"Un escritor ensancha sus propósitos a medida que su público se ensancha. Nuestra fe en nosostros mismos crece a proporción en que aumente el número de aquellos que en nosotros creen. Uno de los peores azotes de la literatura española contemporánea es que la mayoría de los gallos no cantan más que para el corral en que nacieron".
Miguel de Unamuno
domingo, enero 22
viernes, enero 20
Bibliomanía
Compro más libros de los que puedo leer. Parece una tontería, pero tiene su justificación. En primer lugar, los libros suelen durar muy poco en las librerías; no porque la gente los compre en masa, cual rebajas de enero, sino porque los libreros los quitan enseguida de circulación para dejar sitio a las novedades. Eso significa que el libro que no adquieras al poco de su publicación puede que no lo vuelvas a ver en tu vida. Pero hay otra razón para mi adquisición compulsiva de letra impresa, y mucho más importante.Verás, guardo los libros por leer en una de las librerías que, para mortificación de mi mujer y polvoriento martirio de Miyo, mi asistenta, pueblan mi casa. Cuando acabo el libro que estoy leyendo, me dirijo a esa librería y me dispongo a escoger la siguiente lectura, lo cual da pie a uno de mis grandes placeres vitales: la expectativa.
Intentaré explicarme. Yo no programo mis lecturas; tras acabar un libro, no sé qué leer a continuación. Porque cada libro tiene su momento, y no todos los momentos son adecuados para cualquier libro. Así pues, elegir una nueva lectura es en el fondo un acto de introspección, una búsqueda interior y también una aventura, porque comenzar un libro es como explorar un territorio desconocido, una terra incognita donde puedes encontrar vergeles, sí, pero también jodidos caníbales. Todos esos títulos sin leer que voy atesorando son en realidad promesas y esperanzas, diamantes por descubrir o trampas en las que caer. Cuando me planto delante de esa librería, me siento como un maniático del dulce en una pastelería, como un niño la noche de Reyes.
Estoy a punto de terminar mi actual lectura, así que dentro de poco visitaré de nuevo mi librería de los prodigios y pasaré un rato decidiendo qué quiero leer. Las posibilidades son muchas y heterogéneas, como mis propios gustos. Uno de los textos que más tiempo llevan esperando (desde 1988) es El Aeródromo, de Rex Warner. Es una novela que cabe incluir en el apartado “¿Qué coño hace esto aquí?” Ignoro por qué la compré, pues no sé nada de la novela ni de su autor, aunque creo que fue por el título; “aeródromo” es una palabra bonita, mucho más que “aeropuerto”. Vale, es una razón muy gilipollas para compra un libro. En cualquier caso, algún día lo leeré. O quizá no, porque lleva tanto tiempo ahí, esperando, que ya casi lo considero un viejo amigo. Y leer un libro, a fin de cuentas, es en cierto modo matarlo.
Otro título añejo en los estantes es Te con el Dragón Negro, de Roberta MacAvoy, una prestigiosa novela fantástica que tengo ganas de leer, pero que por algún motivo nunca leo. En realidad, hay muchos ejemplos similares en mi librería: novelas que deseo y a las que no logro acceder, porque siempre se interpone otro título entre nosotros. Desventajas de ser polígamo literario. También hay libros que me sacan los colores, libros que debería leer pero que, por un motivo u otro, nunca me decido a acometer. Por ejemplo, Vivir para contarla, las memorias de García Márquez. Es del gran Gabo, sí, pero me da una pereza enorme leerlo; quizá porque en el fondo me importa un bledo la infancia de los premios Nobel. Otro título que me hace sentir culpable es Middlesex, de Jeffrey Eugenides. Me gustó mucho Las vírgenes suicidas, pero su nueva novela es tan... gorda. Joder, deberían prohibir los libros de más de 500 páginas.
En fin, tras mucha meditación, creo que al final elegiré entre Luces del Norte, de Philip Pullman (llevo tiempo queriendo leerla), El consejo de hierro, de China Miéville (autor tan irregular como muchas veces fascinante), Haz el favor de no llamarme humano, de Wang Shuo (una recomendación de Cristian, amable visitante de este blog) y Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke. Probablemente opte por ésta última, pues, según me aseguran, es una excelente novela fantástica; aunque me descorazona su tamaño: 800 páginas. La literatura, últimamente, toma anabolizantes.
Bueno, esos son mis planes; pero, claro, todo puede irse al garete en función del azar. Por ejemplo, está a punto de aparecer Zig-Zag la última novela de José Carlos Somoza y supongo que no tardará mucho en publicarse Haunted, de Chuck Palahniuk. Cualquiera de esos dos libros puede cruzarse en mi camino y mandar mis planes a tomar viento fresco.
