lunes, mayo 23

Crononautas, aliens y otras hierbas

 

            En la anterior entrada surgió, no sé muy bien cómo, una interesante charla sobre viajes en el tiempo y paradojas. Se trata de uno de los temas básicos de la ciencia ficción (cf)... aunque, ahora que lo pienso, yo nunca he escrito un relato de esa temática. Bueno, casi, porque mi novela El coleccionista de sellos trata, no de viajar en el tiempo, sino de mandar mensajes al pasado y modificar la historia.

            Para darnos cuenta de la importancia de este subgénero de los viajes temporales, basta con considerar que la primera novela de H. G. Wells, el padre de la cf, fue precisamente La máquina del tiempo (aunque la primera historia de máquinas del tiempo, El anacronópete, la escribió un autor español Enrique Gaspar en 1887, ocho años antes de que Wells publicara su novela).

            Hay, no obstante, otras temáticas de la cf tan básicas como los viajes temporales. Así, de memoria, se me ocurren los siguientes: Viajes espaciales. Universos paralelos. Apocalipsis. Poderes mentales. Mutantes. Inteligencia Artificial/Robótica. Alienígenas. Ucronías. Distopías. Transhumanismo. Inmortalidad. Superciencia. Divinidad. Futuro lejano.

            Creo que éstas son las temáticas principales; es decir, las que conforman el núcleo básico del género. Hay otras, claro, pero son, por decirlo así, temáticas compuestas, como el space opera o el cyberpunk. En cualquier caso, hay que hacer algunas aclaraciones. En primer lugar, ¿por qué incluyo la Divinidad como temática de cf? Pues porque, según y cómo lo mires, Dios puede ser un concepto de cf (la teología es una rama más de la literatura fantástica, Borges dixit). Y no solo eso; Dios es un concepto frecuentemente explorado por la cf, y basta con recordar 2001: Una odisea del espacio.

            Por otro lado, cabría preguntarse si las ucronías y las distopías son realmente ciencia ficción. Hay opiniones para todos los gustos, pero yo diría que por tradición, sí. También cabe plantearse si alguna de esas temáticas no es más fantasía que cf. Por ejemplo, los poderes mentales. Durante un tiempo se creía que eso de la percepción extrasensorial tenía una base científica, así que la cf la usaba con frecuencia (por ejemplo en La Fundaciones de Asimov o en Muero por dentro, de Silverberg). Pero ahora sabemos que eso de la telepatía, la telequinesis o la precognición no son facultades reales.  No existen, así que serían magia, no ciencia.

            Igual sucede con el viaje en el tiempo. Estoy convencido de que es imposible trasladarse al pasado y actuar sobre él. ¿Por qué? Pues porque en cuanto te planteas el viaje al pasado, descubres que las paradojas crecen como hongos. Y las paradojas encajan mal con la realidad. Son una señal de algo no marcha bien con la lógica que estás empleando; como cuando en una operación matemática empiezan a aparecerte infinitos. Además, dado que la única forma de generar una ucronía sería viajar en el tiempo y alterar la historia, y como viajar en el tiempo es imposible, entonces las ucronías no son posibles. No obstante, como el mecanismo de la cf es la plausibilidad, no la realidad, y también por tradición, aceptamos que las máquinas del tiempo, los poderes mentales y las ucronías son cf (aunque, sensu stricto, deberían ser fantasía). Por lo demás, el resto de las temáticas entran en el ámbito de lo posible (sí, incluida la divinidad; o, más bien, ciertas formas de divinidad).

            Como buen friki de la cf que he sido (y en parte sigo siendo) muchas veces me he preguntado qué acontecimiento de cf me gustaría vivir. O, dicho de otra forma, qué temática de cf me gustaría protagonizar. Bueno, supongo que todos elegiríamos la inmortalidad. Lo que pasa es que, para darte cuenta de que eres inmortal, ha de pasar bastante tiempo. Además, se trata de un don con facetas oscuras (como por ejemplo que se vaya muriendo toda la gente a la que quieres mientras tú sigues fresco como una lechuga).

            Viajar en el tiempo molaría un huevo. Entre otras cosas, porque podrías forrarte apostando. Pero dejando aparte eso, sería fabuloso visitar el Stonehenge de hace cuatro mil años, o el Imperio Romano en su apogeo, o el Egipto de los faraones... También sería cojonudo poseer poderes mentales, adivinar el futuro, leer la mente o ponerte cabrón en plan Carrie. Lástima que ni el viaje en el tiempo ni los poderes mentales existan.

            Viajar por el espacio también estaría bien. Visitar otros planetas, otras estrellas... Aunque me temo que esa clase de viajes consistiría, básicamente, en quedarse encerrado en la nave sin poder salir. Desplazarse a universos paralelos, sin embargo, no me parece del todo atractivo. La realidad alternativa puede ser de cualquier manera (de hecho, será de todas las maneras posibles), y pudiera ser que te tocara un universo paralelo de lo más coñazo. ¿Os imagináis caer en una realidad poblada por clones de Rajoy? Tampoco tengo especial interés en ver a un mutante, ni en conocer la humanidad de dentro de, pongamos, 20.000 años. ¿Cómo sería? Pues incomprensible. Y, por supuesto, ni la menor gana de enfrentarme a cualquier forma de divinidad.

            Así pues, si tuviera que elegir una temática de cf para vivirla, creo que escogería a los alienígenas. ¿Os habéis parado a pensar en nuestra soledad como especie? No conocemos a ningún ser semejante a nosotros, no compartimos con nadie aquello que nos singulariza: la inteligencia. La raza humana es un monólogo sin diálogo posible. Por eso, creo que descubrir la existencia del “otro”, del alienígena, supondría un inmenso cambio cultural y personal. Dejaríamos de estar solos.

            Aunque, claro, los aliens pueden venir en plan hjijoputa, a lo Independence Day. O, más probablemente, serían totalmente incomprensibles. Pero da igual (me refiero al segundo caso, no al primero); el mero hecho de saber que existen ya sería maravilloso. Además, teniendo en cuenta que los alienígenas, si han llegado hasta aquí, han de poseer una tecnología fabulosa, igual nos invitan a viajar por el tiempo y el espacio, y a trasladarnos a universos paralelos, y puede que nos proporcionen poderes mentales, o que nos hagan inmortales... ya puestos, podrían convertirnos en Linterna Verde. Como veis, esta elección sería un “todo en uno”.

            Ahora bien, si me olvido de los cómics e intento contemplar el asunto de forma adulta (si es que hay alguna forma adulta de contemplar este asunto), ¿de qué temáticas de cf estamos más cerca ahora, en nuestra actual sociedad? Pues yo diría que de la inteligencia artificial y la robótica. Pero también de la distopía y del apocalipsis. ¿O soy demasiado pesimista?

viernes, mayo 13

Espías y Vikingos



Ante todo, mis disculpas queridos merodeadores, porque últimamente he desatendido mucho el blog. Pero es que estoy muy, pero que muy liado, y por todas partes. Entre otras cosas, no paro de dar charlas, tanto en Madrid como fuera de Madrid. Ay, señor, señor... Si lo que yo sé hacer es escribir, ¿qué interés tiene oírme hablar? Satisfacer la curiosidad, supongo. “¿Cómo será el capullo que ha escrito ese libro?”. Pues calvo y viejo. Pero, eso sí, grande y con unos preciosos ojos azules.

