lunes, febrero 22

Dan Diésel

 


            No es lo mismo escribir novela juvenil que escribir novela infantil. No se parece en nada, creedme. De hecho, escribir infantil es mucho más difícil. Haciéndolo bien, claro. Siempre he pensado que escribir una mala novela infantil es sencillísimo; pero escribir una buena es muy complicado.

            Cuando empecé a escribir novelas juveniles no tuve que hacer ningún cambio en mi forma de trabajar. Escribía (y escribo) para jóvenes igual que para adultos. Esto lo digo muchas veces y nadie me cree, probablemente porque no entienden lo que quiero decir. Si mi protagonista tiene quince años, reflejaré el mundo y las vivencias de un adolescente, y el resultado sería diferente si el prota tuviera cincuenta. Pero la forma en que escribo, la técnica narrativa que empleo, es exactamente la misma.

            No sucede igual con la literatura infantil. Hay que adaptarse a un lector menos formado, más ingenuo, más alejado del mundo adulto. No puedo escribir para un niño de diez años igual que para un adolescente de catorce o un adulto de cuarenta. Hace 21 años, cuando mi hijo Pablo tenía nueve, me pidió que escribiera algo que él pudiera leer. Obedecí como el padre baboso que soy y escribí El hombre de arena, mi primera y durante mucho tiempo única novela infantil. Me costó un montón, me resultó dificilísimo. Normalmente, una novela mía la corrijo entre cuatro y seis veces. Esa tuve que corregirla catorce. No me quedó mal; tuvo buenas críticas, pero poco éxito de ventas. El caso es que me costó tanto trabajo que me dije: una y no más.

            Hasta que hace dos años y medio, charlando con el gran editor, y aún mejor amigo, Gabriel Brandariz, me hizo una sugerencia que me dejó perplejo. Resumiéndolo mucho, escribir una novela steampunk para niños. Me quedé pensativo: nunca se me había ocurrido nada semejante. Entonces comprendí cuál había sido mi error: En mi primera novela infantil había intentado ir yo al terreno de la literatura infantil, lo que me resultaba muy difícil, porque mi sensibilidad no encaja con la versión estándar del género. Lo que tenía que hacer era llevar la literatura infantil a mi terreno. Dicho y hecho; me puse a escribir frenéticamente y así surgió Dan Diésel.

            Lo primero que hice fue renunciar al steampunk. No es que tenga nada contra ese género, pero me cansa un poco el siglo XIX. Decidí adscribirme al diéselpunk. ¿Y eso qué yes?, os preguntaréis. Ambos géneros forman parte del retrofuturismo, que presenta el futuro (y la ciencia ficción) tal y como se concebía en el pasado. El steampunk se enclava en la segunda mitad del siglo XIX y maneja una tecnología futurista basada en el motor de vapor.

            El diéselpunk, por su parte, abarca un ámbito temporal que va de la primera guerra mundial al final de la segunda, y contempla una tecnología futurista basada en el motor diésel. Por otro lado, el diéselpunk coincide en el tiempo con la época pulp, con sus historias fantasiosas y coloristas, sus héroes imposibles y sus pérfidos villanos. En algunas de sus temáticas –pero no en todas, ni mucho menos-, el diéselpunk es indistinguible del neo-pulp.

            A mí, del pulp me gusta todo, menos leerlo. Voy a centrarme en dos personajes pulp: La Sombra y Doc Savage (antecedentes directos de los actuales superhéroes). En abstracto, me parecen muy atractivos. ¿Ingenuos? Sí. ¿Absurdos? Claro. ¿Irreales? Sin duda. ¿Infantiles? Por supuesto. Pero con el potencial de ofrecer, a poco que se suspenda la incredulidad, toneladas de diversión e imaginación loca.


            Por desgracia, todo se queda en promesa. No es que esas historias estén torpemente escritas, que lo están; es que son aburridísimas, repetitivas y muy escasamente imaginativas. Tenemos a un misterioso vigilante enmascarado como La Sombra y, a la hora de la verdad, lo único que hace es acabar con una banda de criminales tras otra, siempre lo mismo. Doc Savage es algo más imaginativo, pero igualmente repetitivo; se desaprovechan totalmente las posibilidades del personaje. Y no es de extrañar, porque sus autores eran escritores mercenarios que escribían a pocos centavos por palabra, sin tiempo para elaborar con más cuidado sus obras. Pero se puede hacer mucho mejor. Indiana Jones es un personaje cien por cien pulp, pero sus creadores le dieron forma a base de imaginación y sentido del humor, y rodaron una de las películas más divertidas de la historia.

            Volvamos a Dan Diésel. ¿Quién es? Daniel Álvarez es un niño de doce años que, en 1932, vive con su padre viudo en un pueblo de Huesca. Un día, su padre, Samuel, muere y Daniel queda bajo la tutela de su desconocido tío Marc. Carmen Fortuna, la secretaria de su tío, va a buscarle al pueblo y lo conduce a la residencia de Marc en Madrid. Allí conoce a los colaboradores de su tío: la ya citada Carmen, el matrimonio formado por Emma y Abraham Cruz, y la hija de ambos, Gabriela, de doce años.

