sábado, febrero 7

Frío



Hace unos meses, comentaba aquí que las personas, cuando viajamos a otros países, lo hacemos rodeados por una burbuja de nuestra propia cultura. Es decir, aunque estemos en un entorno completamente distinto, seguimos comportándonos y pensando como si estuviéramos en nuestro país. Ahora añado que incluso quedándonos en España, seguimos envueltos en otra burbuja, la de nuestra clase social, nuestra educación y nuestro ambiente más inmediato. Yo, por ejemplo, no represento a lo que hoy es España, sino, en todo caso, a los madrileños de clase media, con estudios universitarios, profesión liberal, un estilo de vida acomodado, alto nivel cultural... Y mis conocidos y amigos más o menos lo mismo.

            Instintivamente, doy por hecho que, en general, los puntales básicos de mi estilo de vida son comunes a la mayor parte de mis conciudadanos. Todos tenemos casa, todos tenemos familia, todos nos alimentamos, todos nos protegemos de las inclemencias del tiempo de forma parecida, todos tenemos acceso a la sanidad y la educación... Sé que no es cierto; leo la prensa, escucho la radio, veo la TV, y estoy al tanto de que mucha gente en mi propio país carece de lo que yo considero básico. Pero una cosa es saberlo intelectualmente, y otra cosa es sentirlo de forma concreta siendo testigo directo.

            Por ejemplo, si leo que el tsunami del Índico causó más de trescientos mil muerto me horrorizo. Pero me horrorizo de forma abstracta, porque en realidad no puedo imaginarme a tal cantidad de gente ahogándose. Esas muertes no se convierten para mí en una experiencia, sino en un dato. Ahora bien, si estoy en la playa y veo que alguien, una sola persona, se ahoga, el choque emocional será mucho más intenso. Porque esa muerte no será un dato más en la estadística de los fallecidos por ahogamiento, sino una experiencia vital próxima a mí. Una cosa es saberlo y otra vivirlo.

            Como sabéis, en España estamos padeciendo los rigores de dos olas de frío, una polar y otra siberiana. En realidad, no tiene nada de extraordinario; estamos en invierno, ¿no? En Madrid llevamos un par de semanas con una rasca del carajo. Ahora mismo (son las 10:30) hay tres grados de temperatura en el exterior y está muy nublado. Mucho frío. Pero estoy en mi despacho, calentito...

            Pues bien, el pasado martes se estropeó la caldera que nos proporciona agua caliente y calefacción. Me desperté con la casa helada y tuve que ducharme con un agua que me hizo pensar en morsas y pingüinos. Llamé al servicio de reparaciones y se comprometieron a venir por la tarde. En total, la calefacción estuvo sin funcionar desde las siete de la mañana (cuando debería haberse conectado automáticamente) hasta que la repararon a eso de las seis de la tarde.

            Entre tanto, yo me puse a intentar trabajar, sentadito frente a mi escritorio como un buen niño. Llevaba pantalones de pana y un jersey bien gordo, pero al poco rato tuve que ponerme una manta sobre las piernas, porque me estaba quedando pajarito. Pero, ay amigos, no podía ponerme guantes (intenta pulsar un teclado con guantes y verás qué risa), así que las manos no solo se me estaban quedando heladas, sino que además empezaron a ponerse rígidas y a agarrotarse. Imposible trabajar así. Hacía tiempo que no pasaba tanto frío. A mediodía decidí salir a hacer algunos recados, porque así podría disfrutar de la calefacción del coche. Pero regresé a casa a la hora de comer y de nuevo me sentí como disidente soviético de vacaciones en un gulag siberiano. Sólo fueron once horas, pero coño, qué frío pasé.

            Y mientras estaba ahí, tiritando, pensé que mucha gente de mi propia ciudad iba a pasar todo el invierno en las mismas condiciones que yo en esos momentos. Personas que tienen casa, incluso trabajo o pensiones, pero que carecen del dinero necesario para poder permitirse el lujo de encender la calefacción. A eso lo llaman pobreza energética, como si ponerle nombre a las monstruosidades las hiciera más llevaderas. Mejor decir “pobreza energética” que “puta miseria”, supongo. Es más cool y nos deja más tranquilos.

