martes, febrero 14

JMM (José María Moreno)


Creo, y no es un pensamiento original, que el núcleo básico de lo que somos, el armazón que sustenta nuestra personalidad, se forma durante los once o doce primeros años de vida. Construimos nuestra identidad sobre un niño y crecemos como una cebolla, formando capas que se superponen, pero el niño siempre está ahí. A veces, es cierto, tan oculto, tan asfixiado por la mordaza del adulto, que casi no se le percibe. En otras ocasiones, al niño se le ve con nitidez incluso en los tipos más añosos. El caso es que, lo percibamos o no, el niño está ahí.


Si hago memoria, no me resulta difícil encontrar en mi niñez las semillas de lo que luego, al crecer, conformaría mi personalidad. Por ejemplo, cuando yo tenía alrededor de siete años, mi hermano José Carlos me explicó lo que eran las estrellas y lo lejos que estaban, y aquello me produjo un asombro tan grande que aún me dura. Ahí está la raíz de mi interés por la ciencia, pues en la ciencia siempre he buscado lo mismo: asombro. Por otro lado, habiendo nacido en la casa de un escritor, rodeado de ficción por todas partes, no es sorprendente que fuera un niño soñador, con la cabeza siempre en las nubes, y tampoco es de extrañar que ese niño acabara convirtiéndose en el soñador profesional que ahora soy. Quizá a partir de cierto momento, puede que muy temprano, ya no añadimos nada nuevo a nuestra identidad, y todo lo que nos queda por hacer es desarrollar (o no) lo que ya tenemos.


Así pues, los acontecimientos de la infancia, por pequeños que sean, tienen una inmensa importancia en nuestras vidas. Al principio, todo ocurre en el seno de la familia. Si las cosas van bien, ahí encontramos refugio y sosiego; la familia es como una cálida matriz que nos mantiene protegidos y aislados del mundo. Pero luego aparecen otras influencias. Llega un momento en que comenzamos a apartarnos de la familia (protectora, sí, pero demasiado agobiante) y descubrimos a nuestros semejantes: los amigos. Y, de pronto, la amistad es mucho más importante que la propia familia. No hay amistades tan intensas como las de la infancia.



Cuando yo era pequeño y jovenzuelo –digamos que entre los 9 y los 19 años-, tenía muchos amigos, pero dos de ellos eran los principales, mis mejores amigos más grandes del mundo: Tito y José Mari, ambos compañeros de clase en el colegio San Alberto Magno. A Tito ya le conocéis; merodea por aquí bajo el alias “Samael” (no estoy desvelando su identidad, porque “Tito” es un hipocorístico) y de José Mari ya os he hablado; de hecho, transcribí algunas de sus poesías hace ya casi seis años (si queréis saber algo más sobre él leed la entrada “Routier” pinchando AQUÍ). Éramos muy diferentes: José Mari, tímido y reflexivo; Tito, abierto y expansivo; y yo... en fin, no sé muy bien cómo era yo entonces. En cualquier caso, éramos diferentes, sí, pero de algún extraño modo complementarios. Durante una década fuimos inseparables.


Luego, durante la pos-adolescencia, algo cambió. Tito y yo seguimos siendo amigos (siempre lo hemos sido); nos veíamos con frecuencia e incluso llegamos a trabajar juntos. Pero nos distanciamos de José Mari. ¿La razón? Tito y yo nos convertimos en un par de cabras-locas, dos balas perdidas siempre de juerga, mientras que José Mari, de naturaleza sensata y tranquila, se dedicó a tareas más elevadas. Nuestras sendas vitales divergieron, como tantas veces sucede con las amistades de la infancia. Comenzamos a reunirnos con menor frecuencia; luego, de pascuas a ramos y, finalmente, dejamos de vernos casi por completo.


No obstante, pese a la ausencia y la distancia, siempre he considerado a José Mari uno de mis mejores amigos. ¿Cuánto hay de él en mí? Mucho, igual que de Tito. Crecimos juntos, nos influimos los unos a los otros; dejamos huellas indelebles. Fue como si cada uno hubiera depositado trocitos de sí mismo en los demás. Charlas eternas durante tardes infinitas, el amor a los cómics (y muy especialmente a Tintín), los primeros pitillos, las primeras copas, las maquetas de Revell, los libros, el cine, largas sesiones de futbolín y ping pong, el Scalextric, garbanzos de pega, caramelos Saci, bolsas de pipas, paseos interminables sin rumbo fijo... todo eso, y mucho más, nos hermanaba. En algún momento fuimos algo así como una gestalt. José Mari & Tito & César.



Decidí distanciar este post, alejarlo un poco de la alegría del premio que gané recientemente. Tampoco quiero, por otro lado, convertir Babel en una especie de obituario; pero ¿qué le voy a hacer si la gente tiene la manía de morirse? Además, esto es especial. Especial y jodidamente doloroso.


El pasado 24 de enero, a mediodía, cuando estaba preparando el equipaje para viajar esa tarde a Barcelona con motivo del premio Edebé, sonó el teléfono. Era la mujer de José Mari. Me informó de que su marido había muerto el pasado 8 de julio. Un maldito cáncer de pulmón se lo había llevado por delante en pocos meses.


No voy a ponerme melodramático; me limitaré a decir una cosa: con la muerte de José Mari algo de mí ha muerto también. Supongo que así es la vida: nos vamos muriendo poco a poco, conforme muere lo que amamos.


