jueves, marzo 14

Manual de instrucciones para el fin del mundo



 
            Escribí La estrategia del parásito en 2011. Fue un proceso extraño; yo llevaba meses escribiendo La isla de Bowen y, cuando iba más o menos por la mitad de la obra, recibí una llamada de Elsa Aguiar, la entonces directora editorial de SM. Me pidió una novela destinada a leerse en IPhone y vinculada de algún modo a Internet. Le dije que le contestaría en una semana; si para entonces se me ocurría algún argumento, aceptaría. Y se me ocurrió.

            Interrumpí lo que tenía entre manos y escribí la novela muy rápido para poder cumplir la fecha de entrega. Luego, lo del IPhone se torció y La estrategia del parásito acabó publicándose en papel al año siguiente. Elsa había enfermado y para esa edición colaboré por primera vez con Gabriel Brandariz, por entonces editor y hoy Gerente de la editorial. Fue un caso de amor a primera vista; ambos descubrimos que, pese a la diferencia de edades (Gabriel es insultantemente joven), ambos estábamos igual de locos y nos gustaban las mismas cosas.

            Cualquiera que conozca mi obra sabe que mis protagonistas casi nunca son héroes de acción, sino personas normales que se ven envueltas en circunstancias extraordinarias. Me parece mucho más interesante ver cómo se desenvuelve ante el peligro alguien como tú o como yo, que asistir al reparto de mamporros de un gañán con exceso de testosterona. En La estrategia del parásito llevé lejos eso del héroe que no lo es.
 

 
            Se trata de un thriller. Óscar Herrero, el protagonista de la novela, es un estudiante de periodismo de 22 años, un tío de Burgos enteramente normal. Un día lee en el periódico que un antiguo compañero de colegio, Mario Rocafort, ha muerto en un accidente de moto. Óscar no mantenía ninguna relación con Mario, así que se sorprende mucho cuando, poco después, recibe una carta que su ex-compañero le envió justo antes de morir, acompañada de un pendrive. En la misiva, Mario le pide que, si no tiene noticias suyas en una semana, intente localiza a un profesor de la faculta de informática llamado Figuerola y le entregue el pendrive. También le da una serie de instrucciones sobre las precauciones que debe tomar para examinar el pendrive. Óscar descubre que Figuerola ha desaparecido, y entonces mete la pata al incumplir una de las instrucciones de Mario. A partir de ahí, su vida se convierte en una pesadilla.

            Imaginaos que alguien o algo (denominado “Miyazaki”) controla Internet y todo lo que está directa o indirectamente conectado a la Red. Y ahora imaginaos que ese misterioso ente decide putearos usando todo su poder. Eso es lo que le pasa a Óscar. De repente, se ve obligado a huir y esconderse, porque la policía le busca acusado de asesinato y unos sicarios quieren matarle. Y ni siquiera sabe por qué. Durante su huida, Óscar mete la pata varias veces (como la meteríamos todos en su lugar). Esas torpezas, esa fragilidad del protagonista, para mí lo hacen más interesante, aunque no todo el mundo estuvo de acuerdo.

            Recuerdo que un chico escribió en su blog una reseña de la novela. Le había gustado mucho, pero añadió que no soportaba al protagonista. “¡ES TONTO! ¡TONTO! ¡TONTO!”, escribió. Ya, lo es; pero ponte tú en su lugar.

            La novela tiene una peculiaridad: su final está en una página de Internet. Y es un final abierto. (Por cierto, algunos lectores confesaron que se habían llevado un susto de muerte al ver ese final) Aunque, si te paras a pensarlo, no lo es tanto. El poder al que se enfrentan los personajes es tan desmesurado que resulta imposible enfrentarse a él. Punto final. O, al menos, eso creía yo entonces.

            Como siempre ocurre cuando publico una novela, procedí a olvidarme de ella. Pero años después, por algún motivo que no recuerdo, volví a pensar en su argumento. ¿Realmente el problema que había planteado no tenía solución? Me puse a darle vueltas. No podía sacarme un as de la manga ni recurrir a un tramposo deus ex machina; tenía que ser algo que ya estuviese en la primera novela…Y lo encontré. Además, era una solución que, si lo pensabas bien, contenía un problema aún mayor y casi filosófico. Eso me gustaba.

            Le propuse a Gabriel convertir La estrategia del parásito en un trilogía y, como está loco, aceptó. Así que escribí dos novelas más. Y la primera de ellas, llamada Manual de instrucciones para el fin del mundo, ya está en las librerías, junto con una renovada reedición de La estrategia... La trilogía, llamada Crónicas del parásito, se completará con la tercera entrega, La hora Zulú, que aparecerá en septiembre.

            La primera novela era voluntariamente claustrofóbica. Se centraba en dos personajes (Óscar y Judit, la ex de Mario) durante menos de dos semanas. Pero Miyazaki supone un peligro mundial, así que en Manual de instrucciones para el fin del mundo he ampliado la mirada; se introducen nuevos personajes y la acción se desarrolla en más escenarios, aparte de España: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón. El argumento de esta segunda novela se centra en la formación de un pequeño y extravagante grupo de personas que se unen para hacer frente a la amenaza de Miyazaki. También retoma a los principales personajes de la anterior novela. Lo cual permite que Óscar, después de casi un año huyendo, aprenda y deje de hacer tantas tonterías. Y, por cierto, como su nombre indica, la novela habla de un simpático sistema para acabar con la humanidad.

            Ah, y una curiosidad: Los tres títulos de Crónicas del Parásito son en parte un juego metaliterario en el que la ficción se confunde con la realidad. Pues bien, en las novelas segunda y tercera aparecen dos personajes peculiares. Uno es un escritor llamado César Mallorquí, y el otro su mujer, María José Álvarez, Pepa. Soy mi propio personaje, lo cual significa que soy mi propio padre. De tal astilla, tal palo.

