martes, junio 4

Kong



De pequeño yo era un niño fantasioso, siempre con la cabeza en las nubes. Me gustaban el cine, los tebeos, las novelas, la televisión y los dinosaurios, entre otras cosas. Una de mis películas favoritas era King Kong. Me refiero, claro, a la primera versión, la de 1933, dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. No sé si la vi primero en el cine -en alguna sesión doble de sala de barrio- o en la tele, pero entre una y otra pantalla la habré disfrutado más de una docena de veces; la última hace un par de meses (la tengo en DVD).


Cuando era un crío, me encantaba esa película. Solía acercarme a una librería de viejo que había cerca de mi casa para contemplar un libro en ingles que se exhibía en una de sus vitrinas. Era la versión novelada de King Kong, escrita por Edgar Wallace, y en la portada lucía un dibujo hiperrealista del gorila gigante. Me tiraba un buen rato contemplando aquella ilustración mientras soñaba con islas misteriosas llenas de bestias prehistóricas.

No estoy seguro de saber por qué me fascinaba, y fascina, tanto esa película. Sus efectos especiales fueron asombrosos en su momento, pero hoy en día (y también cuando yo era un crío) resultan entrañables y un poco naif. Kong parece lo que es, un muñequito articulado, y sus proporciones varían constantemente, siendo más o menos grande según el plano. Se construyó un rostro de gorila a tamaño real –el tamaño real de un supuesto simio gigante-, pero lo que realmente parecía era una falla valenciana. Por otro lado, si el muro de la isla está ahí para contener a Kong, ¿por qué tiene una puerta del tamaño de Kong? ¿Y por qué hay un solo gorila gigante en la isla? ¿Y cómo demonios llevaron a Kong a Nueva York? ¿Y cómo le metieron en el teatro? ¿Y cómo es posible que, al escaparse, a Kong le cueste tan poco encontrar a Fay Wray en una ciudad tan grande?

No, no hay mucha lógica detrás de King Kong (de hecho, un primate de ese tamaño no podría ni andar). Sin embargo, el film funciona como un reloj. Se trata de una aventura clásica narrada con pulso firme. El casting es acertado; Robert Armstrong está perfecto en el papel del visionario realizador Carl Denham, Bruce Cabot compone un convincente héroe de una pieza y Fay Wray, en el papel de Ann Darrow, grita de maravilla. La música de Max Steiner es soberbia, la dirección de arte y los decorados de Carroll Clark y Alfred Herman son fabulosos, y el stop-motion de Willis O’Brien es fantástico, sobre todo en las secuencias en que Kong lucha contra el tiranosaurio y la serpiente gigante.

Pero nada de eso explicaba la poderosa fascinación que esa película despertaba en mí. Hasta que un buen día (o, mejor dicho, una buena noche) de 1974 lo descubrí. La editorial Tusquets, en su colección Cuadernos Ínfimos, publicó ese año un libro, Homenaje a King Kong, editado por Román Gubern. Es un libro muy curioso (podéis verlo en la foto); cuando se gira la ruedecita que hay en la parte superior, Kong mueve los ojos y la lengua. El caso es que lo compré y me lo llevé a Marbella, donde unos amigos y yo íbamos a pasar la Semana Santa. Por entonces no había autovía; además, salimos tarde y había mucho atasco, así que se nos hizo de noche y tuvimos que pernoctar en una vieja pensión de Jaén.


Es curioso, recuerdo aquel momento con toda nitidez... Tumbado en la cama, leí el libro de un tirón (es cortito; apenas 90 páginas). Homenaje a King Kong contiene la ficha técnica del film, un par de críticas publicadas en el momento de su estreno y seis artículos. En uno de ellos, A propósito de King Kong, que Jean Ferry escribió para Le Minotaure en 1934, encontré por fin el motivo último de mi fascinación.
Descubrí que los surrealistas europeos, cuyo movimiento estaba muy vivo en ese momento, se sintieron tan fascinados como yo por la película. Porque los surrealistas estaban obsesionados con los sueños, con el mundo onírico, y King Kong parece un sueño; o, más bien, una pesadilla. Quizá ahí está la clave del film; cuando lo contemplamos nos introducimos en un sueño, y en los sueños las leyes de la lógica ya no rigen. En cualquier caso, King Kong nos regaló una de las imágenes mas famosas, evocadores y potentes de la historia del cine; la del gorila en la cima del Empire State luchando contra un enjambre de biplanos.

