lunes, julio 2

Estatus

Una de la cosas buenas de haber trabajado en publicidad es que acabas conociendo las auténticas motivaciones de las personas. Motivaciones para comprar, por supuesto, pero no olvidemos que, en nuestra sociedad, lo que compramos nos define. O, mejor dicho, nos definimos inconsciente a través de lo que compramos. Ese acto de definición, conviene recordarlo, no se refiere sólo a lo que realmente somos, sino también a lo que nos gustaría ser. Es decir, se trata de un acto con un fuerte contenido aspiracional. Cuando adquirimos cierta clase de productos estamos comprando al mismo tiempo un sueño.

Evidentemente, no todos los productos tienen la misma carga aspiracional. No es igual comprar un detergente (casi cero en la escala de la aspiracionalidad) que comprar un coche (en el tope máximo de dicha escala). Las motivaciones, sencillamente, son distintas. Pero vamos a detenernos un momento en el tema de los coches. Supongamos, por ejemplo, que un tal Pepe (cuarenta años, urbano, padre de familia de clase media) va a cambiar de coche, y analicemos el proceso mental de esta compra.

1. ¿Qué coche comprará Pepe (y el 95 % de los ciudadanos)? Respuesta: El más caro que pueda comprar. Luego volveremos sobre esto.

2. Hay un coche que, en principio, le gusta a Pepe, pero, claro, adquirir un vehículo no es lo mismo que comprar una Coca Cola; un coche es muy costoso y hay que meditar detenidamente las alternativas para realizar la mejor adquisición posible, así que Pepe se lee los folletos de todos los vehículos de la categoría, compra revistas de automovilismo, estudia análisis comparativos... y finalmente se compra el coche que le gustaba desde el principio. Porque Pepe ya había tomado la decisión antes incluso de plantearse cambiar de coche, una decisión irracional basada, por lo general, en factores emocionales. Lo que hace Pepe después no es más que intentar racionalizar lo irracional, buscando argumentos objetivos que justifiquen su primera decisión de compra.

3. ¿Por qué le gusta a Pepe el coche que le gusta? Por mil razones, claro; la publicidad, la imagen de marca, la estética, el hecho de que alguien a quien Pepe admira o envidia tenga uno igual... incluso puede ser que el coche en cuestión no le guste particularmente, porque lo que busca en él es algo distinto a un vehículo motorizado. Es decir, en cualquier caso, le guste o no, Pepe quiere más que un coche, quiere redefinirse, quiere cumplir una aspiración, quiere conseguir algo que está relacionado con el punto 1.

4. Una vez comprado el coche, y con total independencia del resultado que de, Pepe lo defenderá a muerte. Porque Pepe ha transferido parte de su identidad al vehículo (y también, claro, porque uno se siente gilipollas reconociendo que se ha gastado una pasta gansa en una mierda de coche).

Bueno, pues éste es el proceso normal que se sigue al adquirir un coche. Por supuesto, no todo el mundo compra así, pero la inmensa mayor parte de la gente sí. Ahora vamos a prestar atención al primer punto de la lista. “A la hora de adquirir el que va a ser el coche principal, la mayor parte de la gente elegirá el más caro que pueda comprar, incluso más caro de lo que realmente puede comprar”. Se trata de un hecho estadístico; la pregunta es, ¿por qué? Si nos paramos a pensarlo, no tiene nada de lógico. Un coche caro es un coche más potente y más grande, apropiado por tanto para conducir en carretera. Sin embargo, la inmensa mayor parte de los desplazamientos que realiza nuestro hipotético Pepe son urbanos, así que lo lógico sería adquirir un coche más pequeño, menos potente (menor consumo) y más barato. Pero no, Pepe quiere el más caro. ¿Cuál es la razón?

Hay dos. En primer lugar, cuando Pepe piensa en su futuro coche no piensa en las dos horas de atasco que se chupa cada día para ir al trabajo. Piensa en las vacaciones. Por eso tantos anuncios de coches están rodados junto al mar (mar = vacaciones). El coche es para Pepe una sublimación de su deseo de libertad. En fin, una forma como otra cualquiera de autoengaño. La segunda razón, y el meollo de este post, es que Pepe, además de un coche, está adquiriendo un signo de estatus.

Estatus. m. Posición que una persona ocupa en la sociedad o dentro de un grupo social.

Con frecuencia nos olvidamos, no sé por qué, de que somos animales. Pretendemos contemplarlo todo desde la atalaya de nuestro sofisticado neocórtex, pero lo cierto es que por debajo late la bestia. Somos mamíferos gregarios que nos relacionamos con nuestros semejantes siguiendo las pautas de comportamiento propias de nuestra especie, que no son muy diferentes a las de otras especies. Nos parecemos, por ejemplo, a los lobos en el sentido de que organizamos jerárquicamente nuestra estructura social. En una jauría hay un lobo alfa (el jefe), un lobo beta, y así hasta llegar al lobo omega, que es el último mono del grupo. El ascenso en la escala jerárquica lobuna se realiza mediante enfrentamientos entre los machos. Un buen día, el lobo beta se pone chulo y reta al lobo alfa; se enfrentan y el que gana se queda con el puesto. Ahora bien, esos enfrentamientos tienen más de ritual que de auténtica lucha a muerte. De hecho, salvo accidentes, nadie suele salir malherido de ellos. Los dos lobos se sitúan frente a frente, esponjan el pelo para parecer más grandes, fruncen los belfos enseñando los dientes, gruñen y lanzan dentelladas al aire. En el fondo es una pantomima, no quieren pelearse. Pero sí mostrar su poder y agresividad. El lobo beta mira a su rival y piensa: “hostia, me había olvidado del pedazo de dentadura que tiene Alfa”. Entretanto, Alfa se dice: “joder, cómo le han crecido los colmillos al hijoputa de Beta”.Y siguen gruñendo, mordiendo el aire y dando brincos hasta que, tras un par de rápidas escaramuzas, uno de los dos se tumba en el suelo y ofrece la yugular al vencedor, quien, lejos de triturarle el cuello, se limita a orinar sobre él y a otra cosa.

En realidad, más que una lucha lo que ambos lobos protagonizan es una “exhibición de estatus”. Para los lobos, el estatus se define por la masa corporal, la agresividad y el tamaño de los dientes. No obstante, entre lobos no hace falta usar todo eso; basta con mostrarlo. Ahora bien, ¿por qué es tan importante el estatus (la posición en el grupo) para los lobos? Por la sencilla razón de que el estatus favorece la supervivencia, tanto personal como biológica, pues cuanto más estatus acumule un lobo más posibilidades tiene de comer y follar mejor.

Follar, duplicar nuestros genes, ésa es la clave de la vida. Luego, nosotros lo complicamos mucho todo, pero la cosa empieza y acaba ahí. Cuando Darwin hablaba de la “supervivencia del más apto”, ¿a qué se refería con lo de “más apto”? Pues no al más fuerte, ni el más rápido, ni el más listo, sino al individuo que, de la forma que sea, llega a echar un casquete y se reproduce. Eso es todo. Nuestra aptitud biológica se establece follando, de modo que no es raro que nos obsesione tanto el sexo.

Como a los pavos reales. Porque el hermoso y desmedido plumaje de los pavos reales machos no es más que un signo de estatus destinado a conseguir hembras. Pero esa descomunal cola también es una especie de banderola que puede atraer a cualquier depredador que ande por los alrededores, así que el pavo real se juega literalmente el cuello con tal de conseguir el estatus necesario para echar un polvete.

En cuanto a los seres humanos, tenemos diversas formas de obtener estatus, y muchas de ellas han ido variando con el tiempo, pero hay una, la básica, que permanece inmutable a lo largo de los milenios: los humanos adquirimos estatus acumulando y exhibiendo posesiones. Por ejemplo, Pepe compra un coche demasiado caro porque eso le otorgará unos puntos más de estatus. Los vecinos y los compañeros de trabajo dirán: “Eh, mira el nuevo coche de Pepe; deben de irle bien las cosas”. Pepe no es mejor ni peor que antes, pero tiene un poco más de estatus. Su nuevo coche no es sólo un vehículo, sino también unos dientes de lobo y una cola de pavo real.

Hace años, a mediados de los 80, conocí a un empleado bancario al que llamaremos Luis. La agencia de publicidad donde yo trabajaba por aquel entonces tenía una cuenta abierta en su banco, de modo que Luis solía pasarse por la oficina con frecuencia. Que quede claro que no estoy hablando de un alto cargo, sino de un empleado medio, un joven de menos de 30 años con un sueldo del montón. Pues bien, un día el director de la agencia, Paco Pepe, se dio cuenta de que Luis llevaba en la muñeca un reloj Patek Philippe valorado en un millón y medio de pesetas. Vamos a ver; si no estás podrido de pasta, gastarte hoy en día kilo y medio en un reloj puede considerarse una cara excentricidad, pero a mediados de los 80 era sencillamente una barbaridad. Extrañado, Paco Pepe se interesó por el reloj y descubrió que Luis había tenido que pedir un crédito para poder comprarlo.

A nadie le gustan tanto los relojes como para endeudarse hasta las cachas con el único objeto de adquirir uno. No, ni mucho menos; Luis, probablemente inspirado por el engominado influjo de Mario Conde, héroe y modelo de la época, era un buitrecillo ansioso por escalar puestos, un trepa impaciente dispuesto a alcanzar el triunfo fuese como fuese. Pero Luis tenía escaso estatus, era poco más que un pringao, así que tuvo que buscarse el modo de adquirir un pelín de estatus extra. El Patek Philippe que se compró era su dentadura de lobo. Los clientes, al verle con ese pedazo de peluco, debían de pensar que se encontraban ante un alto ejecutivo de la entidad, y su colegas/competidores del banco le contemplarían con envidia y cierto complejo de inferioridad. Supongo que, además, ir por el mundo con kilo y medio de oro y engranajes enlazado a la muñeca contribuía a mejorar su autoestima.

No cabe duda de que el caso de Luis es extremo, pero todo el mundo en mayor o menor medida intenta conseguir estatus. Por eso las marcas van ahora por fuera de la ropa, bien visibles. Por eso hay un culto al logotipo. Por eso las ventas de coches de lujo se han multiplicado. Por supuesto, la exhibición de posesiones no es el único medio de adquirir estatus (aunque sí el principal): cada entorno tiene sus propios baremos particulares, de modo que el estatus de, por ejemplo, un científico es diferente al estatus de un banquero o un obispo. No obstante, si nos centramos en el entorno social más amplio, podemos afirmar que tiene más estatus un futbolista o un cantante que un científico o un catedrático. Porque los principales valores de nuestra sociedad, las medallas que todo el mundo quiere prenderse en la pechera, son el dinero y la fama. Por ese orden.

