lunes, agosto 3

Harry Potter, Celsius y yo



            Ayer regresamos Pepa y yo del Festival Celsius de Avilés. Nos lo hemos pasado estupendamente. La organización del festival ha sido admirable, el entorno de lo más agradable y la comida -ay el colesterol- abundante y suculenta (estábamos en Asturias, no lo olvidéis). En cuanto a la compañía, simplemente inmejorable. Además, la temperatura oscilaba entre los diecisiete y los veintipocos grados (había que ponerse una chaquetita al anochecer), algo muy tonificante para aquellos que veníamos del infierno mesetario.

            ¿Qué he hecho allí? Pues, aparte de charlar con los amigos –que es lo más importante-, de escuchar a los ponentes, de conceder entrevistas, de firmar libros y de participar en un par de actos, le he prestado mi voz a un maestro sith y me he fotografiado junto a Harry Potter (podéis comprobarlo en la imagen de ahí arriba).

            Aunque, claro, no era de verdad Harry Potter, sino un niño encantador llamado Roberto que andaba disfrazado por allí, ayudando a la organización y prestándose a posar junto a quien se lo pidiese. Me entraron ganas de llevármelo a casa; pero ya sabéis lo tiquismiquis que se pone la policía con eso del secuestro infantil.

            Sólo me queda agradecerles a Jorge Iván, Cristina y Diego, los organizadores del Celsius, su amabilidad al invitarme y el excelente trabajo que han realizado. Gracias, sois un encanto.

            Como decía el viejo terminator T-800: Volveré.
 
 

martes, julio 28

Celsius


 
            Queridos merodeadores, mañana viajo a Avilés para participar en el Celsius 232, un festival dedicado a la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Durará cuatro días, de miércoles a domingo, y yo estaré allí esos cuatro días, disfrutando del fresquito norteño y de la alegre camaradería de un montón de gente tan pirada como yo. Me acompañará Pepa, mi mujer; será su primera incursión en el universo friki. A ver qué tal lo lleva.

            Intervendré en dos actos:

            Miércoles 29 de 20:30 a 21:30. Charlando con César Mallorquí de su literatura, acompañado por Germán Menéndez y José Manuel Estébanez (auditorio de la Casa de Cultura)

Viernes 31 de 12:40 a 13:20. Charlando con César Mallorquí de su literatura juvenil, acompañado de Javier Ruescas (carpa de actividades)

            Si estáis por allí, me encantará veros.

jueves, julio 23

Cervantes Chico 2015






            Amigos míos, merodeadores todos, es un placer comunicaros que el ayuntamiento  de Alcalá de Henares acaba de anunciar que me han concedido el premio Cervantes Chico, en reconocimiento a toda mi producción de literatura juvenil. Así que muchas gracias al jurado y a los promotores del galardón. La ceremonia de entrega será en octubre. Os mantendré informados.

            Por cierto, ¿os habéis fijado en que “galardón” suena mucho mejor que “premio”? Más serio, más solemne, eufónico y contundente. Si dices “me han dado un premio” te imaginas a un perro recibiendo de su amo un terrón de azúcar por haber dado la patita. Pero si dices “me han galardonado”, oye, la cosa es distinta. Incluso acojona un poco. Pues eso, que me han galardonado.
 

jueves, julio 16

Supertipos




            No estoy seguro de cuál fue el primer cómic de superhéroes de mi vida. Puede que Superman, pero el primero que recuerdo es el Capitán Marvel (no el de la Marvel, sino el creado por Bill Parker y C. C. Beck, también conocido como Shazam). Luego vinieron todos los de D.C. que publicaba la editorial mexicana Novaro: el citado Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Aquaman, El Detective Marciano, Flecha Verde, etc. Me encantaban los tebeos de superhéroes.

            Luego, a mediados de los 60, Fraga Iribarne prohibió los cómics de superhéroes (porque Superman le parecía demasiado similar a Cristo) y me quedé durante un tiempo sin supertipos. Hasta que en 1969, Editorial Vértice comenzó a publicar las historietas de la Marvel. Mi personaje favorito era Ironman, supongo que por ser el más cercano a la ciencia ficción; pero también leía Spiderman, Daredevil o el Capitán América. Poco después, mi interés por los superhéroes comenzó a decaer. Yo ya era un jovenzuelo con bigote y aquellas historietas se me antojaban demasiado ingenuas y esquemáticas. Seguí siendo aficionado a los cómics, pero a otra clase de cómics. Porque, reconozcámoslo, el cómic clásico de superhéroes acaba siendo muy aburrido.

