jueves, julio 24

Viajes de papel


 
 
            Hay muchas formas de encarar las vacaciones. Algunos, la mayoría, se trasladan a un lugar de playa, o montaña, y allí se apalancan, sin apenas moverse de donde están. Otros hacen lo mismo, pero tienen su propia casita, adonde van todas las vacaciones. Esta última opción me desconcierta: ¿Ir siempre al mismo lugar, año tras año? Me parece un coñazo, pero para gustos los colores.

            Otra alternativa son los viajes organizados. Te llevan de un lado para otro y te dicen lo que puedes y/o debes hacer. Ahora te montas en un autobús, ahora tienes cinco minutos para hacer fotos, ahora haces compras, ahora te culturizas con una visita guiada a tal monumento, ahora te diviertes... Quienes practican este tipo de viaje parecen pistoleros del oeste haciendo muescas en la culata de su revolver. Me los imagino con una libretita, tachando destinos a toda leche. ¿Taj Mahal? Check. ¿La Alhambra? Check. ¿Mont Saint Michel? Check. ¿El Gran Bazar? Check. ¿Hoy es martes? Entonces esto es Bélgica. Los cruceros son una variante acuática, y a la larga claustrofóbica, de esta clase de vacaciones.

            Pero hay toda suerte de opciones. Dedicarte a practicar tu afición favorita (surf, escalada, cazar mariposas, lo que sea). Ser tan hijo de puta como para hacer turismo sexual. Asistir a conciertos y actividades culturales. Irte a tu pueblo, con los parientes... ¿Sabéis cuál es la mía? Irme a un país, coger un vehículo y recorrer una zona a mi aire, parándome donde y cuando me apetece, y yéndome a otro lugar cuando me venga en gana.

            Mi límite para apalancarme en un sitio, por estupendo que sea, es de una semanita. Al cabo de ese tiempo empiezo a ponerme nervioso y me entran unas ganas enormes de salir pitando. De hecho, cuando mis hijos eran muy pequeños y tenía que pasar todas las vacaciones en el mismo lugar, me dedicaba a hacer constantes excursiones por los alrededores. Pero bueno, sólo se trata de mis gustos personales.

            ¿Sabéis lo que siempre me ha irritado? La pedante diferenciación entre “viajero” y “turista”. Creo que esto lo inició Paul Bowles en su novela El cielo protector, donde decía: “No se consideraba un turista. Él era un viajero. Explicaba que la diferencia reside, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”.

            Bueno, dejando aparte que eso más bien es un nómada, el problema de esa distinción es que es deshonesta. Porque al decir “viajero” estamos pensando en la forma más sublime de eso, de viajero (un Indiana Jones o un Marco Polo cualquiera), mientras que al decir “turista” nos imaginamos la forma más abyecta de turista, con pantaloncitos cortos, chanclas y un porrón de sangría. Pero hay muchos tipos de turismo. Además, en definitiva, o vives en un sito (y no eres ni turista ni viajero), o trabajas provisionalmente allí, o estás de paso para echar un vistazo, con lo cual ni viajero ni leches: eres un turista.

            En cualquier caso, queda muy bien, muy elitista, muy snob, decir: “No soy un turista: soy un viajero”. Anda y que te den... Porque el sentido que se le pretende dar a la palabra “viajero” es equívoco, un sentido que en realidad sólo correspondería a los exploradores y los aventureros, que se juegan la piel en el viaje. Todo lo demás es una forma u otra de turismo.

            Por cierto, ¿sabéis de dónde viene la palabra “turismo”? Pues de Grand Tour, una costumbre de los jóvenes aristócratas ingleses que consistía en realizar una largo viaje por Europa tras acabar sus estudios para complementar su formación (algo así como el Erasmus). Comenzó en el siglo XVII y su objetivo era familiarizarse con la cultura clásica y renacentista. Al principio se centraba en dos países, Francia e Italia, a los que se añadieron Alemania y Austria. En el siglo XVIII la costumbre se extendió a los hijos de la burguesía. Más tarde, en el XIX, con el Romanticismo, el Grand Tour se amplió a Grecia, Turquía y España. Y ya en el siglo XX la costumbre se democratizó para convertirse en lo que ahora conocemos como turismo.

            Pero bueno, de lo que quería hablar es de una forma especial de turismo: los viajes de papel. Me fascinan los mapas, me chiflan los atlas. De pequeño, me metía en el despacho de mi padre, cogía algún National Geographic y el mapa que incluía, y comenzaba a seguir una ruta. No sabía inglés, así que me centraba en las fotos y los nombres. Yucatán, Moka, Tierra de Baffin, Isla Kodiak, Samarcanda, Bahía de Cook, Zanzíbar... Esos nombres exóticos eran como píldoras para soñar.

            Mucho después, he tenido que documentarme sobre geografía para escribir algunas novelas. Por ejemplo, en La piedra inca, el protagonista (Jaime Mercader) realiza un largo viaje desde Cartagena de Indias hasta la selva amazónica de Perú. Para describirlo, usé mapas, libros e Internet, que es utilísimo para estas cosas. Me lo pasé bomba. En el caso de La catedral, ambientada en la Edad Media, el prota debía viajar de Navarra a la Bretaña francesa. Primero hice el viaje sobre el mapa, y después, en verano, dediqué las vacaciones a hacerlo físicamente, en coche. Fue interesante comparar sueños con realidad (en ese caso, ganó la realidad).
 
 

            ¿Os gusta, como a mí, viajar sobre el papel? Supongo que sí, porque en caso contrario no estaríais leyendo este blog. Entonces, os recomiendo un libro: Atlas de islas remotas (Capitán Swing & Nørdicalibros 2013), de Judth Schalansky. El subtítulo del libro aclara aún más el asunto: Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré. Es decir, un atlas de algunos de los lugares más inaccesibles y solitarios del mundo. Es un libro precioso (la autora, aparte de escritora, es diseñadora gráfica), con las islas distribuidas según los mares donde se encuentran. Cada isla ocupa una doble página: el texto a la izquierda y un mapa a la derecha.

            Los textos que hablan de cada isla son breves, pero fascinantes. A veces cuentan cómo se produjo su descubrimiento. Otras veces se limitan a describir lo que hay allí. En ocasiones narran alguna leyenda o historia relacionada con la isla. Schalansky es una excelente escritora y consigue que su prosa sea poética en el espíritu, aunque no en la forma (la mejor variedad de poesía, en mi opinión). Son textos evocadores, sugerentes, inspiradores, exóticos, a veces enigmáticos.

            ¿No resulta asombroso descubrir que, hasta finales de los 90, más gente había pisado la Luna que la Isla de Pedro I en el Antártico? ¿O que existe una Isla Robinsón Crusoe (en el archipiélago Juan Fernández del Pacífico), llamada así porque en ella naufragó el hombre que inspiró a Daniel Defoe para escribir su novela, el escocés Alexander Selkirk? ¿O que hay una cordillera llamada Jules Verne en la isla Posesión, en el archipiélago Crozet del Índico? (También hay un cráter Jules Verne en la cara oculta de la Luna).

            Pero mi historia preferida, la más asombrosa, es la de Rapa Iti, en las Islas Australes de la Polinesia Francesa. Todo comenzó en Francia a mediados del siglo XX, en Luxeuil, un pequeño pueblo de la Haute-Saône. Allí vivía Marc Liblin, un adolescente al que le ocurría algo extraño: cada noche, soñaba que una persona le visitaba y le enseñaba un idioma desconocido. Finalmente, después de muchos sueños, Liblin llegó a dominar el idioma. Cuando tenía treinta años, conoció a un lingüista de la Universidad de Rennes y le habló del idioma onírico. Ni el profesor ni ninguno de sus compañeros conocía esa lengua, pero se trataba de un lenguaje demasiado bien estructurado para tratarse de una mera invención. Entonces tuvieron una idea: visitarían las tabernas de los puertos y le preguntarían a los marineros si en alguno de sus viajes habían oído un idioma parecido.

