lunes, marzo 21

Críticas



            Por fortuna, la mayor parte de las críticas que he recibido como escritor han sido positivas; unas más, otras menos, pero digamos que la nota media es de notable. Además, los premios que he obtenido me sugieren que, objetivamente, no debo de ser del todo mal escritor. Por otro lado, soy consciente de algo: es imposible gustar a todo el mundo Por bueno que seas, da igual; siempre habrá alguien que se cisque en lo que has escrito.

            No obstante, y ahora voy a desnudar mi alma ante vosotros, debo confesar algo: las malas críticas me afectan. Me deprimen. Para que me entendáis: una mala crítica me jode más que lo que puede llegar a alegrarme una crítica elogiosa. Eso, sin duda, se debe a mi proverbial inseguridad.

            Yo, como escritor, vivo en una permanente duda. Cuando acabo de escribir una novela, siempre temo haber escrito la mayor mierda de la historia de la literatura. Cuando alguien me comenta que le ha gustado lo que he escrito, siempre pienso que lo dice por amabilidad. Cuando tomo una decisión mientras escribo siempre temo haberme equivocado. Nunca estoy seguro de nada.

            Y es jodido, no os creáis que no. Pero, al mismo tiempo, lo considero necesario. Porque esa duda permanente me ayuda a mejorar, y porque si en algún momento llegase a estar seguro de lo que escribo, creo que en ese preciso instante estaría muerto como escritor. La inseguridad es el precio que debo pagar por mi trabajo. Pero bueno, ya me he acostumbrado a vivir sintiéndome al borde de un abismo.

            Volviendo a las críticas, creo que básicamente las hay de dos tipos: aquellas en las que el reseñista se limita a decir si el texto le ha gustado o no, sin aportar argumentos, y esas en las que el crítico sustenta su opinión con datos y argumentos. Una mala crítica de la primera clase me jode (porque todas me joden), pero no me aporta nada. Las malas críticas del segundo tipo también me joden, pero me ayudan.

            Por ejemplo, un crítico señaló los defectos de una novela mía muy querida por mí. No le daba un palo, pero sí que señalaba ciertas debilidades del texto. ¡Y el muy cabrón tenía razón! Me agarré un cabreo enorme, pero no contra el crítico, sino contra mí, por ser tan burro. Y al mismo tiempo me sentí muy agradecido, porque aquel crítico me había ayudado a mejorar. Por desgracia, las críticas del tipo 1 abundan mucho más que las del 2.

            Respecto a las primeras, hay unos casos concretos que me producen una mezcla de estupor e irritación; no por las opiniones subjetivas que expresan, sino por la naturaleza del reseñista. Me explicaré.

            Tengo una Alerta Google. Es decir, cada vez que aparece mi nombre en internet, recibo un mail avisándome (esa es la teoría, porque falla más que una escopeta de feria). Bueno, pues hará cosa de un mes me llegó una alerta que me condujo a una web de esas en las que diversas personas opinan sobre una novela determinada. En ese caso, la novela era La isla de Bowen.

            Uno de los participantes (voy a emplear el masculino, pero puede ser tanto un hombre como una mujer) escribió un comentario bastante extenso. No se cargaba la novela, pero hablaba de ella con condescendencia. Decía que la primera parte le había aburrido, pero que la segunda le había gustado, más o menos. Luego, en tono siempre condescendiente, me daba consejos para mejorar (a mí directamente, aunque supongo que era una especie de figura retórica, porque no creo que pensase que yo lo iba a leer). Criticaba mi forma de emplear los adjetivos (aunque no especificaba por qué) y me tildaba de leísta. Eso último es cierto, soy leísta. Es más, aunque podría corregirlo, no lo hago, porque la forma correcta me suena mal (me he criado y vivo en el centro de España, donde el leísmo es común). Además, la RAE admite el leísmo. A fin de cuentas, Cervantes lo era. Ah, también me tildaba de machista.

