lunes, noviembre 5

El oficio de escribir III



            A finales de los años 70 decidí dejar de escribir, porque era incapaz de desarrollar una novela. Aunque entonces no lo sabía, el problema era que no tenía ni pajolera idea de narrar. Creía que sí, pero no. No fue una decisión dramática, porque por entonces escribir sólo era una afición, así que me centré en mi trabajo (publicidad) y no escribí nada durante una larga década.

            A comienzos de los 90 volví a escribir, pero con un objetivo prioritario: aprender a narrar. Escogí unas cuantas novelas, muy distintas entre sí, de diversos autores. Todas tenían una peculiaridad: me habían enganchado más que otros libros, me habían mantenido pegado a sus páginas de forma obsesiva. ¿Cómo lo habían logrado esos autores? Decidí averiguarlo.

            Cogía un par de libros, me montaba en la Vespa, me iba a la Casa de Campo (un parque/bosque contiguo a Madrid), buscaba un lugar solitario, me sentaba a la sombra de un árbol y me ponía a destripar los libros. Descubrí muchas cosas. La primera de ellas que esas novelas, todas, tenían una estructura invisible. Me sentí como Pablo camino de Damasco. Vi la luz. Me di cuenta de que gran parte de la capacidad de enganche de un texto se encuentra en su estructura. Me obsesioné con eso.

            ¿Pero qué demonios es la estructura narrativa? Tienes una historia que contar. Vale, antes de darle al teclado debes decidir varias cosas: ¿Desde qué punto de vista vas a escribirla? ¿Con qué tono? ¿Con qué ritmo? ¿Qué clase de narrador vas a utilizar? ¿Cómo empieza y cómo acaba? ¿Qué cuentas y qué ocultas? ¿En qué orden lo cuentas? ¿Tiempo lineal o tiempo alterado? ¿Dónde vas a encajar el o los clímax? ¿Una única línea narrativa o historias paralelas?... Y algunas cuestiones más, aunque creo que esas son las principales. Bueno, pues todo eso conforma la ESTRUCTURA NARRATIVA.

            Descubrirlo me alucinó. Me di cuenta de que al controlar la estructura podía hacer cosas que antes me estaban vedadas. Y algo aún más importante: controlando la estructura podía controlar (manipular) al lector. Fue un éxtasis. A partir de ese momento y durante varios años me puse a experimentar obsesivamente con la estructura. Por ejemplo, uno de mis primeros cuentos largos (50 pag.) allá por comienzos de los 90: La pared de hielo.

            Quería presentarme a un concurso de relatos de ciencia ficción y se me había ocurrido una historia, pero tenía un problema. El reglamento del concurso exigía un máximo de cincuenta páginas, y mi historia necesitaba por lo menos el doble. Contada linealmente, claro. Porque si la contaba así tendría que hacer unas elipsis brutales para poder adaptarme a la extensión requerida y al final quedaría un relato esquemático, como si sólo fuera un esbozo. Pero ¿y si no lo contaba linealmente?

            Lo narré en primera persona y comencé por el final de la historia. Las tres primeras páginas son un “flujo de conciencia” donde los pensamientos del narrador van de un lado a otro de forma desordenada. El lector se encuentra con un texto caótico en apariencia. Sin embargo, todo lo que se dice en esas primeras páginas es en realidad coherente, pero está presentado con desorden, por eso parece incomprensible. Y el lector de algún modo se da cuenta; advierte que hay alguna lógica en ese caos y quiere saber qué es. Por eso sigue leyendo. A partir de ahí, el narrador comienza a contar la historia, pero lo hace mediante una serie de flash backs alternados con fragmentos de su presente (que sigue pareciendo absurdo), hasta llegar a un final donde  todo cobra sentido.

            Al hacerlo de esa manera, las elipsis siguen estando ahí, pero disimuladas por los saltos temporales y por el enigmático presente  del narrador, que tira del relato y azuza el interés del lector. Pero lo más importante de todo es que, contada de esa manera, no solo se resolvía el problema de la extensión, sino que además la historia resultaba mucho más interesante. Ese es el poder de la estructura narrativa.

