jueves, enero 14

Episodio 7


 
            Quería que me gustase, amigos míos; estaba dispuesto incluso a rebajar mi listón de calidad con tal de recuperar la ilusión. Es más, estaba seguro de que me iba a gustar. A fin de cuentas, J. J. Abrams hizo un notable trabajo resucitando la franquicia Star Trek, y además nada podía ser peor que los episodios 1, 2 y 3; es decir, la segunda trilogía por orden de rodaje. El desnortado Lucas se había quitado de en medio, así que cabía abrigar esperanzas ante Star Wars: El despertar de la fuerza. Por desgracia, ay, mis esperanzas se han visto frustradas.

            ¿Es el Episodio 7 una mala película? No; al menos, no en el sentido en que era malo el Episodio 1, el de ese bicho insufrible, Jar Jar Binks. ¿Es entonces una buena película? No, tampoco. Yo diría que es un film “plof”. Para que me entendáis: lo vi hace más o menos un mes y ahora no recuerdo casi nada de lo que pasaba. No se ha grabado en mi memoria ni una imagen, ni una secuencia, nada. No ha dejado la menor huella en mí.

            Porque, vamos a ver, ¿qué pretendía Disney con esta película, aparte de forrarse (cosa que está logrando con creces)? Recuperar el espíritu de la trilogía original; sobre todo el de los episodios 4 y 5. Pues bien, Abrams sólo lo ha logrado en el aspecto formal, el técnico, reduciendo al mínimo los efectos CGI (de los que tanto abusó Lucas en su segunda trilogía) y recurriendo más a lo analógico. Eso es todo. Por lo demás, del “aroma” del primer film no hay ni rastro.

            He leído en alguna críticas que el espectador de la segunda década del siglo XXI no tiene la ingenuidad del espectador de 1977, cuando se estrenó la primera cinta de la franquicia. Eso es cierto en un aspecto: los efectos especiales; lo que era una novedad en el 77 ya no lo es ni remotamente. Pero los efectos especiales no bastan para explicar el éxito de la franquicia. Entonces, ¿de qué ingenuidad estamos hablando? ¿Del concepto que hay detrás de los films?

            Puede que alguien piense que Star Wars, la película original (el Episodio 4, vaya lío...), era algo nuevo en 1977, pero no es cierto. Era una ficción antigua; incluso anticuada. Star Wars no es ni más ni menos que la versión fílmica de los space operas pulp que, en los años 30, escribían gente como Jack Williamson, Edmond Hamilton o E. E. Doc Smith. Eran novelas de aventuras espaciales muy ingenuas que, precisamente por su ingenuidad, en 1977 hacía mucho que habían pasado de moda. Sin embargo, Star Wars estaba claramente inspirado en La Legión del Espacio (1934), de Williamson, (además de en El mago de Oz, de Baum, en la Segunda Guerra Mundial, en un poquito Bushido y en la leyenda Artúrica). Es decir, que en 1977 los espectadores ya estaban lo suficientemente baqueteados para darse cuenta de que Star Wars era una ficción ingenua.

            Pero que algo sea ingenuo no significa que sea malo o rechazable, siempre y cuando se aderece bien. Lucas usó estereotipos clásicos y los remozó en el contexto de una épica futurista, lubricándolos con buenas dosis de sentido del humor. Es decir, un puñado de tópicos, pero sabiamente utilizados. Lo cual condujo a una película muy divertida que, además, creó una mitología.

            Así que el Star Wars original se inspiró en la ficción pulp (igual que Indiana Jones, por cierto). Pero ¿en qué se ha inspirado el Episodio 7? Pues en el Star Wars original; ahí comienzan y se acaban sus influencias. No hay más referentes. Es la copia de una copia. Una copia sin alma.

            ¿De qué iba la trilogía original? Había un Imperio malo y una Alianza Rebelde buena. El Imperio estaba regido por dos malos muy malos, el Emperador y su secuaz Darth Vader. Los rebeldes estaban representados por una princesa republicana, Leia. Los malos tenían un arma morrocotuda, la Estrella de la Muerte. Leia tenía los planos de ese arma, pero como la capturó el Imperio, ocultó los planos en un robot simpático. Luego hay un joven humilde que acabará siendo la leche en bote, Luke. Un mentor en plan Merlín, Obi Wan. La Fuerza, los Jedi y todas esas zarandajas. Un aventurero socarrón, Han, que al principio es egoísta, pero luego demuestra ser el fiel compañero que todos esperábamos. Y hay un conflicto familiar: el chico ingenuo resulta ser el hijo del infame malvado. Los rebeldes se cargan la Estrella de la Muerte (dos veces), el malo malísimo se regenera, mata al pérfido Emperador y se reconcilia con su hijo, regresando al lado guay de la Fuerza, el Imperio se derrumba y colorín colorado este cuento se ha acabado (¿Acabado?; pero si eso sólo era el comienzo, capullo...)

