lunes, abril 11

Fe



            Estoy leyendo un libro, El fin de la fe, del filósofo Sam Harris, de lo más interesante. Digo que es interesante porque Harris expone ideas que yo sostengo desde hace tiempo, y no hay nada como la comunión intelectual para despertar interés. ¿Qué ideas? El subtítulo del libro es revelador: Religión, terror y el futuro de la razón. En fin, apenas llevo leídas unas sesenta páginas, así que lo que voy a decir a continuación es de mi cosecha.

            Creo que los europeos tenemos una idea un tanto equivocada acerca del fenómeno religioso. En España, por ejemplo, el 70’6 % se declara católico (un 2’3 % pertenece a otras religiones). Sin embargo, del total de los creyentes sólo un 12’1 % confiesa acudir a los oficios religiosos siguiendo los preceptos de la Iglesia. Es decir que para la inmensa mayor parte de los creyentes españoles, la religión apenas ocupa lugar en sus vidas, más allá de las ceremonias sociales (bodas, bautizos...), e incluso éstas cada vez menos.

            Pero eso no es así en el resto del mundo. Para cientos de millones de personas, la religión es un aspecto sustancial de su existencia, hasta el punto de determinar su forma de vivir, de pensar y de relacionarse con el resto de la humanidad. Esta entregada y obstinada adscripción a un conjunto de creencias está basada en un principio fundamental para todo fenómeno religioso: la fe.

            La fe consiste en creer en algo aunque no se tengan evidencias de ello y por absurdo (o insólito) que parezca. Para todas las religiones -con la curiosa excepción parcial del budismo-, la fe es algo positivo. Creer a ciegas en algo que va contra la razón... Eso, que en casi cualquier otro aspecto de la vida conduciría al diván del psiquiatra, en el ámbito religioso se convierte mágicamente en la mayor de las virtudes. Cuanta más fe tenga un creyente, más cerca de la santidad estará.

            Porque hay fes de distintos calibres. Por ejemplo, una cosa es creer en la existencia de un dios, así, en abstracto, sin meternos en detalles, y otra muy distinta creer que ese dios es un elefante con cuatro brazos, o que tiene cabeza de chacal, o que nació de una virgen, o que vive en el planeta Kólob, o que premiará a los fieles en el otro mundo con 72 zagalas complacientes...

            Si la fe consiste en creer en algo careciendo de evidencias, y si la fe es una virtud, entonces cuanto más inverosímiles y absurdas sean las creencias, más fe hará falta para creérselo y más virtuoso será quien la profesa. Y una vez que te has tragado algo intragable, ya te tragas cualquier cosa. Así funciona la fe.

            Puede que algún merodeador creyente, probablemente católico, difiera conmigo en este último punto. Yo creo en las enseñanzas del cristianismo, dirá, y eso no significa que sea un iluso que me crea cualquier cosa. Y yo estaré de acuerdo con él, pero le diré que eso es así porque es un creyente occidental y su fe no es gran cosa (comparada con otras fes).

            Pongamos un ejemplo: la Santísima Trinidad. Es un dogma de fe, pero, convengámoslo, no hay quien lo entienda (¿qué demonios es el espíritu santo?). Y no hay quien lo entienda porque es absurdo (al menos, a mí me lo parece). Este asunto proviene de los inicios del cristianismo, cuando Pablo de Tarso desgajó la doctrina de Jesús del judaísmo, y comenzó a predicarla entre los gentiles. Había mucha competencia, sobre todo de religiones orientales, donde abundan las trinidades (Isis-Osiris-Horus, Brahma-Siva-Vishnú, Ea-Marduk-Guibil, etc.), así que los primitivos cristianos, para conseguir adeptos, se sacaron de la manga una trinidad intentando conciliarla con el monoteísmo. El resultado fue un concepto decididamente extraño: un único dios que al tiempo es una trinidad.

            Pero no me voy a meter en si la Santísima Trinidad existe o no, eso es otro tema. La cuestión es que un hipotético católico deberá aceptar la existencia de esa trinidad, aunque no la entienda y aunque suene absurda. La aceptará a base de fe, que es creer en lo increíble. Ahora bien, a ese supuesto creyente le plantearía dos preguntas: ¿Estás dispuesto a matar para defender tu fe en la Santísima Trinidad? Y más importante aún: ¿Estás dispuesto a morir en defensa de esa fe? Me imagino que la respuesta a ambas preguntas, sobre todo a la segunda, es no, ni de coña. Porque la fe de nuestro virtual creyente no da para tanto. Por fortuna.

            Sin embargo, no hay prueba más contundente de la fortaleza de una fe que dar la vida por ella. En el catolicismo, el martirio es el único camino directo e incuestionable a la santidad. Si das la vida por tu fe, te conviertes automáticamente en santo, que es la máxima distinción que puede alcanzar un creyente. Lo mismo sucede en el islamismo.

