jueves, octubre 16

Sobreviviendo



            Estoy escribiendo una novela juvenil postapocalíptica. Vaya, ¿otra más? Pues sí; yo, que siempre he estado muy pendiente de las modas literarias para no seguirlas, por una vez escribo à la page. Pero creo que tengo derecho, porque quizá sea el autor de ciencia ficción que más veces ha destruido en sus  relatos la humanidad, la Tierra o el universo (por ejemplo en La vara de hierro, El rebaño, El hombre dormido o La pared de hielo. O en el último cuento navideño de Babel, si vamos a eso). Así que permitidme que haga lo que más me gusta hacer: destruir, aniquilar, devastar.

            En mi novela, el apocalipsis no llega con un súbito boom nuclear, ni con una plaga (aunque hay un poco de ambas cosas), sino poco a poco, mediante el progresivo desmantelamiento de una civilización fracturada que no puede cubrir las necesidades básicas de la población. Mi tesis es: crisis económica + crisis energética = desastre.

            Como decía, tengo poderosas credenciales como destructor del mundo; pero algo que no había hecho nunca es centrarme en la supervivencia. Es decir, humanos que luchan (contra el entorno y otros humanos) por mantenerse con vida en un mundo salvaje y hostil. La novela cuenta la historia de una familia (padre, madre, dos adolescentes y una niña) que se ve obligada a huir de una ciudad caída en la barbarie y buscar refugio en un pueblo del interior. La primera parte se centra en los tres hermanos y el periplo que deben recorrer para llegar a su destino (donde no encuentran lo que esperaban encontrar). La segunda parte transcurre diez años después y describe el nuevo mundo que ha surgido de las cenizas.

            Ese asunto me interesa por varios motivos. ¿Cómo cambian esos jóvenes al cabo de una década, en qué se han transformado a causa de la barbarie que les rodea? Pero sobre todo la pregunta más importante de todas: en esas circunstancias, ¿qué haríamos; intentar conservar un mínimo de civilización o volvernos tan salvajes, o más, como los bárbaros que nos rodean? ¿Seguir siendo seres humanos o convertirnos en monstruos? ¿O es que siempre hemos sido monstruos? El escenario postapocalíptico es muy útil para explorar la naturaleza humana, pues la despoja de todo lo accesorio, de todo lo adquirido, y deja lo esencial. En el fondo es un intento de respuesta a la pregunta ¿qué somos?

            El otro día estaba dándole vueltas a este asunto cuando de pronto me di cuenta de las muchas historias “de supervivencia” que figuran entre mis novelas favoritas.

            Una de las primeras que leí es El día de los trífidos, de John Windham, todo un clásico. En ella, la mayor parte de la humanidad se queda ciega a causa de un fenómeno celeste, no se sabe si natural o provocado. Al mismo tiempo, unas extrañas plantas –los trífidos del título-, que hasta entonces se habían cultivado por el aceite que se extraía de ellas, quedan libres. Libres, sí, porque llegado un momento los trífidos arrancan sus raíces del suelo y caminan. Lo malo es que tiene un flagelo venenoso, lo que las convierte en un peligro letal.

            Otra apasionante novela de supervivencia es Soy leyenda, de Richard Matheson. Todos los humanos se convierten en vampiros, menos un hombre. El final, que le da la vuelta a lo que creías, te deja con la boca abierta. Sin embargo, todas las películas basadas en ella traicionan ese final. Un libro adictivo y perturbador.

            Y también La Tierra permanece, de George W. Stewart. Una visión lírica y poética del fin del mundo. Una novela deliciosa.

            En cuanto a Apocalipsis (que en su primera edición se llamó La danza de la muerte), la considero una de las mejores novelas de Stephen King, pese a su un tanto decepcionante final. Fin del mundo, supervivencia y terror.

            Luego tenemos la tetralogía de las catástrofes, de J. G. Ballard, compuesta por El mundo sumergido, El huracán cósmico, La sequía y El mundo de cristal. El apocalipsis según el agua, el aire, el fuego y la tierra. Y, en realidad, un perturbador viaje al inconsciente.

            Cántico a San Leibowitz, de Walter M. Miller, no es exactamente una historia de supervivencia, aunque sí de tema postapocalíptico. No obstante, su capítulo inicial –que en realidad es el relato corto que dio origen a la novela-, sí que contiene elementos de lucha en un entorno hostil. Una obra maestra.

            Igual que lo es El señor de las moscas, de William Golding. Aquí no está claro que haya un apocalipsis global, pero desde luego sí local. Un avión, cuyo pasaje son todo niños, se estrella en un isla desierta. Solo se salvan los niños, que deberán sobrevivir sin la ayuda de ningún adulto. Una visión profundamente pesimista de la naturaleza humana.

            Y puestos a ser pesimistas, nada mejor que Los genocidas, de Thomas M. Disch. Tras una invasión alienígena, que literalmente ha fumigado a la mayor parte de la humanidad, los extraterrestres usan la Tierra como terreno de siembra para sus plantas alienígenas. Entre tanto, los últimos humanos sobreviven miserablemente.

            Y La carretera, de Cormac McCarthy. Tras un apocalipsis, que no se especifica, pero que se intuye nuclear, un padre y su hijo recorren una carretera en busca de una hipotética salvación. La naturaleza ha muerto, todo es gris, y monstruos humanos deambulan buscando presas humanas. Imprescindible.

            En fin, al pararme a pensarlo me ha sorprendido un poco la cantidad de novelas de apocalipsis y supervivencia que se me antojan textos notables. Pero es que eso de llevar las situaciones al extremo (algo muy propio de la ciencia ficción) es una herramienta cojonuda para reflexionar sobre la condición humana.

            Esto viene a cuento porque la semana pasada vi el primer capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead, una de mis series favoritas. Ya sabéis de qué va, ¿no? Una plaga de zombis (aquí llamados “caminantes”) asola el planeta y los últimos humanos intentan sobrevivir en medio de una civilización destruida. Lo curioso es que a mí no me gustan las historias de zombis, por lo general me aburren, pero es que esta serie no va de zombis, sino de supervivencia, y lo hace de puta madre.

La verdad es que me recuerda un poco a El día de los trífidos. De hecho, ambas empiezan igual (y no creo que por casualidad): un hombre, un paciente, despierta en un hospital desierto y, al poco, descubre que ha llegado el apocalipsis; en un caso por la ceguera y en otro por los zombis. Pero es que, además, zombis y trífidos cumplen la misma función narrativa: no son protagonistas, sino el telón de fondo, un símbolo del brutal salvajismo del entorno.

            El caso es que The Walking Dead trata sobre la supervivencia en situaciones límite y, a través de una magnífica galería de personajes, especula sobre la respuesta humana ante la constante presencia de la muerte. Uno no tarda en darse cuenta de que los monstruos de la serie no son los zombis, sino los seres humanos.

