jueves, diciembre 1

Mi cadera y yo




          Queridos merodeadores, ya sé que últimamente tengo bastante desatendido el blog; no publico cada semana ni contesto con la debida rapidez a los comentarios. Lo siento. Pero la culpa no la tengo yo, sino mi fracturada cadera izquierda.

          La verdad es que pocas cosas han trastornado más mi vida que ese accidente. Mandó a hacer puñetas mis vacaciones, arruinó mi prevista visita a la Semana Negra y al Celsius, ha retrasado la escritura de las novelas que tengo en marcha, me ha tenido mes y medio casi completamente inmovilizado, y luego en una silla de ruedas, y ahora con muletas. El proceso de rehabilitación es tan lento...

          El pasado fin de semana realicé mi primer viaje postraumatismo, a Santander. Teníamos previsto, Pepa y yo, hacerlo en verano, pero mi cadera lo impidió. De hecho, ya habíamos pagado el hotel. Amablemente, dicho establecimiento, el Santemar, nos guardó la reserva hasta fin de año. Y por fin hemos ido. Mientras que en Madrid llovía a mares, en Cantabria hacía un tiempo excepcional. Como puede comprobarse en la foto de arriba, donde se me ve, gallardo con mis muletas, frente a la playa de Liencres.

          Por otro lado, mi dramático tropiezo ha tenido una parte positiva. Estar tanto tiempo medio inmovilizado me permitió pensar en cosas banales, como por ejemplo el argumento del próximo cuento navideño de Babel. Por lo general, siempre se me ocurre a última hora y tengo que escribirlo a toda leche, pero este año voy bien de tiempo. Ya lo estoy escribiendo; en principio se llamará Doña Julia y los pobres.

          Besos.

lunes, noviembre 21

Grosería

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          Los espejos no nos muestran la realidad, sino una versión idealizada de lo que somos. Cuando nos miramos al espejo, sin darnos cuenta, siempre adoptamos una postura determinada, con el ángulo adecuado para disimular la barriguita, la papada, la narizota o la escasez de busto, y para resaltar nuestros bonitos ojos o nuestras delicadas orejas. No somos nosotros, sino nuestro mejor punto de vista; aquel que oculta los defectos y potencia las virtudes. Bueno, pues cuando nos miramos por dentro, cuando reflexionamos sobre lo que somos, igual.

          ¿Cuánta gente se intenta ver a sí misma como realmente es? Muy, pero que muy poca. Las personas suelen tenerse en muy alta autoestima y les cuesta muchísimo reconocer sus defectos. No queremos la verdad sobre lo que somos, sino fantasías masturbatorias. Si metemos la pata, la culpa siempre es de otro; si le hacemos algo malo a alguien, se lo merecía; si la cagamos estrepitosamente es porque las instrucciones eran erróneas o porque estábamos mal aconsejados. Nunca tenemos la culpa de nada.

          En consecuencia, cada vez es más infrecuente pedir perdón, como si hacerlo fuera un signo de debilidad. Pero es al contrario; la debilidad está en negarte a pedir disculpas cuando haces algo mal, porque eso demuestra la fragilidad de tu ego.

          ¿A qué se debe esto? No lo sé a ciencia cierta. Quizá a un complejo de inferioridad mal procesado, o a una excesivo culto al individualismo... O a todas esas estúpidas ideas que nos mete en la cabeza la sociedad de consumo. “Quiérete a ti mismo”. “Puedes conseguir lo que quieras”. “Te mereces lo mejor”. “Eres único”... En fin, cuando el centro del universo eres tú mismo, ¿qué importan los demás?

          Como es natural, esa actitud acaba permeando a toda la sociedad y nos ha convertido en una nación de maleducados. ¿Sólo a los españoles? No lo sé; desde luego, los franceses (dejando aparte a los parisinos) son más educados que nosotros, por no hablar de los nórdicos, que son el colmo del civismo. Pero no he estado en todas partes, así que no lo sé. En realidad, tampoco sé si se da por igual en toda España, si hay diferencias entre grandes ciudades y pueblos, o entre regiones. Lo único que puedo afirmar con seguridad es que las cosas son así en Madrid...