            El caso es que, entre unas cosas y otras, no he tenido tiempo de escribir; ni novela, ni relato, ni artículos, ni posts, ni nada. Lo que me provoca a partes iguales culpabilidad y frustración. Ahora debería continuar mi anterior post sobre la fe, pero no me apetece un pijo, así que vamos a hablar de algo más ligero. De series de TV, por ejemplo. A fin de cuentas, acaba de estrenarse la sexta temporada de Juego de Tronos, lo que hoy en día constituye un auténtico acontecimiento mundial (un acontecimiento que sólo algunos estrenos cinematográficos, muy pocos, pueden igualar. Cómo ha cambiado la tele, ¿eh?).

            Vale, Juego de Tronos es una serie inteligente, y espectacular, y está hecha de cojones, y los diálogos son brillantes, y las situaciones imaginativas, y los actores están muy bien... pero, lo confieso, tengo la sensación de que esa serie no hace más que girar sobre sí misma, generando un efecto centrífugo que escupe cadáveres y no parece conducir a ninguna parte. Entendedme, Juego de Tronos me divierte, pero empiezo a preguntarme por qué. Da igual; sobre JdT ya escribe mucha gente y yo quiero hablar de un par de series menos conocidas.

            La primera es The Americans, creada por Joe Weisberg para Amblin y Fox, y protagonizada por Mathew Rhys y Keri Russell. Va de una típica familia norteamericana –papá, mámá, una hija y un hijo- que reside en los años 80 a las afueras de Washington, donde tienen una agencia de viajes. Una familia enteramente normal salvo por un pequeño detalle: papá y mamá –Philip y Elizabeth- son, en realidad, agentes encubiertos del KGB. Espías soviéticos.

            Lo interesante de la serie es que está narrada desde el punto de vista de los espías. Hay otras dos subtramas, una centrada en el entorno ruso y otra en el del FBI, pero los protagonistas absolutos son Philip y Elizabeth, y con ellos empatiza el espectador. Es decir, con los malos. ¿O no son los malos? Desde luego, no son unos angelitos: manipulan, roban, chantajean, seducen, mienten y, si hace falta, asesinan. Pero, ¿son malos o simplemente cumplen con su deber? Si en vez de espías rusos en Estados Unidos fuesen espías estadounidenses en Rusia, ¿serían los malos? En ese punto de ambigüedad moral se mueve la serie, y ahí reside gran parte de su interés. En fin, sigue habiendo cierto maniqueísmo, los soviéticos son malos, pero no mucho peores que los miembros del FBI.

            La segunda serie es Vikingos, creada por Michael Hirst para el canal Historia. ¿Qué tiene de bueno esa serie? Pues su mismo título lo dice: trata sobre vikingos. ¿Os parece poco? Porque, vamos a ver, no sé si sucede lo mismo con las chicas, pero ¿a qué tío no le gustan los vikingos? Son uno de los grandes arquetipos de la infancia, son sinónimo de épica y aventura, son leyenda en estado puro. ¿Quién no ha soñado de niño con navegar a bordo de un drakkar? ¿Cómo no estremecerse de placer al oír una frase tan contundente como “¡Dios nos libre de la furia de los normandos!”?

            Hasta ahora, el mejor producto audiovisual sobre los Hombres del Norte era el film Los Vikingos (1958), de Richard Fleisher, con un maravillosamente cabreado Kirk Douglas, un feroz Ernest Borgnine, una preciosa Janet Leigh y un blandorrillo Tony Curtis. Una película excelente, por cierto.

            Vikingos, la serie, está más o menos basada en un personaje medio histórico, medio legendario, el líder normando Ragnar Lodbrok, que en el siglo IX se dedicó alegremente a saquear Inglaterra y Francia. No se trata de un documental, sino de una serie de ficción, pero está extraordinariamente documentada, tanto en los aspectos históricos como en los antropológicos.

            Tampoco es una serie amable. El prota es -como eran todos los guerreros en aquella época- extremadamente cruel, y para comprobarlo basta con ver el capítulo donde somete a uno de sus rivales a una tortura llamada “Águila de Sangre” (pone los pelos de punta). Además, el actor que lo interpreta, Travis Fimmel, consigue parecer en todo momento un psicópata. No se trata, ni mucho menos, de una de esas ficciones históricas en las que a los personajes se les adjudican personalidades modernas. No, ahí todo el mundo es consecuente con su época, y todos parecen a punto de matar a alguien (cosa que hacen con frecuencia).

            Pero, sobre todo, Vikingos es, probablemente, la mejor serie de aventuras que se ha emitido por TV en mucho tiempo. Si no te gusta, me temo que tu niño interior está pachuchillo.

jueves, abril 14

Las conferencias de hoy



            Hoy, jueves 14, prosiguen las jornadas sobre mi padre en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14)

            Jueves 14 de abril, 19 horas.

A. Al margen de ‘El Coyote’: la otra narrativa de José Mallorquí. “José Mallorquí, más allá de El Coyote”. Conferencia a cargo de RAMÓN CHARLO, coleccionista, escritor y especialista en literatura popular española. 40’

B. Mallorquí y la radio de los sesenta. “José Mallorquí y la radio española del franquismo”, conferencia a cargo de ARMAND BALSEBRE, catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad (Universidad Autónoma de Barcelona). 40’

lunes, abril 11

Fe



            Estoy leyendo un libro, El fin de la fe, del filósofo Sam Harris, de lo más interesante. Digo que es interesante porque Harris expone ideas que yo sostengo desde hace tiempo, y no hay nada como la comunión intelectual para despertar interés. ¿Qué ideas? El subtítulo del libro es revelador: Religión, terror y el futuro de la razón. En fin, apenas llevo leídas unas sesenta páginas, así que lo que voy a decir a continuación es de mi cosecha.

            Creo que los europeos tenemos una idea un tanto equivocada acerca del fenómeno religioso. En España, por ejemplo, el 70’6 % se declara católico (un 2’3 % pertenece a otras religiones). Sin embargo, del total de los creyentes sólo un 12’1 % confiesa acudir a los oficios religiosos siguiendo los preceptos de la Iglesia. Es decir que para la inmensa mayor parte de los creyentes españoles, la religión apenas ocupa lugar en sus vidas, más allá de las ceremonias sociales (bodas, bautizos...), e incluso éstas cada vez menos.

            Pero eso no es así en el resto del mundo. Para cientos de millones de personas, la religión es un aspecto sustancial de su existencia, hasta el punto de determinar su forma de vivir, de pensar y de relacionarse con el resto de la humanidad. Esta entregada y obstinada adscripción a un conjunto de creencias está basada en un principio fundamental para todo fenómeno religioso: la fe.

            La fe consiste en creer en algo aunque no se tengan evidencias de ello y por absurdo (o insólito) que parezca. Para todas las religiones -con la curiosa excepción parcial del budismo-, la fe es algo positivo. Creer a ciegas en algo que va contra la razón... Eso, que en casi cualquier otro aspecto de la vida conduciría al diván del psiquiatra, en el ámbito religioso se convierte mágicamente en la mayor de las virtudes. Cuanta más fe tenga un creyente, más cerca de la santidad estará.