En cualquier caso, sea el que definitivamente sea, elegiré un título, leeré las solapas, lo acariciaré, lo oleré (no descarto darle un lametón también), me sentaré en mi sofá favorito, lo abriré por la primera página y comenzaré la lectura. Lo que ocurra después es otra historia; puede que el texto me fascine o puede que me parezca una birria, pero el placer de rebuscar entre mis tesoros y elegir uno, eso, amigos míos, no me lo quita nadie.
jueves, enero 19
Cocinando palabras
Las dos últimas entradas han girado en torno al arte culinario y la literatura, pero desde un punto de vista metafórico. Hoy seremos más concretos. ¿Te has fijado en cuántos escritores hay que se interesan por la gastronomía y son cocineros aficionados? Por citar unos cuantos ejemplos a vuelapluma: Alejandro Dumas, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Vázquez Montalbán, Isabel Allende, Antonio Tabucchi, Laura Esquivel, Petros Markaris, Donna Leon, Rex Stout y dos buenas amigas, Elia Barceló y Care Santos. Yo mismo, en mi humildad, soy un cocinero aceptable. De hecho, no me limito a preparar ocasionalmente algún que otro ágape social; pese a que Miyo, mi querida asistenta, cocina para el resto de la familia, yo me preparo cada día mi propia comida. ¿Por qué tantos escritores, como su seguro servidor, cocinan habitualmente?Tengo una pequeña teoría al respecto. ¿Cuándo y dónde planifican los escritores el argumento y la estructura narrativa de sus futuras novelas? Pues depende, supongo, de cada caso y circunstancia; pero hay un lugar en el que seguro que no lo hacen: el despacho donde usualmente escriben. Pongamos mi caso. Si por la mañana me sentase frente al procesador de textos y comenzase a buscar un argumento, dándole vueltas y más vueltas a mil ideas, ahí sentado, quieto, sin hacer nada... para el mediodía me habría pegado un tiro. No, cuando me acomodo delante de mi escritorio es para escribir, y las múltiples pausas que dedico a la reflexión no están destinadas a qué decir, sino a cómo decirlo. Las tramas las construyo antes, en aquellos momentos en que estoy realizando una tarea que no requiere mi plena atención intelectual. Por ejemplo, cuando conduzco un coche o hago la compra. Por ejemplo, cuando cocino.
Y ahí está el quid de la cuestión; creo que muchos escritores cocinan porque esa actividad les concede un tiempo valiosísimo para poder pensar, planificar y crear. Es cierto que igualmente podrían hacer calceta, pero la cocina es la tarea casera más creativa y, además, está rodeada por una aureola de sofisticación y moda. Por eso, como los escritores somos en el fondo (y muchas veces en la forma) unos jodidos esnobs, preferimos marcarnos un suquet de bogavante que un tapete de macramé.
Ah, me acabo de dar cuenta de un pequeño detalle que viene a apoyar mi hipótesis: si te fijas en los autores que he citado (y te juro que ha sido sin premeditación), la mitad, más o menos, son escritores de novela negra. ¿Qué significa esto? Bueno, las novelas policíacas suelen tener tramas muy complejas y estructuradas que requieren, por tanto, mucho tiempo de reflexión para su correcta elaboración.
Mucha cocina, vamos.
miércoles, enero 18
El coleccionista de frases 8
"Con la literatura pasa lo que con el arte culinario: los platos muy elaborados resultan finos y delicados al paladar, pero acaban empachando; mientras que la cocina casera y elemental es más sabrosa y fácil de digerir".
Giovanni Papini
Vaya, pues no soy yo el único que compara literatura y gastronomía...
Giovanni Papini
Vaya, pues no soy yo el único que compara literatura y gastronomía...
martes, enero 17
Caviar y cordero
Hace muchos años, le preguntaron a un famoso crítico gastronómico –que se ocultaba bajo el seudónimo de Savarin- cuál sería su menú personal perfecto y él contestó: “Caviar y cordero asado”. La respuesta me sorprendió un poco; vale que el caviar es un símbolo del lujo culinario, pero ¿cordero asado? ¿No resulta una elección un tanto rústica para un sofisticado juez de los fogones? Quizá, pero está claro que a Savarin le chiflaba el cordero asado y lo prefería a, por ejemplo, unos canapés de ciruela con foie de oca y tempura de naranja o unas codornices con puré de chirimoya a la salsa de oporto. Y tenía todo el derecho del mundo, porque además, pese a ser un plato sencillo y poco sofisticado, el cordero al horno está condenadamente bueno.Cambiando la cocina por la literatura, he encontrado a un buen número de personas que abogan por leer sólo caviar. A fin de cuentas, dicen, dado lo dilatado de la producción literaria a lo largo del tiempo, disponemos de cientos, miles de textos extraordinarios para leer. De hecho, podríamos pasarnos la vida leyendo exclusivamente obras maestras, desde la A de Adamov hasta la Z de Zola, pasando por la CH de Chejov, la N de Naipaul y la P de Pessoa. Además, a diferencia de lo que ocurre con la gastronomía, cuesta lo mismo un libro de Nabokov que, por ejemplo, una novela policíaca de Dennis Lehane. Entonces, pudiendo acceder a lo excelso, ¿por qué conformarnos con lo que, en comparación con las grandes obras maestras, sólo es mediocre?
