miércoles, diciembre 12

El oficio de escribir y VI


 
            Supongamos que dominas todos los aspectos de la escritura que hemos contemplado en las cinco entradas anteriores. Narras vigorosamente, con una prosa primorosa, y escribes unos textos imaginativos llenos de personajes atractivos y tramas ingeniosamente desarrolladas. Y quieres ser escritor profesional. ¿Qué hacer?

            En primer lugar, una reflexión: Calcula cuánto dinero necesitas al año para vivir. Ten en cuenta que como escritor vas a recibir un 10 % del precio de cada ejemplar vendido, restándole previamente el IVA. Ahora calcula cuántos ejemplares tienes que vender anualmente para conseguir el dinero que necesitas.

            Hace poco, leí –no recuerdo dónde- unos datos que no están contrastados, pero que indican más o menos por dónde van los tiros. Según esa difusa fuente, antes de la crisis en España vivían de la escritura unos 2.000 escritores. Ahora, tras la crisis, quedan alrededor de 500. Si tenemos en cuenta que entre primera y segunda división habrá unos 1.500 futbolista que viven del deporte, tienes más posibilidades de ganarte la vida jugando al fútbol que escribiendo. Aunque puede que tu dribling no sea muy fino, o que falles en el juego aéreo, así que vas a insistir en eso de escribir. Vale.

            El camino es largo e incierto, y hay pocos atajos. Aunque, claro, siempre puede ser que tu primera novela sea un éxito sin precedentes, que vendas cientos de miles de ejemplares en todo el mundo y te conviertas instantáneamente en un escritor de culto. También es posible que te toque la lotería; y comprar un billete es mucho más rápido y relajado que escribir una novela.

            Cuando volví a escribir a principios de los 90, me propuse tres metas consecutivas: 1 Aprender a narrar, 2 publicar profesionalmente y 3 vender (porque para vivir de la escritura tienes que vender muchos ejemplares, qué le vamos a hacer). Tardé unos siete años entre la primera meta y empezar a acariciar la tercera, y más de diez en poder considerarme plenamente un escritor profesional. De no ser por el apoyo de mi querida Pepa, habría sido imposible.

            Es un proceso lento. Al principio no te conoce ni dios, y vas publicando donde buenamente puedes (yo empecé en fanzines y revistas semi-profesionales de ciencia ficción y fantasía). Poco a poco te vas dando a conocer, vas ganando lectores. Pero tan despacio… Así que elegí uno de los escasos atajos que hay en este oficio.

            Los premios. Gracias a ellos se puede pasar de ser un autor desconocido a que tu nombre empiece a sonar entre los editores y los lectores. Además, algunos premios están muy bien dotados económicamente. Digamos que son una especie de acelerador de tu carrera. Durante los diez primeros años gané cinco premios de relato, tres de novela corta y cinco de novela juvenil. Sin duda, eso me lanzó como escritor. Por consiguiente, la pregunta lógica es:

            ¿Cómo ganar premios literarios? Ay, si yo lo supiese... He tenido suerte; he ganado más o menos el 60 % de todos los concursos a los que me he presentado. No está mal, pero queda un lamentable 40 % de fracasos, así que evidentemente no tengo la fórmula del éxito, quizá porque no existe. Está claro que la calidad del texto importa, igual que su originalidad, y también la comercialidad y la oportunidad. Pero hay otros muchos factores que se nos escapan de las manos, entre ellos el puro azar.

            Pero, alto, ¿los premios no están trucados? Algunos sí, algunos no. Si te presentas al Planeta ya te digo yo que no vas a ganar. Pero hay muchos otros premios “legales”; infórmate antes de presentarte. Y yo te recomiendo que te presentes, porque, aunque no ganes, tienes la seguridad de que tu novela va a ser leída por un lector profesional que redactará un informe sobre ella. Y puede que a la editorial le interese publicarla. Así contraté yo mi primera novela juvenil.

            El mito del malvado editor. Con frecuencia oigo echar pestes de los editores (y las editoriales) por parte de gente que jamás ha tratado con un editor (o una editorial). Por supuesto, hay malos editores, igual que hay malos escritores; pero la mayor parte son buenos profesionales que, no lo olvides, están de tu parte. Piensa que un editor tiene tanto interés como tú en que tu novela tenga éxito, porque si tú triunfas, él triunfa. Ahora bien, si tus libros no venden, acabará pasando de ti. Porque el mundo editorial es un negocio, no una ONG. Por eso se publican mierdas firmadas (que no escritas) por youtubers o famosos de TV: porque dan pasta. Pero eso a ti ni te va ni te viene; ni siquiera es culpa del editor, sino de la gente que consume esas porquerías. Cuando un editor trabaja en tu libro, no dudes que está comprometido con él. En lo que a mí respecta, he tenido y mantengo excelentes relaciones con todos mis editores (salvo con uno, que encima era amigo mío). He desarrollado una buena amistad con varios; ellos confían en mí y yo confío en ellos. Pobrecitos; bastante tienen con soportarme…

            Procesos de trabajo. Para escribir profesionalmente hay que escribir con constancia, diariamente. Yo sigo un horario de oficina: de 09:30 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, de lunes a viernes, y los viernes sólo por la mañana. Semana inglesa. Pero soy un escritor lento (alrededor de 1.500 palabras al día); supongo que a otros más rápidos puede bastarles con media jornada.

            Lo que me permite ganarme la vida escribiendo es la literatura juvenil. En ese sector editorial disfruto por fortuna de cierto prestigio, lo que me permite ir por libre. No acepto encargos, ni presento proyectos, ni hago sinopsis; escribo la novela que me sale de las narices y se la presento a una editorial, porque sé que me la van a publicar. Para proyectos más complejos –como la trilogía que acabo de concluir-, me limito a una charla previa con el editor, pero casi sin decirle de qué va el asunto. Eso es porque me siento ridículo cada vez que cuento un argumento. La trama en sí misma no tiene importancia; lo fundamental es el tratamiento, y eso sólo se percibe cuando el texto está escrito.

            Por último nos queda la promoción de la obra. En eso soy malísimo; no voy a ferias, ni a firmas de libros, ni hago presentaciones, y doy las menos charlas posibles. Me aburre todo eso. Pero me equivoco, hago mal. No sigáis mi torpe ejemplo y promocionad en lo posible vuestras obras.