            En fin, queridos merodeadores, Manual de instrucciones para el fin del mundo ya está en las librerías. Y también la bonita reedición de La estrategia del parásito. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Corred a comprarlas, insensatos!

sábado, marzo 2

Políticos




            El domingo 1 de octubre de 2017, fecha del célebre referéndum catalán (que por lo visto era de mentirijillas), Pepa y yo estábamos en Barcelona. En realidad, saliendo de Barcelona, pues habíamos pasado el fin de semana allí y regresábamos en coche a Madrid. Salimos temprano, así que no fuimos testigos de ningún incidente; pero pasamos por delante de cientos, miles de banderas esteladas. La ciudad estaba llena de ellas.

            Recuerdo que por el camino comenté con Pepa que lo que más me jodía del nacionalismo catalán era que, por el principio de acción/reacción, azuzaría al nacionalismo español. Madre mía, cómo me jode a veces tener razón. Cuando llegamos a casa nos encontramos con que nuestra calle estaba plagada de banderas españolas. El jueves, cuando salimos, sólo habría un par, pero al cabo de tres días se habían multiplicado como una plaga. Creo que nuestra terraza era la única en la que no ondeaba un trapo.

Detesto el nacionalismo; me parece un sentimiento cuasi-religioso, paleto, miope y destructivo (sólo hay que recordar las monstruosas consecuencias del nacionalismo en el siglo XX). Pues bien, ¿que no quieres caldo? Toma dos tazas. Al efervescente resurgimiento del cavernario nacionalismo catalán le ha seguido el no menos espumoso alzamiento del cavernario nacionalismo español.

            Ahora es el momento de citar a Samuel Johnson (y a  Kirk Douglas, y a Kubrick): “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Porque el patriotismo es un eficaz medio de control social, que los canallas catalanes (esa derecha burguesa que se hinchó a robar mientras estaba en el gobierno) y los canallas del resto de España (esa derecha de Barrio de Salamanca que se puso ciega a robar cuando gobernaba), utilizan para tapar sus trapos sucios. Y mientras tanto, el pueblo, esos catalanes que son “buena gente”, o los otros que son “españoles de bien”, entran al trapo como becerros y bailan al son que les tocan, sin pararse un segundo a pensar. Supongo que el pensamiento está sobrevalorado. Mejor embestir.

            Pues bien, como era de prever, gran parte de la sociedad española se ha volcado a la derecha, porque es la derecha quien siempre ha preservado las esencias del nacionalismo español. Lo que pasa es que las cosas no han ido como yo pensaba (sino mucho peor).

            De hecho, soy famoso por lo errado de mis previsiones políticas. No doy ni una. Por ejemplo, siempre había pensado que el hecho de que, tras el derrumbe de la UCD, sólo hubiera un partido que aglutinara a toda la derecha, desde el centro hasta el extremo diestro, era una anomalía democrática. Así que, cuando entró en escena Ciudadanos, creí que el asunto se iba a solucionar; el PP se quedaría en la derecha extrema y Ciudadanos en el centro derecha. Por fin una derecha civilizada, pensé tontamente…

            Porque me había olvidado de Vox. Ahí estaban los trogloditas, agazapados, sin que nadie les prestara atención. Y de pronto, zas, los tienes  delante de tus narices, mostrando orgullosos su patriótica estampa de señoritos a caballo. Qué miedo me dan, madre mía; qué miedo y qué asco. Y qué dejà vu tan siniestro.

            Pero lo que ha pasado después me ha dejado aún más turulato. Pensaba yo que los distintos partidos conservadores buscarían, cada uno, su propio nicho en el espacio de la derecha, pero qué va. Vox se ha quedado en lo que es: extrema derecha. Pero el PP, por razones que luego intentaré explicar, se ha corrido tanto a la diestra que resulta difícil diferenciarlo de los del diccionario. Y Ciudadanos, hala, también ha girado hacia el extremo. Y ahí tienes a los tres, peleando por el voto jurásico.

            Siempre he pensado que los líderes políticos actúan en base a sus propios intereses. No los de sus conciudadanos, ni los de su partido: los suyos personales como individuos. De todos los líderes que van a competir en las elecciones, quien más se la juega es Pablo Casado. A Vox para triunfar le basta con entrar en el Parlamento, cosa que ocurrirá seguro, de modo que Abascal tan tranquilo. Ciudadanos incrementará con seguridad sus escaños; aunque Rivera no llegue a gobernar, nadie de su partido le discutirá el liderazgo. El PSOE será, según todos los indicios, el partido más votado; gobierne o no, Pedro Sánchez no temerá que sieguen la hierba bajo sus pies.

En cuanto a Podemos, todo augura que se pegará un señor batacazo, pero como Iglesias ya ha eliminado toda la competencia interna y ha hecho del partido su cortijo, no tendrá problemas.

            Lo de Casado es distinto. De entrada, no está consolidado como líder del PP, y muchos en su partido están esperando y deseando que se la pegue. En segundo lugar, está en un partido herido por la corrupción y los escándalos. Por último, tiene una hemorragia de votos que se van a Ciudadanos y, sobre todo, hacia Vox (de hecho, Vox es un destilado del PP). Va a perder escaños por un tubo. La única oportunidad que tiene Casado de salvar la cabeza es que los tres partidos de la derecha consigan la mayoría mediante una alianza y que el PP quede por delante de Ciudadanos, de forma que pueda gobernar. Cualquier otra opción, kaput.

            Si intentáis poneros en su piel (ya sé que es difícil, pero encasquetarse un chaleco acolchado ayuda a conseguirlo), os daréis cuenta de que Casado está haciendo lo único que puede hacer. La mayor pérdida de votos del PP es hacia Vox, de modo que para intentar recuperar a esos votantes, Casado se ha escorado radicalmente hacia la derecha (que probablemente sea lo que le mole, pero da igual). Además, así le será más fácil negociar una posible alianza con esos machotes a caballo.

