lunes, junio 13

Tsundoku



            Sabes que hay un problema en el interior de tu cabeza cuando no solo haces algo absurdo, sino que además descubres que ese acto absurdo tiene nombre. Estás loco y, además, clasificado.

            Eso me sucedió el otro día charlando con mi hijo pequeño, Pablo. ¿Os he hablado de él? Tiene 25 años y es quizá el joven más culto que conozco. Además es enorme; mide 1’98 de altura y es fornido como un leñador canadiense. Según dice todo el mundo, se parece mucho a mí.

            Pablo, lector voraz, posee una sorprendente y extensa cultura, así que con frecuencia se convierte en una fuente de datos curiosos. Actualmente vive en Barcelona, donde está acabando un máster en gestión cultural. El caso es que la otra semana vino a Madrid para pasar unos días de vacaciones. Pues bien, estábamos los dos sentados en mi desordenado despacho, sobre cuyo suelo se alzan varias pilas de libros cuando, de pronto, Pablo se fijó en uno de los montones y dijo:

            -Pero si esos son los libros que te compraste en Navidad...

            No se refería a la pasada Navidad, sino a la anterior, la de hace año y medio. En efecto, ahí estaban (y están) los libros que compré, amontonados y sin leer. Pablo me miró, sonriente, y comentó:

            -¿Sabes que en japonés hay una palabra para definir lo que tú haces?: Tsundoku. Significa comprar libros para luego amontonarlos y no leerlos.

            Qué cabrones los japoneses de los cojones, pensé. Me han pillado, anillado y catalogado. Aunque, por otro lado, me sentí menos solo, porque si a algo le ponen nombre eso significa que se trata de un fenómeno compartido. Otra cosa es si formar parte de una tribu de pirados constituye un buen motivo para enorgullecerse o, tan siquiera, consolarse.

            Bien, en descargo diré que mi sobreabundante compra de libros se debió, en parte, a lo que podríamos llamar “automatismo irreflexivo”. Veréis, hace, digamos, treinta años, yo leía muchas más novelas que ensayos. Pero eso fue cambiando poco a poco y, al cabo de un tiempo la situación se invirtió. Por desgracia no me di cuenta, y seguí comprando novelas por puro automatismo, como si las leyese al mismo ritmo que antes. Además, suelo leer tres o cuatro ensayos al tiempo, pero sólo una novela a la vez, así que los textos de ficción fueron acumulándose, vírgenes, en los estantes de mis librerías.

            Afortunadamente, hace cinco años inicié una dieta libresca y reduje al máximo la ingesta de proteínas de ficción. Pero el daño ya estaba hecho, con mi casa llena de michelines literarios. Pero eso es otra historia. El caso es que al tener que afrontar de forma científica una dieta libresca, no me quedó más remedio que analizar el impacto de los libros sobre mí a la hora de comprar, o haberlos comprado. No me refiero a los libros por su calidad, ni por su temática, ni por si son ficción o no, sencillamente los clasifico en base a la impresión que me producen, por los motivos que sean. Lo he reducido a diez categorías (mira qué bien, un decálogo).

            1. Libros espasmódicos.- Son aquellos que me interesan tanto que no solo los compro nada más verlos, sino que además me pongo a leerlos al instante, abandonando todo lo que tenía entre manos. Luego a lo mejor los dejo a las cincuenta páginas, pero de entrada me atrapan.

            2. Libros imperiosos.- Me interesan mucho y los compro, pero sigo leyendo lo que estaba leyendo y pongo la nueva adquisición en la “pila de los pendientes inmediatos”. Pero luego puede que ponga otro encima, y luego otro...

            3. Libros categóricos.- Los compro porque tengo que comprarlos, porque me gusta su autor, o porque me interesa el tema, o porque me han hablado bien de ellos, pero realmente no tengo mucho interés en leerlos. Esos libros son firmes candidatos al tsundoku.

            4. Libros insinuantes.- Los veo en las librerías, me llaman la atención, los hojeo, dudo, y no los compro. Luego, más adelante, vuelvo a verlos, y los muy cabrones se contonean lascivamente ante mí, tentándome, y yo intento resistirme... y a veces lo consigo, y a veces no. Cuando caigo en la concupiscencia literaria y los compro, o los leo al instante o me cabreo y los condeno al olvido.

