jueves, enero 5

Buenos propósitos


 
          Ante todo, feliz año nuevo amigos míos. Por fin se ha ido el nefasto 2016 y aquí estamos, comenzando el 2017. Ese cambio de dígito, el insulso seis sustituido por el mágico siete –un número muy familiar, puesto que es primo-, parece suscitar muchas esperanzas. ¡En vano!, os sermoneo tonante; el 17 va a ser tan malo o peor que el 16. ¿O es que creéis que con Rajoy en la Moncloa, Trump en la Casa Blanca y Putin en el Kremlin las cosas van a ir mejor?

          Oteo negros nubarrones en el horizonte. ¿El fin del mundo? Quizá. Pero no nos revolquemos en la desesperación y haced como yo: una lista de buenos propósitos para el año nuevo. Porque si cada persona hiciera algo por mejorar su entorno, el mundo entero sería mejor. ¿Queréis conocer mis diez buenos propósitos para 2017? Supongo que no, pero como el blog es mío os aguantáis. Ahí van:

          1. No leer, ni ver, ni oír nada de política. Porque cualquier cosa que lea, vea u oiga me pone de mala leche. Y no solo me refiero a la política española, sino a la de casi cualquier otro país que se me ocurra.

2. Hacerme eremita estilita, retirarme del mundo y vivir el resto de mis días encaramado a una columna. Es una forma de conseguir lo anterior. De hecho, es lo que propone mi buen amigo Samael, gestor del blog La Tertulia Perezosa, para escapar de toda la estupidez, barbarie e ignorancia que nos rodea. Estar ahí, subido a tu columnita, comiendo hierbajos y grillos tan ricamente, pasando de todo...

          3. Cambiarme de país. El problema es que en la mayor parte de los países civilizados que se me ocurren –Noruega, Canadá, Finlandia...- hace un frío del carajo (demasiado para un eremita medio en pelotas). Así que me quedo con Nueva Zelanda, que ahí lo peor que puede pasarte es acabar en Mordor. Sea pues, me instalaré en Wellington, me subiré a una columna y viviré allí hasta que me repatríen ignominiosamente.

          4. Cambiarme de sexo. Siempre he deseado ser mujer, lesbiana y multiorgásmica. Si algún médico me garantiza lo de los orgasmos múltiples, a partir de este año me llamaréis Cesárea.

          5. No volver a ver ninguna película de Star Wars. Porque estoy harto de que me timen. Ese macrofenómeno cinematográfico está basado en el recuerdo y la esperanza. El recuerdo de las dos únicas películas buenas –o cuando menos divertidas- de la franquicia, la primera y la segunda (por orden de aparición). Y la esperanza, repetidamente frustrada, de volver a encontrar algo parecido. Pero no nos engañemos, la segunda trilogía de Lucas apesta y el episodio VII es un truño. Star Wars ya no es cine, sino puro marketing.

          6. Tener una aventura con Margot Robbie. De entrada, muchos os preguntaréis quién coño es Margot Robbie. Pues una actriz australiana a la que quizá hayáis visto en El lobo de Wall Street o, haciendo de Arlequín, en Escuadrón suicida. Está como un queso y es very sexy. Vale, estoy casado y Pepa, my wife, leerá esto, pero... Pepa, querida, debes entenderlo: Margot y yo estamos enamorados. Quizá no mutuamente, a lo mejor todo lo que puedo esperar de ella es una orden de alejamiento, pero no hay barrera que pueda contener al amor verdadero. Sé valiente; igual que yo acepté lo tuyo con Brad Pitt, acepta tú mi sublime historia de amor con la adorable Margot.

          7. No volver a romperme la cadera. Porque no mola ni un pelo.

          8. Vengarme de las duchas. Una ducha me fracturó la cadera, así que odio las duchas. Mi venganza será terrible. De entrada crearé una sociedad secreta. De peluqueros. Miles, millones de peluqueros de todo el mundo trabajando en la oscuridad bajo mi mando secreto. Durante un año, todos los peluqueros recogerán el pelo caído en sus establecimientos y lo enviarán a silos secretos distribuidos por todo el planeta, donde permanecerá almacenado hasta que llegue el momento de su diabólico uso.
 
