miércoles, agosto 10

El perro



          Ayer recordé una cosa. En 2009 escribí El juego de los herejes, la segunda novela protagonizada por la detective Carmen Hidalgo. Cuando acabé el primer borrador y lo releí, advertí un error. Había escrito una introducción que no tenía nada que ver con el argumento de la novela. Era un pegote, así que lo eliminé. Pero no lo tiré.

          Porque esa introducción contenía una historia con principio y con final. Era un relato corto, un cuento. Lo archivé y durante siete años me olvidé del asunto. Hasta ayer, que, ignoro la razón, me vino a la cabeza. Pues bien, ya que no estoy para escribir muchas entradas, ¿por qué no colgar esa historia en el blog? Dicho y hecho: Voilà l'histoire.

          Pero antes, para aquellos que no sepan nada de Carmen Hidalgo, esto es lo que escribí hace años en Babel: “(...) Entonces se me ocurrió algo: ¿qué pasaría si mezcláramos a Almodóvar con Raymond Chandler? Y así, de pronto, surgió Carmen Hidalgo. Carmen, una mujer de clase media-media, ni guapa ni fea, tiene 35 años y estudió Derecho, aunque practicó poco tiempo esa profesión, pues se casó muy joven con Gonzalo, un ex-policía que montó, y puso a su nombre, una pequeña agencia de detectives, y que luego la engañó, estafó y abandonó. Así que Carmen se vio obligada a sacar adelante un negocio cargado de deudas junto con el que luego será su socio, un ex-ladrón de unos 60 años llamado Hermenegildo Astray, también conocido como Hermes entre sus amigos y como Dosdedos por el mundo del hampa. Carmen vive sola, tiene un concepto entre escéptico y filosófico de la existencia, y hace gala de un irónico sentido del humor. Esa es su parte chandleriana. Y luego está la faceta almodovariana: su familia. Porque Carmen tiene una familia enorme, desmesurada: ocho hermanos, dieciséis tíos, tropecientos primos, cuñados, sobrinos... un grupo de gente bastante folclórico, como por ejemplo su madre, doña Gloria, una mujer entrometida y mandona de la que Carmen procura mantenerse lo más alejada posible”.

          Como al principio la historia era una introducción, no tenía título. La he llamado El perro por razones obvias. Espero que os guste; pero si no es así recordad, como siempre digo, que es gratis.
 
 
           El Perro
           Una historia de Carmen Hidalgo
 
          Me llamo Carmen Hidalgo. Si te dijera a qué me dedico, si te confesara que soy un sabueso de alquiler, probablemente alzarías las cejas y me contemplarías con una mezcla de incredulidad, sorpresa e interés; al menos, eso es lo que la gente suele hacer. La ceja derecha la alzarías a causa de mi trabajo, con escepticismo, porque eso de “detective privado” suena irreal, un oficio literario cuya existencia cotidiana resulta, cuando menos, dudosa. La ceja izquierda la alzarías por mi sexo. ¿Una mujer detective privado? Venga, eso es demasiado; que un hombre se dedique a investigar por cuenta ajena ya es bastante raro, pero ¿una tía?... eso, sencillamente, es pasarse. Por último, superadas la incredulidad y la sorpresa, tu rostro se iluminaría con una expresión de interés; lo cual se debería, no lo dudes, a todas las novelas negras que has leído, a todas las películas policíacas que te has tragado mientras comías palomitas y le dabas sorbos a una Coca Cola mediante una pajita a rayas blancas y rojas. Sam Spade, Philip Marlowe, Lew Harper, Mike Hammer, Easy Rawlins, Charlie Parker, Pepe Carvalho... toda esa literatura, toda esa mitología, ha consolidado en tu mente la idea de que un detective privado debe de tener una vida apasionante, una existencia llena de riesgos, aventuras y emociones...
 
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viernes, agosto 5

Los mejores planes...


 
          Si esto fuera un auténtico blog, una bitácora de verdad, o sea, un diario donde narro lo que hago y lo que me pasa, entonces haría semanas que os lo habría contado. Pero Babel, en general, no va de eso, aquí no suelo contar mi día a día, y sobre todo, procuro no hablar de las cosas malas que me ocurren. Pero ya mucha gente sabe lo que me ha pasado, así que os lo contaré.