            Vale, ¿de qué va el Episodio 7? (Atención: Spoilers) Hay un grupo de malos, los restos del Imperio, que se hacen llamar la Primera Orden, y hay una Nueva República buena cuyo brazo militar se llama la Resistencia. Al frente de la Primera Orden hay un tío muy malo que sólo aparece en holograma y que no sé quién es (recuerda al infame Emperador), y un tío enmascarado, Kylo Ren. Los malos tiene un arma colosal, la Starkiller, que es como la Estrella de la Muerte, pero más gorda. Los buenos están más o menos representados por la ahora generala Leia (que está hecha una pasa) y por el piloto más chachi de la galaxia: Poe Dameron. Luego hay una chica humilde y soñadora, Rey, que parece destinada a ser la leche en bote.

            El caso es que por algún motivo es fundamental encontrar al último maestro Jedi; es decir, a Luke. Le encomiendan esa tarea a Poe y éste localiza un fragmento de mapa que conduce al Jedi. Pero los malosos le capturan, aunque él tiene tiempo de ocultar el mapa en su simpático robot ¿Os suena?

            También hay un golfo simpático, el desertor de los malos llamado Finn. Y aparece Han Solo, haciendo de Han Solo junto al felpudo con patas. Y hay un conflicto familiar, porque el supermalísimo Kylo Ren resulta ser el hijo de Han y de Leia. Y se carga a papá. La Resistencia destruye la Starkiller (¡Y van tres! Desde luego, estos malos son incapaces de construir una superarma que no explote a la primera de cambio). Rey recupera el mapa, encuentra a Luke en un planeta remoto y la película se acaba, aunque no hay que ser un lince para sospechar que Luke se convertirá en el sabio mentor de la chica soñadora.

            Resumiendo, el Episodio 7 es un calco, pero un calco aguado. Aunque lo peor no es eso, sino los personajes: ninguno de ellos tiene ni pizca de carisma. Ni Poe, ni Finn... ¿Ni Rey? En fin, Rey sería el equivalente de Luke, y Luke nunca tuvo demasiado atractivo como personaje, así que puede que ahí salgamos ganando. Aunque lo realmente chungo es lo de Kylo Ren.

            Vamos a ver, ¿cuál es el elemento más icónico de Star Wars? Sencillo: Darth Vader. Un malo de verdad, poderoso, invencible, cabrón como él solo, un hijo de puta de cuidado realmente temible. Su equivalente en el Episodio 7 es Kylo Ren, que también milita en el lado de la Fuerza al que le han cortado la luz y también va enmascarado. Ahora bien, Vader llevaba casco y máscara por razones de salud (recordad el sonido del respirador); pero ¿por qué lleva máscara Kylo Ren? ¿Para molar? Pues menudo gilipollas. Y eso no es todo. Al final Kylo Ren se enfrenta en un duelo a espadas laser con Rey, una chica que jamás ha recibido instrucción en esa clase de lucha, ¡y la jovenzuela le gana! ¿Ése es el temible malvado que viene a sustituir a Darth Vader? Ni de coña; es un puto pringao. Da más vergüenza ajena que miedo.

            ¿Sabéis en qué momento se anima la película? Cuando aparece Han Solo; tal es el poder de ese personaje y tal es la escasa entidad del resto de los caracteres. La ex-princesa Leia también aparece, pero más bien como si pasara por allí y se quedara un rato a mirar. Además está irreconocible; y no porque ya no lleve ensaimadas en las orejas, sino porque Carrie Fisher ha envejecido fatal.

            En resumen, el Episodio 7 es, básicamente, un producto de marketing, un film rodado con más cálculo que inspiración. No aburre ni indigna, como ocurría con la segunda trilogía, pero tampoco emociona en ningún sentido. Es más de lo mismo, un producto olvidable. Y una oportunidad perdida. Otra más.

            Por cierto, he leído que Disney está preparando la quinta película de Indiana Jones. Y me echo a temblar; porque me gustaba la primera trilogía de Star Wars, pero mucho más me gustaba Indiana Jones. Se rumorea que el sustituto de Harrison Ford en el papel del arqueólogo saltarín será Chris Pratt; no me parece mal la elección. Pero, visto lo que han hecho con el Episodio 7, me temo lo peor. Aunque, claro, teniendo en cuenta la bochornosa cuarta entrega de Indiana Jones, cualquier cosa que se haga será mejor...

            Ay, qué poquito le pedimos ya al cine de masas...

jueves, enero 7

Ichthys


            Feliz año nuevo, amigos míos. ¿Os habéis parado a pensar en lo apasionante que va a ser este 2016? Los cruzados de la causa soberanista se sienten ungidos con el mandato divino de crear la República Independiente Catalana; pero, ay, ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo a la hora de elegir un presidente de la Comunidad. En el resto de España, los del PP claman que ellos son los ganadores de las elecciones y exigen que ese extraordinario líder que es Rajoy sea investido presidente porque... bueno, porque sí, porque ellos tienen más votos, y son más serios, y el que gana, gana, y los demás son unos envidiosos, y... En fin, se olvidan de que, en realidad, ellos no han ganado, sino que son, simplemente, los perdedores más votados. Porque no pueden formar gobierno por sí solos y tienen la misma capacidad negociadora que una mofeta con halitosis.

