sábado, agosto 9

Verano




            Este año, al menos en Madrid, lo que llevamos de verano ha sido raro. El calorazo se retrasó mucho y, cuando por fin llegó, lo hizo de forma intermitente; dos o tres días de calor, luego refrescaba y vuelta a empezar. Ahora llevamos más de una semana de solanera, pero aun cuando hace mucho calor, no es ese calor achicharrante tan propio del verano madrileño; ese calor que suele derretir el asfalto, las mentes y los corazones a principios de agosto. Mejor así, ¿no? No obstante, tengo la no demasiado tranquilizadora sensación de que las estaciones se están desplazando. El verano climatológico comienza y acaba más tarde, y lo mismo sucede con el otoño y el invierno. Con la primavera no lo sé, porque en Madrid no suele haber primaveras. ¿El cambio climático o una falsa impresión? Ni idea.

            ¿Cuál es la estación del año que más os gusta? A mí todas; de hecho, lo que más me gusta es vivir en una zona del planeta donde se producen sensibles cambios estacionales. No obstante, siento debilidad por el otoño. Porque es una estación visualmente bonita, meteorológicamente agradable y emocionalmente melancólica. Pero si me hubieran preguntado lo mismo cuando era niño o jovenzuelo, mi respuesta habría sido otra: el verano. Esas larguísimas vacaciones escolares, ese tiempo dilatado... Durante la infancia, el tiempo se percibe más lento; las tardes de verano duraban siglos y el verano en sí era infinito. Una luminosa época de promesas y prodigios.

            No sé si os sucede a vosotros, pero en mi caso las emociones derivadas de ciertas cosas (como por ejemplo las estaciones) provienen directamente de las impresiones de la infancia y la primera juventud. Por ejemplo, cuando era niño (estamos hablando de los 60) en mi casa se compraba el Selecciones del Reader's Digest, y en esa revista, al llegar el verano, Nescafé insertaba un publirreportaje con bebidas de verano hechas con eso, con Nescafé. Era una serie de bodegones de ambientación veraniega acompañados de las recetas de las diferentes mezclas. Pues bien, uno de esos bodegones lo tengo grabado en la memoria. Un fondo de arena de playa, una toalla y, encima de ella, la copa con la bebida en cuestión. Y, lo más importante, la luz entrando en hileras paralelas, como si atravesase una persiana o un baldaquino de chamiza.

            Eso es para mí el verano: intensa luz del sol entrando en hileras. Y no es de extrañar. En mi casa, para atemperar el calor, se bajaban las persianas durante el día, pero dejando huecos entre las lamas para que se colara algo de luz. Luz en hileras. Verano.

            Paradójicamente, otra poderosa asociación con el verano es, para mí, lo contrario de la luz: la noche. Veréis, de pequeño, durante el periodo escolar, tenía que acostarme a la 22:30 como muy tarde. Durante los fines de semana me dejaban hasta la medianoche. Pero en verano, amigos míos, me permitían acostarme cuando me viniese en gana. Puede que no fuese una educación muy ortodoxa por parte de mis padres, pero a mí me encantaba.

            Una de las cosas que hacía con frecuencia por la noche era sentarme junto al gran ventanal del salón y ponerme a leer una novela de ciencia ficción, aunque alternaba la lectura con la observación de lo que sucedía en la calle. Por aquel entonces, todas las casas tenían porteros que vivían en el edificio con sus familias. En verano, después de cenar, sacaban una sillas a la calle, junto al portal, quizá una mesa, un botijo y alguna botella de vino o anís, y se ponían a charlar al fresco (es un decir). Así que había varias tertulias en varios portales. A partir de la una de la madrugada o así, cuando los porteros y sus familias se habían retirado, aparecían los regadores. Conectaban sus largas mangueras a las tomas de agua que había en las aceras y limpiaban la calle a manguerazos. El agua se evaporaba rápidamente, saturando la por lo usual seca atmósfera de humedad. Y entre tanto, periódicamente, se escuchaban los golpes de chuzo que daba el sereno durante su ronda (¿Todo esto os parece prehistórico? Claro, porque lo es).

            Pues bien, desde la atalaya de mi ventanal yo contemplaba el escenario nocturno con curiosidad y una confortable sensación de calidez. Pero lo mejor venía luego, cuando las calles se quedaban totalmente vacías. Me parecía mágico, como atisbar un universo paralelo. El silencio, la oscuridad matizada por el resplandor de las farolas, los insectos revoloteando en torno a ellas, el lejano sonido de las campanas de alguna iglesia, quizá los ladridos de un perro en la distancia... Sumergirme en el corazón de la noche, no sé por qué, me hacía sentir bien.

            Supongo que fue entonces cuando me convertí en el bicho nocturno que siempre he sido. El caso es que esas son las asociaciones que me sugiere el verano: luz en hileras y la noche. Hay más, por supuesto, pero creo que esas se cuentan entre las más remotas.

            Más de una vez he comentado aquí que, con los años, vamos perdiendo la capacidad de “sentir” nuestro entorno. Cuando yo era jovenzuelo sentía el verano (y el resto de las estaciones; todo en realidad) en cada una de las células de mi cuerpo, me armonizaba con las impresiones externas, me fundía con ellas. Ya no; al menos, no automáticamente. Es como si estuviera anestesiado y no pudiera sentir. Quizá en ello también tenga algo que ver mi trabajo de escritor; estoy tan acostumbrado a vivir en mi interior que a veces pierdo contacto con el exterior. Pero, en general, creo que a partir de cierto momento vital nuestra mente está siempre en otra parte y dejamos de prestar atención a las pequeñas cosas que suceden a nuestro alrededor.

            No obstante, una mañana hará cosa de un mes, mientras circulaba en coche por el barrio de Chamberí (mi viejo barrio), de repente, sentí el verano en toda su dimensión emocional. No sé por qué, quizá por algún olor, o por algo que vi o recordé; el caso que súbitamente entré en armonía con todo lo que me rodeaba. Fue una epifanía de lo más exultante.

            Qué tontería, ¿verdad? Sin embargo, entrar en armonía con el mundo es la esencia de la mística, ¿no? Por menos de eso Santa Teresa de Jesús escribió tropecientas poesías.

            En fin, vaya rollazo. En realidad, esto no ha sido más que un pretexto para despedirme, momentáneamente, de vosotros y desearos unas felices vacaciones. Durante las dos próximas semanas estaré ausente de Babel; al menos en lo que a entradas se refiere. Luego, volveremos a encontrarnos descansados y fresquitos.

            Feliz verano, amigos.

jueves, agosto 7

Abracadabra


 
            Me fascina el ilusionismo. Como a todo el mundo, supongo, pues ésa es la razón de ser de la prestidigitación: asombrar. Me gusta en particular la llamada “micromagia”, o “magia de proximidad”; es decir, la que se realiza a corta distancia del espectador, mediante cartas, monedas, bolas, etc. El tipo de magia que practica Juan Tamariz, para entendernos

            Mucha gente cree que el secreto de esta clase de ilusionismo reside en la agilidad manual del mago. A fin de cuentas, la palabra “prestidigitación” viene del latín prestus digitus, que significa “dedos rápidos”. Y es cierto, la habilidad manual del ilusionista es fundamental; pero no es la habilidad más importante.