Como veis, estoy hablando de la película original, y no de sus dos remakes. El primero, de 1976, producido por Dino De Laurentis y dirigido por John Guillermin, es una absoluta bazofia, con un gordo disfrazado de gorila y unos efectos especiales que dan pena. Lo único que se salva es la presencia de una jovencísima y preciosa Jessica Lange en el papel de Ann Darrow, y nadie hubiera sospechado entonces que acabaría convirtiéndose en la excelente actriz que ahora es.

El segundo remake, la versión que la mayoría conoceréis, es el film de 2005 que dirigió Peter Jackson. Sin duda es muy superior técnicamente a las dos anteriores versiones, pero no consigue aproximarse, ni de lejos, a la fascinación y la ruda poesía del original. Como suele suceder con Jackson, todo es excesivo en la película. Si en la primera versión aparecía un diplodocus, ahora aparece toda una manada; si Kong luchaba contra un tiranosaurio, ahora lucha contra tres, y todo así. Parece como si Jackson, preocupado sólo por la espectacularidad, se olvidara de la atmósfera y la magia. Con todo, hay que reconocer que la secuencia final de Kong sobre el Empire State es excelente.

Pero hay algo en que las dos secuelas se equivocan. Vamos a ver, King Kong cuenta la historia de un gorila gigante que se encoña con la rubia Ann Darrow. Lo que pensaba hacer el bicho con la chica es algo que, dada la diferencia de tamaños, se me escapa totalmente. Ahora bien, en el original, Ann Darrow, lejos de compartir los sentimiento del gorila, siente terror hacia Kong. Como es natural, porque cualquier persona sensata que se encontrase con semejante bestia no se quedaría ahí parado diciendo “Pero qué monada...” con cara de gili, sino que saldría pitando como alma que lleva el diablo.

Sin embargo, en los dos remakes, Ann Darrow le coge cariño al gorilón, e intenta salvarle, y protegerle, todo muy ecologísta, muy políticamente correcto y muy guay. La secuencia, en la versión de Jackson, donde Kong y Darrow “patinan” de noche en un lago helado, rodeados de árboles de Navidad, como una pareja de enamorados, es sencillamente bochornosa. Y es que en ambos remakes Kong ha sido descafeinado, dulcificado y amansado, para centrar en él, de forma tramposa, las simpatías del espectador. Porque en la película original Kong es una fiera, un monstruo que se come a la gente, o la aplasta sin miramientos. Una bestia salvaje que trepa a un rascacielos, mete la mano por una ventana, saca a una mujer de su cama y, al comprobar que no es Darrow, la arroja al vacío sin más miramientos. Ese es el auténtico Kong, y no el peluche gigante de los remakes. Y si ese Kong nos simpatiza no es porque en el fondo sea un pedazo de pan, sino porque al final se enfrenta, sin ninguna posibilidad de victoria, a unos monstruos mucho más salvajes y temibles que él: los humanos.

En fin, todo esto viene a cuento porque King Kong se estrenó el 7 de marzo de 1933, así que este año se cumple su ochenta aniversario. Si no la habéis visto, hacedlo; aunque os eche para atrás el blanco y negro y cualquier película anterior a los 90 os parezca una antigualla de museo. Porque King Kong es una maravilla (la octava, según el propio film) y uno de los grandes mitos cinematográficos de todos los tiempos.

Y, para despedirme, un par de curiosidades. Resulta evidente que una de las principales influencias del film es El mundo perdido, de Conan Doyle, y su versión cinematográfica de 1925 (cuyos efectos especiales también eran de Willis O’Brien). Pero no muchos recuerdan que en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, en el 5º capítulo del episodio El viaje a Brobdinngnag, se describe cómo un simio gigante mete la mano por una ventana, coge a Gulliver y luego sube con él a la cima de un edificio. ¿Casualidad?