          Aunque, ahora que lo pienso, eso no es verdad. Entre las causas de nuestra grosería falta una muy importante: el ejemplo. Si observamos a nuestros políticos, ¿qué vemos? Gente que miente e insulta, gente que no escucha, gente que grita en vez de argumentar. ¿Y en los debates? Tres cuartos de lo mismo, igual que en las tertulias del corazón. No hay debate; hay griterío.

          Una buena prueba de nuestra impertinencia es la degradación del lenguaje público. Y no me refiero sólo a lo mal que se expresan nuestros supuestos comunicadores, sino al uso y abuso de lenguaje grosero, de palabras malsonantes. No tengo nada contra los tacos en el habla cotidiana. Yo mismo soy jodidamente malhablado. También he empleado tacos en mis novelas, pero sólo en los diálogos (para reproducir el habla cotidiana y/o marcar la personalidad del personaje). Pero los tacos tienen su momento y su lugar, y no deberían tener cabida en la comunicación pública.

          Sin embargo, cada vez oigo a más locutores usar alegremente palabrotas. ¿Por qué? ¿Creen que así son más naturales y cercanos? Pues no, lo que son es más groseros.

          Hace no mucho vio un anuncio de TV (no recuerdo qué anunciaba) donde, como gancho, se valoraba nuestra idiosincrasia española. Entre otras cosas, decía más o menos: ¿Que si los españoles gritamos? Pues sí, gritamos, porque ésa es nuestra forma de expresarnos... Y al que no le guste, que se tape los oídos, ¿no? Qué bien está eso de convertir los defectos en señas de identidad. Somos así y no tenemos el menor propósito de mejorar.

          Con estos ejemplos, ¿qué se puede esperar?

          Nada bueno, amigos míos; nada bueno.

