martes, agosto 11

Vacaciones de película

 


          Puede ser que mi avanzada edad me esté afectando a la  cabeza; o puede que mi cabeza sea defectuosa de fábrica, pero lo que me ha pasado con este post es para internarme. Me explico: Hace unas semanas escribí una larga entrada sobre los libros que han sido importantes en mi vida. No los que considero mejores, sino aquellos que me han afectado íntimamente, o que me han aportado algo valioso, o que por la razón que sea me han gustado muchísimo. Como decía, lo escribí. Con estas manitas y mucho amol.

          Y al día siguiente, cuando lo estaba corrigiendo, descubrí por pura casualidad que hace años ya había escrito y subido al blog ese mismo post. Exactamente igual, idéntico… bueno, no del todo; en mi nueva lista había libros que desaparecían en comparación con la anterior, y otros nuevos aparecían. La memoria es voluble. Pero vamos, el 90 % era lo mismo.

          Me cabreé como un mono y tiré la entrada a la basura. Odio realizar esfuerzos, pero si además son inútiles me pongo como King Kong cuando le quitan la chica. Pasado un tiempo, tras dejar de desear subirme al Empire State y destruir Nueva York, reuní la entereza necesaria para escribir otro post. No exactamente un tema distinto, sino un enfoque diferente: en vez de libros, películas. Las películas que han sido importantes en mi vida. Eso no lo había escrito antes, ¿verdad?

          Pues bien, cuando iba por la mitad, hice no sé qué gilipollez y borré el texto. No un poquito: mucho. Lo envié a una Zona Fantasma inaccesible para seres humanos convencionales. Esta vez mi cabreo adquirió tintes apocalípticos. A la mierda el blog, me dije. Y me sumí en la indolencia.

          Pero ahora, superado el incidente, reúno las fuerzas necesarias para hablaros de las películas que fueron importantes para mí. De momento, dejemos de lado los dibujos animados. Empecemos por la infancia… y aquí hay que aclarar algo: cuando yo era pequeño solo había dos canales de TV, y por esos canales solo se emitían películas antiguas. Así que lo que veía de pequeño, aparte de cuando iba al cine, era básicamente cine clásico, sobre todo el norteamericano. Además, por entonces había unos cines llamados “de sesión continua”, que programaban dos películas y las pasaban, una detrás de otra, en bucle. Eran cines baratos y su programación caótica: podían proyectar, por ejemplo, una de Godzilla junto a Ciudadano Kane sencillamente porque eran películas viejas y baratas que compraban por paquetes.

          Bueno, pues estas eran mis tres películas favoritas cuando era un niño, allá por comienzos de los 60: Beau Geste (William Welman, 1939), Los viajes de Sullivan (Preston Sturges, 1941) y, sobre todo, King Kong (Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack, 1933). Una de aventuras clásicas, una comedia y aventuras fantásticas.

          La verdad es que tenía buen gusto cuando era pequeño, porque las tres son obras maestras. Pero las importantes para mí eran la primera y la tercera. Beau Geste tiene, probablemente, el comienzo más misterioso de la historia del cine. En realidad, comienza por el final y le sigue un largo flash back… que empieza con otro misterio distinto. Es una maravillosa muestra de cómo usar el misterio en la narrativa. Recuerdo que me llamaba la atención la modernidad (para una peli del 39) de esa estructura, hasta que descubrí que la novela de P. C. Wren en que se basa el film tiene la misma estructura. En fin, la historia está trufada de un romanticismo hoy pasado de moda, así como de clasismo y, qué demonios, es un canto al colonialismo. Pero el relato es tan potente, los misterios tan seductores, que no tardas en olvidarte de todo eso y acompañar a los hermanos Geste en su exótica aventura. Aunque en su momento no me di cuenta, esta película fue para mí una lección de cómo se cuenta bien una historia.

          Sobre King Kong he hablado muchas veces aquí. Porque me fascina. En mi despacho tengo un enorme cartel de esta película. Reconozcámoslo: todo es absurdo aquí, comenzando porque un muro destinado a contener a Kong tenga una puerta... del tamaño de Kong. Y sin embargo, es una obra maestra, pura poesía. Los surrealistas la adoraban, porque es como un sueño. Yo la adoro porque es la esencia de la aventura y contiene algunas de las imágenes más icónicas de la historia. La homenajeé en mi novela La isla de Bowen

