sábado, mayo 18

Otra vez elecciones, manda c*j*n*s



            Estoy contento de que hayan perdido las elecciones los que las han perdido, pero no me siento especialmente feliz por quienes las han ganado. Es decir, me alegro de que gobierne una opción progresista, pero desconfío de las personas que la encabezan. Sin duda, Pedro Sánchez ha protagonizado una proeza política: pasar del destierro, traicionado por los suyos, al trono. Eso daría para el argumento de una película de Hollywood. La moción de censura que derribó al rajoyato, los decretos sociales durante su escaso año de gobierno, el propósito de trasladar el cadáver de Franco… Me quito el sombrero, sin duda Sánchez es un maestro de la táctica, un prodigio de tenacidad. Pero todavía no he escuchado de sus labios una idea nueva ni una estrategia para mejorar el país y el paisanaje.

            Lo bueno ha sido que ahora conocemos la verdadera fuerza de Vox, que no ha sido tanta como nos temíamos. Aunque estremece comprobar que en España hay 2.676.950 personas que aún viven en el cuaternario, no me digáis que no. El peligro de Vox, ahora, es su capacidad de influencia siendo un partido bisagra que, cómo en Andalucía, resulte determinante para la gobernación de la derecha. Pero no creo que crezca mucho más; probablemente ha alcanzado su techo electoral. Pero, ojo, siendo como es; porque si cambia…

            Vox es un partido nostálgico del franquismo, un partido anclado en el pasado, un partido de cazadores y toreros, de señoritos a caballo y tonadilleras. Huele a rancio, no ofrece nada capaz de entusiasmar a nadie que no esté previamente dispuesto a entusiasmarse con esa clase de fantasías autoritarias añejas. Para que un partido de extrema derecha pueda crecer electoralmente, necesita que le voten personas que no son de ultraderecha. Para ello, ha de disfrazarse, prescindir de los rasgos fascistas clásicos y aparentar modernidad.

            El ejemplo más cercano es el Frente Nacional francés. Mientras estuvo liderado por Jean-Marie Le Pen fue un partido de ultraderecha de toda la vida, no escondía lo que era y tenía un limitado techo electoral. Pero luego llegó la hija, Marine Le Pen, y se puso a lavarle la cara al partido eliminando de su imagen los estilemas de la vieja ultraderecha. ¿Y qué pasó? Pues que Marine rompió el techo y compitió con Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las presidenciales. El año pasado, Marine Le Pen siguió limpiando la imagen de su partido cambiándole el nombre, que ahora es Agrupación Nacional. Todo lo cual no significa que ya no sea la extrema derecha. Lo es, pero intenta no parecerlo.

            Así pues, mientras Vox siga pareciendo lo que es no habrá demasiados problemas. Pero el día en que veamos que sus actuales líderes de pandereta son sustituidos por otros más presentables, al menos en apariencia, y que el partido empieza a transformarse en otra cosa, ese día tendremos que preocuparnos de verdad.

            Podría hablar ahora de Casado, de Rivera y de Iglesias, pero no me apetece. Este grotesco guiñol en que se ha convertido la política española da mucha pereza.

            Pero se avecinan otras elecciones, amigos míos, y como vivo en Madrid voy a referirme exclusivamente a Madrid. El PP presenta como candidata a presidir la Comunidad a Isabel Díaz Ayuso. No la conocía ni dios, pero últimamente se ha hecho famosa por las gilipolleces que suelta. En su momento dijo que estaba «al lado de Vox, no enfrente», pero no son sus filiaciones políticas lo que me alarma, sino sus manifiestas carencias intelectuales. Esa mujer no está preparada ni para dirigir un puesto de castañas, así que una comunidad ni te cuento. Que el PP se atreva a proponer a semejante iletrada me parece un insulto a los ciudadanos. Creo que Díaz Ayuso junto con Suarez hijo son dos de los políticos más bobos que he visto.

            Imagino, o quiero imaginar, que no hay mucha gente dispuesta a votar a un partido que ha robado en la comunidad a manos llenas, y menos a una señora tan absolutamente inepta. Pero quién sabe, los votantes siempre me desconciertan. El caso es que existe la posibilidad de que esa inútil llegue a gobernar (mirad lo que pasó en Andalucía). Por tanto, vota. No contra el fascismo (aunque también), sino contra la estupidez.

            Y no te olvides de las elecciones europeas, porque es en Europa donde se va a definir nuestro futuro.

            Resumiendo: vota, coño; sobre todo si vives en Madrid.
 
 

viernes, abril 26

Contra la invasión Z, vota por favor.


