jueves, noviembre 14

Qwerty


 
            Hace años, mi buena amiga y gran escritora Care Santos me pidió para su página Web un pequeño texto que iba a sumarse a otros textos que sus amigos escritores le habían obsequiado. Decidí utilizar una vieja idea de mi cuaderno de ideas, una pequeña historia llamada Qwerty. La escribí, y el resultado no me gustó. Dejé pasar un tiempo y volví a escribirla. Mal. Y al cabo de unos meses la escribí de nuevo, con idénticos deplorables resultados.
             Era desesperante; se trataba de una historia muy sencilla, pero no lograba que quedara bien, no transmitía lo que quería que transmitiese. Así que la dejé en stand by... y me olvidé por completo del asunto. Hasta que, años después, me acordé, revisé lo que había escrito y me di cuenta al instante del estúpido error que había cometido: en los primeros tres intentos, por algún motivo, me había empeñado en escribir en tercera persona, cuando era un texto que pedía a gritos la primera persona. Entre otras cosas, porque no es una historia inventada, sino algo que me sucedió a mí cuando tenía veintipocos años. Espero que no haya quedado mal del todo.

            Qwerty
           by César Mallorquí
 
            Añoro la voz de las máquinas de escribir, el tabaleo de los tipos percutiendo contra la cinta entintada y el papel. Hace muchos años, antes de la Edad del Silicio, esa voz, ese sonido, era el rumor de fondo de las oficinas y el tam-tam de los escritores. Mi padre era escritor, así que la percusión de su máquina de escribir fue la banda sonora de mi niñez.
           Cuando yo tenía catorce años, durante el verano, mi padre se empeñó en que aprendiese a escribir al tacto; es decir, empleando los diez dedos de las manos y sin mirar el teclado. Me compró un método, el Caballero, y me obligó a hacer una página diaria de ejercicios.
           asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj asdfgf ñlkjhj...
           Y así con todas las letras, una y otra vez. Fue un soberano coñazo, pero aprendí en un par de meses, y hoy le estoy infinitamente agradecido a mi padre. Suya fue la primera máquina de escribir que tuve; una viejísima Underwood con un teclado tan duro que parecía un banco de musculación dactilar, y con unos tipos móviles cuya tendencia natural, paradójicamente, era inmovilizarse al encallar los unos contra los otros. Posteriormente adquirí una Olivetti, más moderna y algo menos dura. Y luego...
            La primera vez que probé un procesador de textos –el Wordperfect- debió de ser a finales de los 80. Aún recuerdo con nitidez la experiencia; me senté frente al ordenador y comencé a juguetear sin saber muy bien cómo funcionaba. A los cinco minutos ya me había dado cuenta de que aquel programa era la mejor herramienta de escritura que jamás se había inventado. Una hora más tarde, me sentía como quien, después de trasladarse toda la vida en un viejo Seiscientos, empuña de repente el volante de un Ferrari.
            En ese preciso instante, mi vieja y querida Olivetti se convirtió en un fósil. La informática supuso para las máquinas de escribir lo que el asteroide que se estrelló contra el Golfo de México para los dinosaurios.
           Poco a poco, y en todas su variedades –mecánicas, eléctricas, electrónicas-, las máquinas de escribir fueron desapareciendo del mundo hasta extinguirse por completo. Y una nueva especie, un darwiniano salto evolutivo, ocupó su nicho ecológico: los ordenadores.
           Pero los ordenadores son mudos, no tienen voz. O, mejor dicho, sí que la tienen; pero ese ridículo cliqueo que hacen los dedos al impactar contra las teclas suena afónico, sin brío, como un balbuceo o como las bielas de un motor desajustado. Desde luego, nada que ver con el vigoroso tamborileo de los tipos de una máquina de escribir.
           Los seres humanos somos especialmente sensibles a los instrumentos de percusión. Todas las culturas del mundo, pasadas y presentes, han usado tambores. Gaitas no, e instrumentos de cuerda tampoco; pero una u otra forma de tambores, todas sin excepción. De hecho, es muy probable que la música, allá en el pasado más remoto, surgiera precisamente de la percusión. Supongo que a algún cromañón le dio por golpear con un palo un tronco hueco, y al resto de los homínidos les pareció una buena idea. El caso es que la percusión, la forma más diáfana del ritmo, nos afecta de un modo muy primario, como si incidiese directamente en lo más profundo y primitivo de nuestro sistema nervioso.