Durante los últimos quince años, José Mari, Tito y yo sólo nos vimos dos veces. La primera fue a mediados de los 90. Cuando publiqué mi primer libro, José Mari me llamó y quedamos a comer. Trabajaba en la Biblioteca Nacional, y no puedo imaginar un trabajo más adecuado para él. Le invité a mi fiesta de cumpleaños. Vino con su mujer, a quien yo no conocía, y me regaló dos cosas. Un volumen encuadernado con 10 novelas de El Encapuchado, de G. L. Hipkiss, un pulp de los años 40 al que de niños éramos muy aficionados (todo un lujo de regalo para coleccionistas, por cierto). El segundo regalo era un diminuto opúsculo de 30 páginas, autoeditado, con seis sonetos suyos: 50 sonetos ciclistas. Me escribió a mano la siguiente dedicatoria: “Para César Mallorquí, como brindis por unos tiempos en que las bicis sólo existían en sueños, y la amistad rodaba a toda máquina. Con mucho, mucho cariño. José Mari”.


Hará cosa de año y medio, decidí telefonearle de nuevo. Tito y yo nos reunimos con él en su casa, para conocer a sus dos preciosos hijos. Luego cenamos juntos y quedamos en volver a reunirnos. No tuvimos la oportunidad. En esa ocasión, José Mari nos regaló otro libro autoeditado: Galería de bibliotecarios arrepentidos, una colección de semblanzas imaginarias escrita con una mezcla de humor y erudición. La dedicatoria decía: “Para César Mallorquí, este libro de pequeñas semblanzas. Y no en pago, sino en reconocimiento de una deuda: haberme regalado él –y sin haberlo yo sabido- una semblanza infantil tan emocionante. José Mari”. La semblanza a la que se refiere apareció aquí, en el post “Routier” antes citado.


Cuando José Mari supo que estaba enfermo y que iba a morir, quiso editar otro libro, el tercero y último, reuniendo sus poesías. Una edición de 500 ejemplares sólo para sus amigos. Se llama Libro de los oficios fallidos y está editado, como los otros dos, por la ficticia Biblioteca Bulbuentina (Bulbuente era el pueblo donde veraneaba José Mari). Mi viejo amigo nunca llegó a verlo terminado. Su mujer y algunos de sus amigos lo editaron tras su muerte. Pocos días antes de morir, ya ingresado en el hospital, José Mari escribió el prólogo. Comienza así: “Ahora que está, al parecer, definitivamente desaparecido, me toca otra vez presentar un nuevo librito de JMM”. Definitivamente desaparecido... genio y figura, humor e ironía, hasta la sepultura. Como es lógico, en el libro ya no hay dedicatoria; no obstante, poco antes de su muerte José Mari elaboró una lista de las personas a quienes quería que se le regalara un ejemplar. En esa lista estábamos Tito y yo. De hecho, nuestros ejemplares están personalizados. Al final del mío pone: “Ejemplar nº CLV para César Mallorquí”. Me produce una triste alegría, me enternece. que en sus últimos momentos nuestro viejo amigo se acordara de nosotros.


El Libro de los oficios fallidos es una antología de 90 páginas con 53 poesías. Voy a transcribiros la última, llamada “Colofón”. Está dedicada a sus hijos –una niña de 12 y un niño de 8, si mal no recuerdo- y no lo sé a ciencia cierta, pero me juego las pelotas a que está escrita cuando ya sabía que iba a morir. (Disculpad si los ojos se me humedecen mientras transcribo)


Colofón

Ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niña:
que nunca enluten penas
su clara risa.

*

Y, ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niño:
nunca sea su risa
campo baldío.

Me cuesta aceptar que José Mari se ha ido, pero el muy cabrón lo ha hecho, a su modo, con ironía, en silencio, sin un lamento ni un adiós. La mayor parte de vosotros no le conoció; os hubiera gustado conocerle. ¿Sabéis cuáles eran los personajes de cómic con los que más se identificaba? El Rompetechos de Ibáñez y el profesor Tornasol de Hergé. Eso le define. Fijaos en la ilustración de la portada del libro; la dibujó el propio José Mari. Es un hipopótamo enfadado porque no le traen el café que ha pedido. Eso también le define: una mezcla de inteligencia, discreción, ironía, erudición, timidez y dulzura con unos toques naif. Era un tipo irrepetible. ¿Sabéis?, nadie le vio nunca jamás enfadado. No sabía enfadarse.


Ahora, José Mari cree que ha muerto, pero no es del todo cierto. Él, Tito y yo éramos una gestalt, ¿recordáis?, así que José Mari seguirá viviendo en nosotros. Somos una gestalt herida, es verdad, pero aún estamos aquí. De hecho, mientras alguno de los que quedamos, Tito o yo, continúe vivo, la amistad entre los tres seguirá rodando a toda máquina.


Hasta siempre, José Mari, viejo y queridísimo amigo. Jamás te olvidaré.


miércoles, febrero 8

El rincón del odio: George Lucas


Hace mucho tiempo, allá por 1983, en una galaxia muy lejana, cuando yo estaba en el lado oscuro de la fuerza trabajando como publicitario, una de las cuentas que llevaba era la de General Mills, un fabricante de juguetes entre cuyos productos se contaba la línea de figuritas articuladas y maquetas de Star Wars. Por aquel entonces acababa de estrenarse (o estaba a punto) El retorno del jedi, así que la línea de juguetes Star Wars se hallaba en plena efervescencia y yo me pasaba el día adaptando spots yanquis al castellano.