            Lo que ya no entiendo es el comportamiento de Ciudadanos. Su nicho natural es el centro-derecha; ¿qué gana Rivera yéndose a la caverna? Vale, por lo visto tenía una fuga de votos hacia Vox; pero cabe suponer que si se va demasiado a la derecha perderá votos en beneficio del PSOE. Por otro lado, Ciudadanos nació como reacción frente al nacionalismo catalán. Su principal seña de identidad es el nacionalismo español. Así que ahí tienes a Rivera, Casado y Abascal, compitiendo a ver quién la tiene más grande (la bandera, la bandera). Aunque creo que, en el fondo, se trata de algo más primario. Hubo un momento en que las encuestas daban como ganador a Ciudadanos; Rivera ya se veía en el trono. Y de pronto va Pedro Sánchez y organiza una moción de censura. Y lo que es peor: la gana. Y las aspiraciones de Rivera, su rápido ascenso al poder, se esfuman. No sé, creo que es como un niño al que le enseñan un juguete para, acto seguido, quitárselo. Tiene una pataleta.

            ¿Y qué pasa con la izquierda? Creo que Pablo Iglesias es un hombre talentoso que, cegado por la vanidad y la ambición, no ha parado de meter la pata hasta dejar su partido hecho una ruina. Podemos se pegará un batacazo en las generales, aunque probablemente menor de lo que auguran las encuestas (al menos, eso espero). Respecto a esto, puedo alardear de una de mis escasísimas predicciones políticas acertadas. Cuando Podemos estaba en la cresta de la ola, auguré que acabaría deshinchándose hasta ocupar el nicho natural de la izquierda extrema (que antes pertenecía a IU); es decir, en torno al 10 o al 15 %

            En cuanto al PSOE, creo que Pedro Sánchez es un mediocre. Pero también me parecen mediocres el resto de los políticos españoles. Además, Sánchez es un mediocre, sí, pero no un sociópata. Como sí lo es algún que otro líder del bloque de la derecha.

            Hace años, juré que no volvería a hablar de política en el blog, porque me indignaba demasiado. Pero lo acabo de incumplir, y lo volveré a hacer en las próximas semanas. Pasé mis primeros 22 años de vida en el seno de una dictadura fascista; no quiero volver a nada que me recuerde a aquello. Y últimamente, amigos míos, llega a mi delicada nariz un tufo facha de lo más alarmante.

            Cuando la utopía queda lejos, y la distopía se aproxima, lo que hay que hacer es apostar por el mal menor. No es emocionante, pero sí muy práctico.

martes, enero 29

¿Maestro?




            Una de las palabras más bonitas del español es “maestro”. Lo es porque hace referencia a uno de los trabajos más importantes y honorables que existen. El oficio de enseñar, proyectar luz en la oscuridad, transmitir sabiduría. No hay palabras para describir la deuda que tenemos con los maestros.

            Pero “maestro” tiene otros significados. Según la RAE, en su primera acepción: Adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase. Es decir, un/a maestro/tra es una persona que realiza una labor de forma sensiblemente mejor que sus colegas. Por ejemplo, y sin pasar de la B, el Bosco fue un maestro de la pintura, Bach de la música, o Borges de la literatura.

            Digo esto porque de un tiempo a esta parte algunas simpáticas personas tienen la amabilidad de referirse a mí, directa o indirectamente, como “maestro” (cabe suponer que maestro en la escritura, porque la danza no se me da del todo bien). Vale, ante todo: “Gracias”. Y a continuación: “Pero no me lo merezco”.

            Dicen que quien rechaza un halago es porque quiere oírlo dos veces. No es el caso, creedme. Porque el hecho de que me llamen maestro me genera unos cuantos problemillas. El primero de ellos: que despierta mi latente síndrome del impostor.

            En el fondo de mi ser, albergo la sospecha de que soy un bluf. Tengo la sensación de que todos los éxitos y reconocimientos que he conseguido como escritor se deben a la suerte o, aún peor, a haber conseguido engañar a un montón de gente. Es decir: no me merezco lo que tengo. En fin, procuro no pensar mucho en ello; pero cuando me llaman maestro el síndrome despierta cual Godzilla y empieza a corroerme por dentro.

            El segundo problemilla tiene que ver con el ego. Detesto a la gente vanidosa, así que toda la vida he luchado por mantener mi ego estable, procurando evitar que se hunda, pero sobre todo impidiendo que se hinche. Si de verdad creyese que soy un maestro, ¿en qué clase de gilipollas me convertiría?

            Por último, estoy convencido de que aquellos que me llaman maestro lo hacen por deferencia, no porque piensen que soy un auténtico maestro de la literatura. Es una muestra de amabilidad, y como tal la agradezco de todo corazón, en serio. Pero también es una señal. Hace diez años nadie me llamaba maestro. Ahora sí. ¿Qué ha cambiado? Sencillo: mi edad. Mucho me temo que me llaman maestro por la simple y deprimente razón de que soy viejo. Así que me lo tomaré como un piropo inmerecido y una muestra de respeto a mis canas. Gracias de nuevo. Pero no soy un maestro.

            Siempre me he considerado, en cuanto a calidad, un escritor de clase media. No soy un estilista de la prosa (ni quiero serlo); no he abierto nuevos caminos en la literatura; no he abordado grandes y profundos temas.  Soy un escritor de género (o más bien de géneros) cuya máxima ambición es narrar historias lo mejor posible. Nunca he pretendido ser un artista, pero sí un buen artesano.

            Mi estilo literario es, en general, clásico; lo cual significa que copio a un montón de autores mejores que yo. Aunque, eso sí, aportando mi toque personal, esa huella particular que, para bien o para mal, hace diferente lo que escribo. Así que, ya veis, no soy un maestro, sino un alumno.