Pero no basta con exhibir posesiones (la fama se exhibe sola); la actitud también es importante. Si actúas como si fueras el rey del mundo, seguro que muchos idiotas que te rodean acabarán creyendo que eres el rey del mundo. Adquirir estatus significa ascender en una escala, lo cual implica que hay gente por encima de ti y gente por debajo. Así que tu actitud cuando te relacionas con los “superiores” será diferente a cuando te relaciones con los “inferiores”. Una especie de sistema de castas, vamos.

Vivo en Aravaca, muy cerca de Pozuelo de Alarcón, una de las zonas con mayor renta per capita de España. Aquí el estatus no se exhibe, se respira. Si doy una vuelta por el pueblo, veré pasar un desfile de BMW’s, Mercedes y Audis, veré damas saturadas de rayos UVA y vestidas por Carolina Herrera, veré adolescentes pijos a bordo de una Yamaha o un quad, veré niquelados palos de golf y relucientes botas de montar... Estatus, estatus, estatus.

No voy a mentir: aquí la gente es, en general, amable y educada; pero no toda y no siempre. Con cierta frecuencia me encuentro con algún que otro rey (o reina) del mundo que cree que por ser él, o ella, quien es tiene derecho a todo. Puede colarse en una fila, puede aparcar donde le de la gana, puede no apartarse para dejarte pasar cuando te lo cruzas por una calle estrecha y, sobre todo, puede permitirse el lujo de ser despectivo/a.

El otro día, Pepa, mi mujer, me contó una anécdota que había presenciado en el Hipercor de Pozuelo. Una señora de mediana edad y clase supuestamente alta estaba comprando una blusa. Cuando acabó, la dependienta le dijo: “Usted y yo nos conocemos; vivimos en la misma urbanización”. La señora alzó una ceja y respondió: “Usted me conoce de venderme blusas. Punto”. ¡Oh, dios santo, que chutazo de estatus!

Mucha de la gente que es amable y educada contigo, gente que te parece incluso encantadora, lo es porque tu nivel de estatus es similar al suyo. Ahora bien, puede que actúen de forma muy distinta cuando tratan con los “inferiores”. Desde hace varios años, las asistentas que se han sucedido en el cuidado de mi casa son latinoamericanas. Primero una señora boliviana llamada Florinda (Flori), que me sirvió de modelo para componer el personaje de doña Flor en mi novela El último trabajo del Sr. Luna. Luego llegaron, consecutivamente, las colombianas Rocío y Miyo, y actualmente me cuida la hermana de esta última, Patricia. Con todas me he llevado muy bien y de todas he aprendido muchas cosas. Algún día os hablaré de ellas. El caso es que esas magníficas y valientes mujeres me han contado sus experiencias laborales anteriores, o las de amigas suyas, y a mí se me han puesto los pelos de punta. No voy a entrar en detalles, pero no os podéis ni imaginar hasta que punto la gente puede abusar de su estatus, hasta que punto pueden ser miserables los “triunfadores”. Es para vomitar, os lo juro.

Antes de acabar, que esto ya es muy largo, quiero advertiros que nadie, ni yo ni vosotros, es ajeno al estatus. Todos, de una manera u otra, queremos adquirirlo y lo reconocemos en los demás. Puede que nuestra escala de estatus sea diferente a la del vecino, que nuestros valores no coincidan con los de la mayoría, pero podéis estar seguros de que todos anhelamos un puesto social elevado, revista la forma que revista. Y esto no es malo ni bueno; sencillamente, forma parte de nuestra naturaleza. La cuestión reside en si ese estatus debe orientarse sólo hacia el bolsillo, o si debe pasar antes por el filtro de la conciencia.

domingo, junio 24

Asín gana el Madriz


Como sabéis, si es que lo sabéis, me gusta mucho más el baloncesto que el fútbol e, igual que en el terreno balompédico soy madridista, también los soy en lo que respecta al deporte de la canasta. Pues bien, esta tarde, el Real Madrid ha ganado la liga ACB de baloncesto y, además, jugando en la cancha de su eterno rival, el Barcelona. M'alegro.

jueves, junio 21

Solsticio de Verano 2


Hoy, a las 18:06 hora solar, 20:06 hora local, tendrá lugar el solsticio de verano. Quien quiera saber algo más sobre el solsticio puede acudir raudo a la entrada del 20 de junio de 2006, donde se comentan algunas tradiciones asociadas a este evento astronómico. Como por ejemplo la fiesta celta de Beltane, donde se encendían grandes fuegos en honor al Sol, igual que se encienden durante la noche de San Juan, una cristianización de ritos que debieron de nacer en el neolítico. Por cierto, no me cansaré de señalar que Juan el Bautista es el personaje más misterioso de los Evangelios.

Feliz solsticio, amigos.

martes, junio 19

Sobre fútbol y homo tenax

No soy un gran aficionado al fútbol que digamos; de hecho, soy muy poco futbolero, y lo poquito que soy se debe más a motivos sentimentales que a auténtica pasión por el juego. Entendedme, puedo disfrutar presenciando un buen partido, pero hay tan pocos buenos partidos, en general son todos tan aburridos... Por otro lado, y pese a mi escasa devoción por el balompié, no comparto la actitud de ciertos intelectualoides de salón que miran por encima del hombro a los aficionados, como si estos fueran seres inferiores por el mero hecho de disfrutar con un buen lanzamiento de falta o una roulette. Ojalá las cosas fueran tan sencillas y bastara con saber las preferencias deportivas de una persona para conocer su auténtica naturaleza, pero no es así. Conozco a gente brillantísima que es hincha entusiasta y a auténticas acémilas que echan pestes del balón. No, la afición a un deporte (sea el que sea) nada tiene que ver con las neuronas.

Volviendo a mi caso particular, digamos que sólo un diez por ciento de César es aficionado al fútbol (¡dios santo, estoy hablando de mí en tercera persona, como Maradona!). Ahora bien, el doscientos por cien de ese diez por ciento es total, absoluta y devotamente merengue. Soy del Real Madrid, como decía antes, por motivos sentimentales. Lo soy porque a mi padre le gustaba el fútbol y era fan hasta las cachas del equipo blanco, así que desde que yo era muy pequeño en mi casa se celebraban con entusiasmo las victorias del Madrid. Además, mi padre y mis hermanos eran socios del club, de modo que en verano íbamos a la piscina para socios que entonces (allá por primeros de los 60) estaba junto al estadio. Así que ya veis, soy del Real Madrid porque el hogar de un hombre es su infancia, por cariño a mi padre, por nostalgia y por todas esas babosadas. Pero, no lo olvidemos, soy un madridista que funciona sólo al diez por ciento de intensidad, de modo que cuando el Madrid gana me alegro moderadamente, y cuando pierde me entristezco comedidamente... no, es mentira, no me entristezco nada; tan sólo un pinchacito en el corazón y a continuación me olvido. Ventajas de la moderación.

Anteayer, el Real Madrid ganó la liga. Me alegro. Punto. No voy a dedicar este post a loar las virtudes del equipo blanco, porque no me apetece y porque menos le apetecerá a los merodeadores de Babel hinchas del Barcelona (¡Os jorobáis, pérfidos blaugranas!) (Vale, disfruto más con las derrotas del Barça que con las victorias del Madrid; esta irracional actitud tiene que ver con el síndrome del odio platónico que comentábamos en un post anterior). Además, no voy a loar las virtudes del Madrid porque apenas las tiene, y eso es lo interesante del asunto. El actual Real Madrid es un mal equipo. Cuenta con buenos jugadores, desde luego, pero como conjunto es un desastre. Tiene una defensa endeble (media liga pertenece a Casillas), un centro del campo estático y una delantera habitualmente desconectada del resto de los jugadores. Sin lugar a dudas, son mejores equipos el Barcelona o el Sevilla. Sin embargo, el Madrid ha ganado la liga. ¿Por qué? Pues porque el Madrid (este Madrid) posee una virtud que le ha permitido situarse por encima de los demás: la voluntad.

Un personaje de una de mis novelas decía: “La vida es como una pelea, y en una pelea no importa cuántas veces caes, sino cuántas te levantas”. Creo que es cierto; la tenacidad, el inquebrantable deseo de conseguir algo, es una de las fuerzas más poderosas que puede desarrollar el ser humano. No importa lo inteligente que seas, ni lo preparado que estés; si te enfrentas a alguien tenaz, perderás. Porque una persona tenaz es alguien que dedica el cien por cien de su tiempo, de sus pensamientos, de su voluntad, a un fin determinado. Sin embargo, tanto a ti como a mí nos gusta la literatura y el cine, vemos series de TV, jugamos al mus o sencillamente disfrutamos del placer de no hacer nada. Es decir, nos dispersamos. Y, entre tanto, el homo tenax, ajeno al desaliento, continúa infatigable su labor en pro de conseguir lo único que tiene en la cabeza. Es una fuerza ciega e imparable ante la que sólo cabe la rendición.

Bueno, pues más o menos eso ha ocurrido con el Real Madrid. En algún momento, los jugadores tomaron la obsesiva determinación de ganar la liga, de no desmoralizarse ante las adversidades, de mantener una fe inquebrantable en el triunfo. Esa panda de jovencitos millonarios y malcriados se convirtieron de repente en homos tenax, la más vigorosa especie de primates. Gran parte de los últimos partidos que ha jugado el Madrid, incluyendo el último, han sido agónicos, partidos que todos dábamos por perdidos, salvo los jugadores, partidos que se ganaron en el último minuto no por la calidad del juego, sino por la fuerza de la tenacidad. Y esto, claro, no sólo puede aplicarse al deporte, sino a todas las facetas de la vida.

¿Conocéis Election, la segunda película de Alexander Payne, el director de Entre copas? Si no la habéis visto, os recomiendo que lo hagáis, porque es una de las mejores y más ácidas comedias de los últimos años. La trama gira en torno a las elecciones para delegado estudiantil en un instituto norteamericano de secundaria. No, ni por un momento penséis que se trata de la típica comedieta estúpida de estudiantes descerebrados y perpetuamente salidos, ni mucho menos. En realidad, Election es una vitriólica crítica a la sociedad actual, así que habla de muchas cosas, desde la homosexualidad hasta los mecanismos del poder, pasando por la fragilidad de la pareja, las drogas o las relaciones familiares. Pero el eje del argumento es el soterrado enfrentamiento entre Jim McAllister, el profesor encargado de supervisar la votación, (interpretado por Matthew Broderick) y Tracy Flick, una alumna que se presenta a las elecciones (magníficamente encarnada por Reese Witherspoon, que era una excelente actriz hasta que se especializó en papeles de pija listilla).

