martes, abril 26

Eduardo Mallorquí (VII)


Tras su regreso a Madrid, Eduardo alquiló un apartamento en el mismo edificio de la calle Doctor Fleming donde había vivido cuando se casó con María Pilar, y allí se instalaron Alicia y él. En fin, no deja de ser lógico; mi hermano ya conocía esas viviendas y ese barrio, pero creo que también hubo algo de simbolismo en la decisión. Doce años atrás, Eduardo había comenzado su anterior vida, su primer matrimonio, en ese lugar; regresar allí era como borrar aquel fracaso, como anular la larga década de borracheras, como empezar de nuevo desde cero. Pero Eduardo ya no era el mismo de antes; de hecho, ya nada era lo mismo.


Mi hermano tenía suficiente dinero en el banco como para aguantar uno o (estirándolo mucho) dos años, pero necesitaba encontrar una fuente de ingresos. El camino más lógico y rápido hubiera sido volver a traducir, pero había un problema: Eduardo odiaba la traducción. Hay que tener en cuenta que, en su mente, en el “programa vital” que le inculcaron de niño, traducir había sido una etapa de aprendizaje cuyo objetivo era prepararse para ser un “creador” libre e independiente. Por tanto, volver a traducir habría significado aceptar un nuevo fracaso. Así que Eduardo comenzó a explorar sus viejos contactos en busca de posibles salidas profesionales. Por desgracia, le quedaban muy pocos contactos y no sacó nada en claro.

Ahí se produjo una de nuestras primeras fricciones. Muchos años atrás, a mediados de los 70, Eduardo intentó entrar como creativo en la agencia de publicidad J. Walter Thompson y no lo consiguió. Aquello fue una afrenta para su ego, de modo que, como yo llevaba tres años trabajando en publicidad, me pidió que le ayudara a entrar en el sector. Lo que me pedía era imposible; ninguna agencia contrataría a un cuarentón sin la menor experiencia en el medio. Eduardo, sencillamente, ya era demasiado viejo para la publicidad. Pero no me atreví a decírselo con claridad y eso, lo reconozco, fue una equivocación.

Entre tanto, Eduardo había comenzado a preparar un proyecto de serie televisiva, lo que más adelante sería Tristeza de amor. Por aquel entonces no nos veíamos con excesiva frecuencia. Yo acababa de casarme y me había cambiado de agencia recientemente; estaba muy liado y sólo me reunía con mi hermano algunos fines de semana. No era fácil relacionarse con él; la radicalización de su carácter que intenté describir en la anterior entrada hacía muy difícil su compañía. Llevarle la contraria sobre casi cualquier tema suponía arriesgarse a una bronca de mil demonios o a convertirse en blanco de sus ácidos dardos verbales. Lo más sencillo era darle la razón y cerrar la boca. No, ya no era nada cómodo estar con él.

Pasó el tiempo; Eduardo había presentado en TVE el proyecto de Tristeza de amor, pero la decisión final se demoraba. Un día me llamó por teléfono para pedirme dinero prestado. Creo que trescientas mil pesetas, no estoy seguro. Le dije que sí, por supuesto; en aquel momento no tenía ese dinero, pero podía conseguirlo en tres o cuatro días. Entonces él me contó que también le había pedido pasta, un millón de pesetas, a su amigo Simón, pero que éste tenía que solicitar un crédito al banco y tardarían en concedérselo. Simón era el dueño del bar donde Eduardo había pasado años emborrachándose, un bar de barrio que él mismo atendía. Simón era un tipo de clase media, trabajador e increíblemente amable, casado y con dos hijas. La última persona del mundo a la que Eduardo debía sablear. Me enfadé con él, le dije que no podía hacer eso, que era un abuso. Él me dijo que estaba sin un duro, que qué podía hacer si no. Y yo le contesté: “Trabajar, coño; vuelve a traducir de una puta vez”. Me colgó el teléfono.

Yo estaba muy enfadado con él, estaba harto de su mal carácter, de su intolerancia, de su egoísmo, estaba hasta la coronilla de que a su lado todo fueran problemas y más problemas. No le llamé durante varias semanas, un mes quizá; hasta que, a través de un amigo común, me enteré de que TVE había aceptado producir Tristeza de amor. Entonces le telefoneé para felicitarle y él me respondió con frialdad: “A partir de ahora, César, si coincidimos en algún sitio nos saludaremos correctamente, pero, por lo demás, no vuelvas a dirigirme la palabra”.

Recuerdo ese instante con absoluta claridad. Fue uno de esos momentos en los que la vida se divide en dos senderos. En un universo paralelo, yo intenté apaciguar a mi hermano y acabé reconciliándome con él. En este universo, tras un breve, pero intenso, instante de reflexión, le dije: “De acuerdo, como quieras. Adiós”.

Eso ocurrió en 1985. Fue la última vez que hablamos; nunca nos volvimos a ver.

