jueves, abril 23

50 sombras de César



            He observado que, en ciertos blogs, sus gestores dedican alguna entrada a contar un número X de cosas sobre sí mismos. ¿Y eso a quién le importa?, me preguntaba yo. Sin embargo, hoy (o mañana) pensaba escribir una entrada sobre Podemos; pero es un asunto complejo que me iba a llevar bastante tiempo y tengo otras cosas que hacer. Así que, para pasar un rato con vosotros, he decidido contaros 50 cosas sobre mí que quizá no conocíais, y que sin duda no tenéis la menor necesidad ni interés en conocer. Pero a lo mejor sois unos cotillas (yo lo soy), así que ahí van mis tontas confesiones:

             1. Los escritores rusos me deprimen.

             2. Me encantan los sandwiches de jamón y queso.

             3. Si dejo caer un brazo por el borde de la cama me entra muy mal rollo (de pequeño pensaba que había alguien debajo y me iba a agarrar la mano).

             4. Tengo un olfato espléndido. Soy un poco sabueso.

             5. No tengo paciencia para.... en fin, para casi nada, salvo para escribir.

             6. Me gustan los niños; aunque ahora, después de haber tenido hijos, bastante menos que antes.

             7. Me gustan los perros; sobre todo los mastines y los setter.

             8. Me da grima tocar pescado con escamas.

             9. No soporto el ballet clásico, pero sí el contemporáneo.

            10. El color que más me gusta es el violeta.

            11. Y el que menos, el color salmón (¡puag!)

            12. Cuando me siento en el trono del señor Roca tengo que leer algo.

            13. Me gusta la música celta.

            14. No me gusta el vino.

            15. Mascar chicle me pone de los nervios. Y verlo mascar también.

            16. Mis pintores españoles favoritos son Goya, Picasso y Juan Gris.

            17. No me gusta nada comer con los dedos.

            18. Adoro los helados, pero sin tropezones.

            19. En realidad, adoro la leche y todos los derivados lácteos.

            20. Mis quesos favoritos son el manchego, el parmesano y el emmental.

            21. Sólo me he pegado a puñetazos una vez en mi vida. Tenía quince años y estaba en el colegio. Gané yo, por si os lo estabais preguntando.

            22. Me encanta el ajedrez, pero soy un infame jugador.

            23. El juego que mejor se me da es el reversi (u Othello), y pese a ello soy un jugador mediocre...

            24. Me gustan las bebidas muy frías. Todas las noches, cuando me acuesto, dejo en la mesilla un vaso de agua helada con cantidad de cubitos de hielo (sea verano o invierno).

            25.Tengo los brazos más largos de lo que correspondería a mis proporciones. En fin, no voy rozando el suelo con los nudillos mientras camino, pero tengo un piazo brazos. (Ahora que lo pienso, quizá por eso gané mi única pelea a puñetazos).

            26. No puedo tener las manos quietas. Cuando estoy viendo la tele, o en el cine, tengo que estar doblando papelitos o jugueteando con cualquier cosa.

            27. Me gusta el boxeo, pero no me permito verlo. Es una salvajada.

            28. Soy tintinófilo.

            29. La estación del año que más me gusta es el otoño.

            30. No aguanto que me dé demasiado el sol. Prefiero los baños de sombra.

            31. Me encantaría saber tocar el violín, pero soy un negado para la música.

            32. Si pudiese comenzar de nuevo, sería escritor de viajes.

            33. No soporto a la gente vanidosa.

            34. En realidad me llamo César Enrique, pero me horroriza ese nombre compuesto (con lo guay que es simplemente “César”...).

            35. No tiro nada. Soy una hurraca.

            36. Detesto todo lo relacionado con la tauromaquia. No solo me parece una horterada, sino que además me revuelve las tripas.

            37. Me gusta más el norte que el sur, las brumas del Atlántico que el sol del Mediterráneo (y eso que nací en sus costas).

            38. Soy muy poco aficionado a la poesía. Los escasos poetas que me gustan son los más narrativos. Antonio Machado, por ejemplo.

            39. De jovencito era muy tímido. Aún lo soy en ciertos aspectos (pero en otros –la mayoría- parezco justo lo contrario).

            40. En general, no me gusta la clase social a la que pertenezco. Aunque, bien pensado, creo que no me gusta ninguna clase social...

            41. En lo más profundo de mí mismo, me considero anarquista. Pero sé que ésa es una aspiración imposible.

            42. Llevo utilizando prácticamente desde que nací la misma colonia: 1916, de Myrurgia.

            43. Mi desayuno favorito consta de cruasanes y pan tostado con mantequilla y mermelada de melocotón. Pero habitualmente sólo me tomo un café con leche.

            44. No soporto que me den la lata. Puedo ser muy brusco con los pesados.

            45. Soy ciclotímico. Ahora estoy arriba, ahora estoy abajo. A veces, ambas cosas a la vez.

            46. Me jode que me cuenten los argumentos de películas o libros. ¿A quién le importa sólo el argumento? De hecho, jamás cuento las tramas de mis libros.

