viernes, agosto 1

José Carlos Mallorquí / Big Brother


 
El martes pasado, 29 de julio de 2014, en la clínica Ruber de Madrid, a la edad de 74 años, murió José Carlos Mallorquí del Corral, hijo primogénito del escritor José Mallorquí Figuerola y de Leonor del Corral Abuin, arquitecto, fotógrafo y arquero. Mi hermano mayor. Big Brother.

            Según me han contado quienes estuvieron presentes, su muerte, causada por una insuficiencia respiratoria, fue dulce y serena. Estaba inconsciente; su respiración, cada vez más leve, se interrumpió. Su pulso fue debilitándose hasta desvanecerse. Fin. Game over. No sufrió.

            Llevo unos minutos parado aquí, sin saber cómo seguir. Me gustaría construir un monumento de palabras para dedicárselo, pero no sé hacerlo, sólo soy un artesano. ¿Recordáis la serie de entradas que escribí sobre mi hermano Eduardo? Pues no voy a hacer lo mismo con José Carlos, porque no hay tema. La vida de Eduardo fue un drama, pero la de José Carlos no, todo lo contrario. Su vida fue cómoda, ordenada y razonablemente feliz. Y la felicidad no es buena materia prima para la literatura.

            Era trece años y medio mayor que yo. Nos parecíamos físicamente. Él medía un metro noventa y tres centímetros de altura, y yo uno noventa y dos; ambos teníamos los ojos azules y la piel clara. Nuestras voces se parecían mucho –por teléfono eran indistinguibles-, aunque la de Eduardo también. Pero Eduardo no era tan alto (sólo medía 1’88), y era moreno, con la piel más oscura. Eduardo se parecía más a nuestro padre, y nosotros a nuestra madre.

            Cuando yo era pequeño, no me relacioné mucho con José Carlos. Por la diferencia de edad, claro; pero también porque mi hermano mayor no sabía tratar con niños, se sentía incómodo con ellos.

            José Carlos estudió arquitectura y, al concluir la carrera, montó un pequeño estudio con dos compañeros de universidad. Uno de ellos, Teresa, acabaría siendo su esposa, con la que tuvo una hija a la que llamaron Leonor como homenaje a nuestra madre. Le habría gustado tener más hijos, pero no fue posible.

            A José Carlos le fue bien con la arquitectura: había mucho trabajo y ganaron mucho dinero. Le gustaba viajar y se daba todos los caprichos que le apetecían. Era un pirado de la tecnología y le encantaban los gadgets. Su espléndido equipo de sonido, por ejemplo, era tan sofisticado y estaba tan lleno de cachivaches que llegó un momento en que ni él mismo sabía qué estaba conectado con qué, ni cómo, ni por qué.

            Pero su auténtica pasión –heredada de nuestro padre- era la fotografía. Tenía un equipo excelente, casi profesional, y había montado un laboratorio fotográfico en el estudio (eran los tiempos de la fotografía analógica). Y, lo más importante, era un fotógrafo excepcional, de esos que saben ver lo que los demás no ven. Al principio, sus fotografías eran impecables, de gran calidad técnica, pero quizá demasiado académicas. Hasta que, de repente, rompió las normas y comenzó a hacer una fotografía mucho más libre y creativa. Era muy bueno (no lo dice el hermano, sino el publicitario que hay en mí). Siempre he pensado que si se hubiera dedicado profesionalmente a la fotografía habría sido aún más feliz. Pero sólo es mi opinión.

            Su otra gran afición era el tiro con arco. Lo practicó de jovencito y luego, ya adulto, de forma más seria. En 1981 fue campeón de España de tiro olímpico. Más tarde, sería presidente de la Federación Española de Tiro con Arco y miembro del Comité Olímpico Español. Y en ese contexto tuvo lugar uno de sus mayores éxitos. Para las Olimpiadas de Barcelona 92, el Estado dotó de presupuesto extra a las distintas federaciones; pero, claro, unas se llevaron más pasta y otras menos. El tiro con arco español nunca había pintado nada internacionalmente, así que su federación recibió mucho menos que las otras.