            Hace poco, leí un libro de lo más interesante: Engañar a Houdini, de Alex Stone (Debate, 2014). En él, el autor narra el largo proceso que siguió para convertirse en ilusionista. Y os puedo asegurar algo: hace falta más tiempo, trabajo, dedicación y empeño para ser ilusionista que para ser neurocirujano. Pero bueno, a lo que íbamos: El autor, Stone, afirma que la principal herramienta del mago es su habilidad para dirigir la atención de los espectadores hacia donde él quiera. El ilusionista consigue que mires su mano derecha mientras que con la izquierda hace algo que no ves.

            De hecho, últimamente la neurobiología se ha dedicado a utilizar el ilusionismo para estudiar la percepción humana y las formas en que es engañada. En España se han publicado varios libros al respecto, como por ejemplo Los engaños de la mente, de S. L. Macknik y S. Martínez-Conde (Destino, 2012).

            Vale, ahora voy a hablar del molt honorable Jordi Pujol, uno de los próceres del nacionalismo catalán y fundador del partido Convergencia Democrática de Cataluña, que actualmente lidera, junto con Esquerra Republicana, el movimiento independentista. Reconozcámoslo; Pujol siempre ha sido un ilusionista de primera. ¿Recordáis su campechano “eso ahora no toca”? Un abracadabra magistral para desviar la atención. O su asombroso transformismo que le permitió pasar de ser un mero dirigente político a convertirse, junto con su partido, nada más y nada menos que en la encarnación de la mismísima Cataluña. Ni David Copperfield sería capaz de algo semejante.

            Pero su número maestro, su gran actuación, ha sido un fabuloso ejercicio de escamoteo. Pujol, solo en el escenario bajo la luz de los focos, alza lentamente la mano derecha y en ella aparece un rótulo resplandeciente que pone PATRIA. El público, asombrado, embelesado, centra la atención en la maravilla que muestra la mano derecha del prestidigitador, y el hábil Pujol aprovecha esa distracción para hacer desaparecer con la mano izquierda unos cuantos cientos de millones del erario público.

            Eso es la esencia del ilusionismo, no me digáis que no. La clave está en desviar la atención. Si os fijáis, los movimientos de los magos son exagerados, ampulosos, hipnóticos. Cuando extienden un brazo, lo hacen con un gesto amplio, cadencioso, acompañado de un suave floreo de la mano. Es imposible apartar la mirada de esos ademanes, son magnéticos.

            Del mismo modo, los prestidigitadores sociales usan palabras ampulosas para atrapar y distraer la atención del público. Son las famosas Palabras Grandes de las que ya he hablado aquí en más de una ocasión. Me refiero a palabras como PATRIA, DIOS, RAZA, HONOR, PUEBLO... palabras grandes en el sentido de que superan la dimensión del ser humano; de hecho, son más grandes que la vida misma. Y, al mismo tiempo, palabras difusas, imprecisas, cuyo significado puede adaptarse al gusto de cada cual. Como los ademanes de los magos, que no significan nada, pero, coño, cómo molan.

            El caso es que de esto ya hablé en una entrada de septiembre de 2012 llamada Carnaza, mucho antes de que el gran mago Pujolini confesara (parcialmente) su truquito. Joder, cómo me gusta tener razón...

            Pero ya sé que da igual. Las trampas de Pujol, de su familia y de su partido no van a empañar el fulgor del independentismo catalán. Puede que antes el ex molt honorable fuese la encarnación de las esencia patrias, pero ahora de golpe se ha convertido en un mero individuo del que hay que olvidarse. El hombre ha fallado, dirán, pero el ideal permanece.

            ¿Aunque ese ideal haya sido el señuelo de unos cuantos ilusionistas sociales aficionados al latrocinio? Pues vale... ¿Cómo podría yo hacer ver a cierta gente, por lo demás estupenda, que cuando alguien te viene con Palabras Grandes es porque quiere manipularte? En fin, ya sé que no voy a poder. ¿Y Samuel Johnson podría? Suya es esa frase que reza: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

            Pero da igual; las personas son reacias a reconocer que han sido manipuladas o a aceptar que son manipulables. Como sabéis, trabajé durante muchos años como creativo publicitario; era un manipulador profesional, sé de qué va la cosa. Y a lo largo del tiempo me he encontrado con numerosas personas que afirmaban, con gran solemnidad, que a ellos la publicidad no les afectaba. Por supuesto, yo me reía para mis adentros, porque sabía, sé, que la publicidad afecta a todo el mundo; incluso a mí y a los profesionales del medio, que nos conocemos los trucos.

            De hecho, si algo demuestra el ilusionismo es que todos podemos ser engañados y manipulados. Y no hay que sentirse tonto por ello; está en la esencia de nuestra percepción, en nuestro programa básico. Los magos pueden engañar incluso a los más inteligentes. La diferencia está en que algunas personas, las que menos se dejan llevar por las emociones y son más propensas al escepticismo, quizá no sepan descubrir los trucos, pero saben con certeza que el mago les está engañando. Otros, los menos reflexivos, creen que, aunque el mago sea un tramposo, la magia es real.

viernes, agosto 1

José Carlos Mallorquí / Big Brother


 
El martes pasado, 29 de julio de 2014, en la clínica Ruber de Madrid, a la edad de 74 años, murió José Carlos Mallorquí del Corral, hijo primogénito del escritor José Mallorquí Figuerola y de Leonor del Corral Abuin, arquitecto, fotógrafo y arquero. Mi hermano mayor. Big Brother.

            Según me han contado quienes estuvieron presentes, su muerte, causada por una insuficiencia respiratoria, fue dulce y serena. Estaba inconsciente; su respiración, cada vez más leve, se interrumpió. Su pulso fue debilitándose hasta desvanecerse. Fin. Game over. No sufrió.

            Llevo unos minutos parado aquí, sin saber cómo seguir. Me gustaría construir un monumento de palabras para dedicárselo, pero no sé hacerlo, sólo soy un artesano. ¿Recordáis la serie de entradas que escribí sobre mi hermano Eduardo? Pues no voy a hacer lo mismo con José Carlos, porque no hay tema. La vida de Eduardo fue un drama, pero la de José Carlos no, todo lo contrario. Su vida fue cómoda, ordenada y razonablemente feliz. Y la felicidad no es buena materia prima para la literatura.

            Era trece años y medio mayor que yo. Nos parecíamos físicamente. Él medía un metro noventa y tres centímetros de altura, y yo uno noventa y dos; ambos teníamos los ojos azules y la piel clara. Nuestras voces se parecían mucho –por teléfono eran indistinguibles-, aunque la de Eduardo también. Pero Eduardo no era tan alto (sólo medía 1’88), y era moreno, con la piel más oscura. Eduardo se parecía más a nuestro padre, y nosotros a nuestra madre.

            Cuando yo era pequeño, no me relacioné mucho con José Carlos. Por la diferencia de edad, claro; pero también porque mi hermano mayor no sabía tratar con niños, se sentía incómodo con ellos.

            José Carlos estudió arquitectura y, al concluir la carrera, montó un pequeño estudio con dos compañeros de universidad. Uno de ellos, Teresa, acabaría siendo su esposa, con la que tuvo una hija a la que llamaron Leonor como homenaje a nuestra madre. Le habría gustado tener más hijos, pero no fue posible.

            A José Carlos le fue bien con la arquitectura: había mucho trabajo y ganaron mucho dinero. Le gustaba viajar y se daba todos los caprichos que le apetecían. Era un pirado de la tecnología y le encantaban los gadgets. Su espléndido equipo de sonido, por ejemplo, era tan sofisticado y estaba tan lleno de cachivaches que llegó un momento en que ni él mismo sabía qué estaba conectado con qué, ni cómo, ni por qué.

