martes, febrero 14

JMM (José María Moreno)


Creo, y no es un pensamiento original, que el núcleo básico de lo que somos, el armazón que sustenta nuestra personalidad, se forma durante los once o doce primeros años de vida. Construimos nuestra identidad sobre un niño y crecemos como una cebolla, formando capas que se superponen, pero el niño siempre está ahí. A veces, es cierto, tan oculto, tan asfixiado por la mordaza del adulto, que casi no se le percibe. En otras ocasiones, al niño se le ve con nitidez incluso en los tipos más añosos. El caso es que, lo percibamos o no, el niño está ahí.


Si hago memoria, no me resulta difícil encontrar en mi niñez las semillas de lo que luego, al crecer, conformaría mi personalidad. Por ejemplo, cuando yo tenía alrededor de siete años, mi hermano José Carlos me explicó lo que eran las estrellas y lo lejos que estaban, y aquello me produjo un asombro tan grande que aún me dura. Ahí está la raíz de mi interés por la ciencia, pues en la ciencia siempre he buscado lo mismo: asombro. Por otro lado, habiendo nacido en la casa de un escritor, rodeado de ficción por todas partes, no es sorprendente que fuera un niño soñador, con la cabeza siempre en las nubes, y tampoco es de extrañar que ese niño acabara convirtiéndose en el soñador profesional que ahora soy. Quizá a partir de cierto momento, puede que muy temprano, ya no añadimos nada nuevo a nuestra identidad, y todo lo que nos queda por hacer es desarrollar (o no) lo que ya tenemos.


Así pues, los acontecimientos de la infancia, por pequeños que sean, tienen una inmensa importancia en nuestras vidas. Al principio, todo ocurre en el seno de la familia. Si las cosas van bien, ahí encontramos refugio y sosiego; la familia es como una cálida matriz que nos mantiene protegidos y aislados del mundo. Pero luego aparecen otras influencias. Llega un momento en que comenzamos a apartarnos de la familia (protectora, sí, pero demasiado agobiante) y descubrimos a nuestros semejantes: los amigos. Y, de pronto, la amistad es mucho más importante que la propia familia. No hay amistades tan intensas como las de la infancia.



Cuando yo era pequeño y jovenzuelo –digamos que entre los 9 y los 19 años-, tenía muchos amigos, pero dos de ellos eran los principales, mis mejores amigos más grandes del mundo: Tito y José Mari, ambos compañeros de clase en el colegio San Alberto Magno. A Tito ya le conocéis; merodea por aquí bajo el alias “Samael” (no estoy desvelando su identidad, porque “Tito” es un hipocorístico) y de José Mari ya os he hablado; de hecho, transcribí algunas de sus poesías hace ya casi seis años (si queréis saber algo más sobre él leed la entrada “Routier” pinchando AQUÍ). Éramos muy diferentes: José Mari, tímido y reflexivo; Tito, abierto y expansivo; y yo... en fin, no sé muy bien cómo era yo entonces. En cualquier caso, éramos diferentes, sí, pero de algún extraño modo complementarios. Durante una década fuimos inseparables.


Luego, durante la pos-adolescencia, algo cambió. Tito y yo seguimos siendo amigos (siempre lo hemos sido); nos veíamos con frecuencia e incluso llegamos a trabajar juntos. Pero nos distanciamos de José Mari. ¿La razón? Tito y yo nos convertimos en un par de cabras-locas, dos balas perdidas siempre de juerga, mientras que José Mari, de naturaleza sensata y tranquila, se dedicó a tareas más elevadas. Nuestras sendas vitales divergieron, como tantas veces sucede con las amistades de la infancia. Comenzamos a reunirnos con menor frecuencia; luego, de pascuas a ramos y, finalmente, dejamos de vernos casi por completo.


No obstante, pese a la ausencia y la distancia, siempre he considerado a José Mari uno de mis mejores amigos. ¿Cuánto hay de él en mí? Mucho, igual que de Tito. Crecimos juntos, nos influimos los unos a los otros; dejamos huellas indelebles. Fue como si cada uno hubiera depositado trocitos de sí mismo en los demás. Charlas eternas durante tardes infinitas, el amor a los cómics (y muy especialmente a Tintín), los primeros pitillos, las primeras copas, las maquetas de Revell, los libros, el cine, largas sesiones de futbolín y ping pong, el Scalextric, garbanzos de pega, caramelos Saci, bolsas de pipas, paseos interminables sin rumbo fijo... todo eso, y mucho más, nos hermanaba. En algún momento fuimos algo así como una gestalt. José Mari & Tito & César.



