jueves, abril 14

Las conferencias de hoy



            Hoy, jueves 14, prosiguen las jornadas sobre mi padre en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14)

            Jueves 14 de abril, 19 horas.

A. Al margen de ‘El Coyote’: la otra narrativa de José Mallorquí. “José Mallorquí, más allá de El Coyote”. Conferencia a cargo de RAMÓN CHARLO, coleccionista, escritor y especialista en literatura popular española. 40’

B. Mallorquí y la radio de los sesenta. “José Mallorquí y la radio española del franquismo”, conferencia a cargo de ARMAND BALSEBRE, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad (Universidad Autónoma de Barcelona). 40’

lunes, abril 11

Fe



            Estoy leyendo un libro, El fin de la fe, del filósofo Sam Harris, de lo más interesante. Digo que es interesante porque Harris expone ideas que yo sostengo desde hace tiempo, y no hay nada como la comunión intelectual para despertar interés. ¿Qué ideas? El subtítulo del libro es revelador: Religión, terror y el futuro de la razón. En fin, apenas llevo leídas unas sesenta páginas, así que lo que voy a decir a continuación es de mi cosecha.

            Creo que los europeos tenemos una idea un tanto equivocada acerca del fenómeno religioso. En España, por ejemplo, el 70’6 % se declara católico (un 2’3 % pertenece a otras religiones). Sin embargo, del total de los creyentes sólo un 12’1 % confiesa acudir a los oficios religiosos siguiendo los preceptos de la Iglesia. Es decir que para la inmensa mayor parte de los creyentes españoles, la religión apenas ocupa lugar en sus vidas, más allá de las ceremonias sociales (bodas, bautizos...), e incluso éstas cada vez menos.

            Pero eso no es así en el resto del mundo. Para cientos de millones de personas, la religión es un aspecto sustancial de su existencia, hasta el punto de determinar su forma de vivir, de pensar y de relacionarse con el resto de la humanidad. Esta entregada y obstinada adscripción a un conjunto de creencias está basada en un principio fundamental para todo fenómeno religioso: la fe.

            La fe consiste en creer en algo aunque no se tengan evidencias de ello y por absurdo (o insólito) que parezca. Para todas las religiones -con la curiosa excepción parcial del budismo-, la fe es algo positivo. Creer a ciegas en algo que va contra la razón... Eso, que en casi cualquier otro aspecto de la vida conduciría al diván del psiquiatra, en el ámbito religioso se convierte mágicamente en la mayor de las virtudes. Cuanta más fe tenga un creyente, más cerca de la santidad estará.

            Porque hay fes de distintos calibres. Por ejemplo, una cosa es creer en la existencia de un dios, así, en abstracto, sin meternos en detalles, y otra muy distinta creer que ese dios es un elefante con cuatro brazos, o que tiene cabeza de chacal, o que nació de una virgen, o que vive en el planeta Kólob, o que premiará a los fieles en el otro mundo con 72 zagalas complacientes...

            Si la fe consiste en creer en algo careciendo de evidencias, y si la fe es una virtud, entonces cuanto más inverosímiles y absurdas sean las creencias, más fe hará falta para creérselo y más virtuoso será quien la profesa. Y una vez que te has tragado algo intragable, ya te tragas cualquier cosa. Así funciona la fe.

            Puede que algún merodeador creyente, probablemente católico, difiera conmigo en este último punto. Yo creo en las enseñanzas del cristianismo, dirá, y eso no significa que sea un iluso que me crea cualquier cosa. Y yo estaré de acuerdo con él, pero le diré que eso es así porque es un creyente occidental y su fe no es gran cosa (comparada con otras fes).

            Pongamos un ejemplo: la Santísima Trinidad. Es un dogma de fe, pero, convengámoslo, no hay quien lo entienda (¿qué demonios es el espíritu santo?). Y no hay quien lo entienda porque es absurdo (al menos, a mí me lo parece). Este asunto proviene de los inicios del cristianismo, cuando Pablo de Tarso desgajó la doctrina de Jesús del judaísmo, y comenzó a predicarla entre los gentiles. Había mucha competencia, sobre todo de religiones orientales, donde abundan las trinidades (Isis-Osiris-Horus, Brahma-Siva-Vishnú, Ea-Marduk-Guibil, etc.), así que los primitivos cristianos, para conseguir adeptos, se sacaron de la manga una trinidad intentando conciliarla con el monoteísmo. El resultado fue un concepto decididamente extraño: un único dios que al tiempo es una trinidad.