 
            Hace tan solo un año no sabía a quién votar; ni siquiera si iba a votar. Los políticos españoles me parecían una panda de mediocres, y la política se había convertido en una especie de guiñol en el que primaba el insulto sobre la reflexión. Un año después, todo sigue igual, salvo por un detalle: ahora nos enfrentamos a una invasión de zombis.

            Son zombis muy peculiares: agitan banderas rojigualdas, montan a caballo, les encantan las armas, desprecian a las mujeres, odian a los homosexuales, son xenófobos, no tienen rivales, sino enemigos a batir, aman los toros y la caza, desprecian la cultura, la inteligencia y la modernidad. Son auténticos muertos vivientes, cadáveres putrefactos que han salido de sus tumbas con el propósito de hacerse una fricasé con nuestros cerebros.

            Por desgracia, no es nada nuevo. Viví los últimos años del franquismo y la transición, y por aquel lamentable entonces se escuchaban barbaridades muy similares a las que hoy dice Vox. Oír a Abascal es como volver a escuchar a Blas Piñar o a Sánchez Covisa. Es volver a un pasado tenebroso.

            Tras el fallido golpe de estado del 81, la extrema derecha parecía haber desaparecido del mapa. Tanto es así que muchos idiotas, como yo mismo, nos olvidamos de su existencia. Pero estaban allí, agazapados en las cavernas del PP. Y ahora que el partido de la derecha única se desploma, los zombis salen de sus sepulcros.

            Pero el problema no es tanto Vox como el contagio reaccionario que Vox ha supuesto. Pablo Casado ha visto cómo el PP que ha heredado se desangra con votos que huyen a la ultraderecha, así que se ha ultraderichazado, dispuesto a pactar con Abascal o con el mismísimo Belcebú, si eso le permite salvar su cuello político, que está en juego si no logra gobernar como sea. Lo que a mí me resulta incomprensible es la actitud de Rivera, aliándose con la derecha extrema y dispuesto a cerrar los ojos y aceptar un pacto con los zombis. Así que el centro-derecha no existe. Tal es el grado de la derechización, que incluso la Falange se ha radicalizado (aún más), y tilda a Vox de derechita cobarde, afirmando que “No es más que el PP vestido de verde”.

            El caso es que si este bloque de la derecha obtiene más escaños que la izquierda, los zombis gobernarán. Así que no se trata tanto de partidos políticos considerados de forma individual, sino de dos formas distintas y antagónicas de encarar el futuro: el conservadurismo reaccionario o el progresismo humanista. Lo de siempre, vamos: la derecha y la izquierda. ¿Qué preferís vosotros?

            Pedro Sánchez me parece un mediocre (como el resto de los políticos, no es ninguna excepción). Pero prefiero un mediocre socialdemócrata a un cavernícola de extrema derecha. Pablo Iglesias tiene más talla intelectual, pero con excesiva frecuencia le ciega la vanidad y una ambición sin límites. No me cae bien, y rechazo muchas de sus ideas; pero si fuese necesario, pasado mañana le votaría. Porque, insisto, ya no es cuestión de partidos, sino de ideas, de ética y de libertades.

            Para que los más frikis me entiendan: El trifachito es Saurón, Saruman y los orcos, mientras que el bloque de izquierda es Gandalf y Frodo. La traslación al universo de Star Wars podéis hacerla vosotros mismos.

            Pasado mañana votaré al PSOE, y espero que PODEMOS obtenga también un buen resultado. Para ello, es fundamental que la mayor parte de quienes nos consideramos progresistas votemos. Porque todos los votantes de derecha votarán, esos no fallan. Por eso necesitamos una gran participación. Por eso cada voto es vital.

            Por favor, vota. Por las mujeres, por los derechos de los homosexuales, por las libertades, por la cultura, por ti mismo. Y, por supuesto, contra la intolerancia, contra la xenofobia, contra el patriotismo de opereta, contra la estupidez, contra el machismo, contra el oscurantismo. Vota por lo que quieras, pero vota, coño.
 
 

jueves, marzo 14

Manual de instrucciones para el fin del mundo



 
            Escribí La estrategia del parásito en 2011. Fue un proceso extraño; yo llevaba meses escribiendo La isla de Bowen y, cuando iba más o menos por la mitad de la obra, recibí una llamada de Elsa Aguiar, la entonces directora editorial de SM. Me pidió una novela destinada a leerse en IPhone y vinculada de algún modo a Internet. Le dije que le contestaría en una semana; si para entonces se me ocurría algún argumento, aceptaría. Y se me ocurrió.