            Y en Rennes, el dueño de una taberna, tras oír a Liblin hablar esa lengua misteriosa, dijo que la conocía, que era el idioma que se hablaba en Rapa Iti, una de las islas más lejanas de la Polinesia. Y no solo eso, además conocía a una nativa, viuda de un militar, que vivía allí mismo, en Rennes. Fueran a verla, Liblin la saludó en la lengua de sus sueños y ella, que se llamaba Meretuini Make, le respondió en el antiguo Rapa que se hablaba en su isla natal. ¿Y sabéis cómo acabó la cosa? Pues Marc y Meretuini se enamoraron, se casaron y en 1983  se fueron a vivir a Rapa Ini. Y supongo que vivieron felices y comieron perdices, o el pájaro que sea que se coma allí.
 
 

            Curiosa historia, ¿verdad? Y por lo visto auténtica, pues, según he comprobado en Internet, está muy documentada (os adjunto una foto de Liblin y, supongo, de su esposa Make). Sin duda, tiene una explicación, pero hasta ahora nadie se la ha encontrado (que yo sepa).

            En fin... Soledad, Isla del Oso, Annobón, Thule Sur, Pukapuka, Pitcairn, Isla de los Cocos, Takuu, Isla Decepción... qué hermosos nombres para soñar, que maravillosos viajes de papel.

miércoles, julio 16

Tina


 
            Iba a escribir este post sobre la muerte de Alfredo Di Stefano; no por su condición de figura del fútbol, sino como referente de una época. De hecho, no recuerdo haberle visto jugar en su momento; lo que no es extraño, porque de pequeño no me interesaba mucho el balompié, y cuando Di Stefano era la gran figura del Real Madrid yo tenía menos de diez años.

            Pero mi padre y mis hermanos mayores eran socios del club blanco, y en verano solíamos ir a la piscina del Santiago Bernabéu, así que, aunque no era muy aficionado al fútbol, me sentía del Real Madrid y le prestaba cierta atención a Di Stefano; más sin duda que a cualquier otro futbolista de la época. Sin embargo, sólo recuerdo una cosa de él: un anuncio de medias.

            Era en blanco y negro. La pantalla aparecía dividida horizontalmente por la mitad; en la parte superior se veía a Di Stefano cortado de las caderas para abajo, y en la parte inferior, justo debajo, una piernas de mujer. Y el futbolista decía: “Si yo fuera mi mujer, usaría medias Berkshire”. El anuncio era simpático, pero fue un escándalo, porque en aquella época (y en la de ahora, me temo), nada había más sagrado que un as del fútbol, y muchos se lo tomaron como si su ídolo se hubiera prestado al ridículo (Bernabéu consiguió que retiraran el spot). No abundaba el sentido del humor en la España de los 60.
 

            En fin, pensaba hablar de Di Stefano; iba a titular la entrada “Oh la saeta”, mezclando el poema de Machado con el sobrenombre del jugador, “La Saeta Rubia”, pero no voy a hacerlo, porque entre medias se ha interpuesto otra muerte. A Di Stefano le conocéis todos, pero sólo unos poquitos merodeadores la conocieron a ella. Se llamaba Ernestina Álvarez, Tina, y era la madre de mi gran amigo Samael. Tenía 94 años y murió en su casa del madrileño barrio de Chamberí, donde había vivido siempre, el pasado 9 de julio.

            Ahora que lo pienso, el anuncio de Di Stefano apareció en 1962, y debió de ser ese año, o el siguiente, cuando conocí a Tina. Samael y yo éramos compañeros de colegio –el San Alberto Magno- y vivíamos muy cerca el uno del otro. Un día fui a su casa y conocí a su madre; no recuerdo las circunstancias, pero sí la impresión que me produjo. Porque Tina, que por entonces debía de contar 42 o 43 años, era muy, pero que muy parecida a Luisa Sala, una actriz muy popular en esos tiempos (que, por cierto, murió en el 86 atragantada con un trozo de carne). Como Samael y yo nos hicimos inseparables, desde entonces, y a lo largo de unos 20 años, traté muchísimo con Tina. En cierto modo, me convertí en uno más de la familia.

            Tina no tuvo una vida fácil. Era funcionara de Hacienda. Tenía tres hijos; Carmen, la mayor, Dámaso y Samael (que, por supuesto, no se llama así, pero respetaré su nik). Su marido la abandonó cuando Samael era muy pequeño, para largarse a Venezuela con una pelotari (raro, sí, pero cierto). El padre nunca se ocupó demasiado de su ex-familia, y mucho después, cuando regresó a España, demostró una gran mezquindad, tanto con Tina como con Samael. A comienzos de los 70, Dámaso, el segundogénito, falleció en un accidente de tráfico.

            Con todo, pese a haber perdido a un marido y, lo que es más doloroso, a un hijo, Tina siguió adelante siendo como era. ¿Y cómo era? Pues, sencillamente, la persona más bondadosa que he conocido en mi vida. Siempre sonriente, siempre optimista, siempre dispuesta a echar una mano, siempre cariñosa. También era ingenua, pero creo que en su caso la ingenuidad fue un escudo que la protegió de la gente que no se portaba bien con ella, que por desgracia la hubo.

            Respecto a esto, su ingenuidad, hay una anécdota muy divertida. Hace muchos años, Samael, por entonces un veinteañero, estaba en su cuarto fumándose un porro con un amigo y partiéndose de risa. Montaron tanto alboroto que Tina fue a ver qué pasaba. Y Samael, que es un cachondo, le dijo: “Estamos fumando tabaco de la risa, mamá. Es muy divertido. ¿Quieres probarlo?”. Tina aceptó, le dio unas cuantas caladas al porro y... le entró un ataque de risa, como manda Santa Cannabis Índica. Tanto le gustó la experiencia que, durante los siguientes días, cada vez que llegaba a casa le preguntaba a Samael si tenía “tabaco de la risa”, y madre e hijo compartían alegremente un canuto.

            Hasta que un día, Tina comentó en el trabajo lo divertido que era el “tabaco de la risa” de su hijo, y sus compañeros, supongo que con no poco cachondeo, la hicieron ver que estaba fumando porros. Entonces, cuando volvió a casa, fue a buscar a su hijo, consternada, y le dijo: “¡Me has hecho consumir droga! ¡Droga!”. Pero no le duró mucho la indignación, porque Tina no sabía enfadarse.

            También era un espléndida cocinera. Hubo un momento, cuando yo era muy joven y pobre como una rata, en que me quedé sin un céntimo. No tenía ni para comer. Entonces Tina me acogió a su mesa y me estuvo alimentando durante todo un mes, y sé que procuraba esmerarse y que compraba lo mejor que encontraba en el mercado, porque me tenía cariño y ella era un pedazo de pan. Nunca se lo agradeceré lo suficiente.

            Pero el tiempo pasó; Samael y yo hemos mantenido viva nuestra amistad, pero nos casamos (no juntos, ojo), él se cambió de casa y yo dejé de ver a Tina. Aun así, seguí teniendo noticias de ella a través de su hijo. Hace unos años, supe que Tina, que pese a su edad estaba en buena forma física, había comenzado a padecer demencia senil. Hace no mucho murió su hija Carmen, de cáncer, pero creo que Tina apenas se enteró; lo que fue una suerte, porque esa dulce mujer no se merecía un palo más. Últimamente, su demencia senil se había agravado y ya no estaba en este mundo, sino en un constante delirio en el que creía ser una niña. ¿Acaso dejó de serlo alguna vez?

            ¿Sabéis?, cuando la semana pasada me enteré de su muerte, no lloré, ni me entristecí especialmente, aunque sí me sumergí en una suave melancolía. Porque, en realidad, su muerte no ha sido una tragedia, sino un proceso natural. Tenía 94 años, una edad muy avanzada. Lo trágico era el estado en que se encontraba, convertida en una caricatura de lo que fue, en una broma cruel. Trágico no para ella, que probablemente ni se enteraba de lo que le estaba pasando, sino trágico para su hijo.