          Como sabéis, el pasado 7 de julio me fui de vacaciones con Pepa, my wife. Tras detenernos brevemente en San Sebastián, pasaríamos unos días en Estella (Navarra), después otro poquito en Santander, y luego iríamos a Gijón, invitado por la Semana Negra, para concluir en Avilés, donde nos reuniríamos con nuestro hijo, Pablo y disfrutaríamos del Festival Celsius.

          Pero, como decía Robert Burns: Los planes mejor trazados de ratones y hombres / se tuercen a menudo / no dejándonos sino dolor y tristeza / en vez del prometido gozo.

          El nueve de enero, apenas dos días después de iniciar las vacaciones, estábamos en un hotel de Estella, el Tximista, construido, en plan moderno, en una antigua fábrica de harinas. Me levanté por la mañanita y abrí la ducha, dispuesto a proceder a mi ritual de aseo. Pero... Las habitaciones tienen las duchas con el plato justo a ras del suelo del cuarto de baño. Eso implicaría contar con un sumidero que tragase agua a toda velocidad. Lamentablemente, no es así, y en cuanto abres la ducha, el baño se inunda.

          Resumiendo: Aguardé a que el agua saliera caliente, con lo cual el baño comenzó a encharcarse. Me dispuse a entrar, pisé el charco que se había formado, resbalé, caí mal... y me fracturé la cadera. Me operaron al día siguiente en el hospital de Estella (ahora tengo un hierro en la pata). Una semana después me trasladaron a Madrid en una ambulancia. Ahora escribo esto sentado en una silla de ruedas, porque durante mes y medio no puedo pisar con la pierna chunga. Ay.

          Tranquilos, estoy bien. La operación fue un éxito, el hueso se está soldando primorosamente, mi familia –sobre todo Pepa- me cuida como a un pachá, alquilamos una moderna silla de ruedas eléctrica y tengo bastante autonomía, no me duele demasiado, me estoy viendo las siete temporadas de Hijos de la Anarquía y leyendo el Seveneves de Neal Stephenson, mis amigos me visitan con frecuencia. No me aburro (como solía decirles a mis hijos cuando eran pequeños: sólo se aburren los tontos). Lo único malo es la inmovilidad y la posterior rehabilitación. Nada grave, aunque sí coñazo.

          Pero hay un problema: Quería dedicar el mes de agosto a seguir escribiendo la segunda parte de La estrategia del parásito, cosa que en principio podría hacer tranquilamente. Pero, veréis, yo escribo al tacto; es decir, usando los diez dedos (nueve en realidad) y sin mirar el teclado. Eso implica que tengo que tener las manos en una posición determinada, siempre la misma. Lo malo es que los brazo de la silla de ruedas están muy altos y muy cercanos al cuerpo, lo cual me obliga a colocar las manos en una posición distinta, demasiado angulada. Y cometo errores cada dos por tres, lo cual no solo me hace bramar, sino que además me retrasa. Así que no creo que escriba muchas entradas durante el mes de agosto. Espero que cuando pueda pasar a mi silla de trabajo habitual recupere el ritmo.

          Entre tanto, feliz verano, merodeadores. Y no os preocupéis por mí; estoy bien, Besitos.

miércoles, julio 6

Periplo estival



            Queridos merodeadores de Babel: Este año voy a adelantar un poco mi periplo estival, que en esta ocasión transitará por tierras patrias. Por la auténtica patria, pardiez, porque Asturias es España y el resto, en fin, territorios reconquistados. El caso es que me han invitado a participar en la Semana Negra, así que a partir del 13 de julio me tendréis en Gijón junto a mi querida wife, la simpar y encantadora Pepa Álvarez. Antes nos daremos un garbeo por San Sebastián, Navarra y Santander.

            Luego, a la semana siguiente, a partir del 20, iremos a Avilés, donde nos reunimos con nuestro hijo Pablo, para asistir al Festival Celsius. Estuvimos el año pasado y disfrutamos tanto que hemos decidido repetir. Así que, como veis, vacaciones norteñas y frikis.

            Si queréis verme, ya sabéis por dónde voy a andar. Y si estáis hartos de mí –pasa mucho, no os culpo-, felicidades porque me vais a perder de vista un tiempo. Pero a cambio, en agosto volveré a dar la vara.

            Amigas, amigos, felices vacaciones.
 