            Durante muchos años me mantuve alejado del género, hasta que a finales de los 80 comencé a oír hablar de un cómic de superhéroes que, al parecer, era la bomba: Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons. Lo compré y aluciné en colorines, porque aquello no se parecía a nada que hubiese leído antes. Mi interés por el género se reavivó y consumí seguidos varios títulos canónicos: Batman año uno, The Dark Knight Returns, Daredevil Born Again o Miracleman, todos ellos excelentes cómics. De hecho, aquello era una revolución en el género, y un  montón de creadores siguieron la corriente, escribiendo y dibujando tebeos donde los superhéroes dejaban atrás la inocencia y se convertían en seres oscuros, violentos y con frecuencia torturados. Por desgracia, no todos aquellos creadores tenían el talento de Moore o Miller, y la moda acabó convirtiéndose en un coñazo similar en monotonía al de los superhéroes luminosos de periodos anteriores.

            En realidad, Watchmen (título del que hablaré largo y tendido en otro momento) no era una obra germinal, sino terminal. Lo que hizo Moore fue trazar una frontera, más allá de la cual, siguiendo ese camino, no hay nada. Es decir, puedes afrontar los superhéroes de muchas maneras distintas, pero desde una perspectiva realista, Watchmen es la versión definitiva.

            ¿Qué hizo Moore? Se preguntó qué pasaría si en la vida real hubiera vigilantes enmascarados. O, mejor dicho, ¿por qué alguien se pondría una máscara y comenzaría a combatir el crimen por su cuenta y riesgo? Las respuestas son demoledoras: por ingenuidad patológica, por montaje comercial, por megalomanía, por psicopatía, por locura, por fascismo... Y es que, no nos engañemos, la figura del justiciero, un tipo que aplica la ley –su ley- de por libre, es en esencia antidemocrática. ¿Quieres un vigilante realista? Échale un vistazo a la película de Scorsese Taxi Driver.

            (NOTA: Si leéis este post hasta el final, os explicaré por qué Superman, y otros supermendas, llevan los calzoncillos por encima de las mallas)

            Bueno, a lo que iba: Desde la época de Watchmen no había vuelto a prestarle mucha atención a los superhéroes. Hasta que, de pronto, el cine comenzó a llenarse de ellos. ¿Cuántas películas de supertipos se han estrenado? ¿Y cuántas quedan por estrenarse? Me estremezco sólo de pensarlo. Hay superhéroes hasta en la supersopa. Y la mayor parte de esas películas me parecen iguales, se mezclan en mi cabeza formando un amasijo de puñetazos, rayos destructores, gente volando y acción sin demasiado sentido. Un supercoñazo. No obstante, entre tanto payaso disfrazado, hay algunas joyitas que merecen salvarse.

            Pero antes voy a citar una obra que seguro que a muchos merodeadores les encanta, pero que a mí no: la trilogía sobre Batman de Christopher Nolan. Me aburre sobremanera esa visión solemne, y supuestamente realista, de un chalado disfrazado de murciélago. Es cierto que la caracterización del Jocker realizada por Heath Ledger es estupenda, pero el resto me produce superbostezos. Me apresuro a aclarar que el Batman de Burton tampoco me gusta, y que el de Schumacher produce vergüenza ajena. Pero bueno, vamos a lo que sí me gusta.

            Superman (1978), de Richard Donner. La primera producción de superhéroes de gran presupuesto. La verdad es que no es gran cosa como película, pero tiene cierto encanto nostálgico. Y desde luego, Christopher Reeve ha sido el mejor Clark Kent/Kal El de la historia.

            El protegido (2000), de M. Night Shyamalan. Una mirada profunda, incluso poética, sobre la esencia del mito superheroico.

            Watchmen (2009), de Zack Snyder. Llevar el comic de Moore y Gibbons a la pantalla parecía una tarea imposible, pero Snyder lo consiguió con notables resultados. Muchos criticaron el film: ¡Es mejor el comic!, dijeron. Vale, ¿y qué? La película es una fiel ilustración de la historia original y se sostiene por sí misma.

            Spiderman II (2004), de Sam Raimi. Una demostración, a mi modo de ver, de que el mejor enfoque para las películas de superhéroes es la fábula. El segundo film de la trilogía de Raimi es en realidad un cuento de hadas trufado de humor amable. Y el antagonista, ese Dr. Octopus excelente interpretado por Alfred Molina, quizá sea el villano más complejo del género, con la posible excepción de Adrián Veidt/Ozymandias.

            X Men II (2003), de Bryan Singer. La crítica a la xenofobia dota de cierta profundidad a los X Men. Algunas secuencias del film, como la incursión de Rondador Nocturno en la Casa Blanca, son muy notables.

