miércoles, julio 1

Entrevista



Acaba de aparecer el número 12 de La Página Escrita, la revista electrónica de la Fundación Jordi Sierra i Fabra. En él se incluye una larga entrevista con este vuestro seguro servidor, en la que hablo de mi trabajo. Se nota que el cuestionario está confeccionado por un escritor, porque creo que es la más completa entrevista que me han hecho jamás. Si os apetece echarle un vistazo, pinchad AQUÍ

miércoles, junio 17

Gritos



            El pasado sábado, después de la presentación en la Feria del Libro de Historia y antología de la ciencia ficción española, unos cuantos de los participantes fuimos a comer a un restaurante próximo a El Retiro. En la mesa de al lado había un grupo de unos diez hombres y mujeres de mediana edad. Hablaban muy, pero que muy alto, y cada poco prorrumpían en carcajadas excesivas y auténticos alaridos. En el comedor sólo estábamos ellos, nosotros y una mesa con cuatro personas por fortuna discretamente silenciosas. Aun así, el nivel del ruido era similar al de una jaula llena de monos aulladores.

            Me mordí la lengua varias veces, hasta que, tras uno de los periódicos estallidos de risas y bramidos, grité a mi vez (y puestos a gritar, tengo un vigoroso vozarrón): “¡Basta ya, por favor; dejen de hacer tanto ruido!”. Automáticamente, los gritones, especialmente los hombres (ya se sabe cómo somos los machotes), en vez de disculparse, se enfrentaron a nosotros. Gracias al cielo, tras el breve enfrentamiento bajaron el tono de voz.

            Ayer, sin ir más lejos, Pepa, mi mujer, estaba en una oficina pública donde había un rótulo que rezaba: “Por favor, guarden silencio”. Pues bien, un tipo que estaba esperando comenzó a hablar por su móvil dando estremecedoras voces. Al poco, Pepa se levantó y le pidió amablemente que bajara la voz. El tipo dejó de berrear, pero cuando acabó su conversación, se aproximó a mi mujer con el ceño fruncido y le dijo: “Usted es extranjera, ¿verdad?”.

            Ciertamente, Pepa parece extranjera. Es muy alta, con los ojos azules y la piel clara. Pero en realidad es una guipuzcoana de armas tomar que le respondió, más o menos: “No, no soy extranjera. Y no me venga con que los guiris tienen la costumbre de hablar en voz baja, y los españoles el rasgo racial de gritar, porque esto no es una cuestión de nacionalidades, sino de educación”. El tipo, claro, se quedó cortado.

            Pero es que eso de los móviles es alucinante. ¿Habéis viajado en AVE? Mira que recomiendan que quienes vayan a hablar por teléfono lo hagan en las plataformas, pero ni caso. Siempre hay unos cuantos que, nada más arrancar el tren, sacan su Iphones y se ponen a hablar a voz en grito, generalmente sobre gilipolleces. ¿Por qué hablan tan alto? Tienen un teléfono, ¿no? Es como si desconfiaran de la tecnología... Pero no; sencillamente, a los españoles nos encanta gritar como becerros.

            Hace tres o cuatro veranos, Pepa y yo pasamos las vacaciones viajando en coche por Noruega. Habíamos contratado los hoteles desde Madrid y pasábamos dos o tres noches en cada uno de ellos, conforme nos desplazábamos de fiordo en fiordo. Como estábamos a media pensión, cenábamos siempre en los hoteles, en cuyos comedores solía reinar un escandinavo silencio. Pero no siempre; de vez en cuando, al aproximarnos al restaurante, escuchábamos un inesperado griterío. Entonces sabíamos con certeza que acababa de llegar un autobús cargado de españoles (para ser justos, también podían ser italianos o norteamericanos, pueblos estos igualmente vocingleros).

            ¿Por qué hacemos tanto ruido los españoles? Vale, somos sureños, el clima es benigno y estamos acostumbrados a hacer vida social en el exterior, donde quizá haya que hablar un poco más alto para hacerse entender. Pero ¿es que no nos damos cuenta de que, al estar en un interior, no hace falta seguir vociferando; entre otras cosas porque el sonido rebota contra las paredes y se multiplica? ¿O es que a los españoles, cuando conversamos en grupo, no nos interesa lo más mínimo lo que digan los demás, sino tan solo hablar nosotros, para lo cual vamos alzando progresivamente el tono de voz, con el único propósito de imponernos, no en función de los argumentos, sino por la acústica? ¿O es que sencillamente carecemos de esa educación básica que consiste en tener en cuenta a los demás? Probablemente sea eso.

            Ignoro si antes, digamos que hace cincuenta años, los españoles éramos más educados. Yo estaba allí, vale, pero no me acuerdo, y no voy a caer en la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado era mejor. Supongo que sí, porque por entonces había mucha población rural, o de origen rural, y en los pueblos la gente suele ser más educada que en las ciudades, pero no lo sé. En cualquier caso, aunque entonces fuéramos unos salvajes, estoy seguro de que en lo que respecta a urbanidad hemos ido a peor.