            Así que este año tendremos nuevas elecciones generales y catalanas. A lo que hay que añadir las gallegas y las vascas. Y las más importantes de todas: las norteamericanas. ¿Os imagináis a Donald Trump como presidente de Estados Unidos? Os recuerdo que probablemente Trump cree que España es México, y ya sabéis el cariño que ese tipo le tiene a los mexicanos.

            ¿No queríais política? Pues toma dos tazas. Mejor dicho, cinco tazas.

            Pero no es de esto de lo que va este post, sino de la ilustración que lo encabeza (que, si os fijáis bien, tiene cierto parecido con el antes citado Trump). Se trata de Ichthys, un personaje del cuento Fiat Tenebrae, que aparece en mi antología Trece monos. En ese relato se especula sobre la existencia de un cristo alienígena (natural de Astarté, el cuarto planeta de la estrella Baal), y lo describo como un bicho muy feo.

            En la presentación del libro en la librería Gigamesh de Barcelona, Ricard Ruiz Garzón comentó que le encantaría que algún ilustrador dibujase a Ichthys, porque tal y como yo lo había descrito debía de ser un bicho horrible. Pues bien, resulta que en la presentación estaba presente Carlos Jobani, un joven alumno de Ricard y, como puede verse, un habilidoso ilustrador. Así que recogió el guante lanzado por Ricard y dibujó a Ichthys. Luego se lo mandó a su profesor y Ricard me lo ha remitido a mí.

            Y ahí lo tenéis. La ilustración es estupenda, pero el alienígena es un espanto. Qué bien, ¿verdad? Muchas gracias, Carlos, por darle forma a mis pesadillas. Ha sido todo un detalle.

jueves, diciembre 24

El horrible y entrañable cuento de Navidad: "Una muñeca para Sofía"


 
            Feliz solsticio de invierno, amigos míos. Fue hace dos días, pero tradicionalmente las celebraciones del solsticio se prolongaban tres, así que estamos en tiempo. Además hoy es Nochebuena, precisamente durante el próximo amanecer será cuando el Sol renazca y todas esas zarandajas del Sol Invictus. Ah, claro, también se celebra el nacimiento de Josué, o Jeshua, o Jesús, ya sabéis, ese judío que predicaba todo aquello que sus seguidores jamás cumplen. Pero es que Jesús no pudo nacer ahora. Leed la Biblia; en ningún lugar se dice cuándo nació Jesús. Pero algo es seguro: nació en cualquier momento menos en Invierno (los pastores, según los Testamentos, dormían al raso, y eso jamás lo hacían en invierno). Si se eligió la fecha del 25 de diciembre fue, precisamente, para superponerla a las celebraciones paganas del solsticio.

            Bueno, ya sabéis de qué va esta entrada: del tradicional cuento de Navidad de Babel. Pero ignoráis una cosa: este año ha estado a punto de romperse la tradición. Veréis, últimamente he andado muy liado con cierto asunto. En marzo del año que viene se inaugurará en el Matadero una exposición sobre mi padre, y por ese motivo se editará un libro centrado en su figura. Y yo me comprometí a colaborar con un artículo.

            El artículo, llamado Cartas desde el pasado, va sobre las ideas que mi padre vertía en su correspondencia. Para escribirlo he tenido que leerme sus cartas (y hay cientos), seleccionar los párrafos adecuados, copiarlos y, finalmente, armarlo todo como si fuera un puzzle, que es lo que estoy acabando de hacer ahora. La putada es que la fecha límite de entrega es a finales de este mes.

            El caso es que me ha dado y me está dando un montón de trabajo y me ha robado mucho tiempo. Y hace unas semanas fui consciente de dos cosas: 1. No tenía ninguna idea prevista para el cuento de Navidad. 2. No iba a tener tiempo de escribirlo. Por lo general los cuentos que escribo para esta ocasión suelen ser bastante larguitos. Por ejemplo, el del año pasado tenía más de seis mil palabras. No podía escribir nada tan largo, sobre todo no teniendo en mente ninguna idea prevista. Así que a punto estuve de tirar la toalla.

            Pero, qué demonios, ¿iba a mandar a la mierda la única tradición de Babel y justo, además, en su décimo aniversario? No podía permitirlo; no, al menos, sin luchar. De acuerdo, me dije; ya sé que no sueles escribir relatos ultracortos, César, pero intenta imaginar uno. Un relato que puedas escribir en un par  de horas como mucho.

            Así que puse en marcha mi vieja y oxidada máquina de imaginar y, bingo, se me ocurrió una historia de la longitud adecuada. El cuento se llama Una muñeca para Sofía y no es un ultracorto, pero casi: tiene mil quinientas palabras. Pero hay un pequeño problema...