 

martes, julio 5

Miscelánea política


            Los acontecimientos políticos de las últimas semanas requieren una sesuda y profunda interpretación. A falta de alguien inteligente que la haga, aquí van mis opiniones al respecto:

            Partido Popular. Lo que más me jode de los resultados obtenidos por el PP es que demuestran que Rajoy tenía razón. Su táctica era la acertada, no hacer nada, dejar pudrir la situación, quedarse ahí, paralizado, con cara de conejo deslumbrado por los faros de un coche. Al final resulta que el listo era él y nosotros los tontos.

            No importa la corrupción que, ya está claro, era y es consustancial al partido, no importa el progresivo desmantelamiento del estado del bienestar, no importan los recortes en derechos sociales, no importa el uso partidista del aparato del estado, no importan las mentiras, no importa el desmesurado aumento de la deuda pública, no importa la destrucción de los derechos laborales, no importa el incremento de la desigualdad... no, nada de eso importa. Votaremos al PP, ahora y siempre, porque: A) Pertenecemos a una clase elevada con gran poder económico, y la derecha defiende mejor nuestros intereses (vale, eso lo entiendo). B) Ehhh... Vamos a ver, al PP le han votado 7.906.185 personas. Está claro que en España no hay, ni remotamente, 7.906.185 ricos, así que la mayor parte de esos votantes son de clase media y baja. ¿Por qué esa gente, claros damnificados por las políticas del PP, le votan? Sólo se me ocurre una respuesta, pero no sería diplomático decirla.

            Podemos (Unidos Podemos). Es gracioso; los sabios de Podemos ya han dictaminado la causa de que su victoriosa coalición haya perdido más de un millón de votos: la campaña del miedo. Es decir, que la culpa ha sido de los votantes, que son unos caguetas, pero no de los líderes de la formación, que son listísimos.

            No, no, no, los bandazos ideológicos no tienen nada que ver. Ahora soy transversal, ni de izquierdas ni de derechas; ahora soy bolivariano y chavista; no, espera, soy comunista. ¿Y un poco peronista? Por qué no, si nadie sabe lo que es eso. Ojo, que también soy nacionalista. Ah, un momento, he tenido una revelación: lo que en realidad soy es, tachán, ¡socialdemócrata! Y para probarlo me alío con el PC y rindo sentidos homenajes a prestigiosos socialdemócratas como Julio Anguita o Arnaldo Otegi. ¿Quién en su sano juicio podría afirmar que esa ensalada ideológica ha tenido algo que ver con el tropiezo electoral de Podemos?

            Como evidentemente nada tiene que ver con eso la personalidad de su líder, que si quisiera aparcar el ego necesitaría un hangar de la NASA. Por amor del cielo, ¿para practicar el populismo es necesario ser tan cursi y tan melifluo? Unidos Podemos. La sonrisa de un país. ¿La sonrisa? ¿En serio?... No te jode, para sonrisitas estamos ahora.

            Genial, Pablo, genial. Impides un gobierno alternativo al del PP y fuerzas una repetición de las elecciones, para dar un buen sorpasso, adelantar al PSOE y convertirte en el partido dominante de la izquierda, y después forzar a los socialistas a que te apoyen para ser presidente de gobierno, y luego, con lo que hayas obtenido al vender la leche, comprarás una vaca, fabricarás quesos, y comprarás más vacas...

            Ciudadanos. Siempre he pensado que uno de los problemas de nuestro país era que todo el espectro de la derecha estaba concentrado en un solo partido. Por eso celebré la aparición de Ciudadanos, una derecha civilizada y moderna que quizá pudiera sustituir a los dinosaurios del PP. Desgraciadamente, el “voto útil” ha segado la hierba bajo los pies de Rivera.

            ¿Qué tiene de útil ese voto?, me pregunto. Votar al mal para cerrarle el paso a lo que consideras otro mal, lo mires como lo mires, es pactar con el demonio.

            PSOE. Hoy por hoy es un partido desunido y sin ideas, una formación anquilosada que es incapaz de conectar con las capas más jóvenes de la sociedad. Creo sinceramente que Pedro Sánchez no lo ha hecho tan mal... aunque también creo que no es un político de fuste. Pero, ¿hay algún socialista de fuste? La mejor colocada internamente es Susana Díaz, que es una populista de mierda. Si ella toma la riendas, el PSOE acabará convirtiéndose en un partido regionalista andaluz. Igual que el resto de las socialdemocracias europeas, la nuestra anda más perdida que un skinhead en unos juegos florales.