Centrémonos en el personaje de Tracy Flick. Es la mejor alumna de la clase, participa en todas las actividades del instituto (clubs de debate, seminarios, etc.) y tiene muy claro su futuro: quiere dedicarse a la política. Para conseguir ese objetivo, ha planificado estrictamente su vida desde que era muy pequeña, y parte de esa planificación pasa por ser delegada estudiantil. Así que DEBE ganar las elecciones. Por tanto, Tracy dedica el cien por cien de su energía, el cien por cien de su voluntad, a su campaña y no duda en destruir cualquier obstáculo que se interponga en su camino, sea de la forma que sea. Porque para Tracy la vida se reduce a una meta y todo lo demás o sirve a sus fines o es accesorio. Huelga decir que Tracy es el perfecto retrato del homo tenax, todo tenacidad y ambición. En fin, el profesor McAllister comprende que esa chica es un monstruo (sin duda, el personaje de Tracy es uno de los más odiosos de la historia del cine) y decide interponerse en su camino. Craso error.

Afortunadamente, existen pocas Tracy Flicks, pues en caso contrario dominarían el mundo... Ahora que lo pienso, probablemente ya lo dominan... Los homo tenax son una raza aparte (probablemente superior), una estirpe de terminators sociales cuyo pensamiento unidireccional (“Tengo que matar a Sarah Connor”) los convierte en letales. Reconozco que me dan miedo y un poco de envidia los homo tenax; envidia porque no puedo hacer lo que ellos hacen y miedo porque ellos sí pueden hacérmelo a mí.

Y ya para terminar, permitidme volver al Real Madrid. Como saben hasta en la más minúscula isla de la Micronesia, David Beckham abandona el equipo blanco. Resulta sencillo alzar una ceja y contemplar con ironía a Beckham; es tan guapo, tan mediático, tan metrosexual, tan marca registrada... Lo que muchos olvidan es que también se trata de un excelente jugador, uno de los mejores pasadores que han militado en nuestra liga. Además, lejos de ser un niño bonito, es un jugador que se deja la piel en el campo. Por lo visto, no le renovaron el contrato, así que fichó por Los Ángeles Galaxy, un equipo norteamericano (por tanto, de cuarta fila). Capello, el entrenador, pilló un absurdo berrinche y lo apartó de la plantilla, asegurando que no volvería a vestir de blanco. Durante dos meses, Beckham estuvo sin jugar, pero no hizo ninguna declaración. Luego, Capello le necesitó y el inglés volvió a jugar... Vamos a ver, Beckham, que está podrido de millones, sabía que ya estaba fuera del Madrid y también sabía que, jugando en Norteamérica, su carrera deportiva de primera línea había concluido. Podía haberse puesto en plan prima donna y haber pasado del asunto, pero no lo hizo. Lejos de ello, Beckham se dejó la piel en el campo, partido tras partido, y acabó convirtiéndose en el hombre determinante en la victoria del Madrid. Luego, se despidió del club y la afición sin hacer ninguna declaración negativa.

De modo que David Beckham será lo que sea, pero lo que desde luego ha demostrado es que se trata de un gran profesional y también (curioso, proviniendo de alguien que confiesa no haber leído jamás un libro) de todo un caballero.

jueves, junio 14

El coleccionista de frases 17


"Si el cerebro fuese eréctil, la impotencia sería una pandemia"
C. M.

domingo, junio 10

54

¡Socorro, es mi cumpleaños!

Ay, amigos míos, qué lejos quedan los tiempos en que cumplir años era motivo de jolgorio y alegría. Porque cuando tienes 14 y cumples 15, te dices: “Qué guay, soy mayor”. Pero cuando tienes 53 y cumples 54, lo que dices es: “Hostias, qué mayor soy”. Lo terrible es que no siento pertenecer a esa edad. Dicen que los seres humanos nos quedamos estancados mentalmente en torno a los 30 años; a partir de ahí, nuestro cuerpo envejece, pero introspectivamente nos sentimos unos chavalotes de 30. Bueno, pues eso me sucede a mí; hoy, según ciertos rumores, cumplo 54 tacos, pero me siento un treintañero... o un veinteañero, o incluso un quinceañero si viene al caso. Pero, ¿un señor de 54?... vamos, no jodas.

Ese desfase cronológico se extiende, obviamente, a todas las facetas de mi vida. Por ejemplo, la paternidad. Tengo dos hijos –Óscar, de 20, y Pablo, de 16-, pero no me siento “padre”. Un padre es una figura totémica, un arquetipo, un señor serio y grave metafóricamente emparentado con Abraham y los demás patriarcas. El problema es que yo no me siento así, no estoy cómodo en el papel de juez todopoderoso. A veces, al reprender a mis hijos por cosas que yo mismo hice a su edad, se me cae la cara de vergüenza. Vaya morro tengo, pienso. Supongo que mis hijos –perros sarnosos, apestosas zarigüeyas, ratas de cloaca, buitres leonados, crótalos repugnantes, malditos roedores, abyectas alimañas, así suelo llamarles- se han acostumbrado a tener un padre raro.

Tampoco me reconozco a mí mismo en mi faceta de escritor. En ocasiones, cuando me conceden un premio o doy una charla, la gente me trata con una reverencia que a mí acaba incomodándome. “Es usted un creador”, parecen decir sus miradas, lo cual me hace sentir como una zarza ardiente en mitad del desierto y me provoca unas enormes ganas de arrojar alguna plaga sobre los filisteos. Me tratan con gran respeto, con gravedad incluso, como si fuera un señor muy serio. Supongo que mis canas les engañan (heredé la prematura alopecia de mi padre y las canas prematuras de mi madre –una mierda de herencia, si queréis mi opinión-). Luego, cuando me conocen un poco, cuando les digo que la literatura es un juego y la escritura un trabajo como otro cualquiera, descubren que yo soy cualquier cosa menos un señor, y menos aún un señor serio.

Bueno, pues todos los rumores coinciden en afirmar que hoy cumplo 54 años. Al parecer, incluso existen evidencias objetivas de que eso es cierto. Pero, personalmente, lo dudo mucho, qué queréis que os diga; se trata de infamias, de infundios, de bulos. Porque yo, como es notorio, tengo 30 años. Y como prueba de ello, echadle un vistazo a las fotografías que acompañan a esta entrada. Soy yo a lo largo del tiempo (¿a que era un niño monísimo?) y, como podéis comprobar, apenas he cambiado. Aunque, curiosamente, el adorable niñito que os da el culo y el tipo con la cara tapada no comparten un sólo átomo (dejando aparte los huesos, vale), y sin embargo somos el mismo.

En fin... ¿54 años? ¿Seguro?...

Sigh (suspiro)

Sob-sob-sob (llanto inconsolable)

viernes, junio 8

Luz que se extingue

Dedicarse a una actividad creativa supone conocer el manejo de las “herramientas del oficio”; en el caso de la literatura, dominar las técnicas narrativas, la composición de personajes, la arquitectura de la trama, etcétera. Pero eso se aprende, sobre todo leyendo. Se trata de técnicas que pueden verbalizarse, y transmitirse, en forma de principios más o menos generales. Son conceptos racionales. Sin embargo, una parte muy importante del proceso creativo procede del inconsciente; es decir, de zonas de nuestro cerebro sobre las que no tenemos verdadero control.

Con mucha frecuencia, cuando estoy escribiendo, me vienen a la cabeza ideas que parecen brotar de la nada. Se refieren a aspectos parciales de la trama, o al desarrollo de los personajes, o son pequeñas digresiones, o simples fragmentos de diálogo, sutiles detalles que, a mi entender, mejoran el texto y dan sustancia a la narración. Pero, como decía, no sé de dónde vienen esas ideas. No están y, de repente, aparecen, sin que yo les haya dedicado el menor pensamiento consciente previo. Pero de algún sitio tienen que venir, ¿no?... Creo que, durante el proceso creativo, una parte de nuestro inconsciente se dedica a asociar ideas dispares siguiendo algún tipo de patrón (porque si no el proceso sería infinito); luego, tras pasar por una serie de filtros, algunas de esas asociaciones inconscientes –una minoría- se vierten al consciente en forma de “ideas mágicas” listas para ser incorporadas a la materia creativa (o no, porque no todas valen). Bueno, es sólo una teoría; en cualquier caso, estoy convencido de que esas “ideas mágicas”, vengan de donde vengan, no sólo mejoran mi trabajo, sino que conforman en gran medida mi esencia como escritor, la naturaleza de mi narrativa, mi temática, mi estilo. Creo también que lo mismo le sucede a cuantos se dedican a un trabajo creativo, sea cual sea. En realidad, le sucede a todo el mundo en mayor o menor medida. La cuestión es que se trata de un proceso involuntario; no disponemos de un botón que, al pulsarlo, ponga en marcha la máquina de las ideas. A lo sumo, podemos intentar estimular un mecanismo mental inconsciente que ni comprendemos, ni mucho menos controlamos. Ahora bien, dado que se trata de un proceso involuntario, igual que hoy funciona, mañana puede dejar de funcionar. Y esas cosas suceden. El talento, a veces, se extingue.

Dicen que si un matemático no ha hecho un gran descubrimiento antes de los treinta años, ya jamás lo hará. Puede que esto sea cierto para las matemáticas, una ciencia que requiere grandes dosis de abstracción y concentración, algo que quizá sólo una mente joven y fresca puede aportar, pero en general no creo que la edad tenga que ver con el talento o la creatividad. Ahí está Picasso, que no dejó de evolucionar hasta que, a los 91 años, murió. O Kurosawa. O Saramago. O Bach. No, la edad no tiene necesariamente que jugar en contra del talento; a veces ocurre, por supuesto, sobre todo si hay enfermedades de por medio, y sin duda es un factor que influye a la larga, pero no se es más creativo por ser más joven, ni menos por estar con una pata al borde de la tumba. Además, muchas veces el talento se extingue en personas jóvenes o en plena madurez.