            Pero no me voy a meter en si la Santísima Trinidad existe o no, eso es otro tema. La cuestión es que un hipotético católico deberá aceptar la existencia de esa trinidad, aunque no la entienda y aunque suene absurda. La aceptará a base de fe, que es creer en lo increíble. Ahora bien, a ese supuesto creyente le plantearía dos preguntas: ¿Estás dispuesto a matar para defender tu fe en la Santísima Trinidad? Y más importante aún: ¿Estás dispuesto a morir en defensa de esa fe? Me imagino que la respuesta a ambas preguntas, sobre todo a la segunda, es no, ni de coña. Porque la fe de nuestro virtual creyente no da para tanto. Por fortuna.

            Sin embargo, no hay prueba más contundente de la fortaleza de una fe que dar la vida por ella. En el catolicismo, el martirio es el único camino directo e incuestionable a la santidad. Si das la vida por tu fe, te conviertes automáticamente en santo, que es la máxima distinción que puede alcanzar un creyente. Lo mismo sucede en el islamismo.

            Estoy seguro de que ninguno de los merodeadores creyentes estaría dispuesto a dar su vida, o a quitar una ajena, por defender sus creencias religiosas. Porque son personas civilizadas dotadas de una ética personal que va más allá de la moral religiosa. Y, además, aunque no lo sepan, son creyentes críticos y selectivos en cuanto a su propia doctrina. Por ejemplo, la mayoría de los creyentes aceptan que los relatos recogido en el Génesis (Adán y Eva, Noé, etc.) no son históricos, sino fábulas con un significado simbólico y ético (porque la capacidad de tragaderas –es decir, la fe- de los creyentes de aquí tiene un límite). Por otro lado, hay versículos de la Biblia que defienden la esclavitud (p. ej.: Éxodo 21:2-6 o Levítico 25:44-45), pero los creyentes no los leen, y si lo hacen lo justifican diciendo que eran otros tiempos (y olvidando que, en teoría, se trata de la palabra de Dios, y por tanto eterna e inmutable).

            La Biblia, supuestamente, es toda ella la palabra de Dios transcrita mediante la revelación, así que todo lo que se dice en ella tiene el mismo peso y es una verdad absoluta. Sin embargo, la mayoría de los cristianos suelen pasar por alto el Antiguo Testamento (con ese dios tribal, colérico y caprichoso) y centrarse casi exclusivamente en los Evangelios. Porque, las cosas como son, la moral del Nuevo Testamento es mil veces más moral que la del Antiguo.

            El caso es que la mayoría de los creyentes occidentales “adaptan” a su manera las doctrinas religiosas, quedándose con lo que consideran bueno, e ignorando o rechazando aquello que les parezca negativo o demasiado absurdo (aquí conviene recordar que esa actitud, hace quinientos años, les habría llevado a la hoguera). Y eso se debe a muchas cosas: a la reforma, a tres siglos de pensamiento laico, a la ciencia, a la educación generalizada... Todo eso ha debilitado la fe de los creyentes. Por fortuna, insisto.

            Ahora bien, no olvidemos que en el mismo Occidente, en Estados Unidos por ejemplo, hay un buen número de cristianos integristas que se toman la Biblia literalmente. Para ellos, Adán y Eva existieron, Noé metió unos cuarenta millones de especies animales en un barco de madera, o la Tierra (el universo entero en realidad) fue creada en la madrugada del 23 de octubre del año 4004 a.C. (sic). Evidentemente, para creerse todas esas insensateces hay que tener unas tragaderas descomunales. Es decir, una fe muy intensa.

            ¿Y qué ocurre con las sociedades, y con las religiones, donde no ha habido ni una reforma, ni asomo de pensamiento laico, ni pizca de ciencia, ni educación generalizada? ¿Cómo es la fe de esa gente? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué puede hacer? Porque, no lo perdamos de vista, la fe es una fuerza muy, pero que muy poderosa.

            Y aquí, amigos, os dejo para que reflexionéis sobre este apasionante tema hasta el siguiente post. Ciao.

miércoles, abril 6

Continúa el ciclo de conferencias sobre mi padre



            Mañana, jueves siete de abril, a partir de las 19:00, tendrá lugar en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14) la segunda jornada de charlas sobre la figura de mi padre y su obra. Serán dos conferencias:

            A. De la España bélica a las postrimerías del franquismo: auge de la literatura popular y madurez creativa de J. Mallorquí. “La pluralidad del uniformismo hacia 1950”, conferencia a cargo de JORDI GRACIA, catedrático de Literatura Española (Universidad de Barcelona) y ensayista. 40’

B. El Oeste, espacio de leyenda. ‘El Coyote’ y las novelas de vaqueros. “El Coyote, un héroe hispano en un Oeste hispano”, conferencia a cargo de MANUEL BLANCO CHIVITE, periodista y director de El Garaje Ediciones. 40’

            Espero veros por allí.