            Últimamente se están produciendo en Madrid más incendios de lo normal. Mucha gente que no puede pagar la calefacción se calienta con braseros, estufas o, qué sé yo, haciendo una hoguera en un cubo. Entonces una chispa salta, la casa se incendia, los inquilinos mueren. Pero ¿qué importa? Sólo son estadísticas. He comprobado en Internet que también hay más muertes por intoxicación de monóxido de carbono, a causa de la mala combustión de braseros y estufas. Joder, tengo la sensación de haber vuelto a mi niñez, a finales de los 50, cuando esas cosas eran más habituales. O a lo mejor es que estamos regresando a Dickens...

            El martes pasado, mientras experimentaba los mismos rigores climáticos que un pobre energético, no dejaba de preguntarme cómo consentimos ese estado de cosas. Estamos empezando a aceptar como normal lo que sencillamente es inasumible. Cada día se hace más ancha la brecha entre los que les sobra de todo y los que no tienen nada, ni siquiera derecho a calentarse. Recuerdo que, cuando existía la Unión Soviética, en occidente se mostraban imágenes de colas interminables en Moscú para intentar adquirir algún producto básico, y a eso se le llamaba con sarcasmo el “Paraíso comunista”. Pues bien, esto que nos rodea es el rutilante “Paraíso neoliberal”.

            Cuando pienso en estas cosas, ¿sabéis lo que siento? Frío. Mucho frío. Y rabia, mucha rabia. ¿Cuánta gente tendrá que morirse congelada, o quemada, o asfixiada, hasta que reaccionemos? ¿O es que hace tanto frío que se nos ha congelado el corazón?

13 comentarios:

Álvaro Nevado "Holdy" dijo...

Tan terrible como real. Bravo.

Elena Rius dijo...

Eso mismo pienso yo cada vez que veo noticias de gente muerta por monóxido de carbono, o por un incendio debido a un brasero... Y no me extraña que la gente recurra a cualquier medio para calentarse, cada vez que me llega la factura de la luz o del gas me llevo un susto terrible. Y eso que yo aún puedo pagarlo. Dickens, estamos volviendo a Dickens.

Mazcota dijo...

Me sucedió algo parecido hace un par de meses. Nos mudamos a un piso nuevo y entramos a vivir antes de dar de alta el suministro de agua. No tardaron demasiado en venir a instalar el contador, apenas tres días, pero tuvimos que subsistir con garrafas del súper, rellenándolas en una fuente cada vez que se agotaban. Y suerte que nos duchábamos en casa de un familiar, porque te puedo asegurar lo inconscientes que somos (al menos yo lo era) de la cantidad de litros que gastamos diariamente para nuestros quehaceres. Ahora conozco, de primera mano, las enormes dificultades que padecen las personas que no se pueden permitir pagar el agua corriente. Pero, si te pones a pensar, aún tengo que estar agradecido por gozar de fuentes públicas, porque hay países donde es imposible encontrar una. Y que, a estas alturas de progreso, todavía no tengamos agua potable al alcance de todo el planeta, es un hecho escalofriante.