Por ejemplo, Joseph Heller. Publicó Catch 22, su primera novela, en 1961, cuando contaba 38 años de edad. Catch 22 fue un rotundo éxito de crítica y ventas, convirtiéndose casi en el acto en un clásico americano del siglo XX. Desde entonces, Heller fue absolutamente incapaz de escribir nada que le llegase a la altura de los zapatos a su opera prima. Fue como si hubiese invertido todo su talento en un único libro, quedando seco después. ¿Qué sucedió? ¿El peso del éxito, quizá? Otro ejemplo es Truman Capote. Publicó A sangre fría, su obra maestra, en 1966, a los 42 años de edad, y desde ese momento prácticamente no volvió a escribir nada reseñable. ¿Se ahogó su creatividad en un mar de alcohol y drogas? Veamos ahora un par de casos distintos, dos escritores de ciencia ficción que se cuentan, sin duda, entre lo mejor del género: Alfred Bester y Robert Silverberg. Durante la década de los 50, Bester produjo una exquisita colección de cuentos y dos novelas que están consideradas obras maestras: El hombre demolido y ¡Tigre, tigre! Luego, se convirtió en redactor jefe de la revista Holiday y abandonó la literatura durante tres lustros. Cuando regresó a ella, su descomunal talento se había esfumado, Bester parecía un mal remedo de sí mismo. En cuanto a Silverberg, entre 1967 y 1972 publicó algunas de las mejores novelas que ha dado el género –El hombre en el laberinto, Muero por dentro, Regreso a Belzagor...-: luego, se retiró de la literatura durante ocho años y, cuando regresó, igual que Bester, su talento se había esfumado. El caso de Arthur Conan Doyle es particularmente patético; tras la muerte de su hijo, se volcó en el espiritismo y acabó defendiendo la existencia de las hadas. Esa “conversión” se tradujo en una lamentable pérdida de calidad (y cordura) en su producción literaria.

El cine también nos proporciona unos cuantos casos de talentos marchitos. Ridley Scott, por ejemplo. Sus tres primeras películas fueron Los duelistas, Alien y Blade Runner. ¿Qué puede esperarse de alguien con una obra semejante? Genialidad en estado puro, claro. Bueno, pues no; su cuarta película fue la fallida Legend y luego se dedicó a dirigir chorradas como La tormenta blanca o La teniente O’Neil. Desde entonces, Scott no ha levantado cabeza (artística, porque comercial sí) con la posible excepción de la muy tramposa Thelma y Louise. Es más, incluso cuando se corrige a sí mismo se equivoca, como demostró con el “montaje del director” de Blade Runner sugiriendo al final de la película que Deckard es también un replicante. Es decir, convierte el drama de un hombre que se enamora de alguien que no existe en una tonta fábula de dos robotitos que simulan enamorarse. ¿Cómo es posible que la persona que comenzó su carrera dirigiendo tres obras maestras (o casi) haya acabado convirtiéndose en un director tan vulgar?

Hay más ejemplos, por supuesto. Walter Hill inició su carrera como director con títulos tan notables como El luchador, Driver, Los amos de la noche o La compañía, thrillers estilizados y violentos dotados de una épica muy particular. Y de pronto, tras el éxito de Límite: 48 horas, comenzó a dirigir chorradas tipo Danko, color rojo o El último hombre, hasta que prácticamente dejó de dirigir. Una promesa incumplida, igual que lo fue John McNaughton, quien con su primera película, esa obra maestra que es Henry, retrato de un asesino, parecía la gran esperanza blanca del cine norteamericano, pero al final no ha hecho nada de nada. Aunque el ejemplo más lamentable de todos es Francis Ford Coppola. Porque, vamos a ver, estamos hablando del tipo que dirigió Llueve sobre mi corazón, El Padrino, La conversación, El Padrino II, Apocalipse Now, Corazonada o Rebeldes, y ese genio mayúsculo, de repente, se pone a dirigir películas tan tontas como Peggy Sue se casó y Jack, o tan insulsas como Cotton Club y Jardines de piedra. Es para echarse a llorar.

Estoy seguro de que en el mundo de la música sucede lo mismo, pero como mi incultura musical es tan vasta (y tan basta), no puedo poner muchos ejemplos. De hecho, sólo puedo poner uno, aunque eso sí, muy nuestro: Juan Manuel Serrat. Un excelente cantautor con una impresionante discografía hasta que alcanza el punto culminante de su carrera con Mediterráneo. Luego... ¿Recuerdas alguna canción del último disco de Serrat? Yo tampoco.

En fin, no se trata de llenar este post de ejemplos. El caso es que a veces el talento se extingue, como una luz que agoniza. No tiene nada que ver con la edad, ni con las circunstancias, ni con el fracaso o el éxito; puede que en ocasiones ni siquiera haya una razón objetiva para que la creatividad se esfume. Lo único cierto es que cuando el talento desaparece, ya no regresa jamás.

martes, mayo 29

¿Prohibido prohibir?

Hace poco, un amable merodeador de Babel se lamentaba de la tendencia de nuestra generación a prohibir. En realidad, bastante gente –casi todos progresistas, personas de izquierdas; aunque en cierto sentido, el económico, también muchos de derechas-, bastante gente, insisto, sostiene que no debería prohibirse nada, que prohibir es una actitud fascista. “Prohibido prohibir”, rezaba la consigna de mayo del 68.

Y, la verdad, es una idea que suena bien, sugerente, acariciadora. ¿A quién le gusta que le prohíban algo? De hecho, toda prohibición lleva implícita una invitación a infringirla. Si alguien dice: “prohibido comer bosta de vaca”, me entran unas ganas enormes de ponerme ciego a boñigas, y no por cuprofagia, sino por rebeldía. Y esto es así no tanto porque me impidan hacer algo (que a lo mejor ni siquiera deseo, como en el caso de la bosta), sino por el hecho de que alguien se arrogue el poder de decidir lo que puedo o no puedo hacer. Porque toda prohibición lleva implícito el concepto de “poder”; en caso contrario, ¿quién dictaría las prohibiciones y quién las impondría? El poder, por supuesto, adopte la forma que adopte. Y como siento un profundo recelo hacia el poder, reconozco que me resulta atractivo ese lema del prohibido prohibir. Sintoniza con mis fobias y mis filias.

Hasta que me paro a pensarlo con detenimiento y tropiezo con la cruda realidad. Vamos a ver, ¿prohibido prohibir... todo? ¿No deberían prohibirse el asesinato, el robo, la tortura, las violaciones o el maltrato infantil? O, descendiendo un peldaño en la escala de la gravedad, ¿deberían prohibirse las direcciones prohibidas, los semáforos, los ceda el paso y los stop? Y ya adentrándonos en lo más nimio, ¿qué pasa con los juegos? Todo juego tiene unas normas que incluyen restricciones. ¿Deberíamos olvidarnos de ellas y mover la reina como un caballo o aceptar pulpo como animal de compañía? Algo falla en eso del “prohibido prohibir”. De entrada, si suscribimos el principio humanista de que mi libertad acaba donde empieza la tuya, ahí nos topamos con un buen montón de restricciones “naturales”, por decirlo así. Prohibido agredirte, prohibido invadir tus propiedades, prohibido restringir tu derecho de expresión o, por ejemplo, prohibido hacerte un pijama de saliva sin tu consentimiento (en el caso de que seas Halle Berry).

La verdad –y aunque suene fachorra decir esto-, creo que las prohibiciones, además de inevitables, son imprescindibles para nuestro desarrollo como seres sociales. Incluso diría que son absolutamente necesarias para nuestro equilibrio psicológico (y si no el nuestro, al menos sí el de los demás). Ya sé que me pongo pesado contando anécdotas personales, pero como el blog es mío os jorobáis, así que os voy a contar no una, sino dos.

La primera sucedió hace, puf, no sé cuántos años; probablemente a mediados o finales de los setenta. Era invierno; seis amigos/as estábamos en un pueblo de la sierra de Madrid pasando el fin de semana. Una tarde, después de comer, salimos a dar un vuelta por el campo y allí, en medio de una pradera, nos encontramos con una más o menos joven madre que jugaba al balón con su hijo de seis o siete años de edad. Nos pusimos a hablar con ella y descubrimos que era periodista, que estaba separada y que era muy, pero que muy moderna y enrollada. En cuanto al niño, sólo adelantaré que se trataba de una criatura de aspecto angelical, lo cual demuestra que el rostro nunca es el espejo del alma. En fin, tras dar un paseo, invitamos a la madre a tomar un café en casa y allí nos dirigimos. Preparamos una cafetera, nos acomodamos los adultos en el salón, formando un corro con las sillas y los sillones, y seguimos charlando. Entre tanto, el niño se puso a jugar con el balón. La pregunta es: ¿cómo jugaba al balón? Pues giraba alrededor de nosotros y hacía rebotar su pelota contra nuestras cabezas. Algo muy molesto, creedme, pero la madre no decía nada. Y es que la madre era tan moderna, tan modernísima, que, según confesó orgullosa, seguía fielmente las enseñanzas educativas del Dr. Spock. No, no me refiero al orejudo de Star Trek, sino a Benjamín Spock, un pediatra norteamericano que a finales de los 40 escribió una serie de libros donde preconizaba que los niños debían ser educados sin ningún tipo de prohibiciones –lo que podrían traumatizarles-, permitiendo así el libre y armónico desarrollo de su naturaleza. En resumen: a aquel niño no le había reñido nunca nadie, siempre había hecho lo que le había salido de las narices.

Bueno, tras dar unas cuantas vueltas peloteando contra nuestros cráneos, aquella semilla del demonio decidió que mi cabeza, quizá por ser la más grande, era la más adecuada para convertirse en su frontón exclusivo y, a partir de aquel momento, comenzó a hacer rebotar la pelota, una y otra vez, contra mi nuca. Vale, era un balón de plástico y el niño no tenía mucha fuerza, pero ¿os imagináis lo irritante que puede ser un constante golpeteo contra la cabezota? Al cabo de unos minutos, me volví hacia el niño y, con gélida sonrisa, pero fingidamente dulce tono, le pedí por favor que dejara de darme pelotazos. Entonces, la madre intervino y me espetó: “No le hagas caso; enseguida se aburrirá y se pondrá a hacer otra cosa”.

Pero, ¿cómo no iba a hacerle caso si no paraba de aporrearme la mollera? Además, aquel monstruo, lejos de aburrirse, parecía infatigable, una mente obsesiva que había encontrado el objetivo de su existencia en el acto de arrearme pelotazos. Y así siguió un buen rato, pum-pum-pum-pum..., hasta que el azar y la balística unieron sus fuerzas para que la pelota, en uno de los rebotes, cayera en mi regazo en vez de volver a las manos del niño. Oh, santa Madona, qué satisfacción experimenté en aquel momento... Me volví hacia el niño, que tendía los bracitos, impaciente, exigiéndome la devolución de la pelota, y le sonreí con ternura. “Toma, guapo”, dije; y le lancé el balón. Se lo lancé con fuerza; es decir, con toda la fuerza que pude imprimirle al esférico sin que el gesto me delatase. Bastante fuerza, digamos.

La pelota, bendita sea, impactó vigorosamente contra la cara del niño, que se cayó de culo y rompió a berrear como un poseso. Me levanté inmediatamente, deshaciéndome en disculpas. “Pobrecito”, dije, secretamente orgulloso de mi puntería; “¡“la he tirado demasiado fuerte. ¿Te he hecho pupa?”. "¡SÍÍÍÍÍÍÍÍ!”, aulló el niño para mi íntima satisfacción. Afortunadamente, la madre creía tanto en la libertad de acción de su retoño como en su derecho a sufrir sin que ningún adulto le prestase particular atención, de modo que la cosa no pasó de ahí. Tras unos cuantos minutos de sonoros alaridos, el niño se sorbió los mocos, cogió su balón y se puso a jugar. Pero, atención amigos míos, aquel cachorro de Satanás continuó rebotando la pelota contra la cabeza de todos los presentes, salvo una: la mía.