            Hasta entonces, las ayudas se habían repartido entre varios arqueros, con lo cual, al ser poco dinero, no servían para nada. Así que José Carlos hizo algo distinto: Escogió a los dos mejores arqueros del país y destinó todo el dinero a becarles para que se dedicaran durante unos años exclusivamente a practicar el tiro. ¿El resultado? España ganó la medalla de oro en Tiro por Equipos, un oro con el que nadie contaba. En la primera reunión del Comité Olímpico que hubo tras los juegos, cuando mi hermano entró en la sala todos los presidentes federativos se pusieron en pie y le aplaudieron. Había hecho un milagro. José Carlos me confesó que esos fueron los momentos más exultantes de su vida.

            Aunque nos parecíamos físicamente, José Carlos y yo éramos muy distintos. Él de derechas y yo de izquierdas; él un hombre de vida ordenada y yo una cabra loca; él tradicional y yo rupturista. Además, él era muy Mallorquí, y yo mucho menos (quienes nos conozcan sabrán lo que significa ser “muy Mallorquí”). Y otra cosa: yo era por dentro más fuerte que él. Es paradójico; pese a su gran tamaño y fortaleza física, José Carlos era frágil en su interior, se quebraba con facilidad. Él mismo reconocía que lloraba con La casa de la pradera. A veces me da por pensar que mi familia se parece un poco a la de El padrino. De todos los hermanos, el más duro, el que mejor encajaba los golpes, fui yo, el pequeño Y también he sido yo el sucesor de mi padre (¿Soy Michael Corleone?).

            Pero otras cosas nos unían. Ambos amábamos la literatura y la cultura popular. A los dos nos gustaba viajar y la gastronomía. Éramos muy aficionados a la ciencia ficción (él me inició en ella). Nos apasionaba el cine, sobre todo el clásico norteamericano. Nos encantaban los conocimientos chorras. Yo también era aficionado a la fotografía, aunque con mayor modestia. La verdad es que compartíamos muchas aficiones e intereses.

            José Carlos y yo apenas tuvimos relación durante mis primeras dos décadas de vida, hasta unos años después de la muerte de nuestro padre. Luego, poco a poco, fuimos aproximándonos. Las, afortunadamente, no muchas veces que le necesité, él respondió. El desastre vital de nuestro hermano Eduardo contribuyó a unirnos. Y al final sellamos un tácito pacto de hermandad. Aprendimos a querernos.

            Hicimos algunos  viajes juntos, asistimos a conciertos y exposiciones, íbamos al cine, nos veíamos con cierta frecuencia. Luego, me casé, tuve hijos, y nuestros encuentros se hicieron más esporádicos, pero no nos distanciamos, pues hablábamos mucho por teléfono. En los 90, José Carlos y Teresa clausuraron el estudio y se prejubilaron. Al tener más tiempo libre, las llamadas telefónicas de mi hermano se intensificaron, tanto en número como en extensión.

            Pasó el tiempo y, ya entrado el siglo XXI, comenzaron los problemas de salud. Lesiones en la columna que dificultaban su movilidad. Apneas del sueño. Y lo más terrible: la enfermedad de Parkinson. Yo creía que el único efecto del Parkinson eran los temblores, pero no; eso es una broma comparado con los verdaderos síntomas. Es una enfermedad lenta, pero condenadamente hija de puta.

            José Carlos cada vez tenía más problemas para desplazarse. A veces, se quedaba paralizado. No podía estar mucho rato en la misma posición. Dormía mal. Y todo eso, cada vez peor.

            Dejó de salir de casa. Yo le visitaba de vez en cuando, pero sobre todo hablábamos muchísimo por teléfono. Siempre llamaba él; con frecuencia dos o tres veces el mismo día. En gran medida, era una putada, porque me interrumpía cuando estaba trabajando; pero yo siempre le daba toda la bola que él quisiera. Él decidía cuándo llamarme y cuándo interrumpir la llamada. No soy una persona paciente, pero con él tuve toda la paciencia del mundo, porque muchas veces me llamaba en momentos muy inoportunos. Pero yo era uno de sus escasos contactos con el exterior, una de sus pocas distracciones. Y, qué demonios, también me gustaba hablar con él. El teléfono era casi nuestro único contacto.

            Y a partir de un momento, ya fue literalmente lo único que nos unía. Para entonces, casi sólo nos veíamos en Nochebuena, pues mi familia y yo íbamos a su casa para cenar. Hasta que José Carlos decidió dejar de hacerlo, porque se sentía demasiado incómodo físicamente para pasar una velada entera. Y ya nunca más celebramos las fiestas de Navidad juntos.

