viernes, enero 25

La isla de Bowen. Making off


Mi propósito inicial era escribir una novela inspirada en la obra de Julio Verne, pero eso es muy general, así que lo primero que hice fue una lista de lo que no quería hacer:


1. No quería hacer un homenaje a Verne, porque eso de los homenajes privados me parece una chorrada. ¿Quién soy yo para “homenajear” a nadie?
2. No quería hacer un pastiche de Verne, porque todos los que he leído suenan falsos y artificiales. Una copia, por buena que sea, siempre es eso: una copia.
3. No quería hacer un steampunk, por muy de moda que esté, porque Verne jamás fue un escritor steampunk. Ese movimiento se ha inspirado en Verne, pero ahí acaba toda la relación. Ignoro qué energía movía al Nautilus, pero estoy seguro de que no era mediante una caldera de vapor.

Entretanto, pensé que debía refrescar la lectura de Verne. Había perdido varios libros suyos (los tengo, seguro, pero ignoro dónde), así que compré la selección de Los viajes extraordinarios que hizo Espasa. Y me disponía a leerla, cuando me di cuenta de que era un error. Si lo hacía, corría el riesgo de copiar a Verne, que era justo lo que no quería hacer. Lo que pretendía es recrear su espíritu... O, mejor dicho, recrear la huella que la obra de Verne había dejado en mí, y para eso me bastaba con la memoria. Así que cerré el libro y no releí ninguna de sus obras.

Y comprendí algo: para acercarme a la esencia de Verne, debía alejarme de Verne. De entrada, en el marco temporal. Verne es un autor decimonónico cuya obra está ambientada en la segunda mitad del siglo XIX. Y ese es uno de los problemas de los pastiches vernianos, la imagen casi caricaturesca de una época que suele representarse encorsetada y tópica. A mí eso no me interesaba; era una ambientación demasiado estereotipada. O corría el riesgo de serlo. Así que decidí que la acción de la novela transcurriese en el siglo XX, en el periodo de entreguerras, lejos ya del manierismo victoriano.

También tomé otra decisión: La isla de Bowen no iba a ser una novela juvenil, ni para adultos, ni para nadie en particular. Iba a ser una novela de aventuras al estilo clásico, y punto. Por lo general, cuando escribo siempre tengo en cuenta a los lectores, pero en este caso el único lector que iba a tener presente sería yo mismo. Era una novela para mí, la clase de novela que me apetecía volver a leer.

Comencé a darle vueltas al argumento, partiendo tan sólo de las condiciones iniciales: un barco, una isla, un volcán y un dirigible. No recuerdo cuánto tardé, pero finalmente encontré el argumento general. Que no voy a contar, para evitar spoilers; así que hablaré sólo de lo que sucede al principio de la historia.

Verne fue un maestro de la novela de aventuras, pero también uno de los padres de la ciencia ficción. Mi argumento tenía un poderoso componente de ciencia ficción, pero... pero no era un tema demasiado propio de Verne, sino, en todo caso, más bien de Wells. Vale, me dije, ¿y qué? Se trata de capturar el espíritu, no el detalle. Pero me engañaba; al aceptar ese argumento, estaba ampliando el ámbito de la novela, llevándolo más allá de Verne. A partir de ese momento, los referentes que manejaba se multiplicaron. Verne, Wells, Conan Doyle, Kipling, London, Poe, Lovecraft, Rider Haggard, el Tintín de Hergé, el Corto Maltes de Hugo Pratt, películas como King Kong o El mundo en sus manos... Quería meter todo eso en un alambique y obtener un destilado.

Ya con el argumento en la cabeza, empecé definiendo el ámbito geográfico de la historia. Pocos años antes había estado en la Laponia finlandesa, unos 250 km. al norte del Círculo Polar, y aquel extraño y exótico lugar me pareció de lo más verniano. Así que parte de la novela transcurriría en el Ártico. Ahora bien, Inglaterra es un país fundamental (y evocador) para la literatura aventurera, así que otra parte de la acción transcurriría allí. El resto, en España y Noruega. En cuanto a la época: 1920.