            Todo parece normal al principio, pero pronto empiezan a suceder cosas extrañas. Hasta que un día sufren el ataque de un robot gigante; ataque que concluye cuando Marc elimina al engendro con un arma futurista. Daniel se queda conmocionado, no entiende nada. Entonces su tío y Carmen le revelan la verdad: Ni él, ni su padre, ni su tío se apellidan Álvarez, sino Diésel. Ninguno de ellos pertenece a este universo, sino a un universo paralelo llamado Terra Prima. Su padre fue asesinado y a Daniel quiere secuestrarlo un misterioso villano. Acto seguido, emplean un Portal –una máquina para viajar entre universos- y se trasladan a Terra Prima.

            ¿Qué es Terra Prima? Una Tierra paralela muy similar a la nuestra en 1932, pero con sensibles diferencias. Hay robots, inmensos dirigibles, mochilas-cohete, vigilantes enmascarados, piratas aéreos. En Terra Prima hay una isla poblada por dinosaurios, hay neandertales, hay civilizaciones perdidas, hay gorilas gigantes, hay gente con poderes sobrehumanos, hay una sociedad secreta –llamada Sentinel- dedicada a investigar sucesos extraordinarios, y su tío Marc es un agente de Sentinel apodado Lizard... Básicamente, Terra Prima es el mundo de la aventura pulp. O diéselpunk.

            Se trata de una serie de novelas. Están ilustradas por Pablo Broseta y cada una incluye ocho páginas de cómic. En marzo aparecerá el primer título, “El misterio del Artefacto C”, y a comienzos de verano el segundo: “En poder de Khan”. Ahora estoy escribiendo el tercero y el cuarto, para 2022.

            Son novelas para niños, por supuesto; pero intento escribirlas de tal forma que un adulto pueda encontrar algo de diversión en ellas. Y si el adulto es un poco friki, mejor que mejor. Al menos, yo me estoy divirtiendo mucho escribiéndolas. Espero no ser el único.

           

jueves, diciembre 24

El tradicional y entrañable cuento navideño de Babel

 


            ¿Recordáis que el año pasado nos despedíamos diciendo “feliz año nuevo”? Vaya ojo teníamos, ¿eh? Que 2020 ha sido (está siendo) un año de mierda no lo duda nadie. Así que no le demos más vueltas: Vaffanculo duemilaventi!

            Pero, claro, ahora este puñetero año siniestro amenaza con cargarse la Navidad. Vale, pues que se la cargue; mejor eso que acabar boqueando como un pez fuera del agua. No olvidemos que este bicho es muy chungo y sigue aquí. ¿Qué es terrible no poder abrazar a los seres queridos? (Joder, qué manía con abrazar...) Pues más terrible aún sería infectar a tus seres queridos a base de arrumacos. Así que ni abrazos, ni besos, ni achuchones, salvo con tus convivientes; a esos puedes sobarlos todo lo que quieras. Y de follar con extraños/as, ni hablamos. Qué triste, ¿no?

            ¡Pues no! No tiene por qué ser así. Vale, se supone que en estas fiestas nos reunimos con toda la familia. Pero, ¿de verdad queréis encontraros con toda, toda, toda la familia? ¿También con ese cuñado facha? ¿O con esa prima que no para de hablar? ¿O con los horribles hijos de tu hermano? ¿O con esa tía que tiene una risa tan irritante? ¿O con el abuelo, que es una máquina tirándose pedos? ¿O con todos esos que ya están borrachos antes de llegar al segundo plato?

            Ya, ya, en tu familia también hay gente encantadora con la que te encantaría reunirte. Pues no pienses en ellos, sino en todos aquellos que afortunadamente no vas a ver este año. Parafraseando a Tagore; no llores por los que no están y te gustaría que estuviesen, porque las lágrimas te impedirán disfrutar de las jubilosas ausencias. Además, siempre nos quedará Zoom.

            Céntrate en tu familia más próxima. ¿Os queréis? Pues entonces tienes de sobra con eso. Aunque puede que tus hijos te ignoren y tu pareja quisiera poder ignorarte... Pero da igual: es Navidad, el momento ideal para fingir. Aunque no, seguro que os queréis. Pues céntrate en lo que tienes, disfruta de lo pequeño. ¿Que no podéis estar más de seis juntos? Coño, pero si en mi familia, de pequeño, éramos seis y ya me parecía una multitud.

            Me voy a poner cursi: La Navidad no está fuera, sino dentro de uno mismo. La Navidad es un estado de ánimo. ¿A que doy asquito? En realidad, preferiría llamarlo Solsticio de Invierno, que es el auténtico origen de esta festividad; pero si lo hago se me enfada Casado, porque, para él, todo lo que no sea cristiano y/o rojigualda es antiespañol.

            Igual que para Almeida, el pequeño alcalde de Madrid. El tío ha puesto, como luces navideñas, una bandera de España luminosa de más de un kilómetro de largo en el paseo de la Castellana. En fin, no tengo nada contra la bandera, tampoco a favor; es un símbolo y, como tal, significa lo que a cada cual le salga de las narices. Pero, ¿no se supone que la Navidad es una celebración ecuménica que propicia la unión y la fraternidad? Entonces, ¿a qué viene mezclarla con el puñetero nacionalismo, que es la esencia misma de la desunión? Al final todo se reduce a ver quién la tiene más grande. La bandera, digo.

            Volviendo al tema inicial, nada en esta coronavidad va a ser lo mismo. Por ejemplo, yo tengo un ritual: Al llegar estas fechas, voy al barrio donde vivía, Chamberí, y deambulo por algunas de sus calles; sobre todo por Manuel Silvela, donde estaba mi primer colegio, por la parroquia del Perpetuo Socorro o por la plaza de los Chisperos. Luego voy a la bodega La Ardosa, en Santa Engracia, y me tomo una bravas (quizá las mejores de Madrid). Es decir, visito los escenarios de mi infancia. Pues bien, este año no lo he hecho. No me apetece ir con mascarilla y miedo al bicho. Ya volveré el año que viene.