La verdad es que son unos argumentos apabullantes ante los que no puedo esgrimir ninguna razón objetiva. Pero sí subjetiva: mi gusto personal. A mí, al igual que a Savarin, me encanta el caviar; pero no podría pasarme la vida deglutiendo sólo huevas de esturión, o canapés de ciruela, o codornices con chirimoyas, porque también me gusta el cordero asado, y los huevos fritos, y, por qué no, una buena ración de patatas bravas. En materia literaria, soy omnívoro; disfruto con los sabores sofisticados, pero también con la buena materia prima cocinada de forma sencilla. Considero, al igual que Borges, que la literatura sólo tiene sentido como fuente de placer; así pues, buscaré ese placer allí donde lo encuentre, procurando, eso sí, encontrarlo en el mayor y mejor número de sitios posible. Por eso, no quiero sentirme oprimido por el rigor canónico; mis gustos son variados y heterogéneos; algunos, incluso, injustificables. Pero son míos y no tienen por qué coincidir con los de otros, sean estos una selecta minoría o una torpe mayoría. ¿En mi biblioteca personal conviven Sterne con Henning Mankell, Pynchon con Cliford D. Simak? Pues sí, ¿y qué? A fin de cuentas, ellos, y otros muchos igual de contradictorios o más, forman parte de mi bagaje personal. La cuestión no es si debo o no disfrutar con ellos, sino si soy capaz de valorarlos con objetividad, sean cuales sean mis preferencias personales.
Aunque, claro, también es posible que todo eso no sean más que coartadas destinadas a ocultarme a mí mismo lo asquerosamente vulgar que soy como lector. Quién sabe... En cualquier caso, la pregunta sería: ¿es intelectualmente lícito disfrutar de lo menos bueno? Y su contrario: ¿es intelectualmente lícito no disfrutar de lo que es objetivamente muy bueno?
lunes, enero 16
Thriller
Este fin de semana he visto una excelente película. Se llama Layer Cake y es un thriller inglés dirigido por Matthew Vaughn y protagonizado –muy bien, por cierto- por Daniel Craig, el próximo James Bond. La película se denomina en España Crimen organizado, un título tan descriptivo como tonto; mucho mejor el original inglés, “pastel de capas”, cuyo sentido sólo puede entenderse viendo la película. Se trata de una historia en la que todos, en mayor o menor medida, son antihéroes, una historia de criminales sin policías, una historia de robos, traiciones y violencia narrada con inusitado brío, mucho sentido del humor y constantes giros inesperados. En el fondo, más allá de las peripecias, es un drama clásico sobre la inexorabilidad del destino y la imposibilidad de ser otra cosa distinta a lo que se es.Aparte de recomendártela encarecidamente, esto me da pie para hacer una triste comparación. ¿Qué ha ocurrido con la magnífica tradición del thriller norteamericano? Estados Unidos es –seguido por Francia- el país que más y mejores películas policíacas ha producido. La jungla de asfalto, El sueño eterno, la saga de El padrino, A quemarropa... la lista sería interminable. Pero ahora, aparte de aisladas excepciones como LA Confidential, Reservoir Dogs o Fargo, las películas policíacas norteamericanas se han convertido en películas de acción. Todo es BOOOM!, CRASH!, TZUUUUM!, BANG-BANG!, todo son persecuciones, explosiones y coches destrozándose, todo son héroes adictos a los anabolizantes y rubias recauchutadas, pero ni una pizca de talento narrativo, ni un gramo de inteligencia.
Layer Cake es una película relativamente barata; no hay desquiciadas carreras de coches, ni grandes explosiones, ni megaestrellas de ego hipertrofiado –aunque Craig puede acabar siéndolo-, pero la narración te mantiene con el culo haciendo ventosa en la butaca y la violencia, siempre contenida, te sacude como un mazazo cuando estalla inesperadamente frente a tus ojos. Todo lo contrario, por cierto, que sucede con las producciones norteamericanas, tan absolutamente desmadradas en su violencia que, a la larga, ni siquiera parecen violentas, sino simplemente circenses.
En fin, Layer Cake demuestra que para realizar una buena película no hace falta mucho dinero, sino mucho talento. Ah, por cierto, el film está basado en una novela del mismo título de J. J. Connolly, autor también del guión.
Y, como aperitivo, aquí tienes un fragmento de ese guión: "Naces y ya estás jodido. Sales al mundo y ya estás jodido. Subes un poco más alto y estás un poco menos jodido. Hasta que un día te sitúas arriba, en una atmósfera enrarecida y te olvidas de lo que es estar jodido. Bienvenido a la tarta a capas..."
domingo, enero 15
sábado, enero 14
El coleccionista de frases 7
Hasta el momento, las frases que he incluido aquí tenían más o menos enjundia. Pero hay otra clase de frases: las absolutamente estúpidas. Son frases que no significan nada, que no tienen ningún sentido, pero que precisamente por su propia vaciedad resultan divertidas. Por ejemplo, ésta que descubrí garabateada en la puerta de un WC:
"No soy vegetariano porque ame a los animales. Soy vegetariano porque odio a las plantas".
"No soy vegetariano porque ame a los animales. Soy vegetariano porque odio a las plantas".
viernes, enero 13
Viernes 13
Por cierto, dada la fecha de hoy: ¿sabes por qué los viernes 13 están considerados días de mala suerte? Porque el viernes trece de octubre de 1307, los templarios fueron detenidos en toda Francia.
El libro gordo te enseña,
el libro gordo entretiene.