Establecido esto, empecé a documentarme, una tarea que me llevó mucho tiempo. Leí libros sobre expediciones polares, sobre historia, sobre los comienzos de la fotografía, sobre vidas de santos celtas, sobre química, sobre la Primera Guerra Mundial, sobre geografía... En Internet encontré algunas joyas, como un artículo que describía con detalle las características técnicas del primer mercante español propulsado por un motor diesel, así que la descripción del barco de mi novela, el Saint Michel, es bastante fiable. También encontré un plano del metro de Londres en 1920, lo que me llenó de sorpresa y gozo. Y decenas de detalles más, como por ejemplo los salarios medios en aquel entonces, la cronología del descubrimiento de los elementos, o el cambio de la peseta a francos.

Una parte de la documentación la hice in situ. En 2009, mi mujer y yo pasamos las vacaciones de verano, recorriendo el sur de Inglaterra desde Canterbury hasta Cornualles. Precisamente en Cornualles era donde necesitaba encontrar una iglesia medieval no muy alejada del mar. Tras explorar un poco la costa sur, Pepa y yo descubrimos el lugar perfecto: la iglesia de San Gluvias, en Penryn, muy cerca de Falmouth y su puerto. La iglesia estaba en la cima de una colina boscosa, una zona solitaria algo alejada del pueblo (podéis verla en la foto de abajo), y a su alrededor se extendía un pequeño cementerio. Justo lo que necesitaba; además, la iglesia tenía un aire misterioso y sombrío.


Después de las vacaciones, me puse a trabajar en la estructura, en la trama y en los principales personajes. Iba a ser una novela hasta cierto punto coral, pero necesitaba un personaje carismático que atrapara la atención del lector. El profesor Ulises Zarco, de 46 años de edad, alto y fornido, ex-catedrático, explorador y director de la sociedad geográfica SIGMA; un hombre de carácter tonante y muy mal genio que, según se dice en el texto, es “misógino, e insufrible, y grosero, y colérico, y prepotente, y despótico, e impertinente; aparte de vanidoso, excéntrico y caprichoso”. Pero también es culto, inteligente, valiente, honesto y absolutamente leal.

Para este personaje partí del modelo clásico de “académico malhumorado”, como el Challenger de Doyle o el Lidenbrock de Verne, pero lo llevé un poco más allá, haciéndole más brusco y violento que sus referentes. En realidad, el profesor Zarco está a caballo entre el héroe clásico y el héroe pulp.

Zarco era el personaje carismático que necesitaba, pero resultaba demasiado extremo, demasiado radical, así que me parecía prudente incluir en la novela una voz más humana: Samuel Durango, 23 años, el fotógrafo que comienza a trabajar para SIGMA al principio de la historia. En el texto se intercalan páginas de su diario, ofreciendo su punto de vista. Tiene un papel fundamental en la trama. Otro personaje esencial es Elisabeth Faraday, inglesa de 43 años, esposa del arqueólogo y explorador Sir John Thomas Foggart. Es el polo opuesto de Zarco; mientras que en él todo es brusquedad, ella es pura cortesía, pero con una determinación a prueba de bombas y un fino sentido de la ironía.

Esos son los personajes principales, pero ya he dicho que la novela es en gran parte coral, así que hay otros caracteres relevantes: Adríán Cairo, ex-soldado, cazador profesional y mano derecha del profesor; Katherine Foggart, la hija de Elisabeth; Gabriel Verne, capitán del Saint Michel; Sarah Baker, secretaria y “chica para todo” de SIGMA, y esposa de Cairo; Aitor Elizagaray, primer oficial del Saint Michel; Bartolomé García, químico... Y, por supuesto, el villano de la historia, el armenio-británico Aleksander Ardán, un multimillonario propietario de la poderosa empresa minera Cerro Pasco Resources Ltd., que no es malo por pura maldad, sino por el motivo más usual: la ambición.

Bien, con los personajes definidos y la trama estructurada, me dispuse a comenzar la escritura. Pero antes hice algo: escribí una frase con grandes letras en un folio (verde, por cierto) y la colgué en una de las librerías de mi despacho, para tenerla siempre presente. Esa frase, que también aparece como cita en el libro, es el mensaje codificado que Otto Lidenbrock encuentra al principio de Viaje al centro de la Tierra, y dice así (ya me lo sé de memoria): “Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. Arne Saknussemm”.