            Normalmente, los cuentos de Navidad de Babel son de humor, o son tiernos, o irónicos, o juguetones... Este año no. El cuento de este año no tiene nada de juguetón. Ni pizca. Es un cuento de mal rollo. Soy sincero; en otras circunstancia no habría escogido esta historia. Pero fue lo mejor que se le ocurrió a mi maltrecha y retorcida mente. Y más vale un cuento oscuro que ningún cuento. En cualquier caso, si lo que ahora os apetece es el optimismo, las sonrisas y las buenas intenciones... mejor que no leáis el cuento. Aunque, quién sabe, a lo mejor no es tan chungo como a mí me parece...

            Ah, por cierto, también podríamos celebrar otra cosa: esta es la entrada del blog número 600. Qué número tan redondito, ¿verdad? Pero no lo vamos a celebrar; lo dejaremos para mejor ocasión. Es decir, para la entrada 666.

            En fin, amigos, os deseo que paséis unas inconmensurablemente felices fiestas. Es un placer y un honor que sigáis merodeando por aquí. Feliz Solsticio.


            Una muñeca para Sofía
            By César Mallorquí

            El trineo, tirado por nueve renos mágicos, surcó el cielo nocturno, veloz como una centella, se detuvo en el aire y flotó sobre la pequeña aldea a unos mil metros de altura.

            --¡Ho, ho, ho! –exclamó el orondo ocupante del vehículo.

            Le encantaba decir “¡Ho, ho, ho!”, aunque nadie le oyese. Era su signo distintivo, su marca personal, incluso podría decirse que era su grito de guerra, de no ser porque “guerra”, en su caso, resultaba una palabra totalmente inadecuada; pero aquel “¡Ho, ho, ho!” también era una expresión de auténtico júbilo. Nada le gustaba más a Santa Claus que hacer regalos a los niños; aquella tarea le llenaba de optimismo y placer, así que para soltar presión en la caldera de su felicidad, siempre exclamaba “¡Ho, ho, ho!” al principio y al final de cada encargo... (Si quieres seguir leyendo, pincha AQUÍ)



 

miércoles, diciembre 9

¡Babel 10!


 
            Diez años ya. La Tierra ha dado 3.652 malditas vueltas sobre sí misma. Jodeeeeeeer... Me siento viejo. No, qué coño me voy a sentir; es que soy viejo, un chalado que ha dedicado una considerable parte de su vida a, entre otras cosas, escribir un blog. Qué absurdo, ¿verdad? Pero me encanta hacer cosas absurdas (siempre y cuando sean inofensivas).

            Supongo que ahora sería el momento de volver la vista atrás, hacer balance y todo eso; pero qué coñazo, ¿no? Además, ya ni me acuerdo de la mayor parte de los posts que he escrito, aunque sí recuerdo con nitidez aquel lejano viernes, nueve de diciembre de 2005, en que por pura procrastinación me dio por crear La Fraternidad de Babel. Si me llegan a decir que iba a durar una década, no me lo habría creído.

            Han sucedido muchas cosas durante estos diez años. Algunos posts fueron divertidos. Otros, aunque no lo supisteis en su momento, fueron angustiosos para mí, como unos cuantos que escribí en 2007, internado en un hospital y creyendo (no sólo yo, sino también los médicos) que me iba a morir. En aquellos momentos, Babel fue un tablón flotante al que me agarré durante el naufragio. Escribirlo me hacía sentir que yo era el de siempre, y no sólo un puñetero enfermo. Aunque, la verdad, los momentos más intensos para mí fueron los diez posts que dediqué a contar la historia de mi hermano Eduardo. En cierto modo, esos textos justifican (para mí) la existencia del blog...

            ¡Alto, quieto ahí! ¿No he dicho que no iba a hacer balance? Pues basta de nostalgia.

            Hoy se cumple el décimo aniversario de La Fraternidad de Babel. Quinientas noventa y nueve entradas. ¡Bien, bravo, viva! ¡Tres hurras por el bloguero! Y otros tres hurras por vosotros, los merodeadores de Babel; tres hurras por los que seguís aquí desde el principio, y por los que acabáis de llegar, y por los que descubristeis este rincón de Internet ya empezada su andadura, y por los que se fueron, pero dejaron aquí su huella. Por todos los nómadas de la Red que han encontrado aquí un pequeño oasis:

            ¡Hip, hip... HURRA!

            ¡Hip, hip... HURRA!

            ¡Hip, hip... HURRA!
 

 
            (Globos, lluvia de confetis, la orquesta entona los primeros compases de Auld Lang Syne y todos cantamos con lágrimas en los ojos)

            Vale, basta de cucamonas y alharacas. Para celebrar tan entrañable acontecimiento, hace unos meses le pedí a algunos amigos que escribieran algo acerca del blog. Y, como son buena gente, lo han hecho. Han escrito cosas bonitas sobre mí y sobre Babel. Aunque, claro, ¿qué iban a hacer los pobres? Llega un tío, te pide que escribas sobre su blog, y tú no vas a decir “El blog es un peñazo y el bloguero un merluzo”. No, eso sería de muy mala educación. Lo que haces es dar jabón. Pero bueno, así son los cumpleaños, ¿no? Llegan los amigos y te dicen: “Joder, pero si estás mejor que nunca”. Y tú sabes que es mentira, que estás hecho un despojo humano, pero te gusta oírlo.