            Más adelante, seguí haciendo experimentos con la estructura. Por ejemplo, en mi novela El coleccionista de sellos me planteé el reto de contar la misma historia tres veces consecutivas, variando sólo el contexto del relato. Creo que ese proceso de experimentación culminó con mi novela La Mansión Dax, donde me propuse lo aparentemente más sencillo: contar una historia con una estructura totalmente lineal (prácticamente comienza con el nacimiento del narrador), y aun así hacerla interesante. Para ello, claro, tuve que recurrir a otra clase de “trucos”.

            Un inciso: para poder diseñar la estructura narrativa, evidentemente hay que conocer previamente la historia. Lo que significa ser “escritor de mapas”. De hecho, en su momento fracasé en el intento de escribir una novela porque intentaba hacerlo con brújula. Cuando comprendí el poder de la estructura, me convertí al instante en un entusiasta escritor de mapas. ¿Cómo manejan la estructura los escritores de brújula? Ni idea.

            Pero, ¿qué tiene esto que ver con ser o no un escritor profesional? Pues lo que ya hemos dicho: un escritor profesional debe ganarse al lector. Y a un lector se le gana despertando y manteniendo su interés en el texto. ¿Recuerdas la anterior entrada, cuando preguntaba por qué un lector sigue leyendo? La estructura es una valiosa herramienta para capturar la atención del lector.

            ¿Y a ti qué narices te interesa, querido lector? La primera cuestión es por dónde comenzar a contar la historia. ¿Por el principio? ¡Vade retro, Satanás! En la mayor parte de los casos, eso es un error. Hay que empezar la narración por el punto de la historia que más curiosidad despierte, que suele estar situado en algún lugar entre la mitad de la trama y el final. Piensa que dispones de entre, digamos, diez y cincuenta páginas para ganarte al lector.

            Quizá la forma más primaria de generar interés es el cliffhanger, que puede traducirse como “colgando del acantilado”. Consiste en dejar a alguno de los personajes principales en una situación de peligro al final de cada capítulo, obligando al lector a seguir leyendo para saber qué pasa. Ha sido muy utilizado en los folletines y las películas de episodios. Pero, en fin, es un recurso tan manido que conviene no abusar de él.

            Creo que la forma más sencilla de estructurar un relato para generar interés son las historias paralelas. Dos historias distintas con protagonistas diferentes que se van narrando más o menos alternativamente hasta acabar confluyendo en algún punto de la trama. El truco está en terminar cada tramo de las diferentes historias en un punto de interés. No necesariamente una situación de riesgo, sino cualquier circunstancia que despierte la curiosidad. Así, el lector experimentará un pelín de frustración por no saber ya lo que quiere saber, y se pondrá a leer la otra historia rápidamente para recuperar la trama anterior. Pero la otra historia también se interrumpe en un punto de interés y… bueno, ya me entendéis.

            Sólo son un par de ejemplos sencillos de cómo generar interés con la estructura. En general, los dos principales factores con los que se juega para atrapar al lector son el suspense y el misterio. Y con esto no me refiero sólo a los thrillers, sino a cualquier género. Lo único que variará serán las causas del suspense y la naturaleza de los misterios.

            Los escritores profesionales de ficción suelen ser escritores que cuentan historias. Y para contar bien una historia hay que dominar las herramientas de la narrativa. Las que acabo de esbozar y muchas otras; p’orque con la estructura no basta, ni mucho menos.

            En mi primera novela juvenil, el texto más largo que había escrito por entonces (300 pag.), recurrí a las historias paralelas. Estaba bien estructurado –no es de extrañar, porque eso me obsesionaba- y era un eficaz pasapáginas. Pero tenía un defecto: los personajes.

            Hablaremos de eso en la siguiente entrega.

12 comentarios:

Óscar Iborra dijo...

Hola,

Un millón de gracias por esta entrada. El poder de la estructura es enorme, desde luego. Con esto que has escrito me has hecho pensar en darle vueltas a mis estructuras y so re todo, a estudiar y explorar, como tú dices. Creo, como novato, que a veces aún creyendo que estamos haciendo piruetas acrobáticas con la estructura, en el fondo nos aferramos, o me aferro -hablaré por mí- a una estructura que bien es la primera o la segunda que he creado, o que es un reflejo de estructuras conocidas de libros que nos gustan.

De nuevo, muchas gracias!

Amparo Vázquez dijo...