¿Por qué puse ese cartel? Porque, en mi opinión, en esa frase se concentra la esencia de la aventura... o quizá no su esencia, sino el aroma, o puede que la música. De entrada, la frase es una invitación al viaje, y también una promesa fabulosa: llegar al centro de la Tierra. El tono arcaico, su formulación como si fuera el mapa de un tesoro, y sobre todo esos maravillosos nombres... Yocul de Sneffels... Scartaris... Saknussemm... Pronunciadlos en voz alta, pausadamente; suenan exóticos, imponentes, severos y también, de algún modo, inquietantes. Llamadme exagerado, pero esa frase me parece pura poesía.

El caso es que me puse a escribir. La novela comienza con un prólogo donde se narra el extraño asesinato de un marinero inglés en un remoto puerto noruego del Ártico (esta clase de prólogo no es común en la aventura clásica; digamos que se trata de una concesión al lector actual). Acto seguido, tras un fragmento del diario de Samuel Durango, pasamos al primer capítulo, encabezado por un título (como el resto de los capítulos, a la vieja usanza). Estamos en el Madrid de 1920, en la sede de SIGMA –Sociedad de Investigaciones Geográficas, Meteorológicas y Astronómicas-, situada en la calle Almagro 9. Un inciso: esa calle está muy cerca de donde yo vivía antes. Hace muchos años, en el número 9 de Almagro había un palacete en ruinas (de finales del XIX o principios del XX) rodeado por un jardín Cuando yo era pequeño, los chavales lo llamábamos “la casa del miedo”, y si no te colabas dentro al menos una vez eras un gallina. Yo lo hice; era un edificio impresionante, pero estaba hecho polvo; la verdad es que era muy peligroso andar por allí. En fin, el caso es que el palacete que describo en la novela existió realmente.

En el primer capítulo se presentan los principales personajes y se establece el marco de la futura aventura: una enigmática cripta medieval en Cornualles, unas misteriosas reliquias y la búsqueda de John Thomas Foggart, un arqueólogo desaparecido desde hace un año. Como veis, es un esquema clásico, la búsqueda del explorador perdido; lo encontramos, por ejemplo, en Los hijos del capitán Grant, de Verne, pero también en la realidad, como la famosa historia de Stanley y Livingstone.

Tratad de entender lo que estaba haciendo. Me proponía recrear, evocar, el espíritu de la aventura clásica, así que tenía que usar forzosamente clichés propios del género. El profesor malhumorado, el explorador perdido... O la Sociedad Geográfica. Esa institución, en sí misma, ya es una resplandeciente promesa de aventura. Uno se la imagina con grandes librerías de cedro repletas de viejos volúmenes, con mapas antiguos enmarcados, con instrumentos científicos, llena de objetos exóticos... así describo SIGMA y, en particular, el despacho de Zarco.

Sí, estaba manejando tópicos. Era imprescindible para mis propósitos. Ahora bien, si te limitas a usar el tópico sin más, lo que obtienes es una aburrida copia. Pero si remozas el tópico, lo refrescas, lo actualizas y le das nueva consistencia, entonces el resultado puede ser muy estimulante. Para que me entendáis: George Lucas con Star Wars, y Lucas-Spìelberg-Kasdan con En busca del arca perdida, utilizaron todos y cada uno de los tópicos del género pulp. Pero los reciclaron de tal forma que parecían nuevos. Eso es lo que yo quería hacer con la aventura clásica.

Si nos fijamos en las dos películas citadas, vemos que una de las claves para ese remozamiento del tópico es el humor. El humor es un lubricante que permite que la maquinaria narrativa funcione con más suavidad, dando nuevo lustre a los metales oxidados. Es como decirle al lector: “Esto es un juego; venga, suspende la incredulidad y vamos a jugar juntos”. Por eso, La isla de Bowen, aunque no es una novela de humor, está entreverada de humor e ironía en cada una de sus páginas.

Como me interesaba especialmente potenciar el efecto sugestivo del texto, me esforcé en llenarlo de escenas evocadoras. Una iglesia medieval solitaria y aislada, en una noche muy cerrada, lloviendo, y en el viejo cementerio contiguo un grupo de hombres con linternas y paraguas a punto de entrar en una cripta. Las reuniones en la sociedad geográfica, el puente de mando del Saint Michel, la sala de lectura de la Biblioteca Británica, los clubs de caballeros, los puertos, las cavernas, las ruinas prehistóricas, el paisaje ártico... Con todo ello pretendía recrear la atmósfera del género.