            En fin, aquí están los comentarios de unos cuantos merodeadores, reproducidos según estricto orden de llegada. Gracias a todos por su contribución. Y gracias a vosotros por seguir ahí.

            Feliz cumpleaños, amigos.

 
A lo largo de los años, he aprendido a apreciar como la mejor cualidad posible en una persona de nuestro tiempo una muy sencilla, pero rara de encontrar: el saber estar. Hablo de la gente capaz de colocarse, sin esfuerzo, a la altura de cualquier situación: en palacios y cabañas, en tres estrellas Michelin y tascas, a las duras y a las maduras.

Soy un tanto escéptico respecto a la idea de mantener un blog, por muchas razones que ahora no vienen al caso. Salvo que seas una de esas personas, parece ser. Tengo la fortuna de conocer personalmente al maestre de esta Fraternidad, hemos compartido unos cuantos buenos momentos y alguno malo. Sin que su hombría de bien (esa es la expresión castellana para cualquier sexo) y su temple perdieran jamás fuelle.

Creo que eso queda reflejado en este rincón de la web. Un lugar que es un baluarte firme contra la estulticia, y a la vez un sitio donde sentir ternura y empatía. César tiene el talento de exponer todo el abanico de sus muy humanas emociones (enfado, vulnerabilidad, entusiasmo, indecisión) sin dejar de estar a la altura. En medio del ruido, es una pena que no haya formas fiables de descubrir muchos lugares como este. Brindo por otros cien años más.

                             Julián Díez, periodista y ensayista.
 

Visito de vez en cuando LA FRATERNIDAD DE BABEL porque me resulta refrescante y estimulante, a veces para reírme, a veces para enfadarme, para pensar un ratito, por curiosidad... Y es que no siempre comparto las opiniones de su autor. Es más, conociendo a César Mallorquí, hay veces en que, mientras estoy leyendo su comentario del día, no puedo evitar pensar que seguro que esa frase o tal cual otra o aquellos párrafos los ha escrito solo para chincharme a mí o para provocarme. Pero inmediatamente me rectifico: el autor de LA FRATERNIDAD DE BABEL tiene ese talento único que hace que como lector creas que está escribiendo solo para ti, pensando en ti precisamente. Cuando los que le conocemos sabemos que, tanto en su blog, como en sus novelas, César solo escribe lo que quiere él. ¡Menos mal y por muchos años!
 
Reina Duarte, Directora de Publicaciones Generales de la editorial EDEBÉ

 
La Fraternidad de Babel es uno de esos raros blogs en los que uno se siente como en casa. César comparte  con sus lectores lo que le gusta y lo que le disgusta, sus lecturas, sus opiniones políticas o sus experiencias vitales, siempre con total falta de pretenciosidad, con franqueza y –lo que más se agradece- con su punto de humor.  Hace algunos años ya que sigo su blog y, cada vez que me asomo a sus páginas, es como si estableciese un diálogo con un amigo, aunque no le conozca de nada. Porque, haciendo honor a su nombre, el blog de César se ha convertido en una verdadera fraternidad en la que nos sentimos acogidos, donde podemos dejar oír nuestras ideas y debatir sobre lo divino y lo humano. Como lectora, te doy  las gracias, César, por recibirme en tu casa. Espero que lo sigas haciendo durante mucho tiempo.

                           Elena Rius, gestora del blog Notas para lectores curiosos


La primera vez que hablé con César Mallorquí casi me da un infarto. Todavía me tiemblan las piernas cuando lo recuerdo. Yo era su fan desde hacía años pero, por desgracia, no se trataba del clásico infarto “he conocido a uno de mis autores fetiche, tío”. Fue más el clásico infarto “este señor me está montando el pollo padre”. Habíamos metido la pata en una cosa. César tenía toda la razón del mundo. El caso es que me enteré de la mitad de la conversación. Al otro lado del teléfono solo oía una voz cavernosa, proyectada como un trueno desde la caja torácica de un hombre robusto, que sabe el frío que hace ahí arriba cuando mides más de 1,90 y con unas cuerdas vocales que ni Ulises hubiera sido capaz de tensar. Tenía razón en todo lo que estaba diciendo, no pude replicarle nada. Y qué demonios, aunque estuviera completamente equivocado, estaba cagado de miedo para decir ni mú. Pasados unos días, me volvió a llamar. Fue vergonzoso para un tipo de treintaytantos como yo hacerse pis encima, pero lo cierto es que quedamos a comer. Y aquel día nació el idilio. A lo largo de la comida distinguimos el grano de la paja, lo importante de lo superfluo y hablamos del futuro. El más inmediato, “La estrategia del parásito”, una novela en la que cometimos locuras y de las que estoy más orgulloso como editor. A raíz de aquello, ahora quedamos con menos frecuencia de lo deseado, pero la suficiente para abrir las puertas de nuestras respectivas casas y familias. Tenemos las mismas chorradas frikis colgadas de nuestras librerías –si nos preguntáis a nosotros no son chorradas ni juguetes, son esculturas conmemorativas, homenajes a Tintin, a Star Wars, a Star Trek, etc-. Nuestros referentes audiovisuales son prácticamente los mismos, el sentido del humor igual de negro y sarcástico y tenemos los ojos azules más bonitos del negocio editorial, maldita sea. La vida no me permite disfrutar de César tanto como me gustaría, los dos tan casados y sobre todo tan heterosexuales, pero cuando le echo de menos, que es bastante a menudo, leo su blog. Periódicamente. Semanalmente. Merodeo compulsivamente. Es como tenerle aquí, escribe como habla, habla como piensa y las tres cosas las hace con maestría. Y encima, como todos los genios, consigue que esas tres cosas parezcan sencillas. Quiero a este hombre. Quiero a sus libros y quiero a todo lo que escribe. Le animo a que publique segundas partes de sus novelas, aunque las haya publicado con compañeros de otras editoriales (¡Ese profesor Zarko, hombre ya!). Leer su blog es verse reflejado pero en una versión mejorada, ordena tus pensamientos. Pocas veces he estado en desacuerdo con él, pero poniéndose tan abominable como se pone a veces, cualquiera se lo dice. César, te quiero, como Astérix a Obelix.

