viernes, julio 11

Cerrado hasta el 4 de agosto

Se acaba la temporada, amigos míos; Babel se toma unos días de descanso y Fray César de Baskerville también. Como sabéis los que hayáis leído la entrada “Vacaciones”, me voy con Pepa, mi mujer, al sur de Francia; una semana al Languedoc y otra semana a la Provenza. Luego, nos reuniremos con Óscar y Pablo, nuestros hijos, en Gerona y pasaremos juntos otra semana en la Costa Brava.

Aún no he decidido los libros que me voy a llevar; de hecho, sólo tengo claros tres títulos: Spin, de Robert Wilson (Ómicron, 2008); me la regaló Julián Díez por mi cumpleaños y, según asegura, es una de las mejores novelas de ciencia ficción de la última década. Hace siglos que no leo cf, así que le daré una oportunidad. La segunda novela es Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson (Destino, 2008). Según todas las críticas, se trata de un excelente y renovador thriller. El tercer libro es un ensayo, Universos paralelos, de Michio Kaku (Atalanta, 2008); lo estoy leyendo desde hace un mes y voy por la mitad, pero es que eso de la cosmología hay que tomárselo con calma. Supongo que me llevaré dos o tres libros más; nunca lo leo todo, pero me gusta tener dónde elegir.

Salgo mañana y regresaré el cuatro de agosto, justo cuando la mayor parte de vosotros inicie sus vacaciones, así que me temo que Babel será un lugar solitario el mes que viene. En cualquier caso, os deseo a todos que vuestras vacaciones estén llenas de estímulos, sorpresas y felicidad. Pero antes de despedirme, quiero ofreceros una pequeña curiosidad, sobre todo a aquellos que hayáis leído mi novela La Catedral. Como decía en una entrada anterior, durante el verano de 1999 fui con mi familia a recorrer la Bretaña francesa. Por aquel entonces, estaba escribiendo La Catedral, así que utilicé aquel viaje para documentarme. La novela, ambientada en el siglo XIII, comienza en Estella (Navarra), y cuenta cómo Telmo Yáñez, un joven aprendiz de cantero, debe abandonar esa localidad para dirigirse a Kerloc’h, un pueblo costero de Bretaña -que por aquel entonces era una de las regiones más remotas y aisladas de la cristiandad- con el propósito de participar en la construcción de una misteriosa catedral.

Pues bien, justo antes de salir de viaje escribí toda la parte del relato que se desarrolla en España. Conozco bien Estella y todo el camino hasta Roncesvalles, así que no tuve mayores problemas. No obstante, debía elegir un lugar en Bretaña donde ambientar el resto de la novela. Cogí un mapa y me puse a buscar. Decidí situar la novela en la península de Crozon, el punto más occidental de Francia, un lugar que, como el Finisterre español, fue punto de destino de peregrinaciones prehistóricas, un centro de culto pagano. Esto era importante, porque al final de la novela allí se celebraría un ritual pagano. Vale, en Crozon pues; pero ¿dónde exactamente? Se trata de una zona muy despoblada y quería un pueblo de origen bretón; el único que encontré fue Kerloc’h (“ker”, en bretón, significa “villa”; el 90% de los pueblos bretones comienzan por “ker”, para desesperación del viajero). En fin, Kerloc’h sonaba bien, pero sólo era un nombre en un mapa, puede que el terreno no fuese adecuado para la acción. Eso sólo lo sabría cuando lo viese.

Iniciamos el viaje, recorrimos la costa atlántica de Francia, nos adentramos en Bretaña, dejamos atrás Morbihan y, al cabo de unos días, llegamos a Finisterre, a la península de Crozon. Se trata de un parque natural, de modo que hay muy pocas construcciones por la zona. Recuerdo que, la primera vez, pasé de largo Kerloc’h; el pueblo es muy pequeño y está oculto por una arboleda. Tuve que retroceder y, sí, ahí estaban la playa y el pueblo de Kerloc’h. Además, el lugar era perfecto para ambientar la historia de Telmo Yáñez. Permitidme que reproduzca un fragmento de la novela, justo cuando Telmo y sus compañeros de viaje Eric, Gunnar y Loki, llegan a su destino:

Era un bahía muy ancha que parecía estrechar entre sus brazos a un mar tranquilo e intensamente azul. A la izquierda, en la cima de unos acantilados, se alzaba una fortaleza muy antigua, con grandes muros de negro basalto. En lo alto de la torre ondeaba una bandera blanca con la roja silueta de un águila.
(...) Al pie de los acantilados había una playa de arena dorada que, conforme se extendía hacia la derecha, acababa convirtiéndose en un pedregal batido por las olas. A unos quinientos pasos de la orilla, en el otro extremo de la bahía, situado sobre la falda de una colina, se alzaba un poblado en el que reinaba una intensa actividad.
Al instante tuve la certeza de que aquel lugar era nuestro destino. Y lo supe porque, un poco más allá de la aldea, en una verde franja de tierra que penetraba en el mar encaramada sobre unos acantilados, se alzaba la construcción más extraordinaria que jamás he contemplado. Era un templo, una catedral. La catedral de Kerloc'h
”.

Pues bien, estando en Crozon tomé unas fotos para documentarme. Éstas son dos de ellas:

Aquí tenemos el lado sur de la bahía visto desde Kerloc’h. Tenéis que imaginaros una antiquísima fortaleza negra sobre el promontorio, al borde del acantilado.

Éste es el lado norte de la bahía visto desde la supuesta fortaleza. Si os fijáis, a la derecha se ven algunas casas del pueblo. En el extremo izquierdo, cerca del acantilado, se alzaría la catedral de Kerloc’h, grande, con arbotantes a los lados y una inmensa torre semejante al aguijón de un alacrán.

Bueno, amigos míos, pues éste es el escenario de mi novela La Catedral. Ya sé que esto es una chorrada que no le interesa a nadie, pero me apetecía recordar aquel maravilloso viaje.

¡Felices vacaciones!

martes, julio 8

Thomas M. Disch

Estoy anonadado. Acabo de enterarme de que Thomas M. Disch murió el pasado cuatro de julio. Causa de la muerte: suicidio.

Esta noticia no aparecerá en los telediarios, ni en los periódicos, ni siquiera en las revistas literarias. A fin de cuentas, ¿quién narices es Thomas Disch? Sé que algunos merodeadores de Babel –el sector especializado- lo conocen muy bien, pero la mayoría no, aunque se trate de personas cultas interesadas por el arte y la literatura. Pero es que Disch es un autor prácticamente desconocido en nuestro país, lo cual no solo es injusto, sino que pone de relieve las graves carencias del mundo cultural español, tan provinciano, tan corto de miras, tan pacato.

Thomas Disch fue uno de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX. El problema es que le dio por escribir ciencia ficción y fantasía, algo al parecer imperdonable en el miope mundo de la cultura mainstream. En cierta ocasión, Julián Díez me comentó que, en su opinión, sólo cuatro autores de cf podían competir en igualdad de condiciones con lo mejor de la literatura mundial: J. G. Ballard, Ursula K. Le Guin, Stanislaw Lem y Thomas Disch. Luego añadió a Ray Bradbury. No recuerdo si mencionó también a Philip K. Dick, ni estoy seguro de que la lista sea rigurosa; son todos lo que están, pero quizá no están todos los que son. De los autores citados, tanto Ballard, como Le Guin, Lem, Bradbury y Dick han recibido el reconocimiento de la crítica, o al menos de parte de ella. Sin embargo Disch, sin duda el mejor estilista que ha dado el género, es absolutamente ignorado. ¿Por qué? Resulta difícil responder a esta pregunta. Disch era un autor incorrecto, de ideología izquierdista, homosexual y polifacético. Sus novelas no son fáciles ni sencillas de catalogar; Los genocidas (1965), la primera que publicó, es una historia absolutamente deprimente y Campo de concentración (1968) no le anda a la zaga. 334 (1972) desborda por todos lados las fronteras del género y En alas de la canción (1978, incluida por Harold Bloom en su Canon Occidental) abarca tantos temas, y desde tantas perspectivas diferentes, que no puede ser encasillada.

Disch era un autor minoritario dentro de un género minoritario. Surgió de la New Wave, el movimiento que renovó la ciencia ficción en los sesenta, y la New Wave se extinguió. El mundillo de la cf, ese fandom mayoritariamente infantiloide, le ninguneó. Sus textos mainstream -Clara Reeve (1975) y Neighboring Lives (1981)- no fueron reconocidos por la crítica ni los lectores. El intento de abordar la literatura comercial con Doctor en Medicina (1991) tampoco le condujo a ninguna parte. De hecho, quizá su mayor éxito sea un cuento infantil, The Brave Little Toaster (1986). Con todo, pese a lo mucho que le costaba encontrar editores dispuestos a publicarle, Disch escribió novela, relatos cortos, poesía, ensayo y libretos para ópera. Nada de eso le permitía subsistir decentemente, así que su producción se fue espaciando y, finalmente, dejó de escribir (su última novela, The Sub, apareció en 1999). Al parecer, ahora se dedicaba a la pintura.

Es triste comprobar que el talento no siempre se premia, y deprimente ver cómo autores mediocres, o directamente infumables, venden cientos de miles de ejemplares, mientras que grandísimos escritores como Disch son displicentemente ignorados. De acuerdo, nadie ha dicho que la vida sea justa; pero, ¿por qué narices tiene que ser siempre tan injusta?

Thomas M. Disch se suicidó en su apartamento de New York hace cuatro días. ¿Los motivos? Una severa depresión a causa de la muerte de su pareja, Charles Naylor, y la preocupación por sus problemas económicos y un posible desahucio... Los ateos (él lo era) no podemos recurrir al consuelo de la oración, pero existen muchas formas de rezar. A fin de cuentas, leer no es más que pensar los pensamientos de otra persona, de forma que cuando leemos el texto de un autor fallecido estamos resucitando una parte de su mente. Yo rezaré por Thomas Disch releyendo alguno de sus libros; Campo de concentración o, quizá, 334.