           ¿Y qué era una máquina de escribir, sino, entre otras cosas, un instrumento de percusión? Su sonido parecía mero ruido, y desde luego no era música (aunque quizá sí música atonal), pero hablaba, decía algo. Decía: eh, aquí hay alguien que está escribiendo. Y te informaba de si lo hacía rápido o deprisa, de si intercalaba muchas pausas y de cuándo empezaba a, o dejaba de, trabajar. Había algo cálido y cercano en ese sonido, era la partitura de una de las más nobles actividades humanas. Y a veces, muy ocasionalmente, ese sonido decía más de lo que cabría esperar.
           Permitidme que os cuente una pequeña historia.
           Ocurrió hace mucho tiempo, a mediados de junio del 76 o del 77; yo contaba veintipocos años y aún iba a la universidad. Se acercaba el final del curso y tenía que entregar un trabajo para no recuerdo qué asignatura; pero, como siempre, lo había dejado para el último momento, así que lo tuve que escribir de un tirón, pese a que era condenadamente largo.
            Estaba solo en casa. A primera hora de la tarde, me senté frente a la máquina de escribir, en mi dormitorio, y comencé a teclear. Pasaron las horas y se hizo de noche, y seguí escribiendo hasta bien entrada la madrugada. Hacía calor, así que tenía la ventana abierta. La ventana daba al patio interior de la casa, que se comunicaba con los patios de los edificios contiguos. Al fondo se divisaban las farolas de la calle paralela a la mía.
           Es curioso lo que ocurre cuando pasas mucho tiempo escribiendo de noche. Todo está en silencio; la única lámpara encendida es la que hay sobre tu escritorio, un tenue resplandor orientado hacia abajo que deja en penumbras la periferia de la habitación. Estás ahí, dentro de una burbuja de luz, rodeado por un mundo oscuro e impreciso. A veces, el sentido del espacio se altera y todo parece alejarse. En otras ocasiones, cada detalle adquiere una nitidez sobrenatural. La atmósfera se densifica, el tiempo se ralentiza; es como estar dentro de un cuadro de Edward Hooper.
            Pero aquella noche había algo distinto: el silencio no era total. Del exterior llegaba el golpeteo de otra máquina de escribir. Sonaba cerca, a no más de quince o veinte metros de distancia, aunque no procedía de mi edificio, sino probablemente de la casa contigua. Desde mi habitación no se distinguían las ventanas de esa vivienda, de modo que me resultaba imposible comprobar si alguna estaba iluminada.
            El caso es que ahí estábamos, dos mecanógrafos nocturnos interpretando un improvisado dueto. Lo cierto es que resultaba agradable. El repiqueteo de aquella otra máquina de escribir quebraba la soledad, convirtiéndola en cercanía. Dos personas haciendo lo mismo, al mismo tiempo, mientras el resto del mundo duerme. Era reconfortante; como encontrar a un amigo en medio del desierto. Supongo que la voz de mi Olivetti provocaba similares sensaciones en el otro mecanógrafo.
            No recuerdo cuánto duró aquello; varias horas, desde luego. A veces él hacía pausas, a veces las hacía yo; la mayor parte del tiempo escribíamos simultáneamente. Pero entonces, a eso de las tres de la madrugada, ocurrió algo: ambos dejamos de escribir a la vez y la noche quedó en absoluto silencio. Y, de pronto, tuve una idea...
            ¿Conocéis la musiquilla de Una copita de Ojén? Todo el mundo la conoce: un toque, pausa breve, cuatro toques, pausa larga y dos toques. Ta... ta-ta-ta-ta... ta-ta.
            Pues bien, alcé una mano y pulsé cinco teclas con el ritmo del inicio de aquella estrofa musical. Ta... ta-ta-ta-ta...
           Un breve silencio.
           Y entonces me llegó la voz de la otra máquina de escribir completando la estrofa con dos toques seguidos: ta-ta.
            Otro silencio.
            El vello se me erizó y noté un cosquilleo en la nuca. Acababa de suceder algo mágico. La pausa duró unos minutos y luego ambos reanudamos la escritura.
            Han transcurrido muchísimos años desde entonces; demasiados. Nunca averigüé la identidad del otro mecanógrafo; ignoro si era hombre o mujer, joven o viejo. No lo sé y jamás lo sabré; aunque, en el fondo, creo que es mejor que sea un misterio. Lo que sí sé es que pocas veces en mi vida me he sentido tan cerca de alguien como aquella noche me sentí de ese desconocido.

