miércoles, mayo 20

¿Podemos?




            Hay al menos tres aspectos muy positivos en la aparición de Podemos. En primer lugar, sus críticas al actual estado de nuestra democracia y a la actuación de los partidos políticos “clásicos”. Son concretas, veraces y sitúan el foco de la atención pública en los problemas más acuciantes de la actual crisis socio-política. En segundo lugar, Podemos se está convirtiendo en una especie de contrapoder que obligará a la derecha a moderarse, y a la izquierda de siempre a reaccionar y salir de su letargo autocomplaciente. En tercer lugar, ha quebrado el monolítico bipartidismo cuyo único objetivo parecía ser perpetuarse en el reparto del poder. A esto último habría que añadir que (sin proponérselo) ha facilitado el crecimiento de Ciudadanos, acabando así con uno de los principales problemas de nuestro sistema político: la existencia de un único partido que monopolizaba todos los votos conservadores, de la extrema derecha al centro. Todo esto cuenta en su haber.

            Pero...

            He sido publicitario, un manipulador profesional; quizá por eso no soporto que intenten manipularme. Y, si revisáis la entrada anterior, os daréis cuenta de hasta qué punto Podemos pretende manipularnos. ¿Con fines bienintencionados? Quizá sí, pero el fin no justifica los medios, y a mí no me gusta tanto marketing político, tanto cálculo y tanto tacticismo. Hoy por hoy, lo que se desprende de Podemos es un desmedido afán por alcanzar el poder cuanto antes.

            Como hijo del 15-M, Podemos ha adoptado un sistema de toma de decisiones asambleario, los famosos “círculos”. Al respecto, quisiera decir dos cosas: Quizá un pueblo muy pequeño pueda gobernarse mediante asambleas, no lo sé; pero desde luego no una estructura tan compleja como un partido político, y mucho menos un país. Sencillamente, porque el sistema de asambleas es lento, confuso e inoperante.

            Además, no os podéis imaginar hasta qué punto es fácil manipular una asamblea. Yo fui a la universidad en los años 70, y en aquella época había asambleas constantemente. Durante la dictadura, el único partido clandestino bien organizado era el PC, así que las asambleas estaban sistemáticamente manejadas por estudiantes comunistas. Y bastaba con dos o tres de ellos para conducir como a un rebaño a una asamblea de doscientas o trescientas personas. ¿Manipulación bienintencionada? Sí, pero manipulación en cualquier caso.

            Por otro lado, la supuesta dinámica asamblearia de Podemos es una ficción. En realidad se trata de un partido muy centralizado que concentra todo el poder en una cúpula férrea y un líder todopoderoso, al estilo de los partidos comunistas tradicionales.

            La vinculación de Podemos con el chavismo venezolano. ¿Cierta o falsa? Para ver lo que opina Monedero de Chávez, basta con pinchar AQUÍ . O AQUÍ. O AQUÍ. Y si quieres saber lo que opina Pablo Iglesias, pincha AQUÍ. O AQUÍ. Si tenemos en cuenta estas opiniones de los fundadores del partido, no es extraño que el pasado mes de marzo Podemos se negara a votar en el Parlamento Europeo una resolución de condena a la persecución y represión de la oposición por parte del gobierno venezolano.

            Y luego tenemos esos 425.000 euros que Venezuela le pagó a Monedero por trabajos de asesoría. No me refiero al asunto de los impuestos, sino a las razones de ese pago. En teoría era un trabajo para estudiar la implantación de una moneda común y desarrollar la unidad financiera en Latinoamérica. Pero Monedero no es economista, sino politólogo... Es raro que le eligieran a él para ese trabajo. Además, ¿tanta pasta por la asesoría de una sola persona? Raro también. Y ese dinero, al parecer, no era para Monedero, sino para La Tuerka. En fin... ¿qué queréis que os diga? No me trago lo de la asesoría; creo que se trata de financiación encubierta.

            Pero da igual, eso no es lo importante. La cuestión es: ¿a qué se debe ese amor de los líderes de Podemos hacia el chavismo? ¿De verdad creen que la solución a los problemas de España consiste en implantar aquí un régimen similar al de Chávez? ¿O es que le bailaron el agua al gobierno venezolano para sacarle la pasta? Ambas opciones me provocan sudores fríos.

            Por otro lado está ese ambiguo viaje de Podemos hacia la socialdemocracia. Sencillamente, no me lo creo. Pablo Iglesias y gran parte de la cúpula dirigente de Podemos proceden de posiciones marxistas, y los marxistas desprecian la socialdemocracia. Esa reconversión hacia una ideología más moderada no es real. Es puro tacticismo.

            Todo esto sería suficiente para hacerme desconfiar de Podemos, pero hay algo más. ¿Recordáis la película de Peter Weir El club de los poetas muertos? La acción transcurre en un rígido y elitista colegio de Nueva Inglaterra, cuando llega a él un nuevo profesor de literatura, John Keating, interpretado por Robin Williams. Keating es un profesor diferente que no pretende que sus alumnos memoricen un montón de autores y obras, sino que aprendan a amar la literatura y la incorporen a sus vidas. En la que quizá sea la secuencia más famosa del film, Keating enseña a sus alumnos el sentido de la rebeldía haciéndoles ponerse de pie sobre los pupitres para que contemplen el mundo de forma distinta.

            Pues bien, en una de sus clases universitarias, Pablo Iglesias reprodujo  esa secuencia (podéis verlo pinchando AQUÍ). Vale, puede que sólo sea un anécdota; quizá lo único que pretendía Iglesias era exponer un razonamiento ilustrándolo con una película. Es posible, pero yo lo interpreto de otra forma. Creo que Iglesias estaba recreando una fantasía personal, creo que Iglesias se ve a sí mismo como un John Keating, uno de los más humanos y mejores profesores de la ficción cinematográfica, creo que Iglesias tiene una clara propensión al mesianismo. Y pocas cosas me dan más miedo que los mesías.