            47. Detesto a la gente que usa la debilidad como herramienta para conseguir sus fines.

            48. Pero aún detesto más a los prepotentes y los abusones.

            49. Escucho muy poquita música. Y jamás trabajando.

            50. En general, tengo un carácter... digamos que complicado.

jueves, abril 16

Pepa



            Pocas veces he hablado aquí de María José, mi mujer, más conocida en la familia como Pepa. Y no porque yo no quiera, sino porque ella no quiere. Dice, más o menos, que si yo no tengo pudor en mostrar en público mis intimidades, le parece muy bien, pero que no la meta a ella en esos turbios asuntos. Y tiene razón, así que hasta ahora me he limitado a mencionarla ocasionalmente. Pero hoy, mira por dónde, le voy a dedicar esta entrada. Con discreción, claro, que si no me la cargo.

            Pepa es una donostiarra nacida en La Coruña (igual que yo soy un madrileño nacido en Barcelona). Es decir, que nació en Galicia pero, siendo un bebé, su familia se trasladó a San Sebastián, donde pasó su infancia y primera juventud. Luego, en los 70, vino a Madrid para acabar la carrera, y aquí se quedó. Comenzó su vida profesional vendiendo seguros (si puedes vender un seguro de vida, puedes vender cualquier cosa), pero rápidamente pasó al mundo del marketing, y de ahí al sector publicitario. Y eso es ahora, una reputada y excelente directiva publicitaria.

            Además, es una mujer inteligente, culta, con fuerte personalidad, gran sentido del humor y un irresistible encanto personal. Encima, es guapísima, elegante y sexy. Pero sobre todo, posee la rara virtud de soportarme a mí; que no es fácil, amigos míos, nada fácil.

            Aparte de todo eso es una luchadora por la igualdad de derechos y oportunidades de la mujer. Hace unas semanas, Pepa fue invitada por la Comunidad de Madrid a dar una conferencia en el ciclo "Mujeres, el camino hacia el éxito". Su charla trataba sobre las mujeres en la publicidad, y llevaba por título Persuasoras y persuadidas. La vida secreta de las marcas. ¿Os apetece echarle un vistazo?

Pues entonces pinchad

            Y así comprobaréis la suerte que tengo.

lunes, abril 6

Generando género



            Al final de la anterior entrada comentaba que hay que apoyar El Ministerio del Tiempo porque esa serie abre en España un camino que puede ser muy fructífero. ¿Por qué?

            Vale, vamos a hablar de “ficción”, pero con esa palabra voy a englobar cine y literatura, dejando aparte las restantes formas narrativas. Mi tesis es la siguiente: el tamaño y alcance de la “gran ficción” de un país depende del tamaño y alcance de su ficción de género. Un país, por tanto, con escasa ficción de género, será un país con escasa gran ficción.

            Centrémonos ahora en la literatura. Podríamos dividirla siguiendo la pauta de las clases sociales: La aristocracia sería la alta literatura (Tolstoi, Cervantes, García Márquez, etc.); la clase media sería la buena literatura de género (Graham Greene, Ray Bradbury, P. G. Wodehouse, etc.); la clase baja sería los best sellers más adocenados (Dan Brown, E. L. James, Juan José Benítez, etc.); y el lumpen la literatura de kiosco (Marcial Lafuente Estefanía, Lester Dent, Luis García Lecha, etc.).

            En la dinámica social, al menos en teoría, la clase media es fundamental para que exista el flujo interclasista. Por ejemplo, mi abuela paterna era cocinera de clase baja. Mi padre, escritor de clase media alta. El abuelo paterno de mi mujer era agricultor. El padre de mi mujer, catedrático universitario. Es decir, para ascender en la escala social es indispensable que exista una clase media.

            Pues con la literatura pasa lo mismo (ya he hablado aquí de este asunto, pero lo repetiré). Imaginemos un joven aficionado a leer a Dan Brown, Federico Moccia y engendros similares. ¿De repente empezará a leer a Tolstoi, a Borges o a Philip Roth? Bueno, quizá; pero es altamente improbable. Lo normal sería que pasase a Ken Follet (que es mediocre, pero infinitamente mejor que Brown), luego a Jim Thompson, luego a Stephen King, luego a Graham Greene, luego a Ballard... y así hasta llegar a García Márquez y el resto del canon. En fin, los autores pueden ser otros, pero entendéis la idea, ¿no? El proceso de avanzar en la calidad y complejidad de la lectura es gradual, y para pasar de lo peor a lo mejor hace falta un puente. Y ese puente es la literatura de género.

            Pero, ¿por qué género? ¿Acaso no existe una clase media literaria no genérica? Bueno, sí, más o menos... pero ¿qué demonios son los géneros literarios? Relatos agrupados en base a unos patrones temáticos comunes. Vale, la cosa es más compleja; pero dejémoslo así. Por otro lado, habría  relatos que no comparten patrones temáticos con ninguna otra obra, ¿no? Pues bien, ¿cabe pensar que hoy en día, después de más de tres milenios de creación literaria, alguien publique una novela que no encaje con ningún patrón preexistente? Permitid que me ría. Cualquier novela que se escriba podría encajar con un género, si ese género tuviera nombre. Por ejemplo, podría haber un género “Posguerra Civil”, o “Vuelvo al Pueblo y Recupero mis Raíces”, o “Mira Qué Bien Escribo Aunque No Cuente Nada”, o “Fíjate en lo Profunda que es Mi Vida Interior”, o “Qué Chunga es la Familia”... En fin, hay muchísimas posibilidades. Lo que pasa es que esos posibles géneros no tienen nombre, porque carecen del tirón necesario para que existan colecciones especializadas en ellos y sea necesario llamarlas de alguna forma.