            Interrumpí lo que tenía entre manos y escribí la novela muy rápido para poder cumplir la fecha de entrega. Luego, lo del IPhone se torció y La estrategia del parásito acabó publicándose en papel al año siguiente. Elsa había enfermado y para esa edición colaboré por primera vez con Gabriel Brandariz, por entonces editor y hoy Gerente de la editorial. Fue un caso de amor a primera vista; ambos descubrimos que, pese a la diferencia de edades (Gabriel es insultantemente joven), ambos estábamos igual de locos y nos gustaban las mismas cosas.

            Cualquiera que conozca mi obra sabe que mis protagonistas casi nunca son héroes de acción, sino personas normales que se ven envueltas en circunstancias extraordinarias. Me parece mucho más interesante ver cómo se desenvuelve ante el peligro alguien como tú o como yo, que asistir al reparto de mamporros de un gañán con exceso de testosterona. En La estrategia del parásito llevé lejos eso del héroe que no lo es.
 

 
            Se trata de un thriller. Óscar Herrero, el protagonista de la novela, es un estudiante de periodismo de 22 años, un tío de Burgos enteramente normal. Un día lee en el periódico que un antiguo compañero de colegio, Mario Rocafort, ha muerto en un accidente de moto. Óscar no mantenía ninguna relación con Mario, así que se sorprende mucho cuando, poco después, recibe una carta que su ex-compañero le envió justo antes de morir, acompañada de un pendrive. En la misiva, Mario le pide que, si no tiene noticias suyas en una semana, intente localiza a un profesor de la faculta de informática llamado Figuerola y le entregue el pendrive. También le da una serie de instrucciones sobre las precauciones que debe tomar para examinar el pendrive. Óscar descubre que Figuerola ha desaparecido, y entonces mete la pata al incumplir una de las instrucciones de Mario. A partir de ahí, su vida se convierte en una pesadilla.

            Imaginaos que alguien o algo (denominado “Miyazaki”) controla Internet y todo lo que está directa o indirectamente conectado a la Red. Y ahora imaginaos que ese misterioso ente decide putearos usando todo su poder. Eso es lo que le pasa a Óscar. De repente, se ve obligado a huir y esconderse, porque la policía le busca acusado de asesinato y unos sicarios quieren matarle. Y ni siquiera sabe por qué. Durante su huida, Óscar mete la pata varias veces (como la meteríamos todos en su lugar). Esas torpezas, esa fragilidad del protagonista, para mí lo hacen más interesante, aunque no todo el mundo estuvo de acuerdo.

            Recuerdo que un chico escribió en su blog una reseña de la novela. Le había gustado mucho, pero añadió que no soportaba al protagonista. “¡ES TONTO! ¡TONTO! ¡TONTO!”, escribió. Ya, lo es; pero ponte tú en su lugar.

            La novela tiene una peculiaridad: su final está en una página de Internet. Y es un final abierto. (Por cierto, algunos lectores confesaron que se habían llevado un susto de muerte al ver ese final) Aunque, si te paras a pensarlo, no lo es tanto. El poder al que se enfrentan los personajes es tan desmesurado que resulta imposible enfrentarse a él. Punto final. O, al menos, eso creía yo entonces.

            Como siempre ocurre cuando publico una novela, procedí a olvidarme de ella. Pero años después, por algún motivo que no recuerdo, volví a pensar en su argumento. ¿Realmente el problema que había planteado no tenía solución? Me puse a darle vueltas. No podía sacarme un as de la manga ni recurrir a un tramposo deus ex machina; tenía que ser algo que ya estuviese en la primera novela…Y lo encontré. Además, era una solución que, si lo pensabas bien, contenía un problema aún mayor y casi filosófico. Eso me gustaba.

            Le propuse a Gabriel convertir La estrategia del parásito en un trilogía y, como está loco, aceptó. Así que escribí dos novelas más. Y la primera de ellas, llamada Manual de instrucciones para el fin del mundo, ya está en las librerías, junto con una renovada reedición de La estrategia... La trilogía, llamada Crónicas del parásito, se completará con la tercera entrega, La hora Zulú, que aparecerá en septiembre.

            La primera novela era voluntariamente claustrofóbica. Se centraba en dos personajes (Óscar y Judit, la ex de Mario) durante menos de dos semanas. Pero Miyazaki supone un peligro mundial, así que en Manual de instrucciones para el fin del mundo he ampliado la mirada; se introducen nuevos personajes y la acción se desarrolla en más escenarios, aparte de España: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón. El argumento de esta segunda novela se centra en la formación de un pequeño y extravagante grupo de personas que se unen para hacer frente a la amenaza de Miyazaki. También retoma a los principales personajes de la anterior novela. Lo cual permite que Óscar, después de casi un año huyendo, aprenda y deje de hacer tantas tonterías. Y, por cierto, como su nombre indica, la novela habla de un simpático sistema para acabar con la humanidad.

