jueves, noviembre 30

Mi cerebro y yo


Reconozcámoslo: mi cerebro es un vago, un indolente órgano que aspira a la desconexión o, a lo sumo, al bajo rendimiento. Si le dejara a su aire, se pasaría el día leyendo, viendo películas, jugando, fantaseando o tocándose las meninges, pero el trabajo no entraría siquiera entre sus planes más remotos. Por otro lado, mi cerebro tiene algo muy claro: escribir es trabajar. Imaginar un argumento y/o unos personajes no lo es; eso entra dentro de “fantasear”. Diseñar (mentalmente) la arquitectura narrativa de una novela tampoco es trabajo para él, porque eso es “jugar”. Pero sentarse frente al ordenador y comenzar a teclear una historia... ah, amigos míos, eso es harina de otro costal, trabajo puro y duro, justo lo que más odia mi cerebro. Y es que sucede algo curioso: según suele decir la gente, mis novelas se leen con facilidad, razón por la cual se da por hecho que están escritas con idéntica facilidad. Pues no, ni mucho menos, para nada; al gilipollas de mi cerebro le cuesta un huevo escribir. La prosa que produce, sencilla y cristalina, casi invisible, es fruto de una constante lucha con las palabras, de una permanente labor de prueba, corrección, síntesis y retoque, de un, en definitiva, profundo esfuerzo. Y eso a mi cerebro no le gusta ni un pelo. Así que, si puede, se escaquea. De modo que tengo que obligarle a asumir sus responsabilidades, aunque no siempre es fácil. Veamos cómo es el proceso.

1. Me levanto a las ocho menos cuarto de la mañana. Me ducho, me visto, me preparo un café con leche y me lo llevo al despacho. Conecto el ordenador y, mientras se enciende, escucho la radio y me tomo el café. Durante todo este proceso mi cerebro está sobando a pierna suelta.

2. A las nueve menos cuarto de la mañana o así dejo de oír la radio y zarandeo a mi cerebro para que se despierte. Cinco minutos más tarde, vuelvo a zarandearle, porque no hay dios que le despierte, y así sigo durante un buen rato.

3. Conecto el procesador de textos y abro el archivo en que estoy trabajando. Mi cerebro lo contempla con extrañeza, como si fuera la primera vez en su vida que ve un procesador de textos, y me dice: ¿no deberíamos echar un vistazo al correo electrónico?

4. Ya he revisado antes el Outlook, bajando y, acto seguido, deshaciéndome de un huevo de spam, pero vuelvo a conectarlo. Mas spam, más papelera de reciclaje. Ya está, le digo a mi cerebro; y éste me responde: ¿por qué no echamos un vistazo a tu blog y a los blogs de los amigos?

5. Me doy un garbeo por los blogs habituales y, después, desconecto el Explorer. Bueno, a trabajar, le digo a mi cerebro. Y mi cerebro, arrinconado, mira en derredor y responde: ¿te has fijado en cómo está de desordenado el escritorio? Deberíamos ordenarlo...

6. Ordeno un poco mi mesa de trabajo. Por desgracia, durante el proceso mi cerebro ha encontrado un recorte de periódico donde viene la dirección de una página web en la que un pirado se dedica a contar películas en sólo minuto y medio. Mi cerebro opina que es imprescindible visitar inmediatamente esa página, así que la visitamos.

7. La página en cuestión es una chorrada. Salimos de ella y vuelvo a poner en pantalla el procesador de textos. A trabajar, exclamo posando los dedos sobre el teclado. Mi cerebro, alarmado ante la inminencia de verse obligado a realizar una labor productiva, contempla la librería que está a mi derecha y se centra en uno de los libros. Mira, me dice, es el “Manual de inquisidores”, de fray Nicolás Eymeric; ¿a que no recordabas haberlo comprado?

8. En efecto, no recuerdo haberlo comprado. Lo cojo y lo hojeo; al cabo de unos minutos, me pregunto a mí mismo por qué narices compré ese libro y lo vuelvo a dejar en su lugar. A trabajar, digo, colocando el meñique izquierdo sobre la A y el derecho sobre la Ñ. Mi cerebro pregunta: ¿No deberíamos mirar otra vez el correo electrónico?

9. No, respondo.

10. ¿Y los blogs?, insiste él.

11. Tampoco. A trabajar.

12. Mi cerebro está entre la espada y la pared. Vale, claudica, pero primero vamos a corregir un poco lo que escribimos ayer.

13. Lo dice porque, para él, corregir casi no es trabajar. De modo que corregimos las páginas que habíamos escrito el día anterior, tarea que nos lleva unos quince o veinte minutos. Cuando acabamos, bebo un sorbo de agua y, colocando por enésima vez los dedos sobre el teclado, le exijo a mi cerebro que se ponga a producir nuevo texto.

14. Aterrorizado ante la inminencia del trabajo, mi cerebro opta por una salida desesperada. ¿Y si nos hacemos una paja?, propone.

15. No quiero hacerme una paja, respondo. A trabajar.

16. Mira que las pajas relajan mucho, eh..., insiste él.

17. No quiero relajarme. A trabajar.

18. ¿Y si miramos el correo?...

19. No. A trabajar.

20. ¿Y los blogs?...

En fin, el caso es que en algún momento consigo que mi cerebro se ponga a escribir. Sufre, llora, se lamenta, gimotea, incluso llega a darme pena el jodido cabrón, pero con individuos como él hay que mostrarse inflexible, así que no dejo de espolearle hasta que produce un mínimo de cuatro nuevas páginas, aunque por lo general son siete u ocho. Entonces, mi cerebro contempla el trabajo realizado, saca pecho y ¡se siente orgulloso! Porque, parafraseando a Brown, mi cerebro odia escribir, pero adora haber escrito. Y todas las tardes, a última hora, el muy cínico sopesa lo que hemos producido durante el día y se siente ufano como un pavo, obscenamente satisfecho de sí mismo, como si sólo él fuera responsable de esa labor, cuando todos sabemos que, si por él fuese, se pasaría el día con el encefalograma plano y haciéndose pajas.

Así que no os dejéis engañar, amigos míos; si algún día leéis una de mis novelas, tened presente que quien la ha escrito es, en efecto, mi cerebro, pero el auténtico responsable soy yo. Como en la hípica: quien corre es el caballo, pero es el jockey quien le hace correr .

martes, noviembre 28

El video

No suelo hacer caso a lo que dicen o escriben los políticos; y me refiero tanto a los políticos de ideología opuesta a la mía como a los afines, porque creo que sus puntos de vista y opiniones están siempre mediatizados por el partidismo. Me ha sorprendido, por tanto, el video del PSOE sobre “la otra tregua”, porque en él no hay opiniones ni puntos de vista, sino una mera exposición de los hechos. Pero es que esos hechos son tan elocuentes... El PP se ha lanzado a degüello contra el gobierno, acusándole de hacer lo que ellos mismos hicieron cuando gobernaban. La típica doble moral de la caverna derechosa. Fijaos si no en la respuesta de ese tipo medio ridículo medio siniestro que es José María Aznar: “A mí que me dejen en paz”. Eso lo dice el miserable resentido que lleva años poniendo a parir al gobierno de su país en el extranjero. El mismo que, el 4 de noviembre de 1998, anunció que había autorizado "contactos con el entorno del Movimiento Vasco de Liberación".

¿Y qué decir de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y su enésima manifestación pagada por el PP? No dijeron nada cuando Aznar acercaba presos o llamaba movimiento de liberación a ETA, pero ahora acusan al gobierno de realizar no sé cuántas traidores concesiones a los terroristas, cuando es evidente –así va el proceso- que no se ha hecho ni una sola concesión. En mi opinión, está claro que la AVT no es ya una asociación de víctimas, sino una rama bastarda del PP que, escudándose en el victimismo, se permite hacer política partidista; pero a ellos que ni les toquen, porque son sacrosantas víctimas. Pues bien, que se manifiesten si quieren, pero su opinión, su palabra, tiene el mismo peso que la mía o la de cualquier otro. Las víctimas no gozan de más derechos que el resto de los españoles, no son ni deben ser ciudadanos privilegiados. Y menos cuando deciden jugar al juego sucio de la manipulación partidista. Hoy por hoy, la AVT me merece el mismo respeto que el PP; que no es mucho, desde luego.

Con todo, el gobierno del PP no hizo mal al intentar negociar el fin del terrorismo con ETA, porque creo que eso no es un derecho, sino un deber de todo gobierno. Cuando el PP ha demostrado su miserable catadura moral es ahora, al convertirse en uno de los principales escollos en el proceso de intentar librar a nuestro país del terrorismo. ¿Y por qué lo hacen? Porque quieren recuperar el poder a cualquier precio, coño; no hay nada más. Y es que cuando Aznar el Mentiroso dijo que había que hacer oposición “sin complejos”, lo que en realidad quería decir es “sin escrúpulos”.

viernes, noviembre 24

Agujeros negros

Cuando a las estrellas se les acaba su combustible nuclear, la gravedad hace que se derrumben sobre sí mismas. Hasta determinado tamaño –en el que está incluido nuestro sol-, acabarán convirtiéndose en enanas blancas y estrellas de neutrones; pero, a partir de una vez y media la masa del sol, las estrellas seguirán contrayéndose y acabarán transformándose en agujeros negros. Pozos de gravedad de los que ni siquiera puede escapar la luz. De hecho, los agujeros negros tienen algo que se llama “horizonte de sucesos”; se trata de una especie de frontera: si la cruzas, el agujero te tragará y jamás podrás salir de él.

Solemos pensar que los agujeros negros son exóticos objetos cósmicos, tan lejanos que sería absurdo preocuparse por ellos. Pero nos equivocamos; los agujeros negros están por todas partes, invisibles, agazapados, dispuestos a tragarte en cualquier momento. Después de todo, al final de nuestra trayectoria vital eso es lo que hay: un enorme agujero negro del que nunca saldremos. Pero ese agujero negro no resulta tan malo, pues a fin de cuentas no es más que un confortable no-lugar donde no-ser el resto de la eternidad. Hay agujeros negros peores, mucho peores, porque te devoran sin anularte, porque te precipitan hacia una sima oscura condenándote a una eterna caída. Esos agujeros negros no te matan; sencillamente te arrancan jirones de vida, te roban los sueños, te quiebran el alma. Y qué fácil es cruzar su horizonte de sucesos sin siquiera darte cuenta...

miércoles, noviembre 22

La isla del cartógrafo (relato)

Siempre me han llamado la atención los datos peculiares. Me refiero a esos fragmentos de conocimiento –por lo general inútil- que se salen de lo normal, que resultan curiosos y llamativos. Por ejemplo, me encanta saber que en el teclado qwerty (el que todos usamos), las teclas están distribuidas con el fin de relentizar la escritura para que los tipos de las máquinas de escribir no se montaran los unos sobre los otros, o que no existe Premio Nobel de matemáticas porque la mujer del señor Nobel se la pegaba con un matemático. Así pues, a causa de esa afición mía a las chorradas, hace unos meses –concretamente en la entrada del 23 de enero de 2006- hablé aquí sobre las “islas de cartógrafo”. Es decir, sobre la costumbre de algunos cartógrafos de los siglos XVII y XVIII, que incluían en sus mapas islas inexistentes a las que bautizaban con los nombres de sus amantes.

