miércoles, septiembre 18

La Hora Zulú




            Durante el proceso de creación de una novela hay cuatro momentos clave, al menos según mi humilde experiencia. El primero se produce cuando por fin tienes clara la idea en la cabeza; todavía no has escrito nada, pero ya has ideado el argumento y los personajes. Y todo es perfecto en tu mente: eso es sobre lo que quieres escribir, no hay duda, porque es una idea cojonuda. En ese instante eres como un caballo de carreras en boxes, ansioso por salir a galopar.

            El segundo momento sobreviene cuando has escrito más o menos la mitad del libro y eres un mar de dudas. Ya has perdido el ímpetu inicial, ya no estás tan seguro de si merecía la pena escribir sobre eso, ya has perdido la perspectiva. Pero sigues adelante confiando en tus planes iniciales (aunque ahora dudes de ellos) y en tu profesionalidad. Ya no escribes con el corazón, pero sí con el cerebro.

            El tercer momento llega cuando has acabado de escribir la novela. Y tienes la insidiosa sospecha de que es el mayor fiasco de la historia de la literatura, una mierda sin precedentes, el peor texto jamás escrito. Ya no hay dudas: has fracasado César, asúmelo. Luego, poco a poco, la depresión se te pasa, porque siempre piensas lo mismo y, qué demonios, no todas tus novelas son una porquería.

            El último momento tiene lugar cuando la novela ya se ha publicado y llegan a casa los ejemplares que te corresponden. Ahí tienes en las manos tu texto convertido en un libro de verdad, con todo lo que tiene que tener un libro. Hace mucha ilusión, sobre todo al principio de tu carrera. Pero yo ahora lo veo con cierto derrotismo, porque tu historia está ahí, inamovible. La han publicado, hay miles de ejemplares distribuidos; ya no puedes cambiar nada. La suerte está echada.

            Bueno, pues así estoy yo ahora, contemplando un ejemplar de La Hora Zulú, que es la tercera parte de las Crónicas del Parásito, después de La estrategia del parásito y Manual de instrucciones para el fin del mundo. Acaba de publicarse y ya está en las librerías.
 
            Como he contado alguna vez, publiqué el primer libro en 2012. En él planteaba una amenaza que, en aquel momento, me pareció insoluble. El libro termina con un final abierto que conduce a un enlace de internet donde un video da a entender que no hay esperanza. También dejaba a los dos protagonistas en una situación lamentable.

            Pasaron los años y por algún motivo volví a pensar en la historia. ¿Realmente era una amenaza contra la que no se podía luchar? Si se me ocurría alguna solución debía partir de algo que ya apareciese en la primera novela, no de un deus ex machina sacado de la manga. Y se me ocurrió. Le propuse a Gabriel Brandariz, gerente editorial de SM, completar el primer título con otras dos novelas para componer una trilogía, y aceptó.

 
           Las Crónicas del Parásito son un tecno-thriller, o una obra de ciencia ficción ambientada en el presente. La trilogía cuenta una historia continuada, pero cada tomo hace hincapié en temas específicos. El primer título, La estrategia del parásito, trata sobre los peligros de Internet y sobre lo que podría ocurrir si alguien controlara la Red. El protagonista y narrador de la historia, un inocente universitario, las pasa canutas cuando alguien que no conoce decide por razones ignotas convertir su vida en un infierno utilizando todos los recursos de Internet. La acción abarca dos semanas y tiene lugar básicamente en Madrid.

 
 
            El segundo título, Manual de instrucciones para el fin del mundo, continua la historia y se centra en lo frágil, por compleja, que es nuestra sociedad. Al ser Miyazaki una amenaza mundial, el escenario se amplía y la acción se desarrolla en Inglaterra, España, Estados Unidos, Francia, Japón…

            El último título de la trilogía, La Hora Zulú, trata sobre la inteligencia artificial y sus consecuencias. Y concluye la historia con un final aparentemente feliz que en realidad es agridulce. Por cierto, la “Hora Zulú”, o Tiempo Universal Coordinado, es la medida temporal de referencia en el ejército cuando se trata de coordinar diversas operaciones simultáneas. Se corresponde con la hora del meridiano de  Greenwich. Como curiosidad, tanto en el anterior título como en este, mi mujer (Pepa) y yo aparecemos como personajes secundarios.

            En conjunto, he pasado más de dos accidentados años escribiendo esta trilogía. ¿Ha valido la pena? No lo sé; eso tendrán que decidirlo los lectores. En lo que a mí respecta, ya está, se acabó; ya me he quitado esa historia de la cabeza. Ahora, a otra cosa.

lunes, septiembre 2

Nuevos inquisidores



            Alguien dijo que nunca, como ahora, los seres humanos hemos gozado de tanta libertad, y al mismo tiempo jamás hemos estado tan controlados. Somos un enorme hormiguero en el que cada hormiga tiene encima una lupa que la enfoca, pero que también puede concentrar la luz del Sol para churruscarla. Quizá lo más inquietante de todo es la multiplicidad de facetas en que se manifiesta ese control. Control económico, control cultural, control social, control laboral, control del comportamiento, control lúdico… o el más insidioso de todos, el control moral, porque acaba convirtiéndose en control del pensamiento.

            Quienes me conocen saben de mi afición al humor negro. De hecho, los merodeadores habituales del blog ya han visto alguna muestra de ello, como el cuento de Navidad Doña Julia y los pobres, uno de los relatos más bestias que he escrito. Confieso que en persona soy igual, pero aún más burro. De vez en cuando me gusta soltar alguna barbaridad que jamás pondría por escrito, porque por escrito no hay matices ni tonos, pero que al expresarla en persona puedo hacerlo de tal forma que queda patente que hablo en broma. En general, todo el mundo lo comprende y se ríe al tiempo que menea la cabeza dando a entender que soy un animal y un caso perdido. Pero últimamente me encuentro con personas -que me conocen, aunque no demasiado- que cuando suelto una burrada se me quedan mirando con horror, incapaces de dar ese giro, ese sutil twist, que convierte el drama en humor.

            Por ejemplo: Hace no mucho estábamos un grupo de gente hablando sobre la pederastia y yo conté un caso que se había dado en mi colegio, los Maristas de Chamberí. Comenté que, además, uno de los curas (“hermanos” en realidad) se dedicaba a tocarle el culo a todos los niños que pasaban por su lado durante el recreo. Luego, me quedé pensando y añadí que a mí nunca me había tocado el culo, lo cual me ponía un poquito celoso. Bueno, si en aquel momento le hubiese quitado su bebe a una madre para arrancarle el corazón a mordiscos, no habría despertado más consternación. Varios rostros se quedaron rígidos de espanto; una amiga me miró con pasmo y exclamó muy seria “PERO QUÉ BARBARIDAD”. Mentiría si dijese que aquello me afectó; estoy vacunado contra la gente que carece de sentido del humor. Pero sí me preocupó.

            Según parece, no se puede hacer humor sobre ningún tema “delicado”, sobre nada que pueda ofender a alguien. ¡Pero eso es un error! El humor debe ofender, el humor debe provocar, el humor debe percutir. ¿Sabéis por qué existe el humor? Pues porque nos vamos a morir. Sí, sí, lamento daros este disgusto, pero tarde o temprano todos la diñaremos. Por eso, porque es inevitable, cuando venga a visitarnos la Parca, sólo podemos hacer algo: reírnos de ella. El humor es un talismán que nos protege del horror y la locura. Cuando le condenaron a muerte, Pedro Muñoz Seca le dijo al tribunal: “Podéis quitármelo todo…, menos el miedo que ahora tengo”. Para eso sirve el humor: para convertir lo espantoso en grotesco.