            No sé lo que le pasa a este país nuestro, pero cada vez me gusta menos. Nos empujamos los unos a los otros para pasar primero, nos saltamos las colas, gritamos, aparcamos donde nos sale del pijo (por ejemplo, en los lugares reservados para discapacitados), insultamos, no escuchamos, pasamos de la cultura, y sobre todo nunca, nunca, nunca nos disculpamos, porque nunca hacemos nada incorrecto. Somos españoles y estamos encantados de ser así.

            En realidad, eso pretendía decirle a mi mujer el tipo del móvil: Los españoles gritamos porque es nuestra forma de ser, y como estamos en España, guiri de mierda, vamos a seguir gritando todo lo que nos salga de las narices. Genial: hemos convertido la mala educación en un rasgo de nuestra idiosincrasia. Pero, en fin, ¿qué se puede esperar de un país cuya “fiesta nacional” consiste en martirizar y matar a un animal? Bien pensado, es un milagro que no sigamos viviendo en cuevas y empuñando hachas de sílex.

            Vale,  vale, vale; estoy generalizando y todas las generalizaciones son injustas. Pero, qué queréis que os diga, eso de gritar debe de ser algo atávico en nosotros. A fin de cuentas, en el primer parlamento, de la primera escena, del primer acto del Tenorio de Zorrilla, Don Juan dice: ¡Cuál gritan esos malditos! / Pero ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!

            Como veis, la cosa viene de lejos.

miércoles, junio 10

martes, junio 9

Feria del Libro



            No recuerdo cuándo fue la primera vez que visité la Feria del Libro de Madrid; supongo que era un adolescente y fui con mis padres y/o alguno de mis hermanos. Lo que sí recuerdo es que, desde los veintipocos años hasta ahora sólo me he perdido una edición (por enfermedad). Visitar la Feria siempre ha sido para mí uno de los hitos agradables del año.

            Participar activamente en la Feria es harina de otro costal. Sólo he ido dos veces a firmar libros, ambas a mediados de los 90. La primera fue con mi antología de ciencia ficción El círculo de Jericó; debí de firmar una docena de ejemplares, todos ellos a amigos y conocidos del mundillo del género. La segunda fue con mi primera novela juvenil, El último trabajo del sr. Luna. Firmé tres malditos ejemplares a lo largo de dos eterna horas. Para colmo de males, dos casetas a mi izquierda estaba firmando Arturo Pérez Reverte, y la cola de gente que esperaba su firma se perdía en lontananza. Me sentía ridículo, ahí sentado, con un bolígrafo inactivo en las manos, esperando que alguien me hiciera algo de caso.

            Bueno, eso era al principio de mi carrera, cuando no me conocía ni dios; supongo que ahora firmaría algo más, no lo sé. Y no lo sé porque, en aquel entonces, tomé la decisión de no volver jamás a firmar en ninguna feria. Todos los años me lo pide alguna editorial o alguna librería, y todos los años digo que no. Supongo que dentro de poco dejarán de proponérmelo. Mejor así.

            Lo cual no significa que no haya firmado, y siga firmando, ejemplares de mis libros. Cada vez que doy charlas en colegios e institutos firmo ejemplares, a veces, ay, a cientos. Y lo mismo ocurre cuando participo en actos públicos; siempre hay alguien que me pide una firma, y yo, por supuesto, dedico y firmo. Pero ¿ir voluntariamente a una feria? Ni de coña.

            De hecho, ¿qué sentido tiene eso de ir a firmar? ¿Por el contacto con los lectores? Ya, pero ¿qué mierda de contacto puede haber en los escasos minutos que se tarda en firmar? De hecho, me relaciono mucho más con los lectores en las charlas y a través del blog que en la más nutrida firma de libros. Entonces, ¿qué? ¿Por darles a los lectores la oportunidad de que me conozcan? Será de que me vean, porque poco me van a conocer. Además, no comparto ese deseo de conocer a los autores de los libros que te gustan. Lo importante es la obra; el escritor, como persona, carece de interés. La verdad es que conocer a escritores, en general, es comprar papeletas en la rifa de la decepción. Lo mejor que puede ser un escritor es un nombre, y quizá una foto y una breve biografía en la contraportada. Ir más allá no me parece juicioso.

            ¿Por qué tantos autores no solo quieren ir a firmar, sino que se enfadan si no les invitan? Muy sencillo: por pura, nítida y rutilante vanidad. Ir a firmar a la Feria es como entrar en el Olimpo, la confirmación de que eres un creador con mayúsculas, la certificación pública de tu inmenso talento. Reconozco que lo mismo me pasó a mí aquella primera vez. Me han invitado a la Feria, pensé. Ya soy un escritor de verdad, ya estoy entre los grandes. Luego, mientras la gente pasa frente a ti sin dirigirte siquiera una triste mirada, comprendes que eso que has hecho, escribir y publicar un libro, no es el acto grandioso que imaginabas, sino la misma banalidad que han perpetrado antes que tú cientos, miles de imbéciles. En fin, sin duda es una cura de humildad. Lo que no entiendo es a esos escritores desconocidos que, año tras año, insisten en ir a firma a la Feria, aunque no firmen una mierda. ¿Para qué, con el calor que hace? Son ganas de pasarlo mal.