            Porque hay fes de distintos calibres. Por ejemplo, una cosa es creer en la existencia de un dios, así, en abstracto, sin meternos en detalles, y otra muy distinta creer que ese dios es un elefante con cuatro brazos, o que tiene cabeza de chacal, o que nació de una virgen, o que vive en el planeta Kólob, o que premiará a los fieles en el otro mundo con 72 zagalas complacientes...

            Si la fe consiste en creer en algo careciendo de evidencias, y si la fe es una virtud, entonces cuanto más inverosímiles y absurdas sean las creencias, más fe hará falta para creérselo y más virtuoso será quien la profesa. Y una vez que te has tragado algo intragable, ya te tragas cualquier cosa. Así funciona la fe.

            Puede que algún merodeador creyente, probablemente católico, difiera conmigo en este último punto. Yo creo en las enseñanzas del cristianismo, dirá, y eso no significa que sea un iluso que me crea cualquier cosa. Y yo estaré de acuerdo con él, pero le diré que eso es así porque es un creyente occidental y su fe no es gran cosa (comparada con otras fes).

            Pongamos un ejemplo: la Santísima Trinidad. Es un dogma de fe, pero, convengámoslo, no hay quien lo entienda (¿qué demonios es el espíritu santo?). Y no hay quien lo entienda porque es absurdo (al menos, a mí me lo parece). Este asunto proviene de los inicios del cristianismo, cuando Pablo de Tarso desgajó la doctrina de Jesús del judaísmo, y comenzó a predicarla entre los gentiles. Había mucha competencia, sobre todo de religiones orientales, donde abundan las trinidades (Isis-Osiris-Horus, Brahma-Siva-Vishnú, Ea-Marduk-Guibil, etc.), así que los primitivos cristianos, para conseguir adeptos, se sacaron de la manga una trinidad intentando conciliarla con el monoteísmo. El resultado fue un concepto decididamente extraño: un único dios que al tiempo es una trinidad.

            Pero no me voy a meter en si la Santísima Trinidad existe o no, eso es otro tema. La cuestión es que un hipotético católico deberá aceptar la existencia de esa trinidad, aunque no la entienda y aunque suene absurda. La aceptará a base de fe, que es creer en lo increíble. Ahora bien, a ese supuesto creyente le plantearía dos preguntas: ¿Estás dispuesto a matar para defender tu fe en la Santísima Trinidad? Y más importante aún: ¿Estás dispuesto a morir en defensa de esa fe? Me imagino que la respuesta a ambas preguntas, sobre todo a la segunda, es no, ni de coña. Porque la fe de nuestro virtual creyente no da para tanto. Por fortuna.

            Sin embargo, no hay prueba más contundente de la fortaleza de una fe que dar la vida por ella. En el catolicismo, el martirio es el único camino directo e incuestionable a la santidad. Si das la vida por tu fe, te conviertes automáticamente en santo, que es la máxima distinción que puede alcanzar un creyente. Lo mismo sucede en el islamismo.

            Estoy seguro de que ninguno de los merodeadores creyentes estaría dispuesto a dar su vida, o a quitar una ajena, por defender sus creencias religiosas. Porque son personas civilizadas dotadas de una ética personal que va más allá de la moral religiosa. Y, además, aunque no lo sepan, son creyentes críticos y selectivos en cuanto a su propia doctrina. Por ejemplo, la mayoría de los creyentes aceptan que los relatos recogido en el Génesis (Adán y Eva, Noé, etc.) no son históricos, sino fábulas con un significado simbólico y ético (porque la capacidad de tragaderas –es decir, la fe- de los creyentes de aquí tiene un límite). Por otro lado, hay versículos de la Biblia que defienden la esclavitud (p. ej.: Éxodo 21:2-6 o Levítico 25:44-45), pero los creyentes no los leen, y si lo hacen lo justifican diciendo que eran otros tiempos (y olvidando que, en teoría, se trata de la palabra de Dios, y por tanto eterna e inmutable).

            La Biblia, supuestamente, es toda ella la palabra de Dios transcrita mediante la revelación, así que todo lo que se dice en ella tiene el mismo peso y es una verdad absoluta. Sin embargo, la mayoría de los cristianos suelen pasar por alto el Antiguo Testamento (con ese dios tribal, colérico y caprichoso) y centrarse casi exclusivamente en los Evangelios. Porque, las cosas como son, la moral del Nuevo Testamento es mil veces más moral que la del Antiguo.

            El caso es que la mayoría de los creyentes occidentales “adaptan” a su manera las doctrinas religiosas, quedándose con lo que consideran bueno, e ignorando o rechazando aquello que les parezca negativo o demasiado absurdo (aquí conviene recordar que esa actitud, hace quinientos años, les habría llevado a la hoguera). Y eso se debe a muchas cosas: a la reforma, a tres siglos de pensamiento laico, a la ciencia, a la educación generalizada... Todo eso ha debilitado la fe de los creyentes. Por fortuna, insisto.

            Ahora bien, no olvidemos que en el mismo Occidente, en Estados Unidos por ejemplo, hay un buen número de cristianos integristas que se toman la Biblia literalmente. Para ellos, Adán y Eva existieron, Noé metió unos cuarenta millones de especies animales en un barco de madera, o la Tierra (el universo entero en realidad) fue creada en la madrugada del 23 de octubre del año 4004 a.C. (sic). Evidentemente, para creerse todas esas insensateces hay que tener unas tragaderas descomunales. Es decir, una fe muy intensa.

            ¿Y qué ocurre con las sociedades, y con las religiones, donde no ha habido ni una reforma, ni asomo de pensamiento laico, ni pizca de ciencia, ni educación generalizada? ¿Cómo es la fe de esa gente? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué puede hacer? Porque, no lo perdamos de vista, la fe es una fuerza muy, pero que muy poderosa.

            Y aquí, amigos, os dejo para que reflexionéis sobre este apasionante tema hasta el siguiente post. Ciao.

miércoles, abril 6

Continúa el ciclo de conferencias sobre mi padre



            Mañana, jueves siete de abril, a partir de las 19:00, tendrá lugar en la Casa del Lector del Matadero (Pº de la Chopera 14) la segunda jornada de charlas sobre la figura de mi padre y su obra. Serán dos conferencias:

            A. De la España bélica a las postrimerías del franquismo: auge de la literatura popular y madurez creativa de J. Mallorquí. “La pluralidad del uniformismo hacia 1950”, conferencia a cargo de JORDI GRACIA, catedrático de Literatura Española (Universidad de Barcelona) y ensayista. 40’

B. El Oeste, espacio de leyenda. ‘El Coyote’ y las novelas de vaqueros. “El Coyote, un héroe hispano en un Oeste hispano”, conferencia a cargo de MANUEL BLANCO CHIVITE, periodista y director de El Garaje Ediciones. 40’

            Espero veros por allí.

