martes, abril 21

La Muerte surfeando sobre la nueva ola

A la ciencia ficción le sucedió algo muy inusual, algo que, que yo sepa, no le ha sucedido a ningún otro género. Veréis, digamos que la cf moderna comenzó -por elegir una fecha estándar- en 1926 con la aparición de la revista Amazing Stories, editada por Hugo Gernsback. O quizá fue en 1929, con la publicación de Science Wonder Stories (otra revista de Gernsback), en cuyo primer número aparecía por primera vez ese término odiado, pero triunfador, que es “ciencia ficción”. Da igual, el caso es que el género se consolidó como tal durante la segunda mitad de los años 20. En ese periodo, y durante los años 30, la ciencia ficción consistía básicamente en historias sobre superciencia y space operas (aventuras espaciales); vamos, pura literatura pulp y, en general, muy mala. Al periodo que va desde 1938, fecha en que John W. Campbell asumió la dirección de la revista Astounding, hasta... digamos 1949, se le denomina la Edad de Oro. Los relatos que se publicaron en esa época eran más profesionales, más adultos, pero todavía adolecían de muchas deficiencias desde el punto de vista literario y, en el fondo, la mayor parte de ellos seguían siendo puro pulp. En cualquier caso, en ese periodo aparecieron los autores que conformaron la ciencia ficción “clásica”, gente como Asimov, Heinlein o Clarke.

Entre 1950 y 1965 tiene lugar la llamada Edad de Plata del género, aunque en mi opinión se trata de la auténtica Edad de Oro en muchos sentidos. Durante estos tres lustros, la ciencia ficción abandonó definitivamente el pulp y se volvió adulta. Muchos de sus autores comenzaron a emplear las herramientas del género para explorar territorios anteriormente vedados, como la política, el sexo, la sociología, la religión o la psicología. Durante estos años se consolidan autores como Frederik Pohl, Clifford D. Simak, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Robert Sheckley o Alfred Bester. En efecto, la ciencia ficción creció hasta convertirse casi en una literatura respetable. Casi. Aún le faltaba un paso que dar, y lo dio en los años siguientes con la llamada New Wave.

La New Wave, o New Thing, se extendió, más o menos, durante la década que va desde 1965 a 1975. Este movimiento suponía un cambio de sentido en la temática del género; si la cf clásica se orientaba hacia las “ciencias duras” y el espacio exterior, la New Wave volvía la mirada hacia las “ciencias blandas” y el espacio interior. Es decir, el nuevo foco del género era el ser humano. Por otro lado, el movimiento exigía a sus autores un especial cuidado en el tratamiento literario de sus relatos y una búsqueda de nuevas vías a través de la experimentación. Durante este periodo, la cf alcanzó la madurez definitiva, forjándose en sus filas la mejor generación de escritores jamás vista en la historia del género: Roger Zelazny, Thomas M. Disch, Brian Aldiss, Robert Silverberg, Ursula K. Le Guin, M. John Harrison, Samuel R. Delany o Norman Spinrad.

Sin embargo, el movimiento fracasó. Por un lado, el fandom –el núcleo duro de los aficionados a la cf- no quería literatura, sino una constante repetición de los temas y tratamientos establecidos durante el periodo clásico. Los fans incombustibles, como niños pequeños, querían oír una y otra vez el mismo cuento. Por otro lado, la crítica mainstream, llena de prejuicios hacia el género, ni siquiera prestó atención a las nuevas y notables obras que surgían de su seno. Conclusión: los escritores New Wave se quedaron sin lectores y se vieron obligados a reciclarse o morir de asco.

¿Y qué fue de la ciencia ficción? No podía seguir el camino de madurez abierto por la New Wave, pues el núcleo básico los lectores no lo quería, y tampoco podía dar marcha atrás para regresar a una edad de oro que ya olía a rancio. Lo que nadie comprendió entonces es que la New Wave no fue un capricho, sino que surgió necesariamente a causa de la progresiva maduración de la cf (un antecesor y referente del movimiento fue el Alfred Bester de la generación anterior). Los géneros o evolucionan o mueren, y la cf optó por involucionar y comenzar a morir lentamente. Tras encandilarse durante un tiempo con el cyberpunk, y tras una infinita sucesión de fotocopias del Neuromante de Gibson, la cf ha ido dando palos de ciego sin saber qué camino tomar, perdiéndose en algún lugar a medio camino entre la repetitiva banalidad de los talleres de escritura y la constante autorreferencia. Y eso, en fin, es lo que me parece inusual de la cf: que tras alcanzar la definitiva madurez optara por regresar a una infancia autista, embarcándose en un desnortado viaje a ninguna parte.