            Afortunadamente, hay cosas que no cambian, y una de ellas es el tradicional cuento navideño de Babel, tan entrañable él. Normalmente, al llegar noviembre me pongo a pensar en argumentos; a veces, porque estoy liado con otras cosas, tardo en encontrarlo y me entra la paranoia; otras veces se me ocurre a tiempo y me relajo. Este año, a finales de noviembre tenía dos argumentos para dos cuentos distintos: uno triste y otro gamberro. Bastantes tristezas hemos tenido este año, me dije, así que ya sabéis cuál escogí.

            Quizá penséis que me inclino por los cuentos navideños irreverentes y/o traviesos. Y, bueno, es cierto que mi lado anarco, y mi negro sentido del humor, me llevan a escribir con frecuencia sobre caníbales, extinciones masivas o demonios. Pero también es verdad que me gustan los cuentos navideños tradicionales, siempre y cuando sean originales y no demasiado babosos. Os confesaré que, de todos los que he escrito, mi favorito es La historia del indiano, un cuento que es puro buen rollo. Pero es difícil encontrar historias navideñas que no suban la glucosa; además, creo que tiendo al gamberrismo; debería volver a tomar la medicación...

            El relato de este año se llama “El poni” y cuenta la conmovedora historia de un tierno Santa Claus. O algo así. Espero que os guste.

            Un año más, amigos, os deseo que paséis unas fiestas estupendas. Ya os habéis librado de la comida de empresa y os vais a librar de los parientes pesados, ¿qué más le podéis pedir a la vida? Sed felices, cuidaos mucho, quedaos en casita –que es donde mejor se está- y no toqueteéis a los extraños. Queridos merodeadores: un gran y virtual abrazo de oso (amoroso)

 

            El poni

            By César Mallorquí

 

            Como buen Santa Claus que era, a Germán le encantaban los niños y la Navidad. Por eso cada año, cuando la ciudad se vestía de luces de colores y el aire se llenaba de villancicos, Germán se ponía un traje rojo con ribetes blancos y acudía a distintos centros comerciales para atender pacientemente las peticiones de los niños.

            Lo hacía por ellos, por los niños, pero también por el dinero que le pagaban, una cantidad que le venía muy bien para complementar su magra pensión. Y, justo es reconocerlo, Germán era un excelente Santa Claus. No necesitaba barba postiza, pues la suya era blanca, larga y algodonosa, y tampoco requería un traje acolchado, pues era de natural entrado en carnes. Además, tenía la edad adecuada: setenta y dos años. La verdad es que, incluso con traje de calle, Germán parecía Santa Claus. Eso por no mencionar su carácter, tranquilo, cariñoso, bonachón y apacible (...)

 

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miércoles, diciembre 9

Babel 15

 


            Quince años han transcurrido desde aquel lejano diciembre de 2005 en que me dio por crear La Fraternidad de Babel. Quince largos años en los que ha sucedido de todo, incluyendo esta distopía vírica que nos rodea. La niña bonita... ¿por qué se le llama así al 15? ¿Es que las niñas de 16 ya no son bonitas? Da igual, el caso es que quince son un montón de años.

            Entre las muchas cosas que han ocurrido durante este tiempo, los blogs han pasado de moda. Afortunadamente, porque cuando inicié Babel brotaban como hongos. Y qué horror de blogs, amigos míos. Como estaban de moda y eran gratis, todo dios tenía su blog; olvidando que un blog hay que alimentarlo, lo cual implica tener algo que decir. Y la mayoría no tenía nada que decir.

            Yo sí que tengo; gilipolleces en su mayor parte, pero la clase de gilipolleces que no tienen cabida en ningún otro lugar. Así que Babel sigue adelante, aunque ha estado a puntito de desaparecer. Blogger cambió su interfaz y empecé a tener todo tipo de problemas, como por ejemplo que desaparecieran los puntos y aparte, o que no pudiera cortipegar textos de Word. Era imposible seguir así, de modo que a punto estuve de tirar la toalla y abandonar el blog. Entonces, en el último momento, se me ocurrió algo: Yo estaba usando Explorer, un navegador que ya me había causado algún que otro inconveniente, así que lo cambié por Chrome. Y todos los problemas se solucionaron como por arte de magia (quizá el que Blogger pertenezca a Google tenga algo que ver). Sea como fuere, ¡larga vida a Babel!

            Que 2020 está siendo un año de mierda es evidente. Su única ventaja es que todo el mundo lo recordará fácilmente. ¿Cuándo fue el año de la plaga? El veinte veinte, está chupado. Es como la batalla de las Navas de Tolosa, que todo el mundo sabe que ocurrió el doce doce. Por lo demás, un año horrible, Y para mí, muy triste. En marzo murió mi querido padrino Josep María Gispert. Y en mayo murió Isabel González Lectte. ¿Quién era esa mujer? Fue más conocida como Patricia Montes y era una de las más populares escritoras de novela romántica durante los 50, 60 y 70 del pasado siglo. Ella y su marido, Antonio Martínez Torre, fueron los mejores amigos de mis padres. Así que, en el mismo maldito año, se han ido quizá las dos últimas personas de mi pasado más remoto, dos personas muy queridas por mí. En fin...

