jueves, julio 23

Guillermo Brown


 
            El pasado domingo regresé del Festival Celsius, cambiando las frescas tierras asturianas por el horno madrileño (jesú, qué caló). Ha sido un Celsius extraño a causa del C-19. Pero ha sido, lo que basta y sobra para prorrumpir en una agradecida ovación en honor de Cristina, Jorge Iván, Diego y el resto de los organizadores. ¡Gracias, amigos/as!

            El caso es que presenté el tercer volumen de las Crónicas del parásito y, tras el acto, firmé unos cuantos ejemplares. Y ahí me reencontré con mi buen amigo y viejo merodeador Juan H. Qué, como el año pasado, me hizo un regalo (infinitas gracias, Juan, pero no lo hagas más, porque me creas mala conciencia). Me regaló un CD, The Chieftains 3, una antología de relatos policiacos de Fredric Brown y un ejemplar de Guillermo Brown en inglés, que es toda una curiosidad.
 
 

            Ya os he hablado de las historias de Guillermo, de Richmal Crompton. Esos libros han marcado mi vida como ningún otro lo ha hecho. Me convirtieron definitivamente en lector, forjaron mi sentido del humor, me enseñaron lo que es la rebeldía y son una de las principales influencias de lo que escribo. Comencé a leerlos cuando tenía unos nueve o diez años, porque los heredé de mis hermanos y porque en esa época, comienzos de los 60, Crompton y Blyton eran las dos autoras de literatura infantil más populares.

            Me apresuro a aclarar dos cosas: Yo era (y soy) fan absoluto de Guillermo, mientras que las historias de Blyton me parecían (y parecen) tontas y blandorras. Y, en segundo lugar, Guillermo es un niño de once años y sus historias fueron un éxito entre los niños. Sin embargo, pueden -y deben- ser disfrutadas por los adultos. De hecho, los primeros relatos estaban dirigidos a los lectores adultos, y son una divertidísima sátira de la sociedad inglesa.

            Los libros de Guillermo (son antologías de relatos) fueron publicados en España por Editorial Molino entre 1935 y 1970, hasta un total de 39 volúmenes. Hubo una reedición, la última, en 1999, que debió de ser un fracaso porque a los niños de ahora no les divierte Guillermo. Se lo leía a mis hijos cuando eran pequeños, y el único que se reía era yo. Incluso hubo un absurdo intento de adaptar sus historias a los tiempos actuales. ¿Por qué no le gusta Guillermo a los niños de hoy?

            Supongo que por diversos motivos, entre ellos que la sociedad inglesa de los años 30 debe de resultarles más extraña que Mordor. Pero leí una explicación muy convincente. La base de las historias de Guillermo puede resumirse en una frase: El enemigo natural de los niños son los adultos, especialmente los padres. Eso era cierto en los años 30, y en los 40, y en los 50, y en los 60, y en los 70..., pero a partir de los 80 la cosa empieza a cambiar. Los padres de ahora ya no son las figuras autoritarias y restrictivas de antaño. Más bien al contrario; los actuales progenitores son tolerantes y generosos, y más que padres ambicionan ser amigos de sus hijos. Rebelarse contra ellos sería tan absurdo como ponerle barricadas a Santa Claus. Por eso Guillermo resulta incomprensible para los niños de hoy.

            Pero volvamos al libro que me regaló el bueno de Juan H. En la foto de arriba podéis ver la portada. William, the dictator. Ojo, recordad que se trata de una sátira; a la señora Crompton jamás la acusaron de filonazi (al contrario de su colega Blyton). El libro se publicó en Inglaterra en 1938, y en España en 1962. Y ahí está la curiosidad: dado que en nuestro país “disfrutábamos” de una bonita dictadura, ese libro de Guillermo (el 22 de la serie española), apareció con otro título y otra portada.