Y yo te digo contento:
¡hasta la Fraternidad que viene!
El libro gordo te enseña,
el libro gordo entretiene.
Y yo te digo contento:
¡hasta la Fraternidad que viene!
El ojo crítico
¿Quién decide si una obra literaria es buena, mala o mediocre? ¿Los lectores? Evidentemente no, pues en tal caso Dan Brown sería más grande que Shakespeare. ¿La crítica? Los críticos no hablan con una única voz y sus opiniones se ven muchas veces mediatizadas por intereses espurios. ¿Los círculos literarios? Primero habría que determinar qué cojones son los “círculos literarios” y hasta dónde llega su capacidad de influencia. En realidad, supongo que la valoración de una obra depende de muchos factores, entre los que no hay que excluir las razones comerciales, la moda y la casualidad. Supongo que, a la hora de la verdad, el único juez literario definitivo es el tiempo. No obstante, ¿qué ocurre con los textos extraordinarios? Cuando surge una obra maestra, ¿resulta evidente que es una obra maestra? Es decir, ¿la calidad habla por sí misma?El ojo crítico es un pequeño libro publicado por Ediciones B en 1990 (edición de Constantino Bertolo), que recoge algunas de las meteduras de pata críticas más sonadas de la historia. He aquí algunos ejemplos:
Henry James hablando sobre Walt Whitman: “La actitud de Mr. Whitman parece monstruosa. Lo es porque pretende persuadir al espíritu mientras ofende al intelecto; porque pretende gratificar los sentimientos mientras ultraja el buen gusto”.
Lord Byron hablando sobre Shakespeare: “El nombre de Shakespeare, pueden estar seguros, está colocado absurdamente alto y tendrá que bajar. No tenía imaginación para sus historias, ninguna en absoluto. Tomó todas sus trama de novelas antiguas y montó sus historias en forma teatral, con tan poco esfuerzo como el que Ud. Y yo necesitaríamos para volver a escribirlas en forma de historias en prosa”.
Valle Inclán refiriéndose a Pérez Galdós: “Don benito el garbancero”.
Carta de rechazo del San Francisco Examiner a Rudyard Kipling: “Lo siento, Mr. Kipling, pero sencillamente no sabe cómo utilizar el lenguaje”.
Emile Zola sobre Las flores del mal de Baudelaire: “Dentro de cien años, los libros de historia de literatura francesa sólo mencionarán esta obra como curiosidad”.
Carta de rechazo del editor Marc Humblot a Proust: “Mi querido amigo, quizá debo de estar muerto de cuello para arriba, pero por más que me devano los sesos no acierto a ver por qué alguien necesita treinta página para describir cuántas vueltas da en la cama antes de dormir”.
Crítica del Boston Evening Transcript a ¡Absalón, Absalón!, de Faulkner: “Desde la primera a la última página de esta novela nos damos cuenta de que el autor se está esforzando por conseguir originalidad. No dirá nada de una manera sencilla. Sus párrafos son tan largos y tan enmarañados que resulta difícil recordar quién está hablando o el tema con el que empezaba el párrafo”.
Pío Baroja hablando de Flaubert: “Flaubert es un animal de pata pesada. Se ve que es normando. Todas sus obras tienen peso específico; a mi me fastidia”.
Ortega y Gasset hablando sobre Paul Veléry: “Último mandarían de las letras francesas, auténtico intelectual, pero de corto resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse”.
Un buen puñado de herejías, ¿verdad? Pues debo confesar que estoy de acuerdo con dos de ellas. ¿Seré tonto?... (es una pregunta retórica, no hace falta que respondas)
jueves, enero 12
Luis Alberto
En lo que respecta a la poesía, debo reconocerlo, soy un hortera. Tan patán soy, que los poemas que de verdad me gustan son los rimados y ni siquiera tengo muy claro qué es eso del verso libre, ni qué, en definitiva, lo diferencia de la prosa. Huelga, por tanto, comentar que no sigo la poesía contemporánea y que mis poetas favoritos están todos muertos. Con una venturosa excepción: Luis Alberto de Cuenca.Conocí a Luis Alberto hace diez u once años. Era amigo de un amigo, había leído uno de mis cuentos –El mensaje perdido- y, según él, le había gustado tanto que quería charlar conmigo para comentarlo. Nos vimos, conversamos y..., bien, por mi parte fue un amor a primera vista. Luis Alberto es un hombre elegante al estilo clásico, con cierto aire de aristócrata inglés. Es, además, un individuo cultísimo, un ameno y apasionante conversador y una de las personas más amables, atentas y cordiales que he conocido jamás. También es de derechas, sí; fue Secretario de Estado de Cultura durante la segunda legislatura del PP. Sin embargo, cuando hablas con él, cuando escuchas sus opiniones, no puedes evitar preguntarte cómo es posible que un presunto conservador esté tan escorado a la izquierda.