            Sin embargo, ahora se supone que el humor ha de ser blanco, inofensivo, humor de ursulinas. Ay, por Dios, que no se ofenda nadie…Gracias a las redes sociales, el número de los censores, de los guardianes de la moral, de los inquisidores, se ha multiplicado exponencialmente, y ahí están siempre vigilantes, atentos al menor desliz ajeno para mostrar públicamente su desmesurada indignación. Porque, ojo, no basta con indignarse; hay que super-mega-ultra-indignarse. El que más se consterna es el que más mola.

            Ojalá esto afectara sólo al humor, pero va mucho más allá. Últimamente se han producido ciertos hechos que considero preocupantes (y que son los que me han movido a escribir esta entrada). A saber:

            1. En Estados Unidos existe el premio "John W Campbell" a los mejores autores noveles. Campbell fue un famoso editor de ciencia ficción que influyó decididamente en el género a través de su revista Astounding Stories. Pues bien, la ganadora de este año dijo al recibir el premio que Campbell fue un fascista. A raíz de esa declaración se montó tal revuelo que han decidido cambiarle el nombre al premio y pasar a denominarlo “Astounding”.

            Vale, Campbell era, en lo personal, un fascista y un racista, además de un chiflado que se creía las teorías más absurdas (fue el primero en publicar “Dianética”, de Ron Hubbard, antecedente directo de la cienciología). Pero es innegable la gran influencia que tuvo, aunque sólo sea por descubrir y promover a autores como Isaac Asimov, Clifford D. Simak, Robert Heinlein o Theodore Sturgeon. El premio homenajeaba al editor, no a la persona. Pero en estos tiempos de corrección política ambos aspectos son indistinguibles.

            2. “La Casa de la Moneda británica ha vetado un homenaje a Enid Blyton, la autora de “Los cinco” o “Torres de Malory”, por miedo a una reacción violenta contra sus ideas”. Al parecer, la señora Blyton era racista, sexista, homófoba y posiblemente filonazi.

            Pero nada de eso se refleja en su obra; o, al menos, no más que en la obra de cualquier otro escritor de su época. A mí nunca me gustó Blyton; yo era fan del Guillermo Brown de Richmal Crompton, así que sus personajes, esos niños tan buenos y formales, me parecían unos blandorros. Pero Enid Blyton inició en la lectura a (literalmente) millones de niños, y eso a mi modo de ver se merece un homenaje. Porque a quien se reconoce es a la escritora, no a la persona. Por cierto, ¿no llama la atención eso de “reacción violenta”?

            3. En la presente edición del festival de cine de Venecia, la presidenta del jurado, Lucrecia Martel, se ha negado a asistir a la proyección de la última película de Roman Polanski, porque se niega a aplaudir a un violador.

            Polanski violó a una menor en 1977. Huyó de la justicia, pero merece ser castigado por su delito, con absoluta independencia de su calidad como artista. Pero al mismo tiempo es un magnífico director, y su obra merece ser juzgada por sí misma, y no por la calidad moral de su autor. En este caso, me parece muy bien que la señora Martel se niegue a ver las películas de Polanski, pero creo que también debería haberse negado a formar parte del jurado. Digamos que su imparcialidad está en entredicho.

            Podría seguir citando hechos similares, pero sería aburrido. Los nuevos inquisidores, igual que los antiguos, lo ven todo en blanco y negro, sin gama de grises. Son incapaces de separar al autor de su obra; y, lo que es aún peor, también son incapaces de juzgar una obra teniendo en cuenta el contexto social y cultural del momento en que fue creada. En cuanto a libertad de expresión y de pensamiento, estamos retrocediendo. Hoy en día, filmar una obra maestra como El hombre tranquilo, de John Ford sería imposible; igual que lo sería publicar por primera vez Las aventuras de Huckleberry Finn, de Twain, o Lolita, de Nabokov.

            Pues bien, ante tanto inquisidor, sólo cabe rendirse; así que voy a colaborar mediante la delación. He aquí unos cuantos objetivos para la furia censora: Aristóteles odiaba a las mujeres; Pablo Picasso y John Lennon las maltrataban; tanto Gustave Flaubert como Charles Lutwidge Dodgson (alias Lewis Carroll) eran pedófilos; igual que Charles Chaplin, que se pirraba por las menores de edad; Karl Marx dejó embarazada a su sirvienta y pasó de ella; Roald Dahl era antisemita; Virginia Woolf era una clasista que, en sus diarios, consideraba que la clase trabajadora es inherentemente estúpida… Hay más nombres, pero de momento basta.

            ¡Adelante, bravos inquisidores, aún quedan muchas gargantas que cercenar!

viernes, agosto 9

Felices vacaciones


 
            Cuando era pequeño, en mi casa se compraba el Selecciones del Reader’s Digest, la traducción española de una revista norteamericana de bolsillo que reunía artículos de todo tipo aparecidos en otras publicaciones, además de secciones fijas como Mi personaje inolvidable, Citas citables o Enriquezca su vocabulario. Durante varios años, en los 60, el primer número de verano de la revista incluía un reportaje publicitario de Nescafé, que consistía en varias páginas consecutivas de combinados de verano hechos con eso, con Nescafé, incluyendo la receta y un bodegón fotográfico de cada alternativa. En los diferentes bodegones se veían las bebidas en entornos veraniegos, algunos de ellos iluminados de la misma manera: como si encima hubiera un sombrajo de estera y el sol dibujase líneas de luz y de sombra.

            Por algún motivo, cuando era un niño me quedaba extasiado mirando esas fotografías. Para mí, eran la esencia del verano. Eran el verano. Y desde entonces, y aún ahora, cuando pienso en el verano evoco aquellas fotos. Siempre me ha sorprendido cómo los recuerdos de la infancia, por nimios que sean, no solo se nos quedan marcados a fuego, sino que además conforman el modo en que vemos la realidad. Supongo que cuando eres niño el mundo es nuevo para ti, y cada experiencia se inscribe con tinta indeleble en la memoria.

            Otro aspecto mágico de la infancia es la percepción del tiempo. De niño, los veranos eran eternos. Sin embargo, ahora tengo la sensación de que hace nada estaba en junio, celebrando mi maldito cumpleaños, y zas, ya estamos en agosto. Y casi ni me he enterado de lo que ha pasado entre medias. Joder, cuántas cosas perdemos al dejar atrás la infancia. La vida es una comida en la que el postre se sirve al principio.

            Y no es que mis vacaciones actuales sean desdeñables, ni mucho menos. Pepa y yo, y durante un tiempo nuestros dos okupas, hemos hecho viajes maravillosos a lugares extraordinarios. Pero, coño, qué poco duran ahora.

            En fin, queridos merodeadores, mañana sábado Pepa y yo nos vamos un par de semanas al sur de Francia y luego a Suances, en nuestra querida Cantabria. Os deseo que paséis un verano maravilloso.

            ¡Felices vacaciones!
 

 

 

 

 

 

 

           

jueves, julio 25

Gracias Juan


 
            El viernes pasado presenté en el Celsius mi novela Manual de instrucciones para el fin del mundo. Cuando acabó la presentación, una chica me condujo a la mesa de firmas. Nada más salir de la carpa, se acercó a mí un hombre acompañado por una niña pequeña (o un niño, no recuerdo). Se presentó diciéndome que era un merodeador de Babel llamado Juan y que tenía un regalo para mí. Me entregó un paquete y lo desenvolví; contenía dos libros y un DVD. Mejor dicho: dos libros muy especiales y un DVD aún más especial.