Decidí distanciar este post, alejarlo un poco de la alegría del premio que gané recientemente. Tampoco quiero, por otro lado, convertir Babel en una especie de obituario; pero ¿qué le voy a hacer si la gente tiene la manía de morirse? Además, esto es especial. Especial y jodidamente doloroso.


El pasado 24 de enero, a mediodía, cuando estaba preparando el equipaje para viajar esa tarde a Barcelona con motivo del premio Edebé, sonó el teléfono. Era la mujer de José Mari. Me informó de que su marido había muerto el pasado 8 de julio. Un maldito cáncer de pulmón se lo había llevado por delante en pocos meses.


No voy a ponerme melodramático; me limitaré a decir una cosa: con la muerte de José Mari algo de mí ha muerto también. Supongo que así es la vida: nos vamos muriendo poco a poco, conforme muere lo que amamos.


Durante los últimos quince años, José Mari, Tito y yo sólo nos vimos dos veces. La primera fue a mediados de los 90. Cuando publiqué mi primer libro, José Mari me llamó y quedamos a comer. Trabajaba en la Biblioteca Nacional, y no puedo imaginar un trabajo más adecuado para él. Le invité a mi fiesta de cumpleaños. Vino con su mujer, a quien yo no conocía, y me regaló dos cosas. Un volumen encuadernado con 10 novelas de El Encapuchado, de G. L. Hipkiss, un pulp de los años 40 al que de niños éramos muy aficionados (todo un lujo de regalo para coleccionistas, por cierto). El segundo regalo era un diminuto opúsculo de 30 páginas, autoeditado, con seis sonetos suyos: 50 sonetos ciclistas. Me escribió a mano la siguiente dedicatoria: “Para César Mallorquí, como brindis por unos tiempos en que las bicis sólo existían en sueños, y la amistad rodaba a toda máquina. Con mucho, mucho cariño. José Mari”.


Hará cosa de año y medio, decidí telefonearle de nuevo. Tito y yo nos reunimos con él en su casa, para conocer a sus dos preciosos hijos. Luego cenamos juntos y quedamos en volver a reunirnos. No tuvimos la oportunidad. En esa ocasión, José Mari nos regaló otro libro autoeditado: Galería de bibliotecarios arrepentidos, una colección de semblanzas imaginarias escrita con una mezcla de humor y erudición. La dedicatoria decía: “Para César Mallorquí, este libro de pequeñas semblanzas. Y no en pago, sino en reconocimiento de una deuda: haberme regalado él –y sin haberlo yo sabido- una semblanza infantil tan emocionante. José Mari”. La semblanza a la que se refiere apareció aquí, en el post “Routier” antes citado.


Cuando José Mari supo que estaba enfermo y que iba a morir, quiso editar otro libro, el tercero y último, reuniendo sus poesías. Una edición de 500 ejemplares sólo para sus amigos. Se llama Libro de los oficios fallidos y está editado, como los otros dos, por la ficticia Biblioteca Bulbuentina (Bulbuente era el pueblo donde veraneaba José Mari). Mi viejo amigo nunca llegó a verlo terminado. Su mujer y algunos de sus amigos lo editaron tras su muerte. Pocos días antes de morir, ya ingresado en el hospital, José Mari escribió el prólogo. Comienza así: “Ahora que está, al parecer, definitivamente desaparecido, me toca otra vez presentar un nuevo librito de JMM”. Definitivamente desaparecido... genio y figura, humor e ironía, hasta la sepultura. Como es lógico, en el libro ya no hay dedicatoria; no obstante, poco antes de su muerte José Mari elaboró una lista de las personas a quienes quería que se le regalara un ejemplar. En esa lista estábamos Tito y yo. De hecho, nuestros ejemplares están personalizados. Al final del mío pone: “Ejemplar nº CLV para César Mallorquí”. Me produce una triste alegría, me enternece. que en sus últimos momentos nuestro viejo amigo se acordara de nosotros.


El Libro de los oficios fallidos es una antología de 90 páginas con 53 poesías. Voy a transcribiros la última, llamada “Colofón”. Está dedicada a sus hijos –una niña de 12 y un niño de 8, si mal no recuerdo- y no lo sé a ciencia cierta, pero me juego las pelotas a que está escrita cuando ya sabía que iba a morir. (Disculpad si los ojos se me humedecen mientras transcribo)


Colofón

Ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niña:
que nunca enluten penas
su clara risa.

*

Y, ay, Virgen de Veruela,
guarda bien a mi niño:
nunca sea su risa
campo baldío.

