martes, marzo 3

Es ilógico, capitán.



            ¿Cuál es el personaje de ciencia ficción (cf) más famoso del mundo? Probablemente Superman. Pero también el monstruo de Frankenstein. Y Darth Vader, Terminator o Alien. Es curioso, los tres últimos (cuatro si incluimos al monstruo) son villanos. Ahora bien, ¿cuál es el personaje de cf más famoso y querido? Sólo se me ocurre una respuesta: el señor Spock, de Star Trek.

            Pues bien, el pasado 27 de febrero murió Spock. No, miento; el vulcaniano sigue vivo, reencarnado (y muy bien, por cierto) en la figura de Zachary Quinto. En realidad, quien ha muerto es Leonard Nimoy, el primer y genuino Spock, el actor que lo interpretó en la serie original y en ocho películas.

            Supongo que para alguien que se ha criado viendo las pelis de Star Wars debe de resultar difícil de entender el impacto que para algunos pirados supuso la serie Star Trek (1966-69). A fin de cuentas, los efectos especiales eran cutres, los decorados de cartón piedra y el maquillaje de los extraterrestres de pacotilla. ¿Qué tenía de especial para acabar convirtiéndose en un mito popular?

            Star Trek era algo que no se había visto jamás en TV: un space opera moderno. Hasta entonces, la mayor parte de los productos audiovisuales de cf eran creados por personas ajenas al género, pero Star Trek provenía de las entrañas mismas del género. Eso queda patente en sus guiones, muchos de ellos escritos por prestigiosos autores de cf como Harlan Ellison, Theodore Sturgeon o Robert Bloch, o adaptados de relatos tan famosos como Arena, de Fredric Brown. En resumen: Star Trek ofrecía mejor y más genuina cf que cualquier otra producción audiovisual de la época.

            Star Trek estaba ambientado en un universo más o menos coherente y fue construyendo una mitología propia. Ambos factores, universo y mitología, daban solidez a la serie y permitieron, posteriormente, que su concepto se multiplicara en diversas producciones situadas en el mismo escenario.

            Los efectos especiales de Star Trek son cutres comparados con los actuales, pero durante la segunda mitad de los 60 resultaban sorprendentemente buenos, sobre todo tratándose de TV. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, la película con mejores FX de tipo espacial era Forbidden Planet (1956), que vistos hoy resultan irrisorios. 2001 aún no se había estrenado.

 
           Star Trek respiraba un aura liberal. En el futuro que mostraba había igualdad entre nacionalidades, razas y sexos. Una  curiosidad: fue la primera serie en la historia de la TV que mostró un beso interracial; el que se daban el capitán Kirk y la teniente Uhura en el capítulo 10 de la tercera temporada. Por otro lado, Star Trek presentaba un futuro optimista, algo muy de agradecer para los espectadores de entonces, en plena guerra fría y bajo la amenaza de una guerra nuclear.

            Y lo más importante de todo: Star Trek era una serie de personajes centrada en un trío de caracteres perfectamente ensamblado. El impulsivo y simpático Kirk, el malhumorado y prudente doctor McCoy y el frío y racional Spock. Tres personajes opuestos entre sí, y sin embargo unidos por la amistad (aunque no paraban de discutir). No solo es que fueran buenos personajes, es que además el casting era perfecto. A esto hay que añadirle el sentido del humor y un aire desenfadado muy agradable.

            Creo que esos fueron los principales factores que acabaron convirtiendo a Star Trek en el mito popular que ahora es. Lo cual no significa que fuera una serie perfecta, ni mucho menos. La dirección de arte y los decorados eran muy deficientes, muchos episodios eran malos e incluso ridículos y la realización dejaba mucho que desear. Pero el producto tenía algo muy valioso: le caía bien a la mayor parte de los espectadores. Era simpático. A lo largo del tiempo he oído a gente poniendo a parir Star Wars, pero jamás he escuchado a nadie echar pestes de Star Trek (aunque sí de algunas de sus películas cinematográficas, y con razón).

            Pero hay un factor más: un personaje carismático que enlazaba emocionalmente con el público. Me refiero, claro, al señor Spock. Pero, ¿qué tenía el vulcaniano de especial? Pues algo que por entonces era nuevo e incluso revolucionario (a pequeña escala, claro). Hasta ese momento, la fría racionalidad sin emociones solía presentarse como una actitud negativa, inhumana y, en última instancia, peligrosa. Sin embargo, Spock demostraba que la fría racionalidad conducía a la ética, y que eran las emociones lo que con frecuencia llevaban al desastre. Según la lógica de la serie, Spock era bueno, porque ser bueno es lo racional. Eso no lo había dicho nadie, al menos en TV. Si a esta peculiaridad le añadimos un aspecto físico muy reconocible –ese peinado raro, esas orejas puntiagudas y esas cejas perpetuamente alzadas-, pues ya tenemos un bonito arquetipo.

            Leonard Nimoy encarnó perfectamente a Spock. Porque, no nos engañemos, Nimoy era un actor muy limitado y muy, pero que muy, inexpresivo. Es decir, el actor perfecto para encarnar a un hierático extraterrestre carente de emociones. Al final, el personaje acabo devorando al actor; a partir de su intervención en la serie, Nimoy ya sólo era y sólo podía ser Spock. Pero también es verdad que ese personaje le convirtió en un icono y en un mito del siglo XX. Después de todo, no está tan mal.

            Supongo que todos conocéis la historia de la serie. En su primera emisión no fue ni mucho menos un éxito, y si duró tres temporadas fue por el empeño de la empresa que la producía, Desilu. Lo que no sé si sabéis es que la productora Desilu pertenecía a la famosa actriz de comedia Lucille Ball. El caso es que, tras el relativo fracaso de sus emisiones iniciales, Star Trek se popularizó masivamente gracias a las reposiciones en las emisoras locales. En 1979 llegó la versión cinematográfica y luego vino todo lo demás.