            Basta de tristezas, que esto es un cumpleaños. 2020 también es un año en el que he escrito mucho. El año en que he publicado El Círculo Escarlata, la segunda parte de Las lágrimas de Shiva. El año en que he continuado mi incursión en la literatura infantil, con tres novelas. Y otras buenas noticias de las que, si los dioses son propicios, ya os informaré. Ah, claro, y es el año en que, después de cinco lustros, me han operado para alicatarme el tabique nasal. De momento es chungo, porque llevo tres semanas moqueando; pero me han jurado que luego respiraré como los ángeles.

            Para la tranquilidad de mi ánimo, ya he acabado el tradicional cuento de Navidad y no tengo que estar escribiéndolo hasta el último momento, como en tristes ocasiones ha sucedido (una vez lo acabé el mismo día 24). Se llama “El poni” y... ¿será tan dulce como las manos que lo han escrito, tan bondadoso y apacible como el cerebro que lo ha pergeñado? ¿O será gamberro, irreverente y maligno, como el lado oscuro de mi alma?. El 24 lo descubriréis, si así os place.

            En fin, es el décimo quinto cumpleaños de La Fraternidad de Babel. Os voy a decir lo mismo que os digo todos los años: Imaginaos que estamos en un viejo café, reunidos en torno a un velador de mármol. Es de noche; a través del ventanal que se abre a la calle vemos caer la nieve. Alzamos nuestras jarras de cerveza y brindamos por el blog.

            ¡Feliz cumpleaños, merodeadores!

martes, noviembre 17

Gambito de dama

 


            No sabía nada de Gambito de dama –una miniserie de 7 episodios-cuando empecé a verla, salvo que estaba ambientada en el mundo del ajedrez durante los años 60. Y a mí me fascina el ajedrez; aunque creo que debo aclarar eso: Mi fascinación por el ajedrez se parece a amar a una top model; las posibilidades de consumar ese amor son similares a las que tengo yo de llegar a jugar, no digo bien, sino tan solo mediocremente al ajedrez. Soy malísimo, un auténtico asno, de pasar vergüenza, así que nunca lo practico, ni siquiera amparado en el anonimato de internet. Pero me fascina ese juego endiablado; tanto, que escribí un cuento sobre él (cuento, por cierto, que fue colgado en un montón de webs de ajedrez). Ah, y la resolución final del misterio de mi última novela, El Círculo Escarlata, también tiene que ver con el ajedrez. Vamos, que me encanta ese juego. Por eso me puse a ver una serie de la que no sabía nada.

            ¿De qué va Gambito de dama? Básicamente, cuanta la historia de una chica huérfana, Beth Harmon, desde que tiene 8 años y es internada en un orfanato, hasta los veintitantos. Pero Beth es especial: tiene un talento innato para el ajedrez, un juego que le enseñó a jugar el bedel del orfanato, el señor Shaibel. Además de eso, Beth es rara: fría, distante, poco habladora; y cuando habla suele recurrir al sarcasmo. Es una persona sumida en la soledad, atrapada por su incapacidad para abrirse a los demás. Ah, y tiene problemas con las drogas (tranquilizantes) y el alcohol. La miniserie sigue un esquema clásico: Trauma. Aprendizaje. Ascenso. Caída. Infierno. Redención. Enfrentamiento final.

            Dos comentarios antes de seguir: No hace falta que te guste el ajedrez para disfrutar de esta serie. Ni siquiera es necesario que sepas cómo se mueven las piezas. En segundo lugar: no hay nada nuevo en Gambito de dama. Todo lo que vemos lo hemos visto ya más de una vez, aunque en contextos distintos. Sin embargo, está tan inteligentemente rodado que es como si te lo contaran por primera vez. ¿Hay tópicos? Claro que sí, pero tan brillantemente tratados que adquieren una nueva apariencia.

            Una de las claves de esta serie es la contención. El argumento –la historia de una pobre huérfana, a fin de cuentas- podría haber dado para un melodrama. Pero no hay ni pizca de eso en Gambito de dama, nada de sentimentalismo. Pese a todas las putadas que le pasan a Beth –incluyendo la dramática muerte de su madre-, solo la vemos llorar una vez, en el penúltimo capítulo de la serie, cuando asiste al funeral de la persona que le enseñó a jugar al ajedrez. O la relación de Beth, una niña de 9 años, con el viejo bedel, una relación que no tiene nada de paternofilial, una relación sin rastros de afecto, pero sí de algo igual de importante: respeto. Esa ausencia de énfasis, paradójicamente, contribuye a que escenas fríamente rodadas resulten especialmente emotivas.

            Todo en la serie es igual a lo ya visto y, a la vez, completamente diferente; como por ejemplo la curiosa relación entre Beth y su madre adoptiva, o los escarceos amorosos de la protagonista. Gambito de dama no es original en lo que cuenta, pero sí, y mucho, en cómo lo cuenta.

            Uno de los aspectos más destacables es el trabajo actoral, comenzando por Anya Taylor-Joy en el papel de Beth. No la conocía (luego he descubierto que la vi en La bruja), pero me ha dejado con la boca abierta. ¡Qué pedazo de actriz! Y no es un papel fácil; ella aparece en casi todas las escenas, muchas veces sola, aguantando unos primeros planos en los que transmite sus emociones con una simple mirada. Consigue, además, que empaticemos con un personaje en principio muy poco simpático. Sin Anya Taylor-Joy, esta serie no sería lo mismo. En cuanto al resto de los actores, todos están entre bien y maravillosamente bien. Aunque aparece poco, quiero destacar a Marcin Dorocinski en el papel del campeón ruso Vasily Borgov, que compone al ajedrecista ruso más ajedrecista ruso de la historia.