            En un país  donde lo que siempre ha primado ha sido la literatura realista, a mí el realismo a palo seco tiende a aburrirme. Creo, como reza la atinada frase, que la realidad es lo que inventan las personas que tienen poca imaginación. Prefiero los sueños, porque sin sueños la vida sería un coñazo. Y soñar no está bien visto en este país de gente adusta y sombría. Nada de eso me da puntos para alcanzar la maestría, más bien al contrario.

            Pero es que, además, aunque pudiera no querría ser un maestro. ¡Por Júpiter, qué responsabilidad! Me sentiría obligado a ir por el mundo con aire circunspecto, las manos entrelazadas a la espalda y diciendo “hum…” y “mmm…” en tono severo. Acabaría tomándome en serio a mí mismo, y no concibo mayor pecado para alguien que le gusta soñar y se dedica a la ficción.

            En 1950, durante la caza de brujas de McCarthy, tuvo lugar una reunión de la junta del Sindicato de Directores de Estados Unidos, cuyo objetivo era dirimir si se expulsaba a Joseph L. Mankiewicz por negarse a colaborar con el inquisitorial  Comité de Actividades Antiamericanas, y confeccionar una lista negra de directores. El principal impulsor de ambas medidas era Cecil B. De Mille. En un momento del debate, John Ford pidió la palabra y, antes de poner a parir a De Mille, se presentó a sí mismo de la siguiente manera: “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”.

            Por aquel entonces, Ford era el director más respetado de Hollywood. Quizá sea el mejor realizador de la historia del cine. Si alguien merecía ser tildado de maestro, era él. Sin embargo, a la hora de presentarse, Ford se limitó a decir “hago películas del oeste”. Bravo, esa es la actitud. Por mi parte, y sin pretender ni remotamente equiparar mi pobre talento al suyo, me gustaría presentarme diciendo: “Me llamo César Mallorquí y cuento historias”. Pero, ¿maestro?... Qué va.

            Así que, si algún día me llamáis “maestro”, sé que lo haréis por amabilidad y responderé al halago con una sonrisa, intentando olvidar que en el fondo me estáis llamando “viejo”. Cabrones, que sois unos cabrones. Pero encantadores, eso sí.

miércoles, enero 2

Diez maneras de sacar de sus casillas a un escritor.


 
            Por lo general, tenemos una imagen mental según la cual los escritores son personas sosegadas, sabias y amablemente intelectuales. Es falso, por supuesto; hay toda clase de escritores, desde los adorables hasta los asesinables, y aquí me tenéis a mí como malhumorado ejemplo. Porque, por si no os habíais dado cuenta, los escritores somos seres humanos… Si nos pincháis, ¿no sangramos? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos?, y todo ese rollo que se marcó el viejo Will.

            Pero da igual, imaginemos un escritor ideal, tranquilo, reflexivo, moderado, un encantador escritor de peluche. ¿Queréis sacarlo de sus casillas? ¿Queréis verlo bramar en medio de un acceso de ira? ¿Queréis que eche espuma por la boca? Pues estáis de suerte, porque os voy a proporcionar la receta infalible para tocarle los pelendengues a cualquier escritor. En realidad, se trata de diez frases que, una vez pronunciadas, son torpedos bajo la línea de flotación del literato que las oiga, por templado que sea.

            1. Pues a mí se me ocurren muchas historias. Ya verás, te voy a contar unas cuantas… Normalmente, quien te dice eso es un extraño que te acaban de presentar. O un cuñado. Y el escenario de tamaña amenaza suele ser un restaurante o el comedor de una casa. Si eres escritor y alguien te dice eso, dispones de varias opciones: a) Coge un encendedor y, disimuladamente, préndele fuego al mantel. Entonces, con la excusa de buscar un extintor, echa a correr y huye como un conejo. b) Fingir un ataque al corazón también suele funcionar, pero luego tendrás que dar muchas explicaciones en el hospital. c) Si todo falla, dale un puñetazo en la nariz.

            2. He escrito una novela de 600 páginas y he pensado que no te importaría leerla, y corregirla, y darme unos consejos… Claro, claro; porque no tengo nada mejor que hacer. Y luego te la chupo, ¿no? Por lo general, quien te dice eso es un perfecto desconocido que contacta contigo por mail o messenger. Cuando me recupero del asombro que me produce esa propuesta, le recuerdo al remitente del mensaje que hay profesionales de la edición que, por un módico precio, le prestarán esos servicios que a mí me solicita gratis.

            3. He leído tu novela y está muy bien, pero ¿te importaría decirme qué pasa después? ¿Que qué pasa después?... ¿Que qué pasa después?... ¡No pasa nada! ¡Ni antes! ¡Ni durante, porque todo eso me lo he inventado!

            4. ¿Y a ti eso de la literatura te da para vivir? (pronunciando “eso de la literatura” como si se estuviera hablando de un saco de mierda). Lo mejor es no perder los nervios y responder: “No, pero me saco un sobresueldo prostituyendo a menores”.

            5. Cuéntanos algo acerca de tu vida bohemia. Esto me pasó a mí. Tras dar una charla en no recuerdo qué instituto, en el turno de preguntas, la profesora me pidió que les hablara a sus alumnos de mi vida bohemia. Le dije que mi vida no era nada bohemia, que estaba casado y tenía dos hijos, le conté mi oficinesco horario de trabajo, pero nada, la buena mujer siguió convencida de que mi vida oscilaba entre la absenta y las prostitutas. Ahora me arrepiento; debería haberme inventado algo horrible…

            6. Yo tengo un montón de ideas. Te las cuento, las escribes y vamos a medias. Claro, porque esa mierda de idea que se te ha ocurrido tiene el mismo peso que los muchos meses que se tarda en escribirla. Porque el tratamiento, la composición de personajes o la estructura narrativa no tienen ninguna importancia al lado de la gilipollez que se te ha pasado por la cabeza en un momento de distracción. Además, yo soy medio tonto y no se me ocurre nada, pero lo que me sobra es tiempo para escribir… Lo habéis pillado, ¿no?; lo mejor es el sarcasmo.