            Los votantes. Hay muchos tópicos acerca de los votantes. Por ejemplo: “Los votantes quieren que haya pactos”. Mentira; cada votante quiere que su opción gane por mayoría absoluta; lo de los pactos es un accidente estadístico. Otro ejemplo: “Los votantes nunca se equivocan”. No, claro; los alemanes no se equivocaron ni un pelo al votar en 1933 al NSDAP...

            Casi ocho millones de personas han votado a un partido corrupto hasta la médula. Pero quien vota a corruptos, a sabiendas de que lo son, ¿no se convierte en cómplice de la corrupción? Si los demócratas no castigan a los que ejercen la política como una forma de delincuencia, ¿son realmente demócratas? La democracia es, en un 99 %, ética; si los votantes no son éticos, la democracia se convierte en una burla. ¿Voto del miedo? No, voto de la vergüenza.

            Algo más de cinco millones de personas han votado a Unidos Podemos. Es el voto del hartazgo y del cabreo. Los votantes de Podemos son, en gran parte, jóvenes urbanos con buena formación académica. Es decir, aquellos a los que se les ha hurtado el futuro, los más maltratados por la crisis. Quieren un cambio, pero no tienen un modelo hacia el que cambiar. Su voto es un voto a la contra, un voto indignado. ¿Sirve eso para construir algo? Y si es así, ¿qué? ¿Alguien lo sabe? Esos cinco millones de votantes se merecen algo mejor.

            Los ingleses. Siempre me gustaron los ingleses, siempre me fascinó Inglaterra. Creo que eso se debe a que mi primer gran mito literario, cuando era un crío, fueron las historias de Guillermo Brown. Adoro a los narradores ingleses, a sus humoristas, me gusta la cultura de ese país, su música, su cine, su mitología...

            Pero algo se está torciendo en mi interior últimamente. Hace tres años me invitaron a visitar Eton, quizá el colegio más exclusivo del mundo. Fue fascinante y, al tiempo, estremecedor. Aquello era una especie de sociedad secreta de privilegiados, un criadero de amos del universo. El año pasado Pepa y yo recorrimos Irlanda, y descubrimos sobre el terreno las muchas y terribles atrocidades que los ingleses cometieron allí. Y así, poco a poco, mis sentimientos hacia los ingleses han ido cambiando. Sigo amando a la Inglaterra literaria, pero la Inglaterra real... en fin.

            Y ahora los muy capullos votan salir de la Unión Europea. Por miedo a los emigrantes y porque les resulta imposible aceptar que ya no son un imperio. En su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana (Allegro ma non troppo), Carlo M. Cipolla afirma que el grado máximo de estupidez se alcanza cuando alguien hace algo que daña a los demás y le daña a él mismo. En tal caso, David Cameron es uno de los gilipollas más grandes de la historia. Y los que votaron el brexit también.

           

lunes, junio 13

Tsundoku



            Sabes que hay un problema en el interior de tu cabeza cuando no solo haces algo absurdo, sino que además descubres que ese acto absurdo tiene nombre. Estás loco y, además, clasificado.

            Eso me sucedió el otro día charlando con mi hijo pequeño, Pablo. ¿Os he hablado de él? Tiene 25 años y es quizá el joven más culto que conozco. Además es enorme; mide 1’98 de altura y es fornido como un leñador canadiense. Según dice todo el mundo, se parece mucho a mí.

            Pablo, lector voraz, posee una sorprendente y extensa cultura, así que con frecuencia se convierte en una fuente de datos curiosos. Actualmente vive en Barcelona, donde está acabando un máster en gestión cultural. El caso es que la otra semana vino a Madrid para pasar unos días de vacaciones. Pues bien, estábamos los dos sentados en mi desordenado despacho, sobre cuyo suelo se alzan varias pilas de libros cuando, de pronto, Pablo se fijó en uno de los montones y dijo:

            -Pero si esos son los libros que te compraste en Navidad...

            No se refería a la pasada Navidad, sino a la anterior, la de hace año y medio. En efecto, ahí estaban (y están) los libros que compré, amontonados y sin leer. Pablo me miró, sonriente, y comentó:

            -¿Sabes que en japonés hay una palabra para definir lo que tú haces?: Tsundoku. Significa comprar libros para luego amontonarlos y no leerlos.