            Nota: En la foto, uno de los juguetes que, como primitivo merchandising, se vendieron en los años 50 amparándose en la fama de El Coyote. Yo, de pequeño, tuve unas pistoleras como esas; pero eran de plástico cutre y se rompieron enseguida. Ese juguete es uno de los objetos más peculiares que se exhiben en la exposición ANTIFAZ.

martes, marzo 29

Conferencias sobre José Mallorquí


 
            Queridos merodeadores, con motivo de los actos programados para la exposición ANTIFAZ, el próximo jueves, 31 de marzo, a partir de las 19:00, comenzará el ciclo de encuentros y conferencias dedicadas a mi padre y a su obra. El acto tendrá lugar en las aulas de la Casa del Lector del Matadero (Paseo de la Chopera, 14)

Os copio el texto del programa:

Sesión 1. Hacia un nuevo paradigma lector. Jueves 31 de marzo, 19 horas.
A. Sociedad de masas, sociedad lectora: la España que vio nacer a José Mallorquí.
“Entregarse a la lectura: las primeras lecturas del joven Mallorquí”, conferencia a cargo de JEAN-FRANÇOIS BOTREL, hispanista y catedrático emérito de Lengua y Cultura Hispánicas (Universidad de Rennes 2). 40’
B. José Mallorquí, una visión familiar. Encuentro con: MANUEL BLANCO CHIVITE, periodista y director de El Garaje Ediciones; ABILIO FERNÁNDEZ, locutor radiofónico; CÉSAR MALLORQUÍ, escritor. Modera JOSÉ LUIS MARTÍNEZ MONTALBÁN, historiador y crítico de la literatura popular y del cine españoles. 60’

            A los que viváis en Madrid os animo a asistir, porque será de lo más interesante. Y, como suelo decir, además podréis encontraros conmigo, que soy un encanto.

lunes, marzo 21

Críticas



            Por fortuna, la mayor parte de las críticas que he recibido como escritor han sido positivas; unas más, otras menos, pero digamos que la nota media es de notable. Además, los premios que he obtenido me sugieren que, objetivamente, no debo de ser del todo mal escritor. Por otro lado, soy consciente de algo: es imposible gustar a todo el mundo Por bueno que seas, da igual; siempre habrá alguien que se cisque en lo que has escrito.

            No obstante, y ahora voy a desnudar mi alma ante vosotros, debo confesar algo: las malas críticas me afectan. Me deprimen. Para que me entendáis: una mala crítica me jode más que lo que puede llegar a alegrarme una crítica elogiosa. Eso, sin duda, se debe a mi proverbial inseguridad.

            Yo, como escritor, vivo en una permanente duda. Cuando acabo de escribir una novela, siempre temo haber escrito la mayor mierda de la historia de la literatura. Cuando alguien me comenta que le ha gustado lo que he escrito, siempre pienso que lo dice por amabilidad. Cuando tomo una decisión mientras escribo siempre temo haberme equivocado. Nunca estoy seguro de nada.

            Y es jodido, no os creáis que no. Pero, al mismo tiempo, lo considero necesario. Porque esa duda permanente me ayuda a mejorar, y porque si en algún momento llegase a estar seguro de lo que escribo, creo que en ese preciso instante estaría muerto como escritor. La inseguridad es el precio que debo pagar por mi trabajo. Pero bueno, ya me he acostumbrado a vivir sintiéndome al borde de un abismo.

            Volviendo a las críticas, creo que básicamente las hay de dos tipos: aquellas en las que el reseñista se limita a decir si el texto le ha gustado o no, sin aportar argumentos, y esas en las que el crítico sustenta su opinión con datos y argumentos. Una mala crítica de la primera clase me jode (porque todas me joden), pero no me aporta nada. Las malas críticas del segundo tipo también me joden, pero me ayudan.

