lunes, octubre 7

¿Se puede enseñar a escribir?



            Mi experiencia en ayudar a otros a escribir ha sido limitada, pero muy intensa. He hecho de todo, desde darles dinero para vivir a los aspirantes a escritores, hasta proporcionarles argumentos y corregir sus escritos, y hasta ahora me ha parecido siempre trabajo perdido. Aquellos a quienes Dios o la naturaleza destinaron a ser escritores encuentran solos sus respuestas, y a los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. No son más que personas que quieren ser escritores”. Esto lo escribió Raymond Chandler el 27 de diciembre de 1946 en una carta dirigida a la señora de Robert J. Hogan (del libro Chandler por sí mismo, Debate 1990)

            He impartido muy pocos talleres de escritura, y todos muy breves, así que tengo escasa experiencia en el asunto. Hace poco, leí un artículo sobre lo que debe hacer un aspirante para convertirse en escritor, y uno de los puntos incidía en la necesidad de formarse acudiendo a una escuela de escritores. El articulista razonaba que, si para ser médico, arquitecto o abogado hace falta estudiar en un centro de formación, ¿por qué no va a ocurrir lo mismo con la escritura? Pero yo nunca he asistido a ningún curso, soy autodidacta. De nuevo confieso mi inexperiencia.

            Básicamente, lo que dice Chandler es que no se puede enseñar a escribir. Eso es algo que me he preguntado yo muchas veces: ¿se puede? Mentiría si dijese que lo tengo claro. No lo sé, dudo; en parte sí, en parte no. Creo que no existe una respuesta concreta a esa pregunta, sino respuestas parciales. De hecho, como veremos, en otra carta Chandler aclara lo que quiere decir.

            Hay algo de la frase de Chandler con lo que no estoy de acuerdo: no creo que haya ningún factor natural -por ejemplo genético- que determine quién puede ser escritor y quién no. No creo que la escritura sea un don natural. A escribir se aprende. Pero ¿se puede enseñar?

            Todo lo que se necesita saber sobre la técnica narrativa está en las novelas. Coge un puñado de buenos títulos, léelos, analízalos, destrípalos, y ahí encontrarás todas las respuestas. Pero hay un problema: esas técnicas son invisibles. Por ejemplo, la estructura; está ahí, pero no de forma evidente, hay que inferirla. Eso por no mencionar que muchas veces lo más importante de un texto no es lo que dice, sino lo que oculta. Por tanto, la dificultad radica en saber qué y dónde tienes que buscar.

            Así pues, parece lógico pensar que una escuela de escritura puede facilitarte esa labor, señalando en qué debes fijarte. Correcto, pero ahí veo otro problema. Suelo decir que las técnicas narrativas no solo hay que conocerlas y entenderlas, sino también interiorizarlas y automatizarlas hasta que formen parte de ti. Hace muchos años, cuando me dedicaba a destripar libros para desentrañar sus secretos y, por fin, logré hacerlo, experimenté una sensación de plenitud indescriptible; fue una epifanía. Al encontrar por mí mismo las respuestas, éstas se me grabaron de forma indeleble.

            ¿Ocurre lo mismo si te ayudan, si te señalan el camino y te lo facilitan? No lo sé, pero intuyo que no. Aunque, por otro lado, supongo que al practicar una y otra vez las técnicas aprendidas acaban interiorizándose. O no (al menos no de la forma correcta), porque hay un riesgo: En ocasiones, las escuelas de escritura enseñan fórmulas. O bien algunos alumnos se quedan solo con las fórmulas. Hace muchos años (no sé ahora), había en USA un famoso taller de escritura de ciencia ficción y fantasía, el Clarion. Muchos escritores, luego más o menos profesionales, acudieron a él. ¿Y sabéis qué?; eso dio como resultado un montón de escritores que escribían igual, de la misma insulsa manera. Eran textos hechos con plantilla. Aunque, claro, eso no sucedió con todos los alumnos; algunos encontraron su propia voz. Lo cual significa que hay algo más en la escritura, aparte de lo que puede enseñarte una escuela o un taller.

            En una carta del siete de marzo de 1947, dirigida a la misma señora de antes, Chandler dice: “A la larga, por poco que hables de ello o pienses en ello, lo más perdurable de la escritura es el estilo (…) La clase de estilo a la que me refiero es una proyección de la personalidad, y tienes que tener una personalidad para poder proyectarla (…) En una generación de escritores “hechos”, yo sigo diciendo que el escritor no se hace. El estilo no se consigue preocupándose por el estilo. Por mucho que se pula o se corrija, no se alterará de manera apreciable el sabor de lo que uno escribe. Es el resultado de la calidad de su emoción y su percepción; es la capacidad de transferir éstas al papel lo que convierte a uno en escritor”.