Por otro lado, ¿sabíais que algo de King Kong aparece en Lo que el viento se llevó? Las escenas del incendio de Atlanta, de esa última película, fueron las primeras que se rodaron, antes incluso de que estuviera completo el casting. Para simular el incendio, se prendió fuego a viejos decorados de otras películas. En una escena, se ve un plano general de un carro tirado por un caballo, donde van Rhett y Escarlata (en realidad, los dobles de Gable y Leigh), que pasa delante de un edificio en llamas justo en el momento en que éste se derrumba (ver foto). Pues bien, ese edificio en llamas era en realidad el gran muro y la gran puerta de la Isla de la Calavera de King Kong.

Y ya está, amigos míos; sólo queda que os unáis a mí para desearle un feliz cumpleaños a Kong, el malencarado, peludo y lascivo gorila gigante. Su final en la cima del Empire State Building está considerado, con razón, una de las diez mejores muertes de la historia del cine. Y, como dijo Petrarca, una bella muerte honra toda una vida.

Hasta siempre Kong, viejo amigo; nunca te olvidaré.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, César. Yo también comparto desde siempre tu fascinación por la versión clásica de King Kong y coincido contigo en que esa fascinación procede de que (como diría Humphrey Bogart) King Kong “está hecha del material del que están hechos los sueños”.

Para mí, King Kong es el epítome de las películas de aventuras. Como tal lo tiene todo: héroe, princesa, monstruos, islas remotas, tribus perdidas…

Mis momentos preferidos de la película son tres y ninguno de ellos es el final ni tampoco tiene que ver con el propio Kong sino más bien con el poder de sugerencia del cine: aquel en que el barco sale de la niebla y, de repente se entrevé la isla con su montaña en forma de calavera surgiendo de la bruma (ese momento es pura magia. A partir de entonces sabes que acabas de entrar en el mundo de la fantasía y que todo es posible); el momento en que los protagonistas se topan por primera vez con el enorme muro, con su carga implícita de misterio y amenaza y, por último, el momento del sacrificio de la rubia FayWray, atada en el altar pagano, mientras la tribu grita “Kooonng… Koooonng” y de repente vemos el movimiento apartándose de los árboles justo antes de que aparezca el gran gorila.

La película es maravillosa y perfecta y logra que al poco te olvides completamente de lo anticuado ya de los efectos especiales, aunque la verdad es que, yo, cada vez que la veo, no puedo evitar ponerme en le piel de esos espectadores de los años 30 y sentir lo que sintieron ellos cuando la vieran en pantalla. Hoy en día, que los efectos han evolucionado tanto, estamos acostumbrados a que podemos ver en el cine cualquier cosa y ya nada nos soprende por más 3D que le echen, pero en aquellos tiempos debió ser una experiencia realmente maravillosa.

En cuanto a los remakes, poco se puede decir. El de los años 70 es espantoso: desde el horrendo disfraz de gorila, hasta la decisión de sustituir a los miembros del equipo de cine por ¡un grupo de buscadores de petroleo! o el Empire State por las Torres gemelas. Es el culmen del mal gusto. De la peli sólo se salva la escena en la que el gorila seca con su aliento a una empapada y sensual Jessica Lange. Y punto.

En lo que se refiere a la de Peter Jackson… es pura desmesura en el peor sentido del término. Alguien debería decirle a Jackson que no siempre “más es mejor” (ojo, a veces sí pero no en este caso). Y, encima, además es cursi a más no poder y si algo no puede ser una peli sobre King Kong es cursi, ¡por Dios! El principal problema de esta película es que se olvida de lo más importante y es que King Kong ¡es un monstruo! Si nos olvidamos de ese aspecto y convertimos a King Kong en un simple gorila grande (que es lo que es en la peli) desvirtuamos toda la historia y nos la cargamos, que es lo que pasó.

En cualquier caso, yo también me uno a ti, César: muchas felicidades, Rey Kong.

Rickard

Anónimo dijo...

También conocía la anécdota de los decorados de "King Kong" y "Lo que el viento se llevó" y ello me ha traído a la mente otra cosa.