El libro está divido en dos partes; la primera, de 280 páginas, se titula El enigma de la cripta, y la segunda, de 220, Aquí hay tigres. En realidad, la aventura sólo se despliega en toda su extensión a partir de la segunda parte. Antes también hay aventura, por supuesto, y peripecias, y viajes, y conflictos, y misterios, pero todo va más lento. Es el largo preámbulo del que hablaba en la anterior entrada. Tras la introducción, la novela comienza con un ritmo lento que se va acelerando progresivamente, se desata en la segunda parte y culmina con una apoteosis donde pasa de todo. Me esforcé en que ese preámbulo, al principio pausado, fuera divertido, haciendo interaccionar a los personajes, escribiendo los diálogos más ágiles y brillantes que me fuera posible, creando situaciones y conflictos interesantes, planteando misterios... Ahí me la jugaba; si me salía bien, la novela funcionaría; si la cagaba, sería un coñazo alargado (como esta entrada).

Había otro aspecto delicado. Como he dicho, la novela tiene dos partes; la primera es pura aventura clásica, sin apenas elementos no reales. Pero, dado que tomaba como principal referente a Verne, la novela también es un roman scientifique, así que la ciencia ficción irrumpe de lleno en la segunda parte. Pero como ya he dicho, es ciencia ficción más al estilo Wells. ¿Casarían bien las dos partes o se notaría el cambio? Por si acaso, me impuse que los elementos de ciencia ficción que iba utilizar pudieran haber sido imaginados por un escritor de comienzos del siglo XX. Ciencia ficción antigua, por tanto.

Y escribí, escribí, escribí. Debéis saber algo: para escribir una escena, la que sea, tengo que visualizarla mentalmente, lo cual requiere bastante concentración. Eso hace que mientras trabajo, de algún modo “viva” lo que estoy escribiendo. Pues bien, cuando estaba a punto de narrar la parte de la novela que sucede en el Ártico, decidí prepararme viendo unos cuantos documentales en Internet. Me tiré, no sé, un par de horas viendo imágenes del Polo Norte y alrededores; luego me puse al teclado, cerré los ojos y me imaginé la escena: una barca llegando a la playa de guijarros de una isla ártica... Y de pronto, durante un instante, dejé de estar en mi despacho y os juro que me transporté a esa playa. Lo sentí físicamente, el frío en la cara, los guijarros bajo las suelas de mis botas, el olor del mar... Duró poco, pero fue alucinante. Es increíble lo que puede hacer la imaginación.

No sé cuánto tardé en escribir la novela, porque entre medias la interrumpí para escribir otra (La estrategia del parásito). Debió de ser un año, puede que un poco más. Ah, por cierto, lo olvidaba; a lo largo de todo el texto hay constantes referencias a los clásicos de la aventura. Algunas son muy evidentes; por ejemplo, el capitán se llama Verne. Otras son menos claras, como que el barco se denomina Saint Michel porque así se llamaba el yate de Verne. Y otras son tan rebuscadas que ni yo mismo me acuerdo de ellas. Nada de eso tiene importancia, por supuesto; es algo totalmente independiente a la novela, y si no pillas las referencias no pasa nada. Pero si las pillas, te sientes de lo más listo.

En fin, terminé la novela y le puse el título. La isla de Bowen. Y ahí tuve una pequeña metedura de pata. Al comenzar a escribir la historia, necesitaba un nombre para un santo celta de Cornualles. Busqué nombres propios de esa zona y el que más me gustó fue Bowen. Como se suponía que ese santo medieval había sido el primero en llegar a cierta isla, implícitamente le dio su nombre. Por eso lo de la “isla de Bowen”. Vale, pero no se me ocurrió comprobar si ya existía alguna isla llamada así... y, qué demonios, existe: Bowen Island, en la Columbia Británica de Canadá. Bueno, no sería la primera vez que dos lugares distintos comparten el mismo nombre.

