lunes, junio 13

Tsundoku



            Sabes que hay un problema en el interior de tu cabeza cuando no solo haces algo absurdo, sino que además descubres que ese acto absurdo tiene nombre. Estás loco y, además, clasificado.

            Eso me sucedió el otro día charlando con mi hijo pequeño, Pablo. ¿Os he hablado de él? Tiene 25 años y es quizá el joven más culto que conozco. Además es enorme; mide 1’98 de altura y es fornido como un leñador canadiense. Según dice todo el mundo, se parece mucho a mí.

            Pablo, lector voraz, posee una sorprendente y extensa cultura, así que con frecuencia se convierte en una fuente de datos curiosos. Actualmente vive en Barcelona, donde está acabando un máster en gestión cultural. El caso es que la otra semana vino a Madrid para pasar unos días de vacaciones. Pues bien, estábamos los dos sentados en mi desordenado despacho, sobre cuyo suelo se alzan varias pilas de libros cuando, de pronto, Pablo se fijó en uno de los montones y dijo:

            -Pero si esos son los libros que te compraste en Navidad...

            No se refería a la pasada Navidad, sino a la anterior, la de hace año y medio. En efecto, ahí estaban (y están) los libros que compré, amontonados y sin leer. Pablo me miró, sonriente, y comentó:

            -¿Sabes que en japonés hay una palabra para definir lo que tú haces?: Tsundoku. Significa comprar libros para luego amontonarlos y no leerlos.

            Qué cabrones los japoneses de los cojones, pensé. Me han pillado, anillado y catalogado. Aunque, por otro lado, me sentí menos solo, porque si a algo le ponen nombre eso significa que se trata de un fenómeno compartido. Otra cosa es si formar parte de una tribu de pirados constituye un buen motivo para enorgullecerse o, tan siquiera, consolarse.

            Bien, en descargo diré que mi sobreabundante compra de libros se debió, en parte, a lo que podríamos llamar “automatismo irreflexivo”. Veréis, hace, digamos, treinta años, yo leía muchas más novelas que ensayos. Pero eso fue cambiando poco a poco y, al cabo de un tiempo la situación se invirtió. Por desgracia no me di cuenta, y seguí comprando novelas por puro automatismo, como si las leyese al mismo ritmo que antes. Además, suelo leer tres o cuatro ensayos al tiempo, pero sólo una novela a la vez, así que los textos de ficción fueron acumulándose, vírgenes, en los estantes de mis librerías.

            Afortunadamente, hace cinco años inicié una dieta libresca y reduje al máximo la ingesta de proteínas de ficción. Pero el daño ya estaba hecho, con mi casa llena de michelines literarios. Pero eso es otra historia. El caso es que al tener que afrontar de forma científica una dieta libresca, no me quedó más remedio que analizar el impacto de los libros sobre mí a la hora de comprar, o haberlos comprado. No me refiero a los libros por su calidad, ni por su temática, ni por si son ficción o no, sencillamente los clasifico en base a la impresión que me producen, por los motivos que sean. Lo he reducido a diez categorías (mira qué bien, un decálogo).

            1. Libros espasmódicos.- Son aquellos que me interesan tanto que no solo los compro nada más verlos, sino que además me pongo a leerlos al instante, abandonando todo lo que tenía entre manos. Luego a lo mejor los dejo a las cincuenta páginas, pero de entrada me atrapan.

            2. Libros imperiosos.- Me interesan mucho y los compro, pero sigo leyendo lo que estaba leyendo y pongo la nueva adquisición en la “pila de los pendientes inmediatos”. Pero luego puede que ponga otro encima, y luego otro...

            3. Libros categóricos.- Los compro porque tengo que comprarlos, porque me gusta su autor, o porque me interesa el tema, o porque me han hablado bien de ellos, pero realmente no tengo mucho interés en leerlos. Esos libros son firmes candidatos al tsundoku.

            4. Libros insinuantes.- Los veo en las librerías, me llaman la atención, los hojeo, dudo, y no los compro. Luego, más adelante, vuelvo a verlos, y los muy cabrones se contonean lascivamente ante mí, tentándome, y yo intento resistirme... y a veces lo consigo, y a veces no. Cuando caigo en la concupiscencia literaria y los compro, o los leo al instante o me cabreo y los condeno al olvido.