            The Walking Dead tiene la sorprendente virtud de mejorar a cada temporada. En ella se ven cosas jamás vistas en televisión, y rara vez en el cine. El primer capítulo de la quinta temporada –llamado No hay santuario- me dejó con los ojos haciendo chiribitas; es toda una lección de narrativa cinematográfica, de suspense, de ritmo y de acción.

            ¿No seguís The Walking Dead porque sólo es una chorrada de zombis? Pues os equivocáis, es una serie estupenda. Venga, no seáis zoquetes y dadle una oportunidad. Creedme, vale la pena.

martes, octubre 7

¿Qué significa ser algo?



            Hace unos meses leí Dominación, de C. J. Sansom; una ucronía en la que Inglaterra firmó un rápido armisticio con la Alemania nazi y, en los años 50, se encuentra gobernada por un gobierno títere pro-alemán que está a punto de internar en campos de concentración a los judíos británicos. La madre del protagonista era judía, pero se cambió el apellido para aparentar ser irlandesa. El prota, como es lógico, teme que su secreto se descubra y hace la siguiente reflexión: corre el riesgo de que le detengan y encarcelen por ser judío, pero él ni siquiera sabe qué es ser judío.

            Eso me hizo pensar en mí mismo. Mi primer apellido es de origen judío, lo cual bastaría para, en caso de estar bajo la bota nazi, convertirme en candidato a respirar unas cuantas bocanadas de Zyklon B. Sin embargo, si queda algo de sangre hebrea corriendo por mis venas, debe de estar tan diluida como un timo-compuesto homeopático. Por otro lado, igual que el protagonista de mi novela, no tengo ni idea de lo que significa ser judío. ¿Vestirse de negro, dejarse coletitas, ponerse un sombrero raro o una kipa y tener tropecientos hijos? Bueno, yo no hago nada de eso; y la mayor parte de los supuestos judíos tampoco. De hecho, es imposible distinguir a un judío de un gentil, salvo que se realice un concienzudo estudio de su árbol genealógico. Entonces, ¿qué sentido tendría definirme a mí, y a cientos de miles de personas en similares circunstancias a las mías, como judíos? (Si vuestro apellido procede de un topónimo o de un oficio, tenéis muchas posibilidades de descender de los hijos de Israel)

            Siguiendo conmigo, nací en Barcelona y mi apellido es de origen catalán (gerundense, para mayor precisión); mis padres y mis hermanos eran catalanes, pero yo he vivido desde que tenía un año en Madrid. Pues bien, cuando gané el Nacional la casi totalidad de los medios analógicos y digitales dieron la noticia así: “El escritor catalán (o barcelonés) César Mallorquí ha ganado el...”.

            Reconozco mi perplejidad: ¿qué más dará si soy catalán, castellano, extremeño o de la Cochibamba? Si escribiera en catalán, bueno, quizá tuviera algún sentido; pero escribo en español, así que ¿qué coño importa dónde haya nacido? Es más: igual que me ocurre con ser judío, no sé qué significa ser catalán. ¿Hablar catalá, bailar sardanas, ser fan del Barça o comer pa amb tomaca? Bueno, pues salvo en lo de ponerme ciego a pan con tomate, no hago nada de eso. Sin embargo, nací en Cataluña, eso pone mi DNI. Pero se trata de una casualidad, como todo nacimiento, y desde luego no lo considero en ningún sentido importante. Sin embargo, a los periodistas sí debía de parecérselo, pues lo destacaron en titulares. Así que se supone que ser catalán significa algo, aunque yo no tenga ni idea de qué. Y si vamos a eso, tampoco sé lo que significa ser madrileño.

            Vale, de acuerdo, como dijo Rilke: La patria de un hombre es su infancia. Y mi infancia transcurrió en Madrid, así que ¿Madrid es mi patria? Pues todo Madrid no, desde luego, y no solo Madrid. La inmensa mayor parte de mis recuerdos de infancia están asociados al barrio de Chamberí, y en menor medida a ciertos lugares como el parque de El Retiro, el del Oeste o la Casa de Campo. Pero también tengo poderosos recuerdos del Santander donde pasaba las vacaciones con mi familia. En cualquier caso, da igual. Aunque Madrid fuera mi patria sentimental, eso de ningún modo me definiría como persona.

            Porque cuando dices SOY TAL COSA, se supone que esa TAL COSA es el principal rasgo distintivo de tu identidad, aquello que te resume y te explica. Pero, ¿cómo puede un solo factor abarcar la enorme complejidad de cualquier ser humano? Sencillamente, no puede; a menos que simplifiquemos hasta la caricatura al ser humano.

            ¿Qué soy yo? Supongo que, de entrada, soy un miembro del sexo masculino. ¿Eso me define? En parte sí, claro, pero me sitúa en un difuso grupo formado por unos 4.000 millones de personas. Además, no creo que haya radicales diferencias entre hombres y mujeres.

            También soy un adulto de edad madura tirando a pocha, lo cual tampoco dice gran cosa. Además, soy escritor. ¿Es ése mi rasgo distintivo? No todo el tiempo, desde luego; soy escritor ocho horas al día cinco días en semana. El resto del tiempo soy otras cosas. Por otro lado, antes fui publicitario, y antes periodista, y antes estudiante. ¿Quiere eso decir que he experimentado sucesivas metamorfosis en mi esencia conforme cambiaba de trabajo? Para nada; no hay que confundir lo que uno es con lo que uno hace.

            Bien, ya he dicho que soy español, nacido en Cataluña y criado en Madrid. Y ya he dejado claro que nada de eso determina mi naturaleza. ¿Qué más? Soy alto, soy de piel blanca, soy calvo, soy esposo, soy padre, soy bloguero, soy aficionado a la literatura y al cine, soy un poco friki, soy un tímido reconvertido, soy leísta, soy desmemoriado, soy ex-bebedor, soy fantasioso, soy temperamental, soy del Real Madrid, soy pacífico, soy progresista, soy feminista, soy procrastinador, soy escéptico, soy romántico, soy... soy muchas cosas. Y ninguna de ellas, por sí sola, me define.

            A ello debemos añadirle todas las influencias que han contribuido a conformar mi personalidad y mi bagaje cultural, estético y ético. Pero esas influencias son múltiples y proceden de todas partes: de Inglaterra, de Francia, de Estados Unidos, de Alemania, de Italia, de Grecia, de Japón, de Irlanda... o, claro, de España, incluyendo a Cataluña. Pero ninguna basta para explicar qué soy yo.

            En definitiva, no hay un núcleo básico y simple que defina nuestra esencia. De hecho, no existe tal esencia. Somos una amalgama de múltiples cosas de muy diversa procedencia. No somos un bloque compacto; somos una construcción de Lego. Y eso, esa pluridimensionalidad, es lo que nos hace interesantes.