            Es decir, sólo se le pone nombre a los géneros más populares. Lo cual no significa que los géneros sean intrínsecamente buenos, por supuesto. Al menos el 90% de la producción de cualquier género es basura. Pero queda un maravilloso 10% compuesto por buenas novelas de género, que ante todo son buenas novelas a secas, sin adjetivos. Pero buenas novelas que cuentan con el atractivo adicional de pertenecer a un género con tirón para un nutrido grupo de lectores. Por ejemplo, Fulanito es aficionado a la ciencia ficción y suele leer space operas. Pero un día lee las Crónicas Marcianas de Bradbury (porque es ciencia ficción) y descubre que la literatura puede ser otra cosa mucho más interesante. Gracias al género y sin proponérselo, Fulanito habrá evolucionado como lector. Por eso la literatura de género es un puente muy eficaz para pasar de la clase baja a la alta.

            Eso respecto a los lectores. Con los autores pasa algo parecido, aunque no igual; pero sería largo de exponer y no quiero enrollarme (más).

            Pues bien, en España la literatura de género autóctona no ha gozado de buena salud desde hace mucho tiempo (con honrosas e incluso notables excepciones) y hasta hace muy poco. Básicamente se limitaba a las novelas de quiosco y poco más. En cuanto al cine, tres cuartos de lo mismo. El género rey era (es) la comedia, y los demás géneros, en general, solo existían en producciones de serie B (o Z).

            Podría decirse que el cine español era, básicamente, o comedias (en general casposas) o “de autor” (signifique esto lo que signifique). Lo malo es que el público le había vuelto la espalda, hasta el punto de que el término “cine español” era despectivo. Pero las cosas están cambiando. El año pasado, por primera vez, las dos películas más taquilleras en España fueron españolas: Ocho apellidos vascos (comedia) y El niño (thriller). Además, entre las diez primeras también figuraba La isla mínima (otro thriller). ¿Y cuál es la película española más taquillera de todos los tiempos? Los otros (terror).

            De hecho, si nos fijamos en las películas españolas más destacadas de los último tiempos, comprobaremos que la mayoría son de género (salvo las de Almodovar, que es un género en sí mismo). Abre los ojos (ciencia ficción), Celda 211 (trhiller), Rec (terror), El orfanato (terror), Grupo 7 (thriller), Ágora (peplum), El laberinto del fauno (terror), Lo imposible (catástrofes), Buried (trhiller)... La consolidación de nuestro cine se está generando en torno al género.

            Para comprobar el poder de la ficción de género, vamos a examinar un caso foráneo. ¿Qué sabíais hasta hace muy poco de la actual literatura escandinava? Respuesta: nada o muy poquito. Sin embargo, ahora las librerías están llenas de novelas de autores escandinavos. En su inmensa mayor parte, thrillers. El boom de la novela negra escandinava, que comenzó con Mankell y eclosionó con Larsson, multiplicándose después en decenas de autores distintos (todo ello, por cierto, en países con muy pocos habitantes; aunque, eso sí, altísimos porcentajes de lectura).

            El éxito de la literatura de género escandinava se trasladó a su cine –por las adaptaciones-, y luego a la TV. De repente, Dinamarca –un país con poco más de cinco millones y medio de habitantes- se ha convertido en uno de los principales productores de series de TV de Europa, con éxitos como Forbrydelsen (adaptada en USA bajo el título The Killing), o Bron/Broen (The Bridge en USA), ambas thrillers. Pero también tenemos ejemplos de otros países nórdicos, como Wallander o Los crímenes de Fjällbacka, ambas suecas y ambas thrillers. Y, por supuesto, otros géneros, como Borgen (drama político) o 1864 (drama histórico).

            En resumen: la buena ficción de género eleva el nivel cultural de los lectores/espectadores, consolida la industria (editorial y audiovisual), tiene proyección internacional y aumenta la calidad global de la ficción de un país.

            Por eso hay que apoyar, como decía en la anterior entrada, a El Ministerio del Tiempo. En primer lugar, porque demuestra que aquí también podemos hacer las cosas bien. Y, en segundo lugar, porque marca el camino para conseguir que las series españolas se sacudan la caspa de décadas y entren en esa edad de oro de las ficciones televisivas, que hasta ahora parecía haber pasado de largo por nuestro país.