            Pero seguíamos hablando muchísimo por teléfono. ¿De qué hablábamos? De cine, de series de TV, de libros, de ciencia ficción, de nuestra familia, de banalidades. Bromeábamos. José Carlos tenía un gran sentido del humor, pero una inconfesable debilidad por los juegos de palabras. Yo me metía con él, le decía que el juego de palabras es el pariente pobre del ingenio. Pero él, inasequible al desaliento, incluso me telefoneaba exclusivamente para contarme el último juego de palabras que se la había ocurrido. Su último comentario en el blog no lo firmó “Big Brother”, como solía. Aparece en la entrada Procrastinando y es el comentario del anónimo de las 2:51. Y, cómo no, es un juego de palabras.

            Una de las consecuencias del Parkinson es, en su fase avanzada, provocar crisis de insuficiencia respiratoria. La primera que sufrió mi hermano fue, creo recordar, hace dos años y medio. Le ingresaron urgentemente en el hospital, le intubaron, le practicaron una traqueotomía, le indujeron un coma. Estuvo varios meses ingresado. Más o menos un año más tarde, sufrió otra crisis que conllevó una nueva y prolongada hospitalización.

            Y este mes de julio sobrevino la tercera y definitiva.
 
            Mi sobrina Leonor me  telefoneó al día siguiente del ingreso de mi hermano en el hospital, por la noche. Odio cuando suena el teléfono después de las once; sólo pueden ser malas noticias. Y esta vez lo fueron. José Carlos se moría. Fui a verle a la mañana siguiente. Tuve suerte, muchísima suerte, porque pude reunirme con él durante uno de sus últimos momentos de lucidez. Y hablamos de banalidades, como siempre hacíamos, durante algo menos de una hora.

            Pero sobre todo, pude despedirme de él. En realidad, yo ignoraba que era un adiós definitivo; sabía que estaba muy grave, que los médicos le habían desahuciado, pero mi hermano era fuerte como un toro... Sin embargo, cuando él me pidió que me fuese porque quería descansar, sentí la necesidad de besarle, algo que nunca hacía. Así que le cogí de la mano y le besé en la frente. Puede que ése haya sido el beso más importante de mi vida.

            El pasado martes, Leonor me llamó por la mañana y me dijo que José Carlos estaba agonizando, que su muerte era inminente. Vale, sabía que eso iba a ocurrir, pero me desmoroné. Fue entonces cuando escribí la anterior entrada.

            Poco antes de las tres de la tarde sonó el teléfono. Era Leonor; entre lágrimas, me dijo que su padre había muerto. Yo no podía hablar; balbuceé una disculpa, colgué el teléfono y lloré como hacía mucho tiempo que no lloraba. Afortunadamente, un minuto más tarde llegó a casa Pepa, mi mujer, se abrazó a mí y me consoló. Luego llegaron mis hijos y me abrazaron también. Qué buena gente es mi actual familia...

            Nada puede prepararnos para la muerte de un ser querido, y cada muerte es distinta, única. Si hubiese estado en mi mano elegir si mi hermano vivía o moría, ¿qué habría hecho? De prevalecer el egoísmo, habría optado por su supervivencia. Pero actuando con bondad, habría elegido la muerte. Porque la vida de José Carlos era un infierno, y su muerte una liberación.

            Mi hermano solía comentarme lo bien que había sabido morir nuestra madre. Él la acompañó en la ambulancia que la condujo al hospital; por lo visto, ella miraba por la ventanilla, como despidiéndose del mundo. Estaba tranquila, había aceptado su final. José Carlos también estaba presente cuando nuestra madre sufrió el colapso definitivo. Lo último que dijo justo antes de perder el conocimiento fue preguntar qué tal estaba nuestro padre.

            Al final, José Carlos aceptó la muerte y también supo irse con elegancia.

            Pero todo eso sólo es un leve consuelo para mí. En mi interior bullen un montón de emociones, muchas de ellas contrapuestas. Tristeza, sí, y vacío, un inmenso vacío. Es como si me quedara huérfano otra vez. También siento un raro vértigo... Mi familia original, en la que nací, estaba compuesta por mis padres, mis dos hermanos y mi abuela materna. Eso era todo; no tengo tíos ni, por tanto, primos. Pues bien, de esa familia original sólo quedo yo.