            Yo, por aquel entonces un teenager pirado por la cf, era fan de Star Trek. Pero no me interesaron lo más mínimo las series posteriores: la Nueva Generación, o Espacio Profundo, o Voyager, o Enterprise (a decir verdad, de las tres últimas no he visto ni un solo episodio). La Nueva Generación contaba con muchos más medios y mucho mejores efectos especiales. Pero me parecía un producto de laboratorio sin alma, puro marketing. De hecho, le faltaba lo fundamental: personajes con garra. Por ejemplo, el equivalente a Spock en esa serie era Data, un robot sin emociones humanas (vaya, qué original). Pero Data no le llegaba ni a la altura de los zapatos al vulcaniano. En mi opinión, a la Nueva Generación le faltaba la frescura que derrochaba la serie original.

            Por último, nos ha llegado el reboot cinematográfico de Star Trek, con dos películas hasta ahora: Star Trek (2009) y Star Trek: En la oscuridad (2013).

Y está bien, me gusta. J. J. Abrams, que es muy listo, entendió cuál era la razón del éxito de la serie y volvió al principio, a los orígenes, a los personajes iniciales –Kirk, McCoy y Spock-, interpretados por otros actores de características similares a los originales (resulta asombroso el parecido entre DeForest Kelley y Karl Urban, los actores que han encarnado al doctor McCoy en la serie original y en el reboot, respectivamente).

            En fin, ya era un hombre muy mayor, pero lamento la muerte de Leonard Nimoy. Su Spock forma parte del paisaje de mi adolescencia y primera juventud. Tan es así, que mi último perro (allá por los 80), un encantador y enorme mastín del Pirineo, se llamaba Spock. Era un pequeño homenaje. Esta entrada también lo es.
 
 

domingo, marzo 1

Montag & Co.




            Hace tiempo que ando un tanto despistado con la actualidad del cómic. Supongo que es por la desmedida oferta de superhéroes –que en general me aburren- y de manga –territorio en el que jamás he podido penetrar, pese a la guía de mi hijo Pablo-, así como por la ausencia de publicaciones especializadas fiables que me orienten. ¿Qué hay de nuevo y de bueno, por ejemplo, en el cómic europeo (en realidad, debería decir francés)? Pues ni puta idea. ¿Y en el cómic independiente norteamericano? Más ni puta idea. ¿Y en el cómic español?

            Ah, ¿pero existe el cómic español? Estoy siendo sarcástico; existe, pero poquito. La verdad es que la situación del cómic español, en cuanto a mercado, es preocupante. Aún recuerdo con nostalgia el boom del noveno arte hispano de finales de los 70 y comienzos de los 80... lo cual delata cuan viejo soy, pardiez. Pero no voy a hablar de cómics, aunque debería, porque es un tema sobre el que hemos charlado poco en Babel. Pero lo dejaremos para otro momento.

            Antes he dicho que el panorama del cómic español es triste, lo cual no significa que no haya magníficos creadores. Mis preferidos son dos: el gran Paco Roca y el no menos grande Francesc Capdevila, más conocido como Max. Supongo que todos sabéis quiénes son. A Paco Roca no le conozco personalmente, pero hace unos años intercambié con él varios e-mails, porque tuve la inmensa fortuna de que ilustrara una de mis novelas (La puerta de Agartha). No solo es un artista extraordinario, sino también una magnífica persona.

            En cuanto a Max, jamás he tenido el menor contacto con él, pero he seguido su trabajo desde los lejanos tiempos de la revista El Víbora. Y creo que quizá sea uno de los dibujantes cuyo estilo más ha evolucionado. De hecho, si contemplas sus primeros trabajos en el underground de los 70 y 80 (como Gustavo o Peter Pank) y los comparas con lo que hace últimamente (Bardín, el superrealista o Vapor), creerías que son obra de dibujantes distintos. Leí una entrevista suya en la que reconocía que, tras despreciar a Hergé, su estilo había acabado derivando, precisamente, hacia la línea clara. Nunca digas de este agua no beberás. Sea como fuere, me encanta cómo dibuja este hombre.

            Así que os dejo una muestra de su trabajo ahí arriba. Es una viñeta aparecida ayer en Babelia, y se la dedico a todos los Montag de España, que se dedican heroicamente a salvar la cultura, quemándola.

viernes, febrero 20

La reina y yo



 
            Supongo que os preguntaréis quién es la mujer que me está estrechando la mano en la foto de ahí arriba. Vale, saciaré vuestra curiosidad: es la reina. No se le ve, pero el rey estaba a su lado. Decidí dar una audiencia a la plebe y acudieron ellos.

            Bromeo; se trata del acto de entrega de los diplomas correspondientes a los premios nacionales de cultura de 2013. Sí, ya sé que el premio lo gané hace más de un año, pero el diploma acreditativo me lo entregaron el pasado lunes 16. Los asuntos de palacio van despacio, ya se sabe. El evento tuvo lugar en el Palacio del Pardo, que es un sitio bastante siniestro. Ya había estado allí un par de veces, pero no deja de resultarme un poquito inquietante.

Es como una casa encantada por la que pasea el fantasma de un asesino en serie. Por las noches, cuentan las leyendas, se escucha una voz de pito que susurra: Espaaañoooles, ¿qué habéis hecho con mi herencia? Es lógico que diga eso, porque el testamento del difunto serial killer se encuentra allí, en ese palacio. Según cuentan, si no se contesta a esa voz, al día siguiente empiezan a aparecer por todas las salas del edificio sentencias de muerte firmadas por una mano fantasmal. Por lo visto, para apaciguar a tan horrendo espectro, hay que decirle que su herencia está a buen recaudo en manos de cierto partido político que no quiero mencionar.

            Y no lo quiero mencionar por puro temor. Porque cuenta otra leyenda que, si pronuncias tres veces en voz alta el nombre de ese partido frente a un espejo, a tu espalda se aparecerá un enano ex-bigotudo y ceñudo que te dirá: Mire usté... O, en su defecto, un tío barbudo con ojos asombrados que musitará, en fin, lo mismo que el enano: Mire usté...