            Este párrafo aclara lo que Chandler decía antes, y yo estoy básicamente de acuerdo con él. Creo que un taller puede, sin duda, ayudar a mejorar la escritura y la narrativa. Creo además que eso es importante, porque aprender a escribir correctamente, aunque jamás te dediques a la escritura, tiene muchos beneficios. En contra de la creencia popular, escribir no consiste solo en ejercer la fantasía y la intuición; también hay que emplear, y mucho, el sentido común, la lógica. Aprender a escribir te enseña a razonar y te ayuda a ordenar la mente.

            Ahora bien, escribir de forma creativa, escribir profesionalmente, es muy distinto. Ahí lo que vendes es tu forma particular de contar historias, vendes tu personalidad, lo que llevas dentro. Y eso se cultiva a lo largo de toda una vida, no se puede aprender.

            En resumen, creo que asistir a un taller de escritura puede ser positivo; no solo por las enseñanzas y consejos que recibas, sino también, y sobre todo, porque así obtendrás puntos de vista objetivos que juzguen lo que escribes. También creo, por otro lado, que eso lo puedes conseguir por tus propios medios, sin más ayuda que los benditos libros. Pero en cualquier caso, sobre todo si te inscribes en un taller, huye como de la peste de las fórmulas y las plantillas. Cuando te pongan ejemplos ilustrando diferentes técnicas narrativas, no te quedes con los ejemplos, sino con los mecanismos que hay detrás. Eso es lo que debes aprender: los engranajes de la ficción.

            Pero cada escritor es un mundo distinto y sigue caminos diferentes; lo que es bueno para uno puede ser nefasto para otro. El único consejo que puedo dar es que hay que ser honesto con uno mismo y con los lectores, y considerarte siempre un aprendiz. Porque eso es lo que somos todos: aprendices. El día en que ya creas no tener nada que aprender… ay, amigo, entonces estarás muerto.

 

17 comentarios:

Joaquín dijo...

Goncharov en Oblomov -no se poner cursivas con el móvil- decía que hay que escribir a todas las horas todos los días... Lo creo; pasa cono a Glenn Goudl: toca el piano hasta sufrir dolores de manos atroces.
Confieso -para ser ateo- que sólo he asistido a una metodología de escritura de Javier San Martín, pero era un método para saber citar, utilizar cursivas, etc., en definitiva para hacer tesis o tesinas de forma académica.
Aunque lo que luego escribas pueda ser muy correcto..., pero aburrido. Creo que saber la lógica sintáctica se puede aprehender; otra cosa es la semántica. Para ello el lector debe saber, también, leer.
Yo estoy aprediendo a leer como decía Goethe con sesenta tacos; y, aún no estoy seguro. Saber escribir debe ser un don, mucha imaginación como decía Santayana y mucha dedicación.
Buen post(e), César.

Chiki dijo...

Necesitaría tres páginas del blog para responderte y quedaría feo :-) En esencia, estoy de acuerdo contigo, las escuelas facilitan, facilitamos, un proceso que se puede hacer de forma autodidacta con más tiempo, más esfuerzo y más constancia. Creo (defiendo) que un buen profesor tiene que tener la cintura suficiente para conocer las normas y ser flexible al aplicarlas. También un buen escritor conoce la técnica y la aplica con un fin y, si el fin le pide un cambio en esa técnica o en esa norma, la viola, la retuerce o la inventa. Solo los malos profesores, de cualquier disciplina, exigen a sus alumnos que escriban (o pinten o canten o bailen) como él o ella lo haría.
Te invito, ya lo sabes, a dar un taller cuando quieras :-)

César dijo...

Joaquín: Lo que a mí me pasa es que me encanta no escribir (en realidad, no realizar ningún trabajo), pero si no escribo me siento en falta y me entra la neura. Es una dicotomía de lo más esquizofrénica.

