lunes, noviembre 24

Sueños



            Por lo general, no recuerdo mis sueños. Y es una pena, porque me gusta soñar; de hecho, algunos de los sueños que sí recuerdo se cuentan entre las mejores producciones audiovisuales que he contemplado.

            Hace muchos años (veinte o así), escribí un cuento que giraba en torno a los sueños (El hombre dormido, en la antología El círculo de Jericó), y para ello tuve que documentarme mucho. ¿Y sabéis qué fue lo que más me sorprendió? Pues que nadie tenía ni puta idea de por qué soñamos, ni de qué son exactamente los sueños. Y, sin embargo, por algún motivo desconocido soñar es muy importante.

            Veréis, no soñamos durante todo el rato que permanecemos dormidos, sino sólo el 25 % de ese tiempo, unas dos horas por noche, y no de forma continuada, sino a intervalos. Cuando dormimos, pasamos por cinco fases, y es en la quinta, llamada REM (por las siglas de Rapid Eye Movement), cuando tienen lugar los sueños. La fase REM también se conoce como sueño paradójico, porque en ella el cerebro se activa como si estuviéramos despiertos, aunque en realidad estamos roques. El sueño REM dura un rato y luego se desconecta, llevándonos a la fase anterior, llamada sueño profundo. Y vuelta a empezar. Normalmente, cada noche pasamos por entre cuatro y siete periodos de ensoñaciones. ¿Vosotros recordáis los sueños? Supongo que muchos contestaréis que sí. Y os equivocaréis en parte, porque sólo podemos recordar los sueños ocurridos en la fase REM previa a despertarnos. El resto de los sueños de la noche se pierden como lágrimas en la lluvia.

            Decía antes que los sueños son importantes, y en efecto lo son: para la salud mental. Se han realizado experimentos de privación de la fase REM; se monitorizaba el sueño de una serie de personas y, cuando llegaban a la fase paradójica, se les administraba un estímulo que no llegaba a despertarles, pero que les hacía saltar a la fase anterior. Es decir, se impedía que soñasen, pero manteniéndoles dormidos. Pues bien, al cabo de tres días los sujetos comenzaron a experimentar ansiedad, irritabilidad y dificultades de concentración. Y algo sorprendente: nada más dormirse, entraban en sueño paradójico sin pasar por las cuatro fases anteriores como es lo normal. Era como si el cerebro necesitara imperiosamente el estado REM. ¿Por qué? Ni idea.

            Hay muchas hipótesis acerca de los sueños, algunas incluso parcialmente comprobadas; pero ninguna explica de forma convincente la razón de esas producciones en tecnicolor que nos asaltan por las noches. ¿Por qué nuestros sueños tienen argumentos, aunque sean surrealistas? ¿Por qué a veces los sueños son tan increíblemente coherentes? ¿Por qué las pesadillas? No voy a enumerar las hipótesis, porque sería un coñazo, pero sí comentar una, de lo más sugerente y de lo más equivocada: la freudiana. Los sueños como mensajes encriptados del subconsciente.

            Sólo he leído un libro de Freud, La interpretación de los sueños. Me pareció una de las muestras de arbitrariedad más grandes que me he echado a la cara. Las  claves que plantea el libro para desentrañar los símbolos oníricos son porque sí, porque Freud lo dice, no están basadas en el menor proceso empírico. Además, eso supuestos símbolos suelen ser de lo más elementales; por lo general, cualquier cosa oblonga que aparezca en un sueño es una polla, y toda cosa cóncava un coño. Aunque, claro, a veces un puro es sólo un puro. En fin, que hay muy poca ciencia en la teoría del viejo Sigmund.

            No obstante, resulta literariamente muy atractiva. Los sueños como mensajes en clave, el psiquiatra como detective de la mente. Es mentira, pero también es de lo más sugerente. No me extraña que el psicoanálisis haya influido tanto en muchos creadores. Ahí tenéis a los surrealistas y los Dadá, las películas de Hitchcock o de Buñuel, los cuadros de Dalí o de Magritte, novelas como Tigre, tigre de Alfred Bester o El lobo estepario de Herman Hesse...

            ¿Tienen que ver los sueños con la creatividad? Ni puta idea. En fin, está claro que la privación de sueños disminuye la capacidad creativa (porque disminuye la concentración), pero nada indica que una sobreabundancia de sueños mejore la creatividad. Es decir, los sueños son siempre imaginativos, pero eso no significa que sean creativos, porque la creatividad es la imaginación enfocada a resolver problemas. Aunque, claro, hay constancia de sueños reveladores. Por ejemplo, el químico Kekulé andaba de cabeza porque no lograba descubrir la estructura molecular del benceno, hasta que un noche soñó con una serpiente mordiéndose la cola y comprendió que las moléculas de benceno tenían forma de anillo.

            En lo que a mí respecta, jamás he encontrado en los sueños la solución a ningún problema. Sin embargo, si me han proporcionado intensas imágenes que posteriormente he usado en mis relatos. Pero no estoy seguro de que eso sea creatividad.

            Al principio decía que no suelo recordar mis sueños, pero últimamente sí, no sé por qué. Más o menos desde hace un mes recuerdo parcialmente mis sueños, y lo curioso es que todos los sueños que tengo van de lo mismo: de ciudades. Recorro ciudades que en el sueño me resultan familiares, pero que en realidad no conozco de nada. A veces esas ciudades son, supuestamente, Madrid, pero un Madrid que nada tiene que ver con el que conozco. Otras veces son ciudades anónimas e igual de desconocidas. El caso es que, en mis sueños, por el motivo que sea, me dedico a deambular por ciudades extrañas que suelen tener dos características: me muevo por entornos degradados, con edificios abandonados y calles desiertas; y la estructura de las ciudades es cambiante, así que si intento volver sobre mis pasos llego a lugares distintos. Pero no se trata de pesadillas, ni hay nada que me inquiete. Simplemente, voy de un lado a otro, aunque los lados adonde voy cambian constantemente de apariencia y localización.

            ¿Por qué sueño repetidamente con eso? Es como si mi cerebro quisiera decirme algo... pero, coño, entonces mi cerebro se explica fatal. ¿Qué significa caminar por ciudades desconocidas, si es que tiene algún significado? Porque en mis sueños ni siquiera estoy perdido; en ellos sé dónde estoy y sé adónde voy, así que no pueden atribuirse a la metáfora onírica de la típica crisis de identidad ni nada parecido. Recorro ciudades, eso es todo. De hecho, la sensación que tengo es que esos sueños no significan absolutamente nada. Pero entonces, ¿por qué se repiten? Es como si se me hubiera rayado el cerebro. Además, ¿por qué de repente empiezo a recordar los sueños y precisamente estos? Se diría que por algún motivo son lo suficientemente importantes como para ocupar un lugar en mi memoria, aunque lo mire como lo mire me parecen una tontería.

            Antes dije que nadie sabe por qué soñamos, pero hay una hipótesis encantadora: Soñamos para no aburrirnos mientras dormimos. Quien sabe, a lo mejor esa es la razón. Y resulta que yo mato el tiempo paseando en sueños por la noche.