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Es el signo de los tiempos que nos ha tocado sufrir.
Es muy fácil acostumbrarse a lo bueno. Tanto que, al final suponemos que siempre ha sido así, y que siempre lo será, cuando es muy fácil que desaparezca.
Hace unas semanas fui al cine con unos amigos. Al salir decidimos coger comida para llevar de un restaurante chino. Mientras aparcaba el coche un hombre joven, de unos 25/30 años estaba de pie como comprobando que no golpeara a los otros vehículos. Cuando me bajé, se dirigió a mí y me dijo que si me podía hacer una pregunta. No tenía mal aspecto ni parecía agresivo ni peligroso, así que le contesté que bueno. Entonces empezó a decir que estaba pasando una mala racha y que si podía... bueno... las palabras no le salían. Se le veía como avergonzado de tener que pedir limosna. Le di el suelto que llevaba en el bolsillo, tres o cuatro euros. No se lo esperaba -le habrían dicho que no bastantes veces-, y los ojos se le humedecieron y le temblaban los labios y la voz. Espero que esto te ayude -le dije. No quería avergonzarlo más, así que me despedí y me fui con mis amigos que observaban en la acera de enfrente. Alguno me dijo que no debería haberle dado nada, que igual se lo gastaba en bares.
No sé si lo haría, pero me dio igual. Mi padre me enseñó hace ya muchos años, que si puedo remediarlo, no permitiera que, por tres o cuatro euros de mierda, un semejante mío pasara hambre. Aunque alguno me engañara.
Lo ideal sería que este joven tuviera un trabajo y no tuviera que mendigar, o que los servicios sociales pagados por los ciudadanos -iba a decir todos, pero está claro que no por todos- le proveyeran al menos de una comida caliente. Pero no es así. Ni lo será con las políticas actuales.
La caridad no debería ser la solución, al menos la única solución. Pero, mientras la ayuda social llega (si lo hace, suele hacerlo tarde y mal), habrá que darle alguna solución a esos niños que sólo hacen una buena comida al día en su comedor escolar, a esas personas -da igual que sean ancianos, o familias con niños de pocos meses- arrojados a la puta calle en pleno invierno, porque su banco -rescatado con el dinero de todos, por cierto- no puede aguardar un poco, o a quienes teniendo un infratrabajo han de pedir ayuda a Caritas, para poder comer porque apenas pueden pagar la hipoteca con el sueldo miserable que les pagan por explotarlos.
Yo también me indigno.

Juan Constantin

Anónimo dijo...

Pues sí césar, algo se debe estar pudriendo en nuestra sociedad cuando hay personas que no pueden pagar energía para calentarse. En Grecia han subido por ejemplo el uso de combustibles como madera, cisco y tal de una manera alarmante. Pero el 40% está en la pobreza, y cuando hace rasca a ver qué hace uno, echar a la chimenea hasta la cama. Y en España igual. Luego viene el coste de la electricidad. España es el tercer país de europa con el precio más caro en 2014. Y nos viene otra bofetada en la factura. Y hay bastantes voces que claman por saber cuál es el coste real de la electricidad, y no el que nos dicen a voz en grito en la publicidad.
E imagínate el frío que debía pasar un Tolstoi, dostoievsky o paternak dándole a la tecla.
Mazarbul

Emilio dijo...

¿Hace un testimonio sobre todo esto que os dará que pensar?

Yo me encuentro en una situación parecida a la que plantea César aunque no siempre he vivido tan bien. Mis amigos son el problema, a día de hoy: a dos de ellos la puta crisis los ha mandado a lidiar con todo esto de la pobreza energética. Yo lo que ocurre es que ya aprendí a pasar frío en casa en mis tiempos de estudiante, y con las cosas que habré visto, en Rusia, y Canadá.

El caso es que cuando mi mejor amigo se fue al paro sólo tardó un invierno en encontrarse exactamente en la misma situación que plantea César, así que yo acudí a regalarle dos cosas indispensables en otras latitudes. Una manta eléctrica. Siempre escribo con una encima, si es invierno, en parte es por la fuerza de la costumbre y en parte porque me gusta el tacto que tienen. Valen entre 50 y 70 euros, según seas de grande, y con una de 20W de potencia te mantienen calentito todo el santo día con apenas un sobrecoste de tres euros de más en la factura de la luz. Para la ducha está la tetera electrónica, otro gran avance de la eficiencia energética. Tienes una por un billete rojo. Consume un céntimo de luz cada vez que pulsas el botón y en medio minuto te entrega dos litros de agua hirviendo. Con eso y una tinaja haces abluciones y te aseas mejor que en una ducha. Los israelíes, dadas las restricciones de agua que padecen, suelen lavarse así y con el tiempo lo prefieren a otras alternativas. Lavarse el pelo con un barreño ya es más incómodo y aparatoso, pero os aseguro que un estudiante insolvente en San Petersburgo sobrevive bien así, y consigue pagar esas cifras. Ya se sabe, el hambre agudiza el ingenio.