            Pero me estoy desviando del asunto. El acto tuvo lugar en el Pardo, que es un palacio bastante feo, por cierto. La ceremonia comenzaría a las 12, pero teníamos que llegar tres cuartos de hora antes. Éramos un huevo de premiados por las distintas modalidades. Conforme iba llegando la gente, los encargados de protocolo separaban primero a los premiados de los invitados. Luego, a los premiados nos dividían en dos grupos situados en sendas salas de espera; unos nos sentaríamos a la izquierda de los reyes, y otros a la derecha. ¿En base a qué nos elegían para estar a un lado o a otro? Ni puta idea.

            De entre todos los premiados, sólo conocía personalmente a dos: al periodista Antón Castro (director del suplemento cultural del Heraldo de Aragón) y al escritor José María Merino, ambos de lo más amables. Pero también conversé con el dramaturgo Juan Mayorga, con la diseñadora Amaya Arzuaga, con el fotógrafo Alberto Schommer o con la ilustradora Carme Solé. Todos muy interesantes y muy simpáticos. Yo también fui muy simpático. Pero, claro, en esas circunstancias, cuando a uno le van a dar un premio, es fácil derrochar simpatía.

            Llegado el momento, nos condujeron como ovejitas al patio cubierto donde se celebraría el acto. Había una pequeña tribuna y enfrente un montón de sillas distribuidas en paralelo, donde ya estaban instalados los invitados. Los premiados nos acomodamos en la primera fila, a un lado y a otro de la pareja real. Por cierto, ¿qué sería una pareja irreal? ¿Yo y Gisele Bündchen?

            La cosa comenzó con un discurso del rey (pero sin tartamudeos). Felipe dijo básicamente que, respecto a la cultura, él estaba a favor. Que los creadores éramos chachis, que la sociedad nos necesitaba, que los premiados habíamos contribuido a fortalecer valores indisociables a nuestra convivencia (¿yo he hecho eso?). Luego, según nos iban llamando, se procedió a entregar los diplomas. Unos los entregaba el rey y otros la reina, alternativamente. A mí me tocó the queen, como puede verse en la foto.

            A  continuación, tres de los premiados pronunciaron breves discursetes, cada uno de ellos en representación del área cultural que le tocaba. Luis Goytisolo en nombre del área del libro, Luz Casal por las artes escénicas y musicales, y Alberto Schommer por el área de bellas artes. Por último, el ministro Wert (ese apellido suena a eructo) cerró el acto con un dilatado discurso donde alabó la obra de cada uno de los premiados. De mí también dijo cosas bonitas; pero, claro, ¿qué iba a decir?

            Finalizada la entrega de diplomas, nos hicimos una foto de grupo (en realidad cientos de fotos, porque había un montón de periodistas), donde posábamos los premiados con los monarcas y “autoridades” acompañantes (podéis verla ahí abajo). Por último, pasamos todos, reyes, premiados e invitados, a un patio cubierto contiguo donde se sirvió un cóctel con copas y canapés.

            Era un espectáculo curioso. El rey se fue por un lado, departiendo con unos y con otros, y la reina por otro lado haciendo lo mismo. Y a su alrededor se formaban círculos concéntricos de gente que esperaba... ¿conocerles? No, hacerse una foto con ellos. Ay, qué daño ha hecho a la humanidad el que cada uno de sus miembros lleve ahora una cámara fotográfica en el bolsillo...

            Y, bueno, ahí acabó todo. Yo iba con americana y corbata, que es el disfraz que me pongo para simular que soy un escritor serio. Por cierto, la corbata me la prestó mi hijo mayor, porque yo no tengo. Antes era al revés; qué tiempos estos.

            Al día siguiente leí en El País un artículo de no sé quién en el que hablaba con ironía sobre lo dóciles y afables que habíamos sido los premiados, en contraposición a otros que en su momento rechazaron el premio. En fin... Cuando me anunciaron que había ganado el Nacional, mi hijo Pablo me comentó en broma si iba a rechazarlo por el maltrato del gobierno a la cultura. Le contesté que el premio no me lo había dado el gobierno, sino un jurado de profesionales independientes (sólo uno de los muchos miembros del jurado pertenece al Ministerio), y que los Premios Nacionales llevan muchos años otorgándose con independencia del gobierno de turno que toque.

            Si el premio me lo otorgase el PP (o, si vamos a eso, cualquier otro partido), no dudaría ni un segundo en rechazarlo, porque no deseo de ninguna manera vincular mi imagen y mi trabajo a una formación política, sea de derechas o de izquierdas. Lo último que querría ser en este mundo es un “hombre de partido”. Y aún menos un “intelectual” a sueldo de la ideología que sea. Pero, ¿rechazar un premio institucional otorgado por profesionales de las letras? ¿Por qué? Respeto a quienes lo han hecho, pero no le veo sentido. Otra cosa son los escritores (como Javier Marías, creo) que rechazan cualquier premio al que no se hayan presentado. No sé por qué lo hacen, pero da igual, porque yo ya he aceptado demasiados premios como para ponerme estupendo ahora. Qué queréis que os diga; me encanta que me premien.

            Además, ya había cobrado la pasta del premio hace mucho. Entonces, ¿qué? ¿Me subo a un pedestal y, una vez pillados los euros, les digo que se metan el diploma por el culo? ¿O voy allí y monto un numerito? Pues no; lo que exigía la ocasión era ser dócil y afable. O simplemente educado.

            Me  pregunto por qué os cuento todo esto... ¿No será postureo? Mirad, chicos, qué importante soy codeándome con la realeza... Pues quizá; siempre he pensado que los escritores, aunque nos engañemos diciéndonos que no, somos en el fondo unos vanidosos de tomo y lomo. Pero, por otro lado, ha sido una experiencia curiosa y me apetecía compartirla con los merodeadores de estas áridas tierras de Babel.

sábado, febrero 7

Frío



Hace unos meses, comentaba aquí que las personas, cuando viajamos a otros países, lo hacemos rodeados por una burbuja de nuestra propia cultura. Es decir, aunque estemos en un entorno completamente distinto, seguimos comportándonos y pensando como si estuviéramos en nuestro país. Ahora añado que incluso quedándonos en España, seguimos envueltos en otra burbuja, la de nuestra clase social, nuestra educación y nuestro ambiente más inmediato. Yo, por ejemplo, no represento a lo que hoy es España, sino, en todo caso, a los madrileños de clase media, con estudios universitarios, profesión liberal, un estilo de vida acomodado, alto nivel cultural... Y mis conocidos y amigos más o menos lo mismo.