            Reconozco que me molestó un poco el tono de suficiencia que destilaba el comentario. Pero hubo algo que me molestó aún más: esa persona era, es, un escritor de literatura juvenil. Además, nos conocemos; muy superficialmente, pero nos hemos visto un par de veces.

            Veréis, digamos que hay dos tipos de escritores profesionales: los consagrados y, llamémoslos así, los de clase media (me apresuro a aclarar que me considero un escritor de clase media). Respecto a los primeros, no tengo ningún problema en criticarles negativamente (salvo que los conozca personalmente), que para eso los han subido al Olimpo. Por ejemplo, más de una vez he puesto a parir los textos Agustín Fernández Mallo; pero es que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, es un autor “consagrado”.

            Ahora bien, jamás hablo mal públicamente de las obras de los escritores de clase media, y mucho menos si los conozco, aunque sólo sea de vista. Me parece una rotunda falta de cortesía profesional. Y un exceso de vanidad, porque si un escritor critica a otro, en el fondo es como si dijese: “Yo lo hago mejor”. Por eso, si comento la obra de un escritor de clase media –por ejemplo en este blog-, siempre será porque sinceramente me ha gustado. Si no ha sido así, me callo.

            La verdad es que creo que la inmensa mayor parte de mis colegas, escritores de clase media, piensan como yo, porque rara vez he visto a alguno de ellos criticando a otro. De hecho, a mí sólo me ha sucedido dos veces; hace muchísimos años -por parte de un escritor de ciencia ficción- y ahora.

            En el fondo, como decía antes, cuando un escritor critica a otro siempre es por vanidad (a veces mezclada con la envidia). Porque los escritores, como casi todos los que se dedican a un trabajo creativo, solemos ser muy vanidosos. Aunque me parece que esa vanidad, en la mayor parte de los casos, no es más que una defensa contra la insidiosa inseguridad inherente al oficio de escribir. Ahora bien, enaltecer el propio ego a base de denigrar el de los demás se me antoja, cuando menos, poco caballeroso.

6 comentarios:

Luis Manuel Ruiz dijo...

Querido César: me alegra ver que de nuevo coincidimos en todo. En primer lugar, lo de la inseguridad, y lo de sufrir mucho más por culpa del palo que disfrutar de la zanahoria; y luego, también, lo de hablar mal de otros que están en el mismo barco. De hecho, secundo a pies juntillas el principio según el cual es mejor callar que llenar de inmundicia a otro que ocupa tu misma posición: si algún error cometo, ay, es el de ser demasiado benévolo en ocasiones, pero lo prefiero con creces al contrario. En fin, seguiremos creyendo, como tú dices, que no lo hacemos mal del todo, aunque a veces escueza. Abrazos.

Ana González Duque dijo...

En algún sitio oí que es más fácil creerse lo malo que dicen de uno que lo bueno. De cualquier manera, creo que una de las cosas que he aprendido en el poco tiempo que llevo de escritora es que si una novela de un autor español no te ha gustado, no lo digas. O si tienes confianza con ese autor, díselo en petit comité y siempre sin ánimo de herir.
Reconozco que ha habido críticas (a mí también me joden las críticas negativas, qué le voy a hacer) que me han ayudado a mejorar. Pero han sido siempre las que se han hecho desde el respeto: buenas críticas que apuntan lo que le ha parecido bien y lo que le ha parecido mal a una persona que es un lector experto y un escritor de muchos años.
Aquellas que buscan herir, hieren pero no ayudan.
Afortunadamente, por ahora, la gran mayoría son positivas.
Me consuela mucho que alguien de su categoría se sienta igual ;D.

Anónimo dijo...

En primer lugar, hay que distinguir lo que es una critica de lo que es una opinión. La primera es algo razonado y con intención de ser objetiva mientras que lo segundo es algo personal y totalmente subjetivo y ya se sabe el dicho: "las opiniones son como los culos, que todo el mundo tiene una".

