jueves, julio 22

La vida secreta de los fósiles

¿Tenéis imaginación? Vale, pues entonces imaginaos que estamos en un viejo café, sentados en torno a un velador de mármol blanco con vetas grises. Son las doce de la mañana y fuera, en la calle, cae un sol de plomo fundido, pero dentro del local reverbera el fresco zumbido del aire acondicionado. Estamos tomando unos cafés con hielo; si no te gusta el café, puedes pedir lo que quieras. La gente charla en voz baja; se escucha el tintineo de los vasos y las tazas. ¿De acuerdo? ¿Os lo imagináis? Pues ahora hablo yo...

John Lennon dijo que la vida es lo que ocurre mientras pasamos el tiempo haciendo planes. Reconozco que malinterpreté esta frase; creí que significaba que, aunque hagamos planes para el futuro, la vida acaba imponiendo su ley. Algo así como Los mejores planes de ratones y hombres a menudo se frustran y no nos dejan más que sufrimiento y dolor por el gozo prometido. Pero no, me equivocaba; Lennon pretendía decir algo muy distinto. Advertí mi error al darme cuenta de lo perdido y equivocado que estoy yo, de lo lejos que me encuentro de la vida y de lo cerca que me hallo de la fosilización.

No, no es nada grave, no os preocupéis. Se trata de algo íntimo, emocional y, supongo, estúpido. Veréis, no es lo mismo oír una música que escucharla, no es lo mismo ver algo que contemplarlo, no es lo mismo estar en un lugar que sentir ese lugar y no es lo mismo pasar por la vida que vivir la vida. Todo depende del grado de atención, de la disposición mental que adoptemos ante la existencia. Y me parece que también de la edad. Quizá sólo sea eso: lo asquerosamente viejo que me estoy volviendo.

Cuando yo era un niño, un adolescente, un joven, sentía la vida con minucioso detalle. Recuerdo cómo me fascinaba la distinta forma de incidir la luz a lo largo del día, o las plantas que crecían salvajes en las cunetas, o una calle desierta en la noche, o el rumor del viento en las copas de los árboles, o el universo de polvo que flotaba en un rayo de luz. Cada estación del año tenía un sabor distinto y yo era plenamente consciente de los cambios que se producían; los primeros brotes de la primavera, las tormentas de comienzos de verano, los inaugurales fríos del otoño, la oscuridad del invierno. Entendedme: no me limitaba a percibir todo eso, lo sentía, formaba parte de mí. Es la diferencia que hay entre ver una fiesta o participar en ella.

Hace varias eras geológicas, cuando tenía catorce o quince años, la cama de mi dormitorio estaba situada frente a una ventana cuyas cortinas solía correr cuando me iba a dormir. Pero una noche de primavera olvidé hacerlo y, a eso de las tres o las cuatro de la madrugada, algo me despertó: una luminosidad intensa. Abrí los ojos y, a través de la ventana, vi flotando en el cielo una inmensa Luna llena que bañaba de luz la habitación. Fue algo sencillamente hermoso; como si la Luna se hubiera colado por la ventana para despertarme y charlar un rato conmigo. La casa se hallaba en absoluto silencio. Me levanté y abrí la ventana. Por aquel entonces, mis padres no me dejaban fumar, pero yo lo hacía a escondidas. Saqué un Bisonte del paquete, lo prendí y comencé a fumar acodado en el alfeizar, sintiendo en la piel el frescor de la noche, mirando la Luna. Así de simple: me fumé un pitillo con la Luna. Pero os juro que fue uno de los momentos de mayor felicidad que he experimentado en mi vida. Porque lo sentía todo, era parte de todo, y todo era hermoso y correcto. ¿Podéis entenderlo?

Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que sentí algo así. Hoy es 22 de julio, llevamos un mes de verano y ni me he dado cuenta. Vale, sí, he captado que los días son más largos y que hace un huevo de calor. Pero no me afecta, ni siquiera la temperatura: conecto el aire acondicionado de mi despacho y aquí me tenéis, disfrutando de unos agradables 22 grados mientras fuera el asfalto se cuece a treinta y tantos. Ya no saboreo el verano, ni ninguna otra estación del año, ya no “siento” casi nada. Antes, el presente era un territorio inmenso y prodigioso, ahora sólo es la antesala del futuro, un autovía por la que discurro sin fijarme en el paisaje. El presente no existe para mí, el pasado está muerto y el mañana sólo es un fantasma. ¿Se puede estar más perdido?