El caso es que, mientras redactaba esa entrada, se me ocurrió el argumento de un relato corto. En ese momento prometí que lo escribiría... y, aunque casi un año más tarde, finalmente lo he hecho. El cuento se llama La isla del cartógrafo y comienza así:

Tras meditarlo largamente, Hernán decidió regalarle a su amada una isla. A fin de cuentas, él sólo era un pobre aprendiz de cartógrafo y carecía del dinero necesario para adquirir una joya, un perfume o, tan siquiera, un pañuelo bordado. Pero una isla... eso sí podía permitírselo (...)

Si estás tan loco como para querer seguir leyendo, pincha aquí

lunes, noviembre 20

Jack Williamson 1908-2006

Supongo que, en una fecha como hoy (20 N), hablar de alguien que ha muerto puede suscitar confusiones. Pero no, no me refiero a ese viejo dictador que hace treinta y un años la diñó en la cama y, para vergüenza de todos los españoles, conservando intacto todo su omnímodo poder de sátrapa gallego. En realidad, me refiero a Jack Williamson, que falleció hace diez días a los 98 años de edad.

Y ahora más de uno se preguntará quién narices era Jack Williamson. Pues un mediocre escritor de ciencia ficción. Pero también era una especie de fósil viviente, porque Williamson comenzó a escribir a finales de los años veinte; es decir, casi al comienzo del comienzo de la ciencia ficción tal y como hoy la concebimos. ¿Y qué escribía? Pues sobre todo space opera, una cf aventurera e ingenua ligada a las revistas pulp de la época.

Cuando yo era pequeño –doce o trece años-, leí algunas novelas suyas. La Isla del Dragón (1951), Puente entre estrellas (con James E. Gunn, 1955) y Los humanoides (1949). Recuerdo que la que más me gustó fue esta última (de hecho, es su obra “prestigiosa”); pero claro, yo era un niño y supongo que ahora me parecería ingenua y tosca. Mucho más tarde, siendo ya un apuesto veinteañero, leí su novela más famosa, La legión del espacio. Lo hice más por motivos arqueológicos que por otra cosa, porque es un relato simpático, pero tremendamente inocente y anticuado. No obstante, justo es reconocer que en La legión del espacio se encuentra el germen de Star Wars, aunque no estoy seguro de si esto es bueno o malo.

De modo que Williamson era un humilde escritor popular de cuya muerte la mayor parte del mundo ni se ha enterado, ya que sólo era conocido entre los círculos de “iniciados”. Pero ahí estaba, un superviviente –supongo que último- de la época más primitiva del género, y además todavía en activo, pues su última novela (Stonehenge Gate, 2005) apareció el año pasado. Así que, teniendo en cuenta que publicó su primer relato en 1928, el bueno de Jack ha pasado casi ochenta años trabajándose el teclado de quién sabe cuántas máquinas de escribir. Toda una larguísima vida dedicada a la escritura. Aunque sólo sea por esto, creo que es justo dedicarle, si no un homenaje, sí al menos un breve recuerdo. Descanse en paz.

martes, noviembre 14

Actuando

Siempre he pensado que no es muy difícil ser actor de cine. De teatro sí, de cine no, por la sencilla razón de que en un rodaje se puede repetir una toma tantas cuantas veces sean necesarias para que quede bien. Prueba de ello es que muchos directores han trabajado alguna vez con actores no profesionales, como por ejemplo De Sica en El ladrón de bicicletas. Casi cualquiera puede actuar en cine, en efecto; otra cosa es el don de enamorar a la cámara, algo que no tiene todo el mundo, ni siquiera todos los actores profesionales. Y no me refiero a la fotogenia, sino a una cualidad innata que consiste en proyectar la personalidad hasta abarcar toda la imagen; es decir, que la presencia del actor se imponga en cada plano. De hecho, podríamos dividir a los intérpretes en dos grandes grupos: actores de “presencia” y actores versátiles. Un ejemplo de los primeros serían, por ejemplo, John Wayne, Clint Eastwood, Clark Gable, Gary Cooper, Lee Marvin o David Niven. Todos ellos son actores limitados que repiten película tras película el mismo personaje con pequeñas variantes. Pero nos gusta verlos en la pantalla, empatizamos con la imagen que proyectan, son como viejos amigos a quienes nos gusta reencontrar y comprobar que no han cambiado. Aunque también es cierto que algunos, con el tiempo, llegan a alcanzar una envidiable versatilidad. Por ejemplo, Wayne realizó una memorable interpretación en Valor de ley, y Eastwood, que antes era un experto en sacarle partido a su inexpresividad, se ha vuelto todo un actorazo en sus últimas películas, como demuestran sus actuaciones en Ejecución inminente y Million Dollar Baby.

En cuanto a los intérpretes versátiles... Bueno, lo primero que debo confesar es que no soporto a los “actores del Método”. Me refiero al método, basado en las teorías de Stanislavski, que Lee Strasberg popularizó en su famoso Actor’s Studio. Así pues, Marlon Brando, al que no sé qué encuesta le otorgó el título de mejor actor del mundo, me parece afectado, cargante y muy, pero que muy poco natural. Lo mismo me sucede con Montgomery Clift, Paul Newman (aunque en sus últimos films está inmenso), Meryl Streep o el peor Al Pacino. Esto no quiere decir, por supuesto, que todos los actores surgidos del Actor’s Studio me parezcan afectados. Algunos, cuando superan los excesos de énfasis inherentes al Método, se han convertido en excepcionales intérpretes.

(Me apresuro a aclarar, por cierto, que hay actores dotados de ambas cualidades: versatilidad y presencia. Esos son los grandes monstruos del cine)

Por otro lado, me cargan los actores que deciden realizar una interpretación “especial” para demostrar lo buenos que son y, de paso, ganar algunos premios. Por lo general, para conseguirlo eligen papeles de subnormal, loco, minusválido o, si son actrices, roles donde haya que sufrir y llorar mucho; o bien -es otra alternativa- se someten a rigores físicos próximos a la tortura. Por ejemplo, me parecen insoportables el Dustin Hoffman de Rain Man, el Paco Rabal de Los santos inocentes, la Meryl Streep de La decisión de Sophie, y considero una exageración las masoquistas interpretaciones de Robert de Niro y Christian Bale en Toro Salvaje y El Maquinista, respectivamente.

Si me da por hablar de todo esto, es porque el otro día volví a ver una película donde se desarrolla la mejor y más impactante actuación que he presenciado jamás, y me dio por pensar sobre eso tan etéreo que es el arte de Talía (musa de la comedia). ¿Queréis saber cuáles son los actores/actrices que en algún momento, o de continuo, me han impactado? Bueno, la verdad es que da igual que lo queráis o no, porque os lo voy a contar de todas formas (ventajas de la comunicación unidireccional).

Antes he dividido a los actores en dos grandes grupos, pero hay mucha más variedades, claro. Por ejemplo, el de los buenos actores esclavizados por su “presencia”. Morgan Freeman, sin ir más lejos, un excelente actor que no puede librarse de su aire paternal; en una película de inundaciones (no recuerdo su título) hacía de malo y resultaba increíble. O el gran Gene Hackman, que repite una y otra vez el mismo personaje con sólo dos o tres registros distintos. Que conste que ambos me gustan mucho, ¿eh?

Del cine clásico, reconozco mi debilidad por Spencer Tracy (soberbio en La conspiración del silencio... y siempre, la verdad) y James Stewart, un excelente actor también atrapado por un aura de buenazo, pero que demostró su versatilidad en películas como La soga, El hombre que mató a Liberty Valance o Winchester 73. Henry Fonda también figura entre mis favoritos (está espléndido en Doce hombres sin piedad), como figura James Mason, que compuso el que para mí ha sido el mejor malo de la historia del cine, el Rupert de Hentzau de El prisionero de Zanda. Eso, claro, sin olvidar el Humbert Humbert de Lolita, o el maravilloso capitán Nemo de 20.000 leguas de viaje submarino. Y no puedo dejar de citar a ese gran histrión que fue Charles Laughton y su inolvidable interpretación (absolutamente pasada de vueltas, pero genial) en Testigo de cargo, la mejor película de Hitchcock jamás realizada por Hitchcock (es de Billy Wilder). Ah, y Jack Lemmon, claro; siempre interpretó la misma clase de papeles –“el hombre de la calle”- (a fin de cuentas, todo actor se ve limitado por su físico), pero lo hizo desplegando un asombroso abanico de registros. Es imposible no empatizar con él viéndole en El apartamento; y tampoco es posible no enamorarse de Shirley MacLane, todo sea dicho. Y ya que hablamos de actrices, gloria eterna para la gran, la inconmensurable Bette Davis. Y también para su “enemiga” (en ¿Qué fue de Baby Jane? y también en la vida real) Joan Crawford. Y para Gloria Swanson, que nos puso los pelos de punta bajando una escalera en Sunset Boulevard. Y una mención muy especial para Judy Holliday, una actriz no muy conocida por el gran público, pero dotada de un impagable don para la comedia. Como no quiero olvidarme del cine continental, citaré los nombres de Jean Gabin, Marcello Mastroianni, Pepe Isbert, Alberto Sordi, Max Von Sydow, Ana Magnani, Greta Garbo o Simone Signoret.

Del cine más actual, comenzaría citando L.A. confidencial, que cuenta con uno de los repartos más perfectos que he contemplado en mi vida (incluso está bien la usualmente insoportable Kim Basinger). Vista la película, resulta imposible imaginar a cualquiera de los personajes interpretado por otro actor. Pero eso es sobre todo un acierto de casting. Me encanta James Woods, un actor de vigorosa presencia y pasmosa versatilidad, aunque como más me gusta es cuando interpreta a cínicos. Daniel Day Lewis está brillantísimo como Bill el Carnicero en Gangs de Nueva York. ¿Y qué decir del gran Albert Finney? Estuvo estupendo en Dos en la carretera (la comedia más triste jamás filmada), donde también trabajaba una estupenda –en otro sentido- y jovencísima Jacqueline Bisset y, por supuesto, la deliciosa Audrey Hepburn. Y también son dignos de mención sus papeles en Muerte entre las flores y Erin Brockovich, donde él era, con diferencia, lo mejor de la película. Sean Connery es, sin duda, la más potente presencia viva del cine mundial. Y Michael Caine no le anda a la zaga. Estuvieron geniales juntos en El hombre que pudo reinar, la última gran película clásica de aventuras.

En cuanto a las actrices, me chifla Judi Dench, una inmensa dama capaz de interpretar cualquier papel, desde M, la jefa de James Bond, hasta una deliciosa Isabel I en Shakespeare enamorado. Sissy Spacek me gusta desde la primera vez que la vi (en Carne viva, su primera película), y los años no han hecho más que convertirla en una actriz espléndida. Isabelle Huppert está portentosa siempre, aunque a mí me fascina particularmente en La pianista, una de las películas más duras que he visto. Y por citar un producto patrio, Julia Gutiérrez Caba, en mi opinión la mejor actriz española de todos los tiempos. Está de quitarse el sombrero en El color de la nubes. Pero, en fin, mi preferida, mi actriz favorita entre todas, es la maravillosa Emma Thompson. ¡Dios, cómo adoro a esa mujer! No dejéis de verla en El invitado de invierno; quizá no os guste la película (a mí sí), pero ella está fantástica.