            Le di las gracias, pero justo entonces la chica de la organización me urgió para que fuera a la mesa de firmas, porque ya había una cola de gente esperándome, así que me despedí apresuradamente de Juan, agradeciéndole de nuevo el detalle que había tenido conmigo.

            Más tarde, cuando acabé de firmar ejemplares de mis libros, tuve tiempo de examinar con detenimiento lo especial que era el obsequio que había recibido. Entonces busqué a Juan para hablar con él, pero no lo encontré.

            En la foto podéis ver el regalo que me hizo; permitidme ahora explicaros por qué es tan especial. Comencemos por el libro Borges y la ciencia ficción. Cualquiera que me conozca, o siga mi blog, conoce la admiración que siento por Borges y sabe que soy un pirado de la ciencia ficción. Sin duda es un título muy apropiado para mí.

            Pasemos ahora al segundo libro: La estatua del terror, una novela policiaca de Fredric Brown. Bueno, aquí ya hay que conocerme bastante bien para saber que soy un entregado fan de Mr. Brown, como escritor de CF y como escritor noir. Además, tengo todas las obras de CF suyas, y muchas policiacas; pero esta en concreto no la tenía, ni en edición española, ni en edición latinoamericana. Ni siquiera sabía que existía. Pero ahora, gracias a Juan, ya es mía.

            Ahora bien, lo que de verdad me ha dejado turulato es la película en DVD, El hombre de mimbre, de Robyn Hardy (1973). Se trata de un clásico del cine de terror, vertiente “paganismo en la actualidad”. Hacía muchísimo tiempo que quería verla, pero no la encontraba por ninguna parte. Cuatro o cinco años atrás, haciendo zapping, di con ella por casualidad en no recuerdo que canal de TV. Por desgracia, estaba empezada, así que nunca la he visto entera.

            ¿Cómo sabía eso Juan? Yo no recordaba haberlo comentado en el blog… pero estaba equivocado. Nunca lo dije en un post, pero sí en la respuesta a un comentario del propio Juan. El comentario correspondía a una entrada en la que hablaba del Hombre Verde que había visto en una iglesia prerrománica de Navarra. Reproduzco parcialmente su comentario y mi respuesta:

            Juan H: (…) Por cierto, ¿tiene que ver algo lo del hombre verde con "el hombre de mimbre"? Es una peli y un libro pero no los he visto ni leído.

            César: (…) Los "hombres de mimbre" y los Hombres Verdes sólo están relacionados por su origen celta; por lo demás, no tienen nada que ver. Un hombre de mimbre (Wicker Man) es un artefacto para hacer sacrificios humanos. Se trata de una figura humana hecha de eso, de mimbre, en cuyo interior encerraban a la víctima y luego le prendían fuego (qué simpáticos, ¿verdad?). La película, llamada "The Wicker Man", es una producción inglesa de 1973, dirigida por Robin Hardy. Tanía muchas ganas de verla y la pillé por casualidad en la tele hace bien poco, aunque ya empezada. Pero no hay ninguna novela con ese nombre. En realidad, la película está "inspirada" en una novela de David Pinner llamada "Ritual", que se editó hace poquísimo en España. Ah, en 2006 se hizo un remake norteamericano de la peli inglesa. Lo protagoniza Nicholas Cage y es una caca.

            Estos comentarios pertenecen a un post de octubre de 2015, hace casi cuatro años. Y Juan lo ha recordado, y se ha tomado la molestia de comprar el DVD para mí y entregármelo en el Celsius. Es impresionante. Permitidme ahora que le hable directamente a Juan:

            Querido Juan H:

            Recordaba tu nick, igual que recuerdo los nicks de los más asiduos merodeadores de Babel, pero no te conocía en persona. En el Celsius nos vimos durante unos instantes y de forma apresurada. Luego te busqué, pero no te encontré. Lo lamento, me habría gustado agradecerte el detalle como se merecía. Otra vez será.

            Como es lógico, agradezco que me hagan un regalo, sea lo que sea. Pero es que tu regalo no es un obsequio normal: es algo muy pensado, muy orientado a los gustos de la persona que va a recibirlo; es decir, yo. Es un regalo de corazón. No quiero ponerme cursi, Juan, pero no me queda más remedio que reconocer que me has conmovido. Y debería enfadarme contigo, porque estás quebrando mi imagen de viejo gruñón e insensible, y uno tiene una reputación que mantener.

            Leeré los libros que me has regalado, y este fin de semana introduciré el DVD en el reproductor, me tumbaré en un sofá y veré tranquilamente, por primera vez de forma íntegra, una película que llevo décadas queriendo ver. Gracias a ti. Eres un tío cojonudo.

            Un abrazo, amigo mío. Y mil gracias otra vez.

lunes, julio 22

Floreat Celsius


 
            Como todos los años, salvo cuando me da por romperme una pierna, la semana pasada disfruté, junto con Pepa y nuestro hijo Pablo, del Festival Celsius 232. Se trata, como sabéis, de un festival de fantasía, ciencia ficción y terror que se celebra en Avilés. Su nombre se debe a que 232 grados Celsius equivalen a 451 grados Fahrenheit. Y si sigues sin entenderlo, ¿qué haces merodeando por Babel? Es broma, es broma; me encanta que deambules por este humilde blog. El nombre del festival hace referencia a la famosa novela de Bradbury.

            El Celsius se celebra en la plaza Domingo Álvarez Acebal, en dos entornos: una carpa situada en la plaza y el salón de actos de la vecina Escuela de Artes y oficios. Participan un montón de autores, tanto españoles como extranjeros. Hay presentaciones de libros, charlas, mesas redondas, talleres, exhibiciones, firmas de libros, fiestas de disfraces, cine al aire libre, cosplayers como el que podéis ver en la foto.

 


            Nota: Si os llama la atención mi camisa, si tenéis que guiñar los ojos para contemplarla, eso es porque vivís en un mundo gris, oscuro y deprimente, mientras que yo vivo en un universo en technicolor lleno de luz y alegría. Fijaos en la cara de mala leche que tengo en la foto y pensadlo bien antes de decir nada. Es un aviso.

            Además, hay un montón de tenderetes de venta de libros o de bisutería. El festival dura cuatro días, de martes a sábado y la entrada es libre y gratuita. Pero lo mejor de todo es que, en un radio de doscientos metros como mucho, hay un montón de terrazas, bares y restaurantes. Y todo lleno de frikis. ¿Sabéis lo que significa eso? Pues que toda la gente que te rodea ama la literatura, el cine y los cómics. Porque los frikis, salvo algún que otro caso enfermizo, son grandes lectores, gente interesada en la cultura, gente progresista, gente muy, pero que muy interesante.

            No negaré que quizá lo que más me gusta del Celsius es encontrarme con buenos amigos, personas a las que sólo veo una o dos veces al año, como Susana, Sergi, Ricard, Teresa, Pablo, Elia, Sofía, Rudy, José Antonio, Gabriella, Jesús, Ana, Víctor (que no se llama Víctor, ya lo sé), Ian, David (mi ex-negro), Maite, Pep, Javier y muchos otros que, por tener memoria de pez de colores, ahora no recuerdo. Y, por supuesto, también me encanta conocer a estupenda gente nueva.