            Pero su auténtica pasión –heredada de nuestro padre- era la fotografía. Tenía un equipo excelente, casi profesional, y había montado un laboratorio fotográfico en el estudio (eran los tiempos de la fotografía analógica). Y, lo más importante, era un fotógrafo excepcional, de esos que saben ver lo que los demás no ven. Al principio, sus fotografías eran impecables, de gran calidad técnica, pero quizá demasiado académicas. Hasta que, de repente, rompió las normas y comenzó a hacer una fotografía mucho más libre y creativa. Era muy bueno (no lo dice el hermano, sino el publicitario que hay en mí). Siempre he pensado que si se hubiera dedicado profesionalmente a la fotografía habría sido aún más feliz. Pero sólo es mi opinión.

            Su otra gran afición era el tiro con arco. Lo practicó de jovencito y luego, ya adulto, de forma más seria. En 1981 fue campeón de España de tiro olímpico. Más tarde, sería presidente de la Federación Española de Tiro con Arco y miembro del Comité Olímpico Español. Y en ese contexto tuvo lugar uno de sus mayores éxitos. Para las Olimpiadas de Barcelona 92, el Estado dotó de presupuesto extra a las distintas federaciones; pero, claro, unas se llevaron más pasta y otras menos. El tiro con arco español nunca había pintado nada internacionalmente, así que su federación recibió mucho menos que las otras.

            Hasta entonces, las ayudas se habían repartido entre varios arqueros, con lo cual, al ser poco dinero, no servían para nada. Así que José Carlos hizo algo distinto: Escogió a los dos mejores arqueros del país y destinó todo el dinero a becarles para que se dedicaran durante unos años exclusivamente a practicar el tiro. ¿El resultado? España ganó la medalla de oro en Tiro por Equipos, un oro con el que nadie contaba. En la primera reunión del Comité Olímpico que hubo tras los juegos, cuando mi hermano entró en la sala todos los presidentes federativos se pusieron en pie y le aplaudieron. Había hecho un milagro. José Carlos me confesó que esos fueron los momentos más exultantes de su vida.

            Aunque nos parecíamos físicamente, José Carlos y yo éramos muy distintos. Él de derechas y yo de izquierdas; él un hombre de vida ordenada y yo una cabra loca; él tradicional y yo rupturista. Además, él era muy Mallorquí, y yo mucho menos (quienes nos conozcan sabrán lo que significa ser “muy Mallorquí”). Y otra cosa: yo era por dentro más fuerte que él. Es paradójico; pese a su gran tamaño y fortaleza física, José Carlos era frágil en su interior, se quebraba con facilidad. Él mismo reconocía que lloraba con La casa de la pradera. A veces me da por pensar que mi familia se parece un poco a la de El padrino. De todos los hermanos, el más duro, el que mejor encajaba los golpes, fui yo, el pequeño Y también he sido yo el sucesor de mi padre (¿Soy Michael Corleone?).

            Pero otras cosas nos unían. Ambos amábamos la literatura y la cultura popular. A los dos nos gustaba viajar y la gastronomía. Éramos muy aficionados a la ciencia ficción (él me inició en ella). Nos apasionaba el cine, sobre todo el clásico norteamericano. Nos encantaban los conocimientos chorras. Yo también era aficionado a la fotografía, aunque con mayor modestia. La verdad es que compartíamos muchas aficiones e intereses.

            José Carlos y yo apenas tuvimos relación durante mis primeras dos décadas de vida, hasta unos años después de la muerte de nuestro padre. Luego, poco a poco, fuimos aproximándonos. Las, afortunadamente, no muchas veces que le necesité, él respondió. El desastre vital de nuestro hermano Eduardo contribuyó a unirnos. Y al final sellamos un tácito pacto de hermandad. Aprendimos a querernos.

            Hicimos algunos  viajes juntos, asistimos a conciertos y exposiciones, íbamos al cine, nos veíamos con cierta frecuencia. Luego, me casé, tuve hijos, y nuestros encuentros se hicieron más esporádicos, pero no nos distanciamos, pues hablábamos mucho por teléfono. En los 90, José Carlos y Teresa clausuraron el estudio y se prejubilaron. Al tener más tiempo libre, las llamadas telefónicas de mi hermano se intensificaron, tanto en número como en extensión.

            Pasó el tiempo y, ya entrado el siglo XXI, comenzaron los problemas de salud. Lesiones en la columna que dificultaban su movilidad. Apneas del sueño. Y lo más terrible: la enfermedad de Parkinson. Yo creía que el único efecto del Parkinson eran los temblores, pero no; eso es una broma comparado con los verdaderos síntomas. Es una enfermedad lenta, pero condenadamente hija de puta.

            José Carlos cada vez tenía más problemas para desplazarse. A veces, se quedaba paralizado. No podía estar mucho rato en la misma posición. Dormía mal. Y todo eso, cada vez peor.

            Dejó de salir de casa. Yo le visitaba de vez en cuando, pero sobre todo hablábamos muchísimo por teléfono. Siempre llamaba él; con frecuencia dos o tres veces el mismo día. En gran medida, era una putada, porque me interrumpía cuando estaba trabajando; pero yo siempre le daba toda la bola que él quisiera. Él decidía cuándo llamarme y cuándo interrumpir la llamada. No soy una persona paciente, pero con él tuve toda la paciencia del mundo, porque muchas veces me llamaba en momentos muy inoportunos. Pero yo era uno de sus escasos contactos con el exterior, una de sus pocas distracciones. Y, qué demonios, también me gustaba hablar con él. El teléfono era casi nuestro único contacto.

            Y a partir de un momento, ya fue literalmente lo único que nos unía. Para entonces, casi sólo nos veíamos en Nochebuena, pues mi familia y yo íbamos a su casa para cenar. Hasta que José Carlos decidió dejar de hacerlo, porque se sentía demasiado incómodo físicamente para pasar una velada entera. Y ya nunca más celebramos las fiestas de Navidad juntos.

            Pero seguíamos hablando muchísimo por teléfono. ¿De qué hablábamos? De cine, de series de TV, de libros, de ciencia ficción, de nuestra familia, de banalidades. Bromeábamos. José Carlos tenía un gran sentido del humor, pero una inconfesable debilidad por los juegos de palabras. Yo me metía con él, le decía que el juego de palabras es el pariente pobre del ingenio. Pero él, inasequible al desaliento, incluso me telefoneaba exclusivamente para contarme el último juego de palabras que se la había ocurrido. Su último comentario en el blog no lo firmó “Big Brother”, como solía. Aparece en la entrada Procrastinando y es el comentario del anónimo de las 2:51. Y, cómo no, es un juego de palabras.

            Una de las consecuencias del Parkinson es, en su fase avanzada, provocar crisis de insuficiencia respiratoria. La primera que sufrió mi hermano fue, creo recordar, hace dos años y medio. Le ingresaron urgentemente en el hospital, le intubaron, le practicaron una traqueotomía, le indujeron un coma. Estuvo varios meses ingresado. Más o menos un año más tarde, sufrió otra crisis que conllevó una nueva y prolongada hospitalización.

            Y este mes de julio sobrevino la tercera y definitiva.
 
            Mi sobrina Leonor me  telefoneó al día siguiente del ingreso de mi hermano en el hospital, por la noche. Odio cuando suena el teléfono después de las once; sólo pueden ser malas noticias. Y esta vez lo fueron. José Carlos se moría. Fui a verle a la mañana siguiente. Tuve suerte, muchísima suerte, porque pude reunirme con él durante uno de sus últimos momentos de lucidez. Y hablamos de banalidades, como siempre hacíamos, durante algo menos de una hora.