            Aún no lo he comentado, pero otro de los alicientes de Guillermo son las maravillosas ilustraciones de Thomas Henry (autor de la portada de arriba). Pues bien, en la edición española el libro pasó de titularse William, the dictator, a llamarse Guillermo el luchador. Y la portada inglesa de Thomas Henry fue sustituida por otra de J. Correas. Comparando el contenido de ambas ediciones, vemos que la inglesa consta de diez relatos, mientras que en la española sólo hay nueve. Falta What’s in a Name?, que debe de ser el relato relacionado con los dictadores. Ya veis, amiguitos; así era la vida durante la oprobiosa.
 
 

            Lo más cabreante es que en las posteriores reediciones que se hicieron, ya en democracia, no se recuperó el título original, y el libro siguió llamándose Guillermo el luchador, sin la portada y el relato omitidos. Censura heredada se llama eso, y también escaso rigor editorial.

            Después de en Inglaterra, España fue el país de Europa donde más éxito tuvieron las historias de Guillermo, y creo que eso se debió en parte a la dictadura. Guillermo es el paradigma del rebelde, siempre enfrentado a la autoridad. De él dijo John Lennon: «Me sentí del todo identificado con su rebeldía, su audacia, su sentido del humor, los vuelos de su fantasía, su necesidad de ser siempre el jefe, pero tener siempre también compañeros, e incluso su preferencia por los pieles rojas sobre los vaqueros». No olvidemos que su pandilla de amigos se llama Los Proscritos.

            Los que nunca, oh infelices, habéis leído una historia de Guillermo, quizá penséis que son las típicas historias inocentonas de niños, a lo sumo al estilo de Daniel el Travieso. Nada más lejos de la realidad; en los relatos de Crompton no hay ni un ápice de sentimentalismo o ternura, nada de lo que habitualmente relacionamos con la infancia. Guillermo es sucio, torvo y malencarado, una fábrica ambulante de desastres. Nadie en su sano juicio querría tenerlo como hijo. Pero sí como amigo. ¡Floreat por siempre, Proscritos!

 

viernes, julio 3

Fracasos en un pendrive



            A veces me preguntan de dónde saco las ideas para mis relatos. Y yo respondo que de todas partes. De lo que veo, de lo que leo, de lo que me sucede, de lo que sueño, de lo que me cuentan... En realidad, la pregunta debería ser otra: ¿Cómo y por qué entre tantas ideas escoges una en concreto? Ojo: cuando digo “idea” no hablo de un argumento, sino de algo mucho más pequeño, poco más que un tema. Pues bien, cada idea plantea una pregunta diferente. Lo que hago es escoger la pregunta que en ese momento más me interesa.

            Por ejemplo, hace ocho años, tras una de mis múltiples lecturas sobre mi leyenda favorita, la del Rey Arturo, reflexioné acerca del tema general de la leyenda y llegué a la conclusión de que trata sobre la barbarie y la civilización, y sobre la difusa frontera entre una y otra. Entonces surgió la pregunta: Si la sociedad se derrumbase y cayera en la barbarie, ¿qué harías: intentar mantener la civilización o convertirte en un bárbaro? Lo que me fascinó de esa pregunta es que no tiene una respuesta sino muchas, y que incluso las respuestas más antagónicas se sostienen sobre argumentos razonables.

            Mi forma de intentar responder (o no encontrar respuesta) a esas preguntas consiste en escribir ficción, así que ideé un argumento y me puse a darle al teclado. Al cabo de un par de semanas, paré, revisé lo que había escrito y llegué a la conclusión de que aquello era malo, malo, malo. Esa no era la respuesta, así que dejé de escribirlo.

            Entonces ideé otro argumento. No me limité a corregir lo anterior, hice algo muy distinto. Y al poco volví a pararme, volví a releer y volví a mandar a la mierda lo que llevaba escrito.

            Dejé pasar un tiempo para reposar las ideas. Al cabo de unos dos años, más o menos, volví a retomar el proyecto, desarrollé un nuevo argumento distinto a los otros dos, y entonces la cosa funcionó. Escribí la mitad de la novela y tuve que parar para atender otros compromisos editoriales. Finalmente, hace unos meses, la acabé.