            Además, creo que Tina, tras los primeros infortunios, tuvo suerte. Nunca le faltó trabajo, siempre vivió en un piso estupendo de la calle Trafalgar (primero de alquiler, y luego comprado a un precio irrisorio), con una terraza de quitar el hipo, y además tenía una casita en Torrelaguna (un pueblo de Madrid, cerca de la sierra) donde pasaba los fines de semana y el verano, en compañía de sus amigas y su familia. Siempre gozó de espléndida salud. Hubo mucha gente que la quiso, porque era imposible no quererla.

            Pero sobre todo, tuvo suerte con sus hijos, Carmen y Samael, que siempre la trataron bien. En especial con Samael, que cuidó de ella en sus últimos tiempos, los más duros. Tina no falleció tras una larga y dolorosa enfermedad, sino de repente, con rapidez, sin sufrir. Una muerte envidiable, una suerte. Y murió junto a su hijo, como le habría gustado.

            Tina era una mujer religiosa. Yo no lo soy, pero ¿eso qué importa? Así que espero, querida Tina, que tuvieras tú razón en eso de Dios y el Paraíso, y no yo, porque si existe un Cielo, desde luego tú eres la que más se merece estar en él. Descansa en paz.

            (Y ahora, de repente, me da por llorar. Seré idiota...)

jueves, julio 3

En serie


 

            Hace tiempo que no hablamos de series de TV, ¿verdad? Desde que mi amado House se perdió en lontananza a lomos de su motocicleta, no he levantado cabeza... Miento, otras series han venido a llenar el vacío que el viejo Greg dejó en mi corazón. Soy voluble cual veleta, qué le vamos a hacer.

            El año pasado vi, una tras otra, todas las temporadas de Breaking Bad y, ay mamma mía, que cosa más buena. Jamás he visto nada parecido, ni en TV, ni en cine, ni siquiera en novela. Ya sabéis la historia: un modesto profesor de química, Walter White descubre que tiene cáncer de pulmón y, para dejar situada a su familia, se pone a fabricar (“cocinar”) metanfetamina. Gana enormes cantidades de dinero y se somete a un tratamiento contra su enfermedad que resulta exitoso. Pero aunque recupera la salud y tiene millones, White sigue traficando con meta, porque ha probado el lado oscuro y ya no puede vivir sin eso. En definitiva, un hombre bueno que decide hacerse malo.

            Breaking Bad es una parábola sobre el mal y sus consecuencias, todo aderezado con un humor negrísimo y una crudeza escalofriante. La versión hispanoamericana de la serie se titula Metástasis, y me parece un título adecuado, porque se refiere a la enfermedad del protagonista, pero también es una metáfora que muestra al mal como un cáncer que poco a poco se va extendiendo hasta consumirlo todo. Si no la habéis visto, ¿a qué narices estáis esperando?

            También vi The Bridge y resultó ser estupenda. Está basada en una serie danesa, que no he visto y que, según dicen, es muy buena, pero dudo que sea mejor que su versión yanqui. Por una razón: no sé qué diferencias culturales existen entre Dinamarca y Suecia (que es el marco de la versión original), pero así, a simple vista, muy pocas. Sin embargo, las diferencias entre USA y México son enormes -sobre todo si le añadimos el factor del narcotráfico- y creo que mucho más interesantes (ese factor también añadía interés a Breaking Bad). Los protagonistas, Diane Kruger, en el papel de una policía yanqui con síndrome de Asperger, y Demián Bichir, interpretando a un policía mexicano, funcionan con una química inesperada. Lo dicho, una serie realmente buena (por cierto, el 10 de julio comienza a emitirse la segunda temporada).

            Una serie parecida a esta es The Killing (también está basada en una producción danesa); vi las dos primeras temporadas y no estaban nada mal, aunque es mucho mejor The Bridge.

            A principios de año se emitió la primera temporada de una joya más de HBO: True Detective, una historia autoconclusiva de ocho episodios. Vamos a ver, cómo explicarlo... ¿Os gusta el “gótico americano”? Pues True Detective es lo más “gótico americano” que pueda concebirse. Está ambientada en Luisiana y narra la investigación de una serie de asesinatos rituales realizada por dos policías de caracteres opuestos: Martin Hart (Woody Harrelson), el típico americano de clase media, y  Rustin Cohle (Matthew McConaughey), un hombre al que la muerte de su hijo le ha destruido por dentro.

            Todo es oscuro en True Detective, incluso a plena luz del día, todo es ominoso, sucio y corrupto. Pocas veces he visto en pantalla una atmósfera tan turbia y malsana (en el cine actual, sólo en algunas películas de David Fincher). He leído una crítica que compara la serie con las novelas de John Connolly (las protagonizadas por el detective Charlie Parker –excelentes, por cierto-), y es verdad. Pero esta serie es mucho más que un thriller.

            Sobre todo es un estudio de personajes. Las interpretaciones de Harrelson y McConaughey son excelentes, pero el personaje de Cohle es más rico y llamativo, lo que permite el lucimiento de McConaughey (este papel le ha encumbrado a la categoría de actor de culto). Imaginaos a un intelectual nihilista y ateo insertado en el seno de una sociedad paleta y ultrarreligiosa. Como gasolina y agua.

            ¿Cuántas veces habéis visto en la tele a algún personaje que pretende ponerse trascendente y suelta largas parrafadas que, en realidad, no son más que una sarta de vulgaridades? Pues bien, Cohle se explaya en largos monólogos filosóficos –en el curso de un interrogatorio policial que se intercala en los episodios-, pero lo que dice posee una profundidad –desoladora, eso sí- rara vez vista en TV. No es palabrería, sino una visión tristemente coherente de la existencia.

            El trabajo de su creador y guionista, el escritor Nic Pizzolatto, es soberbio (estoy deseando leer alguna de sus novelas), pero la realización de Cary Fukunaga no se queda atrás (hay que prestarle mucha atención a este director). En resumen: una obra maestra, no os la perdáis. (La segunda temporada tendrá distinto argumento, distintos personajes y distintos actores).

            Por lo demás, he seguido viendo mis buenas series de siempre: La magistral Mad Men. La incombustible Juego de Tronos (de la que hablaré algún día). La persistente The Walking Dead. Reconozco que me gusta esa serie, aunque en general los zombis me aburren. Pero creo que en realidad la serie no trata sobre zombis, sino sobre supervivencia. El episodio 14 de la 4ª temporada, “The Grove”, es uno de los más demoledores de la historia de la TV. Te deja hecho polvo (jamás imaginé ver algo así en la pequeña pantalla). Big Bang y Modern Family se repiten, pero les he cogido cariño. La única serie “convencional” que sigo es El mentalista. Es repetitiva, cierto, y a veces los guiones son muy tontos, sí, pero me gusta el personaje protagonista, y el actor que lo interpreta, Simon Baker, lo hace muy bien.

            Disfruto como un enano con Vikingos; me gusta el escenario de la alta Edad Media y me encanta la cara de psicópata que tiene el prota. Me parece increíble que Hannibal (protagonizada por el querido Dr. Lecter) sea una serie en abierto (por oscura y grimosa), pero más increíble me parece lo buena que es. Vi con asombro la primera temporada y tengo grabada la segunda, a la espera de darme una panzada de morbo y canibalismo. He visto también las primeras temporadas de The Americans y Orange is the New Black y... no están mal, pero no sé yo si voy a seguir viéndolas mucho tiempo. Ah, tengo grabada la primera temporada de Masters of Sex, pero aún no la he visto. Dicen que recuerda a Mad Men...

            Y ya para terminar, un gran descubrimiento: Louie. Es una comedia (¿lo es?), con episodios de 23 minutos de duración, protagonizada por el humorista americano Louie C. K., especializado en monólogos. ¿Es una sitcom? Buen, al principio tenía estructura de sitcom, pero la verdad es que no se parece en nada a una sitcom. Entonces, ¿qué es?