            No obstante, mucha gente decide ser una única cosa. O, mejor dicho, decide focalizar toda su naturaleza en un único sentido. Quizá su trabajo, quizá su nacionalidad, quizá su religión, o la paternidad, o las aficiones, lo que sea. Se simplifican a sí mismos, se reducen a un único aspecto. A mi modo de ver, eso los adocena, los convierte en seres unidimensionales y aburridos, en caricaturas de personas. ¿Por qué lo hacen?

            Bueno, si alguien jamás sale de donde nació y recibe una única clase de influencias, entonces la cosa tiene lógica. Por ejemplo, si un niño nace y se cría en el seno de una secta, tiene todas las papeletas para ser única y exclusivamente un fanático religioso. Pero hay gente que ha recibido toda suerte de influencias, una educación cosmopolita, gente que ha viajado y se ha expuesto a otras culturas, personas que son la suma de mogollón de piezas de Lego, y sin embargo optan por reducirse a un único aspecto. ¿Por qué?

            Si reflexionamos en profundidad sobre la frase “SOY YO”, es muy probable que descubramos que ese “YO” no tiene un sentido concreto, que la propia identidad es difusa, oscura, cambiante y, con frecuencia, contradictoria. Eso a mí me parece de lo más interesante (somos ríos, no embalses), pero hay gente se siente aterrada ante esa idea. Hay gente que necesita aferrarse a algo sólido en un mundo en el que nada lo es, así que inventan, o más frecuentemente adoptan, construcciones mentales ficticias a las que poder agarrarse para darle sentido a unas vidas que no lo tienen, y para ser algo concreto que otorgue un significado manejable a la palabra “yo”.

            Así pues, cuando decimos “soy tal cosa”, en realidad estamos confesando nuestro miedo más profundo: no ser nada.

martes, septiembre 30

Aguardando el pasado




            Este fin de semana participé en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada. Fue una experiencia muy agradable, por el entusiasmo de los organizadores, por la calidad de los invitados (no me refiero a mí) y por el interés de los distintos actos que se celebraban. Además, me reencontré con un montón de viejos amigos, y espero haber hecho algunos nuevos. Estuvo muy bien. Sin embargo, antes de asistir hubo algo que me inquietó: el programa oficial anunciaba un “desfile de vestimenta steampunk”.

            Como sé que no todos los merodeadores de Babel son frikis, aclararé que steampunk es un subgénero de la ciencia ficción que muestra una ambientación decimonónica (sobre todo la época victoriana en Inglaterra), pero con elementos de tecnología avanzada basada en la máquina de vapor. Algunos lo vinculan al retrofuturismo, pero yo no estoy de acuerdo; aunque se parecen, no son lo mismo. También ha dado pie a otros subgénero, como el dieselpunk, que se ambienta en el periodo de entreguerras (y manda cojones que yo haya escrito una novela dieselpunk -La isla de Bowen- sin tener ni idea de que eso existía). Además, el steampunk, que nació como movimiento literario, se ha convertido también en una tendencia estética.

            ¿Por qué me inquietaba ese desfile? Pues veréis, yo creo que existen dos categorías de frikis: el light y el hard. Friki light es aquel que tiene aficiones raritas centradas en la cultura popular (comic, ciencia ficción, fantasía, etc.). En cuanto al friki hard, es aquel que no sólo tiene esas aficiones, sino que además las incorpora sustancialmente a su propia vida. Es decir, el friki light asiste como “espectador” a determinadas ficciones populares, mientras que el friki hard vive en ellas.

            Una confesión: los frikis hard me ponen nervioso. Sé que esto puede sonar raro viniendo de un tipo que tiene en su salón un montón de figuras de resina de Tintín, o en su despacho un enorme poster de King Kong, robots de hojalata o el ídolo arumbaya de La oreja rota. Sin embargo, todo eso para mí es decoración. Decoración fiki, de acuerdo; pero sólo está ahí por estética, teñida, eso sí, de grandes dosis de sentimentalismo. Yo no aspiro a vivir en el universo de Tintín, no fantaseo con ser un explorador de la Isla de la Calavera o un navegante espacial. Una cosa es lo que leo o veo, y otra muy distinta lo que vivo. De hecho, mis aficiones raritas sólo son una pequeña parte del conjunto de mis aficiones. Vamos, que soy un friki light (o eso espero).

            Por tanto, como estoy en una frontera peligrosa, siempre he sentido cierta prevención hacia los frikis más hard, no vaya a ser que me confundan con ellos. Y para mí uno de los máximos exponentes del frikismo duro se produce cuando los frikis se disfrazan. Recuerdo una vez, hace muchos años, que yo estaba en una Hispacon (convención de aficionados españoles al fantástico) y de repente vi pasar a una comitiva de tíos vestidos al estilo de El señor de los anillos. Súbitamente, experimenté una crisis de vergüenza ajena; no sabía dónde meterme. Tenía la sensación de que de un momento a otro iban a aparecer un montón familias con niños y se pondrían a arrojarnos cacahuetes, porque aquello se me antojaba un zoológico grotesco.

            Vale, antes de que algunos se pongan a arrojarme, en vez de maní, tomates podridos, acepto que no tengo razones objetivas para pensar así. Que eso de los disfraces no es más que algo lúdico, una desinhibida manera de divertirse. De acuerdo, es cierto.  Pero a mí, qué le voy a hacer, me pone nervioso, y cuando eso sucede a mi alrededor no puedo evitar sentirme como Jeff Albertson, el dependiente de la tienda de cómics de Los Simpson.

            Pues ese era mi temor cuando vi anunciado el desfile de trajes steampunk. Pero no, no había nada que temer. Y no porque no hubiera gente disfrazada, ni mucho menos; de hecho, durante los dos días que duró el festival había un constante trasiego de hombres y mujeres vestidos de decimonónicos con aditamentos retrofuturistas. Lo que pasa es que el espectáculo me gustó. Por dos motivos:

            1. Vestirse de hobbit, o de Mr. Spok, o de Guardia Imperial, es cualquier cosa menos elegante. Sin embargo, esa idealización del estilo victoriano resulta estéticamente muy molona (no en vano grandes diseñadores como Prada, Alexander McQueen, Ralph Lauren o Gaultier han creado colecciones inspiradas en el steampunk). En Fuenlabrada había de todo, por supuesto, pero en general los disfraces eran muy bonitos.

            2. En otros acontecimientos frikis, quienes solían disfrazarse eran sobre todo los tíos; por lo general, jovencitos granujientos. Pero en el Festival había tanto chicos como chicas, la mayor parte teenagers y veinteañeros (aunque había algún que otro tarra). Pues bien, llamadme viejo verde si queréis, pero ver chicas guapas elegantemente vestidas siempre me ha resultado de lo más tonificante.