            Estoy seguro de que ninguno de los merodeadores creyentes estaría dispuesto a dar su vida, o a quitar una ajena, por defender sus creencias religiosas. Porque son personas civilizadas dotadas de una ética personal que va más allá de la moral religiosa. Y, además, aunque no lo sepan, son creyentes críticos y selectivos en cuanto a su propia doctrina. Por ejemplo, la mayoría de los creyentes aceptan que los relatos recogido en el Génesis (Adán y Eva, Noé, etc.) no son históricos, sino fábulas con un significado simbólico y ético (porque la capacidad de tragaderas –es decir, la fe- de los creyentes de aquí tiene un límite). Por otro lado, hay versículos de la Biblia que defienden la esclavitud (p. ej.: Éxodo 21:2-6 o Levítico 25:44-45), pero los creyentes no los leen, y si lo hacen lo justifican diciendo que eran otros tiempos (y olvidando que, en teoría, se trata de la palabra de Dios, y por tanto eterna e inmutable).

            La Biblia, supuestamente, es toda ella la palabra de Dios transcrita mediante la revelación, así que todo lo que se dice en ella tiene el mismo peso y es una verdad absoluta. Sin embargo, la mayoría de los cristianos suelen pasar por alto el Antiguo Testamento (con ese dios tribal, colérico y caprichoso) y centrarse casi exclusivamente en los Evangelios. Porque, las cosas como son, la moral del Nuevo Testamento es mil veces más moral que la del Antiguo.

            El caso es que la mayoría de los creyentes occidentales “adaptan” a su manera las doctrinas religiosas, quedándose con lo que consideran bueno, e ignorando o rechazando aquello que les parezca negativo o demasiado absurdo (aquí conviene recordar que esa actitud, hace quinientos años, les habría llevado a la hoguera). Y eso se debe a muchas cosas: a la reforma, a tres siglos de pensamiento laico, a la ciencia, a la educación generalizada... Todo eso ha debilitado la fe de los creyentes. Por fortuna, insisto.

            Ahora bien, no olvidemos que en el mismo Occidente, en Estados Unidos por ejemplo, hay un buen número de cristianos integristas que se toman la Biblia literalmente. Para ellos, Adán y Eva existieron, Noé metió unos cuarenta millones de especies animales en un barco de madera, o la Tierra (el universo entero en realidad) fue creada en la madrugada del 23 de octubre del año 4004 a.C. (sic). Evidentemente, para creerse todas esas insensateces hay que tener unas tragaderas descomunales. Es decir, una fe muy intensa.

            ¿Y qué ocurre con las sociedades, y con las religiones, donde no ha habido ni una reforma, ni asomo de pensamiento laico, ni pizca de ciencia, ni educación generalizada? ¿Cómo es la fe de esa gente? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué puede hacer? Porque, no lo perdamos de vista, la fe es una fuerza muy, pero que muy poderosa.

            Y aquí, amigos, os dejo para que reflexionéis sobre este apasionante tema hasta el siguiente post. Ciao.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Dios existe y vas a pagar muy caro lo que has dicho, tu mente está nublada, cuidado con ese camino que llevas que a ti te ha enturbiado el cerebro el Demonio.

Anónimo dijo...

Dios existe y se llama "Fe" juas

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Como alguna vez he escrito, soy católico creyente, poco practicante. Desde luego no tengo nada en común con los dos "comentarios" anteriores, que supongo que serán dos trolls cualesquiera.
Ni por asomo se me ocurriría amenazar con castigos divinos ni humanos a nadie que pensase distinto a mí. Creo que el tema que plantea César es más que interesante, y me invita a reflexionar.
Le agradezco la información sobre el libro, que trataré de leer lo antes posible.

Juan Constantin

César dijo...

¡Genial! En el comentario de arriba, amigos míos, tenéis una prueba acerca de lo que comento en el post. Así es la fe. El anónimo individuo incluye una amenaza en su comentario: "vas a pagar muy caro lo que has dicho". No creo que se refiera a que va a darme él, personalmente, una paliza, o a matarme como el siervo de Satanás que soy. Más bien creo que se trata de una amenaza metafísica. Dios me puteará en vida o esperará a que muera para castigarme con los tormentos eternos del infierno. Desde luego, el dios de nuestro amigo no está a favor de la libertad de pensamiento y expresión. Lo más gracioso es que yo no digo en ningún momento del post que dios no exista. Sencillamente afirmo que la fe sirve para creer en cosas raras. Y estoy seguro que hasta el anónimo comentarista convendrá conmigo que lo del elefante con cuatro brazos es raro.

Mazcota dijo...