 

14 comentarios:

Jorge Gómez Soto dijo...

Me ha encantado, César.
El teclear de la máquina de escribir también fue la banda sonora de mi infancia (compartimos oficio, también por parte de padre).
Se puede decir que fue tu primer chat, sin ordenador ni Internet.

Oscar dijo...

Me ha gustado mucho.
A mi la maquina de escribir me pillo tarde (soy del 72), aunque algún trabajo de EGB realice con ella y es cierto que tiene un sonido muy agradable. Nunca caí en que como bien dices puede ser debido a la percusión. En todo caso nada que ver con el chirrido de una impresora de agujas pese a las innumerables ventajas que ofrece un procesador de textos.
En casa sigo usando una matricial para imprimir listados ya que gastan menos que un mechero y desde que los fabricantes de impresoras de inyección de tinta decidieron usar sangre de unicornio para rellenar sus cartuchos hay que pensárselo dos veces. Por desgracia cuando la pongo en marcha no tengo publico cómplice. A lo máximo que he llegado fue cuando la vecina me diera una vez con sorna: ¿Que? ¿Otra vez matando grillos?.

Pedro dijo...

Yo tengo 14.
Escribo con la maquina de mi abuelito.
El problema de la inspiración es que escribes cuando te viene, y si es a las dos de la mañana, y un padre con sueño y mal humor.
Aun así, las maquinas de escribir molan. Y tu también.

Anónimo dijo...

(Soy Manolo; publico como anónimo a ver si esta vez se queda el comentario publicado).

A mi también me ha gustado mucho el relato. Y el que sea algo "real" y no inventado no le quita un ápice de mérito.

Pero mi intención era "ajustar" un poco mejor el ritmo que mencionas, para los que sepan música (a este nivel, deberíamos ser todos capaces de reproducirlo si no fuera porque la educación musical en este país es un ladrillo):

N: negra
S: silencio (negra)
c: corchea

N-c-c-N-N-S-N-N-S

The Storyteller dijo...

Me ha recordado mucho a los relatos Lovecraft. Y en mi caso, es el mejor cumplido que se me ocurre.

Sebastián dijo...

MUY bueno. Me gustó, porque a pesar de que nací en plena era del teclado, mi abuelo tenía en Montería una máquina de escribir que yo usaba. Me encantaba el sonido y la forma como se levantaban las letras.
Un abrazo.

Babilonia dijo...

Precioso :). Durante una temporada me obsesioné con las formas de escritura y me empeñé en probarlas todas; entre ellas, la máquina de escribir. Había leído hacía poco "La hija del curandero" y ahí se hablaba de la importancia de preparar la tinta uno mismo, de derretir la barra y reflexionar sobre las palabras que se iban a escribir. Y cómo poco a poco, cuanto más instantáneamente hemos podido plasmar nuestros pensamientos, más simples se volvían estos.

Extrañamente, me resultó más sencillo encontrar una pluma de ave que una máquina de escribir. Ya no se encuentran y no la probé lo suficiente para conocer bien el instrumento. Eso sí, tiene un sonido precioso.

Yo, por lo pronto, me quedo con el sonido de la pluma estilográfica rasgando el papel como si fuera una katana y de ella manara sangre componiendo palabras. Escribir con pluma es sucio, además, así que le aporta un toque de rudeza al acto de escribir que me gusta mucho.

Y sobre la entrada anterior... No te me enfades, pequeño. No mucho, al menos. Que la vida en el fondo es buena y tú eres demasiado genialoso para no disfrutarla. Me has dejado intrigada con lo de tu enfermedad... Bueno, tú cuídateme mucho. Y aunque a todos nos hierve la sangre cuando escuchamos/leemos ciertas noticias, yo al final he decidido huirme al bando de los mercenarios: intentar mantenerme bien yo y a quienes me importan. Por lo demás, que se desmorone el mundo. Egoísta, pero ya estoy mayor para tener ideales.

Un abrazo enooooorme desde tierras germanas, guapo!!

Mazcota dijo...