El caso es que terminé la novela y me quedé temblando. Ese tocho de 500 páginas que acababa de finalizar o funcionaba o era una mierda, sin término medio. Mordiéndome las uñas, le dejé el manuscrito a mi mujer y a mi hermano. A ambos les gustó, pero..., vaya, son mi familia La tercera persona que leyó el texto ya no era un familiar, sino un profesional de la edición, y su reacción fue entusiasta. Incluso demasiado entusiasta. Me quedé un poco perplejo.

Decidí presentar la novela al premio EDEBÉ. Y lo gané. Y, de pronto comenzaron a llegarme felicitaciones extremadamente entusiastas, comenzando por varios miembros del jurado y siguiendo por cuantos habían leído el texto en la editorial. Algunos aseguraban que era la cota de calidad más alta alcanzada por el premio (lo cual incluye otras tres novelas mías, por cierto). Y después llegaron las reseñas y las críticas. Las mejores y más laudatorias críticas que he tenido en mi vida. Una de ellas, por ejemplo, la del Diario de Mallorca, definía La isla de Bowen como “Una novela escrita en estado de gracia”. Soldevilla, crítico literario de La Vanguardia, tras publicar una encomiástica crítica en el suplemento cultural, llamó a la editorial para solicitar mi dirección de correo y me envió un amabilísimo e-mail dándome las gracias por haber escrito esa novela. De hecho, eso sucedía con frecuencia: la gente no solo me felicitaba, sino que también me daba las gracias. En fin, un cúmulo de reconocimientos que por el momento han culminado con la selección de La isla de Bowen, por parte de Babelia, como la mejor novela juvenil publicada en 2012.

Y yo estaba cada vez más desconcertado, no entendía nada. Pero si sólo es una novela de aventuras, me dije. ¿Qué demonios he hecho?... Sólo cabía una respuesta: había hecho exactamente lo que me había propuesto hacer. Pretendía recrear la novela de aventuras clásica y lo había conseguido; cuando los adultos leían mi novela, evocaban todas las novelas y películas de aventuras que habían leído y visto en su niñez. Mi buen amigo y gran escritor Rodolfo Martínez comentó que había sido como volver a la infancia. La isla de Bowen era una máquina del tiempo.

Bien, besitos y laureles para mí, pero qué requetelisto que soy. Sólo hay un pequeño problema en forma de pregunta: ¿Cómo demonios lo he hecho? Bueno, os lo acabo de contar, pensaréis... pero la cosa no es tan sencilla, porque lo que os he contado es en gran medida una racionalización a posteriori. Al ponerme a escribir la novela tomé muchas decisiones de forma consciente, pero otras muchas fueron fruto posterior de la intuición y del olfato, más que del cálculo. Ideas que se me ocurrían mientras escribía, escenas nuevas.. El mismísimo final de la novela no es exactamente el que tenia previsto. Un artefacto literario es como un reloj; un mecanismo lleno de piececitas en el que basta con que cualquier engranaje se desajuste para que el reloj funcione mal. El problema es que es imposible tener en la cabeza, de forma consciente, todas las piececitas de una novela. Por eso hay que fiarse de algo tan poco fiable como el subconsciente, que a veces lo hace bien y a veces lo hace fatal, sin que tú tengas el menor control sobre él.

Así que realmente no sé cómo hice La isla de Bowen; al menos, no del todo. Y eso es una putada. Dicen que de los fracasos se aprende; lo que ya no se dice tanto es que los éxitos te paralizan. Lo siguiente que escriba debería estar a la altura, ¿no? Lo malo es que de momento no consigo encontrar ningún proyecto que lo esté. He abandonado la novela en que trabajaba porque me parecía mala en comparación con La isla de Bowen. ¿Ése va a ser ahora mi referente, mi cota de calidad? Pues estamos buenos...

Me alegro mucho de haber escrito La isla de Bowen, entendedme; pero se ha convirtiendo en una especie de losa que cada vez pesa más. Mi querida amiga y editora Reina Duarte me sugirió que escribiera otra novela con los mismos personajes. Mmmm..., tentador. De hecho, ya lo había pensado; sería algo así como un experimento. En La isla de Bowen utilicé el esquema narrativo de la aventura clásica, pero si escribiese otra novela sobre SIGMA y el profesor Zarco me basaría en la estructura narrativa del pulp, y estoy seguro de que el resultado final sería muy distinto. Tentador e interesante, sí; pero no es el momento. Ya veremos lo que nos depara el futuro.