            Contratos. Cuando una editorial quiere publicar tu novela, el contrato que te entrega no es un ultimátum, sino un objeto de debate. Como es lógico, la editorial te ofrecerá unas condiciones muy beneficiosas para ella, pero tú puedes discutirlas y quitar, cambiar o añadir cláusulas. Examina con mucha atención el contrato que te ofrecen y, si no tienes demasiada experiencia, consúltalo con algún amigo escritor o en algún grupo de FB. Recuerda: Todo lo que no esté contemplado por escrito en el contrato, no existe.

            Supongo que a estas alturas huelga decirlo, pero si te obligan a vender x número de ejemplares en la presentación del libro, es una estafa. Y la coedición también lo es.

            Conclusiones. Si habéis leído los seis capítulos de esta serie de posts supongo que comprenderéis por qué cuando me piden un consejo para dedicarse a la escritura siempre digo lo mismo: paciencia. Se tarda mucho en aprender a escribir decentemente, se tarda mucho en aprender a narrar con soltura, se tarda mucho en madurar como persona, se tarda mucho en hacerte un nombre y se tarda mucho en acumular la obra necesaria. Además, el camino está sembrado de fracasos, frustraciones e inseguridades. Para colmo, si no tienes suerte puede que lo hagas todo bien y aun así no llegar a ninguna parte. El camino no solo es largo, sino también cruel y con frecuencia injusto.

            No obstante, si lo consigues, si llegas a ganarte la vida con la escritura… En lo que a mí respecta, es el mejor trabajo que he tenido jamás; si no hubiera que escribir casi ni lo llamaría trabajo, pero nada es perfecto. Cada vez que lo pienso doy gracias a los dioses por haberme permitido llegar hasta donde estoy (que tampoco es una cima elevadísima, pero es mi colinita). He tenido mucha suerte, aunque también lo he sudado. Es de las poquísimas cosas de las que me enorgullezco.

            He escrito estas entradas para intentar orientar a los aspirantes a escritor que están comenzando a adentrarse en la selva editorial. He enumerado los temas fundamentales, pero apenas los he rozado. Si a alguien le interesa entrar más a fondo en las técnicas del oficio, entre septiembre y diciembre de 2007 escribí en este blog diez entradas llamadas “En la mente del escritor”, donde explico con detalle no cómo se debe escribir, sino cómo escribo yo.

            En fin, amigos, aquí se acaba la matraca que os he dado. Espero haber sido de alguna utilidad.
 
 

Babel 13


 
            Cielo santo, qué desastre. Hace tres días, el nueve de diciembre, Babel cumplió trece añitos de vida, y por primera vez desde que existe el blog lo olvidé. En fin, acababa de volver de México, estaba medio tonto y se me fue el santo al cielo. Me disculpo.

            Trece años…Cómo pasa el tiempo.

            Me gustaría daros las gracias a todos los que merodeáis por Babel desde el principio (si es que queda alguno), y a los que llegasteis más tarde, y también a los que abandonasteis el blog en algún momento de la singladura (¿Por qué os fuisteis, cabrones? ¿En qué os fallé? ¿Qué tienen los blogs que ahora seguís que no tenga yo?) (sollozos)

            Se aproximan las fiestas, ya huele a pino, a musgo y a corcho, una marea de espumillón y luces de colores inunda la ciudad. El año pasado colgué el cuento de Navidad días antes de Nochebuena, y ese cambio no os gustó; a mí tampoco, así que este año colgaré el cuento el mismo veinticuatro, como siempre. Se llama El visitante de medianoche.

            Eso es todo, amigos. Feliz cumpleaños con retraso.

martes, noviembre 20

El oficio de escribir V



            Todo lo que hemos comentado hasta ahora en esta serie de posts no es más que la base técnica de la escritura, la carpintería narrativa, la tramoya del oficio. Puede aprenderse; de hecho, todo aspirante a escritor debe aprenderlo. Sin embargo, aunque es necesario, no es suficiente. Se puede dominar la técnica y, pese a ello, escribir textos insatisfactorios, vacíos, sin alma. Eso se debe a que en la escritura intervienen factores que están más allá de la técnica.

            Paraos a pensarlo, ¿qué es una novela? Vale, una historia, unos personajes, un texto; pero, más allá de eso, ¿qué es en esencia? Hace unos años, Elia Barceló y yo debatíamos sobre algunos aspectos de la narrativa. Elia se preguntaba quién era el narrador en tercera persona. Es decir, tenemos a los personajes, que está claro quiénes son, pero ¿y el narrador, quién es? En fin, una pregunta casi metafísica; tras reflexionar durante unos segundos, respondí: “En realidad, los personajes no están ahí. El narrador describe sus acciones y reproduce sus diálogos, pero el único que habla es el narrador. Una novela es todo narrador. ¿Y quién es el narrador? El que narra, el que escribe, el autor. Tú”.

            ¿Entendéis? Una novela es su autor. O, más bien, una especie de “destilado” del autor. Todo lo que hay en una novela, desde el tema hasta la trama, pasando por los diálogos o los personajes, ha estado previamente en la cabeza del escritor, ha surgido de ahí. Es como si cogiéramos un cerebro, lo exprimiéramos y surgiera un texto (al menos, así me siento yo cuando escribo). Una novela es zumo de neuronas.

            Lo cual significa que, inevitablemente, en una novela se deslizan numerosas facetas de la personalidad de su autor. Es más, esas facetas son lo que le proporcionan “alma” al texto, lo que lo convierten en algo vivo. ¿A qué me refiero en concreto?

            “Inteligencia”. ¿Qué escribirá un escritor tonto? Tonterías. Pero, a fin de cuentas, la inteligencia es necesaria para cualquier tarea que emprendamos, así que no hay que darle más vueltas.

            “Imaginación”. Es decir, la capacidad de fantasear. Cabría suponer que cualquier aspirante a escritor ha de ser, por definición, imaginativo; pero quizá deberíamos formularnos una pregunta: ¿Hasta qué punto lo que escribo es original, o una mera copia de lo que me gusta leer?

            “Creatividad”. ¿Pero no es lo mismo que lo anterior? Pues no; la creatividad es la imaginación aplicada a obtener una respuesta original para un problema concreto. Es decir, podemos sentarnos en un sillón y dejar volar la imaginación fantaseando libremente. Ahí no hay creatividad. Pero si fantaseamos para lograr un objetivo, el que sea, sí que la hay. Ese proceso es un trabajo conjunto de la parte imaginativa del cerebro y la parte racional.