Supongo que entonces debí darme cuenta. El retorno del jedi era sensiblemente peor que los dos títulos anteriores, los ewoks eran repelentes (burdas copias de unos bichos que aparecían en la portada de una novela de H. Beam Piper) y tanta figurita, tanta espada láser de plasticurro, tanto merchandising en definitiva, era signo inequívoco de que alguien, no quiero señalar, era un pesetero. Pero no quise darme cuenta; le debía tantas horas de felicidad a George Lucas que preferí mirar para otro lado.


Veréis, creo que American Grafitti es una magnífica película sobre la enorme pérdida, la inmensa tristeza, que se produce con el paso de la adolescencia a la madurez. Es una comedia, sí, pero rebosa dulce melancolía. Luego llegaron La guerra de las galaxias y El imperio contraataca, puro pulp de los años treinta con muchas dosis de humor y toneladas de diversión. E Indiana Jones, por supuesto; jamás me he divertido tanto en el cine como viendo En busca del arca perdida, y también me lo pasé bomba con El templo maldito y La última cruzada.


Esto en su haber, y es un haber muy notable. El caso es que, entre el 89 y el 99, hubo un impasse durante el cual Lucas se limitó a producir unas cuantas chorradas sin trascendencia (Willow, El pato Howard...) y todos nos quedamos expectantes durante una década. Esperábamos como agua de mayo la anunciada segunda trilogía de Star Wars (o la primera, según la liosa cronología de la serie), aunque teníamos ciertas dudas, porque El retorno del jedi había sido... en fin, bastante decepcionante.


Supongo que sabréis que Lucas no se hizo recontramillonario por sus películas, sino gracias al merchandising derivado de ellas. Figuritas, viedeojuegos, maquetas, novelas, cómics, juguetes... ¿Quiénes son los principales destinatarios de esta clase de productos? Los niños. Pues bien, La guerra de las galaxias era una historia infantil recubierta de humor, espectacularidad y amable ironía para satisfacer al espectador adulto. El imperio contraataca, por su parte, era una historia más oscura y violenta. ¿Quizá demasiado para las virginales mentes infantiles? Eso debió de pensar Lucas, así que en El retorno del jedi redujo la oscuridad y la violencia, e introdujo a los ewoks, esos extraterrestres con pinta de ositos de peluche, tan tiernos, tan monos y tan estomagantes. Pero la pasta es la pasta, y los principales clientes de Lucas eran los niños, así que vamos a infantilizarlo todo bien infantilizado. Eso nos debería haber alertado.


Y por fin llegó la tan esperada segunda/primera trilogía. ¿Qué decir de La amenaza fantasma? Que quizá sea la película más equivocada de la historia del cine. Todo es narrativamente erróneo en esa sandez, todo está infantilizado al máximo, pero lo peor es que, aparte de ridícula, es una película aburridísima. Del segundo episodio, El ataque de los clones, no recuerdo casi nada, salvo que las famosas “guerras clon” que se mencionaban en la película original acababan siendo algo parecido a una algarada entre los hooligans de dos equipos rivales. En cuanto al tercer episodio, La Venganza de los Sith, vale, es el mejor de los tres. La película es menos infantil que las anteriores, mucho más oscura, y dramáticamente funciona mejor. Pero dista mucho de alcanzar las cotas de las dos películas iniciales (me refiero a las dos primeras en producirse, las protagonizadas por Hamill y Ford; la cronología de esta franquicia es un coñazo).


Sospecho que cuando comenzó la producción y realización de la nueva trilogía, Lucas oscilaba entre dos posturas distintas. Por un lado, parecía tomarse su producto, y la mitología que lo rodeaba, demasiado enserio. Eso provocó que las tres nuevas películas, técnicamente perfectas, resultaran demasiado rígidas y envaradas, muy lejos de la frescura de los dos films iniciales. Por otro lado, en cada plano de cada film se nota la avidez con que Lucas se las ingeniaba para exprimirle toda la pasta posible al asunto. Jar Jar Binks, ese personaje supuestamente humorístico –y en realidad irritante-, está ahí para contentar a los niños y vender muchas figuritas articuladas. Esa carrerita copiada de Ben Hur servirá para el videojuego. Y todo así. Una pena.


¿Y qué pasó después? Que tras años de darle vueltas, después de mucho marear la perdiz, Lucas se decidió al fin a producir la tan esperada cuarta película de Indiana Jones. Mal rayo le parta. Los quince o veinte primeros minutos de El reino de la calavera de cristal son Indiana Jones en estado puro; una gozada. El resto es como una mala copia de Indiana Jones. Joder, según Lucas, tardó tanto en continuar la serie porque no encontraba el guión adecuado... Y, cuando lo encuentra, ¿es eso? Por favor, cualquier cómic de la franquicia tiene mejor guión que esa bobada. Lamentable.


Vale, Lucas ha perdido el tino artístico (que no el comercial). No es el primer creador al que le sucede y, desde luego, no es razón para odiarle, sino para lamentarlo. Pero es que este hombre se ha convertido en una piraña, en un avida dollars, según el anagrama que André Breton le dedicó a Dalí.