Os sugiero, amigos míos, que también recéis por él leyéndole. En las librerías podéis encontrar El cura (Berenice, 2007) en tapa blanda, un vigoroso alegato contra la iglesia católica; no es su mejor novela, pero aún así es muy buena. Con suerte, también podéis encontrar esa obra maestra que es En alas de la canción (Bibliópolis, 2003). Si rebuscáis en librerías especializadas, quizá deis con alguna de sus obras anteriores. Sea como sea, leedle; no por él, sino por vosotros.

Thomas Michael Disch: 2 de febrero de 1940 – 4 de julio de 2008.

Descanse en paz

lunes, julio 7

Vacaciones

Para muchas personas, las vacaciones consisten en no hacer nada. Suelen veranear en el mismo lugar todos los años, por lo general en una localidad costera donde ya tienen su grupo de amigos y donde hacen siempre lo mismo: tomar el sol, bañarse en el mar o la piscina, echar la siesta, comer y cenar en chiringuitos... No digo que esté mal eso de no hacer nada y repetir ritos, incluso reconozco que tiene su punto, pero en mi caso sólo puedo hacerlo durante una semana como máximo. Al cabo de ese tiempo, comienzo a ponerme nervioso y siento la imperiosa necesidad de moverme, de irme, de hacer algo. Soy un culo inquieto, qué le vamos a hacer.

Supongo que eso se debe a mi educación. A mi padre le encantaba viajar; cuando yo era niño, solíamos veranear en Santander, pero no nos quedábamos quietos; por el contrario, hacíamos constantes excursiones, e incluso mini-viajes dentro del viaje. Otras veces realizábamos largos periplos, por el Sur, por la Cornisa Cantábrica, por Levante... Fuera de la temporada de vacaciones, mi padre salía los fines de semana para recorrer los alrededores de Madrid y aprovechaba los puentes para realizar salidas más largas. En fin, que mi padre era un culo inquieto y yo lo he heredado.

Sea por la razón que fuere, a mí la carencia de estímulos, en vez de relajarme, acaba poniéndome de los nervios. Veréis, la vida diaria suele consistir en la repetición de las mismas costumbres. Nos levantamos, trabajamos, comemos, volvemos a trabajar, vemos la tele, leemos, dormimos, y así una y otra vez, en un ambiente conocido rodeados por personas conocidas. Tan familiar nos resulta todo, que nuestro cerebro se adormece y dejamos de prestar atención a lo que nos rodea. Hay estímulos intelectuales, por supuesto; los podemos encontrar en el trabajo (con suerte), en la lectura, en el cine, en la buena conversación, pero la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos en una especie de limbo nebuloso que a la larga acaba petrificando las neuronas.

Sin embargo, cuando se viaja a lugares desconocidos, todo lo que nos rodea está lleno de estímulos, porque todo es nuevo para nosotros. Y a mí me encanta esa sensación de descubrir cosas, de maravillarme con algo que desconocía, igual que disfruto con la inquietud previa al descubrimiento, con ese comecome que se siente al saber que al día siguiente vamos a ver algo maravilloso. Por eso, mis vacaciones ideales consisten en largos periplos en coche; y no sólo por las razones que he expuesto, sino también por las sorpresas “fuera de programa” que te encuentras. Por ejemplo, mi viaje de boda consistió en recorrer la costa mediterránea francesa y el norte de Italia hasta llegar a Venecia. Pues bien, una noche circulábamos Pepa y yo por la Haute Corniche buscando cierto pueblo para dormir, pero llovía, había niebla y no encontrábamos el pueblo ni de coña, así que decidimos parar en la primera población que viéramos. Que resultó ser La Turbie, donde nos hospedamos en el hotel Napoleón. Al día siguiente, cuando me desperté, abrí la ventana de la habitación y lo que vi me dejó boquiabierto: un precioso pueblecito típicamente francés presidido por las inmensas ruinas de un monumento romano, el Trofeo de los Alpes, erigido por Augusto para conmemorar su victoria sobre los ligures. Y yo ni siquiera sabía que existía.

He realizado largos periplos por Colombia, Venezuela y Costa Rica; he recorrido el sur de México por Chiapas, Campeche y Yucatán, y el centro-oeste de Estados Unidos visitando algunos de los asombrosos parques naturales de Arizona, Utha y California. También realicé, junto con mi familia, dos largos viajes por Francia. El segundo fue al Loira y a Normandía, una región con una arquitectura magnífica y una gastronomía espléndida, pero, sobre todo, un lugar donde la memoria de la Segunda Guerra Mundial está siempre presente. El primero fue a Bretaña, y creo que ha sido uno de los viajes más hermosos y estimulantes de mi vida. Recorrimos toda la costa atlántica, con una parada en La Rochelle, hasta llegar al golfo de Morbihan. Allí están los famosos alineamientos megalíticos de Carnac, pero en realidad toda la zona es una especie de Disneylandia megalítica; hay restos prehistóricos por doquier, no se puede dar un paso sin tropezar con un menhir, un túmulo o un dolmen. O todo a la vez. Es uno de los lugares más mágicos que he visitado. Luego, seguimos recorriendo la costa en dirección a Normandía, pasando por el Finisterre bretón. Se daban dos circunstancias en aquel viaje. La primera, que me estaba documentando para escribir mi novela La Catedral, así que para mí fue una mezcla de fantasía y realidad, pues tenía que imaginarme cómo sería aquel trayecto en la Edad Media. Por otro lado, años atrás había conseguido en la Cuesta de Moyano una guía de Bretaña editada en los años treinta, lo cual me permitía comprobar qué había cambiado y qué no.

Finalizamos el viaje en Mont Saint Michel, justo en la frontera entre Bretaña y Normandía, y esa fue la guinda del helado. Veréis, cuando era niño leí la historia de Saint Michel; creo que fue en un Miscelánea Juvenil, unos libros del Reader’s Digest que contenían artículos y relatos dirigidos a los chavales (Houdini, el rey de las esposas, Extraños moradores de la selva virgen, Cómo construir un sencillo aparato de radio, y cosas así). El caso es que me fascinó la historia de esa abadía, reconvertida varias veces, a lo largo del tiempo, en fortaleza y cárcel. Pero, sobre todo, me llamó la atención esas tremendas mareas que hacían desaparecer el mar y lo hacían volver más deprisa que un caballo al galope. Siempre, desde que de pequeño leí su historia, deseé visitar Saint Michel. Por eso, al final de nuestro viaje por Bretaña, cuando vi la abadía a lo lejos, experimenté una de las mayores impresiones estéticas de mi vida, algo así como el síndrome de Stendhal. San Michel está al final de una inmensa llanura, en un lecho marino igualmente llano; es el único promontorio que hay a la vista, de modo que puede distinguirse desde muchos kilómetros de distancia. Al principio sólo es un trazo vertical en el horizonte, luego, conforme te vas acercando, ves ese promontorio imposible sobre el que se encarama, fundiéndose con él, un edificio imposible con un pináculo imposible, en medio de un mar imposible. Se queda uno sin aliento.

La verdad es que me encanta Francia; no sólo tienen un extraordinario patrimonio cultural y artístico, sino que además lo han sabido conservar como nadie. Se come de maravilla, los hoteles son buenos y los franceses, salvo los parisinos, suelen ser personas amables y colaboradoras. Por eso, amigos míos, el próximo sábado mi mujer y yo nos vamos de vacaciones a realizar otro periplo gabacho, esta vez por el sur. Pasaremos una semana en el Languedoc, visitando los castillos cátaros y buscando el Grial, y luego otra semana en la Provenza (Aviñón, Arlés, Orange, La Camargue...). Finalmente, nos reuniremos con nuestros hijos en la Costa Brava, donde pasaremos una semana más, esta vez sí, tocándonos las narices a dos manos.

Así pues, queridos merodeadores, ésta es la penúltima entrada del mes. Entre el doce de julio y el cuatro de agosto, estaré desaparecido en combate. Como me muero de ganas de estrenar a tope la Nikon D300 que me regaló Pepa por mi cumpleaños, en agosto colgaré en Babel una selección de fotos del viaje.

(Coño, ahora que me doy cuenta, se puede dar la barrila con las fotos de vacaciones sin necesidad de invitar a cenar a las víctimas. A distancia, de forma digital. Eso es progreso, si señor).

Por cierto, ¿qué preferís vosotros, vacaciones relajadas o estimulantes?

lunes, junio 30

Zozobra


¿Qué sucede cuando una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible? Nada; se trata de una pregunta con trampa, porque en un mismo universo no puede haber a la vez fuerzas irresistibles y objetos inamovibles. O lo uno, o lo otro, y en este caso, amigos míos, nos ha tocado vivir en un universo de fuerzas irresistibles. Supernovas, agujeros negros, quasars, hornos nucleares en el corazón de las estrellas, galaxias que chocan... el mismísimo nacimiento del universo fue fruto de un irresistible Big Bang.

No obstante, en medio de ese huracán cósmico, había lugares donde imperaba el orden; o, al menos, el suficiente orden como para que surgiese la vida y evolucionase hasta la aparición de una especie inteligente. Me refiero al Sistema Solar y a la Tierra (lo aclaro, porque lo de “especie inteligente” podría sembrar alguna duda). El caso es que los seres humanos estamos habituados a vivir en un entorno más o menos ordenado y predecible. De hecho, nuestro equilibrio mental depende en gran medida de la exactitud con que se cumplen nuestras predicciones. Oprimimos un interruptor porque predecimos que, haciéndolo, se encenderá la luz. Conducimos un coche del punto A al punto B porque aventuramos: 1º que el coche va a funcionar; 2º que el punto B está donde se supone que está; y 3º, que completaremos el trayecto sin sufrir un accidente o ser alcanzados por un rayo. Conectamos la televisión presuponiendo que sintonizaremos el programa deseado, saltamos confiando en que la fuerza de la gravedad impedirá que salgamos despedidos hacia el espacio, escribimos correos electrónicos augurando que llegarán a su destino... A lo largo de la vida, vamos acumulando un bagaje de experiencia cuyo único fin es permitirnos conocer y predecir el comportamiento del mundo que nos rodea. Eso, la predictibilidad del universo local, nos conforta y estabiliza.