          Entre tanto, adiestraré a cientos de millones de ratas para que realicen una sencilla, pero no por ello menos estremecedora, tarea. Finalmente, distribuiré el pelo entre las ratas, que lo llevarán en saquitos colgados del cuellito. Por la noche, las ratas se colarán sigilosamente en las casas y depositarán el pelo en los desagües de las duchas; luego se irán igual de sigilosamente. Al día siguiente, cuando la gente se duche, los desagües se atascarán a causa del pelo, provocando una catastrófica inundación global. ¡¡¡Juaaa-jua-jua-jua!!! (Risa siniestra)

          9. Tumbarme en un sofá y no volver a dar un palo al agua. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Espatarrarme en un sofá y quedarme ahí para siempre, abrazadito a Margot...

10. Convertirme en Mad Doctor para dominar y/o destruir el mundo. En realidad, esta es mi más anhelada ambición: ser un Doctor Loco y hacer tropelías científicas. Aunque, claro, antes debería doctorarme... pero ¿en Ciencias de la Información? Eso, así en principio, no parece dar mucho juego maligno. Aunque, claro, también puedo ser un Mad Doctor autodidacta. Basta con construir un terrorífico robot gigante, o con mutar a un pulpo para que sea también terrorífico y gigante, o con fabricar una terrorífica bomba gigante... en fin, las posibilidades son múltiples, siempre que sean grandes y den miedo. Nada que no esté al alcance de un Mecano y un juego de química. De momento, me entrenaré poniendo en práctica mi venganza contra las duchas... ¡¡¡Juaaa-jua-jua-jua!!!

          Y esos son todos mis propósitos de año nuevo. Es posible que algunos sean incompatibles entre sí, y quizá alguien piense que no son muy realistas. Pero eso no importa. La grandeza de un hombre se mide por el tamaño de sus sueños; así que yo debo de ser enorme, porque sueño con Margot Robbie. Ah, y con destruir el mundo también.

          Por lo demás, esta noche vienen los Reyes Magos.  Os deseo lo mejor. Es decir, que no os traigan lo que necesitáis sino lo que queréis. Yo, sin ir más lejos, les he pedido un kit de Mad Doctor y el teléfono de mi Margot.

          ¡Feliz noche merodeadores!

sábado, diciembre 24

El Tradicional y Famoso Cuento Navideño de Babel



          Aquí estamos, una mañana más de Nochebuena, a punto de colgar el cuento de este año. ¿Sabéis?, éste es uno de los momentos que más me gustan, porque comparto algo con vosotros, pero también porque mientras escribo esto –o más bien en las pausas que hago mientras lo escribo- abro mis sentidos, dejo de estar dentro de mí mismo e intento captar el “sabor” de lo que me rodea. Cuando lo consigo es un momento mágico.

          Son las 9:31. A través de la ventana de mi despacho veo una mañana luminosa, con el cielo despejado, pero fría. Cinco grados marca mi pequeña estación meteorológica. Apenas hay tráfico por mi calle, y tampoco peatones. Estoy tomándome un café con leche. Muy rico. Mi hijo pequeño, Pablo, volvió ayer de Barcelona, donde trabaja (en una editorial, Random House). Ahora, él y su hermano mayor, Óscar, están durmiendo todavía. De fondo escucho los ruidos que hace Pepa mientras prepara uno de los entrantes que tomaremos esta noche. Yo no tengo nada que preparar para la cena, salvo el postre; pero lo haré después, a última hora de la tarde. No obstante, del plato principal de la comida de mañana me ocuparé yo. Canelones, es una tradición; me salen buenísimos. Más tarde prepararé el relleno. Los primeros rayos de sol se cuelan a través de la ventana e inciden en un rincón, concretamente sobre el escáner. En hora y media el sol entrará a raudales y no podré ni ver la pantalla del monitor, así que tendré que echar el estore. Pero ahora la luz es bonita. Dentro de poco, el sol incidirá sobre mi hacedor de arcos iris y el despacho se llenara de colores en movimiento.
 