            Nota: En la foto, uno de los juguetes que, como primitivo merchandising, se vendieron en los años 50 amparándose en la fama de El Coyote. Yo, de pequeño, tuve unas pistoleras como esas; pero eran de plástico cutre y se rompieron enseguida. Ese juguete es uno de los objetos más peculiares que se exhiben en la exposición ANTIFAZ.

martes, marzo 29

Conferencias sobre José Mallorquí


 
            Queridos merodeadores, con motivo de los actos programados para la exposición ANTIFAZ, el próximo jueves, 31 de marzo, a partir de las 19:00, comenzará el ciclo de encuentros y conferencias dedicadas a mi padre y a su obra. El acto tendrá lugar en las aulas de la Casa del Lector del Matadero (Paseo de la Chopera, 14)

Os copio el texto del programa:

Sesión 1. Hacia un nuevo paradigma lector. Jueves 31 de marzo, 19 horas.
A. Sociedad de masas, sociedad lectora: la España que vio nacer a José Mallorquí.
“Entregarse a la lectura: las primeras lecturas del joven Mallorquí”, conferencia a cargo de JEAN-FRANÇOIS BOTREL, hispanista y catedrático emérito de Lengua y Cultura Hispánicas (Universidad de Rennes 2). 40’
B. José Mallorquí, una visión familiar. Encuentro con: MANUEL BLANCO CHIVITE, periodista y director de El Garaje Ediciones; ABILIO FERNÁNDEZ, locutor radiofónico; CÉSAR MALLORQUÍ, escritor. Modera JOSÉ LUIS MARTÍNEZ MONTALBÁN, historiador y crítico de la literatura popular y del cine españoles. 60’

            A los que viváis en Madrid os animo a asistir, porque será de lo más interesante. Y, como suelo decir, además podréis encontraros conmigo, que soy un encanto.

lunes, marzo 21

Críticas



            Por fortuna, la mayor parte de las críticas que he recibido como escritor han sido positivas; unas más, otras menos, pero digamos que la nota media es de notable. Además, los premios que he obtenido me sugieren que, objetivamente, no debo de ser del todo mal escritor. Por otro lado, soy consciente de algo: es imposible gustar a todo el mundo Por bueno que seas, da igual; siempre habrá alguien que se cisque en lo que has escrito.

            No obstante, y ahora voy a desnudar mi alma ante vosotros, debo confesar algo: las malas críticas me afectan. Me deprimen. Para que me entendáis: una mala crítica me jode más que lo que puede llegar a alegrarme una crítica elogiosa. Eso, sin duda, se debe a mi proverbial inseguridad.

            Yo, como escritor, vivo en una permanente duda. Cuando acabo de escribir una novela, siempre temo haber escrito la mayor mierda de la historia de la literatura. Cuando alguien me comenta que le ha gustado lo que he escrito, siempre pienso que lo dice por amabilidad. Cuando tomo una decisión mientras escribo siempre temo haberme equivocado. Nunca estoy seguro de nada.

            Y es jodido, no os creáis que no. Pero, al mismo tiempo, lo considero necesario. Porque esa duda permanente me ayuda a mejorar, y porque si en algún momento llegase a estar seguro de lo que escribo, creo que en ese preciso instante estaría muerto como escritor. La inseguridad es el precio que debo pagar por mi trabajo. Pero bueno, ya me he acostumbrado a vivir sintiéndome al borde de un abismo.

            Volviendo a las críticas, creo que básicamente las hay de dos tipos: aquellas en las que el reseñista se limita a decir si el texto le ha gustado o no, sin aportar argumentos, y esas en las que el crítico sustenta su opinión con datos y argumentos. Una mala crítica de la primera clase me jode (porque todas me joden), pero no me aporta nada. Las malas críticas del segundo tipo también me joden, pero me ayudan.

            Por ejemplo, un crítico señaló los defectos de una novela mía muy querida por mí. No le daba un palo, pero sí que señalaba ciertas debilidades del texto. ¡Y el muy cabrón tenía razón! Me agarré un cabreo enorme, pero no contra el crítico, sino contra mí, por ser tan burro. Y al mismo tiempo me sentí muy agradecido, porque aquel crítico me había ayudado a mejorar. Por desgracia, las críticas del tipo 1 abundan mucho más que las del 2.

            Respecto a las primeras, hay unos casos concretos que me producen una mezcla de estupor e irritación; no por las opiniones subjetivas que expresan, sino por la naturaleza del reseñista. Me explicaré.

            Tengo una Alerta Google. Es decir, cada vez que aparece mi nombre en internet, recibo un mail avisándome (esa es la teoría, porque falla más que una escopeta de feria). Bueno, pues hará cosa de un mes me llegó una alerta que me condujo a una web de esas en las que diversas personas opinan sobre una novela determinada. En ese caso, la novela era La isla de Bowen.

            Uno de los participantes (voy a emplear el masculino, pero puede ser tanto un hombre como una mujer) escribió un comentario bastante extenso. No se cargaba la novela, pero hablaba de ella con condescendencia. Decía que la primera parte le había aburrido, pero que la segunda le había gustado, más o menos. Luego, en tono siempre condescendiente, me daba consejos para mejorar (a mí directamente, aunque supongo que era una especie de figura retórica, porque no creo que pensase que yo lo iba a leer). Criticaba mi forma de emplear los adjetivos (aunque no especificaba por qué) y me tildaba de leísta. Eso último es cierto, soy leísta. Es más, aunque podría corregirlo, no lo hago, porque la forma correcta me suena mal (me he criado y vivo en el centro de España, donde el leísmo es común). Además, la RAE admite el leísmo. A fin de cuentas, Cervantes lo era. Ah, también me tildaba de machista.

            Reconozco que me molestó un poco el tono de suficiencia que destilaba el comentario. Pero hubo algo que me molestó aún más: esa persona era, es, un escritor de literatura juvenil. Además, nos conocemos; muy superficialmente, pero nos hemos visto un par de veces.

            Veréis, digamos que hay dos tipos de escritores profesionales: los consagrados y, llamémoslos así, los de clase media (me apresuro a aclarar que me considero un escritor de clase media). Respecto a los primeros, no tengo ningún problema en criticarles negativamente (salvo que los conozca personalmente), que para eso los han subido al Olimpo. Por ejemplo, más de una vez he puesto a parir los textos Agustín Fernández Mallo; pero es que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, es un autor “consagrado”.

            Ahora bien, jamás hablo mal públicamente de las obras de los escritores de clase media, y mucho menos si los conozco, aunque sólo sea de vista. Me parece una rotunda falta de cortesía profesional. Y un exceso de vanidad, porque si un escritor critica a otro, en el fondo es como si dijese: “Yo lo hago mejor”. Por eso, si comento la obra de un escritor de clase media –por ejemplo en este blog-, siempre será porque sinceramente me ha gustado. Si no ha sido así, me callo.

            La verdad es que creo que la inmensa mayor parte de mis colegas, escritores de clase media, piensan como yo, porque rara vez he visto a alguno de ellos criticando a otro. De hecho, a mí sólo me ha sucedido dos veces; hace muchísimos años -por parte de un escritor de ciencia ficción- y ahora.

            En el fondo, como decía antes, cuando un escritor critica a otro siempre es por vanidad (a veces mezclada con la envidia). Porque los escritores, como casi todos los que se dedican a un trabajo creativo, solemos ser muy vanidosos. Aunque me parece que esa vanidad, en la mayor parte de los casos, no es más que una defensa contra la insidiosa inseguridad inherente al oficio de escribir. Ahora bien, enaltecer el propio ego a base de denigrar el de los demás se me antoja, cuando menos, poco caballeroso.

lunes, marzo 7

Exposición sobre José Mallorquí en el Matadero



 
            En las notas biográficas que aparecen en las solapas de todas los libros que he publicado, sin excepción, siempre hay un dato que se repite: “César Mallorquí es hijo de José Mallorquí, creador de El Coyote”. Y lo mismo ocurre con todos los artículos que se han escrito sobre mi obra. Y con las entrevistas. Y con muchas críticas literarias. Ése es uno de los aspectos que me definen, ser hijo de José Mallorquí.