Chiki: como te digo en el caralibro, por supuesto que el profesor es determinante. Pero también lo son los alumnos. Si uno de tus alumnos es inteligente, avispado, sensible, voluntarioso, tenaz, curioso, culto y observador, y además tiene una gran personalidad, pues la enseñanza es más fácil, ¿verdad? Pero ¿y si es un zote? O no un zote, sino simplemente mediocre. Entonces la cosa se complica. Lo que sostengo es que se puede enseñar a escribir, pero sólo hasta cierto punto, porque lo que hay más allá de la técnica narrativa no se puede explicar. Ahora bien, no me cabe duda de que la asistencia a un taller ayuda y mejora la escritura.

Supongo que esa invitación a dar un taller es irónica, ¿eh, maligna criatura? :-) Un día de estos te escribo para cumplir con mi intención de invitaros a comer a Javier y a ti.

Anónimo dijo...

Hola César,
Pues sí, yo creo que debe de aprenderse algo en las escuelas de escritura, aunque nunca asistí a ninguna. Sin embargo, sí hice un curso de guión de cine, y aprendí a entender los engranajes que había detrás. Gané incluso algún premio de guión, pero al margen de ello, es que entendí cómo trabajar y qué era lo que tenía que alcanzar.

En el caso de la novela, me cuesta pq como bien dices las estructuras son muy invisibles, y no es lo mismo una novela tuya, de Mújica Lainez, García Márquez o de tu padre. Son como los perros, es el mismo animal pero muy diverso en su forma y apariencia. Pero todo son novela.

Ahora he empezado de nuevo con una novela, a ver qué sale. Y lo primero que me he preguntado es qué tipo de novela quiero escribir (se que es de género histórico, por el tema), cuál será su forma. Porque si no, vuelvo a estar perdido otra vez. Y creo que por primera vez (ya iba siendo hora...je je...) tengo una idea más o menos clara, tanto de lo que quiero como de cómo alcanzarlo. Esto último ha sido una novedad para mí. Lo que no quiere decir que llegue a nada, pero al menos se para adónde remar.

Y una pregunta: aunque tb creo que al final es el escritor mismo quien ha de buscar sus propias soluciones, ¿crees que de haber seguido un taller te hubiera ahorrado esfuerzo en descubrir esos mecanismos ocultos?

Por cierto, !enhorabuena por la trilogía del parásito! La disfrutaremos!!
Mazarbul

César dijo...

Mazarbul: Siempre he pensado que la narrativa cinematográfica se parece mucho a la literaria. No son iguales, por supuesto, pero tienen muchísimas similitudes, aunque cada una de ellas hace cosas que la otra no puede hacer (o hace peor). Un día voy a escribir un post sobre eso.

Me gusta esa similitud que haces entre los distintos estilos de novela y las razas de perros. ¿Qué seré yo? Un chucho callejero, sin duda.

Respecto a tu pregunta, la verdad es que no lo sé y ya jamás podremos saberlo. Pero te voy a decir algo: Si ahora me ofrecieran volver al pasado y asistir a un taller que me ahorraría un montón de tiempo y esfuerzo... no aceptaría. Te diré por qué: Cuando después de destripar un montón de libros, después de reflexionar mucho, descubrí esos mecanismos ocultos de la narrativa (no todos a la vez, claro; el primero la estructura), cuando tuve esa revelación, experimenté uno de los mayores éxtasis de felicidad de mi vida. Fue como la primera vez que te enamoras y te corresponden. No lo cambiaría por nada del mundo.

César dijo...

Mazarbul: Ah, se me olvidaba: Suerte con tu novela. Aunque no me lo hayas pedido, permíteme darte un consejo: Mientras escribas, piensa en el lector, en el efecto que va a hacer tu texto en él. Cada cierto tiempo, para, lee lo último que has escrito y pregúntate: ¿esto es interesante, va a atrapar al lector? A mí me funciona.

Sabela dijo...

¿Se puede enseñar a dibujar? ¿Y a cortar el pelo? ¿Y a diseñar un edificio? ¿Y a traducir?

Personalmente, no creo que las escuelas de escritura sean necesarias, pero tampoco creo que sobren. Hay quien tiene aptitudes para escribir y formarse (por su cuenta o en un taller o escuela) le puede ayudar a mejorar su producción. Hay quien no tiene aptitudes y puede aprender mucho, sí, no va a ser bueno, quizá, pero ni todos podemos ser escritores, ni pintores, ni, graciasadios, ingenieros. Creo que casi todos tenemos el típico colega o conocido autodidacta que dibuja como Miguel Ángel sin haber pisado una escuela de dibujo. Esto es aplicable a muchas artes y profesiones. Sin hablar de dones ni tonterías de esas, si uno tiene aptitudes, la formación puede ayudar a sacar mayor provecho de ellas. Pero el zote, como decís, tendrá que encontrar sus aptitudes en otro campo.