            Instintivamente, doy por hecho que, en general, los puntales básicos de mi estilo de vida son comunes a la mayor parte de mis conciudadanos. Todos tenemos casa, todos tenemos familia, todos nos alimentamos, todos nos protegemos de las inclemencias del tiempo de forma parecida, todos tenemos acceso a la sanidad y la educación... Sé que no es cierto; leo la prensa, escucho la radio, veo la TV, y estoy al tanto de que mucha gente en mi propio país carece de lo que yo considero básico. Pero una cosa es saberlo intelectualmente, y otra cosa es sentirlo de forma concreta siendo testigo directo.

            Por ejemplo, si leo que el tsunami del Índico causó más de trescientos mil muerto me horrorizo. Pero me horrorizo de forma abstracta, porque en realidad no puedo imaginarme a tal cantidad de gente ahogándose. Esas muertes no se convierten para mí en una experiencia, sino en un dato. Ahora bien, si estoy en la playa y veo que alguien, una sola persona, se ahoga, el choque emocional será mucho más intenso. Porque esa muerte no será un dato más en la estadística de los fallecidos por ahogamiento, sino una experiencia vital próxima a mí. Una cosa es saberlo y otra vivirlo.

            Como sabéis, en España estamos padeciendo los rigores de dos olas de frío, una polar y otra siberiana. En realidad, no tiene nada de extraordinario; estamos en invierno, ¿no? En Madrid llevamos un par de semanas con una rasca del carajo. Ahora mismo (son las 10:30) hay tres grados de temperatura en el exterior y está muy nublado. Mucho frío. Pero estoy en mi despacho, calentito...

            Pues bien, el pasado martes se estropeó la caldera que nos proporciona agua caliente y calefacción. Me desperté con la casa helada y tuve que ducharme con un agua que me hizo pensar en morsas y pingüinos. Llamé al servicio de reparaciones y se comprometieron a venir por la tarde. En total, la calefacción estuvo sin funcionar desde las siete de la mañana (cuando debería haberse conectado automáticamente) hasta que la repararon a eso de las seis de la tarde.

            Entre tanto, yo me puse a intentar trabajar, sentadito frente a mi escritorio como un buen niño. Llevaba pantalones de pana y un jersey bien gordo, pero al poco rato tuve que ponerme una manta sobre las piernas, porque me estaba quedando pajarito. Pero, ay amigos, no podía ponerme guantes (intenta pulsar un teclado con guantes y verás qué risa), así que las manos no solo se me estaban quedando heladas, sino que además empezaron a ponerse rígidas y a agarrotarse. Imposible trabajar así. Hacía tiempo que no pasaba tanto frío. A mediodía decidí salir a hacer algunos recados, porque así podría disfrutar de la calefacción del coche. Pero regresé a casa a la hora de comer y de nuevo me sentí como disidente soviético de vacaciones en un gulag siberiano. Sólo fueron once horas, pero coño, qué frío pasé.

            Y mientras estaba ahí, tiritando, pensé que mucha gente de mi propia ciudad iba a pasar todo el invierno en las mismas condiciones que yo en esos momentos. Personas que tienen casa, incluso trabajo o pensiones, pero que carecen del dinero necesario para poder permitirse el lujo de encender la calefacción. A eso lo llaman pobreza energética, como si ponerle nombre a las monstruosidades las hiciera más llevaderas. Mejor decir “pobreza energética” que “puta miseria”, supongo. Es más cool y nos deja más tranquilos.

            Últimamente se están produciendo en Madrid más incendios de lo normal. Mucha gente que no puede pagar la calefacción se calienta con braseros, estufas o, qué sé yo, haciendo una hoguera en un cubo. Entonces una chispa salta, la casa se incendia, los inquilinos mueren. Pero ¿qué importa? Sólo son estadísticas. He comprobado en Internet que también hay más muertes por intoxicación de monóxido de carbono, a causa de la mala combustión de braseros y estufas. Joder, tengo la sensación de haber vuelto a mi niñez, a finales de los 50, cuando esas cosas eran más habituales. O a lo mejor es que estamos regresando a Dickens...

            El martes pasado, mientras experimentaba los mismos rigores climáticos que un pobre energético, no dejaba de preguntarme cómo consentimos ese estado de cosas. Estamos empezando a aceptar como normal lo que sencillamente es inasumible. Cada día se hace más ancha la brecha entre los que les sobra de todo y los que no tienen nada, ni siquiera derecho a calentarse. Recuerdo que, cuando existía la Unión Soviética, en occidente se mostraban imágenes de colas interminables en Moscú para intentar adquirir algún producto básico, y a eso se le llamaba con sarcasmo el “Paraíso comunista”. Pues bien, esto que nos rodea es el rutilante “Paraíso neoliberal”.

            Cuando pienso en estas cosas, ¿sabéis lo que siento? Frío. Mucho frío. Y rabia, mucha rabia. ¿Cuánta gente tendrá que morirse congelada, o quemada, o asfixiada, hasta que reaccionemos? ¿O es que hace tanto frío que se nos ha congelado el corazón?

martes, enero 27

Cartas del pasado



            En enero del año que viene, se inaugurará en La Casa del Lector, del Centro Cultural El Matadero, una exposición sobre José Mallorquí, mi padre. Aparte de la exposición, habrá un ciclo de conferencias, proyecciones cinematográficas y se editará un libro. Ya os mantendré informados.

            El caso es que, para el libro dedicado a mi padre, se me ha ocurrido preparar un artículo que trate sobre su particular teoría literaria. Que no está recogida en ninguna parte. Entonces, ¿de dónde voy a sacarla? Pues de su correspondencia particular, pensé. Quizá mi padre mencionaba en las cartas algunas ideas sobre su técnica narrativa. Así que busqué en su archivo y reuní toda la correspondencia que encontré.