            Aunque claro, para eso no basta tan solo con recurrir al género. Hace falta algo más. ¿Qué? Daré una pista: el control sobre El Ministerio del Tiempo no lo ejercen los productores ni los realizadores, sino sus guionistas, los hermanos Olivares. Ésa es la gran enseñanza que nos ha brindado HBO: si quieres aumentar la calidad del producto, dale el poder a los guionistas. Pero eso, amigos míos, daría para otro post.

jueves, marzo 26

El Ministerio del Tiempo



            Voy a hacer algo que jamás creí posible: recomendar una serie española de TV. Me refiero a El ministerio del tiempo (EMDT en lo sucesivo), que se emite todos los lunes en TVE. La rara avis más rara avis que se ha visto en nuestra pequeña pantalla desde los tiempos en que Chicho Ibáñez Serrador iluminaba un poco la mediocre oscuridad de la dictadura con programas tan inusuales (en nuestro país) como Historias para no dormir o Mañana puede ser verdad.

            ¿Qué tiene de raro EMDT? Pues, en primer lugar, que es una serie de ciencia ficción, algo muy exótico en esta España nuestra tan aferrada al realismo patatero. Y en segundo lugar, que está bien pensada, bien escrita y bien ejecutada. Vamos, que es una buena serie de ciencia ficción cien por cien española. Pocas cosas pueden ser más raras.

            ¿De qué va? Como reza el título, en España existe un ministerio secreto que posee un sistema para viajar en el tiempo. No lo hace con ninguna máquina tipo Wells, sino a través de un entramado de puertas -descubierto por un judío español del siglo XV- que conducen a diferentes momentos del pasado de España. El objetivo del Ministerio es corregir los cambios en la historia provocados por viajeros temporales furtivos.

            Vale, no es una idea original; en la literatura de ciencia ficción tenemos antecedentes tan notorios como El fin de la Eternidad, de Asimov, La patrulla del tiempo, de Paul Anderson, o las Crónicas del Gran Tiempo, de Fritz Leiber. Pero esas novelas son norteamericanas, y EMDT trata el tema desde una perspectiva absolutamente española. Y eso lo cambia todo.

            Los viajes temporales que describe la serie no poseen el tono ultratecnificado y grandioso de la tradición anglosajona; son más de andar por casa, más como serian si en nuestro país hubiera realmente viajes en el tiempo. De entrada, el ministerio en cuestión es eso, un ministerio español, con su burocracia, sus escasos medios y sus aburridos funcionarios. Además, las puertas sólo conducen al pasado español, y en ningún caso al futuro.

            La serie se centra en las aventuras de una de las “patrullas” del ministerio, formada por Julián, un enfermero del SAMUR de nuestra época (Rodolfo Sancho), Amelia Folch, una estudiante ilustrada de finales del siglo XIX (Aura Garrido) y Alfonso de Entrerríos, un mercenario de los Tercios de Flandes (Nacho Fresneda). Otros personajes fijos son Salvador Martí, subsecretario del Ministerio (Jaime Blanch), Irene Larra, responsable de Recursos Humanos nacida en los años 30 (Cayetana Guillén Cuervo), Ernesto Jiménez, un funcionario -en realidad, el padre de Torquemada- (Juan Gea), o Angustias, secretaria de Salvador nacida en el XIX (Francesca Piñón).

            ¿Por qué es buena la serie? Excelente pregunta; pero antes vamos a formular otra: ¿Tiene lógica? Pues, si te paras a pensarlo, no mucha. De entrada, la idea de partida es absurda, y el desarrollo de los argumentos tiene algunos baches de coherencia. Pero de eso sólo te percatas si te paras a pensarlo, y mientras ves la serie, sencillamente, no te paras a pensarlo. Porque los guiones tienen buen ritmo y son muy divertidos, así que te dejas arrastrar por ellos sin cuestionarte nada. Es decir, no existe una sólida lógica objetiva, pero sí hay una lógica interna. Sus creadores, los hermanos Olivares, nos dicen: “Ya sabemos que esto es absurdo, pero juega a creértelo y pásatelo bien”. Y tú suspendes la incredulidad y te lo pasas bien. En realidad, ésa es la esencia de la ficción.

            Para conseguir que te tragues lo intragable, los Olivares usan el mejor disolvente de la incredulidad que existe: el sentido del humor y la ironía. EMDT no es una comedia, pero de principio a fin tiene un barniz de comedia.

            La serie se basa mucho en la aparición de personajes históricos famosos, pero lo hace con un sano y divertido criterio desmitificador. Por ejemplo, la persona que en el ministerio se ocupa de hacer retratos robot es... Velázquez. ¿Y cómo es? Pues, tras enterarse de que acabará siendo considerado uno de los mayores pintores de todos los tiempos, Velázquez se ha convertido en un tipo vanidoso y bastante quejica. En el segundo episodio aparece Lope de Vega (excelentemente interpretado por Víctor Clavijo), y se le presenta como un picha brava obsesionado con las tías (que, por cierto, es lo que Lope era de joven). Y cuando Franco entra en escena (episodio 3), lo hace como un insulso mediocre. Otro aspecto simpático de la serie son sus constantes referencias a la cultura popular española, desde el Capitán Alatriste hasta Torrebruno, pasando por Jiménez del Oso, Curro Jiménez o el grupo Leño.