Porque, ¿qué pasaría si oprimiéramos el interruptor y no se encendiera la luz, si abriéramos el grifo y no saliera agua, si las cosas cambiaran de lugar espontáneamente, si lanzáramos al aire una piedra y la piedra nunca cayese? El orden del mundo se tambalearía y nuestra mente zozobraría igual que una barca en medio de una galerna. En gran medida, la locura no es más que la imposibilidad de realizar predicciones correctas.

Necesitamos orden para sentirnos seguros, pero cada vez hay menos orden al que agarrarse. Antes no era así; por el contrario, el orden de las cosas estaba tan claro que la palabra esquizofrenia ni siquiera se había inventado. Por ejemplo, la Tierra era plana y estaba sustentada sobre una inmensa tortuga. “¿Y sobre qué está sustentada la tortuga?”, le preguntó el discípulo al sabio. “Sobre otra tortuga”, respondió el sabio. “¿Y esa otra tortuga sobre qué se sustenta?”, insistió el discípulo. El sabio carraspeó, se rascó la axila y respondió: “Mira, de la tortuga para abajo, todo son tortugas”. ¡Genial! Eso es una respuesta tranquilizadora que permite predecir confortablemente el universo. Si haces un agujero lo suficientemente hondo, ¿qué encontrarás? Pues tortugas hasta aburrirte.

Sin embargo, este universo tan reconfortante se tambaleó cuando empezó a correr el rumor de que la Tierra era esférica. ¿Esférica? Entonces, ¿por qué diantres no se caen los que están abajo? Y ahí tienes a todos los habitantes del hemisferio sur, hechos un manojo de nervios ante la lógica posibilidad de que un buen día acaben precipitándose al vacío estelar, y desconcertados porque algo tan evidente no haya sucedido todavía.

En fin, esférica o no, la Tierra ocupaba el centro del universo y el firmamento giraba a nuestro alrededor desgranando la música de las esferas. Eso, ser el eje de la creación, quieras que no tonifica. Pero entonces apareció Copérnico y, zas, la Tierra dejó de ser el centro y se puso a girar en torno al Sol, como el resto de los planetas. Eso desanima a cualquiera, aunque al menos el Sol, nuestro Sol, era el centro del universo. Algo es algo. Pero la alegría duró poco, pues no tardó en descubrirse que nuestro maravilloso Sol era en realidad una birria de sol situado en la periferia de la Galaxia (algo así como vivir en Parla). Bien, vale, pero la Galaxia es el universo, ¿no? Pues no; nuestra galaxia sólo es una más entre los millones de galaxias que pueblan el verdadero universo.

Deprimente, ¿verdad? Pero al menos teníamos las férreas leyes de la mecánica newtoniana poniendo orden en el cosmos y haciendo que todo fuese tranquilizadoramente previsible. Entonces llega Einstein y nos dice que el tiempo es elástico y que el espacio tiene una simpática tendencia a curvarse. Ya no podemos ni preguntar la hora, porque si lo hacemos, nos responderán: “¿Qué hora es dónde y a qué velocidad?”. Bueno, al menos la velocidad de luz es una constante fija. Y siempre nos quedaba la sólida materia que nos rodea, lo que podíamos tocar y sentir... Hasta que aparecieron Planck y sus amigotes con la teoría cuántica, demostrándonos que la materia no está constituida por ordenadas pelotitas de diversos tamaños, sino que el micromundo es un lugar desconcertantemente parecido al País de las Maravillas de Alicia. Para colmo, el gamberro de Heisenberg va y se marca el Principio de Incertidumbre. De incertidumbre, tú; es decir, lo contrario a la certidumbre. Un principio que viene a decir: “no sólo no tienes ni idea, chaval, sino que nunca la vas a tener” (Gödel también dijo algo deprimentemente parecido). Incluso el mismo Universo, que antes lo era literalmente todo, ahora puede no ser más que un universo de mierda entre infinitos universos paralelos.

Vale, todo lo que antes era sólido se derrumba a nuestro alrededor. Pero siempre nos queda Dios, ¿no? Pues no. Aparte de que Nietzsche asegura que ha muerto, las evidencias nos dicen que, o bien Dios no existe, o bien juega de puta madre al escondite. En cualquier caso, no podemos contar con él. Entonces, ¿qué nos queda? ¿Acaso hay algo predecible y constante a lo que podamos agarraros? ¿El inmutable ciclo de las estaciones, quizá? Pues no, el puñetero cambio climático ha mandado el orden estacional a hacer puñetas, y si no que se lo pregunten a las cigüeñas.

No obstante, aún disponíamos de algo fijo e inalterable, un último baluarte del orden y de la previsibilidad al que podíamos aferrarnos para sentir que pisábamos terreno sólido. Pues bien, amigos míos, ese bastión ha caído.

Porque, vamos a ver, ¿quién en su sano juicio podría haber predicho que la Selección Española de Fútbol, en vez de caer derrotada en cuartos de final practicando un juego pesado y aburrido, iba a ganar la Eurocopa mediante un bellísimo juego de control y tiralíneas que recuerda a la mejor selección brasileña? ¿Es que nos hemos vuelto locos o qué?

Cosas así hacen que el suelo zozobre bajo nuestros pies.

sábado, junio 21

B.C.

¿Os habéis fijado en que la vida tiene un “sabor” de fondo? Empleo la palabra “sabor” como metáfora, porque no existe ningún término para denominar a lo que me refiero; podría decir “tonalidad” o “sentimiento”, pero me parece más apropiado “sabor”, sobre todo en el sentido de “regusto”. Se trata de una sensación muy tenue, una especie de melodía mental absolutamente indefinible que nos acompaña en todo momento, como un suave sonido de fondo, una impresión que cambia con el tiempo y las circunstancias. Además, no siempre somos conscientes de ella; de hecho, cuantos más años tenemos, menos conscientes somos. Por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto, no la percibo. Pero podría percibirla; bastaría con adoptar la actitud mental adecuada, aunque, al ser ésta básicamente contemplativa, tendría que dejar de escribir. Lo dejaremos para luego.

Ahora vamos a hacer un experimento. Recordad un episodio del pasado, uno relacionado con vuestra infancia; da igual que sea bueno o malo, significativo o banal; lo importante es que sea intenso. Vale, cerrad los ojos y concentraos en ese recuerdo... ¿No notáis la suave sensación que lo acompaña, no paladeáis su sabor? Pues a esa sensación me refiero. Si ahora evocarais otro recuerdo, uno de una época diferente, volveríais a notar una sensación de fondo, sólo que distinta. Cada momento tiene su sabor.

¿Qué es y de dónde procede esa sensación? Creo que de tres fuentes distintas. En primer lugar, de la percepción de nosotros mismos, el auto-reconocimiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Esto me recuerda un chiste: Dos cincuentones se encuentran por la calle y uno dice: “Hombre, cuánto tiempo sin verte; ¿cómo estás?”. Y el otro responde: “Muy bien; pero si cuando tenía veinte años me hubiera despertado un día sintiéndome como me siento ahora, habría ido corriendo al hospital más cercano”. El caso es que nos percibimos a nosotros mismos constantemente; si tu cuerpo tiene buen tono, tu percepción mental también lo tendrá, y si tu cuerpo está, por ejemplo, cansado, ese cansancio impregnará tu mente. Hay un diálogo constante entre nuestro mundo emocional y nuestro cuerpo. Por ejemplo, estoy acatarrado, así que tengo una percepción “nublada” de mí mismo.

La segunda fuente es la percepción del mundo exterior. Mientras escribo esto, noto una determinada temperatura en la piel (calor, ya ha llegado el verano), noto una leve brisa procedente de la ventana, noto la luz (intensidad, inclinación, color...), debería notar olores (pero estoy acatarrado), noto el tacto de las teclas, del sillón, de la mesa y del suelo; percibo sonidos (una persiana enrollándose a lo lejos, un coche pasando por la calle, el tecleteo...) y veo lo que me rodea: me encuentro en mi despacho, un lugar que conozco tan bien que ni me fijo en él; pero ahí están los libros en sendas librerías, las decenas de objetos absurdos que pueblan las baldas, la desordenada mesa de cristal sobre la que trabajo, el gran póster de King Kong (sujetando a Fay Wray y machacando un biplano) que se alza frente a mí, la puerta abierta mostrando la fuga del pasillo...

Todas estas percepciones del mundo exterior afectan a mi estado de ánimo; a veces mucho (por ejemplo, durante una tormenta, que es un auténtico cóctel de sensaciones), y a veces, como ahora, poco. En ocasiones, algo nos produce un gran impacto emotivo-sensorial y esa impresión queda registrada indeleblemente en nuestro cerebro. Seguro que todos recordamos una luna maravillosa, o un firmamento estremecedor, o un atardecer deslumbrante, o una mañana especialmente luminosa. Todos esos momentos, todos esos factores, crean y modelan el “sabor” de fondo de nuestras vidas.

La tercera fuente es la imaginación. Es decir, la parte emocional que añadimos a nuestros recuerdos y sensaciones, sólo porque queremos que sea así, pues en realidad nos lo estamos inventando. Que estas impresiones tengan un origen falso no importa lo más mínimo, pues son tan intensas o más que las reales.