Hay algo peculiar en Luis Alberto; posee una vasta erudición, ya lo he dicho –no en vano es doctor en Filología Clásica, investigador del CSIC y ex-director de la Biblioteca Nacional-, pero aparte de la, llamémosle así, cultura canónica, es un entusiasta de la cultura popular. Adora la literatura fantástica, consume ciencia ficción y fantasía heroica, disfruta como un enano con un buen comic y es un cinéfilo empedernido. Entre sus arquetipos, encontramos a Tintín, a Guillermo Brown, a Conan de Cimeria, a Gandalf, a Sherlock Holmes, a Flash Gordon o el Hombre Enmascarado. ¿Cómo no va a caerme bien un tipo así?
También es poeta. Supongo que podría calificarle de posmoderno, si no fuese porque eso de las clasificaciones me suena a oficina de correos. La poética de Luis Alberto es un reflejo de él, una elegante mezcla de erudición, melancolía, sentido del humor y cultura popular. Uno de sus poemas, por ejemplo, está dedicado a Red Sonja, un personaje de Howard, la versión femenina de Conan. En otro, y cito de memoria, compara a una mujer con Diana Palmer. Pero, ¿quién narices es Diana Palmer?; pues la eterna novia de The Phantom, el Hombre Enmascarado. Reconozco que me encanta ese aire travieso de la poesía de Luis Alberto, su renuncia a la solemnidad, su heterodoxia cultural, su vocación de juego. Y ahí entroncamos con el comentario de ayer. Permíteme que reproduzca una poesía de Luis Alberto de Cuenca que apareció en su antología de 1993 El Hacha y la Rosa. Se llama Los dos Marcelos.
En abril de este año hablé con Bioy Casares.
Le recordé al maestro que en un prólogo suyo de hace cincuenta años
llamó pesado a Proust,
y que en una Postdata al mismo prólogo,
escrita veinticinco años después,
cantó la palinodia:
“¿Qué es eso de matar a quienes más queremos?”
Bioy me dijo que, de pequeño, aborrecía a Proust,
pero que luego se hizo mayor y aprendió a amarlo.
Yo le dije que Proust me aburría,
que no me interesaba, ni antes ni ahora, en absoluto.
Bioy entonces me dijo que leyera Albertine Disparue
como si fuera una novela policíaca,
que a lo mejor así empezaba a gustarme Á la recherche du temps perdu,
como a todo el mundo sensato.
No he seguido el consejo de A. B. C.
Él se había mostrado irreverente con Proust cuando era joven,
que es cuando se dice la verdad.
Yo no quiero dejar de ser joven.
No soporto la idea de que cualquier enciclopedia
dedique siete páginas a Marcel Proust y siete líneas a Marcel Schwob.
No es justo lo que han hecho con los dos Marcelos.
miércoles, enero 11
Ateismo literario
Creo que sólo existe una cosa sagrada en este mundo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todo lo demás es profano, y eso incluye a la literatura. Sin embargo, la mayor parte de la gente parece pensar lo contrario. Los lectores –sobre todo los lectores cultos- tienden a sacralizar el hecho literario; adoptan libros canónicos, conforman un panteón de dioses-autores, siguen con fidelidad un dogma, el que sea, acerca de lo que es literatura (la auténtica fe) y lo que no lo es (la herejía)... En definitiva, se aproximan con devota reverencia al Arte de la Escritura, así, con mayúsculas. Los no lectores, por su parte, se sienten avergonzados de su condición. Saben que, aunque a ellos les aburra, leer es bueno y contemplan con una mezcla de culpabilidad y respeto tanto a los libros como a quienes los escriben y leen. Es decir, se enfrentan con inseguridad e ignorancia a lo desconocido, lo cual es la actitud religiosa básica.El artista se ha convertido en una de las figuras centrales de la mitología moderna; no tanto por su arte en sí mismo –algo que la mayor parte de la gente suele desconocer-, sino por el hecho de ser un elegido, un profeta, un tocado por la mano de dios. A fin de cuentas, se supone que un artista es un “creador”, palabra ésta de amplias resonancias bíblicas. Aunque, claro, no todos los artistas brillan con idéntica intensidad; yo diría que podemos situar en cabeza del hit parade a los músicos, los pintores y los escritores. Y cuando digo escritores, me refiero básicamente a los novelistas.
Hace poco me sucedió algo un tanto desconcertante. Estaba en el Liber, invitado por una de las editoriales donde suelo publicar, cuando la directora literaria me dijo que una admiradora mía quería conocerme. Era una chica joven, no más de 25 años, discretamente agraciada y de aspecto agradable. Se acercó a mí con una sonrisa embelesada, me dio dos besos, musitó algo acerca de lo mucho que le gustaban mis novelas y luego hizo una cosa extraña: tendió una mano, la posó sobre mi pecho y la dejó allí durante unos segundos. Luego, murmuró una despedida y se fue. Aquella chica me había tocado; pero no como, para ser sinceros, me gustaría que me tocase una veinteañera, sino como quien toca el brazo incorrupto de Santa Teresa. Por favor, ¿incluso un capullo como yo merece esa clase de adoración por el mero hecho de ser escritor?
Soy ateo y escéptico; intento serlo en todos los aspectos de mi vida, no sólo en el religioso. Me niego a adorar ídolos, aunque sean profanos. No creo que los escritores, ni siquiera los mejores entre los mejores, estén dotados de ningún don sobrenatural. Como dijo alguien, la creación artística es el resultado de un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de exudación . No se nace siendo escritor; se aprende, como cualquier otro trabajo, mediante la reflexión y la práctica. Los libros no son objetos sagrados, ni la lectura una forma de oración.