            Pero la Feria, como visitante, me sigue gustando. Tanto, que la considero un regalo, pues  cada año la visito el día de mi puñetero cumpleaños. Me gusta por los libros, claro, pero también por el escenario (el parque de El Retiro es precioso). La recorro tranquilamente, por la mañana, desde que abren hasta que cierran. Suelo encontrarme y charlar con amigos, me tomo un limón granizado a la sombra, compro algunos libros que no debería comprar.

            El único pero que le pongo es que es demasiado grande, hay demasiadas casetas. ¿Qué sentido tiene la participación de tantísimas librerías que venden exactamente lo mismo? Yo sólo visito las casetas de las editoriales y de las librerías especializadas; pero como no están concentradas, debo recorrer todo el recinto bajo un sol generalmente abrasador. Pero, en fin, vale la pena.

            Y a veces ocurren anécdotas. Una de las más divertidas me sucedió hace dos años: Iba yo paseando y, delante de mí, caminaban tres chicos de trece o catorce años. De pronto, uno de ellos exclamó a voz en cuello (disculpad el lenguaje; es una transcripción literal): ¿No conocéis a César Mallorquí? ¡El último trabajo del sr. Luna es la polla! ¡César Mallorquí es la polla”... Sonriendo, me adelanté unos pasos y le dije: ¿Sabes quién soy yo? El chico se me quedó mirando, boquiabierto, y musitó: ¿César Mallorquí...? Asentí con un cabeceo y le estreché la mano, agradeciéndole su entusiasmo. Fue gracioso; espero que para él también.

            Mañana, como todos los años, me daré una vuelta por la Feria del Libro. Compraré algún que otro título innecesario, charlaré con los amigos, tomaré un limón granizado, pasearé por el parque y espero no sudar demasiado, aunque ya empieza a hacer un calor infernal en esta ciudad dejada de la mano de dios. Pero este año haré algo más:

            El próximo sábado, 13 de junio, a las 13:00 horas, tendrá lugar en el pabellón de actividades de la Feria la presentación del libro Historia y antología de la ciencia ficción española (Cátedra). Habrá un coloquio en el que participarán los editores, Julián Díez y Fernando Ángel, algunos buenos escritores y yo. Sería estupendo que os pasarais por allí. Y si alguien me lo suplica de rodillas, puede que incluso le firme un libro.

miércoles, junio 3

Marcianos en Valencia



            Mañana, jueves 4 de junio, a partir de las 17;30, participaré en un coloquio sobre La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en el MuVIM (Museo de la Ilustración y la Modernidad de Valencia). Me acompañarán en el debate Pau Gómez y Rafael Maluenda, y después se proyectará la adaptación cinematográfica de la novela que realizó Spielberg en 2005. Si a algún merodeador le apetece pasarse por allí, será bienvenido.

            Besos.

El placer de perder la Esperanza



No suelo odiar. No porque sea un santo, sino porque el odio es una emoción muy intensa en la que hay que invertir muchísima energía. Demasiada para alguien tan vago como yo. Así que soy una persona de pocos odios. El odio requiere perseverancia, concentración, fuerza de voluntad, obstinación... un latazo, vamos. Prefiero convertir ese odio en desprecio, asco o indiferencia, emociones mucho menos exigentes en lo que a energía se refiere. Si alguien se porta mal conmigo, no lo odio: lo tacho, deja de existir para mí. Y eso, la indiferencia, requiere muy poco esfuerzo.

            No obstante, a veces es inevitable odiar. Por ejemplo, últimamente he detestado a dos políticos. Uno, José María Aznar.  Sólo con verle u oírle me ponía –me pone- enfermo. No sólo me provoca odio, sino también desprecio y asco. Como decía Gabilondo, saca lo peor de mí mismo. Pero bueno, Aznar está más o menos fuera de la vida pública y ya sólo es un recuerdo desagradable.

            El otro político sigue ahí (aunque ojalá por no mucho tiempo), apestando el mundo con su hedor de mal bicho. Me refiero a Esperanza Aguirre. Por supuesto, no comparto ni remotamente sus ideas políticas, pero no la odio por su ideología. Es decir, no la odio por su condición de político, sino como ser humano; porque la señora Aguirre (y que me disculpen las auténticas señoras por llamarla así) es prepotente, altiva, marrullera, despectiva, petulante, falsa, manipuladora, soberbia, corrupta y una de las más descaradas mentirosas que me he echado a la cara, incluso según los laxos estándares de la política.

            El incidente en el carril bus de la Gran Vía, con su posterior huida de los agentes de movilidad, debería haber bastado para incapacitarla como política; pero si a eso añadimos que ella ha sido la responsable (al menos in vigilando) de la mayor trama de corrupción ocurrida en Madrid, la comunidad que presidía, entonces convendremos que esa mujer, en cualquier país democrático, habría sido expulsada con cajas destempladas de la vida pública. Pero estamos en España, amigos míos, un país de escasa sensibilidad democrática, así que un buen día nos encontramos con que la entrañable Esperanza Aguirre era la candidata del PP a la alcaldía de la capital.

