viernes, enero 9

La risa vencerá



            ¿Os habéis parado alguna vez a pensar por qué existe el sentido del humor? No es una pregunta retórica; está claro que en algún momento, durante el proceso evolutivo que nos condujo de la rama de un árbol a los cómodos asientos en que ahora nos aposentamos, apareció el humor. Y se quedó con nosotros para siempre, lo que demuestra que el humor tiene alguna utilidad para la supervivencia de la especie. Pero, ¿cuál? Una posible respuesta es que la risa alivia el dolor. Me refiero al dolor físico, porque está demostrado que cuando te ríes tu umbral del dolor se eleva; pero también, y sobre todo, al dolor moral.

            Un momento: ¿Sólo los humanos tenemos sentido del humor? Pues nadie lo sabe a ciencia cierta, pero yo diría que sí. Incluso diría que el humor es uno de los principales rasgos distintivos del ser humano. Y no me vengáis diciendo que tenéis un perrito o un gatito que son la monda de graciosos, porque tenemos una gran tendencia a atribuir emociones humanas a actitudes animales que nada tienen que ver.

            Lo que sí se ha demostrado es que muchos animales, cuando están a gusto, emiten ciertos sonidos característicos. Por ejemplo, cuando los chimpancés se lo pasan bien prorrumpen en una especie de jadeo. Y se cree que nuestra risa no es más que una evolución de ese jadeo simiesco. Pero, atención, una cosa es hacer “ha-ha” cuando estás disfrutando, y otra muy distinta hacer “ha-ha” cuando lo estás pasando fatal. De hecho, eso último parece absurdo, ¿verdad? La explicación, supongo, es conductista. Si cuando estás bien te ríes, si te ríes –aunque no tengas motivos- tiendes a estar bien (o, al menos, mejor).

            Los humanos somos los únicos animales conscientes de que, hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Lo cual es muy chungo; no lo de morirse, sino lo de saberlo por anticipado. La muerte es terrible e inevitable y, ante ella, sólo caben cuatro opciones. Una de esas opciones es el humor, reírse de la muerte. No vale para nada práctico, pero alivia.

            Permitidme poner un ejemplo extraído de mi vida. Yo tenía 19 años cuando mi padre se suicidó. Su muerte fue un mazazo para mí, me dejó hecho mierda. Esa misma tarde vinieron a verme unos cuantos amigos, y yo, sin proponérmelo, me puse a bromear y a hacer chistes. Recuerdo las caras de desconcierto de mis amigos –supongo que pensaban que me había vuelto loco, o que era un monstruo-, pero yo no podía parar de bromear, lo necesitaba, era imprescindible. Y no porque la risa me hiciese sentir bien (eso era imposible), sino porque la risa me ayudaba a no sentirme peor, a no volverme loco de pena, a no desmoronarme. La risa, como tantas otras veces a lo largo de mi vida, me salvó.

            Hace poco, en un excelente blog amigo, se comentaban una serie de libros en los que sus autores relataban el proceso emocional que habían seguido ante la pérdida de un ser querido. La gestora del blog decía que la lectura de esos libros podía ser un alivio para quienes sufren una pérdida similar. Yo escribí un comentario diciendo que no, que quizá fueran un alivio para quienes los escriben, pero no para quienes los leen. La encantadora bloguera refutó mi opinión con sólidos argumentos, y yo no respondí. No porque me convenciese, sino porque a lo mejor se trataba de que yo soy un tío raro. Porque ante una pérdida terrible no quiero leer historias terribles. Quiero leer a Woodehouse, y a Jardiel Poncela, y a Mark Twain, y a Evelyn Waugh, y ver películas de los Hermanos Marx, y de Woody Allen, y de Billy Wilder. Ante un suceso terrible quiero reírme, porque la risa será el bálsamo de urgencia que empezará a curar las heridas. Y si no lo consigo, si ante la muerte no logro desplegar el abanico del humor, entonces habré fracasado y comenzaré a estar yo también un poquito muerto.

            Joder, qué serio me estoy poniendo. Parece un contrasentido... Pero es que, en el fondo, el humor es algo muy serio. A fin de cuentas, el humor no es más que un punto de vista distinto sobre la tragedia.

            Hasta ahora he hablado del humor como escudo, pero el humor también puede ser una espada. La ironía y el sarcasmo, esas son las principales armas del humor. Y son armas tremendas, poderosísimas. Si tu enemigo se alza, metafóricamente, sobre un pedestal (y todos los enemigos lo hacen), no será necesario que le ataques; bastará con que socaves su pedestal.

            Una anécdota (probablemente apócrifa) de Winston Churchill puede ilustrar este punto. Estaba Churchill dando un discurso en el parlamento, cuando una diputada de la oposición le interrumpió y le dijo: “Señor ministro, si Vuestra Excelencia fuese mi marido, yo pondría veneno en su taza de té”. Churchill la miró fijamente, se quitó las gafas y respondió: “Y si yo fuera su marido, señora, me tomaría ese té”. ¿Qué puedes hacer o decir ante esa respuesta? Pues nada, salvo enrojecer, sentarte y no volver a abrir la boca durante todo el debate. Porque el humor no te derriba; sencillamente, te desarma.

            Decía unos párrafos más arriba que, ante la inexorabilidad de la muerte, sólo caben cuatro opciones. Una es procurar olvidarnos de ella; sabemos que la vamos a palmar, pero no pensamos mucho en ello (todos lo hacemos, no me digáis que no). Otra posibilidad es desear la muerte, aunque eso no está al alcance de todos, claro. La tercera alternativa, como ya he señalado, es reírnos de la muerte. ¿Y la cuarta? Pues negar, contra toda evidencia, la muerte. Es decir, tu cuerpo físico acabará convertido en polvo, sí, pero la parte sustancial de ti mismo, la supuesta alma, sobrevivirá e irá a otro lugar o se reencarnará. Lo que sea, pero tú vas a estar ahí para verlo, aunque hayas renacido en forma de cucaracha.

            Alguien, no recuerdo quién, dijo: “La tumba de los hombres es la cuna de los dioses”. O sea, que inventamos las deidades para dar una salida a nuestro miedo a morir. Esta frase, aunque no es del todo cierta, si resulta bastante aproximada. Pues bien, paradójicamente, dos de nuestras opciones para vencer al temor a la muerte -el humor y la religión- son incompatibles entre sí. Dios y la risa no casan bien.

            En el fondo es lógico. Por un lado tenemos el concepto de “dios”. Un ser tan poderoso que, literalmente, puede hacer contigo lo que le venga en gana no invita precisamente a la broma, sino más bien al acojone (por eso los creyentes le dan tanta coba). Por otro lado está la actitud mental de los creyentes. Porque creer en cosas increíbles supone dejar de lado la racionalidad y zambullirte en una emocionalidad tan íntima que no admite el menor cuestionamiento. “Si atacas a lo que creo, me estás atacando a mí”. Y no hay nada que hiera tanto a quienes albergan ideas absurdas que la risa. La burla duele más que los insultos.

            Eso no quiere decir, por supuesto, que los creyentes no tengan sentido del humor, sino que los creyentes son incapaces de aplicar el humor a lo que consideran sagrado y, por tanto, intocable. No obstante, cuanto más ciegamente creyente seas (cuanto más fanático seas), menos sentido del humor tendrás, porque para los fanáticos todo es sagrado. A fin de cuentas, de eso va El nombre de la rosa; de la incompatibilidad entre la fe y la risa.

            Todo esto viene a cuento, si es que viene a cuento, por los asesinatos cometidos durante el asalto a la redacción de la revista Charlie Hebdo a manos de dos descerebrados integristas islámicos. ¿El pecado de esos redactores? Haber osado reírse de unas creencias risibles. Ya veis, para algunos el sentido del humor se castiga con la pena capital. A eso se le llama no saber encajar las bromas.

            Al principio pensaba escribir sobre los perjuicios de la religión, ilustrándolos con la famosa frase de Weinberg: “Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Sin embargo, ¿qué sentido tendría? ¿A quién voy a convencer que no esté convencido ya? También pensaba criticar el relativismo cultural (y algún día lo haré), pero sólo voy a decir algo en este sentido: No todas las culturas son aceptables en todos sus términos. O, mejor dicho, no todas las actitudes culturales son legítimas. La, llamémosla así, cultura occidental tiene muchos, muchísimos defectos, pero uno de sus productos (al menos como aspiración) es mejor que cualquier otro que conozca: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En mi opinión, se trata del avance ético más importante de la historia.