            Ah, y una curiosidad: Los tres títulos de Crónicas del Parásito son en parte un juego metaliterario en el que la ficción se confunde con la realidad. Pues bien, en las novelas segunda y tercera aparecen dos personajes peculiares. Uno es un escritor llamado César Mallorquí, y el otro su mujer, María José Álvarez, Pepa. Soy mi propio personaje, lo cual significa que soy mi propio padre. De tal astilla, tal palo.

            En fin, queridos merodeadores, Manual de instrucciones para el fin del mundo ya está en las librerías. Y también la bonita reedición de La estrategia del parásito. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Corred a comprarlas, insensatos!

sábado, marzo 2

Políticos




            El domingo 1 de octubre de 2017, fecha del célebre referéndum catalán (que por lo visto era de mentirijillas), Pepa y yo estábamos en Barcelona. En realidad, saliendo de Barcelona, pues habíamos pasado el fin de semana allí y regresábamos en coche a Madrid. Salimos temprano, así que no fuimos testigos de ningún incidente; pero pasamos por delante de cientos, miles de banderas esteladas. La ciudad estaba llena de ellas.

            Recuerdo que por el camino comenté con Pepa que lo que más me jodía del nacionalismo catalán era que, por el principio de acción/reacción, azuzaría al nacionalismo español. Madre mía, cómo me jode a veces tener razón. Cuando llegamos a casa nos encontramos con que nuestra calle estaba plagada de banderas españolas. El jueves, cuando salimos, sólo habría un par, pero al cabo de tres días se habían multiplicado como una plaga. Creo que nuestra terraza era la única en la que no ondeaba un trapo.

Detesto el nacionalismo; me parece un sentimiento cuasi-religioso, paleto, miope y destructivo (sólo hay que recordar las monstruosas consecuencias del nacionalismo en el siglo XX). Pues bien, ¿que no quieres caldo? Toma dos tazas. Al efervescente resurgimiento del cavernario nacionalismo catalán le ha seguido el no menos espumoso alzamiento del cavernario nacionalismo español.

            Ahora es el momento de citar a Samuel Johnson (y a  Kirk Douglas, y a Kubrick): “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Porque el patriotismo es un eficaz medio de control social, que los canallas catalanes (esa derecha burguesa que se hinchó a robar mientras estaba en el gobierno) y los canallas del resto de España (esa derecha de Barrio de Salamanca que se puso ciega a robar cuando gobernaba), utilizan para tapar sus trapos sucios. Y mientras tanto, el pueblo, esos catalanes que son “buena gente”, o los otros que son “españoles de bien”, entran al trapo como becerros y bailan al son que les tocan, sin pararse un segundo a pensar. Supongo que el pensamiento está sobrevalorado. Mejor embestir.

            Pues bien, como era de prever, gran parte de la sociedad española se ha volcado a la derecha, porque es la derecha quien siempre ha preservado las esencias del nacionalismo español. Lo que pasa es que las cosas no han ido como yo pensaba (sino mucho peor).

            De hecho, soy famoso por lo errado de mis previsiones políticas. No doy ni una. Por ejemplo, siempre había pensado que el hecho de que, tras el derrumbe de la UCD, sólo hubiera un partido que aglutinara a toda la derecha, desde el centro hasta el extremo diestro, era una anomalía democrática. Así que, cuando entró en escena Ciudadanos, creí que el asunto se iba a solucionar; el PP se quedaría en la derecha extrema y Ciudadanos en el centro derecha. Por fin una derecha civilizada, pensé tontamente…

            Porque me había olvidado de Vox. Ahí estaban los trogloditas, agazapados, sin que nadie les prestara atención. Y de pronto, zas, los tienes  delante de tus narices, mostrando orgullosos su patriótica estampa de señoritos a caballo. Qué miedo me dan, madre mía; qué miedo y qué asco. Y qué dejà vu tan siniestro.

            Pero lo que ha pasado después me ha dejado aún más turulato. Pensaba yo que los distintos partidos conservadores buscarían, cada uno, su propio nicho en el espacio de la derecha, pero qué va. Vox se ha quedado en lo que es: extrema derecha. Pero el PP, por razones que luego intentaré explicar, se ha corrido tanto a la diestra que resulta difícil diferenciarlo de los del diccionario. Y Ciudadanos, hala, también ha girado hacia el extremo. Y ahí tienes a los tres, peleando por el voto jurásico.