            Pero sobre todo, pude despedirme de él. En realidad, yo ignoraba que era un adiós definitivo; sabía que estaba muy grave, que los médicos le habían desahuciado, pero mi hermano era fuerte como un toro... Sin embargo, cuando él me pidió que me fuese porque quería descansar, sentí la necesidad de besarle, algo que nunca hacía. Así que le cogí de la mano y le besé en la frente. Puede que ése haya sido el beso más importante de mi vida.

            El pasado martes, Leonor me llamó por la mañana y me dijo que José Carlos estaba agonizando, que su muerte era inminente. Vale, sabía que eso iba a ocurrir, pero me desmoroné. Fue entonces cuando escribí la anterior entrada.

            Poco antes de las tres de la tarde sonó el teléfono. Era Leonor; entre lágrimas, me dijo que su padre había muerto. Yo no podía hablar; balbuceé una disculpa, colgué el teléfono y lloré como hacía mucho tiempo que no lloraba. Afortunadamente, un minuto más tarde llegó a casa Pepa, mi mujer, se abrazó a mí y me consoló. Luego llegaron mis hijos y me abrazaron también. Qué buena gente es mi actual familia...

            Nada puede prepararnos para la muerte de un ser querido, y cada muerte es distinta, única. Si hubiese estado en mi mano elegir si mi hermano vivía o moría, ¿qué habría hecho? De prevalecer el egoísmo, habría optado por su supervivencia. Pero actuando con bondad, habría elegido la muerte. Porque la vida de José Carlos era un infierno, y su muerte una liberación.

            Mi hermano solía comentarme lo bien que había sabido morir nuestra madre. Él la acompañó en la ambulancia que la condujo al hospital; por lo visto, ella miraba por la ventanilla, como despidiéndose del mundo. Estaba tranquila, había aceptado su final. José Carlos también estaba presente cuando nuestra madre sufrió el colapso definitivo. Lo último que dijo justo antes de perder el conocimiento fue preguntar qué tal estaba nuestro padre.

            Al final, José Carlos aceptó la muerte y también supo irse con elegancia.

            Pero todo eso sólo es un leve consuelo para mí. En mi interior bullen un montón de emociones, muchas de ellas contrapuestas. Tristeza, sí, y vacío, un inmenso vacío. Es como si me quedara huérfano otra vez. También siento un raro vértigo... Mi familia original, en la que nací, estaba compuesta por mis padres, mis dos hermanos y mi abuela materna. Eso era todo; no tengo tíos ni, por tanto, primos. Pues bien, de esa familia original sólo quedo yo.

            Es como ser una ruina; lo que resta de lo que fue. Yo soy ahora el guardián de la memoria, el último de una saga, aunque no el último de la estirpe. Ahí están Leonor, Óscar y Pablo. Pero me siento un poquito solo, un poquito perdido, porque con la muerte de José Carlos una parte de mi vida, de mi hogar, de mi verdadera patria, se ha esfumado. En el fondo, muy en el fondo de mi interior, me siento como un niño abandonado.

            Ahora, cuando suena el teléfono por la mañana, el primer pensamiento que me viene a la cabeza es que es José Carlos llamándome (casi siempre era él cuando sonaba el teléfono). Y un instante después, el corazón me da un vuelco al comprender que no, que no puede ser, que nunca jamás volveré a charlar por teléfono con mi hermano, que Big Brother no volverá a merodear por Babel.

            En fin... Adiós José Carlos, hermano mayor; te voy a echar muchísimo de menos.
 
 
José Carlos Mallorquí del Corral
26 de diciembre de 1939 – 29 de julio de 2014
 
 
 
 

 
Nuestro padre publicó como complemento de una de sus novelas
la historia de Levi Strauss y sus pantalones. La empresa, en
agradecimiento, le envió a m padre una gran caja llena de ropa
vaquera para toda la familia. Las dos fotos se tomaron el día que
llegó, el sábado 30 de junio de 1956. Por entonces, los Levi's
no se vendían en España, así que debimos de ser los primeros
del país en llevarlos.



 
 
José Carlos y yo en 1956

 
José Carlos y yo en 1954
 
 
Nuestro padre hacía sus propias felicitaciones de Navidad.
En la foto, la mano de la izquierda es de Eduardo y la de la derecha
de José Carlos.

martes, julio 29

Mientras agoniza


 
            Desde hace unos días, mi hermano mayor, José Carlos, está ingresado en un hospital, aquejado de una grave crisis respiratoria causada por la enfermedad de Parkinson. Hará cosa de un par de horas he hablado por teléfono con mi sobrina Leonor y me ha dicho que su padre está agonizando. Los médicos dijeron que no superaría la pasada noche, pero él sigue ahí. Aún en la debilidad es fuerte.

            He tenido que cortar la llamada, porque no podía dejar de llorar. Llevo mucho rato derramando lágrimas. No lo había hecho hasta ahora; es como si hubiera abierto una espita y no pudiera cerrarla. Me siento confuso...

            José Carlos está sedado; le suministran morfina para que no sufra, porque debe de ser horrible morir ahogándose.

            No sé por qué escribo esto, no tiene sentido. Estoy en mi despacho, solo, y no puedo trabajar, no puedo concentrarme, aunque debería hacerlo, debería seguir con mi novela, para ser otras personas en otros lugares donde no sucede lo que está sucediendo... Pero no puedo. Y tampoco puedo no hacer nada, así que escribo este estúpido texto.

            Fui al hospital el viernes pasado. Mi hermano había experimentado una leve mejoría y estaba consciente. Al verle, fue como un mazazo; estaba tan desvalido... parecía un bebé enorme. Estuve con él una hora o así, hasta que me pidió que me fuese, porque quería descansar. Al marcharme, hice algo que nunca hacía. Le cogí de la mano y le besé en la frente. No solía besarle; nos abrazábamos, nos dábamos un apretón, pero no nos besábamos, no sé por qué. Pero me inspiraba tanta ternura que no pude evitar besarle. Ignoraba que ese beso iba a ser una despedida definitiva. Pero me alegro de que haya sido así, trasmitiéndole mi cariño...

            Apenas veo la pantalla del monitor, oculta tras una bruma de lágrimas. ¿”Bruma de lágrimas”? ¿Es que ni ahora puedo dejar de ser escritor, coño? ¿Es que no puedo dejar de pulsar el teclado ni siquiera en estas circunstancias? ¿Por qué tengo que transformarlo todo en letras, palabras y frases? Y si lo hago, ¿por qué pretendo que sean bonitas? Esto no tiene nada de bonito, no debería intentar convertirlo en literatura. Pero es lo que sé hacer; quizá sea ésta la forma en que digiero las cosas. Palabrería; puede que eso sea todo: puñetera palabrería, bla-bla-bla sin sentido.

            Pero a  veces, las palabras son alfileres que se clavan en la piel. Perros que te muerden. Sal en la herida. Joder, qué mierda...

            Big Brother. Ese es el nick que utiliza José Carlos para merodear por Babel. Gran Hermano, como el personaje de 1984, de esa ciencia ficción suya que tanto ama. Su herencia en mí, él me transmitió la afición por ese género. Big Brother. Un nick adecuado; es mi hermano y es grande, tan alto como yo pero mucho más voluminoso.

            Creo que hablar en presente de él me tranquiliza. No quiero hacerlo en pasado, no quiero. De repente, tengo la sensación de que mientras escriba esto, mi hermano vivirá. Quizá si no dejara de escribirlo nunca, hablando de él en presente, entonces no moriría...