¿Estaba cabreado con él? Hasta la médula, mucho, muchísimo. Y no pretendo que toda la culpa fuera de mi hermano; sin duda, yo también la tuve. Reconozco que acogí su regreso a España con recelo, y que ese recelo, de alguna forma, debió de quedar patente. Pero, ¿sabéis?, tenía todo el derecho del mundo a estar receloso. Fue Eduardo quien la cagó, así que a él le correspondía ganarse de nuevo la confianza de los demás. Y no fue esa su actitud; al contrario, era como si nada hubiera pasado, como si la locura de su vida anterior no hubiera afectado a cuantos le queríamos y, por tanto, no le debiese nada a nadie. Más bien parecía lo contrario; dado que lo había pasado tan mal, los demás estábamos en deuda con él. Aunque, veréis, en realidad la cuestión era mucho más sencilla. Durante un tiempo, durante mi adolescencia y primera juventud, adoré a Eduardo. Luego, mi hermano pasó por una especie de trituradora y, finalmente, logró recomponerse. Pero la persona que surgió de ese proceso no era ni remotamente el Eduardo a quien yo tanto quería, sino la caricatura de sus peores defectos, una versión grotesca de sí mismo. No me gustaba la persona en que se había convertido mi hermano. No me gustaba lo más mínimo.

Tiempo después, José Carlos me sugirió la posibilidad de interceder con Eduardo para que nos reconciliáramos. Lo medité. Ya no estaba enfadado, no le guardaba ningún resentimiento. Pero la mera idea de volver a reunirme con él, con ese Eduardo radical y tonante, me ponía nervioso, así que mejor dejar las cosas como estaban. Eduardo había decidido que no nos habláramos y yo acaté su decisión. Si quería hacer las paces, yo no pondría problemas; pero jamás daría el primer paso. Y, aunque cueste creerlo, no actué así por orgullo, sino por algo peor: por puro egoísmo, porque sabía que Eduardo jamás daría marcha atrás y yo estaba convencido de que mi vida sería más serena sin él que con él.

En cualquier caso, perdimos por completo el contacto, así que no soy testigo directo de lo que voy a relatar de aquí en adelante. Lo que sé, lo sé a través de amigos comunes, por su Diario y por lo que mucho más tarde me contaría Zulma, su última pareja. Tampoco tengo fotos de Eduardo posteriores al 85. En realidad, apenas podré aportar detalles, y las fechas serán necesariamente vagas. Pero en el fondo no importa; incluso puede que sea mejor obviar las anécdotas y centrarnos en el devenir de la historia.

Tristeza de amor se emitió por TVE en 1986. La serie, compuesta por trece episodios de 60 minutos, cuenta la historia de Ceferino Reyes (Alfredo Landa), un locutor de radio que regresa a España después de un exilio laboral en Sudamérica para trabajar en la Cadena COI presentando un programa nocturno, llamado precisamente Tristeza de amor, junto con Carlota Núñez (Concha Cuetos), una mujer con la que mantuvo una relación complicada en el pasado. Ese programa es la última oportunidad de Ceferino para redimirse profesionalmente, y también la ocasión para vengarse de Sebastián Figueras (Carlos Larrañaga), el director de la cadena, que en el pasado le había despedido injustamente, obligándole a abandonar España. Por lo demás, la serie describía el mundo de la radio, un medio que Eduardo conocía bien gracias al trabajo de nuestro padre.

Tristeza de amor tuvo mucho éxito. No guardo un recuerdo muy nítido de ella, pero creo que estaba bien, que era una buena serie. Hablaba de un mundo moderno, de profesionales interactuando en un entorno ciudadano y hasta cierto punto cosmopolita. Probablemente fue la serie adecuada para el momento adecuado, la postransición, cuando los españoles nos estábamos volviendo europeos. Además, no cabe duda de que Eduardo puso el alma en ella, porque en realidad estaba contando su propia historia idealizada. Ceferino Reyes, un malhumorado, pero excelente, profesional es traicionado por un hijo de puta envidioso y politiquero, pierde su empleo y se ve obligado a emigrar a Sudamérica con el rabo entre las piernas. Unos años después regresa a España y, gracias a su indiscutible talento, triunfa y se venga de quien le traicionó. Así es como se veía Eduardo a sí mismo. Ah, al final de la serie, Figueras, el malvado director de la cadena, entraba a trabajar en una agencia de publicidad, demostrando así lo deleznable y vendido que era. Eso, supongo, fue un dardo de mi hermano expresamente dedicado a mí.

