Puede ser que mi avanzada edad me esté afectando
a la cabeza; o puede que mi cabeza sea defectuosa
de fábrica, pero lo que me ha pasado con este post es para internarme. Me
explico: Hace unas semanas escribí una larga entrada sobre los libros que han
sido importantes en mi vida. No los que considero mejores, sino aquellos que me
han afectado íntimamente, o que me han aportado algo valioso, o que por la
razón que sea me han gustado muchísimo. Como decía, lo escribí. Con estas
manitas y mucho amol.
Y al día siguiente, cuando lo estaba corrigiendo, descubrí
por pura casualidad que hace años ya había escrito y subido al blog ese mismo
post. Exactamente igual, idéntico… bueno, no del todo; en mi nueva lista había
libros que desaparecían en comparación con la anterior, y otros nuevos
aparecían. La memoria es voluble. Pero vamos, el 90 % era lo mismo.
Me cabreé como un mono y tiré la entrada a la basura. Odio
realizar esfuerzos, pero si además son inútiles me pongo como King Kong cuando
le quitan la chica. Pasado un tiempo, tras dejar de desear subirme al Empire
State y destruir Nueva York, reuní la entereza necesaria para escribir otro
post. No exactamente un tema distinto, sino un enfoque diferente: en vez de
libros, películas. Las películas que han sido importantes en mi vida. Eso no lo
había escrito antes, ¿verdad?
Pues bien, cuando iba por la mitad, hice no sé qué
gilipollez y borré el texto. No un poquito: mucho. Lo envié a una Zona Fantasma
inaccesible para seres humanos convencionales. Esta vez mi cabreo adquirió
tintes apocalípticos. A la mierda el blog, me dije. Y me sumí en la indolencia.
Pero ahora, superado el incidente, reúno las fuerzas
necesarias para hablaros de las películas que fueron importantes para mí. De
momento, dejemos de lado los dibujos animados. Empecemos por la infancia… y
aquí hay que aclarar algo: cuando yo era pequeño solo había dos canales de TV,
y por esos canales solo se emitían películas antiguas. Así que lo que veía de
pequeño, aparte de cuando iba al cine, era básicamente cine clásico, sobre todo
el norteamericano. Además, por entonces había unos cines llamados “de sesión
continua”, que programaban dos películas y las pasaban, una detrás de otra, en
bucle. Eran cines baratos y su programación caótica: podían proyectar, por
ejemplo, una de Godzilla junto a Ciudadano Kane sencillamente porque
eran películas viejas y baratas que compraban por paquetes.
Bueno, pues estas eran mis tres películas favoritas cuando
era un niño, allá por comienzos de los 60: Beau Geste (William Welman,
1939), Los viajes de Sullivan (Preston Sturges, 1941) y, sobre todo, King
Kong (Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack, 1933). Una de aventuras
clásicas, una comedia y aventuras fantásticas.
La verdad es que tenía buen gusto cuando era pequeño,
porque las tres son obras maestras. Pero las importantes para mí eran la
primera y la tercera. Beau Geste tiene, probablemente, el comienzo más
misterioso de la historia del cine. En realidad, comienza por el final y le
sigue un largo flash back… que empieza con otro misterio distinto. Es una
maravillosa muestra de cómo usar el misterio en la narrativa. Recuerdo que me
llamaba la atención la modernidad (para una peli del 39) de esa estructura,
hasta que descubrí que la novela de P. C. Wren en que se basa el film tiene la
misma estructura. En fin, la historia está trufada de un romanticismo hoy
pasado de moda, así como de clasismo y, qué demonios, es un canto al
colonialismo. Pero el relato es tan potente, los misterios tan seductores, que
no tardas en olvidarte de todo eso y acompañar a los hermanos Geste en su exótica
aventura. Aunque en su momento no me di cuenta, esta película fue para mí una
lección de cómo se cuenta bien una historia.
Sobre King Kong he hablado muchas veces aquí. Porque
me fascina. En mi despacho tengo un enorme cartel de esta película. Reconozcámoslo:
todo es absurdo aquí, comenzando porque un muro destinado a contener a Kong
tenga una puerta... del tamaño de Kong. Y sin embargo, es una obra maestra,
pura poesía. Los surrealistas la adoraban, porque es como un sueño. Yo la adoro
porque es la esencia de la aventura y contiene algunas de las imágenes más
icónicas de la historia. La homenajeé en mi novela La isla de Bowen…
(NOTA: No os lo vais a creer, pero ha vuelto a pasar.