Llamero, un asiduo visitante de este blog, sugirió que la literatura era en realidad un juego. Estoy absolutamente de acuerdo. La literatura es un juego de verdades y mentiras, una galería de espejos, fuegos de artificio, luz y niebla; la literatura es jugar al escondite, y a las charadas, y a los acertijos; la literatura es fingimiento, sueños y fantasía, un calidoscopio, una linterna mágica, es el aleph de Borges. La literatura es muchísimas cosas..., pero no una religión.
Por eso, debemos desacralizar la literatura, perderle el respeto.
Y jugar con ella.
martes, enero 10
El coleccionista de frases 6
La palabra popurrí procede el francés pot pourri, que significa "olla podrida" (ese plato que, como el cocido, consiste en hervir juntos diversos alimentos). En esta entrada de El coleccionista vamos a degustar una olla podrida de frases relacionadas con la literatura; tres acerca del estilo y una sobre la edición. Bon apetit."La perfección del estilo consiste en no tenerlo. El estilo, como el agua, es mejor cuanto menos sabe".
Gustave Flaubert
"El barroquismo es un pecado de vanidad: parece como si el escritor barroco estuviera pidiendo que se le admire".
Jorge Luis Borges
"Todos los estilos son buenos, excepto el aburrido".
Voltaire
"El director literario es el encargado, en una editorial, de separar el grano de la paja... y luego publicar la paja".
Adlai Stevenson
lunes, enero 9
Universos paralelos
Este fin de semana he hecho algo fascinante: saltar de un universo paralelo a otro. Me explicaré; he estado visitando blogs dedicados a dos tipos de literatura: unos a la literatura fantástica y otros a la literatura general. Y es curioso, porque son iguales y distintos a la vez, como universos paralelos que, por su propia naturaleza -el paralelismo-, nunca llegan a tocarse.
La literatura "literaria" (si es que tal expresión tiene algún sentido) no sólo desdeñaba a la literatura de género, sino que negaba incluso su condición de "literatura". Los amantes del género, por su parte, convirtieron su resentimiento en bandera y se encerraron en unos ghettos que Internet no hizo más que reforzar.
Pero las cosas cambian, claro. Poco a poco, los círculos literarios van acogiendo en su regazo a géneros que antes sólo eran infraliteratura. El policíaco, por ejemplo; o el histórico. Y también el fantástico, aunque con muchas más reticencias (sobre todo en lo que se refiere a la ciencia ficción). La novela posmoderna, por ejemplo, se nutre en parte de las fuentes de la cultura popular, aunque también es verdad que muchos de sus autores suelen aproximarse al género con cierta timidez y cuantas más coartadas culturalistas mejor. En cualquier caso, los diques se están resquebrajando y el fantástico comienza a fluir por los canales de la literatura general.
El problema es que, mientras esto sucede, mientras el fantástico se incorpora lentamente al mainstream, el ghetto parece retroceder, regresar a sus orígenes pulp y resignarse a ser poco más que fantasías masturbatorias de poder propias de adolescentes inseguros. Por fortuna, cada vez se escuchan más voces dentro del ghetto clamando por derribar los muros.
De un modo irónico, la situación inicial parece haberse invertido. Si el rechazo a la literatura fantástica fue una muestra de la miopía y rigidez de los círculos literarios, el actual anquilosamiento del género fantástico no refleja más que miedo al cambio, el pavor a perder la triste identidad del marginado. En el fondo, es muy freudiano: un regreso a la infancia, a la matriz, un meterse el pulgar en la boca y cerrar los ojos.
Pero lo realmente curioso, lo paradójico, es que saltando de un mundo paralelo a otro, de un blog al siguiente, lo que he encontrado es básicamente lo mismo: un profundo amor a la palabra escrita.
La literatura "literaria" (si es que tal expresión tiene algún sentido) no sólo desdeñaba a la literatura de género, sino que negaba incluso su condición de "literatura". Los amantes del género, por su parte, convirtieron su resentimiento en bandera y se encerraron en unos ghettos que Internet no hizo más que reforzar.
Pero las cosas cambian, claro. Poco a poco, los círculos literarios van acogiendo en su regazo a géneros que antes sólo eran infraliteratura. El policíaco, por ejemplo; o el histórico. Y también el fantástico, aunque con muchas más reticencias (sobre todo en lo que se refiere a la ciencia ficción). La novela posmoderna, por ejemplo, se nutre en parte de las fuentes de la cultura popular, aunque también es verdad que muchos de sus autores suelen aproximarse al género con cierta timidez y cuantas más coartadas culturalistas mejor. En cualquier caso, los diques se están resquebrajando y el fantástico comienza a fluir por los canales de la literatura general.
El problema es que, mientras esto sucede, mientras el fantástico se incorpora lentamente al mainstream, el ghetto parece retroceder, regresar a sus orígenes pulp y resignarse a ser poco más que fantasías masturbatorias de poder propias de adolescentes inseguros. Por fortuna, cada vez se escuchan más voces dentro del ghetto clamando por derribar los muros.