            Vamos, que me pareció estupendo pasar un par de días rodeado de steampunks. Pero también me hizo pensar. Veréis, cabe suponer que esos jóvenes, aparte de para divertirse, se vestían así para hacer en cierto modo realidad sus fantasías. Y sus fantasías estaban enclavadas en el pasado (un pasado idealizado, es cierto; pero para eso está el pasado, ¿no?; para idealizarlo). Y lo mismo ocurre con los góticos o los neorrománticos: fantasean con el pasado.

            Durante la segunda mitad del siglo XX, el foco del fantástico popular se desplazó de la ciencia ficción al fantasy. Es decir, del futuro al pasado. Ahora mismo, ¿cuáles son las ficciones fantásticas más populares? Pues Juego de tronos y la serie de El nombre del viento, de Patrick Rothfuss. Fantasías medievalizantes, El pasado. ¿Y cuál es el género de moda en la literatura juvenil? Las distopías. O sea, el futuro visto como un lugar horrible.

            ¿Qué ha ocurrido para que los jóvenes, que son en sí mismos el futuro, hayan decidido refugiarse en el pasado? Supongo que eso significa que para ellos el futuro -y su antesala, el presente-, no solo ha perdido todo atractivo, sino que además les da miedo. Woody Allen dijo que el futuro le interesaba, porque es el lugar donde iba a pasar el resto de su vida. Bueno, pues los jóvenes no quieren vivir ahí. El futuro les da mal rollo. Mejor el cálido pasado, convenientemente idealizado.

            Coño, pero si me sucede a mí mismo. Casi la mitad de mis novelas juveniles están ambientadas en el pasado. Y, salvo en un caso, ninguna pretendía ser novela histórica. Lo que pasó es que las tramas y argumentos que había ideado me parecía que funcionaban mejor en el pasado que en el presente (o el futuro). Porque los sentimientos e imágenes que quería transmitir eran más fáciles de evocar en tiempos pretéritos. A mi manera, soy un romántico. Hace mucho, cuando era joven, encontraba romanticismo en la ciencia ficción. Pero ya no. El futuro apesta, y el presente da asco.

            En fin, que un dinosaurio como yo piense así puede ser normal. Pero que compartan esa idea muchos chicos y chicas ya es más alarmante. Jóvenes sin fe en el futuro, sin optimismo, sin esperanza, jóvenes que se sienten más a gusto en lo que fue, que en lo que es y en lo que será.

            Da que pensar, ¿verdad?

lunes, septiembre 22

Los Premios Ignotus 1991-2000



            Pensaba escribir sobre otra cosa, pero la semana pasada me llegó por correo un paquete con dos ejemplares de Los Premios Ignotus 1991-2000 (Sportula 2014), una antología coordinada por Rodolfo Martínez (en adelante Rudy).

            ¿Qué son los Premios Ignotus? Pues los galardones que, desde 1991, concede la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) a las mejores obras del año pertenecientes a esos géneros. En este caso, en el apartado de cuento y novela corta. Los relatos que contiene el volumen de Sportula son muy especiales, pues corresponden a un periodo, la década de los 90, de gran importancia para el fantástico español. Pero, atención, estoy hablando del fandom.

            (Nota para los merodeadores poco frikis: Fandom es la contracción en inglés de fanatic kingdom, que significa “reino de los aficionados”. Se refiere al grupo más activo de los fans de un género, que suelen comunicarse frecuentemente entre sí, crear convenciones y asociaciones, editar fanzines, etc. Supongo que hay fandoms en todos los géneros, pero tradicionalmente los más activos pertenecen al fantástico).

            El fandom español es relativamente reciente. Comenzó a formarse a mediados de los años 60 y cristalizó al crearse una asociación llamada Círculo de Lectores de Anticipación. Yo conocí en los 70 a algunos de los miembros de aquel primer fandom y puedo asegurar que en su mayor parte eran los frikis más frikis que he visto en mi vida. Y eso que aún no existían los frikis...

            En 1968 apareció la revista Nueva Dimensión (ND), una de las mejores publicaciones del género de toda Europa. A partir de entonces, durante tres lustros, el fandom español se desarrolló y creció (no demasiado) en torno a ND. Pero en 1983, la revista cerró. Y durante casi una década, el género se quedó sin guía y sin tribuna.

            Parecía un erial, pero había una intensa actividad subterránea. Los aficionados, al carecer de una publicación profesional, se pusieron a editar fanzines como locos, y las asociaciones brotaban como setas. En 1992 se creó la AEFCF (aún le faltaba la T de terror) y los premios Ignotus. Pero lo más importante de todo es que se estaba produciendo un cambio generacional. Y así surgió la llamada “Generación de los 90”, o la “Edad de Oro de la cf española”.

            En la España de los 60, 70 y primera mitad de los 80 había muy pocos escritores de cf, y la inmensa mayor parte eran aficionados que, por lo general, se limitaban a imitar, con mayor o menor fortuna, los modelos anglosajones del género. Durante los 80, sin embargo, aparecieron tres escritores, muy distintos entre sí, que contribuyeron -cada uno a su manera- a establecer los estándares de calidad de la cf española: Rafael Marín, Elia Barceló y Juan Miguel Aguilera. Estos tres nombres son importantes, porque aportaron, cuando menos, la profesionalidad literaria que hasta entonces el género no tenía en España. Y además, enlazaron el antiguo legado del fandom, el que giraba en torno a ND, con la nueva generación de escritores.

            Y de pronto, a comienzos de la siguiente década, hubo una repentina explosión de talento literario: la Generación de los 90, de la que yo formé parte. Pero aclaremos algo: eso de “generación” se refiere casi únicamente al momento temporal en que aquello sucedió. No había unidad de temas, ni de criterios, ni de nada; cada uno iba a su bola. Ni siquiera las edades coincidían, porque aunque la mayoría era muy joven, también había unos cuantos carrozas (de hecho, yo era el más viejo... o el menos joven).

            Pero había un par de coincidencias: En primer lugar, esos nuevos escritores ya no se conformaban con contar historias divertidas y exóticas, sino que intentaban ofrecer calidad literaria. Y en segundo lugar –aunque eso generó en su momento agrios debates-, muchos de esos escritores dejaron de imitar los modelos anglosajones para buscar una “voz propia”. Reconozco que yo fui uno de los impulsores de ese “movimiento” que intentaba recoger lo mejor de la tradición anglosajona, pero desde un punto de vista español o europeo. Y, a la larga, creo que la idea ha calado.

            ¿Quiénes son esos escritores de la Generación de los 90? Me voy a centrar en aquellos que aún siguen en activo (y perdón por los olvidos). Además de los ya citados Marín, Barceló y Aguilera, podemos nombrar a los siguientes: Javier Negrete, Rodolfo Martínez, León Arsenal, Daniel Mares, Armando Boix, Eduardo Vaquerizo, Félix J. Palma, José Antonio Cotrina... o éste su seguro servidor.