            La serie está protagonizada por Louie C. K., interpretándose, se supone, a sí mismo. Al principio, cada episodio consistía en una pequeña historia muy de la vida cotidiana, salpicada con fragmentos de monólogos. En ese sentido recuerda a Seinfeld, pero el tratamiento es completamente distinto, y más conforme avanza la serie (de hecho, Seinfeld aparece de vez en cuando como actor invitado, igual que otros humoristas y actores, como Ricky Gervais, Robin Williams, Chloë Sevigny, Sarah Silverman, Jeremy Renner o David Lynch). En cuanto a los monólogos, puedo aseguraros algo: su humor es el más salvaje y afilado que jamás hayáis visto. Es increíble las atrocidades que dice Louie C. K., y la arrolladora gracia con que las dice. Sin duda, se trata del humorista más políticamente incorrecto de la actualidad.

            Pero la serie ha mutado y en la cuarta temporada se ha convertido en algo distinto. El humor salvaje ha ido menguando (pero no desapareciendo) y las tramas se centran más en la vida cotidiana de su protagonista, un humorista divorciado y con dos hijas pequeñas. Son historias mínimas que se prolongan a lo largo de varios capítulos, historias llenas de lucidez y honestidad. Y a veces de poesía. Una maravilla, vamos.

            ¿Queréis un ejemplo? En el tercer capítulo de la cuarta temporada, una desconocida humorista gorda, llamada Vanessa, intenta ligar con Louie, pero éste le pone excusas. Ella insiste día tras día y, finalmente, Louie accede a dar un paseo con ella. Y durante ese breve cita, la chica gordita, interpretada por Sarah Baker, suelta un monólogo acerca de las gordas y los hombres que ha causado sensación. ¿Queréis verlo? Podéis hacerlo pinchando AQUÍ. Está en inglés y no he encontrado ningún vídeo que tuviera subtítulos. No obstante, si como yo no sois ducho en la lengua de Shakespeare, al final de esta entrada os pongo una transcripción traducida que he copiado de la revista Icon.

            Supongo que me habré olvidado de alguna serie, pero con estas ya son bastantes, incluso demasiadas. Besos.
 

Louie le comenta a Vanessa lo difícil que es conseguir novia. Ella le reta: "Inténtalo en Nueva York, bien pasados los 30 y siendo gorda". Él, claro, responde lo que el 90% de los hombres hubieran contestado en ese contexto: "Venga, tú no eres gorda". Y sucedió este lacerante monólogo:

Vanessa: Joder, qué decepción, Louie. ¿Sabes qué es lo más cruel que le puedes decir a una chica gorda? 'Tú no eres gorda'. Tío, es que es un asco. De verdad que lo es. Y lo peor es que ni siquiera está bien visto que te lo diga. La gente no está dispuesta a escucharlo. A ver: tú puedes salir al escenario y hacer un chiste sobre los kilos que te sobran y que por eso te cuesta tener novia… y todo el mundo se ríe. Es adorable. Pero si lo hago yo lo que se creen es que estoy al borde del suicidio.

¿Puedo decirlo? Soy gorda. Y es un asco estar gorda. ¿Podríais dejarme decirlo de una puñetera vez? Mira, me gustas de verdad. Eres un buen chico y a lo mejor la estoy tomando injustamente contigo, pero, en nombre de todas las gordas, voy a hacerte representar a todos los hombres del mundo y te voy a preguntar: ¿Por qué nos odiáis tanto? ¿Qué es lo que tienen cosas básicas de la humanidad como la felicidad, el sentirse atractiva, amada, y que te sigan los chicos que a nosotras se nos niega? Pues no. Se nos niega. ¿Es eso justo? ¿Y por qué se supone que deba aceptarlo?

Louie: Vanessa, eres una mujer guapísima...

Vanessa: Si fuera tan guapa, me habrías dicho 'sí' cuando te pedí salir. Venga, Louie, sé sincero. ¿Sabes lo más curioso? Que yo tonteo con chicos todo el rato. ¿Y sabes lo que pasa? Que los verdaderamente guapos, los tíos cañón, me siguen el juego sin pestañear. Total, saben que su estatus no corre peligro. Pero los hombres como tú nunca tontean conmigo, porque os aterroriza la posibilidad de acabar con una mujer como yo.

¿Y por qué no? Si tú estuvieras ahí mirándonos a los dos, ¿sabes lo que pensarías? Que hacemos una pareja cojonuda. Que pegamos el uno con el otro. Sin embargo, tú no saldrías con alguien como yo ni muerto. ¿Has salido alguna vez con una chica más gorda que tú? ¿Lo has hecho?

Louie: Sí, sí lo he hecho.

Vanessa: No, no, no. No te estoy preguntando si te has follado a una gorda, Louie. Eso seguro que sí. Todos lo habéis hecho. Cuando te conocí, si te hubiera dicho: 'Ey, ¿te vienes al baño a echar un polvo?'. Claro que habrías venido. Pero no me refiero a eso. Me refiero a salir con una gorda. ¿Alguna vez has besado a una gorda? ¿Alguna vez le has entrado a una gorda? ¿Alguna vez has cogido de la mano a una gorda? ¿Alguna vez has paseado por la calle, a la luz del día, sujetando la mano de una chica tan grande como yo?

Adelante, cógeme la mano. ¿Qué crees que va a pasar? ¿Que se te va a caer la minga por agarrar de la mano de una gorda? ¿Y sabes qué lo más triste de todo? Que es todo lo que quiero. Por supuesto que puedo echar un polvo. Cualquier mujer que lo desee puede hacerlo. Pero no es lo que yo quiero. Ni siquiera quiero un novio o un marido. Lo único que me apetece es caminar de la mano de un chico agradable, caminar y conversar".

 


lunes, junio 23

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (y 3)


 
            ¿Qué significa ser “adulto”? Recurro al diccionario de la RAE, y encuentro tres definiciones. A saber: 1. adj. Llegado a su mayor crecimiento o desarrollo. 2. adj. Llegado a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado. 3. adj. Zool. Dicho de un animal: Que posee plena capacidad reproductora.

            Según la primera definición, nadie es adulto hasta que se muere, porque de un modo u otro no dejamos de desarrollarnos mientras vivimos. Según la tercera, se es adulto en torno a los doce años o así. Nada de eso nos vale. Pero la segunda definición da más pistas: durante la infancia somos seres incompletos, por hacer, y cuando alcanzamos un cierto e indefinido grado de desarrollo, nos convertimos en adultos.

            Bueno, en líneas generales eso es más o menos cierto, pero se corren dos riesgos: 1. Presuponer que la infancia es un periodo de transición que debe superarse en su totalidad. 2. Presuponer que, una vez alcanzado el estado adulto, ya no tienes que evolucionar más.

            De hecho, en gran medida todo el proceso educativo y de socialización se basa en matar al niño. A fin de cuentas, tildar de infantil a un adulto es un insulto. A la niñez se la contempla con condescendencia, como algo que si no nos inspirara ternura resultaría risible. Los adultos nos sentimos superiores a los niños, olvidando que los niños nos superan ampliamente en ciertos aspectos: por ejemplo, su capacidad de aprendizaje, su capacidad de adaptación y, como vimos, su creatividad.

            Por supuesto, hay características de la niñez que deben superarse: la inexperiencia, el egocentrismo, la ingenuidad, la irresponsabilidad, la impaciencia... Pero hay otros valores que no deberíamos perder: la curiosidad, la capacidad de asombro, la imaginación, la inocencia, el sentido lúdico...

            Sobre la curiosidad ya hablé antes; es el combustible de la creatividad. Por desgracia, muchos adultos pierden interés en los qués y los porqués de la vida; de hecho, pierden la curiosidad incluso antes de ser adultos, durante la adolescencia. En eso tiene gran parte de culpa el sistema de enseñanza, que convierte la adquisición de conocimientos en un aburrimiento, cuando debería ser todo lo contrario. Si las respuestas a nuestras preguntas son una lata, dejaremos de formular preguntas. También tiene su parte de culpa una visión demasiado pragmática de la existencia, que hace que nos centremos sólo en aquello que resulta útil y desdeñemos “lo que no sirve para nada”. Pero las semillas de lo nuevo, de lo revolucionario, de lo genial, suelen estar precisamente en lo que (ahora) no sirve para nada.