            5. Libros curiosos.- Son libros que no sirven para nada y que jamás voy a leer,  pero que son tan raros y absurdos que me fascinan. Escogiendo al azar unos pocos ejemplos de mi biblioteca: Cómo construir una bomba nuclear (y otras armas de destrucción masiva), de Frank Barnaby. Manual de ofensas y desafíos, de Eusebio Yñiguez. O ¿De quién es esta mierda? Guía de bolsillo para identificar las heces, de Matt Pagett. ¡Por amor del cielo, cómo no voy a comprar un libro que enseña a distinguir las cagadas de toda suerte de bichos, desde un águila hasta un wombat! Vale, no tengo ni idea de qué es un wombat, pero sé cómo caga. Acabo de ver una foto.

            6. Libros nopierdasoportunitas.- Vas y ves un libro que, en principio, no te interesa. Pero barruntas que en un futuro puede llegar a interesarte, o a serte útil; no estás seguro, pero quién sabe... Por otro lado, eres consciente de que ese libro, igual que ocurre con la mayoría de los libros, desaparecerá de las librerías dentro de, como mucho, un par de meses, luego se descatalogará y no volverás a verlo en tu vida. ¿Qué haces? Pues comprar el puñetero libro nopierdasoportunitas y tsundokuarlo.

            7. Libros documentalistas.- Es una variante de lo anterior, pero aplicada a escritores. Como novelista, debo con frecuencia documentarme sobre un sinfín de cosas. Y muchos de esos temas de documentación son repetitivos, así que tengo libros que, eventualmente, los solucionan. Por ejemplo, atlas histórico-geográficos; historias de la moda, los muebles, las armas, la arquitectura o el diseño, enciclopedias del ejército, el espionaje o las artes marciales, un Tratado de Castellología, una historia de la máquinas, otra de la artesanía, manuales de supervivencia, de arqueología o cetrería, una enciclopedia de juegos, La edad de oro de las diligencias, El lenguaje de las flores... La mayor parte de esos libros solo los habré consultado una o dos veces en mi vida. Algunos nunca. Pero me viene bien tenerlos.

            8. Libros coleccionables.- El ejemplo perfecto es mi colección de ciencia ficción. Comencé a hacerla cuando tenía 13 años y la dejé unos 30 años después. Tengo varios miles de volúmenes; hace tiempo que renuncié a saber cuántos. Bueno, pues aunque llevo más de veinte años sin coleccionar cf, suelo comprar de cuando en cuando algún que otro libro del género, aún a sabiendas de que no voy a leerlo. Supongo que para no dar del todo por muerta a mi colección. En cualquier caso, la mayor parte de esa colección es un enorme tsundoku. Lo malo es que no solo se trata de cf; también colecciono (¿acumulo?) libros de escritores sobre técnica literaria, ensayos sobre cómics o diccionarios raros.

            9. Libros incomprensibles.- También llamados Libros P.Q.C.H.C.E. (¿Por Qué Cojones Habré Comprado Esto?). Son esos libros que te encuentras en tu librería, que recuerdas vagamente haber comprado, pero que no te interesan un pijo. Estás seguro de que hubo un motivo para comprarlos, pero ¿cuál?

            10. Libros nonepossibiles.- Un día los encuentras perdidos en alguno de tus estantes y exclamas horrorizado: “¡Yo no puedo haber comprado esto! Me lo tienen que haber regalado...”. En efecto, no solo no recuerdas haber comprado ese libro, sino que no concibes que en algún momento, por muy obnubilado que estuvieses, tuvieras el más mínimo interés en comprarlo. Suelen regalarme libros. Por ejemplo, tengo por ahí una enorme biografía de Franco que no sé de dónde leches habrá salido. Pero no me deshago de ella, así de enfermo estoy.

            Supongo que habrá más categorías, pero contemplando simplemente éstas, lo que me extraña es no tener aún más libros en casa. Aunque también habría que analizar las causas primarias que conducen al tsundoku. Pero eso en otra ocasión.

            Ahora lo que me pregunto es si el tsundoku no es más que una variante ilustrada del Síndrome de Diógenes. Si es así, me temo que debería ir a urgencias, pero ya.

viernes, junio 10

jueves, junio 2

Firmas



            No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui a la Feria del Libro de Madrid. Supongo que me llevarían mis padres cuando era niño, pero no lo sé con exactitud. Tampoco recuerdo cuándo empecé a ir por mi cuenta, aunque imagino que tendría catorce o quince años, e iba allí sobre todo para pillar libros de ciencia ficción.