Y ya está, se acabó. Os pido disculpas por haber escrito una entrada tan larga, pero no quería empezar una serie de post. Si habéis conseguido llegar hasta el final, os agradezco vuestra paciencia, y os prometo que la siguiente entrada será más breve y menos endogámica. Gracias por perder el tiempo leyéndome.



Descends dans le cratère du Yokul de Sneffels
que l’ombre du Scartaris vient caresser avant les calendes de juillet,
 voyageur audacieux, et tu parviendras au centre de la Terre.
Ce que j’ai fait.
Arne Saknussemm.

24 comentarios:

Bercebus dijo...

Pues de hecho yo agradezco que hayas estirado esta entrada porque siempre me quedo con ganas de más texto en tus post. Se me hacen cortos.

Y me ha gustado mucho este artículo en concreto, la verdad. Siempre me he sentido fascinado por los recursos de la creación artística. De cómo la inspiración se convierte en obra, aunque parezca que tiene más de embrujo que de razón.

PD: ¿Publicarán alguna vez tus libros en ebook para poder comprarlos?

CorsarioHierro dijo...

ESTOO. Todavía no he podido pillar la isla de Bowen. Supongo que mejor saltarme este post ¿NO?

César dijo...

Bercebus: ¿Mis textos en Babel te parecen cortos? Eres un encanto, tómate lo que quieras :)

Por el momento, todos mis libros publicados por Edebé están disponibles en e-book, incluyendo "La isla de Bowen"

CorsarioHierro: Para evitar spoilers, sólo desvelo, y sólo parcialmente, el argumento del primer capítulo, así que puedes leer el post sin miedo a revelaciones inesperadas.

Bercebus dijo...

Gracias César. Me gusta bucear en los archivos de tu blog.

Quizán estén tus libros editados en ebook, no lo niego, pero desde luego no consigo encontrarlos en ningún sitio para comprarlos. Sólo las versiones en papel. Si sabes en qué página puedo hacerlo, te agradecería que me dijeras cuál es.

Jose Luis G. dijo...

Muchas gracias por esta reflexión sobre la creación de La isla de Bowen. Como sospechaba, después de leerlo me han entrado unas ganas de hacerme con un ejemplar y devorarlo. Así que en cuanto pueda, lo compraré y disfrutaré. Y no te preocupes demasiado; todos sabemos que lograrás escribir un libro muy bueno, porque todos los tuyos lo son. Un abrazo.

Rodolfo Martínez dijo...

Siempre me han gustado los textos donde los autores nos muestran lo que hay entre bastidores de su obra... diría que es deformación profesional (y seguro que algo de eso hay) si no fuera porque creo que ya me gustaban esas cosas antes de empezar a escribir (recuerdo que casi disfrutaba más, por ejemplo, con Asimov contando cómo había escrito tal cuento que con el cuento en sí).

ES un verdadero placer ver a un escritor (y más si un es un excelente escritor, como es tu caso) diseccionando su obra, mostrándonos qué pasaba por su mente y cómo la organizó cuando la escribía. Para mí eso siempre ha contribuido a aumenter el placer de la lectura: nunca he tenido problemas en "doblepensar" cuando leo: por una perte está el lector acrítico que se limita a disfrutar de lo leído, pero por debajo está el tipo que se empeña en ver cómo el autor ha hecho esto, ha construido lo otro, qué trucos del oficio está usando o qué referencias nos oculta en el texto. La confluencia de ambas personalidades, para mí, duplican el placer que me proporciona leer.

Cuando, encima es de una novela como ésta, realmente cojonuda (y perdonen mi francés), qué puedo decir.

Gracias por haberla escrito, César, qué otra cosa.

César dijo...

Bercebus: Pues como soy alérgico a los e-books, no tengo ni idea de dónde pueden adquirirse. Quizá en la página de la editorial haya alguna indicación al respecto.

José Luis G.: Muchas gracias por los ánimos, amigo mío. Supongo que sí, que tarde o temprano saldré de la parálisis.

Rodolfo Martínez: Una de las primeras reseñas de la novela -creo que la primera en Internet- la escribiste tú en tu blog. Y significó mucho para mí, porque no sólo era la opinión de un colega, sino la opinión de un colega con profundos conocimientos de la literatura de género. Fue una "palmada en el lomo" que me reconfortó y mitigó mis dudas. Gracias por ello.