            X Men: Primera generación (2011), de Matthew Vaughn. Curiosamente, la mezcla de superhéroes, Guerra Fría y espías funciona muy bien.

            Los Vengadores (2012), de Joss Whedon. Sin ser para tirar cohetes, la película es espectacular y divertida. Los Vengadores II: La era de Ultrón, sin embargo, me provocó bostezos.

            Capitán América: El primer vengador (2011), de Joe Johnston. Una película naíf para el más naíf de los superhéroes. Su ambientación en la Segunda Guerra Mundial -en un mundo más ingenuo- y su tono de fábula la convierten en mi película de la productora Marvel preferida (casi la única, en realidad).

            Los Increíbles (2004), de Brad Bird. Una demostración más del inmenso talento de la factoría Pixar.

            Kick-Ass (2010), de Matthew Vaughn. ¿Cómo no iba a gustarme una película tan políticamente incorrecta? En realidad, una sátira sobre lo superheróico.

            Chronicle (2012), de Josh Trank. Una versión realista, y terrible, de lo que sucedería si unos adolescentes adquirieran superpoderes.

            Y, salvo error u omisión, eso es todo.

            Ahora la respuesta a la pregunta: ¿por qué algunos superhéroes llevan los calzoncillos por encima de las mallas? Ante todo, hay que dejar claro que Superman no fue el primer héroe con esa vestimenta. En 1936, dos años antes de que apareciera el kryptoniano, comenzó la serie de comics The Phantom (en España El Hombre Enmascarado), de Lee Falk, cuyo prota ya iba con los Calvin Klein al aire.

            Bien, a comienzos del siglo XX, en todas las ferias y circos ambulantes de Estados Unidos, había espectáculos de forzudos. Tipos fornidos que levantaban pesas, doblaban barras de acero o cualquier otro tipo de proezas físicas. Como es lógico, esos forzudos tenían que lucir su poderosa musculatura, pero el pudor de aquellos tiempos les impedía ir con las piernas y el torso descubiertos, así que se ponían mallas muy ceñidas. Pero eso les marcaba mucho los cataplines, de modo que ocultaban el bulto de sus vergüenzas poniéndose unos pantaloncitos cortos por encima de las mallas. Por tanto, cuando los superhéroes nacieron, el “uniforme oficial” de los forzudos era mallas+calzoncillos.

            Y para terminar, ¿cuál es mi superhéroe favorito? Citaré dos. El Capitán Marvel (Shazam), de Parker y Beck. Pura nostalgia: ya os he dicho que fue mi primer superhéroe; no obstante, sus historias están llenas de humor, autoparodia y surrealismo. El segundo: Rorschach, de Watchmen. Es un fascista, un maniaco y un tipo muy desagradable. Pero también, por algún inexplicable motivo, resulta fascinante.

lunes, julio 13

¡Hala (mierda el) Madrid!


            No soy demasiado aficionado al fútbol. Y si vosotros tampoco lo sois, mejor que no leáis esta entrada, porque no os va a interesar. El caso es que, como decía, no le presto mucha atención al noble deporte del balompié. Pero soy del Real Madrid.

            Lo soy porque mi padre era socio de ese equipo, igual que mis hermanos mayores. En verano, de muy pequeño, iba con mi familia a la piscina del Real Madrid, que estaba junto al estadio. Y también recuerdo haber ido con mi padre al aeropuerto de Barajas para recibir al equipo después de ganar alguna copa de Europa. Y no es que mi padre fuese un gran aficionado al fútbol, pero por algún motivo era un merengón. De modo que no lo he elegido yo; soy del Madrid porque lo heredé de mi padre, igual que mi hijo Óscar lo ha heredado de mí.

Eduardo Galeano dijo: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Esto es así porque, en general, la adhesión a un equipo no es un acto consciente, sino un legado. Yo heredé de mi madre los ojos claros, y de mi padre el Real Madrid; y del mismo modo que no puedo cambiar mi color de ojos, no puedo cambiar mi equipo de fútbol. ¿O sí?

            Desde hace tiempo –en concreto desde la llegada a la presidencia de ese individuo siniestro que es Florentino Pérez-, el Madrid se está convirtiendo en un equipo francamente antipático. Todo comenzó con la absurda expulsión de Vicente del Bosque, pero no me voy a ir tan lejos. Me centraré en el ahora: Lo que ha hecho el Real Madrid con Iker Casillas es una vergonzosa e indigna cabronada.