            Pues bien, ayer estaba revisando el contenido de un pendrive y encontré un archivo sin título (sólo ponía “novela”). Tras abrirlo, descubrí que era un texto de casi treinta páginas. Lo leí y me quedé perplejo: lo había escrito yo, pero ni recordaba haberlo hecho ni tenía la menor idea de lo que era. Finalmente caí: se trataba de la primera versión de la novela. ¡Pero no me acordaba de nada!

            Y eso no es normal. Veréis, aunque planifico mis novelas antes de escribirlas, apenas tomo notas, porque lo guardo todo en la cabeza. Para otras cosas tengo memoria de pez de colores, pero a la hora de escribir soy una máquina. He sido capaz de escribir una novela corta a lo largo de casi 20 años, recordando cada detalle del argumento. Pero ese texto se había esfumado de mi cabeza; tanto que al releerlo no encontraba nada familiar en él. Nada me sonaba. Era como si lo hubiera escrito otra persona. Y debía de haberlo trabajado bastante, porque los personajes empleaban una jerga inventada.

            ¿Por qué lo olvidé? Supongo que al descubrir que lo que había escrito no valía, me cabreé. Demonios, a buen ritmo (en mi caso) 30 páginas son más de una semana de trabajo tirada a la basura. Así que mi rencoroso cerebro debió de mandar a la mierda aquel texto inútil, no dejando ni rastro de él en la memoria.

            El caso es que en el pendrive había otro archivo sin nombre: la segunda versión de la novela. Sólo ocho páginas. Que tampoco recordaba haber escrito; aunque había cosas que me sonaban. Vagamente.

            Es curioso eso de leer textos propios como si fueran ajenos. Da un poco de grima. Aunque al menos me permitió averiguar en qué me había equivocado las dos primeras veces. ¿Recordáis la pregunta? Si se derrumba la sociedad, ¿intentas conservar la civilización o te sumes en la barbarie?

            La primera versión presentaba un futuro en el que la sociedad se derrumbó hace tiempo y la gente ha vuelto a una vida tribal y nómada. El problema es que en ese contexto no hay nada que conservar; en todo caso, se trataría de refundar la civilización, no de mantenerla. Y no era eso lo que yo quería hacer. Otro problema era que el texto parecía una mezcla entre Mad Max y La naranja mecánica. Es decir, más visto que el TBO (qué frase hecha más añeja, pardiez).

            La segunda versión se desarrollaba en un futuro cercano en el que una minoría de privilegiados vive en ciudades fortificadas, mientras que el resto de la población malvive en medio de la barbarie. De nuevo no hay civilización alguna que mantener, porque ya existe la civilización, aunque en manos de pocos. Eso sería un escenario situado antes del colapso definitivo. No me extraña que abandonara ese argumento tan rápido, porque no respondía a ninguna pregunta.

            La versión definitiva, ambientada en un futuro más cercano todavía, se sitúa en el momento en que la sociedad se colapsa definitivamente. Es justo ahí cuando la pregunta es pertinente, porque es en ese preciso momento cuando se plantea la cuestión. Aunque descarté por completo los dos primeros argumentos, tomé algunos elementos de ellos, pero apenas unos cuantos detalles. Incluso en los errores siempre hay algo aprovechable.

            Por si alguno se pregunta cuál es la respuesta a la pregunta, no le responderé que tendrá que aguardar a leerlo en la novela, porque como decía antes, no hay respuesta correcta. La historia está protagonizada por tres hermanos; cada uno de ellos representa una respuesta distinta. Que el lector decida.