            Estoy divagando, perdonadme.

            Sólo he encontrado en Internet una foto de mi hermano, la que tenéis ahí arriba. Es de hace muchos años, más de treinta, y se le va haciendo una de las cosas que más le gustaban.

            Estoy mal; lo siento, ahora no soy un buen anfitrión. Colgaré este texto en el blog, porque quiero estar ocupado haciendo algo, porque no quiero pensar. Ni puedo. Disculpad el mal rollo.

jueves, julio 24

Viajes de papel


 
 
            Hay muchas formas de encarar las vacaciones. Algunos, la mayoría, se trasladan a un lugar de playa, o montaña, y allí se apalancan, sin apenas moverse de donde están. Otros hacen lo mismo, pero tienen su propia casita, adonde van todas las vacaciones. Esta última opción me desconcierta: ¿Ir siempre al mismo lugar, año tras año? Me parece un coñazo, pero para gustos los colores.

            Otra alternativa son los viajes organizados. Te llevan de un lado para otro y te dicen lo que puedes y/o debes hacer. Ahora te montas en un autobús, ahora tienes cinco minutos para hacer fotos, ahora haces compras, ahora te culturizas con una visita guiada a tal monumento, ahora te diviertes... Quienes practican este tipo de viaje parecen pistoleros del oeste haciendo muescas en la culata de su revolver. Me los imagino con una libretita, tachando destinos a toda leche. ¿Taj Mahal? Check. ¿La Alhambra? Check. ¿Mont Saint Michel? Check. ¿El Gran Bazar? Check. ¿Hoy es martes? Entonces esto es Bélgica. Los cruceros son una variante acuática, y a la larga claustrofóbica, de esta clase de vacaciones.

            Pero hay toda suerte de opciones. Dedicarte a practicar tu afición favorita (surf, escalada, cazar mariposas, lo que sea). Ser tan hijo de puta como para hacer turismo sexual. Asistir a conciertos y actividades culturales. Irte a tu pueblo, con los parientes... ¿Sabéis cuál es la mía? Irme a un país, coger un vehículo y recorrer una zona a mi aire, parándome donde y cuando me apetece, y yéndome a otro lugar cuando me venga en gana.

            Mi límite para apalancarme en un sitio, por estupendo que sea, es de una semanita. Al cabo de ese tiempo empiezo a ponerme nervioso y me entran unas ganas enormes de salir pitando. De hecho, cuando mis hijos eran muy pequeños y tenía que pasar todas las vacaciones en el mismo lugar, me dedicaba a hacer constantes excursiones por los alrededores. Pero bueno, sólo se trata de mis gustos personales.

            ¿Sabéis lo que siempre me ha irritado? La pedante diferenciación entre “viajero” y “turista”. Creo que esto lo inició Paul Bowles en su novela El cielo protector, donde decía: “No se consideraba un turista. Él era un viajero. Explicaba que la diferencia reside, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”.

            Bueno, dejando aparte que eso más bien es un nómada, el problema de esa distinción es que es deshonesta. Porque al decir “viajero” estamos pensando en la forma más sublime de eso, de viajero (un Indiana Jones o un Marco Polo cualquiera), mientras que al decir “turista” nos imaginamos la forma más abyecta de turista, con pantaloncitos cortos, chanclas y un porrón de sangría. Pero hay muchos tipos de turismo. Además, en definitiva, o vives en un sito (y no eres ni turista ni viajero), o trabajas provisionalmente allí, o estás de paso para echar un vistazo, con lo cual ni viajero ni leches: eres un turista.

            En cualquier caso, queda muy bien, muy elitista, muy snob, decir: “No soy un turista: soy un viajero”. Anda y que te den... Porque el sentido que se le pretende dar a la palabra “viajero” es equívoco, un sentido que en realidad sólo correspondería a los exploradores y los aventureros, que se juegan la piel en el viaje. Todo lo demás es una forma u otra de turismo.

            Por cierto, ¿sabéis de dónde viene la palabra “turismo”? Pues de Grand Tour, una costumbre de los jóvenes aristócratas ingleses que consistía en realizar una largo viaje por Europa tras acabar sus estudios para complementar su formación (algo así como el Erasmus). Comenzó en el siglo XVII y su objetivo era familiarizarse con la cultura clásica y renacentista. Al principio se centraba en dos países, Francia e Italia, a los que se añadieron Alemania y Austria. En el siglo XVIII la costumbre se extendió a los hijos de la burguesía. Más tarde, en el XIX, con el Romanticismo, el Grand Tour se amplió a Grecia, Turquía y España. Y ya en el siglo XX la costumbre se democratizó para convertirse en lo que ahora conocemos como turismo.

            Pero bueno, de lo que quería hablar es de una forma especial de turismo: los viajes de papel. Me fascinan los mapas, me chiflan los atlas. De pequeño, me metía en el despacho de mi padre, cogía algún National Geographic y el mapa que incluía, y comenzaba a seguir una ruta. No sabía inglés, así que me centraba en las fotos y los nombres. Yucatán, Moka, Tierra de Baffin, Isla Kodiak, Samarcanda, Bahía de Cook, Zanzíbar... Esos nombres exóticos eran como píldoras para soñar.

            Mucho después, he tenido que documentarme sobre geografía para escribir algunas novelas. Por ejemplo, en La piedra inca, el protagonista (Jaime Mercader) realiza un largo viaje desde Cartagena de Indias hasta la selva amazónica de Perú. Para describirlo, usé mapas, libros e Internet, que es utilísimo para estas cosas. Me lo pasé bomba. En el caso de La catedral, ambientada en la Edad Media, el prota debía viajar de Navarra a la Bretaña francesa. Primero hice el viaje sobre el mapa, y después, en verano, dediqué las vacaciones a hacerlo físicamente, en coche. Fue interesante comparar sueños con realidad (en ese caso, ganó la realidad).
 
 

            ¿Os gusta, como a mí, viajar sobre el papel? Supongo que sí, porque en caso contrario no estaríais leyendo este blog. Entonces, os recomiendo un libro: Atlas de islas remotas (Capitán Swing & Nørdicalibros 2013), de Judth Schalansky. El subtítulo del libro aclara aún más el asunto: Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré. Es decir, un atlas de algunos de los lugares más inaccesibles y solitarios del mundo. Es un libro precioso (la autora, aparte de escritora, es diseñadora gráfica), con las islas distribuidas según los mares donde se encuentran. Cada isla ocupa una doble página: el texto a la izquierda y un mapa a la derecha.

            Los textos que hablan de cada isla son breves, pero fascinantes. A veces cuentan cómo se produjo su descubrimiento. Otras veces se limitan a describir lo que hay allí. En ocasiones narran alguna leyenda o historia relacionada con la isla. Schalansky es una excelente escritora y consigue que su prosa sea poética en el espíritu, aunque no en la forma (la mejor variedad de poesía, en mi opinión). Son textos evocadores, sugerentes, inspiradores, exóticos, a veces enigmáticos.

            ¿No resulta asombroso descubrir que, hasta finales de los 90, más gente había pisado la Luna que la Isla de Pedro I en el Antártico? ¿O que existe una Isla Robinsón Crusoe (en el archipiélago Juan Fernández del Pacífico), llamada así porque en ella naufragó el hombre que inspiró a Daniel Defoe para escribir su novela, el escocés Alexander Selkirk? ¿O que hay una cordillera llamada Jules Verne en la isla Posesión, en el archipiélago Crozet del Índico? (También hay un cráter Jules Verne en la cara oculta de la Luna).