Me cuesta aceptar que José Mari se ha ido, pero el muy cabrón lo ha hecho, a su modo, con ironía, en silencio, sin un lamento ni un adiós. La mayor parte de vosotros no le conoció; os hubiera gustado conocerle. ¿Sabéis cuáles eran los personajes de cómic con los que más se identificaba? El Rompetechos de Ibáñez y el profesor Tornasol de Hergé. Eso le define. Fijaos en la ilustración de la portada del libro; la dibujó el propio José Mari. Es un hipopótamo enfadado porque no le traen el café que ha pedido. Eso también le define: una mezcla de inteligencia, discreción, ironía, erudición, timidez y dulzura con unos toques naif. Era un tipo irrepetible. ¿Sabéis?, nadie le vio nunca jamás enfadado. No sabía enfadarse.


Ahora, José Mari cree que ha muerto, pero no es del todo cierto. Él, Tito y yo éramos una gestalt, ¿recordáis?, así que José Mari seguirá viviendo en nosotros. Somos una gestalt herida, es verdad, pero aún estamos aquí. De hecho, mientras alguno de los que quedamos, Tito o yo, continúe vivo, la amistad entre los tres seguirá rodando a toda máquina.


Hasta siempre, José Mari, viejo y queridísimo amigo. Jamás te olvidaré.


17 comentarios:

Anónimo dijo...

un tipo irrepetible, tu lo has dicho.
la vida es puñetera. Lo siento de veras.
Mazarbul

Carmen dijo...

Como siempre me emocionas. Te acompaño en el sentimiento al mismo tiempo que te felicito por tu gran (y envidiable) capacidad de expresión y comunicación.

Siento que hayas pasado por situaciones dolorosas tan cercanas y lo siento por ti y por los suyos, pero no por él, que está infinitamente mejor que aquí.

Gracias por compartirlo. Un beso enorme.

Jose Luis G. dijo...

Y acabé llorando...

Elena Rius dijo...

Yo también he perdido hace poco a un entrañable amigo. Como tú, creo que él sigue viviendo un poco en todos los que fuimos sus amigos. Bonita semblanza.

sfer dijo...

Tanto libro inútil en las mesas de novedades, y yo que pagaría por un ejemplar de esa "Galería de bibliotecarios arrepentidos"...

Abrazos.

Samael dijo...

César, eres un mamón, ¿lo sabes?
He intentado leer este post un montón de veces... no he podido. Hoy, por fin, me he decidido a hacerlo y he llegado hasta el final.
Espero que no haya nadie mirándome. Esto no se hace.

Ferran dijo...

Lo siento de veras César. Siempre nos dejan los mejores. Hay que vivir la vida para los que ya no están y recordarlos siempre.
Me has emocionado.
Muchos ánimos.

César dijo...

Tras escribir este post recordé algo que estaba enterrado en lo más profundo de mi memoria. Un sueño que tuve hace mucho tiempo, cuando contaba veintitantos años. Fue uno de esos sueños muy nítidos y coherentes que, mientras se tienen, e incluso después, al recordarlos, resultan indistinguibles de la realidad.

Mi sueño se desarrollaba en un futuro cercano, un futuro pos-apocalíptico de apariencia vagamente medieval. Yo formaba parte de una enorme caravana de gente; no nos dirigíamos a ningún lugar en concreto, sino que huíamos de una amenaza terrible, aunque inconcreta. Un atardecer, llegamos a un monasterio e hicimos una parada para descansar un poco y refrescarnos en un río cercano. Entré en el monasterio y un monje, que vestía un tosco sayo marrón y llevaba el rostro oculto por una capucha, salió a recibirme. El monje se apartó la capucha... y resultó que era mi viejo amigo José Mari. Nos abrazamos. Me contó que no era sacerdote (¿cómo iba a serlo un ateazo como él?), pero había decidido quedarse a vivir entre los monjes y por eso vestía como ellos. Le advertí de la amenaza que se cernía sobre nosotros, le dije que él también estaba en peligro, y le pedí que nos acompañara, pero se negó con una sonrisa. Dijo que se sentía bien viviendo en el monasterio y que no me preocupase por él. Insistí, pero fue inútil. Lo cierto es que nunca le había visto tan feliz. Nos despedimos con un abrazo y proseguí mi huída. Eso es todo.

No creo en los sueños premonitorios. No creo en la interpretación freudiana de los sueños ni en el psicoanálisis. No creo que los sueños tengan significado. Por lo general no son más pirotecnias mentales sin sentido. En realidad, nadie sabe por qué soñamos. No obstante, ese sueño que tuve con mi viejo amigo adquiere ahora cierto sentido simbólico. José Mari se queda y yo sigo adelante, sin saber adónde me dirijo ni de qué huyo.

César dijo...

Mazarbul & José Luis G & Elena Rius & Ferrán: Gracias :)

Carmen: Te veo un pco depre, reina mora. Venga, anímate :)

Sfer: Pues no te puedo conseguir un ejemplar, pero si quieres fotocopias no tienes más que enviarme un e-mail.