            Hace tiempo, un periodista escribió que yo, como escritor, soy mucho más que el hijo de José Mallorquí. Espero que así sea... no, estoy seguro de que así es. Por ser hijo de mi padre me han pasado muchas cosas buenas a lo largo de mi vida; por ejemplo, que un amable empleado de Iberia y fan de El Coyote cambiara mi billete de avión de turista por uno de primera, o conseguir un trabajo en publicidad.

            Sin embargo, paradójicamente, jamás me ha ayudado lo más mínimo en mi carrera como escritor. Nunca me han publicado nada por ser hijo de José Mallorquí. En realidad, es lógico; comencé a escribir profesionalmente veintitantos años después de la muerte de mi padre, cuando su fama ya se había eclipsado en gran medida, sobre todo entre las nuevas generaciones. No tenía sentido venderme como “hijo de”, y yo jamás lo habría permitido. Pero el dato forma parte de mi biografía, porque resulta curioso: “este escritor es hijo de ese otro escritor”. Una anécdota y nada más.

            No obstante, alguna vez me han preguntado si no estaba harto de que se me asociara siempre con mi padre. Mi respuesta ha sido y es: No, ni remotamente. Estoy orgulloso de ser hijo de José Mallorquí, y me encanta que se le recuerde a través de mí. Ah, y también estoy orgulloso de llamarme César, como El Coyote y en su honor.
 
 
            Por eso, amigos míos, es un placer anunciaros que el próximo jueves, diez de marzo, a las 19:00, se inaugurará en la Casa del Lector del Matadero una exposición dedicada a mi padre. Se llama: “Antifaz. José Mallorquí, creador de El Coyote, y la transformación de la sociedad lectora en España”.

            En la exposición podréis ver ejemplares de sus novelas (muchos de ellos imposibles de encontrar hoy en día), algunos de sus objetos personales, fotografías, la máquina de escribir de donde surgió El Coyote, material de documentación, recuerdos... Además, a partir del 31 de marzo habrá una serie de conferencias y mesas redondas que ya os anunciaré en su momento.

            Supongo que algunos pensaréis que, si no conocéis la obra de mi padre, la exposición no tiene interés. Os equivocaréis. Porque esa exposición se centra en la figura de José Mallorquí para ilustrar el cambio cultural que se produjo en España a mediados del siglo pasado.

            Supongo que todos los merodeadores de este blog son, en mayor o menor medida, amantes de la literatura popular. Pues bien, el mejor y más importante escritor español de literatura popular del siglo XX fue José Mallorquí, y también el más internacional (El Coyote se tradujo a 16 idiomas. A mediados del siglo pasado, mi padre, era el autor español más traducido después de Cervantes). Sencillamente, la actual cultura popular española no sería lo que es sin José Mallorquí. ¿Queréis que os mencione algunos escritores que confesaron abiertamente la enorme influencia que tuvo en ellos la obra de mi padre? Pues, por ejemplo, Jaime Gil de Biedma, José María Merino o Juan Marsé. Ahí es nada.

            En cierto sentido, podría decirse que la literatura popular española moderna empieza con la obra de mi padre, así que, aunque sólo sea por eso, vale la pena que acudáis a la exposición. Además, si asistís a la inauguración, o a cualquiera de los actos programados, tendréis la oportunidad de verme a mí, que soy un encanto.

            La exposición durará hasta el 24 de julio. Recordad: “Antifaz. José Mallorquí, creador de El Coyote, y la transformación de la sociedad lectora en España”. En la Casa del Lector de El Matadero. Paseo de la Chopera 10, Madrid.

             Si queréis visitar la web, pinchad AQUÍ.

            Por una vez, y sin que sirva de precedente, espero que vayáis al Matadero.

 






 

lunes, febrero 29

Eco



            Estaba escribiendo otra entrada, pero aún no la he acabado y no quería desperdiciar la oportunidad de colgar un post nada más y nada menos que en un 29 de febrero. Así que voy a rendirle un pequeño homenaje a un intelectual y escritor recientemente fallecido

            Cuando, en los 70, yo estudiaba periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información, dábamos tres años de lingüística. De hecho, según me dijeron (aunque no lo sé a ciencia cierta), dábamos más lingüística que los estudiantes de filología. ¿Para qué necesitaba tanta lingüística un periodista?, os preguntaréis. Para nada; pero de algún modo había que rellenar los cinco años de una carrera que debería haberse impartido en tres, con mucha más práctica y menos teoría.

            Pero eso da igual. El caso es que a mí no me importaba mucho, porque me gustaba la lingüística. Y en ese terreno, por aquel entonces, había una especialidad de rabiosa moda: la semiótica. ¿Que qué es eso? Pues la ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos que permiten la comunicación entre individuos, sus modos de producción, de funcionamiento y de recepción. Estaba de moda, sobre todo, porque le semiótica era muy reciente; se desarrolló en los años 60, aunque estaba en parte basada en los principios enunciados a comienzos del XX por Ferdinand de Saussure.

            Reconozco que me fascinó la semiótica. Hasta que un día mi hermano José Carlos me preguntó: “Ya, pero ¿eso para qué sirve?”. No supe qué contestarle. Y sigo sin encontrar la respuesta, aunque seguro que tiene alguna utilidad, más allá de la puramente teórica y descriptiva.

            Pero de nuevo eso da igual. El caso es que, por aquel entonces, el libro sobre semiótica que estaba en el candelero era Apocalípticos e integrados, de un comunicólogo italiano llamado Umberto Eco. Confieso que intenté leerlo, pero no pude acabarlo. Así de burro soy. Pero más adelante, aunque mi fascinación con la semiótica se había desvanecido, leí varios artículos de Eco. Trataban, por lo general, sobre comunicación de masas y me llamaron la atención por varios motivos. Primero, por la inteligencia del autor. Segundo, por su erudición. Tercero, por su sentido del humor. Y cuarto, por el respeto, y conocimiento, con que Eco trataba la cultura popular.

            Entonces, en 1982, se publicó en España El nombre de la rosa. Yo la leí a comienzos del año siguiente. Fue uno de esos momentos de lectura que se me quedaron grabados en la memoria. Yo estaba enfermito, encerrado en casa con gripe, así que me la zampé en dos o tres días. Me encantó. Disfruté como un enano. Ocho años después, se publicó El péndulo de Foucault. La primera mitad de la novela me gustó, pero por desgracia la segunda parte era un aburrido catálogo de heterodoxias que no tardé en comenzar a leer en diagonal. No pude acabar ninguna de sus restantes novelas. Bueno, miento, sí que leí hasta el final la última, Número cero. Es cortita, pero se trata más de un ensayo sobre la manipulación informativa de los medios de comunicación que de una auténtica novela. Intelectualmente brillante, pero literariamente poca cosa.

            Así pues, recapitulando, no creo que Eco fuese un buen novelista. Con la única excepción de El nombre de la rosa, uno de los textos más inteligentes que he leído en mi vida. Aunque más que de novela, yo lo calificaría de artefacto literario, porque es como un mecanismo de relojería con los engranajes perfectamente ajustados y engrasados.