            En resumen, sé que Podemos intenta manipularnos; tengo la sensación de que Podemos oculta su auténtica ideología y sus verdaderos objetivos; creo que Podemos se disfraza; me consta que Podemos, en vez de dar respuestas sinceras sobre ciertos problemas internos, ha optado por actuar como la casta que tanto critica; sospecho que su líder carismático tiene ínfulas mesiánicas. Y todo ello me hace desconfiar de ellos.

            Esa desconfianza es la misma que siento hacia el resto de los partidos (miento: del PP desconfío mucho más). Sin embargo, se suponía que Podemos era distinto, una formación honesta, fresca e innovadora. Pero no es eso lo que veo. En fin, puede que cambien, puede que me equivoque, quizá en el futuro me demuestren que son dignos de confianza. Ya veremos.

            Para terminar, quizá os preguntéis qué demonios voy a votar en las elecciones del próximo domingo. Pues bien, aunque se supone que el voto es secreto, voy a desnudar mi alma electoral ante vosotros:

            En lo que respecta a la Comunidad, votaré a Ángel Gabilondo, candidato del PSOE.

            En cuanto a la alcaldía, votaré a Manuela Carmena, candidata de Ahora Madrid.

            (Me apresuro a recordaros que ni Gabilondo es miembro del PSOE, ni Carmena es miembro de Podemos).

jueves, mayo 7

¡Podemos!




            Un amable merodeador me pidió hace tiempo que diera mi opinión sobre Podemos, el partido de Pablo Iglesias. He tardado en responder porque aún no tenía nada claro el asunto; sigo ahora sin tenerlo del todo claro, pero sí lo suficiente para apuntar algunas ideas. Como Podemos es, además de otras cosas, un fenómeno mediático, de momento voy a usar mi experiencia de publicitario para tratarlo como si fuera una cuestión de marketing. Porque lo es: marketing político.

            Hace cuatro años se hizo evidente que, dentro del panorama político español, se había abierto un “nicho de mercado”. Es decir, que había un nutrido grupo de personas cuyas necesidades no estaban cubiertas por la oferta usual del mercado. En concreto: muchos votantes, descontentos con la situación política del país y desencantados de los partidos tradicionales, no tenían a quién confiar su voto.

            ¿Por qué hace cuatro años? Porque fue en mayo de 2011 cuando surgió el movimiento de protesta llamado 15-M, poniendo en evidencia que ciertas necesidades socio-políticas no estaban satisfechas para gran número de electores. En realidad, ese nicho de mercado existía desde hace mucho tiempo, antes incluso de la crisis, pues gran número de electores votaban a los partidos tradicionales porque no tenían otras alternativas viables, pero lo hacían casi siempre no a favor, sino a la contra, y tapándose la nariz al depositar su voto. Lo que pasa es que ese nicho, antes, no era lo suficientemente numeroso ni, sobre todo, activo. Al llegar la crisis, el nicho se amplió y se dinamizó, generando, como señal más perceptible, el 15-M.

            Pero el 15-M nunca ha sido un movimiento articulado, capaz de generar un oferta política por sí mismo, sino tan solo una señal de advertencia. Sin embargo, la naturaleza y el mercado odian el vacío, de modo que el vacío existente en la oferta política no ha tardado en ser llenado por dos organizaciones –éstas sí articuladas- de nuevo cuño. La primera en irrumpir fue Podemos, un nuevo partido liderado carismáticamente por el politólogo y polemista mediático Pablo Iglesias.

            De modo que Podemos es el nuevo producto. Y como todo producto que se lanza, lo primero que hizo fue ponerse a prueba en un mercado reducido (lo que en  mercadotecnia se llama “test market”): las elecciones europeas de 2014. El éxito fue contundente, generando unas expectativas de ventas extraordinarias. De modo que Podemos se está preparando para lanzarse al mercado nacional.

            Ahora bien, ¿qué clase de producto es Podemos? Su origen está en el partido Izquierda Anticapitalista, una escisión de Izquierda Unida propiciada por antiguos militantes de la Liga Comunista Revolucionaria. Más tarde, en enero de 2014, el movimiento se articuló en torno al manifiesto Mover ficha: convertir la indignación en cambio político, firmado por una treintena de intelectuales. Así pues, en su origen Podemos fue un partido neo-marxista radical.

            Al convertirse en partido, Podemos se basó en tres acciones: 1. Crítica frontal a la actuación de los partidos del establishment (PP y PSOE). 2. Encumbramiento de un líder mediático. 3. Una serie de propuestas populistas de imposible cumplimiento (como el impago de la deuda o la renta básica).

            Precisamente ese último punto, las propuestas populistas, se convirtió en uno de los primeros problemas de la formación, porque incurría en uno de los defectos más nocivos en que puede caer la publicidad: el overpromise. Es decir, prometer cosas que el producto no puede hacer, lo que a medio plazo deriva en una pérdida de credibilidad de la marca. Así que rápidamente Podemos se puso a rebajar el alcance de sus promesas, o más bien a situarlas en un terreno vago e indefinido. Pero había otro problema: su éxito en las europeas (unas elecciones que los votantes perciben como de segunda clase), y su posterior crecimiento en las encuestas, se debió al eco despertado entre todos los descontentos con la actual situación política (que eran y son muchos), y por eso su naturaleza radical no solo no era nociva, sino que resultaba atractiva para quienes deseaban protestar contra el sistema. Sin embargo, en lo que respecta a las elecciones locales y generales las cosas son distintas. Sencillamente, hoy por hoy un partido de extrema izquierda no puede conseguir el poder en España, porque no cuenta con el suficiente respaldo electoral. Puede alcanzar cierta cota de poder, puede convertirse en un partido bisagra, pero no ser la formación dominante.

            Ante ese problema de marketing, la cúpula dirigente de Podemos tomó dos decisiones: cambiar el producto y cambiar el discurso de venta. Para ello se basó en tres acciones estratégicas:

            1. Hasta ahora, el debate político se establecía en base a la dicotomía derechas-izquierdas. Podemos rompe esa dialéctica y crea una nueva: los que mandan (la “casta”) y el pueblo (cuya representación es Podemos). De ese modo, el partido se declara transversal y, por tanto, abierto a votantes de todo el espectro político. Así pues, su propuesta política no se basa en el progresismo frente al conservadurismo, sino en la honestidad y la regeneración frente a la desvergüenza y corrupción de la casta dirigente.