lunes, noviembre 7

Premio Ignotus

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          El sábado por la noche me guasapeó mi hijo Pablo para comunicarme  que yo había ganado el Premio Ignotus de novela corta. Para los que seáis poco frikis, esto es lo que dice la Wikipedia: “El Premio Ignotus es un galardón literario instaurado en 1991 que otorga anualmente la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) a autores españoles y extranjeros. Busca ser un equivalente al Premio Hugo estadounidense para España y toma su nombre del seudónimo con el que firmaba sus obras, a principios del siglo XX, el escritor José de Elola. Se otorga a las obras publicadas en España durante el año que hayan sido preseleccionadas por sus propios asociados y distingue varias categorías”.
          Yo era candidato en tres de esas categorías: Mejor antología (Trece monos, Fantascy 2015), Mejor novela corta (Naturaleza humana, publicada en Trece monos) y mejor cuento (Fiat tenebrae, también en Trece monos). Mi buen amigo Juanma Santiago, uno de los tíos que mejor conoce la ciencia ficción española, fue profético en su blog augurando el futuro que aguardaba a mis candidaturas. Dijo que ganaría indiscutiblemente con la novela corta; que perdería el de antología, porque nunca ganan antologías de un solo autor, y también el de cuento (no recuerdo por qué, pero seguro que tenía razón). Y así ha sido.
          Naturaleza humana es una distopía y un thriller sobre un telón de fondo de space opera. La acción sucede en el año 2189. Desde hace más de un siglo, la humanidad está en guerra con una especie alienígena, los skorpys. Todos los países de la Tierra se han unido para formar una única nación: la Federación Solar. Sin embargo, a causa del conflicto bélico rige un estado de excepción que deja todo el poder en manos de los militares.
          Los protagonistas de la historia son la psicóloga Cecilia Álvarez y el capitán Benjamín Sumaye (aunque el punto de vista del relato se centra en Cecilia). Ambos son movilizados por el Alto Mando para realizar una auditoría de seguridad en La Torre, el cuartel general del ejército. En el curso de su investigación, ayudados por un misterioso disidente apodado Ozymandias, Cecilia y Sumaye descubren que hay algo incorrecto en esa guerra interestelar, que hay demasiadas preguntas sin respuesta. El ejército promueve una gran mentira y oculta un inmenso secreto, pero ¿en qué consiste ese engaño y cuál es el secreto? Finalmente, cuando, tras una compleja investigación, Cecilia y Sumaye descubren la verdad, la respuesta que obtienen es demoledora, porque tiene que ver con lo que somos, con nuestra esencia, con la naturaleza humana que da título a la novela.
          En realidad, Naturaleza humana es una reflexión (pesimista) sobre lo que somos y sobre la ambigua parcialidad de nuestra ética. En la naturaleza no existe el bien y el mal; cualquier suceso, por catastrófico que sea, es éticamente indiferente. La moral es un invento humano y el fiel de su balanza somos nosotros. Pero, ¿qué sucedería si nos encontráramos con otra especie inteligente? ¿Aplicaríamos nuestra ética humana a seres inhumanos? Y si lo hiciéramos, ¿qué sucedería, cómo actuaríamos? Y sobre todo, ¿cuáles serían las consecuencias? De eso trata mi novela.
          La gestación de Naturaleza humana fue inusualmente larga. La idea básica se me ocurrió a principios de los 90. En 1995 comencé a escribirla, pero la interrumpí a las pocas páginas. Por entonces había contratado mi primera novela juvenil y quería centrarme en ese sector editorial, así que dejé de lado la ciencia ficción. Sin embargo, no podía quitarme aquella idea de la cabeza, de modo que la seguí escribiendo entre novela y novela, poquito a poco, tan sólo cinco o seis páginas al año; a veces menos, o ninguna. Finalmente, en 2011, la acabé de un tirón. Tardé dieciséis años en poner el punto final.
          Nunca se me han dado bien los Premios Ignotus; hasta ahora sólo tenía uno, el que me otorgaron en 1999 por mi cuento El decimoquinto movimiento. Que, por cierto, también está incluido en Trece monos. Así que ahora hay dos Ignotus en esa antología. Y habrá dos trofeos en mi despacho, dos pequeños monolitos de 2001. Por cierto, ¿quién tiene el que acabo de ganar?
          Ah, también he ganado un cachito de otro Ignotus, el de ensayo, porque le ha correspondido a Yo soy más de series (Ed. Esdrújula), coordinado por Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo, un conjunto de artículos sobre series de TV en el que participo con uno acerca de House.
          En fin, dilectos merodeadores: da gustito que te den premios.

lunes, octubre 31

¡Feliz Halloween!


 
 
          Supongo que los merodeadores de Babel, al menos los más veteranos, ya sabéis lo mucho que me gusta la fiesta de Halloween. Me gusta porque es la única fiesta cien por cien pagana que se celebra en occidente, porque la gente se disfraza de monstruo, porque es divertida y le encanta a los niños y, qué demonios, porque la iglesia la condena. En fin, cada año hablo aquí de Halloween y no quiero repetirme. Quien quiera conocer mi opinión sobre esta fiesta, así como su origen y el significado de su nombre, que pinche AQUÍ.

          El caso es que el otro día vi en TV un reportaje sobre las fiestas de Halloween en los colegios y descubrí algo que me dejó turulato. En casi todos los colegios se celebra esta fiesta (de hecho, así fue como se popularizó en España) y los niños van a clase disfrazados de brujas, demonios, fantasmas y monstruos. Pues bien, resulta que en algunos colegios católicos se celebra Halloween, sí, pero a su católica manera. En concreto, los niños van a clase disfrazados de... santos y santas ¡¡¡!!!

          Aparecía en pantalla una niña, vestida con una túnica y una toca, y decía: “Soy santa Teresa”. Luego, otra niña vestida más o menos igual, comentaba: “Soy la virgen María”. Y un niño vestido sólo con túnica añadía: “Soy san Pablo”.

          Pensé: “Pero, vamos a ver, ¿se supone que es más divertido disfrazarse de san Felipe Neri que de Freddy Krueger?”. Pa mí que no. Además, cuando vayan de casa en casa ¿en vez de chucherías pedirán jaculatorias? ¿Y en vez de “trato o truco” dirán “trato o excomunión”?