            7. ¿Por qué el protagonista se llama Fermín? O ¿por qué el coche que sale es un Citroën?, o ¿por qué el mayordomo es calvo?, o por qué lo que sea. Veréis, queridos niños, no todo lo que aparece en un relato tiene que tener una razón. Por ejemplo, pequeñines, muchas de las cosas que hay en mis novelas son así, sencillamente, ¡porque me sale de los güevos!

            8. Y, aparte de escribir, ¿tienes algún trabajo de verdad? Se pueden buscar respuestas ingeniosas, pero no vale la pena; mucho mejor un buen puñetazo en la nariz.

            9. ¿Por qué en tus novelas no aparecen transexuales? (Lo que, traducido, significa: eres un nauseabundo representante del heteropatriarcado). Tampoco aparecen chinos, ni hermafroditas, ni albanokosovares, ni mendigos hindúes, ni albinos, ni ingenieros de telecomunicaciones, ni guerrilleros revolucionarios, ni islamistas, así que, además de machista, debo de ser xenófobo, clasista, retrógrado, islamófobo y elitista. ¿Valdría de algo decir que mis novelas son simples relatos, no catálogos de las diversas variantes de la especie humana? ¿Valdría de algo objetar que no conozco personalmente a ningún transexual, que si quisiera escribir sobre ellos debería documentarme antes en profundidad, y que no le encuentro ningún sentido a todo ese esfuerzo si el argumento no lo precisa? No, no valdría de nada; así que a Parla, ya sabéis para qué.

            10. ¿Qué pretendes decir con tu novela? O sea, que después de muchos meses de planificar la novela, después de muchos meses de escribirla, después de revisarla, corregirla y editarla, vas tú, lees la novela ¿y no sabes lo que he pretendido decir? Ahora sí; traedme la cicuta, por favor…

lunes, diciembre 24

El tradicional y entrañable cuento navideño de Babel

 

Queridos merodeadores, como sabéis, este es un día muy especial en el blog. La Nochebuena, el día que cuelgo el cuento de Navidad en Babel. Supongo que es una tontería, pero es importante para mí, me hace feliz, me siento más unido a vosotros, aunque no os conozca en persona. Se ha convertido en un rito, igual que el árbol de Navidad o los villancicos. El 24 de diciembre por la mañana voy a mi despacho, me siento frente al ordenador y escribo un post como este.

Pero este año no va a ser así. De entrada, ahora, cuando escribo esto, no es el 24, sino el 23. Y no estoy en mi despacho, sino en la cama de un hospital. Y no escribo en el ordenador, sino en un IPad. Y no lo colgaré yo en el blog, sino que lo hará Pepa, mi mujer.

Qué le vamos a hacer.

Para los que no lo sepan, el pasado día 20, durante una cena de escritores en un restaurante, tropecé con un escalón que no había visto, me caí y me rompí la cabeza del fémur derecho. El día 22, me operaron. Estoy bien y en dos o tres días saldré del hospital. Pero también estoy un poco deprimido, espero que me perdonéis el bajón...
 
¡Pero, pero, pero!... eso lo escribí ayer. Y hoy, 24 de diciembre, ¡el traumatólogo me ha dado el alta!
¡Estoy en casa, en mi despacho! Ha sido el mejor regalo de Navidad de mi vida. No me pongo a dar saltos de alegría porque ya no me quedan más caderas que romperme. Iban a ser las peores Navidades de mi vida, pero al final ha resultado que van a ser las mejores. ¡¡Yuppy!!
 
Voy a decir una cursilada: amo La Fraternidad de Babel; este blog, que comenzó hace 13 años casi por casualidad, se ha convertido en parte de mi vida. Y otra moñez, ésta para los merodeadores más veteranos: os quiero. Cada vez que leo vuestros nombres en los comentarios se me alegra el corazón. Gracias por seguir merodeando por aquí.

Os deseo a todos que paséis unas fiestas fabulosas, llenas de alegría y un poquito de nostalgia. Recordad cuando erais niños, recordad la inocente felicidad de estas fechas. Volved a ser niños. Os merecéis lo mejor. Felices fiestas, amigos míos, feliz Navidad, feliz Solsticio, feliz año nuevo.

Este año, el cuento de Navidad se llama “El visitante de medianoche”. Y comienza así:
 
Horas antes de que un extraño irrumpiera en su hogar amparado en la oscuridad de la noche, Matías Folch había pasado la Nochebuena cenando solo en la quietud de su pisito de soltero. (...) 
 
Si queréis seguir leyendo, pinchad AQUÍ
 
 

 
   

 

miércoles, diciembre 12

El oficio de escribir y VI


 
            Supongamos que dominas todos los aspectos de la escritura que hemos contemplado en las cinco entradas anteriores. Narras vigorosamente, con una prosa primorosa, y escribes unos textos imaginativos llenos de personajes atractivos y tramas ingeniosamente desarrolladas. Y quieres ser escritor profesional. ¿Qué hacer?

            En primer lugar, una reflexión: Calcula cuánto dinero necesitas al año para vivir. Ten en cuenta que como escritor vas a recibir un 10 % del precio de cada ejemplar vendido, restándole previamente el IVA. Ahora calcula cuántos ejemplares tienes que vender anualmente para conseguir el dinero que necesitas.

            Hace poco, leí –no recuerdo dónde- unos datos que no están contrastados, pero que indican más o menos por dónde van los tiros. Según esa difusa fuente, antes de la crisis en España vivían de la escritura unos 2.000 escritores. Ahora, tras la crisis, quedan alrededor de 500. Si tenemos en cuenta que entre primera y segunda división habrá unos 1.500 futbolista que viven del deporte, tienes más posibilidades de ganarte la vida jugando al fútbol que escribiendo. Aunque puede que tu dribling no sea muy fino, o que falles en el juego aéreo, así que vas a insistir en eso de escribir. Vale.