Leo lo que estás escribiendo y no me lo creo. Bueno sí que me lo creo, me lo creo y me encanta; pero no salgo de mi asombro. Nos estás dando un magnífico curso del cómo escribir, y es un curso gratuito que no lo da un Juan cualquiera, lo está dando una persona de alto nivel, ganadora de premios literarios de catagoría, entre ellos el Nacional de LIJ y no sigo enumerando para no hacerme pesada.
El asunto es que se están dando cursos de escritura o de cómo convertirse en un buen escritor a precios de escándalo y como si fueran lo más del más, universidades incluidas, algunas. Y apareces tú, así, a la brava y con toda la sencillez del mundo, como si nada. Y me pregunto ¿Hay gente que se deja dirigir y paga por esos "profesores" de escritor teniendo a su alcance lo mejor, la experiencia y la categoría de un experto auténtico al que por su trayectoria y premios lo conocerás y, además, gratis?
Si alguien me lo puede explicar, por favor, que me lo aclare porque yo, no lo entiendo.
Gracias César Mallorquí por estos regalos y ai alguien piensa que esto es "peloteo", le diré que está muy equivocado: es, sencilla y claramente, lo que opino.

César dijo...

Óscar Iborra: Un escritor siempre tiene que estudiar y explorar, desde el día en que escribe su primer texto hasta que se muere. Esa es una de las grandezas de la Literatura: es inabarcable e inagotable. Por otro lado, estoy seguro de que todas las estructuras narrativas que he empleado en mi obra han sido antes utilizadas por otros autores. No las he inventado; las he descubierto, que es muy distinto. Después de casi cinco mil años de literatura, pretender la absoluta originalidad es de ilusos. Lo importante es si la estructura que has diseñado funciona o no. Un saludo.

Amparo Vázquez: Si te has propuesto sacarme los colores, felicidades porque lo has conseguido. Eres muy amable, Amparo; un encanto. Escribo estos post porque en Facebook he visto los comentarios de muchos escritores novatos que aspiran a profesionalizarse, y la mayoría están tan despistados... Intento orientarlos, explicarles cómo es el camino. Pero en algo difiero de ti: esto no es un curso de escritura. Es demasiado general, no entra en detalles. Y como bien sabes, dios está en los detalles. A lo sumo, es una especie de muestrario de los rudimentos de la escritura. Un beso, guapa.

Anónimo dijo...

Hola César!
Qué interesante entrada! Me encantó
¿Cuales fueron esas novelas que te llevabas a la Casa de Campo? ¿Las recuerdas?

Un saludo

Juan H. dijo...

Es que me dejas con los post como con el "Cliffhanger" ya quiero leer el siguiente, el de los personajes que si son malos arruinan una gran novela y los buenos personajes levantan las malas, eso sí, cuando se dan las dos cosas(buena novela y buenos personajes), va y sale "la isla del tesoro", o "la isla de Bowen", vamos,que muchas gracias César!.Y es cierto que hay muchos cursos para aprender a escribir, ahora se llama escritura creativa, pero como bien dices, todos los mecanismos estan ahí y hay gente que cree inventar la pólvora con tochos de 500 páginas en los que no pasa nada. Como lector, lo que busco en una historia es eso que comentabas, que te enganche, me da igual que sea de romanos o de ciencia ficción, pero saber contar una historia que para mí, se acerque a no ver al narrador, a sólo contemplar la historia leyendo, eso es pura magia y lo consigue muy poca gente , entre ellos estás tú, César, y tiene mérito que contandonos como lo haces, nadie puede imitarte. Perdona ¿Tienes el conjuro de la creación?
Anál nathrach,
orth’ bháis’s bethad,
do chél dénmha.
O algo parecido,porque a mi no me funciona... un abrazo muy fuerte y gracias por seguir dandonos estos post que son un regalo.

César dijo...

Anónimo de la 1:58: Ufff, me has hecho pensar. Fue hace mucho tiempo y tengo mala memoria, pero vamos a ver las que recuerdo: "La isla del tesoro", de Stevenson. Es todo un manual de narrativa en sí misma; aprendí mucho con ella. "Trampa 22", de Joseph Heller. "La verdad sobre el caso Savolta", de Mendoza. "El silencio de los corderos", de Harris. "Tigre, tigre", de Bester. "El mundo perdido", de Conan Doyle. "El guardián entre el centeno", de Salinger. "El señor de las moscas", de Golding... Hubo alguna otra, pero estoy en blanco, lo siento.