            Siempre he pensado que los líderes políticos actúan en base a sus propios intereses. No los de sus conciudadanos, ni los de su partido: los suyos personales como individuos. De todos los líderes que van a competir en las elecciones, quien más se la juega es Pablo Casado. A Vox para triunfar le basta con entrar en el Parlamento, cosa que ocurrirá seguro, de modo que Abascal tan tranquilo. Ciudadanos incrementará con seguridad sus escaños; aunque Rivera no llegue a gobernar, nadie de su partido le discutirá el liderazgo. El PSOE será, según todos los indicios, el partido más votado; gobierne o no, Pedro Sánchez no temerá que sieguen la hierba bajo sus pies.

En cuanto a Podemos, todo augura que se pegará un señor batacazo, pero como Iglesias ya ha eliminado toda la competencia interna y ha hecho del partido su cortijo, no tendrá problemas.

            Lo de Casado es distinto. De entrada, no está consolidado como líder del PP, y muchos en su partido están esperando y deseando que se la pegue. En segundo lugar, está en un partido herido por la corrupción y los escándalos. Por último, tiene una hemorragia de votos que se van a Ciudadanos y, sobre todo, hacia Vox (de hecho, Vox es un destilado del PP). Va a perder escaños por un tubo. La única oportunidad que tiene Casado de salvar la cabeza es que los tres partidos de la derecha consigan la mayoría mediante una alianza y que el PP quede por delante de Ciudadanos, de forma que pueda gobernar. Cualquier otra opción, kaput.

            Si intentáis poneros en su piel (ya sé que es difícil, pero encasquetarse un chaleco acolchado ayuda a conseguirlo), os daréis cuenta de que Casado está haciendo lo único que puede hacer. La mayor pérdida de votos del PP es hacia Vox, de modo que para intentar recuperar a esos votantes, Casado se ha escorado radicalmente hacia la derecha (que probablemente sea lo que le mole, pero da igual). Además, así le será más fácil negociar una posible alianza con esos machotes a caballo.

            Lo que ya no entiendo es el comportamiento de Ciudadanos. Su nicho natural es el centro-derecha; ¿qué gana Rivera yéndose a la caverna? Vale, por lo visto tenía una fuga de votos hacia Vox; pero cabe suponer que si se va demasiado a la derecha perderá votos en beneficio del PSOE. Por otro lado, Ciudadanos nació como reacción frente al nacionalismo catalán. Su principal seña de identidad es el nacionalismo español. Así que ahí tienes a Rivera, Casado y Abascal, compitiendo a ver quién la tiene más grande (la bandera, la bandera). Aunque creo que, en el fondo, se trata de algo más primario. Hubo un momento en que las encuestas daban como ganador a Ciudadanos; Rivera ya se veía en el trono. Y de pronto va Pedro Sánchez y organiza una moción de censura. Y lo que es peor: la gana. Y las aspiraciones de Rivera, su rápido ascenso al poder, se esfuman. No sé, creo que es como un niño al que le enseñan un juguete para, acto seguido, quitárselo. Tiene una pataleta.

            ¿Y qué pasa con la izquierda? Creo que Pablo Iglesias es un hombre talentoso que, cegado por la vanidad y la ambición, no ha parado de meter la pata hasta dejar su partido hecho una ruina. Podemos se pegará un batacazo en las generales, aunque probablemente menor de lo que auguran las encuestas (al menos, eso espero). Respecto a esto, puedo alardear de una de mis escasísimas predicciones políticas acertadas. Cuando Podemos estaba en la cresta de la ola, auguré que acabaría deshinchándose hasta ocupar el nicho natural de la izquierda extrema (que antes pertenecía a IU); es decir, en torno al 10 o al 15 %

            En cuanto al PSOE, creo que Pedro Sánchez es un mediocre. Pero también me parecen mediocres el resto de los políticos españoles. Además, Sánchez es un mediocre, sí, pero no un sociópata. Como sí lo es algún que otro líder del bloque de la derecha.

            Hace años, juré que no volvería a hablar de política en el blog, porque me indignaba demasiado. Pero lo acabo de incumplir, y lo volveré a hacer en las próximas semanas. Pasé mis primeros 22 años de vida en el seno de una dictadura fascista; no quiero volver a nada que me recuerde a aquello. Y últimamente, amigos míos, llega a mi delicada nariz un tufo facha de lo más alarmante.

            Cuando la utopía queda lejos, y la distopía se aproxima, lo que hay que hacer es apostar por el mal menor. No es emocionante, pero sí muy práctico.

martes, enero 29

¿Maestro?




