viernes, enero 9

La risa vencerá



            ¿Os habéis parado alguna vez a pensar por qué existe el sentido del humor? No es una pregunta retórica; está claro que en algún momento, durante el proceso evolutivo que nos condujo de la rama de un árbol a los cómodos asientos en que ahora nos aposentamos, apareció el humor. Y se quedó con nosotros para siempre, lo que demuestra que el humor tiene alguna utilidad para la supervivencia de la especie. Pero, ¿cuál? Una posible respuesta es que la risa alivia el dolor. Me refiero al dolor físico, porque está demostrado que cuando te ríes tu umbral del dolor se eleva; pero también, y sobre todo, al dolor moral.

            Un momento: ¿Sólo los humanos tenemos sentido del humor? Pues nadie lo sabe a ciencia cierta, pero yo diría que sí. Incluso diría que el humor es uno de los principales rasgos distintivos del ser humano. Y no me vengáis diciendo que tenéis un perrito o un gatito que son la monda de graciosos, porque tenemos una gran tendencia a atribuir emociones humanas a actitudes animales que nada tienen que ver.

            Lo que sí se ha demostrado es que muchos animales, cuando están a gusto, emiten ciertos sonidos característicos. Por ejemplo, cuando los chimpancés se lo pasan bien prorrumpen en una especie de jadeo. Y se cree que nuestra risa no es más que una evolución de ese jadeo simiesco. Pero, atención, una cosa es hacer “ha-ha” cuando estás disfrutando, y otra muy distinta hacer “ha-ha” cuando lo estás pasando fatal. De hecho, eso último parece absurdo, ¿verdad? La explicación, supongo, es conductista. Si cuando estás bien te ríes, si te ríes –aunque no tengas motivos- tiendes a estar bien (o, al menos, mejor).

            Los humanos somos los únicos animales conscientes de que, hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Lo cual es muy chungo; no lo de morirse, sino lo de saberlo por anticipado. La muerte es terrible e inevitable y, ante ella, sólo caben cuatro opciones. Una de esas opciones es el humor, reírse de la muerte. No vale para nada práctico, pero alivia.

            Permitidme poner un ejemplo extraído de mi vida. Yo tenía 19 años cuando mi padre se suicidó. Su muerte fue un mazazo para mí, me dejó hecho mierda. Esa misma tarde vinieron a verme unos cuantos amigos, y yo, sin proponérmelo, me puse a bromear y a hacer chistes. Recuerdo las caras de desconcierto de mis amigos –supongo que pensaban que me había vuelto loco, o que era un monstruo-, pero yo no podía parar de bromear, lo necesitaba, era imprescindible. Y no porque la risa me hiciese sentir bien (eso era imposible), sino porque la risa me ayudaba a no sentirme peor, a no volverme loco de pena, a no desmoronarme. La risa, como tantas otras veces a lo largo de mi vida, me salvó.

            Hace poco, en un excelente blog amigo, se comentaban una serie de libros en los que sus autores relataban el proceso emocional que habían seguido ante la pérdida de un ser querido. La gestora del blog decía que la lectura de esos libros podía ser un alivio para quienes sufren una pérdida similar. Yo escribí un comentario diciendo que no, que quizá fueran un alivio para quienes los escriben, pero no para quienes los leen. La encantadora bloguera refutó mi opinión con sólidos argumentos, y yo no respondí. No porque me convenciese, sino porque a lo mejor se trataba de que yo soy un tío raro. Porque ante una pérdida terrible no quiero leer historias terribles. Quiero leer a Woodehouse, y a Jardiel Poncela, y a Mark Twain, y a Evelyn Waugh, y ver películas de los Hermanos Marx, y de Woody Allen, y de Billy Wilder. Ante un suceso terrible quiero reírme, porque la risa será el bálsamo de urgencia que empezará a curar las heridas. Y si no lo consigo, si ante la muerte no logro desplegar el abanico del humor, entonces habré fracasado y comenzaré a estar yo también un poquito muerto.

            Joder, qué serio me estoy poniendo. Parece un contrasentido... Pero es que, en el fondo, el humor es algo muy serio. A fin de cuentas, el humor no es más que un punto de vista distinto sobre la tragedia.

            Hasta ahora he hablado del humor como escudo, pero el humor también puede ser una espada. La ironía y el sarcasmo, esas son las principales armas del humor. Y son armas tremendas, poderosísimas. Si tu enemigo se alza, metafóricamente, sobre un pedestal (y todos los enemigos lo hacen), no será necesario que le ataques; bastará con que socaves su pedestal.