            5. Libros curiosos.- Son libros que no sirven para nada y que jamás voy a leer,  pero que son tan raros y absurdos que me fascinan. Escogiendo al azar unos pocos ejemplos de mi biblioteca: Cómo construir una bomba nuclear (y otras armas de destrucción masiva), de Frank Barnaby. Manual de ofensas y desafíos, de Eusebio Yñiguez. O ¿De quién es esta mierda? Guía de bolsillo para identificar las heces, de Matt Pagett. ¡Por amor del cielo, cómo no voy a comprar un libro que enseña a distinguir las cagadas de toda suerte de bichos, desde un águila hasta un wombat! Vale, no tengo ni idea de qué es un wombat, pero sé cómo caga. Acabo de ver una foto.

            6. Libros nopierdasoportunitas.- Vas y ves un libro que, en principio, no te interesa. Pero barruntas que en un futuro puede llegar a interesarte, o a serte útil; no estás seguro, pero quién sabe... Por otro lado, eres consciente de que ese libro, igual que ocurre con la mayoría de los libros, desaparecerá de las librerías dentro de, como mucho, un par de meses, luego se descatalogará y no volverás a verlo en tu vida. ¿Qué haces? Pues comprar el puñetero libro nopierdasoportunitas y tsundokuarlo.

            7. Libros documentalistas.- Es una variante de lo anterior, pero aplicada a escritores. Como novelista, debo con frecuencia documentarme sobre un sinfín de cosas. Y muchos de esos temas de documentación son repetitivos, así que tengo libros que, eventualmente, los solucionan. Por ejemplo, atlas histórico-geográficos; historias de la moda, los muebles, las armas, la arquitectura o el diseño, enciclopedias del ejército, el espionaje o las artes marciales, un Tratado de Castellología, una historia de la máquinas, otra de la artesanía, manuales de supervivencia, de arqueología o cetrería, una enciclopedia de juegos, La edad de oro de las diligencias, El lenguaje de las flores... La mayor parte de esos libros solo los habré consultado una o dos veces en mi vida. Algunos nunca. Pero me viene bien tenerlos.

            8. Libros coleccionables.- El ejemplo perfecto es mi colección de ciencia ficción. Comencé a hacerla cuando tenía 13 años y la dejé unos 30 años después. Tengo varios miles de volúmenes; hace tiempo que renuncié a saber cuántos. Bueno, pues aunque llevo más de veinte años sin coleccionar cf, suelo comprar de cuando en cuando algún que otro libro del género, aún a sabiendas de que no voy a leerlo. Supongo que para no dar del todo por muerta a mi colección. En cualquier caso, la mayor parte de esa colección es un enorme tsundoku. Lo malo es que no solo se trata de cf; también colecciono (¿acumulo?) libros de escritores sobre técnica literaria, ensayos sobre cómics o diccionarios raros.

            9. Libros incomprensibles.- También llamados Libros P.Q.C.H.C.E. (¿Por Qué Cojones Habré Comprado Esto?). Son esos libros que te encuentras en tu librería, que recuerdas vagamente haber comprado, pero que no te interesan un pijo. Estás seguro de que hubo un motivo para comprarlos, pero ¿cuál?

            10. Libros nonepossibiles.- Un día los encuentras perdidos en alguno de tus estantes y exclamas horrorizado: “¡Yo no puedo haber comprado esto! Me lo tienen que haber regalado...”. En efecto, no solo no recuerdas haber comprado ese libro, sino que no concibes que en algún momento, por muy obnubilado que estuvieses, tuvieras el más mínimo interés en comprarlo. Suelen regalarme libros. Por ejemplo, tengo por ahí una enorme biografía de Franco que no sé de dónde leches habrá salido. Pero no me deshago de ella, así de enfermo estoy.

            Supongo que habrá más categorías, pero contemplando simplemente éstas, lo que me extraña es no tener aún más libros en casa. Aunque también habría que analizar las causas primarias que conducen al tsundoku. Pero eso en otra ocasión.

            Ahora lo que me pregunto es si el tsundoku no es más que una variante ilustrada del Síndrome de Diógenes. Si es así, me temo que debería ir a urgencias, pero ya.

29 comentarios:

Rickard dijo...

La buena noticia es que yo también padezco de "tsundoku" (aunque no a un nivel tan grave como tú pero al tiempo: es tan sólo cuestión de edad), así que no estás solo ni mucho menos. La mala noticia es que sí, yo también creo que es una variante del Síndrome de Diógenes así que...