Y para ir acabando esto, os voy a contar las cuatro interpretaciones que más me han impresionado y/o emocionado jamás. Por ejemplo, la de Marilyn Monroe en Bus Stop. Sí, sí, Marilyn, la “presencia” que repetía una y otra vez el papel de rubia tonta. ¿Creéis que no era buena actriz? Pues no sé si lo era o no, pero en Bus Stop está inmensa. Creo que, por primera vez, muestra en pantalla la profunda, la infinita tristeza que se oculta en su interior, y compone un personaje frágil y entrañable que, al menos a mí, siempre me ha emocionado. Dan ganas de abrazarla y protegerla... aunque, en fin, demasiado tarde ya.

Las dos siguientes actuaciones memorables que voy a reseñar, se encuadran en dos películas que, paradójicamente, me parecen bastante malas. La primera es la de José Bódalo en Volver a empezar. En realidad, se trata sólo de una secuencia, aquella en que Antonio Ferrandis le cuenta a Bódalo, su amigo de toda la vida, que se va a morir. La cámara permanece fija sobre Bódalo que, sin decir ni una palabra, se va emocionando poco a poco. ¿La habéis visto? Pone los pelos de punta. La segunda interpretación corresponde a Edward Norton en Las dos caras de la verdad, un mediocre thriller judicial. También es una única secuencia: Norton, un hombrecillo frágil, entrañable y tímido, está hablando con su abogado, Richard Gere, y en un segundo, sin solución de continuidad, se transforma en un tipo deleznable. Un demonio que finge ser un ángel, y una actuación memorable que, os lo juro, estremece.

Y por fin llegamos a la que yo considero la mejor actuación jamás vista en una pantalla. Anthony Hopkins interpretando al mayordomo Stevens en Lo que queda del día, la excelente película de James Ivory. Veréis, siempre he pensado que el arte más puro y admirable es aquel que sigue el precepto “menos es más”. Es decir, conseguir la máxima expresividad con el menor número de elementos. Aceptando esto, Hopkins lleva a cabo una inmensa obra de arte con su interpretación. Stevens es un personaje que reprime constantemente sus emociones; de hecho, no cambia de expresión durante toda la película. Sin embargo, Hopkins consigue transmitir un torrente de emociones mediante un leve rictus, un apenas perceptible alzamiento de cejas o un fugaz titubeo en la mirada. Presenciar su trabajo en este film es contemplar el talento en estado puro. Claro que no debemos olvidar que estaba secundado por ese otro monstruo de la escena que es Emma Thompson (¿he dicho ya que la amo?).

En fin, amigos míos, esto no pretendía ser una relación exhaustiva, sino un simple repaso a mis actuaciones favoritas. Seguro que he olvidado muchas, pero para eso estáis vosotros: para recordármelas.

miércoles, noviembre 8

Panfletos

Siempre que he hablado de política en este blog me he encontrado con airadas reacciones por parte de algunos visitantes que, sinceramente, no sé cómo ni por qué narices han recalado aquí. Se trata, por supuesto, de gente de derechas, ya que –nunca lo he ocultado- mi ideología (si es que tengo alguna) está escorada a babor. Entiendo que esas reacciones son naturales, sobre todo en un país tan crispado políticamente como éste, pero no deja de sorprenderme su radicalidad. Mejor dicho, no, no me sorprende, pero sí me alarma.

A veces pienso que el siglo XX, sobre todo en su primera mitad, fue el laboratorio donde se ensayaron las dos grandes ideologías políticas surgidas del XIX: el fascismo y el comunismo. Y el gran pecado de la izquierda y la derecha mundiales fue colaborar, o cuando menos simpatizar, con una u otra corriente.

La izquierda, a causa del triunfo de la revolución rusa, volcó todas sus expectativas en el marxismo, olvidando que los regímenes comunistas, más allá de las bonitas palabras y de las bienintencionadas teorías, eran sistemas totalitarios, terribles dictaduras. Luego, cuando los desmanes de Stalin salieron a la luz, los izquierdistas dijeron que aquello era un accidente, un mero escollo en el camino del materialismo dialéctico que nada tenía que ver con la verdadera esencia del comunismo, y se pusieron a mirar hacia otros paraísos proletarios, como China o Cuba. Pero Mao y Castro sólo eran –el segundo sigue siéndolo- dictadores.

En España, durante los años 60 y 70, ser de izquierdas era prácticamente sinónimo de ser comunista. Sólo había un partido potente en la clandestinidad, el PC, y cuantos mantenían posturas antifranquistas militaban en ese partido o colaboraban de algún modo con él. Sin embargo, yo nunca fui comunista. No quería cambiar una dictadura facha por una dictadura del proletariado. Sencillamente, no quería dictaduras. No era una postura cómoda, porque en aquellos tiempos estar en contra del comunismo –y yo lo estaba- era lo mismo que ser un fascista. Afortunadamente, mi simpatía por el anarquismo hacía que mis amigos izquierdistas me contemplaran como si fuera un ingenuo en vez de mirarme como a un gusano.

En cuanto a la derecha, el advenimiento del comunismo fue el pretexto perfecto para clamar por regímenes fuertes capaces de oponerse y derrotar a la “amenaza marxista”. Cuando Mussolini y, sobre todo, Hitler llegaron al poder, no vayáis a pensar que la derecha occidental mostró alguna reticencia. Lejos de ello, la política del Hitler pre-bélico fue saludada con admiración por la mayor parte de los conservadores europeos (incluyendo a Inglaterra y Francia) y norteamericanos. Basta con echarle un vistazo a los periódicos de la época para comprobarlo.

Pero hubo una Guerra Mundial cuyos grandes derrotados fueron los fascismos, así que esta ideología fue desterrada del Primer Mundo, aunque luego proliferó mucho por el Tercero. Desde 1945, en Europa ya no había regímenes fascistas... con dos excepciones: Portugal y España. Así pues, la derecha española continuó vinculada al fascismo hasta la segunda mitad de los 70. Es decir, treinta y tantos años más que sus colegas europeos. Lo cual significa que una parte de la actual derecha española, ésa que hoy se reúne en torno al PP, colaboró, simpatizó o, cuando menos, contemporizó con la dictadura franquista. Y que nadie se rasgue las vestiduras, porque no debemos olvidar que el fundador y presidente honorífico del PP, don Manuel Fraga, fue un ministro franquista. O que don José María Aznar fue de joven un autoconfeso filo-falangista.

Esto no quiere decir, por supuesto, que toda la gente de derechas sea fascista, ni mucho menos. Estoy seguro de que la mayor parte de los conservadores españoles son demócratas convencidos. Sin embargo, la derecha de nuestro país procede, se quiera o no, del franquismo. Ésas son sus raíces históricas y culturales: una dictadura de corte fascista –la última de Europa- que duró hasta hace muy poco. Y parte de los líderes de la derecha se criaron en ese caldo de cultivo. ¿Acaso puede sorprenderle esto a alguien? Lo raro sería lo contrario.

¿A qué viene todo este rollo? Pues a un e-mail que me acaba de llegar y que, por lo visto, anda circulando alegremente por la Red. Permitidme que lo reproduzca, porque no tiene desperdicio.

Alguien de plena confianza me ha hecho llegar este correo ... con que sólo la mitad sea cierto, los próximos meses van a ser muy fuertes (por otro lado, es algo que muchas personas empiezan a asumir como hipótesis muy probable):Según fuentes fidedignas de una amiga de mi compañera de trabajo, que está muy, muy metida en política, Pedro J tiene todas las pruebas que involucran a Marruecos, a ETA y al PSOE en el 11 M. La cosa fue así: Marruecos quería atentar contra el gobierno de Aznar. Intentó la operación de Perejil, pero Aznar llamó a Bush y éste la frustró. Entonces se pusieron en contacto con ETA. Junto con ETA organizaron y planificaron el 11M. El PSOE se enteró de todo a través de los infiltrados que tiene en ETA y Zapatero autorizó y propició la situación para que el atentado se llevara a cabo a cambio de que se hiciera el día 11 de marzo de 2004 para poder disfrazarlo de castigo islamista a Aznar y así ganar las elecciones. El PSOE es posible que no supiera la magnitud que iba a tener el atentado, pero lo autorizó. Pedro J dispone incluso de una grabación en la que Pepiño Blanco le dice a Rubalcaba "ya está todo listo, se han tragado lo de los islamistas... hemos ganado las elecciones". Pedro J está amenazado incluso por Zapatero, pero él dice que no tiene miedo, que a él le pueden matar pero que lo que nunca podrán es matar a su periódico. Tiene un equipo de más de 1000 personas investigando el 11M, en el que hay incluso guardias civiles, agentes del CNI, jueces, etc. Rodriguez Ibarra le escribió una carta diciéndole que si es verdad y todo esto sucedió así, que él pedirá la disolución del PSOE. Le pidió a Pedro J que no publicara la carta. Y todo esto es la razón por la que ya no se presenta a la Junta de Extremadura en las próximas elecciones. El plan de Pedro J, tal y como se lo ha dicho a Jimenez Losantos, es ir sacándolo a la luz todo poco a poco y justo antes de las próximas elecciones dar la puntilla final... Acordáos de las palabras de Luis del Pino el otro día: "todo esto que está saliendo no es nada comparado con lo que va a salir en los próximos meses..."

Os juro que no he cambiado ni una coma. Lo primero que me gustaría señalar es la similitud de esta historia con las leyendas urbanas, sobre todo en lo que se refiere a la fuente de la información: “una amiga de mi compañera de trabajo, que está muy, muy metida en política”. Eso es lo que yo llamo una base sólida para sustentar tamaña conjura. Si lo dice la amiga de la compañera, no hay más que hablar: sin duda, se trata de la absoluta verdad.

En fin, ¿qué puede decirse de este panfleto? Que es pueril, estúpido, torpe e infantil, aparte de obsceno y perverso. De su anónimo autor nada digo, porque locos o canallas los hay en todas partes. Pero, ¿y la gente que lo lee? Ya conozco a más de una persona, en apariencia sensata, que acepta como verosímil toda esa sarta de insensateces, y al parecer –según las encuestas- hay bastante gente –votantes, claro, del PP- dispuesta a aplaudir como verdad irrebatible lo que cualquiera con un mínimo de sentido común consideraría una absurda conspiración de pacotilla no sustentada por prueba alguna.

Ahora bien, los que creen que el contenido de ese panfleto es cierto, ¿qué están creyendo en realidad? Creen que el presidente de su país es cómplice del mayor atentado terrorista de la historia española y co-responsable, por tanto, de más de doscientas muertes. Creen que el principal partido de izquierdas está detrás de ese atentado y debe disolverse. Creen, por último, que el actual gobierno es ilegítimo.

