miércoles, noviembre 14

El oficio de escribir IV



            ¿Cómo van a interesarte las cosas que ocurren en una novela si no te interesan los personajes a quienes les ocurren? Había experimentado ya con la creación de personajes en mis novelas El coleccionista de sellos y La casa del doctor Pétalo; pero cuando escribí mi primera juvenil, obsesionado como estaba con la estructura, me olvidé de trabajar los personajes. Un error.

            Así que mi nueva obsesión fue el diseño de personajes. En mi siguiente novela, El último trabajo del sr. Luna, presté especial atención a uno de los personajes, Doña Flor, intentando dotarlo de la mayor humanidad posible. Y en la siguiente, La cruz de El Dorado, me propuse que todos los personajes, incluso los más secundarios, fueran especiales y tuvieran caracteres muy marcados.

            “Dime lo que dices y te diré quién eres”. El diseño de personajes es uno de los puntos débiles más usuales entre los escritores novatos y entre no pocos escritores profesionales. Esto no es un curso de escritura, así que no me voy a meter en cómo se construye un personaje. Baste señalar que hace falta un montón de observación previa del género humano. Pero sí voy a comentar cómo se transmite la personalidad de los personajes.

            Es un error hacer que el narrador “explique” al personaje. Y lo es porque si el personaje no transmite su personalidad, explicarlo no sirve para nada. ¿Y cómo la transmite? En mi opinión, de tres maneras: 1. Por lo que otros personajes comentan acerca de él. 2. Por lo que hace. 3. Por lo que dice y cómo lo dice. Esto último es muy importante. Todo diálogo debe contemplar a la vez dos objetivos: comunicar algo y definir al personaje. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

            “Dialoguemos”. Algunos escritores desconfían de los diálogos y los utilizan lo menos posible. Como García Márquez, que decía: “El diálogo en lengua castellana resulta falso”. Sin embargo, otros escritores, como Manuel Puig, llegan a escribir novelas que son todo diálogo.

            En realidad, el escritor colombiano tenía razón: los diálogos de las novelas siempre son falsos. En la vida real no hablamos así; lo hacemos con errores de sintaxis y repeticiones, de forma atropellada, con cortes bruscos o dejando frases sin terminar. Si en una novela transcribiéramos diálogos reales, quedaría horrible.

            Así que, en efecto, los diálogos literarios son falsos. Pero, y ahí está el problema, deben sonar naturales. Para ello hace falta entrenar el oído. Por otro lado, no hay nada más triste que una novela donde todos los personajes hablan igual. Como decía en el punto anterior, los diálogos deben reflejar retazos de la personalidad del personaje. Para ello, el escritor debe interiorizar al personaje, convertirse en él, hablar como él. Yo sé que he construido mal un personaje cuando me cuesta escribir sus diálogos. Eso significa que lo he diseñado mal y no puedo interiorizarlo. Si estuviera bien diseñado, los diálogos surgirían con naturalidad.

            Sólo un apunte más: A los lectores, en general, les gustan los diálogos.

            “Descríbemelo, por favor”. Pero a los lectores, en general, no les gustan las descripciones. Es cierto que hay auténticos genios de la descripción, como Proust; pero, reconozcámoslo, todos hemos leído alguna vez en diagonal cuando un autor se pone estupendo describiendo algo. No obstante, las descripciones son necesarias y minimizarlas es un error. La cuestión es cómo hacerlas sin ponernos coñazo.

            Yo tengo un sistema que llamo “naturalista”, porque intenta reproducir lo que hacemos en la realidad. Consiste en no describirlo todo de un tirón, sino por partes que vas intercalando en medio de una acción o, sobre todo, de una conversación. Pondré un ejemplo: vamos a entrar en un despacho que no conocemos para hablar con un amigo. Entramos en el despacho y lo primero que percibimos es una impresión general del lugar: ¿Es amplio o pequeño? ¿Oscuro o luminoso? ¿De estilo clásico o moderno? ¿Muy decorado o poco? ¿Lujoso o modesto? ¿Algún detalle sobresale? Todo eso lo observamos mientras caminamos hacia el escritorio. Saludamos a nuestro amigo, nos sentamos frente a él y comenzamos a charlar. Y mientras hablamos, paseamos la vista por el despacho y nos fijamos que ese cuadro de ahí es una copia de Modigliani, o que sobre la mesa descansa la foto de una mujer. ¿Comprendéis? Al fragmentarla, la descripción no se hace pesada. Pero bueno, ese es mi método, que no tiene por qué ser el mejor.