            Se me cayeron, plonc-plonc, las pelotas al suelo. Desde 1991, en Madrid hemos tenido los siguientes alcaldes: el meapilas de Álvarez del Manzano, cuya principal contribución a la ciudad fue potenciar las procesiones de Semana Santa; el faraónico Gallardón, cuyas megalómanas obras nos tendrán endeudados hasta 2040; y la inútil Ana Botella, que nos ha hecho comprender en su auténtica dimensión el significado de la palabra “ridículo”. En total, 26 años de gobierno municipal de la derecha han logrado convertir a Madrid en una ciudad antipática, inhóspita y caótica.

            ¿Y ahora la nauseabunda Esperanza Aguirre? En ese momento tomé la decisión de votar a quienquiera que fuese que pudiera arrebatarle el cargo a la condesa. Vamos, que antes votaría a Darth Vader o a Hanibal Lecter que consentir que la Espe se convirtiese en alcaldesa. Al principio pensé que su principal rival sería Antonio José Carmona; además, le había escuchado en algún que otro coloquio y parecía un tipo razonable. Pero llegó la precampaña y Carmona se puso a hacer y decir gilipolleces. Afortunadamente, la por entonces no muy conocida Manuela Carmena comenzó a crecer en las encuestas.

            Me informé un poco sobre esa señora (en el caso de Carmena, el apelativo “señora” es correcto) y descubrí que era una persona honesta de trayectoria intachable. Además, no es miembro de ningún partido. No es una política profesional. Mi voto, pues, para ella.

            Llegó la campaña y Aguirre (¿la cólera de dios?) entró en ella tan sobrada como siempre, convencida de que su magnética personalidad y su pizpireto desparpajo le garantizaban un éxito seguro. Y comenzó a hacer gilipolleces; que si ahora saco un sofá a la calle, que si ahora explico mi programa en una barca del Retiro, que si ahora doy un paseíto en bicicleta... ¿De verdad creía que estaba el horno para bollos con tantas chorradas?

            Cuando se dio cuenta de que Carmena le pisaba los talones, cometió el error de convertirla en el foco de su campaña, intentando destruir a cualquier coste su reputación. Eso no hizo más que acrecentar la figura de la discreta Carmena. ¿Recordáis el debate entre ambas? Era como la bruja mala intentando demostrar que el hada buena es en realidad un demonio.

            Finalmente llegaron las elecciones. La más votada fue la bruja mala (lo cual es triste), pero por los pelos y no con los escaños suficientes. Parece cantado que Carmena será la futura alcaldesa. ¡Bravo! En fin, a estas alturas ya soy demasiado escéptico para ilusionarme con cualquier político (de hecho, para ilusionarme con nadie), pero confío en que Carmena no lo haga mal del todo. Su personalidad es agradable (me recuerda de Tierno Galván) y puede que baste con eso para que el rostro de Madrid se vuelva más amable. En cualquier caso, un trillón de veces mejor ella que la repelente Aguirre (recordad que Darth Vader también habría sido una opción más adecuada).

            ¿Por qué ha ocurrido esto; por qué, por una vez, han ganado los buenos? ¿Por el irresistible tirón de Podemos? No. Carmena no pertenece al partido de Pablo Iglesias, y se presentaba con Ahora Madrid, una plataforma de unidad popular de la que, sí, forma parte Podemos. Pero el éxito no se ha debido a ese partido. Y la prueba es esta: Ahora Madrid ha obtenido (aprox.) 519.000 votos, mientras que Podemos en la comunidad sólo ha conseguido 289.000. Lo cual significa que mucha gente que no pensaba votar a Podemos ha votado sin embargo a Ahora Madrid. ¿Por qué? Sin duda, en parte por la personalidad de Carmena. Pero también por otro motivo que el propio Errejón (que no es tonto) apuntó: porque la rival de Carmena era Esperanza Aguirre, una política que despierta adhesiones inquebrantables (de ahí los votos obtenidos), pero también odios tan furibundos como el mío.

            Una noche, poco antes de que comenzara la campaña, estábamos unos amigos y yo cenando en el José Luis (uno de los restaurantes más pijos de Madrid) de La Moraleja (la urbanización más pija de Madrid). Cerca de nosotros había una mesa ocupada por seis o siete personas muy pijas de mediana edad. Dos de ellas, un hombre y una mujer, estaban discutiendo. Ella sostenía que Aguirre era la mejor política del planeta, una persona valiente que siempre decía las verdades. Él replicaba: ¿Pero cómo voy a votar a la responsable de tantísima corrupción? Ese hombre era el perfecto ejemplar de pijo, un votante natural de la derecha; pero consideraba inmoral votar a Aguirre. Quizá votó a Ciudadanos, quizá se abstuvo, pero le negó el voto al PP. A causa de la condesa.