            Es como ser una ruina; lo que resta de lo que fue. Yo soy ahora el guardián de la memoria, el último de una saga, aunque no el último de la estirpe. Ahí están Leonor, Óscar y Pablo. Pero me siento un poquito solo, un poquito perdido, porque con la muerte de José Carlos una parte de mi vida, de mi hogar, de mi verdadera patria, se ha esfumado. En el fondo, muy en el fondo de mi interior, me siento como un niño abandonado.

            Ahora, cuando suena el teléfono por la mañana, el primer pensamiento que me viene a la cabeza es que es José Carlos llamándome (casi siempre era él cuando sonaba el teléfono). Y un instante después, el corazón me da un vuelco al comprender que no, que no puede ser, que nunca jamás volveré a charlar por teléfono con mi hermano, que Big Brother no volverá a merodear por Babel.

            En fin... Adiós José Carlos, hermano mayor; te voy a echar muchísimo de menos.
 
 
José Carlos Mallorquí del Corral
26 de diciembre de 1939 – 29 de julio de 2014
 
 
 
 

 
Nuestro padre publicó como complemento de una de sus novelas
la historia de Levi Strauss y sus pantalones. La empresa, en
agradecimiento, le envió a m padre una gran caja llena de ropa
vaquera para toda la familia. Las dos fotos se tomaron el día que
llegó, el sábado 30 de junio de 1956. Por entonces, los Levi's
no se vendían en España, así que debimos de ser los primeros
del país en llevarlos.



 
 
José Carlos y yo en 1956

 
José Carlos y yo en 1954
 
 
Nuestro padre hacía sus propias felicitaciones de Navidad.
En la foto, la mano de la izquierda es de Eduardo y la de la derecha
de José Carlos.

36 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Carlos. Sólo quería darte el pésame y también darte ánimos aunque suene aún más vacío que hace un par de días. Espero que escribiendo esta entrada y leyendo los mensajes, encuentres un pequeño espacio de consuelo, además del que te proporcionarán tu seres más queridos.

Un abrazo.



Anónimo dijo...

Mi pésame más sincero,César.Me has emocionado mucho y estoy segura de que,como yo,tus merodeadores y lectores te agradecemos muchísimo que nos dejes entrar en tu intimidad,que quieras compartir con nosotros tu dolor y tu vacío.Piensa que mientras tú vivas,tu hermano también vivirá.
Un abrazo enorme de Aurora Boreal

Jarl-9000 dijo...

Poco se puede decir en estos momentos para aliviar el dolor, pero déjame enviaros un fuerte abrazo virtual para ti y los tuyos.

Llegué a este blog por primera vez con la serie dedicada a Eduardo, que RM enlazó en su blog. Un relato desgarrador y emotivo, que me permitió conocerte y apreciarte. Ahora, a través de este otro no menos emotivo relato, conocemos un poco mejor a José Carlos y compartimos una pequeña parte de tu pérdida, que sentimos como nuestra.

Un brindis por Big Brother. Que descanse en paz.

PLINIO dijo...

Buenos días Cesar: Lo siento mucho, sinceramente.

Un fuerte abrazo.

La Vieja Piragua dijo...

Lo siento muchísimo. Siempre leo tu blog y los comentarios de Big Brother, sabiendo que era tu hermano, me parecían entrañables. Me he sentido identificado con el acceso imparable de lágrimas que describes. Cuando murieron mis tres primeros abuelos y una tía abuela asimilable no conseguía llorar y me parecía raro. Cuando murió mi última abuela, a la que me sentía más unido, lloré sin parar, de forma incontrolada, como si se hubiera abierto la espita de la que hablas. Lloraba por ella, por mis otros abuelos y creo que también por mi mismo. Muchas gracias por compartir cosas tan íntimas en este blog; con ellas nos ayudas, a mi al menos, a comprender mejor las nuestras. Recibe todo el ánimo que te pueda llegar a transmitir un lector anónimo de tu blog. El que de verdad te ayudará, claro, será el de tu mujer y tus hijos.

Babilonia dijo...

Lo siento, César. No se me ocurre qué más decir, salvo que con Big Brother se va una parte pequeñita de Babel. Después de leer sus comentarios durante años se va a echar de menos verle por aquí. Y subrayo las palabras de Aurora Boreal: vivimos en el recuerdo de los demás.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Hola César. Soy el anónimo de la primera entrada, discúlpame el cambio de nombre. Teniendo en cuenta el porrón de años que llevo pasando por aquí la ida de olla me parece bastante gorda.