Por otro lado, lo cierto es que percibíamos mucho más el “sabor de fondo” de la vida cuando éramos niños, o muy jóvenes, que de adultos. Creo que eso tiene que ver con la forma en que percibimos el mundo y cómo cambia con el paso de los años. De pequeños, todo era nuevo; los primeros brotes de la primavera, la luz incidiendo sobre el aire polvoriento de una habitación cerrada, el frescor del agua cuando te zambulles, el olor de la hierba cortada, las personas, los paisajes, todo era nuevo para nosotros, porque lo vivíamos por primera vez, de modo que poníamos toda nuestra atención en percibir cada detalle de la vida. Así surge el “sabor”. Sin embargo, conforme envejecemos la vida pierde novedad y empezamos a dejar de prestar atención a las cosas importantes. Ya no nos fijamos en los brotes de la primavera, ni nos detenemos a contemplar cómo cambian las cosas a nuestro alrededor conforme la luz del sol declina. Dejamos de prestar atención a la vida, y el “sabor” se diluye hasta desaparecer.
Pero, por muy carrozas que seamos, podemos recobrar esas sensaciones. Basta con detenernos unos minutos y prestar atención a lo que nos rodea... Los trinos de un pájaro, el rumor de la brisa en los árboles, la textura de la luz... No pensar, sentir... Y poco a poco, como un suave bolero, el sabor de la vida va concretándose. Es distinto a lo que sentía hace treinta años, claro, pero está ahí y lo noto como una parte inseparable de mí mismo. En gran medida, sentirse vivo no consiste más que en prestar atención.

Pues bien, todo este rollo viene a cuento –si es que viene a cuento, cosa que dudo- porque ayer me di un inesperado atracón de “sabores” pasados. Veréis, a comienzos de los 70, Luis Gasca fundó la editorial Buru Lan, que estaba dedicada al comic. Lanzó varias series destinadas a recuperar lo mejor del comic clásico norteamericano (el Rip Kirby o el Flash Gordon de Alex Raymond, por ejemplo) y un par de excelentes revistas: El Globo y Zeppelin. Entre las series que publicó había dos –editadas en formato de libro de bolsillo- que yo (y mi buen amigo Samael) seguía con fidelidad: B.C. y Edad Media (The Wizard of Id). La primera estaba escrita y dibujada por Johnny Hart, y en la segunda el guión era de Hart y los dibujos de Brant Parker. En ambos casos se trataba de daily strips, tiras diarias de tres o cuatro viñetas, al estilo Peanuts.

Me encantaban B.C. y Edad Media. Su humor se basaba en el sarcasmo y el surrealismo, y también en los juegos de palabras, algo que lamentablemente se perdía con la traducción. B.C. era tanto el nombre de uno de los personajes como las iniciales de Before Christ, pues la serie versaba sobre un grupo de irónicos cavernícolas. Edad Media era lo mismo, sólo que trasladado a eso, la Edad Media. En realidad, ambas series eran un incisivo cachondeo sobre la naturaleza humana, una visión divertida, y bastante ácida, de la vida moderna y sus neurosis. Una pequeña obra maestra que no llegaba a la altura de Peanuts, su directo referente, pero que en muchas ocasiones bordeaba la genialidad. El caso es que, no sé muy bien por qué, asocio mis dieciocho y diecinueve años con esas dos series. Puede que sea porque al poco cerró Buru Lan y jamás volví a leer (ni siquiera ver) nada relacionado con B.C. y Edad Media. Ambas series aparecieron y desaparecieron en ese periodo de mi vida, quedando desde entonces íntimamente ligadas a él en mi recuerdo.

Pero ayer fui a Elektra, una tienda de cómics, para comprarle un regalo a un amigo y, de paso, para agenciarme el Lost Girls de Moore y Gebbie, cuando de pronto vi algo inesperado: El libro de oro de B.C., una antología publicada por Astiberri Ediciones con motivo del cincuenta aniversario de la serie. Huelga decir que lo compré y, después de treinta y seis largos años, volví a disfrutar de los sarcásticos cavernícolas de Johnny Hart. Fue como reencontrarme con un viejo amigo, aunque descubrí con tristeza que Mr. Hart había muerto hacía un año, en abril de 2007, poco antes de que el libro fuera publicado en inglés.

La cuestión es que, mientras leía una tras otra las tiras que aparecen en el libro –algunas las conocía, otras no-, percibía con toda nitidez el “sabor mental” de mis dieciocho y diecinueve años. No puede describirse, claro; no hay palabras adecuadas ni en este ni en ningún otro idioma, pero aun así voy a intentar explicar cómo es ese sabor:

Una brisa templada, el sol describiendo hileras al pasar a través de una persiana, un Bloody Mary, olor a lavanda, un cielo azul sin nubes, tacto a hierba fresca, sabor a vainilla, tintineo de cristales, espuma de cerveza, tierra mojada tras la tormenta, cabellos lacios acariciándome las mejillas, eternidad.

A eso “sabe” mi primera juventud, aunque imagino que la suma de sensaciones del párrafo anterior sólo tiene sentido para mí. Era, en cualquier caso, una sensación sumamente agradable, pura vitalidad y optimismo. No duró mucho; poco después mi vida cambió y el sabor se volvió más amargo. Quizá por eso lo valoro tanto, quizá por eso El libro de oro de B.C. me ha devuelto tan nítidamente el recuerdo de ese sabor, quizá por eso he decidido escribir esta entrada tan poco interesante.

Hoy es el día del solsticio de verano, un día que sabe a Sol, a piedra y a historias antiguas.

Feliz solsticio, amigos míos, y mil perdones por aburriros con mis pajas mentales.

lunes, junio 16

Adiós, cine clásico

Hace poco, les recomendé a mi hijo Óscar y a su novia Bea (ambos de 21 años) tres películas clásicas: El Padrino I, El Padrino II y Al final de la escalera. De hecho, les dejé los DVD’s para que las vieran. Y las vieron. Y no les gustaron. Menuda plancha, pensé, porque yo les había hablado maravillas de esas películas; ¿acaso soy de una generación tan distinta?, me pregunté. Pues sí, me respondí; soy de una generación muy distinta, y no tanto por mis gustos como por mi acceso a esos gustos. Me explicaré.

Digamos que yo empecé a ir solo (sin mis padres) al cine a partir de mediados de los 60. En aquella época existía la posibilidad de contemplar en pantalla grande no sólo películas recientes, sino también clásicos; sobre todo, es cierto, clásicos norteamericanos. Veréis, por aquel entonces había en Madrid –y supongo que en toda España- tres tipos de salas cinematográficas. Estaban los cines de estreno, que eran más o menos lo mismo que son ahora. Después teníamos los cines de reestreno, más baratos, donde se proyectaban las películas que hasta poco antes habían ocupado las carteleras de los cines de estreno. Y finalmente estaban los cines de barrio, de programa doble, donde podían proyectar literalmente cualquier cosa.

Yo, como todos los chavales de mi edad, solíamos acudir a los cines de barrio porque eran los más baratos (la entrada costaba entre 1’50 y cinco pesetas) y porque ponían dos películas seguidas. Es cierto que la programación solía ser horrible (recuerdo un pseudo Superman japonés que todavía me pone los pelos de punta), pero entre Santo, el enmascarado de plata, o Maciste el coloso, podía caerte Ciudadano Kane, La diligencia o King Kong. En aquellos cines de barrio no existía ningún criterio de programación; compraban paquetes a las distribuidoras y lo exhibían todo, sin orden ni concierto. Así pues, ir a uno de esos cines era como una ruleta rusa donde podías tragarte una infame serie Z inmediatamente seguida de una obra maestra. Eso sí, las copias siempre estaban en un estado infecto; pero éramos jóvenes y eso no nos importaba.

Luego teníamos la televisión, que era en blanco y negro, y su programación se nutría, sobre todo, de películas en blanco y negro. Ahí, en la caja tonta, vi lo mejor de John Ford, lo mejor de Capra, lo mejor de Hawks, lo mejor de Sturges, lo mejor de Walsh, gran parte de John Huston, casi todo Welles, casi todo Wilder, gran parte de Hitchcock, mucho de Wellman, mucho de Hathaway, mucho de Wyler... en fin, casi todo el cine clásico norteamericano. Y también bastante cine italiano y, en menor medida, francés. Y todo eso lo vi antes de cumplir los 18 años. Por ejemplo, ¿sabéis cuáles eran mis películas favoritas en 1966, cuando tenía trece años de edad?: King Kong, de 1933, Beau Geste, de 1939, y Los viajes de Sullivan, de 1941.

Y es que, por aquel entonces, para mí el cine no tenía fecha de caducidad, ni importaba lo más mínimo que fuera en color o en blanco y negro. Todo era cine; lo único importante era si me gustaba o no. Y disfrutaba igual con el sobrio y clásico estilo de Howard Hawks que con la más sincopada dirección de, por ejemplo, un Peckinpah. Estaba abierto a todo porque había “mamado” de todo.

Más tarde, la TV pública (la única que había) comenzó a emitir interesantísimos ciclos de cine. Recuerdo dos dedicados al western, otros dos al thriller, uno a la ciencia ficción, otro al neorrealismo italiano, u otros enteramente consagrados a Hitchcock, a Preston Sturges o a Billy Wilder. Pero no sólo la TV programaba ciclos; a finales de los 60 y comienzos de los 70, algunas salas cinematográficas exhibieron, y con cierto éxito, ciclos dedicados a determinados directores o géneros. Ciclos, por ejemplo, donde descubrí a ese genio insuperable que fue Buster Keaton, o donde contemplé la etapa inglesa de Hitchcock... De vez en cuando, además, se volvían a estrenar con todos los honores películas que habían tenido en su momento una gran acogida; por ejemplo, Lawrence de Arabia o 2001: Una odisea del espacio.

Pues bien, nada de eso existe ya. Los cines de barrio pasaron a mejor vida, la TV en abierto sólo emite películas en color y lo más recientes posible, se acabaron los ciclos, las salas cinematográficas no proyectan más que películas actuales, sean lo que sean. ¿Y qué pasa en los videoclubs? Pues sí, en algunos hay algo de cine clásico acumulando polvo en los estantes... Es decir, en una época en la que más que nunca se tiene acceso a la producción audiovisual y a la reproducción casera de la misma, las nuevas generaciones están más alejadas que nunca del cine clásico en su conjunto. O, dicho de otra forma, las nuevas generaciones son profundamente incultas en lo que respecta al séptimo arte.