Mon dijo...

Anda.
Qué gran post. Me acaban de definir, no lo sabía. Yo sufro de tsundoku en estado agudo. Dicen que el primer paso para dejar una adicción es ser consciente de ello. Yo ya lo era y para evitar mi sensación de estrés y sentido de culpa, opté por una estrategia diferente pase de autodefinirme como lector a autodefinirme como coleccionista, así la tensión familiar bajo y ahora no se me exije leer lo que no podré leer en mi vida. Compro un 40% mas de lo que soy capaz de leer en estos momentos según un cálculo aproximado y creo que va en aumento el problema.
Añado que tengo una cierta ventaja en ello ya que tengo una casa que me permite creer en la acumulación hasta el infinito; puede acumular mas de lo que podría comprar así que mi problema no es espacio pero los tsundokus, muchos, además tiene problemas logísticos importantes.

Una pira puede ser una buena opción...


Estoy tan enfermo que me compro los libros y luego los pirateo porque es mas fácil de leer por la noche en la cama sin el peso que tiene, en un kindle el peso deja de tener sentido, pero nunca antes de haberlo comprado. ¿ Esto es muy ilegal ? ¿ Me perdonarán los editores de este mundo ?



Genial artículo Cesar, como siempre.


José Antonio dijo...

No has hablado de los libros repetidos pero estoy seguro de que tienes también, como buen adicto. Eso de que te compras un libro y se te olvida que lo habías comprado y lo vuelves a comprar y ya te lo quedas para un regalo o algo. Pero no lo regalas porque tienes tsundoku de ese jajaja.

Babilonia dijo...

Deberíamos formar una asociación. Los Tsundokianos Declarados o algo.

Si bien caigo en alguna de tus categorías, tengo otra de mi cosecha y me gustaría saber si algún otro merodeador es culpable del mismo pecado: colecciono traducciones de El Guardián entre el Centeno. Empecé por comprármelo en todos los idiomas que sé hablar (o al menos chapurrear) y ahora he empezado por los que no conozco (me lo acabo de comprar en húngaro). Es horrible. Que conste que me las leo, ¿eh? Lo tengo pendiente en polaco y en francés, ahora mismo lo estoy leyendo en catalán. Y el húngaro... bueno, ya veremos.

Sé que no soy la única loca porque una vez conocí a una chica que coleccionaba El Principito en todos los idiomas en los que se había traducido. ¿Alguien más en la sala comparte mi mal?

Aparte de eso, pues lo típico. En Ferias del Libro, cumpleaños y fiestas de guardar hay que comprarse un libro (o dos, o tres). En un par de semanas vuelvo a España y ya he encargado tres (uno por genuino interés y dos porque conozco a sus autores). Por suerte, aprovecharé que esta semana estoy de exámenes (y no los hago yo, mwajajaja) para leer más que de costumbre.

Pero no debemos arrepentirnos, amigos. No, señor. Que el mercado editorial está hundiéndose en la miseria. Somos nosotros, tsundokianos sin remedio, quienes hacemos que la rueda siga girando y las editoriales se mantengan a flote. Un abrazo,

Cristina

Samael dijo...

Lo que te sucede además de tener ese divertido nombre (en japonés todos los nombres parecen divertidos) es completamente normal. Normal dentro de la anormalidad que supone estar pirado por los libros, pero una vez que aceptamos ese hecho, lo que te sucede, yo creo que sigue la norma. Es imposible ser un pirado de los libros y que no te pase eso en mayor o menor medida, aunque he de reconocer que lo tuyo es un caso mucho más pronunciado que otros también observados. Digamos que tú no tienes Tsundoku, tú tienes Tsundokitis, que es inflamación del tsundoku.

Por cierto a mi también me ocurre la deriva que has mencionado sobre ensayos y novelas y ciertamente puedo leer dos, tres o cuatro ensayos siumltaneamente pero nunca más de una novela.

Pues eso, que lo tuyo con unas sulfamidas y como nuevo.

Juan Constantin dijo...