            Este año he presentado en el festival mi novela Manual de instrucciones para el fin del mundo, la segunda parte de la Trilogía del Parásito. Y, además, sin sospecharlo lo más mínimo, me he llevado una gran y hermosa sorpresa. Este año, los directores del festival han otorgado unos premios especiales a aquellas personas que, por las razones que sea, consideren valiosas para el Celsius. Y Jorge Iván Argiz ¡me lo ha otorgado a mí! Podéis ver el galardón en la foto de arriba, con su preciosa cabecita de Cthulhu. No creo merecerlo, pero gracias de todo corazón.

            Y gracias a todos los que colaboran con el festival, en especial a sus tres organizadores: Cristina Macía, Jorge Iván Argiz y Diego García Cruz. Sin ellos, sin su increíble esfuerzo, este festival sería imposible. Por cierto, Diego es traductor profesional, y verle traducir es un espectáculo en sí mismo, algo así como ver a un gran ilusionista o a un magnífico malabarista. También quiero darle las gracias a un merodeador de Babel llamado Juan, pero eso lo haré en la siguiente entrada.

            En fin, amigos míos, el Celsius ya ha pasado, pero me quedan un montón de bonitos recuerdos. Si sois un poquito frikis (sólo un poquito, mi mujer ni siquiera lo es y se lo pasa bomba), sí sois un poquito frikis, insisto, no lo dudéis un instante y visitad el próximo Celsius. El único problema es que volveréis con unos cuantos kilos de más, porque en Asturias se come mucho y de maravilla. Todo lo demás será pura fiesta. Y, qué demonios, comer y beber demasiado también.

miércoles, junio 26

Una luz en la oscuridad



            En cierta ocasión, hace mucho tiempo, me perdí en un bosque. Un grupo de amigos habíamos acampado en el pinar de Valsaín. A media tarde, me fui con uno de ellos (Samael, asiduo de Babel) a dar un paseo. Y nos perdimos. Estuvimos dando vueltas intentando orientarnos, pero, como enseñan los cuentos infantiles, los bosques son laberintos. Cuando el sol se puso, la angustia amaneció. Estábamos acojonados pensando que íbamos a pasar la noche al raso. Y entonces, cuando la oscuridad ya nos engullía, vimos a lo lejos el resplandor de un lumigas brillando a través de la tela azul de una tienda de campaña, la nuestra. ¿Os hacéis una idea del inmenso alivio que sentí al ver aquella luz en la oscuridad?

            Ahora imagina que estamos en la España de 1965, una España donde nunca pasa nada, gris, cerrada, paleta, una España con censura, meapilas, provinciana, tediosa, una España que era todo lo contrario al futuro, todo lo contrario a la modernidad. En las películas americanas ves imágenes de otra realidad, de un mundo dinámico y luminoso que nada tiene que ver con tu oscuro país. Eres un preadolescente de doce años con la cabeza llena de sueños, pero vives en una nación donde los sueños resultan sospechosos, cuando no directamente delictivos.

            Hace poco has descubierto la ciencia ficción y tu mente ha explotado como una nova. Lo que lees en esos libros es mil veces más dinámico y luminoso que nada de lo que hayas visto hasta entonces, más aún que las películas. Cuando vuelves del colegio te pones a leer, y sigues leyendo después de hacer los deberes, y lees antes de dormir, y lees después de que tu madre te haya obligado a apagar la luz, oculto bajo las sábanas con una linterna. Y es que, cuando dejas de leer y vuelves a la realidad, el mundo se te antoja tan tedioso, tan falto de imaginación… El destino te ha condenado a nacer en un país mediocre lleno de gente mediocre que acata sumisa las órdenes de un poder tiránico y mediocre. Además, te sientes un poquito solo, ya que sólo tú, aparte de un par de miembros de tu familia, conoces los secretos de la galaxia, sólo tú has viajado por el tiempo y el espacio.

            Y entonces, un buen día ves en la tele de tu país, esa rancia tele en blanco y negro, la TVE de toda la vida, ves, repito, una programa llamado Mañana puede ser verdad, dirigido por un desconocido Narciso Ibáñez Serrador, alias Chicho. Y te quedas boquiabierto, porque ese programa ¡es de ciencia ficción!  Incluso resulta que uno de sus capítulos está basado en un cuento de Ray Bradbury –El cohete- que tú has leído. Y ahí no acaba la cosa, porque al año siguiente Chicho Ibáñez Serrador estrenó otro programa, Historias para no dormir, dedicado al terror (y un poquito a la ciencia ficción).

            Ahora es difícil de entender, pero aquello era inaudito en la España de los 60, una España ultracatólica, con censura, pueblerina y con un gran recelo hacia la imaginación. Fue como si de repente se abriera una ventana en una habitación asfixiante. También fue una especie de señal, la premonición de que en este país las cosas podían cambiar. En lo que a mí respecta, supuso además la constatación de que yo no era un bicho raro, de que había otra gente, como Chicho, a la que le interesaban las mismas cosas que a mí.

            Luego vinieron dos películas: La residencia, terror clásico excelentemente realizado; y ¿Quién puede matar a un niño?, terror más moderno inspirado en Hitchcock (en Los pájaros). Ambas totalmente inusuales en aquella España sombría y aburrida. También vino, por supuesto, el Un, dos, tres, pero eso es otra historia.

            Hace veinte días, el pasado 7 de junio, Chicho murió. De él se han dicho muchas cosas, todas buenas; que fue un renovador de la TV, que hizo popular el terror, que fue un genio. Y es verdad; pero para mí fue algo distinto y aún más importante: fue una luz en la oscuridad. Y por eso, sólo tengo algo que decirle: gracias, muchísimas gracias.

lunes, junio 10

miércoles, junio 5

¿Vale la pena ser escritor?


 
            Con frecuencia, cuando voy a una librería y contemplo la inmensa cantidad de libros que se publican, me pregunto qué sentido tiene ser escritor. ¿De qué vale añadir un título más a los millones de títulos que ya se han impreso? Es como arrojar un vaso de agua al mar: no sirve para nada. Resulta descorazonador, os lo juro.

            Aunque claro, te sabes escritor, eres un “artista”, la gente te lee, te alaba, ganas premios, te invitan a participar en eventos, te llaman maestro, te suben a un altar. Y te sientes importante. Pero luego, cuando te quedas a solas y dejas de darle lustre al ego, comprendes que en realidad no has conseguido nada. No has hecho avanzar la literatura, no has creado nada realmente nuevo, lo que escribes no cambiará nada. Y te sientes un farsante, un impostor (incluso hay un síndrome al respecto).

            Pero a veces…

            Hace años, un padre se puso en contacto conmigo a través del blog. Me contó que su hijo Jordi, de 14 años, era autista y sólo le interesaba leer manuales de instrucciones y folletos. El buen hombre intentaba aficionarle a la literatura, así que compraba novelas juveniles y se las leía, pero Jordi no le prestaba atención. Un día, por pura casualidad, comenzó a leerle una novela mía, Las Lágrimas de Shiva. Al cabo de un rato paró y se fue al salón; y, al poco, apareció Jordí y, por primera vez en su vida, le dijo: “¿Puedes dejarme ese libro para acabar de leerlo?”.

            Huelga decir que me sentí orgulloso como un pavo. No, mejor que orgulloso: me sentí útil. Me sentí un mago. Había formulado un conjuro (mi novela) y había obrado un milagro.