            La novela fue un best seller nada más publicarse. Curiosamente, se decía de ella que era un texto difícil de leer. Nada más falso, porque cualquier con una cultura media puede disfrutarla. Pero ese marchamo de novela compleja (avalado por el prestigio intelectual de su autor), promocionó de puta madre las ventas. Si tenías la novela y la habías leído (o afirmabas que la habías leído), quedabas como un tío culto. Y no solo eso; si tenías una cultura media, leer El nombre de la rosa te hacía sentir más listo. Veías el nombre del protagonista, Guillermo de Baskerville, y decías para tus adentros: eso es una referencia a Conan Doyle. Enseguida te dabas cuenta de que el monje asesino, Jorge de Burgos, es en realidad Jorge Luis Borges. Y la biblioteca de la abadía, ese recinto laberíntico, también remite a Borges y su cuento La biblioteca de Babel. Pillabas todo eso y pensabas “Coño, pero que listo soy”. Además, el eje de la trama es algo tan intelectual como el desaparecido segundo libro de la Poética de Aristóteles.

            Sin embargo, no nos engañemos, Aristóteles y su Poética son un MacGuffin. Un MacGuffin culto y lustroso, pero un MacGuffin al fin y al cabo. Y las referencias culturales son muy sencillitas (¿A qué narices va a referirse el nombre Baskerville si no es a Holmes?) De hecho, creo que El nombre de la rosa es un libro que parece mucho más profundo de lo que en realidad es. Pero eso carece de importancia.

            En mi opinión, El nombre de la rosa es un magnífico thriller medieval, una inteligentísima novela de misterio. Nada más, pero también nada menos. Recuerdo con muchísimo cariño esa novela, y también la película de Jean-Jaques Annaud. Sean Connery no parecía en principio la opción más adecuada, pero acabó siendo un magnífico Guillermo de Baskerville.

            El pasado día 19, Umberto Eco falleció. A raíz de ello, el nivel mundial de inteligencia ha descendido varios puntos.

            Feliz día fantasma, amigos míos; un día que sólo aparece cada cuatro años.

jueves, febrero 11

Una pieza que no encaja


 
            Llevo tiempo sin colgar ninguna entrada, amigos míos, disculpadme. La verdad es que he tenido mucho follón de curro; debía preparar un artículo sobre mi padre para la próxima exposición que se va a celebrar sobre su figura, escribir un cuento que me habían encargado y preparar el taller literario que he impartido el pasado fin de semana. Ah, claro, y escribir la novela en la que ando metido. Para colmo de males, tengo un problema médico; que no es grave pero sí engorroso, pues he tenido que hacerme un montón de pruebas y andar de especialista en especialista. Un coñazo, vamos.

            No obstante, sí que escribí una entrada. La semana pasada. Era sobre la actual situación política española. Pero luego, al releerla pensé que, en realidad, todo lo que decía ahí era evidente. No aportaba ninguna novedad; ¿que tenemos los políticos más mediocres e inoperantes que se pueda imaginar? Eso ya lo sabemos. ¿Que sólo actúan por intereses personales y partidistas? Eso está claro. ¿Que ninguno de ellos tiene un plan coherente y generoso para nuestro país? Eso no hay ni que decirlo. Entonces, ¿para qué escribir una entrada diciéndolo?

            Y en ese saco de inútiles meto, por supuesto, al cadáver político que es Rajoy, a Pedro Sánchez, a Albert Rivera y a ese campeón de la arrogancia que es Pablo Iglesias. Unos más y otros menos, pero todos en el mismo saco de la inutilidad.

            El caso es que he borrado el post que escribí y aquí me tenéis escribiendo uno nuevo. Pero no muy distinto. Por ejemplo, eso de la unión de las izquierdas... Si uno es de izquierda, ¿significa que debe comulgar con todas las ideologías de izquierda? Desde que tengo conciencia política me he considerado una persona progresista. De izquierda. Pero jamás he sido marxista. Y, por tanto, tampoco comunista. Nací en mitad del franquismo y, qué queréis que os diga, no veía, ni veo, muchas diferencias entre una dictadura fascista y la dictadura del proletariado. Los apellidos no importan; lo malo es el nombre: “dictadura”. Y no hace falta teorizar, sino recurrir a la historia: ¿Algún régimen comunista ha funcionado medianamente bien? Pues no; todos han sido un desastre para la economía, para la libertad y para la gente.

Durante mi primera juventud (voy por la sexta o así), me consideraba anarquista. Y en cierto sentido me lo sigo considerando. El problema, tanto entonces como ahora, es que repaso los postulados de la acracia y me parecen lógicos y deseables; pero al instante siguiente pienso: “Sí, muy bonito; pero es imposible que funcione”. Algún día os explicaré por qué.

            Entonces, si el anarquismo se me antoja utópico y el comunismo indeseable, ¿qué espacio me quedaba a la izquierda? La socialdemocracia. Y no es que esa tendencia política me entusiasme; la verdad es que es algo así como vino aguado o whisky de malta con sifón. Sin embargo, recurriendo de nuevo a la historia, hay que reconocer que, en Occidente, los momentos de mayor prosperidad y justicia social han estado marcados por la socialdemocracia. A fin de cuentas, de ahí surgió el Estado del Bienestar. Pero ahora la socialdemocracia está desnortada, así que me siento lost, sin nada ni nadie en quien confiar (aunque tampoco es que haya confiado nunca demasiado).

            Bueno, ahí tengo a Podemos, ¿no? El problema, de entrada, es que Pablo Iglesias me irrita, me irrita un huevo con su arrogancia y sus truquitos. Pero puede que sea una cuestión personal: no soporto a los enfermos de egotitis (inflamación del ego). En cualquier caso, y teniendo en cuanta que no me creo ni de coña su repentina adscripción a la socialdemocracia, Podemos, en lo que a mí respecta, es un partido neomarxista enlazado con el chavismo. Coño, pero si el mismo Monedero dijo que aspiraban a un “leninismo amable”. Y, qué queréis que os diga, yo no considero ni medianamente deseable ninguna clase de leninismo, le pongamos el apellido que le pongamos. Además, de nuevo la historia nos enseña lo fácilmente que se pasa de un “leninismo amable” a un “estalinismo borde”.

            Aunque, en realidad, eso no es lo importante, porque Podemos jamás podría implantar en España su amable leninismo, ni aunque ganase las elecciones por mayoría absoluta. No porque no quiera, sino porque no puede. El principal problema, para mí, es que Podemos no es un partido de izquierda, sino un partido populista. Aunque no tenga mucha importancia, véase el numerito que montaron los parlamentarios de Podemos en el Congreso, con sus puños en alto, el bebé de la Bescansa de mano en mano y sus proclamas de manual del buen izquierdista. De verdad, no tengo nada contra las rastas y las coletas, igual que en principio no tengo nada contra los trajes de chaqueta y las corbatas. La cuestión es que ambas alternativas estéticas, en este contexto político, son uniformes. Y los uniformes no me gustan ni un pelo.

            Como siempre ocurre cuando alguien critica a un partido de izquierda, no tardará en alzarse alguna voz acusándome de derechista (ya ocurrió la anterior vez que hablé de Podemos). Es un tic inevitable; la izquierda, toda la izquierda, es santa. Pues no, no soy de derechas; soy de izquierda, pero no de esa izquierda. Entonces, ¿por qué no critico al PP, en vez de a Podemos? Joder, pero si no he parado de hacerlo en este blog; incluso escribí un cuento de Navidad en el que Santa Claus se cargaba a Rajoy. Claro que no soporto a don Mariano y sus secuaces; ellos son el problema. Pero Podemos no es la solución.