Ya, ya sé que son tonterías, pues sólo alguien muy estúpido puede tragarse algo semejante, pero... ¿no os da un poco de miedo? Se está sembrando demasiado odio y empieza a preocuparme el día que llegue la cosecha. Sinceramente, me parece que la parte más extrema de la derecha española está yendo demasiado lejos.

Como decía Schiller: contra la estupidez, los mismos dioses luchan en vano.

jueves, noviembre 2

Especial Día de los Muertos: Miedo de papel.

No soy un gran aficionado a la literatura de terror; o, mejor dicho, lo soy de forma indirecta. El problema es que las novelas de miedo no me dan miedo, así que un relato de terror debe ofrecerme algo más que terror para gustarme. Afortunadamente, este género está muy próximo a otros dos de los que sí soy devoto lector: el fantástico y el thriller, lo cual me ha permitido adentrarme en los oscuros y ominosos pasadizos de la narrativa terrorífica. En cualquier caso, no pienso ofrecer un top ten literario, ni nada parecido; me limitaré a repasar aquellas obras de terror que dejaron en mí un agradable sabor a sangre, bilis y adrenalina.

El terror surgió con el romanticismo. La novela gótica... jamás he podido leer una. Por ejemplo, Frankenstein, la primera novela de ciencia ficción; mira que he intentando veces leerla, y nada, imposible, me parece un tostón. Además, no creo que en realidad se trate de literatura de terror, sino más bien de narrativa filosófica y... pesada. En fin, tampoco he podido con El monje, de Lewis, o con El castillo de Otranto, de Walpole. Así que cero en novela gótica, la madre del terror literario.

Antes he dicho que las novelas de miedo no me dan miedo, y eso es cierto ahora, pero no cuando era un niño. La narración que más miedo me ha dado –la leí con doce o trece años- es La isla del doctor Moreau, de Wells. ¿Cómo, que no es una novela de terror? Pues a mí me acojonó. Como me acojonaron notablemente los relatos de Poe, si señor. Sobre todo, El extraño caso del señor Valdemar, El pozo y el péndulo, El corazón delator... bueno, muchos. Era un genio. El siguiente autor en irrumpir en mi vida lectora debió de ser Lovecraft. Una confesión: del ermitaño de Providence sólo suele gustarme la primera parte de sus historias, la creación del ambiente; luego, cuando irrumpe de lleno lo sobrenatural, sencillamente me aburro. Salvo El caso de Charles Dexter Ward, que es una obra maestra, y la vibrante En las montañas de la locura. Por esa misma época leí Drácula, de Stoker, que me parecería una novela fascinante de no ser porque el género epistolar me deja un poco frío.

Uno de mis autores de terror favoritos es Arthur Machen, con sus ritos ancestrales y sus mitologías paganas. El gran dios Pan es un relato germinal. Y he disfrutado mucho con los relatos de fantasmas de M. R. James. Me gusta también Robert Bloch, el autor de Psicosis, un maestro del relato corto. Y ya que hablamos del relato corto, os recomiendo las Pesadillas de Fredric Brown, así como, de este mismo autor, la novela El ser mente, realmente angustiosa. Muchos autores de ciencia ficción han escrito en algún momento terror, como por ejemplo Ray Bradbury con La feria de las tinieblas. O ese terrible relato de Harlan Ellison que es No tengo boca y debo gritar. O Los cristales soñadores, de Theodore Sturgeon, una fábula cruel y poética. Richard Matheson es un caso aparte, pues escribió un montón de terror; de su producción destacaría Soy leyenda y La casa infernal. Frtiz Leiber tiene también muchas obras de terror (perteneció al círculo de Lovecraft), como Nuestra señora de las tinieblas; pero, la verdad, no me parecen gran cosa.

De los autores todavía en activo, destacaría a Clive Barker, pero exclusivamente por una de sus obras, la primera: los cinco tomos de los Libros sangrientos (o Libros de sangre), un conjunto de relatos cortos que expandió el género en direcciones totalmente nuevas. Sus posteriores obras, lo siento, me parecen mediocres en comparación. Y llegamos a Stephen King, el emperador del género, el Steven Spielberg de la literatura de terror. Sus primeras novelas me parecen interesantes, hasta llegar a It; a partir de ese título, su producción fue engordando en número de páginas y adelgazando en calidad. No obstante, recomiendo encarecidamente sus relatos cortos; son excelentes. Ramsey Campbell y Dean Kontz me parecen mediocres, Peter Straub un coñazo, a Poppy Z. Brite y Richard Laymon los considero morralla... en fin, que no hay mucho terror actual que me guste.

Un escritor reseñable es Robert Holdstock, autor de esa obra maestra que es Bosque Mitago. Sus novelas de terror, como Muerte en el laberinto o, incluso, Lavondyss, son en muchos sentidos fallidas, pero el tipo de terror que proponen, primitivo y brutal, basado en los mitos neolíticos, resulta particularmente exótico y perturbador. Sus tramas son deficientes, pero el ambiente que crea es fascinante. Otro título muy aconsejable es El curso del corazón, de M. John Harrison, una novela de compleja lectura donde la magia no es más que una forma de corrupción moral, y viceversa. Por otro lado, hay títulos que soy incapaz de clasificar. ¿Es El señor de las moscas, de Golding, terror? Probablemente no, pero en muchos sentidos encaja dentro del género. ¿Y El cuerno de caza, de Sarbán?...

Para terminar, la producción española..., que es bastante escasa, entre otras cosas porque, probablemente, el terror sea el género más denostado en este país de críticos papanatas. En fin, el primer autor que se me ocurre es, claro, Gustavo Adolfo Bécquer y sus Leyendas. Luego, tengo que dar un inmenso salto hasta llegar a Las noches lúgubres, de Alfonso Sastre. Y a continuación otro salto que nos lleva a Pilar Pedraza (La fase del rubí, Necrópolis). Un nuevo salto nos conduce a La dama número 13, de José Carlos Somoza... y después sólo se me ocurren dos nombres, dos escritoras que para colmo son buenas amigas mías. Elia Barceló, con su novela El contrincante, y Care Santos que acaba de publicar El dueño de las sombras, una historia de terror que todavía no he visto por las librerías, pero que compraré y leeré en cuanto pueda echarle la zarpa.

Y ya que hablamos de la señora Santos, os recuerdo que en su blog (http://silencioeslodemas.blogspot.com) encontraréis la tercera y última entrega de este Especial Día de los Muertos, donde Care habla de sus terrores literarios favoritos y comenta, de paso, uno de los mejores cuentos de terror jamás escritos: La pata de mono, de W. W. Jacobs. No os lo perdáis.

miércoles, noviembre 1

Especial Día de los Muertos: Escalofríos de celuloide

A instancias de César M., ese pobre pecador irredento, este humilde monje llamado Fray César de Baskerville dedicará su sermón de hoy a elaborar una lista con las diez mejores películas del cine de terror. Es decir, lo que hizo Moisés en el Sinaí, pero en plan cinéfilo. No obstante antes de emprender dicha labor, debo advertiros algo: no soy un gran aficionado a las películas de miedo. Por ejemplo, no me gusta casi ningún film de la Hammer (me parecen acartonados), no me gusta el gore, me irritan las reinas del grito y el terror oriental, con sus fantasmas peludos, y aun reconociéndole la capacidad de crear imágenes inquietantes, me parece repetitivo y tedioso. Me asombra, por ejemplo, el prestigio de La noche de los muertos vivientes, de Romero, que siempre me ha parecido de una tosquedad ofensiva y... en fin, hijos míos, que no soy un experto ni un gran consumidor. Pero, dado que estoy familiarizado con los tormentos del Infierno, y teniendo en cuenta que el terror está muy próximo a otros géneros que conozco mejor, sí que he visto bastante cine de terror; al menos, lo suficiente como para atreverme a proponer una lista.

Pues bien, amadísimos corderos, a la hora de repasar el cine de terror, surge el problema de separarlo de otros dos géneros muy próximos a él: el fantástico y el thriller. Por ejemplo, yo incluiría en la lista Alien, pero Alien es terror y ciencia ficción a la vez. Como ya apareció en otra lista, no lo hace en ésta, pese a ser, con diferencia, la película que más miedo le ha provocado a este insignificante fraile. Y si hablamos del thriller, los problemas crecen. ¿El silencio de los corderos es terror o thriller? ¿Y El Fotógrafo del pánico? Dos de las películas que incluyo en mi lista podrían considerarse thrillers, pero son también terror. Otro problema es la caducidad del género; películas que aterrorizaron a nuestros abuelos hoy ni nos inquietan. Por ejemplo, el Frankenstein de Whale; pero fue concebida como terror y es una obra maestra, así que ¿cómo no incluirla? En cualquier caso, hijos de mi corazón e hijas de otras vísceras que no voy a mencionar, sin más dilaciones, aquí va mi lista:

1. El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene 1919). He aquí una de las dos cumbres del expresionismo alemán. Poco importa el argumento de esta magistral película; lo impactante son sus imágenes: ese mundo dislocado en el que se mueven unos personajes alucinados, los decorados torcidos, los intensos contrastes de luces y sombras, las actuaciones exageradas hasta el paroxismo. Jamás el celuloide ha mostrado con tanta intensidad la locura. Todavía hoy, después de tanto tiempo, su contemplación produce un extraño desasosiego que va mucho más allá que el mero miedo.

2. Nosferatu (F. W. Murnau 1921). Y aquí tenemos la otra cumbre del expresionismo. Debo confesaros algo: la figura del vampiro nunca me ha interesado demasiado; me parece una versión tosca y poco estimulante del diablo (en valaquio, drakul significa demonio). A partir de Lugosi, la tendencia ha sido humanizar al vampiro, mostrarlo culto, refinado, sexy o, si entramos en el mundo de Anne Rice/Neil Jordan, prácticamente metrosexual. Murnau, sin embargo, propone un vampiro, el conde Orlok, absolutamente inhumano, una alimaña, un parásito cuya mera contemplación estremece. Y es que, aparte de las poderosas imágenes, quizá el aspecto más memorable de esta obra maestra sea la terrorífica recreación del conde Orlok llevada a cabo por el actor Max Schreck. Creo que Nosferatu es la mejor película de vampiros que se ha rodado, aunque debo confesar que no he visto Vampyr de Dreyer.

3. La parada de los monstruos (Tod Browning 1932). En un circo ambulante, un enano de una trouppe de monstruos (freaks) se enamora de una bella trapecista llamada Cleopatra, que le sigue la corriente y se casa con él para apoderarse de su dinero. Al enterarse del engaño, el resto de la trouppe decide vengarse convirtiendo a Cleopatra en uno de ellos. Una historia sencilla e ingenua, sin suspense, sin golpes de efecto, sin sustos, sin tensión... pero extraordinariamente perturbadora, porque sus personajes, ese grupo de monstruos deformes, no son obra del maquillaje o los efectos especiales, sino auténticos fenómenos de feria. Seres humanos, como tú o como yo... si es que tú y yo somos humanos, claro.

