lunes, junio 23

En la mente del escritor. Anexo: La imaginación (y 3)


 
            ¿Qué significa ser “adulto”? Recurro al diccionario de la RAE, y encuentro tres definiciones. A saber: 1. adj. Llegado a su mayor crecimiento o desarrollo. 2. adj. Llegado a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado. 3. adj. Zool. Dicho de un animal: Que posee plena capacidad reproductora.

            Según la primera definición, nadie es adulto hasta que se muere, porque de un modo u otro no dejamos de desarrollarnos mientras vivimos. Según la tercera, se es adulto en torno a los doce años o así. Nada de eso nos vale. Pero la segunda definición da más pistas: durante la infancia somos seres incompletos, por hacer, y cuando alcanzamos un cierto e indefinido grado de desarrollo, nos convertimos en adultos.

            Bueno, en líneas generales eso es más o menos cierto, pero se corren dos riesgos: 1. Presuponer que la infancia es un periodo de transición que debe superarse en su totalidad. 2. Presuponer que, una vez alcanzado el estado adulto, ya no tienes que evolucionar más.

            De hecho, en gran medida todo el proceso educativo y de socialización se basa en matar al niño. A fin de cuentas, tildar de infantil a un adulto es un insulto. A la niñez se la contempla con condescendencia, como algo que si no nos inspirara ternura resultaría risible. Los adultos nos sentimos superiores a los niños, olvidando que los niños nos superan ampliamente en ciertos aspectos: por ejemplo, su capacidad de aprendizaje, su capacidad de adaptación y, como vimos, su creatividad.

            Por supuesto, hay características de la niñez que deben superarse: la inexperiencia, el egocentrismo, la ingenuidad, la irresponsabilidad, la impaciencia... Pero hay otros valores que no deberíamos perder: la curiosidad, la capacidad de asombro, la imaginación, la inocencia, el sentido lúdico...

            Sobre la curiosidad ya hablé antes; es el combustible de la creatividad. Por desgracia, muchos adultos pierden interés en los qués y los porqués de la vida; de hecho, pierden la curiosidad incluso antes de ser adultos, durante la adolescencia. En eso tiene gran parte de culpa el sistema de enseñanza, que convierte la adquisición de conocimientos en un aburrimiento, cuando debería ser todo lo contrario. Si las respuestas a nuestras preguntas son una lata, dejaremos de formular preguntas. También tiene su parte de culpa una visión demasiado pragmática de la existencia, que hace que nos centremos sólo en aquello que resulta útil y desdeñemos “lo que no sirve para nada”. Pero las semillas de lo nuevo, de lo revolucionario, de lo genial, suelen estar precisamente en lo que (ahora) no sirve para nada.

            ¿Puede recuperarse la curiosidad cuando ya se ha perdido? Sinceramente, no lo sé. Hay gente que parece refractaria a todo tipo de interés, gente que jamás se pregunta nada, gente aburrida y vacía. Me temo que esa clase de personas jamás serán creativas, porque su niño interior está muerto y más que muerto.

            La capacidad de asombro, por su parte, está íntimamente relacionada con la curiosidad. Las personas curiosas adoran las preguntas misteriosas y las respuestas asombrosas. Citando al viejo Einstein: “El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados”.

            ¿Y qué decir de la inocencia? Inocencia para no dar por hecho nada, para contemplar el mundo como si lo vieras por primera vez, inocencia para creer que es posible lo imposible. Cuando un adulto pierde la inocencia, en realidad está perdiendo la posibilidad de cambiar las cosas aunque sólo sea un poquito, porque dejar atrás la inocencia significa aceptar que el mundo es como es y nunca cambiará. Pero la creatividad significa precisamente cambio, ¿no?

            ¿Se puede recobrar la inocencia? Puede que sí, pero hay que romper muchos esquemas mentales; quizá demasiados. ¿Y qué hacer para no perderla? Es difícil, porque la vida se empeña en endurecernos; creo que todo se centra en no dejar de soñar. O, dicho de otra forma, en conservar viva la esperanza. ¿Esperanza en que los sueños se cumplan? Quizá no, pero al menos sí en los propios sueños. Porque un sueño imposible es tan valioso, o más, que una realidad cumplida.

            Respecto a la imaginación, se trata evidentemente del motor de la creatividad. Y todos, todos, todos sin excepción, la tenemos. Lo que pasa es que algunos la usan y otros no. Pero no se pierde; es como un músculo que puede atrofiarse por desuso, pero sigue ahí. Hace tiempo, impartí durante dos años clases de creatividad publicitaria y comprobé algo asombroso: con el debido entrenamiento, cualquier persona, por poco imaginativa que parezca, puede desarrollar su creatividad.