            Hoy, años después, he vuelto a experimentar lo mismo. Tengo una “alerta Google” que me avisa cada vez que aparece mi nombre en Internet (en general para informarme de que alguien está pirateando mis libros), y esta mañana me ha llegado una. Es un reportaje de la revista electrónica Ideal, y trata sobre un joven andaluz, Ismail Fernández, que acaba de publicar un libro, “Mi amigo Inseparable” (editorial Alhulia). En realidad, el tema del reportaje es la superación personal, porque, a causa de complicaciones en el parto, Ismail padece parálisis cerebral y sólo puede utilizar la mano izquierda. Pues bien, un párrafo del texto dice lo siguiente:

            (Escribir ‘Mi amigo inseparable’) “ha sido un ejercicio de introspección”, afirma. También de revivir etapas con una fortísima carga emocional. Como la infancia. Cuando los niños, ignorantes –bendita ignorancia– e inocentes –bendita inocencia–, lo trataban como a uno más. Sus años más felices. Una percepción que fue cambiando cuando entraba en la adolescencia. «Me di cuenta de que, sin serlo, me veían como alguien diferente». Una 'diferencia', prejuicios para algunos, que acarrearon pérdida de amistades y de que hubiera incluso quien le acusara de que le aprobaran asignaturas en el instituto por compasión. Aquello le dolió. Pero lo superó. Salía menos que sus amigos, pero se divertía tanto como ellos gracias a lecturas que le marcaron, como 'Las lágrimas de Shiva', de César Mallorquí. (Si quieres leer el reportaje completo pincha aquí).

            ¿Qué puedo decir? Pues que por cosas como esta vale la pena ser escritor.
            Gracias, Ismail; hoy me has alegrado el día.

sábado, mayo 18

Otra vez elecciones, manda c*j*n*s



            Estoy contento de que hayan perdido las elecciones los que las han perdido, pero no me siento especialmente feliz por quienes las han ganado. Es decir, me alegro de que gobierne una opción progresista, pero desconfío de las personas que la encabezan. Sin duda, Pedro Sánchez ha protagonizado una proeza política: pasar del destierro, traicionado por los suyos, al trono. Eso daría para el argumento de una película de Hollywood. La moción de censura que derribó al rajoyato, los decretos sociales durante su escaso año de gobierno, el propósito de trasladar el cadáver de Franco… Me quito el sombrero, sin duda Sánchez es un maestro de la táctica, un prodigio de tenacidad. Pero todavía no he escuchado de sus labios una idea nueva ni una estrategia para mejorar el país y el paisanaje.

            Lo bueno ha sido que ahora conocemos la verdadera fuerza de Vox, que no ha sido tanta como nos temíamos. Aunque estremece comprobar que en España hay 2.676.950 personas que aún viven en el cuaternario, no me digáis que no. El peligro de Vox, ahora, es su capacidad de influencia siendo un partido bisagra que, cómo en Andalucía, resulte determinante para la gobernación de la derecha. Pero no creo que crezca mucho más; probablemente ha alcanzado su techo electoral. Pero, ojo, siendo como es; porque si cambia…

            Vox es un partido nostálgico del franquismo, un partido anclado en el pasado, un partido de cazadores y toreros, de señoritos a caballo y tonadilleras. Huele a rancio, no ofrece nada capaz de entusiasmar a nadie que no esté previamente dispuesto a entusiasmarse con esa clase de fantasías autoritarias añejas. Para que un partido de extrema derecha pueda crecer electoralmente, necesita que le voten personas que no son de ultraderecha. Para ello, ha de disfrazarse, prescindir de los rasgos fascistas clásicos y aparentar modernidad.

            El ejemplo más cercano es el Frente Nacional francés. Mientras estuvo liderado por Jean-Marie Le Pen fue un partido de ultraderecha de toda la vida, no escondía lo que era y tenía un limitado techo electoral. Pero luego llegó la hija, Marine Le Pen, y se puso a lavarle la cara al partido eliminando de su imagen los estilemas de la vieja ultraderecha. ¿Y qué pasó? Pues que Marine rompió el techo y compitió con Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las presidenciales. El año pasado, Marine Le Pen siguió limpiando la imagen de su partido cambiándole el nombre, que ahora es Agrupación Nacional. Todo lo cual no significa que ya no sea la extrema derecha. Lo es, pero intenta no parecerlo.

            Así pues, mientras Vox siga pareciendo lo que es no habrá demasiados problemas. Pero el día en que veamos que sus actuales líderes de pandereta son sustituidos por otros más presentables, al menos en apariencia, y que el partido empieza a transformarse en otra cosa, ese día tendremos que preocuparnos de verdad.

            Podría hablar ahora de Casado, de Rivera y de Iglesias, pero no me apetece. Este grotesco guiñol en que se ha convertido la política española da mucha pereza.

            Pero se avecinan otras elecciones, amigos míos, y como vivo en Madrid voy a referirme exclusivamente a Madrid. El PP presenta como candidata a presidir la Comunidad a Isabel Díaz Ayuso. No la conocía ni dios, pero últimamente se ha hecho famosa por las gilipolleces que suelta. En su momento dijo que estaba «al lado de Vox, no enfrente», pero no son sus filiaciones políticas lo que me alarma, sino sus manifiestas carencias intelectuales. Esa mujer no está preparada ni para dirigir un puesto de castañas, así que una comunidad ni te cuento. Que el PP se atreva a proponer a semejante iletrada me parece un insulto a los ciudadanos. Creo que Díaz Ayuso junto con Suarez hijo son dos de los políticos más bobos que he visto.

            Imagino, o quiero imaginar, que no hay mucha gente dispuesta a votar a un partido que ha robado en la comunidad a manos llenas, y menos a una señora tan absolutamente inepta. Pero quién sabe, los votantes siempre me desconciertan. El caso es que existe la posibilidad de que esa inútil llegue a gobernar (mirad lo que pasó en Andalucía). Por tanto, vota. No contra el fascismo (aunque también), sino contra la estupidez.

            Y no te olvides de las elecciones europeas, porque es en Europa donde se va a definir nuestro futuro.

            Resumiendo: vota, coño; sobre todo si vives en Madrid.
 
 

viernes, abril 26

Contra la invasión Z, vota por favor.


 
            Hace tan solo un año no sabía a quién votar; ni siquiera si iba a votar. Los políticos españoles me parecían una panda de mediocres, y la política se había convertido en una especie de guiñol en el que primaba el insulto sobre la reflexión. Un año después, todo sigue igual, salvo por un detalle: ahora nos enfrentamos a una invasión de zombis.

            Son zombis muy peculiares: agitan banderas rojigualdas, montan a caballo, les encantan las armas, desprecian a las mujeres, odian a los homosexuales, son xenófobos, no tienen rivales, sino enemigos a batir, aman los toros y la caza, desprecian la cultura, la inteligencia y la modernidad. Son auténticos muertos vivientes, cadáveres putrefactos que han salido de sus tumbas con el propósito de hacerse una fricasé con nuestros cerebros.

            Por desgracia, no es nada nuevo. Viví los últimos años del franquismo y la transición, y por aquel lamentable entonces se escuchaban barbaridades muy similares a las que hoy dice Vox. Oír a Abascal es como volver a escuchar a Blas Piñar o a Sánchez Covisa. Es volver a un pasado tenebroso.