            Sin embargo, las descripciones no solo sirven para describir. También se utilizan para crear ambientes y provocar emociones. Y eso se consigue con la prosa.

            “Seamos prosaicos al estilo latino”. Me sorprenden esos autores que sólo manejan un tipo de prosa, escriban el relato que escriban. En mi opinión, cada historia exige su propia prosa, porque la prosa definirá el tono del relato. Yo manejo habitualmente al menos tres estilos distintos de prosa, aunque todos ellos comparten algo que luego comentaré.

            La prosa puede ser como os dé la gana: barroca, minimalista, laberíntica, funcional, colorista, elegante... lo que más os guste. Pero siempre ha de ser expresiva, capaz de despertar emociones. Y debe fluir con la suavidad de un mecanismo bien engrasado. Eso, que la prosa fluya sin sobresaltos, que cada línea enlace con la siguiente con naturalidad, que los párrafos se engarcen entre sí como cuentas de un collar, todo eso es muy importante para mí. Hace que el lector se sienta cómodo leyendo, incluso que se olvide de que está leyendo.

            En lo que a mí respecta, sea cual sea el estilo que emplee, mi objetivo es que la prosa se note lo menos posible, que sea transparente, de tal forma que en la mente del lector sólo quede la historia y los personajes. Empleo figuras retóricas, pero nunca como alarde estilístico, sino por su funcionalidad y con moderación. Pero esa es mi opción, que por supuesto no tiene por qué ser la mejor, ni siquiera buena.

            Cuando era un alocado y melenudo jovenzuelo realizaba un ejercicio que me vino muy bien. Escogía a una serie de autores de prosa muy marcada; por ejemplo, García Márquez, Borges, Delibes, Lezama Lima, Cela, Carpentier… Elegía a uno de ellos, leía fragmentos de alguna de sus obras y luego escribía un breve texto intentando imitar su prosa. Era divertido.

            “Vale, ¿y qué?”. Todo lo que he citado hasta ahora son técnicas narrativas. Creo que cualquier aspirante a escritor profesional (o escritor a secas) debe conocerlas, porque, precisamente por ser técnicas, se pueden aprender. Pero, ojo, no se trata sólo de entenderlas, ni siquiera de asimilarlas, sino más bien de interiorizarlas de tal manera que funcionen de forma automática (más o menos como aprender a conducir). Y eso, amigo mío, requiere tiempo, mucho tiempo. Por eso, cuando un aspirante a escritor me pide consejo, siempre le digo lo mismo: paciencia. Porque escribir es uno de los trabajos que más paciencia requieren.

            El caso es que son técnicas, la carpintería del oficio. Pero en la escritura intervienen otros factores que no se pueden aprender. Cultivar sí; aprender no. Y, probablemente, son los factores más importantes.

            Hablaremos de ellos en la próxima entrega de esta apasionante serie.

 
            Nota: Cuando tenía catorce años aprendí a escribir a máquina en una Underwood muy parecida a la de la foto. Ya era una máquina muy vieja por aquel entonces; la heredé de mi padre. Aún la conservo.

6 comentarios:

Joaquín dijo...

¡Preciosa máquina!

Me sobrepasa mi ignora. Todo tu método, el cual voy siguiendo paso a paso según lo vas escribiendo, ¿lo sabían los clásicos?, es decir, ¿no podrían haber surgido por emergencias, sin saber nada de método que postulas? ¿Es que acaso no existe el p... genio? El método puede ser algo así como el conduce sin tener ni idea de mecánica. Que explicas de forma excelente y admirable: el cómo... Pero es como el que levanta el capó de vehículo -averiado- para ver qué habrá pasado y por qué se le ha parado el motor; además tiene todas las herramientas a su alcance, pero, no tiene ni idea de por donde comenzar, ni siquiera sabe si afloja la tuerca apropiada (válgame el símil mecánico).
No quiero desanimar a los escritores, pero saber el método no significa que vayan a reparar el coche -¡Vaya hoy me ha dado por la mecánica!-. Para mí debe de haber más chispa de genialidad que de método. Porque bastaría con aprender el método para que todo quisqui viviera como escritor. El que no valga para escribir que haga oposiciones o algo, ¡hombre! :-)
Saludos.