            Pero sí recuerdo la primera y última vez que fui a la Feria a firmar. Fue en 1996;  por aquel entonces había publicado El círculo de Jericó y acababa de ganar por primera vez el Premio Edebé, pero lo cierto es que no me conocía ni dios. Era por la tarde y hacía mucho calor. Firmé muy pocos libros, como es lógico, pero lo verdaderamente malo fue que, justo dos casetas a mi izquierda, estaba firmando Pérez Reverte. La cola de gente que había frente a su caseta se perdía en lontananza, mientras que frente a la mía se abría un desolador vacío.

            Deprimente, pero al menos aquella pérdida de tiempo me sirvió para pensar. Me pregunté dos cosas: ¿Qué coño hago yo aquí? y ¿Para qué sirve esto? La respuesta a la primera pregunta fue: “nada”; y a la segunda: “para nada”.

            En efecto, las firmas no promocionan los libros, porque la inmensa mayoría de quienes acuden a que les firmes ya son lectores tuyos. Tampoco sirve para que te conozcan los lectores, porque ¿qué demonios van a conocer en el escaso tiempo que lleva plasmar una dedicatoria? Entonces, ¿qué sentido tiene ese rollo de firmar libros?

            Bueno, supongo que forma parte del atractivo de la Feria. No el hecho de que te firmen un ejemplar, sino ver en persona a autores que por lo general no ves en ninguna parte. Supongo que eso tiene alguna clase de atractivo, aunque a mí, personalmente, me interesan las obras, no los escritores.

            Ahora bien, ¿qué interés tiene la firma de libros para un autor? ¿Qué le aporta? Hablando con amigos editores, descubrí que muchas autores consideran una ofensa que la editorial no les invite a la Feria. Exigen ir a la caseta y se tiran ahí una o dos horas sin firmar prácticamente nada, porque nadie les conoce. Y al año siguiente, aunque la perspectiva se me antoja deprimente, insisten en hacer lo mismo. ¿Por qué?

            Un amigo editor me explicó lo siguiente: Pongamos a alguien que ambiciona dedicarse a la literatura (llamémosle Pepe). ¿Cuál sería su primer paso para convertirse en escritor? Escribir, claro. Pero eso no basta; cualquier idiota puede escribir (de hecho, muchos lo hacen). El verdadero paso es publicar, ése es el bautismo del literato. Bien, una vez que ha publicado, Pepe comprueba que su libro está mal distribuido y no se encuentra en ninguna parte; o está bien distribuido, pero desaparece de las mesas de novedades al poco tiempo. El libro no tiene ningún éxito comercial (como el 99 % de los libros), y Pepe se frustra. No ha conseguido el éxito que ambicionaba... pero ha publicado, es escritor. Y quiere sentirse escritor. Así que busca la consagración: firmar ejemplares en la Feria. Porque si firmas en la Feria, eres escritor, ¿no? Es una especie de reconocimiento oficial.

            ¿Así que todo se reduce al ego? He comprobado muchas veces que a los escritores se nos contempla con un punto de... ¿admiración? ¿reverencia? ¿asombro?... es como si fuéramos especiales, como si estuviéramos dotados de una especie de magia que nos situara por encima de los demás. Sé que hay escritores que eso les gusta. A mí me incomoda, y siempre que me reúno con lectores me esfuerzo en demostrar que soy una persona normal y que mi trabajo, si bien infrecuente, es un trabajo como otro cualquiera. Pero ante esa actitud de reverencia es fácil caer en la tentación de creérselo y envanecerse, Soy escritor... ¡wow!

            De hecho, y creo que ya lo he comentado alguna vez, escribir, o realizar cualquier otra actividad creativa, contiene el germen de la vanidad. La vanidad de presuponer que lo que inventas va a interesarle a alguien. Ya sabéis, los escritores escribimos para que nos quieran. Entonces, ¿el afán de firmar es mera vanidad?

            No necesariamente; al menos, no del todo. Puede que algunos acudan a firmar como una especie de fiesta, como un alegre encuentro literario, como una forma de compartir con otros los mismos intereses. O por mera curiosidad, o por cualquier otra razón. Es posible, pero no es mi caso. Ya firmo demasiados libros al año después de cada charla o cada encuentro, no necesito ir a la Feria. Como firmante, claro, porque como visitante no me la pierdo.