            Pues bien, contra eso atentaron los dos descerebrados integristas (definirlos así es un pleonasmo, me temo). En concreto, atentaron contra la libertad de pensamiento y de expresión (y contra el derecho a la vida, claro). Atentaron contra la potestad que todos tenemos de reírnos de lo que nos venga en gana. Atentaron contra el sentido del humor, se propusieron acallar las risas. Y si lo consiguen, habrán ganado.

            Siempre he admirado la escuela francesa de periodismo satírico. No sé si lo sabéis, pero a comienzos de los 80 hubo una versión española de la revista Hara-kiri, precursora de Charlie Hebdo. Allí conocí el trabajo de dos de los asesinados en el atentado: Wolinski y Cabu. Me encantaban, hacían un humor muy salvaje.

            Wolinski, Cabu y otras diez personas están ahora muertas (y otras once heridas), algo que, supongo, en principio no les haría ninguna gracia. Pero estoy seguro de que, de un modo u otro, acabarían encontrando la forma de encontrar el lado gracioso de su propia muerte. Pues bien, eso, la risa, les hará inmortales, y no la tonta creencia en absurdas deidades e ideas.

            Porque, llamemos a las cosas por su nombre, esos dos funestos integristas (otro pleonasmo) son unos hijos de puta, sí; pero sobre todo son un par de gilipollas sin el menor sentido del humor.

            Que les jodan.

lunes, enero 5

Reyes 1957



            Ante todo, feliz año nuevo amigos míos, merodeadores todos. Os deseo lo mejor para el 2015, y que en este año que empieza podamos ver cómo los partidos políticos traidores se hunden en la miseria, y cómo los corruptos desfilan camino de la cárcel.

            También quiero desearos que los Reyes Magos de Oriente os traigan todo lo que hayáis pedido y mucho más. Y como esta noche es noche de Reyes, la fiesta navideña que más me gusta, os dejo un regalito estúpido e inútil, pero entrañable.

            Veréis, quizá hay algo que no sepáis de mí: no tiro nada, lo guardo todo. No os podéis imaginar la de cosas absurdas que conservo. Para desesperación de mi santa, una mujer práctica que, a poco que la dejasen, me tiraría hasta a mí (y con no poca razón). Creo que esa obsesión por guardarlo todo me viene de mis padres, que también almacenaban cantidades ingentes de gilipolleces. Y entre esas cosas que almacenaban hace no mucho encontré lo que quizá sea mi primera carta a los Reyes Magos. Podéis verla ahí arriba.

            La letra inteligible es de mi madre. ¿Y qué es eso de “Quique”? Pues yo, amiguitos, porque mi auténtico nombre es César Enrique, y en mi familia me llamaban Quique hasta que llegué a la adolescencia y di un golpe de estado nominal.

            Siempre he pensado que debe existir alguna relación entre el nombre de una persona y su apariencia física. Por ejemplo, una chica que se llame “Bárbara” tiene que estar buenísima, igual que un tío llamado Aitor debe ser lo suficientemente fornido como para levantar una piedra de 300 kilos sin despeinarse. Pues bien, cuando cumplí 15 años ya medía un metro noventa. ¿Puede un tío de metro noventa llamarse “Quique”? Pues no, suena a chiste.

            Pero que un tipejo altote y fuertote se llame César parece correcto. Además, yo me llamo César nada más y nada menos que en honor a César de Echagüe, más conocido como El Coyote, y eso mola. De modo que, como Enrique no me gusta y César Enrique suena a protagonista de culebrón venezolano, cuando cumplí quince años le exigí a todos mis familiares que, a partir de ese momento, me llamaran César. Y lo conseguí, entre otras cosas porque cuando me llamaban Quique no les hacía ni caso.

            Volvamos a la carta. La “escribí” en 1957, cuando tenía cuatro años. Como es lógico no sabía escribir, así que imité letras y puse garabatos. ¿Qué narices se supone que estaría pidiendo? Ni idea, aunque hay una pequeña pista. Si os fijáis, en la mitad superior de la hoja se intuye una palabra: “puta”.

            ¿Yo, a los cuatro añitos, le estaba pidiendo a los Reyes Magos que me trajeran una puta? Cielo santo, qué precocidad... Y qué prematuro indicio de lo depravada que iba a ser mi vida.

            En fin, queridos y queridas, espero que los Reyes Magos os traigan lo más importante de todo: felicidad.

            Besos y abrazos.

miércoles, diciembre 24

El tradicional cuento navideño: "Nochebuena en Kaluvalula"



            Aquí estamos un año más, reunidos en la logia de la siniestra sociedad secreta llamada La Fraternidad de Babel para celebrar el Solsticio de Invierno. Pensaba oficiar una misa negra, sacrificando a una cabra y ofrendando a una virgen; pero me da cosa matar animales, y todas las vírgenes que he encontrado corrían más que yo. Así que nada de misas negras.

            Además, la tradición manda y siempre celebramos la Navidad en Babel con un cuento. Aquí está el de este año; se llama Nochebuena en Kaluvalula. Lo cual, aparte de para solaz de los merodeadores, también puede servir como ilustración de ciertos aspectos del proceso creativo. Veréis, estaba yo desde finales de noviembre dándole vueltas a la mollera en busca de una historia navideña y nada, no la encontraba. Como siempre.

            El problema es que eso de “cuento navideño” es muy amplio, hay miles de posibilidades, y el cerebro se pierde en ese laberinto de alternativas. ¿Cómo solucionarlo? Pues limitando las opciones. Tienes que decir: “quiero que mi relato vaya de esto, o de esto otro”; lo que sea, pero cerrando un poco el campo de juego. De ese modo, el cerebro puede manejar un número más limitado de posibilidades y, lo más importante, puede comenzar a hacer asociaciones libres. Por ejemplo, en 2008 me propuse centrar el relato en la estrella de Belén. La estrella me llevó a los cometas. Los cometas me llevaron a los asteroides. De ahí pasé al asteroide más famoso de todos: el que causó la extinción de los dinosaurios. Y ya sólo tuve que dar un pasito más para inventar la historia de Ensayo general.

            Para el cuento de este año no limité las posibilidades centrándome en un tema, ni en un aspecto de la Navidad, sino en un personaje. Ese personaje era tan marcado, tan peculiar, que por sí solo bastaba para acotar las líneas generales del cuento. De entrada, el personaje es todo lo contrario al espíritu de la Navidad, así que el relato no va a ser muy navideño que digamos, ni por el tono ni por la ambientación. Pero sí que tiene algo de entrañable: escribir sobre él fue como reencontrarme con un viejo amigo, algo muy propio de estas fechas.

            Vale, ¿de quién cojones estoy hablando? Pues del profesor Ulises Zarco, director de la Sociedad Geográfica SIGMA y protagonista de La isla de Bowen. Él es nuestro invitado de este año.

            Son las 10:25. La mañana en Madrid es soleada, pero fría (mi pequeña estación meteorológica Oregon marca sólo cuatro grados en el exterior). Dentro de un par de horas saldré a hacer las últimas compras para la cena. La verdad es que este momento, el momento en que estoy en mi despacho para colgar el cuento de Navidad, es siempre igual, año tras año.  Se diría que el pasado 24 de diciembre abrí un paréntesis y este 24 de diciembre lo estoy cerrando (y abriendo otro, por supuesto). Pero entre medias han pasado muchas cosas, ¿verdad?, y no todas buenas. Da igual, olvidémonos del pasado y miremos, no al futuro –que puede ser deprimente-, sino al hoy y al ahora. Y hoy comenzamos a celebrar las fiestas que marcan el final de un ciclo y el comienzo de otro, las fiestas dedicadas a la muerte del Sol y a su resurrección. O al nacimiento de un judío en un remoto pueblo de Oriente Medio, pues esta festividad ha adoptado muchas versiones a lo largo del tiempo.

            Os deseo felices fiestas, amigos míos; feliz Navidad, feliz Solsticio de Invierno, feliz Yule, feliz lo que sea que celebréis. Y ahora os dejo con el profesor Zarco...