            “Cultura”. La creatividad no es sacar ideas de la nada. De la nada, nada surge. Más bien se trata de asociar ideas y conceptos aparentemente muy separados entre sí, o bien contemplarlos desde un punto de vista diferente. Por tanto, cuantos más conocimientos tengas en el coco, más asociaciones podrás hacer y más ricas y variadas serán. Un escritor debe tener un buen bagaje cultural; lo cual, claro, no significa que sea un erudito. Yo suelo decir que soy un océano de sabiduría con un dedo de profundidad. Sé muy poco de muchas cosas.

            “Sensibilidad”. La capacidad de ponerse en la piel de los demás; la capacidad de percibir la belleza; la capacidad de encontrar la poesía.

            “Intereses”. Esto está íntimamente relacionado con la cultura. Cuantas más cosas te interesen, mejor. Siempre he sostenido que para ser un escritor hay que ser primero muy curioso.

            “Sentido del humor”. Supongo que esto no es fundamental; más de un gran escritor carece por completo de sentido del humor. Sin embargo, para mí es muy importante. No me refiero sólo a los relatos humorísticos, sino a cualquier relato, incluso los más dramáticos. Un toque de humor puede ser un eficaz contrapunto, y también un magnífico “lubricante” para que la trama fluya. Pero lo dicho: es opcional.

            “Capacidad de autocrítica”. Un escritor debe ser el más duro juez de su propia obra. Debe dudar siempre de lo que hace.

            “Sentido de la observación”. Es decir, la capacidad de percibir el mundo que te rodea y sus múltiples detalles. La literatura es una imitación de la realidad, de modo que debes fijarte bien en cómo es la realidad, aunque sea para subvertirla. Un escritor debe ser un minucioso observador, sobre todo del comportamiento humano. Un mirón, vamos.

            “Sentido del ritmo”. Creo –al menos eso me dicen- que mis novelas tienen buen ritmo narrativo. Pero no sé cómo demonios lo hago. Es algo intuitivo; sencillamente “siento” si lo que escribo tiene ritmo o no. Ya sé que hay alguna “normas” sobre el asunto (lo de los valles y las crestas, ya sabéis), pero he visto demasiadas excepciones como para tomármelas en serio.

            “Inspiración”. ¿Pero existe eso? Pues sí, aunque no es lo que suele creerse. ¿Alguna vez, mientras no hacías ni pensabas nada, de repente se te ha ocurrido una gran idea, o la solución a un problema que te acuciaba? Es el “efecto eureka”, el acto básico de inspiración. Pero, ¿de dónde salen esa gran idea o esa solución? ¿La musa que te susurra al oído? ¿Magia? Para nada. Hay una parte del cerebro que, sin que te des cuenta, se dedica a buscar ideas y asociaciones, y de vez en cuando permite que algunas de sus conclusiones afloren a tu consciente. No es que sea una parte del cerebro muy brillante, porque la mayor parte de las cosas que se le ocurren son chorradas. Pero de vez en cuando da en el clavo. Y cuando lo hace parece un milagro.

            Seguro que hay más factores, como los gustos y las vivencias, pero creo que estos son los principales. El caso es que nada de lo que acabo de enumerar puede aprenderse; aunque sí cultivarse a lo largo de la vida. La imaginación, la creatividad, la inspiración y la sensibilidad son músculos que crecen conforme se ejercitan; la cultura se adquiere poco a poco; los intereses, el humor, la observación y la autocrítica se practican hasta automatizarse… Y lo del ritmo ya os he dicho que ni idea.

            Todos estos factores son determinantes para la creación literaria, pero no están ahí sólo para escribir. En realidad, forman parte de tu vida. Por ejemplo, si eres una persona creativa, no lo serás sólo cuando te sientas al teclado, sino en todos los aspectos de tu existencia. Estamos hablando de los hábitos y actitudes que una persona ha cultivado a lo largo del tiempo; pero no para escribir, sino porque forman parte de su estilo de vida. Luego le serán muy útiles si decide escribir; pero están ahí antes de la escritura (o quizá desarrollándose al mismo tiempo).

            Así pues, es posible que domines la técnica narrativa, que lo hagas todo bien, y a pesar de ello que tu novela no convenza. Porque quizá lo que hay en tu interior, eso que luego se destila en el texto, no resulte suficientemente atractivo. Suena duro, lo sé; es como si al juzgar tu texto te juzgaran a ti. Además, parece una sentencia definitiva: dado que el problema de tu escritura eres tú mismo, y tú no puedes ser otra persona, aparentemente no hay salida. Me apresuro a aseguraros que eso es falso.

            Dicen, y creo que es cierto, que para escribir novela hace falta cierto grado de madurez. Las diferentes personas, por supuesto, alcanzarán esa madurez en distintos momentos de su vida; unos antes y otros más tarde. Puede que a los veintitantos no estés preparado para ser novelista; pero quizá unos años después sí. Cuando a los veintisiete años abandoné la escritura, carecía de la madurez necesaria para ser escritor; no tenía nada interesante ni atractivo que ofrecer. Tuve que esperar una larga década para encontrarme con mi yo escritor. Retrasado que es uno. No obstante, tengo la intuición de que, a veces, no escribir puede ser bueno. Vale, para ser escritor hay que escribir mucho; pero si llegas a un punto en que tienes problemas con la escritura, un aparente callejón sin salida, creo que puede ser positivo dejar de escribir durante una larga temporada, años. Una especie de reseteado.

            Por todo esto, cuando alguien me pide consejo para dedicarse a escribir, lo primero que recomiendo siempre es: paciencia. Porque el camino que hay que recorrer para ser escritor es largo y no admite atajos.

            En la próxima y espero que última entrada hablaremos sobre algunos aspectos de la escritura profesional.

miércoles, noviembre 14

El oficio de escribir IV



            ¿Cómo van a interesarte las cosas que ocurren en una novela si no te interesan los personajes a quienes les ocurren? Había experimentado ya con la creación de personajes en mis novelas El coleccionista de sellos y La casa del doctor Pétalo; pero cuando escribí mi primera juvenil, obsesionado como estaba con la estructura, me olvidé de trabajar los personajes. Un error.