            Es decir, muchos votantes de la derecha decidieron no votar a Aguirre. Otros muchos, como yo, habrían votado hasta al pato Donald con tal de impedir el triunfo de la susodicha. Y la bruja perdió. Y luego le entró la pataleta y se puso a hacer declaraciones y propuestas surrealistas. Primero le ofreció la alcaldía a Carmona. Acto seguido propuso un frente anti-Carmena. Sin solución de continuidad abogó por un gobierno de concentración que incluiría a Carmena. Y finalmente volvió a empeñarse en convencernos de que la jueza es una peligrosa bolchevique que pretende instaurar soviets en la capital. Incluso se convocó una manifestación contra Carmena en la plaza de Colón, a la que asistieron unos cuatrocientos carcamales filo-fascistas. Ah, la vieja Aguirre... Nunca nos defrauda.

            En un país democrático, con políticos y ciudadanos democráticos de corazón, la carrera política de Aguirre habría acabado aquí. Ya no ostenta ningún poder, tiene más enemigos en su partido que fuera de él, está manchada hasta las cejas por la corrupción que amparó y ha demostrado que ya no es una candidata ganadora. Pero estamos en España, ya sabéis, y Aguirre es una especialista en resucitar. ¿O es que nos hemos olvidado de Tamayo y Sáez? Pues eso.

            En cualquier caso, qué placer fue contemplar el rostro desencajado de la condesa tras conocerse los resultados de las elecciones. Y es que, lo reconozco, me conformo con cualquier cosita.

miércoles, mayo 20

¿Podemos?




            Hay al menos tres aspectos muy positivos en la aparición de Podemos. En primer lugar, sus críticas al actual estado de nuestra democracia y a la actuación de los partidos políticos “clásicos”. Son concretas, veraces y sitúan el foco de la atención pública en los problemas más acuciantes de la actual crisis socio-política. En segundo lugar, Podemos se está convirtiendo en una especie de contrapoder que obligará a la derecha a moderarse, y a la izquierda de siempre a reaccionar y salir de su letargo autocomplaciente. En tercer lugar, ha quebrado el monolítico bipartidismo cuyo único objetivo parecía ser perpetuarse en el reparto del poder. A esto último habría que añadir que (sin proponérselo) ha facilitado el crecimiento de Ciudadanos, acabando así con uno de los principales problemas de nuestro sistema político: la existencia de un único partido que monopolizaba todos los votos conservadores, de la extrema derecha al centro. Todo esto cuenta en su haber.

            Pero...

            He sido publicitario, un manipulador profesional; quizá por eso no soporto que intenten manipularme. Y, si revisáis la entrada anterior, os daréis cuenta de hasta qué punto Podemos pretende manipularnos. ¿Con fines bienintencionados? Quizá sí, pero el fin no justifica los medios, y a mí no me gusta tanto marketing político, tanto cálculo y tanto tacticismo. Hoy por hoy, lo que se desprende de Podemos es un desmedido afán por alcanzar el poder cuanto antes.

            Como hijo del 15-M, Podemos ha adoptado un sistema de toma de decisiones asambleario, los famosos “círculos”. Al respecto, quisiera decir dos cosas: Quizá un pueblo muy pequeño pueda gobernarse mediante asambleas, no lo sé; pero desde luego no una estructura tan compleja como un partido político, y mucho menos un país. Sencillamente, porque el sistema de asambleas es lento, confuso e inoperante.

            Además, no os podéis imaginar hasta qué punto es fácil manipular una asamblea. Yo fui a la universidad en los años 70, y en aquella época había asambleas constantemente. Durante la dictadura, el único partido clandestino bien organizado era el PC, así que las asambleas estaban sistemáticamente manejadas por estudiantes comunistas. Y bastaba con dos o tres de ellos para conducir como a un rebaño a una asamblea de doscientas o trescientas personas. ¿Manipulación bienintencionada? Sí, pero manipulación en cualquier caso.

            Por otro lado, la supuesta dinámica asamblearia de Podemos es una ficción. En realidad se trata de un partido muy centralizado que concentra todo el poder en una cúpula férrea y un líder todopoderoso, al estilo de los partidos comunistas tradicionales.

            La vinculación de Podemos con el chavismo venezolano. ¿Cierta o falsa? Para ver lo que opina Monedero de Chávez, basta con pinchar AQUÍ . O AQUÍ. O AQUÍ. Y si quieres saber lo que opina Pablo Iglesias, pincha AQUÍ. O AQUÍ. Si tenemos en cuenta estas opiniones de los fundadores del partido, no es extraño que el pasado mes de marzo Podemos se negara a votar en el Parlamento Europeo una resolución de condena a la persecución y represión de la oposición por parte del gobierno venezolano.