Ahora vamos a detenernos un instante. Tristeza de amor triunfó y Eduardo se convirtió en el nuevo guionista estrella de TVE. Había vencido, por fin tenía lo que durante tanto tiempo había ansiado: éxito, dinero, reconocimiento. Ya está, lo más difícil ya lo había logrado. Y eso significa algo: Es tentador considerar que el desastre de la vida de mi hermano se debió a los extraños e inseguros caminos vitales y profesionales que siguió, pero no es así. Recorriendo esos mismos caminos, Eduardo alcanzó su meta. Llegó a la cumbre y... y acto seguido se despeñó, como veremos. Pero nada de lo que le ocurrió fue culpa del más o menos proceloso mundo en que se movía, sino de él mismo. Igualmente podríamos considerar que el alcohol tuvo la culpa de su anterior desastre vital, pero de nuevo nos equivocaríamos. El alcohol era un síntoma, no la enfermedad, porque el verdadero problema de Eduardo era Eduardo. Por supuesto que, en su momento, el alcohol empeoró las cosas; pero al final mi hermano cavó su propia tumba estando completamente sobrio. Todo lo que le impedía ser feliz formaba parte inseparable de él.

Pero ahora estamos en 1986, su momento de gloria. El año anterior, supongo que justo después de escribir la serie, Eduardo convirtió los guiones en novela (igual que había ayudado a hacer a nuestro padre tantas veces) y la publicó bajo el sello Planeta en octubre de 1985 (Colección Fábula 179). Tristeza de amor, la novelización de su serie televisiva, fue el único libro que publicó jamás. Ignoro qué tal funcionó, pero, en cualquier caso, Eduardo ya era guionista de éxito y novelista publicado, todo de la misma tacada. Además, TVE le había dado carta blanca para que comenzase a trabajar en su siguiente serie. Las cosas iban viento en popa.

Entonces, supongo que en 1987, Eduardo tomó una decisión peculiar: dejó el apartamento de Doctor Fleming, alquiló un chalet en Cercedilla, un pueblo de la sierra de Guadarrama situado a cincuenta y siete kilómetros de Madrid, y allí se trasladaron Alicia y él. La cuestión es que mi hermano era el perfecto urbanita, un individuo muy poco amante de la naturaleza; entonces, ¿por qué se fue a vivir a un pueblo? No tengo ni puta idea, pero se me ocurre una posible explicación. Veréis, Eduardo estaba muy influido por la cultura británica, era gran admirador de escritores como Chesterton, Huxley, Wodehouse, Russell o Evelyn Waugh. Sospecho que en su mente había forjado la idílica imagen del escritor que se retira a una mansión de la campiña para componer con tranquilidad sus mejores obras, un gentleman farmer ilustrado que reflexiona sobre su trabajo mientras pasea por el campo junto a su fiel perro. No estoy seguro, pero creo que así se veía Eduardo. Incluso se compró un perro, una mastín llamada Trauma. Y en este contexto, en esa Arcadia de andar por casa que se había fabricado, Eduardo comenzó a escribir su siguiente, y último, proyecto televisivo, la serie Para Elisa. Su definitivo desastre.

No quisiera acabar esta entrada sin comentar algo. La sintonía de los créditos de Tristeza de amor era una canción de Hilario Camacho titulada de igual manera. Seguro que la habéis oído muchas veces, porque fue su canción más conocida. Pues bien, en 2006 Hilario Camacho se suicidó a los 58 años de edad, igual que mi hermano.

Estoy donde estoy por mis errores. Trabajar para TVE fue uno de ellos; pero no fue el “error madre” ni “la madre de todos los errores”. Tampoco tuve tanto donde elegir”.
Diario, Eduardo Mallorquí. 15 de octubre de 1992

Continuará


4 comentarios:

Vanbrugh dijo...

Vi "Tristeza de amor" en 1986. (La memoria me juega malas pasadas: la ví en 1986, eso seguro, pero habría jurado que ese año la vi... por segunda vez. No es posible que hubiera habido un pase anterior ¿verdad?) Fue la primera serie a la que me enganché, y una de las pocas cosas que en aquella época me hacían mirar la tele. Recuerdo que me pareció una serie estupenda -no sé qué me parecería ahora, es cierto que entonces éramos mucho menos exigentes- y me gustaba particularmente el guión, francamente inteligente y divertido. Aún recuerdo el personaje de un travestí redicho, que tenía frases geniales, como "Hace muchos años ha...", o como llamar "el chivo espiatorio" a un tipo del que creía que le espiaba.

Amaranta dijo...

Yo también vi Tristeza de amor y me encantó, me enganchó yo creo que incluso más que Candy Candy.

Anónimo dijo...

Creo recordar que demandó a los del equipo de Para Elisa por aplastar su guión para adaptarlo a los problemas de producción de última hora que tuvieron... Una pena, se cerró puertas. :(

Jmiguel.

Anraman dijo...

Recuerdo "Tristeza de amor" como una serie con guiones muy inteligentes, con un punto de amargura y otro de humor (vamos, como la vida misma). Los que la han visto recientemente comentan que es una serie que no ha perdido ni mucho menos con los años. Me dan ganas de volver a verla.