Veamos. Justo antes de producir la segunda trilogía de Star Wars (que luego será la primera, ya sabéis), Lucas re-estrenó la trilogía inicial (sí, sí, en realidad la segunda) añadiéndole algún metraje extra y unos efectos digitales que no hacían la menor falta. Pero de ese modo conseguía atrapar a las nuevas generaciones y prepararlas para todo el marketing que les iba a caer encima. Después estrena la nueva trilogía, con todas las figuritas y merchandising que eso conlleva. Luego, una serie de dibujos animados, que primero aparece en cine y luego se traslada a TV. Hay que mantener vivo el sector juguetero. Y ahora, ese maldito pesetero va y re-estrena las dos trilogías de Star Wars en 3D. ¡Hala, venga, más pasta para la buchaca! ¿Pero es que es insaciable? Ah, y por lo visto está considerando producir una quinta película de Indiana Jones, con Harrison Ford. ¿Indiana Jones y la próstata perdida? La persecución en sillas de ruedas será memorable.


Así que por ser tan pesetero, por preocuparse más del merchandising que de la calidad de sus films, por manosear hasta el aburrimiento a unos personajes entrañables, por tener sólo un par de ideas y exprimirlas hasta la saciedad, por haber perdido el sentido del humor y, en definitiva, por haberse convertido en un codicioso pelmazo, declaro culpable a George Lucas. En reconocimiento a sus primeros méritos, la sentencia será leve: se le condena a escribir cien mil veces en la pizarra “Han Solo disparó primero” (reconozco que hay que ser muy friki para entender esto último; el primero que desvele el misterio ganará un valioso premio inmaterial).


Ah, por cierto; he leído hace poco que Lucas ha anunciado que dejará el cine comercial y se dedicará a producir y dirigir films experimentales... Anda y que te den, Jorgito.

lunes, enero 30

And the winner is... ¡La isla de Bowen!


Quienes seguís este blog sabéis que no suelo utilizarlo para darme autobombo, pero ésta es una ocasión especial. He ganado la vigésima edición del Premio Edebé de Literatura Juvenil con mi novela La isla de Bowen. ¡Bravo, hurra por mí! Vale, sí, es la cuarta vez que lo gano, pero la última fue hace diez años y, qué queréis que os diga, me encanta ganar premios.


Regresé ayer mismo de Barcelona y todavía estoy un poco mareado de tanto ajetreo. El martes 24 fui en AVE a mi ciudad natal y, tras pasar por el hotel, cené con Susana Vallejo, ganadora de la anterior edición, excelente escritora y aún mejor persona. El miércoles dediqué todo el día a entrevistas y filmaciones, de acá para allá, junto con el premiado en la modalidad infantil, Fernando Lalana, que por cierto es un tío la mar de majo. Por la noche me fui a cenar con mi mujer y un amigo, para celebrar el premio. Acabamos a las tantas. Yo estaba hecho polvo, que uno está mu mayor y ha tenido mu mal rodaje. El jueves por la mañana, Fernando y yo fuimos a la editorial para firmar los contratos, charlar un rato con el personal de Edebé y comer con el director general y la directora editorial. Por la tarde, la ceremonia de entrega. Estuvo muy bien, fue todo de maravilla, un acto divertido y brillante, pero... agotador y mareante. Te saludan y felicitan decenas de personas y a todas tienes que atenderlas con una sonrisa. Aunque no las conozcas. O, lo que es peor, aunque deberías conocerlas, pero no te acuerdas ni remotamente de quiénes son. Con todo, fue muy agradable, aunque cansado.


Por ser la edición número veinte de los premios, la editorial reunió a (casi) todos los premiados de ediciones anteriores y, poco antes de empezar la ceremonia, nos hicieron una foto de grupo, que es la que preside este post. Allí me reencontré con viejos amigos y conocidos a quienes no veía desde hace tiempo. El calvorotas del fondo soy yo.


Hablando de la novela ganadora, La isla de Bowen es esa historia “al estilo Verne” que estaba escribiendo y de la que os hablé en alguna ocasión. Veréis, escribí La isla de Bowen para mí; era un regalo que me hacía a mí mismo. La escribí sin pensar en nada ni en nadie, sin tener en cuenta las modas, sin plantearme la edad de los lectores, sin ponerme más cortapisas que mi propio criterio. ¿Qué pienso sobre el resultado final? Bueno, poco importa la opinión de un autor sobre su propia obra, ¿verdad? Por un lado adoro la novela, por otro la odio (la he releído demasiadas veces mientras la corregía). ¿Responde a mis expectativas? Pues... creo que sí, pero me falta perspectiva.


No obstante, ha ocurrido algo que me resulta muy gratificante. Como es natural, cuando ganas un premio todo el mundo alaba tu novela, pero nunca he recibido tantas y tan entusiastas alabanzas como en esta ocasión. El fallo fue unánime. Un par de miembros del jurado le pidieron a la editorial mi dirección de e-mail y me escribieron felicitándome (algo, por lo visto, inaudito). Durante la ceremonia de entrega, varios jurados se acercaron a mí para darme las gracias por el buen rato que les había hecho pasar. En la editorial están entusiasmados con la novela. Lo cierto es que todos lo que la han leído hablan muy bien de ella. Así que cabe la posibilidad de que La isla de Bowen no esté del todo mal...