Respecto a eso que comentas del "doblepensar", a mí también me sucede. Pero, por desgracia, cada vez prima más el tipo que sólo se fija en la tramoya y la carpintería del texto, arruinándome el disfrute de la lectura. Por eso cada vez me cuesta más leer ficción. Es una putada.

En fin, Rudy, gracias otra vez.

Angel dijo...

Vaya César, me ha gustado mucho este "Making of", me ha parecido no solo muy interesante, sino también muy sincero.

Y bueno, yo no me preocuparía demasiado por la parálisis que tienes ahora; por lo que sé las "resacas" en los creadores suelen ser muy frecuentes después de lograr un éxito. Pero siempre salen de ellas, incluso reforzados si son realmente buenos escritores, y en este caso sin duda es así.

Anónimo dijo...

Pues yo tambíén agradezco que te alargues en tus entradas porque me encanta que nos cuentes cosas y sobre todo si son de la "trastienda" de tus libros.Debe de ser muy emocionante vivir esa experiencia creadora..."el poeta es un pequeño dios" decía Huidobro...pues eso,que gracias te doy yo también,que me leí la novela en cuanto salió,me lancé sobre ella como posesa hasta acabarla (bueno,me la fui administrando) Y eso que a mí el género de aventuras nunca me gustó demasiado...pero tú has metido en la coctelera varios ingredientes y el resultado ha sido magnífico...al menos yo me divertí un montón. La próxima novela será estupenda,seguro,pero cuando tú decidas o te apetezca,claro. Tus lectores somos "cesaradictos" y nos va a encantar,sea lo que sea.
Saludos desde la cálida Santander...Aurora Boreal

Samael dijo...

En la próxima (estás rachado, no lo dejes), acuérdate de Tim ;-))

José Antonio dijo...

¡A mi tampoco se me hizo larga la entrada!

Tengo que comentar que justo al poco de leer "La Isla de Bowen" me puse con "La Guerra de los Mundos", y bueno no quiero spoilear pero he de decir que la influencia está presente.

Y por otro lado decirte que tu interés en "evocar", da sus frutos. El libro te lleva de viaje, y por unos momentos estás en Inglaterra, visitando iglesias medievales, y en puertos noruegos y a bordo del carguero...

César dijo...

Ángel & Aurora Boreal: Gracias por los ánimos, amigos míos. Sí, seguro que saldré de la parálisis. La literatura no se va a librar de mí tan fácilmente :)

Samael: El fantasma de Tim me persigue. Aulla por las noches y me reprocha que no le haya incluído en la novela, lo cual es muy molesto. Creo que lo llevaré al veterinario para que le ponga una inyección...

José Antonio: Me alegro mucho de que te haya gustado la novela (y de que hayas percibido la influencia de Wells). Pero de lo que realmente me alegro es de que te haya "transportado" al mundo de la aventura.

Marta dijo...

Hola, me encantó la entrada

Pero como dice Bercebus, es imposible encontrar tus libros en ebook, y ya sé de tu alergia al formato, pero si es cierto que para algunos, ya sea por el espacio u otras razones nos es más cómodo el formato digital. Pero vamos que después de navegar por todas las librerías digitales, no hay manera de encontrarte.

Un saludo.

César dijo...

Marta: Me alegro de que te haya gustado la entrada. Le preguntaré a la editorial qué ha pasado con los e-books y ya os diré. Pero, hija mía, los libros en papel son tan bonitos...

Jpalou dijo...

De su padre se ha reeditado EL COYOTE, DOS HOMBRE BUENOS y poco más, que yo sepa. Desde mi total ignorancia de la edición de ebooks y su coste pregunto: ¿No sería posible la paulatina edición digital de otras de sus obras? Al fin y al cabo, se recuperan de vez en cuando obras pulp de autores americanos cuyas obras han envejecido notablemente.
Saludos

Jpalou dijo...