El único "pero" que le suelo poner a la peli es que a mí, el protagonista masculino, Bruce Cabot, si bien está correcto me parece un poco soso y falto de carisma y siempre que la veo no puedo evitar pensar qué bien hubiera estado teniendo como protagonista al Clark Gable de aquellos años (claro que ya se estaba convirtiendo en toda una estrella y no sé si hubiera aceptado aparecer en una película de esas características en la cual un gorila gigante le iba a robar el protagonismo). Hubiera sido la peli perfecta.

Rickard

Anónimo dijo...

Aprovecho también para dar respuestas a algunas preguntas que planeta César:

Si el muro de la isla está ahí para contener a Kong,¿por qué tiene una puerta del tamaño de Kong?

- Porque Kong no es sólo un monstruo, es, además el rey o dios de los nativos de la isla y un rey se merece siempre entrar o salir “por la puerta grande”, como los toreros.

¿Y por qué hay un solo gorila gigante en la isla?

- ¿Por qué hubo un solo gorila blanco? Kong o bien es una aberración genética o bien su pareja murió y por eso busca nueva hembra. Los nativos le dan pero no le gustan, sólo le van las rubias. Kong es el último de su especie como “Copito de nieve” por eso da tanta pena el final, no sólo se cargan a un bicho sino a toda una especie.

¿Y cómo demonios llevaron a Kong a Nueva York?

- Ésta es fácil: en barco.

¿Y cómo le metieron en el teatro?

- Ésta también: por la puerta.

¿Y cómo es posible que, al escaparse, a Kong le cueste tan poco encontrar a Fay Wray en una ciudad tan grande?

- Por el olfato. Recordemos que con es un animal con las narices muy grandes (y por tanto el olfato debe ir en consonancia) y ya en la isla le estuvo toqueteando a Fay ciertas partes y luego llevándose el dedo a la nariz…(siempre me pregunto cómo se atrevieron a poner esa escena. ¡Si hasta se le ven las tetas luego! Está claro que en los años 30 eran mucho menos puritanos que ahora).

Rickard

César dijo...

Rikard: Compruebo que coincidimos punto por punto en nuestro aprecio por el viejo Kong. Incluso concido en tus "momentos" preferidos de la película, y muy especialmente en el de la agitación de lós árboles que precede a la primera aparición del gorila (algo que fue descaradamente copiado en la serie "Perdidos").

En cuanto a tus respuestas a mis dudas, sólo puedo decirte que me has abierto los ojos. Tantos años creyendo lo contrario y ahora, gracias a ti, me doy cuenta de que la lógica de la película es impecable ;-)

En lo que ya no estoy tan de acuerdo es en lo de Bruce Cabot. Tienes razón en que es sosete y falto de carisma, pero tiene un aire rocoso, una "fisicidad" (si es que esa palabra existe), que le va muy bien al personaje. Además, al único que cabía exigirle carisma es a Kong, y le sobra.

Respecto a Fay Wray, lamento contradecirte: no se le ven las tetas, sino sólo una: la izquierda. Y es que, en efecto, las películas de comienzos de los años 30 eran muy poquito puritanas. Por ejemplo, "Tarzán y su compañera", de 1934, me parece una de las películas más eróticas de la historia, con la preciosa Maureen O'Sullivan andando medio en pelotas por la selva, en un constante se-le-ve-no-se-le-ve. Pero precisamente ese año, 1934, entró en vigor el Código Hays, condenando al cine americano a tres décadas de puritanismo y Doris Day.

Por cierto, como comentaba en la entrada, tengo "King Kong" en DVD, pero... ¡la versión censurada! Es decir, sin el toqueteo de Kong a la pobre Fay Wray. ¡Arggggg!

Anónimo dijo...

Bueno, tus dudas sobre la "lógica" de "King Kong" estaban más que justíficadas y sólo intenté hacer un poco de humor a costa de ellas. ;)

Afortunadamente, el cine tiene ese estupendo recurso narrativo y estilístico llamado "elipsis" que le permite salir con un poco de desvergüenza de atolladeros narrativos como los que mencionas.

A ese respecto, la elipsis más desvergonzada que recuerdo es la de "En busca del arca perdida" cuando Indiana Jones se va nadando hasta el submarino alemán, éste se sumerge y, en la escena siguiente, vemos que el submarino ya ha llegado a su destino y que el bueno de Indy sale tan campante de él. ¿Dónde narices se ha escondido?