            Por aquel entonces, todos éramos sin excepción, escritores aficionados (en el sentido de que no ganábamos ni un céntimo con nuestros escritos). Entonces, ¿los relatos del volumen de Sportula son textos de aficionados? Pues sí y no. Sí, porque en aquel entonces sólo se podía publicar esa clase de ficción en publicaciones de aficionados o semi-profesionales. No, porque la calidad de esos relatos era y es absolutamente profesional. Además, aquellos eran tiempos de optimismo en los que parecía que el fantástico español iba a despertar de su largo letargo, y eso espoleaba a los escritores a buscar nuevas sendas, a experimentar y a dar lo mejor de sí mismos.

            En lo que a mí respecta, aunque mis primeros pinitos literarios los di en los 70, llevaba más de una década alejado de la escritura, así que puede decirse que mi carrera como escritor comenzó entonces. Es cierto que en esa época me sentía más inseguro al escribir, que tenía menos tablas, pero creo que eso lo compensaba a base de entusiasmo y afán de tantear nuevos caminos. Hoy, veintitantos años después, pienso que algunos de mis relatos de entonces están entre lo mejor que he escrito nunca, sea esto mucho o poco.

            Y ahora centrémonos en la antología de Sportula. Contiene los siguientes relatos, todos ellos ganadores del Ignotus:

1991: «La estrella», Elia Barceló
1992: «A tumba abierta», Rafael Marín
1994: «Estado crepuscular», Javier Negrete
1995: «Castillos en el aire», Rodolfo Martínez
1996: «El robot», Rodolfo Martínez
1997: «El bosque de hielo», Juan Miguel Aguilera
1998: «Mi esposa, mi hija», Domingo Santos
1999: «El decimoquinto movimiento», César Mallorquí
2000: «En las fraguas marcianas», León Arsenal

            Además, incluye un prólogo de Rudy y un ensayo de Juanma Santiago sobre la historia de los Ignotus y de la Generación de los 90. Juanma también ha escrito ficción, pero sobre todo es conocido por su labor como ensayista. Y además es sin duda el mejor cronista de aquella época. No sé si tiene memoria fotográfica, o si tomaba notas, pero lo que él no sepa sobre las tres últimas décadas del fandom, no lo sabe nadie. Su ensayo no solo está documentadísimo, sino que además se lee como si fuera un relato más. El volumen se completa con una pormenorizada relación, año a año, de las claves del Ignotus, a cargo de Mariano Villarreal.

            En cuanto a los relatos, los leí todos en su momento, salvo dos. La media es de notable y los hay sobresalientes. De hecho, al menos cuatro de ellos están considerados clásicos indiscutibles de la cf española. ¿Y qué tal es el mío? Pues de entrada es curioso. Lo escribí justo cuando había decidido abandonar el género, y ni siquiera había previsto publicarlo. Pero un día me telefoneó León Arsenal para preguntarme si tenía algún cuento para presentarlo al Premio Pablo Rido (de la Tertulia de Madrid). Por lo visto, aún no se habían presentado demasiados candidatos y temía que la convocatoria fuese escuálida. Le dije que sí y envié El decimoquinto movimiento, aunque luego no fue necesario, pues en el último momento se presentaron un buen número de relatos. El caso es que mi cuento ganó el Pablo Rido de 1997 y, dos años después, el Ignotus. Mi primer y único Ignotus. Lo tengo ahora delante de mí, sobre una mesita. Es bonito por su sencillez: una reproducción en mármol del monolito de 2001 sobre una base de metacrilato transparente llena de arena. Mola.

            El decimoquinto movimiento se publicó por primera vez en el número 12 de la revista Gigamesh. Luego apareció en la antología Fabricantes de sueños 1999, y en la antología Ficciones en los 64 cuadros (2004), publicada en Argentina. Ahora aparece en el volumen de Sportula y formará parte de mi antología personal Trece monos, prevista para el año que viene en Fantascy.

            Hasta ahora, mi relato más reeditado era El rebaño (El círculo de Jericó, Ediciones B 1995), pero creo que lo va a superar éste. Está inspirado en un cuento de Borges y trata sobre el universo del ajedrez. No es cf; y, si nos ponemos estrictos, tampoco es fantasía, pues no contiene ningún elemento sobrenatural. Pero la historia es lo suficientemente “exótica” como para incluirlo en ese último género. ¿Qué tal es? Bueno, yo le daría un siete sobre diez. Pero, ¿qué importa lo que yo crea?

            En cuanto a Rudy, editor y coordinador de la antología, ¿qué puedo decir? Nos conocemos desde hace más de veinte años, coincidimos en muchas ideas y compartimos muchos puntos de vista; aunque lo cierto es que nos hemos visto personalmente muy poco (él vive en Gijón y yo en Madrid), así que la mayor parte de nuestro contacto ha sido a través de Internet. Pero voy a olvidarme de que es mi amigo y procuraré ser objetivo: Si tuviera que elegir a los tres mejores escritores españoles de cf, uno de ellos sería, sin dudas, Rodolfo Martínez.

            Y ya está. Sólo me queda recomendaros encarecidamente esta antología de relatos, porque es realmente buena. Si queréis comprarla (tanto en papel como en –arggg- libro electrónico), podéis hacerlo pinchando AQUÍ. Seguro que os gusta.
 
 

jueves, septiembre 11

Hijos de puta


 
            El pasado fin de semana leí en el periódico una noticia que me dejó pensativo: Zelda Williams había regresado a Twitter tras haberlo abandonado. ¿Quién es Zelda Williams? Pues la hija de Robin Williams.

            Un inciso: Me habría gustado comentar aquí el trágico fallecimiento de ese actor, pero como a veces Babel parece más un obituario que un blog, me abstuve. El caso es que Williams tenía la rara capacidad de conmoverme y, si bien no simultáneamente, sacarme de quicio. Me ponía de los nervios en películas como Jack, Flubber o Patch Adams, pero lograba enternecerme en El club de los poetas muertos, Despertares o El rey pescador. En conjunto, me caía bien; me parecía un buen tipo y, según cuentan, lo era.

            Volvamos a Zelda. ¿Por qué dejó Twitter? Porque, tras el suicidio de su padre, comenzó a recibir en la red social comentarios anónimos insultando al actor, acusándole de cobarde y poniéndola a ella misma a parir. Incluso le mandaron fotos trucadas donde aparecía Williams con aspecto de cadáver en medio de una autopsia.

            Vamos a ver: Muere una persona de forma dramática, su única hija, como es lógico, está destrozada... y hay gente que lo único que se le ocurre en esas circunstancias es intentar que la pobre chica sufra aún más. ¿Pero qué clase de personas son esa gentuza? Unos mayúsculos hijos de puta, está claro. Y unos gilipollas, como veremos.

