lunes, mayo 7

The ultimate trip. 50 años



            El dos de abril de 1968, cuando la película se estrenó en USA, yo tenía quince años y era un pirado de la ciencia ficción. Desde hacía tiempo se venía oyendo hablar del nuevo proyecto que Stanley Kubrick se traía entre manos: una superproducción de ciencia ficción. Además, colaboraba con él Arthur C. Clarke, uno de los escritores del género más prestigiosos. Decir que yo estaba ansioso por ver la película se quedaría tan corto como que Noé hubiera decidido comprarse un paraguas en vez de construir un arca.

            Para empeorar las cosas, mi hermano José Carlos vio la película en Londres antes de que llegara a España y me convirtió en el ser más envidioso del planeta. Me trajo un lujosamente editado programa de mano con fotos a todo color; yo lo miraba embobado, lo acariciaba, lo olía, incluso creo que le di algún lengüetazo. Aún conservo ese programa.

            Y, finalmente, el diecisiete de octubre de ese mismo año, 2001: Una odisea del espacio se estrenó en Madrid. En el cine Albéniz, que había sido adaptado al formato Cinerama y tenía una inmensa pantalla, muy apropiada para los 70 mm de la película. Fui a verla con mi padre a la sesión matinal del domingo.

            ¿Cómo describir la experiencia? Hasta entonces, los efectos especiales más sofisticados que había visto eran, no sé, quizá los de Planeta prohibido; que resultaban entrañables, pero cantaban mucho. Sin embargo, lo que estaba viendo parecía real. Eso que tantas veces había imaginado durante mis lecturas de ciencia ficción, estaba sucediendo ahora ante mis alucinados ojos. Y esa asombrosa mezcla de imágenes y música; la majestuosa obertura de Así hablaba Zaratustra,  de  Richard Strauss, los enigmáticos sonidos de Ligeti… para muchos, hoy nos resulta imposible escuchar el Bello Danubio Azul sin evocar la danza entre la nave espacial de la PanAm y la estación orbital en forma de rueda.
            Recuerdo que, cuando acabó la película, me levanté y me quedé mirando a mi padre con una tonta sonrisa en los labios, incapaz de decir nada. Me sentía flotando en una nube, absolutamente feliz. Había sido la experiencia cinematográfica más potente de mi existencia. Volví a ver la película en el cine otras seis veces.

            Sin duda, los efectos especiales de 2001 son excelentes; tanto que todavía hoy, medio siglo después, resultan convincentes. Probablemente sean todo lo lejos que se puede llegar con la técnica clásica de trucaje caché/contra-caché. Pero los actuales efectos digitales pueden ir mucho más lejos, de modo que si solo fuera por eso, por los efectos, la película no sería tan recordada y admirada. En 2001 hay mucho más.

            Kubrick era un megalómano perfeccionista que con cada proyecto se proponía hacer la mejor película jamás filmada del género al que perteneciese. Así que, con la idea de hacer la mejor película de ciencia ficción del mundo, comenzó a buscar material literario en que basarse. No es extraño que acabara fijándose en Clarke, porque era un escritor más interesado por los aspectos intelectuales y filosóficos del género que por las meras aventuras futuristas. Concretamente, el relato que llamó la atención de Kubrick fue El Centinela (1948). Podéis encontrarlo en internet; vale la pena. El relato, escrito con prosa funcional (Clarke nunca fue un estilista), nos sumerge en la esencia numiosa del universo, en su profundo misterio, en lo inefable. Es una historia que no ofrece respuestas, pero plantea una pregunta de esas que, de puro inquietante, jamás se olvidan.

            El cuento es estupendo, pero su argumento no da para una película. En 2001 sólo ocupa el segundo segmento, llamado TMA-1 (Anomalía Magnética de Tycho Nº 1). Las otras tres partes -El amanecer de la humanidad, Misión a Júpiter, Júpiter y más allá del infinito- fueron creadas conjuntamente por Clarke y Kubrick. De hecho, Clarke escribió la novela al tiempo que desarrollaba el guion (por eso los finales de película y novela son distintos). No obstante, aunque la película toma el argumento de El Centinela como germen, las ideas que subyacen detrás del film proceden de otra historia de Clarke, la novela El fin de la infancia (1953).
            2001 tuvo en general malas críticas en su estreno. Se la tildó de incomprensible, pretenciosa, hermética y vacía. Tampoco fue un éxito inmediato. Pero eran los 60, la psicodelia, y de repente las salas de cine comenzaron a llenarse de hippys fumetas. Entonces se diseñó una nueva campaña publicitaria que anunciaba la película así: 2001: A Space Odissey. The ultimate trip. Huelga decir que ese “trip”, que significa “viaje”, se refiere más bien a un “acid trip”, viaje de LSD. Y la película se convirtió en un exitazo lisérgico.

            Como el propio Kubrick afirmaba, 2001 es básicamente una experiencia sensorial (sólo 40 de sus 143 minutos de duración contiene diálogos). También es cierto que la historia no está narrada de forma convencional. Martin Scorsese decía que era una superproducción y una película experimental al mismo tiempo. Sin embargo, nunca he comprendido por qué tanta gente se empeña en no entenderla, porque en el fondo es una historia sencilla.
            Vale, el hecho de que comience en un pasado remoto, cuando ni siquiera éramos humanos, puede despistar. Pero lo que ocurre está claro. Una civilización extraterrestre nos vigila y nos tutela. Los alienígenas envían a la Tierra un artefacto con forma de monolito (cuyas proporciones son 1-4-9, el cuadrado de los tres primeros números). El objetivo de ese artefacto es hacer evolucionar a un grupo de simios. En efecto, mientras juguetea con un hueso de tapir, uno de los prehumanos –llamado Moonwatcher en la novela- se lo queda mirando, pensativo. Ese robusto hueso puede ser una ventaja… Poco después, los miembros de ese grupo, armados con huesos, se enfrentan a otro grupo que les había arrebatado un manantial y los vencen, porque Moonwatcher mata al líder rival golpeándolo con el hueso. Ese hueso es la primera herramienta, y también el primer arma. Moonwatcher, exultante, lanza el hueso al aire. La cámara lo sigue en su acenso y, zas, corta a la imagen de un satélite artificial, en la elipsis más larga de la historia del cine.