                   Gabriel Brandariz. Editor Ejecutivo de Literatura Infantil y Juvenil de SM.

 
Según César -se lo he escuchado a él mismo en una mesa redonda en Avilés- su cerebro no es un lugar agradable de visitar. Puede ser, no lo sé, pero creo que al menos algunas partes sí son visitables y disfrutables. La prueba es este blog, escaparate de su mente, donde hay paisaje, paisanaje propio y turistas, como yo. Durante estos diez años, que se dice pronto, de visitarlo, allí he podido encontrar partes más amplias del César que he percibido en las conversaciones que hemos tenido delante de una cerveza -menos de las que me hubiera gustado, sin duda- y también del César que se desvela leyendo sus libros. 

He de concluir tras este agradable trayecto de muchos años, que a uno se le debe juzgar por cómo trata a los demás y no por cómo se trata a sí mismo. Casos hay de gentes engoladas, que se miran con mucha mejora y otros, como parece César en esa declaración a la que aludo, que son duros jueces de lo propio. 

Como el mismo César dijo en una ocasión, seguramente con otras palabras mejores que las mías, lo realmente importante de la gente no es que sean o no brillantes, inteligentes, capaces, sino que sean buenas personas. Pues bien, él lo cumple con creces, y la única prueba que puedo aportar es que yo también creo eso que él dice y en diez años no he encontrado motivos para cambiar de opinión, al revés. 

Así que, gracias César por compartir espacio mental delegado, ciberego o como queramos llamarlo, con los demás en tu fraternal cuaderno de bitácora. Ahora a esperar a la próxima celebración, si no me lo impide algún colapso global o personal.

                                                    Eduardo Vaquerizo, escritor.

 
Hay preguntas absurdas de las que pueden salir respuestas lúcidas. Un ejemplo: si alguien me preguntara qué blog me llevaría a una isla desierta tendría que obligarme a no fruncir las cejas hasta que me tocaran el ombligo. Sin embargo, si lo pensara unos segundos, lo tendría clarísimo. Me llevaría 'La Fraternidad de Babel'. Primero, porque es un blog inteligente y sabio, cosa que no abunda. Segundo, porque rebosa gallardía, virilidad rampante y buen humor, lo cual es aún menos frecuente. Y tercero, porque si hubiera algún remoto modo de encontrar en una isla desierta un ordenador, corriente eléctrica y conexión a internet (eso únicamente es un problema para los talibanes de la realidad), no existiría mejor modo de encontrarlo que trasteando por los archivos secretos de La Fraternidad. Lo del bucle resultante de buscar algo en lo que estoy buscando sería molesto, sí, pero total: no habría nadie para verlo y yo podría disfrutarlo igual. ¿Lo digo de un modo más? Me gusta este blog porque siempre adivino, admirándolo, lo que hace César Mallorquí al escribirlo. Simple y llanamente: soñar con los dedos.

                               Ricard Ruiz Garzón, periodista y escritor.


YO CONFIESO
Me siento enredado en una contradicción. Por un lado, en ocasiones echo en falta que las gentes de las artes y las letras, esas que hacen del pensamiento su terreno de trabajo y algunos han dado en llamar «intelectuales», se posicionen y expresen fuera de las tertulias su punto de vista sobre los laberintos en los que andamos errabundos, en busca de una salida tal vez aún por construir. Por otro, no siempre me interesa la opinión de los creadores y prefiero conformarme con su obra. Podría citar muchos escritores a quienes admiro sin compartir nada con ellos. Con algunos, incluso, se me haría difícil tomar un café sin que este me supiera mal, mezclado con la sangre que brotaría de mis labios al mordérmelos por no pronunciar algún denuesto. El talento no siempre se compagina con la honestidad, y se pueden edificar obras admirables sin renunciar al egoísmo y la villanía. No es el caso de César Mallorquí.