            Nochebuena en Kaluvalula

            El profesor Ulises Zarco, director de la sociedad geográfica SIGMA, reprimió por enésima vez el acuciante deseo de propinarle un puñetazo al padre Blasco. A decir verdad, Zarco experimentaba con frecuencia cierta inclinación a maltratar, de obra o de palabra, a las personas que le molestaban; y, desde luego, jamás había tropezado con nadie tan irritante como el sacerdote. Pero, por desgracia, ahora no podía dar rienda suelta al justo impulso de cerrarle la boca, mediante un contundente uppercut, a ese insufrible religioso.

            —¡Fornicación! –clamaba Blasco en su interminable soliloquio-. ¡Sus hombres fornican con las nativas en las playas, fornican en las cabañas, fornican en los bosques, fornican en el poblado, fornican en los palmerales!...

            —Ya, ya, lo capto –intervino Zarco aprovechando una pausa para respirar del sacerdote-. Fornican por todas partes.

            —¡Y como conejos! ¡No respetan las leyes de Dios! ¡Atentan contra el sexto mandamiento cometiendo una y otra vez el terrible pecado capital de la lujuria...!

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sábado, diciembre 20

Fantasmas




            Ya estamos, como quien dice, en Navidad. Villancicos en los supermercados, luces en las calles, anuncios de la lotería, de Freixenet o de El Almendro. Como siempre, aunque este año hay una excepción: he terminado con siete días de antelación el clásico cuento navideño de Babel. Casi no me lo creo; pero ahí está, descansando en la memoria de mi ordenador a la espera de que, tras corregirlo, el veinticuatro lo cuelgue en el blog como mi particular regalo para todos los merodeadores. Me siento bueno.

            No, mentira, no es bondad lo que siento, sino vértigo.

            El otro día pensé que, conforme envejecemos, las personas nos vamos convirtiendo en oscuros caserones. De niños somos apartamentos, luego, durante la primera juventud, nos convertimos en pisos, después en dúplex, más tarde en chalés y finalmente, durante la edad madura, nos transformamos en vetustas mansiones que, como pasa con todas las mansiones, se van llenando de fantasmas. Y cuantos más años cumplimos, más fantasmas.

            Fantasmas de todo tipo, de los buenos, de los malos, de los que te arrancan una sonrisa, o te dan miedo, o te hacen llorar. Fantasmas de lo que fue y ya no volverá a ser. El poeta John Whittier dijo que, de todas las palabras tristes, escritas o habladas, las más tristes son “podría haber sido”. Quizá tuviera razón, pero, evocando a Poe, las segundas más tristes son, sin duda, “nunca más”.

            La Navidad es una época terrible, porque durante estas fechas los  fantasmas se alborotan y pugnan entre sí por aparecerse ante nosotros. Aunque es verdad que, al menos yo, a veces los busco. Veréis, desde 1954 –cuando llegué a Madrid- hasta 1996, viví en el barrio de Chamberí. Ahora vivo fuera de la zona urbana, al oeste, en Aravaca. Pues bien, en Navidad suelo regresar a Chamberí y pasear por las calles de mi niñez. Allí, en cada rincón, brotan los fantasmas de otros tiempos más sencillos y cálidos. Son los fantasmas de las cosas inanimadas, de esas pequeñas cosas que, según Serrat, hacen que lloremos cuando nadie nos ve. Sí, a veces me gusta revolcarme en la nostalgia.

            Pero hay otros fantasmas, más dolorosos y, también, más auténticos; fantasmas que no solo se te aparecen cuando los buscas, sino cuando menos te lo esperas, estrujándote el corazón y humedeciéndote los ojos. Son los fantasmas de las personas que quisiste y ya no están. Los fantasmas de los muertos.

            Ahora, en Navidad, los veo pasando a mi alrededor. Mi padre, mi madre, mis hermanos... Uno de los últimos fantasmas en habitar mi vetusta mansión es el de mi hermano José Carlos, que falleció hace tan solo cinco meses. Se me aparece constantemente. Muchas veces veo una película, o el episodio de una serie, y pienso, durante un segundo, que debo comentarlo con él, para al segundo siguiente sentir que el suelo se abre bajo mis pies, porque él ya no está. Hace poco, cuando terminé de escribir el cuento de Navidad de este año, me pregunté qué le parecería a José Carlos, y un instante después comprendí que ninguno de mis cuentos volvería a parecerle nada. Ahí estaba el cuervo de Poe, graznando “nunca más”.

            Pero no es solo mi familia, sino también todos los amigos que dijeron adiós, algunos, ay, tan prematuramente. José Mari, Pedro, Paloma, Tuto, Antonio, Luis, Tina, Leoncio, Mari Carmen, Tino... Todos ellos deambulan ahora por mi viejo caserón lleno de sombras, arañándome el alma cada vez que los veo. Y hay otros fantasmas de personas que no han muerto, pero que ya no son lo que eran. Por ejemplo, los fantasmas de mis hijos cuando eran niños. Ahora ellos tienen 27 y 24 años, están aquí, conmigo, y los adoro. Pero los niños que fueron ya no están, y los añoro tanto... Ahora viven en mi ruinosa mansión, jugando por los pasillos, y aún puedo escuchar sus risas, pero no puedo abrazarlos ni sentir que el mundo se ilumina con sus sonrisas.

            Aunque quizá el peor fantasma de todos sea mi propio fantasma; mejor dicho, los fantasmas de todas las personas que he sido. Está el espíritu del niño que fui, y que tanta ternura me inspira, y el fantasma del jovencito alocado, que me cabrea y simpatiza a partes iguales, y el ectoplasma del adulto gilipollas en que me convertí, que me irrita hasta la médula, y ahora el fantasma del viejo cabrón que soy, que sinceramente no sé lo que me parece.

            ¿Sabéis?, no tengo muy buena opinión de mí mismo, no me caigo demasiado bien. De hecho, creo que sería un hombre profundamente amargado si no fuese por dos aspectos de mi personalidad que, disculpad la inmodestia, me encantan: la imaginación y el sentido del humor. Ambos valores, curiosamente, pertenecen al fantasma del niño. Que en realidad no es, al menos no del todo, un fantasma, porque aún forma parte de lo que soy. Está en mi interior, pero aflora adoptando un papel: es el escritor. El César persona, no sé, no sé... pero el César escritor me cae bien. Es un buen tipo.

            Quién ahora os habla es el niño. Su fantasma se me aparece siempre por Navidad y a veces, como ahora, incluso me posee. Su fantasma está escribiendo estas letras. Él todavía cree que en la Navidad hay un poquito de magia, pero sabe que esa magia la tienes que poner tú. Tú y tus fantasmas.

            Entre mis cuentos navideños los hay más eso, navideños, y los hay menos. Algunos intentan evocar el espíritu de la Navidad (como Piel de carbón), y otros no tanto (como El regalo). El de este año no va a ser demasiado navideño que digamos. Así que este post es, en el fondo, el auténtico post de Navidad.

            Dicen que estas fechas son tiempo para estar con la familia, pero eso no es del todo cierto. En realidad, la Navidad es tiempo para estar con nuestros fantasmas, aunque sólo sea un ratito. También dicen que la Navidad es alegre, pero sólo lo es para los niños; para los adultos es melancolía pura. Pero eso está bien.

            Pensad en todo lo que amabais y habéis perdido. Evocad los rostros que ya jamás volveréis a contemplar, salvo atrapados en la plata de viejas fotografías. Recordad los momentos felices que se esfumaron como volutas de humo en un vendaval. Permitid que lágrimas dulces recorran vuestras mejillas. Inyectaros una dosis de nostalgia, porque eso es la Navidad.

            A veces, en Babel, hablo en voz baja, en tono íntimo. Como ahora. Imaginaos que estáis en un viejo café, o en el salón algo anticuado de una acogedora casa. Fuera es de noche y está nevando, pero el interior es cálido. Estáis sentados en una confortable butaca, iluminados por el cono de luz de una lámpara, mientras todo a vuestro alrededor permanece en penumbras. Hay un profundo silencio. Cerráis los ojos y viajáis con la mente al rincón más valioso de vuestro interior: al pasado. De pronto, poco a poco, comienza a sonar una vieja canción...

