sábado, octubre 7

Dos libros

Los dos últimos libros que han caído en mis manos no son para leer. De hecho, uno de ellos ni siquiera es propiamente un libro, sino un cuadernillo de 24 páginas que me ha costado un euro con veinte céntimos. Se trata, claro, de obras de consulta. Me encantan esta clase de libros, los diccionarios de todo tipo, las enciclopedias, los manuales, los prontuarios, los compendios... Son cultura en cápsulas; ofrecen respuestas concretas a preguntas concretas y ordenan el conocimiento de una forma tan ficticia como tranquilizadora. Además, por concentrada, son la lectura perfecta para cuando vas al baño a aliviar el vientre.

El primero de mis dos libros no lo he comprado, sino que me lo ha mandado amablemente su autor, Ramón Charlo. Se llama Autores y seudónimos en la novela popular y está publicado por Padilla Libros Editores & Libreros (Sevilla, 2005). ¿Qué es? Pues un diccionario de los autores españoles de novela popular del siglo veinte, incluyendo sus seudónimos. Ramón Charlo, uno de nuestros mejores estudiosos de la novela popular, ha llevado a cabo con este libro una labor titánica, pues cualquiera que conozca un poco la literatura de kiosco sabe lo compleja que resulta la tarea de identificar la identidad que se esconde tras muchos seudónimos. Así pues, se trata de un libro imprescindible para quienes se interesen por esa rama pobre de la literatura que es (o, mejor dicho, fue) la novela de a duro.

El segundo libro, en este caso cuadernillo, es el Calendario Zaragozano de 2007. Lo compro todos los años, sin excepción; tanto es así, que cada vez que veo un nuevo ejemplar en los kioscos, siento lo mismo que se experimenta al reencontrarse con un viejo amigo largo tiempo ausente. De hecho, lo considero un punto fijo en el devenir del tiempo, un bastión inexpugnable e inmutable que siempre sigue igual, con el mismo tamaño, el mismo color, la misma tipografía y el mismo terrible dibujo de don Mariano Castillo y Ocsiero en portada. Verlo me hace retroceder a la infancia.

Y no sólo a la infancia, sino más atrás en el tiempo, a otra era y otra cultura. Veréis, el Calendario Zaragozano contiene un “juicio universal meteorológico” a un año vista cuyos pronósticos dudo que alguna vez se hayan cumplido. Además –y ésa es la parte que suelo utilizar para documentarme- ofrece una reseña diaria de las principales efemérides astronómicas (incluyendo las salidas y puestas del sol y la luna). Y también el santoral completo, las principales ferias y mercados de España, citas y refranes tan deliciosos como Si en enero flores, en mayo dolores o Con pillos me junte Dios; con tontos no.

Pero volvamos a lo que decía de retroceder en el tiempo. El Calendario Zaragozano fue fundado -por el citado Mariano Castillo, astrónomo- en 1840. Es decir, en una época en la que la sociedad era mayoritariamente rural. De hecho, el Calendario Zaragozano es una valiosísima herramienta para agricultores y ganaderos, pero no para urbanitas. Por eso, cuando lo hojeo, lo que hago es viajar a un mundo que ya casi no existe, a una cultura regida por el paso de las estaciones y el matemático faenar de las estrellas. En cierto modo, el Calendario Zaragozano y Stonehenge son lo mismo: instrumentos de una civilización rural para medir el tiempo y cuidar las cosechas.

¿Vosotros no lo compráis? Pues deberíais hacerlo; viajar en el tiempo por 1’20 euros es un chollo.

8 comentarios:

Jesús dijo...

Estimado César; Yo también soy un entusiasta del Zaragozano de hecho lo vendo en mi pequeña librería rural de Urueña,en los Montes Torozos con vista a Tierra de Campos y curiosamente lo vendo muchísimo más a los urbanitas de fin de semana que a los paisanos de la tierra,la razón,es que los agricultores españoles ya no les importa el tiempo,lo único que les preocupa es las subvenciones de Europa.
Una de las veces que pases para Galicia para en el Km.211 y charlamos un rato.
Saludos.

Jorge dijo...

Viajar en el tiempo sale más barato si ves Telemadrid.

Gatopardo dijo...

César: por estas cosas así te adoro.
Gracias

conde-duque dijo...

El calendario zaragozano, como los almanaques antiguos, son popurrís de la fantasía. Poesía pura. Desde luego, es uno de los placeres más baratos que hay...

César dijo...

Jesús: sí, supongo que tienes razón. La cultura rural no existe ya ni siquiera en el campo. Oye, me encanta tu librería; es fántástico que haya sitios así. No te quepa duda de que en cuanto pase cerca de Urueña te haré una visita.

Jorge: cierto, cierto; Tele Madrid es una excelente máquina del tiempo, y además gratuita (o quizá no, porque la pagamos con nuestros impuestos, ¿no?). El problema es que sólo te traslada a una época y ¿quién quiere viajar a la España de los años 40?

Gatopardo: me sonrojo...

Conde-duque: sí, a mí también me encantan los viejos calendarios. Son poesía, tú lo has dicho.

Anónima de las 9:59 dijo...

¡Ay! ¡El calendario zaragozano!

Hace 12 años que no lo compro... Antes sabía dónde encontrarlo (en Madrizzzz), ahora en Barcelona no lo tengo bajo control.

Quizás sea hora de ponerme a investigar.

¿Todavía está maquetado "así como a mano"? ... A mí me interesa el santoral. No sé bien por qué siempre me han fascinado las historias de santos. Debe ser porque eran las únicas "novelas de aventuras" que podía leer gente como Teresa de Jesús... ¡Allí había de todo! ¡Intriga! ¡Muertes! ¡Sacrificio! ¡Aventuras! Romanos malvados, héroes inmaculados...

Debe ser una de mis chifladuras más esotéricas.

Gatopardo dijo...

Esta noticia, por su redacción y su contenido te gustará: la dejo enlazada en mi nombre.

¿Por qué los periodistas españoles ya no contarán las cosas con esta prosopopeya?
(Te consejo que cultives esa encantador rubor: te favorece mucho)

Anónimo dijo...

Hola:

Busco información sobre la literatura de kiosco. ¿Alguien me podría indicar donde acudir?.

Muchas gracias.

Dejo mi mail por si alguien me facilitar alguna opinión:
gema.23@hotmail.com