            Otro aspecto fundamental es la dirección, a cargo de Scott Frank (también responsable del guion). Una realización tan clásica como precisa, justo lo que requiere la historia. Es admirable cómo logra hacer emocionantes las partidas de un juego que hay que conocer a fondo para emocionarse con él. Lo consigue, no mostrando con detalle el tablero, sino a través de las sutiles expresiones faciales de los personajes. Para los frikis, añadiré que Scott Frank es el director de Logan, y que la serie está basada en una novela de Walter Tevis, autor de varios relatos de ciencia ficción –entre ellos El hombre que cayó a la Tierra-, y premio Nebula.

            En cuanto a la ambientación de los 60, perfecta, al igual que la fotografía y el vestuario. Para los muy aficionados al ajedrez, añadiré que ese es un aspecto especialmente cuidado –tenían como asesor a Garry Kasparov-, y que todas las partidas que aparecen son reales. La única licencia es que los movimientos se hacen mucho más deprisa de lo real.

            No suelo escribir posts sobre una única serie de TV, pero Gambito de dama me parece un maravilloso descubrimiento que merece compartirse. En mi opinión, la mejor miniserie de Netflix. Yo lo definiría como un cuento de hadas sin hadas; o un drama sin drama, pero dotado de una exquisita sensibilidad. No soy un tipo de lágrima fácil –podéis preguntarle a cualquiera que me conozca y os dirá que soy un ogro sin corazón-, pero viendo los dos últimos episodios no pude evitar que los ojos se me humedecieran, ni que, ante su precioso final, una lágrima corriera a esconderse, avergonzada, entre la espesa barba.

            Si exudas testosterona y crees que las mejores películas de la historia son las de John Wick, quizá no debas verla; pero si tienes tan solo un poquito más de sensibilidad que un adoquín, debes ver Gambito de dama. Me lo agradecerás. Y si te interesa la técnica narrativa, es imprescindible que la veas, porque contiene sabias lecciones. Yo, sin duda, la volveré a ver.

            Ah, una cosa más: aunque Gambito de dama parece un biopic, no os pongáis a buscar a Beth Harmon en internet, porque nunca existió.

sábado, octubre 31

Un cuento de miedo

 

            Otra vez Halloween, amigos; esa fiesta pagana tan odiada por algunos adultos serios y severos, y tan querida por los niños. Y por mí; ya sabéis lo que pienso de la noche de brujas: me encanta. Aunque no la celebro de ninguna manera, pero da igual. Me gusta Halloween.

            Por desgracia, este año, como todo en este maldito año, va a ser un Halloween descafeinado, soso, triste. No habrá fiestas de disfraces, ni monstruos y brujas recorriendo las calles, ni truco o trato, ni golosinas. Una mierda de Halloween, vamos. Y, paradójicamente, este va a ser el Halloween más Halloween de todos, porque hay un auténtico Leatherface, o Lecter, o Jigsaw, o Freddy Krueger, o Jason, o Norman Bates, recorriendo las calles; un asesino en serie invisible llamado Covid-19.

            En fin, vamos a intentar olvidarnos del puñetero virus durante un ratito. Antes de nada, una advertencia: para conmemorar este Halloween homeopático, he escrito un cuento de miedo. Se llama El reencuentro y os espera al final del post. Ahora vamos a hablar de nuestros gustos terroríficos. Es decir, de los míos, que para eso es mi blog; luego, si queréis, opináis en los comentarios.

            De entrada, no soy especialmente aficionado al género de terror. Tampoco me desagrada, pero no soy un fan. No obstante, mis tres novelas de terror favoritas son estas:

            1. Los libros de sangre, de Clive Barker. En realidad no es una novela, sino cinco antologías de relatos. Y qué relatos, amigos; todos entre buenos, magníficos e insuperables. Un obra maestra.

            2. Cementerio de animales, de Stephen King. Podría haber elegido casi cualquier otra de King, pero esta me parece especialmente inquietante. Una versión de La pata de mono, de W. W. Jacobs. Que, por cierto, quizá sea mi relato de terror favorito.

            3. En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft. Creo que es su mejor novela o, al menos, la más fascinante. No es mi escritor favorito, pero es un autor canónico y le rindo un pequeño homenaje en mi próxima novela El Círculo Escarlata.

            Y ahora mis películas de miedo favoritas. Mejor dicho: las que más yuyu me han dado:

            1. Alien: el octavo pasajero, de Ridley Scott. Me hice caquita en los pantalones la primera vez que la vi en cine. Disfruté como un loco pasándolo mal con esta historia gótica disfrazada de ciencia ficción.

            2. Al final de la escalera, de Peter Medak. En mi opinión, la mejor historia de casa encantada jamás filmada. Un monumento a lo inquietante. Parece mentira que se pueda sobrecoger tanto con una simple pelotita.

            3. La matanza de Texas, de Tobe Hooper. Quizá la película más desagradable de la historia. Se rodó en 16 mm, que luego fueron “hinchados” a 35, lo que le da una textura sucia y grimosa a la imagen; algo muy apropiado para una historia sucia y grimosa hasta decir basta.

            Estoy pensando en cómics, pero no se me ocurre ninguno; debo de haber leído pocos de ese género. Ahora vamos al cuento.