            Pero bueno, a lo que vamos, ¿por qué considero que EMDT es una buena serie?

            1. Por la calidad de sus guiones. Buenas historias, buenos personajes, buen ritmo y buenos diálogos. Los guionistas consiguen, incluso, superar el lastre de los 70 inevitables minutos de duración de las series hispanas.
            2. Por su refrescante sentido del humor.
            3. Por el buen trabajo de los actores. ¡Una serie española bien interpretada! Parece increíble, ¿verdad?
            4. Por la más que correcta realización, que consigue soslayar la escasez de medios y darle a la serie un buen empaque visual. En fin, a veces las pocas pelas se notan (como en el tercer episodio, quizá el más flojo de los cinco que he visto hasta ahora), pero por lo general el equipo técnico logra sacar agua de las piedras.
            5. Por su carácter absolutamente inusual. Estamos hablando de una serie de TV española en la que no hay niños repelentes, ni ancianos entrañables, ni familias encantadoras, ni folletinismo (me temo que esa palabra no existe) de tercera, ni costumbrismo barato. Estamos hablando, amigos míos, de una serie española ¡de ciencia ficción!

Pero, quieto ahí; ¿es realmente ciencia ficción? Porque, a fin de cuentas, el método que se usa para viajar en el tiempo, las puertas, tiene más de magia que de ciencia. Cierto, pero da igual. Si algo ha demostrado la ciencia ficción, es que no es posible viajar al pasado, porque en cuanto eso sucediera comenzarían a aparecer paradojas hasta debajo de las piedras. Entonces, si es imposible, ¿qué importa el método que se emplee? Sea lo que sea que digas al respecto, será mera palabrería.

            Eso me pasó a mí en mi novela El coleccionista de sellos. Ese texto no trata de viajes físicos en el tiempo, sino de mandar mensajes en el tiempo. Esos mensajes se mandan gracias a tres sellos especiales (creados por una civilización del futuro lejano). Los pegas en un sobre, escribes el nombre del destinatario y la fecha de recepción, lo echas a un buzón, y ya está: has mandado una carta al pasado. En su momento, algunos dijeron que eso era más fantasía que ciencia ficción, porque lo de los sellos sonaba a magia.

            Yo alegué dos cosas: En primer lugar, la famosa frase de Clarke donde dice que toda tecnología lo suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia. En segundo lugar, dado que viajar al pasado es imposible, ¿qué más dará el sistema que uses para viajar? Lo importante es que el desarrollo del argumento sigue las pautas especulativas de la ciencia ficción. Por eso pertenece a ese género. Pues lo mismo sucede con EMDT: su desarrollo es enteramente ciencia ficción.

            Aclararé algo antes de concluir: EMDT no es una obra maestra (como Breaking Bad o Los Soprano). Ni siquiera es una buenísima serie (como Medium o Roma). EMDT es, sencillamente, una divertida serie de ciencia ficción que respeta la inteligencia del espectador. Y eso ya es muchísimo.

            Además, voy a hacer dos predicciones: 1. EMDT se convertirá en una serie de culto. De hecho, ya está sucediendo, porque hay en Internet un nutrido grupo de fans que se hacen llamar “ministéricos”. 2. El concepto de la serie se venderá al extranjero; en concreto a Estados Unidos. En un futuro no muy lejano, veremos un EMDT yanqui.

            Por último, todos deberíamos apoyar a esta serie, porque es un rayo de esperanza. Abre un camino que ojalá sea fructífero. En una próxima entrada intentaré explicar por qué.

            En cualquier caso, TVE ya ha firmado una segunda temporada de EMDT. Por una vez, las cosas se hacen bien.

lunes, marzo 16

Cojojundia


 
            Supongo que no se os habrá pasado por alto que ya estamos en plena campaña electoral. En Andalucía y, en lo que más me afecta, también en Madrid. Y, caray, qué perezón cielo santo, qué aburrimiento y qué... Mi buen amigo Samael, gestor del blog La tertulia perezosa, dice en la última entrada de su bitácora que el panorama político (se refiere a Madrid) le provoca asco (la entrada se llama así, “Asco”). Pues para ser sinceros, me parece que se queda corto. Los políticos de Madrid –especialmente los de la formación que lleva décadas gobernando el ayuntamiento y la comunidad- me producen... eh... esto...

            Vaya, no encuentro ninguna palabra para definirlo. De hecho, creo que esa palabra no existe, así que voy a inventarla. Los políticos madrileños del PP me provocan cojojundia. ¿Y qué es “cojojundia”? Aquí va una definición que le cedo amablemente a la RAE:

            Cojojundia:
1. f Desagradable sensación en la que se mezclan la repugnancia, el cabreo, la indignación, la incredulidad, el pasmo, la ira, la depresión, la rabia, el desánimo y un intenso deseo de emigrar, así como el irresistible impulso de matar a alguien.
           2. f Severa alteración estomacal provocada por algo que incita al vómito, unida a intensos dolores testiculares y ataques de caspa.
           3. f Miedo.

            Bueno, pues la política madrileña –la española, a decir verdad- me produce cojojundia, en abundancia y en todas sus posibles acepciones.