            Casillas siempre me ha caído bien. Me parece un tío sanote, natural, con ese castizo acento de Móstoles que nunca ha perdido. Pese a estar considerado el mejor portero del mundo, nunca se le han subido los humos. Tiene pinta de buena persona, y probablemente lo sea. Creo que representaba lo mejor del Madrid; el respeto al contrario, la humildad, el pundonor, la capacidad de realizar proezas imposibles. A Casillas le apodaban El Santo por sus paradas milagrosas.

            ¿Cuántas veces ha salvado Casillas al Madrid, cuánto ha contribuido a sus triunfos? Respeto a la selección, todo el mundo recuerda el gol de Iniesta que nos dio el Mundial; pero algunos parecen olvidar que probablemente España habría perdido esa final de no ser por la prodigiosa parada que le hizo Casillas a Robben en un mano a mano que parecía letal.

            Creo que un jugador así merece un gran respeto, tanto por parte de los dirigentes de su club como por la afición. Pero un día apareció por el Madrid un entrenador portugués, un individuo repugnante llamado Mourinho, y convirtió lo que era un equipo supuestamente noble en un equipo campeón. Campeón del mal rollo, de la gresca y de la antipatía. Porque, claro, Mourinho llegó como el Gran Entrenador que llevaría al Madrid a la gloria, pero se topó con el Barcelona de Guardiola, que le sobó el morrillo repetidamente, y el tipo se puso rabioso de impotencia. Así que más malos rollos.

            Como esa bronca con el Barcelona podía perjudicar a la selección, Casillas contactó con su amigo Xavi Hernández para limar asperezas. Y eso, a ojos del repugnante Mourinho, convirtió al portero en un traidor. Así que, zas, Casillas a la lista negra. Y no sólo por parte del portugués, sino también con la aquiescencia del no menos repugnante Florentino, que por algún motivo siempre ha estado enchochado con Mourinho. En fin, ya conocéis el resto de la historia. No solo se trata del maltrato que le ha brindado a Casillas la directiva, sino también un sector importante de la afición, esos energúmenos que pitaban, en el mismísimo Bernabeu, al mejor portero que jamás ha tenido su equipo. Qué asco...

            Ahora, Casillas deja el Madrid y se marcha al Oporto. Sale por la puerta de atrás, de malos modos, sin homenajes ni el menor respeto. Vale, puede que Casillas ya no esté en su mejor momento, puede que no sea el portero más adecuado para el equipo. No lo sé, pero lo que sí sé es que su salida podría haber sido orquestada con muchísima más elegancia.

            Así que, amigo Iker, me alegro de que tengas una pareja tan guapa, me alegro incluso de que seas millonario, y espero que las cosas te vayan de maravilla. Gracias por tus paradas y gracias por haber seguido siendo siempre un chaval de Móstoles.

            En cuanto al Real Madrid, cada vez es un equipo menos blanco y más oscuro.

miércoles, julio 1

Entrevista



Acaba de aparecer el número 12 de La Página Escrita, la revista electrónica de la Fundación Jordi Sierra i Fabra. En él se incluye una larga entrevista con este vuestro seguro servidor, en la que hablo de mi trabajo. Se nota que el cuestionario está confeccionado por un escritor, porque creo que es la más completa entrevista que me han hecho jamás. Si os apetece echarle un vistazo, pinchad AQUÍ

miércoles, junio 17

Gritos



            El pasado sábado, después de la presentación en la Feria del Libro de Historia y antología de la ciencia ficción española, unos cuantos de los participantes fuimos a comer a un restaurante próximo a El Retiro. En la mesa de al lado había un grupo de unos diez hombres y mujeres de mediana edad. Hablaban muy, pero que muy alto, y cada poco prorrumpían en carcajadas excesivas y auténticos alaridos. En el comedor sólo estábamos ellos, nosotros y una mesa con cuatro personas por fortuna discretamente silenciosas. Aun así, el nivel del ruido era similar al de una jaula llena de monos aulladores.

            Me mordí la lengua varias veces, hasta que, tras uno de los periódicos estallidos de risas y bramidos, grité a mi vez (y puestos a gritar, tengo un vigoroso vozarrón): “¡Basta ya, por favor; dejen de hacer tanto ruido!”. Automáticamente, los gritones, especialmente los hombres (ya se sabe cómo somos los machotes), en vez de disculparse, se enfrentaron a nosotros. Gracias al cielo, tras el breve enfrentamiento bajaron el tono de voz.

            Ayer, sin ir más lejos, Pepa, mi mujer, estaba en una oficina pública donde había un rótulo que rezaba: “Por favor, guarden silencio”. Pues bien, un tipo que estaba esperando comenzó a hablar por su móvil dando estremecedoras voces. Al poco, Pepa se levantó y le pidió amablemente que bajara la voz. El tipo dejó de berrear, pero cuando acabó su conversación, se aproximó a mi mujer con el ceño fruncido y le dijo: “Usted es extranjera, ¿verdad?”.