            El otro día leí un artículo en El País que comentaba lo extraño de que muchas ideas que ya han demostrado ser ineficaces, incluso monstruosas, aún sigan vigentes para ciertos grupos humanos. El comunismo arruinó a numerosos países bajo el yugo de dictaduras tiránicas. El peronismo ha llevado varias veces a Argentina a la ruina. El maoísmo y su revolución cultural fueron una pesadilla asesina. Del nazismo y el fascismo para qué decir nada. El nacionalismo ha causado infinidad de muertos. El chavismo ha dejado a Venezuela hecha unos zorros. El liberalismo económico ha arruinado a millones de personas... Y, sin embargo, sigue habiendo comunistas, peronistas, maoístas, nazis y fachas, nacionalistas, chavistas, liberales... Parafraseando a no sé quién: no permitas que la realidad te arruine una buena teoría.

            En fin, volviendo a los asuntos autóctonos: ¿qué pasa con el PSOE? Pues que los psocialistas, con honrosas excepciones, me parecen una panda de mediocres sin ideas. ¿Y Ciudadanos? Que no, leches, que no soy de derechas. Soy una pieza que no encaja en el puzzle.

            Un izquierdista que no encuentra su lugar.

            Me siento solo.

            Huerfanito.

            (help!)


            Post Scriptum: El caso de los dos titiriteros recientemente excarcelados es un buen ejemplo de la realidad política del país. Por un lado demuestra el cutrerío mental de cierta izquierda, y por otro la histérica hipocresía de cierta derecha. La función que representaban los titiriteros era una gilipollez (como casi todas las representaciones de títeres). Una chorrada muy ideologizada con okupas buenos y polis corruptos. Evidentemente, no estaba dirigida a los niños. Ahora bien, ¿cuántos adultos asisten de motu proprio a funciones de títeres? (ojo: hablo de títeres, no de marionetas) Muy poquitos. Entonces, si planificas un espectáculo de títeres gratuito y abierto a todo el mundo, ¿quién crees que va a asistir? Pues niños con sus padres, está claro. Entonces, ¿por qué programar una función así? En mi opinión, los dos titiriteros son unos idiotas y la concejala de cultura una inútil.

            Ahora bien, de ahí a meter a los titiriteros en prisión incomunicada acusados de apología del terrorismo..., disculpad la rima, pero media un abismo. Es una pasada, una insensatez y una injusticia. No es ni más ni menos que la típica reacción histérica, hipócrita y sobreactuada de la derecha. Pero lo realmente malo no es eso. No fueron los políticos fachas quienes metieron entre rejas a los titiriteros. Fueron un fiscal y un juez, profesionales que, en teoría, deberían ser ajenos a esa clase de manipulación política. No sé si es para echarse a llorar o para echarse a temblar. En fin, mi buen amigo Samael habla acertadamente de esto en la última entrada de su blog La Tertulia Perezosa.
 
 
 

jueves, enero 14

Episodio 7


 
            Quería que me gustase, amigos míos; estaba dispuesto incluso a rebajar mi listón de calidad con tal de recuperar la ilusión. Es más, estaba seguro de que me iba a gustar. A fin de cuentas, J. J. Abrams hizo un notable trabajo resucitando la franquicia Star Trek, y además nada podía ser peor que los episodios 1, 2 y 3; es decir, la segunda trilogía por orden de rodaje. El desnortado Lucas se había quitado de en medio, así que cabía abrigar esperanzas ante Star Wars: El despertar de la fuerza. Por desgracia, ay, mis esperanzas se han visto frustradas.

            ¿Es el Episodio 7 una mala película? No; al menos, no en el sentido en que era malo el Episodio 1, el de ese bicho insufrible, Jar Jar Binks. ¿Es entonces una buena película? No, tampoco. Yo diría que es un film “plof”. Para que me entendáis: lo vi hace más o menos un mes y ahora no recuerdo casi nada de lo que pasaba. No se ha grabado en mi memoria ni una imagen, ni una secuencia, nada. No ha dejado la menor huella en mí.

            Porque, vamos a ver, ¿qué pretendía Disney con esta película, aparte de forrarse (cosa que está logrando con creces)? Recuperar el espíritu de la trilogía original; sobre todo el de los episodios 4 y 5. Pues bien, Abrams sólo lo ha logrado en el aspecto formal, el técnico, reduciendo al mínimo los efectos CGI (de los que tanto abusó Lucas en su segunda trilogía) y recurriendo más a lo analógico. Eso es todo. Por lo demás, del “aroma” del primer film no hay ni rastro.

            He leído en alguna críticas que el espectador de la segunda década del siglo XXI no tiene la ingenuidad del espectador de 1977, cuando se estrenó la primera cinta de la franquicia. Eso es cierto en un aspecto: los efectos especiales; lo que era una novedad en el 77 ya no lo es ni remotamente. Pero los efectos especiales no bastan para explicar el éxito de la franquicia. Entonces, ¿de qué ingenuidad estamos hablando? ¿Del concepto que hay detrás de los films?

            Puede que alguien piense que Star Wars, la película original (el Episodio 4, vaya lío...), era algo nuevo en 1977, pero no es cierto. Era una ficción antigua; incluso anticuada. Star Wars no es ni más ni menos que la versión fílmica de los space operas pulp que, en los años 30, escribían gente como Jack Williamson, Edmond Hamilton o E. E. Doc Smith. Eran novelas de aventuras espaciales muy ingenuas que, precisamente por su ingenuidad, en 1977 hacía mucho que habían pasado de moda. Sin embargo, Star Wars estaba claramente inspirado en La Legión del Espacio (1934), de Williamson, (además de en El mago de Oz, de Baum, en la Segunda Guerra Mundial, en un poquito Bushido y en la leyenda Artúrica). Es decir, que en 1977 los espectadores ya estaban lo suficientemente baqueteados para darse cuenta de que Star Wars era una ficción ingenua.

            Pero que algo sea ingenuo no significa que sea malo o rechazable, siempre y cuando se aderece bien. Lucas usó estereotipos clásicos y los remozó en el contexto de una épica futurista, lubricándolos con buenas dosis de sentido del humor. Es decir, un puñado de tópicos, pero sabiamente utilizados. Lo cual condujo a una película muy divertida que, además, creó una mitología.

            Así que el Star Wars original se inspiró en la ficción pulp (igual que Indiana Jones, por cierto). Pero ¿en qué se ha inspirado el Episodio 7? Pues en el Star Wars original; ahí comienzan y se acaban sus influencias. No hay más referentes. Es la copia de una copia. Una copia sin alma.

            ¿De qué iba la trilogía original? Había un Imperio malo y una Alianza Rebelde buena. El Imperio estaba regido por dos malos muy malos, el Emperador y su secuaz Darth Vader. Los rebeldes estaban representados por una princesa republicana, Leia. Los malos tenían un arma morrocotuda, la Estrella de la Muerte. Leia tenía los planos de ese arma, pero como la capturó el Imperio, ocultó los planos en un robot simpático. Luego hay un joven humilde que acabará siendo la leche en bote, Luke. Un mentor en plan Merlín, Obi Wan. La Fuerza, los Jedi y todas esas zarandajas. Un aventurero socarrón, Han, que al principio es egoísta, pero luego demuestra ser el fiel compañero que todos esperábamos. Y hay un conflicto familiar: el chico ingenuo resulta ser el hijo del infame malvado. Los rebeldes se cargan la Estrella de la Muerte (dos veces), el malo malísimo se regenera, mata al pérfido Emperador y se reconcilia con su hijo, regresando al lado guay de la Fuerza, el Imperio se derrumba y colorín colorado este cuento se ha acabado (¿Acabado?; pero si eso sólo era el comienzo, capullo...)