Recuerdo los trabajos escolares de mi adolescencia con especial fastidio por culpa de una máquina de escribir que me regaló mi abuela. Nunca llegué a dominar ese instrumento como se merecía, pero lo guardo con cariño por el recuerdo sentimental que me evoca. Además, esa Olivetti Lettera 12 posee una particularidad: no existe el número cuatro. Bueno, en realidad sí que existe el tipo, lo que no existe es el grabado en la tecla correspondiente. En su lugar hay un cinco. Vamos, otro cinco si contamos con el cinco correcto. Lo dicho, una cosa muy rara. Supongo que mi cuatro se lo endosaron a otra Olivetti que pecará, igual que la mía, de un número repetido. Y, pensándolo un poco, hasta puede que comparta algo de esa mágica complicidad con el propietario.

Los fabricantes de estos artilugios tuvieron que evolucionar y crear ordenadores, pero hay un gran olvidado en el tiempo. Un compañero de fatigas inseparable de nuestra máquina de escribir. El Tipp-Ex. Creo que ese producto fue el gran damnificado y, aún así, salió adelante. Aún no me lo explico.

Cambiando de tema, me ha intrigado la forma en la que llegas a la conclusión de que un escrito no funciona. ¿Resulta tan evidente a la vista? Porque un relato, según quien lo lea, puede transmitir una u otra cosa. Podría depender del estado de ánimo del lector, incluso si este es el propio autor. ¿Cómo llegas a saber que no transmite lo deseado? ¿Manejas unos parámetros para valorarlo? ¿Tienes un gurú que te aconseja? ¿Autocrítica?

Numael dijo...

Comprendo vuestra nostalgia, pero yo, francamente, no echo de menos la máquina de escribir.
Sólo de pensar en tener que trabajar con una y me entran sudores fríos

Anónimo dijo...

Pues es verdad,ya se nos ha olvidado lo que era escribir con máquina...si eras muy exigente con la presentación porque se trataba de un trabajo escolar y te equivocabas varias veces no había tipex que lo solucionara y acababas repitiendo la hoja..Pero era lo mejor que teníamos. Yo tuve solamene una máquina: una Olivetti Valentine,roja,pequeña y muy moderna para aquellos tiempos. Me la "trajeron" los Reyes cuando yo tenía unos 14 años y ya no creía en Reyes,claro,pero la ilusión todavía estaba ahí.Y recuerdo aquella noche.Mi casa era muy pequeña y yo estaba ya en la cama pero oía la conversación de mi padre y mi hermano en la sala.Yo no sabia de qué hablaban y eso me intrigaba más.Se ve que estaban examinándola con curiosidad. Yo no la vi hasta por la mañana y me encantó.La usé durante años, me gustaba ver su brillo rojo y su caja rígida,vertical,con unas gomas que la cerraban perfectamente.Todavía la tengo,aunque mal conservada (una inundación del trastero la afectó)
Bueno,César,que me has recordado todo esto con tu historia,como siempre estupenda. Y sí,mejor la primera persona,claro.
Un beso desde Santander:
Aurora Boreal

Anónimo dijo...

fui yo.

César dijo...

Amigos míos, perdonadme por no haberos contestado, pero he estado de viaje y luego muy liado. Ahora ya es tarde, pero contestaré un par de cosas.

Manolo: Yo soy un ejemplo perfecto de la muy deficiente educación musical de los españoles. Te agradezco la aclaración, pero para serte franco, ni siquiera sé lo que es una corchea...

Numael: No mucho después de empezar a utilizar procesador de textos se me estropeó el ordenador. Tenía que escribir una cosa, así que desempolvé mi vieja máquina de escribir y... y a los cinco minutos la volví a guardar y continué a mano. Era como escribir con un ordenador imbécil. En fin, añoro sentimentalmente las máquinas de escribir, pero si volviese a tener que escribir con ellas me daba un síncope.

Mazcota: ¿Cómo sé si un relato transmite lo deseado? Bueno, pues al cien por cien no lo sé nunca. Pero puedo hacerme una idea aproximada. Escribo el relato y lo guardo en un cajón durante al menos una semana, pero si puede ser un mes mejor. Luego, lo releo y compruebo qué me transmite.

Un escritor debe disociar su personalidad en dos partes. Una es el yo-escritor, y la otra el yo-lector. El segundo juzga al primero.

Anónimo dijo...

César, ¿es posible llegar a publicar algún día si tu yo-escritor y tu yo-lector parecen llevarse fatal y el segundo parece odiar al primero?
Me sucede justo eso :(

César dijo...

Anónimo de la 1:13: Precisamente te ocurre lo que debe ocurrir: tu yo-lector le exige mucho a tu yo-escritor. Eso te hará mejorar. Felicidades, estás en el buen camino.