          (NOTA: No os lo vais a creer, pero ha vuelto a pasar. Interrumpí la escritura en los puntos suspensivos del párrafo anterior; comí y volví a escribir a última hora de la tarde. Interrumpí la labor. Al día siguiente quise proseguir, pero lo que escribí la tarde anterior, sencillamente, había desaparecido. ¡Maldición! Una de dos: o una fuerza siniestra no quiere, por la razón que sea, que yo acabe esta entrada. O bien me he vuelto gagá y ahora me armo la picha un lío con el Word. Me ha costado varios días sentarme de nuevo a escribir este literalmente maldito post. ¡Odio volver a escribir lo que ya he escrito! Así que voy a escribir otra cosa)

          Otra influencia importante fueron los Hermanos Marx. Me partía y me parto la caja con sus películas. Mi favorita: Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933). Cuando era niño me chiflaba Julio Verne y me encantaban algunas de las películas basadas en sus obras. En particular, 20.000 leguas de viaje submarino (Richard Fleischer, 1954), Viaje al centro de la Tierra (Henry Levin, 1959), Los hijos del capitán Grant (Robert Stevenson, 1962)  y La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956). La sopa mental de los libros de Verne mezclados con las películas basadas en ellos, aderezada con otras influencias, cristalizó en mi antes citada novela La isla de Bowen. Ah, hay algo que escribí y desapareció que debo mencionar: Cuando era muy pequeño vi en televisión Drácula, la de Browning y Lugosi de 1931. Y me acojonó tanto que durante los siguientes días me costaba dormir. Mi hermano Eduardo me dio un pequeño crucifijo para que lo colocara debajo de la almohada y protegerme así de los vampiros. Y como ningún chupasangres me clavó los colmillos, está claro que la cruz funcionó. El caso es que desde entonces me caen mal lo vampiros. No me gustan las pelis de vampiros. Que les den a los vampiros.

          Y como este post se está alargando más de lo aconsejable, vamos directamente a la peli que más me ha impactado, la que me voló la cabeza. Estamos en octubre de 1968, tengo 15 años, soy un pirado de la ciencia ficción, han estrenado la película que más ganas he tenido de ver en mi corta vida, pero estoy castigado por algún motivo que no recuerdo. Un domingo por la mañana, mi padre me preguntó: “¿Quieres que vayamos a ver 2001? Pero que no se entere tu madre”. Claro que quería, era lo que más deseaba del mundo. Fuimos al cine Albéniz de Madrid (si mal no recuerdo, el único que tenía pantalla de Cinerama, perfecta para los 70mm de la cinta), y vimos la película. Fue una epifanía, un orgasmo cósmico; al encenderse las luces, me quedé mirando a mi padre y lo único que pude decir fue; “Alucinante…” Hay películas que me han gustado tanto como 2001 (ninguna más), pero es con diferencia la que más me ha impresionado.

          Mención aparte merece El apartamento, de Billy Wilder (1960). Una maravillosa historia de amor, y una jubilosa historia de redención personal. El personaje que interpreta Jack Lemmon, C. C. Baxter es un oficinista mediocre y miserable que intenta prosperar en el trabajo prestándole su apartamento a los jefes para que vayan ahí con sus amantes. Pero está enamorado de la ascensorista del edificio donde se encuentra su oficina, la señorita Kubelik (yo también me enamoré de Shirley MacLaine), que resulta ser la amante del gran jefe. Hacia el final, Baxter, ese hombrecillo mezquino, se redime simplemente entregando una llave. Madre del amor hermoso, qué lección de narrativa. Y el final-final, convirtiendo una partida de cartas en la metáfora de un coito (¿Homenajeó Buñuel ese recurso en Viridiana (1961)?). Una maravilla.

          Con tanto “accidente” esto está durando demasiado. Van a quedarse muchas películas en el tintero (¿En el tintero? ¿Dónde interviene la tinta aquí?). Solo un poquito más: Quizá por influencia de mi padre, adoro el western. Crecí inmerso en su mitología, admirando películas clásicas como El Dorado, Winchester 73, Raíces profundas o La diligencia (paso de seguir poniendo director y año; los buscáis vosotros). Pero al mismo tiempo me chiflan películas que tratan sobre el lado oscuro del mito y desmontan su épica; títulos como El hombre que mató a Liberty Valance o Sin perdón. Vamos, que me gusta el western desde todos los puntos de vista (menos el espagueti-western; lo detesto).

          Y ya está, no se me vaya a borrar todo. Como decía, me dejo muchas películas. Otro día hablaré de ellas. Quizá. Yo me voy de vacaciones pasado mañana, primero a ver el eclipse en Aragón y luego al fresquito cántabro.

          ¡Felices vacaciones!