            ¿Creéis que me estoy poniendo baboso, que el viejo cabrón tonante se ha vuelto Blandi-Blub? Puede ser, pero eso no es nada; esperad a ver lo que viene ahora. ¿Qué canción suena? Se llama Oft in the stilly night. Fue compuesta en el siglo XIX; la letra es del poeta Thomas Moore y la música de sir John Stevenson. Puede que a algunos de vosotros os parezca sacarina, pero a mí, siempre que la oigo, me emociona. Prestad atención a la letra; es preciosa. Para quienes, como yo, no dominen el inglés, más abajo tenéis la traducción. El enlace con YouTube corresponde a la versión de John McDermott; no es la que más me gusta, pero sí la mejor que he encontrado.

            Ahora, evocad a vuestros fantasmas, recordad al cuervo de Poe graznando “Nunca más” y escuchad la canción.

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            Oft in the stilly night
            A menudo en la callada noche,
antes de que me ate la cadena del sueño,
un agradable recuerdo me rodea
con la luz de otros tiempos.

Las sonrisas y lágrimas de los años de infancia,
las palabras de amor que pronunciamos,
los ojos que brillaban, ahora apagados y desaparecidos,
los corazones joviales, ahora rotos.

Así, en la callada noche,
antes de que me ate la cadena del sueño,
un triste recuerdo me rodea
con la luz de otros tiempos.

Cuando recuerdo a todos los amigos
tan unidos, que he visto
caer a mi alrededor
como hojas en la época invernal,

me siento como alguien que se hallara solo
en una sala de banquetes abandonada,
con las luces apagadas y las guirnaldas marchitas
cuando se han ido todos menos él.

Así, en la callada noche,
antes de que me ate la cadena del sueño,
un triste recuerdo me rodea
con la luz de otros tiempos.
 
            ¿Qué tal? En fin, puede que a lo que yo llamo fantasmas vosotros lo llaméis memoria. Pero, en serio, ¿qué diferencia hay?

martes, diciembre 9

Babel 9



            Hoy se cumplen nueve años del nacimiento de La Fraternidad de Babel. ¡Tachán!

            Hay al menos dos comics en los que una y otra vez, a lo largo del tiempo, se repite el origen del personaje protagonista. Uno, el más conocido, es Batman, donde periódicamente se muestra el asesinato a manos de un atracador de los padres del niño Bruce Wayne, hecho que de mayor le llevará a convertirse en el Hombre Murciélago. El otro es The Phantom (en España se llamó El Hombre Enmascarado), en el que con aún más frecuencia se relataba cómo, en el siglo XVI, un barco inglés era atacado por los piratas singh y cómo el único superviviente, sir Cristopher Standish, tras alcanzar a nado la costa, juraba sobre una calavera dedicar su vida, y la de sus descendientes, a combatir el crimen, convirtiéndose en el primer Fantasma, el Espíritu que Camina.

            Bueno, pues yo no os voy a relatar, una vez más, cómo hace nueve años, por la tarde mientras estaba currando, me llegó un e-mail de Care Santos anunciando la creación de su blog, y cómo, por pura procrastinación y sin pensarlo mucho, me dio la ventolera de crear mi propia bitácora (vaya, digo que no lo voy a relatar y acabo de hacerlo...). Sin embargo, os voy a contar otra cosa.

            La semana pasada, buscando entre papeles viejos, encontré una breve lista donde, nueve años atrás, apunté doce alternativas para el nombre del blog. Lo cual demuestra que nunca tiro nada y que, o bien tengo alma de urraca, o bien padezco el síndrome de Diógenes. En esa lista hay tres nombres subrayados en rojo; supongo –porque lo he olvidado- que eran los que más me gustaban. Así que este blog se podría haber llamado El Coleccionista de Sombras o El Club del Movimiento Perpetuo.

            La primera opción me encanta, suena bien, es sugerente. De hecho, podría ser un buen título para una novela. Pero ¿qué significa? Pues probablemente nada, o al menos nada que tenga que ver con el contenido del blog. La segunda opción debió de estar a puntito de triunfar, porque puse una referencia a ella en la entradilla de la bitácora. De hecho es muy apropiada, porque la búsqueda del movimiento perpetuo es inútil (por imposible), y el blog nació con el objetivo de dedicarse a las cosas inútiles.

            La tercera opción subrayada es la que finalmente triunfó, pero tenía a su vez tres alternativas: El Priorato de Babel, El Archivero de Babel y El Viajero de Babel. La primera alternativa mola, la segunda es una caca y la tercera... La tercera se refiere al origen del mito bíblico que más me gusta. Como sabéis, Babel es en realidad Babilonia, y su famosa torre el Gran Zigurat. Bueno, pues yo me imagino a un paleto hebreo llegando por primera vez a Babilonia y quedándose acojonado. El zigurat (la construcción más grande que había visto en su vida) le pareció el intento de los babilonios de alcanzar el cielo, y como en la cosmopolita Babilonia había gente de muy diversas procedencias que hablaba distintos idiomas, a nuestro pequeño judío debió de parecerle el castigo de dios: la confusión de lenguas.

            Pero al final acabó ganando La Fraternidad de Babel. ¿Por qué Babel? Porque todos somos distintos, todos hablamos diferentes idiomas, aunque sean el mismo idioma, pero todos tenemos cabida en este blog. Y también, no voy a negarlo, por La biblioteca de Babel, del gran Borges; un lugar donde está reunido todo lo que es verdadero, pero también todo lo que es falso, y que, al ser imposible distinguir entre lo uno y lo otro, se convierte en una biblioteca inútil.

            Y aquí volvemos a la inutilidad que define a este lugar. Algunos amables merodeadores han insistido en que Babel no es inútil, en que sirve para algo. Bueno, quizá; para charlar, para debatir, para pensar o, simplemente, como mera distracción. Pero, desde luego, para nada práctico. Y me alegro, porque me encantan las cosas inútiles. Coño, pero si el propio arte (cualquier arte, menos la arquitectura) es inútil; podríamos seguir viviendo tan tranquilos sin arte. Aunque, eso sí, la vida sería mucho más insípida.

            A decir verdad, creo que Babel sólo ha sido más o menos útil cuando he escrito sobre mi padre y sobre mi hermano Eduardo. En el caso de mi padre, porque he aportado datos fidedignos sobre su vida que luego otra gente ha utilizado para hablar de él. En cuanto a mi hermano... porque creo que estaba obligado a contar su historia (aunque ya sé que eso no es cierto, no estaba obligado a nada. Pero alguien tenía que hacerlo). Probablemente esas entradas que le dediqué son las que más impacto han tenido. Periódicamente, aún recibo comentarios de merodeadores al respecto.

            Pero por lo demás, Babel carece de toda utilidad práctica. Sólo soy yo en pleno acto de narcisismo, exponiendo impúdicamente mis ideas, mi forma de escribir, mis historias. Eso es todo lo que aporto: yo mismo. Y, sinceramente, me parece muy poca cosa. Pero afortunadamente también estáis vosotros, los merodeadores, para equilibrar un poco el asunto aportando talento e interés a mi torpe bla-bla-bla. Sois unos ángeles, amigos míos. Pero no esos ángeles blandurrios y aburridos del catecismo, sino los ángeles babilónicos, puro trueno y ferocidad.

            Aunque, claro, también podemos contemplar las cosas de otra manera. El año pasado, algunos merodeadores comentaron que el nombre del blog les sonaba a sociedad secreta. Eso mola. Podríamos constituir una sociedad secreta llamada La Fraternidad de Babel cuyo objetivo sería no tener ningún objetivo. Podríamos crear un emblema, y ritos de iniciación, y grados, y saludos secretos para reconocernos. Y lo mejor de todo: no tendríamos que hacer nada. Sería la sociedad secreta más inútil de la historia (y mira que hay sociedades secretas inútiles). Es más, puede que esa sociedad secreta ya exista y nosotros pertenezcamos a ella, aunque es tan secreta que no lo sabemos.