En cualquier caso, os garantizo que, en cierto modo, La isla de Bowen es la novela menos juvenil que he escrito. No porque no pueda disfrutarla un adolescente (claro que puede), sino porque está escrita para un cincuentón que adora la novela de aventuras clásica y, en especial, a Julio Verne (aunque también a Wells, y a Hergé, y a Conan Doyle, y a Stevenson...). La isla de Bowen es un destilado de todos los relatos de aventuras que leí durante mi juventud. Y también es la primera novela de ciencia ficción que he escrito en mucho tiempo. Aunque, eso sí, ciencia ficción arcaica; la clase de ciencia ficción que podría haberse escrito a principios del siglo pasado. Eso es parte de su gracia. La novela, ambientada en 1920, está dividida en dos partes: la primera es aventura clásica en estado puro; y en la segunda comienzan a aparecer los elementos de ciencia ficción, pero siempre en el marco del género de aventuras...


Bueno, ya hablaré en otra entrada sobre este tema: mi particular teoría sobre el género de aventuras. Ahora sólo quiero compartir con vosotros la alegría por el premio obtenido. Más abajo, en letra pequeña, os adjunto el discursete que pronuncié durante la ceremonia de entrega de galardones. Dije más cosas, pero eso es lo que llevaba escrito.


Hola, buenas tardes.
Cuando uno recibe algo, lo primero que hay que hacer es dar las gracias. Así que gracias en primer lugar a los miembros del jurado por haber elegido mi novela. Espero que no se hayan equivocado demasiado. Gracias también a la editorial EDEBÉ, no sólo por convocar estos galardones, sino por la difícil tarea de mantener viva la llama de la cultura y la literatura en estos tiempos oscuros. Gracias por último al escritor francés Julio Verne, porque él fue la principal fuente de inspiración de mi novela.
Este acto que hoy celebramos es muy especial. No sólo porque se trata de la vigésima edición del Premio Edebé, sino también, y sobre todo, porque probablemente será la última. Eso, por supuesto, en el caso de que los mayas tengan razón y este año llegue el fin del mundo. Así que, aprovechando que el Apocalipsis se acerca, me gustaría dedicarle este premio y mi novela a cuatro personas muy especiales para mí. Tres de ellas se encuentran aquí, con nosotros, y la cuarta no está muy lejos.
En primer lugar, se lo dedico a Pepa, mi mujer, porque sin ella jamás habría escrito nada. Pepa es esa mujer maravillosa que está al lado de un chico muy alto.
En segundo lugar, se lo dedico al chico muy alto que está junto a mi mujer. Es mi hijo Pablo.
En tercer lugar... Veréis, yo nací aquí, en Barcelona, hace tanto tiempo que no sé si por entonces aún se llamaba Barcino. El caso es que mi familia se trasladó a Madrid cuando yo sólo tenía un año de edad, y en esa ciudad he vivido siempre. Sin embargo, son muchos los lazos que me unen a Barcelona, y el mayor de ellos, el más intenso, son mis padrinos, el matrimonio formado por José María Gispert y María Luisa Lafuente.
José María es un galán maduro que está por ahí, acompañado por su encantadora hija Mireia, y este premio también está dedicado a él.
En cuanto a María Luisa... Cuando yo era pequeño y jugaba a escribir, mi madrina me decía: “tú serás escritor”. Luego, cuando yo estudiaba Ciencias de la Información, ella seguía diciendo: “tú serás escritor”. Mucho después, cuando durante más de veinte años me dediqué al periodismo y la publicidad, María Luisa insistía: “tú será escritor”. Y finalmente, cuando le regalé mi primer libro publicado, María Luisa me dedicó una sonrisa socarrona y tuvo la delicadeza de no decirme: “ya te lo dije”.
María Luisa no ha podido estar hoy aquí, con nosotros. Padece la enfermedad del olvido. No obstante, por adivinar tan claramente mi futuro, por ser tan dulce, generosa, inteligente y buena, este premio está especialmente dedicado a María Luisa Lafuente, ahijada de mi padre y, a su vez, mi querida madrina.
Muchas gracias a todos por estar aquí.


miércoles, enero 18

Miedo


Hace tiempo, leí una entrevista a Konrad Lorenz en la que el famoso etólogo afirmaba que el estado anímico habitual de los mamíferos en la naturaleza es el miedo. Básicamente, miedo a no poder comer o miedo a ser comidos. Es decir que todo ser viviente dotado de un sistema nervioso medianamente sofisticado padece un permanente estrés; algo lógico, teniendo en cuenta que el estrés es un mecanismo de supervivencia.


Veamos un ejemplo: los perros. ¿Por qué un perro ataca a un ser humano? Puede haber muchos motivos, pero básicamente son dos: que el perro esté entrenado para atacar o, lo que es mucho más frecuente, que el perro tenga miedo. Supongo que todos habéis oído decir que los perros “huelen el miedo”, y es literalmente cierto. Tanto humanos como perros (y otros muchos bichos) emitimos feromonas, unas sustancias químicas que transmiten información sobre nuestro estado anímico. Si estamos tristes, o excitados sexualmente, o cabreados, o contentos, o asustados, nuestras feromonas se lo chivan a cualquiera que pueda olerlas. El problema es que nuestro sentido del olfato es una caquita, así que los humanos ni nos enteramos (al menos conscientemente) del fascinante mundo olfativo que nos rodea.