            Y luego tenemos esos 425.000 euros que Venezuela le pagó a Monedero por trabajos de asesoría. No me refiero al asunto de los impuestos, sino a las razones de ese pago. En teoría era un trabajo para estudiar la implantación de una moneda común y desarrollar la unidad financiera en Latinoamérica. Pero Monedero no es economista, sino politólogo... Es raro que le eligieran a él para ese trabajo. Además, ¿tanta pasta por la asesoría de una sola persona? Raro también. Y ese dinero, al parecer, no era para Monedero, sino para La Tuerka. En fin... ¿qué queréis que os diga? No me trago lo de la asesoría; creo que se trata de financiación encubierta.

            Pero da igual, eso no es lo importante. La cuestión es: ¿a qué se debe ese amor de los líderes de Podemos hacia el chavismo? ¿De verdad creen que la solución a los problemas de España consiste en implantar aquí un régimen similar al de Chávez? ¿O es que le bailaron el agua al gobierno venezolano para sacarle la pasta? Ambas opciones me provocan sudores fríos.

            Por otro lado está ese ambiguo viaje de Podemos hacia la socialdemocracia. Sencillamente, no me lo creo. Pablo Iglesias y gran parte de la cúpula dirigente de Podemos proceden de posiciones marxistas, y los marxistas desprecian la socialdemocracia. Esa reconversión hacia una ideología más moderada no es real. Es puro tacticismo.

            Todo esto sería suficiente para hacerme desconfiar de Podemos, pero hay algo más. ¿Recordáis la película de Peter Weir El club de los poetas muertos? La acción transcurre en un rígido y elitista colegio de Nueva Inglaterra, cuando llega a él un nuevo profesor de literatura, John Keating, interpretado por Robin Williams. Keating es un profesor diferente que no pretende que sus alumnos memoricen un montón de autores y obras, sino que aprendan a amar la literatura y la incorporen a sus vidas. En la que quizá sea la secuencia más famosa del film, Keating enseña a sus alumnos el sentido de la rebeldía haciéndoles ponerse de pie sobre los pupitres para que contemplen el mundo de forma distinta.

            Pues bien, en una de sus clases universitarias, Pablo Iglesias reprodujo  esa secuencia (podéis verlo pinchando AQUÍ). Vale, puede que sólo sea un anécdota; quizá lo único que pretendía Iglesias era exponer un razonamiento ilustrándolo con una película. Es posible, pero yo lo interpreto de otra forma. Creo que Iglesias estaba recreando una fantasía personal, creo que Iglesias se ve a sí mismo como un John Keating, uno de los más humanos y mejores profesores de la ficción cinematográfica, creo que Iglesias tiene una clara propensión al mesianismo. Y pocas cosas me dan más miedo que los mesías.

            En resumen, sé que Podemos intenta manipularnos; tengo la sensación de que Podemos oculta su auténtica ideología y sus verdaderos objetivos; creo que Podemos se disfraza; me consta que Podemos, en vez de dar respuestas sinceras sobre ciertos problemas internos, ha optado por actuar como la casta que tanto critica; sospecho que su líder carismático tiene ínfulas mesiánicas. Y todo ello me hace desconfiar de ellos.

            Esa desconfianza es la misma que siento hacia el resto de los partidos (miento: del PP desconfío mucho más). Sin embargo, se suponía que Podemos era distinto, una formación honesta, fresca e innovadora. Pero no es eso lo que veo. En fin, puede que cambien, puede que me equivoque, quizá en el futuro me demuestren que son dignos de confianza. Ya veremos.

            Para terminar, quizá os preguntéis qué demonios voy a votar en las elecciones del próximo domingo. Pues bien, aunque se supone que el voto es secreto, voy a desnudar mi alma electoral ante vosotros:

            En lo que respecta a la Comunidad, votaré a Ángel Gabilondo, candidato del PSOE.

            En cuanto a la alcaldía, votaré a Manuela Carmena, candidata de Ahora Madrid.

            (Me apresuro a recordaros que ni Gabilondo es miembro del PSOE, ni Carmena es miembro de Podemos).

jueves, mayo 7

¡Podemos!




            Un amable merodeador me pidió hace tiempo que diera mi opinión sobre Podemos, el partido de Pablo Iglesias. He tardado en responder porque aún no tenía nada claro el asunto; sigo ahora sin tenerlo del todo claro, pero sí lo suficiente para apuntar algunas ideas. Como Podemos es, además de otras cosas, un fenómeno mediático, de momento voy a usar mi experiencia de publicitario para tratarlo como si fuera una cuestión de marketing. Porque lo es: marketing político.

            Hace cuatro años se hizo evidente que, dentro del panorama político español, se había abierto un “nicho de mercado”. Es decir, que había un nutrido grupo de personas cuyas necesidades no estaban cubiertas por la oferta usual del mercado. En concreto: muchos votantes, descontentos con la situación política del país y desencantados de los partidos tradicionales, no tenían a quién confiar su voto.

            ¿Por qué hace cuatro años? Porque fue en mayo de 2011 cuando surgió el movimiento de protesta llamado 15-M, poniendo en evidencia que ciertas necesidades socio-políticas no estaban satisfechas para gran número de electores. En realidad, ese nicho de mercado existía desde hace mucho tiempo, antes incluso de la crisis, pues gran número de electores votaban a los partidos tradicionales porque no tenían otras alternativas viables, pero lo hacían casi siempre no a favor, sino a la contra, y tapándose la nariz al depositar su voto. Lo que pasa es que ese nicho, antes, no era lo suficientemente numeroso ni, sobre todo, activo. Al llegar la crisis, el nicho se amplió y se dinamizó, generando, como señal más perceptible, el 15-M.