            En publicidad, se denomina “grupo objetivo” (target group) al conjunto de consumidores a quienes va dirigido determinado producto (por ejemplo, el grupo objetivo de Tampax son mujeres de entre, digamos, 14 y 40 años, urbanas, de clase media, etc.). Cada producto tiene su propio target group que jamás es el total de los consumidores (ningún producto es para todo el mundo). Para ampliar el target hay que cambiar el producto o cambiar la percepción que los consumidores tienen del producto. Podemos está haciendo ambas cosas.

            2. A finales del año pasado, cuando Podemos presentó el borrador de su proyecto económico, Pablo Iglesias declaró que su modelo eran las democracias nórdicas. Es decir, que Podemos se declara socialdemócrata.

            Eso significa que Iglesias no pretende en realidad ser absolutamente transversal (eso es imposible). Podemos está fagocitando los votos de Izquierda Unida (y sus cuadros) sin necesidad de atacar a esa formación (que ofrece una imagen anticuada e inoperante). Gran parte de su target vendrá también de los desencantados del PSOE. Pero para alcanzar el poder, necesita a los votantes de centro, que rechazan las propuestas radicales. Así que Podemos decide ofrecer un imagen más moderada, vinculándose a posiciones socialdemócratas (precisamente ese viaje al centro ha sido, supuestamente, el motivo de la dimisión de Monedero).

            En resumen, el target group que persigue Podemos es el que va de la izquierda al centro. Es decir, pretende desplazar al PSOE y ocupar su espacio, intentando conservar a los votantes más radicales arrebatados a Izquierda Unida.

            3. Es imposible confeccionar un programa político que satisfaga por igual a, por ejemplo, un marxista de Izquierda Unida y a un centrista ex-votante de UPyD. Es como intentar taparse con una manta corta: si te cubres los pies, destapas la cabeza, y si tapas la cabeza, destapas los pies. Dado que existen gran número de propuestas programáticas que generarían rechazo en una u otra parte de su posible target group, Podemos ha optado por la inconcreción. Más allá de las críticas al actual sistema político (que todos los desencantados, de un signo u otro, comparten), la formación de Iglesias no se define claramente en una serie de cuestiones fundamentales (estructura del estado, fiscalidad, ley electoral, relación con la Iglesia... incluso la mismísima ideología del partido). Los líderes de Podemos hablan de ello con generalidades, pero sin concretar los medios ni los objetivos finales. Para no molestar a nadie. A fin de cuentas, ésa es una de las máximas de la publicidad: hay que persuadir, y jamás ofender.

            La campaña de comunicación de Podemos ha sido excelente (no olvidemos que el partido se fraguó al principio en un plató televisivo, el de La Tuerka). Por un lado, ha utilizado los medios tradicionales multiplicando hasta la extenuación le presencia de Pablo Iglesias en toda suerte de programas de debate. El líder de Podemos es un excelente comunicador y un hábil polemista; gran parte del éxito de su formación se debe a él. Por otro lado, el partido ha utilizado de forma magistral los medios digitales, lo que le ha permitido realizar campañas muy efectivas a muy bajo coste.

            En realidad, la estrategia de comunicación de Podemos no es original. Está calcada de la de la primera campaña a las presidenciales de Barak Obama. De hecho, esa copia afecta incluso al nombre del partido: Podemos-Yes we can. Pero eso no importa; una de las características del marketing es utilizar estrategias que ya han demostrado su eficacia. Y Podemos las ha puesto en práctica magníficamente.

            Sin embargo, últimamente el avasallador empuje inicial de Podemos parece estar perdiendo fuelle, incluso retrocediendo. Paradójicamente, las causas de esto proceden de las mismas acciones de marketing que provocaron su éxito inicial.

            En primer lugar, hay que tener en cuenta que el fulgurante crecimiento de Podemos no se debió tanto a las habilidades de sus líderes como a la existencia de una amplio nicho de mercado vacío. (Ejemplo: En una ciudad sin panaderías, cuyos habitantes quieran pan, la primera tahona que abra se forrará). Podemos, al principio, ocupó gran parte de ese nicho, y pretende ocuparlo todo, pero es imposible. Una de las leyes básicas de la publicidad es que nunca hay que transmitir mensajes que vayan en contra de los hábitos y costumbres de los consumidores. Lo cual se traduce en lo siguiente:

            Podemos intentó, e intenta, romper el discurso izquierdas vs. derechas y sustituirlo por pueblo vs. casta. Pero los consumidores/votantes siguen percibiendo la política en términos de progresismo y conservadurismo. Y mayoritariamente, sean simpatizantes de Podemos o no, lo perciben como situado muy a la izquierda.

            Por tanto, de forma natural Podemos sólo podía apoderarse de una parte del nicho, la correspondiente al centro-izquierda. De modo que seguía habiendo un nicho vacío, el situado a la derecha, y ese nicho lo está llenando otra formación emergente: Ciudadanos. Ambos partidos compiten ahora, no sólo contra PP y PSOE, sino también entre sí para conseguir el apoyo de los votantes de centro.

            En segundo lugar, la inconcreción programática de Podemos, cuyo objetivo es no inquietar al electorado de centro, comienza a ser contemplada con suspicacia. Su target group situado más a la izquierda (es decir, su clientela natural), tiene la sensación de que el partido se está descafeinando. Y su posible target group centrista sospecha que Podemos oculta algo. En realidad, la formación de Pablo Iglesias, que tan hábil ha sido hasta ahora en la comunicación, se está equivocando en este aspecto. En publicidad, los mensajes han de ser claros y concretos. Los mensajes difusos no calan en el consumidor.

            Por último, Podemos se lanzó como un producto fresco, natural e innovador. Ese sería su brand character (personalidad de marca). Sin embargo, su cada vez más evidente tacticismo, así como las grietas en su estructura (luchas internas, disensiones entre la cúpula y las bases, escándalos de algunos de sus líderes, vinculación a países extranjeros...), enturbian su imagen y generan dudas sobre la eficacia del producto.