Óscar y Bea son un par de jóvenes inteligentes y sensibles; entonces, ¿por qué no les gustaron dos obras maestras indiscutibles como El Padrino I y II? Pues porque no están habituados a ese tipo de narrativa. Ellos han nacido en el seno de la cultura MTV, donde el ritmo de las imágenes es pura histeria visual, una cultura donde todo es más rápido que el pensamiento. Están acostumbrados a directores como Tony Scott y su cámara epiléptica o Baz Luhrmann (a-ver-cuántos-planos-me-caben-en-diez-segundos-de-montaje). En el cine que conocen no suele haber puesta en escena, sino una especie de malabarismo del montaje que por lo general sólo sirve para ocultar los errores y las carencias de directores que, precisamente, lo ignoran todo sobre la puesta en escena. Así pues, no es de extrañar que les parezca lento y aburrido el cadencioso clasicismo de Coppola, ni que les haga bostezar una película tan sobrecogedora como Al final de la escalera, pues para percibir su extraordinaria calidad hace falta verla con calma, empapándose poco a poco de su malsano ambiente.

Mi hijo Óscar, por ejemplo, se niega a ver películas en blanco y negro, o anteriores a digamos los años 90. En realidad, carece de cultura cinematográfica. Pero no es su culpa... La verdad es que es culpa mía; debería haberle mostrado en su momento la maravilla del cine clásico, pero no lo hice. Porque no caí en ello. A mí nadie, ningún adulto, me abrió las puertas de ese cine; pero es que no hacía falta, pues el cine clásico “estaba en el aire”. El problema es que hoy ya no está en ninguna parte, salvo en remotos canales digitales que nadie, salvo los dinosaurios, visitan.

Alto, ¿no será eso? ¿No será que estoy hablando como el maldito carroza que soy? Pues no, amigos míos, lo niego: el cine clásico es clásico porque es intemporal y puede gustar a cualquiera en cualquier momento. Además, en cierta ocasión tuve la oportunidad de demostrarlo. Hace cuatro o cinco años, tuve que dar una charla en el colegio de mis hijos sobre el humor. Ilustrando la charla debía llevar la escena de alguna película, pero ¿cuál? ¿Qué fragmento de comedia podía gustarle a chavales de tercero y cuarto de la ESO? Tomé una decisión arriesgada; di la charla, que trataba sobre todo acerca del humor en literatura, y luego, cuando acabé, les dije que iba a poner en el video una secuencia de una película en blanco y negro producida en 1935. Como era de esperar, todo el mundo protestó. Les dije que, si al cabo de un par de minutos se aburrían, la quitaba. Y conecté el vídeo.

Era la secuencia del camarote de Una noche en la ópera, de los hermanos Marx. Al principio, los chavales cuchicheaban, distraídos; al poco, comenzaron las carcajadas y a los tres minutos tuve que subir el sonido porque el estruendo de las risas hacía inaudibles los diálogos. Cuando acabó la secuencia y corté la película, todos insistieron en verla completa. Les había encantado. Esos chicos detestaban el blanco y negro, lo desconocían todo acerca de los ochenta o noventa primeros años de la historia del cine, y la anticuada dirección de Sam Wood les parecía marciana, pero el talento de los hermanos Marx está más allá del tiempo y de las modas, así que les conquistó por completo. Eso es lo bueno del cine clásico: no hace falta explicarlo, basta con verlo de la forma adecuada.

En resumen: hoy en día, las nuevas generaciones están totalmente alejadas del cine clásico. Lo desdeñan, no porque no les guste o pueda gustarles, sino porque no lo conocen. Me parece injusto; injusto para ellos, porque al no poner a su alcance ese maravilloso patrimonio artístico, se les priva de un inmenso placer. A veces me pregunto por qué, si en los colegios se estudia literatura, no se estudia también cinematografía. Acto seguido me respondo, claro, que sería una auténtica cagada conseguir que a los chavales se les exigiese aprender de memoria las películas de John Ford o la historia del expresionismo alemán. No, esa no es la solución. Pero, ¿por qué no hacer algo mucho más sencillo, barato y, a la larga, eficiente? ¿Por qué no incluir en el plan de estudios una sesión semanal de cine? Cada semana, los alumnos de todos los colegios e institutos de España estarían obligados a ver en el aula una película clásica. En total, unas 35 películas al año. Sólo verlas, sin trabajos ni deberes adicionales. Bien elegidas, esas 35 películas podrían crear entre los chavales verdadera afición por el cine clásico; o cuando menos, quitarles el miedo a verlo. ¿No os parece?

Estoy casi convencido de que ningún político merodea por Babel, pero si por ventura pasara por aquí alguno con acceso a la ministra de educación de turno (últimamente suelen ser mujeres), le agradecería que le pasara la sugerencia. Aunque, bueno, quién sabe, quizá Mercedes Cabrera sea adicta a este blog... En tal caso, Mercedes, guapa, ¿por qué no te lanzas y te pones de lleno con eso de la película clásica semanal? Di que es idea tuya; quedarás bien, saldrás en los papeles y en la tele, y no te costará un duro. Además, aunque ya sé que eso no importa mucho, probablemente sería una medida eficaz...

Alto, un momento... ¿no oís algo así como un eco?... De repente, no sé por qué, me ha dado la sensación de estar hablando solo...

martes, junio 10

55

Hoy, diez de junio, es mi cumpleaños. Cincuenta y cinco tacos. Maldición. “La juventud es una enfermedad que se pasa con el tiempo”; no sé quién dijo eso, pero no me cabe duda de que era un imbécil. ¿Tiene algo de bueno envejecer? Pues no, nada. Ah, sí, la experiencia... Lo que pasa es que tener experiencia sólo significa que has dispuesto de más tiempo para hacer gilipolleces. No, envejecer es una cagada se mire como se mire, sobre todo cuando tu cerebro se empeña en ser más joven que tu cuerpo. Aunque supongo que lo contrario sería peor... En fin, qué le vamos a hacer.

Pues no resignarme, eso es lo que voy a hacer. De acuerdo, mi organismo y mi DNI pueden empañarse en acumular años como avaros, allá ellos si les gusta; pero mi pertinaz falta de madurez seguirá anclada en unos estupendos y eternos catorce años de edad. Me niego a madurar, amigos míos, me niego a ser el añoso, aburrido y convencional adulto que el calendario y la sociedad insisten que debo ser. Por eso, si algún día leéis algo escrito por mí, por ejemplo en este blog, y pensáis: “mira, éste es el típico texto que escribiría un cincuentón”, decídmelo, porque iré al veterinario más cercano para que me ponga una inyección que acabe de una vez por todas con mi patética existencia. No hay nada peor que morirte por dentro antes de que la muerte te alcance.

Por lo demás, mi bella y hermosa ama y señora me ha regalado una Nikon D300 y un zoom 19/200. Y mis hijos unas preciosas camisetas. Tengo una familia cojonuda. Y también tengo un montón de buenos amigos que me han felicitado por teléfono o por correo electrónico. Además, me he comprado seis libros en Crisol (justo lo que me hacía falta: más libros) y he comido en Sanxenxo, un excelente restaurante gallego. Acabo de soplar las velas y de tomarme un pedacito de tarta. Ha sido un buen día.

Y ahora, para despedirme, reproduciré el texto que mi buena amiga Almudena me ha mandado:

"El cincuenta y cinco (55) es el número natural que sigue al 54 y precede al 56.

Representación de 55:

Numeración romana: LV
Numeración china: 五十五

Propiedades matemáticas:

Es un número compuesto, que tiene los siguientes factores propios: 1, 5 y 11. Como la suma de sus factores es 17 < 55, se trata de un número deficiente.
Es el décimo término de la sucesión de Fibonacci, después de 34 y antes de 89.

Características: 55 es el número atómico del cesio".

Y 55 son los besos que os mando a todos y cada uno de vosotros

miércoles, junio 4

En la mente de House

Hace mucho que no hablo del viejo Gregory House. Eso no se debe a que mi devoción hacia la serie haya menguado con el paso del tiempo, ni mucho menos; lejos de ello, sigo considerando a House una de las series más inteligentes de la historia de la televisión. Y, quizá –junto con los buenos años de Los Simpson-, la más provocadora. La verdad es que si no he hablado del ácido doctor es porque no tenía nada nuevo que decir. Pero hoy sí.

Hay muchas formas de juzgar la calidad de una serie de TV; por ejemplo, evaluando el nivel medio de los episodios a lo largo del tiempo. En ese sentido, yo diría que House se merece un aprobado alto, incluso un notable. Los críticos con la serie (siempre hay infieles) objetan que se trata de una formula repetida capítulo a capítulo: llega un enfermo con síntomas rarísimos, House se equivoca dos o tres veces con el diagnóstico y finalmente, en un rapto de inspiración, da con la solución. Y es cierto, la mayor parte de los episodios encajan en ese esquema. Pero eso, a los adictos a la serie, no nos importa, porque sabemos que esa fórmula no es más que el marco general donde se desarrolla lo verdaderamente interesante. Por supuesto, hay episodios –afortunadamente escasos- que sólo son fórmula, y esos resultan sin duda los peores, pero en general la brillantez de la serie se encuentra en la periferia del caso clínico, en lo que sucede alrededor de la “enfermedad-McGuffin”. Cargarte la serie, por repetitiva, sin tener en cuenta esto, sería como restarle importancia a la pintura porque la inmensa mayor parte de los cuadros son rectangulares.

Pero hay otra forma de juzgar la calidad de una serie: no por su nivel medio, sino por las cumbres que llega a alcanzar. Y ahí House gana por goleada, porque los buenos episodios de la serie pueden ser muy, muy buenos, incluso magistrales. El ejemplo más claro de esto es el penúltimo capítulo de la primera temporada, Tres historias (premio Emmy 20005 al mejor guión), un relato complejo y sutil narrado con la precisión de un mecanismo de relojería. Una obra maestra del arte audiovisual; y, creedme, no exagero. Pues bien, hasta ahora esa era la más alta cima alcanzada por nuestro buen/mal doctor; y puede que siga siéndolo, pero le acaba de surgir un serio competidor en el doble capítulo (final de la cuarta temporada) que ayer emitió Cuatro.