            Son cientos, probablemente miles de cartas escritas a máquina (o, mejor dicho, copias a papel carbón de sus cartas). Una barbaridad. Y no precisamente cartas cortitas, sino muy extensas. Es increíble; mi padre debió de escribir... no sé, ¿cuatrocientas novelas? ¿Quinientas? Y un mogollón de guiones radiofónicos y cinematográficos. ¿De dónde demonios sacaría tiempo para escribir tantas cartas? Contestaba a cuantos le escribían, y, entre admiradores, amigos y colaboradores, le escribía un huevo de gente. Lo suyo era pura grafomanía.

 

            Hasta ahora he revisado más o menos una cuarta parte de su correspondencia. No he encontrado mucho de lo que ando buscando, pero sí lo suficiente como para ser optimista respecto al artículo. Por ejemplo, he descubierto algo que me intrigaba desde hace tiempo. ¿De dónde sacaba mi padre la cuantiosa documentación que tenía, sobre todo acerca de Estados Unidos? Imaginaos que estáis en la aislada, pobre y gris España de los años 40 y 50, y queréis conseguir datos sobre, qué se yo, la historia de California, las tribus indias, armas de fuego del Oeste o datos del territorio de Utah, por ejemplo. ¿Cómo demonios conseguía todo eso? (a los merodeadores más jóvenes les recuerdo que por entonces no existía Internet).

            Mi padre obtenía la documentación de muchas maneras, pero había una que me ha sorprendido: la filatelia. Además de escritor, mi padre era un gran coleccionista de sellos. Pues bien, por entonces existían listas de correos que permitían ponerse en contacto a filatélicos de todo el mundo para intercambiar sellos. Mi padre mantenía correspondencia con varios coleccionistas extranjeros; entre ellos al menos dos que vivían en Estados Unidos. Y he podido comprobar por su intercambio epistolar que les pedía con frecuencia que le consiguieran y enviaran libros, folletos, revistas, etc. Curioso, ¿verdad?

            Hasta ahora, la mayor parte de las cartas que he revisado son de los años 40 y 50, cuando yo todavía no había nacido (o sólo era un encantador mamoncete). La mayor parte no tienen interés; son cartas de trabajo o contestaciones a los fans. Pero otras, un treinta por ciento o así, son más personales; correspondencia con amigos y familiares. Tampoco es que tengan gran importancia objetiva, pero en ellas se trasluce la personalidad de quien las ha escrito.

            Ahora tengo dos años más que mi padre cuando murió, así que puedo compararme con él de igual a igual. Y no podemos ser más diferentes. No solo en aspectos personales, que sería lógico, sino en nuestra actitud frente al mundo y la forma de relacionarlos con los demás. En realidad, lo que nos separa son diferentes usos y costumbres sociales.

            Mi padre, en las décadas de los 40 y 50, tenía entre treinta y tantos y cuarenta y pocos años. Sin embargo, su correspondencia personal era muy formulista, muy seria y contenida. Eran las cartas de una persona formal, de un hombre consciente de su posición (escritor de éxito), pero el mismo tiempo algo tímido e inseguro, como si no acabara de creérselo. También son las cartas de un novelista, así que hay frecuentes rasgos de ingenio y una prosa muy cuidada. El tono es cordial, pero algo envarado.

            Yo no me expresaba así cuando tenía treinta y tantos o cuarenta y pocos años. Mis cartas eran mucho más desenfadadas, más próximas y coloquiales. Claro que yo no escribía ni remotamente tantas cartas, ni por entonces era un escritor de éxito. Pero da igual; también he leído algunas de las cartas que recibía mi padre, y el tono era el mismo: formulista y rígido. Creo que era cosa de la época, de cómo interactuaba la gente antes.

            Pero también he leído varias cartas que mi  padre escribió a finales de los 60 y comienzos de los 70 (algunas pocos meses antes de su muerte). El tono cambia, es más coloquial y mucho menos rígido, sin apenas formulismos. Al contrario que en las primeras cartas, mi padre escribía en su última etapa con frases mucho más cortas, sin apenas retórica. Sin embargo, se expresaba como un “señor mayor”. Y así le recuerdo yo: como un “señor mayor”.

            Ahora tengo dos años más que él; soy mayor, sin duda, un genuino cascajo. Pero ni hablo, ni visto, ni escribo, ni me comporto como un “señor mayor”. Tampoco lo hacen mis amigos de mi edad. Quizá seamos una panda de inmaduros peterpanes, pero creo que de nuevo se trata de un cambio en los usos sociales. Antes, la edad madura implicaba adoptar un rol. Ahora no. O a lo mejor es que los roles de las diferentes edades se han unificado.

            En la época de mi padre, la edad  avanzada se consideraba un valor positivo. Se suponía que los muchos años implicaban un enriquecimiento de experiencia y sabiduría, así que las personas mayores eran respetadas. Por eso, los adultos adoptaban roles acordes a su dignidad; y por eso los jóvenes intentaban parecer adultos lo antes posible. Pero ahora es al revés. Lo que se valora es la juventud, así que los “señores mayores” han desaparecido y todo el mundo adopta roles juveniles.

            Mientras leo la correspondencia de mi padre, siento a flor de piel el paso del tiempo. A través de las palabras que escribió soy testigo de cómo evolucionaba su personalidad, de cómo cambiaba. Y no sólo él, sino también la sociedad entera. Sorprendentemente, no experimento nostalgia; ¿cómo iba a sentirla si la mayor parte de lo que he leído fue escrito cuando yo aún no había nacido? Pero lo que sí siento es un puntito de tristeza.

            Muchas de las cartas están dirigidas a (o hablan de) amigos de mi padre que no tengo ni la más remota idea de quiénes son. A veces, las cartas incluyen fotos de personas que son completos extraños para mí. En las cartas se comentan pequeños acontecimientos que afectaron a mi familia, pero que yo ignoraba por completo. Y eso es lo triste: el olvido. Las cartas también acumulan mucho polvo y, tras cada sesión de lectura, acabo con las manos grises, tiznadas de recuerdos marchitos. Es como si ese tiempo, el tiempo de mi padre, hubiese ardido, dejando atrás tan solo un montón de cenizas. Estoy paseando entre ruinas al borde de la nada.