            Aparentemente, esa elipsis nos muestra lo mucho que ha avanzado la humanidad al cabo de millones de años; pero un pequeño detalle lo desmiente: ese satélite es en realidad una estación orbital de lanzamiento de misiles nucleares. Un arma, igual que el hueso. Lo que la elipsis dice es que éticamente no hemos avanzado nada.

            En el siguiente tramo del film, la humanidad ha establecido bases en la Luna y ha encontrado, enterrado, un artefacto alienígena: otro monolito. Cuando unos astronautas se acercan a él y el sol lo ilumina, el monolito comienza a lanzar una señal. En realidad, se trata de un centinela. Cuando la humanidad haya logrado alcanzar el satélite de su planeta y encuentre el monolito, éste emitirá una señal… ¿de alerta?... ¿de alarma? Pero no sólo es eso, sino también un camino, porque la señal está orientada hacia Júpiter.

            El tercer segmento del film narra el viaje de la nave Discovery hacia Júpiter en busca del lugar de destino de la señal alienígena. Aquí tiene lugar el conocido incidente con la IA llamada HAL 9000. Esta parte del film la entiende todo el mundo, así que la pasaré por alto. La nave se aproxima a Júpiter con un único astronauta vivo: Bowman. Allí, flotando en el espacio, encuentra un inmenso monolito. Bowman, a bordo de una capsula, sale de la nave, se acerca al monolito y lo atraviesa. En realidad se trata de una puerta estelar.

            Acto seguido tiene lugar el “viaje estelar”, una sucesión de imágenes psicodélicas que describen un viaje a velocidad ¿hiperlumínica? Está bien, pero constituye el (para mí) casi único defecto del film: dura demasiado.
            Y llegamos al último capítulo de la película; la parte, supongo, que más confusión crea. Al principio, Kubrick y Clarke tenían previsto mostrar a los extraterrestres, pero no tardaron en desechar la idea. El objetivo de 2001, igual que el de El Centinela, es enfrentarnos al inmenso misterio del universo, a lo desconocido. Por eso, mostrar a los alienígenas habría sido demasiado concreto, y con seguridad decepcionante y anticlimático. Los extraterrestres son entidades abstractas representadas por el monolito.


            Tras el “viaje estelar”, Bowman aparece en una lujosa habitación blanca, algo así como la suite de un hotel. Está decorada de forma clásica y tiene un aspecto vagamente irreal. Asistimos a una serie de saltos en el tiempo que nos muestran el progresivo envejecimiento de Bowman. ¿Qué es ese lugar creado por los alienígenas? ¿Una cárcel, un zoológico…? No, es una incubadora.

            Finalmente vemos a un Bowman muy anciano agonizando en la cama. De repente, el monolito aparece ante él y Bowman tiende la mano, como si quisiera tocarlo… Ahora Bowman es igual que Moonwatcher, el prehumano del principio.  El monolito, las inteligencias que nos tutelan, van a ayudarle a dar el siguiente paso en la escala de la evolución.

            Por corte se pasa a un plano general de la Tierra. Poco a poco, aparece un feto flotando en el espacio en su bolsa de líquido amniótico. Es Bowman; ha trascendido a su naturaleza humana, ha evolucionado y es el inicio de una nueva humanidad. Y eso es todo. Bueno, realmente no lo es; pero así se desarrolla el argumento básico de la película.

            Se han cumplido cincuenta años desde el estreno de 2001, por eso he escrito esta entrada. Siempre he dicho que si todas las películas de ciencia ficción fueran iglesias, 2001 sería una catedral; por eso no descarto escribir alguna que otra entrada sobre ella. Y no, no es una advertencia; es una amenaza.

            Besitos

miércoles, marzo 21

Apología del lector ingenuo

 
 
            ¿Qué percibe la gente cuando lee una novela? ¿Hasta dónde llega su mirada? ¿Cuánto escarba en el texto para encontrar los mecanismos que lo hacen funcionar? Por fortuna, la mayor parte de los lectores no hacen eso. Y digo por fortuna porque la magia de un libro consiste en hacerte olvidar que estás leyendo y meterte de lleno en la historia y los personajes.

            De hecho, uno de los inconvenientes de ser escritor es que en gran medida te estropea el placer de la lectura. Me ocurre a mí y a muchos de mis colegas: te pones a leer una novela, llegas a un punto en el que encuentras un recurso técnico interesante, te detienes, lo analizas y te lo guardas en la memoria (para fusilarlo, claro). O lo contrario; encuentras una torpeza y también te detienes en ella. O ni acierto ni torpeza, sino simplemente que tú lo harías de otra forma. O a lo mejor captas la estructura interna del relato y todo se vuelve previsible. En fin, que esa no es forma de leer. Digamos que para disfrutar de la lectura hacen falta ciertas dosis de voluntaria o involuntaria ingenuidad. Es como asistir a un espectáculo de prestidigitación; el mago y tú sabéis que lo que sucede en el escenario son trucos. El mago utilizará su talento para ocultar la técnica de los trucos, y tú, si quieres disfrutar del espectáculo, será mejor que no sepas cómo los hace.

            Tuve un encuentro en un club de lectura para hablar de mi antología Trece Monos. En el transcurso de la charla, comenté que cierto relato (no recuerdo cuál) me había supuesto algún problema técnico. Entonces, uno de los participantes, un hombre de mediana edad, dijo: “¿Cómo que técnico?”. Respondí: “Sí, en cuanto a la técnica narrativa”. Y él, más o menos, replicó: “¿Pero qué técnica narrativa? Se te ocurre una historia, la escribes y ya está”.