Confieso que César me hace caer en el más ingrato de los pecados, aquel que te tortura sin procurarte ningún placer previo: la envidia. Le envidio tanto que he intentado encontrarle un punto débil, un renuncio o un traspiés, para que estas líneas no se convirtieran en panegírico. No lo he logrado.

Quizá algún día nos reconozca su pacto con el diablo, porque desplegar tanto ingenio como narrador, al tiempo que conserva un pensamiento claro y agudo cuando nos regala sus pareceres en este blog, es una combinación que nos desarma de todo rencor. Que nos apabulle sin dejar de amarle nos encadena a una dulce esclavitud. Nos conduce hacia la aventura y el misterio; nos acaricia con la cadencia de sus palabras amigas; encuentra siempre expresión a ese sentimiento que entendíamos y compartíamos, sin encontrar antes el modo adecuado de darle forma. Demos gracias a su gentileza, porque César está hecho de una materia que podría engendrar pastores de hombres; pero él no reclama devoción, asentimiento u obediencia. Nos abre las puertas de su mundo y nos invita a pasar, si gustamos, para sentirnos cómodos algunas veces, aterrados otras, siempre despiertos y con la mirada atenta, bajo el único narcótico de la imaginación, que no envilece sino que muestra otros ángulos y perspectivas de la realidad.

Solo puedo reprocharle su capacidad para advertirme de mis flaquezas y avivar mi lado más oscuro y cainita, que puedo expresar mediante un procesador de textos cuando jamás me atrevería a decírselo a la cara. Porque, además de buen escritor y mente lúcida, es alto y fuerte, maldita sea. Qué mal repartido está el mundo.

                                                                        Armando Boix, escritor.


César me pidió unas palabras para el cumpleaños de su blog. Y no sé qué decir. En serio. Así que me he concentrado mucho, para poder extraer de mi vacío mental algunas ideas. ¡Allá van!

Hace diez años yo me había alejado del fandom y de la ciencia ficción. Mi hija tenía dos años. No dormía. Ni ella ni yo. Trabajaba como una burra. (Esta era yo). Era un zombi. (Yo. De nuevo yo). Y, no recuerdo cómo, (lo mismo me lo dijo él mismo en alguna de sus visitas a Barcelona para recoger algún premio) descubrí que existía "La fraternidad de Babel".
           Gracias al blog reencontré a César. Era como tenerlo ahí delante. Casi. (Porque él es más grande y más alto que mi ordenador). La Fraternidad era un lugar en el que hablaba de lo que le daba la gana, como si estuviera en un bar. Y encima podías interaccionar con César: podías comentar sus posts y él te contestaba. Y también lo hacían otros desconocidos. Porque para mí, La Fraternidad de Babel se convirtió en una especie de primitiva red social, en la que acabamos conociéndonos todos los merodeadores del blog. Me hizo reencontrar viejos amigos, descubrir a algunos nuevos y a echarlos de menos cuando se fueron. Era una auténtica fraternidad.
            Yo era la Anónima de las 9:59.

            Durante un tiempo engañé a César. No le dije que destrás de ese nick estaba yo. Y él pensaba que era mucho más mayor de lo que soy porque hablaba de cómics de los años cincuenta, de películas en blanco y negro y de cosas que se supone no eran de mi generación. Pero ¡qué se le va a hacer si yo me crié con los Mis Chicas, los TBOs, y los Chicos heredados!

Disfruté como una enana en aquella época. La Fraternidad me abrió una puerta que había estado cerrada durante mucho tiempo: volví a encontrar gente a la que le gustaban los géneros que a mí me gustaban...
             El nick, Anónima de las 9:59, me lo puso César. Y me gustó tanto que lo usé después como pseudónimo al presentarme a algunos premios literarios. ¡¡Y me dio suerte!!

             El tiempo pasó. Ahora ya no paso cada día por la Fraternidad. Una vez al mes entro y leo todo lo que me he perdido. Entonces río y lloro con César. (Mi pareja dice que me va a prohibir leer a César porque me hace llorar mucho. Y es verdad. Me hace llorar mucho... Pero ¡también me hace reír mucho!). 

La fraternidad me hace sentir acompañada. Me da ganas de escribir. Y de llorar... Me hace sentir viva, supongo.

            Y está ahí cuando la necesito.

            Gracias, César, por haber abierto una ventana a un macro-micromundo. Como esos que tanto te gustan a ti de los de Borges. ¡Muacs!

                                                      Susana Vallejo, escritora


             Sí, amigos: aunque parezca increíble en estos tiempos de Twitter, Instagram y Facebook, hubo una edad de oro de los blogs. Hubo un momento, allá por el bienio 2005-2006, en el que todo el mundo se abría el suyo, incluido un servidor.