            ¿Puede recuperarse la curiosidad cuando ya se ha perdido? Sinceramente, no lo sé. Hay gente que parece refractaria a todo tipo de interés, gente que jamás se pregunta nada, gente aburrida y vacía. Me temo que esa clase de personas jamás serán creativas, porque su niño interior está muerto y más que muerto.

            La capacidad de asombro, por su parte, está íntimamente relacionada con la curiosidad. Las personas curiosas adoran las preguntas misteriosas y las respuestas asombrosas. Citando al viejo Einstein: “El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados”.

            ¿Y qué decir de la inocencia? Inocencia para no dar por hecho nada, para contemplar el mundo como si lo vieras por primera vez, inocencia para creer que es posible lo imposible. Cuando un adulto pierde la inocencia, en realidad está perdiendo la posibilidad de cambiar las cosas aunque sólo sea un poquito, porque dejar atrás la inocencia significa aceptar que el mundo es como es y nunca cambiará. Pero la creatividad significa precisamente cambio, ¿no?

            ¿Se puede recobrar la inocencia? Puede que sí, pero hay que romper muchos esquemas mentales; quizá demasiados. ¿Y qué hacer para no perderla? Es difícil, porque la vida se empeña en endurecernos; creo que todo se centra en no dejar de soñar. O, dicho de otra forma, en conservar viva la esperanza. ¿Esperanza en que los sueños se cumplan? Quizá no, pero al menos sí en los propios sueños. Porque un sueño imposible es tan valioso, o más, que una realidad cumplida.

            Respecto a la imaginación, se trata evidentemente del motor de la creatividad. Y todos, todos, todos sin excepción, la tenemos. Lo que pasa es que algunos la usan y otros no. Pero no se pierde; es como un músculo que puede atrofiarse por desuso, pero sigue ahí. Hace tiempo, impartí durante dos años clases de creatividad publicitaria y comprobé algo asombroso: con el debido entrenamiento, cualquier persona, por poco imaginativa que parezca, puede desarrollar su creatividad.

            Eso de “entrenamiento” suena muy rígido, pero es que el asunto resulta muy parecido al entrenamiento físico: haces una serie de ejercicios periódicamente y te fortaleces, sean los músculos o sean las ideas. En cierto modo, imaginar es como volar; al principio da vértigo, y flotas muy pegado al suelo, pero poco a poco vas cogiendo confianza y vuelas cada vez más alto.

            Atención: estamos hablando de imaginación, no de creatividad. Como hemos visto, la creatividad es la imaginación dedicada a resolver un problema, pero ahora no hay problema que resolver. Se trata de fantasear sin propósito, de jugar con las ideas. Por ejemplo, cuando estoy obligado a pasar cierto tiempo en un lugar público (v. g., un aeropuerto), suelo hacer algo: me fijo en una persona, alguien desconocido que me llama la atención por algún motivo, y empiezo a inventarme una historia a su alrededor. Quién es, cómo se llama, en qué trabaja, dónde vive, si está casado, si tiene hijos, su ideología política... Pero no me quedo ahí (sería aburrido), sino que especulo con posibles amantes, secretos inconfesables, aficiones peculiares, todo tipo de detalles. No pretendo acertar, por supuesto; de hecho, seguro que no lo hago; pero mira, me lo paso tan ricamente imaginando. Es decir: jugando con la mente.

            Y ahí llegamos al punto clave: el sentido lúdico. Jugar consiste en realizar una tarea sin ningún propósito, salvo la satisfacción que produce esa tarea en sí misma. Hay personas a las que les encanta el juego (todo tipo de juegos), y personas que no. Hay gente tan aferrada a la realidad, tan pragmática, que no le ve sentido al juego. Porque no lo tiene, claro; pero esas personas jamás serán creativas. Y luego está el miedo; porque jugar supone un riesgo, ganar o perder, y ese riesgo es aún mayor cuando las reglas no están claras. Pero no solo es el temor a perder, sino el pánico a dejar de pisar suelo firme y adentrarte en un terreno inseguro. Y los juegos son inseguros por naturaleza, igual que lo es la creatividad.

            A los niños no les da miedo jugar; es lo que mejor hacen y lo que más les gusta. Más tarde, cuando se transforman en adultos, suelen cambiar sus juegos de niños por otra clase de juegos, juegos de adultos: por lo general, el sexo y la competición social. Pero esos no son verdaderos juegos, porque en ellos se entremezclan otros intereses que no tienen nada de lúdicos.

            El niño crea cuando juega, y juega cuando crea. Si queremos preservar al niño interior, debemos dejarle espacio para jugar y regalarle juguetes. Lo que nos gustaba en la infancia no tiene por qué dejar de gustarnos cuando crecemos. Algunas cosas sí, pero otras no. De pequeño me fascinaba King Kong y me sigue fascinando, leía tebeos y los sigo leyendo, me encantaban los libros y las películas de aventuras y me siguen encantando. De pequeño disfrutaba fantaseando con ideas fantásticas y de ciencia ficción, y lo sigo haciendo. Adoraba a Tintín y lo sigo adorando. Me gustaban los juegos de mesa y me siguen gustando. Coleccionaba chorradas y las sigo coleccionando. Me pasaba el día inventando historias... y ahora me gano la vida inventando historias.

            Pues eso es todo. Si quieres conservar vivo y en buen estado a tu niño interior, no pierdas jamás la curiosidad, ni la inocencia, ni la capacidad de asombro, ejercita la imaginación constantemente, con cualquier tontería, y nunca dejes de jugar, conviértelo todo en un juego. Entonces serás una persona creativa.

            Pero, ¿creativa para qué? Pues no solo para escribir, ni para ejercitar cualquier forma de arte, ni para la ciencia. No hace falta ir tan lejos. La creatividad es estupenda para aplicarla a la vida diaria, pues hace que tu existencia sea más intensa, interesante y rica. ¿Sientes a veces que la vida se vuelve aburrida y monótona, que la relación con tu pareja ya no es como era antes, que ya nada te emociona? Pues claro, porque haces siempre las mismas cosas de la misma manera. Son los patrones y las pautas, que nos fosilizan. Para romperlos hay que cambiar, echarle un poco de imaginación, ser impredecibles e incluso un poquito excéntricos. La creatividad es la sal de la vida.

            Pero incluso en el Paraíso hay serpientes. Cuando no te limitas a ser creativo en tu vida cotidiana, sino que además realizas un trabajo creativo, corres riesgos. Una gran parte, quizá la mayoría, de los trabajadores creativos que he conocido, eran inestables. Yo mismo lo soy. Según varios estudios, el 80 % de los escritores tienen tendencia a la depresión. Y un 40 % de las personas creativas sufre, en mayor o menor grado, trastornos de tipo bipolar (una proporción veinte veces mayor que en la población general). En el caso de los artistas, el porcentaje se eleva al 60 %.

            Pepa, mi mujer, puede dar fe de hasta qué punto soy bipolar (aunque ella dice “géminis”). En un instante, y sin motivo aparente, puedo pasar del máximo optimismo a la más profunda negrura. Por fortuna, ninguna de las dos fases –la maniaca y la depresiva- me duran mucho; pero amigos, soy una montaña rusa. ¿Ese es el precio que debo pagar por dedicarme a lo que me dedico?

            Pues puede que sí. Si os fijáis, las dos etapas del proceso creativo se corresponden con las del trastorno bipolar. En la primera fase se busca obsesivamente (maniáticamente) una solución mediante el pensamiento divergente y, cuando llega, experimentamos una intensa exultación. Pero luego, tras la epifanía, debemos pasar al pensamiento convergente, que genera un estado mental más melancólico. Arriba y abajo.