Y es que yo, probablemente por primera vez en su existencia, había plantado una severa restricción frente a él. Un castigo, dirá alguien; pero no, no era un castigo porque no hubo reprimenda. Ni siquiera fue una lección, sino una advertencia. Aquel pelotazo quería decir: “Ojo, chaval, la cabeza de ese tipo grande y barbudo es tabú. Porque puede que tu madre sea un cordero contigo, y puede que el resto de la gente que hay aquí esté tan bien educada como para aguantarte en silencio, como a las almorranas, pero ese tipo grande y barbudo tiene los suficientemente pocos escrúpulos como para permitirse sacudirle un balonazo en los morros a un niño tan pequeño como tú sin que su conciencia vacile ni un segundo. Ya, ya sé que en el fondo no tienes la culpa; los responsables son tu madre y el Dr. Spock, pero consuélate pensando que este balonazo que acabas de recibir es la primera lección que te da la vida acerca de lo que puedes y no puedes hacer”. Sí, eso decía el pelotazo, y hay que reconocer que era un pelotazo de lo más locuaz.

La segunda anécdota ocurrió en 1983 y también tiene que ver con un niño. Resulta que un matrimonio venezolano, a quienes había conocido un par de años antes en Caracas, vino a Madrid de vacaciones. No importa cómo se llamaban; baste decir que ambos se dedicaban al mundo del espectáculo y que eran muy populares en su país; sobre todo él, un conocidísimo actor, presentador de TV y locutor. Además, estaban podridos de pasta. Por último, tenían un hijo de unos once o doce años que les acompañaba en sus vacaciones europeas. Ese niño, como descubriría poco después, era el ejemplo perfecto de hasta qué punto unos padres ricos pueden maleducar a su primogénito consintiéndoselo todo. Era un monstruo, pero el muy cabrón disimulaba; por lo menos al principio.

En fin, llegó la familia venezolana y nos fuimos a cenar con ellos; mi hermano, mi cuñada, mi mujer y yo. Durante la cena, el niño se portó razonablemente bien; supongo que estaba bajo los efectos del jet lag. Pero después de la cena decidimos ir a tomar una copa a no sé dónde; como había dos coches, el matrimonio fue con mis hermanos y su hijo con mi mujer y conmigo. Así que nos dirigimos los tres al aparcamiento, pagué, me dieron una ficha y nos montamos en el coche. Al llegar a la salida, el niño me dijo que quería echar la ficha en el aparato y yo, tan paternal como cándidamente, se la entregué. Él, sentado en el asiento trasero, bajó la ventanilla, sonrió malignamente... y arrojó la ficha cuan lejos pudo. Me quedé mirando el lugar de aquel oscuro aparcamiento por donde había desaparecido la ficha, tragué saliva, conté hasta cien y me recordé a mí mismo que el infanticidio está castigado con severas penas de cárcel. Luego, bajé del coche y me puse a buscar la ficha. Tardé mucho en encontrarla, mucho, mucho, mucho, pero finalmente di con ella. Cuando regresé al coche, el niño me pidió que le entregara otra vez la ficha, asegurándome que no la iba a tirar y que se limitaría a meterla en el aparato. Le expresé con claridad que ni jarto de vino pensaba darle otra vez la ficha, la eché personalmente en el cestito que había junto a la barrera y nos pusimos en marcha.

Yo debí de ser una de las escasas personas que había osado negarle algo a aquel pequeño villano y la cosa no pareció gustarle, porque entonces, de repente, se puso a darme guantazos en la cabeza (¿qué tendrá mi ilustre cráneo para cierto tipo de niños?). Atención: ya no estamos hablando de un niñito de seis o siete años, sino de un chaval preadolescente sin duda entrenado en sacudirle con entusiasmo a la servidumbre de su mansión caraqueña. Aquel hijo de puta, en resumen, me estaba arreando con todas sus fuerzas y me estaba haciendo verdadero daño. Le pedí que parara y él me respondió con una enérgica colleja. Le exigí que parara y él repitió la agresión. Entonces, recurrí a las amenazas: “Si vuelves a pegarme, paro el coche y te meto en un cubo de basura”, dije. ¿Qué hizo la alimaña? Levantó un pie y me propinó un patada en el cráneo, un contundente puntapié que lanzó mi cabeza hacia delante y me hizo ver las estrellas. Luego, después de las estrellas, lo vi todo rojo.

La gracia divina (la divinidad en concreto fue Thor, dios de la guerra) quiso que pocos metros por delante de nosotros hubiera un contenedor de basura. Paré el coche, abrí el contenedor y saqué al niño del vehículo. Tuve que sacarle a rastras, lo reconozco, y eludiendo las patadas que dirigía a mis partes nobles, pero yo era más fuerte, así que lo alcé del suelo, lo cogí por los tobillos y lo introduje cabeza abajo en el contenedor, dejándolo suspendido en el aire, con la cara muy próxima a las malolientes bolsas de basura que allí se amontonaban. Entonces le dije: “Escucha, comadreja: si vuelves a pegarme, a tocarme o tan siquiera a mirarme, te juro que te arranco los higadillos, te echo a un contenedor y nadie volverá a saber de ti”. Lo mantuve unos cuantos segundos más suspendido sobre la basura y luego lo devolví al interior del coche. El niño se encerró en un reconcentrado mutismo y no volvió a pegarme, ni a hablarme, ni a mirarme siquiera. Eso sí, nada más reencontrarse con sus padres, me señaló con un acusador dedo y les dijo: “¡Me ha metido en un cubo de basura!”. Yo me limité a sonreír con inocencia y respondí: “Estábamos jugando”. El caso es que, durante el resto de la estancia de los venezolanos, aquel engendro malcriado se mantuvo a una prudente y muy satisfactoria distancia de mí. Yo, de nuevo, era tabú.

Cuento estas dos anécdotas para ilustrar hasta qué punto la carencia de restricciones puede, durante el proceso de formación, crear monstruos. Ambos niños, cada uno a su manera, habían sido criados sin imposiciones, sin prohibiciones, de tal modo que su ego se expandía por todas partes, eran el centro del universo, podían hacer lo que les viniera en gana. Y no creáis que eso era así sólo porque se trataba de niños; con los adultos poco habituados a las restricciones sucede lo mismo. Lo que pasa es que un adulto no será tan directo (no me aporreará la cabeza, espero), actuará de forma más taimada y al final será mucho más hijo de puta que un niño. A fin de cuentas, un psicópata no es más que un ser humano sin limitaciones éticas, todo ego, un enorme YO.

Prohibido prohibir es una frase bonita, tentadora, pero sólo podría llevarse a cabo si fuéramos buenos. El problema es que no lo somos. Si permitimos que un ser humano se desarrolle en total libertad, sin recibir la menor imposición, sin que nadie le plantee prohibiciones ni límites, lo que obtenemos no es el buen salvaje de Rousseau, sino un mono egoísta y tocapelotas.

Por supuesto, eso no significa que haya que reglamentarlo todo. Debería prohibirse el menor número de cosas posible, aunque también es cierto que muchas cosas que hoy son enteramente legítimas deberían estar prohibidas. Adhiriéndome a una teoría de mi buen amigo Samael, lo ideal sería que evolucionásemos hacia el homo eticus. En ese caso no haría falta prohibir nada, porque nosotros mismos nos impondríamos nuestras propias restricciones. En realidad, lo hacemos habitualmente; si no violo a las mujeres no es porque la ley me lo prohíba, sino porque a mí, como a la mayor parte de los hombres, me repugna éticamente la idea de forzar a un ser humano. Pero no todas las personas somos iguales, no todos tenemos la misma moral. Además, en los extremos del arco ético la cosa está más o menos clara, pero en la zona central –ahí donde comienzan los balonazos y la collejas en el coco- todo es mucho más difuso.

viernes, mayo 18

Contra la tauromaquia

Voy a confesaros algo de lo que no me siento orgulloso: me gusta el boxeo. En efecto, disfruté en el pasado con la coreográfica elegancia de Muhammad Ali, o con la contundencia de George Foreman, o con la milimétrica precisión de “Sugar” Ray Leonard, o con el agresivo estilo de Julio César Chávez, o con el preciosismo técnico de Evander Holyfield... Si un amigo, hace años, me hubiera dicho: “pero cómo a alguien como tú puede gustarle algo tan brutal como el boxeo”, yo le hubiera respondido que el boxeo no es sólo brutalidad. No disfruto viendo a dos roqueños pegadores sacudiéndose leches, pero sí lo hago contemplando el combate entre un estilista y un buen pegador, o entre dos estilistas. Ahí hay estrategia, habilidad, inteligencia, esgrima; ahí, en el pugilismo técnico, hay arte. Eso es lo que hubiera dicho hace años, sí señor. Y, en parte, tendría razón. Pero sólo en parte.

Ahora, permitidme que os cuente algo que sucedió hace catorce o quince años. Estaba en casa, solo; conecté el televisor y encontré un combate de boxeo empezado. Creo que estaba en juego el título europeo de no recuerdo qué categoría; probablemente peso medio o supermedio. Tampoco recuerdo los nombres de los boxeadores, así que los llamaremos A y B (lo que sí recuerdo es que A era italiano). Bueno, debían de andar por el sexto o séptimo round y A le estaba propinando un severo castigo a B, quien, agazapado tras una cerrada guardia, se limitaba a responder con alguna que otra contra. Al acabar el round era evidente que lo había ganado A a los puntos. Se inició el siguiente round y las cosas siguieron igual; es decir, A golpeando a diestro y siniestro y B agazapado soltando ocasionales contras. De pronto, al cabo de un par de minutos, el árbitro detuvo el combate y decretó la victoria de B por KO técnico. Tongo, pensé yo (y los locutores que retransmitían la pelea); estaba claro que A iba ganando a los puntos y no daba la menor sensación de que sufriese lesión alguna. Un tongazo como la copa de un pino. Apagué la tele y así quedó la cosa.