            Comencemos por el actual presidente de la Comunidad Madrileña, don Ignacio González. Nadie el votó; está ahí porque su jefa, doña Esperanza Aguirre, dejó el cargo para no verse cubierta de mierda por el inminente desvelamiento de la Red Púnica. Además, todos hemos escuchado sus bochornosas conversaciones con el comisario Villarejo, donde queda claro que González es a) un mentiroso y b) un corrupto. Ni siquiera en su partido le apoyan (su caída en desgracia se debe al “fuego amigo”), y le han dado la patada apartándole de la carrera electoral. Vale, pero ahí sigue el tío, todavía presidente de la comunidad, sin dimitir y sin que nadie de una explicación convincente. De hecho, si no le han dejado ser candidato no es porque sea un mentiroso y un corrupto, sino porque pertenece al cartel de Aguirre, y Rajoy no quiere que “La Lideresa” acumule demasiado poder. No me negaréis que el asunto da mucha cojojundia.

            ¿Y qué me decís de la candidata del PP a la alcaldía? Bajo su mandato en la Comunidad, y su presidencia del PP madrileño, floreció en Madrid la mayor red de corrupción que pueda concebirse, con tropecientos imputados (incluyendo a su número 2, Granados) y millones de euros de dinero público defraudados (es decir, nuestra pasta). Eso bastaría para que, en un país civilizado, cualquier político dimitiera de todos sus cargos y corriera a esconderse en el agujero más profundo que pudiera encontrar. Eso por no mencionar su incidente de tráfico, con fuga y desacato, lo que condenaría al ostracismo a todo político de un país decente. Pero estamos en España, amigos, no en un país civilizado y decente; así que ahí la tenemos, a la reina de la corrupción, de la mentira, del descaro, del populismo, de la marrullería, elegida rutilante candidata de un partido que, manda cojones, pregona ahora la regeneración. Y lo malo es que habrá gente que la vote. Y lo aún peor es que probablemente ganará; no con mayoría absoluta, pero si en términos relativos. Es para morirse de cojojundia.

            Para que no se me tache de parcialidad, por solo darle caña a los miembros del Partido Podrido (cuyo Gran Presidente mandó SMS’s de apoyo a su corrupto tesorero, y ahí sigue el muy chorizo sin dimitir), para que no se me acuse de parcial, insisto, hablemos un poco del PSOE andaluz, bajo cuyo mandato se han defraudado más de 1.000 millones de euros de dinero público (es decir: nuestra pasta), aparte de cometerse una amplia gama de delitos aún por determinar. Y sin embargo, todas las encuestas anuncian que el PSOE ganará las elecciones. Qué cojojundia, dios mío.

            Y, perdonad, pero no puedo evitar citar algo que se me antoja el culmen de la cojojundia. Antonio Sanz, el delegado de gobierno en Andalucía, diciendo: “"No quiero que en Andalucía mande un partido que se llama Ciutadans, que tiene un presidente que se llama Albert”. Me apresuro a añadir que el comentario no se le ocurrió al señor Sanz solito, porque no hizo más que reproducir el argumentario oficial del PP; es decir, dejar claro en todo momento que Ciudadanos tiene un origen catalán para frenar su ascenso. O dicho de otra forma: fomentar el odio entre los españoles para conseguir arañar unos cuantos votos. Si eso no da cojojundia, que venga dios y lo vea.

Disculpad que vuelva al PP, pero es que ese partido es una constante fuente de cojojundiez. El caso es que ¿cómo puede la gente seguir votando a malas personas, a incompetentes y a corruptos (o todo ello a la vez)?

            La respuesta es sencilla: En España no tenemos cultura política, pero sí futbolística. Así que los votantes se relacionan con los partidos políticos como si estos fueran equipos de fútbol. Y cuando uno es de un equipo, lo es para toda la vida. No importa si lo hace bien o mal, no importa si practica el juego sucio, no importa si compra partidos, no importa si el jugador estrella ha violado o maltratado a alguna que otra pobre mujer, todo eso da igual, porque se es de un equipo por razones emocionales, no racionales.

Bueno, pues con los partidos políticos igual. Aunque no es lo mismo, claro; lo del fútbol no tiene consecuencias, pero la política sí. Aunque es indiferente; los electores cautivos seguirán votando a los candidatos de su partido aunque les pillen sodomizando a niños de pecho. Puede que esos políticos/jugadores sean unos hijos de puta, pero son sus hijos de puta y hay que estar con los colores a muerte. Aunque claro, quien vota a corruptos, a sabiendas de que lo son, ¿no es cómplice de la corrupción?

            Si queréis que sea sincero, creo que el problema de España no es que tenga unos políticos desastrosos y deshonestos, sino que tiene unos votantes impresentables.

            Ah, pero puede que las cosas estén cambiando, ¿verdad? No he hablado de las formaciones emergentes como, Podemos y Ciudadanos. Bueno, ya charlaremos de eso otro día. Ahora me voy a vomitar, que esta entrada me ha dado mucha cojojundia.