            Y eso es casi todo, amigos míos. En este post he intentado analizar a Podemos teniendo en cuenta exclusivamente su estrategia de comunicación. En la próxima entrada daré mi opinión personal sobre ese partido.

jueves, abril 23

50 sombras de César



            He observado que, en ciertos blogs, sus gestores dedican alguna entrada a contar un número X de cosas sobre sí mismos. ¿Y eso a quién le importa?, me preguntaba yo. Sin embargo, hoy (o mañana) pensaba escribir una entrada sobre Podemos; pero es un asunto complejo que me iba a llevar bastante tiempo y tengo otras cosas que hacer. Así que, para pasar un rato con vosotros, he decidido contaros 50 cosas sobre mí que quizá no conocíais, y que sin duda no tenéis la menor necesidad ni interés en conocer. Pero a lo mejor sois unos cotillas (yo lo soy), así que ahí van mis tontas confesiones:

             1. Los escritores rusos me deprimen.

             2. Me encantan los sandwiches de jamón y queso.

             3. Si dejo caer un brazo por el borde de la cama me entra muy mal rollo (de pequeño pensaba que había alguien debajo y me iba a agarrar la mano).

             4. Tengo un olfato espléndido. Soy un poco sabueso.

             5. No tengo paciencia para.... en fin, para casi nada, salvo para escribir.

             6. Me gustan los niños; aunque ahora, después de haber tenido hijos, bastante menos que antes.

             7. Me gustan los perros; sobre todo los mastines y los setter.

             8. Me da grima tocar pescado con escamas.

             9. No soporto el ballet clásico, pero sí el contemporáneo.

            10. El color que más me gusta es el violeta.

            11. Y el que menos, el color salmón (¡puag!)

            12. Cuando me siento en el trono del señor Roca tengo que leer algo.

            13. Me gusta la música celta.

            14. No me gusta el vino.

            15. Mascar chicle me pone de los nervios. Y verlo mascar también.

            16. Mis pintores españoles favoritos son Goya, Picasso y Juan Gris.

            17. No me gusta nada comer con los dedos.

            18. Adoro los helados, pero sin tropezones.

            19. En realidad, adoro la leche y todos los derivados lácteos.

            20. Mis quesos favoritos son el manchego, el parmesano y el emmental.

            21. Sólo me he pegado a puñetazos una vez en mi vida. Tenía quince años y estaba en el colegio. Gané yo, por si os lo estabais preguntando.

            22. Me encanta el ajedrez, pero soy un infame jugador.

            23. El juego que mejor se me da es el reversi (u Othello), y pese a ello soy un jugador mediocre...

            24. Me gustan las bebidas muy frías. Todas las noches, cuando me acuesto, dejo en la mesilla un vaso de agua helada con cantidad de cubitos de hielo (sea verano o invierno).

            25.Tengo los brazos más largos de lo que correspondería a mis proporciones. En fin, no voy rozando el suelo con los nudillos mientras camino, pero tengo un piazo brazos. (Ahora que lo pienso, quizá por eso gané mi única pelea a puñetazos).

            26. No puedo tener las manos quietas. Cuando estoy viendo la tele, o en el cine, tengo que estar doblando papelitos o jugueteando con cualquier cosa.

            27. Me gusta el boxeo, pero no me permito verlo. Es una salvajada.

            28. Soy tintinófilo.

            29. La estación del año que más me gusta es el otoño.

            30. No aguanto que me dé demasiado el sol. Prefiero los baños de sombra.

            31. Me encantaría saber tocar el violín, pero soy un negado para la música.

            32. Si pudiese comenzar de nuevo, sería escritor de viajes.

            33. No soporto a la gente vanidosa.

            34. En realidad me llamo César Enrique, pero me horroriza ese nombre compuesto (con lo guay que es simplemente “César”...).

            35. No tiro nada. Soy una hurraca.

            36. Detesto todo lo relacionado con la tauromaquia. No solo me parece una horterada, sino que además me revuelve las tripas.

            37. Me gusta más el norte que el sur, las brumas del Atlántico que el sol del Mediterráneo (y eso que nací en sus costas).

            38. Soy muy poco aficionado a la poesía. Los escasos poetas que me gustan son los más narrativos. Antonio Machado, por ejemplo.

            39. De jovencito era muy tímido. Aún lo soy en ciertos aspectos (pero en otros –la mayoría- parezco justo lo contrario).

            40. En general, no me gusta la clase social a la que pertenezco. Aunque, bien pensado, creo que no me gusta ninguna clase social...

            41. En lo más profundo de mí mismo, me considero anarquista. Pero sé que ésa es una aspiración imposible.

            42. Llevo utilizando prácticamente desde que nací la misma colonia: 1916, de Myrurgia.

            43. Mi desayuno favorito consta de cruasanes y pan tostado con mantequilla y mermelada de melocotón. Pero habitualmente sólo me tomo un café con leche.

            44. No soporto que me den la lata. Puedo ser muy brusco con los pesados.

            45. Soy ciclotímico. Ahora estoy arriba, ahora estoy abajo. A veces, ambas cosas a la vez.

            46. Me jode que me cuenten los argumentos de películas o libros. ¿A quién le importa sólo el argumento? De hecho, jamás cuento las tramas de mis libros.

            47. Detesto a la gente que usa la debilidad como herramienta para conseguir sus fines.

            48. Pero aún detesto más a los prepotentes y los abusones.

            49. Escucho muy poquita música. Y jamás trabajando.

            50. En general, tengo un carácter... digamos que complicado.

jueves, abril 16

Pepa



            Pocas veces he hablado aquí de María José, mi mujer, más conocida en la familia como Pepa. Y no porque yo no quiera, sino porque ella no quiere. Dice, más o menos, que si yo no tengo pudor en mostrar en público mis intimidades, le parece muy bien, pero que no la meta a ella en esos turbios asuntos. Y tiene razón, así que hasta ahora me he limitado a mencionarla ocasionalmente. Pero hoy, mira por dónde, le voy a dedicar esta entrada. Con discreción, claro, que si no me la cargo.