            ¿Qué haría yo si la civilización se colapsase? Pues nada, porque dudo mucho que formara parte de los supervivientes.

martes, junio 23

Videoteléfonos


 
Como viejo fan que soy de la ciencia ficción, cuando era adolescente, allá por los lejanos 60/70, me preguntaba qué artefactos futuristas iba a conocer yo a lo largo de mi vida. Pensaba que la aparición de esos artefactos sería la señal de que ya vivía en el futuro (en un futuro de cf). Por ejemplo, esperaba llegar a ver estaciones orbitales, coches aéreos, robots androides, inteligencia artificial, holografía, aceras rodantes, vehículos sin conductor, antigravedad, bases lunares... Huelga decir que la mayor parte de esas esperanzas se han visto frustradas. Hay una estación orbital, pero es una cochambre comparada con lo que esperaba. Los hologramas son rudimentarios. No hay androides funcionales. Las IA’s son más bien tontas. Aceras rodantes sólo en los aeropuertos. La antigravedad ni olerla. Los vehículos autónomos están en proceso de prueba. ¿Coches voladores? Ya hay bastantes accidentes circulando en dos dimensiones, como para añadir una tercera. Y a la Luna ni siquiera hemos vuelto. En fin, que el futuro ya no es lo que era.

Pero había un artefacto en el que tenía puestas muchas esperanzas, porque era el que más viable se me antojaba: el videoteléfono. Y lo curioso es que no existe como tal, no hay ningún cacharro que se llame así. Lo que si hay son unos pequeños teléfonos portátiles que hacen muchas más cosas que un simple teléfono; entre ellas, videollamadas. Y resulta que, sin teléfono siquiera, mi ordenador también las puede hacer.

Pero yo no lo utilizaba. ¿Para qué demonios hace falta ver el careto de tu interlocutor? Así que, como no lo utilizaba, no era consciente de ello. Hasta que ha llegado el Covid-19, encerrándonos a todos en casa. Y entonces he empezado a hacer videollamadas como un loco. Para hablar con los amigos, para celebrar reuniones de trabajo, para celebrar partys virtuales o para tener charlas con mis lectores.

La semana pasada tuve un encuentro a través de Zoom con jóvenes de Perú que habían leído los dos primeros tomos de las Crónicas del parásito (foto de arriba). Paraos a pensarlo: me reuní con unas sesenta personas y charlé con ellas viéndonos las caras ¡a casi 10.000 kilómetros de distancia! Entonces me acordé del Dr. Floyd hablando con su hija por videoteléfono desde la estación orbital (en 2001: Una odisea del espacio), y pensé que era lo mismo. Bueno, faltaba la estación orbital y el cohete de la PanAm (de hecho, falta incluso la PanAm), pero aparte de esos pequeños detalles, era lo mismo.

Así que, sin darme cuenta, resulta que ya vivo en el futuro.

miércoles, junio 10

jueves, abril 16

Pensamientos de un escritor confinado



            Siempre me he esforzado en decirle a todo aquel que quisiera escucharme que lo que yo hago, escribir, es un trabajo como cualquier otro. Y es verdad, es un trabajo. Y es mentira: no es como cualquier otro. Es raro.

* * *

            Dadas las características de mi trabajo (encierro y soledad), supongo que estoy mejor preparado que la mayoría para soportar con entereza el confinamiento. Y lo estoy. La única pega es que no tengo ni puñetera idea del día en que vivo. Si me dicen que hoy es jueves, me lo creo. Ah, pues sí, resulta que es jueves...

* * *

            Me temo que tengo un pequeño problema. La semana pasada acabé la última novela que tenía programada, el segundo tomo de una bilogía infantil diéselpunk. Ahora estoy corrigiendo una novela que concluí a mediados del año pasado. La cuestión es que no tengo nada preparado para iniciar una nueva novela. Ningún argumento, ningún tema, nada de nada.

            Entonces me he dado cuenta de algo: las ideas de la mayor parte de mis novelas surgieron estando de viaje. Y no sé yo si ir del despacho a la terraza puede considerarse viajar.