 

          Tengo otra tradición para hoy: Pondré en la mesa cuatro paquetes, uno para cada miembro de la familia. Son libros. Por cierto, soy tan gili que el libro que le he comprado a Pablo ¡es de la editorial donde trabaja! Pero al menos es un buen libro.

          Y ahora la tradición principal, el cuento. Se llama Doña Julia y los pobres. ¿De qué va? Pues de lo que dice el título, de una anciana y unos pobres. Ya, ¿y qué más? Transcurre durante la Nochebuena. Y ya está bien, porque cualquier cosa que diga será un spoiler.

          Por cierto, me gustaría comentaros algo sobre esta tradición del cuento navideño. La Fraternidad de Babel sólo tiene sentido por vosotros, los merodeadores. Si no estuvierais ahí, si no hubiera nadie al otro lado de la fibra óptica, ¿qué sentido tendría escribir un blog? Bien, sé que estáis ahí; las estadísticas del blog me lo dicen. También sé que la mayor parte de los merodeadores no comentan. Y, por supuesto, no tienen la menor obligación de hacerlo. Además, ya hay un buen grupo de merodeadores que intervienen con frecuencia, una gente estupenda a la que incluyo entre mis amigos.

          Pero a veces me gustaría algo más. Pensad en el cuento de Navidad (no en este en concreto, sino en cualquiera de los que haya escrito). Es cierto que me gusta escribir cuentos, y que esto es un pretexto para hacerlo. También es verdad que, eventualmente, puedo utilizar estos cuentos para otras cosas (por ejemplo, incluí tres cuentos de Navidad en mi antología Trece monos). Pero es igualmente cierto que, fundamentalmente, son un regalo. Que no me ha costado dinero, lo admito, pero sí algo más valioso: tiempo y cierto esfuerzo. Me encanta hacer regalos, me gusta ver la cara de la gente cuando los recibe.

          Por eso quiero pediros algo a todos los que leáis el cuento: mostradme la cara. Por favor, dejadme un comentario. No tenéis que hablar del cuento, no tenéis que decir nada; y si no queréis identificaros, entrad como anónimos. La cosa es muy sencilla. Si os ha gustado el cuento, poned una cara sonriente  :-)  Si no os ha gustado, una cara sombría  :-(  Y si ni fu ni fa, una cara neutra  :-I  Por supuesto, si alguien quiere extenderse, fantástico. Ese es el regalo que os pido a vosotros: veros la cara. ¿De acuerdo? Gracias por adelantado.

          Y ya basta de cháchara. Es Nochebuena, estamos en plenas fiestas navideñas. O en Yule, el festival celta del solsticio de invierno que da paso a la “estación del sueño”. Como soy un poco pagano y me gustan las versiones originales, me quedo con Yule.

          Así pues, ¡feliz Yule, merodeadores de Babel, feliz Solsticio, feliz Navidad!

          Y ahora, el cuento.


          Doña Julia y los pobres

          By César Mallorquí

 


          Aquella mañana, como solía hacer, Julia salió de su casa tirando de un carrito de la compra y se dirigió al mercado. Pero ésa no era una mañana normal; era la mañana del veinticuatro de diciembre, la mañana previa a la Nochebuena, la mañana que daba paso a las fiestas navideñas. Y a Julia le gustaban tanto aquellas fechas...

          Julia tenía setenta y cuatro años; era bajita, algo gordita, con el pelo teñido de castaño para espantar las canas, siempre recogido en un moño, y, aunque la vida le había castigado mucho, una perenne sonrisa instalada en los labios. Era risueña, algo pizpireta, muy parlanchina.

          --Buenos días, señora Julia –la saludó Matías, el panadero, cuando pasó delante de su tienda-. Y felices fiestas.

          --Felices fiestas, hijo. Y feliz noche, para ti y tu familia.

          Todo el mundo quería a Julia. Al principio, cuando se instalaron en el barrio, sólo era la esposa de Germán, el carnicero, una mujer amable y discreta que atendía la caja de la carnicería y a la que nadie prestaba demasiada atención. Pero luego, cuando, siete años atrás, Germán murió y su comercio tuvo que cerrar, Julia se convirtió, poco a poco, en la viuda más popular del barrio.