            El camino es largo e incierto, y hay pocos atajos. Aunque, claro, siempre puede ser que tu primera novela sea un éxito sin precedentes, que vendas cientos de miles de ejemplares en todo el mundo y te conviertas instantáneamente en un escritor de culto. También es posible que te toque la lotería; y comprar un billete es mucho más rápido y relajado que escribir una novela.

            Cuando volví a escribir a principios de los 90, me propuse tres metas consecutivas: 1 Aprender a narrar, 2 publicar profesionalmente y 3 vender (porque para vivir de la escritura tienes que vender muchos ejemplares, qué le vamos a hacer). Tardé unos siete años entre la primera meta y empezar a acariciar la tercera, y más de diez en poder considerarme plenamente un escritor profesional. De no ser por el apoyo de mi querida Pepa, habría sido imposible.

            Es un proceso lento. Al principio no te conoce ni dios, y vas publicando donde buenamente puedes (yo empecé en fanzines y revistas semi-profesionales de ciencia ficción y fantasía). Poco a poco te vas dando a conocer, vas ganando lectores. Pero tan despacio… Así que elegí uno de los escasos atajos que hay en este oficio.

            Los premios. Gracias a ellos se puede pasar de ser un autor desconocido a que tu nombre empiece a sonar entre los editores y los lectores. Además, algunos premios están muy bien dotados económicamente. Digamos que son una especie de acelerador de tu carrera. Durante los diez primeros años gané cinco premios de relato, tres de novela corta y cinco de novela juvenil. Sin duda, eso me lanzó como escritor. Por consiguiente, la pregunta lógica es:

            ¿Cómo ganar premios literarios? Ay, si yo lo supiese... He tenido suerte; he ganado más o menos el 60 % de todos los concursos a los que me he presentado. No está mal, pero queda un lamentable 40 % de fracasos, así que evidentemente no tengo la fórmula del éxito, quizá porque no existe. Está claro que la calidad del texto importa, igual que su originalidad, y también la comercialidad y la oportunidad. Pero hay otros muchos factores que se nos escapan de las manos, entre ellos el puro azar.

            Pero, alto, ¿los premios no están trucados? Algunos sí, algunos no. Si te presentas al Planeta ya te digo yo que no vas a ganar. Pero hay muchos otros premios “legales”; infórmate antes de presentarte. Y yo te recomiendo que te presentes, porque, aunque no ganes, tienes la seguridad de que tu novela va a ser leída por un lector profesional que redactará un informe sobre ella. Y puede que a la editorial le interese publicarla. Así contraté yo mi primera novela juvenil.

            El mito del malvado editor. Con frecuencia oigo echar pestes de los editores (y las editoriales) por parte de gente que jamás ha tratado con un editor (o una editorial). Por supuesto, hay malos editores, igual que hay malos escritores; pero la mayor parte son buenos profesionales que, no lo olvides, están de tu parte. Piensa que un editor tiene tanto interés como tú en que tu novela tenga éxito, porque si tú triunfas, él triunfa. Ahora bien, si tus libros no venden, acabará pasando de ti. Porque el mundo editorial es un negocio, no una ONG. Por eso se publican mierdas firmadas (que no escritas) por youtubers o famosos de TV: porque dan pasta. Pero eso a ti ni te va ni te viene; ni siquiera es culpa del editor, sino de la gente que consume esas porquerías. Cuando un editor trabaja en tu libro, no dudes que está comprometido con él. En lo que a mí respecta, he tenido y mantengo excelentes relaciones con todos mis editores (salvo con uno, que encima era amigo mío). He desarrollado una buena amistad con varios; ellos confían en mí y yo confío en ellos. Pobrecitos; bastante tienen con soportarme…

            Procesos de trabajo. Para escribir profesionalmente hay que escribir con constancia, diariamente. Yo sigo un horario de oficina: de 09:30 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, de lunes a viernes, y los viernes sólo por la mañana. Semana inglesa. Pero soy un escritor lento (alrededor de 1.500 palabras al día); supongo que a otros más rápidos puede bastarles con media jornada.

            Lo que me permite ganarme la vida escribiendo es la literatura juvenil. En ese sector editorial disfruto por fortuna de cierto prestigio, lo que me permite ir por libre. No acepto encargos, ni presento proyectos, ni hago sinopsis; escribo la novela que me sale de las narices y se la presento a una editorial, porque sé que me la van a publicar. Para proyectos más complejos –como la trilogía que acabo de concluir-, me limito a una charla previa con el editor, pero casi sin decirle de qué va el asunto. Eso es porque me siento ridículo cada vez que cuento un argumento. La trama en sí misma no tiene importancia; lo fundamental es el tratamiento, y eso sólo se percibe cuando el texto está escrito.

            Por último nos queda la promoción de la obra. En eso soy malísimo; no voy a ferias, ni a firmas de libros, ni hago presentaciones, y doy las menos charlas posibles. Me aburre todo eso. Pero me equivoco, hago mal. No sigáis mi torpe ejemplo y promocionad en lo posible vuestras obras.

            Contratos. Cuando una editorial quiere publicar tu novela, el contrato que te entrega no es un ultimátum, sino un objeto de debate. Como es lógico, la editorial te ofrecerá unas condiciones muy beneficiosas para ella, pero tú puedes discutirlas y quitar, cambiar o añadir cláusulas. Examina con mucha atención el contrato que te ofrecen y, si no tienes demasiada experiencia, consúltalo con algún amigo escritor o en algún grupo de FB. Recuerda: Todo lo que no esté contemplado por escrito en el contrato, no existe.