            Me quedé perplejo. Aquel hombre era un lector empedernido, sin embargo jamás había advertido la existencia de recursos técnicos en la narrativa, pese a que, sin duda, los había visto utilizar durante sus lecturas. Es más, muchos escritores noveles –y algún que otro ilustre veterano-, parecen ignorar los rudimentos de las técnicas narrativas y escriben limitándose a contar una historia desde el principio hasta el final. Justo al contrario de lo que recomendaba Stevenson: “No sé por dónde debe comenzar un relato, pero desde luego no por el principio; ni sé por dónde debe acabar, pero desde luego no por el final”.

            ¿Por qué no suelen percibirse esos recursos técnicos? En primer lugar, porque son evidentes. No estamos hablando de nada complicado; una vez que los conoces, te parecen sencillísimos y, eso, evidentes. Lo que pasa es que con frecuencia lo más evidente es lo primero que se pierde de vista.

            En segundo lugar, porque no hay sólo una técnica, sino muchas. Existe un buen número de recursos distintos para conseguir el mismo efecto, y además pueden combinarse entre sí. Supongo que si todo se escribiera siempre igual, hasta el más torpe acabaría pillándole el truco.

            En tercer lugar, porque muchas veces son invisibles. En las escasas ocasiones en que he impartido algún taller de escritura, suelo comenzar diciendo: “Cuando narras, tan importante es lo que cuentas como lo que te callas”. Es la piedra angular de la narrativa: la dosificación de la información. De hecho, lo que suele tirar de una trama es precisamente lo que no cuentas. Y no hay nada tan invisible como lo que no está.

            Por último, porque muchos recursos se ocultan a sí mismos, ya que su objetivo es desviar tu atención hacia donde el autor desee. Es como el ampuloso gesto de un prestidigitador, cuyo objetivo es hacer que mires a su mano derecha y no te fijes en lo que hace con la izquierda. Pondré un ejemplo: la prolepsis. La prolepsis es un recurso narrativo que consiste en interrumpir la línea temporal de la narración para darle a conocer al lector un hecho del futuro.

            Quizá el más conocido empleo de este recurso sea el comienzo de Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Teniendo en cuenta que la novela acaba precisamente con la muerte de Nasar, lo que está haciendo el autor es revelar desde el principio el final del libro. En cierto modo, parece un contrasentido; si el lector ya sabe lo que va a pasar, ¿por qué va a seguir leyendo? Pero no es así, sino todo lo contrario. De entrada, el autor da un toque de atención: Se va a cometer un asesinato. Eso capta el interés del lector. Luego, el autor extiende un dedo y te dice: de entre todos los personajes, fíjate en este, porque va a morir. A partir de ese momento, lo que tira del lector es averiguar cómo y por qué va a morir. Es decir, el autor señala con el dedo (prolepsis) y tú, cuando alguien hace eso, no miras el dedo, sino hacia donde señala. Por ese motivo, porque se oculta a sí mismo, el recurso no se percibe. (A García Márquez debía de gustarle la prolepsis, porque también la emplea al comienzo de Cien años de soledad)

            Hay muchos más ejemplos, pero da igual. Lo que yo me pregunto es si saber todo eso te convierte en mejor lector. En teoría podría decirse que sí, ¿no es cierto? A fin de cuentas, se trata de un conocimiento más profundo del texto literario, una mirada más adulta. Ya, pero no me convence. Creo que los escritores, los teóricos de la literatura, los críticos literarios, son (somos), por lo general, pésimos lectores. Imaginaos un maravilloso deportivo, un Ferrari 812. Llega un tipo, se monta y lo conduce, disfrutando de su potencia y velocidad. Luego llega otro tipo, que es mecánico, levanta el capó y examina el motor, maravillándose de su mecánica. Sin duda, el mecánico sabe más de coches, pero, demonios, un deportivo no está para eso, sino para conducirlo. ¿Entendéis?

            En mi opinión, la buena lectura exige ingenuidad. El hecho literario es un pacto: yo juego a contarte mentiras y tú juegas a creértelas. ¿Alguna vez habéis llorado leyendo un libro? Yo sí. ¿Y por qué lloramos, si sabemos que lo que estamos leyendo es mentira? Pues porque hemos hecho un pacto de suspensión de la incredulidad, nos dejamos manipular por el texto y, mientras leemos, lo que leemos es real.

            Entonces, ¿los mejores lectores serían los niños y adolescentes? En cuanto a disfrute lector, no me cabe la menor duda de que sí. Luego, con el tiempo y las muchas lecturas, te vas resabiando, le ves las tripas al texto y pillas los trucos. Te sientes más maduro, sí, más listo; pero también más alejado del puro disfrute. O quizá no, puede que hayas conservado la inocencia y aún te enfrentes a la lectura con los ojos maravillados de un niño. Si es así, bendito seas.

            Aunque, claro, también están esos autores que dominan tanto su oficio –el oficio de narrar-, que te agarran por las solapas al principio del libro y no te sueltan hasta llegar al final; o, aún mejor, hasta mucho después de llegar al final. Narradores tan hábiles que te cogen a ti, un lector con más conchas que un galápago, y te hipnotizan para que no veas la técnica, los trucos, los recursos, hasta que sólo queda una historia y unos personajes que te fascinan y arrastran. En el fondo, lo que demuestran esos escritores es que son más listos que tú; ellos son los maestros, y tú el alumno ingenuo. Me parece estupendo, me encanta esa clase de ingenuidad.

           

miércoles, febrero 21

Producción en serie



            Hacía mucho que no hablábamos en Babel de TV series, quizá por la desmesurada oferta que nos inunda e impide mantenerse medianamente al tanto del panorama. Pero todos vemos series, ¿no?, así que os voy a comentar las que estoy siguiendo (o no sigo ni seguiré).

            Primero las decepciones. Los merodeadores veteranos ya sabéis lo mucho que me gustaba The Walking Dead. Supongo que habréis notado que hablo en pasado. Ya la anterior temporada fue un estirar el chicle, pero la actual es un puro sinsentido. Mucho ajetreo sin que suceda nada; al menos nada interesante. The Walking Dead es un muerto viviente.