          No es de extrañar; siempre dispuesta a echar una mano, Julia ayudaba en la iglesia, visitaba a enfermos, recogía ropa y alimentos para los necesitados y participaba en toda suerte de actos caritativos. Gracias a su carácter optimista, a su buen corazón y a su entrega a los demás, Julia se ganó el afecto de sus convecinos, convirtiéndose en algo así como el alma de la comunidad. (...)

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jueves, diciembre 22

Este horrible día



          Me encantaba la Navidad cuando era niño, allá por el paleolítico. Me gustaba todo, pero quizá más el tiempo de espera previo a las fiestas. Primero se engalanaban los escaparates de las tiendas y colgaban las luces en las calles. Luego, a mediados de diciembre, aparecían los extras de Navidad de algunos tebeos, como Tío Vivo y Pulgarcito. Después a comprar el árbol y montar el Belén. Y finalmente, como antesala de las fiestas, el sorteo de la lotería de Navidad. Fueras donde fueses, lo único que oías era la monótona salmodia de los niños de San Ildefonso.

          ¡Por Tutatis, cómo odio este día!

          No juego a la lotería de Navidad, hace décadas que no compro un jodido décimo. Y todo a causa de una maldición familiar. Mi padre sí que jugaba, y mucho, muchísimo. Aparte de los numerosos décimos que él adquiría, le encargaba a sus amigos que le compraran un décimo de todos los números que jugaran ellos. Así que se gastaba una fortuna en la lotería. Y jamás le tocó nada. Pero nada de nada.

          Luego, ya de adulto, yo también jugué a la lotería de Navidad. Pero había heredado la maldición familiar y, como mi padre, jamás gané ni un céntimo. Al final sólo jugaba la lotería del curro, a sabiendas de que, por el mero hecho de jugar yo a ese número, jamás tocaría; pero consciente al tiempo de que, si no jugaba, seguro que tocaría el gordo, porque el azar es así de hijo de puta. Más tarde, cuando dejé la publicidad, mandé definitivamente la lotería de Navidad a la mierda. Y así hasta ahora.

          Pero ése no es el motivo de mi odio. Veréis, con relación a este sorteo la gente parece volverse gilipollas. Por ejemplo, las interminables colas que se forman para comprar décimos en Doña Manolita (un despacho de lotería del centro de Madrid). ¿Por qué hacen cola ahí, si pueden comprar lotería más cómodamente en cualquier otro sitio? Pues porque en Doña Manolita tocan más premios que en otras administraciones de lotería, responden ellos.

          Veréis queridos niños que hacéis absurdas colas, es cierto que en Doña Manolita (o en La Bruixa d'Or de Sort) tocan más premios... por la sencilla razón de que, al ser tan popular, Doña Manolita vende muchos más números que otras administraciones. Pero, ¿sabéis?, aunque compréis un décimo en Doña Manolita, tenéis exactamente las mismas posibilidades de que os toque que si lo comprarais en cualquier otro lugar, ni una más ni una menos. Es decir: muy pocas. Así que no perdáis el tiempo haciendo cola, capullitos míos, e id a la administración de vuestro barrio; tiraréis el dinero igual, pero más cómodamente.

          Luego están los medios de comunicación, que también se agilipollan. Todas las radios (y probablemente las televisiones, no lo sé) retransmiten hoy el sorteo, como si no fuera la cosa más aburrida del mundo. Cada año cuentan las mismas anécdotas, cada año aparecen los mismos frikis que asisten en directo al sorteo, como el cretino que se ha hecho un traje con décimos o el capullo que se ha tatuado su número en el glande. Un coñazo.

          Pero lo que ya no soporto, lo que me saca de mis casillas y me hace echar espuma por la boca, son los telediarios. De repente, la gran noticia es que ha tocado el gordo. ¿En serio? ¿Ha tocado? ¡Es increíble!... ¡¡No, coño!! ¡¡Ya sabíamos que iba a tocar!! Entonces, ¿la noticia es a quién le ha tocado? Pues tampoco. En los telediarios siempre aparece un grupo de ganadores en la calle, dando botes y bebiendo champán hasta perder toda noción de lo que significa la palabra pudor. A mí me parece que son siempre los mismos. Creo que si cada año pusieran el mismo telediario nadie se daría cuenta.