            La verdad es que no sería de extrañar, porque entre la niñez y los treinta y tantos años tuve numerosos episodios de sonambulismo. Caminaba dormido. De hecho, no solo caminaba, sino que también hablaba y hacía cosas más o menos complejas. Pero, claro, una cosa es soñar que caminas, y otra muy distinta caminar de verdad mientras sueñas. Eso sí que es raro. E inquietante, porque el hecho de que tu cuerpo actúe en ocasiones con absoluta independencia de la mente consciente resulta, no sé, fantasmagórico.

            Pero curiosamente el sonambulismo no tiene que ver con los sueños, porque los episodios no se producen en fase REM (que es cuando se sueña), sino en la etapa anterior, el sueño profundo. Así que el sonámbulo no está representando en la vida real un sueño, sino que se encuentra en un estado intermedio del que, al salir, no recuerda absolutamente nada. ¿Qué habré hecho yo caminado dormido? Igual soy un asesino en serie y no me he enterado... Otra cosa curiosa es que el sonambulismo es hereditario. Lo sé porque lo he leído, y porque mi hijo Pablo también es sonámbulo. Pero no un serial killer, que yo sepa.

            Perdonad una entrada tan poco interesante, pero es que me tienen muy intrigado esos sueños recurrentes. Igual se debe a que este último año he viajado mucho y estoy trasladando esa experiencia a los sueños... En fin, no sé. Y en el fondo da igual; seguiré disfrutando de ese turismo nocturno mientras dure y luego me olvidaré del asunto. O no, e igual escribo alguna historia sobre eso. Vete tú a saber. Es lo bueno de ser escritor: cualquier cosa puede servirte para algo.

           


miércoles, noviembre 12

Magical Political Show



 
            No sé si lo recordaréis, pero hace unos meses dije que no iba a volver a hablar de política nacional, porque me indignaba demasiado y me daban unos berrinches tremendos. Bueno, pues he cambiado; no de idea, sino de sentimientos. Ahora, el panorama patrio no me produce indignación, sino... risa. Toda esta mierda empieza a parecerme divertida. ¿Pero cómo es posible que me divierta tamaño desastre? ¿Habré fumado algo raro? Pues sí, he fumado algo raro, pero no es por eso. Permitidme que me explique.

            Alguien dijo –y si no lo dijo nadie, lo digo yo ahora- que la diferencia entre drama y comedia es el ritmo. El drama es lento, la comedia es rápida. De hecho, la risa, en sí misma, es más rápida que el llanto. Las lágrimas requieren cierto proceso, necesitan algo de tiempo para florecer, pero la carcajada explota, es instantánea. Vale, al grano: según esa idea, si cogemos un drama, cualquier drama, y aceleramos su tempo interno, obtendremos una comedia.

            Bueno, pues eso es lo que está pasando en nuestro país: que el drama se está acelerando a marchas forzadas. Prácticamente cada día nos desayunamos con un nuevo caso de corrupción política. ¿Cuántos van hasta ahora? Ni idea; dudo que alguien lo sepa. Pero lo gracioso no es esa multiplicación de corruptelas destapadas, sino lo que sucede después. Tras cada caso que sale a la luz, los presuntos culpables reaccionan siguiendo exactamente el mismo guion:

            1. Convocar una rueda de prensa o emitir un comunicado para proclamar su absoluta, meridiana y prístina inocencia.
           2. Asegurar que se trata de una conspiración política contra ellos.
            3. Anunciar que se querellarán contra quienes han puesto en duda su honorabilidad e intachable reputación.

            Luego, los siguientes pasos varían un poco. Algunos se enrocan y no se mueven de dónde están (¿Dimitir?; eso es un nombre ruso). Otros renuncian a sus cargos en el partido, pero ni de coña a su acta de diputado o de concejal, si es que la tienen. A continuación, el silencio, a ver si la opinión pública se olvida de ellos (salvo Esperanza Aguirre, cuya táctica es hablar, hablar y hablar, no vaya a ser que se olviden de ella).

            Bueno, pues las primeras veces que escuchas este reiterativo discurso, te indignas. Vaya morro tienen estos, te dices con el ceño fruncido. Pero al cabo de un tiempo comprendes que en realidad eso es como el gag una y otra vez repetido que emplean algunos humoristas. Por ejemplo, en las películas de los hermanos Marx, Harpo siempre hacía lo mismo: se acercaba a un extraño, le cogía una mano y colgaba de ella su pierna. La gracia está en la repetición; desde el principio de la película sabemos que Harpo lo va a hacer, pero no en qué momento; así que cuando finalmente lo hace nos descojonamos. Por lo gracioso del gesto, pero sobre todo como reacción expansiva ante las expectativas cumplidas. Y los políticos corruptos, igual que Harpo, nunca nos defraudan: tarde o temprano nos cogerán la mano y colgarán de ella su pierna. Y si somos gilipollas, se la sostendremos. Lo cual, claro, será aún más gracioso.

            Luego está la cómica simultaneidad de opuestos. Me explicaré. Creo que fue Chaplin quien lo dijo: un borracho que se comporta de forma desinhibida, haciendo el payaso y cometiendo torpezas, no tiene ni pizca de gracia. Pero un borracho que finge que no lo está e intenta mantener la dignidad, eso sí que tiene gracia. Adoptar una actitud orgullosa y digna, cuando todo lo que haces es ridículo, resulta descacharrante.

            Por ejemplo, un caso reciente, el del presidente de Extremadura, José Antonio Monago. Le pillan habiendo hecho treinta y dos viajes a Canarias, pagados por el erario público (o sea, por todos nosotros), para verse con una amiga, y el tío reacciona siguiendo el guion habitual: inocencia, conspiración, querellas. Yo, por casualidad, le escuché y, joder, era la pura imagen de la dignidad ofendida. Pero al día siguiente, ¡tan solo 24 horas después! (esa es la aceleración a que me refería antes), Monago dice que va a pagar los viajes de su bolsillo. Pero, vamos a ver, ¿no eran viajes oficiales? Entonces, ¿por qué va a pagarlos? Ridículo, ¿verdad? Y gracioso, si te paras a pensarlo. Como ridícula y graciosa es la reacción de sus compañeros de partido, arropándole entre ovaciones.

            Porque esa es otra parte del guion habitual: lo que hacen los partidos. En primer lugar, defensa a ultranza y unánime del corrupto, mucho poner la mano en el fuego por él y mucho confiar en su innegable ética y buen nombre. Luego, cuando las evidencias de corrupción se hacen más palpables, viene el respeto a las decisiones de los jueces y el silencio. Finalmente, al llegar las imputaciones, los compañeros de partido sufren una repentina amnesia sobre el corrupto. ¿Bárcenas? ¿Quién es Bárcenas?

            Otra cómica impagable es Esperanza Aguirre. Resulta que su mano derecha cuando ella era presidenta de la Comunidad de Madrid, Francisco Granados, está en prisión por dirigir una trama corrupta. Resulta que el 14 % de los miembros de su lista electoral (incluida ella misma) están imputados por diversas causas penales, igual que ni se sabes cuántos alcaldes y concejales de su partido en Madrid. Resulta que, siendo ella presidenta de la comunidad, y presidenta del PP madrileño, Madrid se ha convertido en una de las comunidades más corruptas de España, que ya es decir.