            Tras el fallido golpe de estado del 81, la extrema derecha parecía haber desaparecido del mapa. Tanto es así que muchos idiotas, como yo mismo, nos olvidamos de su existencia. Pero estaban allí, agazapados en las cavernas del PP. Y ahora que el partido de la derecha única se desploma, los zombis salen de sus sepulcros.

            Pero el problema no es tanto Vox como el contagio reaccionario que Vox ha supuesto. Pablo Casado ha visto cómo el PP que ha heredado se desangra con votos que huyen a la ultraderecha, así que se ha ultraderichazado, dispuesto a pactar con Abascal o con el mismísimo Belcebú, si eso le permite salvar su cuello político, que está en juego si no logra gobernar como sea. Lo que a mí me resulta incomprensible es la actitud de Rivera, aliándose con la derecha extrema y dispuesto a cerrar los ojos y aceptar un pacto con los zombis. Así que el centro-derecha no existe. Tal es el grado de la derechización, que incluso la Falange se ha radicalizado (aún más), y tilda a Vox de derechita cobarde, afirmando que “No es más que el PP vestido de verde”.

            El caso es que si este bloque de la derecha obtiene más escaños que la izquierda, los zombis gobernarán. Así que no se trata tanto de partidos políticos considerados de forma individual, sino de dos formas distintas y antagónicas de encarar el futuro: el conservadurismo reaccionario o el progresismo humanista. Lo de siempre, vamos: la derecha y la izquierda. ¿Qué preferís vosotros?

            Pedro Sánchez me parece un mediocre (como el resto de los políticos, no es ninguna excepción). Pero prefiero un mediocre socialdemócrata a un cavernícola de extrema derecha. Pablo Iglesias tiene más talla intelectual, pero con excesiva frecuencia le ciega la vanidad y una ambición sin límites. No me cae bien, y rechazo muchas de sus ideas; pero si fuese necesario, pasado mañana le votaría. Porque, insisto, ya no es cuestión de partidos, sino de ideas, de ética y de libertades.

            Para que los más frikis me entiendan: El trifachito es Saurón, Saruman y los orcos, mientras que el bloque de izquierda es Gandalf y Frodo. La traslación al universo de Star Wars podéis hacerla vosotros mismos.

            Pasado mañana votaré al PSOE, y espero que PODEMOS obtenga también un buen resultado. Para ello, es fundamental que la mayor parte de quienes nos consideramos progresistas votemos. Porque todos los votantes de derecha votarán, esos no fallan. Por eso necesitamos una gran participación. Por eso cada voto es vital.

            Por favor, vota. Por las mujeres, por los derechos de los homosexuales, por las libertades, por la cultura, por ti mismo. Y, por supuesto, contra la intolerancia, contra la xenofobia, contra el patriotismo de opereta, contra la estupidez, contra el machismo, contra el oscurantismo. Vota por lo que quieras, pero vota, coño.
 
 

jueves, marzo 14

Manual de instrucciones para el fin del mundo



 
            Escribí La estrategia del parásito en 2011. Fue un proceso extraño; yo llevaba meses escribiendo La isla de Bowen y, cuando iba más o menos por la mitad de la obra, recibí una llamada de Elsa Aguiar, la entonces directora editorial de SM. Me pidió una novela destinada a leerse en IPhone y vinculada de algún modo a Internet. Le dije que le contestaría en una semana; si para entonces se me ocurría algún argumento, aceptaría. Y se me ocurrió.

            Interrumpí lo que tenía entre manos y escribí la novela muy rápido para poder cumplir la fecha de entrega. Luego, lo del IPhone se torció y La estrategia del parásito acabó publicándose en papel al año siguiente. Elsa había enfermado y para esa edición colaboré por primera vez con Gabriel Brandariz, por entonces editor y hoy Gerente de la editorial. Fue un caso de amor a primera vista; ambos descubrimos que, pese a la diferencia de edades (Gabriel es insultantemente joven), ambos estábamos igual de locos y nos gustaban las mismas cosas.

            Cualquiera que conozca mi obra sabe que mis protagonistas casi nunca son héroes de acción, sino personas normales que se ven envueltas en circunstancias extraordinarias. Me parece mucho más interesante ver cómo se desenvuelve ante el peligro alguien como tú o como yo, que asistir al reparto de mamporros de un gañán con exceso de testosterona. En La estrategia del parásito llevé lejos eso del héroe que no lo es.
 

 
            Se trata de un thriller. Óscar Herrero, el protagonista de la novela, es un estudiante de periodismo de 22 años, un tío de Burgos enteramente normal. Un día lee en el periódico que un antiguo compañero de colegio, Mario Rocafort, ha muerto en un accidente de moto. Óscar no mantenía ninguna relación con Mario, así que se sorprende mucho cuando, poco después, recibe una carta que su ex-compañero le envió justo antes de morir, acompañada de un pendrive. En la misiva, Mario le pide que, si no tiene noticias suyas en una semana, intente localiza a un profesor de la faculta de informática llamado Figuerola y le entregue el pendrive. También le da una serie de instrucciones sobre las precauciones que debe tomar para examinar el pendrive. Óscar descubre que Figuerola ha desaparecido, y entonces mete la pata al incumplir una de las instrucciones de Mario. A partir de ahí, su vida se convierte en una pesadilla.

            Imaginaos que alguien o algo (denominado “Miyazaki”) controla Internet y todo lo que está directa o indirectamente conectado a la Red. Y ahora imaginaos que ese misterioso ente decide putearos usando todo su poder. Eso es lo que le pasa a Óscar. De repente, se ve obligado a huir y esconderse, porque la policía le busca acusado de asesinato y unos sicarios quieren matarle. Y ni siquiera sabe por qué. Durante su huida, Óscar mete la pata varias veces (como la meteríamos todos en su lugar). Esas torpezas, esa fragilidad del protagonista, para mí lo hacen más interesante, aunque no todo el mundo estuvo de acuerdo.

            Recuerdo que un chico escribió en su blog una reseña de la novela. Le había gustado mucho, pero añadió que no soportaba al protagonista. “¡ES TONTO! ¡TONTO! ¡TONTO!”, escribió. Ya, lo es; pero ponte tú en su lugar.

            La novela tiene una peculiaridad: su final está en una página de Internet. Y es un final abierto. (Por cierto, algunos lectores confesaron que se habían llevado un susto de muerte al ver ese final) Aunque, si te paras a pensarlo, no lo es tanto. El poder al que se enfrentan los personajes es tan desmesurado que resulta imposible enfrentarse a él. Punto final. O, al menos, eso creía yo entonces.

            Como siempre ocurre cuando publico una novela, procedí a olvidarme de ella. Pero años después, por algún motivo que no recuerdo, volví a pensar en su argumento. ¿Realmente el problema que había planteado no tenía solución? Me puse a darle vueltas. No podía sacarme un as de la manga ni recurrir a un tramposo deus ex machina; tenía que ser algo que ya estuviese en la primera novela…Y lo encontré. Además, era una solución que, si lo pensabas bien, contenía un problema aún mayor y casi filosófico. Eso me gustaba.

            Le propuse a Gabriel convertir La estrategia del parásito en un trilogía y, como está loco, aceptó. Así que escribí dos novelas más. Y la primera de ellas, llamada Manual de instrucciones para el fin del mundo, ya está en las librerías, junto con una renovada reedición de La estrategia... La trilogía, llamada Crónicas del parásito, se completará con la tercera entrega, La hora Zulú, que aparecerá en septiembre.