            Legión. Una de superhéroes sin superhéroes. Una aproximación original a la temática superheróica. Y un coñazo insufrible. Me desconecté a mitad del segundo episodio y le dije adiós para siempre.

            El hombre en el castillo. Reconozco que esa novela de Dick nunca estuvo entre mis favoritas. Además, me parece inadaptable a la pantalla, y la serie de Amazon viene a confirmar esa sospecha. Vi dos episodios, me dije ya seguiré viéndola, y hasta ahora.

            Westworld. Tuve un problema con HBO: Me suscribí, empecé a ver un par de series y, al poco, la conexión con la plataforma se jorobó (saltaba el buffer cada poco). Resulta que mi rúter no era compatible, así que cancelé la suscripción. Recientemente se ha solucionado el tema de la compatibilidad y he vuelto. Vi cuatro capítulos de Westworld; no esperaba mucho, y con razón. La serie trata de un parque de atracciones, pero hay un rollo así como místico y un jinete negro que busca el centro de no sé qué para no sé qué. En fin, no me van ese tipo de cosas.

            Ignoro qué me ha pasado con Mr. Robot. Me fascinó la primera temporada, pero cuando se estrenó la segunda descubrí que no tenía ni pizca de ganas de verla. Quizá ciertos platos muy especiados son  para probarlos, pero no para repetir.

            También me sucede algo raro con Star Trek: recuerdo con inmenso cariño la serie original, la de los 60; pero nada de lo que ha venido después me ha interesado. Y Star Trek Discovery no ha sido la excepción. Tanto klingom hablando en idem…

            La tercera temporada de Outlander ha sido decepcionante; un ir y venir sin mucho sentido. La verdad es que cuando la serie abandona Escocia pierde mucho. Síííí, veo Outlander; debe de ser cosa de mi lado femenino. Lo que pasa es que, como mi lado femenino es lesbiano, me fascina Caitriona Balfe.

            Me gusta David Lynch, me fascinó Terciopelo Azul, me gustan Carretera Perdida o Mulholland Drive y me encantó Twin Peaks, la serie de los 90. Pero la nueva Twin Peaks… no pude con ella. En la serie inicial, Lynch compartía la autoría con Mark Frost, así que supongo que éste le frenó. Pero la nueva temporada es Lynch en estado puro (aunque también está Frost, pero no se le nota); y dos horas de puro Lynch, vale; pero dieciocho es demasié. Quizá hice mal al intentar verla de seguido. Le daré otra oportunidad.

            Y ahora un “sí pero no”. Me gustó Jessica Jones y me sorprendieron gratamente las dos temporadas de Daredevil. Me parecieron infumables Luke Cage, Iron Fist y The Defenders. En cuanto a The Punisher… Bueno, ya sabía que era el personaje más de extrema derecha de Marvel; un justiciero al estilo de Charles Bronson. La serie no está mal, con buen ritmo y una trama más o menos interesante. Pero se pasa de violenta, casi llega al torture porn. En muchos momento me resultó desagradable. Si la seguí viendo fue porque me encanta su protagonista, ‎Jon Bernthal, con ese rostro suyo que es brutalidad en estado puro.

            Vamos con las series que me molan.

            En primer lugar la veterana Vikingos (ya va por la 6ª temporada). No me cansaré de afirmar que es la mejor serie de aventuras que hay actualmente en TV. Además, ha hecho algo inteligente: Una vez agotado al arco narrativo de Ragnar Lodbrok, el protagonismo ha pasado a sus hijos. Lo cual le da nuevo aire a la serie y además la aproxima a las sagas en que se inspira

Mindhunter. Una maravilla; el primer capítulo no tiene gancho, pero a partir del segundo te atrapa. En mi opinión, David Fincher es el mejor director de su generación, y esta serie es puro Fincher (recuerda un poco a Zodiac). ¿Te inquietó Hopkins haciendo de Anibal Lecter? Pues Cameron Britton interpretando al asesino en serie Ed Kemper te acojonará. Al menos, a mí me acojonó.

            Big Little Lies. Una miniserie no sé si feminista o sencillamente femenina. Pero no es necesario ser mujer para disfrutar de ella. Excelente historia, buenos personajes, buena realización y unas interpretaciones de quitar el hipo.

            Better Call Saul. Si te gustó Breacking Bad, esta serie es imprescindible.

            The Good Fight. Un spin off de The Good Wife, una serie maravillosa. Y ésta también lo es.

            The Good Place. Una auténtica sorpresa. Su argumento: Una mujer egoísta y mala persona muere y, sorprendentemente, va al cielo (que es algo así como una urbanización de lujo). Resulta que ha habido un error de nombres y una mujer que se llama como ella y que es una santa ha ido en su lugar al “sitio malo”. A partir de entonces, la prota tiene que fingir que es buenísima para que no la deporten. Tras una apariencia blandita, este comedia esconde un humor de lo más corrosivo. Original, divertida, con buenos personajes y un Ted Danson que se sale. Además, uno de sus temas centrales es la filosofía.

            Peaky Blinders. Gánsteres británicos en el Birmingham de 1919. Un poco manierista a veces, pero mola.

            Black Mirror. ¿Qué decir que no se haya dicho ya? Siendo una buena serie, no la considero tan buena como se comenta. Cómo suele pasar con las series de historias independientes y autoconclusivas, es muy irregular. Por ejemplo, el famoso episodio del ministro y el cerdo (The National Anthem) me parece provocador y gamberro, pero no ingenioso. Aunque hay otros, como Nosedive, que me parecen excelentes.

            The Crown. Pocas personas me provocan tanto desinterés como la reina de Inglaterra (y su familia). Por eso jamás habría esperado que me gustara una serie basada en Isabel II. Pero es que está tan bien hecha…

            Ahora estoy viendo The End of the F***ing World, una comedia negra tan rara y estimulante como sólo pueden serlo las series británicas. Y Better Things, con Pamela Adlon, que es una especie de Loui en clave femenina. También he empezado a ver Altered Carbon. Cuando menos, excelente factura.