            Eso de “entrenamiento” suena muy rígido, pero es que el asunto resulta muy parecido al entrenamiento físico: haces una serie de ejercicios periódicamente y te fortaleces, sean los músculos o sean las ideas. En cierto modo, imaginar es como volar; al principio da vértigo, y flotas muy pegado al suelo, pero poco a poco vas cogiendo confianza y vuelas cada vez más alto.

            Atención: estamos hablando de imaginación, no de creatividad. Como hemos visto, la creatividad es la imaginación dedicada a resolver un problema, pero ahora no hay problema que resolver. Se trata de fantasear sin propósito, de jugar con las ideas. Por ejemplo, cuando estoy obligado a pasar cierto tiempo en un lugar público (v. g., un aeropuerto), suelo hacer algo: me fijo en una persona, alguien desconocido que me llama la atención por algún motivo, y empiezo a inventarme una historia a su alrededor. Quién es, cómo se llama, en qué trabaja, dónde vive, si está casado, si tiene hijos, su ideología política... Pero no me quedo ahí (sería aburrido), sino que especulo con posibles amantes, secretos inconfesables, aficiones peculiares, todo tipo de detalles. No pretendo acertar, por supuesto; de hecho, seguro que no lo hago; pero mira, me lo paso tan ricamente imaginando. Es decir: jugando con la mente.

            Y ahí llegamos al punto clave: el sentido lúdico. Jugar consiste en realizar una tarea sin ningún propósito, salvo la satisfacción que produce esa tarea en sí misma. Hay personas a las que les encanta el juego (todo tipo de juegos), y personas que no. Hay gente tan aferrada a la realidad, tan pragmática, que no le ve sentido al juego. Porque no lo tiene, claro; pero esas personas jamás serán creativas. Y luego está el miedo; porque jugar supone un riesgo, ganar o perder, y ese riesgo es aún mayor cuando las reglas no están claras. Pero no solo es el temor a perder, sino el pánico a dejar de pisar suelo firme y adentrarte en un terreno inseguro. Y los juegos son inseguros por naturaleza, igual que lo es la creatividad.

            A los niños no les da miedo jugar; es lo que mejor hacen y lo que más les gusta. Más tarde, cuando se transforman en adultos, suelen cambiar sus juegos de niños por otra clase de juegos, juegos de adultos: por lo general, el sexo y la competición social. Pero esos no son verdaderos juegos, porque en ellos se entremezclan otros intereses que no tienen nada de lúdicos.

            El niño crea cuando juega, y juega cuando crea. Si queremos preservar al niño interior, debemos dejarle espacio para jugar y regalarle juguetes. Lo que nos gustaba en la infancia no tiene por qué dejar de gustarnos cuando crecemos. Algunas cosas sí, pero otras no. De pequeño me fascinaba King Kong y me sigue fascinando, leía tebeos y los sigo leyendo, me encantaban los libros y las películas de aventuras y me siguen encantando. De pequeño disfrutaba fantaseando con ideas fantásticas y de ciencia ficción, y lo sigo haciendo. Adoraba a Tintín y lo sigo adorando. Me gustaban los juegos de mesa y me siguen gustando. Coleccionaba chorradas y las sigo coleccionando. Me pasaba el día inventando historias... y ahora me gano la vida inventando historias.

            Pues eso es todo. Si quieres conservar vivo y en buen estado a tu niño interior, no pierdas jamás la curiosidad, ni la inocencia, ni la capacidad de asombro, ejercita la imaginación constantemente, con cualquier tontería, y nunca dejes de jugar, conviértelo todo en un juego. Entonces serás una persona creativa.

            Pero, ¿creativa para qué? Pues no solo para escribir, ni para ejercitar cualquier forma de arte, ni para la ciencia. No hace falta ir tan lejos. La creatividad es estupenda para aplicarla a la vida diaria, pues hace que tu existencia sea más intensa, interesante y rica. ¿Sientes a veces que la vida se vuelve aburrida y monótona, que la relación con tu pareja ya no es como era antes, que ya nada te emociona? Pues claro, porque haces siempre las mismas cosas de la misma manera. Son los patrones y las pautas, que nos fosilizan. Para romperlos hay que cambiar, echarle un poco de imaginación, ser impredecibles e incluso un poquito excéntricos. La creatividad es la sal de la vida.