            No suelo escribir historias de terror. En realidad, creo que no había escrito ninguna hasta ahora. Tampoco suelo escribir relatos ultracortos, pero este lo es: apenas 650 palabras. Y de miedo. Espero que os guste; o, mejor dicho, que os desagrade.

            Feliz y tenebroso Halloween, merodeadores.

            El reencuentro

            By César Mallorquí

       Aquel atardecer, como cada día, cada hora, cada minuto, el ocaso me sorprendió recordando a Isabel. Apenas habían transcurrido dos meses desde nuestra separación, pero a mí se me habían antojado una eternidad. La añoraba tanto... ¿Por qué me abandonaste, Isabel? ¿Qué hice mal? ¿En qué me equivoqué? Tu ausencia ha convertido mi vida en un infierno; si querías castigarme, ya lo has hecho sobradamente.

            Los ojos se me llenaron de lágrimas al evocar la filigrana de sus rizos, la perfección de sus facciones –como los rasgos de una diosa tallados en mármol-, la suavidad de su piel de melocotón. La primera vez que la vi, recuerdo, pensé que era la mujer más hermosa del mundo, y que era con ella, y no con ninguna otra, con quien quería compartir el resto de mi vida. ¿Y cómo olvidar la dicha que me embargó cuando ella confesó compartir mi amor y, poco después, nos casamos? Mi felicidad era plena, exultante, absoluta; pero algo, en algún momento, se torció.

            Tales eran mis pensamientos desde que Isabel me dejó; un ir y venir en torno a ella, dando vueltas a su imagen como una polilla fascinada por el resplandor de un quinqué. Llorando su ausencia por dentro y por fuera, anhelándola, deseándola, doliéndola.

            Me enjugué las lágrimas con el antebrazo y fijé la mirada en el sol, una esfera anaranjada flotando sobre el horizonte. Mi mente se quedó en blanco durante unos instantes y, de pronto, algo se removió en mi interior, un relámpago de determinación adueñándose de mi ánimo. Basta de no hacer nada, me dije, deja de compadecerte a ti mismo y reacciona. Me negaba a creer que Isabel ya no me amase; puede que la hubiese ofendido de algún modo, puede que estuviera dolida conmigo, pero seguía amándome. De eso no albergaba duda alguna.

            Animado por aquel repentino arranque de energía, abandoné el balcón, me puse una chaqueta y salí de la mansión en busca de Isabel. La encontré en aquel jardín melancólico y sombrío, inmóvil, con la mirada perdida. ¿Pensando en mí? Eso quiero creer. No mostró sorpresa al verme, no dijo nada, era como si estuviera esperándome. Yo tampoco hablé; la cogí entre mis brazos, la apreté contra mi pecho y nos besamos. Luego, la conduje de regreso al hogar que nunca debió haber abandonado.

            La noche había caído cuando llegamos a la casa. Con ella en brazos, como si fuéramos una pareja de recién casados, subí al dormitorio y la deposité suavemente sobre el lecho. Me quedé mirándola; era tan hermosa... Me incliné sobre Isabel, la besé y comencé a despojarla de la ropa; ella se dejó hacer, lánguida como una ninfa. Cuando le quité la última prenda, me desvestí rápidamente, con premura, con ansiedad, y me tumbé a su lado. No hubo reproches ni excusas; las palabras ardían, consumidas por la pasión, antes de aflorar a los labios.

            Hicimos el amor una y otra vez, toda la noche; al principio como tímidos adolescentes, luego como fieras salvajes que quisieran arrancarse la piel a base de mordiscos y besos. Acaricié con avaricia sus generosos pechos, lamí sus pezones de fresa, traspasé la frontera de su palpitante vulva. Fue un eclosión de lujuria y amor. Mi felicidad era plena.

            Horas más tarde, los primeros rayos del sol naciente atravesaron el ventanal, tiñendo de oro el interior del dormitorio. Isabel y yo estábamos tumbados en la cama, desnudos, uno al lado del otro, exhaustos y felices. Reprimiendo el perezoso impulso de quedarme así para siempre, me levanté de la cama, me desperecé y me vestí. Luego, cogí a Isabel en brazos, salí con ella de casa, la llevé de nuevo al cementerio y volví a enterrarla.

            Más tarde, cuando regresé a mi hogar, quité las sábanas de la cama para limpiarlas de fluidos, carne putrefacta y gusanos, y abrí la ventana con el propósito de espantar el olor.

 

F I N

           

 

viernes, octubre 16

Ineptos, mediocres y ambiciosos

             La política es el arte de impedir que la gente se meta en lo que sí le importa, dijo el escritor Marco Aurelio Almazán. Y Edmond Thiaudière, por su parte, comentó: La política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular.

            Me gustaría creer que la política no es siempre así, que existen políticos honestos. Y cuando digo “honestos” no me refiero a que no roben –estoy casi seguro de que no todos los políticos lo hacen-, sino a que pongan el bien del país y de sus habitantes por encima de cualquier otra consideración. Puede que en el pasado los haya habido en España, pero desde luego ahora no. De hecho, creo que el actual sistema de partidos ha tomado una deriva que pone en peligro nuestra democracia y, lo que es peor, mi salud gástrica.

            Los partidos se han convertido en empresas que no producen nada, salvo, en mayor o menor medida, poder. Por tanto, un partido-empresa vale tanto como el poder que maneje; no solo poder parlamentario, sino también el poder de su influencia social. Como toda empresa, los partidos generan estructuras en las que pululan los grandes jefes, los jefes, los jefecillos y los pringados. Y también generan unas normas extraoficiales de funcionamiento interno que regulan, entre otras cosas, el sistema de ascenso en la organización.