Saludos:

No tenemos remedio.
En mi caso la tsundokitis es múltiple (libros, cómics, películas, series de tv y música), lo que me crea problemas espacio-temporales (no sé dónde guardarlos, una vez guardados dónde están guardados cuando se me ocurre buscarlos, y de dónde demonios sacar el tiempo necesario para disfrutarlos).
Cuando se llega al punto de saber casi con toda certeza que tu vida no bastará para leer, escuchar o visionar todo lo que ya has acumulado, debería ser el punto en el que se recapacita y se busca una solución. Pero... la verdad es que no, ni de coña... sigue uno acumulando sin razón lógica. Si descubres algún grupo musical nuevo, no puedes dejar de indagar en su discografía, lo mismo sucede con las series que cada temporada te llaman la atención, ídem con los libros y cómics...

Estamos condenados. Somos zombis de la acumulación gratuita.

Juan Constantin

César dijo...

Joder, amigos, esto es una epidemia...

Rickard: Al frenopático, me lo temía.

Mon: Sí, irá a más. Por eso, no te fíes del tamaño de tu casa, porque eso significaría desconfiar de tu capacidad para acumular libros.

José Antonio: ¡Es verdad, había olvidado los libros repetidos! Pero es que cada vez que me encuentro un libro comprado dos veces se me llevan los demonios. Supongo que me sitúa con desagradable crudeza frente a mi enajenación.

Babilonia: Pues no, afortunadamente no me da por comprar el mismo libro en diferentes idiomas. Lo que me faltaba. Respecto a lo último que dices, no te falta razón. El porcentaje de compradores de libros en España es de los más bajos de Europa, pero leí hace tiempo que, por contra, en España los compradores asiduos de libros compran más títulos al año que nadie. Lo nuestro es una cruzada.

Samael: A mí Tsundoku me suena a héroe de manga o anime (¿o ese era Son Goku?). Supongo que tienes razón y cuando algo te gusta mucho tiendes a comprarlo desmedidamente. No obstante, creo que también hay algo de "gratificación inmediata". Compras un libro y sientes una satisfacción instantánea (que desgraciadamente no se prolonga demasiado en el tiempo). Sin embargo, leer ese mismo libro no supone necesariamente la misma gratificación, y desde luego no es inmediata.

He ido a por sulfamidas, me he tomado la caja entera en la farmacia, sin agua ni nada, y en el camino de vuelta he comprado tres libros...

Juan Constantin: He hablado de libros, pero también podría hablar de cómics y, en menor medida, de series de TV. Afortunadamente no soy demasiado musical, pero aún así tengo un montón de CD's de música celta. Es verdad, somos zombis que, en vez de merendar cerebros, amontonamos libros. Menudos zombis estamos hechos, que ni siquiera damos miedo (bueno, a nuestras familias sí).

Anónimo dijo...

Ja ja ja la verdad que estamos enfermos. En mi caso la crisis me ha ayudado a salir de mi adicción, pero constato una variante: uno de mis caprichos eran los libros raros, y los de idiomas (mi joya de la corona es uno de cherokee que compré en USA), y resulta que ahora me veo buscando libros viejos por internet tipo: crestomatía de asirio medio (traducido por el padre ahbraham 1876)....no os podéis imaginar la de joyas libres de derechos que hay por internet, especialmente de lenguas perdidas (de hace un par de siglos). Algunos descargables gratuitos o comprables en papel en librerias de viejo. El caso que un día mi mujer me dijo: pero esta carpeta qué es, con esos libros?...para que quieres eso?...Tenía cientos y cientos...y ya libres de derechos. O manuscritos de bibliotecas (como el famoso Voynich).

En fin, realmente me curé? no creo...
Mazarbul

Juanma dijo...

A mí se me quitaron los remordimientos ¿tsundokueros? cuando nuestro común amigo Alfredo Lara me dijo: "No compro libros porque vaya a leerlos: compro opciones de lectura". :-D

Anónimo dijo...

Lo de comprar para disponer de opciones quizás quite remordimientos, pero es una puerta por la que cabe todo exceso como la colección de zapatos de la señora Marcos. Hay satisfacción curioseando en una librería y en la lectura del libro, pero también la hay en el mero hecho de comprar y es lo que llamamos consumismo.