            Ahora bien, ¿la gente desequilibrada ejecuta trabajaos creativos porque su bipolaridad les da una ventaja competitiva, o las personas que ejercen labores creativas acaban desarrollando bipolaridad a causa de su trabajo? En mi opinión, ambas cosas a la vez. Paraos a pensar en el acto creativo: Necesitas una idea, y la buscas de esa forma rara que es el pensamiento divergente. Pero suele tardar en llegar, y mientras la esperas notas una especie de comezón mental, una vaga ansiedad que te roe por dentro durante días. No es agradable. Y luego tienes una idea que en principio parece estupenda, pero cuando la pasas por la criba del pensamiento convergente descubres que no funciona. Decepción y depresión. Y cuando finalmente encuentras la idea adecuada, todavía queda un largo proceso de trabajo para el pensamiento convergente. Y en ningún momento tienes la menor seguridad en nada, sino una constante sucesión de dudas. ¿No es todo eso desequilibrante en sí mismo?

            Por supuesto, ese riesgo se refiere sólo al trabajo creativo; es decir, cuando te pagan por tener ideas, porque a las tensiones propias de la creatividad se unen las presiones laborales (por ejemplo, las fechas de entrega). La “creatividad por placer” carece de esas presiones y es mucho más relajada.

            Y ya para terminar (¡por fin!), un comentario: Eso del “niño interior” suena ñoño, por no decir abiertamente cursi, pero es la mejor forma que he encontrado de expresarlo. Con ello no quiero decir que debemos ser niños (no podemos serlo), pero sí que debemos conservar determinadas actitudes y valores de la infancia. Que ser demasiado adulto es tan malo como ser demasiado infantil.

            Dicen que la fuerza de la naturaleza más parecida a la magia es el azar. Ayer, mientras escribía esta entrada, recibí un correo electrónico. Era una “alerta google” avisándome de que algo relacionado conmigo había aparecido en una web. Miré qué era y me encontré con la digitalización hecha por el Ministerio de Educación y Cultura de un artículo mío llamado El juicio que apareció hace trece años en Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil.

            Lo desconcertante fue que no recordaba ni remotamente haber escrito ese artículo. De hecho, lo leí como si no conociese el texto. Fue raro, porque reconocía mi estilo y mis ideas, pero no me acordaba de nada. Horas después, comencé a recordar vagamente que sí, que lo escribí yo. Pero muy vagamente.

            El caso es que –y aquí interviene la magia, o el azar- ese artículo que no recuerdo haber escrito, El juicio (en realidad es un cuentito), trata precisamente sobre “el niño interior”. Qué cosas, ¿verdad? Si queréis echarle un vistazo, podéis hacerlo pinchando AQUÍ.

martes, junio 10

miércoles, junio 4

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (2)



            A nuestro cerebro se le da muy bien identificar pautas. En realidad, es un mecanismo de supervivencia; la naturaleza está llena de patrones, y saber verlos puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Por ejemplo, si el cielo se nubla y empieza a tronar, eso significa que van a caer rayos, así que nos guarecemos. O bien, hemos advertido que los animales van a beber al río a determinada hora en determinado lugar, lo que nos facilita la caza. En nuestra vida diaria casi no hacemos otra cosa que olfatear y seguir pautas. Si digo o hago esto, pasará  esto otro; si surge tal problema lo solucionaré de tal forma; si veo ciertas señales es que va a ocurrir tal cosa. En realidad, identificar los patrones nos permite predecir el futuro, lo que sin duda es muy práctico.

            Pero, si nos paramos a pensarlo, eso de seguir pautas es justo todo lo contrario al acto creativo, que consiste precisamente en romper los patrones preexistentes e inventar otros nuevos. El problema es que, conforme vamos cumpliendo años, cada vez asumimos más patrones y eso nos lleva a actuar como si las cosas fueran de una única manera y no pudieran ser de otra. Al llenar nuestra mente de pautas es como si nos pusiéramos anteojeras. Poco a poco vamos adquiriendo “visión de túnel”, lo que nos hace contemplar las cosas desde un único y estrecho punto de vista. Perdemos visión general, perdemos agilidad mental, perdemos creatividad.

            ¿Quiénes son los seres más creativos? Los niños. En su mente todavía hay muy pocas pautas, pero las buscan instintivamente, así que se dedican a realizar sin ninguna clase de censura todo tipo de conexiones, muchas de ellas disparatadas. Es decir: creativas. En los niños, la circunvalación temporal superior funciona como una moto. Hay al respecto un experimento muy interesante.

            A un grupo de adultos se les mostró una serie de carteles con figuras abstractas y se les pidió que encontraran las similitudes de esas figuras con cosas reales –algo así como el test de Rorschach, pero con formas geométricas y sin psicología-. La media de semejanzas (nexos) que encontraron por figura fue de entre dos y tres. Luego, se realizó el mismo experimento con niños, y estos encontraron una media de entre siete y ocho similitudes por figura.

            Hasta ahí normal, y demuestra que los niños son más imaginativos que los adultos. Pero lo sorprendente del experimento vino después. Se cogió a otro grupo de adultos y se procedió de igual manera, pero con una variante: se les dijo previamente que intentaran pensar como niños. ¿Y sabéis qué?, no llegaron al número de respuestas de los niños, pero pasaron de las dos o tres de media, a cuatro o cinco.

            Lo cual demuestra que la creatividad es en gran medida una cuestión de actitud. Quizá ahora entendáis por qué mi lema en este blog es “Lo mejor de mí mismo está en el niño que fui”, y por qué insisto tanto en que debemos cuidar al niño que llevamos dentro. Él es el mago.

            Antes de pasar a la parte práctica, una cuestión previa. Cómo hemos dicho, la creatividad consiste en conectar ideas apenas relacionadas entre sí; por tanto, cuántas más ideas (conocimientos) tengas en la cabeza, más posibilidades de realizar conexiones hay. Atención: jamás he conocido a ninguna persona creativa que no fuese muy curiosa. La curiosidad es el combustible básico de la creatividad.

            Supongamos que tenemos que resolver un problema creativo. Puede ser cualquier cosa, pero vamos a centrarnos en la labor literaria. ¿Qué clase de problema? Quizá un giro del argumento que no logramos desarrollar, o el devenir de cierto personaje, o un diálogo, o la forma de expresar una idea, o la idea en sí misma. En realidad da igual, porque el proceso es idéntico en todos los casos.

            Recordemos que la dificultad a la que nos enfrentamos es que la corteza prefrontal –el pensamiento convergente, nuestra mente consciente- no es buena estableciendo nexos entre ideas no evidentemente relacionadas. Eso lo hace la circunvalación temporal superior –el pensamiento divergente, nuestro inconsciente, la zona creativa-, pero no tenemos control directo sobre ella. Para empeorar las cosas, cuando la corteza funciona, inhibe a la circunvalación.

            Pues bien, lo primero que hago es estudiar conscientemente el problema, analizarlo, buscar información si la necesito, darle vueltas durante un buen rato intentando encontrar la respuesta mediante la lógica y el sentido común. Eso no servirá para encontrar la solución, porque todas las que obtenga serán vulgares y aburridas. Pero sirve para despertar a mi circunvalación, para avisarla de que debe ponerse a trabajar. Es como el cazador que le dice al perro: “Busca, Fido, busca”.

            Durante esta primera parte del proceso, suelo hacer algo: anoto todas las ideas (las que se me ocurran) que guarden alguna clase de relación con el problema y las distintas formas de contemplarlo (por ejemplo, si el problema estuviera relacionado con conejos, anotaría: madriguera, zanahorias, dibujos animados, abrigo de piel, amuleto, comida, Playboy, Alicia, zorros..., etc.). De nuevo no voy a obtener la solución –porque estoy empleando la corteza, que no es creativa-, pero eso me servirá para darle un marco de referencia a la circunvalación.