            Lo que nos conduce a los trolls, esa morralla que, amparada en el anonimato, se dedica a molestar en Internet. Es decir, personas cuya forma de divertirse consiste en hacer sufrir a los demás. Eso tiene un nombre, ¿no? Hace poco leí un artículo sobre ellos; según un estudio realizado por psicólogos de la universidades canadienses de Manitoba, Winnipeg y British Columbia, el 5’6% de los internautas encuestados reconocía abiertamente que disfrutaba “trolleando” a los demás. Dado que sólo la mitad de quienes navegan por la Red participan activamente, el número de trolls real debe de rondar el 10% de los usuarios activos. Parece poco, pero es muchísimo.

            El estudio señala que los trolls dedican una media de 11 horas semanales a fastidiar a la gente. Había uno en concreto que reconoció dedicar 79 horas a la semana a trollear; es decir el doble de una jornada laboral semanal. Los psicólogos señalan que los rasgos básicos de la personalidad de estos esforzados vocacionales del mal son psicopatía, narcisismo, maquiavelismo y sadismo, siendo este último el más relevante. Pues bien, a mi entender algo falla aquí.

            Vamos a ver, se considera que el 1% de las personas son sádicos puros. Ese mismo porcentaje, el 1%, corresponde a los psicópatas. Pero supongo que ambas categorías se solapan, así que a lo sumo habrá un 1’5% de personas que son o sádicos, o psicópatas, o ambas cosas a la vez. Un porcentaje muy alejado del 10% de los trolls. Así pues, hay alrededor de un 8’5% de trolls que no padecen ninguna parafilia ni ningún trastorno de la personalidad; personas normales que, sin embargo, disfrutan haciendo el mal. ¿Cómo es posible esto? Yo creo que hay varios motivos.

            En primer lugar, la gilipollez. Como reza el llamado Principio de Hanlon: “No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la mera estupidez”. Según las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, de Carlo M. Cipolla, “Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas”. Es decir, los trolls. Convendréis conmigo en que el porcentaje mundial de gilipollas supera con creces el 10% (no me atrevo a aventurar una cifra, porque la Primera Ley Fundamental de Cipolla impide la atribución de un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población. Cualquier estimación numérica resultaría ser una subestimación). Evidentemente, no todos los tontos se orientan hacia el mal; supongo que la mayor parte no se orientan en ningún sentido concreto y sólo algunos acaban cayendo en el trolleo. ¿Por qué lo hacen? Pues, como suele ocurrir con las motivaciones de los capullos, sencillamente porque sí.

            El segundo motivo es la deshumanización de la Red. Estoy seguro de que la mayoría de los trolls serían incapaces de decirle a la gente a la cara las monstruosidades que sueltan por Internet. Y no solo por temor a las represalias (eso lo veremos después), sino por empatía. Sólo el 1% de la población (los psicópatas) carece de empatía. Por tanto, la mayoría de los trolls son empáticos en mayor o menor grado.

            Pero para que la empatía funcione es preciso que antes reconozcas al otro como ser humano, lo cual se produce automáticamente cuando lo ves cara a cara. Pero eso no ocurre en Internet; lo que tienes delante es un nombre, un nick, una foto a lo sumo. Es muy fácil deshumanizar algo así. De modo que la empatía se desconecta y puedes decirle cualquier barbaridad a algo que no percibes como un ser humano, sino como una entelequia, una entidad tan abstracta como Super Mario, por ejemplo.

            El tercer motivo es el anonimato. De entrada, por la impunidad; puedes hacer y decir lo que te venga en gana sin consecuencias, pues nadie sabe quién eres. Pero creo que la cuestión va mucho más allá. Ya sabemos los efectos sobre la psique que tienen los disfraces y las máscaras. Perdemos nuestra identidad y podemos transformarnos en lo que queramos. Pero las personas no somos una única cosa; de hecho, interpretamos distintos papeles según las circunstancias. A grandes rasgos, nos dividimos en el personaje público, que se relaciona con la gente en general, el personaje privado, que se relaciona con su círculo más íntimo, y el yo secreto, que no se lo mostramos a nadie. Diferentes aspectos para la misma persona.

            Cuando interpretamos al personaje público, procuramos ofrecer la mejor imagen de nosotros mismos; potenciamos (o inventamos) nuestras virtudes, y ocultamos nuestros defectos. Se trata de nuestro yo más inhibido, pues está sujeto a una serie de convenciones sociales que no nos atrevemos a vulnerar por temor al rechazo.

            Pero al ponernos una máscara, al ocultar nuestra identidad, podemos mandar al cuerno al yo público, con todas sus inhibiciones, y dar rienda suelta a otras facetas de nuestra personalidad que por lo general no mostramos. Es decir, dejamos en libertad a nuestro yo secreto, ese ente situado en lo más profundo de nuestro interior donde ocultamos lo que no queremos que nadie vea (a veces ni nosotros mismos). Ahora bien, ¿por qué ocultamos ciertos aspecto de nuestra personalidad? Puede ser por fragilidad, porque lo que escondemos es tan sensible que un simple roce ajeno podría dañarnos. Pero también puede ser por vergüenza, pues hay facetas nuestras tan bochornosas que no queremos que nadie las vea. Por ejemplo, ese profundo resentimiento que algunos alimentan en su interior, porque piensan que el mundo es injusto con ellos; la rabia de sentirse menospreciados, el ansia de poder, el rencor, la envidia... Pulsiones y sentimientos profundamente negativos que habitualmente guardamos bajo llave. Ese es el monstruo que, a veces, dejamos suelto cuando enmascaramos nuestro yo público. ¿Y qué es Internet sino un inmenso baile de máscaras?

            Quizá sea porque me estoy haciendo viejo, pero cada vez siento más desconfianza hacia la humanidad, cada vez me gusta menos. Entendedme, por supuesto que hay personas estupendas, gente con la que da gusto estar y de las que puede aprenderse mucho. Pero por cada persona de esa clase hay nueve que sólo me inspiran desinterés, en el mejor de los casos, o repugnancia y miedo en el peor. La humanidad da asco; y cuando digo “humanidad” me incluyo a mí mismo, y el primero de la fila (a fin de cuentas, conozco mi yo secreto).

            Como suele decir un buen amigo mío, somos monos malos, los simios más cabrones de todos. Porque una especie que es capaz de producir ejemplares como los hijos de puta que disfrutaron atormentando a una pobre chica que se acababa de quedar huérfana, no es una buena especie.

 

martes, septiembre 2

Lucha de clases


 
            Es curioso, pero creo que hoy en día quienes se plantean la política como lucha de clases son, sobre todo, las élites de derechas. Warren Buffett, el cuarto hombre más rico del mundo, lo expresó con claridad: “"Por supuesto que existe lucha de clases, y mi clase la ha ganado". Me apresuro a aclarar que lo que define la clase social es el poder adquisitivo; es decir, que alguien es de clase alta única y exclusivamente porque maneja más pasta que los de clase media y baja. Nada más. Aunque, claro, eso de la pasta tiene luego muchas y variadas consecuencias.