No encuentro La isla de Bowen en ebook, ni ninguno de los otros. ¿Donde se pueden comprar?

pablo dijo...

hola cesar.soy un estudiante de secundaria que se ha enamorado de tus libros el libro me enganchó tanto que me lo leí en dos dias. el argumento esta muy bien pero me hubiera gustado un final con más , digamos ,explicaciones de como lograron refinar los metales aunque fueran los métodos actuales.te animo a hacer una "segunda" parte ya que has logrado unos personajes muy definidos que han logrado "enamorar" a los lectores. tambien quiero decir que he conseguido un sobresaliente en lengua gracias a tu libro ya que el resumen que nos mandaron hacer en el examen lo hice de la isla de bowen y la profesora se quedo tan entusiasmada con el libro que decidio leerselo y ahora no para de recordarmelo. en fin sigue escribiendo libros de esa forma tan entusiasmante

PS. tambien te pido que hagas un libro inspirado en Sherlock Holmes ya que soy un gran fan suyo y creo que seria una combinacion explosiva

pablo dijo...

Perdón por no escribir ni tildes ni mayúsculas.

César dijo...

Pablo: Me alegro muchísimo de que te haya gustado "La isla de Bowen". Ya sabía que la novela funcionaba bien con los adultos, pero me quedaba la duda de los más jóvenes. Tú eres joven y te ha gustado, y eso me hace muy feliz; gracias por decírmelo :)

En cuanto a las explicaciones... Verás, creo que en la novela hay cosas que no deben explicarse, para que no pierda misterio. Qué es la ciudadela, cuál es su función, quiénes la construyeron, cómo funciona su tecnología... Todo eso es mejor que quede en el aire. En cierto modo, los lectores son unos tripulantes mas del Saint Michel, así que sólo llegan a saber lo que saben estos y poco más.

Y lo de la segunda parte... No sé, ya veremos. Me apetece, no lo niego, pero creo que es mejor dejarlo para más tarde, si es que la escribo. En cualquier caso, no sería un prolongación de "La isla de Bowen", sino otra aventura de SIGMA, el profesor Zarco y sus colaboradores.

Me alegro mucho de tu sobresaliente, y espero que la novela le guste a tu profesora.

Y lo de Sherlock Holmes..., pues mira, es una idea que vengo acariciando desde hace tiempo, pero no la escribiré a menos que se me ocurra algo realmente original. Lo mismo me ocurre con el rey Arturo.

César dijo...

Jpalou: La edición digital de la obra de mi padre no se realizará hasta que ese mercado esté más establecido.

La edición digital de mis libros está prevista para un futuro más o menos cercano, pero no sé cuándo.

Esketekebanka Fikilikippikiniki dijo...

No me uniré al clamor por el libro electrónico, pues ya está disponible en Argentina, y a un precio accesible. Pero la verdad es que quiero hacer un regalo, y se sabe que un chorro de bits es peor incluso que una fotocopia. La filial local de Edebé sólo comercia textos escolares; los libreros locales no tienen otros títulos de su autoría que "La catedral" y "Las lágrimas de Shiva"; traer un libro de Europa es (aún en 2013) un ejercicio caro y riesgoso. No quiero tirarle de la manga, pero si tiene algún diálogo con su editor, en fin, agradecido desde ya. Y, ya que estamos: el mercado ya está establecido: sus textos y los de su padre van y vienen por estos mares infestados de piratas y tiburones. ¿Acepta donaciones, al viejo estilo de las registraciones de shareware?

César dijo...

Esketekebanka etc.: Hace poco hablé con uno de mis editores sobre ese tema y me contó que hay muchos problemas aduaneros en Argentina para la exportación de libros.

Respecto a la piratería, supongo que tarde o temprano acabará con mi profesión. Lo de las donaciones me suena a pedir limosna, así que no, no me lo planteo. Que te roben y, encima, tengas que perder la dignidad me parece excesivo.

Mamen Gargallo dijo...

Hola, César:

Me llamo Mamen y soy profesora de castellano. Mis alumnos han leído La isla de Bowen y les ha entusiasmado. Les pedí que hicieran por grupos una especie de booktrailer centrándose en un aspecto determinado de la obra (trama/s, personajes, espacios, tiempo, técnicas discursivas y estilo). Tengo que decirte que les ha encantado hacer este trabajo y hay auténticas maravillas. ¿Te apetecería verlas?

Enhorabuena por tu obra

Mamen

César dijo...

Mamen Gargallo: Me alegro de que a tus alumnos les haya gustado la novela. Y claro que me gustaría conocer el trabajo de tus alumnos.