            Veréis, la gente supone que para crear artísticamente hace falta libertad absoluta, pero eso no es del todo cierto. Haced un experimento: sentaos frente a un procesador de textos y, sin ninguna idea previa, planteaos desarrollar el argumento de una novela sobre lo que sea, da igual el tema. ¿Sabéis lo que pasará? Os quedaréis bloqueados, porque demasiadas posibilidades es lo mismo que ninguna posibilidad. Vuestra mente necesita algo a lo que agarrarse, un punto focal del que partir. Por ejemplo, cuando me planteé escribir una novela “al estilo de Julio Verne” no tenía ni idea sobre el argumento, pero me puse una restricción: en la historia deberían intervenir un barco, una isla, un dirigible y un volcán. A partir de ahí surgió todo y sin esas restricciones no habría llegado a ninguna parte. De hecho, podría decirse que cuantas más limitaciones, más creatividad. Como en un concurso de saltos: cuanto más alto sea el obstáculo, más alto saltará el caballo (o más grande será la torta que se pegue, pero eso es otra cuestión).

            Pues bien, de lo que se trata en esa fase del proceso es de indicarle a la circunvalación cuál es el campo de juego. Le dices: “Este es el territorio que tienes que explorar”. ¿Cuánto debe durar esa sesión de trabajo? No más de una hora u hora y media. Y lo más importante: sin tensiones, sin preocuparse, con tranquilidad. Eso es fundamental, porque la presión es veneno para la creatividad. Además, ya sabes que durante esa primera fase, en la que estás empleando exclusivamente pensamiento convergente, no vas a conseguir ningún resultado, así que relájate.

            Tras esta primera fase, me olvido del asunto y dejo pasar un tiempo, más o menos 24 horas. Pero, atención: desde el mismo instante en que me he planteado el problema, mi circunvalación ha entrado en actividad, así que las soluciones pueden llegar en cualquier momento. Y digo “soluciones” en plural, porque la circunvalación te ofrecerá varias respuestas, pero ni todas adecuadas ni todas creativas.

            Transcurrido el plazo de inactividad, iniciaré una nueva sesión de trabajo, pero distinta a la anterior. Me encerraré en un lugar aislado, cómodo y tranquilo (mi despacho). Algunas personas escuchan música, pero yo prefiero el silencio. Por cierto, el color que más fomenta la creatividad es el azul (porque relaja, supongo).

            Me pongo a trabajar, pero lo que voy a hacer ahora no es buscar soluciones, sino simplemente jugar con las ideas. “Jugar”, ésa es la palabra clave. Recordad que es el niño quien crea, y que lo que más les gusta a los niños es jugar. Así que cogeré las ideas asociadas al problema y empezaré a fantasear con ellas, tranquilamente, relajado, por el puro placer de usar la imaginación. Y puede que obtenga algo, y puede que no. Esta sesión durará, como la anterior, entre hora y hora y media. Pasado ese tiempo, lo dejaré y descansaré un rato. Y luego iniciaré el proceso otra vez. ¿Con qué intervalo entre sesión y sesión? Pues eso depende del ritmo de cada cual; pero lo importante es que, cada vez que te sientes a trabajar, lo hagas con la actitud de un niño que va a jugar.

            Abundando en esa cuestión, quizá alguien suponga que el entorno de trabajo ha de estar libre de distracciones y ser lo más aséptico posible. Pues  no, todo lo contrario. La mesa de guionistas de la serie Breaking Bad estaba llena de rompecabezas y juguetitos, porque estos permitían relajarse y dejar la mente en automático. Mientras juegas con las manos, tu mente juega con las ideas. Una vez más, todo consiste en jugar. Echándole un rápido vistazo al entorno de mi despacho, veo un rompecabezas de Stonehenge, un juego de imanes, figuritas de Tintín, Watchmen, Terminator y dinosaurios..., un timbre de hotel, un giróscopo, un kazoo, robots de hojalata y un montón de cosas más.  Todo eso me ayuda a relajarme. Cuando me atasco o entro en bucle, interrumpo el trabajo y juego por Internet un par de partidas de backgammon o reversi. El secreto es no forzar, sino jugar.

            Bueno, pues repetimos el proceso antes descrito las veces que sean necesarias y tarde o temprano obtendremos la solución. Pero, ¿cómo? Pues de repente, en plan epifanía, cuando menos te lo esperes. De hecho, la solución llegará cuando tu mente esté absolutamente relajada. ¿Sabéis en qué momentos se me ocurren las mejores ideas? En general, cuando estoy de vacaciones o durante los fines de semana. Y en cuanto al día a día, las ideas suelen llegarme mientras hago la compra, o mientras cocino, o mientras conduzco. Si os fijáis, todas esas actividades se realizan en automático, lo que permite desconectar la corteza y darle libertad a la circunvalación. Otro momento muy creativo para mí es de noche, cuando estoy en la cama a punto de dormirme (porque de nuevo la corteza está desconectada). Ah, por supuesto, las ideas también llegan cuando estoy trabajando.

            En cierta ocasión, le preguntaron a un creativo publicitario de dónde salen las mejores ideas, y él respondió: “De las bromas”. En efecto, después de una sesión de trabajo, los creativos se relajan y empiezan a bromear y decir chorradas. Y ahí están las semillas de la creatividad, porque quizá una de esas chorradas, si le das la vuelta, se convierta en una idea genial. En el germen de casi todas las buenas ideas suele haber conceptos muy simples y aparentemente muy tontos.

            El humor es un catalizador estupendo de la creatividad. De entrada, porque nada hay que relaje tanto como la risa; pero es que, además, el humor se basa en lo inesperado, es justo lo contrario de las pautas, y eso en sí mismo es creación pura.

            Vale, ya se me ha ocurrido una buena idea. Ahora le cederé el turno a la corteza prefrontal -al pensamiento convergente- y ella se ocupará de desarrollar la idea. Pero, ¿y si hay otra mejor? Pues claro que la hay, siempre hay otra idea mejor. Así que seguiré buscándola hasta el último momento. Cuanto más tiempo dediques, mejor será la creatividad.

            Lo que sigue, una vez que hayamos optado definitivamente por una solución, es trabajo racional, y ya lo conté en la serie En la mente del escritor. El sistema de trabajo creativo que acabo de describir lo desarrollé mucho antes conocer las razones científicas que expuse en la primera parte. ¿Soy un genio? Me temo que no, porque todos los que se dedican a cualquier clase de trabajo creativo han desarrollado, con matices, el mismo proceso. Aprendizaje por prueba y error. Luistarrafeta, un amable merodeador de Babel, me dejó el enlace a una conferencia sobre creatividad impartida por John Cleese, miembro de Monty Python, (podéis verla pinchando AQUÍ). Si le echáis una ojeada (es muy divertida), comprobaréis hasta qué punto coincide lo que dice él y lo que digo yo.

            Vaya, pero qué larga ha salido esta entrada... En el próximo y último capítulo hablaremos sobre cómo salvarle la vida a nuestro niño interior y sobre los peligros del trabajo creativo. Hasta entonces.

miércoles, mayo 28

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (1)



La serie de posts En la mente del escritor (aparecida en Babel entre el 27/9 y el 17/12 de 2007) constaba de diez entradas donde explicaba paso a paso mi método de trabajo literario. Han  transcurrido casi siete años desde entonces, pero nada ha cambiado, sigo haciendo lo mismo. No obstante, durante ese tiempo he continuado reflexionando sobre el proceso creativo y he profundizado un poco en algunos aspectos que no toqué entonces. Y uno de los temas de los que no hablé es quizá el más básico de todos: la imaginación, la creatividad.

            Pero, vamos a ver, se supone que una persona es imaginativa o no lo es, y eso no se puede cambiar, ¿verdad? Pues no, no es del todo cierto. Puede ser que estemos genéticamente predispuestos para tener mayor o menor capacidad de imaginar, no lo sé, pero todos tenemos cierto grado de imaginación. Otra cosa es que sepamos usarla, claro. Y, por supuesto, la imaginación aumenta conforme se ejercita.