4. Frankenstein & La novia de Frankenstein (James Whale 1931 – 1935). La crítica suele preferir el segundo título al primero, pero a mí me gusta mucho más Frankenstein, aunque reconozco que su continuación es de una gran brillantez, con una espléndida Elsa Lanchester y con ese maravilloso personaje que es el doctor Praetorius (interpretado por Ernest Thesiger), uno de los grandes doctores locos de la historia del cine. La modélica dirección de arte, los maravillosos decorados, la fascinante fotografía, los elegantes movimientos de cámara, el deliro romántico, todo hace de estos dos filmes un delicioso manjar para el cinéfilo aficionado al fantástico. Sin olvidarnos, por supuesto, del excelente trabajo que realizaron Jack Pierce (maquillador) y Boris Karloff (actor) en la creación de El Monstruo.

5. La noche del cazador (Charles Laughton 1955). Ya que hablábamos de Elsa Lanchester, ésta es la única película que dirigió su marido, el genial e histriónico actor inglés Charles Laughton. ¿Es La noche del cazador una película de terror? No estoy seguro; se trata de un cuento en el que dos hermanos, un niño y una niña, son perseguidos por un ogro representado por el reverendo Powell (Robert Mitchum), y en todo cuento hay numerosos elementos terroríficos. Por otro lado, la figura del Reverendo, con sus dedos tatuados con las palabras “amor” y “odio”, ha sido el referente de numerosos psicópatas posteriores. En cualquier caso, sea o no sea terror, el film de Laughton es una obra maestra indiscutible, un inesperado retorno al expresionismo cuyas imágenes –como la del cadáver de Shelley Winters sumergido en el lago- se resisten a abandonar nuestra memoria.

6. Psicosis (Alfred Hitchcock 1960). En mi opinión, esta cinta inaugura el terror cinematográfico moderno. El monstruo ya no es un ser sobrenatural que acecha en la oscuridad, ni un engendro de la naturaleza; el monstruo somos nosotros, tú, yo, o ese muchacho tan simpático que cuida de su madre enferma. Sería demasiado largo analizar el modo en que Hitchcock utiliza, y subvierte, las convenciones del género para pillar a contrapié al espectador; baste decir que Psicosis es un monumento a la sabia manipulación narrativa.

7. El exorcista (William Friedkin 1972). Anteayer mismo volví a ver esta película en la televisión y me quedé pasmado por su modernidad. De hecho, en el año 2000 se reestrenó con el añadido de unos cuantos minutos de metraje nuevo y tuvo un éxito extraordinario. ¿Cuál es el secreto de su vigencia? La verosimilitud. Mediante un virtuoso manejo del ritmo y la progresión dramática, Friedkin va introduciendo poco a poco elementos inquietantes antes de que sepamos por qué debemos inquietarnos. Por ejemplo, las prueba médicas que realizan en Megan, la niña poseída, son tan terroríficas o más que la propia posesión diabólica. De este modo, entrelazando lo natural con lo sobrenatural, el director logra que el espectador sienta que lo que está viendo, por fantástico que parezca, es real. El exorcista podría definirse como una película de terror narrada en clave de thriller.

8. Al final de la escalera (Peter Medak 1979). Sencillamente, ésta es la mejor película de casas encantadas que se ha filmado. Y también una lección de cine y buen gusto, pues demuestra que, para aterrorizar al espectador, no hacen falta millones de dólares invertidos en efectos especiales. Una simple pelota infantil cayendo por una escalera puede ponerte los pelos de punta. Como siempre, da más miedo lo que no se ve que lo que se ve.

9. El resplandor (Stanley Kubrick 1980). Con esta película me ha pasado algo curioso. La primera vez que la vi, me decepcionó: de alguna forma –aunque no sabría explicar por qué-, no era lo que esperaba de Kubrick. Sin embargo, cada vez que la volvía a ver me gustaba más y, como la he visto muchas veces, ahora me gusta muchísimo. Reconozcamos algo: Nicholson fue un error de casting, pues difícilmente puede describirse del proceso de enloquecimiento de un personaje, Torrance, que ya parece loco desde el principio. Sin embargo, ¿podría ponerle a Torrance otra cara que no fuese la de Nicholson? No. Paradójico, ¿verdad? En cualquier caso, El resplandor ofrece un abanico de imágenes imborrables, como todas las secuencias que se desarrollan en el bar, o esos travelling siguiendo al niño en su cochecito por los interminables pasillos del hotel, o Torrance, igual que el lobo feroz del cuento, derribando a hachazos la puerta tras la que se oculta su familia para hacerlos picadillo. Una obra maestra.

10. Henry, retrato de un asesino (John McNaughton 1986). En mi opinión, ésta es la película más malsana de la historia del cine, la más sucia, desagradable y hedionda. Es decir, una maravilla. Con cuatro duros, McNaughton rodó una película que sigue los pasos de un serial killer vagamente inspirado en el auténtico asesino múltiple Henry Lee Lucas. La narración adopta el punto de vista del psicópata, sin el menor afán moralizante, limitándose a mostrar con frialdad las atrocidades que comete un personaje con quien, gracias a la terrorífica habilidad del director, llegamos a empatizar. La secuencia en que Henry y su (repugnante) amigo Otis masacran a una familia, narrada en fuera de campo a través de una cámara de video, es capaz de revolverle el estómago al más pintado. Eso por no hablar de su demoledor final.

Y ahora, queridos feligreses, debería extenderme en una larga prédica sobre la psicología y la sociología del terror, sobre cómo los periodos de tensión social aumentan la producción de películas de este género, sobre los símbolos que se ocultan tras la mitología del miedo... pero no lo voy a hacer. Se me han quedado demasiadas películas en el tintero del scriptorium, de modo que no me resisto a, por lo menos, citarlas. De entrada, comencemos por las que me habría gustado incluir en la lista, pero no cabían:

De entrada, El malvado Zaroff (Ernest Schoedsack 1932): la caza humana como deporte; otra joya del director de King Kong. Jacques Torneur filmó en Hollywood dos obras maestras del cine de terror: La mujer pantera (1942) y Yo caminé con un Zombi (1943), historias sencillas y directas, pero dotadas de un clima fantástico irrepetible. El fotógrafo del pánico (Michael Powell 1960) es un film en cierto modo similar a Psicosis, pues ambos títulos proponen una renovación del género a través de la figura del psicópata. Si os fijáis, ambas películas se rodaron el mismo año. La semilla del diablo (Roman Polanski 1968) no sólo es un excelente film, sino también el antecedente directo de El exorcista y todo el moderno cine demoníaco. La matanza de Texas (Tob Hooper 1974) es una película fea, sucia y malsana, tan desagradable como deslizarse por hojas de afeitar. De David Cronenberg destacaría La mosca (1986) e Inseparables (1989). Y no puedo dejar de mencionar Escalofrío (Bill Paxton 2001), una original rareza totalmente alejada de los cánones y las modas del género. ¿Qué pasaría si, siendo un niño, descubrieras que tu padre es un psicópata asesino? Por último (para no extenderme demasiado), esa maravilla que es El sexto sentido (M. Night Shyamalan 1999).

En fin, hijos míos, todas las películas que acabo de citar podrían estar incluidas en la lista de honor, pero todavía no se han inventado las decenas de veinte elementos, qué le vamos a hacer. No obstante, hay muchas más películas de terror que merecen, cuando menos, una mención. Por ejemplo, Un hombre lobo americano en Londres (John Landis 1981), deliciosa mezcla de terror y comedia, El Otro (Robert Mulligan 1972), una brillante pieza de terror psicológico, La Profecía (Richard Donner 1976), que inició el tema del anticristo, Carretera al Infierno (Robert Harmon 1986), con Rutger Hauer convertido en un implacable y terrorífico autoestopista asesino, El Padrastro (Joseph Ruben 1987), una inteligente e inquietante serie B, o Parque Jurásico (Steven Spielberg 1993), una película que hay que reseñar aunque solo sea por la magistral secuencia de los velocirraptores en la cocina. Y no quiero dejar de mencionar Picnic en Hanging Rock (Peter Weir 1975), un film en el que no sucede absolutamente nada, pero que te mantiene en tensión durante todo su metraje.

Y ya para ir terminando, las contribuciones españolas. En primer lugar, La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), dos notables películas que nos hacen derramar lágrimas por el hecho de que su director, Chicho Ibáñez Serrador, prefiriera dedicarse al concurseo en detrimento del cine de terror. Después tenemos El día de la bestia (1995), la mejor película de Alex de la Iglesia, vigoroso cóctel de terror y comedia. Y por último (teniendo en cuenta que no me gusta demasiado Jaume Balagueró), Los otros (Alejandro Amenabar 2001), un elegante retorno al terror clásico.

Y aquí concluye mi sermón del Día de Todos los Santos, queridísimos hijos. Bien sé que he olvidado un montón de películas interesantes, y que muchos títulos que a mí no me parecen dignos de mención, para otros serán omisiones imperdonables. Así pues, expresad sin timidez vuestros pareceres, que este humilde fraile os escuchará atento en confesión.

Pero antes de abandonar los bancos de la iglesia, os recomiendo que os dirijáis raudos a El aprendizaje de la soledad (http://silencioeslodemas.blogspot.com), donde Care Carmille Santos os invita a dar un interesante paseo por sus terrores cinematográficos favoritos.

Podéis ir en paz (en la paz de los cementerios, se entiende)

martes, octubre 31

Especial Día de los Muertos: Halloween

Cuando yo era pequeño, nadie celebraba Halloween en España. Lo tradicional era irse el uno de noviembre a pasar el día en el cementerio junto a las tumbas de lo seres queridos. Supongo que sigue haciéndose, aunque, para ser sinceros, siempre me pareció un poco raro eso de marcarse un picnic sobre una lápida, encima de los huesos del abuelito. En cuanto a Halloween, sólo era una extraña celebración que veíamos en las películas o los tebeos norteamericanos. Una costumbre yanqui, tan exótica como la mantequilla de maní o los autocines.

Pero pasó el tiempo y, hará cosa de quince años, los niños españoles comenzaron a celebrar Halloween; poco a poco al principio, de forma generalizada en la actualidad. Y desde entonces no he parado de oír voces lamentando el papanatismo de adoptar costumbres foráneas (¡y encima yanquis!), con lo bonitas que son nuestras fiestas autóctonas. Como por ejemplo, la Navidad, una festividad de orígenes semitas, orientales y romanos con algún que otro toque de mitraismo. Por cierto, quienes critican Halloween, critican también la implantación de los árboles de Navidad en detrimento de nuestros bonitos belenes. Un momento, ¿nuestros?... De eso nada, los belenes son de origen napolitano.

Y es que realmente tenemos el copyright de muy poquitas costumbres. Las tradiciones traspasan fronteras, la gente viene y va llevando consigo diferentes ritos; unos cuajan y otros no. Es cierto que Halloween se ha popularizado gracias a la difusión de la cultura norteamericana, pero su implantación, en este caso, no se ha debido a la presión comercial (como ocurre con San Valentín), sino que se ha producido de forma espontánea. Supongo que primero comenzó a celebrarse en los liceos ingleses y americanos; luego, poco a poco, otros colegios fueron sumándose y ahora todos los chavales se lo pasan bomba disfrazándose de brujas y monstruos y tirando huevos a los coches.