Disculpas de nuevo y un abrazo.

Jose Luis G. dijo...

Ánimo, César. Un abrazo.

Elena Rius dijo...

Lo siento mucho, César. Es cierto que nunca estamos preparados para perder a quienes queremos. Echaremos de menos nosotros también los comentarios de Big Brother en el blog.

Byron dijo...

Lo siento mucho, César.
Estaba acostumbrado a ver por aquí a Big Brother comentando entradas, a mí también se me hace raro pensar que ya no habrá comentarios suyos.
Ánimo. Un abrazo.

Begoña Argallo dijo...

A veces hay dolores tan inconmensurables que si no pudiésemos echarlos fuera de nuestro cuerpo nos matarían, por eso eligen ser convertidos en palabra escrita. En ocasiones necesitamos tanto recordarnos que la vida es hermosa, que incluso mientras sentimos que nos deshacemos en pedazos, nos salen palabras líricas y eso es porque pese a todos los desastres e injusticias amamos este planeta nuestro que está lleno de una belleza que nos cohabita.
Llevo alejada de los blogs muchos días y ha supuesto un mazazo grande saber lo que ha ocurrido. Creo que todos en algún momento hemos sentido más o menos lo mismo que tú ante la pérdida de alguien importante, creo que por fortuna ser escritor hace que las personas importantes nunca se mueran. Hace años leí El principe oscuro, de Christine Feehan, hubo algo en ese libro que me impactó, después busqué en wikipedia y supe que se le había muerto un hijo y que la terapia de la escritura la ayudó a superar ese trance. Hay personas que saben construir frases inolvidables filtradas a través de su dolor, o hacer inmortales a personas que ya se han muerto, dotándoles de nuevas vidas aunque sean mitad inciertas mitad verdad. Creo que ese es un gran don del que no estás exento. Siento la extensión de mi comentario y me uno a ese dolor irreparable que ha de llevarse como un nuevo tatuaje que nadie pidió. Pueden todas las nubes del mundo tornarse oscuras, pero detrás de ellas siempre resplandece un rayo de sol. A veces habernos rodeado de personas tan valiosas pese a haberlas perdido es una auténtica bendición porque con su ayuda hemos aprendido a observar el mundo y a quedarnos siempre con lo mejor.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Lo siento mucho, César. El vacío que dejan los que se van nunca se ocupa de nuevo. Un sincero abrazo.

Francisco Javier x dijo...

Ante todo mi mas sincero pésame.
Y digo sincero por que lo siento de verdad, no puede decirse que conociera a tu hermano, pero en 1987 antes de dejar Madrid por temas de trabajo, estaba yo en la galería de tiro con arco de la plaza elíptica, cuando me llamaron la atención los comentarios de un hombre corpulento y con pinta de afable y bonachón.
Aquel señor hablaba de ciencia ficción con entusiasmo, y sobre todo con conocimiento.

Enseguida me cayó bien.
Un poco más tarde estábamos tirando unas flechas
el uno al lado del otro, y cruzamos unas palabras sobre nuestro deporte favorito.
Lastima porque después de aquello abandoné Madrid y no volví por la galería.
No sé de que manera me enteré de que aquel señor era el hijo del "Coyote"
Curiosamente hasta ahora pensaba que aquel señor tan conocedor de la ciencia ficción tenía que ser Cesar Mallorquí, pero ahora compruebo que se trataba de tu hermano.
Hay personas con las que enseguida notas una afinidad, con las que desearías hablar, o quizás entablar una amistad.
Estoy seguro de que José Carlos era un gran tipo.
Un fuerte abrazo y consuélate pensando en el tiempo que disfrutaste de su compañía.
Descanse en paz.

Juan H dijo...

Lo siento mucho, César. Un abrazo muy fuerte para tí y toda tu familia.

Miguel Sanfeliu dijo...

Lo lamento mucho.
Un fuerte abrazo.

Molina de Tirso dijo...

Mucho ánimo de alguien que pasó por lo mismo hace ya tiempo.

Anónimo dijo...

Lo siento mucho César.
Un fuerte abrazo.

Mabel

Anónimo dijo...