            La primera novela era voluntariamente claustrofóbica. Se centraba en dos personajes (Óscar y Judit, la ex de Mario) durante menos de dos semanas. Pero Miyazaki supone un peligro mundial, así que en Manual de instrucciones para el fin del mundo he ampliado la mirada; se introducen nuevos personajes y la acción se desarrolla en más escenarios, aparte de España: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón. El argumento de esta segunda novela se centra en la formación de un pequeño y extravagante grupo de personas que se unen para hacer frente a la amenaza de Miyazaki. También retoma a los principales personajes de la anterior novela. Lo cual permite que Óscar, después de casi un año huyendo, aprenda y deje de hacer tantas tonterías. Y, por cierto, como su nombre indica, la novela habla de un simpático sistema para acabar con la humanidad.

            Ah, y una curiosidad: Los tres títulos de Crónicas del Parásito son en parte un juego metaliterario en el que la ficción se confunde con la realidad. Pues bien, en las novelas segunda y tercera aparecen dos personajes peculiares. Uno es un escritor llamado César Mallorquí, y el otro su mujer, María José Álvarez, Pepa. Soy mi propio personaje, lo cual significa que soy mi propio padre. De tal astilla, tal palo.

            En fin, queridos merodeadores, Manual de instrucciones para el fin del mundo ya está en las librerías. Y también la bonita reedición de La estrategia del parásito. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Corred a comprarlas, insensatos!

sábado, marzo 2

Políticos




            El domingo 1 de octubre de 2017, fecha del célebre referéndum catalán (que por lo visto era de mentirijillas), Pepa y yo estábamos en Barcelona. En realidad, saliendo de Barcelona, pues habíamos pasado el fin de semana allí y regresábamos en coche a Madrid. Salimos temprano, así que no fuimos testigos de ningún incidente; pero pasamos por delante de cientos, miles de banderas esteladas. La ciudad estaba llena de ellas.

            Recuerdo que por el camino comenté con Pepa que lo que más me jodía del nacionalismo catalán era que, por el principio de acción/reacción, azuzaría al nacionalismo español. Madre mía, cómo me jode a veces tener razón. Cuando llegamos a casa nos encontramos con que nuestra calle estaba plagada de banderas españolas. El jueves, cuando salimos, sólo habría un par, pero al cabo de tres días se habían multiplicado como una plaga. Creo que nuestra terraza era la única en la que no ondeaba un trapo.

Detesto el nacionalismo; me parece un sentimiento cuasi-religioso, paleto, miope y destructivo (sólo hay que recordar las monstruosas consecuencias del nacionalismo en el siglo XX). Pues bien, ¿que no quieres caldo? Toma dos tazas. Al efervescente resurgimiento del cavernario nacionalismo catalán le ha seguido el no menos espumoso alzamiento del cavernario nacionalismo español.

            Ahora es el momento de citar a Samuel Johnson (y a  Kirk Douglas, y a Kubrick): “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Porque el patriotismo es un eficaz medio de control social, que los canallas catalanes (esa derecha burguesa que se hinchó a robar mientras estaba en el gobierno) y los canallas del resto de España (esa derecha de Barrio de Salamanca que se puso ciega a robar cuando gobernaba), utilizan para tapar sus trapos sucios. Y mientras tanto, el pueblo, esos catalanes que son “buena gente”, o los otros que son “españoles de bien”, entran al trapo como becerros y bailan al son que les tocan, sin pararse un segundo a pensar. Supongo que el pensamiento está sobrevalorado. Mejor embestir.

            Pues bien, como era de prever, gran parte de la sociedad española se ha volcado a la derecha, porque es la derecha quien siempre ha preservado las esencias del nacionalismo español. Lo que pasa es que las cosas no han ido como yo pensaba (sino mucho peor).

            De hecho, soy famoso por lo errado de mis previsiones políticas. No doy ni una. Por ejemplo, siempre había pensado que el hecho de que, tras el derrumbe de la UCD, sólo hubiera un partido que aglutinara a toda la derecha, desde el centro hasta el extremo diestro, era una anomalía democrática. Así que, cuando entró en escena Ciudadanos, creí que el asunto se iba a solucionar; el PP se quedaría en la derecha extrema y Ciudadanos en el centro derecha. Por fin una derecha civilizada, pensé tontamente…

            Porque me había olvidado de Vox. Ahí estaban los trogloditas, agazapados, sin que nadie les prestara atención. Y de pronto, zas, los tienes  delante de tus narices, mostrando orgullosos su patriótica estampa de señoritos a caballo. Qué miedo me dan, madre mía; qué miedo y qué asco. Y qué dejà vu tan siniestro.

            Pero lo que ha pasado después me ha dejado aún más turulato. Pensaba yo que los distintos partidos conservadores buscarían, cada uno, su propio nicho en el espacio de la derecha, pero qué va. Vox se ha quedado en lo que es: extrema derecha. Pero el PP, por razones que luego intentaré explicar, se ha corrido tanto a la diestra que resulta difícil diferenciarlo de los del diccionario. Y Ciudadanos, hala, también ha girado hacia el extremo. Y ahí tienes a los tres, peleando por el voto jurásico.

            Siempre he pensado que los líderes políticos actúan en base a sus propios intereses. No los de sus conciudadanos, ni los de su partido: los suyos personales como individuos. De todos los líderes que van a competir en las elecciones, quien más se la juega es Pablo Casado. A Vox para triunfar le basta con entrar en el Parlamento, cosa que ocurrirá seguro, de modo que Abascal tan tranquilo. Ciudadanos incrementará con seguridad sus escaños; aunque Rivera no llegue a gobernar, nadie de su partido le discutirá el liderazgo. El PSOE será, según todos los indicios, el partido más votado; gobierne o no, Pedro Sánchez no temerá que sieguen la hierba bajo sus pies.

En cuanto a Podemos, todo augura que se pegará un señor batacazo, pero como Iglesias ya ha eliminado toda la competencia interna y ha hecho del partido su cortijo, no tendrá problemas.

            Lo de Casado es distinto. De entrada, no está consolidado como líder del PP, y muchos en su partido están esperando y deseando que se la pegue. En segundo lugar, está en un partido herido por la corrupción y los escándalos. Por último, tiene una hemorragia de votos que se van a Ciudadanos y, sobre todo, hacia Vox (de hecho, Vox es un destilado del PP). Va a perder escaños por un tubo. La única oportunidad que tiene Casado de salvar la cabeza es que los tres partidos de la derecha consigan la mayoría mediante una alianza y que el PP quede por delante de Ciudadanos, de forma que pueda gobernar. Cualquier otra opción, kaput.

            Si intentáis poneros en su piel (ya sé que es difícil, pero encasquetarse un chaleco acolchado ayuda a conseguirlo), os daréis cuenta de que Casado está haciendo lo único que puede hacer. La mayor pérdida de votos del PP es hacia Vox, de modo que para intentar recuperar a esos votantes, Casado se ha escorado radicalmente hacia la derecha (que probablemente sea lo que le mole, pero da igual). Además, así le será más fácil negociar una posible alianza con esos machotes a caballo.