            Durante los últimos, digamos, 45 años creo que sólo he dejado de asistir una vez, en 2007, por enfermedad. Me encanta ir a la Feria por la mañana y recorrerla despacio, tomar un granizado de limón a medio camino, charlar con los amigos libreros y editores que me voy encontrando. Es para mí uno de los momentos más agradables del año.

            Y creo que esa es la principal razón por la que no me gusta ir a firmar: porque eso pervierte de algún modo –para mí- el encanto de la Feria. Mis libros son trabajo, y no quiero ir a la Feria a trabajar. No quiero ser actor del evento, sino espectador.

            Por lo general, suelo ir a la Feria el día de mi cumpleaños. Es el regalo que me hago a mí mismo. Pero este año he ido antes, el pasado 31 de mayo, porque mi hijo Pablo ha venido a pasar unos días a Madrid (está estudiando en Barcelona), le apetecía ir y le acompañé.

            He comprado cuatro libros (tres y un cómic): Las chicas de campo, de Edna O’Brian, para regalárselo a Pepa, mi mujer; Vida y destino, de Vasili Grossman, que es un tocho enorme y no sé si al final me lo leeré; Material sensible, una antología de relatos de Neil Gaiman. Y el cómic: Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle.

            Y ahora ahí los tengo, delante de mí, como tres promesas de amor eterno (desde luego, el de Grossman es eterno). Eso es lo bueno de la Feria del Libro, que te puedes traer un cachito a casa. Feliz Feria amigos.

           

lunes, mayo 23

Crononautas, aliens y otras hierbas

 

            En la anterior entrada surgió, no sé muy bien cómo, una interesante charla sobre viajes en el tiempo y paradojas. Se trata de uno de los temas básicos de la ciencia ficción (cf)... aunque, ahora que lo pienso, yo nunca he escrito un relato de esa temática. Bueno, casi, porque mi novela El coleccionista de sellos trata, no de viajar en el tiempo, sino de mandar mensajes al pasado y modificar la historia.

            Para darnos cuenta de la importancia de este subgénero de los viajes temporales, basta con considerar que la primera novela de H. G. Wells, el padre de la cf, fue precisamente La máquina del tiempo (aunque la primera historia de máquinas del tiempo, El anacronópete, la escribió un autor español Enrique Gaspar en 1887, ocho años antes de que Wells publicara su novela).

            Hay, no obstante, otras temáticas de la cf tan básicas como los viajes temporales. Así, de memoria, se me ocurren los siguientes: Viajes espaciales. Universos paralelos. Apocalipsis. Poderes mentales. Mutantes. Inteligencia Artificial/Robótica. Alienígenas. Ucronías. Distopías. Transhumanismo. Inmortalidad. Superciencia. Divinidad. Futuro lejano.

            Creo que éstas son las temáticas principales; es decir, las que conforman el núcleo básico del género. Hay otras, claro, pero son, por decirlo así, temáticas compuestas, como el space opera o el cyberpunk. En cualquier caso, hay que hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, ¿por qué incluyo la Divinidad como temática de cf? Pues porque, según y cómo lo mires, Dios puede ser un concepto de cf (la teología es una rama más de la literatura fantástica, Borges dixit). Y no solo eso; Dios es un concepto frecuentemente explorado por la cf, y basta con recordar 2001: Una odisea del espacio.

            Por otro lado, cabría preguntarse si las ucronías y las distopías son realmente ciencia ficción. Hay opiniones para todos los gustos, pero yo diría que por tradición, sí. También cabe plantearse si alguna de esas temáticas no es más fantasía que cf. Por ejemplo, los poderes mentales. Durante un tiempo se creía que eso de la percepción extrasensorial tenía una base científica, así que la cf la usaba con frecuencia (por ejemplo en La Fundaciones de Asimov o en Muero por dentro, de Silverberg). Pero ahora sabemos que eso de la telepatía, la telequinesis o la precognición no son facultades reales.  No existen, así que serían magia, no ciencia.

            Igual sucede con el viaje en el tiempo. Estoy convencido de que es imposible trasladarse al pasado y actuar sobre él. ¿Por qué? Pues porque en cuanto te planteas el viaje al pasado, descubres que las paradojas crecen como hongos. Y las paradojas encajan mal con la realidad. Son una señal de algo no marcha bien con la lógica que estás empleando; como cuando en una operación matemática empiezan a aparecerte infinitos. Además, dado que la única forma de generar una ucronía sería viajar en el tiempo y alterar la historia, y como viajar en el tiempo es imposible, entonces las ucronías no son posibles. No obstante, como el mecanismo de la cf es la plausibilidad, no la realidad, y también por tradición, aceptamos que las máquinas del tiempo, los poderes mentales y las ucronías son cf (aunque, sensu stricto, deberían ser fantasía). Por lo demás, el resto de las temáticas entran en el ámbito de lo posible (sí, incluida la divinidad; o, más bien, ciertas formas de divinidad).