            Así que mi nueva obsesión fue el diseño de personajes. En mi siguiente novela, El último trabajo del sr. Luna, presté especial atención a uno de los personajes, Doña Flor, intentando dotarlo de la mayor humanidad posible. Y en la siguiente, La cruz de El Dorado, me propuse que todos los personajes, incluso los más secundarios, fueran especiales y tuvieran caracteres muy marcados.

            “Dime lo que dices y te diré quién eres”. El diseño de personajes es uno de los puntos débiles más usuales entre los escritores novatos y entre no pocos escritores profesionales. Esto no es un curso de escritura, así que no me voy a meter en cómo se construye un personaje. Baste señalar que hace falta un montón de observación previa del género humano. Pero sí voy a comentar cómo se transmite la personalidad de los personajes.

            Es un error hacer que el narrador “explique” al personaje. Y lo es porque si el personaje no transmite su personalidad, explicarlo no sirve para nada. ¿Y cómo la transmite? En mi opinión, de tres maneras: 1. Por lo que otros personajes comentan acerca de él. 2. Por lo que hace. 3. Por lo que dice y cómo lo dice. Esto último es muy importante. Todo diálogo debe contemplar a la vez dos objetivos: comunicar algo y definir al personaje. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

            “Dialoguemos”. Algunos escritores desconfían de los diálogos y los utilizan lo menos posible. Como García Márquez, que decía: “El diálogo en lengua castellana resulta falso”. Sin embargo, otros escritores, como Manuel Puig, llegan a escribir novelas que son todo diálogo.

            En realidad, el escritor colombiano tenía razón: los diálogos de las novelas siempre son falsos. En la vida real no hablamos así; lo hacemos con errores de sintaxis y repeticiones, de forma atropellada, con cortes bruscos o dejando frases sin terminar. Si en una novela transcribiéramos diálogos reales, quedaría horrible.

            Así que, en efecto, los diálogos literarios son falsos. Pero, y ahí está el problema, deben sonar naturales. Para ello hace falta entrenar el oído. Por otro lado, no hay nada más triste que una novela donde todos los personajes hablan igual. Como decía en el punto anterior, los diálogos deben reflejar retazos de la personalidad del personaje. Para ello, el escritor debe interiorizar al personaje, convertirse en él, hablar como él. Yo sé que he construido mal un personaje cuando me cuesta escribir sus diálogos. Eso significa que lo he diseñado mal y no puedo interiorizarlo. Si estuviera bien diseñado, los diálogos surgirían con naturalidad.

            Sólo un apunte más: A los lectores, en general, les gustan los diálogos.

            “Descríbemelo, por favor”. Pero a los lectores, en general, no les gustan las descripciones. Es cierto que hay auténticos genios de la descripción, como Proust; pero, reconozcámoslo, todos hemos leído alguna vez en diagonal cuando un autor se pone estupendo describiendo algo. No obstante, las descripciones son necesarias y minimizarlas es un error. La cuestión es cómo hacerlas sin ponernos coñazo.

            Yo tengo un sistema que llamo “naturalista”, porque intenta reproducir lo que hacemos en la realidad. Consiste en no describirlo todo de un tirón, sino por partes que vas intercalando en medio de una acción o, sobre todo, de una conversación. Pondré un ejemplo: vamos a entrar en un despacho que no conocemos para hablar con un amigo. Entramos en el despacho y lo primero que percibimos es una impresión general del lugar: ¿Es amplio o pequeño? ¿Oscuro o luminoso? ¿De estilo clásico o moderno? ¿Muy decorado o poco? ¿Lujoso o modesto? ¿Algún detalle sobresale? Todo eso lo observamos mientras caminamos hacia el escritorio. Saludamos a nuestro amigo, nos sentamos frente a él y comenzamos a charlar. Y mientras hablamos, paseamos la vista por el despacho y nos fijamos que ese cuadro de ahí es una copia de Modigliani, o que sobre la mesa descansa la foto de una mujer. ¿Comprendéis? Al fragmentarla, la descripción no se hace pesada. Pero bueno, ese es mi método, que no tiene por qué ser el mejor.

            Sin embargo, las descripciones no solo sirven para describir. También se utilizan para crear ambientes y provocar emociones. Y eso se consigue con la prosa.

            “Seamos prosaicos al estilo latino”. Me sorprenden esos autores que sólo manejan un tipo de prosa, escriban el relato que escriban. En mi opinión, cada historia exige su propia prosa, porque la prosa definirá el tono del relato. Yo manejo habitualmente al menos tres estilos distintos de prosa, aunque todos ellos comparten algo que luego comentaré.

            La prosa puede ser como os dé la gana: barroca, minimalista, laberíntica, funcional, colorista, elegante... lo que más os guste. Pero siempre ha de ser expresiva, capaz de despertar emociones. Y debe fluir con la suavidad de un mecanismo bien engrasado. Eso, que la prosa fluya sin sobresaltos, que cada línea enlace con la siguiente con naturalidad, que los párrafos se engarcen entre sí como cuentas de un collar, todo eso es muy importante para mí. Hace que el lector se sienta cómodo leyendo, incluso que se olvide de que está leyendo.

            En lo que a mí respecta, sea cual sea el estilo que emplee, mi objetivo es que la prosa se note lo menos posible, que sea transparente, de tal forma que en la mente del lector sólo quede la historia y los personajes. Empleo figuras retóricas, pero nunca como alarde estilístico, sino por su funcionalidad y con moderación. Pero esa es mi opción, que por supuesto no tiene por qué ser la mejor, ni siquiera buena.

            Cuando era un alocado y melenudo jovenzuelo realizaba un ejercicio que me vino muy bien. Escogía a una serie de autores de prosa muy marcada; por ejemplo, García Márquez, Borges, Delibes, Lezama Lima, Cela, Carpentier… Elegía a uno de ellos, leía fragmentos de alguna de sus obras y luego escribía un breve texto intentando imitar su prosa. Era divertido.

            “Vale, ¿y qué?”. Todo lo que he citado hasta ahora son técnicas narrativas. Creo que cualquier aspirante a escritor profesional (o escritor a secas) debe conocerlas, porque, precisamente por ser técnicas, se pueden aprender. Pero, ojo, no se trata sólo de entenderlas, ni siquiera de asimilarlas, sino más bien de interiorizarlas de tal manera que funcionen de forma automática (más o menos como aprender a conducir). Y eso, amigo mío, requiere tiempo, mucho tiempo. Por eso, cuando un aspirante a escritor me pide consejo, siempre le digo lo mismo: paciencia. Porque escribir es uno de los trabajos que más paciencia requieren.