            Una anécdota (probablemente apócrifa) de Winston Churchill puede ilustrar este punto. Estaba Churchill dando un discurso en el parlamento, cuando una diputada de la oposición le interrumpió y le dijo: “Señor ministro, si Vuestra Excelencia fuese mi marido, yo pondría veneno en su taza de té”. Churchill la miró fijamente, se quitó las gafas y respondió: “Y si yo fuera su marido, señora, me tomaría ese té”. ¿Qué puedes hacer o decir ante esa respuesta? Pues nada, salvo enrojecer, sentarte y no volver a abrir la boca durante todo el debate. Porque el humor no te derriba; sencillamente, te desarma.

            Decía unos párrafos más arriba que, ante la inexorabilidad de la muerte, sólo caben cuatro opciones. Una es procurar olvidarnos de ella; sabemos que la vamos a palmar, pero no pensamos mucho en ello (todos lo hacemos, no me digáis que no). Otra posibilidad es desear la muerte, aunque eso no está al alcance de todos, claro. La tercera alternativa, como ya he señalado, es reírnos de la muerte. ¿Y la cuarta? Pues negar, contra toda evidencia, la muerte. Es decir, tu cuerpo físico acabará convertido en polvo, sí, pero la parte sustancial de ti mismo, la supuesta alma, sobrevivirá e irá a otro lugar o se reencarnará. Lo que sea, pero tú vas a estar ahí para verlo, aunque hayas renacido en forma de cucaracha.

            Alguien, no recuerdo quién, dijo: “La tumba de los hombres es la cuna de los dioses”. O sea, que inventamos las deidades para dar una salida a nuestro miedo a morir. Esta frase, aunque no es del todo cierta, si resulta bastante aproximada. Pues bien, paradójicamente, dos de nuestras opciones para vencer al temor a la muerte -el humor y la religión- son incompatibles entre sí. Dios y la risa no casan bien.

            En el fondo es lógico. Por un lado tenemos el concepto de “dios”. Un ser tan poderoso que, literalmente, puede hacer contigo lo que le venga en gana no invita precisamente a la broma, sino más bien al acojone (por eso los creyentes le dan tanta coba). Por otro lado está la actitud mental de los creyentes. Porque creer en cosas increíbles supone dejar de lado la racionalidad y zambullirte en una emocionalidad tan íntima que no admite el menor cuestionamiento. “Si atacas a lo que creo, me estás atacando a mí”. Y no hay nada que hiera tanto a quienes albergan ideas absurdas que la risa. La burla duele más que los insultos.

            Eso no quiere decir, por supuesto, que los creyentes no tengan sentido del humor, sino que los creyentes son incapaces de aplicar el humor a lo que consideran sagrado y, por tanto, intocable. No obstante, cuanto más ciegamente creyente seas (cuanto más fanático seas), menos sentido del humor tendrás, porque para los fanáticos todo es sagrado. A fin de cuentas, de eso va El nombre de la rosa; de la incompatibilidad entre la fe y la risa.

            Todo esto viene a cuento, si es que viene a cuento, por los asesinatos cometidos durante el asalto a la redacción de la revista Charlie Hebdo a manos de dos descerebrados integristas islámicos. ¿El pecado de esos redactores? Haber osado reírse de unas creencias risibles. Ya veis, para algunos el sentido del humor se castiga con la pena capital. A eso se le llama no saber encajar las bromas.

            Al principio pensaba escribir sobre los perjuicios de la religión, ilustrándolos con la famosa frase de Weinberg: “Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Sin embargo, ¿qué sentido tendría? ¿A quién voy a convencer que no esté convencido ya? También pensaba criticar el relativismo cultural (y algún día lo haré), pero sólo voy a decir algo en este sentido: No todas las culturas son aceptables en todos sus términos. O, mejor dicho, no todas las actitudes culturales son legítimas. La, llamémosla así, cultura occidental tiene muchos, muchísimos defectos, pero uno de sus productos (al menos como aspiración) es mejor que cualquier otro que conozca: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En mi opinión, se trata del avance ético más importante de la historia.

            Pues bien, contra eso atentaron los dos descerebrados integristas (definirlos así es un pleonasmo, me temo). En concreto, atentaron contra la libertad de pensamiento y de expresión (y contra el derecho a la vida, claro). Atentaron contra la potestad que todos tenemos de reírnos de lo que nos venga en gana. Atentaron contra el sentido del humor, se propusieron acallar las risas. Y si lo consiguen, habrán ganado.