* * *

            Últimamente sueño mucho. O, mejor dicho, recuerdo mucho mis sueños. Quizá sea por el confinamiento, no lo sé; el caso es que mis noches se han convertido en el Netflix de Morfeo. Eso podría tener un lado positivo, porque algunas de mis ideas literarias han surgido de sueños. Pero resulta que estoy teniendo sueños muy poco interesantes. Por ejemplo, la otra noche soñé que iba a una tienda a comprar una pieza de recambio para una Vespa (que no tengo). Había más clientes, así que tuve que hacer cola (¡soñar con hacer cola!, hay que ser idiota). Cuando llegó mi turno resulta que había olvidado el nombre de la pieza y tuve que telefonear a un amigo para preguntarle. ¿De verdad alguien cree que vale la pena soñar con semejante estupidez? Joder, qué despilfarro de capital onírico.

* * *

            Mis sueños tienen un patrón repetitivo (no solo ahora, sino desde hace años). Suelo soñar que deambulo por ciudades que, o bien conozco (como Madrid) pero son totalmente distintas a como son en realidad; o bien no conozco pero tienen un aspecto cochambroso; o bien conozco, o no, pero van cambiando conforme me desplazo por ellas, de modo que si intento hacer el camino a la inversa el paisaje urbano que encuentro es completamente diferente al que había visto antes. Vale, está muy bien eso de los paseos, pero un poquito de variedad, por favor.

* * *

            Varias asociaciones promulgaron un parón de 48 horas de los profesionales de la cultura para los días 10 y 11 de abril, por la falta de medidas específicas por parte del ministerio para el sector. No voy a entrar en la justicia o no de esas demandas, pero os juro que es la huelga más estúpida que me he echado a la cara (de hecho, se desconvocó). Por amor de Cthulhu, en las actuales circunstancias ¿quién demonios se iba a enterar de si los profesionales de la cultura paran o no? Me suena a eso que hacen los niños de amenazarte con no respirar si no les das lo que quieren.

* * *

            Más de una vez lo he dicho: la educación es una necesidad, la información también, pero la cultura artística es un lujo. Y enseguida se me echan encima diciéndome cosas como “Para mí leer es como respirar”, o “La vida sin música no tiene sentido”, y otros tópicos semejantes. Vamos a ver, la vida sin arte sería mucho más triste, insípida y aburrida, sin duda, pero seguiría siendo vida. El arte, tal y como hoy lo entendemos, surge cuando aparece una amplia burguesía dispuesta a consumirlo. Porque el arte es un lujo de las sociedades prósperas.

            Alto ahí, me diréis; hasta las sociedades más primitivas tienen formas artísticas. Pues sí, pero los miembros de esas culturas no consideran que eso que hacen sea arte en el sentido que nosotros lo entendemos, sino más bien algo relacionado con lo sagrado, lo identitario o incluso lo erótico. En la actual civilización occidental, los profesionales de la cultura somos, aunque no lo sepamos, trabajadores del lujo (lujo democratizado, pero lujo a fin de cuentas), así que no nos extrañemos si, en caso de crisis, estemos de los últimos en la fila de las prioridades. Gajes del oficio, amiguitos. Y ya sé que no estáis de acuerdo conmigo, no hace falta que os apresuréis a apilar los troncos de la hoguera donde merezco arder.

* * *

            Al disponer de más tiempo de lo usual, visito con más frecuencia Facebook. Allí formo parte de varios grupos de escritores, algunos de ellos dedicados sobre todo a los aspirantes a escritor. Me resulta conmovedora la inocencia y la ilusión de eso noveles, lo despistados que están, los mitos y estereotipos que manejan. Con el tiempo aprenderán, seguro.