            Por ejemplo, un crítico señaló los defectos de una novela mía muy querida por mí. No le daba un palo, pero sí que señalaba ciertas debilidades del texto. ¡Y el muy cabrón tenía razón! Me agarré un cabreo enorme, pero no contra el crítico, sino contra mí, por ser tan burro. Y al mismo tiempo me sentí muy agradecido, porque aquel crítico me había ayudado a mejorar. Por desgracia, las críticas del tipo 1 abundan mucho más que las del 2.

            Respecto a las primeras, hay unos casos concretos que me producen una mezcla de estupor e irritación; no por las opiniones subjetivas que expresan, sino por la naturaleza del reseñista. Me explicaré.

            Tengo una Alerta Google. Es decir, cada vez que aparece mi nombre en internet, recibo un mail avisándome (esa es la teoría, porque falla más que una escopeta de feria). Bueno, pues hará cosa de un mes me llegó una alerta que me condujo a una web de esas en las que diversas personas opinan sobre una novela determinada. En ese caso, la novela era La isla de Bowen.

            Uno de los participantes (voy a emplear el masculino, pero puede ser tanto un hombre como una mujer) escribió un comentario bastante extenso. No se cargaba la novela, pero hablaba de ella con condescendencia. Decía que la primera parte le había aburrido, pero que la segunda le había gustado, más o menos. Luego, en tono siempre condescendiente, me daba consejos para mejorar (a mí directamente, aunque supongo que era una especie de figura retórica, porque no creo que pensase que yo lo iba a leer). Criticaba mi forma de emplear los adjetivos (aunque no especificaba por qué) y me tildaba de leísta. Eso último es cierto, soy leísta. Es más, aunque podría corregirlo, no lo hago, porque la forma correcta me suena mal (me he criado y vivo en el centro de España, donde el leísmo es común). Además, la RAE admite el leísmo. A fin de cuentas, Cervantes lo era. Ah, también me tildaba de machista.

            Reconozco que me molestó un poco el tono de suficiencia que destilaba el comentario. Pero hubo algo que me molestó aún más: esa persona era, es, un escritor de literatura juvenil. Además, nos conocemos; muy superficialmente, pero nos hemos visto un par de veces.

            Veréis, digamos que hay dos tipos de escritores profesionales: los consagrados y, llamémoslos así, los de clase media (me apresuro a aclarar que me considero un escritor de clase media). Respecto a los primeros, no tengo ningún problema en criticarles negativamente (salvo que los conozca personalmente), que para eso los han subido al Olimpo. Por ejemplo, más de una vez he puesto a parir los textos Agustín Fernández Mallo; pero es que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, es un autor “consagrado”.

            Ahora bien, jamás hablo mal públicamente de las obras de los escritores de clase media, y mucho menos si los conozco, aunque sólo sea de vista. Me parece una rotunda falta de cortesía profesional. Y un exceso de vanidad, porque si un escritor critica a otro, en el fondo es como si dijese: “Yo lo hago mejor”. Por eso, si comento la obra de un escritor de clase media –por ejemplo en este blog-, siempre será porque sinceramente me ha gustado. Si no ha sido así, me callo.

            La verdad es que creo que la inmensa mayor parte de mis colegas, escritores de clase media, piensan como yo, porque rara vez he visto a alguno de ellos criticando a otro. De hecho, a mí sólo me ha sucedido dos veces; hace muchísimos años -por parte de un escritor de ciencia ficción- y ahora.

            En el fondo, como decía antes, cuando un escritor critica a otro siempre es por vanidad (a veces mezclada con la envidia). Porque los escritores, como casi todos los que se dedican a un trabajo creativo, solemos ser muy vanidosos. Aunque me parece que esa vanidad, en la mayor parte de los casos, no es más que una defensa contra la insidiosa inseguridad inherente al oficio de escribir. Ahora bien, enaltecer el propio ego a base de denigrar el de los demás se me antoja, cuando menos, poco caballeroso.

lunes, marzo 7

Exposición sobre José Mallorquí en el Matadero



 
            En las notas biográficas que aparecen en las solapas de todas los libros que he publicado, sin excepción, siempre hay un dato que se repite: “César Mallorquí es hijo de José Mallorquí, creador de El Coyote”. Y lo mismo ocurre con todos los artículos que se han escrito sobre mi obra. Y con las entrevistas. Y con muchas críticas literarias. Ése es uno de los aspectos que me definen, ser hijo de José Mallorquí.