NOTA: Niños queridos, es peligroso arrojar huevos a los coches; podéis provocar un accidente y, lo que es peor, puede que sea yo quien conduzca. Si os paráis a pensarlo, es mucho mas divertido tirar huevos a las ancianas. Quizá resbalen y se rompan una cadera, lo cual será una risa, tanto para vosotros como para la anciana en cuestión, que va estar de lo más contento con su nueva prótesis de titanio.

En cualquier caso, Halloween no es una novedad ni su origen es norteamericano, pues fue llevada a Estados Unidos por los emigrantes irlandeses a mediados del siglo XIX. De hecho, Halloween se remonta a hace unos dos mil quinientos años y surgió en la cultura celta de Inglaterra, Irlanda y Francia.

Como me recuerda en la anterior entrada el amigo Yarhel, hoy, 31 de octubre, se celebra Samhain, el año nuevo celta (Samhain significa “final del verano”). Es decir, muere un año y nace otro, y durante la noche que se extiende entre ambos sucesos cae la barrera que separa el mundo de los muertos del de los vivos. Así que, durante esa noche, existía la costumbre de dejar ofrendas de alimentos para los difuntos, y la creencia de que, si no lo hacías, los muertos vendrían a reclamártelo. Por eso, los niños se disfrazan de monstruos y te piden golosinas a cambio de no gastarte una broma.

El caso es que llegó el cristianismo y los sacerdotes se encontraron con el problema de que la gente, al llegar estas fechas, se ponía como loca a practicar los ritos del Samhain y pasaban de ir a la iglesia. Así pues, los obispos se zambulleron alegremente en el sincretismo y decidieron cristianizar la festividad pagana, dedicando el 1 de noviembre a todos los santos (todos los santos muertos, claro está). Ese día, en Inglaterra e Irlanda, se llamó “All Hallows’Day” y la noche anterior “All Hallows’Eve” que, por contracción, pasó a convertirse en Halloween.

De modo que, amigos purista de lo autóctono (si es que hay alguno leyéndome), Halloween no sólo es una costumbre europea, sino que nuestro vernáculo Primero de Noviembre no es más que una espuria sustitución de la genuina festividad, el Samhain, que es el origen directo de Halloween. No olvidemos, por otro lado, que, antes de que los romanos vinieran aquí a construir el acueducto de Segovia y la murallas de Lugo, la península Ibérica estaba casi enteramente colonizada por tribus celtas que, probablemente, celebraban el Samhain. Así que practicar Halloween no es más que volver a los orígenes.

La verdad es que me cae bien Halloween, quizá porque es una fiesta tonificantemente pagana. Los niños la han adoptado porque les divierte, porque se lo pasan bien y pueden hacer un poco el gamberro, lo cual es muy sano. El año pasado, vinieron a casa las hijas de unos vecinos disfrazadas de brujas y yo no tenía ni una puñetera golosina que darles. A punto estuve de prepararles unos bocatas de chorizo, pero me pareció un poco cutre. Este año estoy preparado y ya tengo en mi despacho una bolsa de chucherías para entregárselas a los muertos y evitar que me persigan.

En cuanto a vosotros, amigos míos, no os voy a dar chucherías, pero a cambio os deseo un muy feliz año nuevo celta, un venturoso Samhain y un terrorífico Halloween.


Recordatorio: No olvidéis visitar El aprendizaje de la soledad (http://silencioeslodemas.blogspot.com), donde encontraréis Visita, un estupendo microrrelato de Care Santos.

lunes, octubre 30

Día de los Muertos

La vida es una carrera en la que nadie quiere llegar a la meta, porque la meta, amigos míos, es la muerte. ¿Habéis pensado últimamente en la muerte? Recordad que la palabra cadáver proviene del latín Caro Data Vermibus, que significa “carne dada a los gusanos”. ¿Os imagináis vuestro cuerpo yerto, pudriéndose mientras los gusanos se dan un festín cuyo primer y único plato sois vosotros?

En fin, no hace falta que os entreguéis a tan alegres disquisiciones, porque un próximo evento se ocupará de llevar la muerte a vuestros ordenadores. Por primera vez en la historia, dos blogs se unen para propagar el miedo y la desazón. El aprendizaje de la soledad ( http://silencioeslodemas.blogspot.com/), insigne lugar tutelado por mi querida amiga y extraordinaria escritora Care Santos, y La Fraternidad de Babel celebrarán conjuntamente un Especial Día de los Muertos que os erizará el vello y hará que los escalofríos corran por vuestras espaldas. He aquí el programa de actos:

Día 31 de octubre: En El aprendizaje encontraréis un microrrelato inédito de terror firmado por Care Latherface Santos; y en La Fraternidad un artículo sobre Halloween obra de vuestro seguro servidor, César Víctor Von Mallorquí.

Día 1 de noviembre: Monográfico cinéfilo. Care, la mujer sin miedo, hablará sobre las películas que la han asustado, mientras que, en este blog, el vicioso y libidinoso monje Fray César (fuente de inspiración para la inmortal obra de Matthew Lewis) propondrá un top ten del terror cinematográfico.

Día 2 de noviembre: del celuloide pasaremos a la celulosa y nos adentraremos en la literatura de terror. ¿Hay algo más espeluznante que una novela de César Vidal o un ensayo de Jiménez los Santos? Quizá no, pero en cualquier caso Care y yo os propondremos un paseo por nuestros terrores de papel.

Así que no faltéis a la cita con el Especial Día de los Muertos.

Próximamente en los mejores blogs.

sábado, octubre 28

Elogio de lo inútil

Si de entre todos los relatos cortos que he escrito me preguntaran cuál es mi favorito, escogería El rebaño -El Círculo de Jericó (Ediciones B 1995) Antología de la ciencia ficción española (Minotauro, 2003)-. La génesis de esa historia tuvo lugar cinco o seis años antes de escribirla, cuando, mientras recorría el Pirineo de Huesca, vi un rebaño de ovejas cuidado por un pastor y su perro. Estuve un rato mirando y advertí que el pastor no hacía nada, pues era el perro quien controlaba en todo momento a las ovejas. Entonces me pregunté: ¿qué pasaría si el pastor no estuviese, si la humanidad entera hubiese desaparecido, y un perro siguiera, durante años, cuidando un rebaño? La sensación de soledad y de pérdida que experimenté al barajar esa idea se quedó grabada en mi mente hasta cristalizar, al cabo del tiempo, en un relato.

Pues bien, así de sencillo es el argumento de El rebaño. En un futuro muy cercano –pasado mañana-, la humanidad ha desaparecido a causa de una guerra biológica, pero un perro llamado Brezo sigue pastoreando un rebaño de ovejas durante años, aunque esa labor carezca ya de sentido. Simultáneamente, un satélite artificial de observación dotado de casi inteligencia artificial, continua registrando y enviando datos, aunque ya no hay nadie que le escuche. Dos seres, un animal y un artefacto, dedican los últimos años de su existencia a algo absolutamente inútil. Sin embargo, tal y como yo lo veo, es precisamente esa inutilidad lo que otorga una inmensa grandeza al perro de la historia. Porque, con frecuencia, se asocia la palabra “inútil” a algo desechable, o intrascendente, o poco importante, y sin duda en alguna de sus acepciones esto es correcto; pero no en todas.

Esto viene a cuento a causa de los comentarios provocados por el discurso de Paul Auster que reproduje parcialmente en la anterior entrada. La mayor parte de ellos venían a decir: “¿Cómo que la literatura es inútil? De eso nada; es algo imprescindible, maravilloso, utilísimo”. E incluso se citaban un par de ejemplos de cómo la literatura puede ha sido útil socialmente.

Uno de los amables contertulios comentaba, defendiendo la utilidad de la literatura, que no hay nada más poderoso que las ideas y, por tanto, nada más útil. Y es verdad. Hay libros que han ejercido una poderosísima influencia sobre la humanidad y sus actos. Por ejemplo, La Biblia, El Corán, Mein Kampf, El Capital, El protocolo de los sabios de Sión, los tratados aristotélicos y un montón de obras más. Pero Auster no se refería a esa clase de libros, sino a la ficción, a la narrativa. Y, en efecto, la literatura de ficción ha ejercido escasísima influencia práctica a nivel social, aunque siempre habrá alguna que otra excepción, por supuesto. Pero, en general, la narrativa es algo inútil.

Y aquí deberíamos meditar sobre lo que quiere decir Auster cuando maneja los términos utilidad e inutilidad. Pero, ojo, lo vamos a hacer desde el punto de vista de nuestra opulenta civilización occidental. Bien; a las cosas útiles las vamos a llamar “necesidades”, y a la inútiles “lujos”. ¿Vale? Bueno, pues las necesidades son algo que está ahí, que forma parte de nuestro paisaje, pero que no valoramos especialmente porque se trata de cosas normales y cotidianas. No nos emocionamos cuando apretamos una clavija y se encienden las luces, ni cantamos himnos de alegría cada vez abrimos un grifo y sale agua. De hecho, sólo damos importancia a las necesidades cuando desaparecen. ¿Habéis sufrido algún corte eléctrico en vuestra casa? Pues ya sabéis lo que es volver a la edad de piedra. En resumen, las necesidades (con la excepción de la comida) no nos proporcionan placer por sí mismas, pero sí una profunda desdicha cuando no están.

¿Y qué pasa con los lujos? Pues que ocurre lo contrario; en principio, carecer de lujos no nos hace, ni mucho menos, tan desdichados como carecer de necesidades. De hecho, hay un montón de lujos que no me hacen particularmente infeliz por no poseerlos, porque ignoro lo que se siente al tenerlos. Igual, por cierto, que hay un montón de personas que son enteramente felices pese a no haber leído jamás un libro (o a lo mejor precisamente por ello, quién sabe).

El valor de los lujos, por tanto, no depende de su ausencia, sino que brota por su presencia. Yo no era infeliz por no leer, por ejemplo, a Mark Twain, pero fui más feliz cuando lo leí. Ésa precisamente es la función de los lujos: darnos algo que está más allá de las necesidades, brindarnos placer y felicidad. Y eso es exactamente lo que hace el arte: expande nuestra vida y nos proporciona placer. Porque, afortunadamente, el arte no es una necesidad, sino un lujo.

Es más, no sólo sostengo que el arte, y más concretamente la narrativa, es algo inútil; además, afirmo que debe serlo, pues el arte útil en cierto modo está pervertido. Veréis, una de las premisas básicas para que el arte sea arte reside en la libertad del artista para crear sin más restricciones que las que él mismo decida imponerse. Pues bien, cuando el arte obedece a razones prácticas, cuando se pone en función de una utilidad, parte de esa libertad que antes mencionaba se pierde y el arte deja de ser arte para convertirse en una herramienta; útil quizá, pero sin alma. Eso ocurre, por ejemplo, con la (terrible) literatura didáctica, con el realismo pictórico soviético o con el cine propagandístico norteamericano. Naturalmente, siempre habrá excepciones; pero serán eso: excepciones. El arte debe ser libre y la única forma de serlo es no depender de nada, ni siquiera de la utilidad.