            En fin, queridos míos, Babel cumple nueve años. Y nosotros con él. ¡Feliz cumpleaños!

miércoles, diciembre 3

Palabras



            Uno de los tópicos más estúpidos y repetidos es “Vale más una imagen que mil palabras”. ¿En qué sentido vale más? ¿Las imágenes son más poderosas que las palabras? Falso, es al contrario. ¿Son más prácticas, más útiles? Falso de nuevo. ¿Son al menos más descriptivas? Pues sí y no, depende. ¿Acaso son más fiables? Rotundamente no: tanto las palabras como las imágenes pueden servir para el engaño. Y no es que yo tenga nada en contra de las imágenes; me encanta la pintura, el dibujo la fotografía..., y también el cine y el cómic, aunque esas son disciplinas mixtas. Lo que sostengo es que las palabras, el lenguaje, es la herramienta más poderosa jamás inventada por el ser humano. De hecho, es lo que nos convierte en humanos.

            Hay al menos tres claves para entender esto. En primer lugar que el lenguaje no sólo es una herramienta para la comunicación; también sirve para pensar. Pensamos con palabras. Es decir: para interpretar el mundo lo verbalizamos. Por ejemplo, cuando vemos una flor tenemos una imagen; pero si queremos ir más allá de la imagen, si queremos extraer algún significado de la flor, entonces tendremos que usar las palabras.

            En segundo lugar, las imágenes son concretas, pero las palabras difusas. Pondré otro ejemplo. Imaginaos que os enseño la foto de una mesa estilo rococó. ¿Qué percibiréis? Pues esa mesa, que tiene su propio aspecto diferente al de cualquier otra mesa. Es decir: esa mesa en concreto, y no otra. Pero ¿qué pasa si, en vez de mostrar una foto, os digo “mesa”? Pues que todos imaginaréis una mesa, pero diferente en cada caso. Unos imaginarán una mesa moderna, otros antigua, algunos de madera, otros de cristal o acero, más grande o más pequeña... Si diez personas me oyen decir “mesa” obtendremos diez mesas distintas. Incluso si dijese “mesa rococó” el significado de esas dos palabras sería diferente para cada oyente (unos la imaginarían con angelotes tallados, otros con volutas vegetales... ya me entendéis). Es decir, las palabras son difusas, carecen de significado concreto y específico. Entendedme: significan algo, sí, pero de forma amplia y abierta.

            Cabría pensar que eso es una debilidad del lenguaje frente a las imágenes, pero es todo lo contrario. Cuando alguien os dice algo, lo que os dice tiene muchos puntos de inconcreción, así que vosotros tenéis que llenar los huecos vacíos que dejan las palabras. No sois sujetos pasivos de la comunicación; la completáis. El mensaje se conforma entre el emisor y el receptor. Por ejemplo, si os enseño la foto de una mujer hermosa (u hombre, da igual), a unos les gustará más y a otros menos. Pero si digo “mujer hermosa” seguro que os gusta muchísimo a todos, porque cada uno habrá imaginado su tipo de mujer hermosa. Este aspecto del lenguaje es el que da poder a las Palabras Grandes (dios, patria, honor, justicia, pueblo, raza..., ya hemos hablado en Babel de ellas). Son fuertes mecanismos de control social porque, al ser sumamente inconcretas, cada cual les da el significado que le venga en gana (pero siempre un significado sublime, claro).

            En tercer lugar, las imágenes son externas, pero las palabras son internas. Me explicaré: cuando contempláis una imagen estáis viendo algo externo a vosotros. Esa imagen puede emocionaros, pero siempre estará fuera de vuestro interior. Sin embargo las palabras son símbolos que carecen de sentido hasta que los decodificáis mentalmente, y nadie las decodifica exactamente del mismo modo. Por ejemplo, cuando leéis una novela ¿dónde “sucede” la literatura? ¿En el libro, en ese conjunto de signos que el escritor ha ordenado de determinada manera? En parte sí, pero todo texto es incompleto, deja huecos que, como decía antes, el lector debe rellenar mentalmente. Por tanto, el verdadero escenario de la literatura es el interior de la mente del lector. Allí sucede todo: dentro, no fuera.

            A veces, cuando leo (o escribo) una novela, no puedo evitar asombrarme por el inmenso poder del lenguaje. Tan solo con palabras se puede generar un simulacro de la realidad (eso es a fin de cuentas la literatura). Resulta increíble... Las palabras pueden enamorar o provocar odio, pueden hacerte reír o llorar, pueden generar empatía, desazón, miedo, aburrimiento, euforia, tristeza, felicidad... ¡Y sólo son palabras, símbolos abstractos, sonidos o grafismos! Pero símbolos tremendamente versátiles y poderosos.

            De hecho, el lenguaje es a la vez un puente -que comunica-, y una frontera -que separa-. Lo cual viene a cuento (mira que le doy vueltas a las cosas) por algo que me contó mi hijo Pablo.

            Pablo –que ahora tiene 24 tacos- nació en Madrid, pero hace unos años le dio la ventolera de aprender a hablar catalán. Luego, cuando acabó la carrera eligió hacer un máster sobre gestión cultural en la Universidad de Barcelona. Y ahí está mi hijo desde hace tres meses, estudiando en Cataluña (así que cuando en Navidad vuelva a casa protagonizaremos un spot de El Almendro).

            La mayor parte de los alumnos del máster son catalanes, pero los hay de otras zonas de España, y también un grupito de extranjeros, sobre todo hispanoamericanos. Pues bien, Pablo se encontró con que los alumnos catalanes, en general, formaban un grupo aparte que no se mezclaba con los demás; un grupo impermeable porque se comunicaban exclusivamente en catalán, incluso en presencia de gente que desconocía el idioma.

            Pero Pablo, claro, es un elemento extraño. Porque es madrileño (malo, malo...), pero el muy cabrón habla catalán (collons, que cosa més xocant!). Así que se ha convertido en el único alumno que forma parte de los dos grupos: la cerrada tribu catalana y los extranjeros.

            Según me cuenta mi hijo, el grupo mayoritario catalán le hace especialmente el vacío a los alumnos hispanoamericanos (y cuanto más nacionalistas, más vacío le hacen). Él se lo recriminó, intentando hacerles ver que era gente muy interesante con la que valía la pena tratar; pero le respondieron que no, que no eran “como ellos”. Huelga decir que esos hispanoamericanos no son unos pobrecitos e incultos emigrantes sudacas, sino gente culta de clase media-alta. Es decir, alumnos como cualquier otro alumno del máster. Pero “no son como ellos”. ¿Por qué? Aquí se unen dos prejuicios: la xenofobia contra el sudaca, y la xenofobia contra el charnego (es decir, el no catalán residente en Cataluña).

            Sin embargo, Pablo es madrileño, una de las peores cosas que se pueden ser en Cataluña, y sin embargo es aceptado en el hermético grupo autóctono. Por la sencilla razón de que habla catalán. Las palabras son su salvoconducto.

            En este caso el idioma funciona como frontera. Es como las meadas de los lobos para marcar territorio (un símil bastante grosero, lo reconozco). Es un signo de identidad, de pertenencia, de exclusividad. De hecho, aquí el lenguaje recoge los valores de todas las “palabras grandes”. Ahora el catalán, para muchos catalanes, es PATRIA, es RAZA, es HONOR, es JUSTICIA, es PUEBLO... es, en definitiva, DIOS.

            Resulta sorprendente y estremecedor el poder de las palabras, ¿verdad? Pero ya lo dice la Biblia: En el principio era el Verbo (Juan 1-1)

lunes, noviembre 24

Sueños



            Por lo general, no recuerdo mis sueños. Y es una pena, porque me gusta soñar; de hecho, algunos de los sueños que sí recuerdo se cuentan entre las mejores producciones audiovisuales que he contemplado.

            Hace muchos años (veinte o así), escribí un cuento que giraba en torno a los sueños (El hombre dormido, en la antología El círculo de Jericó), y para ello tuve que documentarme mucho. ¿Y sabéis qué fue lo que más me sorprendió? Pues que nadie tenía ni puta idea de por qué soñamos, ni de qué son exactamente los sueños. Y, sin embargo, por algún motivo desconocido soñar es muy importante.

            Veréis, no soñamos durante todo el rato que permanecemos dormidos, sino sólo el 25 % de ese tiempo, unas dos horas por noche, y no de forma continuada, sino a intervalos. Cuando dormimos, pasamos por cinco fases, y es en la quinta, llamada REM (por las siglas de Rapid Eye Movement), cuando tienen lugar los sueños. La fase REM también se conoce como sueño paradójico, porque en ella el cerebro se activa como si estuviéramos despiertos, aunque en realidad estamos roques. El sueño REM dura un rato y luego se desconecta, llevándonos a la fase anterior, llamada sueño profundo. Y vuelta a empezar. Normalmente, cada noche pasamos por entre cuatro y siete periodos de ensoñaciones. ¿Vosotros recordáis los sueños? Supongo que muchos contestaréis que sí. Y os equivocaréis en parte, porque sólo podemos recordar los sueños ocurridos en la fase REM previa a despertarnos. El resto de los sueños de la noche se pierden como lágrimas en la lluvia.