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Y, en cierto modo, Fe es esperanza. Quizá por eso hay tantos creyentes en el mundo. Porque, una vez mostrada (en apariencia) esa promesa de continuar viviendo en un lugar mejor (eso sí, una vez has muerto), nuestro cerebro prefiere aparcar esa posibilidad en un rincón remoto de nuestra mente, por si hay que echar mano de ella algún día, a desecharla sin más por rara o absurda. Ahora bien, si existiera una persona que jamás haya tenido contacto con ninguna religión, ¿afloraría en ella una Fe divina? ¿Crearía por sí misma un Dios que le resolviera el miedo a morir con una estancia dorada en el más allá? ¿Existiría para esa persona un más allá, o sus esperanzas de vida no irían más allá del más acá?

Samael dijo...

Ese libro, mira tú por donde, no lo tengo, pero lo tendré en cuanto me pase por tu casa y te lo afane. ¿Por qué?, pues porque éste es un tema por el que me estoy interesando últimamente, y ya sabes lo ladrón que me vuelvo cuando me da por una pepla. Te recomiendo dos libros que he leído recientemente sobre el mismo asunto: uno es "identidades asesinas" de Amin Maluf (soberbio) y el otro, todo un clásico, "tratado sobre la intolerancia" de Voltaire. Para compensar estos dos estupendos libracos, he leído otros dos que no te recomiendo, ambos de José Antonio Marina, "por qué soy Cristiano" (no tuve más remedio que comprarlo por oposición al de BR) y "dictmen sobre dios", bastante decepcionante.
Pues lo dicho, ya me pasaré por tu casita tralaralarita.

Por lo demás, creo que llego tarde a avisarte de que arderás en el fuego eterno.

Jose Ramon dijo...

Lo reconozco, soy postulante a condenado. No porque no tenga fé, todos la tenemos, sino porque mi fé es diferente a la mayoritaria, y aquí, lo diferente es malo y hay que deshacerse de ello, a ser posible quemándolo. Creo (es uno de los síntomas de que tienes fé) que todos creemos en algo. Los religiosos en sus divinidades y los no religiosos, en la no existencia de esas divinidades, pero nadie, ni unos ni otros, están en condiciones de demostrar de forma inequívoca el fundamento de su creencia. Si, para mí, los ateos, no son más que un tipo de creyentes, que creen en que no es necesario una divinidad, sino que la ciencia explica suficientemente las principales preguntas que nos hacemos, y aquellas que no explica, por simple método inductivo, probablemente las explicará, al tiempo que deja sobre la mesa nuevas cuestiones a las que enfrentarse, pero en el momento en que echamos mano del método inductivo, recurrimos a la fé. Creo que la fé es una estrategia asociada a la supervivencia humana, sobre todo ligada a la superviviencia del ser humano como miembro de un grupo. La fe te permite unirte a una manada que piensa igual, y que trabaja por y para un mismo objetivo. De hecho, aquellos que han conseguido dominar el arte de manipular esa fé, han conseguido el poder sobre sus semejantes. Como a los demás merodeadores, me interesa mucho el tema, no tanto por la veracidad o comicidad de algunas creencias más o menos disparatadas, sino por la repercusión que ha tenido la fé, en sus diferentes manifestaciones a lo largo de la historia, en la formación de las civilizaciones, y en las consecuencias que tiene su divulgación y manipulación. Vamos, cómo la naturaleza humana se vale de herramientas para su expresión. Por descontado que me encuentro más próximo de los que creen en el conocimiento científico (por simple cuestión de lógica) que de los que creen en divinidades y más cerca de éstos, que de los que se proclaman creyentes, pero no practicantes (incoherentes a mi modo de ver) y a su vez, éstos mucho más próximos que los radicales y fundamentalistas, que desde mi punto de vista, en poco se diferencian de los muertos vivientes de algunas novelas, películas o series de televisión.

Jose Ramon dijo...

Al hilo del texto de César, os dejo un enlace a un blog que sigo desde hace tiempo y que creo que puede resultar de interés para muchos. Viene a demostrar la exitencia de la tribu de los Pcha pchá y de su inestimable tarea de commpensar los errores del responsable de la creación. Os lo recomiendo por su tono ligeramente irónico y por su admirable contenido. Se trata de una crítica a las religión (cristiana, fundamentalmente) desde un profundo conocimiento de la misma. Espero que os guste.

http://ateismoparacristianos.blogspot.com.es/

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Para Jose Ramon:
Los seres humanos somos incoherentes por naturaleza.
¿Es menos incoherente emplear tu valioso tiempo en negar algo que no crees que exista?

Juan Constantin

Enrique Larrea dijo...