            Desde hace seis meses, cuando murió mi hermano José Carlos, me he convertido en casi lo único que queda de ese tiempo. Soy el guardián desconcertado de una memoria incompleta. No llevo una antorcha en las manos, sino un puñado de polvo.

            Sí, es un poco triste...

viernes, enero 16

Más sobre lo mismo



            A lo largo de mi vida, sólo he tirado dos libros a la basura. Es decir, me he desecho de muchos, pero vendiéndolos, regalándolos o prestándolos, que viene a ser lo mismo. Pero ¿arrojarlos a la basura? Eso va contra mis principios. Sin embargo, lo he hecho dos veces. La primera con Y al tercer año resucitó, de Vizcaíno Casas; me lo regalaron, le eché una ojeada, lo rompí en pedazos y, hala, a la papelera. Cualquiera que conozca esa mierda impresa me comprenderá.

            La segunda vez ocurrió muchos años después. Me habían hablado muy bien de Las máscaras del héroe, la primera novela de Juan Manuel de Prada. Aún no conocía la ideología de ese señor, así que la compré y pasó a engrosar mi sección de libros por leer, esperando una lectura que, estadísticamente hablando, puede demorarse décadas. Y se demoró tantos años que me olvidé por completo de que lo tenía. Entre tanto, fui conociendo las opiniones ultraconservadoras y ultracatólicas del autor. Un día, haciendo limpieza de mi biblioteca, encontré la novela; y, sin darle muchas vueltas, la tiré.

            Me daba igual si se trataba de una buena novela o no; era una cuestión de higiene. Veréis, creo que la lectura es un acto muy íntimo por el que permites que un extraño penetre en tu mente. Así que, si ese extraño me parece repugnante, no pienso consentir la penetración (vale, esto suena un poco gay, pero ya me entendéis).

            Pues bien, jamás habría creído que fuese a incluir un texto de de Prada en este sacrosanto lugar que es Babel, pero lo voy a hacer. Se trata de un artículo llamado Yo no soy Charlie Hebdo, aparecido en el ABC del pasado diez de enero. Me apresuro a aclarar que yo no leo el ABC; supe de la existencia de ese artículo en el excelente blog de literatura Patrulla de salvación. Reproduciré tan solo el fragmento que destaca dicha bitácora:

            “(...) debemos recordar que las religiones fundan las civilizaciones, que a su vez mueren cuando apostatan de la religión que las fundó; y también que el laicismo es un delirio de la razón que sólo logrará que el islamismo erija su culto impío sobre los escombros de la civilización cristiana. Ocurrió en el norte de África en el siglo VII; y ocurrirá en Europa en el siglo XXI, a poco que sigamos defendiendo las aberraciones de las que alardea el pasquín Charlie Hebdo. Ninguna persona que conserve una brizna de sentido común, así como un mínimo temor de Dios, puede mostrarse solidaria con tales aberraciones, que nos han conducido al abismo.”

            Si queréis leer el artículo completo, podéis hacerlo pinchando AQUÍ. Pero, atención, os advierto que este enlace conduce a un lugar lleno, no de virus, sino de gérmenes patógenos que pueden provocaros trastornos de estómago y el vómito.

            Vale, de Prada condena el asesinato de los miembros de Charlie Hebdo, lo cual está muy bien. Lo malo es que, a continuación, prosigue con un “pero”. Y, ay mamaíta, qué chungos son esos peros... Es como cuando alguien dice “Yo no soy racista, pero...”. Ese “pero” viene a querer decir: “No está bien visto considerarse racista, así que no lo voy a confesar, aunque no me cabe duda de que los negros, los árabes, los judíos, los gitanos, los orientales o cualquiera que no sea como yo, son, evidentemente, razas inferiores que deberían quedarse en sus países de mierda si no quieren arriesgarse a que, justamente, les fumiguen con Zyklon B”. Hay  que ver lo que da de sí un pero, ¿verdad?

            Bueno,  ¿qué significa en concreto el pero de de Prada? Permitidme ilustrarlo con un ejemplo. Imaginaos a una chica joven y guapa que una noche sale a tomar una copa con unos amigos. La chica lleva minifalda y viste una blusa semitransparente con un revelador escote. Después de la velada, ya de madrugada, la joven vuelve a su casa y, durante el trayecto, tropieza con una panda de hombres que la arrastran a un callejón y la violan repetidas veces.

            Entonces, con entera seguridad, aparecerá alguien que diga: “Eso de la violación es una barbaridad, pero joder, es que la tía iba provocando”. Primero la condena biempensante, y acto seguido la justificación de la barbarie. Una justificación que en realidad se traduce por: “Se merecía que la violasen, por puta”. Porque, según ese tipo de mentalidad, la chica no debería haber salido de su casa, que es donde por la noche deben estar las mujeres decentes. Y, sobre todo, la chica no debería haberse vestido así, sino de forma recatada, como hacen las mujeres honradas. Por tanto, en el fondo, la culpable de la violación es ella.

            Pues bien, exactamente eso es lo que argumenta de Prada en su artículo (palabra ésta cuyas cuatro últimas letras definen muy bien el contenido). Ha estado muy mal matar a los miembros de Charlie Hebdo, pero ellos se lo han buscado, por blasfemos. No es la primera vez que leo esta opinión; aunque, eso sí, sin la efervescencia ultramontana de de Prada. Mmmm... Tengo tantas cosas que decir al respecto, que no voy a decir nada, salvo lo elemental.

            Volviendo al ejemplo: La chica, como todas las personas, tiene derecho a vestirse como le venga en gana. Y si alguno, al verla, se pone palote, que se la casque. Y si alguno se ofende, que no la mire. Ella es libre de hacer lo que quiera con su ropa.

            Pero, alegarán algunos, la libertad individual está limitada por la libertad de los demás. Cierto, el límite es la libertad ajena. Pero no la susceptibilidad. Veréis, a mí me ofenden ciertas manifestaciones públicas religiosas, me ofenden los comentarios machistas, me ofenden los programas de Telecinco, me ofenden los pantalones campana. ¿Qué hago? No asisto a actos religiosos, no escucho –y si escucho rebato- comentarios machistas, no veo Telecinco, no compro pantalones campana. Así de sencillo. Pero no pido la pena de muerte para quienes promueven todo eso, ni la de cárcel. Ni siquiera lo prohibiría, por muy poco que me guste (bueno, los pantalones quizá sí).