            Pero hay algo que me cabrea mucho: Las editoriales (?) de coedición; es decir, las supuestas editoriales que cobran al autor por publicar su libro. Según ellos, se comprometen a corregir, maquetar, imprimir, distribuir y publicitar la obra; pero a la hora de la verdad, se limitan a aplicarle al texto un corrector automático, a maquetarlo de cualquier manera, imprimen poquísimos ejemplares, lo distribuyen en un par de librerías de barrio y, con suerte, insertarán dos anuncios en alguna rede social. Son un puñetero timo. Y lo mismo puede decirse de esas editoriales (?) que no cobran por editar, pero que exigen por contrato vender un mínimo de ejemplares (50 o 70) en la presentación del libro. Y, si no se consigue, el autor debe comprar personalmente los ejemplares que falten para cubrir el cupo. Timo también.

            Me indignan esos cabrones que ganan dinero abusando de la ilusión y la ingenuidad de la gente, engañándolos con promesas vacías y mentiras. Son buitres, ratas, miserables que emponzoñan una actividad tan noble como la escritura y la edición. Vamos, que me ponen de muy mala leche.

            Más de una vez he dicho, dirigiéndome a los noveles, que publicar un libro de esa manera no sirve para nada más que para perder pasta, que hacerlo así no tiene ningún mérito. Que cuando publicas un libro con una editorial “normal” ya puedes sentirte orgulloso, porque eso significa que tu texto ha sido valorado y ha pasado por varios filtros. Aunque no vendas nada, da igual; te has puesto a prueba y has dado un paso adelante. Y si tanta prisa tienes por publicar, recurre a la autopublicación. Te resultará más barato. Pero, claro, no me hacen caso. O sí, la verdad es que no lo sé.

* * *

            Como todos vosotros, me estoy dando atracones de series. He visto, por ejemplo, la tercera temporada de Ozark. Creo que ya os he hablado de esta serie de Netflix; y si no lo he hecho, lo hago ahora: durante sus dos primeras temporadas, Ozark ha demostrado ser una serie muy, pero que muy buena. Un thriller excelente.

            Pero con la tercera temporada ha dado un paso adelante y se ha convertido en una serie magistral, la mejor de Netflix y, probablemente, una de las mejores series dramáticas en emisión, si no la mejor. No voy a contaros el argumento, ni a hacer spoilers; sólo os diré algo: el final de la tercera temporada es... bueno, sencillamente te deja sin aliento, petrificado, preguntándote si realmente has visto lo que has visto, y con una imagen en la cabeza que tardará tiempo en borrarse.

            Hacedme caso: ved Ozark. Y esto se lo recomiendo especialmente a los escritores, aficionados o profesionales, porque Ozark es todo un manual sobre cómo desarrollar tramas y diseñar personajes. De nada.

miércoles, abril 1

Materia oscura



            Hoy os traigo un regalo, un relato. Hace poco, un anónimo merodeador me comentó que, en estos tiempos de encierro, sería de agradecer que subiera a la red algo escrito por mí. El comienzo de una de mis nuevas novelas, un cuento, lo que fuese.

            Muchos escritores han puesto gratis alguna de sus novelas a disposición de quienes quieran leerlas. Me parece estupendo, aunque no voy a hacerlo yo. Por muchos motivos; tantos que me da pereza enumerarlos. Pero un cuento sí. Para explicarlo con sencillez: mis novelas son trabajo; mis cuentos son devoción. Así que mejor ofrecer un fruto de mi amor (por la cf y la fantasía) que un fruto de mi sudor.

            El relato se llama Materia oscura y ganó el premio Domingo Santos de 1993. Luego, en 1995, formó parte de mi antología El Círculo de Jericó. Algunos de los cuentos de esa antología se han reeditado varias veces, como El rebaño o La pared de hielo, pero este, que yo sepa, no ha vuelto a aparecer desde entonces. Sin embargo, a mí me gusta y la tribu de los pchapchá forma parte de mi mitología personal. Espero que a vosotros también os guste.

            Si quieres leerlo, pincha AQUÍ

jueves, marzo 19

Reflexiones en el Año del Virus


 
            Dicen que en chino “crisis” significa “oportunidad”, pero no es cierto. En mandarín, crisis se escribe wei ji; wei significa peligro y ji, que es polisémico, viene a significar “punto crítico”. Oportunidad se dice jihui. Pero da igual; esta crisis y su consiguiente encierro es una ocasión perfecta para encontrarnos con nosotros mismos, mirar lo que tenemos dentro y reflexionar.