            Pero el 15-M nunca ha sido un movimiento articulado, capaz de generar un oferta política por sí mismo, sino tan solo una señal de advertencia. Sin embargo, la naturaleza y el mercado odian el vacío, de modo que el vacío existente en la oferta política no ha tardado en ser llenado por dos organizaciones –éstas sí articuladas- de nuevo cuño. La primera en irrumpir fue Podemos, un nuevo partido liderado carismáticamente por el politólogo y polemista mediático Pablo Iglesias.

            De modo que Podemos es el nuevo producto. Y como todo producto que se lanza, lo primero que hizo fue ponerse a prueba en un mercado reducido (lo que en  mercadotecnia se llama “test market”): las elecciones europeas de 2014. El éxito fue contundente, generando unas expectativas de ventas extraordinarias. De modo que Podemos se está preparando para lanzarse al mercado nacional.

            Ahora bien, ¿qué clase de producto es Podemos? Su origen está en el partido Izquierda Anticapitalista, una escisión de Izquierda Unida propiciada por antiguos militantes de la Liga Comunista Revolucionaria. Más tarde, en enero de 2014, el movimiento se articuló en torno al manifiesto Mover ficha: convertir la indignación en cambio político, firmado por una treintena de intelectuales. Así pues, en su origen Podemos fue un partido neo-marxista radical.

            Al convertirse en partido, Podemos se basó en tres acciones: 1. Crítica frontal a la actuación de los partidos del establishment (PP y PSOE). 2. Encumbramiento de un líder mediático. 3. Una serie de propuestas populistas de imposible cumplimiento (como el impago de la deuda o la renta básica).

            Precisamente ese último punto, las propuestas populistas, se convirtió en uno de los primeros problemas de la formación, porque incurría en uno de los defectos más nocivos en que puede caer la publicidad: el overpromise. Es decir, prometer cosas que el producto no puede hacer, lo que a medio plazo deriva en una pérdida de credibilidad de la marca. Así que rápidamente Podemos se puso a rebajar el alcance de sus promesas, o más bien a situarlas en un terreno vago e indefinido. Pero había otro problema: su éxito en las europeas (unas elecciones que los votantes perciben como de segunda clase), y su posterior crecimiento en las encuestas, se debió al eco despertado entre todos los descontentos con la actual situación política (que eran y son muchos), y por eso su naturaleza radical no solo no era nociva, sino que resultaba atractiva para quienes deseaban protestar contra el sistema. Sin embargo, en lo que respecta a las elecciones locales y generales las cosas son distintas. Sencillamente, hoy por hoy un partido de extrema izquierda no puede conseguir el poder en España, porque no cuenta con el suficiente respaldo electoral. Puede alcanzar cierta cota de poder, puede convertirse en un partido bisagra, pero no ser la formación dominante.

            Ante ese problema de marketing, la cúpula dirigente de Podemos tomó dos decisiones: cambiar el producto y cambiar el discurso de venta. Para ello se basó en tres acciones estratégicas:

            1. Hasta ahora, el debate político se establecía en base a la dicotomía derechas-izquierdas. Podemos rompe esa dialéctica y crea una nueva: los que mandan (la “casta”) y el pueblo (cuya representación es Podemos). De ese modo, el partido se declara transversal y, por tanto, abierto a votantes de todo el espectro político. Así pues, su propuesta política no se basa en el progresismo frente al conservadurismo, sino en la honestidad y la regeneración frente a la desvergüenza y corrupción de la casta dirigente.

            En publicidad, se denomina “grupo objetivo” (target group) al conjunto de consumidores a quienes va dirigido determinado producto (por ejemplo, el grupo objetivo de Tampax son mujeres de entre, digamos, 14 y 40 años, urbanas, de clase media, etc.). Cada producto tiene su propio target group que jamás es el total de los consumidores (ningún producto es para todo el mundo). Para ampliar el target hay que cambiar el producto o cambiar la percepción que los consumidores tienen del producto. Podemos está haciendo ambas cosas.

            2. A finales del año pasado, cuando Podemos presentó el borrador de su proyecto económico, Pablo Iglesias declaró que su modelo eran las democracias nórdicas. Es decir, que Podemos se declara socialdemócrata.

            Eso significa que Iglesias no pretende en realidad ser absolutamente transversal (eso es imposible). Podemos está fagocitando los votos de Izquierda Unida (y sus cuadros) sin necesidad de atacar a esa formación (que ofrece una imagen anticuada e inoperante). Gran parte de su target vendrá también de los desencantados del PSOE. Pero para alcanzar el poder, necesita a los votantes de centro, que rechazan las propuestas radicales. Así que Podemos decide ofrecer un imagen más moderada, vinculándose a posiciones socialdemócratas (precisamente ese viaje al centro ha sido, supuestamente, el motivo de la dimisión de Monedero).