            Qué cabrones los japoneses de los cojones, pensé. Me han pillado, anillado y catalogado. Aunque, por otro lado, me sentí menos solo, porque si a algo le ponen nombre eso significa que se trata de un fenómeno compartido. Otra cosa es si formar parte de una tribu de pirados constituye un buen motivo para enorgullecerse o, tan siquiera, consolarse.

            Bien, en descargo diré que mi sobreabundante compra de libros se debió, en parte, a lo que podríamos llamar “automatismo irreflexivo”. Veréis, hace, digamos, treinta años, yo leía muchas más novelas que ensayos. Pero eso fue cambiando poco a poco y, al cabo de un tiempo la situación se invirtió. Por desgracia no me di cuenta, y seguí comprando novelas por puro automatismo, como si las leyese al mismo ritmo que antes. Además, suelo leer tres o cuatro ensayos al tiempo, pero sólo una novela a la vez, así que los textos de ficción fueron acumulándose, vírgenes, en los estantes de mis librerías.

            Afortunadamente, hace cinco años inicié una dieta libresca y reduje al máximo la ingesta de proteínas de ficción. Pero el daño ya estaba hecho, con mi casa llena de michelines literarios. Pero eso es otra historia. El caso es que al tener que afrontar de forma científica una dieta libresca, no me quedó más remedio que analizar el impacto de los libros sobre mí a la hora de comprar, o haberlos comprado. No me refiero a los libros por su calidad, ni por su temática, ni por si son ficción o no, sencillamente los clasifico en base a la impresión que me producen, por los motivos que sean. Lo he reducido a diez categorías (mira qué bien, un decálogo).

            1. Libros espasmódicos.- Son aquellos que me interesan tanto que no solo los compro nada más verlos, sino que además me pongo a leerlos al instante, abandonando todo lo que tenía entre manos. Luego a lo mejor los dejo a las cincuenta páginas, pero de entrada me atrapan.

            2. Libros imperiosos.- Me interesan mucho y los compro, pero sigo leyendo lo que estaba leyendo y pongo la nueva adquisición en la “pila de los pendientes inmediatos”. Pero luego puede que ponga otro encima, y luego otro...

            3. Libros categóricos.- Los compro porque tengo que comprarlos, porque me gusta su autor, o porque me interesa el tema, o porque me han hablado bien de ellos, pero realmente no tengo mucho interés en leerlos. Esos libros son firmes candidatos al tsundoku.

            4. Libros insinuantes.- Los veo en las librerías, me llaman la atención, los hojeo, dudo, y no los compro. Luego, más adelante, vuelvo a verlos, y los muy cabrones se contonean lascivamente ante mí, tentándome, y yo intento resistirme... y a veces lo consigo, y a veces no. Cuando caigo en la concupiscencia literaria y los compro, o los leo al instante o me cabreo y los condeno al olvido.

            5. Libros curiosos.- Son libros que no sirven para nada y que jamás voy a leer,  pero que son tan raros y absurdos que me fascinan. Escogiendo al azar unos pocos ejemplos de mi biblioteca: Cómo construir una bomba nuclear (y otras armas de destrucción masiva), de Frank Barnaby. Manual de ofensas y desafíos, de Eusebio Yñiguez. O ¿De quién es esta mierda? Guía de bolsillo para identificar las heces, de Matt Pagett. ¡Por amor del cielo, cómo no voy a comprar un libro que enseña a distinguir las cagadas de toda suerte de bichos, desde un águila hasta un wombat! Vale, no tengo ni idea de qué es un wombat, pero sé cómo caga. Acabo de ver una foto.

            6. Libros nopierdasoportunitas.- Vas y ves un libro que, en principio, no te interesa. Pero barruntas que en un futuro puede llegar a interesarte, o a serte útil; no estás seguro, pero quién sabe... Por otro lado, eres consciente de que ese libro, igual que ocurre con la mayoría de los libros, desaparecerá de las librerías dentro de, como mucho, un par de meses, luego se descatalogará y no volverás a verlo en tu vida. ¿Qué haces? Pues comprar el puñetero libro nopierdasoportunitas y tsundokuarlo.