            Pero incluso en el Paraíso hay serpientes. Cuando no te limitas a ser creativo en tu vida cotidiana, sino que además realizas un trabajo creativo, corres riesgos. Una gran parte, quizá la mayoría, de los trabajadores creativos que he conocido, eran inestables. Yo mismo lo soy. Según varios estudios, el 80 % de los escritores tienen tendencia a la depresión. Y un 40 % de las personas creativas sufre, en mayor o menor grado, trastornos de tipo bipolar (una proporción veinte veces mayor que en la población general). En el caso de los artistas, el porcentaje se eleva al 60 %.

            Pepa, mi mujer, puede dar fe de hasta qué punto soy bipolar (aunque ella dice “géminis”). En un instante, y sin motivo aparente, puedo pasar del máximo optimismo a la más profunda negrura. Por fortuna, ninguna de las dos fases –la maniaca y la depresiva- me duran mucho; pero amigos, soy una montaña rusa. ¿Ese es el precio que debo pagar por dedicarme a lo que me dedico?

            Pues puede que sí. Si os fijáis, las dos etapas del proceso creativo se corresponden con las del trastorno bipolar. En la primera fase se busca obsesivamente (maniáticamente) una solución mediante el pensamiento divergente y, cuando llega, experimentamos una intensa exultación. Pero luego, tras la epifanía, debemos pasar al pensamiento convergente, que genera un estado mental más melancólico. Arriba y abajo.

            Ahora bien, ¿la gente desequilibrada ejecuta trabajaos creativos porque su bipolaridad les da una ventaja competitiva, o las personas que ejercen labores creativas acaban desarrollando bipolaridad a causa de su trabajo? En mi opinión, ambas cosas a la vez. Paraos a pensar en el acto creativo: Necesitas una idea, y la buscas de esa forma rara que es el pensamiento divergente. Pero suele tardar en llegar, y mientras la esperas notas una especie de comezón mental, una vaga ansiedad que te roe por dentro durante días. No es agradable. Y luego tienes una idea que en principio parece estupenda, pero cuando la pasas por la criba del pensamiento convergente descubres que no funciona. Decepción y depresión. Y cuando finalmente encuentras la idea adecuada, todavía queda un largo proceso de trabajo para el pensamiento convergente. Y en ningún momento tienes la menor seguridad en nada, sino una constante sucesión de dudas. ¿No es todo eso desequilibrante en sí mismo?

            Por supuesto, ese riesgo se refiere sólo al trabajo creativo; es decir, cuando te pagan por tener ideas, porque a las tensiones propias de la creatividad se unen las presiones laborales (por ejemplo, las fechas de entrega). La “creatividad por placer” carece de esas presiones y es mucho más relajada.

            Y ya para terminar (¡por fin!), un comentario: Eso del “niño interior” suena ñoño, por no decir abiertamente cursi, pero es la mejor forma que he encontrado de expresarlo. Con ello no quiero decir que debemos ser niños (no podemos serlo), pero sí que debemos conservar determinadas actitudes y valores de la infancia. Que ser demasiado adulto es tan malo como ser demasiado infantil.

            Dicen que la fuerza de la naturaleza más parecida a la magia es el azar. Ayer, mientras escribía esta entrada, recibí un correo electrónico. Era una “alerta google” avisándome de que algo relacionado conmigo había aparecido en una web. Miré qué era y me encontré con la digitalización hecha por el Ministerio de Educación y Cultura de un artículo mío llamado El juicio que apareció hace trece años en Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil.

            Lo desconcertante fue que no recordaba ni remotamente haber escrito ese artículo. De hecho, lo leí como si no conociese el texto. Fue raro, porque reconocía mi estilo y mis ideas, pero no me acordaba de nada. Horas después, comencé a recordar vagamente que sí, que lo escribí yo. Pero muy vagamente.

            El caso es que –y aquí interviene la magia, o el azar- ese artículo que no recuerdo haber escrito, El juicio (en realidad es un cuentito), trata precisamente sobre “el niño interior”. Qué cosas, ¿verdad? Si queréis echarle un vistazo, podéis hacerlo pinchando AQUÍ.

8 comentarios:

Esketekebanka Fikilikippikiniki dijo...

Madre del Anticristo, eso de divergir y converger me recuerda ciertas ideas que tenía de joven. Había leído mucho sobre inteligencia artificial y creía que tenía pasta para reclutar incautos y jugar a acomodarles la cabeza. Era un infeliz, en fin.

Galactus el devorador de mundos dijo...

Buena entrada Cesar.
Espero que la continua lectura de sus consejos y divagaciones empuje mas mi mente a la direccion en la que la he puesto; ser escritor de ciencia ficcion y varias cosas mas.