Pero regresemos a la New Wave. El movimiento surgió en Inglaterra, en torno a cuatro escritores. El primero de ellos fue Michael Moorcock, una autor en mi opinión mediocre que, al asumir en 1964 la dirección de la revista New Worlds, comenzó a introducir en la cf nuevos contenidos relacionados con las inquietudes de otros tres escritores: William Burroughs, J. G. Ballard y Brian Aldiss. Quizá uno de los problemas de la New Wave fue la influencia de Burroughs; con la excepción de Harrison, el resto de los autores que siguieron su senda acabaron embarrándose en un cenagal de experimentalismo barato y autocomplaciente. En cuanto a Aldiss, un excelente escritor con altibajos, siguió su carrera tranquilamente, a la inglesa, abandonando el movimiento cuando llegó el momento, pero sin traicionarlo.

Y llegamos a James Graham Ballard, la clave de todo; porque, en realidad, la New Wave fue Ballard, y viceversa. Ballard consideraba que el planeta más extraño de todos es la Tierra y que los extraterrestres más complejos e incomprensibles somos nosotros, los seres humanos. Quizá en eso pueda resumirse el “toque Ballard”: mostraba a la humanidad como si fuera una sociedad alienígena y describía los entornos cotidianos como si fuesen paisajes extraterrestres, un mundo sujeto a poderosas fuerzas, tanto físicas como subconscientes (a menudo ambas cosas a la vez), capaces de trastocar el espejismo de orden y seguridad al que tan desesperadamente intentamos aferrarnos.

Pero Ballard hizo algo más. Él fue quien renegó del espacio exterior y propuso un viaje al espacio interior; para realizar ese periplo hacia las capas más profundas de nuestro inconsciente, el escritor tomó los mitos y los símbolos contemporáneos y los retorció, mostrando sus facetas más exóticas y primitivas, no tanto dirigiéndose a nuestro yo consciente, como incidiendo en nuestro sistema límbico, donde mora ese lagarto irracional y salvaje que tantas veces aflora en los relatos del inglés. Los paisajes que describe Ballard, desde los más alucinados hasta los más cotidianos, son en realidad paisajes mentales que apelan directamente a los arquetipos de nuestro inconsciente colectivo. Por eso los relatos pertenecientes al ciclo de Vermilion Sands, pese a su aparente trivialidad, resultan tan perturbadores, y por eso adentrarse en la selva enjoyada de Mundo de Cristal es muy similar a penetrar en un estado alterado de conciencia.

Pues bien, el pasado 19 de abril murió J. G. Ballard, uno de los mejores y más originales escritores del siglo XX. Si recordamos el no muy lejano y trágico fallecimiento de Thomas M. Disch, parece que la muerte ha decidido asestar un definitivo hachazo a la New Wave llevándose casi a la vez a dos de sus mejores autores, a dos de las más brillantes voces de la historia del género. Como dije tras la muerte de Disch, la única forma de rezar a un autor es leyéndole, así que rezaré a San Ballard releyendo alguna de sus mejores novelas o leyendo alguno de los textos que todavía no conozco. ¿Cuáles son las mejores obras de Ballard? Nunca he sabido responder a esa pregunta; creo que, en general, sus relatos ofrecen un nivel tan alto como homogéneo. No tiene una “mejor novela”, aunque sí las tiene peores, por supuesto. Personalmente, me quedaría con los antes citados Mundo de cristal y Vermilion Sands, aunque también podrían ser Rascacielos o Crash. Espero que algún que otro sabio merodeador nos dé su opinión al respecto.

Por lo demás, tiñamos de luto las pantallas de nuestros ordenadores porque hemos perdido a un gran escritor.

James Graham Ballard, 15 de noviembre de 1930 – 19 de abril de 2009. Descanse en paz.

9 comentarios:

eulez dijo...

Gran resumen sobre la cf...