            En resumen, el target group que persigue Podemos es el que va de la izquierda al centro. Es decir, pretende desplazar al PSOE y ocupar su espacio, intentando conservar a los votantes más radicales arrebatados a Izquierda Unida.

            3. Es imposible confeccionar un programa político que satisfaga por igual a, por ejemplo, un marxista de Izquierda Unida y a un centrista ex-votante de UPyD. Es como intentar taparse con una manta corta: si te cubres los pies, destapas la cabeza, y si tapas la cabeza, destapas los pies. Dado que existen gran número de propuestas programáticas que generarían rechazo en una u otra parte de su posible target group, Podemos ha optado por la inconcreción. Más allá de las críticas al actual sistema político (que todos los desencantados, de un signo u otro, comparten), la formación de Iglesias no se define claramente en una serie de cuestiones fundamentales (estructura del estado, fiscalidad, ley electoral, relación con la Iglesia... incluso la mismísima ideología del partido). Los líderes de Podemos hablan de ello con generalidades, pero sin concretar los medios ni los objetivos finales. Para no molestar a nadie. A fin de cuentas, ésa es una de las máximas de la publicidad: hay que persuadir, y jamás ofender.

            La campaña de comunicación de Podemos ha sido excelente (no olvidemos que el partido se fraguó al principio en un plató televisivo, el de La Tuerka). Por un lado, ha utilizado los medios tradicionales multiplicando hasta la extenuación le presencia de Pablo Iglesias en toda suerte de programas de debate. El líder de Podemos es un excelente comunicador y un hábil polemista; gran parte del éxito de su formación se debe a él. Por otro lado, el partido ha utilizado de forma magistral los medios digitales, lo que le ha permitido realizar campañas muy efectivas a muy bajo coste.

            En realidad, la estrategia de comunicación de Podemos no es original. Está calcada de la de la primera campaña a las presidenciales de Barak Obama. De hecho, esa copia afecta incluso al nombre del partido: Podemos-Yes we can. Pero eso no importa; una de las características del marketing es utilizar estrategias que ya han demostrado su eficacia. Y Podemos las ha puesto en práctica magníficamente.

            Sin embargo, últimamente el avasallador empuje inicial de Podemos parece estar perdiendo fuelle, incluso retrocediendo. Paradójicamente, las causas de esto proceden de las mismas acciones de marketing que provocaron su éxito inicial.

            En primer lugar, hay que tener en cuenta que el fulgurante crecimiento de Podemos no se debió tanto a las habilidades de sus líderes como a la existencia de una amplio nicho de mercado vacío. (Ejemplo: En una ciudad sin panaderías, cuyos habitantes quieran pan, la primera tahona que abra se forrará). Podemos, al principio, ocupó gran parte de ese nicho, y pretende ocuparlo todo, pero es imposible. Una de las leyes básicas de la publicidad es que nunca hay que transmitir mensajes que vayan en contra de los hábitos y costumbres de los consumidores. Lo cual se traduce en lo siguiente:

            Podemos intentó, e intenta, romper el discurso izquierdas vs. derechas y sustituirlo por pueblo vs. casta. Pero los consumidores/votantes siguen percibiendo la política en términos de progresismo y conservadurismo. Y mayoritariamente, sean simpatizantes de Podemos o no, lo perciben como situado muy a la izquierda.

            Por tanto, de forma natural Podemos sólo podía apoderarse de una parte del nicho, la correspondiente al centro-izquierda. De modo que seguía habiendo un nicho vacío, el situado a la derecha, y ese nicho lo está llenando otra formación emergente: Ciudadanos. Ambos partidos compiten ahora, no sólo contra PP y PSOE, sino también entre sí para conseguir el apoyo de los votantes de centro.

            En segundo lugar, la inconcreción programática de Podemos, cuyo objetivo es no inquietar al electorado de centro, comienza a ser contemplada con suspicacia. Su target group situado más a la izquierda (es decir, su clientela natural), tiene la sensación de que el partido se está descafeinando. Y su posible target group centrista sospecha que Podemos oculta algo. En realidad, la formación de Pablo Iglesias, que tan hábil ha sido hasta ahora en la comunicación, se está equivocando en este aspecto. En publicidad, los mensajes han de ser claros y concretos. Los mensajes difusos no calan en el consumidor.

            Por último, Podemos se lanzó como un producto fresco, natural e innovador. Ese sería su brand character (personalidad de marca). Sin embargo, su cada vez más evidente tacticismo, así como las grietas en su estructura (luchas internas, disensiones entre la cúpula y las bases, escándalos de algunos de sus líderes, vinculación a países extranjeros...), enturbian su imagen y generan dudas sobre la eficacia del producto.

            Y eso es casi todo, amigos míos. En este post he intentado analizar a Podemos teniendo en cuenta exclusivamente su estrategia de comunicación. En la próxima entrada daré mi opinión personal sobre ese partido.