            Pero mi historia preferida, la más asombrosa, es la de Rapa Iti, en las Islas Australes de la Polinesia Francesa. Todo comenzó en Francia a mediados del siglo XX, en Luxeuil, un pequeño pueblo de la Haute-Saône. Allí vivía Marc Liblin, un adolescente al que le ocurría algo extraño: cada noche, soñaba que una persona le visitaba y le enseñaba un idioma desconocido. Finalmente, después de muchos sueños, Liblin llegó a dominar el idioma. Cuando tenía treinta años, conoció a un lingüista de la Universidad de Rennes y le habló del idioma onírico. Ni el profesor ni ninguno de sus compañeros conocía esa lengua, pero se trataba de un lenguaje demasiado bien estructurado para tratarse de una mera invención. Entonces tuvieron una idea: visitarían las tabernas de los puertos y le preguntarían a los marineros si en alguno de sus viajes habían oído un idioma parecido.

            Y en Rennes, el dueño de una taberna, tras oír a Liblin hablar esa lengua misteriosa, dijo que la conocía, que era el idioma que se hablaba en Rapa Iti, una de las islas más lejanas de la Polinesia. Y no solo eso, además conocía a una nativa, viuda de un militar, que vivía allí mismo, en Rennes. Fueran a verla, Liblin la saludó en la lengua de sus sueños y ella, que se llamaba Meretuini Make, le respondió en el antiguo Rapa que se hablaba en su isla natal. ¿Y sabéis cómo acabó la cosa? Pues Marc y Meretuini se enamoraron, se casaron y en 1983  se fueron a vivir a Rapa Ini. Y supongo que vivieron felices y comieron perdices, o el pájaro que sea que se coma allí.
 
 

            Curiosa historia, ¿verdad? Y por lo visto auténtica, pues, según he comprobado en Internet, está muy documentada (os adjunto una foto de Liblin y, supongo, de su esposa Make). Sin duda, tiene una explicación, pero hasta ahora nadie se la ha encontrado (que yo sepa).

            En fin... Soledad, Isla del Oso, Annobón, Thule Sur, Pukapuka, Pitcairn, Isla de los Cocos, Takuu, Isla Decepción... qué hermosos nombres para soñar, que maravillosos viajes de papel.

miércoles, julio 16

Tina


 
            Iba a escribir este post sobre la muerte de Alfredo Di Stefano; no por su condición de figura del fútbol, sino como referente de una época. De hecho, no recuerdo haberle visto jugar en su momento; lo que no es extraño, porque de pequeño no me interesaba mucho el balompié, y cuando Di Stefano era la gran figura del Real Madrid yo tenía menos de diez años.

            Pero mi padre y mis hermanos mayores eran socios del club blanco, y en verano solíamos ir a la piscina del Santiago Bernabéu, así que, aunque no era muy aficionado al fútbol, me sentía del Real Madrid y le prestaba cierta atención a Di Stefano; más sin duda que a cualquier otro futbolista de la época. Sin embargo, sólo recuerdo una cosa de él: un anuncio de medias.

            Era en blanco y negro. La pantalla aparecía dividida horizontalmente por la mitad; en la parte superior se veía a Di Stefano cortado de las caderas para abajo, y en la parte inferior, justo debajo, una piernas de mujer. Y el futbolista decía: “Si yo fuera mi mujer, usaría medias Berkshire”. El anuncio era simpático, pero fue un escándalo, porque en aquella época (y en la de ahora, me temo), nada había más sagrado que un as del fútbol, y muchos se lo tomaron como si su ídolo se hubiera prestado al ridículo (Bernabéu consiguió que retiraran el spot). No abundaba el sentido del humor en la España de los 60.
 

            En fin, pensaba hablar de Di Stefano; iba a titular la entrada “Oh la saeta”, mezclando el poema de Machado con el sobrenombre del jugador, “La Saeta Rubia”, pero no voy a hacerlo, porque entre medias se ha interpuesto otra muerte. A Di Stefano le conocéis todos, pero sólo unos poquitos merodeadores la conocieron a ella. Se llamaba Ernestina Álvarez, Tina, y era la madre de mi gran amigo Samael. Tenía 94 años y murió en su casa del madrileño barrio de Chamberí, donde había vivido siempre, el pasado 9 de julio.

            Ahora que lo pienso, el anuncio de Di Stefano apareció en 1962, y debió de ser ese año, o el siguiente, cuando conocí a Tina. Samael y yo éramos compañeros de colegio –el San Alberto Magno- y vivíamos muy cerca el uno del otro. Un día fui a su casa y conocí a su madre; no recuerdo las circunstancias, pero sí la impresión que me produjo. Porque Tina, que por entonces debía de contar 42 o 43 años, era muy, pero que muy parecida a Luisa Sala, una actriz muy popular en esos tiempos (que, por cierto, murió en el 86 atragantada con un trozo de carne). Como Samael y yo nos hicimos inseparables, desde entonces, y a lo largo de unos 20 años, traté muchísimo con Tina. En cierto modo, me convertí en uno más de la familia.

            Tina no tuvo una vida fácil. Era funcionara de Hacienda. Tenía tres hijos; Carmen, la mayor, Dámaso y Samael (que, por supuesto, no se llama así, pero respetaré su nik). Su marido la abandonó cuando Samael era muy pequeño, para largarse a Venezuela con una pelotari (raro, sí, pero cierto). El padre nunca se ocupó demasiado de su ex-familia, y mucho después, cuando regresó a España, demostró una gran mezquindad, tanto con Tina como con Samael. A comienzos de los 70, Dámaso, el segundogénito, falleció en un accidente de tráfico.

            Con todo, pese a haber perdido a un marido y, lo que es más doloroso, a un hijo, Tina siguió adelante siendo como era. ¿Y cómo era? Pues, sencillamente, la persona más bondadosa que he conocido en mi vida. Siempre sonriente, siempre optimista, siempre dispuesta a echar una mano, siempre cariñosa. También era ingenua, pero creo que en su caso la ingenuidad fue un escudo que la protegió de la gente que no se portaba bien con ella, que por desgracia la hubo.

            Respecto a esto, su ingenuidad, hay una anécdota muy divertida. Hace muchos años, Samael, por entonces un veinteañero, estaba en su cuarto fumándose un porro con un amigo y partiéndose de risa. Montaron tanto alboroto que Tina fue a ver qué pasaba. Y Samael, que es un cachondo, le dijo: “Estamos fumando tabaco de la risa, mamá. Es muy divertido. ¿Quieres probarlo?”. Tina aceptó, le dio unas cuantas caladas al porro y... le entró un ataque de risa, como manda Santa Cannabis Índica. Tanto le gustó la experiencia que, durante los siguientes días, cada vez que llegaba a casa le preguntaba a Samael si tenía “tabaco de la risa”, y madre e hijo compartían alegremente un canuto.

            Hasta que un día, Tina comentó en el trabajo lo divertido que era el “tabaco de la risa” de su hijo, y sus compañeros, supongo que con no poco cachondeo, la hicieron ver que estaba fumando porros. Entonces, cuando volvió a casa, fue a buscar a su hijo, consternada, y le dijo: “¡Me has hecho consumir droga! ¡Droga!”. Pero no le duró mucho la indignación, porque Tina no sabía enfadarse.

            También era un espléndida cocinera. Hubo un momento, cuando yo era muy joven y pobre como una rata, en que me quedé sin un céntimo. No tenía ni para comer. Entonces Tina me acogió a su mesa y me estuvo alimentando durante todo un mes, y sé que procuraba esmerarse y que compraba lo mejor que encontraba en el mercado, porque me tenía cariño y ella era un pedazo de pan. Nunca se lo agradeceré lo suficiente.