Por cierto que el tema me ha recordado un párrafo del sensacional escritor canadiense Robertson Davies:

"Freddy reconoció que era verdad. También ella era víctima de la bibliomanía codiciosa que inflama el pecho como un demonio y que no se aplaca sino comprando a menudo y en gran cantidad. Se trata de una pasión más común e irrefrenable de lo que se supone la mayoría. Los que no la padecen se imaginan que los bibliófilos son seres pacíficos que viven fuera de este mundo, y quizá algunos lo sean, pero otros son capaces de mentir, traicionar y robar por los libros con tanta desesperación y desmesura como el drogadicto por su droga. Es posible que no los deseen todos para leerlos inmediatamente; sólo quieren poseerlos, colocarlos en sus estantes, tenerlos a mano. Los atesoran como se supone que hace un turco con sus concubinas: no para desflorarlas deprisa y corriendo, sino para disponer de ellas a voluntad y disfrutarlas con el pensamiento, más que en la realidad."

Felicidades con retraso César, sigo disfrutando mucho con tu blog.

Ana González Duque dijo...

—Hola, me llamo Ana y soy tsundokiana.
—Habla, Ana, te escuchamos.
En fin...que esto más que la Fraternidad de Babel es una verdadera reunión de tsundokianos anónimos.
Identificadísima.
Hace poco leí que un tipo vivía de vender los libros que había ido acumulando a lo largo de su vida y que nunca se había leído.No es una mala opción si se retrasan los pagos editoriales XD.

César dijo...

Mazarbul: Creo que lo tuyo podría llamarse tsundoku especializado. Por cierto, hace años encontré en Internet un diccionario de amazónico-español.

Juanma: Sí, conocía la teoría de Alfredo. Me consoló durante un tiempo, pero lo que ahora tengo son opciones de opciones de lectura.

Anónimo de las 9:57: Hay algo de lo que no me cabe la menor duda: el señor Davies practica el tsundoku. Lo entiende demasiado bien.

Ana González Duque: Hola Ana, me llamo César, soy tsundokiano y el otro día vendí a mi hermana a un tratante de blancas para comprarme la colección holmesiana completa de Valdemar. Por lo demás, voy mejorando. Es cierto, deberíamos fundar TA (Tsundokianos Anónimos)... pero ¿realmente queremos curarnos?

Eso de sobrevivir vendiendo los libros que se han comprado en el pasado ya aparece en "El Club Dumas", de Pérez Reverte. Lo malo es que los libros de segunda mano cada vez valen menos, salvo que se trate de ciertas primeras ediciones o de libros especialmente raros. Y los tsundokianos, para ser sinceros, no tenemos el paladar tan fino. Nos da igual tapa dura que bolsillo, primera edición o decimosexta. Lo nuestro es la acumulación.

Miguel Valle dijo...

Consejo para descubrirse tsundokiano encubierto: empiece a desmontar esas librerías con doble y hasta triple fondo, llenas a rebosar de volúmenes de tal manera que parece un tetris; saque esas cajas de libros ocultas bajo las camas de los niños; recoja la pila de libros que aguardan en la mesilla de noche y no olvide apuntar los libros que oculta en la oficina. Los libros itinerantes (en préstamos de confianza, aunque anotados en una agenda) podemos obviarlos.

Haga todo eso y comience a preparar cajas para una mudanza, observará como se acumulan y se acumulan ante la mirada reprobatoria de su paciente esposa.

El plazo se acaba el viernes y sudores fríos recorren mi espalda cada vez que veo las estanterías todavía llenas -once cajas y apenas tres baldas vaciadas-.

¿Hay alguna divinidad a la que encomendarse?

César dijo...

Miguel Valle: Te compadezco, amigo mío. Una mudanza pone a prueba al más encallecido de los tsundokianos, sobre todo cuando descubre lo muchísimo que pesa una caja llena de libros y la inmensa cantidad de polvo que acumulan los ídem. Yo pasé por esa experiencia en 1996 y jamás me he sentido tan cerca de los nazis (cuando quemaban libros) o de Montag (el prota de Farenheit 451),

De toda formas, ahora puedes aprovechar para expurgar tu biblioteca. Yo lo hice... y no sirvió de nada, porque en mi nueva casa había mensos sitio para libros que en la vieja. Pero bueno, lo que no te mata te hace más fuerte. Si sobrevies, serás algo así como el Padre de Dragones de los tsundokianos. Valor, Miguel, valor; tus hermanos de tara estamos contigo. Pero no nos pidas ayuda; hay cosas que un hombre de hacer solo.