            A mí me ofende con frecuencia el ABC, pero no exijo su cierre (ni, por supuesto, el asesinato de sus redactores). Sencillamente, no lo leo. Me ofende y mucho el artículo de de Prada, pero si lo he leído ha sido porque he querido, y creo que su autor tiene todo el derecho del mundo a expresar sus opiniones, igual que yo tengo el derecho a criticarlas. Y si algún día un ateo descerebrado le pegara un tiro a de Prada, la culpa sería del ateo descerebrado, no de las opiniones de de Prada, por muy poco que me gusten. ¿Te ofende el humor de Charlie Hebdo? Pues no lo leas, pero defiende, como Voltaire, el derecho de sus autores a expresarse libremente.

            Charlie Hebdo practica la sátira salvaje, el mal gusto como provocación. En cierto modo, es un humor infantil, como cuando un escolar dibuja una polla y unos cojones en la pizarra, o como yo, ahora, al decir: ¡Mira, tetas! -> (.Y.) Cuando esa clase de humor se usa con talento e ingenio, el resultado es muy estimulante. Pero cuando se queda en un mero épater le bourgeois, pues sencillamente no tiene gracia. Y no me cabe duda de que había mucho de eso último en Charlie Hebdo, mucho mal gusto por el afán de epatar. ¿Y qué? En lo que a mí respecta, la más gratuitamente blasfema viñeta de Charlie Hebdo se queda en un chiste de monja al lado del repugnante artículo de de Prada.

            No obstante, defiendo con toda convicción el derecho de ese articulista a publicar todas las gilipolleces que le vengan en gana. La libertad de expresión debe aplicarse no solo a aquello que nos gusta oír, sino también, y sobre todo, a lo que no nos gusta. Porque, aunque eso parece no entenderlo de Prada, el lema “Je suis Charlie” no significa que queramos hacer ese tipo de humor, ni siquiera que nos guste. Lo que realmente significa es que queremos poder hablar con libertad. Porque, en contra de lo que sostiene de Prada, puede que muy al principio la religión hiciera avanzar a la humanidad (como factor de cohesión social): pero a partir de un punto, fue todo lo contrario, la libertad de pensamiento y expresión, lo que nos hizo evolucionar.

viernes, enero 9

La risa vencerá



            ¿Os habéis parado alguna vez a pensar por qué existe el sentido del humor? No es una pregunta retórica; está claro que en algún momento, durante el proceso evolutivo que nos condujo de la rama de un árbol a los cómodos asientos en que ahora nos aposentamos, apareció el humor. Y se quedó con nosotros para siempre, lo que demuestra que el humor tiene alguna utilidad para la supervivencia de la especie. Pero, ¿cuál? Una posible respuesta es que la risa alivia el dolor. Me refiero al dolor físico, porque está demostrado que cuando te ríes tu umbral del dolor se eleva; pero también, y sobre todo, al dolor moral.

            Un momento: ¿Sólo los humanos tenemos sentido del humor? Pues nadie lo sabe a ciencia cierta, pero yo diría que sí. Incluso diría que el humor es uno de los principales rasgos distintivos del ser humano. Y no me vengáis diciendo que tenéis un perrito o un gatito que son la monda de graciosos, porque tenemos una gran tendencia a atribuir emociones humanas a actitudes animales que nada tienen que ver.

            Lo que sí se ha demostrado es que muchos animales, cuando están a gusto, emiten ciertos sonidos característicos. Por ejemplo, cuando los chimpancés se lo pasan bien prorrumpen en una especie de jadeo. Y se cree que nuestra risa no es más que una evolución de ese jadeo simiesco. Pero, atención, una cosa es hacer “ha-ha” cuando estás disfrutando, y otra muy distinta hacer “ha-ha” cuando lo estás pasando fatal. De hecho, eso último parece absurdo, ¿verdad? La explicación, supongo, es conductista. Si cuando estás bien te ríes, si te ríes –aunque no tengas motivos- tiendes a estar bien (o, al menos, mejor).

            Los humanos somos los únicos animales conscientes de que, hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Lo cual es muy chungo; no lo de morirse, sino lo de saberlo por anticipado. La muerte es terrible e inevitable y, ante ella, sólo caben cuatro opciones. Una de esas opciones es el humor, reírse de la muerte. No vale para nada práctico, pero alivia.

            Permitidme poner un ejemplo extraído de mi vida. Yo tenía 19 años cuando mi padre se suicidó. Su muerte fue un mazazo para mí, me dejó hecho mierda. Esa misma tarde vinieron a verme unos cuantos amigos, y yo, sin proponérmelo, me puse a bromear y a hacer chistes. Recuerdo las caras de desconcierto de mis amigos –supongo que pensaban que me había vuelto loco, o que era un monstruo-, pero yo no podía parar de bromear, lo necesitaba, era imprescindible. Y no porque la risa me hiciese sentir bien (eso era imposible), sino porque la risa me ayudaba a no sentirme peor, a no volverme loco de pena, a no desmoronarme. La risa, como tantas otras veces a lo largo de mi vida, me salvó.

            Hace poco, en un excelente blog amigo, se comentaban una serie de libros en los que sus autores relataban el proceso emocional que habían seguido ante la pérdida de un ser querido. La gestora del blog decía que la lectura de esos libros podía ser un alivio para quienes sufren una pérdida similar. Yo escribí un comentario diciendo que no, que quizá fueran un alivio para quienes los escriben, pero no para quienes los leen. La encantadora bloguera refutó mi opinión con sólidos argumentos, y yo no respondí. No porque me convenciese, sino porque a lo mejor se trataba de que yo soy un tío raro. Porque ante una pérdida terrible no quiero leer historias terribles. Quiero leer a Woodehouse, y a Jardiel Poncela, y a Mark Twain, y a Evelyn Waugh, y ver películas de los Hermanos Marx, y de Woody Allen, y de Billy Wilder. Ante un suceso terrible quiero reírme, porque la risa será el bálsamo de urgencia que empezará a curar las heridas. Y si no lo consigo, si ante la muerte no logro desplegar el abanico del humor, entonces habré fracasado y comenzaré a estar yo también un poquito muerto.