En el caso de los perros la cosa es muy distinta, porque ya sabéis el buen olfato que tienen los muy cabrones. Los humanos contamos, de media, con 5 millones de receptores olfativos, mientras que los perros poseen alrededor de 200 millones. Vamos, que los perros dependen de las napias lo mismo que nosotros de los ojos. Supongo que todos os habéis fijado en que cuando dos perros se encuentran, lo primero que hacen es olerse el culo mutuamente. ¿Es que son unos guarros? ¿O de naturaleza sodomita? No.


Los humanos emitimos feromonas sobre todo a través de la sudoración, pero los perros no sudan y su principal fuente de feromonas es el ano. Así que dos perros oliéndose el culo es el equivalente a dos humanos estrechándose las manos en señal de buena voluntad. Es más, ¿por qué cuando un perro está contento mueve el rabo? Porque sus feromonas están diciendo: “me siento guay, tengo ganas de lamerte, y de que me rasques detrás de las orejas, y de que me tires un palo para que vaya a buscarlo”, así que, como el perro quiere que te enteres, mueve el rabo de un lado a otro, esparciendo sus juguetonas feromonas por el aire. Por el contrario, cuando un perro es agresivo o tiene miedo (luego veremos que es lo mismo), lo que hace es meter el rabo entre las patas y dejarlo quieto. Es decir: tapa el ano para que no puedas oler sus feromonas.


Todos sabemos cómo son los perros; pero puede que algunos tengamos una idea un tanto equivocada acerca de ellos, porque estamos acostumbrados a tratar con perros mascota, animales de compañía que son alimentados y cuidados por sus amos. Es decir, perros que nunca se hacen adultos del todo, perros que viven en un permanente estado de “cachorrez”. Por eso, su comportamiento es sutilmente distinto al de los perros que viven libres en la naturaleza. Por ejemplo, los perros asilvestrados tienden a unirse formando jaurías, porque ésa es su forma natural de cazar (heredada de los lobos). Por otro lado, son animales muy territoriales; marcan su zona de caza delimitándola con señales olfativas: su orina esparcida aquí y allá. Ese comportamiento también lo vemos en los perros urbanos. Cuando los sacas a pasear no hacen todo el pis de una vez, sino que van orinando poco a poco en distintos lugares para marcar su territorio de caza, olvidándose, los muy capullos, de que no han cazado en su puñetera vida.


Bien, en estado natural un perro (como casi todos los mamíferos terrestres) jamás atacará a un ser humano, salvo en los siguientes supuestos: 1. Que forme parte de un grupo extraordinariamente hambriento. Es decir, que el miedo a morir de hambre supere al miedo a morir de un balazo. 2. Que penetres en su territorio. Él ha dejado señales olfativas de que no debes pasar (no sabe que tienes menos olfato que un tocho de madera), así que si las ignoras debe de ser con fines agresivos, lo cual le asusta. 3. Que le acorrales o agredas. Y aquí debemos entender los términos “acorralar” y “agredir” desde un punto de vista canino; si, sin darte cuenta, te sitúas de tal forma que interceptes sus vías de huída, el perro se sentirá acorralado, y si haces un gesto demasiado brusco el perro puede interpretarlo como una agresión. 4. Que tengas miedo. En efecto, si, como le ocurre a mucha gente, sientes un temor irracional (o racional, da lo mismo) hacia los perros, cuando veas uno comenzarás a emitir feromonas de miedo y el perro lo detectará. Y, para un perro, el miedo del contrario es sinónimo de una posible agresión y, por tanto, un motivo para atacar él a su vez.


En resumen, todas las razones por las que un perro (no entrenado) ataca a un humano están relacionadas con el miedo. Y no deja de tener su lógica, porque el miedo también es un mecanismo natural de supervivencia. ¿Sabéis algunas cosas que pasan cuando nos entra el canguelo? Se excita la amígdala del hipotálamo, que es donde reside el centro neurológico de la agresividad. Las suprarrenales comienzan a verter al flujo sanguíneo generosas dosis de adrenalina, un poderoso estimulante natural que te ayudará a huir o a luchar. Se incrementa la producción de testosterona, que aumentará tu fuerza y rapidez (para correr o pelear), y subirá también la corticotropina, que te ayudará a controlar el estrés. Como puede verse, la respuesta orgánica al miedo se traduce en un incremento de la agresividad y regula tu cuerpo preparándolo (mediante hormonales espinacas de Popeye) para huir o para luchar.


Huelga decir que la respuesta más usual (y más sabia) ante el miedo es la huída (y eso vale tanto para perros como para humanos). No obstante, ¿qué pasa cuando, por las razones que sean, no hay posibilidad de huída, cuando se está acorralado? Pues que la única opción que queda es el conflicto, una furia descontrolada que tiene más de reptil que de humana. Una vez, durante la dictadura, yo estaba en un bar cuando, de pronto, se desató una algarada en la calle. Al poco, entraron un par de antidisturbios en el local para desalojarlo; uno de ellos era un tipo jovencito, muy alto, tanto como yo, pero con casco, porra, escudo y una pistola al cinto. Recuerdo su cara; estaba aterrorizado, tenía más miedo que los manifestantes. Y eso me acojonó, porque alguien poseído por el pánico puede hacer cualquier cosa y sin ningún motivo.