            7. Libros documentalistas.- Es una variante de lo anterior, pero aplicada a escritores. Como novelista, debo con frecuencia documentarme sobre un sinfín de cosas. Y muchos de esos temas de documentación son repetitivos, así que tengo libros que, eventualmente, los solucionan. Por ejemplo, atlas histórico-geográficos; historias de la moda, los muebles, las armas, la arquitectura o el diseño, enciclopedias del ejército, el espionaje o las artes marciales, un Tratado de Castellología, una historia de la máquinas, otra de la artesanía, manuales de supervivencia, de arqueología o cetrería, una enciclopedia de juegos, La edad de oro de las diligencias, El lenguaje de las flores... La mayor parte de esos libros solo los habré consultado una o dos veces en mi vida. Algunos nunca. Pero me viene bien tenerlos.

            8. Libros coleccionables.- El ejemplo perfecto es mi colección de ciencia ficción. Comencé a hacerla cuando tenía 13 años y la dejé unos 30 años después. Tengo varios miles de volúmenes; hace tiempo que renuncié a saber cuántos. Bueno, pues aunque llevo más de veinte años sin coleccionar cf, suelo comprar de cuando en cuando algún que otro libro del género, aún a sabiendas de que no voy a leerlo. Supongo que para no dar del todo por muerta a mi colección. En cualquier caso, la mayor parte de esa colección es un enorme tsundoku. Lo malo es que no solo se trata de cf; también colecciono (¿acumulo?) libros de escritores sobre técnica literaria, ensayos sobre cómics o diccionarios raros.

            9. Libros incomprensibles.- También llamados Libros P.Q.C.H.C.E. (¿Por Qué Cojones Habré Comprado Esto?). Son esos libros que te encuentras en tu librería, que recuerdas vagamente haber comprado, pero que no te interesan un pijo. Estás seguro de que hubo un motivo para comprarlos, pero ¿cuál?

            10. Libros nonepossibiles.- Un día los encuentras perdidos en alguno de tus estantes y exclamas horrorizado: “¡Yo no puedo haber comprado esto! Me lo tienen que haber regalado...”. En efecto, no solo no recuerdas haber comprado ese libro, sino que no concibes que en algún momento, por muy obnubilado que estuvieses, tuvieras el más mínimo interés en comprarlo. Suelen regalarme libros. Por ejemplo, tengo por ahí una enorme biografía de Franco que no sé de dónde leches habrá salido. Pero no me deshago de ella, así de enfermo estoy.

            Supongo que habrá más categorías, pero contemplando simplemente éstas, lo que me extraña es no tener aún más libros en casa. Aunque también habría que analizar las causas primarias que conducen al tsundoku. Pero eso en otra ocasión.

            Ahora lo que me pregunto es si el tsundoku no es más que una variante ilustrada del Síndrome de Diógenes. Si es así, me temo que debería ir a urgencias, pero ya.

viernes, junio 10

jueves, junio 2

Firmas



            No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui a la Feria del Libro de Madrid. Supongo que me llevarían mis padres cuando era niño, pero no lo sé con exactitud. Tampoco recuerdo cuándo empecé a ir por mi cuenta, aunque imagino que tendría catorce o quince años, e iba allí sobre todo para pillar libros de ciencia ficción.

            Pero sí recuerdo la primera y última vez que fui a la Feria a firmar. Fue en 1996;  por aquel entonces había publicado El círculo de Jericó y acababa de ganar por primera vez el Premio Edebé, pero lo cierto es que no me conocía ni dios. Era por la tarde y hacía mucho calor. Firmé muy pocos libros, como es lógico, pero lo verdaderamente malo fue que, justo dos casetas a mi izquierda, estaba firmando Pérez Reverte. La cola de gente que había frente a su caseta se perdía en lontananza, mientras que frente a la mía se abría un desolador vacío.

            Deprimente, pero al menos aquella pérdida de tiempo me sirvió para pensar. Me pregunté dos cosas: ¿Qué coño hago yo aquí? y ¿Para qué sirve esto? La respuesta a la primera pregunta fue: “nada”; y a la segunda: “para nada”.

            En efecto, las firmas no promocionan los libros, porque la inmensa mayoría de quienes acuden a que les firmes ya son lectores tuyos. Tampoco sirve para que te conozcan los lectores, porque ¿qué demonios van a conocer en el escaso tiempo que lleva plasmar una dedicatoria? Entonces, ¿qué sentido tiene ese rollo de firmar libros?

            Bueno, supongo que forma parte del atractivo de la Feria. No el hecho de que te firmen un ejemplar, sino ver en persona a autores que por lo general no ves en ninguna parte. Supongo que eso tiene alguna clase de atractivo, aunque a mí, personalmente, me interesan las obras, no los escritores.