            Siempre he admirado la escuela francesa de periodismo satírico. No sé si lo sabéis, pero a comienzos de los 80 hubo una versión española de la revista Hara-kiri, precursora de Charlie Hebdo. Allí conocí el trabajo de dos de los asesinados en el atentado: Wolinski y Cabu. Me encantaban, hacían un humor muy salvaje.

            Wolinski, Cabu y otras diez personas están ahora muertas (y otras once heridas), algo que, supongo, en principio no les haría ninguna gracia. Pero estoy seguro de que, de un modo u otro, acabarían encontrando la forma de encontrar el lado gracioso de su propia muerte. Pues bien, eso, la risa, les hará inmortales, y no la tonta creencia en absurdas deidades e ideas.

            Porque, llamemos a las cosas por su nombre, esos dos funestos integristas (otro pleonasmo) son unos hijos de puta, sí; pero sobre todo son un par de gilipollas sin el menor sentido del humor.

            Que les jodan.

19 comentarios:

Juan Antonio Melero Ginzo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Antonio Melero Ginzo dijo...

Me gusta tu texto y no solo me parece que está muy bien escrito, sino que lo que dice es poético y quizás lo más importante: está cargado de razón, así es; la falta de sentido del humor es un handicap para tener una vida feliz que, al fin y al cabo, es de lo que se trata. También es cierto que el dogma y lo sagrado están reñidos con el sentido del humor; bueno, mas que reñidos, se excluyen. Con mas sentido del humor se habrían evitado muchas tragedias en la historia de la humanidad; suena trascendente, pero así es.En cuanto a lo que comentas de libros sobre la muerte de los padres, hay uno de Karl Ove Knausgard, un escritor Noruego que vive en Suecia, que se llama "La muerte del padre". Os lo recomiendo encarecidamente, os gustará, seguro. Me gusta tu blog y te "odio" por lo bien que escribes. Es tan difícil... (dette2666)

Samael dijo...

si no quieres que se rían de tus creencias, no tengas creencias que dan risa.
(autor desconocido)

César dijo...

Juan Antonio: muchas gracias por tu "odio"; eres muy amable :) El libro de Knausgard también me lo recomendó mi hijo Pablo. Lo leeré.

Samael: Cierto, muy cierto.

Anónimo dijo...

Son tan estúpidos y risibles que matan en nombre de cosas que no existen. La historia de las religiones es una historia de crímenes y guerras en nombre de un dios.
El humor desarma sus imposibles argumentos. Un buen chiste arruina sus creencias.
( Un chiste sobre ciencia y religión: Woody Allen, al que citas, decía en una de sus películas algo así como que le merecía más confianza el aire acondicionado que dios. Si no era así era algo parecido).
Esta entrada, César, es insuperable. No se puede decir mejor, no se puede escribir mejor.
Saludos

Elena Rius dijo...

La risa es muy necesaria, imprescindible. Sobre todo en las cosas serias. En el amor, por supuesto (nunca he podido enamorarme de alguien que no sepa hacerme reír), y también en el dolor. Como bien dices, es una de las mejores maneras de sobrellevar el dolor y la pena. Correspondiendo a tu anécdota sobre la muerte de tu padre, te diré que cuando al mío le dieron el diagnóstico definitivo en el hospital (le quedaban pocas semanas de vida), estábamos todos los hijos con él, alrededor de su cama. Todos, como es natural, destrozados. Pero nos pusimos, él el primero, a bromear y acabamos soltando tales carcajadas que acudieron las enfermeras a ver qué pasaba. Cada vez que recuerdo esa época oscura, ese momento sobresale con luz propia,una de las pocas memorias que la redimen.
Hoy, más que nunca, hay que reivindicar el humor.

Anónimo dijo...

Personalmente, lo que me deja del todo atónito no es que existan religiones más o menos risibles; ni que haya gente con más o menos sentido del humor; ni tan siquiera constatar que el mundo está lleno de gilipollas o cabronazos que se dejan manipular. Lo que realmente me estremece, lo que de verdad me deja acongojado, es darme cuenta de que por el mundo pululan personas, por llamarlas de algún modo, incapaces de anteponer la vida de cualquier otra persona por encima de todo.

Ferran dijo...

Buenas César

Pues bueno, el problema es el fanatismo de las religiones, que mezclado con política crea una especie de sociedad cerrada que intenta imponer sus ideas.

Como bien dices, lo más importante es la capacidad de reírse de todo, hacer reír, y lo más importante, reírte de ti mismo. Reírte, por supuesto, sin faltar al respeto.

Un gran escrito, lo has ligado todo muy bien.

Por cierto, lo que confirma el título de tu post es que des de la revista Charlie Hebdo se dijo que seguirían publicando.