            Joder, qué serio me estoy poniendo. Parece un contrasentido... Pero es que, en el fondo, el humor es algo muy serio. A fin de cuentas, el humor no es más que un punto de vista distinto sobre la tragedia.

            Hasta ahora he hablado del humor como escudo, pero el humor también puede ser una espada. La ironía y el sarcasmo, esas son las principales armas del humor. Y son armas tremendas, poderosísimas. Si tu enemigo se alza, metafóricamente, sobre un pedestal (y todos los enemigos lo hacen), no será necesario que le ataques; bastará con que socaves su pedestal.

            Una anécdota (probablemente apócrifa) de Winston Churchill puede ilustrar este punto. Estaba Churchill dando un discurso en el parlamento, cuando una diputada de la oposición le interrumpió y le dijo: “Señor ministro, si Vuestra Excelencia fuese mi marido, yo pondría veneno en su taza de té”. Churchill la miró fijamente, se quitó las gafas y respondió: “Y si yo fuera su marido, señora, me tomaría ese té”. ¿Qué puedes hacer o decir ante esa respuesta? Pues nada, salvo enrojecer, sentarte y no volver a abrir la boca durante todo el debate. Porque el humor no te derriba; sencillamente, te desarma.

            Decía unos párrafos más arriba que, ante la inexorabilidad de la muerte, sólo caben cuatro opciones. Una es procurar olvidarnos de ella; sabemos que la vamos a palmar, pero no pensamos mucho en ello (todos lo hacemos, no me digáis que no). Otra posibilidad es desear la muerte, aunque eso no está al alcance de todos, claro. La tercera alternativa, como ya he señalado, es reírnos de la muerte. ¿Y la cuarta? Pues negar, contra toda evidencia, la muerte. Es decir, tu cuerpo físico acabará convertido en polvo, sí, pero la parte sustancial de ti mismo, la supuesta alma, sobrevivirá e irá a otro lugar o se reencarnará. Lo que sea, pero tú vas a estar ahí para verlo, aunque hayas renacido en forma de cucaracha.

            Alguien, no recuerdo quién, dijo: “La tumba de los hombres es la cuna de los dioses”. O sea, que inventamos las deidades para dar una salida a nuestro miedo a morir. Esta frase, aunque no es del todo cierta, si resulta bastante aproximada. Pues bien, paradójicamente, dos de nuestras opciones para vencer al temor a la muerte -el humor y la religión- son incompatibles entre sí. Dios y la risa no casan bien.

            En el fondo es lógico. Por un lado tenemos el concepto de “dios”. Un ser tan poderoso que, literalmente, puede hacer contigo lo que le venga en gana no invita precisamente a la broma, sino más bien al acojone (por eso los creyentes le dan tanta coba). Por otro lado está la actitud mental de los creyentes. Porque creer en cosas increíbles supone dejar de lado la racionalidad y zambullirte en una emocionalidad tan íntima que no admite el menor cuestionamiento. “Si atacas a lo que creo, me estás atacando a mí”. Y no hay nada que hiera tanto a quienes albergan ideas absurdas que la risa. La burla duele más que los insultos.

            Eso no quiere decir, por supuesto, que los creyentes no tengan sentido del humor, sino que los creyentes son incapaces de aplicar el humor a lo que consideran sagrado y, por tanto, intocable. No obstante, cuanto más ciegamente creyente seas (cuanto más fanático seas), menos sentido del humor tendrás, porque para los fanáticos todo es sagrado. A fin de cuentas, de eso va El nombre de la rosa; de la incompatibilidad entre la fe y la risa.

            Todo esto viene a cuento, si es que viene a cuento, por los asesinatos cometidos durante el asalto a la redacción de la revista Charlie Hebdo a manos de dos descerebrados integristas islámicos. ¿El pecado de esos redactores? Haber osado reírse de unas creencias risibles. Ya veis, para algunos el sentido del humor se castiga con la pena capital. A eso se le llama no saber encajar las bromas.

            Al principio pensaba escribir sobre los perjuicios de la religión, ilustrándolos con la famosa frase de Weinberg: “Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Sin embargo, ¿qué sentido tendría? ¿A quién voy a convencer que no esté convencido ya? También pensaba criticar el relativismo cultural (y algún día lo haré), pero sólo voy a decir algo en este sentido: No todas las culturas son aceptables en todos sus términos. O, mejor dicho, no todas las actitudes culturales son legítimas. La, llamémosla así, cultura occidental tiene muchos, muchísimos defectos, pero uno de sus productos (al menos como aspiración) es mejor que cualquier otro que conozca: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En mi opinión, se trata del avance ético más importante de la historia.

            Pues bien, contra eso atentaron los dos descerebrados integristas (definirlos así es un pleonasmo, me temo). En concreto, atentaron contra la libertad de pensamiento y de expresión (y contra el derecho a la vida, claro). Atentaron contra la potestad que todos tenemos de reírnos de lo que nos venga en gana. Atentaron contra el sentido del humor, se propusieron acallar las risas. Y si lo consiguen, habrán ganado.

            Siempre he admirado la escuela francesa de periodismo satírico. No sé si lo sabéis, pero a comienzos de los 80 hubo una versión española de la revista Hara-kiri, precursora de Charlie Hebdo. Allí conocí el trabajo de dos de los asesinados en el atentado: Wolinski y Cabu. Me encantaban, hacían un humor muy salvaje.

            Wolinski, Cabu y otras diez personas están ahora muertas (y otras once heridas), algo que, supongo, en principio no les haría ninguna gracia. Pero estoy seguro de que, de un modo u otro, acabarían encontrando la forma de encontrar el lado gracioso de su propia muerte. Pues bien, eso, la risa, les hará inmortales, y no la tonta creencia en absurdas deidades e ideas.

            Porque, llamemos a las cosas por su nombre, esos dos funestos integristas (otro pleonasmo) son unos hijos de puta, sí; pero sobre todo son un par de gilipollas sin el menor sentido del humor.

            Que les jodan.