            Comencé a ver Taboo, de Tom Hardy (otro rostro brutal), pero se me jorobó HBO. Tengo que retomarla. Aún no he visto El cuento de la criada. A mi mujer, que es muy feminista, le da cosa por el mal rollo. Pero bueno, para eso están las distopías, ¿no?; para dar mal rollo. Ya la veremos.

            Y, más o menos, eso es todo. ¿Sabéis qué? Hay demasiadas series. No, aún peor: hay demasiadas buenas series. Voy a tener que dejar de verlas.

jueves, febrero 1

Feminismos



            Hay muchos buenos motivos para ser feminista, tanto éticos como racionales, pero me limitaré a dos. En primer lugar, si se aparta a la mujer de la primera línea de la sociedad y se le otorga un papel secundario, estaremos despilfarrando el cincuenta por ciento del potencial de la humanidad. Absurdo. En segundo lugar, siempre he pensado que la mayor parte de los hombres machistas son en el fondo unos acomplejados. Esa necesidad de sentirse superior lo que en realidad oculta es un enorme complejo de inferioridad, una patética fragilidad interior. Por eso van todo el tiempo dándoselas de machos alfa, cuando lo único que son es gilipollas.

            Tampoco andan demasiado espabilados quienes dicen: “Yo no soy ni machista ni feminista” y se quedan tan panchos, como si lo uno fuera lo contrario de lo otro. Pero el feminismo no postula que las mujeres adopten el mismo rol que los hombres; lo que exige es que las mujeres tengan los mismos derechos, deberes y oportunidades que los hombres, y que no sean discriminadas ni encasilladas por razón de su sexo. Así de sencillo. Podríamos llamarlo igualitarismo y aplicarlo a otros grupos discriminados; pero en este caso el grupo implicado es mucho mayor que cualquier otro. Esta clase de feminismo se llama “de equidad”.

            Pero hay otra clase de feminismo, denominada “de género” (Ambos términos han sido acuñados por la filósofa Christina Hoff Sommers). Esta doctrina afirma que las diferencias de género son un producto social, y que la opresión machista no es individual, sino colectiva, pues se trata de un grupo (los hombres) que oprime de forma confabulada a otro grupo (las mujeres). Dicho de otra forma, el hombre –cualquier hombre- es enemigo de la mujer –cualquier mujer-. Así, cuando un hombre mata a una mujer, no la mata por los motivos que sean, sino por ser mujer. Del mismo modo, cuando un hombre mata a una mujer, todos los hombres somos responsables solidarios de esa muerte (¡!), igual que  todo burgués es responsable de la explotación ejercida sobre el proletariado, aunque en su vida haya explotado personalmente a nadie. Esta ideología tiene sus bases en el marxismo, sustituyendo la lucha de clases por la lucha de sexos.

            El feminismo de género afirma que un hombre no puede ser feminista, porque es hombre y está en el bando contrario. Lo cual viene a ser como decir que no se puede ser antiesclavista si no eres esclavo. El caso es que los hombres, por culpa de ese siniestro cromosoma “Y” que nos caracteriza, tenemos un pecado original que no podremos eliminar hasta que renunciemos colectivamente a la masculinidad, sea eso lo que sea. Es decir, que el mundo se divide en dos grupos: los hombres, que son opresores, y las mujeres, que son víctimas. Sin excepciones, porque estamos hablando de colectivos, no de anécdotas.

            Esta forma de pensar, que yo no tenía demasiado presente, explica algo que me sucedió no hace mucho en FB. A raíz del MeToo, quise sumarme de algún modo, pero no sabía cómo. Una amiga estaba debatiendo sobre el tema y le pregunté cómo creía que yo, en calidad de hombre, podría adherirme. Hubo diversas opiniones, hasta que una mujer me dijo que debería firmar una declaración pidiendo perdón por mis actos machistas. “Pero yo no soy machista”, objeté, “ni he cometido ningún acto machista”. Ella me espetó que todos los hombres somos machistas y que todos lo hemos demostrado alguna vez. Como, por ejemplo, al escuchar un chiste machista y no protestar airadamente.

            Ahí me pilló. Si alguien me cuenta un chiste machista (o racista), lo que hago es no reírme (aunque tenga gracia) y si me preguntan digo que no me gustan esa clase de chistes. Pero no voy por ahí en plan talibán afeándole la conducta a la gente. ¿Eso me convierte en machista? Por favor… Pero en realidad, da igual; según esa mujer, yo, como hombre, llevo la marca de Caín grabada en la frente. Y nada de lo que diga o haga cambiará eso. Soy el malo; se acabó el debate. Hala, a pedir perdón.

            Por supuesto, no lo pedí y tampoco di mi apoyo al movimiento de ninguna manera. La actitud de aquella desconocida me había irritado. No soy machista; mis padres me educaron en la igualdad; además, la lógica y la ética me llevan a la igualdad, y mi mujer, activa trabajadora en pro del empoderamiento femenino en la empresa (coordina un curso al respecto en la URJC), me daría con algo en la cabeza si yo no fuera feminista de equidad. Pero para aquella desconocida yo sólo era un falo con patas, un probable violador y un nauseabundo representante del heteropatriarcado.

            En realidad, eso del feminismo de género no es nuevo en nuestro país. Durante e inmediatamente después de la Transición, surgieron varios grupos marxistas-feministas cuya cabeza más visible era la inefable Lidia Falcón, una conocida abogada que iba por ahí aireando alegremente su odio hacia los hombres (su misandria). Esta clase de actitudes acabaron denigrando al movimiento feminista y, lo que es peor, relegándolo a un rincón.