Lo siento de corazón César. Mi más sentido pésame. Ante estas situaciones suelo quedarme mudo.
Un abrazo
Mazarbul

Juan Constantin dijo...

César:

Lo siento mucho.

Espero que tu hermano descanse en paz.

Mucho ánimo.

Juan Constantin

rubens dijo...

Soy un fiel merodeador de Babel (aunque no suelo intervenir). Descanse en paz "Big Brother", del que también seguía sus esporádicos comentarios.
Lo siento mucho, César.
Un abrazo,
Rubén

Numeros dijo...

La vida que vivimos se valora por los recuerdos y hechos que dejamos. En ese sentido, la vida de tu hermano fue pródiga y bien aprovechada. Que los que le conocieron y disfrutaron de él, lo tengan siempre como ejemplo.

Un fuerte abrazo para ti y su familia.

José Yofre Schjaer dijo...

Hola César. Soy un merodeador habitual de tu Babel desde hace años y hasta ahora nunca había escrito un comentario. Lamento muchísimo la pérdida de tu hermano. Un abrazo virtual de un perfecto desconocido.

Natalia dijo...

Lo siento mucho. Ánimo.
Un abrazo.

Emilio dijo...

Un abrazo, César. Mucha fuerza.

Sebastián dijo...

Me quedé de piedra cuando leí la primera frase. Mi pésame y una abrazo, César.
Alzaré mi vaso en honor a José Carlos. Descanse en paz.
-Sebastián.

Numael dijo...

Un abrazo muy fuerte César, mucho ánimo.

Juanma dijo...

Lo siento de veras, César. Me enteré anoche por Susana.

Cada experiencia vital es única, eso está claro, pero me siento reflejado en muchas de las cosas que comentas: relaciones con hermanos mucho mayores que actúan como figuras paternas, ese vacío absurdo e irreparable a la hora en que te llamaba o llamabas al ser querido que se ha ido...

Un abrazo muy grande y sincero, César.

César dijo...

A todos: Muchísimas gracias, amigos míos. Vuestras palabras de ánimo han supuesto un gran alivio para mí. Ya sé que, en la mayor parte de los casos, no nos conocemos personalmente, pero eso no atenúa el cariño. Muchos de los nicks que aparecen por aquí son ya para mí como los nombres de viejos amigos. Gracias de nuevo.

Francisco Javier x: Me alegro de que conocieras a mi hermano y te agradezco que te hayas molestado en decírmelo. Así que gracias.

Anónimo dijo...

Un beso, grandullón

victorderqui

Anónimo dijo...

Un beso, grandullón

victorderqui

Anónimo dijo...

Sé que llego con retraso pero acabo de llegar de un viaje y me acabo de enterar de tu pérdida. Recibe un fuerte abrazo de mi parte como muestra de afecto y apoyo y también mis felicitaciones por toda la alegría y felicidad que compartiste con tu hermano.

Los que merodeamos por aquí también echaremos de menos sus comentarios.

Rickard

Antonio Jarreta dijo...

Con retraso, pero me gustaría darte el pésame, César. La verdad es que no sabía muy bien que decir. Iba a dejar un comentario largo en la otra entrada, pero entonces atacó el mutismo. La muerte, como a casi todos, me aturulla, me deja sin palabras. Mas que la muerte, es el dolor. Esperamos calmarlo con esas mismas palabras, aunque sabemos que nunca podremos hacerlo, y que es estúpido intentarlo, pero ¿qué más podemos hacer? La muerte nos deja indefensos de la manera más absoluta posible. Así que las decimos. Una y otra vez. Y deseamos que ojalá, solo por una vez, decirlas sirviera para extirpar el dolor. Pero nunca sirven. No del todo.

No nos conocemos en persona, César, pero desde aquí te mando mi cariño y mi apoyo. Que el proceso de cicatrización sea lo más breve y menos doloroso posible.

Anónimo dijo...

Mi más sentido pesame.

César dijo...

Antonio Jarreta: Las palabras no curan, es cierto; pero alivian. Las palabras, a veces, son analgésicas. Muchas gracias por las tuyas, amigo mío.

Anónimo de las 3:52: Gracias.

Marga dijo...

Estimado César: ¡Qué bien has descrito lo que yo siento desde que murieron mis padres! Siento mucho tu dolor y te agradezco que lo compartas.

César dijo...

Marga: Gracias a ti :)