            Bueno, pues cuando sale a la luz lo de Granados y la Red Púnica, la Espe convoca una rueda de prensa y pide perdón. Como si te hubiera pisado sin querer y dijera Huy, lo siento, y ya está, eso es todo. Porque cuando le preguntan si no piensa dimitir de la presidencia del PP madrileño, por ser responsable en última instancia (al menos in vigilando) de tanta basura, ella dice que no, que de ninguna manera. Que eso sería como abandonar el barco cuando se hunde (barco que ella misma ha contribuido a hundir), y porque tiene buenas ideas para acabar con la corrupción.

            ¡Cáspita! Eso es como si Jack el Destripador dijese: Dejadme solucionar a mí el problema del maltrato a las mujeres, que tengo mucha experiencia sobre ese asunto. Para mearse de risa, no me digáis que no.

            En fin, renuncio a seguir poniendo ejemplos. Hay demasiados, y la mayor parte son chistes malos. Aunque los hay geniales, como el sketch de Cospeal sobre la indemnización en diferido de Bárcenas. Lo más divertido que he visto desde las empanadillas de Martes y 13. Eso por no hablar de tantas sufridas e inocentes esposas, desde Ana Mato hasta Cristina de Borbón, que, en su candidez, jamás se dieron cuenta de que sus maridos eran unos golfos apandadores, ni de que buena parte de los lujos que las rodeaban estaban pagados con dinero robado. Ellas interpretan el papel de “chica tonta” de la telecomedia, como Lisa Kudrow en Friends. ¿Y qué me decís de Tomás Gómez soltando la lagrimita por su amigo traicionero, al que le había legado el puesto de alcalde de Parla, pero sin plantearse en ningún momento que debía dimitir por haber promocionado a un corrupto, algo que él mismo le exigía (justamente) a la Espe? ¿Y el discursete en ¿inglés? de Ana Botella para defender la candidatura olímpica de Madrid? Esa sí que es una monologuista cachonda, y no la Sarah Silverman. ¿Y la surrealista kermesse de los independentistas catalanes?...

            Vale, stop, que he dicho que no iba a poner más ejemplos. El caso es que los políticos españoles, cuando les coges el punto, son muy divertidos. De hecho, sus tipologías cómicas se corresponden con las de los hermanos Marx que antes citaba.

            Está el Estilo Groucho, todo palabrería, cuyo ejemplo más evidente es Esperanza Aguirre. Luego tenemos el Estilo Chico, que era el más anodino de los tres hermanos famosos; aquí metemos a Mariano Rajoy. A continuación, el Estilo Zeppo. ¿Y quién narices era Zeppo? Pues veréis, los hermanos Max no eran tres, sino cinco. Zeppo trabajó en las primeras películas, pero no como cómico, sino como galán. Galán soso. ¿Y cuál es nuestro galán soso? Pedro Sánchez, of curse. Después está el Estilo Gummo, que era el hermano Marx que nunca actuó y, por tanto, desconocido. En este apartado entrarían todos esos políticos, que seguro que son unos cachondos, pero no les conoce ni dios. Hay muchos candidatos, pero no sé cómo se llaman.

            ¿Y el estilo Harpo? Aquí hay un problema; Harpo fingía ser mudo, y no existen políticos mudos (en todo caso, políticos sin micrófono). Cristóbal Montero, por aspecto ridículo –y por estar a punto en cualquier momento de colgar su pierna de tu mano-, podría formar parte de esta tendencia, pero es que habla demasiado. Igual que Pablo Iglesias, que es muy slapstick; pero el tío no veas cómo le da a la sinhueso. En fin, no hay Harpos en nuestro panorama político. Una pena.

            Pero estoy siendo injusto. Los Hermanos Marx eran unos genios del humor, mientras que nuestros políticos (de acuerdo, no todos, pero sí la mayoría de los conocidos) son entre canallas de tercera y patéticos. Mezquinos personajillos sin interés alguno. Intentan interpretar un drama de Shakespeare, pero les sale una comedieta de Alfredo Landa.

            En fin, soy consciente de que la progresiva degradación de nuestras instituciones sólo conduce al desastre. Entonces, ¿de qué me río? De nada, en realidad. Pero, ¿sabéis?, la  risa es mucho más sana que los berrinches.

            Y, además, a veces tienen gracia los condenados, no me digáis que no.

jueves, noviembre 6

La canción secreta del mundo


 
            No sé si lo sabéis, pero como justo castigo por ganar el Premio Nacional de Literatura Juvenil debo ser, durante dos años, miembro del jurado que elige dicho galardón. De hecho, ya lo fui el pasado 14 de octubre, cuando se convocó la reunión para elegir al premiado de este año.

            Permitidme explicaros cómo es el asunto. El jurado está formado por 14 miembros: los premiados de las dos últimas ediciones y representantes de distintas instituciones relacionadas con la cultura. Cada jurado debe proponer como candidatas un máximo de tres obras. La lista final nos llegó a a últimos de agosto, así que disponíamos de mes y medio para comprar (luego nos abonarán los costes) y leer un porrón de títulos. Acabé hasta las narices, reafirmado en mi convicción de no ser jurado de nada (salvo, quizá, de desfiles de modelos de ropa interior femenina; pero, desgraciadamente, nunca me lo han propuesto).

            Bien, el primer problema fue elegir mis novelas candidatas, porque no leo literatura juvenil. Así que me puse en contacto con mi buena amiga Nerea Marco, una de las almas mater de la revista electrónica El Templo de las Mil Puertas, para que me recomendara algunos títulos. La amable Nerea así lo hizo, manifestándome su preferencia por una novela en concreto, precisamente la  que había ganado el premio que concede su revista a la mejor obra juvenil española: La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina.

            Vaya, pensé, yo conozco a Cotrina, aunque muy poco. Le conocía, sobre todo, de nombre, porque Cotrina es un escritor surgido, como yo, del fandom de la ciencia ficción. Pero, por algún motivo, jamás había leído nada suyo, ni siquiera un cuentecito. De hecho, pensaba que había comenzado a escribir con posterioridad a mí; pero no, en realidad pertenece, igual que este vuestro seguro servidor, a la llamada Generación de los 90. En fin, qué despistes los míos.

            El caso es que compré su novela. Y, tras un breve estremecimiento (tiene 666 páginas; un número muy apropiado, por cierto), la leí. Y me quedé con la boca abierta, porque no me esperaba algo así. Veréis, suelo sostener que una novela juvenil, para ser buena, tiene que ser, ante todo, una buena novela a secas. Pues bien, La canción secreta del mundo es, en mi opinión, una excelente novela que puede ser disfrutada por todo tipo de lectores, jóvenes o adultos, con la única condición de que tengan el estómago preparado para obras de ese género. ¿Y cuál es el género de la novela de Cotrina? El dark fantasy, la fantasía oscura. Pero que muy, muy, muy oscura. Oscurísima, creedme.

            Imaginaos que en nuestro mundo, el mundo real, se oculta otro mundo, un universo regido por la magia que alberga en su seno la más absoluta y tenebrosa perversidad. Ariadna es una joven amnésica que vive, en nuestro mundo, con una familia de acogida sencillamente perfecta. La chica tiene un novio, Marc, que es un encanto, y todo le va bien. Hasta que un día se presenta en su vida Evan, un misterioso y atractivo joven que fue su pareja en ese pasado que ella no recuerda.