            Pepa es una donostiarra nacida en La Coruña (igual que yo soy un madrileño nacido en Barcelona). Es decir, que nació en Galicia pero, siendo un bebé, su familia se trasladó a San Sebastián, donde pasó su infancia y primera juventud. Luego, en los 70, vino a Madrid para acabar la carrera, y aquí se quedó. Comenzó su vida profesional vendiendo seguros (si puedes vender un seguro de vida, puedes vender cualquier cosa), pero rápidamente pasó al mundo del marketing, y de ahí al sector publicitario. Y eso es ahora, una reputada y excelente directiva publicitaria.

            Además, es una mujer inteligente, culta, con fuerte personalidad, gran sentido del humor y un irresistible encanto personal. Encima, es guapísima, elegante y sexy. Pero sobre todo, posee la rara virtud de soportarme a mí; que no es fácil, amigos míos, nada fácil.

            Aparte de todo eso es una luchadora por la igualdad de derechos y oportunidades de la mujer. Hace unas semanas, Pepa fue invitada por la Comunidad de Madrid a dar una conferencia en el ciclo "Mujeres, el camino hacia el éxito". Su charla trataba sobre las mujeres en la publicidad, y llevaba por título Persuasoras y persuadidas. La vida secreta de las marcas. ¿Os apetece echarle un vistazo?

Pues entonces pinchad

            Y así comprobaréis la suerte que tengo.

lunes, abril 6

Generando género



            Al final de la anterior entrada comentaba que hay que apoyar El Ministerio del Tiempo porque esa serie abre en España un camino que puede ser muy fructífero. ¿Por qué?

            Vale, vamos a hablar de “ficción”, pero con esa palabra voy a englobar cine y literatura, dejando aparte las restantes formas narrativas. Mi tesis es la siguiente: el tamaño y alcance de la “gran ficción” de un país depende del tamaño y alcance de su ficción de género. Un país, por tanto, con escasa ficción de género, será un país con escasa gran ficción.

            Centrémonos ahora en la literatura. Podríamos dividirla siguiendo la pauta de las clases sociales: La aristocracia sería la alta literatura (Tolstoi, Cervantes, García Márquez, etc.); la clase media sería la buena literatura de género (Graham Greene, Ray Bradbury, P. G. Wodehouse, etc.); la clase baja sería los best sellers más adocenados (Dan Brown, E. L. James, Juan José Benítez, etc.); y el lumpen la literatura de kiosco (Marcial Lafuente Estefanía, Lester Dent, Luis García Lecha, etc.).

            En la dinámica social, al menos en teoría, la clase media es fundamental para que exista el flujo interclasista. Por ejemplo, mi abuela paterna era cocinera de clase baja. Mi padre, escritor de clase media alta. El abuelo paterno de mi mujer era agricultor. El padre de mi mujer, catedrático universitario. Es decir, para ascender en la escala social es indispensable que exista una clase media.

            Pues con la literatura pasa lo mismo (ya he hablado aquí de este asunto, pero lo repetiré). Imaginemos un joven aficionado a leer a Dan Brown, Federico Moccia y engendros similares. ¿De repente empezará a leer a Tolstoi, a Borges o a Philip Roth? Bueno, quizá; pero es altamente improbable. Lo normal sería que pasase a Ken Follet (que es mediocre, pero infinitamente mejor que Brown), luego a Jim Thompson, luego a Stephen King, luego a Graham Greene, luego a Ballard... y así hasta llegar a García Márquez y el resto del canon. En fin, los autores pueden ser otros, pero entendéis la idea, ¿no? El proceso de avanzar en la calidad y complejidad de la lectura es gradual, y para pasar de lo peor a lo mejor hace falta un puente. Y ese puente es la literatura de género.

            Pero, ¿por qué género? ¿Acaso no existe una clase media literaria no genérica? Bueno, sí, más o menos... pero ¿qué demonios son los géneros literarios? Relatos agrupados en base a unos patrones temáticos comunes. Vale, la cosa es más compleja; pero dejémoslo así. Por otro lado, habría  relatos que no comparten patrones temáticos con ninguna otra obra, ¿no? Pues bien, ¿cabe pensar que hoy en día, después de más de tres milenios de creación literaria, alguien publique una novela que no encaje con ningún patrón preexistente? Permitid que me ría. Cualquier novela que se escriba podría encajar con un género, si ese género tuviera nombre. Por ejemplo, podría haber un género “Posguerra Civil”, o “Vuelvo al Pueblo y Recupero mis Raíces”, o “Mira Qué Bien Escribo Aunque No Cuente Nada”, o “Fíjate en lo Profunda que es Mi Vida Interior”, o “Qué Chunga es la Familia”... En fin, hay muchísimas posibilidades. Lo que pasa es que esos posibles géneros no tienen nombre, porque carecen del tirón necesario para que existan colecciones especializadas en ellos y sea necesario llamarlas de alguna forma.

            Es decir, sólo se le pone nombre a los géneros más populares. Lo cual no significa que los géneros sean intrínsecamente buenos, por supuesto. Al menos el 90% de la producción de cualquier género es basura. Pero queda un maravilloso 10% compuesto por buenas novelas de género, que ante todo son buenas novelas a secas, sin adjetivos. Pero buenas novelas que cuentan con el atractivo adicional de pertenecer a un género con tirón para un nutrido grupo de lectores. Por ejemplo, Fulanito es aficionado a la ciencia ficción y suele leer space operas. Pero un día lee las Crónicas Marcianas de Bradbury (porque es ciencia ficción) y descubre que la literatura puede ser otra cosa mucho más interesante. Gracias al género y sin proponérselo, Fulanito habrá evolucionado como lector. Por eso la literatura de género es un puente muy eficaz para pasar de la clase baja a la alta.

            Eso respecto a los lectores. Con los autores pasa algo parecido, aunque no igual; pero sería largo de exponer y no quiero enrollarme (más).

            Pues bien, en España la literatura de género autóctona no ha gozado de buena salud desde hace mucho tiempo (con honrosas e incluso notables excepciones) y hasta hace muy poco. Básicamente se limitaba a las novelas de quiosco y poco más. En cuanto al cine, tres cuartos de lo mismo. El género rey era (es) la comedia, y los demás géneros, en general, solo existían en producciones de serie B (o Z).