Un saludo desde Mexico.

Mazcota dijo...

Me ha parecido muy interesante la analogía entre músculo y cerebro. Todos sabemos las ventajas de tonificar la musculatura, pero ese ejercicio que se presupone tan sano puede volverse perjudicial si se abusa de él. Y hay multitud de deportistas de élite que lo corroboran. Imagino que en la justa medida de cada uno está el equilibrio físico y psíquico necesario para una vida sana. Claro que puede resultar complicado si uno se dedica profesionalmente.

Mustapha Bousakla el Boujdaini dijo...

Magníficas me parecen las tres entregas de "En la mente del escritor". Bien es cierto que cada escritor tiene su estilo y el modo que juzga mejor para escribir —en verdad, tener otra manera de escribir es también creatividad, ¿no es así?—, y el tuyo me parece fruto de muchos años de práctica, de reflexión y, por ende, de experiencia.

Más aún, muchas de las cosas que dices pueden aplicarse a muchos otros ámbitos, como la ciencia o la vida misma. Por ejemplo, me sentí muy bien identificado cuando hablabas de la inspiración en el primer post. Bien sabes cuán grande es la satisfacción que siente uno cuando, después de días de trabajo, consigue dar con la solución, por muy difícil que sea el problema. Y lo más curioso es que la idea te viene de repente, por ensalmo; de hecho, las buenas ideas te vienen cuando menos piensas en ellas —eso sí, después de muchos días de trabajo e, incluso, de obsesión—. Con la mayor de las humildades, eso es lo que precisamente me pasó cuando intentaba demostrar una fórmula física del movimiento mediante conocimientos simples de álgebra y funciones: cuando me iba a la cama, de repente se me apareció la clave para resolver el problema, como si de una aparición se tratase. Lo mismo me pasó con un problema de composición de funciones bastante avanzado a mi curso, solo que la inspiración me vino un sábado por la mañana. Pero bueno, eso no es lo que importa; el caso es que todos hemos tenido ese momento "Eureka" que tanta satisfacción nos da.


Si algún día soy escritor, profesor de lengua, matemático, físico o lo que sea —como puedes ver, me gustan cosas totalmente dispares—, mi filosofía será la de «voluntad y paciencia», porque de ahí emana la imaginación, la creatividad y todo lo que nos propongamos.

Para acabar, también te cito algunas palabras de Einstein que tienen mucho que ver con lo que acabo de escribir: «El genio se hace con un 1% de talento, y un 99% de trabajo». ¿No te parecen magníficas y motivadoras estas palabras?

Hasta la próxima, César.

Mustapha Bousakla el Boujdaini dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Muy buen post César, realmente creo que funcionamos así, con el agravante de que nos vamos fosilizando conforme crecemos, lo que no deja de ser curioso, porque industrias como el cine o la literatura se basan en contar historias imaginadas, y todos estamos pendientes de saber qué hace tal o cual personaje, o ver cómo finaliza una serie o una película. Lo cual, si lo pensamos, no deja de ser extraño, porque se mueven millones en torno a algo ficticio. Imagínate a ti mismo hablando con tu editora y diciéndole: verás, había pensado una historia sobre una región mítica..... y bla, bla, bla...y ella te pregunta sobre cosas imposibles: quien es tal personaje, qué papel juegan los dioses...y bla, bla,bla...jolines ¿no es una frikada?.
Mazarbul

Sebastianq dijo...

César, releyendo las entradas de En la mente del escritor, sobre todo la #2 (la idea) he caído en cuenta que la idea del banco de tiempo aparece en la película "In Time", de Justin Timberlake. No es mala película, por si quieres echarle un vistazo.
-Sebastián

César dijo...

Esketeke-etc.: Vaya nik el tuyo, amigo mío. En realidad, no estoy hablando de psicología, sino de neurología, aunque los términos sean similares.

Galactus: Ojalá te sirvan para algo.

Mazcota: Claro, ejercerlo como profesión complica las cosas.

Mustapha: Me parece alucinante que seas tan joven... Desde luego, al menos tu corteza te funciona de maravilla; y seguro que tu circunvalación también. Serás lo que quieras ser, amigo mío.

Mazarbul: Pero es que la literatura es friki en sí misma. ¿Alguna vez has llorado leyendo un relato? Yo sí. ¿Y no es absurdo sentir pena por algo que no es real? Esa es la magia de la literatura.

Sebastiánq: Sí, vi "In Time", y en efecto no está mal.