            Vale, ¿qué es la imaginación? Según la cuarta definición de la RAE: “Facilidad para formar nuevas ideas, nuevos proyectos, etc.”. ¿Y de dónde salen esas nuevas  ideas? ¿De la nada? No, nada sale de la nada. Vamos a aproximarnos a esto desde otro punto de vista. ¿Qué es la creatividad? Hay muchas definiciones, como por ejemplo: “La creatividad es el proceso de presentar un problema a la mente y luego originar o inventar una solución según líneas nuevas o no convencionales”.

            Ahí hay dos conceptos importantes: “Problema” y “Solución Nueva”. De hecho, podríamos definir creatividad como la capacidad de resolver problemas. Pero, atención, me refiero a cualquier clase de problemas, desde enhebrar una aguja hasta construir una nave espacial, pasando por escribir una novela, que es de lo que se trata aquí. Ahora bien, no es cuestión sólo de resolver un problema, sino de hacerlo de un modo nuevo y original.

            Lo ilustraré con un viejo chiste: El presidente de una empresa va a contratar a un nuevo ejecutivo y tiene tres candidatos con currículos muy similares. Para poder elegir a la persona más creativa, les propone un problema. Le da a cada uno un barómetro y les pide que, con ayuda de ese aparato, averigüen la altura del edificio donde está la empresa. Al cabo de unos días, cuando vuelven los candidatos; los tres han encontrado la respuesta correcta: el edificio mide 74’5 metros. De acuerdo, dice el presidente; ¿cómo han llegado a esa conclusión?

            El primer candidato responde: Medí la presión atmosférica a nivel de calle y luego en la azotea. Así, mediante una sencilla fórmula matemática, calculé la altura.

            El segundo candidato dice: Subí a la azotea, tiré el barómetro a la calle y, con ayuda de un cronómetro, medí cuánto tardaba en llegar al suelo. Luego, aplicando matemáticas elementales, calculé la altura.

            Finalmente, el tercer candidato responde: Busqué al arquitecto que había realizado la obra y le propuse que, si me decía cuánto media la casa, le regalaba el barómetro.

            ¿Cuál os parece la solución más creativa? La respuesta del primer candidato es la más evidente. Resuelve el problema usando el barómetro como lo que es: un aparato para medir la presión atmosférica. La solución es correcta, pero no hay nada de creatividad en el proceso. El segundo candidato, sin embargo, es más original. El barómetro no solo es un aparato para medir la presión de la atmósfera, sino también un objeto con masa y, por tanto, sujeto a las leyes de la gravedad. El proceso para obtener la solución se ha desviado un poco de la línea lógica convencional.

            El tercer candidato, por su parte, es quien da el salto más grande. El barómetro no sólo es un aparato con una función concreta, ni un objeto atado a las leyes de la física. Es algo valioso que puede utilizarse como intercambio para conseguir información. Dado que su respuesta es la menos evidente, la más sencilla y la más precisa, podemos asegurar que también es la más creativa.

            Antes he comentado que las nuevas ideas no salen de la nada. Entonces, ¿de dónde salen? Pues de encontrar relaciones inesperadas entre conceptos alejados entre sí. Cuanto más alejados estén los conceptos, mayor es la creatividad. Así que cuando hablamos de “ideas creativas”, en realidad estamos hablando de nuevos nexos entre ideas preexistentes. Como dijo Steve Jobs: "La creatividad consiste simplemente en conectar cosas".  

            ¿Está claro? La creatividad se basa en encontrar nuevas relaciones entre conceptos separados; nexos que tengan sentido y que sirvan para solucionar un problema. Perfecto, pero ¿cómo se generan esas relaciones?

 
            Veréis, nuestra mente consciente –la que estoy empleando yo para escribir este post y vosotros para leerlo- sólo sabe ir pasito a pasito. “A” va seguida por “B”, a “B” le sigue “C”, y luego “D”, etc. El pensamiento consciente es lógico, es inductivo, es deductivo, es analítico, es perfecto para los silogismos. Puede tomar una línea de pensamiento y seguirla hasta el final, encontrando todas sus fortalezas y debilidades. Pero lo que no puede hacer de ninguna manera es saltar de una línea de pensamiento a otras. Nuestro consciente no está preparado para eso, no sirve para saltar. No es creativo. Este tipo de actividad mental se llama pensamiento convergente, y está situada en la corteza prefrontal del cerebro.

            Supongo que todos habéis tenido en algún momento ideas creativas. Si es así, sabréis que éstas no llegan como resultado de un proceso de razonamiento, sino que aparecen de repente, como surgidas de la nada. Son una epifanía; estabas pensando en cualquier otra cosa –o en nada- y de repente, como un  flash, la solución al problema destella en tu cabeza. Es el efecto eureka, lo que suele llamarse inspiración.

 
            ¿Magia? Lo parece, pero no. Resulta que en el cerebro tenemos algo llamado “circunvalación temporal superior”. Esta región del hemisferio derecho se dedica conectar informaciones muy vagamente relacionadas entre sí. Propone nexos, es lo único que hace, aunque no somos conscientes de su proceso de trabajo, sino sólo de sus resultados. Evidentemente, no todos los nexos son apropiados, así que existe un sistema de filtrado. Cuando un nuevo nexo supera todos los filtros, entonces aflora a nuestro consciente como una epifanía. Esta clase de actividad mental se llama pensamiento divergente.

            (Nota: Estoy simplificando muchísimo. En cualquier actividad mental intervienen varias regiones del cerebro, pero para no liarnos lo dejaremos así).

            Pues bien, para realizar un trabajo creativo hace falta emplear los dos tipos de pensamiento, el convergente y el divergente. La razón es sencilla: Para activar la circunvalación temporal superior, hace falta poner en funcionamiento primero la corteza prefrontal. Es decir, hay que indicarle a la circunvalación que se está buscando la solución a un problema y proporcionarle los datos necesarios para resolverlo.

            Esto es importante: Poseemos control sobre la corteza prefrontal; podemos conectarla y desconectarla a voluntad, e indicarle el camino a seguir. Pero no tenemos un control directo sobre la circunvalación temporal superior, no hay ningún botón on/off que pulsar. Todo lo que podemos hacer es sugerirle que se ponga en marcha. Es como ir de caza con un perro; le dices al chucho que busque, y éste se pone a olfatear perdices, conejos o lo que sea. Pero lo hace a su aire, sin que tú controles sus movimientos, y puede ser que encuentre algo o no, que tarde más o que tarde menos, o que lo que encuentre no sea la pieza que buscabas, o que sea una mejor. Nada de eso está en tu mano decidirlo; es cosa del perro.

            Vale, supongamos que la circunvalación nos da un resultado, que de repente una idea creativa aparece en nuestra cabeza. Hay que tener en cuenta que esa idea creativa suele ser algo muy básico, sin desarrollar. Digamos que el pensamiento divergente nos proporciona diamantes en bruto; pero la tarea de tallarlos le corresponde al pensamiento convergente. Porque eso es lo que se le da bien a la corteza prefrontal: coger una línea de pensamiento (la que le ha proporcionado la circunvalación) y desarrollarla de forma coherente.

            De modo que para hacer un trabajo creativo debemos usar las dos regiones del cerebro simultáneamente. Pero hay un pequeño problema: cuando la corteza prefrontal está en funcionamiento, inhibe las funciones de la circunvalación temporal superior. Si pensamos convergentemente, dejamos de pensar divergentemente. Es decir, que cuanto más nos esforcemos conscientemente en ser creativos, menos posibilidades tendremos de serlo. Paradójico, ¿verdad? Y muy tocapelotas. Pero hay formas de sortear ese maldito escollo.

            Perdonad si he sido demasiado teórico, pero para poder manejar la imaginación es básico saber cómo funciona. En la segunda parte de esta entrada hablaremos de los aspectos prácticos de la creatividad; y de los peligros, que los hay. Y me refiero a peligros reales, a los riesgos personales que asumen quienes se dedican a trabajos creativos. Puede que ser una “persona creativa” suene estupendo; pero siempre hay que pagar un precio.

            De todo eso hablaremos la semana que viene.