            El caso es que son técnicas, la carpintería del oficio. Pero en la escritura intervienen otros factores que no se pueden aprender. Cultivar sí; aprender no. Y, probablemente, son los factores más importantes.

            Hablaremos de ellos en la próxima entrega de esta apasionante serie.

 
            Nota: Cuando tenía catorce años aprendí a escribir a máquina en una Underwood muy parecida a la de la foto. Ya era una máquina muy vieja por aquel entonces; la heredé de mi padre. Aún la conservo.

lunes, noviembre 5

El oficio de escribir III



            A finales de los años 70 decidí dejar de escribir, porque era incapaz de desarrollar una novela. Aunque entonces no lo sabía, el problema era que no tenía ni pajolera idea de narrar. Creía que sí, pero no. No fue una decisión dramática, porque por entonces escribir sólo era una afición, así que me centré en mi trabajo (publicidad) y no escribí nada durante una larga década.

            A comienzos de los 90 volví a escribir, pero con un objetivo prioritario: aprender a narrar. Escogí unas cuantas novelas, muy distintas entre sí, de diversos autores. Todas tenían una peculiaridad: me habían enganchado más que otros libros, me habían mantenido pegado a sus páginas de forma obsesiva. ¿Cómo lo habían logrado esos autores? Decidí averiguarlo.

            Cogía un par de libros, me montaba en la Vespa, me iba a la Casa de Campo (un parque/bosque contiguo a Madrid), buscaba un lugar solitario, me sentaba a la sombra de un árbol y me ponía a destripar los libros. Descubrí muchas cosas. La primera de ellas que esas novelas, todas, tenían una estructura invisible. Me sentí como Pablo camino de Damasco. Vi la luz. Me di cuenta de que gran parte de la capacidad de enganche de un texto se encuentra en su estructura. Me obsesioné con eso.

            ¿Pero qué demonios es la estructura narrativa? Tienes una historia que contar. Vale, antes de darle al teclado debes decidir varias cosas: ¿Desde qué punto de vista vas a escribirla? ¿Con qué tono? ¿Con qué ritmo? ¿Qué clase de narrador vas a utilizar? ¿Cómo empieza y cómo acaba? ¿Qué cuentas y qué ocultas? ¿En qué orden lo cuentas? ¿Tiempo lineal o tiempo alterado? ¿Dónde vas a encajar el o los clímax? ¿Una única línea narrativa o historias paralelas?... Y algunas cuestiones más, aunque creo que esas son las principales. Bueno, pues todo eso conforma la ESTRUCTURA NARRATIVA.

            Descubrirlo me alucinó. Me di cuenta de que al controlar la estructura podía hacer cosas que antes me estaban vedadas. Y algo aún más importante: controlando la estructura podía controlar (manipular) al lector. Fue un éxtasis. A partir de ese momento y durante varios años me puse a experimentar obsesivamente con la estructura. Por ejemplo, uno de mis primeros cuentos largos (50 pag.) allá por comienzos de los 90: La pared de hielo.

            Quería presentarme a un concurso de relatos de ciencia ficción y se me había ocurrido una historia, pero tenía un problema. El reglamento del concurso exigía un máximo de cincuenta páginas, y mi historia necesitaba por lo menos el doble. Contada linealmente, claro. Porque si la contaba así tendría que hacer unas elipsis brutales para poder adaptarme a la extensión requerida y al final quedaría un relato esquemático, como si sólo fuera un esbozo. Pero ¿y si no lo contaba linealmente?

            Lo narré en primera persona y comencé por el final de la historia. Las tres primeras páginas son un “flujo de conciencia” donde los pensamientos del narrador van de un lado a otro de forma desordenada. El lector se encuentra con un texto caótico en apariencia. Sin embargo, todo lo que se dice en esas primeras páginas es en realidad coherente, pero está presentado con desorden, por eso parece incomprensible. Y el lector de algún modo se da cuenta; advierte que hay alguna lógica en ese caos y quiere saber qué es. Por eso sigue leyendo. A partir de ahí, el narrador comienza a contar la historia, pero lo hace mediante una serie de flash backs alternados con fragmentos de su presente (que sigue pareciendo absurdo), hasta llegar a un final donde  todo cobra sentido.

            Al hacerlo de esa manera, las elipsis siguen estando ahí, pero disimuladas por los saltos temporales y por el enigmático presente  del narrador, que tira del relato y azuza el interés del lector. Pero lo más importante de todo es que, contada de esa manera, no solo se resolvía el problema de la extensión, sino que además la historia resultaba mucho más interesante. Ese es el poder de la estructura narrativa.

            Más adelante, seguí haciendo experimentos con la estructura. Por ejemplo, en mi novela El coleccionista de sellos me planteé el reto de contar la misma historia tres veces consecutivas, variando sólo el contexto del relato. Creo que ese proceso de experimentación culminó con mi novela La Mansión Dax, donde me propuse lo aparentemente más sencillo: contar una historia con una estructura totalmente lineal (prácticamente comienza con el nacimiento del narrador), y aun así hacerla interesante. Para ello, claro, tuve que recurrir a otra clase de “trucos”.

            Un inciso: para poder diseñar la estructura narrativa, evidentemente hay que conocer previamente la historia. Lo que significa ser “escritor de mapas”. De hecho, en su momento fracasé en el intento de escribir una novela porque intentaba hacerlo con brújula. Cuando comprendí el poder de la estructura, me convertí al instante en un entusiasta escritor de mapas. ¿Cómo manejan la estructura los escritores de brújula? Ni idea.

            Pero, ¿qué tiene esto que ver con ser o no un escritor profesional? Pues lo que ya hemos dicho: un escritor profesional debe ganarse al lector. Y a un lector se le gana despertando y manteniendo su interés en el texto. ¿Recuerdas la anterior entrada, cuando preguntaba por qué un lector sigue leyendo? La estructura es una valiosa herramienta para capturar la atención del lector.