Hola César,

¡qué bien me lo he pasado con tu libro de relatos "Trece monos", ahora tengo en mi mesilla "La isla de Bowen"y con ganas de hincarle el diente (el problema que tengo 50 libros antes). He vivido muchos años en el extranjero, en el Sudeste Asiático, América Central y África. Europa vive en una burbuja, la realidad es mágica en el resto del mundo, es decir, religiosa. Allí fuera hay fuerzas, dioses, espíritus que interactúan a diario con los seres vivos y así lo cree la mayor parte de la humanidad. Y creo que seguirá. Mircea Eliade nos explicó que el ser humano es ritualista y un ser mítico.

Otra cosa, creo que el comentario del que "te condena a las llamas del infierno", está escrito en modo "jocandi". Yo así lo he entendido.
Enrique de Malacca

César dijo...

José Ramón: Estoy de acuerdo con mucho de lo que dices, pero hay algo en lo que difiero radicalmente: eso de que los ateos funcionamos también a base de fe, de una fe negativa. No es así, amigo mío, no es así.

Vamos a ver, decir “ateo” es tan impreciso como decir “teísta”. Si alguien comenta que es teísta, ¿qué me está diciendo? ¿Es monoteísta, politeísta, gnóstico, cristiano, musulmán, hindú, animista, budista tibetano, judío, cienciólogo, panteísta...? Hay muchas variedades, así que no basta con decir que eres teísta; hay que especificar un poco más. Bueno, pues con los ateos pasa lo mismo (aunque con menos variedades).

Es cierto que algunos ateos afirman categóricamente que dios no existe. ¿Pueden estar cien por cien seguros de eso? No, desde un criterio lógico no pueden. Tú lo llamas fe en una no creencia. Vale, no tengo inconveniente en aceptártelo, aunque yo más bien lo denominaría juicio dogmático racionalmente deficiente. Pero hay otra clase de ateos que dicen algo distinto. Ateos como Richard Dawkins, Christopher Hitchens, Sam Harris, Carl Sagan, Michel Onfray, Fernando Savater o, modestamente, yo mismo.

Si me preguntas si yo, como ateo, afirmo con absoluta rotundidad que dios no existe, mi respuesta es: NO, no lo afirmo. Racionalmente, no estoy, ni puedo estar, seguro al cien por cien de que no haya un dios. Entonces, ¿por qué digo que soy ateo?

El concepto de dios, en el fondo, pretende ser una explicación de los enigmas más profundos de la existencia. ¿De dónde venimos, adónde vamos, por qué existimos, cuál es el sentido de la vida, cuál es el origen y el fin de todo, etc.?
Para responder a esas preguntas se propone una hipótesis: la existencia de un ser creador, eterno y superpoderoso llamado Dios. La cuestión es que esa hipótesis carece de la menor evidencia que la sustente. Por tanto, cojo la “hipótesis dios” y la meto en el cajón de las conjeturas sin pruebas, junto con la parapsicología, los platillos voladores, el yeti, la homeopatía o los duendes. Es decir: no niego categóricamente que dios exista (quizá se esconde muy bien); sencillamente lo considero una teoría sin base empírica como tantas otras. Y, mientras no haya pruebas a su favor, no le concederé ningún crédito. ¿Eso es fe? No, amigo mío, eso es lógica, sentido común.

Ahora bien, es cierto que le doy un margen de posibilidad a la existencia de un dios, pero se trata de un porcentaje muy pequeño. Menos de un uno por ciento, diría yo. Porque si analizas a fondo la idea de dios, te das cuenta de que en realidad no explica nada. Pero razonar esto sería largo y prolijo, así que lo dejaremos para otro momento.

Ah, por cierto, que no se pueda demostrar que algo no exista no apoya en absoluto que sí exista. De hecho, es muy difícil, cuando no imposible, demostrar que algo no existe en ningún lugar del universo. Por ejemplo: afirmo que en la cara oculta de la Luna vive un perro verde. ¿Puedes demostrar al cien por cien que eso no es verdad? No, no puedes. Pero eso no quiere decir que el perro verde sea real. Es más, el sentido común tenderá a decirte que no es cierto. Bueno, pues con dios pasa lo mismo. Y ya que estamos, la carga de la prueba corre por parte de quien propone la teoría. Yo no tengo por qué demostrar que dios no existe. Es al revés: quien afirma que existe es el que me lo tiene que demostrar.

César dijo...

Enrique Larrea: Cuánto me alegro de que te hayan gustado mis monos. Espero que "La isla de Bowen" (cuando le llegue el turno) no te decepcione.

Eladio Lestrove dijo...

El universo está lleno de pruebas de que existe eso que tú niegas, César. Por ejemplo: sabemos que Noé se equivocó al subir a los unicornios, uno llamado Pepe y otro Andreas. Tomó "Andreas" como nombre de chica, y se equivocó. De ese error proviene que no existan los unicornios y las críticas a la homosexualidad que hay en la Biblia. Todo encaja. ¿Qué más pruebas necesitas, hombre de poca fe.