            Como buen friki de la cf que he sido (y en parte sigo siendo) muchas veces me he preguntado qué acontecimiento de cf me gustaría vivir. O, dicho de otra forma, qué temática de cf me gustaría protagonizar. Bueno, supongo que todos elegiríamos la inmortalidad. Lo que pasa es que, para darte cuenta de que eres inmortal, ha de pasar bastante tiempo. Además, se trata de un don con facetas oscuras (como por ejemplo que se vaya muriendo toda la gente a la que quieres mientras tú sigues fresco como una lechuga).

            Viajar en el tiempo molaría un huevo. Entre otras cosas, porque podrías forrarte apostando. Pero dejando aparte eso, sería fabuloso visitar el Stonehenge de hace cuatro mil años, o el Imperio Romano en su apogeo, o el Egipto de los faraones... También sería cojonudo poseer poderes mentales, adivinar el futuro, leer la mente o ponerte cabrón en plan Carrie. Lástima que ni el viaje en el tiempo ni los poderes mentales existan.

            Viajar por el espacio también estaría bien. Visitar otros planetas, otras estrellas... Aunque me temo que esa clase de viajes consistiría, básicamente, en quedarse encerrado en la nave sin poder salir. Desplazarse a universos paralelos, sin embargo, no me parece del todo atractivo. La realidad alternativa puede ser de cualquier manera (de hecho, será de todas las maneras posibles), y pudiera ser que te tocara un universo paralelo de lo más coñazo. ¿Os imagináis caer en una realidad poblada por clones de Rajoy? Tampoco tengo especial interés en ver a un mutante, ni en conocer la humanidad de dentro de, pongamos, 20.000 años. ¿Cómo sería? Pues incomprensible. Y, por supuesto, ni la menor gana de enfrentarme a cualquier forma de divinidad.

            Así pues, si tuviera que elegir una temática de cf para vivirla, creo que escogería a los alienígenas. ¿Os habéis parado a pensar en nuestra soledad como especie? No conocemos a ningún ser semejante a nosotros, no compartimos con nadie aquello que nos singulariza: la inteligencia. La raza humana es un monólogo sin diálogo posible. Por eso, creo que descubrir la existencia del “otro”, del alienígena, supondría un inmenso cambio cultural y personal. Dejaríamos de estar solos.

            Aunque, claro, los aliens pueden venir en plan hjijoputa, a lo Independence Day. O, más probablemente, serían totalmente incomprensibles. Pero da igual (me refiero al segundo caso, no al primero); el mero hecho de saber que existen ya sería maravilloso. Además, teniendo en cuenta que los alienígenas, si han llegado hasta aquí, han de poseer una tecnología fabulosa, igual nos invitan a viajar por el tiempo y el espacio, y a trasladarnos a universos paralelos, y puede que nos proporcionen poderes mentales, o que nos hagan inmortales... ya puestos, podrían convertirnos en Linterna Verde. Como veis, esta elección sería un “todo en uno”.

            Ahora bien, si me olvido de los cómics e intento contemplar el asunto de forma adulta (si es que hay alguna forma adulta de contemplar este asunto), ¿de qué temáticas de cf estamos más cerca ahora, en nuestra actual sociedad? Pues yo diría que de la inteligencia artificial y la robótica. Pero también de la distopía y del apocalipsis. ¿O soy demasiado pesimista?

viernes, mayo 13

Espías y Vikingos



Ante todo, mis disculpas queridos merodeadores, porque últimamente he desatendido mucho el blog. Pero es que estoy muy, pero que muy liado, y por todas partes. Entre otras cosas, no paro de dar charlas, tanto en Madrid como fuera de Madrid. Ay, señor, señor... Si lo que yo sé hacer es escribir, ¿qué interés tiene oírme hablar? Satisfacer la curiosidad, supongo. “¿Cómo será el capullo que ha escrito ese libro?”. Pues calvo y viejo. Pero, eso sí, grande y con unos preciosos ojos azules.