          Y luego están los comentarios... Entrevistan a un ganador, le preguntan qué hará con el dinero, y el tío responde que se comprará un coche, o una casa, o lo que sea, y “tapará agujeros”. Y así todos, se gastarán el dinero en alguna vulgaridad... y “taparán agujeros”. Vamos a ver, ¿por qué tienen todos que emplear la misma frase hecha, el mismo estúpido eufemismo? ¿Por qué no dicen que por fin saldrán de alguna de las múltiples listas de morosos donde aparece su nombre, o que le pagarán el dinero que le deben a su camello de heroína para poder ir por la calle sin miedo a que les rompan los brazos?

          ¿Y qué me decís de esos deficientes mentales que están como locos celebrando en la calle su premio y, cuando les preguntan cuánto han ganado, reconocen que sólo llevaban una participación de la milésima parte de un décimo y han ganado menos de cien euros. Pero ahí les tienes, más contentos que unas castañuelas.

          Entendedme: me parece estupendo que a la gente le toque la lotería. Pero, ¿es eso noticia?

          En fin, reconoceréis conmigo que es un día odioso.

          No como ayer, que fue el Solsticio de Invierno, que es lo que realmente celebramos cuando celebramos la Navidad. Manuela Carmena, la alcaldesa, ha organizado una fiesta para celebrar el solsticio en Madrid Río. No sé qué tal fue el asunto (iba de llevar farolillos, creo), pero ya me imagino a Esperancita Aguirre clamando: ¡Lo que faltaba, además de roja, pagana! Puede que organice un rosario comunal en desagravio. No hay nada más tronchante que unas buenas jaculatorias, ¿verdad?

          En fin, amigos míos, queridos merodeadores, quiero aprovechar la ocasión para desearos felices fiestas. Vale, sí, pasado mañana colgaré el tradicional cuento de Navidad en el blog y os felicitaré con toda la solemnidad que os merecéis. Pero, de algún modo, las fiestas de Navidad empiezan hoy, en este espantoso día. Feliz Navidad pues.

          Ya llevamos juntos once solsticios. ¡A por la docena¡

viernes, diciembre 9

Babel 11



          Once años han pasado desde que La Fraternidad de Babel vio la luz por primera vez. Once años, qué barbaridad... La verdad es que tiene cierto mérito que un blog que no sirve para nada haya durado tanto tiempo. O a lo mejor es que soy un cabezota y un pesado, quién sabe. Pero aquí estamos, once años después. Por cierto, el día que lo creé también era viernes, como hoy.

          Once es un número insulso. Su única peculiaridad consiste en ser primo; lo cual sólo significa que si tienes once pasteles, a menos que estés solo o con diez más, tendrás problemas para repartirlos. Todo el mundo se acuerda del tres, del siete, del diez, del doce o del trece, pero ¿del once? Nadie, salvo que sea ciego, se acuerda del once. No hay ningún candelabro de once brazos, ningún gurú tuvo once discípulos, nunca ha existido una Santísima Oncena. Aunque, ahora que lo pienso, once son los miembros de un equipo de fútbol. Y eso sí que es sagrado, ¿verdad?

          Hay una coincidencia que me gustaría comentar: Hoy, nueve de diciembre, es el aniversario de Babel, pero también el cumpleaños de Kirk Douglas, la última mega estrella viva del Hollywood clásico. Cumple nada más y nada menos que cien años. Siempre me ha gustado Douglas padre, y mucho. Era un buen actor con una presencia física imponente, magnética. Era, también, el actor que más y mejor se cabreaba en pantalla. Daba miedo, y como prueba basta echarle un vistazo a su actuación en Los Vikingos (Richard Fleischer 1958). Participó en tantas grandes películas que sería una lata enumerarlas todas; como muestra, tres de mis favoritas: El gran carnaval (Billy Wilder 1951), Veinte mil leguas de viaje submarino (Richard Fleischer 1954), Senderos de gloria (Stanley Kubrick 1957).
 
 
          Pero hay algo más; Douglas, aparte de buen actor, es un hombre de origen humilde e ideas progresistas. De hecho, sin ser personalmente perseguido, se atrevió a enfrentarse abiertamente al senador McCarthy. Y no solo eso, sino que además hizo algo que le dio la puntilla al Caza de Brujas.