Pero al día siguiente leí en el periódico una noticia que me estremeció. Poco después del combate, el boxeador A entró en coma y al cabo de una horas murió. Me sentí fatal. Había presenciado un homicidio retransmitido en directo y mi único pensamiento fue que el árbitro había hecho tongo. Un homicidio, sí; involuntario, por supuesto, pero causado directamente por un deporte-espectáculo al que yo era aficionado. Porque el boxeo profesional contempla entre sus opciones el Knock-Out; es decir, la pérdida de consciencia de uno de los púgiles causada por el impacto del cerebro contra las paredes internas del cráneo. Esos impactos pueden producir severas lesiones neurológicas, o incluso la muerte, como en el caso de A. Pero sin llegar a tanto, las secuelas del boxeo son tremendas. Recordé a Muhammad Ali temblando como un flan por el Parkinson causado por los golpes (probablemente por los golpes que le propinó Joe Frazier en sus tres combates). Recordé también a Paulino Uzcudun, campeón de Europa de los pesados en 1926 y 1933. Le conocí siendo yo un adolescente y él un enorme y robusto anciano. Un enorme y robusto anciano al que era casi imposible entender ni una palabra de lo que decía y que, durante los años anteriores a su muerte, no recordaba nada, ni siquiera sus días de gloria. Juguetes rotos, así los llamó Summers.

Ese día comprendí algo y tomé una decisión. Comprendí que ningún espectáculo justifica que sus protagonistas pongan en riesgo su vida o su salud. En cuanto a la decisión, me juré a mí mismo que jamás volvería a presenciar un combate de boxeo. Y lo he cumplido; desde entonces, no he visto ni un round, y, pese a que me sigue gustando el boxeo, estoy muy satisfecho de esa decisión. Digamos que me siento más consecuente conmigo mismo. De hecho, si en mi mano estuviese prohibiría el boxeo profesional; es decir, aquellos combates en que, con presencia de público, los púgiles reciben dinero por partirse la cara.

¿Por qué hablo de boxeo si el título del post va sobre tauromaquia? Porque quiero dejar claro que no basta con que a uno le guste una cosa para que esa cosa sea buena. Cuando veía combates (siempre por TV), sólo veía una parte del boxeo, el espectáculo, el arte del pugilismo, pero me negaba a ver lo que había detrás. Y lo que había detrás, amigos míos, era terrible. Puestas en una balanza la parte buena y la parte mala, pesaban mucho más los aspectos negativos del boxeo, de modo que, por un mínimo de coherencia ética, yo no podía formar parte de esa barbaridad, ni siquiera como espectador en la distancia.

Ahora hablemos de toros. No me gustan las corridas taurinas; nunca me gustaron y a estas alturas puedo aventurar que jamás me gustarán. De hecho, me ponen enfermo. Me parece una fiesta bárbara y cruel; me desagrada su estética, que evoca los peores tópicos de mi país, y no veo por ninguna parte ese arte que, al parecer, tanto hace disfrutar a los aficionados. Pero, ojo, no niego que ese arte exista. Yo soy incapaz de verlo, igual que otra gente es incapaz de ver ni una pizca de arte en el pugilismo, pero acepto que la tauromaquia sea un arte. No obstante, que algo pueda ser considerado artístico no implica necesariamente que sea bueno. Por ejemplo, muchas personas –entre ellas Sun Tzu- sostienen que la guerra es un arte, y convendréis conmigo que la guerra no es, desde ningún punto de vista, algo bueno ni, desde luego, deseable.

El caso es que, al igual que decía acerca del boxeo, si en mi mano estuviese prohibiría las corridas de toros. Y no porque me gusten o me disgusten (recordad que el boxeo me gusta), o porque sean o no un arte, sino por la ética implícita en el espectáculo. La tauromaquia es moralmente reprobable, y tengo dos razones distintas para afirmar esto.

En primer lugar, no debería permitirse ninguna diversión pública donde el peligro para la integridad física y la vida de quienes lo protagonizan forma parte consustancial del espectáculo. En realidad, es el mismo argumento que en el caso del boxeo, y contra él tanto los aficionados a los toros como al pugilismo suelen alegar dos objeciones. La primera, que los toreros (o los boxeadores) se dedican a lo que se dedican porque quieren. Nadie les obliga a torear (o pelear). Es cierto, pero también es verdad que son muchas las razones que pueden obligar a hacer barbaridades: la miseria, la ambición, la fama o, sin ir más lejos, las ganas de follar. Pero esto, en realidad, da igual, porque no basta con el libre consentimiento de los protagonistas para que un espectáculo sea lícito. En caso contrario, podríamos justificar, por ejemplo, las luchas de gladiadores. Si los que van a pelear a muerte lo hacen libremente (y no os quepa duda de que, si hay dinero de por medio, brotarían como hongos los candidatos a gladiador), ¿cuál es el problema? Pues que una sociedad civilizada no puede aceptar cierto tipo de prácticas, igual que no acepta el Free Fight, o Pelea Total sin reglas, una variedad de lucha que es ilegal en todas partes, pero que suele practicarse clandestinamente en algunos países del este de Europa. La segunda objeción que suele alegarse es que si el riesgo físico supusiera un impedimento, muchos otros espectáculos, aparte de los toros, deberían prohibirse. Por ejemplo, la Fórmula 1. Pero hay un punto de falacia en este ejemplo: en las carreras automovilísticas, el riesgo de los pilotos no forma parte consustancial del espectáculo. Lejos de ello, las medidas de seguridad han ido mejorando hasta tal punto que ya no recuerdo cuándo un piloto de Formula 1 ha resultado muerto o severamente lesionado en el curso de una competición. Pero, ¿qué pensaríamos si los organizadores de las carreras pusieran en los circuitos baches, zanjas y charcos de aceite para incrementar el riesgo? Nos parecería una barbaridad. Ahora bien, ¿por qué no se permite el afeitado de los toros? Porque la posibilidad de que el torero sea corneado forma parte de las reglas del toreo. Es decir, la eventual muerte del matador (o del banderillero, o de cualquier otro subalterno) no es un accidente, sino un lance más de la tauromaquia. Y eso es una barbaridad.

La segunda razón que me lleva a abominar de la tauromaquia es que se trata de un espectáculo que consiste, básicamente, en la tortura y muerte de un animal. No, no, dirá alguien; se trata de la noble lucha del hombre contra la bestia, del arte de esquivar la muerte con valentía y elegancia... Vale, sí, el arte de la tauromaquia; aunque yo no lo vea, ya lo he aceptado de partida. Pero todos esos soberbios capotazos, todas esos pases de muleta tan artísticos como la catedral de Burgos, todas esas posturas gallardas, todo el colorido de la fiesta, todo en la tauromaquia tiene como foco la tortura y muerte de un animal.

Permitidme que os describa lo que le sucede a un toro desde el momento que sale al coso. El animal pasa de un lugar oscuro a un círculo de arena iluminado por un sol que le ciega momentáneamente. Sólo percibe una intensa algarabía humana a su alrededor. Cuando recupera la visión, distingue una figura que le cita en la distancia. Embiste, pero un capote desvía su acometida. Tras varios mareantes capotazos, un hombre montado a caballo entra en el coso. El toro embiste, impacta contra el costado derecho de la montura, y se encuentra con una puya de diez centímetros clavándose en su carne, rompiendo fibras, tendones, arterias, y dejando un boquete por el que escapa la sangre a borbotones. Tras varios puyazos, algunos de los cuales pueden superar los cuarenta centímetros de extensión, el toro se aleja del picador. Tiene el morrillo lacerado por la pica; una arteria lanza un intermitente chorro de sangre. Siente un dolor terrible. Otro hombre entra en el coso, esta vez sin caballo ni capote. El animal embiste, pero el hombre le esquiva y le clava en la carne dos banderillas, dos arpones, ocho centímetros de acero. Luego, otro par. La banderillas, cuando el toro se mueve, se bambolean de un lado a otro, desgarrando la carne del animal y provocándole un dolor muy intenso. Además, los arpones seccionan músculos, tendones y nervios, impidiéndole al toro levantar la cabeza. Tras la faena, con el animal debilitado por la pérdida de sangre y el dolor, llega la hora de matar. Muchas veces, la espada perfora un pulmón; por eso el toro vomita sangre. Si el animal cae, sufrirá una dolorosa agonía hasta que el puntillero lo remate. Si le quedan fuerzas para seguir acometiendo, recibirá más espadazos; con suerte, alguno le seccionará la médula, acabando rápidamente con su agonía. Eso es lo que les sucede anualmente a unas treinta mil reses en esta nuestra España.

Ah, olvidaba hablar de los caballos de los picadores. Antes iban a cuerpo descubierto, pero quedaba feo ver sus intestinos desparramándose sobre la arena, así que les pusieron peto. El peto protege de las cornadas perforantes, pero 650 kilos de embestida bastan y sobran para romperle las costillas al caballo y reventarle los órganos internos. Por cierto, para evitar los relinchos de terror, que podrían molestar al público, muchas veces se le seccionan al caballo las cuerdas antes de salir a la plaza.

Eso es lo que realmente ocurre en los cosos, por mucho que lo disfracemos de oro, grana y arte. Creo que una de las condiciones –no la mayor, pero tampoco la más pequeña- para considerar civilizada a una sociedad, es el respeto a los animales. Debemos matar para vivir, somos el máximo predador que ha pisado la faz de la Tierra; y lo somos gracias a nuestra prodigiosa mente. Pero esa misma mente nos dota también de sensibilidad y empatía, por lo que deberíamos matar inflingiendo el menor dolor posible. Y desde luego no deberíamos regocijarnos con un espectáculo basado en la tortura de animales. Permitidme que reproduzca parte de un artículo publicado por Jesús Torbado en El Mundo (13-5-90):

“Pero la práctica de la tauromaquia no es repugnante sólo por ese legalizado desprecio hacia las vidas ajenas, por la alegría ante ese agónico sufrimiento de los toros, sino por la propia posición del hombre frente al espectáculo. La satisfacción ante la tortura ajena coloca al ser humano en una posición muy comprometida ante sí mismo y sus supuestos valores morales”.

Y más adelante concluye:

“El espectáculo taurino no es más que la síntesis oficializada de todas las aberraciones y tropelías que se cometen con los animales sólo porque no saben defenderse mejor y porque nosotros hemos decidido que somos superiores. Por experiencia larga sé que toda argumentación antitaurina es inútil y que trae mas odios y rencores que manifestarse contra cualquier otra de las muchas barbaridades que a diario nos rodean. Pero, desgraciadamente, los toros no saben escribir ni contar sus sufrimientos. Tampoco muchos hombres son capaces de comprender que el gozo por el dolor ajeno es lo que menos ennoblece su ensoberbecida identidad humana”.

Mi experiencia también me dicta que es inútil intentar razonar con los aficionados a la tauromaquia. Ellos sólo ven el arte, la fiesta y el espectáculo, y se niegan a ver todo lo demás. Para ellos, la sangre de los toros no es más que un colorista adorno, pero esa sangre es sinónimo de dolor y muerte. Para ellos, cuanto más en peligro ponga su vida el torero, mejor será la faena, pero ninguna vida debería arriesgarse por un motivo tan nimio como la diversión ajena.