Interrumpí la escritura en los puntos suspensivos del párrafo anterior; comí y
volví a escribir a última hora de la tarde. Interrumpí la labor. Al día
siguiente quise proseguir, pero lo que escribí la tarde anterior,
sencillamente, había desaparecido. ¡Maldición! Una de dos: o una fuerza
siniestra no quiere, por la razón que sea, que yo acabe esta entrada. O bien me
he vuelto gagá y ahora me armo la picha un lío con el Word. Me ha costado
varios días sentarme de nuevo a escribir este literalmente maldito post. ¡Odio
volver a escribir lo que ya he escrito! Así que voy a escribir otra cosa)
Otra influencia importante fueron los Hermanos Marx. Me
partía y me parto la caja con sus películas. Mi favorita: Sopa de ganso
(Leo McCarey, 1933). Cuando era niño me chiflaba Julio Verne y me encantaban algunas
de las películas basadas en sus obras. En particular, 20.000 leguas de viaje
submarino (Richard Fleischer, 1954), Viaje al centro de la Tierra (Henry
Levin, 1959), Los hijos del capitán Grant (Robert Stevenson, 1962) y La vuelta al mundo en 80 días (Michael
Anderson, 1956). La sopa mental de los libros de Verne mezclados con las
películas basadas en ellos, aderezada con otras influencias, cristalizó en mi
antes citada novela La isla de Bowen. Ah, hay algo que escribí y
desapareció que debo mencionar: Cuando era muy pequeño vi en televisión Drácula,
la de Browning y Lugosi de 1931. Y me acojonó tanto que durante los siguientes
días me costaba dormir. Mi hermano Eduardo me dio un pequeño crucifijo para que
lo colocara debajo de la almohada y protegerme así de los vampiros. Y como ningún
chupasangres me clavó los colmillos, está claro que la cruz funcionó. El caso
es que desde entonces me caen mal lo vampiros. No me gustan las pelis de
vampiros. Que les den a los vampiros.
Y como este post se está alargando más de lo aconsejable,
vamos directamente a la peli que más me ha impactado, la que me voló la cabeza.
Estamos en octubre de 1968, tengo 15 años, soy un pirado de la ciencia ficción,
han estrenado la película que más ganas he tenido de ver en mi corta vida, pero
estoy castigado por algún motivo que no recuerdo. Un domingo por la mañana, mi
padre me preguntó: “¿Quieres que vayamos a ver 2001? Pero
que no se entere tu madre”. Claro que quería, era lo que más deseaba del mundo.
Fuimos al cine Albéniz de Madrid (si mal no recuerdo, el único que tenía
pantalla de Cinerama, perfecta para los 70mm de la cinta), y vimos la película.
Fue una epifanía, un orgasmo cósmico; al encenderse las luces, me quedé mirando
a mi padre y lo único que pude decir fue; “Alucinante…” Hay películas que me
han gustado tanto como 2001 (ninguna más), pero es con diferencia la que
más me ha impresionado.
Mención aparte merece El apartamento, de Billy
Wilder (1960). Una maravillosa historia de amor, y una jubilosa historia de
redención personal. El personaje que interpreta Jack Lemmon, C. C. Baxter es un
oficinista mediocre y miserable que intenta prosperar en el trabajo prestándole
su apartamento a los jefes para que vayan ahí con sus amantes. Pero está
enamorado de la ascensorista del edificio donde se encuentra su oficina, la
señorita Kubelik (yo también me enamoré de Shirley MacLaine), que resulta ser
la amante del gran jefe. Hacia el final, Baxter, ese hombrecillo mezquino, se
redime simplemente entregando una llave. Madre del amor hermoso, qué lección de
narrativa. Y el final-final, convirtiendo una partida de cartas en la metáfora
de un coito (¿Homenajeó Buñuel ese recurso en Viridiana (1961)?). Una maravilla.
Con tanto “accidente” esto está durando demasiado. Van a
quedarse muchas películas en el tintero (¿En el tintero? ¿Dónde interviene la
tinta aquí?). Solo un poquito más: Quizá por influencia de mi padre, adoro el
western. Crecí inmerso en su mitología, admirando películas clásicas como El
Dorado, Winchester 73, Raíces profundas o La diligencia
(paso de seguir poniendo director y año; los buscáis vosotros). Pero al mismo
tiempo me chiflan películas que tratan sobre el lado oscuro del mito y
desmontan su épica; títulos como El hombre que mató a Liberty Valance o Sin
perdón. Vamos, que me gusta el western desde todos los puntos de vista
(menos el espagueti-western; lo detesto).
Y ya está, no se me vaya a borrar todo. Como decía, me dejo
muchas películas. Otro día hablaré de ellas. Quizá. Yo me voy de vacaciones
pasado mañana, primero a ver el eclipse en Aragón y luego al fresquito
cántabro.
¡Felices vacaciones!