            ¿Qué hay que hacer para prosperar en un partido político? Primero, estudia derecho. Después (o durante) afíliate a las juventudes del partido. Participa mucho, ofrécete voluntario a todo, procura conocer –y que te conozcan- el mayor número posible de líderes de la formación. Porque necesitas un padrino. Así que te dedicas en cuerpo y alma a lamer todos los culos importantes que se crucen en tu camino. Hasta que encuentres un culo poderoso que considere agradable el masaje linguo-anal que le practicas y te adopte.

            Entonces ese culo poderoso te promocionará. Primero, quizá una concejalía, después algún puesto intermedio en el partido... Pero ojo, tienes que ser absolutamente fiel a tu culo protector. Nada de tener ideas propias, porque tus ideas deben ser las suyas. Y nada de brillar demasiado, no vaya a ser que le hagas sombra. Pero eso no debe preocuparte, porque el culo importante se cuida muy mucho de adoptar a gente mediocre que no pueda competir con él. Así que no le des más vueltas, porque no debes esforzarte en parecer mediocre. Lo eres. Aunque, no te creas, eso es una ventaja para tu carrera.

            Ahora todo depende de si tu culo protector sigue bien implantado en el partido. Por si acaso, tú vas a seguir lamiendo todos los culos importantes que tengas a mano. Pero, ojo, ni se te ocurra lamer los culos rivales de tu protector, porque eso pondría en entredicho el valor más importante que tienes: la lealtad.

            En el caso de que tu culo mecenas prospere, tú prosperarás. Aunque, claro, tendrás que aprender algunas habilidades, como poner zancadillas a los compañeros y propagar infundios sobre ellos. Porque la tuya no es la única lengua que lame ese culo, tienes competencia. Debes ser un buen trepa. Así que te abres paso a codazos y, si tu culo padrino alcanza la presidencia del partido, cuenta con un buen cargo interno. Y si alcanza la presidencia de gobierno, serás ministro o, cuando menos, secretario de estado. A partir de ahí, el infinito es tu límite. ¡Y sin haber dado un palo al agua en tu vida!

            ¿Pero qué pasa si tu culo protector cae en desgracia? Debes ser ágil y buscar rápidamente otro culo importante que lamer. Lo catastrófico sería que el poder interno cayera en algún culo rival de tu protector, porque entonces tú quedarías señalado con la marca de Caín y serías un paria. En tal caso, lo mejor que puedes hacer es quedarte en hibernación y seguir lamiendo culos a la espera de tiempos mejores. En última instancia, podrás dejar la política y ser contratado por algún bufete. Y tranquilo: no te querrán para que trabajes (¿Trabajar? ¿Qué es eso?), sino por tus contactos.

            Vale, ¿adónde quiero ir a parar con esto? Pues a que, en política, lo que se premia no es la inteligencia, ni el conocimiento, ni las ideas, ni la capacidad de trabajo, sino la lealtad y la mediocridad. En consecuencia, los partidos han generado un sistema que expulsa a los mejores y promociona a los peores. Y por eso tenemos el panorama político que tenemos.

            Centrémonos en las tres primeras fuerzas del parlamento. El líder de Vox, Santiago Abascal, se saltó la parte de estudiar una carrera y entró en el PP con 18 añitos. Eligió el culo de Esperanza Aguirre para lamer, y ella le premió con algunas mamandurrias. Pero no debió de ver el panorama lo suficientemente abierto para sus ambiciones, así que se cambió de partido y desembocó en una fuerza extraparlamentaria de extrema derecha. Que la corrupción del PP y la inutilidad de Rajoy hicieron posible que llegara al congreso. Siempre hay que contar con la suerte. Abascal nunca ha estudiado, nunca ha trabajado y sus ideas son del pleistoceno. Pero ahí lo tenéis.

            ¿Y qué decir de Pablo Casado? Estudió Derecho en el ICADE durante los cursos 1999-2004, y sólo consiguió aprobar 12 asignaturas. Pero ya había entrado en las juventudes del PP, así que  trasladó su expediente al centro privado “Colegio Universitario Cardenal Cisneros” (afín al partido), y en tres añitos más logró aprobar la carrera. Luego está lo del máster, claro. El caso es que Casado no parece ser muy avispado que digamos. Un punto a su favor.

            Comenzó su carrera política como diputado de la Asamblea de Madrid, lamiéndole el culo a Esperanza Aguirre. Luego, siempre en el mismo sector ideológico del partido, fue jefe de gabinete de Aznar. Ese sí que era un culo suculento que lamer. En fin, resumiendo: Rajoy dice ciao. Sáenz de Santamaría y Cospedal, dos pesos pesados, compiten por el liderazgo. Casado es el tercero en discordia; un mindundi al lado de ellas. Gana Sáenz de Santamaría. Pero Cospedal, antes muerta que ver a su rival coronada, así que le cede los apoyos a Casado y éste sale triunfante de carambola. La suerte, la suerte...

            Casado fue un mal estudiante, nunca ha trabajado en su vida y jamás ha expresado un idea medianamente original. Pero ahí lo tenéis.