Así pues, este comentario que acabo de escribir no servirá para nada, ya que sólo convencerá a quienes estaban previamente convencidos. No obstante, cuantas más voces se alcen en contra de ese bárbaro espectáculo, antes conseguiremos erradicar la tauromaquia de nuestra (in)cultura nacional. Ojalá sea pronto.

martes, mayo 8

El Rincón del Odio


El amor está sobrevalorado. Pero tiene muy buena prensa, qué le vamos a hacer; le dedican poemas y canciones, hay un día de los enamorados, forma parte de los mejores deseos, como ese paz y amor del 68, o la santísima trinidad del salud, dinero y amor. Hay miles, quizá millones, de novelas y películas dedicadas a enaltecer el amor, como si esta pasión fuera la fuerza que rige nuestro mundo. Y no es así, ni mucho menos. En primer lugar, el amor puede ser una fuerza extraordinariamente destructiva, porque todo depende de lo que ames y cómo lo ames. Por ejemplo, ¿no creéis que gran parte de los “crímenes de género” son en realidad crímenes de amor? Eso no es amor, dirá alguno. Pero sí, sí que lo es: amor torcido, amor en mal estado, amor obsesivo y posesivo, pero amor en cualquier caso. En segundo lugar, el amor es una fuerza caprichosa y voluble, una pasión que se consume a sí misma, un sentimiento ambiguo que muchas veces se confunde con el deseo, el agradecimiento o la seguridad. En efecto, el amor dista mucho de ser la brújula rectora del mundo; ahora bien, su reverso oscuro, el odio... ésa sí que es una fuerza en la que puedes confiar.

Sin lugar a dudas, el odio es el sentimiento más poderoso que podemos experimentar, la pasión más arrebatadora, constante y fiel. Y por si alguien lo duda, vamos a compararlo con su “lado luminoso”. El amor, como las rosas, necesita ser cuidado día a día, abonado, podado, desparasitado y regado, mientras que el odio, como los cactus, crece por sí solo, sin precisar la menor atención. Quizá por eso es tan infrecuente el amor eterno y tan cotidiano el odio infinito. Para consumar el amor, es necesaria la colaboración de la persona amada, pero el odio no precisa en absoluto la aquiescencia de la persona odiada. Más bien al contrario. El amor, tras los primeros meses de pasión, comienza a menguar, o cuando menos a transformarse en otra cosa más serena, mientras que el odio crece y se robustece día a día, siempre igual, aunque cada vez más grande. El amor es excluyente; cuando te enamoras, todo se centra en la persona amada y el resto del mundo se desvanece. Sin embargo, puedes odiar a cuantas personas te venga en gana y a todas con idéntica pasión. Incluso se puede odiar a naciones enteras. El odio es mucho más democrático que el amor. Por último –aunque podría seguir aportando argumentos-, el amor es voluble; hoy adoras a una persona, pero dentro de un tiempo puedes dejar de amarla y enamorarte de otra. Por el contrario, el odio es absolutamente fiel; cuando odias, odias para siempre. De hecho, el amor es reversible; la persona a la que hoy amas puede convertirse con el tiempo en el más furibundo objeto de tu odio –y si no, pregúntale a un abogado matrimonialista-. Sin embargo, el odio es inmutable; nadie se enamora de su peor enemigo.

Supongo que a estas alturas ya habrá quedado claro que lo que rige nuestras vidas, el motor del universo, es el odio, y no esa paparrucha del amor. De hecho, somos una especie particularmente bien dotada para el odio, lo cual nos ha situado por merecimiento propio en la cúspide de la pirámide trófica. Ahora bien, puede que alguien se pregunte: si este capullo piensa así, ¿por qué no se pone un casco de Darth Vader y va por ahí dando rienda suelta al lado oscuro de la fuerza? Pues porque hay algo en lo que amor y odio son idénticos: ninguno sale gratis. Si amas u odias deberás pagar un precio, y el odio está por las nubes.

Nada es perfecto, amigos míos, ni siquiera el odio. Veréis, si odiamos a una persona tenemos dos opciones: hacer algo al respecto o no hacerlo. Si optamos por hacer algo –es decir, si intentamos perjudicar al ser odiado-, deberemos invertir en el proceso tal cantidad de esfuerzo, constancia y dedicación que, sencillamente, no vale la pena. Demasiado trabajo. Por otro lado, si optamos por no hacer nada –que es lo más frecuente- nos zambulliremos de cabeza en el estanque de la frustración. Es como ansiar ser millonario y no emplear más método para conseguirlo que jugar a la Primitiva; sí, puede que te toque, pero lo más probable es que no. Y sí, puede que a tu ser odiado le atropelle un día un coche, pero también puede ser que le toque a él la lotería, lo cual te provocaría un severo ardor de estómago. En resumen: odiar sale demasiado caro, así que el odio, como el champagne, hay que reservarlo para las ocasiones especiales. No sé, una invasión extraterrestre, un ataque de zombis caníbales o las canciones de Celine Dion.

Ahora bien, existe una clase de odio, el abstracto, al que podemos entregarnos sin pagar peaje. Se trata de odiar cosas lejanas y ajenas a ti, pero que por algún motivo te molestan. Es un odio intelectual que no demanda acción y que no frustra por omisión, un odio sereno y mesurado, un odio platónico. Es mi odio favorito. Tanto es así, que he decidido crear una nueva sección en este vuestro blog: El rincón del odio. Aquí traeré a las personas, organizaciones o cosas que odio abstractamente con toda mi alma y las mostraré al mundo para su escarnio y befa.

Ahora vamos a proceder a la inauguración de este nuevo apartado de La Fraternidad de Babel. Para ello, he solicitado la presencia de la señorita Betty Page, ese bombón que podéis admirar a la derecha. He tenido que utilizar una máquina del tiempo para traerla, porque la señorita Page está muerta y, aunque no lo estuviese, ahora sería una anciana de 84 años. Quedémonos pues con el esplendor de su juventud, y lo siento chicas, pero soy un heterosexual militante –un auténtico semental, si vamos a eso- y me niego a que inaugure mi sección un garañón adicto a los anabolizantes. Otra vez será.

Bueno, la señorita Page, tan desvestida como podéis verla en la foto, coge una botella de Moët Chandon (qué menos), la estrella contra la nueva sección y dice...

Betty Page: Queda inaugurado El Rincón del Odio.

APLAUSOS

Y ahora, en el día de estreno de este entrañable apartado donde se cuece la bilis, la mala baba y el justo rencor, nuestro primer invitado es... ¡Scarlett Johansson!

Apellido: Johansson. Nombre: Scarlett. Nacionalidad: estadounidense (hija de un danés y una polaca). Profesión: ¿actriz?

Motivos para el odio: Vale, lo confieso, me enterneció en Lost in Traslation; pero es que por aquel entonces todavía no la había visto demasiado. Y no me molestó en La joven de la perla, porque su papel no pasaba de ser iconográfico y estático, y eso, poner siempre la misma cara, es algo que ella sabe hacer perfectamente. Pero luego... ay, Santa Madona, como he llegado a odiarla, cuánto detesto a esa insoportable criatura. ¿Los motivos de mi odio? Son muchos, pero intentaré resumirlos.

1. Es una pésima actriz incapaz de transmitir la menor emoción y ni un ápice de verosimilitud a sus actuaciones. Sólo sabe adoptar dos expresiones, y una de ellas, estar con la boca cerrada, apenas la utiliza. Su intento de remedar al clásico personaje neurótico de Woody Allen en Scoop resulta particularmente patético y decididamente irritante. Si viéndola en esa película no te entran ganas de estamparle un rodaballo en la cara... es porque no tienes un rodaballo a mano.

2. Está siempre con la boca abierta y los morritos para fuera, como dudando entre hacerte una fellatio o atrapar una mosca en el aire. No sé lo que pensaréis vosotros, pero al verla con esa cara de bobalicona siento el irresistible impulso de correr a la pescadería más cercana para adquirir un rodaballo.

3. No para de trabajar la condenada. Ahora, cuando vas a ver una peli, te preguntan: ¿quién actúa, aparte de Scarlett Johansson? Está en todas partes, y no sólo en el cine, sino también en la publicidad; esa chica no es una actriz: es una plaga.

4. Dicen que es la mujer más deseada del mundo, la que tiene el cuerpo más bonito. Ayayayayay... Santa Halle Berry los perdone, porque están ciegos... ¿La mujer más bella del mundo esa caraboba, enana, rechonchilla y culona? Vale, la chica se merece un par de achuchones en un pajar, no lo niego; pero de ahí a considerarla lo más de lo más hay un largo paso. En fin, se me ocurren un montón de actrices infinitamente más atractivas que ella, pero para qué enumerarlas. Incluso el rodaballo me resulta más atractivo. Lo que pasa es que la señorita Escarlata es muy jovencita y, de algún modo, sabe sacar al pederasta acomplejado que se esconde en el corazón de cualquier cuarentón o cincuentón de mi calaña. Pero a mí, amigos míos, me deja frío. Aunque, bien pensado, creo que podría excitarme fustigando su (enorme) trasero con un látigo de siete colas. Pero no sería sexo, sino un mero ajuste de cuentas.

Condena: Hallándola culpable de los cargos presentados por el ministerio fiscal, se condena a la señorita Scarlett Johansson a mantener la boca cerrada durante el resto de su vida y no volver a participar en una película hasta que tenga la edad adecuada para interpretar papeles de abuela. Puede que en ese lejano futuro haya aprendido a actuar; y si no... bueno, para entonces ya estaré criando malvas, así que no importa.

domingo, mayo 6

La caligrafía secreta


Desde el principio, me propuse mantener separados este blog y mi trabajo como escritor, pero hoy voy a hacer una excepción. Acaba de editarse mi última novela, La caligrafía secreta, un thriller con toques de fantasía ambientado en la Revolución Francesa. Me gusta cómo ha quedado la portada, con ese inquietante ojo en PPP (Primerísimo Primer Plano), así que os la enseño. Como podéis ver, éste no es un libro para hojear: es un libro que te ojea.

martes, mayo 1

La zona oscura


El pasado martes hablábamos sobre nuestras zonas ocultas, aquellos aspectos de nosotros mismos que guardamos en secreto por los motivos que sean. Ponía el ejemplo de Pepe, un homosexual reprimido que, en plena borrachera y delante de su mujer, salió del armario para perseguir a un efebo. Pero eso, en realidad, no tiene nada de malo. En fin, supongo que para su mujer y sus hijos fue un shock, pero creo que para él supuso una liberación. En cualquier caso, no hay nada reprochable en ser homosexual. De hecho, la mayor parte de nuestras zonas ocultas son más o menos inocentes, pequeños pecados que en realidad sólo tienen importancia para nosotros mismos. Pero podemos ir más allá, porque en los sótanos de nuestra realidad existe una zona oscura donde suceden cosas terribles. Por lo general, no la vemos, pero a veces, como esos monstruos de serie B que abandonan ocasionalmente su guarida para merendarse a una pareja que está achuchándose en un coche, podemos vislumbrar un tentáculo de tinieblas que nos deja helado el corazón.