El miedo, igual que el estrés, es un mecanismo de defensa, pero cuando se descontrola puede convertirse en algo extraordinariamente destructivo. Los humanos, igual que el resto de los mamíferos superiores, vivimos en un estado de permanente... no, de intermitente temor. Miedo a la enfermedad, a los accidentes, a que le suceda algo malo a nuestros seres queridos; miedo a perder el trabajo, o a no encontrarlo, miedo a la pobreza, al desarraigo, al desamparo, miedo a no conseguir lo que se desea o a perder lo que se tiene... Por lo general, ante esos miedos la sociedad da salidas y alivio para la mayor parte de la población (por eso somos gregarios); pero, ¿qué pasa cuando la sociedad no sólo no ayuda, sino que acorrala y agrede?


Últimamente, la atmósfera se está llenando de feromonas del miedo. No puedes olerlas, pero percibes ese temor en los ojos de la gente, en las noticias, en los comentarios de la Red, en las historias que te cuentan, en el estado de ánimo general. Quizá incluso en el espejo cuando te miras. Somos una sociedad progresivamente atemorizada. Y el miedo, ¿sabéis?, es un sentimiento primario que surge de las capas más profundas de nuestro proceso evolutivo, del sistema límbico, de ese lagarto violento e irracional que todos llevamos dentro y que toma el control cuando el neocórtex deja de servir para algo. Ese lagarto no actúa con racionalidad, sino con pura, brutal y ciega violencia.


Por eso me da miedo el miedo.

viernes, enero 13

Stand-by


Lo primero, feliz año, amigos míos. Lo segundo, mis disculpas por el retraso en actualizar el blog (tengo un post a medio escribir desde hace semanas). En mi casa, la fiesta de Reyes es muy sofisticada, así que estuve ocupado toda esa semana. Luego me cayó encima un achuchón de trabajo y después sobrevino un problema personal que me tiene con el coco en otro lado. Prometo que la semana que viene recuperaré el ritmo habitual de Babel.

Y, entre tanto, os sugiero que visitéis el blog de mi buen amigo Samael. Se llama LA TERTULIA PEREZOSA y podéis llegar a él pinchando AQUÍ. Samael es un excelente escritor de relatos cortos dotado de una personalidad a todas luces excéntrica (que es la forma políticamente correcta de denominar a la simple y llana chaladura). Su blog están nuevecito, recién estrenado; os recomiendo que no os lo perdáis.

sábado, diciembre 24

Cuento de Navidad: Todos los pequeños pecados


Son las 11:50 de la mañana del 24 de diciembre. Estoy en mi despacho, tecleando en el ordenador. De fondo escucho a mi familia yendo de acá para allá. El día es frío (11º), pero soleado. Y eso, los rayos de sol, activan un pequeño dispositivo que tengo fijado a la ventana. Lo compré en la tienda del Moma, en NY; es un pequeño motor que se activa con una plaquita fotoeléctrica y hace girar dos cristales tallados. Cuando la luz pasa a través de los cristales, se proyectan por mi despacho una infinidad de pequeños arco iris giratorios. Me encanta esa chorrada. Dentro de poco me levantaré para cocinar el relleno de los canelones que tomaremos en Navidad. Me salen de muerte y es lo que siempre comemos el 25 de diciembre (ciclos y ritos, ya sabéis). Luego saldré a hacer las últimas compras y pasaremos la tarde preparándolo todo para la cena de Nochebuena.



¿Me olvido de algo? No, claro que no. Aunque algún que otro merodeador impaciente comenzaba a dudar de ello, aquí tenéis mi habitual regalo de Navidad: un cuento navideño escrito expresamente para vosotros. Se llama Todos los pequeños pecados. Pero este año el relato tiene dos peculiaridades. En primer lugar, comencé a escribirlo hace casi quince años y lo dejé durante todo ese tiempo a medias. Es normal, tengo varios cuentos sin acabar. El caso es que, mientras buscaba argumentos para el cuento de este año, recordé ese relato y me di cuenta de que era muy fácil de adaptar a la Navidad. Terminé de escribirlo y aquí está.


En cuanto a la segunda peculiaridad... veréis, en el texto se describe un incidente que le sucedió durante la infancia al protagonista. Pues bien, ese incidente es real y me ocurrió a mí. El resto de la historia es ficción. Más o menos.


Amigas y amigos, os deseo toda la felicidad del mundo para esta noche, para mañana y para el resto de vuestras vidas. Espero que el relato de este año no os disguste demasiado.


Feliz Navidad. Felices fiestas.


Todos los pequeños pecados


César Mallorquí

Como venía ocurriendo desde hacía casi un mes, Enrique despertó en mitad de la noche y ya no pudo volver a conciliar el sueño.

Tumbado boca arriba sobre la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad, escuchó la cadenciosa respiración de Alicia, que dormía profundamente a su lado, y experimentó un acceso de rabia, como si el plácido sueño de su mujer fuera una afrenta, y a punto estuvo de despertarla, pero desechó el impulso con un suspiro y pensó en tomar una pastilla. Lo malo era que el químico sueño inducido por el Valium no solo carecía de la textura del descanso verdadero, sino que además le sumía, al despertar, en un desagradable estado de aturdimiento que solía prolongarse durante todo el día. No, nada de pastillas, decidió.

Harto de contemplar el vacío, se levantó de la cama, abandonó el dormitorio procurando no hacer ruido, preparó un vaso de cacao caliente en la cocina y se dirigió a la sala de estar para leer un poco, o para ver la tele, o para escuchar música, o para hacer cualquier cosa que pudiera relajarle, pero la familiar atmósfera del salón se le antojaba ahora tan fría y deprimente como la de un mausoleo, así que a eso de la cinco de la madrugada, abrumado por el silencio, se vistió, salió de la casa y comenzó a deambular sin rumbo fijo por las mudas y desiertas calles (...)