De un modo irónico, la situación inicial parece haberse invertido. Si el rechazo a la literatura fantástica fue una muestra de la miopía y rigidez de los círculos literarios, el actual anquilosamiento del género fantástico no refleja más que miedo al cambio, el pavor a perder la triste identidad del marginado. En el fondo, es muy freudiano: un regreso a la infancia, a la matriz, un meterse el pulgar en la boca y cerrar los ojos.
Pero lo realmente curioso, lo paradójico, es que saltando de un mundo paralelo a otro, de un blog al siguiente, lo que he encontrado es básicamente lo mismo: un profundo amor a la palabra escrita.
domingo, enero 8
Cara Care
Hay personas que te caen bien antes de conocerlas. Hace unos años, apareció en el suplemento cultural de El Mundo una crítica de mi novela La catedral, tan positiva, tan laudatoria, que no pude evitar sonrojarme al leerla. Esa crítica iba firmada por Care Santos -para mí, entonces, una desconocida- y, teniendo en cuenta lo mucho que doña Care había hecho por mi ego, no me cuedó más remedio que enamorarme de ella. Luego me enteré de que era escritora, de que vivía en Barcelona y de que, para mi decepción amorosa, estaba felizmente casada y progresivamente llena de hijos. Más tarde nos conocimos de una forma extraña: a través de un foro de Internet en el que ambos participábamos. Finalmente, tras unos cuantos contactos electrónicos, nos vimos en persona y, en lo que a mí respecta, el flechazo fue definitivo.Care es una mujer inteligente, culta, sensible y muy creativa. Pero, al mismo tiempo, es una de las personas más sencillas, cálidas y cordiales que he conocido. En ella no hay el menor rastro de afectación, ni un ápice de esa egolatría insufrible que aqueja a muchos escritores. Care es, sencillamente, un encanto. ¿He dicho ya que la amo?
Aunque nadie es perfecto, pues ella es la culpable de la existencia de este blog. El pasado 2 de diciembre, recibí un correo electrónico suyo donde me comunicaba la innauguración de su propia blog, El aprendizaje de la soledad. Lo visité y me encantó. Pero también me hizo descubrir algo: mediante Blogger podía crear mi propio blog con toda facilidad. Nunca había pensado en hacerlo; ni siquiera tenía muy claro lo que era un blog, pero resultaba tan sencillo, tan tentador... En fin, mi carísima Care tiene la culpa de que que este blog exista, aunque, claro, de su bobo contenido sólo yo soy responsable.
En cualquier caso, Care vale la pena y su delicioso blog también. En cuanto averigüe cómo se hace, lo incluiré en los links de La Fraternidad. Entre tanto, visítalo haciendo clic aquí:
http://silencioeslodemas.blogspot.com/
sábado, enero 7
Las dulces mentiras de la memoria
La Navidad, o la pos-Navidad, es una época proclive al recuerdo. Durante mi infancia y adolescencia leí algunos libros que me apasionaron, pero que ahora se me caerían de las manos. Por ejemplo, mi primera novela de ciencia ficción, Los reyes de las estrellas, de Edmond Hamilton; la devoré con pasión cuando tenía doce años. Hace poco la hojeé y... madre mía, que mala es. Bazofia pulp de la peor especie. Sin embargo, en mi memoria sigue siendo una maravilla.Lo mismo me sucede con Viaje al centro de la Tierra, de Verne, Los tres mosqueteros, de Dumas, Ella, de Rider Haggard, o, por elevar un poco el punto de mira, El cuarteto de Alejandría, de Durrell. Eso me recuerda una afortunada flase de Bioy Casares:
"El recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí".
viernes, enero 6
Màgoi ap'anatoliòu
El título de arriba significa "magos que venían de Oriente" y son las palabras exactas que emplea Mateo para referirse a los Reyes Magos. No cita ni su número, ni su procedencia exacta, ni sus nombres, ni, por supuesto, afirma que fuesen reyes. Lo único que dice es que eran magos orientales. Y eso siempre fue un grano en el culo de una religión tan supuestamente ortodoxa como la cristiana, porque el término griego màgoi hace referencia a la casta de sacerdotes-astrólogos persas servidores de Mazda. ¿Qué hacían adorando al hijo del único dios veredadero? Y sobre todo, ¿está bien eso de incluir en el santoral a unos tipos que, se mire como se mire, eran unos paganos mazdeistas?Hasta el siglo tercero nadie dijo que fueran tres -lo decidió Orígenes-; antes, su número oscilaba entre dos y doce. En ese mismo siglo, un tal Tertuliano comentó: "se ha sostenido que los magos eran reyes de Oriente". La verdad es que nadie había sostenido eso antes de él, pero ¿qué más da? Para representar sus imágenes, venía muy bien eliminar los gorros frigios de los sacerdotes persas y cambiarlos por coronas. Sus nombres -Balthassar, Melchior y Gaspar- se fijaron en el siglo IV, pero todos eran blancos (y dos de ellos rubios). En el siglo XVI se decidió que uno fuera negro, para que así representaran a los tres continentes entonces conocidos: Europa, Asia y África.