           

martes, marzo 3

Es ilógico, capitán.



            ¿Cuál es el personaje de ciencia ficción (cf) más famoso del mundo? Probablemente Superman. Pero también el monstruo de Frankenstein. Y Darth Vader, Terminator o Alien. Es curioso, los tres últimos (cuatro si incluimos al monstruo) son villanos. Ahora bien, ¿cuál es el personaje de cf más famoso y querido? Sólo se me ocurre una respuesta: el señor Spock, de Star Trek.

            Pues bien, el pasado 27 de febrero murió Spock. No, miento; el vulcaniano sigue vivo, reencarnado (y muy bien, por cierto) en la figura de Zachary Quinto. En realidad, quien ha muerto es Leonard Nimoy, el primer y genuino Spock, el actor que lo interpretó en la serie original y en ocho películas.

            Supongo que para alguien que se ha criado viendo las pelis de Star Wars debe de resultar difícil de entender el impacto que para algunos pirados supuso la serie Star Trek (1966-69). A fin de cuentas, los efectos especiales eran cutres, los decorados de cartón piedra y el maquillaje de los extraterrestres de pacotilla. ¿Qué tenía de especial para acabar convirtiéndose en un mito popular?

            Star Trek era algo que no se había visto jamás en TV: un space opera moderno. Hasta entonces, la mayor parte de los productos audiovisuales de cf eran creados por personas ajenas al género, pero Star Trek provenía de las entrañas mismas del género. Eso queda patente en sus guiones, muchos de ellos escritos por prestigiosos autores de cf como Harlan Ellison, Theodore Sturgeon o Robert Bloch, o adaptados de relatos tan famosos como Arena, de Fredric Brown. En resumen: Star Trek ofrecía mejor y más genuina cf que cualquier otra producción audiovisual de la época.

            Star Trek estaba ambientado en un universo más o menos coherente y fue construyendo una mitología propia. Ambos factores, universo y mitología, daban solidez a la serie y permitieron, posteriormente, que su concepto se multiplicara en diversas producciones situadas en el mismo escenario.

            Los efectos especiales de Star Trek son cutres comparados con los actuales, pero durante la segunda mitad de los 60 resultaban sorprendentemente buenos, sobre todo tratándose de TV. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, la película con mejores FX de tipo espacial era Forbidden Planet (1956), que vistos hoy resultan irrisorios. 2001 aún no se había estrenado.

 
           Star Trek respiraba un aura liberal. En el futuro que mostraba había igualdad entre nacionalidades, razas y sexos. Una  curiosidad: fue la primera serie en la historia de la TV que mostró un beso interracial; el que se daban el capitán Kirk y la teniente Uhura en el capítulo 10 de la tercera temporada. Por otro lado, Star Trek presentaba un futuro optimista, algo muy de agradecer para los espectadores de entonces, en plena guerra fría y bajo la amenaza de una guerra nuclear.

            Y lo más importante de todo: Star Trek era una serie de personajes centrada en un trío de caracteres perfectamente ensamblado. El impulsivo y simpático Kirk, el malhumorado y prudente doctor McCoy y el frío y racional Spock. Tres personajes opuestos entre sí, y sin embargo unidos por la amistad (aunque no paraban de discutir). No solo es que fueran buenos personajes, es que además el casting era perfecto. A esto hay que añadirle el sentido del humor y un aire desenfadado muy agradable.

            Creo que esos fueron los principales factores que acabaron convirtiendo a Star Trek en el mito popular que ahora es. Lo cual no significa que fuera una serie perfecta, ni mucho menos. La dirección de arte y los decorados eran muy deficientes, muchos episodios eran malos e incluso ridículos y la realización dejaba mucho que desear. Pero el producto tenía algo muy valioso: le caía bien a la mayor parte de los espectadores. Era simpático. A lo largo del tiempo he oído a gente poniendo a parir Star Wars, pero jamás he escuchado a nadie echar pestes de Star Trek (aunque sí de algunas de sus películas cinematográficas, y con razón).

            Pero hay un factor más: un personaje carismático que enlazaba emocionalmente con el público. Me refiero, claro, al señor Spock. Pero, ¿qué tenía el vulcaniano de especial? Pues algo que por entonces era nuevo e incluso revolucionario (a pequeña escala, claro). Hasta ese momento, la fría racionalidad sin emociones solía presentarse como una actitud negativa, inhumana y, en última instancia, peligrosa. Sin embargo, Spock demostraba que la fría racionalidad conducía a la ética, y que eran las emociones lo que con frecuencia llevaban al desastre. Según la lógica de la serie, Spock era bueno, porque ser bueno es lo racional. Eso no lo había dicho nadie, al menos en TV. Si a esta peculiaridad le añadimos un aspecto físico muy reconocible –ese peinado raro, esas orejas puntiagudas y esas cejas perpetuamente alzadas-, pues ya tenemos un bonito arquetipo.