            Y ahora, de repente, advierto que ese feminismo dogmático e intransigente no solo vuelve a floreces, sino que además parece haberse institucionalizado. Y que ni se te ocurra contradecirlo o matizarlo, porque te convertirás en un agente de la falocracia. Si alguien menciona la presunción de inocencia, ¡a la hoguera con él! Si alguien sugiere que esto está empezando a parecerse a una caza de brujas, ¡a la picota!

            Nada de esto es bueno para nadie, y menos para las mujeres. Hay mucha gente que está reaccionando en contra del feminismo –de ese feminismo-, y no me refiero solo a hombres, sino también y sobre todo a mujeres.

            Creo que el feminismo igualitario sólo alcanzará sus metas contando con la complicidad e implicación de los hombres. Ya se ha avanzado mucho en ese sentido (sólo hay que ver la película Sufragistas -Sarah Gavron, 2015- para comprobarlo), pero aún queda un largo trecho que no se podrá recorrer sin los hombres. Hay que socavar el machismo desde el interior del propio machismo, hay que conseguir que los hombres comprendamos que no hay más camino que la igualdad, porque será bueno también para nosotros. Y esto no tiene nada de nuevo; a principios del siglo pasado había en Inglaterra numerosas asociaciones masculinas en pro del voto de la mujer, como la  Men´s League for Women´s Suffrage, fundada en 1907.

            Pues bien, no creo que convertir en villanos a todos los hombres sea el camino adecuado para hacer avanzar el movimiento feminista. Evidentemente, la inmensa mayoría de los hombres rechazará ese criterio, y algunos incluso reaccionarán mostrándose hostiles al movimiento en sí. Y no solo los hombres; muchísimas mujeres se niegan a aceptar que sus padres, sus maridos, sus hijos, sus hermanos o sus amigos sean todos unos hijos de puta. Esas mujeres no se sienten representadas por esa clase de feminismo.

            Pero lo que más me irrita de esa ideología dogmática no es que considere culpable al género masculino en su conjunto, sino que tache de víctimas a todas las mujeres. ¿De verdad es esa la imagen que queremos ofrecer? ¿Mujer = Víctima? No lo creo, y además es mentira. Conozco a muchas mujeres fuertes, mujeres que jamás tolerarían abusos ni discriminación; mujeres valientes, seguras e inteligentes. Mujeres que no se rinden, que no necesitan ser salvadas porque se salvan a sí mismas, mujeres luchadoras. Mujeres que no quieren como pareja ni a un tirano ni a un pelele, sino a un compañero. Sí, conozco a muchas mujeres así; de hecho, me casé con una de ellas y cada día que pasa la admiro más. No ya como mujer, que también, sino como ser humano.

            Aunque, claro, como tengo colita y soy un proceloso representante del heteropatriarcado falócrata, lo más probable es que esté totalmente equivocado.

lunes, enero 15

Escribir


  
          Hace tiempo que circula por Internet un vídeo, promovido por la editorial SM, donde aparezco yo dando diez consejos para jóvenes escritores. El primero es: “Pregúntate por qué quieres escribir”. Y es una buena pregunta, aunque tramposa, porque ni yo mismo soy capaz de responderla.

            ¿Escribo porque mi padre era escritor? ¿Porque toda la vida me ha gustado leer? ¿Porque de niño siempre andaba con la cabeza en las nubes? ¿Porque desde muy pequeño tengo facilidad para redactar? ¿Porque me gusta tanto que me cuenten historias, que me las cuento a mí mismo?... Supongo que un poco de todo, pero no me refiero a eso, sino a las razones más profundas y a las emociones implicadas.

            Supongo que en mi caso (y en el de la mayor parte de escritores) hay un punto de vanidad y otro tanto de exhibicionismo. Pero ¿qué más? Porque en la escritura intervienen otras emociones muy poquito simpáticas, como la inseguridad, la impotencia, la depresión, la insatisfacción y la eterna duda. ¿Vale la pena pasar por eso a cambio de lustrarte el ego? Aunque, claro, siempre puede ser que disfrutes escribiendo. Pero no es mi caso; para mí escribir no es surfear sobre las olas, sino correr una prueba de obstáculos.

            Por otro lado están las razones retóricas, tipo “Escribo porque lo necesito como el aire para respirar”, y cosas así. Pero ni me lo creo ni me interesa; siempre me ha aburrido hacer literatura con la literatura.

            Otro posible motivo para escribir sería el prestigio social. Eso está muy relacionado con la vanidad, pero de una forma sutilmente diferente. No es tanto enorgullecerte de lo que haces (tus escritos), como de lo que eres (escritor). En nuestra sociedad, la figura del escritor –del artista en realidad- goza de un prestigio casi místico. Yo mismo lo he comprobado; muchas veces, al encontrarme con mis lectores, estos me contemplan como si estuvieran asistiendo a una aparición mariana. ¿Me gusta eso? Pues no lo sé; por un lado es agradable que te traten con amabilidad y cierta deferencia, pero por otro siento que me aleja de las personas, así que procuro dejar claro que lo que yo hago no es magia, sino un trabajo como otro cualquiera. No obstante, veo que algunos de mis colegas (pocos, afortunadamente) parecen disfrutar con ello y andan todo el día encaramados a un pedestal. Curiosamente, detecto con más frecuencia esa actitud en algunos aspirantes a escritor que, a lo sumo, se han auto-publicado un libro que no ha leído ni dios. Y es que se le llena a uno la boca al decir “Soy eeeessssccccrrrriiiittttoooorrrr”. Supongo a algunos les da gustirrinin decirlo; aunque a mí lo que me provoca es cierto pudor.

            Hay una circunstancia en mi caso que lo cambia un poco todo: soy escritor profesional, vivo de la literatura. Y ahí tenemos una buena y nítida razón para escribir: el dinero. Algunos la considerarán espuria, incluso denigrante, pero a mí me parece un poderoso y honesto motivo para escribir. Si vendes algo, tienes la obligación ética de ofrecer un buen producto.