La cuestión es, ¿por qué me ocurre esto? Pues por lo que dijo Lennon: porque mientras la vida pasa a mi lado, yo tengo la cabeza ocupada haciendo planes. Aunque no tienen necesariamente que ser planes; la cuestión es que, en vez de centrarme en el ahora, parte de mi mente está siempre en otro lugar. No sé exactamente cuándo comenzó a pasarme eso; se trata en cualquier caso de algo progresivo, como la presbicia; creo, con todo, que empezó durante los últimos años que me dediqué a la publicidad. Y empeoró cuando me reconvertí en escritor.

Me paso la vida pensando en mis historias, imaginando tramas y personajes; siempre estoy en otra parte, como los sabios despistados, solo que sin ser sabio. La realidad, para mí, suele ser doble: está la que veo y está la que imagino. Por ejemplo, la novela que estoy escribiendo ahora transcurre parcialmente en Spistsbergen, una isla del Ártico situada cerca del Polo Norte. Nunca he estado ahí, pero para describir algo debo verlo, “sentirlo”, en mi imaginación. Así que leí sobre Spitsbergen, me metí en Internet y me tragué todas las fotografías y videos que encontré sobre esa isla. Y al cabo de un buen rato, cuando estaba contemplando las imágenes de un documental, logré “sentir” ese lugar. Sentí en los pies la grava negra de una playa desierta, y en la piel la fría sequedad del aire; noté los rayos de un sol mortecino que apenas calentaba, vi un glaciar inmenso desembocando en un mar escarchado y, sobre todo, percibí la inmensa soledad de aquel desierto helado, una soledad exótica, abrumadora y jubilosa a la vez. Era como el fin de los tiempos, como el helado declinar futuro de nuestro planeta. Y os juro que eso resultaba más real que mi despacho, más auténtico, evocador e intenso que cualquier otra cosa que suela experimentar en mi vida cotidiana. Pero todo era imaginario. Vivo en una realidad virtual dentro de mi cerebro. Menuda cagada.

Entendedme, no reniego de mi imaginación; me encanta tenerla, es uno de mis escasos tesoros; lo que pasa es que antes la utilizaba para “sentir” lo que me rodeaba, el presente, y ahora ya he dejado de hacerlo. Porque me paso la vida haciendo otros planes.

Vale, estoy exagerando un pelín; cuando me centro, cuando me preparo mentalmente para ello o algo me sobrecoge de algún modo, todavía soy capaz de saborear ciertos momentos con intensidad. Y siempre me ocurre cuando viajo a lugares que no conozco. Por eso me encanta viajar.

Me largo, me abro, me las piro. Dentro de poco, Pepa, nuestros dos okupas y yo iremos a Formentera para pasar una semana, mi mujer tostándose al sol y Óscar, Pablo y yo peleando por la sombra de la sombrillas. Luego volveremos a Madrid y quizá, sólo quizá, escriba otra entrada más (vete tú a saber sobre qué), porque una semana después, Pepa y este vuestro seguro servidor, libres de filiales parásitos, pasaremos quince días recorriendo Escocia.

Un beso y felices vacaciones, por si acaso. Ah, y no seáis como yo, que cada vez tengo más cara de trilobite.

12 comentarios:

Laura Uve dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pascu dijo...

Me identifico al 100% con lo que narras, en mi caso eso es así desde niño, así que no va con la edad. Eso sí, comprendo que a partir de una edad se encuentre más riqueza dentro que en el entorno inmediato. Ya no necesitas conectar con vivencias que atesoras en ti mismo (ah, las primeras veces...)
¿Y eso de vivir en un mundo imaginario paralelo es bueno o malo? Los anuncios dicen que es malo, pero yo no lo veo tan claro. Me parece que como decía Leño, son maneras de vivir.

Luis Manuel Ruiz dijo...

Querido César, un fortísimo abrzo y felices vacaciones mesozoicas.

Natalia dijo...

¡Felices vacaciones! :)

Laura Uve dijo...

Cesar, lo siento... Me dio terror aparecer en la entrada con un comentario más bien banal y lo borre. Solo quería decirte que me había gustado tu escrito y que yo también tengo dos ocupas y que pronto nos iremos de vacaciones con uno de ellos, el otro se queda en casa. Felices vacaciones.

8 clicks dijo...

felices vacaciones!

Anónima de las 9:59 dijo...

Pues mira, yo llevo una temporada pensando justo lo contrario: que avanzar hacia delante y hacernos viejos es dedicarnos a apreciar ese presente que a ti se te ha hecho borroso.

Creo que avanzamos hacia un momento en el que nos quedará disfrutar de la brisa nocturna de ese día de calor imposible, del murmullo de las hojas de los árboles, del sonido de la gravilla al ser pisada... Cuando no nos quede cabeza para la imaginación, ni piernas para dar vueltas para el mundo, quedará el eterno prsente de nuevo, querido César.

Un beso y felices vacaciones (no te olvides de escuchar a los árboles) :P

Laura Uve dijo...