Samael: ¿Que yo soy un mamón? Pues vaya novedad...

Big Brother dijo...

Totalmente de acuerdo con Samael. Eres un mamón. Pero no uno cualquiera, no; "perfecto mamón" te define mejor. Estoy hasta los cataplines de tus bombas lacrimógenas.

Estigia dijo...

Una entrada hermosa y emotiva.
No suelo comentar este tipo de entradas tan personales porque, torpe yo, no sé qué decir, pero desprende tanta belleza que no podía callarme.

Un enorme abrazo, César.

Félix dijo...

Cuando me escribió Tito para decirme que José Mari había muerto y le contesté se me saltaron las lágrimas recordando aquellos años y momentos que pasamos juntos.
Compartí con él algún año más en el colegio, en la misma clase, cuando vosotros ya no estabais, pero es verdad que después perdí el contacto, creo que sólo nos vimos una vez más.
Pero hay amistades, recuerdos, cariños, más los de la infancia, que no se pierden así que pasen mil años. La patria de la infancia siempre nos llama y nos da sentido a este viajar por otros países temporales que nunca son tan acogedores.
Una vez te dije que me sentía parte de ese grupo, pero supongo que es la apreciación personal de alguien que se siente un poco como rey de picas, intentando que se le acepte cuando no hay motivo.
Verdaderamente José Mari era un tipo muy especial, y como dices seguirá en nuestra memoria, vivo.
Un abrazo y cuídate mucho

César dijo...

Félix: Fíjate en la foto central, la que tomé en el colegio. Ahí estás tú, junto a Muelas.

Verás: en las personas, la amistad se expande formando círculos concéntricos. Hay un círculo próximo donde se encuentran las amistades más íntimas. Luego, un segundo círculo en el que están las amistades entrañables, pero algo menos cercanas. En mi caso, ahí estás tú.

José Mari, Tito y yo éramos inseparables; estábamos juntos en el colegio, como es natural, pero también fuera. Nos reuníamos todos los fines de semana, siempre hacíamos planes en común. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que no tuviéramos más amigos. De modo que claro que has pertenecido a ese grupo, y de pleno derecho, sólo que un pasito más atrás.

Haciendo memoria, creo que una de las personas que más me han influido en mi vida (sobre todo por el momento en que se produjo esa influencia) fue José Mari. Además, era una magnífica persona incapaz de matar a una mosca. Y un tipo sumamente inteligente y brillante. ¿Cómo no nos va a partir el corazón su muerte?

Un abrazo

Félix dijo...

Querido César:

No sé si se van los mejores, como se suele comentar en estas necrológicas, pero tenemos que hacer lo posible porque nos esperen mucho tiempo.
A mí también me influyó mucho José Mari, y su familia. Les admiraba.
Una familia donde podías preguntarle al padre, químico, el significado de una palabra, cuando íbamos a estudiar a su casa, y era capaz a de darte 2 ó 3 acepciones.
O su madre, que era un encanto y siempre nos atendía muy bien (o estos son mis recuerdos).
Una casa llena de libros hasta tal punto que José Mari era capaz de haber cortado las páginas de un libro con una cuchilla de afeitar para guardar el paquete de Rumbo corto..., ¡un sacrilegio para mí!, pero, claro a él le sobraban...

Como me pasaba contigo y con la tuya, sobre todo con tu madre que era adorable, porque con tu padre tratábamos menos. Pero también libros por todas partes, y ciencia ficción que me metiste hasta por las orejas y que siempre te agradecí, porque por ahí empecé a coger esta bendita afición a quedarme dormido babeando un libro.

Bueno, amigo, cuídate mucho, de verdad, y disfruta todo lo que puedas, que es lo que nos queda. Yo también soy ateo practicante como José Mari y sólo podré volver a verle como tú, en sueños.
Por si no llegan o no los recuerdo, intento recordarle de vez en cuando contándole historias de la infancia a mi mujer, Asséto.

Un fuerte abrazo

PS.- Guardo la foto del colegio, como una joya. Me la mandaste después de que la viera en la parte de atrás de uno de tus libros (y me voy a copiar las fotos que has pegado de José Mari)

Anónima de las 9:59 dijo...

Alguien dijo que vivir es ir diciendo adiós a las cosas y las personas.
Con el paso del tiempo esa frase se va entendiendo mejor.
:S

Anónimo dijo...

Cayó en mis manos el LIBRO DE LOS OFICIOS FALLIDOS y estoy deslumbrada ante su poesía. Busqué en Google y hallé este blog. Qué suerte haberlo conocido. Yo lo hago solo a través de sus poemas, que valen un montón.
Marithelma Costa

César dijo...

Marithelma: Te habría encantado conocerle; él era aún mejor que sus poemas.