          Por otro lado, hay más problemas; el de la identificación en concreto. Si ves por la calle a un chaval con tornillos en la cabeza, al instante captas que es el monstruo de Frankenstein; y si lleva cuernos, pues un diablo. Pero a primera vista ¿qué diferencia hay entre santa Agapita y santa Braulia, o entre san Juan Crisóstomo y san Pancracio? Pues ninguna. De hecho, todos los niños de aquel colegio católico (el San Pablo CEU, creo) iban iguales: con túnicas o sayos. Parecía una coral en miniatura más que una fiesta de Halloween.

          Creo que los impulsores de esta clase de fiestas han tenido una gran idea al proponerse cristianizar una celebración pagana, pero no han sabido rematarla. ¿Querían cambiar monstruos por santos? De acuerdo, pero deberían haber elegido a los santos adecuados. Es decir, a los mártires. Mucho más a tono con el espíritu de la celebración, dónde va a parar.

          Por ejemplo, un niño podría ir a la fiesta en pelotas, salvo por un púdico taparrabos, y con la piel cubierta por líneas de quemadura entrecruzadas, como un bistec a la parrilla. Y todos sabríamos que va disfrazado de san Lorenzo, al que martirizaron asándole en una parrilla. Una niña iría con un serrucho en la cintura y mucha sangre, y hasta el más burro sabría que va de santa Ferbuta, que fue martirizada serrándola por la mitad. Otro niño podría ir lleno de flechas, como un acerico, y, zas, san Sebastián. Y mi favorito: una niña podría ir con su túnica (eso que no falte) y una bandeja con dos tetas, y estaría clarísimo que es santa Águeda, en cuyo martirio le amputaron los senos.

          Todo muy católico y muy Halloween a la vez. Porque, no lo olvidemos, la iglesia tiene una antigua y amplia tradición de gore, como demuestra su signo distintivo: un artefacto de tortura.

          Queridos merodeadores, ¡feliz Halloween!
 





 

viernes, octubre 14

Combustión espontánea

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          Dice un proverbio chino que, cuando dios quiere castigar a los humanos, los hace vivir en tiempos interesantes. De lo cual se deduce que la mejor situación social es el aburrimiento. Y es cierto; en las sociedades danesa o sueca no hay grandes sobresaltos, nunca pasa nada, son el epítome del aburrimiento. Pero qué envidiables resultan. Sin embargo, en Siria o la República Democrática del Congo no saben lo que significa la palabra tedio, pero ni locos quisiéramos estar allí. Viva, pues, el hastío social.

          El XX fue un siglo muy interesante. Teniendo en cuenta, tan solo, aquello de lo que fui testigo (es decir, a partir del 53), he visto cosas que vosotros no creeríais. Los primeros hombres en la Luna y la proximidad del fin del mundo (misiles de Cuba); he visto revoluciones e invasiones, y caer un imperio, el soviético. He visto unirse a los países de Europa para que nunca más hubiera guerras entre ellos, y luego he visto una guerra en Europa. Limitándome a España, he visto morir a un dictador que parecía eterno; he visto llegar la democracia (o algo parecido), y un intento de golpe de estado, y la disolución del partido que dirigió la transición. He visto hundirse al PCE, el partido que lideraba la oposición, y renacer al PSOE, que hasta Suresnes no era más que un grupo de dinosaurios nostálgicos. He visto...

          En fin, ya sabéis lo que he visto. Parece mucho, pero no fue nada comparado con lo que ocurrió durante la primera mitad del siglo, con un par de guerras mundiales, una civil en España, la revolución rusa, la caída del imperio británico, el surgimiento de otros imperios, el yanqui y el soviético, y la división del mundo en dos grandes bloques ideológicos. Eso sí que fue tralla. Digamos que me tocó vivir la parte más aburrida del siglo, lo cual agradezco.

