museo Británico o, si nos adelantamos un poco en el tiempo, el Londres pop de Carnaby Street y los Beatles.

            A los no-ahora nos interesa mucho la historia, sobre todo ciertos periodos: la prehistoria, el imperio egipcio, el romano, la Edad Media, el siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial. En particular, los dos últimos. El XIX y primer tercio del XX nos fascina, porque en ese siglo se mezcla lo antiguo con lo moderno, el pensamiento mágico con la ciencia. Además, el conocimiento del mundo es más amplio, pero todavía hay grandes zonas del planeta sin explorar. Por aquel entonces se descubrió Macchu Picchu, las fuentes del Nilo, la tumba de Tutankamon, se conquistaron los polos, se encontró Troya... Y se inventaron la fotografía y el cine para documentarlo. También fue una época de extraordinarios descubrimientos científicos e inventos tecnológicos.

            En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, no nos interesa el aspecto militar, eso es secundario, sino el hecho de que en esa guerra puede que el bien no estuviese (sobre todo al final) del todo claro, pero el mal, ay amigos, el mal estaba clarísimo, niquelado, con eso nazis que sin duda han sido los más deleznables e inhumanos villanos. Por otro lado, esa guerra es un una línea trazada en la historia, una frontera que marca un antes y un después. Todo cambió radicalmente. Y todas las historias de aquel entonces, todas las heroicidades y todas las canalladas, y los espías... A los no-ahora nos encantan los espías, por eso tampoco le hacemos ascos a la Guerra Fría.

            También nos gusta la geografía. Simplemente con escuchar ciertos nombres nos ponemos a soñar: Port Said, Lhasa, Uxmal, Cabo Norte, Gobi, Tierra de Francisco José, Mar de Ross, Cajamarca, Montañas de la Luna, Bucaramanga... Suena de maravilla “Bucaramanga”, ¿verdad? Pues a veces la realidad lleva la contraria, porque yo he estado en Bucaramanga (Colombia, departamento de Santander) y puedo garantizaros que es un pueblo feo y deprimente. Aunque, eso sí, con un nombre precioso.

            A los no-ahora nos chiflan los conocimientos chorras, inútiles y sorprendentes. Nos encanta saber que el misterioso Artefacto de Antiquitera (87 a. C.) era en realidad un proto-ordenador astronómico, que el borrador de la Declaración de Independencia de Estados Unidos fue escrito sobre papel de cáñamo (marihuana) o que a veces los fotones poseen la curiosa propiedad de estar en dos sitios a la vez (como mi cerebro, por cierto).

            Respecto a la música, se trata de un asunto muy generacional. Mi generación ha estado marcada por el pop y el rock, pero creo que entre los no-ahora se dan con frecuencia un par de peculiaridades: Suele gustarnos el rock sinfónico (quizá por su poder ensoñador), y tenemos alguna excentricidad (en mi caso, la música celta).

            A los no-ahora nos gustan las viejas ruinas, las aventuras, los misterios, los lugares exóticos, las leyendas, los sueños... En realidad, para qué negarlo, somos románticos en el sentido literal de la palabra. Pero no es lo mismo ser romántico en el siglo XIX que serlo en el XXI, así que somos románticos descreídos, románticos conscientes de nuestro propio autoengaño, románticos desesperanzados. O quizá ni siquiera seamos románticos; pero nos gustaría serlo.

            Y de ahí viene el nombre de “no-ahora”, porque no nos gusta el presente. Adoramos el pasado y nos fascina el futuro, quizá porque el pasado puede remodelarse y reinterpretarse (o directamente inventarse), y porque el futuro está por hacer; pero el presente es lo que puñeteramente es.

           Y el presente, amigos míos, da asco. Siempre lo ha dado.