            Una de las palabras más bonitas del español es “maestro”. Lo es porque hace referencia a uno de los trabajos más importantes y honorables que existen. El oficio de enseñar, proyectar luz en la oscuridad, transmitir sabiduría. No hay palabras para describir la deuda que tenemos con los maestros.

            Pero “maestro” tiene otros significados. Según la RAE, en su primera acepción: Adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase. Es decir, un/a maestro/tra es una persona que realiza una labor de forma sensiblemente mejor que sus colegas. Por ejemplo, y sin pasar de la B, el Bosco fue un maestro de la pintura, Bach de la música, o Borges de la literatura.

            Digo esto porque de un tiempo a esta parte algunas simpáticas personas tienen la amabilidad de referirse a mí, directa o indirectamente, como “maestro” (cabe suponer que maestro en la escritura, porque la danza no se me da del todo bien). Vale, ante todo: “Gracias”. Y a continuación: “Pero no me lo merezco”.

            Dicen que quien rechaza un halago es porque quiere oírlo dos veces. No es el caso, creedme. Porque el hecho de que me llamen maestro me genera unos cuantos problemillas. El primero de ellos: que despierta mi latente síndrome del impostor.

            En el fondo de mi ser, albergo la sospecha de que soy un bluf. Tengo la sensación de que todos los éxitos y reconocimientos que he conseguido como escritor se deben a la suerte o, aún peor, a haber conseguido engañar a un montón de gente. Es decir: no me merezco lo que tengo. En fin, procuro no pensar mucho en ello; pero cuando me llaman maestro el síndrome despierta cual Godzilla y empieza a corroerme por dentro.

            El segundo problemilla tiene que ver con el ego. Detesto a la gente vanidosa, así que toda la vida he luchado por mantener mi ego estable, procurando evitar que se hunda, pero sobre todo impidiendo que se hinche. Si de verdad creyese que soy un maestro, ¿en qué clase de gilipollas me convertiría?

            Por último, estoy convencido de que aquellos que me llaman maestro lo hacen por deferencia, no porque piensen que soy un auténtico maestro de la literatura. Es una muestra de amabilidad, y como tal la agradezco de todo corazón, en serio. Pero también es una señal. Hace diez años nadie me llamaba maestro. Ahora sí. ¿Qué ha cambiado? Sencillo: mi edad. Mucho me temo que me llaman maestro por la simple y deprimente razón de que soy viejo. Así que me lo tomaré como un piropo inmerecido y una muestra de respeto a mis canas. Gracias de nuevo. Pero no soy un maestro.

            Siempre me he considerado, en cuanto a calidad, un escritor de clase media. No soy un estilista de la prosa (ni quiero serlo); no he abierto nuevos caminos en la literatura; no he abordado grandes y profundos temas.  Soy un escritor de género (o más bien de géneros) cuya máxima ambición es narrar historias lo mejor posible. Nunca he pretendido ser un artista, pero sí un buen artesano.

            Mi estilo literario es, en general, clásico; lo cual significa que copio a un montón de autores mejores que yo. Aunque, eso sí, aportando mi toque personal, esa huella particular que, para bien o para mal, hace diferente lo que escribo. Así que, ya veis, no soy un maestro, sino un alumno.

            En un país  donde lo que siempre ha primado ha sido la literatura realista, a mí el realismo a palo seco tiende a aburrirme. Creo, como reza la atinada frase, que la realidad es lo que inventan las personas que tienen poca imaginación. Prefiero los sueños, porque sin sueños la vida sería un coñazo. Y soñar no está bien visto en este país de gente adusta y sombría. Nada de eso me da puntos para alcanzar la maestría, más bien al contrario.

            Pero es que, además, aunque pudiera no querría ser un maestro. ¡Por Júpiter, qué responsabilidad! Me sentiría obligado a ir por el mundo con aire circunspecto, las manos entrelazadas a la espalda y diciendo “hum…” y “mmm…” en tono severo. Acabaría tomándome en serio a mí mismo, y no concibo mayor pecado para alguien que le gusta soñar y se dedica a la ficción.

            En 1950, durante la caza de brujas de McCarthy, tuvo lugar una reunión de la junta del Sindicato de Directores de Estados Unidos, cuyo objetivo era dirimir si se expulsaba a Joseph L. Mankiewicz por negarse a colaborar con el inquisitorial  Comité de Actividades Antiamericanas, y confeccionar una lista negra de directores. El principal impulsor de ambas medidas era Cecil B. De Mille. En un momento del debate, John Ford pidió la palabra y, antes de poner a parir a De Mille, se presentó a sí mismo de la siguiente manera: “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”.