A mí ir a talleres de escritura me vino bien para obligarme a pensar y crear cuando pensaba que estaba en un pozo sin salida. Y allí había gente que sabía poner una palabra detrás de otra como quien coloca ladrillo y gente que esculpía textos. Pero todos salíamos contentos de haber usado el cerebro un ratito, la verdad.

Un abrazo!

César dijo...

Sabela: Estamos de acuerdo. Mis dudas no son si los talleres ayudan, que claro que ayudan (aunque hay riesgos), sino hasta dónde pueden ayudar. Como digo en el post, asistir a un curso de escritura ayuda a escribir mejor, y es algo recomendable incluso para los que jamás va a dedicarse a la escritura. Pero dar el salto a una escritura creativa más elaborada, más profesional..., eso es distinto. Una vez que dominas la técnicas narrativas, lo que falta es tan difuso, tan etéreo, tan indefinible, que, sencillamente, no puede enseñarse.

Juan H. dijo...

Supongo que los talleres están bien , pero creo que para escribir no se pueden buscar atajos, lleva muchos años de aprendizaje, (y sinceramente creo que el mejor es el autodidacta,no hay que ir a clase, pero es más duro, porque es el que mejor explora lo que quieres escribir y que tipo de escritor eres,por qué contar historias, pero hay que pensar en los lectores, claro, no se puede aburrir, creo, aunque los hay que aburren y los publican) y siempre sale algo distinto, el escritor está en cambio constante, no es lo mismo la primera novela que la última, y eso , para los escritores significa lo que dices de ser siempre un aprendiz, siempre se puede mejorar o cambiar la forma de narrar y creo que eso engrandece al escritor, como es tu caso.

Juan H.

Joaquín dijo...

A mi escaso juicio el símil del ladrillero no deja de ser un aprendizaje de oficio que se tarda algunos años en aprender, pero no deja de ser un oficio. Esta Perogrullada me vale para que no os hagáis ilusiones.
Si todos los que pasáis por talleres de escritura creativa saliera 'tan buenos' estariamos en la edad de Bronce de la literatura.
No sé; dejaría de leer a autores de fuera. Y, si para pensar hay que ir a un taller..., casi prefiero que sea el mecánico, al menos, podría ahorrarme un dinero.
Esta «manía» de escribir y vivir de esto es lo mismo que denunciaba -por así decir- Sloterdij que ocurría en Alemania hace unas décadas que más de un tercio de los jóvenes quería dedicarse a las Bellas artes. ¿El resultado?: a saber...

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Buen post, César. Siempre que escribes sobre escritura aprendemos algo nuevo. Yo, por ahora, estoy intentando aprender a leer de verdad los libros que pasan por mis manos.
Y, para más inri, me he metido en aprender fotografía; otro lenguaje con sus normas y códigos... un mundo en si mismo.

Juan Constantin

Barbie Jardinera dijo...

En mi opinión, los talleres pueden ayudar en la misma medida en que pueden ayudar (o ayudaban, ahora no sé cómo va la cosa) las clases de literatura en el instituto, con comentarios de texto y “trabajos” que había que entregar para ser corregidos (argumento, tema, estructura, aspectos formales, diálogos, etc). Es decir, que, en mi opinión, más que a aprender a escribir las clases y talleres ayudan, sobre todo, a aprender a leer. A esto sí se puede aspirar, como sugiere ya el primer comentarista del post. Pero a lo que voy. Si uno ha tenido buenos profesores en el instituto (exigencia nº1; o determinado entorno familiar), y además ha nacido antes de .pongamos- 1980?- creo que, en principio, necesitará menos un taller si un día se decide a escribir. Lo de haber nacido antes de la era tecnológica: es que “antes” los niños/adolescentes leíamos como bestias (o eramos muchos, muchos más lo que lo hacíamos, fuéramos a dedicarnos o no a actividades “intelectuales”, y fuera bueno/regular/infumable lo que caía en nuestras manos... daba lo mismo). Y no solo eran las clases de literatura. También las de latín y las de filosofía: llegábamos a la edad adulta con unos hábitos analíticos que facilitaban el proceso de “destripado”, como dice Cesar, y que no sé yo si ahora... Pensándolo despacio, ¡y consciente de estar generalizando mucho!, ¿es posible que el actual sistema educativo (en marcha desde hace ya casi treinta años, que el tiempo vuela) refuerce en los jóvenes su autoestima y, por tanto, el deseo de escribir, de crear algo, mientras se descuida un poco la “formación”, en sus sentido literal, y con ella el espíritu crítico? Los talleres, si esto es así, harán cada vez más falta.
Gracias por el post! Le obligan a una a poner en orden las ideas.