            El caso es que, entre unas cosas y otras, no he tenido tiempo de escribir; ni novela, ni relato, ni artículos, ni posts, ni nada. Lo que me provoca a partes iguales culpabilidad y frustración. Ahora debería continuar mi anterior post sobre la fe, pero no me apetece un pijo, así que vamos a hablar de algo más ligero. De series de TV, por ejemplo. A fin de cuentas, acaba de estrenarse la sexta temporada de Juego de Tronos, lo que hoy en día constituye un auténtico acontecimiento mundial (un acontecimiento que sólo algunos estrenos cinematográficos, muy pocos, pueden igualar. Cómo ha cambiado la tele, ¿eh?).

            Vale, Juego de Tronos es una serie inteligente, y espectacular, y está hecha de cojones, y los diálogos son brillantes, y las situaciones imaginativas, y los actores están muy bien... pero, lo confieso, tengo la sensación de que esa serie no hace más que girar sobre sí misma, generando un efecto centrífugo que escupe cadáveres y no parece conducir a ninguna parte. Entendedme, Juego de Tronos me divierte, pero empiezo a preguntarme por qué. Da igual; sobre JdT ya escribe mucha gente y yo quiero hablar de un par de series menos conocidas.

            La primera es The Americans, creada por Joe Weisberg para Amblin y Fox, y protagonizada por Mathew Rhys y Keri Russell. Va de una típica familia norteamericana –papá, mámá, una hija y un hijo- que reside en los años 80 a las afueras de Washington, donde tienen una agencia de viajes. Una familia enteramente normal salvo por un pequeño detalle: papá y mamá –Philip y Elizabeth- son, en realidad, agentes encubiertos del KGB. Espías soviéticos.

            Lo interesante de la serie es que está narrada desde el punto de vista de los espías. Hay otras dos subtramas, una centrada en el entorno ruso y otra en el del FBI, pero los protagonistas absolutos son Philip y Elizabeth, y con ellos empatiza el espectador. Es decir, con los malos. ¿O no son los malos? Desde luego, no son unos angelitos: manipulan, roban, chantajean, seducen, mienten y, si hace falta, asesinan. Pero, ¿son malos o simplemente cumplen con su deber? Si en vez de espías rusos en Estados Unidos fuesen espías estadounidenses en Rusia, ¿serían los malos? En ese punto de ambigüedad moral se mueve la serie, y ahí reside gran parte de su interés. En fin, sigue habiendo cierto maniqueísmo, los soviéticos son malos, pero no mucho peores que los miembros del FBI.

            La segunda serie es Vikingos, creada por Michael Hirst para el canal Historia. ¿Qué tiene de bueno esa serie? Pues su mismo título lo dice: trata sobre vikingos. ¿Os parece poco? Porque, vamos a ver, no sé si sucede lo mismo con las chicas, pero ¿a qué tío no le gustan los vikingos? Son uno de los grandes arquetipos de la infancia, son sinónimo de épica y aventura, son leyenda en estado puro. ¿Quién no ha soñado de niño con navegar a bordo de un drakkar? ¿Cómo no estremecerse de placer al oír una frase tan contundente como “¡Dios nos libre de la furia de los normandos!”?

            Hasta ahora, el mejor producto audiovisual sobre los Hombres del Norte era el film Los Vikingos (1958), de Richard Fleisher, con un maravillosamente cabreado Kirk Douglas, un feroz Ernest Borgnine, una preciosa Janet Leigh y un blandorrillo Tony Curtis. Una película excelente, por cierto.

            Vikingos, la serie, está más o menos basada en un personaje medio histórico, medio legendario, el líder normando Ragnar Lodbrok, que en el siglo IX se dedicó alegremente a saquear Inglaterra y Francia. No se trata de un documental, sino de una serie de ficción, pero está extraordinariamente documentada, tanto en los aspectos históricos como en los antropológicos.

            Tampoco es una serie amable. El prota es -como eran todos los guerreros en aquella época- extremadamente cruel, y para comprobarlo basta con ver el capítulo donde somete a uno de sus rivales a una tortura llamada “Águila de Sangre” (pone los pelos de punta). Además, el actor que lo interpreta, Travis Fimmel, consigue parecer en todo momento un psicópata. No se trata, ni mucho menos, de una de esas ficciones históricas en las que a los personajes se les adjudican personalidades modernas. No, ahí todo el mundo es consecuente con su época, y todos parecen a punto de matar a alguien (cosa que hacen con frecuencia).