De todas formas, ultimamente, cada vez que veo una actualización de este blog y veo en el Reader esto de "La Fraternidad de Babel(1)", pienso de inmediato: "Hala, ya se ha muerto alguien"

Ya se que se muere mucha gente al día, pero es que esto ya empieza a tener un punto necrológico que paqué. Uf, suerte que Stephen Hawking ya se ha recuperado ;)

Anónimo dijo...

Según la Wikipedia en inglés, Ballard nació el 15 de noviembre, no el 18 (día de mi cumpleaños), como afirma la Wikipedia en español.

Jorge

Miroslav Panciutti dijo...

Hoy mismo, en otro blog y también a propósito de la muerte de JG Ballard, he comentado que nunca he sido, hasta hace poco tiempo, aficionado a la CF y que, aunque he leído a algunos autores, son muchas las carencias que tengo. Ballard, por ejemplo, del que hace ya unos meses no paran de recomendarme y me lo tengo apuntado. Me ha gustado tu frase sobre la mejor forma de rezar a un autor; me apunto tus sugerencias. Gracias.

Alfredo dijo...

No ha cambiado nada. A poco que mires por los foros del fandom más cienciaficcionero, parece que Ballard era un tipo sobrevalorado y algo aburrido. Qué rabia.

Manuel dijo...

Yo sigo tu consejo acerca de cómo rezar a un autor desaparecido. He ido a la Biblioteca Universal y he pedido prestado "Vermilian Sands" que estoy leyendo cómodamente con mi lector de libro electrónico.

Si me gusta (por ahora es un poco raro...), le pediré más al Bibliotecario.

Gracias por el consejo y la mirada crítica hacia el mundillo C&F.

Nacho dijo...

Gran repaso a la nueva ola, de la que sin duda Ballard fue uno de sus máximos puntales. Y lo mejor es que, a diferencia de otros autores que se plegaron a lo que demandaba el mercado, siguió fiel a sí mismo. Siempre. Aunque quizás lo tuvo más fácil porque tuvo el privilegio de llegar a la ciencia ficción desde fuera y nunca tuvo la necesidad de someterse a sus engranajes.

Además de las recomendaciones que has dejado, conservan su potencial "El mundo sumergido" o la demoledora "Furia Feroz", y "Aparato de vuelo rasante" o "Mitos del futuro próximo" como colecciones de relatos. De su última producción, aunque no pude terminarla, tengo muy buenas referencias de "Milenio negro".

César dijo...

Eulez: joder, tienes razón; el blog va a acabar llamándose "El Camposanto de Babel". Pero es que se me están muriendo en masa muchos de mis iconos culturales, qué quieres que le haga... A ver si la vieja Segadora se toma unas vacaciones y podemos hablar de otras cosas.

Jorge: eso me pasa por fiarme de la Wikipedia (no suelo hacerlo). Gracias por el aviso; ya he corregido el dato.

Miroslav Panciutti: Ballard es un gran escritor, pero distinto. Puede no ser fácil pillarle el tranquillo, pero cuando se lo pillas es toda una experiencia.

Alfredo: en efecto, amigo mío, el fandom no ha cambiado nada desde hace siete u ocho décadas. Ese es el problema.

Manuel: quizá "Vermilion sands" sea una antología demasiado extraña para iniciarse en Ballard. Si no te gusta, prueba con "Mundo sumergido".

Nacho: totalmente de acuerdo con todo lo que dices. También he oído hablar muy bien de "Milenio negro", pero no lo he leído. De hecho (y esto es lo más extraño), ni siquiera lo tengo.

Arturo dijo...

Comentar que "Fiebre de Guerra" que acaba de aparecer esta entre lo mejor de Ballard con almenos dos imprescindibles: el cuento que da titulo al album que nos muestra Libano convertido en un parque tematico para turistas en busca de experiencias extremas y el indice que nos cuenta la vida de un mesias loco que ha sido borrado de la historia y del que solo queda el indice de su biografia ¡ Y Ballard consigue hacer un cuento interesante con semejantes limites formales! El resto del libro tambien es interesante aunque no llega a esto extremos.
Apunto esto porque noto con preocupacion la tendencia a juzgar la obra de Ballard por las obras más tardias.

Kaplan dijo...

Tal como dijo Martin Amis, Ballard era un género en sí mismo.