            Podría decirse que el cine español era, básicamente, o comedias (en general casposas) o “de autor” (signifique esto lo que signifique). Lo malo es que el público le había vuelto la espalda, hasta el punto de que el término “cine español” era despectivo. Pero las cosas están cambiando. El año pasado, por primera vez, las dos películas más taquilleras en España fueron españolas: Ocho apellidos vascos (comedia) y El niño (thriller). Además, entre las diez primeras también figuraba La isla mínima (otro thriller). ¿Y cuál es la película española más taquillera de todos los tiempos? Los otros (terror).

            De hecho, si nos fijamos en las películas españolas más destacadas de los último tiempos, comprobaremos que la mayoría son de género (salvo las de Almodovar, que es un género en sí mismo). Abre los ojos (ciencia ficción), Celda 211 (trhiller), Rec (terror), El orfanato (terror), Grupo 7 (thriller), Ágora (peplum), El laberinto del fauno (terror), Lo imposible (catástrofes), Buried (trhiller)... La consolidación de nuestro cine se está generando en torno al género.

            Para comprobar el poder de la ficción de género, vamos a examinar un caso foráneo. ¿Qué sabíais hasta hace muy poco de la actual literatura escandinava? Respuesta: nada o muy poquito. Sin embargo, ahora las librerías están llenas de novelas de autores escandinavos. En su inmensa mayor parte, thrillers. El boom de la novela negra escandinava, que comenzó con Mankell y eclosionó con Larsson, multiplicándose después en decenas de autores distintos (todo ello, por cierto, en países con muy pocos habitantes; aunque, eso sí, altísimos porcentajes de lectura).

            El éxito de la literatura de género escandinava se trasladó a su cine –por las adaptaciones-, y luego a la TV. De repente, Dinamarca –un país con poco más de cinco millones y medio de habitantes- se ha convertido en uno de los principales productores de series de TV de Europa, con éxitos como Forbrydelsen (adaptada en USA bajo el título The Killing), o Bron/Broen (The Bridge en USA), ambas thrillers. Pero también tenemos ejemplos de otros países nórdicos, como Wallander o Los crímenes de Fjällbacka, ambas suecas y ambas thrillers. Y, por supuesto, otros géneros, como Borgen (drama político) o 1864 (drama histórico).

            En resumen: la buena ficción de género eleva el nivel cultural de los lectores/espectadores, consolida la industria (editorial y audiovisual), tiene proyección internacional y aumenta la calidad global de la ficción de un país.

            Por eso hay que apoyar, como decía en la anterior entrada, a El Ministerio del Tiempo. En primer lugar, porque demuestra que aquí también podemos hacer las cosas bien. Y, en segundo lugar, porque marca el camino para conseguir que las series españolas se sacudan la caspa de décadas y entren en esa edad de oro de las ficciones televisivas, que hasta ahora parecía haber pasado de largo por nuestro país.

            Aunque claro, para eso no basta tan solo con recurrir al género. Hace falta algo más. ¿Qué? Daré una pista: el control sobre El Ministerio del Tiempo no lo ejercen los productores ni los realizadores, sino sus guionistas, los hermanos Olivares. Ésa es la gran enseñanza que nos ha brindado HBO: si quieres aumentar la calidad del producto, dale el poder a los guionistas. Pero eso, amigos míos, daría para otro post.

jueves, marzo 26

El Ministerio del Tiempo



            Voy a hacer algo que jamás creí posible: recomendar una serie española de TV. Me refiero a El ministerio del tiempo (EMDT en lo sucesivo), que se emite todos los lunes en TVE. La rara avis más rara avis que se ha visto en nuestra pequeña pantalla desde los tiempos en que Chicho Ibáñez Serrador iluminaba un poco la mediocre oscuridad de la dictadura con programas tan inusuales (en nuestro país) como Historias para no dormir o Mañana puede ser verdad.

            ¿Qué tiene de raro EMDT? Pues, en primer lugar, que es una serie de ciencia ficción, algo muy exótico en esta España nuestra tan aferrada al realismo patatero. Y en segundo lugar, que está bien pensada, bien escrita y bien ejecutada. Vamos, que es una buena serie de ciencia ficción cien por cien española. Pocas cosas pueden ser más raras.

            ¿De qué va? Como reza el título, en España existe un ministerio secreto que posee un sistema para viajar en el tiempo. No lo hace con ninguna máquina tipo Wells, sino a través de un entramado de puertas -descubierto por un judío español del siglo XV- que conducen a diferentes momentos del pasado de España. El objetivo del Ministerio es corregir los cambios en la historia provocados por viajeros temporales furtivos.

            Vale, no es una idea original; en la literatura de ciencia ficción tenemos antecedentes tan notorios como El fin de la Eternidad, de Asimov, La patrulla del tiempo, de Paul Anderson, o las Crónicas del Gran Tiempo, de Fritz Leiber. Pero esas novelas son norteamericanas, y EMDT trata el tema desde una perspectiva absolutamente española. Y eso lo cambia todo.

            Los viajes temporales que describe la serie no poseen el tono ultratecnificado y grandioso de la tradición anglosajona; son más de andar por casa, más como serian si en nuestro país hubiera realmente viajes en el tiempo. De entrada, el ministerio en cuestión es eso, un ministerio español, con su burocracia, sus escasos medios y sus aburridos funcionarios. Además, las puertas sólo conducen al pasado español, y en ningún caso al futuro.

            La serie se centra en las aventuras de una de las “patrullas” del ministerio, formada por Julián, un enfermero del SAMUR de nuestra época (Rodolfo Sancho), Amelia Folch, una estudiante ilustrada de finales del siglo XIX (Aura Garrido) y Alfonso de Entrerríos, un mercenario de los Tercios de Flandes (Nacho Fresneda). Otros personajes fijos son Salvador Martí, subsecretario del Ministerio (Jaime Blanch), Irene Larra, responsable de Recursos Humanos nacida en los años 30 (Cayetana Guillén Cuervo), Ernesto Jiménez, un funcionario -en realidad, el padre de Torquemada- (Juan Gea), o Angustias, secretaria de Salvador nacida en el XIX (Francesca Piñón).