            En mi círculo personal, incluso en el familiar, hay unas cuantas personas de derechas, incluso de derecha extrema, y todas me han acusado en algún momento de lo que consideran un contrasentido: Yo me declaro de izquierdas, y sin embargo tengo un buen coche, una buena vivienda y según mi renta pertenezco a la clase media-alta. Así pues, para mis conocidos de derechas soy un burgués que juega a ser izquierdoso; porque, en su concepción de las cosas, para ser de izquierdas hay que ser pobre.

            En realidad, es un argumento muy generalizado. Supongo que todos recordáis lo mucho que se ceba la caverna con Javier Bardén, por ser de izquierdas y millonario. Al propio Buffett le acusan de lo mismo, pues propugna una subida de impuestos a los ricos, y afirma que el sistema actual es injusto, pues permite que él tribute a un tipo impositivo más bajo que su secretaria. Así pues, Buffett, Bardén y yo somos unos inconsecuentes que jugamos a ser progresistas, mientras que nuestro nivel de vida se corresponde con el de clases sociales elevadas (aunque ya me gustaría a mí que mi nivel de vida fuese tan elevado como el de mis ilustres compañeros de inconsecuencia).

            Pues bien, este argumento de la derecha sólo tiene sentido si se contempla desde el punto de vista de la lucha de clases. Si pertenezco a una clase social, debería defender los intereses de esa clase social y dejarme de gilipolleces. O, dicho de otra forma: si tengo X pasta, debería propugnar que el sistema político haga posible que yo siga teniendo esa pasta, o más. Por  tanto, yo debería, entre otras cosas, estar en contra de los impuestos, pues estos tienen un componente redistributivo que beneficia a clases sociales inferiores, que no son mi clase y por tanto deberían importarme un carajo.

            Vale. Resulta que cuando yo tenía veintitantos años ya era de izquierdas. Pero también era pobre como una rata, así que, según los criterios de la derecha, era consecuente. Pero después empecé a ganar bastante dinero (y además en el mundo de la publicidad, te cagas), así que lo lógico era, supuestamente, que empezase a derivar hacia la diestra para ser consecuente con mi nueva clase social.

            Dicho con otras palabras: Si tienes unas ideas acerca de cómo debería ser la sociedad y la forma de gestionarla, en el momento en que subas de clase social esas ideas deben cambiar y adaptarse a tu nuevo estatus económico. O sea, que lo que está bien y lo que está mal depende de la pasta que tengas en el bolsillo, ¿no?

            Y ahí está la cuestión, en el bien y el mal. Porque hay otra forma de entender la política: no como lucha de clases (eso sería una consecuencia posterior), sino como ética. ¿Y qué clase de ética? La más sencilla de todas, la base de todo planteamiento moral, un principio que, según creo, fue escrito por primera vez en el Mahabharata: "Todo lo que una persona no desea que le hagan, debe abstenerse de hacerlo a los demás”. O al revés, como lo expuso Mencio: "Esfuérzate en tratar a los demás como querrías ser tratado”. Es decir, tú eres los demás y los demás son tú.

            Mi planteamiento es muy simple: No todo el mundo nace en igualdad de condiciones; algunos, la minoría, lo hacen en el seno de familias privilegiadas, tanto en poder adquisitivo como en redes de contactos. Otros, muchos más, nacen en familias que no tienen casi nada, ni dinero ni contactos. Y entre medias, una amplia gama de gradaciones. Es decir, si la vida fuese una maratón (a veces lo parece), algunos corredores partirían de la línea de salida, a  42 kilómetros y 195 metros de la meta; pero otros lo harían a tan solo veinte kilómetros, y unos pocos ya estarían en la llegada desde el principio de la carrera. No parece muy justo, ¿verdad? Pero así son las cosas. En nuestra sociedad, el factor más importante para alcanzar el éxito no es ni el talento, ni la preparación, ni el esfuerzo, sino la clase social donde hayas nacido. O sea que un gilipollas de clase alta tiene muchas más posibilidades de triunfar en la vida que un genio de clase baja.

            Como eso no me parece bien (soy así de raro), creo que la sociedad debería hacer todo lo posible por reducir esas diferencias; por un lado eliminando en lo posible los privilegios de las clases, sí, privilegiadas, y por otro proporcionando a las clases bajas todo lo necesario para que tengan un mínimo de igualdad de oportunidades (educación pública de calidad, sanidad, desarrollo personal, etc.). Del mismo modo, debería garantizarse el derecho a una vida digna para todos los ciudadanos. Y simultáneamente, deberían potenciarse valores sociales y personales como la solidaridad, la tolerancia, el esfuerzo, el diálogo, la cooperación o el respeto a la cultura. Y por supuesto, debería tacharse de un plumazo cualquier discriminación por razones de clase, sexo o raza. ¿Es eso ser de izquierdas? ¿Sí? Vale, pues entonces soy de izquierdas; pero insisto en que mi planteamiento inicial no es político, sino ético.

            Pues bien, ¿dónde está la ética en la sociedad española? Y no me refiero a los políticos, que en su mayor parte ni siquiera conocen el significado de esa palabra, sino a los ciudadanos. Por ejemplo, a esos que votan a candidatos corruptos a sabiendas de que lo son, como ha ocurrido en la Comunidad Valenciana con el PP o en Andalucía con el PSOE. O los que discriminan a los emigrantes y/o abusan de ellos. O los que promueven o toleran comportamientos racistas y sexistas. O los que piratean la propiedad intelectual e incluso se atreven a considerarlo un acto revolucionario. O los que no saben debatir sin gritar e insultar. O los que conducen sus coches partiendo de la base de que pueden hacer lo que les salga de los cojones y los demás que se jodan. O los que ensucian las calles. O los que abusan de los “inferiores”. O los que son incapaces de escuchar y sólo se oyen a sí mismos. O los que desprecian la cultura y solo valoran el dinero. O los que opinan sobre cualquier cosa sin molestarse en informarse. O los que exigen toda clase de derechos, pero en cuanto pueden se escaquean de sus deberes. O los que evaden impuestos, que es el principal factor redistributivo. O los se ciscan en el esfuerzo y sólo buscan el pelotazo rápido...

            Desde mediados de los 80 hasta la primera década del siglo XXI, tuvo lugar un triunfante proceso de “desclasación”. El sistema convenció a los ciudadanos de que todos éramos de clase media, así que la lucha de clases carecía de sentido. Por otro lado, no hacía falta prepararse y esforzarse para prosperar, porque el dinero fluía alegremente y bastaba con una cuantas chapuzas en la construcción para forrarse. De modo que, al perderse la conciencia de clase, nos convertimos en un país de insolidarios, de egoístas francotiradores que iban cada cual a lo suyo. Vale, y ahora ¿qué?