          ¿Y qué pasa con lo que llevamos del siglo XXI? Bueno, comenzó con el atentado del 11-S, así que promete ser muy interesante. Ya veremos. Ah, vale, yo no lo veré (no en su totalidad, desde luego); pero no me cuesta imaginar a mis dos hijos cazando ratas mutantes en las ruinas de la ciudad. Afortunadamente son grandes y fuertes (mis hijos, no las ratas mutantes).

          El caso es que, pese a todo lo que he visto, no he podido evitar sorprenderme por el lamentable espectáculo que ha ofrecido, y está ofreciendo, el PSOE estas últimas semanas. Qué bonita forma de pegarse un tiro en la sien. Pero también cuánta sinceridad, porque los dirigentes socialistas no han tenidos reparos en mostrarnos abiertamente que lo único que les importa es pillar poder, aunque sea una mierda de poder, y que son unos mediocres sin ideas.

          Yo, que a mediados de los 70 vi al viejo partido socialista renacer de sus cenizas, ahora le veo echarse gasolina por encima, prender una cerilla e incinerarse alegremente. Aunque no debería extrañarme; una de las características de la izquierda española siempre fue la combustión espontánea. Ahora bien, qué inteligentes han sido los socialistas al elegir la fecha de su espectáculo: coincidiendo con las aperturas de los juicios de las tarjetas black y de la Gurtel. Así la gente, en vez de hablar de la apestosa corrupción y las mentiras del PP, se centrará en las luchas intestinas del PSOE. ¡Bravo!

          Supongo que Pablo Iglesias se estará frotando las manos al ver próximo su ansiado sorpaso. Y en efecto, no me cabe duda de que en las siguientes generales Podemos se convertirá en el primer partido de la oposición. Eso ocurrirá porque el PSOE va a perder un huevo de votos; pero, ojo, no todos esos votos irán a Podemos, ni mucho menos. Irán a la abstención, o a Ciudadanos, o a la Central Anarquista de Capullos Atolondrados (CACA), o a la Confederación Urbana de Lucha Obscena (CULO), o al Partido Español de Damnificados por el Origami (PEDO), o al Partido Intransigente Sosegado (PIS)... –cielo santo, qué infantil soy-. Porque Pablo Iglesias tiene razón: Podemos asusta; pero no a los corruptos y los oligarcas, sino a los votantes.

          Quien realmente se está relamiendo es Mariano Rajoy, que ya se ve presidente para siempre jamás. Y con razón. Gracias a la suicida mediocridad del PSOE, gracias a las ínfulas mesiánicas de Iglesias y gracias a la (¿cristiana?) capacidad de perdonar la corrupción que demuestran muchos votantes conservadores, vamos a tener gobiernos de derechas hasta aburrirnos.

          ¿Quién sucederá a Pedro Sánchez? ¿Susana Díaz? Yo no voto a populistas, y esa dama es una populista, y de las cutres. De hecho, llevo muchas elecciones votando al PSOE no a favor, no porque ese partido me convenza, sino a la contra, para intentar evitar un mal mayor. Pero ya estoy harto. No imagino ningún posible candidato socialista que pueda moverme a votar a un partido tan mediocre e inoperante. Así que se acabó, no más votos a la contra. Entonces, ¿a quién votaré en las próximas elecciones? Pues no sé... Quizá me abstenga, o quizá vote al Partido Animalista; o aún mejor, votaré al CACA, al CULO, al PEDO o al PIS. A fin de cuentas, de eso va la política en España, ¿no?

viernes, septiembre 30

La buena esposa



          ¿Qué es lo que más os gusta de la literatura? ¿La prosa, los argumentos, los personajes, las ideas, los diálogos, las descripciones...? Qué pregunta más idiota, ¿verdad? Os gusta todo, claro, porque una novela es un todo y no un Mecano que se pueda desmontar. No obstante, siempre hay ciertas preferencias, distintas sensibilidades. Está claro que si tu escritor favorito es Azorín, tus intereses literarios diferirán de los de alguien que prefiera a Pio Baroja.