¿Un dios de los tsundokianos? Ni idea; los dioses a veces escriben libros (La Biblia es todo un best seller), pero no leen mucho. Aunque santos patronos quizá sí. San Juan de Dios es el patrono de los libreros, San Juan Bosco de los editores y San Francisco de Sales de los escritores. No he encontrado el patrono de los lectores, si es que lo tienen. Yo me encomendaría el Monstruo de Espaguetis Volador.

Anónimo dijo...

Hice una mudanza hace años y pregunté en una biblioteca si aceptaban libros, me dijeron que sí mientras estuvieran en buenas condiciones y también me comentaron que no aceptaban enciclopedias. Así que seleccioné muchos libros que no me habían acabado de convencer y los recibieron contentísimos. La verdad es que los libros estaban en muy buenas condiciones.
Nunca me he arrepentido, al contrario, me alegré mucho de haberlos llevado. Eso sí, no lleve libros que por la razón que sea pudiera echar de menos.

César dijo...

Anónimo de las 11:43: Yo también regalé libros cuando me mudé. En mi anterior casa tenía una magnífica colección encuadernada de revistas de cine de los años 40 y 50 (Primer Plano y Fotogramas, herencia de mis padres). Ocupaban demasiado especio, así que, con todo el dolor de mi corazón, doné la colección a la Escuela de Cine. Ellos tan contentos, y yo... bueno, la verdad es que no solucionó nada. El tsundoku siguió adelante. Eliminar pilas solo es dejar sitio para nuevas pilas.

Anónimo dijo...

Eliminar pilas para dejar sitio a la nuevas no es poco César. También creo que si la actitud de los bibliotecarios hubiera sido más funcionarial no habría salido tan contento. Fui muy consciente de dar una posible nueva vida a aquellos libros.También es verdad que me gusta mucho el libro como objeto y lo que representa, me gusta su presencia, pero no tenía mucho afecto por los libros que regalé(tomados los libros de uno en uno que me parece un afecto más verdadero)y nunca los he echado de menos.

Soy el anónimo anterior, Jose, un incondicional de la Fraternidad.

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Ahora que se habla de hacer limpieza de libros donándolos a las bibliotecas, he recordado que algunas decenas de mis libros provienen de una biblioteca. Los "robé" de allí...
Hace veinte años estaba cumpliendo con el servicio militar -cuando ya existía la objeción de conciencia- en el cuerpo de Artillería en la isla de Menorca, en un pequeño cuartel que ya no existe en el centro de la isla. Nuestro reemplazo iba a ser el último, y después lo cerrarían.
Yo, al ser maestro de escuela, me encargaba de dar clases a los soldados que querían sacarse el graduado en el ejército -muuucho más fácil que el normal-, y las clases las dábamos en la biblioteca del cuartel. Un par de habitaciones pequeñas, con apenas trescientos o cuatrocientos libros, entre enciclopedias (militares la mayoría) y novelas. En general antiguos, ediciones baratas, poco usados pero algo deteriorados por la humedad... Un día pregunté a un mando qué harían con esos libros cuando cerraran el cuartel y, además de poner cara de sorpresa por la pregunta, me dijo que lo derribarían todo y luego construirían un parque de bomberos o algo similar. Pregunté si podría salvar algunos para mí. Su contestación fue que eso no era posible que eran propiedad del Ejército y que sería irregular, ilegal y patatín patatán... Que ni flowers.
Bueno, no me gustó nada pero en principio acaté el resultado. Lo que pasa es que poco después pude comprobar cómo un suboficial se apropiaba de un tubo lanzacohetes del polvorín (supongo que como recuerdo, no podemos pensar que lo fuera a vender, ¿verdad?) y que un brigada destrozaba a patadas, algo perjudicado la verdad, la puerta de la cantina durante una fiesta de puertas abiertas y convivencia con las gentes del pueblo donde residíamos. Así que me decidí a coger los libros que pudiera llevarme -3 ó 4 cada vez- cuando terminaba nuestra jornada y me iba a la casa que compartía con otros cuatro compañeros. Logré acumular unos 30 ó 35 libros que luego me llevé cuando me licencié.
Se podría decir que me apropié ilegalmente de ellos, pero prefiero pensar que los salvé de una destrucción prematura e innecesaria.

Juan Constantin

Mon dijo...