            Ahora bien, ¿qué interés tiene la firma de libros para un autor? ¿Qué le aporta? Hablando con amigos editores, descubrí que muchas autores consideran una ofensa que la editorial no les invite a la Feria. Exigen ir a la caseta y se tiran ahí una o dos horas sin firmar prácticamente nada, porque nadie les conoce. Y al año siguiente, aunque la perspectiva se me antoja deprimente, insisten en hacer lo mismo. ¿Por qué?

            Un amigo editor me explicó lo siguiente: Pongamos a alguien que ambiciona dedicarse a la literatura (llamémosle Pepe). ¿Cuál sería su primer paso para convertirse en escritor? Escribir, claro. Pero eso no basta; cualquier idiota puede escribir (de hecho, muchos lo hacen). El verdadero paso es publicar, ése es el bautismo del literato. Bien, una vez que ha publicado, Pepe comprueba que su libro está mal distribuido y no se encuentra en ninguna parte; o está bien distribuido, pero desaparece de las mesas de novedades al poco tiempo. El libro no tiene ningún éxito comercial (como el 99 % de los libros), y Pepe se frustra. No ha conseguido el éxito que ambicionaba... pero ha publicado, es escritor. Y quiere sentirse escritor. Así que busca la consagración: firmar ejemplares en la Feria. Porque si firmas en la Feria, eres escritor, ¿no? Es una especie de reconocimiento oficial.

            ¿Así que todo se reduce al ego? He comprobado muchas veces que a los escritores se nos contempla con un punto de... ¿admiración? ¿reverencia? ¿asombro?... es como si fuéramos especiales, como si estuviéramos dotados de una especie de magia que nos situara por encima de los demás. Sé que hay escritores que eso les gusta. A mí me incomoda, y siempre que me reúno con lectores me esfuerzo en demostrar que soy una persona normal y que mi trabajo, si bien infrecuente, es un trabajo como otro cualquiera. Pero ante esa actitud de reverencia es fácil caer en la tentación de creérselo y envanecerse, Soy escritor... ¡wow!

            De hecho, y creo que ya lo he comentado alguna vez, escribir, o realizar cualquier otra actividad creativa, contiene el germen de la vanidad. La vanidad de presuponer que lo que inventas va a interesarle a alguien. Ya sabéis, los escritores escribimos para que nos quieran. Entonces, ¿el afán de firmar es mera vanidad?

            No necesariamente; al menos, no del todo. Puede que algunos acudan a firmar como una especie de fiesta, como un alegre encuentro literario, como una forma de compartir con otros los mismos intereses. O por mera curiosidad, o por cualquier otra razón. Es posible, pero no es mi caso. Ya firmo demasiados libros al año después de cada charla o cada encuentro, no necesito ir a la Feria. Como firmante, claro, porque como visitante no me la pierdo.

            Durante los últimos, digamos, 45 años creo que sólo he dejado de asistir una vez, en 2007, por enfermedad. Me encanta ir a la Feria por la mañana y recorrerla despacio, tomar un granizado de limón a medio camino, charlar con los amigos libreros y editores que me voy encontrando. Es para mí uno de los momentos más agradables del año.

            Y creo que esa es la principal razón por la que no me gusta ir a firmar: porque eso pervierte de algún modo –para mí- el encanto de la Feria. Mis libros son trabajo, y no quiero ir a la Feria a trabajar. No quiero ser actor del evento, sino espectador.

            Por lo general, suelo ir a la Feria el día de mi cumpleaños. Es el regalo que me hago a mí mismo. Pero este año he ido antes, el pasado 31 de mayo, porque mi hijo Pablo ha venido a pasar unos días a Madrid (está estudiando en Barcelona), le apetecía ir y le acompañé.

            He comprado cuatro libros (tres y un cómic): Las chicas de campo, de Edna O’Brian, para regalárselo a Pepa, mi mujer; Vida y destino, de Vasili Grossman, que es un tocho enorme y no sé si al final me lo leeré; Material sensible, una antología de relatos de Neil Gaiman. Y el cómic: Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle.

            Y ahora ahí los tengo, delante de mí, como tres promesas de amor eterno (desde luego, el de Grossman es eterno). Eso es lo bueno de la Feria del Libro, que te puedes traer un cachito a casa. Feliz Feria amigos.