Se trata del capítulo llamado La cabeza de House y su continuación El corazón de Wilson. En esta historia, House sufre un accidente de autobús y, a causa de un golpe en la cabeza, pierde la memoria de sus últimas horas; sólo recuerda que entre los pasajeros del autobús distinguió a uno con síntomas de una enfermedad mortal, pero no sabe quién es. Así pues, ambos capítulos son una especie de viaje al interior de la mente de House donde se mezclan sueños, alucinaciones y recuerdos, tanto reales como falsos, una narración casi abstracta que en ocasiones me recordó a los mejores momentos no musicales del All That Jazz de Bob Fosse. Pero no solo es eso, sino también un bien orquestado y comedido drama que concluye con una de las secuencias más emotivas que jamás he visto en la pequeña pantalla.

Así pues, tanto si sois o no seguidores de la serie, os recomiendo encarecidamente que veáis esos dos episodios, porque sin duda forman parte de lo mejor de la historia de la TV. Y por si alguien siente aún alguna reticencia, adelantaré dos cosas: En primer lugar, que por primera vez se ve a Gregory House derramando una lágrima. Sólo una, es cierto, y en unas circunstancias más bien chungas, pero aun así resulta un espectáculo de lo más inusual. En segundo lugar, en este doble episodio la doctora Lisa Cuddy realiza un streeptease en toda la regla (aunque no todo lo completo que a uno le gustaría) que, pese a su naturaleza onírica y freudiana, resulta de lo más estimulante y pone de relieve -¡y cómo!- la extraordinaria forma física y los envidiables cuarenta y tantos años de la actriz Lisa Edelstein.

En fin, hacedme caso y, si no los habéis visto, conseguid como sea La cabeza de House y El corazón de Wilson. No os arrepentiréis.

lunes, junio 2

Hola de nuevo, Dr. Jones

Ayer vi Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (IJ4 en lo sucesivo), lo cual es una muestra más de que me estoy haciendo viejo. Porque hace unos años la hubiese visto el día de su estreno, o al día siguiente, pero la semana pasada pensé que habría mucha gente, mucho lío, y me dio una pereza enorme. Así que lo dicho, me estoy haciendo viejo, igual que el dr. Jones, igual que Spielberg... ¿igual que Lucas? No, Lucas se volvió viejo hace muchos, muchos años (justo desde el momento en que descubrió que vender figuritas articuladas era mucho más rentable que hacer películas). En fin, el tiempo no pasa en balde, ni siquiera para las leyendas (me refiero a Jones, no a mí).

De entrada, una confesión: a Indiana Jones estoy dispuesto a perdonárselo casi todo. En primer lugar, porque disfruté tanto con En busca del arca perdida, me lo he pasado tan bien viéndola (todas y cada una de las múltiples veces que la he visto), que cualquier cosa relacionada con ella –por ejemplo, sus secuelas- me sabe a gloria bendita. En segundo lugar, porque Indiana Jones es, junto con James Bond, el máximo héroe creado por el cine, el más popular, el que más profundamente se ha incrustado en la mitología moderna. Y si no, decidme: ¿quién puede hacerle sombra a Indy? ¿El Ben Gates de La búsqueda o el Rick O’Connell de La momia? Bah, meras copias de nuestro arqueólogo. ¿El Neo de Matrix? Un burdo fantoche vestido de sado-maso fashion. ¿Spiderman, Batman, Lobezno o cualquiera de los múltiples superhéroes que vuelan y brincan por nuestras pantallas? No, su popularidad procede el comic, no del cine, y ninguno de ellos tiene la rotunda personalidad de Indiana.

Reconozcámoslo, amigos, únicamente James Bond está a la altura del dr. Jones, pero con una diferencia: sólo hay dos buenas películas de Bond: Casino Royal y Desde Rusia con amor, y no pasan de ser eso: buenas películas de género; el resto son entre mediocres y muy malas. Sin embargo, Indiana Jones nació con una obra maestra del cine de aventuras: En busca del arca perdida. Así pues, amigos míos, no soy objetivo al hablar de este personaje; me cae demasiado bien. Entonces, ¿qué me ha parecido IJ4? Que es la peor de la tetralogía, pero, aún así, me lo he pasado bomba viéndola.

De entrada una pregunta: ¿Hacía falta tanto tiempo para escribir un guión así? La trama argumental de las películas de Indiana Jones nunca ha sido demasiado compleja, pero en el caso de IJ4 se vuelve casi esquemática, un mero pretexto para pasar de una escena de acción a otra. De hecho, carece casi por completo del espíritu de búsqueda épica que impregnaba los argumentos de En busca del arca perdida y La última cruzada. La verdad es que la trama de IJ4 puede resumirse en dos escasamente interesantes líneas.

Otra pregunta: ¿Está Harrison Ford para esos trotes? Pues sí y no, qué queréis que os diga. Hay que reconocer que, para los 65 tacos que tiene, Ford se conserva en una envidiable forma física, algo que se percibe en su lenguaje corporal y en su agilidad. Pero su rostro ha envejecido, ha perdido frescura; ya no vemos en él esa expresión de jubilosa insensatez que caracterizaba al personaje. Aunque bien pensado, eso es lógico; han transcurrido casi veinte años desde La última cruzada, el dr. Jones ha cambiado, se ha vuelto más sensato, menos impetuoso (dobla cuidadosamente las camisas para hacer el equipaje). En este sentido, resulta lógica la evolución del personaje, pues nos encontramos ante un héroe más cansado, un héroe crepuscular. No obstante, eso entra en contradicción con el espíritu hipervitalista que presidía la serie, y esa contradicción se nota en el resultado final.

En cuanto al tema de la película, también aquí hay un cambio: después de tres films centrados en temas mágico-religiosos (es decir, pura fantasía), IJ4 cambia de género y se enmarca dentro de la ciencia ficción. ¿Algún problema? No, para nada; de nuevo parece una decisión lógica. Porque Indiana Jones no es más que la actualización de los héroes pulp de los años treinta, y sus escenarios –Arabia, la India colonial, la selva- son propios de la literatura popular de aquellos tiempos. Sin embargo, IJ4 se desarrolla en los años cincuenta, una época en la que el pulp ya ha desaparecido y lo que se lleva son los platillos volantes y las películas de ciencia ficción de serie B, así que nuestro aventurero favorito no hace más que adaptarse a sus tiempos. Sin embargo... Veréis, los McGuffins de la primera y tercera entregas de la serie tenían empaque. No cabe duda de que encontrar el Arca de la Alianza mola, y de que todo gran héroe que se precie debe buscar el Grial; pero, ¿qué demonios son las piedras Shankara? Y lo mismo puede decirse de las calaveras de cristal: no sé lo que son, ni me interesa particularmente saberlo.

Respecto a los antagonistas, la dimensión de un héroe se mide por la grandeza de sus rivales, e Indiana Jones ha contado con los enemigos más pérfidos que puedan imaginarse: los nazis. ¿Cómo olvidarnos del sádico y grimoso mayor Toth, de En busca del arca perdida, o de la bella y traicionera Elsa Schneider de La última cruzada? Y no sólo los nazis, por supuesto; Rene Belloq –el reverso oscuro de Indy- fue un enemigo atractivo y elegante, ¿y qué decir de Mola-Ram, el demoníaco sacerdote de Kali? Pues que un tipo capaz de arrancarte el corazón es, sin duda, un rival digno de tenerse en cuenta. Sin embargo, los malos de IJ4, reconozcámoslo, no están a la altura. En esta ocasión se trata de pérfidos rusos soviéticos, comandados por la no menos pérfida coronel Irina Spalko, interpretada por la casi siempre magnífica Cate Blanchett. El problema es que Irina Spalko no pasa de ser un fantoche sin personalidad, la caricatura de la caricatura de una comunista. La verdad es que se trata de una antagonista de cartón piedra a la que el guión no saca el menor jugo.

Entonces, ¿me estoy cargando la película? No, qué va, ni mucho menos. De entrada, las primeras secuencias del film –lo que va desde el comienzo hasta que Indy sale del frigorífico- es Indiana Jones en estado puro, un salir de un lío para meterse en otro peor, una auténtica gozada. Después, todo el metraje está impregnado del mismo sentido del humor de siempre, de la chispeante auto-ironía que es marca de fábrica de la serie. Y las escenas de acción son estupendas, y las persecuciones trepidantes, y las peleas divertidísimas, y Shia LaBeuf da el tipo en su papel de –supongo que a estas alturas no revelo ningún secreto- hijo de Indy, y es una auténtico placer reencontrarse con Marion Ravenwood, la mejor “chica Jones” de la historia, y las autorreferencias son comedidas y encantadoras, y el ritmo no decae en ningún momento, y... vamos, que me lo pasé de puta madre viendo la película. Porque puede que ésta sea la más floja de la serie, puede que ya no tenga tanta magia, puede que resulte un tanto crepuscular, pero, parafraseando el viejo eslogan de un conocido brandy español: un poco de Indiana Jones es mucho.

Una cosa más antes de terminar. En la última secuencia de la película, Shia LaBeouf recoge el sombrero de Indiana, que ha caído a sus pies, y hace amago de ponérselo, pero Indy pasa a su lado, se lo quita y, mirándole como si le dijese “esto es mío”, se lo pone y se va. Fin. A mi modo de ver, esto puede significar tres cosas: 1. Que sólo hay un Indiana Jones, Harrison Ford, jamás habrá otro y con IJ4 se acabó el personaje. 2. Que Harrison Ford rodará otra película más de Indiana Jones. 3. Que por ahora no, pero más adelante Shia LaBeouf heredará el sombrero y el látigo.