          En mi caso, nada me gusta más que leer un texto bien narrado. La narrativa, esa es mi debilidad (entendiendo “narrativa” como “técnica narrativa”). Pero atención, a veces se confunde una prosa elegante y fluida con buena narrativa, y no tiene nada que ver. De hecho, con frecuencia un prosa preciosista va en detrimento de la narrativa. Intentaré explicarme: una novela muy centrada en la prosa se convierte muchas veces en un álbum de fotografías. Puntos estáticos en los que te detienes. Pero la narrativa es flujo, movimiento, estrategia. La narrativa no es fotografía; es película.

          Pero no basta con eso. De poco importa lo que suceda, por bien narrado que esté, si no te interesan los personajes a quienes les sucede. Ese es mi segundo puntal de la literatura: el diseño de personajes. Y luego, por supuesto, muy cerquita viene todo lo demás.

          Cuando digo literatura en realidad me refiero a cualquier arte narrativa, como el cine o el comic. No es que sus técnicas narrativas sean iguales, pero en líneas generales se parecen mucho (a fin de cuentas, todas están basadas en la elipsis).

          Os he soltado este rollo porque estoy viendo las siete temporadas (voy por la 6ª) de una serie de TV sencillamente, por decirlo en dos palabras, im-presionante. Me refiero a The Good Wife, producida por los hermanos Scott (Ridley y Tony) y creada por un matrimonio, Robert y Michelle King, que también son los show runners.

          ¿De qué va la serie? Os transcribo la sinopsis de Wikipedia: “La historia se centra en el personaje de Alicia Florrick, interpretada por Julianna Margulies. Alicia es una madre y esposa que debe hacerse cargo de la conducción y manutención de su familia después de que su esposo, Peter Florrick, (Chris Noth) –prominente político que tenía el cargo de fiscal del condado-, es destituido y encarcelado bajo el cargo de corrupción política al mismo tiempo que se difunden al público videos que documentan que mantenía relaciones sexuales con prostitutas”. Pero eso sólo es el principio. Alicia, hasta entonces un ama de casa, retoma su profesión de abogada y entra a trabajar en un prestigioso bufete. Lo que sigue narra, por un lado, la vida sentimental y personal de Alicia, y por otro su carrera profesional.

          Reconozco que, de entrada, esto puede crear suspicacias. Es una serie de abogados (y a mí no me gustan las series de abogados). Está protagonizada por una señora bastante pija. Aunque hay un arco narrativo general, son capítulos autoconclusivos. Es larga: cada temporada consta de 22 capítulos.

          Sin embargo, se trata de una de las series mejor narradas que me he echado a la cara, con unos guiones... ¿perfectos?... que fluyen con asombrosa naturalidad. Unos guiones basados en personajes atractivos perfectamente diseñados; y no me refiero sólo a los protagonistas, sino a todos los personajes (y hay muchos), incluyendo a los más secundarios. Por ejemplo, cada juez que aparece, aunque sea brevemente, tiene su propia personalidad.

          Un consejo que pensaba dar, y que adelanto, es que cualquiera que desee aprender a narrar y diseñar personajes, vea esta serie. Que la vea, la estudie y analice, porque es todo un master sobre cómo contar historias. No me resisto a poner un ejemplo.

          Uno de los personajes secundarios de la serie es David Lee (interpretado por el gran Zach Grenier), socio del bufete de Alicia. Es un hijo de puta, maquinador, mentiroso, desagradable, ambicioso, un perfecto cabrón. Pues bien, en cierto episodio muere uno de los personajes principales (un personaje al que Lee, en el pasado, ha intentado echar del bufete). Cuando, en medio de una reunión, recibe la noticia de esta muerte, Lee no mueve ni un músculo de la cara, no dice nada. Imperturbable, abandona la sala de reuniones y se encierra en su despacho. Entonces, su cara se descompone y suelta un sollozo. Sólo uno. Dura un instante; acto seguido, se recompone y regresa con los demás, volviendo a ser el hijoputa de siempre.

          Es un mero detalle, pero qué detalle tan sabio. Lee era un personaje de una pieza, y gracias a ese sollozo se convierte en un ser humano. Pero ese sollozo oculto, esa avergonzada muestra de humanidad, también hace que nos preguntemos si Lee es un hijo de puta auténtico, o una persona “normal” que ha decidido convertirse en un hijo de puta para sobrevivir en un mundo de lobos.