            Lo que ya no entiendo es el comportamiento de Ciudadanos. Su nicho natural es el centro-derecha; ¿qué gana Rivera yéndose a la caverna? Vale, por lo visto tenía una fuga de votos hacia Vox; pero cabe suponer que si se va demasiado a la derecha perderá votos en beneficio del PSOE. Por otro lado, Ciudadanos nació como reacción frente al nacionalismo catalán. Su principal seña de identidad es el nacionalismo español. Así que ahí tienes a Rivera, Casado y Abascal, compitiendo a ver quién la tiene más grande (la bandera, la bandera). Aunque creo que, en el fondo, se trata de algo más primario. Hubo un momento en que las encuestas daban como ganador a Ciudadanos; Rivera ya se veía en el trono. Y de pronto va Pedro Sánchez y organiza una moción de censura. Y lo que es peor: la gana. Y las aspiraciones de Rivera, su rápido ascenso al poder, se esfuman. No sé, creo que es como un niño al que le enseñan un juguete para, acto seguido, quitárselo. Tiene una pataleta.

            ¿Y qué pasa con la izquierda? Creo que Pablo Iglesias es un hombre talentoso que, cegado por la vanidad y la ambición, no ha parado de meter la pata hasta dejar su partido hecho una ruina. Podemos se pegará un batacazo en las generales, aunque probablemente menor de lo que auguran las encuestas (al menos, eso espero). Respecto a esto, puedo alardear de una de mis escasísimas predicciones políticas acertadas. Cuando Podemos estaba en la cresta de la ola, auguré que acabaría deshinchándose hasta ocupar el nicho natural de la izquierda extrema (que antes pertenecía a IU); es decir, en torno al 10 o al 15 %

            En cuanto al PSOE, creo que Pedro Sánchez es un mediocre. Pero también me parecen mediocres el resto de los políticos españoles. Además, Sánchez es un mediocre, sí, pero no un sociópata. Como sí lo es algún que otro líder del bloque de la derecha.

            Hace años, juré que no volvería a hablar de política en el blog, porque me indignaba demasiado. Pero lo acabo de incumplir, y lo volveré a hacer en las próximas semanas. Pasé mis primeros 22 años de vida en el seno de una dictadura fascista; no quiero volver a nada que me recuerde a aquello. Y últimamente, amigos míos, llega a mi delicada nariz un tufo facha de lo más alarmante.

            Cuando la utopía queda lejos, y la distopía se aproxima, lo que hay que hacer es apostar por el mal menor. No es emocionante, pero sí muy práctico.

martes, enero 29

¿Maestro?




            Una de las palabras más bonitas del español es “maestro”. Lo es porque hace referencia a uno de los trabajos más importantes y honorables que existen. El oficio de enseñar, proyectar luz en la oscuridad, transmitir sabiduría. No hay palabras para describir la deuda que tenemos con los maestros.

            Pero “maestro” tiene otros significados. Según la RAE, en su primera acepción: Adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase. Es decir, un/a maestro/tra es una persona que realiza una labor de forma sensiblemente mejor que sus colegas. Por ejemplo, y sin pasar de la B, el Bosco fue un maestro de la pintura, Bach de la música, o Borges de la literatura.

            Digo esto porque de un tiempo a esta parte algunas simpáticas personas tienen la amabilidad de referirse a mí, directa o indirectamente, como “maestro” (cabe suponer que maestro en la escritura, porque la danza no se me da del todo bien). Vale, ante todo: “Gracias”. Y a continuación: “Pero no me lo merezco”.

            Dicen que quien rechaza un halago es porque quiere oírlo dos veces. No es el caso, creedme. Porque el hecho de que me llamen maestro me genera unos cuantos problemillas. El primero de ellos: que despierta mi latente síndrome del impostor.

            En el fondo de mi ser, albergo la sospecha de que soy un bluf. Tengo la sensación de que todos los éxitos y reconocimientos que he conseguido como escritor se deben a la suerte o, aún peor, a haber conseguido engañar a un montón de gente. Es decir: no me merezco lo que tengo. En fin, procuro no pensar mucho en ello; pero cuando me llaman maestro el síndrome despierta cual Godzilla y empieza a corroerme por dentro.

            El segundo problemilla tiene que ver con el ego. Detesto a la gente vanidosa, así que toda la vida he luchado por mantener mi ego estable, procurando evitar que se hunda, pero sobre todo impidiendo que se hinche. Si de verdad creyese que soy un maestro, ¿en qué clase de gilipollas me convertiría?

            Por último, estoy convencido de que aquellos que me llaman maestro lo hacen por deferencia, no porque piensen que soy un auténtico maestro de la literatura. Es una muestra de amabilidad, y como tal la agradezco de todo corazón, en serio. Pero también es una señal. Hace diez años nadie me llamaba maestro. Ahora sí. ¿Qué ha cambiado? Sencillo: mi edad. Mucho me temo que me llaman maestro por la simple y deprimente razón de que soy viejo. Así que me lo tomaré como un piropo inmerecido y una muestra de respeto a mis canas. Gracias de nuevo. Pero no soy un maestro.

            Siempre me he considerado, en cuanto a calidad, un escritor de clase media. No soy un estilista de la prosa (ni quiero serlo); no he abierto nuevos caminos en la literatura; no he abordado grandes y profundos temas.  Soy un escritor de género (o más bien de géneros) cuya máxima ambición es narrar historias lo mejor posible. Nunca he pretendido ser un artista, pero sí un buen artesano.

            Mi estilo literario es, en general, clásico; lo cual significa que copio a un montón de autores mejores que yo. Aunque, eso sí, aportando mi toque personal, esa huella particular que, para bien o para mal, hace diferente lo que escribo. Así que, ya veis, no soy un maestro, sino un alumno.

            En un país  donde lo que siempre ha primado ha sido la literatura realista, a mí el realismo a palo seco tiende a aburrirme. Creo, como reza la atinada frase, que la realidad es lo que inventan las personas que tienen poca imaginación. Prefiero los sueños, porque sin sueños la vida sería un coñazo. Y soñar no está bien visto en este país de gente adusta y sombría. Nada de eso me da puntos para alcanzar la maestría, más bien al contrario.

            Pero es que, además, aunque pudiera no querría ser un maestro. ¡Por Júpiter, qué responsabilidad! Me sentiría obligado a ir por el mundo con aire circunspecto, las manos entrelazadas a la espalda y diciendo “hum…” y “mmm…” en tono severo. Acabaría tomándome en serio a mí mismo, y no concibo mayor pecado para alguien que le gusta soñar y se dedica a la ficción.

            En 1950, durante la caza de brujas de McCarthy, tuvo lugar una reunión de la junta del Sindicato de Directores de Estados Unidos, cuyo objetivo era dirimir si se expulsaba a Joseph L. Mankiewicz por negarse a colaborar con el inquisitorial  Comité de Actividades Antiamericanas, y confeccionar una lista negra de directores. El principal impulsor de ambas medidas era Cecil B. De Mille. En un momento del debate, John Ford pidió la palabra y, antes de poner a parir a De Mille, se presentó a sí mismo de la siguiente manera: “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”.

            Por aquel entonces, Ford era el director más respetado de Hollywood. Quizá sea el mejor realizador de la historia del cine. Si alguien merecía ser tildado de maestro, era él. Sin embargo, a la hora de presentarse, Ford se limitó a decir “hago películas del oeste”. Bravo, esa es la actitud. Por mi parte, y sin pretender ni remotamente equiparar mi pobre talento al suyo, me gustaría presentarme diciendo: “Me llamo César Mallorquí y cuento historias”. Pero, ¿maestro?... Qué va.

            Así que, si algún día me llamáis “maestro”, sé que lo haréis por amabilidad y responderé al halago con una sonrisa, intentando olvidar que en el fondo me estáis llamando “viejo”. Cabrones, que sois unos cabrones. Pero encantadores, eso sí.