            Ahora bien, ¿cuándo se puede decir que alguien es escritor profesional? Evidentemente, cuando vive de lo que escribe. Pero, ¿sólo eso? ¿Y qué pasa con quien tiene otra profesión y complementa su sueldo con lo que obtiene con la escritura? ¿Y con los escritores minoritarios que publican habitualmente pero apenas venden? Está claro que todos ellos son escritores profesionales. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre un escritor profesional y otro aficionado?

            Pues, en principio, no tendría por qué haber ninguna. Un escritor aficionado puede tener tanta calidad o más que uno profesional, y ahí tenemos el caso de Kafka para demostrarlo. Sin embargo, en términos generales sí que hay algunas diferencias.

            En primer lugar, un escritor profesional es aquel que escribe aunque no le apetezca hacerlo. Si disfruta o no escribiendo, es irrelevante; se trata de un trabajo y lo cumple lo mejor que puede.

            En segundo lugar, un escritor profesional no depende para escribir ni de las ganas ni de la inspiración; posee recursos suficientes para avanzar con el texto sin necesidad de que las musas le susurren al oído. Un escritor profesional debe dominar las herramientas del oficio.

            En tercer lugar, un escritor profesional es consciente de que compite contra otros escritores. Competición sana y amistosa, pero competición al fin y al cabo. Se editan miles de libros al año, ¿por qué van a comprar los míos? Esa competencia hace que el escritor profesional se esfuerce más, que sea más autoexigente y autocrítico.

            Por último, un escritor profesional es aquel que ha pasado por todos los filtros. Partiendo de cero, se ha sometido al juicio de las editoriales, a los jurados de los premios, a la crítica y, lo más importante, al dictamen de los lectores.

            Seguro que podéis encontrar un montón de excepciones a lo que acabo de decir, pero estoy hablando en general. Y, como señalaba antes, la calidad de la obra de un aficionado puede ser similar o superior a la de un profesional. Pero hay que demostrarlo.

            El proceso para escribir razonablemente bien es largo y complejo; requiere mucha lectura, mucha práctica y mucha reflexión, todo lo cual lleva tiempo. El camino para ser un profesional de la escritura exige todo eso, y además mucho tesón, mucha autoexigencia, muchas tragaderas (hay que tragarse más de un sapo), mucha entereza (hagas lo que hagas, alguien te pondrá a parir) y mucha suerte, porque la suerte es necesaria para cualquier actividad que quieras emprender. Y a todo eso hay que añadirle generosas dosis de inseguridad. Como dijo alguien, convertirse en escritor no es un sprint, sino una carrera de fondo. Y de obstáculos, añado.

            Últimamente, veo a muchos jóvenes aspirantes a escritor que buscan atajos para recorrer ese camino. Van y lo primero que escriben quieren verlo publicado ya. Cuando intentan el camino tradicional y no pasan los filtros, la culpa es de los editores, que no saben reconocer su talento, o de los autores “consagrados”, que forman una mafia. Pero hay otras vías, ¿verdad? De la co-edición ni hablo, porque es un timo. Pero la tecnología ha puesto a nuestro alcance el milagro de la auto-publicación. Sin haber demostrado ningún talento, sin que nadie, salvo familiares y amigos, haya juzgado tu novela, sin haber pasado ningún filtro, sin tan siquiera una somera corrección, puedes colgar tu novela en Internet y exclamar satisfecho: ¡Soy escritor!

            El único problema es que eso no vale para nada. ¿Os imagináis cuántas novelas auto-publicadas hay en la Red? Vale, puede que algunas sean excelentes, pero ¿cómo encontrarlas en medio de miles de bodrios? ¿Qué garantías ofrecen, para que les prestemos atención, unos textos que no están avalados por nada ni por nadie?

            Hace tiempo, una joven pedía en FB consejos para desarrollar una carrera como escritora. Yo (y algunos más) escribí: “Paciencia”. Al poco, otro joven aspirante me corrigió: “Qué coño paciencia. Hay que escribir y escribir y dejarse la piel escribiendo”. Más o menos. Bien, pues sí, claro, hay que escribir mucho. Pero también, sobre todo al principio, hay que aprender a tirar a la basura gran parte de lo que escribas. Además, hay que tener paciencia para aprender de tus errores; paciencia para intentar publicar sólo cuando estés preparado; paciencia para esperar los frutos de tu trabajo (que igual no llegan nunca); paciencia para exigirte a ti mismo más de lo que puedes dar; paciencia para empezar desde abajo; paciencia para no intentar correr antes de saber andar…

            Paciencia. Y tampoco viene mal cruzar los dedos.

miércoles, diciembre 20

El tradicional cuento navideño de Babel.



 
           Hasta ahora, siempre había colgado el cuento de Navidad el día 24, pero creo que era una mala idea. En Nochebuena la gente está muy ocupada y no tiene tiempo para blogs, así que muchos merodeadores leían el cuento después de Navidad. Y no es eso lo que yo pretendo.

            Un buen amigo mío comentaba que el cuento de Babel se había convertido en una de sus tradiciones navideñas. Qué bien, me parece bonito. La Navidad es pura tradición, se la llame así, o Yule, o Saturnales, o Sol Invictus, o Fiesta del Solsticio. Bajo todos esos nombres lo que se celebraba y celebra es el fin de un ciclo y el comienzo de otro, y esa celebración consiste en repetir, año tras año, los mismos ritos, las mismas tradiciones. Esa repetición nos une, de algún modo, a todos los humanos que nos han precedido y a todos los que vendrán después. Nos convierte en eslabones de una larguísima cadena. Y, bueno, que mis humildes relatos sean, para algunos, una minúscula parte de esas tradiciones me encanta.