Vivimos en una burbuja. Aunque será mejor que personalice: vivo en una burbuja. En mi mundo, los padres aman a sus hijos; la gente, salvo en raras ocasiones, no se pega; los matrimonios se quieren o, cuando menos, se toleran. En mi mundo no se sodomiza a niños, ni se viola a mujeres, ni se mata, ni se torturan animales. En lo que a mí respecta, detesto la violencia. Pese a que soy grande y fuerte, me ponen enfermo las agresiones físicas; y no sólo practicarlas o, claro está, sufrirlas, sino simplemente contemplarlas. La última vez que me peleé con alguien a puñetazos tenía dieciséis años y estábamos en el patio del colegio. Respeto, quiero y admiro a mi mujer; y a ella, no sé por qué, le pasa lo mismo conmigo. Me encantan los niños; no hay nada que me enternezca más que un chavalín de tres o cuatro años, cuando empieza a hablar. Y, desde luego, jamás un niño o una niña ha despertado en mí el menor atisbo de excitación sexual. No concibo pegar a una mujer (salvo que ella me arreé a mí primero, claro); a las mujeres me gusta acariciarlas, no maltratarlas; para mí, el sexo ha de ser suave, y enérgico también, pero nunca violento. Me gustan los animales; os juro que soy incapaz de aplastar a una hormiga voluntariamente. Y quizá por eso, porque me gustan los animales, quiero con locura a mis hijos y haría cualquier cosa, hasta morir, por ellos. Pero ése es mi mundo, una burbuja que sólo representa una pequeña parte de la realidad. Porque por debajo existe un oscuro y frío sótano.

Yo debía de ser muy niño la primera vez que vislumbré un atisbo de la zona oscura. Escuché una noticia en la radio: la policía y los bomberos habían entrado en el piso de una anciana donde ésta había acumulado toneladas de basura. Y eso es lo que encontraron: mierda, ratas, gusanos e insectos, todo ello en medio de un hedor indescriptible. Y allí vivía esa mujer, en un infierno de suciedad. ¿Cómo era posible?... Luego supe que lo que le pasaba a esa anciana era una enfermedad mental conocida como Síndrome de Diógenes. Pero, pese a que todas las enfermedades, y en particular la mentales, son tenebrosas, no es a eso a lo que me refiero. No obstante, el Síndrome de Diógenes afecta a personas muy mayores y su desencadenante básico es la soledad. Y eso, la soledad, sí que es una zona oscura donde brotan monstruos. Pero yo estoy hablando de otra cosa, de un sótano que se encuentra en nuestro propio edificio y al que nunca bajamos porque nos da miedo lo que podamos encontrar en él

En las últimas semanas he leído, o visto, u oído, tres noticias que me han provocado escalofríos. Y digo que sólo tres, porque las periódicas muertes de mujeres a manos de sus parejas, o la detección de redes de pornografía infantil, son noticias tan frecuentes que ya he perdido la capacidad de horrorizarme con ellas. Me llenan de indignación, pero no me hacen temblar.

La primera noticia la conocemos todos: la masacre en la politécnica de Virginia. Recuerdo lo mucho que me impresionó hace años un suceso similar, la matanza de Columbine. Nunca he podido borrar de mi memoria esas imágenes de las cámaras de seguridad que mostraban a dos jóvenes disparando indiscriminadamente contra sus compañeros. Tanto es así que escribí una novela sobre el tema, La compañía de las moscas, donde intentaba explicar, y explicarme, lo que en el fondo es inexplicable. Ocho años después de Columbine, un joven estudiante de 23 años, el surcoreano Cho Seung-Hui, se ha llevado por delante a 31 compañeros antes de suicidarse (por cierto, ambos hechos han sucedido en abril; el primero el día 20, aniversario del nacimiento de Hitler, y el segundo el 17).

Sin duda, el horror de esta noticia se centra en la matanza en sí, en esa repentina explosión de violencia irracional y absurda, pero ¿qué hay detrás? Es evidente que Cho Seung-Hui albergaba en su interior una zona oculta y tenebrosa; en algún momento, abrió una habitación de su mente y la llenó de rabia, ira y frustración. ¿Durante cuánto tiempo vivió en ese infierno de odio sordo antes de dar rienda suelta a sus ansias de destrucción y autodestrucción? Ahí está la zona oscura, un rincón torcido y letal que nadie supo ver; lo otro, la masacre, no es más que la consecuencia de esto. Pero, ¿cómo se puede llegar tan lejos? Y, sobre todo, ¿por qué?

Cabe responder que Cho Seung-Hui estaba loco, como la anciana del Síndrome de Diógenes, pero eso nos llevaría a intentar definir la locura. Tendemos a pensar que todo aquel que hace algo que nosotros seríamos incapaces de hacer es un loco (o un héroe, depende), pero el asunto no es tan sencillo. Los límites extremos de la locura y la cordura están claros; lo confuso es la zona intermedia. En las películas americanas de juicios, el baremo de la enajenación lo define la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, pero de nuevo esto me parece simplista. ¿Qué bien y qué mal, cómo se definen estos valores? ¿Acaso los terroristas que se inmolaron estrellando aviones contra las Torres Gemelas no albergaban el íntimo convencimiento de actuar siguiendo los dictados del bien absoluto? ¿Estaban locos por ello? ¿Cho Seung-Hui estaba loco cuando descargó su furia contra el mundo y contra sí mismo? No lo sé. En ocasiones, las zonas oscuras se parecen mucho a la locura, pero no son lo mismo. Además, no hace falta recurrir a la locura para sacar al monstruo que llevamos dentro.

La segunda noticia que me impactó fue la reseña de un juicio por infanticidio. Hace dos años, un matrimonio estaba en casa cuando su hijo, de tres meses de edad, comenzó a llorar. El padre, exasperado por los lloros que le impedían leer el periódico, se levantó y le propinó dos tortazos al bebé. El niño, como es natural, se puso a llorar más fuerte aún. Entonces, el padre lo agarró y lo estampó dos veces contra la pared, causándole la muerte inmediata por traumatismo craneal.

No sé más. Ignoro la clase social a la que pertenecía el asesino; no sé si estaba ciego de drogas, con el mono o borracho perdido. Pero da igual. ¿Cómo se puede golpear a un bebé de tres meses, a tu hijo, contra una pared hasta destrozarle el cerebro?... No lo sé; a mí me resulta inimaginable. ¿Un momentáneo acceso de locura? Quizá, pero también puede ser que ese hombre albergara en su interior una zona oscura donde moraba una bestia incapaz de controlar su violencia.

Es posible que la tercera noticia también la conozcáis. Un matrimonio con dos hijos, un chico de 11 años y una chica de 13 ó 14, ambos deficientes mentales. En el mismo edificio vivía un septuagenario pedófilo que solía llevarse niños del barrio a su piso para mostrarles películas porno y abusar de ellos bajo amenazas. Dicho anciano, por cierto, había sido repetidamente denunciado por los vecinos sin que las autoridades actuasen, pero eso es otra historia. El caso es que el pedófilo y los padres de los niños subnormales llegaron a un acuerdo: a cambio de dinero, montarían delante de él números porno con sus hijos. El niño con la niña, los padres con los niños o todos a la vez en plan orgía, mientras el pedófilo se la cascaba o hacía lo que sea que hagan los septuagenarios para excitarse.

Soy novelista. Parte de mi trabajo consiste en crear personajes, y para ello tengo que meterme en la mente de los demás, pensar como piensan personas que nada tienes que ver conmigo. Pero con esos padres –si es que a esos miserables se les puede llamar padres- tiro la toalla. Soy incapaz de meterme en su piel, me resulta imposible simular que pienso como ellos. En cuanto al septuagenario pedófilo, ni siquiera lo intento. Pero los padres, ¿cómo pudieron hacer eso con sus hijos, un par de pobres disminuidos psíquicos? ¿Cómo lograban levantarse cada día y mirarse al espejo sin vomitar? ¿Cómo eran capaces de salir a la calle, relacionarse con la gente o tomarse unas cañas en el bar de la esquina sin que el peso de la culpa los abrumase? ¿Qué excusas se daban para hacer lo que hacían, si es que se daban alguna? Y sobre todo, ¿cómo es posible creer que vale la pena vivir en un mundo tan sórdido como el que habían creado?

Creo que de las tres noticias que he comentado la que más me sobrecoge es esta última. Las otras dos tratan de personas arrastradas por la violencia, por desmesurados arrebatos de ira incontenible. Pero a esos padres no les movía ninguna pasión avasalladora, ni siquiera cabe preguntarse si estaban locos, porque no lo estaban. Hicieron lo que hicieron... ¿por dinero? Qué zona tan oscura, amigos míos, qué sima de tinieblas.

Las zonas tenebrosas se extienden por los sótanos de nuestro mundo. Están ahí siempre, pero por lo general no las vemos, salvo ocasionalmente, cuando saltan a los medios de comunicación convertidas en crónica de sucesos. Entonces, nos horrorizamos y luego nos confortamos pensando que nada semejante tiene cabida en nuestro mundo, que nunca haríamos algo así, porque esas cosas las hacen los monstruos y nosotros somos humanos. Pero nos equivocamos; los zarcillos de las tinieblas no brotan de un lugar ajeno a la humanidad, sino que forman parte de nuestra naturaleza. Somos seres de luz y oscuridad, y el hecho de que una prevalezca sobre la otra, o viceversa, no depende muchas veces de nosotros, sino de las circunstancias y de la suerte.

En la entrada anterior, algunos merodeadores de Babel hablaban sobre las zonas oscuras que quizá, sin nosotros saberlo, se oculten en nuestro interior. Nunca conoceremos del todo a los demás y nunca nos conoceremos a nosotros mismos, ésa fue la conclusión. Y es cierto, no nos conocemos, porque para intentar saber quiénes somos nos basamos en la experiencia acumulada, en lo que hemos hecho en el pasado y en lo que hacemos ahora, pero ignoramos por completo lo que somos capaces de hacer, porque para saberlo hay que llegar al límite, verse inmerso en situaciones extremas, algo que, afortunadamente, a la mayor parte de nosotros nunca le ha ocurrido. Pero si las circunstancias cambiaran, si tu vida se torciera de forma radical, si la ilusoria seguridad en la que crees estar instalado se derrumbara de repente, ¿hasta dónde podrías llegar?