            Supongo que a estas alturas huelga decirlo, pero si te obligan a vender x número de ejemplares en la presentación del libro, es una estafa. Y la coedición también lo es.

            Conclusiones. Si habéis leído los seis capítulos de esta serie de posts supongo que comprenderéis por qué cuando me piden un consejo para dedicarse a la escritura siempre digo lo mismo: paciencia. Se tarda mucho en aprender a escribir decentemente, se tarda mucho en aprender a narrar con soltura, se tarda mucho en madurar como persona, se tarda mucho en hacerte un nombre y se tarda mucho en acumular la obra necesaria. Además, el camino está sembrado de fracasos, frustraciones e inseguridades. Para colmo, si no tienes suerte puede que lo hagas todo bien y aun así no llegar a ninguna parte. El camino no solo es largo, sino también cruel y con frecuencia injusto.

            No obstante, si lo consigues, si llegas a ganarte la vida con la escritura… En lo que a mí respecta, es el mejor trabajo que he tenido jamás; si no hubiera que escribir casi ni lo llamaría trabajo, pero nada es perfecto. Cada vez que lo pienso doy gracias a los dioses por haberme permitido llegar hasta donde estoy (que tampoco es una cima elevadísima, pero es mi colinita). He tenido mucha suerte, aunque también lo he sudado. Es de las poquísimas cosas de las que me enorgullezco.

            He escrito estas entradas para intentar orientar a los aspirantes a escritor que están comenzando a adentrarse en la selva editorial. He enumerado los temas fundamentales, pero apenas los he rozado. Si a alguien le interesa entrar más a fondo en las técnicas del oficio, entre septiembre y diciembre de 2007 escribí en este blog diez entradas llamadas “En la mente del escritor”, donde explico con detalle no cómo se debe escribir, sino cómo escribo yo.

            En fin, amigos, aquí se acaba la matraca que os he dado. Espero haber sido de alguna utilidad.
 
 

Babel 13


 
            Cielo santo, qué desastre. Hace tres días, el nueve de diciembre, Babel cumplió trece añitos de vida, y por primera vez desde que existe el blog lo olvidé. En fin, acababa de volver de México, estaba medio tonto y se me fue el santo al cielo. Me disculpo.

            Trece años…Cómo pasa el tiempo.

            Me gustaría daros las gracias a todos los que merodeáis por Babel desde el principio (si es que queda alguno), y a los que llegasteis más tarde, y también a los que abandonasteis el blog en algún momento de la singladura (¿Por qué os fuisteis, cabrones? ¿En qué os fallé? ¿Qué tienen los blogs que ahora seguís que no tenga yo?) (sollozos)

            Se aproximan las fiestas, ya huele a pino, a musgo y a corcho, una marea de espumillón y luces de colores inunda la ciudad. El año pasado colgué el cuento de Navidad días antes de Nochebuena, y ese cambio no os gustó; a mí tampoco, así que este año colgaré el cuento el mismo veinticuatro, como siempre. Se llama El visitante de medianoche.

            Eso es todo, amigos. Feliz cumpleaños con retraso.

martes, noviembre 20

El oficio de escribir V



            Todo lo que hemos comentado hasta ahora en esta serie de posts no es más que la base técnica de la escritura, la carpintería narrativa, la tramoya del oficio. Puede aprenderse; de hecho, todo aspirante a escritor debe aprenderlo. Sin embargo, aunque es necesario, no es suficiente. Se puede dominar la técnica y, pese a ello, escribir textos insatisfactorios, vacíos, sin alma. Eso se debe a que en la escritura intervienen factores que están más allá de la técnica.

            Paraos a pensarlo, ¿qué es una novela? Vale, una historia, unos personajes, un texto; pero, más allá de eso, ¿qué es en esencia? Hace unos años, Elia Barceló y yo debatíamos sobre algunos aspectos de la narrativa. Elia se preguntaba quién era el narrador en tercera persona. Es decir, tenemos a los personajes, que está claro quiénes son, pero ¿y el narrador, quién es? En fin, una pregunta casi metafísica; tras reflexionar durante unos segundos, respondí: “En realidad, los personajes no están ahí. El narrador describe sus acciones y reproduce sus diálogos, pero el único que habla es el narrador. Una novela es todo narrador. ¿Y quién es el narrador? El que narra, el que escribe, el autor. Tú”.

            ¿Entendéis? Una novela es su autor. O, más bien, una especie de “destilado” del autor. Todo lo que hay en una novela, desde el tema hasta la trama, pasando por los diálogos o los personajes, ha estado previamente en la cabeza del escritor, ha surgido de ahí. Es como si cogiéramos un cerebro, lo exprimiéramos y surgiera un texto (al menos, así me siento yo cuando escribo). Una novela es zumo de neuronas.

            Lo cual significa que, inevitablemente, en una novela se deslizan numerosas facetas de la personalidad de su autor. Es más, esas facetas son lo que le proporcionan “alma” al texto, lo que lo convierten en algo vivo. ¿A qué me refiero en concreto?

            “Inteligencia”. ¿Qué escribirá un escritor tonto? Tonterías. Pero, a fin de cuentas, la inteligencia es necesaria para cualquier tarea que emprendamos, así que no hay que darle más vueltas.

            “Imaginación”. Es decir, la capacidad de fantasear. Cabría suponer que cualquier aspirante a escritor ha de ser, por definición, imaginativo; pero quizá deberíamos formularnos una pregunta: ¿Hasta qué punto lo que escribo es original, o una mera copia de lo que me gusta leer?

            “Creatividad”. ¿Pero no es lo mismo que lo anterior? Pues no; la creatividad es la imaginación aplicada a obtener una respuesta original para un problema concreto. Es decir, podemos sentarnos en un sillón y dejar volar la imaginación fantaseando libremente. Ahí no hay creatividad. Pero si fantaseamos para lograr un objetivo, el que sea, sí que la hay. Ese proceso es un trabajo conjunto de la parte imaginativa del cerebro y la parte racional.