La segunda opción me parecería terrible, pues un Indy septuagenario se me antoja un tanto deprimente. La tercera ni me la imagino. ¿Un pseudo Indiana Jones en los años sesenta y setenta? Suena fatal. En cuanto a la primera... ¿sólo Harrison Ford puede interpretar a Indy? Pues no sé qué decir; a fin de cuentas, todo el mundo pensaba que nadie podría sustituir a Sean Connery en el papel de James Bond, y ahí tenéis a Daniel Craig mojándole la oreja. Pero Indy es especial, claro... No obstante, hay un momento durante la película en que se comentan muy de pasada las actividades de Indiana durante la guerra, y eso me parece de lo más atractivo. ¿Qué hizo Indiana Jones durante la Segunda Guerra Mundial? No lo sé, pero me encantaría saberlo. O, mejor dicho, contemplarlo.

lunes, mayo 26

Maldito tiempo

El tiempo es un maldito delincuente, un ladrón que te lo roba todo y un asesino en serie que al final acaba matándote. Me cae mal el tiempo, no hay forma de dialogar con él; no puedes pedirle que se calme, que se detenga un poco, porque te ignorará, igual que es inútil rogarle que dé marcha atrás, porque has olvidado algo en el pasado y quieres recuperarlo, pues no hay retorno posible, sino un avance implacable, como una apisonadora sin conductor, como un ciego Jungernaut. Mala gente el tiempo, mala gente...

El viernes pasado, por la tarde, tuvo lugar la ceremonia de graduación de Pablo, mi hijo menor, el segundogénito, que acaba de terminar el bachillerato (con excelentes notas, por cierto) y ahora está preparando la Selectividad. La ceremonia, en el colegio, con sus discursos, sus vídeos, sus fotos y su lanzamiento al aire de birretes, transcurrió normalmente, fue un acto como otros muchos, con la diferencia de que mi hijo se encontraba ahí. Sus compañeros, a quienes conozco desde que eran niños, estaban irreconocibles; ellos con pinta de tiarrones de pelo en pecho y ellas... coño, ellas, esas niñas a quienes vi por primera vez cuando no levantaban ni cuatro palmos del suelo, ¡incluso estaban buenas! Cosas así hacen que el mundo se tambaleé bajo tus pies. Me sentí triste el viernes, sí, muy triste.

Lo mismo me pasó hace tres años, cuando se graduó Óscar, mi hijo mayor; pero entonces aún me quedaba Pablo en edad escolar. Ya no; dentro de poco, tendré dos hijos universitarios y no quedará ni rastro de los niños que fueron. En julio, Pablo cumplirá 18 años y tendré viviendo en casa a dos okupas mayores de edad, pero no a mis niños, no; esos niños se han ido para siempre. En cierto modo me siento como si hubieran derruido una parte de mi vida para edificar en ella qué se yo, algo distinto en cualquier caso.

Si miráis las dos imágenes (una arriba y otra abajo) que acompañan a este post, veréis pasar instantáneamente tres lustros. Eso mismo es lo que siento, que todo ha pasado como un suspiro, como una nube arrastrada por la brisa que, cuando adviertes lo hermosa que es, ya se ha esfumado. En la imagen de arriba aparece Pablo con tres o cuatro años de edad; en la de abajo (la foto es muy mala, no la hice yo) vemos a Pablo el viernes pasado, durante la graduación, con su metro noventa y seis de altura, su barba y su pelo en el pecho, todo un mocetón. La hermosa mujer que le acompaña es su madre, para quien el tiempo no transcurre; o, mejor dicho, transcurre al revés.

Mirad a ese niño de ojos azules que está arriba del texto; era travieso como un demonio, un hijoputa de tomo y lomo, pero también el niño más encantador del mundo. Solía acercarse a mí con los brazos abiertos y me plantaba enormes besos de ventosa, besos llenos de babas, besos que hacían muac al comenzar y smuac al despegarse. Dios santo, cuánto tiempo hace que nadie me besa así... Y lo echo tanto de menos, añoro tanto a esos niños, a Óscar y a Pablo, que se me rompe al corazón al pensar que jamás volveré a verlos.

Ah, sí, claro; no los he perdido, están ahí, son ellos; muy cambiados, pero ellos. Y quiero a esos dos okupas, claro que sí, con todo mi corazón. Y me lleno de orgullo cuando les veo tan adultos, cuando les veo crecer y convertirse en hombres. Me gustan mis dos okupas, son tipos majos, buenos e interesantes. Pero no son mis niños. Esos ya se han ido y la graduación del viernes se encargó de recordármelo. Supongo que soy un baboso padre de mierda más, supongo que lo que siento es tan tópico que da hasta vergüenza expresarlo, supongo que soy tediosamente vulgar. Pero es lo que siento, amigos míos, y no puedo evitar que las lágrimas se asomen a mis ojos al contemplar cómo lo más hermoso de mi pasado se difumina. Debo de estar haciéndome viejo.

El tiempo te quita cosas, diréis, pero también te da otras nuevas, y es cierto. No obstante, lo que el tiempo te quita, te lo quita para siempre, y lo que te da no te lo da en realidad, sólo te lo presta. Así que lo mejor que podemos hacer es disfrutar de ese préstamo mientras dure. De todas formas, en estos momentos no puedo evitar recordar una bella y melancólica estrofa de Omar Khayam:

Dices que cada nueva mañana nos trae mil rosas;
sí, pero ¿dónde están los pétalos de la rosa de ayer?



viernes, mayo 16

Bibliofobia

A veces, lo reconozco, siento la tentación de calzarme un uniforme de las SS y ponerme a quemar libros (también me entran ganas de invadir Polonia, pero eso es otra cuestión). Sí, sí, sí, una buena hoguera formada por cientos, miles de tomos, una falla de papel impreso, me parece en ocasiones el destino ideal para mi biblioteca. Y, entre todos esos libros que me gustaría ver ardiendo figuran, en primer lugar, los que he escrito yo. Ah, santo dios de los ágrafos, cómo me gustaría ser Guy Montag (el bombero pirómano de Fahrenheit 451).

Siendo éste un blog, como ocurre en otros blogs hermanos, donde los libros se consideran objetos sagrados, como si en vez de pasta de papel sus hojas estuvieran hechos con pasta de hostias consagradas, y siendo como soy escritor, supongo que suena extraña tanta belicosidad contra la producción editorial, pero es que, amigos míos, hay amores que matan. Permitidme explicároslo.

En mi casa almaceno aproximadamente 15.000 libros. Tan solo en mi despacho, que es una estancia más bien reducida, tengo cerca de 4.000. Es decir, vivo rodeado de libros; y, por lo general, me gusta. Pero no siempre. Veréis, si me dijeran que tengo que abandonar mi casa llevándome sólo los objetos que aprecio profundamente, creo que podría meterlos todos en una caja no muy grande y todavía sobraría sitio. Descontando, claro, los libros, porque para llevármelos necesitaría docenas de cajones. ¿Sabéis cuánto pesan 15.000 libros? Yo tampoco, pero realizando un cálculo conservador, conjeturo que deben de pesar entre siete y ocho toneladas. Eso por no mencionar los metros cúbicos que ocupan (no lo menciono porque no tengo ni puta idea de cómo calcularlo).

Cuando realizo cálculos como éste, me invade una gran fatiga; de pronto, me imagino a mí mismo como un patético penitente que va arrastrando por la vida una enorme saca con ocho toneladas de libros dentro. Y me siento atrapado, agobiado, harto de esa grasa sobrante que son mis libros. Entonces empiezo a pensar en lo agradable que sería rociarlos de gasolina y prenderles fuego. Sería una liberación. Pero no lo hago, claro; entre otras cosas, porque, aparte de los libros, quemaría mi casa y quizá a mi familia. Bueno, es cierto, podría llevarlos a un descampado e incinerarlos allí, pero ¿sabéis lo que es trasladar ocho toneladas de libros? Yo sí, lo hice una vez y me juré a mi mismo no volver a hacerlo nunca, ni siquiera para convertirlos en justo pasto de las llamas.

En fin, tampoco quiero dar una falsa impresión de mí mismo: por lo general, estoy muy a gusto con mis libros; me encanta estar rodeado de ellos y, en ocasiones, incluso los leo. A decir verdad, la piromanía biblofóbica sólo se apodera de mí en las siguientes ocasiones: 1. Cuando tengo que trasladar libros, como por ejemplo en el caso de una mudanza. 2. Cuando constato por enésima vez que ya no me caben más libros. 3. Cuando me pongo a arreglar las librerías para ver si consigo que quepan más libros de lo que físicamente es posible. 4. Cuando busco un libro en concreto y no lo encuentro. 5. Cuando descubro que he comprado el mismo libro dos veces. 6. Cuando, intentando coger un libro situado en una balda alta, consigo que un montón de dolorosos volúmenes caigan encima de mi dura, pero no invulnerable, cabezota. 7. Cuando los libros se desplazan súbita y espontáneamente en el espacio-tiempo.

Supongo que los seis primeros puntos no necesitan explicación, pero imagino que el séptimo requiere un comentario aclaratorio. Para ello, nada mejor que un ejemplo. Hace años, estaba yo trabajando en mi despacho cuando me entraron unas tremendas ganas de hacer de vientre, como decía mi abuela, o de realizar el tránsito intestinal, como dicen Danone y José Coronado. Dado que uno de los mejores lugares del mundo para dedicarse a la lectura es sentadito en la taza del váter, cogí el libro que estaba leyendo y me lo llevé al cuarto de baño. Hice lo que tenía que hacer, leí unos minutitos más, salí del baño y regresé al despacho. Pero, cuando llegué allí, el libro ya no estaba, había desaparecido. Lo busqué en el WC, en el despacho, en el pasillo, por toda la casa, y nada, el libro se había esfumado. Pero, ¿cómo era posible? Yo había tenido el libro en mis manos todo el tiempo, era absurdo que se hubiese perdido... Pues bien, apareció al día siguiente; estaba dentro de la nevera.

Este suceso sólo tiene dos explicaciones posibles. La primera es que, después de salir del cuarto de baño, en vez de ir directo al despacho, pasé por la cocina, abrí la nevera para beber algo, dejé el libro en una balda del frigorífico y luego me olvidé por completo de todo el episodio. La segunda consiste en que, al regresar por el pasillo con el libro, pasé cerca de una distorsión espacio-temporal (¿quizá un micro-agujero de gusano?) que absorbió mi libro y lo precipitó instantáneamente al interior de la nevera. Sin lugar a dudas, la explicación más razonable es la segunda.