            ¿Un triángulo de amor adolescente? Pues sí. Y pues no, porque nada de lo que sucede a continuación se parece lo más mínimo a las clásicas historias románticas. Ariadna descubre, por las malas, que en realidad ella no pertenece a nuestro mundo, el de la luz, sino al otro mundo, el de la oscuridad. Es una virago. ¿Y qué es eso? Bueno, ¿sabéis esas historias en las que un joven normalucho descubre que tiene poderes increíbles y es el elegido para salvar a la humanidad? Bueno, pues en el caso que nos ocupa, exactamente todo lo contrario. Ariadna tiene las manos manchadas de sangre. De mucha sangre. Y no voy a seguir contando el argumento, porque en la historia hay varios giros de tuerca que no quiero espoilear (menuda palabreja).

            La novela tiene muchos méritos; prosa elegante y fluida, personajes bien perfilados, buen ritmo, originalidad, giros de trama... Pero lo más llamativo es la descripción de ese mundo lóbrego y oscuro, sucio y cruel, un mundo literariamente trabajado con minuciosidad de orfebre, un mundo imaginario del todo coherente. Un auténtico alarde de imaginación e ingenio.

            Aunque lo que más agradecí fue la ausencia de concesiones. Conforme me iba acercando al final del texto, cruzaba los dedos y rogaba que Cotrina no se sacase de la manga un final feliz. Y no lo hizo. El final es amargo, como exigía el devenir de la historia. Nada de miel; todo hiel.

            Antes he dicho que se trata de una fantasía muy oscura. ¿Hasta qué punto? Pues bien, la novela comienza con un siniestro personaje deambulando por un paisaje dantesco y cargando a la espalda con un saco lleno de... bebés muertos. Y eso sólo es el aperitivo de las muchas atrocidades que vendrán después. Sin embargo, no se trata de horrores gratuitos, ni de morbo barato. La canción secreta del mundo desprende una poderosa aura poética; una poesía extraña y perturbadora que provoca intensas emociones en el lector.

            Aunque, lo reconozco, no una poesía apta para todos los paladares. Dos escritoras amigas leyeron la novela por mi recomendación y a ambas les gustó mucho, pero les pareció muy dura. Una de ellas me confesó que tuvo que espaciar la lectura, porque el texto le provocaba pesadillas. Pero eso está bien, ¿no? A fin de cuentas, la función del arte es inducir sentimientos en quienes se exponen a él.

            Bueno, ¿y qué pasó en la reunión del jurado? Pues que las dos únicas personas que defendimos la novela fuimos Laura Gallego y yo. Tras leer todas las obras candidatas, me reafirmé en que la mejor, con diferencia, tanto en calidad literaria como en complejidad, era la de Cotrina; pero cuando la defendía, el resto del jurado me miraba como si me hubiera vuelto loco. En realidad, ya me lo imaginaba. Hay géneros –el dark fantasy, por ejemplo, o el terror- que aún se consideran literariamente malditos, qué le vamos a hacer. Al final me consolé, porque la novela ganadora fue mi segunda favorita: Prohibido leer a Lewis Carroll (Anaya, 2013), de Diego Arboleda con divertidísimas ilustraciones de Raúl Sagospe. Una fantasía victoriana con mucho humor, un delicioso texto que, tengáis la edad que tengáis, os recomiendo.

            Pero, sobre todo, os recomiendo La canción secreta del mundo (Editorial Hidra, 2013), de José Antonio Cotrina. Olvidaos de que es una novela juvenil, porque no lo es, al menos en el sentido peyorativo del término. Si os gusta el género fantástico, si os embriagan las ensoñaciones poética -por muy oscuras que sean-, si disfrutáis con la buena narrativa, si no os dan miedo las emociones fuertes, si os apetece pasear por un fascinante universo ficticio, entonces La canción secreta del mundo es vuestra novela. Salvo que tengáis el estómago delicado, en cuyo caso manteneos alejados de ella.

            Ah, quizá alguno piense que hablo así de bien de esta novela porque soy amiguete del autor. Pues no; sólo he visto a Cotrina dos veces en mi vida, y las dos este año. La primera en febrero, cuando di una charla en Vitoria invitado por el ayuntamiento, y luego a finales de septiembre en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada. En fin, me parece un tío muy majo, pero aún no somos amigos, sino tan solo conocidos. Por tanto, mis comentarios son sinceros y mi recomendación también.

miércoles, octubre 29

Magosto, Carvochá, Amagüestu, Gaztainerre, Castanyada, Halloween... Samhain.



            La semana pasada estuve con Pepa, mi mujer, en Chicago, disfrutando de los días que nos quedaban de vacaciones. Me ha encantado esa ciudad –mucho más que New York, por cierto-, entre otras cosas porque por primera vez he podido contemplar en persona algunos edificios de Frank Lloyd Wright (además de su casa y estudio), mi arquitecto favorito junto con Gaudí. Pero ya hablaremos de eso en otra ocasión.

            Porque de lo que quiero hablar hoy, como cada año, es de Halloween, esa fiesta que algunos en España contemplan como si fuera una infección importada, tan letal y ajena a nosotros como el ébola. El caso es que Chicago estaba engalanada en plan Halloween, porque en USA esa fiesta es mucho más popular e “institucional” que aquí. Por ejemplo, la avenida Michigan -el equivalente a la Gran Vía de Madrid- tiene en las aceras grandes parterres, en realidad mini-jardines primorosamente decorados, que ahora están llenos de lápidas, telarañas y calabazas. Cuando paseamos por Oak Park (donde residió Lloyd Wright), una gran colonia de casas unifamiliares situada a 15 km. de la ciudad, comprobamos que casi todas las viviendas y jardines estaban decorados con esqueletos, murciélagos, tumbas y demás motivos terroríficos. Vamos, que los yanquis se lo toman mucho más a pecho.

            Pero, claro, Halloween es una fiesta americana, ¿no? Pues no. El caso es que se dicen tantas cosas equivocadas acerca de esto que, una vez más, voy a dedicar una entrada de Babel a desfacer entuertos y descorrer el velo de las falsas creencias.

            1º Halloween es una fiesta norteamericana. Falso. Su origen remoto proviene de la festividad celta de Samhain, que celebraba el fin de la cosecha y el verano, y el comienzo del invierno. Según las creencias de entonces, la “Noche de Samhain”, el 31 de octubre, el mundo de los muertos se conectaba con el de los vivos, así que para protegerse de los difuntos, los celtas les dejaban comida fuera de la casa y encendían farolillos hechos con nabos. Mucho después, con la llegada del cristianismo, Samhain se camufló y cambió de nombre, para convertirse en lo que hoy conocemos por Halloween.

            Samhain, y su posterior reconversión, se celebraba en todos los países celtas, así que es una tradición europea. Y fueron los emigrantes ingleses e irlandeses quienes llevaron Halloween a Estados Unidos, donde se popularizó rápidamente, al tiempo que en Europa decaía.

            Lo que sí es verdad es que la actual notoriedad mundial de Halloween se debe a Estados Unidos, pues fueron los yanquis quienes, mediante sus películas y su televisión, le re-exportaron al resto del mundo. Otro elemento puramente americano son las calabazas. Cuando los emigrantes británicos llegaron a USA, se encontraron con que había pocos nabos, pero muchas calabazas. Así que sustituyeron los candiles nábicos por los candiles calabácicos.