            Vale, ¿de qué va el Episodio 7? (Atención: Spoilers) Hay un grupo de malos, los restos del Imperio, que se hacen llamar la Primera Orden, y hay una Nueva República buena cuyo brazo militar se llama la Resistencia. Al frente de la Primera Orden hay un tío muy malo que sólo aparece en holograma y que no sé quién es (recuerda al infame Emperador), y un tío enmascarado, Kylo Ren. Los malos tiene un arma colosal, la Starkiller, que es como la Estrella de la Muerte, pero más gorda. Los buenos están más o menos representados por la ahora generala Leia (que está hecha una pasa) y por el piloto más chachi de la galaxia: Poe Dameron. Luego hay una chica humilde y soñadora, Rey, que parece destinada a ser la leche en bote.

            El caso es que por algún motivo es fundamental encontrar al último maestro Jedi; es decir, a Luke. Le encomiendan esa tarea a Poe y éste localiza un fragmento de mapa que conduce al Jedi. Pero los malosos le capturan, aunque él tiene tiempo de ocultar el mapa en su simpático robot ¿Os suena?

            También hay un golfo simpático, el desertor de los malos llamado Finn. Y aparece Han Solo, haciendo de Han Solo junto al felpudo con patas. Y hay un conflicto familiar, porque el supermalísimo Kylo Ren resulta ser el hijo de Han y de Leia. Y se carga a papá. La Resistencia destruye la Starkiller (¡Y van tres! Desde luego, estos malos son incapaces de construir una superarma que no explote a la primera de cambio). Rey recupera el mapa, encuentra a Luke en un planeta remoto y la película se acaba, aunque no hay que ser un lince para sospechar que Luke se convertirá en el sabio mentor de la chica soñadora.

            Resumiendo, el Episodio 7 es un calco, pero un calco aguado. Aunque lo peor no es eso, sino los personajes: ninguno de ellos tiene ni pizca de carisma. Ni Poe, ni Finn... ¿Ni Rey? En fin, Rey sería el equivalente de Luke, y Luke nunca tuvo demasiado atractivo como personaje, así que puede que ahí salgamos ganando. Aunque lo realmente chungo es lo de Kylo Ren.

            Vamos a ver, ¿cuál es el elemento más icónico de Star Wars? Sencillo: Darth Vader. Un malo de verdad, poderoso, invencible, cabrón como él solo, un hijo de puta de cuidado realmente temible. Su equivalente en el Episodio 7 es Kylo Ren, que también milita en el lado de la Fuerza al que le han cortado la luz y también va enmascarado. Ahora bien, Vader llevaba casco y máscara por razones de salud (recordad el sonido del respirador); pero ¿por qué lleva máscara Kylo Ren? ¿Para molar? Pues menudo gilipollas. Y eso no es todo. Al final Kylo Ren se enfrenta en un duelo a espadas laser con Rey, una chica que jamás ha recibido instrucción en esa clase de lucha, ¡y la jovenzuela le gana! ¿Ése es el temible malvado que viene a sustituir a Darth Vader? Ni de coña; es un puto pringao. Da más vergüenza ajena que miedo.

            ¿Sabéis en qué momento se anima la película? Cuando aparece Han Solo; tal es el poder de ese personaje y tal es la escasa entidad del resto de los caracteres. La ex-princesa Leia también aparece, pero más bien como si pasara por allí y se quedara un rato a mirar. Además está irreconocible; y no porque ya no lleve ensaimadas en las orejas, sino porque Carrie Fisher ha envejecido fatal.

            En resumen, el Episodio 7 es, básicamente, un producto de marketing, un film rodado con más cálculo que inspiración. No aburre ni indigna, como ocurría con la segunda trilogía, pero tampoco emociona en ningún sentido. Es más de lo mismo, un producto olvidable. Y una oportunidad perdida. Otra más.

            Por cierto, he leído que Disney está preparando la quinta película de Indiana Jones. Y me echo a temblar; porque me gustaba la primera trilogía de Star Wars, pero mucho más me gustaba Indiana Jones. Se rumorea que el sustituto de Harrison Ford en el papel del arqueólogo saltarín será Chris Pratt; no me parece mal la elección. Pero, visto lo que han hecho con el Episodio 7, me temo lo peor. Aunque, claro, teniendo en cuenta la bochornosa cuarta entrega de Indiana Jones, cualquier cosa que se haga será mejor...

            Ay, qué poquito le pedimos ya al cine de masas...

jueves, enero 7

Ichthys


            Feliz año nuevo, amigos míos. ¿Os habéis parado a pensar en lo apasionante que va a ser este 2016? Los cruzados de la causa soberanista se sienten ungidos con el mandato divino de crear la República Independiente Catalana; pero, ay, ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo a la hora de elegir un presidente de la Comunidad. En el resto de España, los del PP claman que ellos son los ganadores de las elecciones y exigen que ese extraordinario líder que es Rajoy sea investido presidente porque... bueno, porque sí, porque ellos tienen más votos, y son más serios, y el que gana, gana, y los demás son unos envidiosos, y... En fin, se olvidan de que, en realidad, ellos no han ganado, sino que son, simplemente, los perdedores más votados. Porque no pueden formar gobierno por sí solos y tienen la misma capacidad negociadora que una mofeta con halitosis.

            Así que este año tendremos nuevas elecciones generales y catalanas. A lo que hay que añadir las gallegas y las vascas. Y las más importantes de todas: las norteamericanas. ¿Os imagináis a Donald Trump como presidente de Estados Unidos? Os recuerdo que probablemente Trump cree que España es México, y ya sabéis el cariño que ese tipo le tiene a los mexicanos.

            ¿No queríais política? Pues toma dos tazas. Mejor dicho, cinco tazas.

            Pero no es de esto de lo que va este post, sino de la ilustración que lo encabeza (que, si os fijáis bien, tiene cierto parecido con el antes citado Trump). Se trata de Ichthys, un personaje del cuento Fiat Tenebrae, que aparece en mi antología Trece monos. En ese relato se especula sobre la existencia de un cristo alienígena (natural de Astarté, el cuarto planeta de la estrella Baal), y lo describo como un bicho muy feo.

            En la presentación del libro en la librería Gigamesh de Barcelona, Ricard Ruiz Garzón comentó que le encantaría que algún ilustrador dibujase a Ichthys, porque tal y como yo lo había descrito debía de ser un bicho horrible. Pues bien, resulta que en la presentación estaba presente Carlos Jobani, un joven alumno de Ricard y, como puede verse, un habilidoso ilustrador. Así que recogió el guante lanzado por Ricard y dibujó a Ichthys. Luego se lo mandó a su profesor y Ricard me lo ha remitido a mí.

            Y ahí lo tenéis. La ilustración es estupenda, pero el alienígena es un espanto. Qué bien, ¿verdad? Muchas gracias, Carlos, por darle forma a mis pesadillas. Ha sido todo un detalle.