¿Y qué fue de ellos después de abandonar Belén? Pues la leyenda asegura que, en vez de volver a sus, por otro lado, inexistentes reinos, embarcaron en Tarso y se fueron a la India, donde el apostol Tomás los bautizó y consgró obispos. Om mane padme amén...
¡Felices Reyes!
jueves, enero 5
Queridos Reyes Magos
La verdad es que, salvo en sus aspectos paganos, no me gustan excesivamente las fiestas de Navidad. Demasiado jaleo, demasiado tópico, demasiada comida, demasiada mala literatura. Sin embargo, debo confesar que me encanta el día de Reyes. Si te paras a pensarlo, es una de las pocas tradiciones auténticamente altruistas que existen. Los adultos se ponen de acuerdo para crear un día mágico destinado a los niños. Una bella mentira bondadosa. Además, se hacen regalos sólo por amor, pues el que recibe el regalo no sabe quién se lo hace. Puro altruismo. Es bonito.Cuando yo era pequeño, mi padre, un loco generoso, me cubría de regalos. La noche de Reyes, yo apenas podía dormir; me levantaba por la mañana, muy temprano, iba al salón y lo encontraba lleno de paquetes. Cuando cumplí 14 años, mis padres decidieron que esos serían mis últimos Reyes de niño y echaron la casa por la ventana. El salón estaba literalmente atestado de regalos primorosamente envueltos; jamás he recibido tantos. ¿Fui un niño malcriado? Quizá, pero también un niño feliz.
Por eso me gusta esta fiesta y por eso he procurado que mis hijos la vivan como un día mágico. Incluso ahora que son mayores -uno tiene 18 tacos y el otro 15-, intento que la magia permanezca. Para ello, aparte de los regalos "canónicos" (lo que ellos piden), hay otros regalos sorpresa. Pero esos regalos no están a la vista, sino ocultos; para encontrarlos, deben seguir ciertas pistas que les he preparado, resolver algunos enigmas. De hecho, una de las pistas de este año aparecerá aquí, así que la siguiente entrada del blog estará destinada única y exclusivamente a Óscar y Pablo, mis escasamente civilizados vástagos.
Por cierto, ¿sabés dónde están los Reyes Magos ahora? Pues en la catedral de Colonia; ahí se encuentran sus reliquias desde que Federico Barbarroja las robó en Milán.
Felices Reyes a todo el mundo.
miércoles, enero 4
El coleccionista de frases 5
"Optimista es quien opina que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Pesimista es quien teme que eso es cierto".
martes, enero 3
El oficio de narrar
El capitán ha vuelto; tras un proceloso periplo por las frías, húmedas y gastronómicas tierras del norte, aquí estoy otra vez. Feliz año nuevo para todos.Anoche volví a ver -esta vez en TV- Cadena perpetua, una película dirigida por Frank Darabont y protagonizada por Tim Robins y un como siempre espléndido Morgan Freeman. Es una buena película y, mientras la veía, recordé el relato en que está basada: Rita Hayworth y la redención de Shawskank, una novela corta de Stephen King que apareció en la antología Las cuatro estaciones.
Stephen King renovó el género de terror durante los años setenta y ochenta y, antes de perder el rumbo (así como el sentido de la medida), produjo una serie de obras más que estimables, como El resplandor, El misterio de Salem's Lot, Christine, La zona muerta o Cementerio de animales. Es muy posible que en un futuro se le considere un clásico del terror y que su nombre se una a los de Poe, Machen, Lovecraft o Bloch. No obstante, la crítica académica, como no podía ser de otra forma, lo desprecia olímpicamente, relegándole al infierno de los autores populares y bestselleros. Un mediocre artesano, subliteratura. Caca.
Bueno, es cierto que desde hace mucho tiempo King no escribe nada decente, y también es verdad que no se trata precisamente de un estilista, pero hay que reconocer que cuando estaba en plena forma era un magnífico narrador. Es decir: sabía contar condenadamente bien una historia. De hecho, Rita Hayworth y la redención de Shawskank es una pequeña pieza de relojería. No se trata de un relato de terror, sino de una historia carcelaria, y como tal reune sin el menor pudor todos y cada uno de los tópicos del género. Pero los hilvana con tanta maestría que la historia acaba pareciendo nueva. La verdad es que es un prodigio de narración.
Y eso me lleva a pensar que, con gran frecuencia, los escritores profesionales, los artesanos de la escritura, narran mejor que muchos autores de sólido prestigio entre las élites culturales. De hecho, conozco a más de un escritor español de gran renombre que no tiene ni pajolera idea de narrar (es decir, de contar historias). No deja de intrigarme ese desdén de gran parte de los "escritores literarios" autóctonos hacia la técnica narrativa. ¿Será por el poderoso influjo de Benet? ¿Será una meditada apuesta estética? ¿O será simple, llana y meridiana incapacidad? Porque narrar bien es condenadamente difícil...
Ah, por cierto, Rita Hayworth y la redención de Shawskank no sólo es un canto a la amistad, sino también un tributo a la inteligencia, pues en el fondo narra la historia de cómo el cerebro y los conocimientos pueden triunfar sobre la violencia y la barbarie. Lo cual, a mi (escasamente) humilde modo de ver, es una tesis que no está nada mal.
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