          La serie se mueve en tres ambientes distintos, pero interconectados: el derecho, la política y el laboral. Todos ellos son territorios turbios donde las fronteras entre el bien y el mal se difuminan. Y en cierto modo de eso va la serie, de la imposibilidad de eludir el mal o, tan siquiera, reconocerlo. Alicia es un personaje honesto precipitado a un universo de ambigüedad moral. Durante el proceso, Alicia cambia, despierta, espabila, se endurece, se harta, se cabrea... ¿y finalmente se corrompe? Todavía no lo sé.

          The Good Wife tiene buenas historias, buenos personajes, buenos diálogos, buenas situaciones, algo de drama y también humor. Pero sobre todo es el perfecto manual de uso para el buen narrador.

NOTA: Mi fracturada cadera se va reponiendo. Voy a rehabilitación tres veces por semana, hago ejercicios en casa y camino con un andador. Pero el proceso es leeeento y sigo muy limitado de movimientos (porque duele, coño). Esta es la razón por la que me estoy zampando una serie tras otra. Hijos de la anarquía (7 temp.), Jessica Jones (1 t.), Daredevil (2 t.), El último reino (1 t.), Stranger Things (1 t.), The Good Wife (en proceso), así como capítulos sueltos de otras series... La verdad es que, con esta profusión de buenas series de TV, he ido a escoger el mejor momento para quedarme varado en casa.

martes, septiembre 13

Rojos


 
          Nací en una dictadura y viví 22 años bajo su yugo. No suelo contar historias de aquella época, ni siquiera a mis hijos, por no sentirme como el típico abuelo batallitas, y también porque no es algo que me guste recordar. Entendedme, no es que lo pasara fatal, como el prota de una peli neorrealista; me crié en el seno de una familia de clase media-alta, tuve un montón de privilegios, nunca me detuvo ni pegó la policía, nunca me encarcelaron. Además, al menos durante la primera mitad de esos 22 años, por ser un niño, no tuve claro lo que era una dictadura. Pero al llegar a la adolescencia, aparte de pelos en la cara me creció la conciencia social. Franco era un hijo de puta, y la sociedad española de finales de los 60 y comienzos de los 70 una mierda, un pozo de mediocridad, arbitrariedad y paletismo. Aquello era insoportable.

          Por aquel entonces, a finales del franquismo, todos los partidos políticos, a excepción de la Falange, eran dos cosas: A) Clandestinos y B) Marxistas. Durante los últimos años de la dictadura florecieron un montón de grupúsculos políticos: la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota), el PCE m-l (Partido Comunista de España marxista-leninista), la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), el PTE (Partido de los Trabajadores de España)... y muchos más, todos marxistas (incluyendo al por entonces casi inexistente PSOE). Algunos, la mayoría, miraban hacia Rusia; otros lo hacían hacia Cuba y el movimiento revolucionario sudamericano; y también los había maoistas, como el FRAP, grupo con el que tuve una peculiar relación. Pero el partido clandestino por excelencia, el mayoritario, el más y mejor implantado, era el PCE, el Partido Comunista de Santiago Carrillo.

          Sin embargo, aunque todas mis simpatías estaban con aquellos grupos clandestinos, no veía nada claro eso del comunismo. En primer lugar, porque el comunismo propone como forma de gobierno la “dictadura del proletariado”; y, vamos a ver, ¿por qué iba a desear cambiar una dictadura fascista por otra marxista? Lo que yo quería era ninguna dictadura, no un mero cambio de apellidos.

          En segundo lugar, ¿el comunismo funcionaba? Es decir, ¿esa ideología podía generar sociedades estables y funcionales? Los ejemplos con que contaba por aquel entonces invitaban al desánimo. Todos los regímenes comunistas se habían convertido en dictaduras; pero no proletarias, sino absolutamente personalistas (Stalin, Mao, Pol Pot, Ceaucescu, Tito, Castro, etc.). Y no estoy hablando de dictaduras paternalistas, sino de auténticos regímenes de terror, como demuestran las matanzas stalinistas, los jemeres rojos o la Revolución Cultural.