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viernes, diciembre 23

Llega la Navidad, suspende la incredulidad


Éstas son las navidades menos navideñas que recuerdo. Al menos en Madrid, no veo ambiente de fiesta por las calles; hay menos luces y adornos y la gente va de un lado a otro como triste, deprimida, sin pizca de humor. Por la crisis, claro, por las constantes malas noticias, por los cinco millones de dramas personales que hay en el país. Supongo que es natural que la gente no esté para muchas celebraciones.


¿O no?... Porque, a fin de cuentas, ¿la Navidad no existe precisamente para esta clase de situaciones? ¿No es ahora, con todo chungo a nuestro alrededor, cuando necesitamos grandes dosis de Navidad?


Tiene gracia, ¿no?; un ateazo como yo hablando así. Supongo que debería explicar cómo entiendo la Navidad, aunque ya lo he hecho otras veces. La Navidad son muchas cosas a la vez, todas sumadas por acumulación. Hay un relato explícito: el nacimiento de un profeta/dios. Ése es el último disfraz que ha adoptado esta fiesta y, por tópico, resulta escasamente motivador (salvo que seas creyente, claro). En cualquier caso, el relato explicito es un remake de otro relato más antiguo de índole simbólica: el ciclo solar. Ayer, día 22, fue el solsticio de invierno, el día más corto del año. El Sol murió (la oscuridad venció a la luz). A partir de ese momento y durante tres días, el Sol sale y se pone por los mismos lugares aparentes. El Sol permanece muerto. Y, al tercer día, el tiempo de luz comienza a crecer de nuevo. El Sol resucita. Eso celebraban nuestros antepasados antes de que la apisonadora del cristianismo les pasara por encima. Me gusta más ese relato antiguo, quizá porque el paganismo siempre me ha parecido más divertido que el monoteísmo. Supongo que el culto al Sol vinculado a los solsticios surgió en el neolítico, cuando por primera vez pudo medirse con precisión el año solar, así que estamos hablando de una fiesta condenadamente antigua.


Pero hay un significado previo a cualquier historia. La Navidad marca el final de un ciclo y la llegada del invierno, del frío y la oscuridad. Los celtas llamaban a este periodo la Estación del Sueño, porque todo se ralentiza, porque los rigores del clima hacen que nos volvamos hacia dentro, que nos cobijemos en el cálido útero del hogar. Es un momento de calma y serenidad. Los seres humanos somos muy sensibles a los ciclos; por eso celebramos nuestros cumpleaños, por eso conmemoramos tantas cosas. También somos proclives a los ritos, así que cuando queremos dar importancia a algo los ritualizamos. Hacemos las mismas cosas en los mismos momentos. La Navidad es cíclica y ritual, porque la necesitamos.


Y también es una enorme mentira. La Navidad es tan falsa como un abeto de plástico, como una estrella de papel maché, como la nieve de harina y los ríos de Albal. Jugamos a ser buenos, pero no lo somos; aparentamos querer a los demás cuando siguen cayéndonos gordos, simulamos una alegría que distamos mucho de sentir. Compramos, bebemos y comemos sin ninguna razón. Nada es auténtico.


Salvo una cosa: lo que sienten los niños, lo que sentíamos todos cuando lo éramos. Eso es verdadero. Y, ¿sabéis?, dicen que la patria de las personas es la infancia. Por eso, si queremos recuperar un jirón del paraíso, tenemos que volvernos niños, aunque sólo sea por un momento. Y para eso hace falta un poquito de inocencia.


La Navidad es como un cuento, como una historia fantástica, como una película de Frank Capra. Para disfrutar con la ficción hace falta algo que se llama “suspensión de la incredulidad”. Ese término, inventado por Coleridge, se refiere al pacto tácito que establecen el autor (o director de cine) y el lector (o espectador). El autor se compromete a contar mentiras de la forma más convincentemente posible y el lector, por su parte, deja momentáneamente aparcado el escepticismo. Este principio es de vital importancia sobre todo en la fantasía y la ciencia ficción, porque esos géneros tratan de cosas irreales.


Pues bien, así deberíamos aproximarnos a la Navidad: jugando a creernos lo imposible, suspendiendo por unos días la incredulidad. Todo es falso, de acuerdo; pero ¿acaso sería mejor tirarnos todo el tiempo de malhumor y con acidez de estómago; aunque, eso sí, lúcidos de cojones? Entremos en la Navidad con la misma disposición de ánimo con que nos ponemos a ver por enésima vez Qué bello es vivir. Es decir: dispuestos a tragarnos todas las mentiras del mundo por la sencilla razón de que son mentiras bonitas .


Ah sí, hay gente que se queja de que la Navidad les pone tristes. Ya, ¿y qué? Eso no es tristeza, sino melancolía; y, como en cierta ocasión expresó atinadamente mi buena amiga Conchita Balmaseda, la melancolía es la felicidad que extraemos de la tristeza. Recordar a los que se fueron, recordar lo que hemos perdido, recordar los tiempos que ya no volverán, también es bonito.


Felices fiestas, amigos míos. Que la Estación del Sueño os traiga paz y sosiego.