            Pero el tiempo pasó; Samael y yo hemos mantenido viva nuestra amistad, pero nos casamos (no juntos, ojo), él se cambió de casa y yo dejé de ver a Tina. Aun así, seguí teniendo noticias de ella a través de su hijo. Hace unos años, supe que Tina, que pese a su edad estaba en buena forma física, había comenzado a padecer demencia senil. Hace no mucho murió su hija Carmen, de cáncer, pero creo que Tina apenas se enteró; lo que fue una suerte, porque esa dulce mujer no se merecía un palo más. Últimamente, su demencia senil se había agravado y ya no estaba en este mundo, sino en un constante delirio en el que creía ser una niña. ¿Acaso dejó de serlo alguna vez?

            ¿Sabéis?, cuando la semana pasada me enteré de su muerte, no lloré, ni me entristecí especialmente, aunque sí me sumergí en una suave melancolía. Porque, en realidad, su muerte no ha sido una tragedia, sino un proceso natural. Tenía 94 años, una edad muy avanzada. Lo trágico era el estado en que se encontraba, convertida en una caricatura de lo que fue, en una broma cruel. Trágico no para ella, que probablemente ni se enteraba de lo que le estaba pasando, sino trágico para su hijo.

            Además, creo que Tina, tras los primeros infortunios, tuvo suerte. Nunca le faltó trabajo, siempre vivió en un piso estupendo de la calle Trafalgar (primero de alquiler, y luego comprado a un precio irrisorio), con una terraza de quitar el hipo, y además tenía una casita en Torrelaguna (un pueblo de Madrid, cerca de la sierra) donde pasaba los fines de semana y el verano, en compañía de sus amigas y su familia. Siempre gozó de espléndida salud. Hubo mucha gente que la quiso, porque era imposible no quererla.

            Pero sobre todo, tuvo suerte con sus hijos, Carmen y Samael, que siempre la trataron bien. En especial con Samael, que cuidó de ella en sus últimos tiempos, los más duros. Tina no falleció tras una larga y dolorosa enfermedad, sino de repente, con rapidez, sin sufrir. Una muerte envidiable, una suerte. Y murió junto a su hijo, como le habría gustado.

            Tina era una mujer religiosa. Yo no lo soy, pero ¿eso qué importa? Así que espero, querida Tina, que tuvieras tú razón en eso de Dios y el Paraíso, y no yo, porque si existe un Cielo, desde luego tú eres la que más se merece estar en él. Descansa en paz.

            (Y ahora, de repente, me da por llorar. Seré idiota...)

jueves, julio 3

En serie


 

            Hace tiempo que no hablamos de series de TV, ¿verdad? Desde que mi amado House se perdió en lontananza a lomos de su motocicleta, no he levantado cabeza... Miento, otras series han venido a llenar el vacío que el viejo Greg dejó en mi corazón. Soy voluble cual veleta, qué le vamos a hacer.

            El año pasado vi, una tras otra, todas las temporadas de Breaking Bad y, ay mamma mía, que cosa más buena. Jamás he visto nada parecido, ni en TV, ni en cine, ni siquiera en novela. Ya sabéis la historia: un modesto profesor de química, Walter White descubre que tiene cáncer de pulmón y, para dejar situada a su familia, se pone a fabricar (“cocinar”) metanfetamina. Gana enormes cantidades de dinero y se somete a un tratamiento contra su enfermedad que resulta exitoso. Pero aunque recupera la salud y tiene millones, White sigue traficando con meta, porque ha probado el lado oscuro y ya no puede vivir sin eso. En definitiva, un hombre bueno que decide hacerse malo.

            Breaking Bad es una parábola sobre el mal y sus consecuencias, todo aderezado con un humor negrísimo y una crudeza escalofriante. La versión hispanoamericana de la serie se titula Metástasis, y me parece un título adecuado, porque se refiere a la enfermedad del protagonista, pero también es una metáfora que muestra al mal como un cáncer que poco a poco se va extendiendo hasta consumirlo todo. Si no la habéis visto, ¿a qué narices estáis esperando?

            También vi The Bridge y resultó ser estupenda. Está basada en una serie danesa, que no he visto y que, según dicen, es muy buena, pero dudo que sea mejor que su versión yanqui. Por una razón: no sé qué diferencias culturales existen entre Dinamarca y Suecia (que es el marco de la versión original), pero así, a simple vista, muy pocas. Sin embargo, las diferencias entre USA y México son enormes -sobre todo si le añadimos el factor del narcotráfico- y creo que mucho más interesantes (ese factor también añadía interés a Breaking Bad). Los protagonistas, Diane Kruger, en el papel de una policía yanqui con síndrome de Asperger, y Demián Bichir, interpretando a un policía mexicano, funcionan con una química inesperada. Lo dicho, una serie realmente buena (por cierto, el 10 de julio comienza a emitirse la segunda temporada).

            Una serie parecida a esta es The Killing (también está basada en una producción danesa); vi las dos primeras temporadas y no estaban nada mal, aunque es mucho mejor The Bridge.

            A principios de año se emitió la primera temporada de una joya más de HBO: True Detective, una historia autoconclusiva de ocho episodios. Vamos a ver, cómo explicarlo... ¿Os gusta el “gótico americano”? Pues True Detective es lo más “gótico americano” que pueda concebirse. Está ambientada en Luisiana y narra la investigación de una serie de asesinatos rituales realizada por dos policías de caracteres opuestos: Martin Hart (Woody Harrelson), el típico americano de clase media, y  Rustin Cohle (Matthew McConaughey), un hombre al que la muerte de su hijo le ha destruido por dentro.

            Todo es oscuro en True Detective, incluso a plena luz del día, todo es ominoso, sucio y corrupto. Pocas veces he visto en pantalla una atmósfera tan turbia y malsana (en el cine actual, sólo en algunas películas de David Fincher). He leído una crítica que compara la serie con las novelas de John Connolly (las protagonizadas por el detective Charlie Parker –excelentes, por cierto-), y es verdad. Pero esta serie es mucho más que un thriller.

            Sobre todo es un estudio de personajes. Las interpretaciones de Harrelson y McConaughey son excelentes, pero el personaje de Cohle es más rico y llamativo, lo que permite el lucimiento de McConaughey (este papel le ha encumbrado a la categoría de actor de culto). Imaginaos a un intelectual nihilista y ateo insertado en el seno de una sociedad paleta y ultrarreligiosa. Como gasolina y agua.

            ¿Cuántas veces habéis visto en la tele a algún personaje que pretende ponerse trascendente y suelta largas parrafadas que, en realidad, no son más que una sarta de vulgaridades? Pues bien, Cohle se explaya en largos monólogos filosóficos –en el curso de un interrogatorio policial que se intercala en los episodios-, pero lo que dice posee una profundidad –desoladora, eso sí- rara vez vista en TV. No es palabrería, sino una visión tristemente coherente de la existencia.

            El trabajo de su creador y guionista, el escritor Nic Pizzolatto, es soberbio (estoy deseando leer alguna de sus novelas), pero la realización de Cary Fukunaga no se queda atrás (hay que prestarle mucha atención a este director). En resumen: una obra maestra, no os la perdáis. (La segunda temporada tendrá distinto argumento, distintos personajes y distintos actores).