          Como sabéis, durante el macartismo había listas negras con los nombres de los trabajadores de Hollywood acusados de filocomunistas. Entre ellos, prestigiosos guionistas como Dalton Trumbo. Eso quería decir que quienes estaban en la lista no podían trabajar. Pero algunos de esos guionistas seguían trabajando, aunque bajo seudónimo. Pues bien, Douglas, que era, además de protagonista, el productor de Espartaco (Stanley Kubrick 1960), le encargó el guion de la película al listanegrado Dalton Trumbo. Cuando se acabó el rodaje y la película estuvo lista para estrenarse, surgió el problema de qué nombre poner como guionista en los créditos. Se comentó incluso la posibilidad de que se le atribuyese el guion al propio Kubrick...

          Y entonces Douglas se negó e insistió en que apareciese el nombre del auténtico guionista. Intentaron disuadirle, pero Douglas se mantuvo en sus trece. La película se estrenó, todo el mundo contuvo el aliento... y no sucedió nada. Ese fue el final de las listas negras. Aparte de esto, conviene recordar que dos de las películas producidas por  Douglas, y por tanto proyectos personales, fueron Senderos de gloria, un feroz alegato antibelicista, y Espartaco, un no menos feroz alegato contra el totalitarismo.

          Así que, feliz cumpleaños Mr. Issur Danielovitch Demsky (que es el auténtico nombre de Kirk Douglas).

          Volviendo a Babel, nada sería este blog sin vosotros, queridos merodeadores. Juntos nos hemos contado historias, juntos hemos charlado como amigos en torno a la mesa de un café, juntos nos hemos reído y, eventualmente, llorado. Juntos nos hemos entregado al íntimo y secreto placer de lo inútil. Así que os dedico este aniversario. Gracias por acompañarme en este viaje sin rumbo.

          Y feliz cumpleaños.

jueves, diciembre 1

Mi cadera y yo




          Queridos merodeadores, ya sé que últimamente tengo bastante desatendido el blog; no publico cada semana ni contesto con la debida rapidez a los comentarios. Lo siento. Pero la culpa no la tengo yo, sino mi fracturada cadera izquierda.

          La verdad es que pocas cosas han trastornado más mi vida que ese accidente. Mandó a hacer puñetas mis vacaciones, arruinó mi prevista visita a la Semana Negra y al Celsius, ha retrasado la escritura de las novelas que tengo en marcha, me ha tenido mes y medio casi completamente inmovilizado, y luego en una silla de ruedas, y ahora con muletas. El proceso de rehabilitación es tan lento...

          El pasado fin de semana realicé mi primer viaje postraumatismo, a Santander. Teníamos previsto, Pepa y yo, hacerlo en verano, pero mi cadera lo impidió. De hecho, ya habíamos pagado el hotel. Amablemente, dicho establecimiento, el Santemar, nos guardó la reserva hasta fin de año. Y por fin hemos ido. Mientras que en Madrid llovía a mares, en Cantabria hacía un tiempo excepcional. Como puede comprobarse en la foto de arriba, donde se me ve, gallardo con mis muletas, frente a la playa de Liencres.

          Por otro lado, mi dramático tropiezo ha tenido una parte positiva. Estar tanto tiempo medio inmovilizado me permitió pensar en cosas banales, como por ejemplo el argumento del próximo cuento navideño de Babel. Por lo general, siempre se me ocurre a última hora y tengo que escribirlo a toda leche, pero este año voy bien de tiempo. Ya lo estoy escribiendo; en principio se llamará Doña Julia y los pobres.

          Besos.

lunes, noviembre 21

Grosería

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          Los espejos no nos muestran la realidad, sino una versión idealizada de lo que somos. Cuando nos miramos al espejo, sin darnos cuenta, siempre adoptamos una postura determinada, con el ángulo adecuado para disimular la barriguita, la papada, la narizota o la escasez de busto, y para resaltar nuestros bonitos ojos o nuestras delicadas orejas. No somos nosotros, sino nuestro mejor punto de vista; aquel que oculta los defectos y potencia las virtudes. Bueno, pues cuando nos miramos por dentro, cuando reflexionamos sobre lo que somos, igual.