            2º Halloween pretende sustituir a nuestro tradicional Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y a nuestro no menos tradicional Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Falso. De hecho, la cosa fue al revés. Cuando el cristianismo se propagó, tuvo que competir con las tradiciones paganas, y generalmente lo hizo superponiendo sus propias fiestas a las fiestas originales. Por ejemplo, la Navidad sustituyó al Solsticio de Invierno. Pues bien, como Samhain era una festividad muy popular donde se rendía culto a los muertos, la iglesia la cristianizó convirtiéndola en Todos los Santos/Fieles Difuntos.

            Pero la tradición pagana se resistía a morir, así que en Inglaterra, a partir de los siglos VIII o IX, se disfrazó, pasando (alrededor del siglo XVI) a llamarse "All Hallows Eve", que en inglés antiguo significa “Víspera de Todos los Santos”.  Con el tiempo, el término All Hallows Eve acabó transformándose en Halloween.

            Por tanto, Halloween se celebra la noche que va del 31 de octubre al 1 de noviembre. La noche y sólo la noche, de modo que no se superpone al Día de Todos los Santos. Son fiestas distintas.

            3º Halloween es una fiesta cristiana. Falso. Esto lo digo por un buen amigo mío que, no sé por qué, detesta Halloween, y año tras año insiste en caer en el error de afirmar que es una fiesta católica, supongo que interpretando equivocadamente lo de “All Hallows” y olvidando el “Eve”. Como hemos visto, Halloween es lo que queda de la festividad pagana de Samhain, y a la iglesia católica no le va nada eso del paganismo, aunque sea en broma. De hecho, la Conferencia Episcopal española condenó Halloween por considerar que "tiene un trasfondo de ocultismo y de anticristianismo".

            4º Halloween no tiene nada que ver con nuestras tradiciones autóctonas. Falso. En fin, desde luego no hay ninguna tradición española con ese nombre (es un término inglés), pero en toda la zona peninsular de poblamiento celta se celebraba Samhain. La cuestión es si, tras la llegada del cristianismo, esa festividad pagana se transformó en España en otras tradiciones que se celebraban la noche previa a Todos los Santos y que consistían, básicamente, en cierta formas de culto (o temor) a los muertos, y en ofrendas o intercambio de comida. La respuesta es que sí, las hubo y las sigue habiendo (aunque, eso sí, de forma minoritaria y muy local).

            De entrada, ahí tenemos nuestra tradicional “Noche de Ánimas”, que coincide con la fecha de Halloween. Además, en el norte de Extremadura están la “Carvochá”, de las Hurdes, que en otras zonas se llama “Los Calbotes” o “La fiesta del Carbote”. En el noroeste de España de celebra otra fiesta muy parecida, “Magosto”, que en Asturias se llama “Amagüestu”, en el País Vasco “Gaztainerre” y en Cataluña “Castanyada”. Y es que una peculiaridad española de todas estas tradiciones provenientes de Samhain es que se celebran con castañas asadas.

            5º Halloween es un producto del marketing comercial. Falso. Vamos a poner un  ejemplo: San Valentín. Aunque esa tradición tiene precedentes en el Imperio Romano, su origen actual proviene de Estados Unidos a mediados del XIX y, que yo sepa, carece de precedentes en nuestro país. De hecho, esta “tradición” fue instaurada en España en la década de los 60 por parte de unos conocidos grandes almacenes. Su presencia entre nosotros es un claro producto del marketing. Pero eso no fue lo que ocurrió con Halloween.

            La cosa comenzó a finales de los 80 en Madrid y Barcelona. Los colegios y los liceos británicos y americanos tenían la costumbre de celebrar Halloween con fiestas de disfraces. Los niños madrileños y barceloneses contemplaban aquello con lógica envidia (que en tu colegio haya una fiesta a la que puedes acudir disfrazado de monstruo mola, no digáis que no), así que comenzaron a hacer lo mismo por su cuenta. Y poco a poco la costumbre fue extendiéndose a todos los colegios y al resto del país. Fue un movimiento espontáneo. ¿Que luego se ha mercantilizado? Por supuesto, pero en esta sociedad todo se mercantiliza; hasta el amor, como demuestra San Valentín.

            ¿Por qué me gusta Halloween? Cuando era pequeño y veía esa tradición en las películas, me moría de envidia. En mi país, una dictadura circunspecta, mediocre y paletamente solemne, esas cosas no se hacían. Aquí la noche del 31 de octubre no pasaba nada, y al día siguiente la gente se iba cristianamente a comer al cementerio, que no es precisamente la actividad más divertida del mundo. Pero los niños americanos... joder, esos sí que se lo pasaban bien, disfrazándose de fantasmas y brujas, y recolectando chucherías por las casas.

            Fue una espinita clavada en mi tierno corazón de infante, y quizá por eso, cuando vi a mis hijos disfrutar con lo que a mí me había sido vedado, me sentí bien. Yo no voy a disfrazarme de zombi; Halloween es una fiesta para los niños. Y es por ellos, por los niños, por mis hijos en su momento y por los hijos de mis vecinos ahora, por los que me encanta esta tradición y me importa un bledo si es un producto nacional o importado. Los niños gozan como locos, y con eso basta.

            Además, Halloween quizá sea la única fiesta enteramente pagana que existe en nuestro cristiano occidente, y eso de nuevo me reconforta. Una fiesta, además, relacionada con un género que me gusta: el terror. Chachi piruli. Y encima es lo que queda de una antiquísima tradición, algo que me chifla.

            Sin embargo, Halloween posee la rara cualidad de ofender por igual a gente de derechas y de izquierdas. Los conservadores la detestan por no ser una fiesta cristiana, y los progresistas por ser –supuestamente- una fiesta yanqui. Y ambos coinciden en criticarla por no ser una costumbre española (tampoco es español Internet, y ahí están todos dale que te pego), como si añadir el término “español” a la palabra “costumbre” fuese garantía de algo, salvo, quizá, de tirar cabras por campanarios o alguna otra forma de maltrato animal.

            Así que, enemigos de Halloween, no seáis cenizos, no seáis tan puristas, no seáis monstruosamente aburridos. Sed, por una noche, simplemente monstruosos.

            Feliz Halloween, amigos.

jueves, octubre 16

Sobreviviendo



            Estoy escribiendo una novela juvenil postapocalíptica. Vaya, ¿otra más? Pues sí; yo, que siempre he estado muy pendiente de las modas literarias para no seguirlas, por una vez escribo à la page. Pero creo que tengo derecho, porque quizá sea el autor de ciencia ficción que más veces ha destruido en sus  relatos la humanidad, la Tierra o el universo (por ejemplo en La vara de hierro, El rebaño, El hombre dormido o La pared de hielo. O en el último cuento navideño de Babel, si vamos a eso). Así que permitidme que haga lo que más me gusta hacer: destruir, aniquilar, devastar.

            En mi novela, el apocalipsis no llega con un súbito boom nuclear, ni con una plaga (aunque hay un poco de ambas cosas), sino poco a poco, mediante el progresivo desmantelamiento de una civilización fracturada que no puede cubrir las necesidades básicas de la población. Mi tesis es: crisis económica + crisis energética = desastre.