            ¿Por qué es buena la serie? Excelente pregunta; pero antes vamos a formular otra: ¿Tiene lógica? Pues, si te paras a pensarlo, no mucha. De entrada, la idea de partida es absurda, y el desarrollo de los argumentos tiene algunos baches de coherencia. Pero de eso sólo te percatas si te paras a pensarlo, y mientras ves la serie, sencillamente, no te paras a pensarlo. Porque los guiones tienen buen ritmo y son muy divertidos, así que te dejas arrastrar por ellos sin cuestionarte nada. Es decir, no existe una sólida lógica objetiva, pero sí hay una lógica interna. Sus creadores, los hermanos Olivares, nos dicen: “Ya sabemos que esto es absurdo, pero juega a creértelo y pásatelo bien”. Y tú suspendes la incredulidad y te lo pasas bien. En realidad, ésa es la esencia de la ficción.

            Para conseguir que te tragues lo intragable, los Olivares usan el mejor disolvente de la incredulidad que existe: el sentido del humor y la ironía. EMDT no es una comedia, pero de principio a fin tiene un barniz de comedia.

            La serie se basa mucho en la aparición de personajes históricos famosos, pero lo hace con un sano y divertido criterio desmitificador. Por ejemplo, la persona que en el ministerio se ocupa de hacer retratos robot es... Velázquez. ¿Y cómo es? Pues, tras enterarse de que acabará siendo considerado uno de los mayores pintores de todos los tiempos, Velázquez se ha convertido en un tipo vanidoso y bastante quejica. En el segundo episodio aparece Lope de Vega (excelentemente interpretado por Víctor Clavijo), y se le presenta como un picha brava obsesionado con las tías (que, por cierto, es lo que Lope era de joven). Y cuando Franco entra en escena (episodio 3), lo hace como un insulso mediocre. Otro aspecto simpático de la serie son sus constantes referencias a la cultura popular española, desde el Capitán Alatriste hasta Torrebruno, pasando por Jiménez del Oso, Curro Jiménez o el grupo Leño.

            Pero bueno, a lo que vamos, ¿por qué considero que EMDT es una buena serie?

            1. Por la calidad de sus guiones. Buenas historias, buenos personajes, buen ritmo y buenos diálogos. Los guionistas consiguen, incluso, superar el lastre de los 70 inevitables minutos de duración de las series hispanas.
            2. Por su refrescante sentido del humor.
            3. Por el buen trabajo de los actores. ¡Una serie española bien interpretada! Parece increíble, ¿verdad?
            4. Por la más que correcta realización, que consigue soslayar la escasez de medios y darle a la serie un buen empaque visual. En fin, a veces las pocas pelas se notan (como en el tercer episodio, quizá el más flojo de los cinco que he visto hasta ahora), pero por lo general el equipo técnico logra sacar agua de las piedras.
            5. Por su carácter absolutamente inusual. Estamos hablando de una serie de TV española en la que no hay niños repelentes, ni ancianos entrañables, ni familias encantadoras, ni folletinismo (me temo que esa palabra no existe) de tercera, ni costumbrismo barato. Estamos hablando, amigos míos, de una serie española ¡de ciencia ficción!

Pero, quieto ahí; ¿es realmente ciencia ficción? Porque, a fin de cuentas, el método que se usa para viajar en el tiempo, las puertas, tiene más de magia que de ciencia. Cierto, pero da igual. Si algo ha demostrado la ciencia ficción, es que no es posible viajar al pasado, porque en cuanto eso sucediera comenzarían a aparecer paradojas hasta debajo de las piedras. Entonces, si es imposible, ¿qué importa el método que se emplee? Sea lo que sea que digas al respecto, será mera palabrería.

            Eso me pasó a mí en mi novela El coleccionista de sellos. Ese texto no trata de viajes físicos en el tiempo, sino de mandar mensajes en el tiempo. Esos mensajes se mandan gracias a tres sellos especiales (creados por una civilización del futuro lejano). Los pegas en un sobre, escribes el nombre del destinatario y la fecha de recepción, lo echas a un buzón, y ya está: has mandado una carta al pasado. En su momento, algunos dijeron que eso era más fantasía que ciencia ficción, porque lo de los sellos sonaba a magia.

            Yo alegué dos cosas: En primer lugar, la famosa frase de Clarke donde dice que toda tecnología lo suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia. En segundo lugar, dado que viajar al pasado es imposible, ¿qué más dará el sistema que uses para viajar? Lo importante es que el desarrollo del argumento sigue las pautas especulativas de la ciencia ficción. Por eso pertenece a ese género. Pues lo mismo sucede con EMDT: su desarrollo es enteramente ciencia ficción.

            Aclararé algo antes de concluir: EMDT no es una obra maestra (como Breaking Bad o Los Soprano). Ni siquiera es una buenísima serie (como Medium o Roma). EMDT es, sencillamente, una divertida serie de ciencia ficción que respeta la inteligencia del espectador. Y eso ya es muchísimo.

            Además, voy a hacer dos predicciones: 1. EMDT se convertirá en una serie de culto. De hecho, ya está sucediendo, porque hay en Internet un nutrido grupo de fans que se hacen llamar “ministéricos”. 2. El concepto de la serie se venderá al extranjero; en concreto a Estados Unidos. En un futuro no muy lejano, veremos un EMDT yanqui.

            Por último, todos deberíamos apoyar a esta serie, porque es un rayo de esperanza. Abre un camino que ojalá sea fructífero. En una próxima entrada intentaré explicar por qué.

            En cualquier caso, TVE ya ha firmado una segunda temporada de EMDT. Por una vez, las cosas se hacen bien.

lunes, marzo 16

Cojojundia


 
            Supongo que no se os habrá pasado por alto que ya estamos en plena campaña electoral. En Andalucía y, en lo que más me afecta, también en Madrid. Y, caray, qué perezón cielo santo, qué aburrimiento y qué... Mi buen amigo Samael, gestor del blog La tertulia perezosa, dice en la última entrada de su bitácora que el panorama político (se refiere a Madrid) le provoca asco (la entrada se llama así, “Asco”). Pues para ser sinceros, me parece que se queda corto. Los políticos de Madrid –especialmente los de la formación que lleva décadas gobernando el ayuntamiento y la comunidad- me producen... eh... esto...