            “Cultura”. La creatividad no es sacar ideas de la nada. De la nada, nada surge. Más bien se trata de asociar ideas y conceptos aparentemente muy separados entre sí, o bien contemplarlos desde un punto de vista diferente. Por tanto, cuantos más conocimientos tengas en el coco, más asociaciones podrás hacer y más ricas y variadas serán. Un escritor debe tener un buen bagaje cultural; lo cual, claro, no significa que sea un erudito. Yo suelo decir que soy un océano de sabiduría con un dedo de profundidad. Sé muy poco de muchas cosas.

            “Sensibilidad”. La capacidad de ponerse en la piel de los demás; la capacidad de percibir la belleza; la capacidad de encontrar la poesía.

            “Intereses”. Esto está íntimamente relacionado con la cultura. Cuantas más cosas te interesen, mejor. Siempre he sostenido que para ser un escritor hay que ser primero muy curioso.

            “Sentido del humor”. Supongo que esto no es fundamental; más de un gran escritor carece por completo de sentido del humor. Sin embargo, para mí es muy importante. No me refiero sólo a los relatos humorísticos, sino a cualquier relato, incluso los más dramáticos. Un toque de humor puede ser un eficaz contrapunto, y también un magnífico “lubricante” para que la trama fluya. Pero lo dicho: es opcional.

            “Capacidad de autocrítica”. Un escritor debe ser el más duro juez de su propia obra. Debe dudar siempre de lo que hace.

            “Sentido de la observación”. Es decir, la capacidad de percibir el mundo que te rodea y sus múltiples detalles. La literatura es una imitación de la realidad, de modo que debes fijarte bien en cómo es la realidad, aunque sea para subvertirla. Un escritor debe ser un minucioso observador, sobre todo del comportamiento humano. Un mirón, vamos.

            “Sentido del ritmo”. Creo –al menos eso me dicen- que mis novelas tienen buen ritmo narrativo. Pero no sé cómo demonios lo hago. Es algo intuitivo; sencillamente “siento” si lo que escribo tiene ritmo o no. Ya sé que hay alguna “normas” sobre el asunto (lo de los valles y las crestas, ya sabéis), pero he visto demasiadas excepciones como para tomármelas en serio.

            “Inspiración”. ¿Pero existe eso? Pues sí, aunque no es lo que suele creerse. ¿Alguna vez, mientras no hacías ni pensabas nada, de repente se te ha ocurrido una gran idea, o la solución a un problema que te acuciaba? Es el “efecto eureka”, el acto básico de inspiración. Pero, ¿de dónde salen esa gran idea o esa solución? ¿La musa que te susurra al oído? ¿Magia? Para nada. Hay una parte del cerebro que, sin que te des cuenta, se dedica a buscar ideas y asociaciones, y de vez en cuando permite que algunas de sus conclusiones afloren a tu consciente. No es que sea una parte del cerebro muy brillante, porque la mayor parte de las cosas que se le ocurren son chorradas. Pero de vez en cuando da en el clavo. Y cuando lo hace parece un milagro.

            Seguro que hay más factores, como los gustos y las vivencias, pero creo que estos son los principales. El caso es que nada de lo que acabo de enumerar puede aprenderse; aunque sí cultivarse a lo largo de la vida. La imaginación, la creatividad, la inspiración y la sensibilidad son músculos que crecen conforme se ejercitan; la cultura se adquiere poco a poco; los intereses, el humor, la observación y la autocrítica se practican hasta automatizarse… Y lo del ritmo ya os he dicho que ni idea.

            Todos estos factores son determinantes para la creación literaria, pero no están ahí sólo para escribir. En realidad, forman parte de tu vida. Por ejemplo, si eres una persona creativa, no lo serás sólo cuando te sientas al teclado, sino en todos los aspectos de tu existencia. Estamos hablando de los hábitos y actitudes que una persona ha cultivado a lo largo del tiempo; pero no para escribir, sino porque forman parte de su estilo de vida. Luego le serán muy útiles si decide escribir; pero están ahí antes de la escritura (o quizá desarrollándose al mismo tiempo).

            Así pues, es posible que domines la técnica narrativa, que lo hagas todo bien, y a pesar de ello que tu novela no convenza. Porque quizá lo que hay en tu interior, eso que luego se destila en el texto, no resulte suficientemente atractivo. Suena duro, lo sé; es como si al juzgar tu texto te juzgaran a ti. Además, parece una sentencia definitiva: dado que el problema de tu escritura eres tú mismo, y tú no puedes ser otra persona, aparentemente no hay salida. Me apresuro a aseguraros que eso es falso.

            Dicen, y creo que es cierto, que para escribir novela hace falta cierto grado de madurez. Las diferentes personas, por supuesto, alcanzarán esa madurez en distintos momentos de su vida; unos antes y otros más tarde. Puede que a los veintitantos no estés preparado para ser novelista; pero quizá unos años después sí. Cuando a los veintisiete años abandoné la escritura, carecía de la madurez necesaria para ser escritor; no tenía nada interesante ni atractivo que ofrecer. Tuve que esperar una larga década para encontrarme con mi yo escritor. Retrasado que es uno. No obstante, tengo la intuición de que, a veces, no escribir puede ser bueno. Vale, para ser escritor hay que escribir mucho; pero si llegas a un punto en que tienes problemas con la escritura, un aparente callejón sin salida, creo que puede ser positivo dejar de escribir durante una larga temporada, años. Una especie de reseteado.

            Por todo esto, cuando alguien me pide consejo para dedicarse a escribir, lo primero que recomiendo siempre es: paciencia. Porque el camino que hay que recorrer para ser escritor es largo y no admite atajos.

            En la próxima y espero que última entrada hablaremos sobre algunos aspectos de la escritura profesional.