            En España hay una crisis económica, una crisis de instituciones y una crisis política. Pero sobre todo hay una crisis de ética ciudadana, y mientras ésta no se solucione todo seguirá igual.

            En cualquier caso, lo gracioso es que, salvo algunos dinosaurios de IU, los únicos marxistas que quedan en este país, los únicos que aún practican la lucha de clases, son las élites económicas. Qué cosas, ¿verdad?

sábado, agosto 9

Verano




            Este año, al menos en Madrid, lo que llevamos de verano ha sido raro. El calorazo se retrasó mucho y, cuando por fin llegó, lo hizo de forma intermitente; dos o tres días de calor, luego refrescaba y vuelta a empezar. Ahora llevamos más de una semana de solanera, pero aun cuando hace mucho calor, no es ese calor achicharrante tan propio del verano madrileño; ese calor que suele derretir el asfalto, las mentes y los corazones a principios de agosto. Mejor así, ¿no? No obstante, tengo la no demasiado tranquilizadora sensación de que las estaciones se están desplazando. El verano climatológico comienza y acaba más tarde, y lo mismo sucede con el otoño y el invierno. Con la primavera no lo sé, porque en Madrid no suele haber primaveras. ¿El cambio climático o una falsa impresión? Ni idea.

            ¿Cuál es la estación del año que más os gusta? A mí todas; de hecho, lo que más me gusta es vivir en una zona del planeta donde se producen sensibles cambios estacionales. No obstante, siento debilidad por el otoño. Porque es una estación visualmente bonita, meteorológicamente agradable y emocionalmente melancólica. Pero si me hubieran preguntado lo mismo cuando era niño o jovenzuelo, mi respuesta habría sido otra: el verano. Esas larguísimas vacaciones escolares, ese tiempo dilatado... Durante la infancia, el tiempo se percibe más lento; las tardes de verano duraban siglos y el verano en sí era infinito. Una luminosa época de promesas y prodigios.

            No sé si os sucede a vosotros, pero en mi caso las emociones derivadas de ciertas cosas (como por ejemplo las estaciones) provienen directamente de las impresiones de la infancia y la primera juventud. Por ejemplo, cuando era niño (estamos hablando de los 60) en mi casa se compraba el Selecciones del Reader's Digest, y en esa revista, al llegar el verano, Nescafé insertaba un publirreportaje con bebidas de verano hechas con eso, con Nescafé. Era una serie de bodegones de ambientación veraniega acompañados de las recetas de las diferentes mezclas. Pues bien, uno de esos bodegones lo tengo grabado en la memoria. Un fondo de arena de playa, una toalla y, encima de ella, la copa con la bebida en cuestión. Y, lo más importante, la luz entrando en hileras paralelas, como si atravesase una persiana o un baldaquino de chamiza.

            Eso es para mí el verano: intensa luz del sol entrando en hileras. Y no es de extrañar. En mi casa, para atemperar el calor, se bajaban las persianas durante el día, pero dejando huecos entre las lamas para que se colara algo de luz. Luz en hileras. Verano.

            Paradójicamente, otra poderosa asociación con el verano es, para mí, lo contrario de la luz: la noche. Veréis, de pequeño, durante el periodo escolar, tenía que acostarme a la 22:30 como muy tarde. Durante los fines de semana me dejaban hasta la medianoche. Pero en verano, amigos míos, me permitían acostarme cuando me viniese en gana. Puede que no fuese una educación muy ortodoxa por parte de mis padres, pero a mí me encantaba.

            Una de las cosas que hacía con frecuencia por la noche era sentarme junto al gran ventanal del salón y ponerme a leer una novela de ciencia ficción, aunque alternaba la lectura con la observación de lo que sucedía en la calle. Por aquel entonces, todas las casas tenían porteros que vivían en el edificio con sus familias. En verano, después de cenar, sacaban una sillas a la calle, junto al portal, quizá una mesa, un botijo y alguna botella de vino o anís, y se ponían a charlar al fresco (es un decir). Así que había varias tertulias en varios portales. A partir de la una de la madrugada o así, cuando los porteros y sus familias se habían retirado, aparecían los regadores. Conectaban sus largas mangueras a las tomas de agua que había en las aceras y limpiaban la calle a manguerazos. El agua se evaporaba rápidamente, saturando la por lo usual seca atmósfera de humedad. Y entre tanto, periódicamente, se escuchaban los golpes de chuzo que daba el sereno durante su ronda (¿Todo esto os parece prehistórico? Claro, porque lo es).

            Pues bien, desde la atalaya de mi ventanal yo contemplaba el escenario nocturno con curiosidad y una confortable sensación de calidez. Pero lo mejor venía luego, cuando las calles se quedaban totalmente vacías. Me parecía mágico, como atisbar un universo paralelo. El silencio, la oscuridad matizada por el resplandor de las farolas, los insectos revoloteando en torno a ellas, el lejano sonido de las campanas de alguna iglesia, quizá los ladridos de un perro en la distancia... Sumergirme en el corazón de la noche, no sé por qué, me hacía sentir bien.

            Supongo que fue entonces cuando me convertí en el bicho nocturno que siempre he sido. El caso es que esas son las asociaciones que me sugiere el verano: luz en hileras y la noche. Hay más, por supuesto, pero creo que esas se cuentan entre las más remotas.

            Más de una vez he comentado aquí que, con los años, vamos perdiendo la capacidad de “sentir” nuestro entorno. Cuando yo era jovenzuelo sentía el verano (y el resto de las estaciones; todo en realidad) en cada una de las células de mi cuerpo, me armonizaba con las impresiones externas, me fundía con ellas. Ya no; al menos, no automáticamente. Es como si estuviera anestesiado y no pudiera sentir. Quizá en ello también tenga algo que ver mi trabajo de escritor; estoy tan acostumbrado a vivir en mi interior que a veces pierdo contacto con el exterior. Pero, en general, creo que a partir de cierto momento vital nuestra mente está siempre en otra parte y dejamos de prestar atención a las pequeñas cosas que suceden a nuestro alrededor.

            No obstante, una mañana hará cosa de un mes, mientras circulaba en coche por el barrio de Chamberí (mi viejo barrio), de repente, sentí el verano en toda su dimensión emocional. No sé por qué, quizá por algún olor, o por algo que vi o recordé; el caso que súbitamente entré en armonía con todo lo que me rodeaba. Fue una epifanía de lo más exultante.

            Qué tontería, ¿verdad? Sin embargo, entrar en armonía con el mundo es la esencia de la mística, ¿no? Por menos de eso Santa Teresa de Jesús escribió tropecientas poesías.

            En fin, vaya rollazo. En realidad, esto no ha sido más que un pretexto para despedirme, momentáneamente, de vosotros y desearos unas felices vacaciones. Durante las dos próximas semanas estaré ausente de Babel; al menos en lo que a entradas se refiere. Luego, volveremos a encontrarnos descansados y fresquitos.

            Feliz verano, amigos.