Anónimo dijo...

Hola, César. Es la primera vez que te escribo. Qué nervios. Tengo 16 años. Mi hermano pequeño y yo somos grandes admiradores tuyos. Eres como un ser legendario para nosotros. Por tu "culpa culposa" deseamos ser escritores algún día. Tenemos en especial estima tu libro "La catedral", al que llamamos en casa "La catedral del Diablo" y "La catedral del Mal", cada uno por su lado, para diferenciarlo de otro libro que tiene nuestro padre en la estantería llamado también "La catedral". xD Hasta hoy creíamos que una novela para serlo debería tener un mínimo de 200 páginas. Es eso cierto? O cual es el mínimo? Cuántos libros suele tener una tirada o edición? Muchas gracias de antemano por las respuestas. A sus pies, maestro.

César dijo...

Anónimo de las 11:30: Bueno, te prometo que no soy legendario, sino muy real. A veces demasiado real. Pero muchas gracias por tus bonitas palabras, eres muy amable. Por cierto, cuando tradujeron "La catedral" al alemán la titularon "Die Kathedrale des Teufels", que significa "La catedral del diablo".

Respondiendo a tus preguntas: En realidad no existe un criterio fijo sobre la extensión en páginas de una novela. Es muy relativo. De forma orientativa, yo diría que la extensión mínima de una novela está alrededor de las 140 páginas (a dos espacios). Pero no siempre es así. Por ejemplo, "Crónica de una muerte anunciada", de García Márquez es poco más que un cuento largo, sin embargo se vende como novela, aunque, eso sí, con márgenes amplísimos y letra supergorda. En cuanto a las tiradas, también depende. Yo diría que, hoy en día, las tiradas medias oscilan entre los 1.500 y los 3.000 ejemplares. Aunque hay tiradas muchísimo mayores. Por ejemplo, "Sidi", la última novela de Pérez-Reverte, se ha editado con una tirada de 145.000 ejemplares. Y también las hay menores, como en poesía, que suele tener tiradas de 500 ejemplares o menos.

Sólo he leído tu comentario, pero escribes muy bien. Suerte para ti y para tu hermano en vuestras carreras de escritores. Un saludo.

Anónimo dijo...

Mira, César, pues ahí tienes una idea para renombrar La catedral y lograr un título más identificativo y llamativo, más sugerente y potentorro. "La Catedral de las Tinieblas" o algo así, qué guay.

Acabo de comprar "Las fabulosas aventuras del Profesor Furia y Mr. Cristal". Cómo es que "La compañía de las moscas" estaba editada con Alfaguara? Es una rareza en tu trayectoria, me ha extrañado porque es una de tus mejores novelas y yo te creía un Edebé de corrido. De hecho tienes novelas incluso con SM, como La catedral o las del Miyazaki, a qué se debe? Os dejan publicar un número limitado de novelas cada temporada por editorial o algo?

Mola más el nuevo título, es más identificativo y emotivo. Felicidades.

Un afectuoso saludete, genio.

César dijo...

Anónimo de las 8:09: Me temo que ya es tarde para ese cambio de título. "La catedral" es uno de mis libros que más se vende y no sería sensato cambiarle el nombre. Eso sí, reconozco que es un título de lo más soso. Lo que pasa es que si le hubiera puesto el nombre que sugieres, u otro parecido, habría desvelado una parte del argumento que, en el texto, solo se revela al final.

"La compañía de las moscas" es, con diferencia, mi novela menos exitosa. De hecho, en Alfaguara estaba descatalogada. Por eso la pasé a Edebé y, como su título inicial no lo recordaba nadie, se lo cambié. Creo que sí, que el nuevo título es más apropiado para el contenido de la novela, que en el fondo es una historia de superhéroes. Pequeñitos y raros, pero superhéroes.

No, no hay límite para las novelas que publiques (salvo el tiempo que lleva escribirlas, claro). Yo publico mi obra juvenil con Edebé y con SM, más o menos a partes iguales. Ah, gracias por lo de "genio".

Un abrazo

Anónimo dijo...

Mil gracias por tus consejos de escritura César!!!! Los tendré muy, muy en cuenta.
Mazarbul