            Como decía, tengo poderosas credenciales como destructor del mundo; pero algo que no había hecho nunca es centrarme en la supervivencia. Es decir, humanos que luchan (contra el entorno y otros humanos) por mantenerse con vida en un mundo salvaje y hostil. La novela cuenta la historia de una familia (padre, madre, dos adolescentes y una niña) que se ve obligada a huir de una ciudad caída en la barbarie y buscar refugio en un pueblo del interior. La primera parte se centra en los tres hermanos y el periplo que deben recorrer para llegar a su destino (donde no encuentran lo que esperaban encontrar). La segunda parte transcurre diez años después y describe el nuevo mundo que ha surgido de las cenizas.

            Ese asunto me interesa por varios motivos. ¿Cómo cambian esos jóvenes al cabo de una década, en qué se han transformado a causa de la barbarie que les rodea? Pero sobre todo la pregunta más importante de todas: en esas circunstancias, ¿qué haríamos; intentar conservar un mínimo de civilización o volvernos tan salvajes, o más, como los bárbaros que nos rodean? ¿Seguir siendo seres humanos o convertirnos en monstruos? ¿O es que siempre hemos sido monstruos? El escenario postapocalíptico es muy útil para explorar la naturaleza humana, pues la despoja de todo lo accesorio, de todo lo adquirido, y deja lo esencial. En el fondo es un intento de respuesta a la pregunta ¿qué somos?

            El otro día estaba dándole vueltas a este asunto cuando de pronto me di cuenta de las muchas historias “de supervivencia” que figuran entre mis novelas favoritas.

            Una de las primeras que leí es El día de los trífidos, de John Windham, todo un clásico. En ella, la mayor parte de la humanidad se queda ciega a causa de un fenómeno celeste, no se sabe si natural o provocado. Al mismo tiempo, unas extrañas plantas –los trífidos del título-, que hasta entonces se habían cultivado por el aceite que se extraía de ellas, quedan libres. Libres, sí, porque llegado un momento los trífidos arrancan sus raíces del suelo y caminan. Lo malo es que tiene un flagelo venenoso, lo que las convierte en un peligro letal.

            Otra apasionante novela de supervivencia es Soy leyenda, de Richard Matheson. Todos los humanos se convierten en vampiros, menos un hombre. El final, que le da la vuelta a lo que creías, te deja con la boca abierta. Sin embargo, todas las películas basadas en ella traicionan ese final. Un libro adictivo y perturbador.

            Y también La Tierra permanece, de George W. Stewart. Una visión lírica y poética del fin del mundo. Una novela deliciosa.

            En cuanto a Apocalipsis (que en su primera edición se llamó La danza de la muerte), la considero una de las mejores novelas de Stephen King, pese a su un tanto decepcionante final. Fin del mundo, supervivencia y terror.

            Luego tenemos la tetralogía de las catástrofes, de J. G. Ballard, compuesta por El mundo sumergido, El huracán cósmico, La sequía y El mundo de cristal. El apocalipsis según el agua, el aire, el fuego y la tierra. Y, en realidad, un perturbador viaje al inconsciente.

            Cántico a San Leibowitz, de Walter M. Miller, no es exactamente una historia de supervivencia, aunque sí de tema postapocalíptico. No obstante, su capítulo inicial –que en realidad es el relato corto que dio origen a la novela-, sí que contiene elementos de lucha en un entorno hostil. Una obra maestra.

            Igual que lo es El señor de las moscas, de William Golding. Aquí no está claro que haya un apocalipsis global, pero desde luego sí local. Un avión, cuyo pasaje son todo niños, se estrella en un isla desierta. Solo se salvan los niños, que deberán sobrevivir sin la ayuda de ningún adulto. Una visión profundamente pesimista de la naturaleza humana.

            Y puestos a ser pesimistas, nada mejor que Los genocidas, de Thomas M. Disch. Tras una invasión alienígena, que literalmente ha fumigado a la mayor parte de la humanidad, los extraterrestres usan la Tierra como terreno de siembra para sus plantas alienígenas. Entre tanto, los últimos humanos sobreviven miserablemente.

            Y La carretera, de Cormac McCarthy. Tras un apocalipsis, que no se especifica, pero que se intuye nuclear, un padre y su hijo recorren una carretera en busca de una hipotética salvación. La naturaleza ha muerto, todo es gris, y monstruos humanos deambulan buscando presas humanas. Imprescindible.

            En fin, al pararme a pensarlo me ha sorprendido un poco la cantidad de novelas de apocalipsis y supervivencia que se me antojan textos notables. Pero es que eso de llevar las situaciones al extremo (algo muy propio de la ciencia ficción) es una herramienta cojonuda para reflexionar sobre la condición humana.

            Esto viene a cuento porque la semana pasada vi el primer capítulo de la quinta temporada de The Walking Dead, una de mis series favoritas. Ya sabéis de qué va, ¿no? Una plaga de zombis (aquí llamados “caminantes”) asola el planeta y los últimos humanos intentan sobrevivir en medio de una civilización destruida. Lo curioso es que a mí no me gustan las historias de zombis, por lo general me aburren, pero es que esta serie no va de zombis, sino de supervivencia, y lo hace de puta madre.

La verdad es que me recuerda un poco a El día de los trífidos. De hecho, ambas empiezan igual (y no creo que por casualidad): un hombre, un paciente, despierta en un hospital desierto y, al poco, descubre que ha llegado el apocalipsis; en un caso por la ceguera y en otro por los zombis. Pero es que, además, zombis y trífidos cumplen la misma función narrativa: no son protagonistas, sino el telón de fondo, un símbolo del brutal salvajismo del entorno.

            El caso es que The Walking Dead trata sobre la supervivencia en situaciones límite y, a través de una magnífica galería de personajes, especula sobre la respuesta humana ante la constante presencia de la muerte. Uno no tarda en darse cuenta de que los monstruos de la serie no son los zombis, sino los seres humanos.

            The Walking Dead tiene la sorprendente virtud de mejorar a cada temporada. En ella se ven cosas jamás vistas en televisión, y rara vez en el cine. El primer capítulo de la quinta temporada –llamado No hay santuario- me dejó con los ojos haciendo chiribitas; es toda una lección de narrativa cinematográfica, de suspense, de ritmo y de acción.

            ¿No seguís The Walking Dead porque sólo es una chorrada de zombis? Pues os equivocáis, es una serie estupenda. Venga, no seáis zoquetes y dadle una oportunidad. Creedme, vale la pena.

martes, octubre 7

¿Qué significa ser algo?



            Hace unos meses leí Dominación, de C. J. Sansom; una ucronía en la que Inglaterra firmó un rápido armisticio con la Alemania nazi y, en los años 50, se encuentra gobernada por un gobierno títere pro-alemán que está a punto de internar en campos de concentración a los judíos británicos. La madre del protagonista era judía, pero se cambió el apellido para aparentar ser irlandesa. El prota, como es lógico, teme que su secreto se descubra y hace la siguiente reflexión: corre el riesgo de que le detengan y encarcelen por ser judío, pero él ni siquiera sabe qué es ser judío.