            Decía antes que los sueños son importantes, y en efecto lo son: para la salud mental. Se han realizado experimentos de privación de la fase REM; se monitorizaba el sueño de una serie de personas y, cuando llegaban a la fase paradójica, se les administraba un estímulo que no llegaba a despertarles, pero que les hacía saltar a la fase anterior. Es decir, se impedía que soñasen, pero manteniéndoles dormidos. Pues bien, al cabo de tres días los sujetos comenzaron a experimentar ansiedad, irritabilidad y dificultades de concentración. Y algo sorprendente: nada más dormirse, entraban en sueño paradójico sin pasar por las cuatro fases anteriores como es lo normal. Era como si el cerebro necesitara imperiosamente el estado REM. ¿Por qué? Ni idea.

            Hay muchas hipótesis acerca de los sueños, algunas incluso parcialmente comprobadas; pero ninguna explica de forma convincente la razón de esas producciones en tecnicolor que nos asaltan por las noches. ¿Por qué nuestros sueños tienen argumentos, aunque sean surrealistas? ¿Por qué a veces los sueños son tan increíblemente coherentes? ¿Por qué las pesadillas? No voy a enumerar las hipótesis, porque sería un coñazo, pero sí comentar una, de lo más sugerente y de lo más equivocada: la freudiana. Los sueños como mensajes encriptados del subconsciente.

            Sólo he leído un libro de Freud, La interpretación de los sueños. Me pareció una de las muestras de arbitrariedad más grandes que me he echado a la cara. Las  claves que plantea el libro para desentrañar los símbolos oníricos son porque sí, porque Freud lo dice, no están basadas en el menor proceso empírico. Además, eso supuestos símbolos suelen ser de lo más elementales; por lo general, cualquier cosa oblonga que aparezca en un sueño es una polla, y toda cosa cóncava un coño. Aunque, claro, a veces un puro es sólo un puro. En fin, que hay muy poca ciencia en la teoría del viejo Sigmund.

            No obstante, resulta literariamente muy atractiva. Los sueños como mensajes en clave, el psiquiatra como detective de la mente. Es mentira, pero también es de lo más sugerente. No me extraña que el psicoanálisis haya influido tanto en muchos creadores. Ahí tenéis a los surrealistas y los Dadá, las películas de Hitchcock o de Buñuel, los cuadros de Dalí o de Magritte, novelas como Tigre, tigre de Alfred Bester o El lobo estepario de Herman Hesse...

            ¿Tienen que ver los sueños con la creatividad? Ni puta idea. En fin, está claro que la privación de sueños disminuye la capacidad creativa (porque disminuye la concentración), pero nada indica que una sobreabundancia de sueños mejore la creatividad. Es decir, los sueños son siempre imaginativos, pero eso no significa que sean creativos, porque la creatividad es la imaginación enfocada a resolver problemas. Aunque, claro, hay constancia de sueños reveladores. Por ejemplo, el químico Kekulé andaba de cabeza porque no lograba descubrir la estructura molecular del benceno, hasta que un noche soñó con una serpiente mordiéndose la cola y comprendió que las moléculas de benceno tenían forma de anillo.

            En lo que a mí respecta, jamás he encontrado en los sueños la solución a ningún problema. Sin embargo, si me han proporcionado intensas imágenes que posteriormente he usado en mis relatos. Pero no estoy seguro de que eso sea creatividad.

            Al principio decía que no suelo recordar mis sueños, pero últimamente sí, no sé por qué. Más o menos desde hace un mes recuerdo parcialmente mis sueños, y lo curioso es que todos los sueños que tengo van de lo mismo: de ciudades. Recorro ciudades que en el sueño me resultan familiares, pero que en realidad no conozco de nada. A veces esas ciudades son, supuestamente, Madrid, pero un Madrid que nada tiene que ver con el que conozco. Otras veces son ciudades anónimas e igual de desconocidas. El caso es que, en mis sueños, por el motivo que sea, me dedico a deambular por ciudades extrañas que suelen tener dos características: me muevo por entornos degradados, con edificios abandonados y calles desiertas; y la estructura de las ciudades es cambiante, así que si intento volver sobre mis pasos llego a lugares distintos. Pero no se trata de pesadillas, ni hay nada que me inquiete. Simplemente, voy de un lado a otro, aunque los lados adonde voy cambian constantemente de apariencia y localización.

            ¿Por qué sueño repetidamente con eso? Es como si mi cerebro quisiera decirme algo... pero, coño, entonces mi cerebro se explica fatal. ¿Qué significa caminar por ciudades desconocidas, si es que tiene algún significado? Porque en mis sueños ni siquiera estoy perdido; en ellos sé dónde estoy y sé adónde voy, así que no pueden atribuirse a la metáfora onírica de la típica crisis de identidad ni nada parecido. Recorro ciudades, eso es todo. De hecho, la sensación que tengo es que esos sueños no significan absolutamente nada. Pero entonces, ¿por qué se repiten? Es como si se me hubiera rayado el cerebro. Además, ¿por qué de repente empiezo a recordar los sueños y precisamente estos? Se diría que por algún motivo son lo suficientemente importantes como para ocupar un lugar en mi memoria, aunque lo mire como lo mire me parecen una tontería.

            Antes dije que nadie sabe por qué soñamos, pero hay una hipótesis encantadora: Soñamos para no aburrirnos mientras dormimos. Quien sabe, a lo mejor esa es la razón. Y resulta que yo mato el tiempo paseando en sueños por la noche.

            La verdad es que no sería de extrañar, porque entre la niñez y los treinta y tantos años tuve numerosos episodios de sonambulismo. Caminaba dormido. De hecho, no solo caminaba, sino que también hablaba y hacía cosas más o menos complejas. Pero, claro, una cosa es soñar que caminas, y otra muy distinta caminar de verdad mientras sueñas. Eso sí que es raro. E inquietante, porque el hecho de que tu cuerpo actúe en ocasiones con absoluta independencia de la mente consciente resulta, no sé, fantasmagórico.

            Pero curiosamente el sonambulismo no tiene que ver con los sueños, porque los episodios no se producen en fase REM (que es cuando se sueña), sino en la etapa anterior, el sueño profundo. Así que el sonámbulo no está representando en la vida real un sueño, sino que se encuentra en un estado intermedio del que, al salir, no recuerda absolutamente nada. ¿Qué habré hecho yo caminado dormido? Igual soy un asesino en serie y no me he enterado... Otra cosa curiosa es que el sonambulismo es hereditario. Lo sé porque lo he leído, y porque mi hijo Pablo también es sonámbulo. Pero no un serial killer, que yo sepa.

            Perdonad una entrada tan poco interesante, pero es que me tienen muy intrigado esos sueños recurrentes. Igual se debe a que este último año he viajado mucho y estoy trasladando esa experiencia a los sueños... En fin, no sé. Y en el fondo da igual; seguiré disfrutando de ese turismo nocturno mientras dure y luego me olvidaré del asunto. O no, e igual escribo alguna historia sobre eso. Vete tú a saber. Es lo bueno de ser escritor: cualquier cosa puede servirte para algo.

           


miércoles, noviembre 12

Magical Political Show



 
            No sé si lo recordaréis, pero hace unos meses dije que no iba a volver a hablar de política nacional, porque me indignaba demasiado y me daban unos berrinches tremendos. Bueno, pues he cambiado; no de idea, sino de sentimientos. Ahora, el panorama patrio no me produce indignación, sino... risa. Toda esta mierda empieza a parecerme divertida. ¿Pero cómo es posible que me divierta tamaño desastre? ¿Habré fumado algo raro? Pues sí, he fumado algo raro, pero no es por eso. Permitidme que me explique.