            Por aquel entonces, Ford era el director más respetado de Hollywood. Quizá sea el mejor realizador de la historia del cine. Si alguien merecía ser tildado de maestro, era él. Sin embargo, a la hora de presentarse, Ford se limitó a decir “hago películas del oeste”. Bravo, esa es la actitud. Por mi parte, y sin pretender ni remotamente equiparar mi pobre talento al suyo, me gustaría presentarme diciendo: “Me llamo César Mallorquí y cuento historias”. Pero, ¿maestro?... Qué va.

            Así que, si algún día me llamáis “maestro”, sé que lo haréis por amabilidad y responderé al halago con una sonrisa, intentando olvidar que en el fondo me estáis llamando “viejo”. Cabrones, que sois unos cabrones. Pero encantadores, eso sí.

miércoles, enero 2

Diez maneras de sacar de sus casillas a un escritor.


 
            Por lo general, tenemos una imagen mental según la cual los escritores son personas sosegadas, sabias y amablemente intelectuales. Es falso, por supuesto; hay toda clase de escritores, desde los adorables hasta los asesinables, y aquí me tenéis a mí como malhumorado ejemplo. Porque, por si no os habíais dado cuenta, los escritores somos seres humanos… Si nos pincháis, ¿no sangramos? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos?, y todo ese rollo que se marcó el viejo Will.

            Pero da igual, imaginemos un escritor ideal, tranquilo, reflexivo, moderado, un encantador escritor de peluche. ¿Queréis sacarlo de sus casillas? ¿Queréis verlo bramar en medio de un acceso de ira? ¿Queréis que eche espuma por la boca? Pues estáis de suerte, porque os voy a proporcionar la receta infalible para tocarle los pelendengues a cualquier escritor. En realidad, se trata de diez frases que, una vez pronunciadas, son torpedos bajo la línea de flotación del literato que las oiga, por templado que sea.

            1. Pues a mí se me ocurren muchas historias. Ya verás, te voy a contar unas cuantas… Normalmente, quien te dice eso es un extraño que te acaban de presentar. O un cuñado. Y el escenario de tamaña amenaza suele ser un restaurante o el comedor de una casa. Si eres escritor y alguien te dice eso, dispones de varias opciones: a) Coge un encendedor y, disimuladamente, préndele fuego al mantel. Entonces, con la excusa de buscar un extintor, echa a correr y huye como un conejo. b) Fingir un ataque al corazón también suele funcionar, pero luego tendrás que dar muchas explicaciones en el hospital. c) Si todo falla, dale un puñetazo en la nariz.

            2. He escrito una novela de 600 páginas y he pensado que no te importaría leerla, y corregirla, y darme unos consejos… Claro, claro; porque no tengo nada mejor que hacer. Y luego te la chupo, ¿no? Por lo general, quien te dice eso es un perfecto desconocido que contacta contigo por mail o messenger. Cuando me recupero del asombro que me produce esa propuesta, le recuerdo al remitente del mensaje que hay profesionales de la edición que, por un módico precio, le prestarán esos servicios que a mí me solicita gratis.

            3. He leído tu novela y está muy bien, pero ¿te importaría decirme qué pasa después? ¿Que qué pasa después?... ¿Que qué pasa después?... ¡No pasa nada! ¡Ni antes! ¡Ni durante, porque todo eso me lo he inventado!

            4. ¿Y a ti eso de la literatura te da para vivir? (pronunciando “eso de la literatura” como si se estuviera hablando de un saco de mierda). Lo mejor es no perder los nervios y responder: “No, pero me saco un sobresueldo prostituyendo a menores”.

            5. Cuéntanos algo acerca de tu vida bohemia. Esto me pasó a mí. Tras dar una charla en no recuerdo qué instituto, en el turno de preguntas, la profesora me pidió que les hablara a sus alumnos de mi vida bohemia. Le dije que mi vida no era nada bohemia, que estaba casado y tenía dos hijos, le conté mi oficinesco horario de trabajo, pero nada, la buena mujer siguió convencida de que mi vida oscilaba entre la absenta y las prostitutas. Ahora me arrepiento; debería haberme inventado algo horrible…

            6. Yo tengo un montón de ideas. Te las cuento, las escribes y vamos a medias. Claro, porque esa mierda de idea que se te ha ocurrido tiene el mismo peso que los muchos meses que se tarda en escribirla. Porque el tratamiento, la composición de personajes o la estructura narrativa no tienen ninguna importancia al lado de la gilipollez que se te ha pasado por la cabeza en un momento de distracción. Además, yo soy medio tonto y no se me ocurre nada, pero lo que me sobra es tiempo para escribir… Lo habéis pillado, ¿no?; lo mejor es el sarcasmo.

