jueves, junio 2

Firmas



            No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui a la Feria del Libro de Madrid. Supongo que me llevarían mis padres cuando era niño, pero no lo sé con exactitud. Tampoco recuerdo cuándo empecé a ir por mi cuenta, aunque imagino que tendría catorce o quince años, e iba allí sobre todo para pillar libros de ciencia ficción.

            Pero sí recuerdo la primera y última vez que fui a la Feria a firmar. Fue en 1996;  por aquel entonces había publicado El círculo de Jericó y acababa de ganar por primera vez el Premio Edebé, pero lo cierto es que no me conocía ni dios. Era por la tarde y hacía mucho calor. Firmé muy pocos libros, como es lógico, pero lo verdaderamente malo fue que, justo dos casetas a mi izquierda, estaba firmando Pérez Reverte. La cola de gente que había frente a su caseta se perdía en lontananza, mientras que frente a la mía se abría un desolador vacío.

            Deprimente, pero al menos aquella pérdida de tiempo me sirvió para pensar. Me pregunté dos cosas: ¿Qué coño hago yo aquí? y ¿Para qué sirve esto? La respuesta a la primera pregunta fue: “nada”; y a la segunda: “para nada”.

            En efecto, las firmas no promocionan los libros, porque la inmensa mayoría de quienes acuden a que les firmes ya son lectores tuyos. Tampoco sirve para que te conozcan los lectores, porque ¿qué demonios van a conocer en el escaso tiempo que lleva plasmar una dedicatoria? Entonces, ¿qué sentido tiene ese rollo de firmar libros?

            Bueno, supongo que forma parte del atractivo de la Feria. No el hecho de que te firmen un ejemplar, sino ver en persona a autores que por lo general no ves en ninguna parte. Supongo que eso tiene alguna clase de atractivo, aunque a mí, personalmente, me interesan las obras, no los escritores.

            Ahora bien, ¿qué interés tiene la firma de libros para un autor? ¿Qué le aporta? Hablando con amigos editores, descubrí que muchas autores consideran una ofensa que la editorial no les invite a la Feria. Exigen ir a la caseta y se tiran ahí una o dos horas sin firmar prácticamente nada, porque nadie les conoce. Y al año siguiente, aunque la perspectiva se me antoja deprimente, insisten en hacer lo mismo. ¿Por qué?

            Un amigo editor me explicó lo siguiente: Pongamos a alguien que ambiciona dedicarse a la literatura (llamémosle Pepe). ¿Cuál sería su primer paso para convertirse en escritor? Escribir, claro. Pero eso no basta; cualquier idiota puede escribir (de hecho, muchos lo hacen). El verdadero paso es publicar, ése es el bautismo del literato. Bien, una vez que ha publicado, Pepe comprueba que su libro está mal distribuido y no se encuentra en ninguna parte; o está bien distribuido, pero desaparece de las mesas de novedades al poco tiempo. El libro no tiene ningún éxito comercial (como el 99 % de los libros), y Pepe se frustra. No ha conseguido el éxito que ambicionaba... pero ha publicado, es escritor. Y quiere sentirse escritor. Así que busca la consagración: firmar ejemplares en la Feria. Porque si firmas en la Feria, eres escritor, ¿no? Es una especie de reconocimiento oficial.

            ¿Así que todo se reduce al ego? He comprobado muchas veces que a los escritores se nos contempla con un punto de... ¿admiración? ¿reverencia? ¿asombro?... es como si fuéramos especiales, como si estuviéramos dotados de una especie de magia que nos situara por encima de los demás. Sé que hay escritores que eso les gusta. A mí me incomoda, y siempre que me reúno con lectores me esfuerzo en demostrar que soy una persona normal y que mi trabajo, si bien infrecuente, es un trabajo como otro cualquiera. Pero ante esa actitud de reverencia es fácil caer en la tentación de creérselo y envanecerse, Soy escritor... ¡wow!

            De hecho, y creo que ya lo he comentado alguna vez, escribir, o realizar cualquier otra actividad creativa, contiene el germen de la vanidad. La vanidad de presuponer que lo que inventas va a interesarle a alguien. Ya sabéis, los escritores escribimos para que nos quieran. Entonces, ¿el afán de firmar es mera vanidad?

            No necesariamente; al menos, no del todo. Puede que algunos acudan a firmar como una especie de fiesta, como un alegre encuentro literario, como una forma de compartir con otros los mismos intereses. O por mera curiosidad, o por cualquier otra razón. Es posible, pero no es mi caso. Ya firmo demasiados libros al año después de cada charla o cada encuentro, no necesito ir a la Feria. Como firmante, claro, porque como visitante no me la pierdo.

            Durante los últimos, digamos, 45 años creo que sólo he dejado de asistir una vez, en 2007, por enfermedad. Me encanta ir a la Feria por la mañana y recorrerla despacio, tomar un granizado de limón a medio camino, charlar con los amigos libreros y editores que me voy encontrando. Es para mí uno de los momentos más agradables del año.

            Y creo que esa es la principal razón por la que no me gusta ir a firmar: porque eso pervierte de algún modo –para mí- el encanto de la Feria. Mis libros son trabajo, y no quiero ir a la Feria a trabajar. No quiero ser actor del evento, sino espectador.