          ¿Cuánta gente se intenta ver a sí misma como realmente es? Muy, pero que muy poca. Las personas suelen tenerse en muy alta autoestima y les cuesta muchísimo reconocer sus defectos. No queremos la verdad sobre lo que somos, sino fantasías masturbatorias. Si metemos la pata, la culpa siempre es de otro; si le hacemos algo malo a alguien, se lo merecía; si la cagamos estrepitosamente es porque las instrucciones eran erróneas o porque estábamos mal aconsejados. Nunca tenemos la culpa de nada.

          En consecuencia, cada vez es más infrecuente pedir perdón, como si hacerlo fuera un signo de debilidad. Pero es al contrario; la debilidad está en negarte a pedir disculpas cuando haces algo mal, porque eso demuestra la fragilidad de tu ego.

          ¿A qué se debe esto? No lo sé a ciencia cierta. Quizá a un complejo de inferioridad mal procesado, o a una excesivo culto al individualismo... O a todas esas estúpidas ideas que nos mete en la cabeza la sociedad de consumo. “Quiérete a ti mismo”. “Puedes conseguir lo que quieras”. “Te mereces lo mejor”. “Eres único”... En fin, cuando el centro del universo eres tú mismo, ¿qué importan los demás?

          Como es natural, esa actitud acaba permeando a toda la sociedad y nos ha convertido en una nación de maleducados. ¿Sólo a los españoles? No lo sé; desde luego, los franceses (dejando aparte a los parisinos) son más educados que nosotros, por no hablar de los nórdicos, que son el colmo del civismo. Pero no he estado en todas partes, así que no lo sé. En realidad, tampoco sé si se da por igual en toda España, si hay diferencias entre grandes ciudades y pueblos, o entre regiones. Lo único que puedo afirmar con seguridad es que las cosas son así en Madrid...

          Aunque, ahora que lo pienso, eso no es verdad. Entre las causas de nuestra grosería falta una muy importante: el ejemplo. Si observamos a nuestros políticos, ¿qué vemos? Gente que miente e insulta, gente que no escucha, gente que grita en vez de argumentar. ¿Y en los debates? Tres cuartos de lo mismo, igual que en las tertulias del corazón. No hay debate; hay griterío.

          Una buena prueba de nuestra impertinencia es la degradación del lenguaje público. Y no me refiero sólo a lo mal que se expresan nuestros supuestos comunicadores, sino al uso y abuso de lenguaje grosero, de palabras malsonantes. No tengo nada contra los tacos en el habla cotidiana. Yo mismo soy jodidamente malhablado. También he empleado tacos en mis novelas, pero sólo en los diálogos (para reproducir el habla cotidiana y/o marcar la personalidad del personaje). Pero los tacos tienen su momento y su lugar, y no deberían tener cabida en la comunicación pública.

          Sin embargo, cada vez oigo a más locutores usar alegremente palabrotas. ¿Por qué? ¿Creen que así son más naturales y cercanos? Pues no, lo que son es más groseros.

          Hace no mucho vio un anuncio de TV (no recuerdo qué anunciaba) donde, como gancho, se valoraba nuestra idiosincrasia española. Entre otras cosas, decía más o menos: ¿Que si los españoles gritamos? Pues sí, gritamos, porque ésa es nuestra forma de expresarnos... Y al que no le guste, que se tape los oídos, ¿no? Qué bien está eso de convertir los defectos en señas de identidad. Somos así y no tenemos el menor propósito de mejorar.

          Con estos ejemplos, ¿qué se puede esperar?