Pero la magia del cine tanto en esta película como en "King Kong" y otras consiste precisamente en esto, en la llamada "suspensión de la incredulidad", que, si la historia es lo suficientemente buena y nos tiene enganchados, hace que no sólo pasemos por alto este tipo de detalles sino que ni siquiera nos importen.

Rickard

César dijo...

Rickard: Ya, ya sabía que era una broma. Yo también bromeaba.

Esa elipsis de "En busca del arca perdida" que mencionas es infínitamente más absurda que cualquiera de las de "King Kong". De hecho, creo que es una de las más absurdas de la historia. Pero, aun así, ambas películas son maravillosas. Esa es la magia del cine.

juan constantin dijo...

Salud, César y demás merodeadores:
Felicidades a su majestad Kong, en su octogésimo aniversario. Ni que decir tiene que me sumo a la fascinación por el gran monstruo gorila.
Aunque creo que la primera versión que vi, ya en mi juventud, no fue la de 1933, sino la de los años 70, lo cierto es que cuando la conseguí me encantó por su mezcla de terror, aventuras, erotismo, cine de monstruos -aunque Kong lo sea, creo que los humanos le ganan la partida con creces-, cuento de hadas cruel, como debe ser, etcétera.
Sus efectos especiales son simples, pero efectivos. Si la historia engancha, no es necesario demasiado realismo; es más, si lo hubiera, creo que perjudicaría a la historia, o cuanto menos a cómo los espectadores conectáramos con ella.
También rompo una lanza a favor de las versiones posteriores. La de los años 70 supongo que está influenciada por la crisis del petróleo del 73 y los grupos ecologistas. Si Kong sube a las Torres Gemelas me imagino que podría entenderse porque el Empire State haría tiempo que ya no era el techo de Manhattan, así que sería el lugar que buscaría el gorila para desafiar a sus enemigos...
Por la versión de Peter Jackson, tengo sentimientos encontrados: es ciertamente desmesurada en algunos momentos, relamida y cursi en otros, pero... pero, me gusta su retrato algo desencantado y crítico del Hollywood de los años 30, el de la "edad dorada". Y también me agradó el personaje de Jack Black, aunque sigo sin ver a Adrien Brody como un "action hero".
En fin, para no alargarme más, creo que las versiones modernas no siempre son horribles per se y que algo bueno se puede encontrar en ellas.

Saludos

César dijo...

Juan Constantin: Querido Hellblazer (¿cómo demonios se traduce esa palabra al español?), empezaba a sospechar que sólo Rickard y yo habíamos visto la película original, así que me alegro de tu comentario. Y es que la mayor parte de los merodeadores son tan asquerosamente jóvenes...

Estoy de acuerdo contigo en que un mayor realismo en los efectos especiales probablemente habría sido perjudicial, porque le restaría "onirismo" al film. Respecto a la versión de Guillermin... en fin, lo siento, pero el único atractivo que le veo es Jessica Lange.

La versión de Jackson es, qué duda cabe, virtuosa en los aspectos técnicos y asombrosamente espectacular. Y tiene puntos a su favor, como el que señalas, o el enfrentamiento final en el Empire State. Pero es tan desmesurada, tan barroca y, sobre todo, tan ñoña... En ambos remakes se traicionó la naturaleza de Kong, convirtiéndolo en una caricatura de lo que debería ser.

Tú mismo lo dices: Kong, en el film original, es un monstruo sin paliativos; no malo, sino totalmente salvaje. Y ahí está la clave: cuando en la escena final los aviones matan a Kong, el espectador se da cuenta de que los monstruos somos nosotros. Porque en su isla, Kong era un dios, y fuimos nosotros, los humanos, quienes al traerle por la fuerza a la "civilización", al sacarle de su contexto, lo convertimos un monstruo. ¿Y por qué lo hicimos? Por dinero. No se puede ser más monstruoso.

karlos dijo...

por edad se podria decir q soy de esos jovenzuelos q no lo son tanto (36) y la verdad q el rey Kong se mereceria una fiesta d cumpleaños con rubias con poca ropa....jajaja estas peliculas contaban historias ahora salvo excepciones son videoclips donde lo mejor es la bso y q en el trailer cuentan todo

juan constantin dijo...