            ¿Y a ti qué narices te interesa, querido lector? La primera cuestión es por dónde comenzar a contar la historia. ¿Por el principio? ¡Vade retro, Satanás! En la mayor parte de los casos, eso es un error. Hay que empezar la narración por el punto de la historia que más curiosidad despierte, que suele estar situado en algún lugar entre la mitad de la trama y el final. Piensa que dispones de entre, digamos, diez y cincuenta páginas para ganarte al lector.

            Quizá la forma más primaria de generar interés es el cliffhanger, que puede traducirse como “colgando del acantilado”. Consiste en dejar a alguno de los personajes principales en una situación de peligro al final de cada capítulo, obligando al lector a seguir leyendo para saber qué pasa. Ha sido muy utilizado en los folletines y las películas de episodios. Pero, en fin, es un recurso tan manido que conviene no abusar de él.

            Creo que la forma más sencilla de estructurar un relato para generar interés son las historias paralelas. Dos historias distintas con protagonistas diferentes que se van narrando más o menos alternativamente hasta acabar confluyendo en algún punto de la trama. El truco está en terminar cada tramo de las diferentes historias en un punto de interés. No necesariamente una situación de riesgo, sino cualquier circunstancia que despierte la curiosidad. Así, el lector experimentará un pelín de frustración por no saber ya lo que quiere saber, y se pondrá a leer la otra historia rápidamente para recuperar la trama anterior. Pero la otra historia también se interrumpe en un punto de interés y… bueno, ya me entendéis.

            Sólo son un par de ejemplos sencillos de cómo generar interés con la estructura. En general, los dos principales factores con los que se juega para atrapar al lector son el suspense y el misterio. Y con esto no me refiero sólo a los thrillers, sino a cualquier género. Lo único que variará serán las causas del suspense y la naturaleza de los misterios.

            Los escritores profesionales de ficción suelen ser escritores que cuentan historias. Y para contar bien una historia hay que dominar las herramientas de la narrativa. Las que acabo de esbozar y muchas otras; p’orque con la estructura no basta, ni mucho menos.

            En mi primera novela juvenil, el texto más largo que había escrito por entonces (300 pag.), recurrí a las historias paralelas. Estaba bien estructurado –no es de extrañar, porque eso me obsesionaba- y era un eficaz pasapáginas. Pero tenía un defecto: los personajes.

            Hablaremos de eso en la siguiente entrega.

miércoles, octubre 31

Noche de Ánimas



            Nací en una gran ciudad, Barcelona, y siempre he vivido en otra, Madrid; soy más urbano que un semáforo. Sin embargo, mi padre era muy viajero y recorrimos toda España en coche, allá por los lejanos 60. Vi cosas que vosotros no creerías, y no me refiero a rayos C brillando en la oscuridad. He visto roturar el campo con arado romano tirado por un buey. He visto pueblos sin electricidad ni agua corriente. He visto, viajando por carretera, a grandes grupos de hombres y mujeres, desplazándose a pie con un par de carros, partidas de segadores que iban de sur a norte alquilando sus servicios. He visto mujeres lavando en el río y llevando la ropa en inmensos fardos sobre la cabeza. He visto pueblos tan apartados que, cuando pasábamos, los niños salían para ver ¡un coche! y eventualmente tirarle piedras. En cierta ocasión nos perdimos en Galicia y acabamos durmiendo en una aldea, en la casa de huéspedes que regentaban una anciana y sus dos hijas. Al caer la noche nos contaron historias de la Santa Compaña, de meigas y lobisomes… Esos recuerdos parecen, no de mediados del siglo pasado, sino de otra era geológica.

            Hace años, allá por los 70 y 80 del siglo pasado, Joaquín Díaz era un personaje bastante conocido. Se trata de un cantante que interpretaba música popular tradicional. Es decir, la música que surge del pueblo. Pero además era musicólogo y folclorista, y se dedicaba a recorrer España de pueblo en pueblo, recogiendo con una grabadora las canciones que recordaban los más ancianos (podéis conocer su música y su trabajo visitando la web de su fundación). Díaz solía decir que cada vez que muere un viejo campesino, muere una parte de nuestro patrimonio cultural.

            Eso ha ocurrido con la cultura rural de España (y de la mayor parte de Europa): ya prácticamente no existe; a lo sumo agoniza. El mundo de las leyendas, de los mitos arcaicos, de la magia, de los misterios de la naturaleza, ese mundo ha muerto o está en trance de hacerlo.

            Los habitantes del campo siempre han sido tremendamente conservadores y fieles a las tradiciones. Solemos creer que el cristianismo se extendió de forma rápida y homogénea, pero sólo fue así en las ciudades; en el campo pervivieron mucho tiempo las viejas creencias. De hecho, la palabra pagano viene del latín pagus, que significa aldea. En un siglo tan tardío como el XII, el papa dictó un anatema contra los que “veneraban piedras” (megalitos). Es decir, una tradición procedente ¡del neolítico! (que siguió practicándose hasta hace bien poco). Yo mismo he visto un enorme “hombre verde” (un “basajaun”) pintado por encima del altar en una iglesia prerrománica navarra.

             Gran parte de las festividades y costumbres campesinas tienen orígenes muy remotos, aunque el cristianismo las haya disfrazado solapándose (Navidad, San Juan, Todos los Santos, etc.). Y luego están las leyendas y los mitos, también de origen remoto y pagano.

            Bueno, pues todo eso prácticamente ya no existe. No lamento la desaparición del mundo rural que vi en mi infancia, porque era un mundo marcado por la ignorancia, el aislamiento y la miseria. Pero cuando un mundo muere lo hace por entero, llevándose también la magia y el misterio.

            Supongo que en parte por eso me gusta Halloween, porque es lo que queda de una muy antigua tradición pagana. El Samhain celta, una festividad campesina que celebraba el fin de la cosecha y el comienzo del invierno. Es curioso cómo el Samhain se resistió a morir del todo. Primero fue proscrito por la iglesia y sustituido por la celebración de Todos los Santos/Fieles Difuntos. Pero se seguía practicando más o menos en secreto; en el siglo XVI comenzó a denominarse "All Hallows Eve", víspera de Todos los Santos, y se circunscribió a la noche del 31 de octubre, la noche en que, según el Samahin, los muertos accedían al mundo de los vivos y había que contentarlos ofreciéndoles comida. Por eso los niños se disfrazan de monstruos, para obtener comida/chucherías.

