Soy catalán, eso pone en mi DNI. Nací
en Barcelona, igual que mi padre y mis hermanos; mi madre era de Manresa.
Cuando obtuve el Nacional de Literatura Juvenil, casi todos los medios de
comunicación me presentaron como “El escritor catalán César Mallorquí”. De modo
que sí, debo de ser catalán. Porque vi la luz por primera vez en la calle
Urgell 245 de Barcelona y mis raíces son catalanas. Pero cuando tenía un añito
de edad, mi familia se trasladó a Madrid, donde he vivido siempre. Así que en
parte soy madrileño.
Supongo que ese es uno de los motivos
por los que tengo una visión tan distanciada de las patrias, las pertenencias y
las identidades. Me sé catalán, me sé madrileño y me sé español, pero no sé lo
que es sentirse catalán, madrileño o español. ¿En qué consiste ese sentimiento
patrio? Amo a personas, a animales o a cosas, pero me resulta imposible amar a
un puñado de abstracciones, sobre todo cuando son tan nebulosas como “Patria” o
“Pueblo”. Me niego a aceptar que mi identidad provenga del azar de mi
nacimiento. Mi identidad viene de mi entorno, sí; pero también de todos los
libros y cómics que he leído, de todas las películas que he visto, de toda la
música que he escuchado, de todos los viajes que he hecho... y eso me ha
llegado de todo el mundo, no solo del pequeño rincón donde vivo. Mi única
identidad soy yo mismo, y ni siquiera sé lo que significa eso.
No obstante, sería estúpido negar que
me unen vínculos sentimentales con Madrid, Barcelona y España en general,
vínculos casi siempre forjados durante la infancia y la primera juventud. Mi patria es mi infancia, como dijo
Baudelaire. Pero esos sentimientos sólo son una parte de mí y no me ciegan
hasta el punto de no percibir todo lo que está mal en Madrid, Barcelona y
España.
El fin de semana del referéndum, Pepa y yo estuvimos en Barcelona para cenar
con mi querido padrino Josep María y sus hijos, y para visitar a nuestro hijo
Pablo, que trabaja allí. Llegamos el jueves y regresamos el domingo,
coincidiendo con el simulacro de consulta. He dejado pasar unos días para
escribir esto, porque sentía demasiada rabia y desánimo.
Del procés català ¿qué puedo decir? Que es fruto de la manipulación, de
la mentira, de las emociones desatadas, de la crisis y de unos políticos
corruptos que esconden su mierda bajo la bandera (y con esto me refiero a los
dos bandos). Entre el 6 y el 8 de septiembre hubo un autogolpe en el Parlament,
al que siguió un referéndum ilegal. Muy chungo, pero yo me digo: ¿Querían votar?
Vale, se les advierte que se trata de un acto ilegal que no servirá para nada,
se le pide a los no independentistas que no voten y, luego, se permite que la
gente que quiera votar lo haga tranquilamente en su referéndum de la señorita
Pepys. Luego, al día siguiente, se aplica la ley y si hay que poner multas o
enjuiciar a alguien, adelante.
Pero no. Tenemos un gobierno macarra
que sólo sabe de cojones, así que para cojones los suyos. Mandan a la guardia
civil y, como era previsible, se lían a porrazos. Qué absurdo, qué estúpido...
Los nacionalistas ya tienen sus mártires y todo es llanto, rabia y rasgarse las
vestiduras. Dejando aparte que, además de estúpido, el uso innecesario de la
violencia es execrable, yo no puedo evitar preguntarme algo: ¿Dónde estaban
todos los catalanes que ahora se conmocionan por la violencia de la guardia
civil, cuando en 2011 la policía apaleó a miles de pacíficos manifestantes en
la Plaça de Catalunya? Ah, espera, es que los polis que daban estopa entonces
eran los Mossos. Es decir que no importan tanto los porrazos, como quién los
da. Si el que golpea es un tío de Extremadura, entonces el mundo se hunde, pero
si te atiza un noi de Palafrugell,
bah, tampoco es para tanto. No puedo evitar pensar, además, que toda esa gente
que hacía cola para votar estaba siendo cómplice, de facto, de un autogolpe de
estado. Si eso no es fascismo, se le parece mucho.