Naturalmente, todo esto lo digo desde un punto de vista social, porque individualmente las cosas son muy distintas. Para mí, como supongo que para todos los que frecuentan este blog, la narrativa es algo importantísimo. Mi existencia sería mucho más triste si no pudiera leer, ver o escuchar historias. Incluso sería más triste si no pudiera escribirlas o, cuando menos, imaginarlas. No me moriría si no leyese, claro; la literatura no es estrictamente vital... pero contribuye a darle sentido a mi vida, igual que su inútil labor de pastoreo daba sentido a la vida del perro de mi relato.

Así pues, no hay que rasgarse las vestiduras porque Auster diga que la literatura es inútil. Pensad que, a veces, por un exceso de amor y de pasión, tendemos a convertir estatuas en ídolos, y una estatua puede ser maravillosa sin necesidad de adorarla. No pongamos la literatura en un altar, no nos inclinemos ante ella con pasmada devoción. Gracias a dios, la literatura no es dios. La literatura es un juego maravilloso que, como todo juego, no necesita servir para nada. Porque si sirviese, ya no sería un juego.

En lo que a mí respecta, prefiero considerar la narrativa un lujo del que afortunadamente puedo disfrutar en cualquier momento. Lo que pasa es que, al cabo del tiempo, los lujos acaban por convertirse en imprescindibles...

sábado, octubre 21

El placer de lo inútil

Ayer escuché en la tele el discurso que leyó Paul Auster durante la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Pocas veces he estado tan de acuerdo con las palabras de un escritor, y menos de un escritor premiado. Más allá de la empalagosa mística literaria, Auster habló de la bellísima, de la radiante inutilidad del arte de escribir (algo muy en sintonía con este blog). Así pues, no me resisto a reproducir un fragmento de dicho discurso... Vale, un fragmento no; casi todo. Pero merece la pena.

“Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?

En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente… inútil.

La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama, el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas. Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en realidad son inofensivos.

Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que hemos entrado en lo que algunos llaman la “era posliteraria”. Puede que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine, la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de televisión–, resultaría imposible imaginar la vida sin ellas”.

Paul Auster 20-10-2006

sábado, octubre 14

Nobelistas

Permitidme realizar un pequeño test. Leed de seguido la lista de nombres que os propondré a continuación y, sin deteneros a pensarlo mucho, decidme qué tienen en común:

Saint-John Perse, Halldór Kiljan Laxness, Johannes Vilhelm Jensen, Frans Eemil Sillanpää, Roger Martin du Gard, Erik Axel Karlfeldt, Sigrid Undset, Grazia Deledda, Wladiyslaw Stanislaw Reymont, Carl Friedrich Georg Spittler, Karl Adolph Gjellerup, Henrik Pontoppidan, Carl Gustaf Verner von Heidenstam, Gerhart Johan Robert Hauptmann, Rudolf Christoph Eucken...

Si habéis averiguado cuál es su nexo en común, os felicito y os transmito toda mi admiración, porque yo habría sido incapaz de hacerlo. Ni remotamente se me hubiera pasado por la cabeza que todos esos nombres corresponden a ganadores del Premio Nobel de Literatura. Nunca he oído hablar de ellos, no sé quiénes son ni qué han escrito.

Pero prosigamos con el test. Ahora leed esta nueva lista de nombres y plantearos qué tienen en común:

James Joyce, Marcel Proust, Bertolt Brecht, Jorge Luis Borges, Virginia Woolf, Graham Greene, George Orwell, Mark Twain, Vladimir Nabokov, Dino Buzzati, August Strindberg, Leon Tolstoi, Federico García Lorca, Antonio Machado, Julio Cortázar, Juan Rulfo, H. G. Wells, Francis Scott Fitzgerald, André Malraux...

Sí, en efecto, todos son escritores (algo que no era tan fácil de discernir en la lista inicial), pero además, y sobre todo, ninguno de ellos recibió el Premio Nobel de Literatura.

Como no he leído a ninguno de los escritores que aparecen en la primera relación, no tengo ni idea de si merecían el Nobel o no, pero está claro que sus obras no han logrado superar la prueba del tiempo y de la geografía. En cuanto a la segunda lista..., bueno, habla por sí misma.

El Nobel, como todos los premios, tiene mucho de arbitrario y aún más de político (en el sentido más amplio de la palabra). ¿O todavía creemos que se premia sólo la calidad literaria? A Borges se lo negaron por aceptar una medalla de unos militares golpistas (hecho criticable, sí, pero en modo alguno literario), sin embargo se lo dieron –por citar sólo a nuestros Nobel- a autores tan inmortales como Echegaray, Benavente o Cela... ¡Se lo dieron a Cela, pardiez! Entonces, ¿por qué celebramos con tanta alharaca la concesión del Nobel de Literatura? ¿Por el millón de euros que le sacuden al ganador? ¿Por el circo mediático? ¿Por el prestigio de un premio literario que quita y da por razones extraliterarias?

Y ahora vamos a concluir el test con dos últimas preguntas:

¿A quién le han concedido el último Nobel de Literatura?...

A Orhan Pamuk, todo el mundo lo sabe.

¿Y quién ha ganado este año el Premio Nobel de Medicina?...

Si conocéis la respuesta, me inclino ante vosotros. Y por si no la conocéis, os diré que los ganadores han sido los doctores Andrew Fire y Craig Mello, cuyo trabajos sobre genética puede que algún día salven nuestras vidas o las de nuestros hijos.

sábado, octubre 7

Dos libros

Los dos últimos libros que han caído en mis manos no son para leer. De hecho, uno de ellos ni siquiera es propiamente un libro, sino un cuadernillo de 24 páginas que me ha costado un euro con veinte céntimos. Se trata, claro, de obras de consulta. Me encantan esta clase de libros, los diccionarios de todo tipo, las enciclopedias, los manuales, los prontuarios, los compendios... Son cultura en cápsulas; ofrecen respuestas concretas a preguntas concretas y ordenan el conocimiento de una forma tan ficticia como tranquilizadora. Además, por concentrada, son la lectura perfecta para cuando vas al baño a aliviar el vientre.

El primero de mis dos libros no lo he comprado, sino que me lo ha mandado amablemente su autor, Ramón Charlo. Se llama Autores y seudónimos en la novela popular y está publicado por Padilla Libros Editores & Libreros (Sevilla, 2005). ¿Qué es? Pues un diccionario de los autores españoles de novela popular del siglo veinte, incluyendo sus seudónimos. Ramón Charlo, uno de nuestros mejores estudiosos de la novela popular, ha llevado a cabo con este libro una labor titánica, pues cualquiera que conozca un poco la literatura de kiosco sabe lo compleja que resulta la tarea de identificar la identidad que se esconde tras muchos seudónimos. Así pues, se trata de un libro imprescindible para quienes se interesen por esa rama pobre de la literatura que es (o, mejor dicho, fue) la novela de a duro.

El segundo libro, en este caso cuadernillo, es el Calendario Zaragozano de 2007. Lo compro todos los años, sin excepción; tanto es así, que cada vez que veo un nuevo ejemplar en los kioscos, siento lo mismo que se experimenta al reencontrarse con un viejo amigo largo tiempo ausente. De hecho, lo considero un punto fijo en el devenir del tiempo, un bastión inexpugnable e inmutable que siempre sigue igual, con el mismo tamaño, el mismo color, la misma tipografía y el mismo terrible dibujo de don Mariano Castillo y Ocsiero en portada. Verlo me hace retroceder a la infancia.

Y no sólo a la infancia, sino más atrás en el tiempo, a otra era y otra cultura. Veréis, el Calendario Zaragozano contiene un “juicio universal meteorológico” a un año vista cuyos pronósticos dudo que alguna vez se hayan cumplido. Además –y ésa es la parte que suelo utilizar para documentarme- ofrece una reseña diaria de las principales efemérides astronómicas (incluyendo las salidas y puestas del sol y la luna). Y también el santoral completo, las principales ferias y mercados de España, citas y refranes tan deliciosos como Si en enero flores, en mayo dolores o Con pillos me junte Dios; con tontos no.

Pero volvamos a lo que decía de retroceder en el tiempo. El Calendario Zaragozano fue fundado -por el citado Mariano Castillo, astrónomo- en 1840. Es decir, en una época en la que la sociedad era mayoritariamente rural. De hecho, el Calendario Zaragozano es una valiosísima herramienta para agricultores y ganaderos, pero no para urbanitas. Por eso, cuando lo hojeo, lo que hago es viajar a un mundo que ya casi no existe, a una cultura regida por el paso de las estaciones y el matemático faenar de las estrellas. En cierto modo, el Calendario Zaragozano y Stonehenge son lo mismo: instrumentos de una civilización rural para medir el tiempo y cuidar las cosechas.

¿Vosotros no lo compráis? Pues deberíais hacerlo; viajar en el tiempo por 1’20 euros es un chollo.

domingo, octubre 1

Cf a 24 imágenes por segundo

Supongo que me ha entrado el mono por las listas, porque después de revisar el cine del Oeste me puse a darle vueltas a las películas de ciencia ficción (cf en lo sucesivo). De entrada, pensé que no encontraría demasiados films memorables, pues la historia cinematográfica del género no ha brillado a gran altura, pero me sorprendió toparme con bastantes más títulos notables de lo que yo pensaba.

Con todo, el cine ha elegido casi siempre los caminos más folclóricos e infantiloides a la hora de tratar la cf. Entre quienes lo desconocen, existe la creencia de que este género permite el “vale todo”, cuando es exactamente lo contrario. La cf es literatura fantástica con ambición de verosimilitud; de hecho, la buena cf precisa un rigor que los creadores cinematográficos rara vez le han concedido. Por el contrario, el cine ha elegido casi siempre centrarse en la parafernalia tópica del género, como los cohetes, las pistolas de rayos y los aliens con ojos de insecto, y encima lo ha hecho mal. El problema, amigos míos, es que la cf cinematográfica cuando es mala, no sólo es mala, sino que también es ridícula. En gran medida, la mala prensa que sufre la cf literaria se debe a la cf de celuloide. Y es que pocas cosas causan más vergüenza ajena que ver a un tipo forrado con papel Albal disparando un secador de pelo contra un grotesco muñeco de látex.

Pero no todo es malo. Así que allá va mi lista, por orden de estreno, de las 10 mejores películas de cf de la historia (según mi nada modesta opinión).

1. Metrópolis (Fritz Lang 1926). Reconozcámoslo: el argumento de esta película es un truño infumable. De hecho, está basada en una novela futurista del mismo título (publicada en Martínez Roca, Súper Ficción 1977) escrita por Thea Von Harbour, esposa del director y entusiasta militante nazi. En fin, ese final idílico en que patrones y obreros se estrechan en un abrazo fraternal, pero quedándose cada uno en el lugar que le corresponde, es muy representativo de las utopías fascistas tan en boga durante aquellos años. Sin embargo, la vigorosa estética expresionista y art deco del film y esa prodigiosa ciudad -auténtica protagonista de la película-, convierten a Metrópolis en una imperecedera obra maestra visual. Su influjo jamás ha dejado de estar presente en el mundo del cine, del arte y del diseño y, como prueba, valga recordar que C3PO, el famoso robot dorado de Star Wars, es una copia/homenaje del autómata femenino construido por Rotwang, el científico chungo de Metrópolis.