            Eso me hizo pensar en mí mismo. Mi primer apellido es de origen judío, lo cual bastaría para, en caso de estar bajo la bota nazi, convertirme en candidato a respirar unas cuantas bocanadas de Zyklon B. Sin embargo, si queda algo de sangre hebrea corriendo por mis venas, debe de estar tan diluida como un timo-compuesto homeopático. Por otro lado, igual que el protagonista de mi novela, no tengo ni idea de lo que significa ser judío. ¿Vestirse de negro, dejarse coletitas, ponerse un sombrero raro o una kipa y tener tropecientos hijos? Bueno, yo no hago nada de eso; y la mayor parte de los supuestos judíos tampoco. De hecho, es imposible distinguir a un judío de un gentil, salvo que se realice un concienzudo estudio de su árbol genealógico. Entonces, ¿qué sentido tendría definirme a mí, y a cientos de miles de personas en similares circunstancias a las mías, como judíos? (Si vuestro apellido procede de un topónimo o de un oficio, tenéis muchas posibilidades de descender de los hijos de Israel)

            Siguiendo conmigo, nací en Barcelona y mi apellido es de origen catalán (gerundense, para mayor precisión); mis padres y mis hermanos eran catalanes, pero yo he vivido desde que tenía un año en Madrid. Pues bien, cuando gané el Nacional la casi totalidad de los medios analógicos y digitales dieron la noticia así: “El escritor catalán (o barcelonés) César Mallorquí ha ganado el...”.

            Reconozco mi perplejidad: ¿qué más dará si soy catalán, castellano, extremeño o de la Cochibamba? Si escribiera en catalán, bueno, quizá tuviera algún sentido; pero escribo en español, así que ¿qué coño importa dónde haya nacido? Es más: igual que me ocurre con ser judío, no sé qué significa ser catalán. ¿Hablar catalá, bailar sardanas, ser fan del Barça o comer pa amb tomaca? Bueno, pues salvo en lo de ponerme ciego a pan con tomate, no hago nada de eso. Sin embargo, nací en Cataluña, eso pone mi DNI. Pero se trata de una casualidad, como todo nacimiento, y desde luego no lo considero en ningún sentido importante. Sin embargo, a los periodistas sí debía de parecérselo, pues lo destacaron en titulares. Así que se supone que ser catalán significa algo, aunque yo no tenga ni idea de qué. Y si vamos a eso, tampoco sé lo que significa ser madrileño.

            Vale, de acuerdo, como dijo Rilke: La patria de un hombre es su infancia. Y mi infancia transcurrió en Madrid, así que ¿Madrid es mi patria? Pues todo Madrid no, desde luego, y no solo Madrid. La inmensa mayor parte de mis recuerdos de infancia están asociados al barrio de Chamberí, y en menor medida a ciertos lugares como el parque de El Retiro, el del Oeste o la Casa de Campo. Pero también tengo poderosos recuerdos del Santander donde pasaba las vacaciones con mi familia. En cualquier caso, da igual. Aunque Madrid fuera mi patria sentimental, eso de ningún modo me definiría como persona.

            Porque cuando dices SOY TAL COSA, se supone que esa TAL COSA es el principal rasgo distintivo de tu identidad, aquello que te resume y te explica. Pero, ¿cómo puede un solo factor abarcar la enorme complejidad de cualquier ser humano? Sencillamente, no puede; a menos que simplifiquemos hasta la caricatura al ser humano.

            ¿Qué soy yo? Supongo que, de entrada, soy un miembro del sexo masculino. ¿Eso me define? En parte sí, claro, pero me sitúa en un difuso grupo formado por unos 4.000 millones de personas. Además, no creo que haya radicales diferencias entre hombres y mujeres.

            También soy un adulto de edad madura tirando a pocha, lo cual tampoco dice gran cosa. Además, soy escritor. ¿Es ése mi rasgo distintivo? No todo el tiempo, desde luego; soy escritor ocho horas al día cinco días en semana. El resto del tiempo soy otras cosas. Por otro lado, antes fui publicitario, y antes periodista, y antes estudiante. ¿Quiere eso decir que he experimentado sucesivas metamorfosis en mi esencia conforme cambiaba de trabajo? Para nada; no hay que confundir lo que uno es con lo que uno hace.

            Bien, ya he dicho que soy español, nacido en Cataluña y criado en Madrid. Y ya he dejado claro que nada de eso determina mi naturaleza. ¿Qué más? Soy alto, soy de piel blanca, soy calvo, soy esposo, soy padre, soy bloguero, soy aficionado a la literatura y al cine, soy un poco friki, soy un tímido reconvertido, soy leísta, soy desmemoriado, soy ex-bebedor, soy fantasioso, soy temperamental, soy del Real Madrid, soy pacífico, soy progresista, soy feminista, soy procrastinador, soy escéptico, soy romántico, soy... soy muchas cosas. Y ninguna de ellas, por sí sola, me define.

            A ello debemos añadirle todas las influencias que han contribuido a conformar mi personalidad y mi bagaje cultural, estético y ético. Pero esas influencias son múltiples y proceden de todas partes: de Inglaterra, de Francia, de Estados Unidos, de Alemania, de Italia, de Grecia, de Japón, de Irlanda... o, claro, de España, incluyendo a Cataluña. Pero ninguna basta para explicar qué soy yo.

            En definitiva, no hay un núcleo básico y simple que defina nuestra esencia. De hecho, no existe tal esencia. Somos una amalgama de múltiples cosas de muy diversa procedencia. No somos un bloque compacto; somos una construcción de Lego. Y eso, esa pluridimensionalidad, es lo que nos hace interesantes.

            No obstante, mucha gente decide ser una única cosa. O, mejor dicho, decide focalizar toda su naturaleza en un único sentido. Quizá su trabajo, quizá su nacionalidad, quizá su religión, o la paternidad, o las aficiones, lo que sea. Se simplifican a sí mismos, se reducen a un único aspecto. A mi modo de ver, eso los adocena, los convierte en seres unidimensionales y aburridos, en caricaturas de personas. ¿Por qué lo hacen?

            Bueno, si alguien jamás sale de donde nació y recibe una única clase de influencias, entonces la cosa tiene lógica. Por ejemplo, si un niño nace y se cría en el seno de una secta, tiene todas las papeletas para ser única y exclusivamente un fanático religioso. Pero hay gente que ha recibido toda suerte de influencias, una educación cosmopolita, gente que ha viajado y se ha expuesto a otras culturas, personas que son la suma de mogollón de piezas de Lego, y sin embargo optan por reducirse a un único aspecto. ¿Por qué?

            Si reflexionamos en profundidad sobre la frase “SOY YO”, es muy probable que descubramos que ese “YO” no tiene un sentido concreto, que la propia identidad es difusa, oscura, cambiante y, con frecuencia, contradictoria. Eso a mí me parece de lo más interesante (somos ríos, no embalses), pero hay gente se siente aterrada ante esa idea. Hay gente que necesita aferrarse a algo sólido en un mundo en el que nada lo es, así que inventan, o más frecuentemente adoptan, construcciones mentales ficticias a las que poder agarrarse para darle sentido a unas vidas que no lo tienen, y para ser algo concreto que otorgue un significado manejable a la palabra “yo”.