Anónima, me pasa lo que a ti, la edad me ha permitido disfrutar más de las pequeñas cosas(la brisa, el murmullo de las hojas, etc.) y de las grandes (el presente).

samael dijo...

Creo que te equivocas, César. No estás en absoluto fosilizado, y no estás fosilizado porque aunque no te lo creas la vida la sigues sintiendo perfectamente. Es cierto que mientras hacemos planes la vida pasa, pero esos planes no son ajenos sino que también son algo vital. Forman parte de la vida pues qué sería de nosotros sin proyectos. Precisamente los fósiles son los que no los tienen.

permíteme que te mande un cuento sobre otro grandullón:


Tron era un olmo de hojas plateadas, recio, nudoso, y en el fondo de buena madera. Hacía bastante tiempo que su copa ya no se dejaba empujar por el viento, y permanecía rígida e impasible observando con moderada sabiduría el paso de las estaciones. Y llegó una primavera diferente a las demás. De repente notó algo en una de sus ramas que no había sentido jamás; un peso casi imperceptible, apenas una ligera presión. Sabía perfectamente que en esta ocasión no se trataba de uno de esos nidos que los pesadísimos y gritones pájaros ponían con excesiva confianza cada año. Además, esta vez notó que fuera lo que fuera, le rodeaba suavemente la rama, en un delicado abrazo. Llegó incluso a sentir calor en la corteza. Al cabo de poco tiempo, descubrió de que se trataba: era una preciosa orquídea que había ido a parar, no podía imaginar cómo, a echar raíces en una de sus ramas más altas. Tron se sintió dichoso, y balanceaba alegremente a su orquídea para que notara que la quería. La orquídea estaba feliz. Si necesitaba más luz, Tron la elevaba levantando casi las raíces para llegar más alto, y si llovía, trataba de protegerla con las ramas que tenía por encima. Cuando llegó el varano, Tron temió por su orquídea y la cobijó en lo más oculto de sus ramas, cerca del tronco para que no le afectara el calor. Y así vivían felices. Pero un día de tormenta, el cielo se resquebrajó herido por mil navajazos de luz cegadora, y Tron apretó contra si a su orquídea que no paraba de temblar.
-No temas, orquídea, yo soy muy fuerte y te protegeré. Nada malo te va a ocurrir.
-No es por mí, Tron, por quién tiemblo -respondió la orquídea- Yo puedo sobrevivir al rayo.
Tron se dio cuenta de que la orquídea tenía razón: era él quién corría peligro con la tormenta. Levantó la copa hacia las nubes que se ceñían sobre él y agitando sus ramas desesperadamente retó a los truenos que parecieron enfurecerse más. Inmediatamente, un rayo, que era como un latigazo de plata, saltó contra el olmo. Cuando estaba a escasos centímetros de alcanzarle se detuvo en seco.
-¡Esa es la orquídea más hermosa que he visto en mi escasa vida de fracciones de segundo! -exclamó el rayo maravillado.
-Pues sí -dijo Tron con orgullo por la parte que le tocaba.
-Esta situación es nueva para mí -dijo el rayo en tono conciliador-. Como sabéis, el final de un olmo es ser hendido por un rayo. Pero claro -continuó tras una breve pausa- nada se ha dicho de que también me tenga que cargar a una inocente orquídea. Así que os dejo. Agur (el rayo era de origen vasco).
El rayo se esfumó dejando un agradable olor a moléculas de oxígeno descuartizadas, y el olmo y la orquídea, tras reponerse del susto, se miraron con expresión tontorrona y vivieron felices por el resto de sus días.


¿Cuál es la moraleja de la historia? Está clarísimo, que a ti te ponen una orquídea en una de tus ramas y la sentirías como Tron.

Felices vacaciones

Kaplan dijo...

Te entiendo a la perfección, porque me pasa exactamente lo mismo. Los momentos han perdido autenticidad con los años. Todo va más deprisa, hasta el punto de que el paso por las estaciones parece mera burocracia. Aquellas cortinas, mecidas por la brisa nocturna de finales de agosto, que antes me fascinaban y convertían la madrugada estival en mágica ahora no son mas que una molestia que recoger tras la ventana. De aquel programa de radio que oía maravillado a oscuras bajo las sábanas, de principio a fin sin moverme, ahora no soporto mas que diez minutos. El cuerpo comienza a picarme o dolerme y no hago otra cosa que dar vueltas. El olor a tierra mojada que precedía a las tormentas durante lo que parecía ser una eternidad ahora muere a los pocos segundos.
Te entiendo perfectamente. El presente ha perdido toda su magia y se ha convertido en un proceso en el que lo único perceptible es su monotonía. Afortunadamente, hay otras cosas.
Descansa, César, y disfruta cuanto puedas.

Anónimo dijo...

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