            ¿Y qué decir de Pedro Sánchez? Mira por dónde, no estudió Derecho, sino Ciencias Económicas y Empresariales. Jamás ha trabajado en el sector privado. Se afilió al PSOE en 1993, y ahí ha seguido desde entonces. Lamió los culos de Trinidad Jiménez y de Pepe Blanco, y prosperó en el partido hasta que, tras la marcha de Rubalcaba, alcanzó la secretaría general. Pero se granjeó muchos enemigos, así que en 2016, tras un motín de la Ejecutiva Federal, renunció a la presidencia y entregó su acta de diputado. Luego, en 2017 anunció su candidatura y volvió a ser elegido secretario general. El resto ya lo sabéis.

            A mí Sánchez me recuerda a uno de esos boxeadores rocosos que aguantan los golpes sin inmutarse, un fajador que, por muchos uppercuts que reciba, sigue en pie hasta derrotar a su adversario por puro cansancio y aburrimiento. En eso es admirable, sin duda. Pero ¿brillantez?: cero. ¿Sentido de estado?: cero. ¿Planes de futuro?: cero. Da la sensación de que su único propósito es alcanzar el poder y mantenerse en él con uñas y dientes. ¿Para qué? Si lo sabe no lo ha dicho.

            Sánchez nunca ha trabajado, su única experiencia ha sido el partido y jamás ha expresado una idea motivadora. Pero ahí lo tenéis, presidiendo el país.

            Así son nuestros principales líderes. Es para echarse a llorar, aunque será mejor que ahorremos lágrimas para nuestro último ejemplo: Isabel Díaz Ayuso. Estudió periodismo y se afilió al PP en 2005, cuando Casado presidía las nuevas generaciones. Alfredo Prada, consejero de justicia e interior de Madrid, la llevó a su departamento de prensa. Allí conoció a Esperanza Aguirre, y se puso a lamerle el culo con entusiasmo (ese culo parecía una rampa de lanzamiento). Aguirre, en agradecimiento a la muchacha, le confió una tarea importante: gestionar la cuenta de Twitter de su perro Pecas. Creo que fue entonces cuando Ayuso alcanzó su nivel de incompetencia.

            Después de eso, Ayuso ocupó algunos carguitos en la asamblea de Madrid. Pero como previamente le había hecho un trabajo fino al ojete de Casado, este la nombró candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Ayuso obtuvo el peor resultado del PP en la capital, pero aliada con la extrema derecha y los bobos de Ciudadanos, alcanzó la presidencia. Carece de formación y experiencia de gestión, es inculta, inepta y con muy escasas luces; no ha trabajado en su vida, no ha hecho nada que valga la pena reseñar. No está preparada para presidir ni una junta de vecinos. Es, sencillamente, tonta e inútil. Pero ahí la tenéis, hecha una reinona, conduciendo con mano firme el rumbo de la comunidad hacia una debacle pandémica. Ayuso es el mejor ejemplo de hasta qué punto puede ser perverso nuestro sistema de partidos.

            Podemos y Ciudadanos son partidos demasiado recientes para aplicarles el proceso que he descrito. Pablo Iglesias es un hombre preparado y, además, ha trabajado (¡!). El problema es que su ego no cabría ni en el hangar que la NASA emplea para guardar sus cohetes. Él fue el principal artífice del fulgurante crecimiento de su partido. Y él es el responsable de su declive electoral. Demasiado vanidoso y demasiado egocéntrico; un hombre cegado por su propia inteligencia. En cuanto a Ciudadanos, baste decir que Albert Rivera ganó merecidamente el premio al político más tonto de la historia de la democracia española. Y mira que tenía competencia. Respecto a los demás partidos... en fin, no nos pongamos pesados.

            Así son nuestros líderes, amigos; una panda de mediocres e ineptos cegados por la ambición. Con semejantes mimbres, no es de extrañar que el Congreso se haya convertido en el bochornoso espectáculo que es ahora. Una especie de guiñol en el que ¿nuestros representantes? vociferan y se insultan con un ímpetu digno de mejor causa.

            ¿Os imagináis si nos comportáramos como ellos en nuestra vida privada? Salgo de casa, me encuentro con el vecino del segundo y el hombre me saluda: Buenos días, César. Y yo le respondo: Buenos días tu puta madre, vecino felón, traidor, irresponsable, incapaz y desleal. Sería raro, grotesco y grosero, ¿verdad? Cualquiera en su sano juicio reprobaría ese comportamiento. Pues, entonces, ¿por qué lo aceptamos en el ámbito político?

            No es de extrañar que los españoles consideremos que el segundo mayor problema del país sea la clase política. Lo es. Una panda de irresponsables que denigra las instituciones y abona el terreno para los populismos. Nos están conduciendo al desastre, y nosotros los seguimos como tiernos corderitos camino del matadero.

            Ya no leo la sección política de los periódicos (salvo los titulares), ni la veo en los telediarios, ni la escucho en la radio. La política, que antes me interesaba y luego me indignaba, ahora lo único que hace es provocarme bochorno y sopor. Aunque, vale, tampoco hago nada para remediarlo; salvo escribir este texto, que no es un post, sino una pataleta.

martes, octubre 13

Babel sigue cabalgando

 



            El sol asoma por entre las nubes, queridos merodeadores, regalándonos un radiante amanecer.

            ¡Los problemas con Blogger parecen haberse solucionado!

            Así pues, La Fraternidad de Babel sigue adelante.

            Estoy más contento que unas castañuelas.

            Floreat Babel!

 

P.S.: De todas formas, por si acaso, ya había creado con Wix otro blog, La Fraternidad de Babel II.