            7. ¿Por qué el protagonista se llama Fermín? O ¿por qué el coche que sale es un Citroën?, o ¿por qué el mayordomo es calvo?, o por qué lo que sea. Veréis, queridos niños, no todo lo que aparece en un relato tiene que tener una razón. Por ejemplo, pequeñines, muchas de las cosas que hay en mis novelas son así, sencillamente, ¡porque me sale de los güevos!

            8. Y, aparte de escribir, ¿tienes algún trabajo de verdad? Se pueden buscar respuestas ingeniosas, pero no vale la pena; mucho mejor un buen puñetazo en la nariz.

            9. ¿Por qué en tus novelas no aparecen transexuales? (Lo que, traducido, significa: eres un nauseabundo representante del heteropatriarcado). Tampoco aparecen chinos, ni hermafroditas, ni albanokosovares, ni mendigos hindúes, ni albinos, ni ingenieros de telecomunicaciones, ni guerrilleros revolucionarios, ni islamistas, así que, además de machista, debo de ser xenófobo, clasista, retrógrado, islamófobo y elitista. ¿Valdría de algo decir que mis novelas son simples relatos, no catálogos de las diversas variantes de la especie humana? ¿Valdría de algo objetar que no conozco personalmente a ningún transexual, que si quisiera escribir sobre ellos debería documentarme antes en profundidad, y que no le encuentro ningún sentido a todo ese esfuerzo si el argumento no lo precisa? No, no valdría de nada; así que a Parla, ya sabéis para qué.

            10. ¿Qué pretendes decir con tu novela? O sea, que después de muchos meses de planificar la novela, después de muchos meses de escribirla, después de revisarla, corregirla y editarla, vas tú, lees la novela ¿y no sabes lo que he pretendido decir? Ahora sí; traedme la cicuta, por favor…

lunes, diciembre 24

El tradicional y entrañable cuento navideño de Babel

 

Queridos merodeadores, como sabéis, este es un día muy especial en el blog. La Nochebuena, el día que cuelgo el cuento de Navidad en Babel. Supongo que es una tontería, pero es importante para mí, me hace feliz, me siento más unido a vosotros, aunque no os conozca en persona. Se ha convertido en un rito, igual que el árbol de Navidad o los villancicos. El 24 de diciembre por la mañana voy a mi despacho, me siento frente al ordenador y escribo un post como este.

Pero este año no va a ser así. De entrada, ahora, cuando escribo esto, no es el 24, sino el 23. Y no estoy en mi despacho, sino en la cama de un hospital. Y no escribo en el ordenador, sino en un IPad. Y no lo colgaré yo en el blog, sino que lo hará Pepa, mi mujer.

Qué le vamos a hacer.

Para los que no lo sepan, el pasado día 20, durante una cena de escritores en un restaurante, tropecé con un escalón que no había visto, me caí y me rompí la cabeza del fémur derecho. El día 22, me operaron. Estoy bien y en dos o tres días saldré del hospital. Pero también estoy un poco deprimido, espero que me perdonéis el bajón...
 
¡Pero, pero, pero!... eso lo escribí ayer. Y hoy, 24 de diciembre, ¡el traumatólogo me ha dado el alta!
¡Estoy en casa, en mi despacho! Ha sido el mejor regalo de Navidad de mi vida. No me pongo a dar saltos de alegría porque ya no me quedan más caderas que romperme. Iban a ser las peores Navidades de mi vida, pero al final ha resultado que van a ser las mejores. ¡¡Yuppy!!
 
Voy a decir una cursilada: amo La Fraternidad de Babel; este blog, que comenzó hace 13 años casi por casualidad, se ha convertido en parte de mi vida. Y otra moñez, ésta para los merodeadores más veteranos: os quiero. Cada vez que leo vuestros nombres en los comentarios se me alegra el corazón. Gracias por seguir merodeando por aquí.

Os deseo a todos que paséis unas fiestas fabulosas, llenas de alegría y un poquito de nostalgia. Recordad cuando erais niños, recordad la inocente felicidad de estas fechas. Volved a ser niños. Os merecéis lo mejor. Felices fiestas, amigos míos, feliz Navidad, feliz Solsticio, feliz año nuevo.

Este año, el cuento de Navidad se llama “El visitante de medianoche”. Y comienza así:
 
Horas antes de que un extraño irrumpiera en su hogar amparado en la oscuridad de la noche, Matías Folch había pasado la Nochebuena cenando solo en la quietud de su pisito de soltero. (...) 
 
Si queréis seguir leyendo, pinchad AQUÍ