Yo suelo participar en muchos foros sobre libros y cine y a veces (la mayoria) hago críticas pero, otras, tampoco tengo empacho en dar mi opinión pues me molesta tener que justificar siempre cualquier cosa que digo cuando muchas veces ni siquiera puedo hacerlo de una forma muy razonada y me explico: defiendo mi derecho a decir que una película o un libro me ha resultado aburrido sin muchas veces tener que justificar el por qué pues se trata de un sentimiento o una impresión personal que no he podido evitar y que a veces ni siquiera yo puedo explicar muy racionalmente, máxime cuando ese libro o película ha gustado a muchísimas otras personas. Y si una película o libro me ha aburrido ¿qué culpa tengo yo y por qué no voy a poder decirlo si así ha sido?

Por poner un ejemplo: a mi me encanta el cine japonés, sobre todo el clásico, el de Kurosawa y Mizoguchi pero a mucha gente le resulta lento y pesado e incluso aburrido, cosa que yo no comparto ni entiendo pero respeto, a fin de cuentas no a todos nos pueden gustar las mismas cosas o, como dices, César, "es imposible gustar a todo el mundo". Simplemente se trata de asumirlo y respetarlo aunque no lo compartamos y que el cine japonés le resulta aburrido a muchísima gente es un hecho. Lo mismo que las novelas de Murakami, que a mi me encantan.

Eso sí, siempre que expreso una de tales opiniones trato de dejar claro que no deja de ser eso, una mera opinión y que, como tal, vale lo que vale, es decir: absolutamente nada. ¿Para qué expresarla entonces? La verdad es que la mayoría de las veces, si son negativas, me las callo (sobre todo si pueden ofender a alguien) pues, a fin de cuentas, si no puedes decir nada bueno, mejor no decirlo, pero, otras veces, en el contexto de una conversación sobre tal o cual libro o película no dudo en decirla, tratando de no fender a nadie, eso sí, aunque sólo sea porque, habiendo otros compañeros "foreros" que comparten mis gustos y que suelen coincidir conmigo (o yo con ellos)en ellos, esa opinión les puede resultar de cierto interés.

Pero como ya digo, casi siempre trato de hacer críticas razonadas y cuando se trata de una mera opinión siempre trato de dejar claro que la misma sólo está basada en mi criterio personal y subjetivo y que, por tanto, no merece mucho crédito tampoco. A fin de cuentas, ya el filósofo Parménides decía que existían dos vías: la vía de la verdad y la vía de la opinión y que la segunda no servía para alcanzar el conocimiento pues ni es unívoca, suele ser contradictoria y trata sólo de las apariencias.

Eso sí, coincido en que, tanto críticas como opiniones, siempre han de partir de unos mismos principios inexcusables: la buena educación y el respeto al otro y, en mi caso, si a pesar de todas mis prevenciones resulta que acabo ofendiendo sin querer a algún otro (sólo me ha pasado en un par de ocasiones, que yo recuerde), jamás he dudado en ofrecer las pertinentes excusas.

Rickard

César dijo...

Luis & Ana: No deja de ser lógico que los dos primeros comentarios provengan de sendos escritores. Está claro que quienes nos dedicamos a este absurdo trabajo de inventar realidades con palabras sufrimos las mismas dolencias.

Ana: Como insistas en seguir llamándome de usted voy a dar parte a las autoridades de Babel. Te arriesgas a una severa reprimenda, amiga mía. ¿Y qué es eso de "alguien de mi categoría"? Sólo soy un artesano, nada más. Cuando pienso en todos los escritores que han sido y son infinitamente mejores que yo, me siento muy insignificante. Porque lo soy, claro.

Rickard: Creo que me he explicado muy mal. Cuando un escritor publica una novela, debe aceptar tácitamente que su obra va a ser juzgada públicamente. Y debe aceptar las críticas sin decir ni mu. Además, tanto las críticas subjetivas como las argumentadas son exactamente igual de lícitas. Eso no lo discuto.