            Leonard Nimoy encarnó perfectamente a Spock. Porque, no nos engañemos, Nimoy era un actor muy limitado y muy, pero que muy, inexpresivo. Es decir, el actor perfecto para encarnar a un hierático extraterrestre carente de emociones. Al final, el personaje acabo devorando al actor; a partir de su intervención en la serie, Nimoy ya sólo era y sólo podía ser Spock. Pero también es verdad que ese personaje le convirtió en un icono y en un mito del siglo XX. Después de todo, no está tan mal.

            Supongo que todos conocéis la historia de la serie. En su primera emisión no fue ni mucho menos un éxito, y si duró tres temporadas fue por el empeño de la empresa que la producía, Desilu. Lo que no sé si sabéis es que la productora Desilu pertenecía a la famosa actriz de comedia Lucille Ball. El caso es que, tras el relativo fracaso de sus emisiones iniciales, Star Trek se popularizó masivamente gracias a las reposiciones en las emisoras locales. En 1979 llegó la versión cinematográfica y luego vino todo lo demás.

            Yo, por aquel entonces un teenager pirado por la cf, era fan de Star Trek. Pero no me interesaron lo más mínimo las series posteriores: la Nueva Generación, o Espacio Profundo, o Voyager, o Enterprise (a decir verdad, de las tres últimas no he visto ni un solo episodio). La Nueva Generación contaba con muchos más medios y mucho mejores efectos especiales. Pero me parecía un producto de laboratorio sin alma, puro marketing. De hecho, le faltaba lo fundamental: personajes con garra. Por ejemplo, el equivalente a Spock en esa serie era Data, un robot sin emociones humanas (vaya, qué original). Pero Data no le llegaba ni a la altura de los zapatos al vulcaniano. En mi opinión, a la Nueva Generación le faltaba la frescura que derrochaba la serie original.

            Por último, nos ha llegado el reboot cinematográfico de Star Trek, con dos películas hasta ahora: Star Trek (2009) y Star Trek: En la oscuridad (2013).

Y está bien, me gusta. J. J. Abrams, que es muy listo, entendió cuál era la razón del éxito de la serie y volvió al principio, a los orígenes, a los personajes iniciales –Kirk, McCoy y Spock-, interpretados por otros actores de características similares a los originales (resulta asombroso el parecido entre DeForest Kelley y Karl Urban, los actores que han encarnado al doctor McCoy en la serie original y en el reboot, respectivamente).

            En fin, ya era un hombre muy mayor, pero lamento la muerte de Leonard Nimoy. Su Spock forma parte del paisaje de mi adolescencia y primera juventud. Tan es así, que mi último perro (allá por los 80), un encantador y enorme mastín del Pirineo, se llamaba Spock. Era un pequeño homenaje. Esta entrada también lo es.
 
 

domingo, marzo 1

Montag & Co.




            Hace tiempo que ando un tanto despistado con la actualidad del cómic. Supongo que es por la desmedida oferta de superhéroes –que en general me aburren- y de manga –territorio en el que jamás he podido penetrar, pese a la guía de mi hijo Pablo-, así como por la ausencia de publicaciones especializadas fiables que me orienten. ¿Qué hay de nuevo y de bueno, por ejemplo, en el cómic europeo (en realidad, debería decir francés)? Pues ni puta idea. ¿Y en el cómic independiente norteamericano? Más ni puta idea. ¿Y en el cómic español?

            Ah, ¿pero existe el cómic español? Estoy siendo sarcástico; existe, pero poquito. La verdad es que la situación del cómic español, en cuanto a mercado, es preocupante. Aún recuerdo con nostalgia el boom del noveno arte hispano de finales de los 70 y comienzos de los 80... lo cual delata cuan viejo soy, pardiez. Pero no voy a hablar de cómics, aunque debería, porque es un tema sobre el que hemos charlado poco en Babel. Pero lo dejaremos para otro momento.

            Antes he dicho que el panorama del cómic español es triste, lo cual no significa que no haya magníficos creadores. Mis preferidos son dos: el gran Paco Roca y el no menos grande Francesc Capdevila, más conocido como Max. Supongo que todos sabéis quiénes son. A Paco Roca no le conozco personalmente, pero hace unos años intercambié con él varios e-mails, porque tuve la inmensa fortuna de que ilustrara una de mis novelas (La puerta de Agartha). No solo es un artista extraordinario, sino también una magnífica persona.

            En cuanto a Max, jamás he tenido el menor contacto con él, pero he seguido su trabajo desde los lejanos tiempos de la revista El Víbora. Y creo que quizá sea uno de los dibujantes cuyo estilo más ha evolucionado. De hecho, si contemplas sus primeros trabajos en el underground de los 70 y 80 (como Gustavo o Peter Pank) y los comparas con lo que hace últimamente (Bardín, el superrealista o Vapor), creerías que son obra de dibujantes distintos. Leí una entrevista suya en la que reconocía que, tras despreciar a Hergé, su estilo había acabado derivando, precisamente, hacia la línea clara. Nunca digas de este agua no beberás. Sea como fuere, me encanta cómo dibuja este hombre.

            Así que os dejo una muestra de su trabajo ahí arriba. Es una viñeta aparecida ayer en Babelia, y se la dedico a todos los Montag de España, que se dedican heroicamente a salvar la cultura, quemándola.