Gini-Gini dijo...

Mi mayor obsesión escribiendo es precisamente la de los personajes: darles una voz propia.
Siempre me hago una ficha con mis personajes, desarrollando su historia, manías, dificultades, etc aunque luego la mayoría ni lo mencione... pero gracias a eso nunca tengo dificultad en que sus diálogos salgan solos (que luego meta la pata y se me olvide algo es otra cosa... pero bueno, hay que seguir esforzándose con ello xD)

Sin embargo con las descripciones si que no me gusta pararme demasiado a menos que quiera enfocar algo en especial por algún motivo concreto. He leído muchas novelas en las que se enrollan a explicar detalles del entorno o de los personajes que no tienen ningún interés y termino haciendo lo que has dicho: leer en diagonal. Y sí, lo describen muy bien y puedo hasta ver lo que me están describiendo, pero es que esa descripción no me sirve para nada en la historia y no me ayuda a meterme... por eso creo que es buena idea fragmentarlo como dices o no ser muy pedante ni quisquilloso con lo que se describe. Creo que una descripción simple y certera es más amena que una descripción al detalle (a menos que ese algo sea super importante de conocer bien).

Otra cosa que me gusta usar de vez en cuando es un narrador con opinión y personalidad. Aunque sea omnisciente y no participe en la obra, creo que queda más dinámico y que a veces puede amenizar mucho una situación que puede ser algo aburrida para el lector pero que para la historia es necesaria (Stephen King creo que es un buen ejemplo de este tipo de narrador.)

De todas maneras, creo que escribir es como dibujar: nunca terminas de aprender. Eso es lo divertido (y lo frustrante) de las artes, me parece jajaja

Juan H. dijo...

Sin duda los personajes son para mí el alma de la novela, pero no puedo dejar de pensar en la imaginación y el talento del autor, porque cada día que pasa creo que escribir es muy complejo, lleva muchos, muchos años y aunque un ecritor haga las cosas de manera correcta técnicamente hablando creo que el alma de la novela la aporta el el toque personal, la imaginación y como ha vivido su vida el escritor para transmitir o querer contar determinadas historias(no es la misma la novela la que escribes con 20 años que con 60), y claro, cada persona es distinta. Para mí sigue siendo un crisol del que si el 90% es la técnica, lo otro es todo eso que he comentado, porque ¿Cuantos libros , películas o creaciones artisticas estan perfectamente ejecutadas pero no tienen alma, no funcionan o no enganchan? (y no hablo de talento ) un montón creo de todo lo que se publica, auqnue mucha gente pica. Magnifico post, César, gracias por estos post que humanizan más al escritor.
Juan H.

Ana González Duque dijo...

Me encanta esta serie. Me pica constantemente la curiosidad para experimentar pero he acabado la lectura del post con una envidia tremenda: ¡una Underwood!

César dijo...

Joaquín & Juan H: Ay, señor, señor, qué impacientes sois... Por supuesto, tenéis razón: lo que he descrito hasta ahora son técnicas y conocerlas no garantiza que vayas a escribir, no ya una obra maestra, sino ni tan siquiera buena. Hace falta algo más, ciertos intangibles que son los que determinan si algo es arte o no. O, como dice Juan, si tiene o no alma. Pero de eso voy a hablar en la próxima entrada. ¡Impacientes! :)

Gini-Gini: Pero no olvides que las descripciones son importantes; no sólo para describir, sino también para crear ambiente.

César dijo...

Ana González Duque: Pues sí señora, ahí tengo mi Underwood, adornando el salón. Es muy bonita, pero escribir con ella era un martirio. ¡Qué teclas más duras tenía la condenada!