Juan H: Créeme cuando te digo que no puedo estar más de acuerdo contigo. Bueno, menos en lo que dices de mí, porque sería petulante por mi parte (gracias, por cierto). Yo también quiero que me cuenten historias y que me las cuenten bien. Por eso como escritor me empeño tanto en intentar narrar lo mejor posible. Y convengo al cien por cien contigo que lo más mágico es perder de vista al narrador y que la historia te absorba. Siempre he dicho que lo que intento con mi prosa es que sea transparente, que desaparezca y sólo quede la historia y los personajes.

¿Conjuro de la creación? Pues sí, tengo uno. Mira, acabo de terminar una novela y estoy preparando la siguiente. Ya tengo el argumento básico, pero me falta un detalle para cerrarlo. Llevo semanas dándole vueltas y nada. Anoche, mi mujer me preguntó: ¿Y si no se te ocurre? Y le respondí: "Me sucede con frecuencia, y siempre acaba ocurriéndoseme algo". De modo que ese es mi conjuro: fe, esperanza y cruzar los dedos. Bueno, rezar un padrenuestro al revés mientras sacrificas una virgen al diablo también ayuda :)

JUAN H. dijo...

Seguro que se te ocurre ese detalle para el nuevo argumento, creo que el escritor tiene en la cabeza millones o billones de ideas sumergidas que en un océano o en una sopa gigante y que salen a flote y se unen solas, sin falta de que se intervenga demasiado, es cuestion de esperar y al final sale, seguro. Creo que a Borges se le ocurrían algunos poemas o relatos soñando por la noche, que eso ya es rizar el rizo, aunque lo mejor es la versión satánica desde luego, pero nombrando a Jardiel Poncela,¿Hubo alguna vez once mil virgenes?

Romaysaa Jied dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Romaysaa Jied dijo...

Muy buen relato, es muy interesante que puedas darnos consejos a los novatos sobre el oficio de escribir. Soy muy fan de todos tus libros y estaría muy agradecida si me pudieras contestar una preguntas que envíe al correo del blog.
Muchas gracias

Samael dijo...

¿Y qué me dices de esos autores que utilizan estructuras de forma tan delicada que apenas se nota que existen? Las estructuras y los recursos narrativos pueden estar demasiado a la vista (o utilizados de forma desmedida, como el caso que mencionas del "colgando de un acantilado"), o bien estar presentes pero sin que se noten. No voy a poner el ejemplo de las especias en la alta cocina porque yo mismo me lo recriminaría.
Acabo de leer el último libro de Murakami, un tocho de casi 500 páginas en menos de una semana; es el primer libro y ya estoy deseando que aparezca el segundo que me imagino será igual de tocho. La narración es lineal, aunque mira al pasado de vez en cuando, el narrador es en primera persona (Murakami utiliza solo la primera persona, que yo recuerde) y a pesar de que todo responde a planteamientos aparentemente sencillos, o quizá por eso, la lectura es una fuente constante de satisfacción. Elegante, ese es su gran secreto (el de Murakami). Quiero decir que a la hora de atrapar la atención del lector, el estilo es la baza que más cuenta, ¿no te parece? Y eso no se aprende fácilmente. Sobre este asunto del estilo tengo mis propias teorías aunque no es el momento de hablar de ellas.
Te felicito por tu generosidad revelando los "principia literae" (el latín me lo he inventado)

Samael dijo...

en realidad, la estructura siempre está demasiado a la vista, me refería más bien a los recursos. Es imposible no darse cuenta de si el narrador es protagonista, testigo o una especie de dios que lo sabe todo, hasta los pensamientos más íntimos de cada personaje. Sorry.

César dijo...

Samael: Todo lo que he comentado hasta ahora son técnicas. Y como tales técnicas pueden usarse bien o mal, por supuesto. Si por "estilo" entiendes la prosa, no, no creo que sea la baza que más cuenta para atrapar al lector (aunque en algunos casos, pocos, puede serlo). En realidad, lo que atrapa al lector es un conjunto de elementos, no uno solo. No obstante, si me preguntaras cuáles de esos elementos son los más importantes, yo diría que la estructura y los personajes. ¿La estructura está siempre demasiado a la vista? Tampoco lo creo; algunos factores de la estructura, como el narrador que citas, suelen ser muy visibles (aunque la naturaleza del narrador puede ser equívoca, como en caso del narrador-testigo), pero otros factores son invisibles, como el flujo de la información, por ejemplo.