            Hace tiempo, un periodista escribió que yo, como escritor, soy mucho más que el hijo de José Mallorquí. Espero que así sea... no, estoy seguro de que así es. Por ser hijo de mi padre me han pasado muchas cosas buenas a lo largo de mi vida; por ejemplo, que un amable empleado de Iberia y fan de El Coyote cambiara mi billete de avión de turista por uno de primera, o conseguir un trabajo en publicidad.

            Sin embargo, paradójicamente, jamás me ha ayudado lo más mínimo en mi carrera como escritor. Nunca me han publicado nada por ser hijo de José Mallorquí. En realidad, es lógico; comencé a escribir profesionalmente veintitantos años después de la muerte de mi padre, cuando su fama ya se había eclipsado en gran medida, sobre todo entre las nuevas generaciones. No tenía sentido venderme como “hijo de”, y yo jamás lo habría permitido. Pero el dato forma parte de mi biografía, porque resulta curioso: “este escritor es hijo de ese otro escritor”. Una anécdota y nada más.

            No obstante, alguna vez me han preguntado si no estaba harto de que se me asociara siempre con mi padre. Mi respuesta ha sido y es: No, ni remotamente. Estoy orgulloso de ser hijo de José Mallorquí, y me encanta que se le recuerde a través de mí. Ah, y también estoy orgulloso de llamarme César, como El Coyote y en su honor.
 
 
            Por eso, amigos míos, es un placer anunciaros que el próximo jueves, diez de marzo, a las 19:00, se inaugurará en la Casa del Lector del Matadero una exposición dedicada a mi padre. Se llama: “Antifaz. José Mallorquí, creador de El Coyote, y la transformación de la sociedad lectora en España”.

            En la exposición podréis ver ejemplares de sus novelas (muchos de ellos imposibles de encontrar hoy en día), algunos de sus objetos personales, fotografías, la máquina de escribir de donde surgió El Coyote, material de documentación, recuerdos... Además, a partir del 31 de marzo habrá una serie de conferencias y mesas redondas que ya os anunciaré en su momento.

            Supongo que algunos pensaréis que, si no conocéis la obra de mi padre, la exposición no tiene interés. Os equivocaréis. Porque esa exposición se centra en la figura de José Mallorquí para ilustrar el cambio cultural que se produjo en España a mediados del siglo pasado.

            Supongo que todos los merodeadores de este blog son, en mayor o menor medida, amantes de la literatura popular. Pues bien, el mejor y más importante escritor español de literatura popular del siglo XX fue José Mallorquí, y también el más internacional (El Coyote se tradujo a 16 idiomas. A mediados del siglo pasado, mi padre, era el autor español más traducido después de Cervantes). Sencillamente, la actual cultura popular española no sería lo que es sin José Mallorquí. ¿Queréis que os mencione algunos escritores que confesaron abiertamente la enorme influencia que tuvo en ellos la obra de mi padre? Pues, por ejemplo, Jaime Gil de Biedma, José María Merino o Juan Marsé. Ahí es nada.

            En cierto sentido, podría decirse que la literatura popular española moderna empieza con la obra de mi padre, así que, aunque sólo sea por eso, vale la pena que acudáis a la exposición. Además, si asistís a la inauguración, o a cualquiera de los actos programados, tendréis la oportunidad de verme a mí, que soy un encanto.

            La exposición durará hasta el 24 de julio. Recordad: “Antifaz. José Mallorquí, creador de El Coyote, y la transformación de la sociedad lectora en España”. En la Casa del Lector de El Matadero. Paseo de la Chopera 10, Madrid.

             Si queréis visitar la web, pinchad AQUÍ.

            Por una vez, y sin que sirva de precedente, espero que vayáis al Matadero.

 






 

lunes, febrero 29

Eco



            Estaba escribiendo otra entrada, pero aún no la he acabado y no quería desperdiciar la oportunidad de colgar un post nada más y nada menos que en un 29 de febrero. Así que voy a rendirle un pequeño homenaje a un intelectual y escritor recientemente fallecido

            Cuando, en los 70, yo estudiaba periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información, dábamos tres años de lingüística. De hecho, según me dijeron (aunque no lo sé a ciencia cierta), dábamos más lingüística que los estudiantes de filología. ¿Para qué necesitaba tanta lingüística un periodista?, os preguntaréis. Para nada; pero de algún modo había que rellenar los cinco años de una carrera que debería haberse impartido en tres, con mucha más práctica y menos teoría.