            Pero, sobre todo, Vikingos es, probablemente, la mejor serie de aventuras que se ha emitido por TV en mucho tiempo. Si no te gusta, me temo que tu niño interior está pachuchillo.

jueves, abril 14

Las conferencias de hoy



            Hoy, jueves 14, prosiguen las jornadas sobre mi padre en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14)

            Jueves 14 de abril, 19 horas.

A. Al margen de ‘El Coyote’: la otra narrativa de José Mallorquí. “José Mallorquí, más allá de El Coyote”. Conferencia a cargo de RAMÓN CHARLO, coleccionista, escritor y especialista en literatura popular española. 40’

B. Mallorquí y la radio de los sesenta. “José Mallorquí y la radio española del franquismo”, conferencia a cargo de ARMAND BALSEBRE, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad (Universidad Autónoma de Barcelona). 40’

lunes, abril 11

Fe



            Estoy leyendo un libro, El fin de la fe, del filósofo Sam Harris, de lo más interesante. Digo que es interesante porque Harris expone ideas que yo sostengo desde hace tiempo, y no hay nada como la comunión intelectual para despertar interés. ¿Qué ideas? El subtítulo del libro es revelador: Religión, terror y el futuro de la razón. En fin, apenas llevo leídas unas sesenta páginas, así que lo que voy a decir a continuación es de mi cosecha.

            Creo que los europeos tenemos una idea un tanto equivocada acerca del fenómeno religioso. En España, por ejemplo, el 70’6 % se declara católico (un 2’3 % pertenece a otras religiones). Sin embargo, del total de los creyentes sólo un 12’1 % confiesa acudir a los oficios religiosos siguiendo los preceptos de la Iglesia. Es decir que para la inmensa mayor parte de los creyentes españoles, la religión apenas ocupa lugar en sus vidas, más allá de las ceremonias sociales (bodas, bautizos...), e incluso éstas cada vez menos.

            Pero eso no es así en el resto del mundo. Para cientos de millones de personas, la religión es un aspecto sustancial de su existencia, hasta el punto de determinar su forma de vivir, de pensar y de relacionarse con el resto de la humanidad. Esta entregada y obstinada adscripción a un conjunto de creencias está basada en un principio fundamental para todo fenómeno religioso: la fe.

            La fe consiste en creer en algo aunque no se tengan evidencias de ello y por absurdo (o insólito) que parezca. Para todas las religiones -con la curiosa excepción parcial del budismo-, la fe es algo positivo. Creer a ciegas en algo que va contra la razón... Eso, que en casi cualquier otro aspecto de la vida conduciría al diván del psiquiatra, en el ámbito religioso se convierte mágicamente en la mayor de las virtudes. Cuanta más fe tenga un creyente, más cerca de la santidad estará.

            Porque hay fes de distintos calibres. Por ejemplo, una cosa es creer en la existencia de un dios, así, en abstracto, sin meternos en detalles, y otra muy distinta creer que ese dios es un elefante con cuatro brazos, o que tiene cabeza de chacal, o que nació de una virgen, o que vive en el planeta Kólob, o que premiará a los fieles en el otro mundo con 72 zagalas complacientes...

            Si la fe consiste en creer en algo careciendo de evidencias, y si la fe es una virtud, entonces cuanto más inverosímiles y absurdas sean las creencias, más fe hará falta para creérselo y más virtuoso será quien la profesa. Y una vez que te has tragado algo intragable, ya te tragas cualquier cosa. Así funciona la fe.

            Puede que algún merodeador creyente, probablemente católico, difiera conmigo en este último punto. Yo creo en las enseñanzas del cristianismo, dirá, y eso no significa que sea un iluso que me crea cualquier cosa. Y yo estaré de acuerdo con él, pero le diré que eso es así porque es un creyente occidental y su fe no es gran cosa (comparada con otras fes).

            Pongamos un ejemplo: la Santísima Trinidad. Es un dogma de fe, pero, convengámoslo, no hay quien lo entienda (¿qué demonios es el espíritu santo?). Y no hay quien lo entienda porque es absurdo (al menos, a mí me lo parece). Este asunto proviene de los inicios del cristianismo, cuando Pablo de Tarso desgajó la doctrina de Jesús del judaísmo, y comenzó a predicarla entre los gentiles. Había mucha competencia, sobre todo de religiones orientales, donde abundan las trinidades (Isis-Osiris-Horus, Brahma-Siva-Vishnú, Ea-Marduk-Guibil, etc.), así que los primitivos cristianos, para conseguir adeptos, se sacaron de la manga una trinidad intentando conciliarla con el monoteísmo. El resultado fue un concepto decididamente extraño: un único dios que al tiempo es una trinidad.