            Ciertamente, Pepa parece extranjera. Es muy alta, con los ojos azules y la piel clara. Pero en realidad es una guipuzcoana de armas tomar que le respondió, más o menos: “No, no soy extranjera. Y no me venga con que los guiris tienen la costumbre de hablar en voz baja, y los españoles el rasgo racial de gritar, porque esto no es una cuestión de nacionalidades, sino de educación”. El tipo, claro, se quedó cortado.

            Pero es que eso de los móviles es alucinante. ¿Habéis viajado en AVE? Mira que recomiendan que quienes vayan a hablar por teléfono lo hagan en las plataformas, pero ni caso. Siempre hay unos cuantos que, nada más arrancar el tren, sacan su Iphones y se ponen a hablar a voz en grito, generalmente sobre gilipolleces. ¿Por qué hablan tan alto? Tienen un teléfono, ¿no? Es como si desconfiaran de la tecnología... Pero no; sencillamente, a los españoles nos encanta gritar como becerros.

            Hace tres o cuatro veranos, Pepa y yo pasamos las vacaciones viajando en coche por Noruega. Habíamos contratado los hoteles desde Madrid y pasábamos dos o tres noches en cada uno de ellos, conforme nos desplazábamos de fiordo en fiordo. Como estábamos a media pensión, cenábamos siempre en los hoteles, en cuyos comedores solía reinar un escandinavo silencio. Pero no siempre; de vez en cuando, al aproximarnos al restaurante, escuchábamos un inesperado griterío. Entonces sabíamos con certeza que acababa de llegar un autobús cargado de españoles (para ser justos, también podían ser italianos o norteamericanos, pueblos estos igualmente vocingleros).

            ¿Por qué hacemos tanto ruido los españoles? Vale, somos sureños, el clima es benigno y estamos acostumbrados a hacer vida social en el exterior, donde quizá haya que hablar un poco más alto para hacerse entender. Pero ¿es que no nos damos cuenta de que, al estar en un interior, no hace falta seguir vociferando; entre otras cosas porque el sonido rebota contra las paredes y se multiplica? ¿O es que a los españoles, cuando conversamos en grupo, no nos interesa lo más mínimo lo que digan los demás, sino tan solo hablar nosotros, para lo cual vamos alzando progresivamente el tono de voz, con el único propósito de imponernos, no en función de los argumentos, sino por la acústica? ¿O es que sencillamente carecemos de esa educación básica que consiste en tener en cuenta a los demás? Probablemente sea eso.

            Ignoro si antes, digamos que hace cincuenta años, los españoles éramos más educados. Yo estaba allí, vale, pero no me acuerdo, y no voy a caer en la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado era mejor. Supongo que sí, porque por entonces había mucha población rural, o de origen rural, y en los pueblos la gente suele ser más educada que en las ciudades, pero no lo sé. En cualquier caso, aunque entonces fuéramos unos salvajes, estoy seguro de que en lo que respecta a urbanidad hemos ido a peor.

            No sé lo que le pasa a este país nuestro, pero cada vez me gusta menos. Nos empujamos los unos a los otros para pasar primero, nos saltamos las colas, gritamos, aparcamos donde nos sale del pijo (por ejemplo, en los lugares reservados para discapacitados), insultamos, no escuchamos, pasamos de la cultura, y sobre todo nunca, nunca, nunca nos disculpamos, porque nunca hacemos nada incorrecto. Somos españoles y estamos encantados de ser así.

            En realidad, eso pretendía decirle a mi mujer el tipo del móvil: Los españoles gritamos porque es nuestra forma de ser, y como estamos en España, guiri de mierda, vamos a seguir gritando todo lo que nos salga de las narices. Genial: hemos convertido la mala educación en un rasgo de nuestra idiosincrasia. Pero, en fin, ¿qué se puede esperar de un país cuya “fiesta nacional” consiste en martirizar y matar a un animal? Bien pensado, es un milagro que no sigamos viviendo en cuevas y empuñando hachas de sílex.

            Vale,  vale, vale; estoy generalizando y todas las generalizaciones son injustas. Pero, qué queréis que os diga, eso de gritar debe de ser algo atávico en nosotros. A fin de cuentas, en el primer parlamento, de la primera escena, del primer acto del Tenorio de Zorrilla, Don Juan dice: ¡Cuál gritan esos malditos! / Pero ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!

            Como veis, la cosa viene de lejos.