Un saludo

Begoña Argallo dijo...

Sin duda alguna la risa es el mejor antídoto contra todos los males del mundo.
Saludos

Anónimo dijo...

Fantastico, si hubiese sabido hacerlo, lo habría escrito yo.
Ramón.

Sebastián dijo...

Nadie podría expresar mejor el absurdo de este atentado. Lo mejor de todo es el diario que salió después del ataque: Mahoma llorando y pidiendo perdón.

Mara Leiva dijo...

¿Qué hago yo ahora, César? ¿Me inclino y te hago chapó directamente o empiezo por alabarte primero, y luego, cuando sea evidente mi debilidad por tus palabras, me quito el sombrero? No lo sé. Creo que es más que evidente el enorme talento que posees, ¿no? Vamos, que dudo que sea necesario que una cría te lo ande diciendo, pero a veces agrada que te lo recuerden, supongo.

César dijo...

Mara Leiva: ¿Qué debes hacer? Nada, amiga mía, salvo seguir siendo tan encantadora y amable como eres. Y no tengo un enorme talento, sino cierta habilidad para juntar palabras, eso es todo. Ah, por cierto, no eres ninguna cría. O quizá sí lo seas, pero en el mejor sentido de la palabra. En cualquier caso, me ha encantado tu comentario. Muchas gracias.

Mara Leiva dijo...

Sigo sin dar crédito al hecho de que hayas perdido parte de tu tan valioso tiempo en responder mi comentario. Pero bueno, ya puestos, permíteme decirte que esa habilidad, que como tú bien dices, tienes para unir palabras, es algo extraordinario. Te pareceré de lo más cursi (hasta a mí me lo parezco), pero claro, si tuviera ese don de palabra que tú disfrutas, te lo diría de una forma menos remilgada. El caso es que, aunque no te lo parezca, te admiro de una manera casi enfermiza, así que imagínate mi sorpresa al ver tu respuesta en la pantalla. En realidad mi reacción ha sido de lo más descojonante. Pero, volviendo al tema que nos ocupa, creo que la que debería darte las gracias soy yo. Con esa contestación me has alegrado el día, la noche y todo lo que queda de 2015. Incluso me has alegrado esta semana, que por cierto, viene cargadita de exámenes, así que fíjate.
Todo esto viene a quedar resumido en un enorme agradecimiento.

César dijo...

Querida Mara, me abrumas... Ante tanto elogio nunca sé qué decir. Salvo que, de verdad, no es para tanto. Por ejemplo, mi tiempo no es tan valioso como crees; deberías ver cómo lo pierdo jugando a videojuegos o al backgammon por Internet. Y sólo es valioso cuando lo empleo para precisamente lo que estoy haciendo ahora: hablar con alguien como tú. En cuanto a mi poco o mucho talento, no es un don, no es que haya nada especial en mí. Es fruto del trabajo, del aprendizaje, de muchísimos años escribiendo. Yo siempre digo que lo que hago sólo es un trabajo como otro cualquiera (aunque quizá un poquito más infrecuente). La única diferencia es que el fruto de mi curro no ocurre fuera de ti, sino en el interior de tu cabeza cuando me lees. Es, digamos, una actividad más íntima, más próxima. Siempre he pensado que leer es meterte en la cabeza de otra persona (en la del escritor), así que cuando me lees eres un poquito yo, y eso establece un extraño lazo. Joder, qué filosófico me estoy poniendo...

Pero te confieso que sí que tengo un don especial: me basta con leer muy poquito de lo que escriba una persona para saber si tiene habilidad para escribir y si es inteligente.

Pues bien, sólo he leído tus dos mensajes y algunos breves comentarios tuyos que he pillado en Google, pero puedo decirte dos cosas: Escribes muy bien y eres inteligente. Sigue así. Y, como soy inconcebiblemente más viejo que tú, permíteme un consejo: eres un ser humano completo y no necesitas a nadie ni a nada para seguir siendo lo que eres: una fantástica persona. Jamás te supedites a un hombre y cuando establezcas una relación de pareja, que sea de igual a igual. Tú vales tanto o más que cualquier otro. Eres importante.

En fin, me estoy poniendo un poco gilipollas, perdona. Es que, verás, soy un feminista convencido y no me gustan los comportamientos de algunos jóvenes actuales, tremendamente machistas. Hay una entrada en el blog, que se llama "Hay que matar al príncipe azul", donde lo explico más largo y tendido.

Gracias de nuevo por tus palabras y un beso.

Mara Leiva dijo...
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Mara Leiva dijo...
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Mara Leiva dijo...
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Blogger dijo...

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