            Con frecuencia, las circunstancias adversas nos ponen frente a un espejo. Cuando todo va bien, es fácil fingir y simular que somos lo que no somos, poner cara de foto y meter la tripa para salir guapos. Es frente a las desgracias cuando mostramos nuestro verdadero rostro. La crisis del coronavirus es una oportunidad para descubrirnos.

            Por ejemplo, el confinamiento. Llevamos creo que seis días encerrados en casa. Muchas personas ya están que se suben por las paredes. Sin embargo, yo he descubierto que no noto gran diferencia entre estar confinado y no estarlo. Y no solo en cuanto a mis sentimientos y emociones, sino también en lo que respecta a mis actividades: hago básicamente lo mismo que hacía antes.

            Bueno, es normal; soy escritor y, pase lo que pase, me tiro al menos ocho horas al día encerrado en mi despacho, sin ver a nadie, cero compañía. A veces he pensado que vivo demasiado dentro de mí mismo, ensimismado en realidades irreales, y que eso no es bueno. Pero, ¿sabéis qué?: lo terrible es que me da igual. Porque cuando creas en tu mente una realidad ficticia, esa realidad es segura, fiable, controlada. En ella hay un dios que impone orden. Y además se da la circunstancia de que ese dios eres tú, mira qué bien.

            Con frecuencia me preguntan si no siento demasiada soledad al pasar tantas horas al día sin compañía. Y yo siempre respondo lo mismo: Es que no estoy solo; me acompañan mis personajes. Ya, ya, suena a chorrada de escritor, a hacer literatura con la literatura, pero al menos en mi caso es totalmente cierto. No puedo evitar tener la sensación de que el profesor Zarco de La isla de Bowen, o Alejo Zarza de La mansión Dax, o Jaime Mercader de La Cruz de El Dorado son viejos conocidos con los que he compartido muchas y gratas experiencias. En cierto modo son tan amigos míos como mis auténticos amigos. Incluso más, porque los conozco mejor.

            Cuando era muy pequeño, como muchos niños, tenía un amigo invisible. El mejor amigo de mi hermano Eduardo –diez años mayor que yo- se llamaba Fernando Catalá, de modo que yo llamaba a mi amigo invisible “mi Catalá”. Bueno, cosas de niños. Como digo, cuando era un crío tenía un amigo invisible; pero ha pasado el tiempo, he madurado, mis dos pies están bien plantados en el suelo y ya no tengo un amigo invisible. ¡Tengo cientos!

            Como decía al principio, esta crisis es una buena oportunidad para mirarnos al espejo y ver lo que somos. Pues bien, resulta que soy un solitario, que vivo en mundos irreales, que me relaciono con personas imaginarias y que no noto mucha diferencia entre mi cotidianidad y estar encerrado en casa por una epidemia mundial. O en la cárcel, si la celda fuera suficientemente amplia. En base a esto, la cuestión es: ¿Pero qué clase de mierda de vida tengo?

            Mi segunda reflexión trata sobre los sueños y las esperanzas. Como sabéis, soy un gran aficionado a la ciencia ficción y, cuando era jovenzuelo, soñaba con las maravillas que nos depararía el futuro. Imaginaba un mañana con viajes espaciales, con coches voladores, con serviciales robots, con contactos con los extraterrestres, con inusitados poderes psíquicos, con amistosas inteligencias artificiales, con viajes en el tiempo, con esferas Dyson, con aceras rodantes, con antigravedad, con cyborgs... Pues bien, de entre todos los múltiples temas y subgéneros de la ciencia ficción, ¿nos tenía que tocar precisamente una distopía catastrofista? Sólo puedo sacar una conclusión: Dios existe.

            Y se llama Murphy.