            Así que cuando hoy veáis a niños disfrazados de brujas, fantasmas o zombis (o de San Felipe Neri, si siguen los consejos de la iglesia), lo que estáis viendo en realidad es la reminiscencia de una viejísima tradición campesina pagana.

            ¡Feliz Halloween, oh merodeadores!

lunes, octubre 1

Post 666



            Hace unos meses caí en la cuenta de que faltaba poco para llegar al post 666 del blog. Eso había que celebrarlo, pensé: imaginaría y escribiría un cuento protagonizado por el Diablo para la ocasión. Me lo propuse firmemente, y a la media hora ya me había olvidado por completo.

            Hasta que unos días atrás advertí que la siguiente entrada –ésta- era precisamente la 666. Y no había preparado nada. Me puse a buscar desesperadamente alguna idea, pero no se me ocurrió ninguna; al menos, ninguna buena. Y no quería retrasarme mucho. Entonces recordé algo: hace muchos años, publiqué en la revista La Codorniz un relato sobre pactos diabólicos. Eso debió de ocurrir hacia 1973; es decir, hace unos 45 años (lo que no puede ser más deprimente). No conservo ese relato, ni recuerdo su título, ni sé cómo lo escribí. Sólo me acuerdo de la idea básica.

            Y en base a esa idea he reescrito el cuento. Supongo que no debe de parecerse mucho a la historia original que escribí cuando el mundo era joven y los dinosaurios dominaban la Tierra, entre otras cosas porque los artículos de La Codorniz no solían tener más de 400 o 500 palabras, y creo que ahora, con tanta novela a mis espaldas. ya soy incapaz de escribir tan corto. En cualquier caso, me ha hecho ilusión narrar una historia que se me ocurrió cuando contaba veinte inocentes primaveras. Qué diferente soy de aquel jovenzuelo alocado… y cuánto pelo tenía el muy cabrón.

            Siempre me ha gustado la figura literaria del Diablo; en particular, los pactos demoniacos, en los que siempre gana Satanás, salvo cuando pierde. Yo mismo he escrito varios, y este es uno de ellos. Se llama El coleccionista de almas; espero que no os desagrade demasiado.

            Infernales saludos.


            El coleccionista de almas

            By César Mallorquí

            Jorge comenzó a desplegar las cartas entre las manos formando un abanico; descubrió primero los dos ases que ya sabía tener y luego, más despacio, uno a uno, los tres naipes que había recibido en el descarte.
            La tercera carta también era un as. Un escalofrío le recorrió la espalda.
            Empujó con el pulgar el cuarto naipe. Un diez de picas.
            Contuvo el aliento y comenzó a deslizar la quinta carta, despacio, muy despacio… Era otro as, el cuarto. El corazón se le aceleró.
            Tenía un póker de ases (…)

            Si quieres seguir leyendo pincha AQUÍ

 

lunes, septiembre 17

El oficio de escribir (II)



            Un escritor profesional debe tener muy claro que la literatura es un arte, pero la edición una industria. Cuando publicas un libro, estás lanzando al mercado un producto -cultural en este caso- que va a competir con otros productos en un mercado saturado. ¡Por Zeus!, ¿cómo me atrevo a llamar “producto” a una exquisita muestra de la creatividad humana? Vamos a intentar reflexionar un poco sobre el asunto.

            Hay quienes consideran que la literatura no debe ser mancillada por el dinero. Que escribir por pasta es una corrupción. Que un escritor honesto debe trabajar por amor al arte. Estupendo, es una opinión y una opción; pero no la mía. No me gusta, ni como lector ni como escritor, acercarme a la literatura con reverencia, como si fuera una diosa altiva y distante. Prefiero considerarla una amiga con la que jugar. Creo que, para escribir, es mejor desacralizar la literatura y contemplarla como lo que en realidad -o, al menos, desde cierto punto de vista- es: una mezcla de inspiración, técnica y juego (a lo que hay que añadir una cuantiosa exudación, claro). Además, qué demonios, un escritor profesional es aquel que se gana la vida escribiendo, así que en este caso la pasta interviene ineludiblemente.

            Antes de seguir, una advertencia: Publico mis libros con editoriales; es decir, de la forma tradicional. Pero existe la auto-edición y la auto-publicación. Yo jamás he empleado ese sistema; no sé cómo se hace y, además, soy un pelín escéptico. A los interesados en esta fórmula les recomiendo que recurran a un experto; por ejemplo, Ana González Duque, que sabe mil veces más que yo sobre el asunto.

            Aunque, en realidad no importa; sea cual sea la forma en que publiques, al final de lo que se trata es de escribir de manera lo suficientemente atractiva como para atrapar el interés de los lectores. Eso implica desplegar una amplia gama de estrategias. Comentaremos algunas.

            “Sobre qué demonios voy a escribir”. ¿Qué género te gusta? ¿Cuál será la temática de tu novela? En mi opinión, no hay géneros buenos y géneros malos, sino buenas o malas obras; pero lo que sí hay es géneros más o menos populares. Según una encuesta de 2014 el género preferido por los españoles es la novela histórica, seguido por la novela “sin género” y por la novela de aventuras (sea lo que sea que entiendan por eso). El género menos valorado es el ensayo. La ciencia ficción y la fantasía ocupan también puestos bajos. Claro que eso son respuestas de boquilla. ¿Qué pasa con las ventas?

            Según  Mediaworks, refiriéndose sólo a ficción, en 2017 el género más vendido, con nada menos que un 39 % de cuota de mercado, fue el Infantil-Juvenil (el 11,5 % de la facturación total del sector editorial). Otros géneros  con grandes ventas son la Literatura Romántica, la Novela Histórica y, a cierta distancia, el Thriller-Misterio.

            Quizá pienses que entonces hay que escribir sobre los géneros más populares. Lo malo es que en esos géneros también encontrarás más competencia, incluso para simplemente publicar. Pero aquí hay que hacer un par de aclaraciones. En primer lugar, que se puede triunfar con casi cualquier género, porque influyen otros factores; entre ellos, la calidad de la obra y su oportunidad.

            En segundo lugar, y esto es importantísimo, no puedes escribir guiándote sólo por razones mercantiles. Debes amar la escritura, debes intentar dar lo mejor de ti mismo, debes creer en lo que haces. Si no te interesa el tema de tu novela, ¿cómo va a interesarle al lector? Recuérdalo: Lo que escribas te pertenece a ti, debe salir de ti.