Saludos de nuevo, César:
No podría dar una traducción exacta de Hellblazer, pero parece una especie de nexo entre el Infierno (y el Cielo) con este Plano de la Existencia. Quizá "Whassap Infernal"...;)
No es que por edad prefiera el cine en blanco y negro o de los años 30 y 40, sobre el moderno, pero sí que es cierto que antes incluso que King Kong, pude ver y me encantó El Valle de Gwangi (vaqueros y dinosaurios) o El enigma de otro mundo (cuya versión ochentera a cargo de John Carpenter y Kurt Russell también es plato de mi gusto), Ultimátum a la Tierra, y alguna que otra más... Soy de la generación de La Clave, Historias para no dormir y Mis terrores favoritos, además de La Bola de Cristal... así he salido, un friki de pies a cabeza.
No me importa mucho si la película o la serie son modernas o antiguas, sino si me atrapan, me hacen soñar despierto, me gustaría volver a verlas una y otra vez... como con El tiempo en sus manos, Río Bravo, Eldorado, El Halcón y la flecha, El temible burlón, Cantando bajo la lluvia... y no sigo, porque se aburriría hasta Sherezade.
La técnica de Stop Motion era una auténtica maravilla en manos de artesanos como O'Brien y Harryhausen, Ojalá le dedicases alguna entrada algún día.

Saludos

Anónimo dijo...

"El valle de Gwangi" ¡que grande! Merece muchísimo la pena aunque sólo sea por ver a un tiranosaurio dentro de la catedral de Cuenca.

Rickard

César dijo...

Karlos: Me apunto a esa fiesta de cumpleaños. ¿A cuántas rubias semidesnudas tocamos por cabeza?

Juan Constantin: Si hay hermanos de leche, ¿no debería haber hermanos de cultura? Es decir, personas que han "mamado" las mismas influencias culturales. Soy un bicho raro, pero cuando te leo, o leo a Rickard, y veo todas las coincidencias que hay entre nuestros respectivos referentes, me da por pensar que los bichos raros son los demás, esa pobre gente que no sabe apreciar a los gorilas gigantes, los tiranosaurios o los monstruos extraterrestres. Por cierto, la versión de Carpenter de "El enigma de otro mundo" es excelente, pero la versión de "Ultimatum a la Tierra" protagonizada por Keanu Reeves es bochornosa.

Jarl-9000 dijo...

Recuerdo vagamente haber visto el King Kong original en la tele cuando era niño, aunque no sé bien si fue la película entera o extractos seleccionados dentro del programa de La Bola de Cristal. Eso sí, creo recordar lo del toqueteo y la cara de salido de Kong, algo que debió rayarme mucho por aquel entonces. Tendré que hacer por verla a ver si refresco la memoria. Los Simpson hicieron un guiño a esa escena cuando homenajearon la película en uno de sus especiales de Halloween, en el que "King Homer" le toquetea y le huele el pelo a Marge.

La de los 70 la he visto alguna vez por televisión, pero apenas la recuerdo, y eso que fue mucho tiempo después. Me dio la impresión de que estaba cortada por el mismo patrón que otras muchas películas de aquella época. No he hecho el menor intento de ver la de Peter Jackson, simplemente no me atrae nada. Creo que me quedo con el remake de Los Simpson.

PD: Todo el mundo sabe que todo es mejor con un gorila. :)

juan constantin dijo...

¿Hermanos de cultura? Non suum dignus. Tibi gratias ago, magister. Tendrías que conocer a mi amigo JotaJota...

Por cierto, respecto a Ultimátum a la Tierra; en El Corte Inglés vendían un pack con la versión moderna de Keanu Reeves y la clásica de Robert Wise, como extra. Se me erizaron los pelos al oír a un jovenzuelo, quejarse de que el quería sólo la buena, la de color.
No sé a quién se le ocurriría unir ambas versiones, pero o fue alguien que no tenía ni idea de la calidad de ambas, o fue alguien que sí tenía idea cierta de su calidad, y pretendió "arreglar" el desaguisado.

Saludos