            Por lo demás, he seguido viendo mis buenas series de siempre: La magistral Mad Men. La incombustible Juego de Tronos (de la que hablaré algún día). La persistente The Walking Dead. Reconozco que me gusta esa serie, aunque en general los zombis me aburren. Pero creo que en realidad la serie no trata sobre zombis, sino sobre supervivencia. El episodio 14 de la 4ª temporada, “The Grove”, es uno de los más demoledores de la historia de la TV. Te deja hecho polvo (jamás imaginé ver algo así en la pequeña pantalla). Big Bang y Modern Family se repiten, pero les he cogido cariño. La única serie “convencional” que sigo es El mentalista. Es repetitiva, cierto, y a veces los guiones son muy tontos, sí, pero me gusta el personaje protagonista, y el actor que lo interpreta, Simon Baker, lo hace muy bien.

            Disfruto como un enano con Vikingos; me gusta el escenario de la alta Edad Media y me encanta la cara de psicópata que tiene el prota. Me parece increíble que Hannibal (protagonizada por el querido Dr. Lecter) sea una serie en abierto (por oscura y grimosa), pero más increíble me parece lo buena que es. Vi con asombro la primera temporada y tengo grabada la segunda, a la espera de darme una panzada de morbo y canibalismo. He visto también las primeras temporadas de The Americans y Orange is the New Black y... no están mal, pero no sé yo si voy a seguir viéndolas mucho tiempo. Ah, tengo grabada la primera temporada de Masters of Sex, pero aún no la he visto. Dicen que recuerda a Mad Men...

            Y ya para terminar, un gran descubrimiento: Louie. Es una comedia (¿lo es?), con episodios de 23 minutos de duración, protagonizada por el humorista americano Louie C. K., especializado en monólogos. ¿Es una sitcom? Buen, al principio tenía estructura de sitcom, pero la verdad es que no se parece en nada a una sitcom. Entonces, ¿qué es?

            La serie está protagonizada por Louie C. K., interpretándose, se supone, a sí mismo. Al principio, cada episodio consistía en una pequeña historia muy de la vida cotidiana, salpicada con fragmentos de monólogos. En ese sentido recuerda a Seinfeld, pero el tratamiento es completamente distinto, y más conforme avanza la serie (de hecho, Seinfeld aparece de vez en cuando como actor invitado, igual que otros humoristas y actores, como Ricky Gervais, Robin Williams, Chloë Sevigny, Sarah Silverman, Jeremy Renner o David Lynch). En cuanto a los monólogos, puedo aseguraros algo: su humor es el más salvaje y afilado que jamás hayáis visto. Es increíble las atrocidades que dice Louie C. K., y la arrolladora gracia con que las dice. Sin duda, se trata del humorista más políticamente incorrecto de la actualidad.

            Pero la serie ha mutado y en la cuarta temporada se ha convertido en algo distinto. El humor salvaje ha ido menguando (pero no desapareciendo) y las tramas se centran más en la vida cotidiana de su protagonista, un humorista divorciado y con dos hijas pequeñas. Son historias mínimas que se prolongan a lo largo de varios capítulos, historias llenas de lucidez y honestidad. Y a veces de poesía. Una maravilla, vamos.

            ¿Queréis un ejemplo? En el tercer capítulo de la cuarta temporada, una desconocida humorista gorda, llamada Vanessa, intenta ligar con Louie, pero éste le pone excusas. Ella insiste día tras día y, finalmente, Louie accede a dar un paseo con ella. Y durante ese breve cita, la chica gordita, interpretada por Sarah Baker, suelta un monólogo acerca de las gordas y los hombres que ha causado sensación. ¿Queréis verlo? Podéis hacerlo pinchando AQUÍ. Está en inglés y no he encontrado ningún vídeo que tuviera subtítulos. No obstante, si como yo no sois ducho en la lengua de Shakespeare, al final de esta entrada os pongo una transcripción traducida que he copiado de la revista Icon.

            Supongo que me habré olvidado de alguna serie, pero con estas ya son bastantes, incluso demasiadas. Besos.
 

Louie le comenta a Vanessa lo difícil que es conseguir novia. Ella le reta: "Inténtalo en Nueva York, bien pasados los 30 y siendo gorda". Él, claro, responde lo que el 90% de los hombres hubieran contestado en ese contexto: "Venga, tú no eres gorda". Y sucedió este lacerante monólogo:

Vanessa: Joder, qué decepción, Louie. ¿Sabes qué es lo más cruel que le puedes decir a una chica gorda? 'Tú no eres gorda'. Tío, es que es un asco. De verdad que lo es. Y lo peor es que ni siquiera está bien visto que te lo diga. La gente no está dispuesta a escucharlo. A ver: tú puedes salir al escenario y hacer un chiste sobre los kilos que te sobran y que por eso te cuesta tener novia… y todo el mundo se ríe. Es adorable. Pero si lo hago yo lo que se creen es que estoy al borde del suicidio.

¿Puedo decirlo? Soy gorda. Y es un asco estar gorda. ¿Podríais dejarme decirlo de una puñetera vez? Mira, me gustas de verdad. Eres un buen chico y a lo mejor la estoy tomando injustamente contigo, pero, en nombre de todas las gordas, voy a hacerte representar a todos los hombres del mundo y te voy a preguntar: ¿Por qué nos odiáis tanto? ¿Qué es lo que tienen cosas básicas de la humanidad como la felicidad, el sentirse atractiva, amada, y que te sigan los chicos que a nosotras se nos niega? Pues no. Se nos niega. ¿Es eso justo? ¿Y por qué se supone que deba aceptarlo?

Louie: Vanessa, eres una mujer guapísima...

Vanessa: Si fuera tan guapa, me habrías dicho 'sí' cuando te pedí salir. Venga, Louie, sé sincero. ¿Sabes lo más curioso? Que yo tonteo con chicos todo el rato. ¿Y sabes lo que pasa? Que los verdaderamente guapos, los tíos cañón, me siguen el juego sin pestañear. Total, saben que su estatus no corre peligro. Pero los hombres como tú nunca tontean conmigo, porque os aterroriza la posibilidad de acabar con una mujer como yo.

¿Y por qué no? Si tú estuvieras ahí mirándonos a los dos, ¿sabes lo que pensarías? Que hacemos una pareja cojonuda. Que pegamos el uno con el otro. Sin embargo, tú no saldrías con alguien como yo ni muerto. ¿Has salido alguna vez con una chica más gorda que tú? ¿Lo has hecho?

Louie: Sí, sí lo he hecho.

Vanessa: No, no, no. No te estoy preguntando si te has follado a una gorda, Louie. Eso seguro que sí. Todos lo habéis hecho. Cuando te conocí, si te hubiera dicho: 'Ey, ¿te vienes al baño a echar un polvo?'. Claro que habrías venido. Pero no me refiero a eso. Me refiero a salir con una gorda. ¿Alguna vez has besado a una gorda? ¿Alguna vez le has entrado a una gorda? ¿Alguna vez has cogido de la mano a una gorda? ¿Alguna vez has paseado por la calle, a la luz del día, sujetando la mano de una chica tan grande como yo?

Adelante, cógeme la mano. ¿Qué crees que va a pasar? ¿Que se te va a caer la minga por agarrar de la mano de una gorda? ¿Y sabes qué lo más triste de todo? Que es todo lo que quiero. Por supuesto que puedo echar un polvo. Cualquier mujer que lo desee puede hacerlo. Pero no es lo que yo quiero. Ni siquiera quiero un novio o un marido. Lo único que me apetece es caminar de la mano de un chico agradable, caminar y conversar".