          En cuanto a la economía, la cosa no iba mejor. Todos los regímenes comunistas, sin excepción, sumieron a sus sociedades en la pobreza. Es cierto que la mayoría de los países que adoptaron el comunismo eran ya de por sí pobres, pero también es verdad que ninguno logró salir de la miseria aupado por el marxismo. Rusia, por ejemplo, jamás consiguió cumplir ninguno de sus famosos “planes quinquenales”. De hecho, para alimentar a sus ciudadanos tenía que comprarle trigo a Estados Unidos. La Unión Soviética se derrumbó porque su economía se colapsaba, sobre todo al intentar seguir la carrera armamentística de USA. En resumen: la economía dirigida no funciona.

          No obstante, allá por los 60 nada de esto estaba tan claro. La censura y el hermetismo de los regímenes comunistas impedía que se conociera la realidad de esas sociedades, mientras la propaganda oficial alimentaba la imagen del paraíso socialista. Además, toda la izquierda de occidente había adoptado el marxismo, y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

          Pero los hechos acabaron imponiéndose. En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para acabar con las medidas liberalizadoras surgidas de la llamada Primavera de Praga. Y la izquierda occidental se quedó con el culo al aire. De repente, la Madre Rusia ya no era tan maternal.

          Luego... En fin, luego sucedieron muchas cosas. Entre ellas, que la verdadera historia de los países comunistas comenzó a salir a la luz. El propio PCUS acabó reconociendo las atrocidades de Stalin, y lo mismo sucedió en China con los desmanes de la Revolución Cultural. De repente, el paraíso socialista comenzó a oler a azufre.

          Finalmente, llegó la perestroika, cayó el muro de Berlín, se liquidó la Unión Soviética y los regímenes comunistas se fueron disolviendo, uno a uno, como azucarillos. De hecho, hoy en día sólo quedan cuatro países comunistas: China, Corea del Norte, Vietnam y Cuba (y convengamos que el de China es un comunismo bien raro).

          Recuerdo que a comienzos de los 90 estaba convencido de que el comunismo era una ideología muerta y enterrada. Incluso me daban un poco de penita los viejos dinosaurios del PCE, anclados en un tiempo que, en realidad, nunca existió. Sí, el comunismo se había convertido en un fósil, en una reliquia del pasado, en una idea puesta a prueba, fracasada y desechada.

          Al menos eso creía yo, porque ahora, de repente, me encuentro con una serie de políticos jóvenes –“la nueva política”- que se confiesan, más o menos orgullosamente, comunistas. ¿Cómo es posible? Porque no se trata de una discusión teórica, sino simplemente de leer la historia. Si todos los regímenes comunistas habidos hasta ahora han fracasado, ¿por qué iba a triunfar uno nuevo? Es que todos los intentos anteriores se hicieron mal, dicen, todos se apartaron de la ortodoxia y traicionaron a la revolución. Pero ellos lo harían bien, forjarían el auténtico comunismo.

          No es cierto. No hay forma de conseguir que el comunismo funcione, porque el comunismo parte de planteamientos equivocados. Buenas intenciones, idealismo, pero poco que ver con la realidad. Todos los países comunistas han derivado en totalitarismos, todos han rendido culto a la personalidad, todos han cometido atrocidades, todos han anulado la iniciativa privada, todos han reprimido las libertades. Y esto ha sido así porque todo ello forma parte consustancial del comunismo.

          Sin embargo, los nuevos políticos (o, al menos, algunos de ellos) se declaran comunistas, como si la historia del mundo acabara de empezar. Supongo que viven en un universo platónico, en una caverna de las ideas donde jamás consentirían que la realidad les estropease una buena teoría.

          O quizá sea más sencillo: se es comunista por un acto de fe. Eso situaría el comunismo en el apartado que le corresponde, el de las religiones. Una religión atea, pero religión en cualquier caso.