            Pero eso da igual. El caso es que a mí no me importaba mucho, porque me gustaba la lingüística. Y en ese terreno, por aquel entonces, había una especialidad de rabiosa moda: la semiótica. ¿Que qué es eso? Pues la ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción. Estaba de moda, sobre todo, porque le semiótica era muy reciente; se desarrolló en los años 60, aunque estaba en parte basada en los principios enunciados a comienzos del XX por Ferdinand de Saussure.

            Reconozco que me fascinó la semiótica. Hasta que un día mi hermano José Carlos me preguntó: “Ya, pero ¿eso para qué sirve?”. No supe qué contestarle. Y sigo sin encontrar la respuesta, aunque seguro que tiene alguna utilidad, más allá de la puramente teórica y descriptiva.

            Pero de nuevo eso da igual. El caso es que, por aquel entonces, el libro sobre semiótica que estaba en el candelero era Apocalípticos e integrados, de un comunicólogo italiano llamado Umberto Eco. Confieso que intenté leerlo, pero no pude acabarlo. Así de burro soy. Pero más adelante, aunque mi fascinación con la semiótica se había desvanecido, leí varios artículos de Eco. Trataban, por lo general, sobre comunicación de masas y me llamaron la atención por varios motivos. Primero, por la inteligencia del autor. Segundo, por su erudición. Tercero, por su sentido del humor. Y cuarto, por el respeto, y conocimiento, con que Eco trataba la cultura popular.

            Entonces, en 1982, se publicó en España El nombre de la rosa. Yo la leí a comienzos del año siguiente. Fue uno de esos momentos de lectura que se me quedaron grabados en la memoria. Yo estaba enfermito, encerrado en casa con gripe, así que me la zampé en dos o tres días. Me encantó. Disfruté como un enano. Ocho años después, se publicó El péndulo de Foucault. La primera mitad de la novela me gustó, pero por desgracia la segunda parte era un aburrido catálogo de heterodoxias que no tardé en comenzar a leer en diagonal. No pude acabar ninguna de sus restantes novelas. Bueno, miento, sí que leí hasta el final la última, Número cero. Es cortita, pero se trata más de un ensayo sobre la manipulación informativa de los medios de comunicación que de una auténtica novela. Intelectualmente brillante, pero literariamente poca cosa.

            Así pues, recapitulando, no creo que Eco fuese un buen novelista. Con la única excepción de El nombre de la rosa, uno de los textos más inteligentes que he leído en mi vida. Aunque más que de novela, yo lo calificaría de artefacto literario, porque es como un mecanismo de relojería con los engranajes perfectamente ajustados y engrasados.

            La novela fue un best seller nada más publicarse. Curiosamente, se decía de ella que era un texto difícil de leer. Nada más falso, porque cualquier con una cultura media puede disfrutarla. Pero ese marchamo de novela compleja (avalado por el prestigio intelectual de su autor), promocionó de puta madre las ventas. Si tenías la novela y la habías leído (o afirmabas que la habías leído), quedabas como un tío culto. Y no solo eso; si tenías una cultura media, leer El nombre de la rosa te hacía sentir más listo. Veías el nombre del protagonista, Guillermo de Baskerville, y decías para tus adentros: eso es una referencia a Conan Doyle. Enseguida te dabas cuenta de que el monje asesino, Jorge de Burgos, es en realidad Jorge Luis Borges. Y la biblioteca de la abadía, ese recinto laberíntico, también remite a Borges y su cuento La biblioteca de Babel. Pillabas todo eso y pensabas “Coño, pero que listo soy”. Además, el eje de la trama es algo tan intelectual como el desaparecido segundo libro de la Poética de Aristóteles.

            Sin embargo, no nos engañemos, Aristóteles y su Poética son un MacGuffin. Un MacGuffin culto y lustroso, pero un MacGuffin al fin y al cabo. Y las referencias culturales son muy sencillitas (¿A qué narices va a referirse el nombre Baskerville si no es a Holmes?) De hecho, creo que El nombre de la rosa es un libro que parece mucho más profundo de lo que en realidad es. Pero eso carece de importancia.

            En mi opinión, El nombre de la rosa es un magnífico thriller medieval, una inteligentísima novela de misterio. Nada más, pero también nada menos. Recuerdo con muchísimo cariño esa novela, y también la película de Jean-Jaques Annaud. Sean Connery no parecía en principio la opción más adecuada, pero acabó siendo un magnífico Guillermo de Baskerville.

            El pasado día 19, Umberto Eco falleció. A raíz de ello, el nivel mundial de inteligencia ha descendido varios puntos.

            Feliz día fantasma, amigos míos; un día que sólo aparece cada cuatro años.