            Así pues, cuando decimos “soy tal cosa”, en realidad estamos confesando nuestro miedo más profundo: no ser nada.

martes, septiembre 30

Aguardando el pasado




            Este fin de semana participé en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada. Fue una experiencia muy agradable, por el entusiasmo de los organizadores, por la calidad de los invitados (no me refiero a mí) y por el interés de los distintos actos que se celebraban. Además, me reencontré con un montón de viejos amigos, y espero haber hecho algunos nuevos. Estuvo muy bien. Sin embargo, antes de asistir hubo algo que me inquietó: el programa oficial anunciaba un “desfile de vestimenta steampunk”.

            Como sé que no todos los merodeadores de Babel son frikis, aclararé que steampunk es un subgénero de la ciencia ficción que muestra una ambientación decimonónica (sobre todo la época victoriana en Inglaterra), pero con elementos de tecnología avanzada basada en la máquina de vapor. Algunos lo vinculan al retrofuturismo, pero yo no estoy de acuerdo; aunque se parecen, no son lo mismo. También ha dado pie a otros subgénero, como el dieselpunk, que se ambienta en el periodo de entreguerras (y manda cojones que yo haya escrito una novela dieselpunk -La isla de Bowen- sin tener ni idea de que eso existía). Además, el steampunk, que nació como movimiento literario, se ha convertido también en una tendencia estética.

            ¿Por qué me inquietaba ese desfile? Pues veréis, yo creo que existen dos categorías de frikis: el light y el hard. Friki light es aquel que tiene aficiones raritas centradas en la cultura popular (comic, ciencia ficción, fantasía, etc.). En cuanto al friki hard, es aquel que no sólo tiene esas aficiones, sino que además las incorpora sustancialmente a su propia vida. Es decir, el friki light asiste como “espectador” a determinadas ficciones populares, mientras que el friki hard vive en ellas.

            Una confesión: los frikis hard me ponen nervioso. Sé que esto puede sonar raro viniendo de un tipo que tiene en su salón un montón de figuras de resina de Tintín, o en su despacho un enorme poster de King Kong, robots de hojalata o el ídolo arumbaya de La oreja rota. Sin embargo, todo eso para mí es decoración. Decoración fiki, de acuerdo; pero sólo está ahí por estética, teñida, eso sí, de grandes dosis de sentimentalismo. Yo no aspiro a vivir en el universo de Tintín, no fantaseo con ser un explorador de la Isla de la Calavera o un navegante espacial. Una cosa es lo que leo o veo, y otra muy distinta lo que vivo. De hecho, mis aficiones raritas sólo son una pequeña parte del conjunto de mis aficiones. Vamos, que soy un friki light (o eso espero).

            Por tanto, como estoy en una frontera peligrosa, siempre he sentido cierta prevención hacia los frikis más hard, no vaya a ser que me confundan con ellos. Y para mí uno de los máximos exponentes del frikismo duro se produce cuando los frikis se disfrazan. Recuerdo una vez, hace muchos años, que yo estaba en una Hispacon (convención de aficionados españoles al fantástico) y de repente vi pasar a una comitiva de tíos vestidos al estilo de El señor de los anillos. Súbitamente, experimenté una crisis de vergüenza ajena; no sabía dónde meterme. Tenía la sensación de que de un momento a otro iban a aparecer un montón familias con niños y se pondrían a arrojarnos cacahuetes, porque aquello se me antojaba un zoológico grotesco.

            Vale, antes de que algunos se pongan a arrojarme, en vez de maní, tomates podridos, acepto que no tengo razones objetivas para pensar así. Que eso de los disfraces no es más que algo lúdico, una desinhibida manera de divertirse. De acuerdo, es cierto.  Pero a mí, qué le voy a hacer, me pone nervioso, y cuando eso sucede a mi alrededor no puedo evitar sentirme como Jeff Albertson, el dependiente de la tienda de cómics de Los Simpson.

            Pues ese era mi temor cuando vi anunciado el desfile de trajes steampunk. Pero no, no había nada que temer. Y no porque no hubiera gente disfrazada, ni mucho menos; de hecho, durante los dos días que duró el festival había un constante trasiego de hombres y mujeres vestidos de decimonónicos con aditamentos retrofuturistas. Lo que pasa es que el espectáculo me gustó. Por dos motivos:

            1. Vestirse de hobbit, o de Mr. Spok, o de Guardia Imperial, es cualquier cosa menos elegante. Sin embargo, esa idealización del estilo victoriano resulta estéticamente muy molona (no en vano grandes diseñadores como Prada, Alexander McQueen, Ralph Lauren o Gaultier han creado colecciones inspiradas en el steampunk). En Fuenlabrada había de todo, por supuesto, pero en general los disfraces eran muy bonitos.

            2. En otros acontecimientos frikis, quienes solían disfrazarse eran sobre todo los tíos; por lo general, jovencitos granujientos. Pero en el Festival había tanto chicos como chicas, la mayor parte teenagers y veinteañeros (aunque había algún que otro tarra). Pues bien, llamadme viejo verde si queréis, pero ver chicas guapas elegantemente vestidas siempre me ha resultado de lo más tonificante.

            Vamos, que me pareció estupendo pasar un par de días rodeado de steampunks. Pero también me hizo pensar. Veréis, cabe suponer que esos jóvenes, aparte de para divertirse, se vestían así para hacer en cierto modo realidad sus fantasías. Y sus fantasías estaban enclavadas en el pasado (un pasado idealizado, es cierto; pero para eso está el pasado, ¿no?; para idealizarlo). Y lo mismo ocurre con los góticos o los neorrománticos: fantasean con el pasado.

            Durante la segunda mitad del siglo XX, el foco del fantástico popular se desplazó de la ciencia ficción al fantasy. Es decir, del futuro al pasado. Ahora mismo, ¿cuáles son las ficciones fantásticas más populares? Pues Juego de tronos y la serie de El nombre del viento, de Patrick Rothfuss. Fantasías medievalizantes, El pasado. ¿Y cuál es el género de moda en la literatura juvenil? Las distopías. O sea, el futuro visto como un lugar horrible.

            ¿Qué ha ocurrido para que los jóvenes, que son en sí mismos el futuro, hayan decidido refugiarse en el pasado? Supongo que eso significa que para ellos el futuro -y su antesala, el presente-, no solo ha perdido todo atractivo, sino que además les da miedo. Woody Allen dijo que el futuro le interesaba, porque es el lugar donde iba a pasar el resto de su vida. Bueno, pues los jóvenes no quieren vivir ahí. El futuro les da mal rollo. Mejor el cálido pasado, convenientemente idealizado.

            Coño, pero si me sucede a mí mismo. Casi la mitad de mis novelas juveniles están ambientadas en el pasado. Y, salvo en un caso, ninguna pretendía ser novela histórica. Lo que pasó es que las tramas y argumentos que había ideado me parecía que funcionaban mejor en el pasado que en el presente (o el futuro). Porque los sentimientos e imágenes que quería transmitir eran más fáciles de evocar en tiempos pretéritos. A mi manera, soy un romántico. Hace mucho, cuando era joven, encontraba romanticismo en la ciencia ficción. Pero ya no. El futuro apesta, y el presente da asco.

            En fin, que un dinosaurio como yo piense así puede ser normal. Pero que compartan esa idea muchos chicos y chicas ya es más alarmante. Jóvenes sin fe en el futuro, sin optimismo, sin esperanza, jóvenes que se sienten más a gusto en lo que fue, que en lo que es y en lo que será.

            Da que pensar, ¿verdad?