            De pequeño, me gustaban muchísimo las navidades, pero a partir de 1972, cuando con diecinueve años me quedé huérfano del todo, comenzaron a dejar de gustarme. Me parecían tristes. Lo eran. Mucho después, cuando entré en publicidad, trabajé durante un montón de años cerca de El Corte Inglés de Castellana, en una zona comercial que, al llegar estas fechas, se atestaba de gente. Era ir a comer, o a intentar comprar algo, y encontrarte con colas kilométricas; era salir del curro y meterte de lleno en un atasco. Así que empecé a detestar la Navidad. Me molestaba su sentimentalismo, la falsa bondad, el exceso de comida, los machacones (hasta el vómito) villancicos, el mercantilismo disfrazado de tradición y todas esas gilipolleces.

            Pero tuve hijos, Óscar y Pablo, y recordé lo mucho que me gustaba la Navidad cuando era niño, y me dije que no podía robarle eso a mis hijos, de modo que procuré que para ellos las navidades fueran lo más mágicas posible. Y en ese proceso, al contemplar las sonrisas de felicidad en los rostros de mis hijos, volvió a gustarme la Navidad. De una forma peculiar, rara, más bien pagana; pero, en fin, con alivio, porque estaba harto de ser el típico tío duro, que mira por encima del hombro y se cree más moderno que nadie porque no hace ni siente lo mismo que el “vulgo”. Que le den a ese capullo. Ahora no tengo el menor inconveniente en ser sentimental en Navidad. Aunque, eso sí, sentimental a mi manera.

            El año pasado, un amable merodeador comento que mi relato le había parecido cualquier cosa menos un cuento de Navidad. En parte –sólo en parte- tenía razón. Siempre procuro que mis cuentos navideños se salgan de los esquemas habituales, y puede que a veces rompan los tópicos de forma un tanto brutal. El caso es que prometí que este año escribiría un cuento 100 % de Navidad.

            Normalmente, empiezo a buscar argumentos para el cuento en noviembre, y eso he hecho este año. Lo malo es que todo lo que se me ocurría era... torcido, por decirlo así. Humor negro, vueltas de tuerca escabrosas, ironía y sarcasmo, pero ni una puñetera idea “bondadosa”. ¿Pero qué me pasa?, pensé. ¿Es que no se me puede ocurrir nada que no sea oscuro? Entonces, hice memoria y recordé que en el pasado, en uno de mis cuentos había una extinción masiva, en otro una matanza de políticos, en otro destruía el Sistema Solar, otro trataba sobre el suicidio, otro tenía lugar en un campo de exterminio nazi y dos se centraban ¡en el canibalismo!

            Vale, estoy enfermo, lo reconozco. Necesito urgentemente ayuda psiquiátrica. Pero al final acabé encontrando una idea amable, totalmente navideña. ¡No soy un caso perdido!

            Volviendo al principio, a mediados de diciembre, cuando era niño, aparecían en los kioscos los extras de Navidad de dos tebeos, Pulgarcito y Tío Vivo. Y era entonces, leyendo las historietas navideñas de Mortadelo y Filemón, Carpanta, Las hermanas Gilda, Rompetechos, Trece Rue del Percebe, Anacleto, Zipe y Zape y tantos otros, cuando yo sentía que empezaba la Navidad. Así que este año voy a hacer lo mismo y he colgado el cuento unos días antes de Nochebuena.

            El relato se llama La historia del indiano, y narra el encuentro de dos personas en un bar la noche de Nochebuena. Y nada de finales raros, lo juro. Mientras lo escribía, tenía en mente la obra del pintor norteamericano Edward Hopper; sobre todo su cuadro más famoso, Nighthawks. Dicen que Hopper es el pintor de la soledad; sus personajes, aunque estén juntos, son islas. Pero también es uno de los pintores más narrativos que conozco, porque sus imágenes parecen fragmentos de historias que no conoces, pero que intuyes.

            En una calle desierta, un bar iluminado en la noche; dentro, el camarero y un cliente, nadie más. Dos islas, dos barcos que se cruzan en la oscuridad. Así comienza mi cuento, como una imagen de Hopper. De pronto, esos dos personajes solitarios, perdidos en la noche, quiebran la incomunicación y hablan. Y en el transcurso de esa conversación se produce un diminuto milagro. Porque es Navidad y quiero jugar a creer en los milagros.
 
 
            Queridos amigos, queridos merodeadores, os deseo todo lo mejor para estas fiestas, para el año que viene y para los muchísimos años que os quedan por delante. Es el Solsticio de Invierno, la fecha más sagrada del año; olvidad los problemas, zambullíos en la nostalgia, volved a ser niños. Que seáis felices y, a ser posible, razonablemente buenos; eso es lo que os deseo.

            Feliz Solsticio, feliz Navidad.

            Y ahora el cuento. Os sugiero que lo leáis con música de fondo. Un villancico, El Pequeño Tamborilero, pero no el de Raphael, sino una preciosa versión a capela del grupo Pentatonix que conocí gracias a mi amiga Blanca. Podéis oírla pinchado AQUÍ.


            La historia del indiano

            By César Mallorquí

            Sentado a la barra del bar, el hombre bebía su cerveza de forma extraña, a tragos pausados y cortos, cerrando los ojos y paladeándola como si degustara un vino exquisito. “Pero si sólo es una Mahou”, pensó Jorge, el camarero y dueño del local. “Qué tío tan raro...”.

            El bar se llamaba El Encuentro. Tenía una barra de mármol con seis taburetes altos frente a ella y, más allá, cinco mesas rodeadas de sillas, todas ahora desocupadas. Tras la barra, en lo alto, a lo largo de una fila de botellas situadas sobre un estante, luces de colores titilaban entre guirnaldas de espumillón oro y plata. En el ventanal que daba a la calle había dibujos navideños hechos con nieve artificial. Por los altavoces sonaba, tenue, un villancico. Colgado en una de las paredes, un viejo reloj de péndulo marcaba, entre tic-tac y tic-tac, las siete y treinta y seis de la tarde.

            Las siete y treinta y seis del veinticuatro de diciembre.

            Más allá del ventanal, la noche se había adueñado de la ciudad. Salvo por algún que otro viandante que caminaba apresurado rumbo a su hogar, la calle estaba vacía, sin apenas tráfico (...)

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