            Alguien dijo –y si no lo dijo nadie, lo digo yo ahora- que la diferencia entre drama y comedia es el ritmo. El drama es lento, la comedia es rápida. De hecho, la risa, en sí misma, es más rápida que el llanto. Las lágrimas requieren cierto proceso, necesitan algo de tiempo para florecer, pero la carcajada explota, es instantánea. Vale, al grano: según esa idea, si cogemos un drama, cualquier drama, y aceleramos su tempo interno, obtendremos una comedia.

            Bueno, pues eso es lo que está pasando en nuestro país: que el drama se está acelerando a marchas forzadas. Prácticamente cada día nos desayunamos con un nuevo caso de corrupción política. ¿Cuántos van hasta ahora? Ni idea; dudo que alguien lo sepa. Pero lo gracioso no es esa multiplicación de corruptelas destapadas, sino lo que sucede después. Tras cada caso que sale a la luz, los presuntos culpables reaccionan siguiendo exactamente el mismo guion:

            1. Convocar una rueda de prensa o emitir un comunicado para proclamar su absoluta, meridiana y prístina inocencia.
           2. Asegurar que se trata de una conspiración política contra ellos.
            3. Anunciar que se querellarán contra quienes han puesto en duda su honorabilidad e intachable reputación.

            Luego, los siguientes pasos varían un poco. Algunos se enrocan y no se mueven de dónde están (¿Dimitir?; eso es un nombre ruso). Otros renuncian a sus cargos en el partido, pero ni de coña a su acta de diputado o de concejal, si es que la tienen. A continuación, el silencio, a ver si la opinión pública se olvida de ellos (salvo Esperanza Aguirre, cuya táctica es hablar, hablar y hablar, no vaya a ser que se olviden de ella).

            Bueno, pues las primeras veces que escuchas este reiterativo discurso, te indignas. Vaya morro tienen estos, te dices con el ceño fruncido. Pero al cabo de un tiempo comprendes que en realidad eso es como el gag una y otra vez repetido que emplean algunos humoristas. Por ejemplo, en las películas de los hermanos Marx, Harpo siempre hacía lo mismo: se acercaba a un extraño, le cogía una mano y colgaba de ella su pierna. La gracia está en la repetición; desde el principio de la película sabemos que Harpo lo va a hacer, pero no en qué momento; así que cuando finalmente lo hace nos descojonamos. Por lo gracioso del gesto, pero sobre todo como reacción expansiva ante las expectativas cumplidas. Y los políticos corruptos, igual que Harpo, nunca nos defraudan: tarde o temprano nos cogerán la mano y colgarán de ella su pierna. Y si somos gilipollas, se la sostendremos. Lo cual, claro, será aún más gracioso.

            Luego está la cómica simultaneidad de opuestos. Me explicaré. Creo que fue Chaplin quien lo dijo: un borracho que se comporta de forma desinhibida, haciendo el payaso y cometiendo torpezas, no tiene ni pizca de gracia. Pero un borracho que finge que no lo está e intenta mantener la dignidad, eso sí que tiene gracia. Adoptar una actitud orgullosa y digna, cuando todo lo que haces es ridículo, resulta descacharrante.

            Por ejemplo, un caso reciente, el del presidente de Extremadura, José Antonio Monago. Le pillan habiendo hecho treinta y dos viajes a Canarias, pagados por el erario público (o sea, por todos nosotros), para verse con una amiga, y el tío reacciona siguiendo el guion habitual: inocencia, conspiración, querellas. Yo, por casualidad, le escuché y, joder, era la pura imagen de la dignidad ofendida. Pero al día siguiente, ¡tan solo 24 horas después! (esa es la aceleración a que me refería antes), Monago dice que va a pagar los viajes de su bolsillo. Pero, vamos a ver, ¿no eran viajes oficiales? Entonces, ¿por qué va a pagarlos? Ridículo, ¿verdad? Y gracioso, si te paras a pensarlo. Como ridícula y graciosa es la reacción de sus compañeros de partido, arropándole entre ovaciones.

            Porque esa es otra parte del guion habitual: lo que hacen los partidos. En primer lugar, defensa a ultranza y unánime del corrupto, mucho poner la mano en el fuego por él y mucho confiar en su innegable ética y buen nombre. Luego, cuando las evidencias de corrupción se hacen más palpables, viene el respeto a las decisiones de los jueces y el silencio. Finalmente, al llegar las imputaciones, los compañeros de partido sufren una repentina amnesia sobre el corrupto. ¿Bárcenas? ¿Quién es Bárcenas?

            Otra cómica impagable es Esperanza Aguirre. Resulta que su mano derecha cuando ella era presidenta de la Comunidad de Madrid, Francisco Granados, está en prisión por dirigir una trama corrupta. Resulta que el 14 % de los miembros de su lista electoral (incluida ella misma) están imputados por diversas causas penales, igual que ni se sabes cuántos alcaldes y concejales de su partido en Madrid. Resulta que, siendo ella presidenta de la comunidad, y presidenta del PP madrileño, Madrid se ha convertido en una de las comunidades más corruptas de España, que ya es decir.

            Bueno, pues cuando sale a la luz lo de Granados y la Red Púnica, la Espe convoca una rueda de prensa y pide perdón. Como si te hubiera pisado sin querer y dijera Huy, lo siento, y ya está, eso es todo. Porque cuando le preguntan si no piensa dimitir de la presidencia del PP madrileño, por ser responsable en última instancia (al menos in vigilando) de tanta basura, ella dice que no, que de ninguna manera. Que eso sería como abandonar el barco cuando se hunde (barco que ella misma ha contribuido a hundir), y porque tiene buenas ideas para acabar con la corrupción.

            ¡Cáspita! Eso es como si Jack el Destripador dijese: Dejadme solucionar a mí el problema del maltrato a las mujeres, que tengo mucha experiencia sobre ese asunto. Para mearse de risa, no me digáis que no.

            En fin, renuncio a seguir poniendo ejemplos. Hay demasiados, y la mayor parte son chistes malos. Aunque los hay geniales, como el sketch de Cospeal sobre la indemnización en diferido de Bárcenas. Lo más divertido que he visto desde las empanadillas de Martes y 13. Eso por no hablar de tantas sufridas e inocentes esposas, desde Ana Mato hasta Cristina de Borbón, que, en su candidez, jamás se dieron cuenta de que sus maridos eran unos golfos apandadores, ni de que buena parte de los lujos que las rodeaban estaban pagados con dinero robado. Ellas interpretan el papel de “chica tonta” de la telecomedia, como Lisa Kudrow en Friends. ¿Y qué me decís de Tomás Gómez soltando la lagrimita por su amigo traicionero, al que le había legado el puesto de alcalde de Parla, pero sin plantearse en ningún momento que debía dimitir por haber promocionado a un corrupto, algo que él mismo le exigía (justamente) a la Espe? ¿Y el discursete en ¿inglés? de Ana Botella para defender la candidatura olímpica de Madrid? Esa sí que es una monologuista cachonda, y no la Sarah Silverman. ¿Y la surrealista kermesse de los independentistas catalanes?...

            Vale, stop, que he dicho que no iba a poner más ejemplos. El caso es que los políticos españoles, cuando les coges el punto, son muy divertidos. De hecho, sus tipologías cómicas se corresponden con las de los hermanos Marx que antes citaba.

            Está el Estilo Groucho, todo palabrería, cuyo ejemplo más evidente es Esperanza Aguirre. Luego tenemos el Estilo Chico, que era el más anodino de los tres hermanos famosos; aquí metemos a Mariano Rajoy. A continuación, el Estilo Zeppo. ¿Y quién narices era Zeppo? Pues veréis, los hermanos Max no eran tres, sino cinco. Zeppo trabajó en las primeras películas, pero no como cómico, sino como galán. Galán soso. ¿Y cuál es nuestro galán soso? Pedro Sánchez, of curse. Después está el Estilo Gummo, que era el hermano Marx que nunca actuó y, por tanto, desconocido. En este apartado entrarían todos esos políticos, que seguro que son unos cachondos, pero no les conoce ni dios. Hay muchos candidatos, pero no sé cómo se llaman.

            ¿Y el estilo Harpo? Aquí hay un problema; Harpo fingía ser mudo, y no existen políticos mudos (en todo caso, políticos sin micrófono). Cristóbal Montero, por aspecto ridículo –y por estar a punto en cualquier momento de colgar su pierna de tu mano-, podría formar parte de esta tendencia, pero es que habla demasiado. Igual que Pablo Iglesias, que es muy slapstick; pero el tío no veas cómo le da a la sinhueso. En fin, no hay Harpos en nuestro panorama político. Una pena.