2. Ultimátum a la Tierra (Robert Wise 1951). En esta película se juega con varios tópicos de la cf: el primer contacto con seres extraterrestres, los platillos volantes, los robots... pero, y esto no deja de ser sorprendente dada la época que corría, Wise lo hizo con gran seriedad y rigor. Además, pese a estar producida en plena guerra fría, la película propone un estimulante mensaje pacifista y antixenófobo. Aunque Ultimátum a la Tierra resulta visualmente inferior a la inmensa (en ese sentido) Metrópolis, es infinitamente superior a ella desde un punto de vista argumental y narrativo. A decir verdad, creo que se trata de la primera gran película de cf de la historia. Y desde luego, quienes la hemos visto jamás olvidaremos estas palabras: Klaatu varada nictu.

3. La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel 1956). Quizá la invasión extraterrestre más famosa que nos ha brindado el cine (Wells aparte). Tus vecinos, tus amigos, tus seres queridos, todos están siendo sustituidos por et’s idénticos al original, pero sin emociones. La paranoia en estado puro. Una película brillante, angustiosa y estimulantemente ambigua, pues puede interpretarse tanto como una metáfora del macartismo, como del comunismo.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). Puede que no sea objetivo con este film (sin duda, no lo soy), pero aquí va mi opinión: si todas las demás películas que cito aquí fueran iglesias, 2001 sería una catedral. Una obra maestra inmensa, desmedida, lisérgica y abrumadora. Sólo hay algo que no comprendo respecto a ella: ¿por qué la gente se empeña en no entenderla? Su argumento no puede ser más claro, y sin embargo todo el mundo la tilda de críptica. En fin, sólo añadiré algo: el germen de 2001 es el cuento de Arthur C. Clarke El Centinela, en mi opinión uno de los mejores relatos cortos de la historia del género.

5. Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg 1977). Spielberg tuvo el acierto de contar la historia del primer contacto de la humanidad con una civilización extraterrestre narrándola desde diversos puntos de vista, pero centrándose en un personaje absolutamente normal y cotidiano. La cinta adquiere en muchos momentos resonancias místicas, míticas y poéticas, gracias, entre otras cosas, a un muy sabio empleo de los efectos especiales; aunque también es cierto que en ocasiones se ve lastrada por secuencias un tanto efectistas. Con todo, es una magnífica película que Spielberg remontó después del estreno, quitando y añadiendo escenas, aunque creo que la primera versión es mejor. Sin duda, la “conversación musical” entre los terrestres y el megaovni es uno de los grandes hitos del cine. Eso por no hablar de las famosas cinco notas...

6. Star Wars – El imperio contraataca (George Lucas 1977, Irvin Kershner 1980). Star Wars nació como un divertido homenaje a los seriales de Flash Gordon y Buck Rogers, a las novelas de Edmond Hamilton, Jack Williamson (que, por cierto, sigue estando vivo y hasta hace poco, a sus más de cien años, todavía en activo) o E. E. Doc Smith y a toda esa ciencia ficción aventurera e ingenua que floreció durante los años 30 y 40 del siglo pasado. Las dos primeras entregas de la serie son, sin duda, el mejor space opera jamás filmado. La tercera –El retorno del Jedi (1983)- derivó hacia el infantilismo y la repetición, y de la segunda trilogía (que supuestamente es la primera) mejor no hablar. Con todo, hay que reconocer que el efecto de Star Wars sobre la cf literaria ha sido nefasto.

7. Alien (Ridley Scott 1979). He aquí el paradigma del extraterrestre hijoputa. Un bicho muy, pero que muy cabrón –con un ciclo vital más cabrón aún- se cuela en una inmensa nave de carga y comienza a cargarse a todos los humanos que encuentra en su camino. En realidad, Alien es un relato terror en clave de cf, donde la nave espacial acaba siendo un escenario gótico y el alienígena un producto de nuestras pesadillas. Como anécdota, comentaré que el argumento de Alien es clavadito a un viejo relato de A. E. Van Vogt (Black Destroyer, si mal no recuerdo), lo cual obligó a la productora a entregar una sustanciosa compensación económica al escritor para evitar el juicio. La continuación de la película, Aliens, el regreso (James Cameron, 1986), aunque inferior a la primera, es una digna secuela realizada, eso sí, en una clave completamente distinta.

8. Blade Runner (Ridley Scott 1982). Entre las muchas virtudes de esta magistral película –basada en una novela de Philip K. Dick-, espléndida combinación de cine negro y cf, se encuentra la de haber presentado el futuro cercano más verosímil jamás filmado. Tanto es así, que la concepción visual -y también temática- de Blade Runner contribuyó decisivamente a la creación del ciberpunck (la escenografía de Blade Runner, por cierto, está nítidamente influida por los comics de Moebius, que también colaboró en la dirección de arte). Scott realizó posteriormente una “versión del director” que cambiaba sutilmente el final... de forma absolutamente equivocada.

9. Terminator (James Cameron 1984). Puede que a algunos les escandalice incluir aquí una peli protagonizada por el anabolizado gobernador de California, pero Terminator es una vibrante película de cf, salpimentada con toques de thriller y narrada con brío y convicción. Además, Suarcenaguer (nunca sé cómo se escribe) es un pésimo actor (¿actor?), pero para interpretar a un inexpresivo y ominoso robot asesino resulta sencillamente perfecto. La secuela, Terminator II (Cameron 1991), pese a ser inferior a la primera, contiene algunas secuencias francamente memorables. De la tercera podéis olvidaros tranquilamente.

10. Gattaca (Andrew Niccol 1997). La pregunta que uno se hace al terminar de ver Gattaca es si la sociedad futura que describe el film es una utopía o una distopía. Y sólo cabe una respuesta: las dos cosas a la vez. Gattaca es el reino, no de lo políticamente correcto, sino de lo humanamente correcto; personas mejoradas por ingeniería genética frente a humanos normales, y una forma sutil de marginación que se basa en la simple y cotidiana ley de la competencia: los mejores ocuparán los puestos sociales de más responsabilidad. El problema es que los mejores siempre son los humanos mejorados. Pero lo más inquietante del film es que, si lo pensamos en abstracto, esa sociedad pacífica, racional y opulenta que describen sus imágenes parece, en principio, deseable, la culminación de nuestras ambiciones. No estaría mal, por tanto, recordar ese sabio proverbio que reza: cuidado con lo que deseas, porque podrías conseguirlo. Gattaca, en resumen, es una excelente película; si Niccol la hubiese dirigido con un poquito más de brío, podría haber sido deslumbrante.

Éste es pues mi lista. ¿Qué conclusiones podemos sacar a partir de ella? La primera, que el cine de cf es inferior en calidad a, por ejemplo, el western. Si repasamos la lista de películas del Oeste que propuse hace unas semanas, veremos que todos los títulos que citaba, prácticamente sin excepción, eran obras maestras, no sólo del género, sino del cine en general. Sin embargo, en la presente lista sólo podemos encontrar tres obras maestras y media. Con la manga muy ancha, cinco. No obstante, hay más películas interesantes de cf de lo que cabría esperar.

De entrada, dos que me hubiera gustado incluir en la lista: Cube (Vincenzo Natali 1997) y Regreso al futuro (Robert Zemeckis 1985). La primera es una pequeña película independiente que logra sacar un brillante partido a sus limitados recursos. La segunda es una comedia, de modo que no suele ser valorada como pieza de cf; pero lo es, y mucho más sólida de lo que parece a simple vista. De la época clásica, podemos rescatar El increíble hombre menguante (Jack Arnold 1957) y El enigma de otro mundo (Christian Nyby y Howard Wawks 1951), de la que John Carpenter hizo un inteligente remake en 1982. De la época dorada también tenemos la verniana 20.000 leguas de viaje submarino (Richard Fleisher 1954), con un impagable James Mason en el papel de Nemo. ¿Y cómo olvidarnos de El Planeta de los simios (Franklin J. Schaffner 1968)? Ha envejecido mal, pero su final es un clásico de la historia del cine. Y también protagonizada por Charlton Heston, Soylent Green (Richard Fleischer 1973), una claustrofóbica antiutopía superpoblacionista.

Steven Spielberg, además de Encuentros, ha dirigido un buen puñado de películas de cf: Parque Jurásico (1990), Minority Report (2002), la muy interesante Inteligencia Artificial (2001) -pese a su lacrimógeno final- y la no menos notable La Guerra de los Mundos (2005) –y no cito ET (1982) porque nunca me ha gustado-. Paul Verhoeven es el autor de dos divertidas sátiras de cf: Robocop (1987) y Tropas del espacio (1997), y de Desafío total (1990), con Suarcenator convertido en personaje dickiano. Kubrick, además de la joya de la corona, también nos brindó La naranja mecánica (1971), una película tan criticada como admirada (yo la adoro). Y del cine del Este podemos mencionar Solaris (1972) y Stalker (1979); puede que alguna de las dos debiera estar en la lista, pero es que, a fuer de sincero, Tarkovski me aburre profundamente. Ah, y ya que hablábamos antes de Gobernator, hay otra película suya mucho más interesante de lo que parece a simple vista: Depredador (John McTiernan 1987). El problema del film es que, al principio, parece basura estilo Rambo, pero como dijo un crítico: hay demasiadas ideas en esta película para rechazarla de un plumazo.

Un detalle. Fijaos en la temática de las diez películas elegidas: la mitad de ellas tratan del primer contacto con una especie alienígena. Y es que, supongo, ése es el tema central de la cf como género. Dentro de este ámbito, podemos mencionar también Contacto (Robert Zemckis 1997), una interesante película lastrada por el excesivo peso que se le concede a los aspectos religiosos y por algún que otro ocasional exceso de sentimentalismo. El segundo tema estrella sería la inteligencia artificial y los robots, pues forma parte (aunque no siempre sea el eje narrativo) de seis de los títulos. Y el tercero, probablemente, el viaje en el tiempo, uno de cuyos mejores ejemplos podría ser la irregular –pero en ocasiones fascinante- Doce monos (Terry Gillian 1995).

Y, para terminar, dos conocidas rarezas. La primera, una más que notable película de cf española (ahí es nada): Abre los ojos (Alejandro Amenabar 1997). Aunque, claro, ahora está de moda darle palos a Amenabar. Ay, qué malo es triunfar en este país... La segunda rareza, que acaba de aparecer en DVD, es V de vendetta (James McTeigue 2006), basada en un cómic de Alan Moore. Si V es un superhéroe (cosa que dudo), sin duda V de vendetta es la mejor película de superhéroes jamás rodada (junto con El protegido –1999-, de Shyamalan). Pero en realidad se trata de una interesante ucronía antiutópica, una de las mejores sorpresas que nos ha brindado el cine de cf reciente. Ah, supongo que os habéis fijado que de Matrix ni hablo.

Y ya está, se acabó. Aunque, claro, no se ha acabado ni mucho menos; seguro que he olvidado un montón de películas. Pero ya me las recordaréis...