            Vaya, no encuentro ninguna palabra para definirlo. De hecho, creo que esa palabra no existe, así que voy a inventarla. Los políticos madrileños del PP me provocan cojojundia. ¿Y qué es “cojojundia”? Aquí va una definición que le cedo amablemente a la RAE:

            Cojojundia:
1. f Desagradable sensación en la que se mezclan la repugnancia, el cabreo, la indignación, la incredulidad, el pasmo, la ira, la depresión, la rabia, el desánimo y un intenso deseo de emigrar, así como el irresistible impulso de matar a alguien.
           2. f Severa alteración estomacal provocada por algo que incita al vómito, unida a intensos dolores testiculares y ataques de caspa.
           3. f Miedo.

            Bueno, pues la política madrileña –la española, a decir verdad- me produce cojojundia, en abundancia y en todas sus posibles acepciones.

            Comencemos por el actual presidente de la Comunidad Madrileña, don Ignacio González. Nadie el votó; está ahí porque su jefa, doña Esperanza Aguirre, dejó el cargo para no verse cubierta de mierda por el inminente desvelamiento de la Red Púnica. Además, todos hemos escuchado sus bochornosas conversaciones con el comisario Villarejo, donde queda claro que González es a) un mentiroso y b) un corrupto. Ni siquiera en su partido le apoyan (su caída en desgracia se debe al “fuego amigo”), y le han dado la patada apartándole de la carrera electoral. Vale, pero ahí sigue el tío, todavía presidente de la comunidad, sin dimitir y sin que nadie de una explicación convincente. De hecho, si no le han dejado ser candidato no es porque sea un mentiroso y un corrupto, sino porque pertenece al cartel de Aguirre, y Rajoy no quiere que “La Lideresa” acumule demasiado poder. No me negaréis que el asunto da mucha cojojundia.

            ¿Y qué me decís de la candidata del PP a la alcaldía? Bajo su mandato en la Comunidad, y su presidencia del PP madrileño, floreció en Madrid la mayor red de corrupción que pueda concebirse, con tropecientos imputados (incluyendo a su número 2, Granados) y millones de euros de dinero público defraudados (es decir, nuestra pasta). Eso bastaría para que, en un país civilizado, cualquier político dimitiera de todos sus cargos y corriera a esconderse en el agujero más profundo que pudiera encontrar. Eso por no mencionar su incidente de tráfico, con fuga y desacato, lo que condenaría al ostracismo a todo político de un país decente. Pero estamos en España, amigos, no en un país civilizado y decente; así que ahí la tenemos, a la reina de la corrupción, de la mentira, del descaro, del populismo, de la marrullería, elegida rutilante candidata de un partido que, manda cojones, pregona ahora la regeneración. Y lo malo es que habrá gente que la vote. Y lo aún peor es que probablemente ganará; no con mayoría absoluta, pero si en términos relativos. Es para morirse de cojojundia.

            Para que no se me tache de parcialidad, por solo darle caña a los miembros del Partido Podrido (cuyo Gran Presidente mandó SMS’s de apoyo a su corrupto tesorero, y ahí sigue el muy chorizo sin dimitir), para que no se me acuse de parcial, insisto, hablemos un poco del PSOE andaluz, bajo cuyo mandato se han defraudado más de 1.000 millones de euros de dinero público (es decir: nuestra pasta), aparte de cometerse una amplia gama de delitos aún por determinar. Y sin embargo, todas las encuestas anuncian que el PSOE ganará las elecciones. Qué cojojundia, dios mío.

            Y, perdonad, pero no puedo evitar citar algo que se me antoja el culmen de la cojojundia. Antonio Sanz, el delegado de gobierno en Andalucía, diciendo: “"No quiero que en Andalucía mande un partido que se llama Ciutadans, que tiene un presidente que se llama Albert”. Me apresuro a añadir que el comentario no se le ocurrió al señor Sanz solito, porque no hizo más que reproducir el argumentario oficial del PP; es decir, dejar claro en todo momento que Ciudadanos tiene un origen catalán para frenar su ascenso. O dicho de otra forma: fomentar el odio entre los españoles para conseguir arañar unos cuantos votos. Si eso no da cojojundia, que venga dios y lo vea.

Disculpad que vuelva al PP, pero es que ese partido es una constante fuente de cojojundiez. El caso es que ¿cómo puede la gente seguir votando a malas personas, a incompetentes y a corruptos (o todo ello a la vez)?

            La respuesta es sencilla: En España no tenemos cultura política, pero sí futbolística. Así que los votantes se relacionan con los partidos políticos como si estos fueran equipos de fútbol. Y cuando uno es de un equipo, lo es para toda la vida. No importa si lo hace bien o mal, no importa si practica el juego sucio, no importa si compra partidos, no importa si el jugador estrella ha violado o maltratado a alguna que otra pobre mujer, todo eso da igual, porque se es de un equipo por razones emocionales, no racionales.

Bueno, pues con los partidos políticos igual. Aunque no es lo mismo, claro; lo del fútbol no tiene consecuencias, pero la política sí. Aunque es indiferente; los electores cautivos seguirán votando a los candidatos de su partido aunque les pillen sodomizando a niños de pecho. Puede que esos políticos/jugadores sean unos hijos de puta, pero son sus hijos de puta y hay que estar con los colores a muerte. Aunque claro, quien vota a corruptos, a sabiendas de que lo son, ¿no es cómplice de la corrupción?

            Si queréis que sea sincero, creo que el problema de España no es que tenga unos políticos desastrosos y deshonestos, sino que tiene unos votantes impresentables.

            Ah, pero puede que las cosas estén cambiando, ¿verdad? No he hablado de las formaciones emergentes como, Podemos y Ciudadanos. Bueno, ya charlaremos de eso otro día. Ahora me voy a vomitar, que esta entrada me ha dado mucha cojojundia.