            Por lo general, suelo ir a la Feria el día de mi cumpleaños. Es el regalo que me hago a mí mismo. Pero este año he ido antes, el pasado 31 de mayo, porque mi hijo Pablo ha venido a pasar unos días a Madrid (está estudiando en Barcelona), le apetecía ir y le acompañé.

            He comprado cuatro libros (tres y un cómic): Las chicas de campo, de Edna O’Brian, para regalárselo a Pepa, mi mujer; Vida y destino, de Vasili Grossman, que es un tocho enorme y no sé si al final me lo leeré; Material sensible, una antología de relatos de Neil Gaiman. Y el cómic: Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle.

            Y ahora ahí los tengo, delante de mí, como tres promesas de amor eterno (desde luego, el de Grossman es eterno). Eso es lo bueno de la Feria del Libro, que te puedes traer un cachito a casa. Feliz Feria amigos.

           

7 comentarios:

Ana González Duque dijo...

Yo, este año, he decidido quedarme en la Feria de mi ciudad. El año pasado me sentí como si fuera la caja del turrón, de feria en feria. Tampoco me gusta lo de firmar en la Feria, aunque sí que me encanta poder hablar de literatura con los lectores que van, cuando son poquitos y puedes pasar un rato con ellos. Y, por supuesto, me encanta ir a la Feria como lectora. Siempre termino trayendo un botín a casa, a pesar de que la columna de libros pendientes por leer amenaza con sepultarme.
Ufff, no pude con la anterior de V. Grossman, pero me ha puesto los dientes largos la de Gaiman y el comic.
Un placer leerte, como siempre.

Anónimo dijo...

Gaiman es realmente malo, un excremento sobrevalorado que tuvo suerte llamando la atención gracias a hacer algo diferente (no tenía mucho mérito) en cierta época vacía y cáustica del cómic. Te lo dice un lector empedernido muy poco exigente.

César dijo...

Ana González Duque: La de Grossman me la recomendó encarecidamente un amigo, pero al contemplar su desmesurado tamaño no puedo evitar estremecerme. No sé yo... ¿Sabes que hay una palabra para denominar lo que, por ejemplo, tú y yo hacemos apilando libros pendientes de lectura? En una de las siguientes entradas hablaré de eso.

Anónimo de las 3:20: Me temo que no compartimos esa opinión.

Anónimo dijo...

Pues yo me he comprado dos tochos. El de Grossman (¡qué casualidad!) y el último tomo publicado aquí de la serie supuestamente autobiográfica de Karl Ove Knausgard. Así es que tendré que armarme de valor. De doble valor por lo que se ve. He de decir, sin embargo, que los libros anteriores de Knausgard me han gustado a pesar de que parece que no los vas a terminar nunca, de tan largos. Creo que también puede ser buena literatura la que escapa de la fórmula planteamiento, nudo y desenlace. "Vida y destino" me va a costar más, estoy seguro. A pesar de que es una obra muy valorada y considerada. Pero, como lector, reivindico el derecho de no leer o de abandonar la lectura, según te de por ahí. Por lo tanto, espero con impaciencia tu próxima entrada.
Yo era un fan de la Feria. Pero en mi caso si no vas con amigos con los que comentar pierde mucho interés. En tu caso comprendo eso que llamas participar en "un alegre encuentro literario" porque perteneces a ese mundo y, además, vas curado de vanidades literarias, lo que dice mucho de ti. Eres un profesional. Pero acepta el asombro y la admiración de los que ven en ti un creador porque lo eres y está bien que así sea. ¡Cuanto asombro y admiración producen personajes sobrevalorados y cutres!
He ido perdiendo interés. Ya no compraba libros. Una pequeña librería de mi barrio me surte de todo lo que le pido.
Por cierto, le ha costado conseguirme "El hombre tras la máscara. José Mallorquí..." De momento he leído tu trabajo (me ha gustado) en línea de anteriores tuyos sobre el mismo tema pero con un planteamiento muy original y el de Armand Balsebre uno de los historiadores de la radio que más aprecio.
Saludos
Luis Rodriguez Olivares

Ferran dijo...

Buenas César!!

Yo veo las Ferias como un núcleo de saber, de aficiones y conocimientos compartidos, y esto es muy bonito, le da un aura un poco mágica.

Por otra parte, me gustaría hacerte una pregunta: Pongamos el caso que el siguiente libro que escribes se convierte en un fenomenal éxito comercial, y en consecuencia de ventas a nivel global (aún más que hasta ahora jeje). Por lo tanto, de repente eres mucho mucho mas conocido y sobretodo, solicitado. En este caso, ¿no irías a firmar libros en la Feria? ¿O preferirías hacer como hasta ahora e ir simplemente a visitarla y a disfrutarla?

Mi sensación es que si eres un autor enormemente famoso no te tomas el hecho de ir a firmar libros como un trabajo, sino como un placer: "uy, mira cuanta gente ha venido a que le firme!".

¿Estoy equivocado?

¡Un saludo enorme!

Anónimo dijo...

¿Y?

César dijo...

Luis Rodríguez Olivares: Mi hijo Pablo también está leyendo la tetralogía (por ahora) de Knausgard. Joder, qué valientes sois... Me alegro de que hayas conseguido el libro sobre mi padre. Es realmente interesante.

Ferran: Pues creo que si fuera una autor superfamoso... actuaría igual. Aunque no sé, claro; cuando una editorial invierte mucho en tu obra, también te exige más colaboración, así que adquieres obligaciones indeseadas.

Anónimo de la 1:09: Pues ya ves.