Esto parece casi de película a lo Cadena Perpetua o la Gran Evasión, Farenhait etc.

Sacando libros a poquito para salvarlos de su destrucción.

Me recuerda a Cantico por Leibowitz un libro de ciencia ficción.

En fin toda una película o todo un libro. Venga Juan animate a escribir esta historia sobre el libro que se salvo de la destrucción del Ejercito.

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Para Mon: No creo que me anime a hacerlo, pues no soy escritor. Simplemente estaba compartiendo una anécdota -de entre otras muchas de mi experiencia como militar de reemplazo, algunas de lo más surrealistas-, cierta de cabo a rabo, que me sucedió hace ahora veinte años, y que me vino a la mente debido a comentarios de otros merodeadores. Y me dio la mala idea de querer compartirla... Una mala tarde la tiene cualquiera.
No es The Shawshank Redemption -no había ninguna Rita Hayworth-, ni La Gran Evasión -ni monto en moto ni me parezco a Steve McQueen-, ni pretende ser película ni libro.
No creo que si me hubieran pillado la cosa hubiera pasado de un par de días de arresto (a ninguno de los oficiales ni suboficiales del cuartel parecía importarles un bledo la suerte de los libros), más que nada para dejar bien claro que quien tiene los galones manda y que el que no marque el paso al mismo ritmo, recibe un castigo. O que allí no robaba nadie más que alguno de ellos. Vete a saber. Lo cierto es que no fue heroicidad alguna. No presumo de ello.

Si hubiera querido contar alguna historia curiosa, hubiera comenzado por la de mi nombre, que casi todo el mundo supone un seudónimo/homenaje a John Constantine, y queda lejos de ser así.

Juan Constantin

César dijo...

Juan Constantin: Pues a mí me parece una anécdota bonita; podría ser el germen de un cuento. ¿Y si alguno de los libros salvados tuviera algo especial, lo que sea? Es una idea sugerente... tanto que la voy a apuntar ahora mismo en mi "cuaderno de ideas"... Hecho. Siempre lo digo: la inspiración está en el aire. Gracias por la idea, amigo mío.

Por cierto, me dejas intrigadísimo con lo de tu Nick (que, en efecto, yo asociaba al personaje de Moore)

José: Tienes razón, dejar sitio para nuevas pilas no es poco. Pero no resuelve el problema; sólo lo ralentiza.

Jarl-9000 dijo...

¿Cómooooo? ¿Insinuas acaso que Juan Constantin es tu nombre real? ¡Esto no se puede dejar así! Cuenta, cuenta...

Volviendo al tema del post, yo no soy especialmente apilalibros (traducción chabacana de tsundokero), por lo que no me he animado a postear. De hecho, últimamente me estoy obligando a no comprar libros hasta que me quite de encima algunos que me quedan por terminar (entre ellos, 13 monos, jeje). No pisar ninguna librería ayuda, y mucho. También, mi mujer tiene una colección propia de la que vale la pena picotear de cuando en cuando (ella es de gustos más selectos que yo, más literarios, hay que reconocerlo).

En realidad, tras leer vuestros testimonios, me siento ahora con menos autoestima, qué triste...

¡Yo también quiero ser tsundokero anónimo!

Juan Constantin dijo...

Saludos:

César, no hay de qué por la idea. Sólo te pido que si la utilizas en algún relato o novela llames a algún personaje Constantin o similar, si ello es posible.

Vale, contaré la historia de mi nombre, pero tendrá que ser esta noche, porque hoy me han salido ocupaciones por todos lados.

Juan Constatin

Juan Constantin dijo...

Saludos:

El asunto de mi nombre: Constantin no es apellido, sino nombre compuesto, como Juan Carlos.
Es un nombre familiar -por la rama materna- que vamos heredando los primogénitos varones desde hace unos doscientos años. No lo suelo usar porque casi todo el mundo pregunta por su origen, y cuando lo tuve que explicar cuatro o cinco veces, decidí omitirlo, ni siquiera lo dí al hacerme el primer DNI. Demasiado engorroso. A nadie le preguntan el por qué se llama Juan.
Lo curioso es que, por lo que me contó mi abuela cuando yo era mozo, lo usamos porque su tatarabuela conoció a un extranjero herido en la Batalla de Bailén -mi familia materna vive desde hace generaciones en un pueblecito cercano a dicha localidad-, lo cuidó mientras se recuperaba, se enamoraron y... después de la Guerra de la Independencia el extranjero volvió y se casó con mi antepasada, formando una familia.
Por lo que me dijo se llamaba Constantin, Constantinos o algo parecido y era un comerciante griego, de ahí el nombre. No tuvieron hijos varones, con lo que el apellido se perdería en un par de generaciones, pero el nombre permaneció porque la hija del matrimonio cristianó a su hijo con él, y éste al suyo, y así hasta hoy.
Me pareció una historia bonita. El problema es que pruebas, lo que se dice pruebas, no hay. Ni fotografías, ni documentos, ni cartas. Nada de nada. La iglesia del pueblo no es tan antigua porque por lo visto sufrió un incendio a finales del siglo XIX y se quemó gran parte incluyendo los libros donde anotaban bodas, bautizos y defunciones. Y en el cementerio no hay ninguna lápida con un nombre parecido, excepto la de un hermano de mi abuela, que murió en la Batalla del Ebro...
A ella se la contaron cuando era niña, pero no llegó a conocer a los protagonistas.
Yo soy algo más incrédulo. Puede ser que mi antepasada tuviera un lío de guerra con algún soldado y el resultado fuera algún hijo y se inventaran la historia a posteriori para tapar la deshonra, y con el tiempo se fuera adornando al pasar de generación en generación... puede que el tal Constantin sí existiera y se amancebara con ella, pero no fuera griego sino chipriota o turco, y ni siquiera fuera comerciante, sino contrabandista... cualquiera sabe.
Lo cierto es que ha quedado la tradición del nombre.
Cuando supe de la existencia del personaje John Constantine creí que lo había leído mal. Qué cosa más curiosa, me dije. Luego, decidí usarlo como nick, porque pensé que todo el mundo lo asociaría con él y nadie preguntaría.
Bueno, no ha dolido tanto como suponía... Pensándolo bien no es tan curiosa como dije antes, la verdad. Quizás exageré un poco.

Juan Constantin

Babilonia dijo...

Es una historia preciosa, Juan Constantin. Tanto si es cierta como si no. Muchas gracias por contárnosla :) Un abrazo,

Cristina

Jarl-9000 dijo...

Muchas gracias por compartirlo, Juan Constantin. Es una historia mágica, muy a lo Alessandro Baricco (sí, efectivamente, este pertenece a la colección de mi mujer).

Y, sobre el personaje de Moore, ¿qué piensas? ¿Te gusta, o no? Porque a mí me encanta el muy c*****. XD

Juan Constantin dijo...

Saludos:

No hay de qué.
Jarl-9000. El personaje es uno de mis favoritos, desde que se parecía a Sting. Incluso disfruté con la peli de Keanu Reeves. Aunque reconozco que podría haber sido mucho mejor.
Es que soy muy agradecido cuando se hace el esfuerzo de recrear los mundos y personajes de ficción que me interesan. Con decir que cuando pude ver la primera parte de El Señor de los Anillos de Peter Jackson, la primera vez que oí a Lady Arwen hablar en élfico se me puso el vello de punta y me lagrimearon los ojos...

Uno que es un sentimental.

Juan Constantin

Miguel Valle dijo...

A todos: muchas gracias por los ánimos con la mudanza. Se terminó, al fin. ¿Dar libros?, últimamente sólo compro físicamente los que van a permanecer. el resto, préstamo o ediciones digitales (siguen siendo caras).

Maese César: es la segunda vez que muevo los libros y sé lo inútil que resulta expurgar, sólo sirve para generar más espacio que ocupar... con el sufrimieno de haber abandonado alguno de tus queridos libros. Es mejor renunciar a uno que no conoces que a un volumen que te ha acompañado en momentos críticos. Así que mejor andar escaso de tiempo y ser muy selectivo :))

a Juan Constantin: a mí me parece una buena historia, da igual que tenga un lado "turbio". Me gustan aquellos que pueden retrotraerse tanto tiempo en su genealogía e historia familiar. No entiendo la razón de que te sea doloroso contar esa historia.

a Jarl 9000: únete, no es difícil: empieza a acumular libros como un poseso ;)

Un saludo a todos

Miguel

Juan Constantin dijo...

Saludos:

Miguel Valle: doloroso no, engorroso, repetitivo,cansino. Aunque no siempre.

Juan Constantin