            Pero estoy siendo injusto. Los Hermanos Marx eran unos genios del humor, mientras que nuestros políticos (de acuerdo, no todos, pero sí la mayoría de los conocidos) son entre canallas de tercera y patéticos. Mezquinos personajillos sin interés alguno. Intentan interpretar un drama de Shakespeare, pero les sale una comedieta de Alfredo Landa.

            En fin, soy consciente de que la progresiva degradación de nuestras instituciones sólo conduce al desastre. Entonces, ¿de qué me río? De nada, en realidad. Pero, ¿sabéis?, la  risa es mucho más sana que los berrinches.

            Y, además, a veces tienen gracia los condenados, no me digáis que no.

jueves, noviembre 6

La canción secreta del mundo


 
            No sé si lo sabéis, pero como justo castigo por ganar el Premio Nacional de Literatura Juvenil debo ser, durante dos años, miembro del jurado que elige dicho galardón. De hecho, ya lo fui el pasado 14 de octubre, cuando se convocó la reunión para elegir al premiado de este año.

            Permitidme explicaros cómo es el asunto. El jurado está formado por 14 miembros: los premiados de las dos últimas ediciones y representantes de distintas instituciones relacionadas con la cultura. Cada jurado debe proponer como candidatas un máximo de tres obras. La lista final nos llegó a a últimos de agosto, así que disponíamos de mes y medio para comprar (luego nos abonarán los costes) y leer un porrón de títulos. Acabé hasta las narices, reafirmado en mi convicción de no ser jurado de nada (salvo, quizá, de desfiles de modelos de ropa interior femenina; pero, desgraciadamente, nunca me lo han propuesto).

            Bien, el primer problema fue elegir mis novelas candidatas, porque no leo literatura juvenil. Así que me puse en contacto con mi buena amiga Nerea Marco, una de las almas mater de la revista electrónica El Templo de las Mil Puertas, para que me recomendara algunos títulos. La amable Nerea así lo hizo, manifestándome su preferencia por una novela en concreto, precisamente la  que había ganado el premio que concede su revista a la mejor obra juvenil española: La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina.

            Vaya, pensé, yo conozco a Cotrina, aunque muy poco. Le conocía, sobre todo, de nombre, porque Cotrina es un escritor surgido, como yo, del fandom de la ciencia ficción. Pero, por algún motivo, jamás había leído nada suyo, ni siquiera un cuentecito. De hecho, pensaba que había comenzado a escribir con posterioridad a mí; pero no, en realidad pertenece, igual que este vuestro seguro servidor, a la llamada Generación de los 90. En fin, qué despistes los míos.

            El caso es que compré su novela. Y, tras un breve estremecimiento (tiene 666 páginas; un número muy apropiado, por cierto), la leí. Y me quedé con la boca abierta, porque no me esperaba algo así. Veréis, suelo sostener que una novela juvenil, para ser buena, tiene que ser, ante todo, una buena novela a secas. Pues bien, La canción secreta del mundo es, en mi opinión, una excelente novela que puede ser disfrutada por todo tipo de lectores, jóvenes o adultos, con la única condición de que tengan el estómago preparado para obras de ese género. ¿Y cuál es el género de la novela de Cotrina? El dark fantasy, la fantasía oscura. Pero que muy, muy, muy oscura. Oscurísima, creedme.

            Imaginaos que en nuestro mundo, el mundo real, se oculta otro mundo, un universo regido por la magia que alberga en su seno la más absoluta y tenebrosa perversidad. Ariadna es una joven amnésica que vive, en nuestro mundo, con una familia de acogida sencillamente perfecta. La chica tiene un novio, Marc, que es un encanto, y todo le va bien. Hasta que un día se presenta en su vida Evan, un misterioso y atractivo joven que fue su pareja en ese pasado que ella no recuerda.

            ¿Un triángulo de amor adolescente? Pues sí. Y pues no, porque nada de lo que sucede a continuación se parece lo más mínimo a las clásicas historias románticas. Ariadna descubre, por las malas, que en realidad ella no pertenece a nuestro mundo, el de la luz, sino al otro mundo, el de la oscuridad. Es una virago. ¿Y qué es eso? Bueno, ¿sabéis esas historias en las que un joven normalucho descubre que tiene poderes increíbles y es el elegido para salvar a la humanidad? Bueno, pues en el caso que nos ocupa, exactamente todo lo contrario. Ariadna tiene las manos manchadas de sangre. De mucha sangre. Y no voy a seguir contando el argumento, porque en la historia hay varios giros de tuerca que no quiero espoilear (menuda palabreja).

            La novela tiene muchos méritos; prosa elegante y fluida, personajes bien perfilados, buen ritmo, originalidad, giros de trama... Pero lo más llamativo es la descripción de ese mundo lóbrego y oscuro, sucio y cruel, un mundo literariamente trabajado con minuciosidad de orfebre, un mundo imaginario del todo coherente. Un auténtico alarde de imaginación e ingenio.

            Aunque lo que más agradecí fue la ausencia de concesiones. Conforme me iba acercando al final del texto, cruzaba los dedos y rogaba que Cotrina no se sacase de la manga un final feliz. Y no lo hizo. El final es amargo, como exigía el devenir de la historia. Nada de miel; todo hiel.

            Antes he dicho que se trata de una fantasía muy oscura. ¿Hasta qué punto? Pues bien, la novela comienza con un siniestro personaje deambulando por un paisaje dantesco y cargando a la espalda con un saco lleno de... bebés muertos. Y eso sólo es el aperitivo de las muchas atrocidades que vendrán después. Sin embargo, no se trata de horrores gratuitos, ni de morbo barato. La canción secreta del mundo desprende una poderosa aura poética; una poesía extraña y perturbadora que provoca intensas emociones en el lector.

            Aunque, lo reconozco, no una poesía apta para todos los paladares. Dos escritoras amigas leyeron la novela por mi recomendación y a ambas les gustó mucho, pero les pareció muy dura. Una de ellas me confesó que tuvo que espaciar la lectura, porque el texto le provocaba pesadillas. Pero eso está bien, ¿no? A fin de cuentas, la función del arte es inducir sentimientos en quienes se exponen a él.

            Bueno, ¿y qué pasó en la reunión del jurado? Pues que las dos únicas personas que defendimos la novela fuimos Laura Gallego y yo. Tras leer todas las obras candidatas, me reafirmé en que la mejor, con diferencia, tanto en calidad literaria como en complejidad, era la de Cotrina; pero cuando la defendía, el resto del jurado me miraba como si me hubiera vuelto loco. En realidad, ya me lo imaginaba. Hay géneros –el dark fantasy, por ejemplo, o el terror- que aún se consideran literariamente malditos, qué le vamos a hacer. Al final me consolé, porque la novela ganadora fue mi segunda favorita: Prohibido leer a Lewis Carroll (Anaya, 2013), de Diego Arboleda con divertidísimas ilustraciones de Raúl Sagospe. Una fantasía victoriana con mucho humor, un delicioso texto que, tengáis la edad que tengáis, os recomiendo.

            Pero, sobre todo, os recomiendo La canción secreta del mundo (Editorial Hidra, 2013), de José Antonio Cotrina. Olvidaos de que es una novela juvenil, porque no lo es, al menos en el sentido peyorativo del término. Si os gusta el género fantástico, si os embriagan las ensoñaciones poética -por muy oscuras que sean-, si disfrutáis con la buena narrativa, si no os dan miedo las emociones fuertes, si os apetece pasear por un fascinante universo ficticio, entonces La canción secreta del mundo es vuestra novela. Salvo que tengáis el estómago delicado, en cuyo caso manteneos alejados de ella.

            Ah, quizá alguno piense que hablo así de bien de esta novela porque soy amiguete del autor. Pues no; sólo he visto a Cotrina dos veces en mi vida, y las dos este año. La primera en febrero, cuando di una charla en Vitoria invitado por el ayuntamiento, y luego a finales de septiembre en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada. En fin, me parece un tío muy majo, pero aún no somos amigos, sino tan solo conocidos. Por tanto, mis comentarios son sinceros y mi recomendación también.