          Nada bueno, amigos míos; nada bueno.

lunes, noviembre 7

Premio Ignotus

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          El sábado por la noche me guasapeó mi hijo Pablo para comunicarme  que yo había ganado el Premio Ignotus de novela corta. Para los que seáis poco frikis, esto es lo que dice la Wikipedia: “El Premio Ignotus es un galardón literario instaurado en 1991 que otorga anualmente la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) a autores españoles y extranjeros. Busca ser un equivalente al Premio Hugo estadounidense para España y toma su nombre del seudónimo con el que firmaba sus obras, a principios del siglo XX, el escritor José de Elola. Se otorga a las obras publicadas en España durante el año que hayan sido preseleccionadas por sus propios asociados y distingue varias categorías”.
          Yo era candidato en tres de esas categorías: Mejor antología (Trece monos, Fantascy 2015), Mejor novela corta (Naturaleza humana, publicada en Trece monos) y mejor cuento (Fiat tenebrae, también en Trece monos). Mi buen amigo Juanma Santiago, uno de los tíos que mejor conoce la ciencia ficción española, fue profético en su blog augurando el futuro que aguardaba a mis candidaturas. Dijo que ganaría indiscutiblemente con la novela corta; que perdería el de antología, porque nunca ganan antologías de un solo autor, y también el de cuento (no recuerdo por qué, pero seguro que tenía razón). Y así ha sido.
          Naturaleza humana es una distopía y un thriller sobre un telón de fondo de space opera. La acción sucede en el año 2189. Desde hace más de un siglo, la humanidad está en guerra con una especie alienígena, los skorpys. Todos los países de la Tierra se han unido para formar una única nación: la Federación Solar. Sin embargo, a causa del conflicto bélico rige un estado de excepción que deja todo el poder en manos de los militares.
          Los protagonistas de la historia son la psicóloga Cecilia Álvarez y el capitán Benjamín Sumaye (aunque el punto de vista del relato se centra en Cecilia). Ambos son movilizados por el Alto Mando para realizar una auditoría de seguridad en La Torre, el cuartel general del ejército. En el curso de su investigación, ayudados por un misterioso disidente apodado Ozymandias, Cecilia y Sumaye descubren que hay algo incorrecto en esa guerra interestelar, que hay demasiadas preguntas sin respuesta. El ejército promueve una gran mentira y oculta un inmenso secreto, pero ¿en qué consiste ese engaño y cuál es el secreto? Finalmente, cuando, tras una compleja investigación, Cecilia y Sumaye descubren la verdad, la respuesta que obtienen es demoledora, porque tiene que ver con lo que somos, con nuestra esencia, con la naturaleza humana que da título a la novela.
          En realidad, Naturaleza humana es una reflexión (pesimista) sobre lo que somos y sobre la ambigua parcialidad de nuestra ética. En la naturaleza no existe el bien y el mal; cualquier suceso, por catastrófico que sea, es éticamente indiferente. La moral es un invento humano y el fiel de su balanza somos nosotros. Pero, ¿qué sucedería si nos encontráramos con otra especie inteligente? ¿Aplicaríamos nuestra ética humana a seres inhumanos? Y si lo hiciéramos, ¿qué sucedería, cómo actuaríamos? Y sobre todo, ¿cuáles serían las consecuencias? De eso trata mi novela.
          La gestación de Naturaleza humana fue inusualmente larga. La idea básica se me ocurrió a principios de los 90. En 1995 comencé a escribirla, pero la interrumpí a las pocas páginas. Por entonces había contratado mi primera novela juvenil y quería centrarme en ese sector editorial, así que dejé de lado la ciencia ficción. Sin embargo, no podía quitarme aquella idea de la cabeza, de modo que la seguí escribiendo entre novela y novela, poquito a poco, tan sólo cinco o seis páginas al año; a veces menos, o ninguna. Finalmente, en 2011, la acabé de un tirón. Tardé dieciséis años en poner el punto final.
          Nunca se me han dado bien los Premios Ignotus; hasta ahora sólo tenía uno, el que me otorgaron en 1999 por mi cuento El decimoquinto movimiento. Que, por cierto, también está incluido en Trece monos. Así que ahora hay dos Ignotus en esa antología. Y habrá dos trofeos en mi despacho, dos pequeños monolitos de 2001. Por cierto, ¿quién tiene el que acabo de ganar?
          Ah, también he ganado un cachito de otro Ignotus, el de ensayo, porque le ha correspondido a Yo soy más de series (Ed. Esdrújula), coordinado por Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo, un conjunto de artículos sobre series de TV en el que participo con uno acerca de House.
          En fin, dilectos merodeadores: da gustito que te den premios.