Mi otro amigo ya lo tiene mucho peor, porque es padre de familia y hace cuatro años que le cortaron la luz. Usa, en la línea de lo que ha apuntado César en su post, una estufa de gas... y yo también.

No concibo un salón sin fuego, aunque tengo cuatro bombas de calor instaladas en mi piso. El caso es que lo que no tengo es ninguna otra manera autorizada de encender lumbre en él, conque caliento el comedor igual que las abuelas y los pobres. Mi mujer funciona igual, cosas de haber crecido en un pueblo de interior, de modo que empleamos una estufa catalítica de llama azul, que resulta mucho más segura que algunas calderas. Valen cien euros y conviene que las inspeccione un técnico especializado cada cuatro años, cosa que cuesta en torno a los doce euros. La bombona de butano vale diecisiete y si la enciendes dieciséis horas al día te dura semanas y semanas.

¿Que adónde voy con todo esto? No es que pretenda quitarle hierro al asunto. Yo lo que quiero decir es que aunque la pobreza energética es algo terrible, lo cierto es que mis amigos ya la han podido superar cuatro y cinco inviernos. Lo que no puede superarse y termina haciéndote abandonar tu casa en cuestión de semanas, sea muchas o pocas, es otro problema, con el que he tomado contacto a base de trabajar como voluntario algunos domingos en un comedor social.

Y es que el final no llega cuando ya no puedes pagar la calefacción, sino cuando te cortan el agua, como muy bien ha apuntado Mazcota. Al principio todos creen que podrán apañárselas como sea, pero con el paso del tiempo, van dejando de aparecer por casa... hasta que un día ya no vuelven.

Es espeluznante.

Y está pasando ahí fuera.

Anónimo dijo...

joder Emilio,
Conforme iba leyendo parecía un relato de terror.
Mazarbul

Estigia dijo...

Me ha pasado exactamente lo mismo, he estado unas semanas sin la calefacción funcionando, pero en mi caso, fue porque a cierto vecino le apetecía renovar su casa, perjudicando al resto de inquilinos de la finca.

Pese a que Emilio ofrece buenas alternativas, he de añadir que en mi situación, ni la manta eléctrica ni la tetera lo hubieran sido. Primero, porque estando en paro y siendo estudiante (y con una beca demorada y risible, gracias Wert), 70 euros por una manta eléctrica es un gasto descomunal. Y en segundo lugar, porque hay otro problema que se suma al frío del hogar: el aire, sin calefacción, llega helado a los pulmones, lo que me ocasionó una bronquitis. Y en plenos exámenes.

No llegué a hacerme una hoguera, pero sí a ponerme unas velas para engañar a la mente.

César dijo...

Amigos míos, lo que contáis es puro Dickens. Hemos conseguido volver a lo peor del siglo XIX, vaya mierda de sociedad... Vuestros testimonios, sacados de la puta vida real, son aún más deprimentes que mi post. Porque la realidad es deprimente. Gracias por enriquecer el blog con vuestros comentarios.

Struendo sonado dijo...

Por cierto Cesar, muchisimas felicidades, he leido que el otrodia se dieron los premios nacionales de cultura y tu tenias el tuyo. Me comprare la isla de bowen sin falta.

César dijo...

Struendo Sonado. Muchas gracias por tu felicitación. Como puedes ver, la siguiente entrada habla de esa entrega de premios. Ya me dirás qué te parece cuando visites mi isla.

Begoña Argallo dijo...

Creo que en la época actual los que trabajan colaborando de alguna manera en la atención social podrían crear relatos escalofriantes de la realidad.
Creo de una manera firme que quienes se adueñan del dinero de los demás, en los temas de corrupción que sabemos a diario, condenan a la miseria más descarnada a una parte de sus semejantes. Muchos de ellos por causas directas de su desgracia, morirán.
Y no hay justicia capaz de volcar la balanza hacia el otro lado. Es brutal.

Begoña Argallo dijo...
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