            Pero no me voy a meter en si la Santísima Trinidad existe o no, eso es otro tema. La cuestión es que un hipotético católico deberá aceptar la existencia de esa trinidad, aunque no la entienda y aunque suene absurda. La aceptará a base de fe, que es creer en lo increíble. Ahora bien, a ese supuesto creyente le plantearía dos preguntas: ¿Estás dispuesto a matar para defender tu fe en la Santísima Trinidad? Y más importante aún: ¿Estás dispuesto a morir en defensa de esa fe? Me imagino que la respuesta a ambas preguntas, sobre todo a la segunda, es no, ni de coña. Porque la fe de nuestro virtual creyente no da para tanto. Por fortuna.

            Sin embargo, no hay prueba más contundente de la fortaleza de una fe que dar la vida por ella. En el catolicismo, el martirio es el único camino directo e incuestionable a la santidad. Si das la vida por tu fe, te conviertes automáticamente en santo, que es la máxima distinción que puede alcanzar un creyente. Lo mismo sucede en el islamismo.

            Estoy seguro de que ninguno de los merodeadores creyentes estaría dispuesto a dar su vida, o a quitar una ajena, por defender sus creencias religiosas. Porque son personas civilizadas dotadas de una ética personal que va más allá de la moral religiosa. Y, además, aunque no lo sepan, son creyentes críticos y selectivos en cuanto a su propia doctrina. Por ejemplo, la mayoría de los creyentes aceptan que los relatos recogido en el Génesis (Adán y Eva, Noé, etc.) no son históricos, sino fábulas con un significado simbólico y ético (porque la capacidad de tragaderas –es decir, la fe- de los creyentes de aquí tiene un límite). Por otro lado, hay versículos de la Biblia que defienden la esclavitud (p. ej.: Éxodo 21:2-6 o Levítico 25:44-45), pero los creyentes no los leen, y si lo hacen lo justifican diciendo que eran otros tiempos (y olvidando que, en teoría, se trata de la palabra de Dios, y por tanto eterna e inmutable).

            La Biblia, supuestamente, es toda ella la palabra de Dios transcrita mediante la revelación, así que todo lo que se dice en ella tiene el mismo peso y es una verdad absoluta. Sin embargo, la mayoría de los cristianos suelen pasar por alto el Antiguo Testamento (con ese dios tribal, colérico y caprichoso) y centrarse casi exclusivamente en los Evangelios. Porque, las cosas como son, la moral del Nuevo Testamento es mil veces más moral que la del Antiguo.

            El caso es que la mayoría de los creyentes occidentales “adaptan” a su manera las doctrinas religiosas, quedándose con lo que consideran bueno, e ignorando o rechazando aquello que les parezca negativo o demasiado absurdo (aquí conviene recordar que esa actitud, hace quinientos años, les habría llevado a la hoguera). Y eso se debe a muchas cosas: a la reforma, a tres siglos de pensamiento laico, a la ciencia, a la educación generalizada... Todo eso ha debilitado la fe de los creyentes. Por fortuna, insisto.

            Ahora bien, no olvidemos que en el mismo Occidente, en Estados Unidos por ejemplo, hay un buen número de cristianos integristas que se toman la Biblia literalmente. Para ellos, Adán y Eva existieron, Noé metió unos cuarenta millones de especies animales en un barco de madera, o la Tierra (el universo entero en realidad) fue creada en la madrugada del 23 de octubre del año 4004 a.C. (sic). Evidentemente, para creerse todas esas insensateces hay que tener unas tragaderas descomunales. Es decir, una fe muy intensa.

            ¿Y qué ocurre con las sociedades, y con las religiones, donde no ha habido ni una reforma, ni asomo de pensamiento laico, ni pizca de ciencia, ni educación generalizada? ¿Cómo es la fe de esa gente? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué puede hacer? Porque, no lo perdamos de vista, la fe es una fuerza muy, pero que muy poderosa.

            Y aquí, amigos, os dejo para que reflexionéis sobre este apasionante tema hasta el siguiente post. Ciao.