Ahora bien, en lo que a mí respecta, las críticas subjetivas no me sirven para nada. Son totalmente aceptables; pero no me ayudan. Aunque, por supuesto, sí pueden ayudar a otros lectores. Si alguien me dice que le ha gustado una novela mía, o que no le ha gustado, sin darme más argumentos, ¿qué conclusiones puedo sacar? Pues muy poquitas. Pero eso es mi problema, no el de quién ha escrito la reseña.

En resumen: todas las críticas son válidas, pero no todas son útiles para el escritor.

Anónimo dijo...

Pues sí, encajar las críticas es duro. Pero no sólo como escritor, sino en cualquier ámbito. Lo curioso de las críticas es que en el fondo son como anomalías estadísticas. Me explico: escuchas una crítica mala y te vienes abajo o te sienta mal, sin embargo es tan sólo una muestra en un universo enorme (o no tan enorme). Si hicieras una encuesta a todos o casi todos los que te han leído tendrías una idea de su opinión general (bueno, las ventas en cierto modo son un barómetro, pero no se de qué muy bien), y esa crítica negativa se diluiría. Luego está el caso de lo que comentas, que alguien te diga que no le gusta por esto y por lo otro, y encuentres que lleva razón, pues qué se le va a hacer, a mejorar. Después de todo, es un oficio el de escribir (como tantos otros). Y luego está la crítica malsana. Es inevitable, y aún más si tienes éxito (repito, no solo en la escritura sino en cualquier ámbito, y como ejemplo cercano en el tiempo, la caña que le dieron a rovira en twitter por su actuación en los Goya. Se pasaron con el actor, pero él mismo tb se pasó en su consideración a esas críticas cargadas. Pero bueno, tb es humano).

Lo importante es cualquier caso es tener tu brújula para saber a donde quieres ir, y si te has desviado, pues a volver al camino. Y si te llueven piedras de mala leche, a aguantar, y saber, importante, que son piedras cargadas de rencor u odio. Que tu tienes que saber por donde has de ir. Es parte del oficio también. Hay que construirse un muro contra ellas. Quizá haya que tener algunos críticos de verdad, de los que fiarse, para cuando la flecha de la brújula gire como loca.

Yo personalmente soy benévolo con las críticas. creo que cualquier esfuerzo tiene cosas buenas, y si opinas que el autor ha podido fallar por aquí o por allá, pues no lo prodigo a los cuatro vientos, porque para qué. Después de todo quién soy yo pa poner a caldo a nadie?. Si tengo confianza con el autor (y tiene que ser mucha, no me gusta herir), pues puedes comentar algo, pero siempre reseñando lo bueno, que seguro que es más que lo malo. Y dejando claro que es todo subjetivo.

También hay que tener en cuenta las intenciones del autor. Si escribes un bestseller (hablo de un supuesto caso hipotético, no me refiero a ningún libro en concreto) en el sentido más bestsellero de la palabra, y te digo: pues jolines, los personajes son planos, la historia truculenta, el tema quizá un poco manido ¿no?, y así, pero me divertí como un cosaco, igual me puedes contestar: pues sí. Es que eso es lo que quise escribir. No quise romper la historia de la literatura en dos. Quise hacer precisamente eso que me estás contando. No te confundas.

Y luego viene la parte del lector, tb depende de cómo nos sintamos y las ganas de leer un tema o una obra. Yo he empezado novelas o ensayos que he abandonado porque me parecían un coñazo, o me cansaba o yo que sé. Y al cabo de un tiempo y retomarlo, no he podido entender cómo no me comí el libro a la primera. Depende en ese caso del autor?...más bien no.

Y para terminar se me ha venido a la cabeza la escena de la Vida de Brian en la que van a apedrear a la prostituta y sale él diciendo aquello de "Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra", y le llueven pedrolos de todos los tamaños.

y disculpad el rollazo, que me ha salido muy largo.
Mazarbul

Anónimo dijo...

Ah, y no os ha pasado encontrar una obra demasiado bien escrita?. Sé que puede ser una paradoja, pero a veces he visto obras que eran más buenas de lo que deberían ser para tener éxito. Es más, puede que fuera incluso un lastre.

Mazarbul