            Por supuesto, había de todo, desde la divulgación hasta la crítica, pasando por los contenidos muy personales y los más autopublicitarios. Crisei, de Rafael Marín, tal vez abrió el camino, que siguieron algunos blogs ejemplares se mire como se mire. Ahora mismo pienso en La Cosa Húmeda, de Fabrizio Ferri-Benedetti; Soria de las Palabras, de Julián Díez; Momentos en Solaria, de Pilar Barba y, por supuesto, los que eran mis dos favoritos: Planells Facts and Fiction, del malogrado Juan Carlos Planells, y La Fraternidad de Babel, de César Mallorquí.
            Juan Carlos y César se consagraban a lo que llamo "el blog total", es decir, hablar de todo, un generalismo que desnudaba a la persona, al personaje y a su obra literaria. Era un tipo de blog asequible para descubrir la personalidad del autor de culto, en el caso de que lo descubriese el lector de sus novelas, pero también para ir sabiendo de su vida, en qué andaba, una newsletter personal e intransferible de la que nos hacía partícipes, su manera de contarnos que estaba bien, o mal, dependiendo del momento.

          ¿Qué ocurrió? Lo de siempre: el abandono, los cambios de metas o (ay) las causas biológicas hicieron una criba  y, diez años después, apenas queda un puñado de supervivientes de esta edad de oro de los blogs. La Fraternidad de Babel es, por un motivo u otro, el único que consulto con frecuencia. Lo tengo en mi pestaña de favoritos, junto con la prensa del día o mis herramientas de trabajo en línea. Siempre es un lujo saber qué hace César, qué opina sobre tal o cual asunto, adónde han viajado Pepa y él, y, sobre todo, un par de cosas que creo que marcan la diferencia y me hacen considerarlo el mejor blog literario-personal que se hace en la actualidad.

          Por un lado, sus famosos cuentos de Navidad, uno de los motivos por los que suelo aguardar la llegada de estas fechas tan señaladas.

         Y, por otro, ese estriptís emocional que genera la lectura de algunos acontecimientos personales que decide compartir con los lectores. Me habré leído el noventa por ciento de sus cuentos, el sesenta por ciento de sus novelas y el ochenta por ciento de sus ensayos y, aun así, no dudo en afirmar que las entradas dedicadas a su familia son de lo mejor que ha escrito: directas, sin concesiones, llenas de emoción, duras, sinceras, tristes y felices. La vida misma.


        He disfrutado mucho con La Fraternidad de Babel, y no me cabe duda de que seguiré haciéndolo por muchos años.
        Enhorabuena, César. Y que cumpla muchos más.
                                          Juanma Santiago, crítico y editor

 
 
 

jueves, noviembre 26

Taller de creatividad literaria


 
            Queridos merodeadores: El próximo mes de febrero voy a impartir un taller de escritura en el Espacio Fundación Telefónica, situado en la calle Fuencarral 3 de Madrid. El taller se llama “Cómo crear mundos. Taller de creatividad literaria” y se celebrará durante tres días el fin de semana del 5 al 7 de febrero de 2016. En total, 15 horas.

            ¿De qué va el asunto? Está claro que en tres días es imposible enseñar a escribir, así que ni lo voy a intentar. El taller se centrará en describir los procesos mentales que conducen al pensamiento creativo, en desarrollar las técnicas y hábitos que fomentan la creatividad, y en la ejecución de varios ejercicios prácticos relacionados con el pensamiento divergente.

            El taller está orientado a los jóvenes, pero no sé qué rango de edades se baraja para la admisión. En cualquier caso, si os interesara asistir, podéis inscribiros pinchando AQUÍ.
 
 

viernes, noviembre 20

Soy un maldito Sith


 
 
            Os transcribo el evento que anuncia La Casa del Libro para mañana, 21 de noviembre:

            18.00 horas: Lectura del guion alternativo de Star Wars Episodio VII por Ángel Luis Sucasas y Francisco Miguel Espinosa, a cargo de actores estelares: César Mallorquí, Ana Campoy, Eddu Viera y Juan José Cardillo entre otros...

            Os explico de qué va el asunto. Ángel Luis y Francisco Miguel han escrito un guion alternativo del 7º episodio de Star Wars. Además, han conseguido que un músico profesional componga una estupenda banda musical inspirada en la de John Williams, pero distinta. Y que varios dibujantes creen ilustraciones basadas en el guion. Todo un lujo, vamos.

            Pues bien, en el Celsius de Avilés se hizo una breve lectura de una secuencia del guion, y los creadores y promotores del asunto me pidieron que pusiera la voz a un personaje. Nada más y nada menos que a un Maestro Sith. ¡Un malo!; ¿cómo iba a negarme? Si me hubiesen ofrecido, qué sé yo, ser la voz de Han Solo, probablemente habría declinado colaborar. Pero me encantan los malos, me chiflan, así que acepté encantado y puse mi mejor voz de malote.

            Y ahora, es decir, mañana a las seis de la tarde, se hará en La Casa del Libro de Gran Vía 29 una lectura más amplia por parte de un rutilante elenco de actores entre los cuales estaré yo dando vida a un pérfido sith. Creo que va a ser el acto más friki que he perpetrado en mi vida. ¿Os lo vais a perder?

            En serio, ¿os vais a perder mi desvirgamiento friki?

 

 

lunes, noviembre 16