            Tener en cuenta la popularidad de los géneros no sirve para decidir qué tienes que escribir, sino más bien para señalar qué sería mejor que no escribieras. Por ejemplo, si te apetece escribir ciencia ficción hard, pues hazlo; pero no esperes muchas ventas, ni poder vivir de ello. Yo mismo: si no fuera escritor profesional, no escribiría lo que escribo. De entrada, no escribiría novela, sino relato corto. Y me dedicaría a un género, una especie de fantasía contemporánea, que sólo me interesa a mí y a cuatro gatos más. Afortunadamente, la paleta de mis intereses es extensa y puedo escribir sobre diversos temas y géneros.

            “¿Cómo sé que estoy preparado para publicar?”. Siempre he pensado que lo mínimo que se le debe exigir a un escritor es que domine la ortografía y la sintaxis, que maneje un vocabulario amplio, que no sea tonto y que redacte decentemente. Bueno, pues al parecer no es así. Amigos editores me han confesado que no pocos autores, algunos muy conocidos, escriben tan mal que hay que reescribirles sus novelas en la editorial. Vale, lo entiendo; pero no me parece profesional.

            Una editora, buena amiga mía, me contó que una de sus correctoras le había pedido que le diese siempre mis manuscritos, porque apenas le daban trabajo. Bueno, ¿qué menos se le puede exigir a un escritor?, pensé. Cometo errores al escribir, es cierto; de hecho, corrijo mis textos al menos cuatro veces, y aun así se me escapan muchos fallos. Necesito que alguien me haga una corrección ortotipográfica. Pero ¿de estilo?... Mi estilo es parte fundamental de lo que escribo y, más allá de eventuales repeticiones o cacofonías, jamás consentiría que alguien pretendiera cambiármelo. Afortunadamente, nadie lo ha intentado. En mi opinión, si le das tu manuscrito a un corrector, y el corrector interviene mucho en el estilo, una de dos: o el corrector es malo, o tu texto es malo (probablemente lo segundo). Un escritor profesional debe manejar con soltura las herramientas de su oficio.

            Volviendo a la pregunta original, ¿cuándo estarás preparado para publicar? Pues cuando lo intentes y lo consigas. Por supuesto, si te auto-publicas estarás preparado cuando te dé la gana, pero no hablo de eso. Si una editorial contrata tu novela y corre con todos los gastos de edición, por la fuerza de los hechos será evidente que ya estás preparado para publicar. Lo cual no significa, por supuesto, que estés preparado para profesionalizarte como escritor.

            “¿Por qué sigue leyendo un lector?”. No me refiero a por qué un lector escoge determinado libro y comienza a leerlo; lo que planteo es por qué, después de haber iniciado una novela, un lector prosigue la lectura. Parece una pregunta tonta, y probablemente lo sea, pero en mi opinión es una pregunta fundamental.

Hay varias posibles razones para seguir leyendo un texto. Por ejemplo, que la prosa del autor sea tan exquisita que el mero hecho de leerla, diga lo que diga, suponga un placer. Vale, seamos sinceros, ¿a cuántos novelistas leéis exclusivamente por su prosa? En lo que a mí respecta, sólo hay dos escritores que, por su prosa, me harían disfrutar hasta con la lista de la compra: el Cervantes de El Quijote y Gabriel García Márquez. Pero por lo general, en narrativa la prosa no basta.

            Otro motivo para continuar leyendo es que las ideas que se desprenden del texto te interesen mucho. O que la novela aporte información que te apetece conocer. O que el ambiente y/o momento histórico que describe el texto te fascine. O por cualquier razón que ahora mismo no se me ocurre. Sea como fuere, hay dos poderosos motivos para seguir leyendo:

1. Que te gusten y/o interesen los personajes. A fin de cuentas, si un personaje no te interesa, o es de cartón piedra, tampoco te va a interesar lo que le suceda. Ya hablaremos en otro momento de este asunto, pero quiero señalar que un buen personaje puede sustentar todo el armazón de una novela (como es el caso del Holden Caulfield de El guardián entre el centeno).

            2. Un lector sigue leyendo porque quiere saber qué va a suceder. O cómo va a suceder. O por qué va a suceder. Esta es la razón primaria para seguir pasando páginas: la curiosidad. Somos monos cotillas, nos encanta que nos cuenten historias. Pero queremos que nos las cuenten bien.

            Es evidente, ¿verdad? Pues no tanto. ¿No habéis leído alguna vez una novela que empieza muy bien, pero por la mitad se desinfla? ¿O novelas en principio interesantes que tienen grandes baches de ritmo? O esas novelas en las que de repente el autor se pone estupendo y se marca una descripción de dos páginas, o una interminable disertación. ¿Nunca habéis leído esa clase de cosas en diagonal? Es decir, una novela puede ser apasionante en general, pero tener partes aburridas. Y el peor pecado de un escritor es aburrir.

            ¿Sabéis qué es lo que más me cuesta escribir? No las escenas de acción, ni los diálogos a varias bandas, ni las introspecciones, ni las descripciones, nada de eso. Lo que más me cuesta escribir son las “escenas de transición”. Me refiero a esas escenas que son necesarias, porque hay que aportar información, o por continuidad argumental, o por razones de ritmo, o por lo que sea, que son necesarias, insisto, pero no interesantes. Es decir, en sí mismas son un coñazo. Entonces intento aportar algo, una anécdota, un diálogo brillante, un toque de humor, lo que sea para que la escena se anime un poco. Y si no se me ocurre nada, la hago lo más corta posible.

            Tengo la costumbre de dejar de escribir cada cuatro o cinco páginas y revisar lo último que escrito con una pregunta en la cabeza: “¿Esto tiene interés?”. A veces descubro que no lo tiene y, hala, a rehacer. En realidad, se trata, en parte, de algo a lo que doy mucha importancia: la “fluidez del texto”. Pero de eso hablaremos el próximo día.

 

            Si reflexionamos sobre cómo leemos y cómo nos influye la lectura, obtendremos sabias lecciones acerca de la técnica de la escritura. A fin de cuentas, el hecho literario no se produce cuando alguien escribe un texto, sino cuando alguien ha escrito un texto y otra persona lo lee. Es en el momento de la lectura cuando el texto cobra vida y concreción. Es decir, que tu libro se desarrolla en la mente del lector; por eso viene bien averiguar qué demonios pasa en esa mente.