Durante nuestra estancia en Barcelona
me desanimó comprobar cómo amigos míos, gente brillante intelectualmente, se
habían dejado abducir por las mentiras y los espejismos del nacionalismo; si no
manifestando su adhesión, si al menos su simpatía y comprensión. Y me da rabia
ver a gente supuestamente de izquierda tildando de fachas a quienes enarbolan
la bandera española, al tiempo que aplauden a los que agitan la estelada,
olvidando que no hay ideología más reaccionaria que el nacionalismo. Ése es uno
de los grandes sinsentidos de la izquierda española: su complicidad con los
nacionalismos periféricos.
Me da una rabia tremenda esa huida hacia
delante del Govern, camino de su República Independiente de Playmobil. Un sueño
de pipa que ha creado una fractura en su sociedad, que está poniendo en peligro
su economía y la del resto del país, que está tirando por los suelos nuestra
imagen y credibilidad ante Europa y el mundo, que inquieta y preocupa a la
gente. Y todo por un sueño, ¿no? Pues los sueños no se construyen sobre
mentiras y odio, o acaban convirtiéndose en pesadillas.
Hay tantas cosas que me cabrean... Pero
para qué seguir, es inútil. Paradójicamente, el problema de quienes odiamos las
banderas es que no tenemos bandera y se nos ve muy poco.
Banderas... suelen estar en el extremo
de un palo. De un palo; por algo será. El jueves 28 de septiembre, cuando Pepa
y yo salimos de casa rumbo a Barcelona, había dos banderas de España en mi
calle. El domingo, cuando volvimos, había, no sé, unas veinte. Hoy, tan solo en
mi edificio, hay nueve. Madrid está lleno de banderas españolas, y supongo que
en otras ciudades de España sucede lo mismo. Ese es el problema,
acción-reacción: el nacionalismo de un signo fomenta el nacionalismo contrario.
Como un espejo. Y hala, ya estamos todos rebosando emociones, exudando amor
patrio por todos los poros.
Yo, que creía haber dejado atrás el
rancio nacionalismo español, lo veo ahora florecer a mi alrededor junto al
rancio nacionalismo catalán. ¿No querías sopa?; pues toma dos tazas. Veo por
Internet listas de productos catalanes que, si somos patriotas, debemos
boicotear, y me desanimo. ¿No se dan cuenta de que un boicot daña tanto a los
catalanes soberanistas como a los unionistas? Y esos soberanistas catalanes
tildando de fascistas a todos los españoles... ¡Un reaccionario nacionalista
llamando fascistas a los demás! Lo que hay que oír. Que desánimo, amigos míos,
que desánimo.
Aunque, claro, hay una posible explicación
para todo esto. ¿Los dirigentes del soberanismo creen de verdad que van a
fundar una república independiente? ¿Son así de estúpidos? Algunos puede que
sí, pero no creo que sean tan tontos todos. ¿Qué buscan entonces en realidad?
¿Barrer bajo la bandera la mierda de unos políticos corruptos hasta la médula?
Alguno ha señalado que el 31 de diciembre se terminará el secreto bancario en
Andorra. Quizá eso tenga que ver con estas prisas secesionistas.
Pero luego tenemos la otra parte. ¿Por
qué envió el gobierno a la guardia civil a Cataluña, por qué se pusieron tan
cafres intentando reprimir el simulacro de consulta? ¿Tan estúpidos son como
para no darse cuenta de que iba a pasar lo que finalmente pasó? Es difícil de
creer, por muy macarras que sean. Entonces, ¿qué? Cuando se comete un crimen, la policía suele
formularse una pregunta: ¿a quién beneficia esto? Pues bien, mientras la gente
presta obsesiva atención al problema catalán, deja de prestar atención a los 40.000
millones de euros que el PP nos ha quitado para dárselo a los bancos y nunca
recuperaremos. Y, sobre todo, deja de fijarse en los múltiples casos de
corrupción de los populares.
Recordad que el PP lleva tiempo perdiendo
apoyos en las encuestas. Según dice en privado un prestigioso politólogo, la
cosa será así: La Generalitat proclamará la república independiente. El
gobierno, haciendo uso del 155, disolverá el gobierno autónomo de Cataluña y
convocará elecciones locales. Pero simultáneamente convocará elecciones
generales. Y como el PP se habrá convertido en el bastión contra el
independentismo, recuperará votos a paletadas y se quitará de encima el grano
que es Ciudadanos. Ya veremos si es así.
Entre tanto, qué hartito estoy de
todo. Me encantaría emigrar a Nueva Zelanda; no porque ese país me guste
especialmente (no lo conozco), sino porque es el lugar más lejano adonde se
puede ir.