Bueno, amigos míos, ha vuelto a suceder. El otro día, hará cosa de un mes, compré en el Hipercor un libro sobre la Santa Alianza. Lo necesitaba, y necesito, como documentación para la novela que estoy escribiendo, así que me puse muy contento al encontrarlo. En fin, el caso es que lo compré, fui a casa y lo dejé en una balda situada a la derecha de mi escritorio, donde está la documentación que manejo en cada momento. Hasta ahí, todo correcto. Pero el lunes pasado se me ocurrió buscarlo para consultar una cosa y... sí, ya no estaba allí. Desde entonces, lo he buscado por todas partes (también en la nevera) y nada, no está. Pero es absurdo; desde que lo dejé en su baldita no lo he vuelto a coger, ni siquiera le he dedicado un segundo de mis pensamientos. Entonces, ¿por qué no está? Pues evidentemente porque la puñetera distorsión espacio-temporal lo ha absorbido y vete tú a saber dónde habrá ido a parar. Puede que esté en Ganímedes, o en Alpha Centauri, o en una dimensión paralela, no lo sé; lo único seguro es que estará en el sitio más recóndito e inaccesible, el que más me toque las narices.

Hace un par de años me sucedió algo parecido. Compré un tratado de caligrafía como documentación para una novela, y desapareció. Lo busqué como un loco, y nada, no estaba, se lo había tragado la singularidad. Así que me compré otro tratado de caligrafía. ¿Y qué paso? Que nada más comprarlo, apareció el tratado perdido, ahí, detrás de unos libros, en un lugar donde yo jamás lo puse. Y me encontré con dos libros iguales. Porque la distorsión espacio-temporal de la que estamos hablando no solo tiene un peculiar sentido del humor, sino además mucha mala leche.

Así pues –y me dirijo sobre todo a ti, maldita singularidad-, no pienso volver a comprar el libro. Buscaré la información en otra parte y, si no la encuentro, me la inventaré; lo que sea, cualquier cosa antes de permitir que un estúpido agujero de gusano tocapelotas se cachondee de mí.

Y algún día, sí, reuniré el valor suficiente, compraré una lata de gasolina y mis libros arderán en una pira ilustrada que iluminará el mundo con un mensaje: desconfía de los libros, son pesados, polvorientos, volubles y, en cuanto les quitas el ojo de encima, desaparecen. Ese día, cuando mis libros sean pasto de las llamas, habré roto las cadenas que me esclavizaban y seré el Espartaco de los iletrados.

Así que hacedme caso, amigos míos, y quemad vuestro libros. No son de fiar.

jueves, mayo 8

Hiyab

El domingo pasado leí en el periódico un reportaje sobre dos chicas árabes (o de origen árabe) que viven en España. Una, llamada Mariam, lleva habitualmente hiyab, el pañuelo con el que se cubren el cabello las mujeres musulmanas; la otra, llamada Aya, no. Ambas, según afirman, tomaron la decisión de llevarlo o no voluntariamente. El reportaje se centraba básicamente en la peripecia de Mariam, una diplomada en óptica a la que le costó muchísimo encontrar trabajo precisamente por llevar el hiyab. Supongo que el artículo pretendía hacer hincapié en lo intolerante que es nuestra sociedad, pero ¿eso es cierto? ¿Se trata de un flagrante caso de intolerancia?

La ropa, la vestimenta que usamos, no es neutra, habla de nosotros. No es lo mismo llevar un traje de Armani que llevar unos vaqueros y una chaqueta de pana, ni son lo mismo unos zapatos Camper que unos Castellano; cada prenda dice algo distinto de quien la lleva. De hecho, la ropa sirve muchas veces para definirnos e identificarnos. Si vemos por la calle a un tipo rapado, con ropa paramilitar y botas Doc Martens, sabemos que es un skin head; si va de negro, con alzacuellos, es un cura; si va de verde, con galones y gorra, se trata de un militar; si lleva un polo Lacoste, pantalones de pinzas y un pullover de Paul & Shark sobre los hombros, es un pijo. La ropa habla, dice cosas y, sobre todo, las dice públicamente, para que los demás nos enteremos. La ropa es una proclamación; a veces de algo insignificante y en ocasiones de algo sustancial.

Entonces, ¿qué dice el hiyab de una mujer joven, educada y de clase media que ha elegido voluntariamente llevarlo? A mi modo de ver, dice lo siguiente: “Soy profundamente musulmana; tan religiosa soy y tan convencida estoy de mis creencias, que modifico mi aspecto llevando puesta una muestra externa y bien visible de mi fe para que todo el mundo lo sepa”. Probablemente dice más cosas, pero basta con esto.

Antes de seguir, una aclaración: creo que todo el mundo es libre de ir vestido como le de la gana, aunque pondría como excepciones el velo, el burka o cualquier otra prenda que oculte el rostro, pues en nuestra cultura es muy importante la identificación por los rasgos faciales. Pero, por lo demás, que cada cual vista como le salga de las napias. Además, habiendo afirmado que la ropa habla, defender la libertad de vestimenta es lo mismo que defender la libertad de expresión. Ahora bien, igual que uno debe asumir las consecuencias de lo que dice verbalmente, también debe asumir las consecuencias de lo que su ropa dice visualmente.

Mariam buscaba trabajo en una óptica; es decir, un trabajo de cara al público. Los dueños de las ópticas no la contrataban porque pensaban que el hiyab podría ahuyentar a los clientes. Bien, seré sincero: yo tampoco la contrataría, y no sólo porque pudiera espantar a la clientela, sino porque no querría tener en mi establecimiento una muestra ostentosa de ninguna religión. Un momento, dirá alguien: ¿qué pasaría si la chica, en vez del hiyab, llevara al cuello un crucifijo? ¿Te impediría eso contratarla? Respuesta: no. Igual que no tendría ningún inconveniente si, en vez del hiyab, Mariam llevara media luna de oro colgando de una cadenita. Porque ni el crucifijo ni la media luna modifican el aspecto de quien los lleva, no son “muestras ostentosas”. Incluso pueden ser meros adornos. Pero un hiyab no se presta a confusión: es lo que es y significa lo que significa. Por otro lado, tampoco contrataría a nadie que se empeñara en venir a trabajar con un capirote de nazareno, ni me gustaría tener como dependienta de mi óptica a una monja vestida de monja. La verdad, no tengo el menor interés en mezclar fe con dioptrías.

De hecho, alguien que lleva de forma cotidiana y muy visible una muestra evidente de su fe –aunque ello le cause problemas-, tiene que ser forzosamente una persona muy religiosa, una persona cuya vida y comportamiento están marcados por sus creencias. Y yo desconfío de esa clase de personas, las veo demasiado próximas al fanatismo. Me inquietan. Prefiero a la gente con mayor predisposición a la duda.

Pero volvamos al principio. El hiyab de Mariam dice: “soy musulmana y lo proclamo”. Bien, es un mensaje claro y respetable; cualquiera debe tener derecho a poder decirlo libremente. Pero, ¿qué pasa si no te gusta ese mensaje? Por ejemplo, la ropa paramilitar y las Doc Martens contienen un mensaje que me desagrada, de modo que procuro evitar a la gente que viste así. Un momento, alguien podría objetar que las ideas skin head (si es que a eso se le puede llamar ideas) conducen a la intolerancia y la violencia, mientras que el islamismo es una doctrina espiritual. Sí, podría decir eso, pero se equivocaría.

Mucha gente afirma que el islamismo es una religión moralmente irreprochable, y que quienes actúan violentamente en su nombre no son más que una minoría de exaltados que malinterpretan las escrituras. Quien diga esto, no ha leído el Corán. Yo lo leí hará unos diez años; rectifico, no lo leí entero (porque es un coñazo pésimamente escrito), pero sí lo suficiente para hacerme una idea bastante fiel del asunto. Y se me pusieron los pelos como escarpias. Jamás he visto un libro que incite tanto a la violencia y a la intolerancia. ¿Que contiene preceptos moralmente buenos?, por supuesto, como todas las religiones; pero también contiene preceptos terribles, como por ejemplo la obligación de destruir a todo infiel que no acepte someterse a las leyes de Alá (es decir, la yihad). Y es que la moral que se desprende del Corán no puede ser más hipócrita: cualquier cosa que favorezca al Islam es éticamente buena. “Cualquier cosa”, sea lo que sea. El fin justifica los medios.

Dicho de otra forma: No todos los musulmanes son terroristas, evidentemente; pero no lo son porque no siguen fielmente los preceptos del Corán. Si los siguieran... bueno, mejor ni pensarlo. Y, ojo, me estoy limitando al tema de la violencia, porque si habláramos de la intolerancia... bueno, basta con ver el papel que ocupa la mujer en las sociedades islámicas. Por último, conviene señalar que el islamismo no sólo es una doctrina religiosa, sino también política y legal; vamos, que ocupa todos los nichos de la sociedad.

Así pues, Mariam tiene todo el derecho del mundo a llevar hiyab, traje de faralaes o lo que le venga en gana, pero yo también tengo todo el derecho del mundo a decidir si eso me gusta o no me gusta. Y estoy seguro de que Mariam es una mujer honesta, pacífica y trabajadora, pero lo que dice su hiyab no me gusta un pelo.

domingo, mayo 4

Calvo Sotelo

Cuando Leopoldo Calvo Sotelo formaba parte de la difunta UCD, y durante el corto tiempo en que fue presidente de gobierno, la imagen que yo tenía de él era la de un hombre fúnebre y aburrido, un personaje sin carisma ni interés. Más tarde, cuando dejó la política nacional, escuché un par de entrevistas suyas y descubrí que yo estaba completamente equivocado. Calvo Sotelo era un hombre inteligente, culto, razonable y –lo que para mí resultó una sorpresa- estaba dotado de un finísimo sentido del humor. Es decir, lo contrario de su imagen pública. ¿Por qué muchos políticos optan por parecer que se han tragado el palo de una escoba? (la otra opción es camuflarse de Lola Flores).

El caso es que de repente Calvo Sotelo –que por cierto se parecía mucho al actor Powers Boothe- comenzó a caerme bien. Sobre todo, lo reconozco, a raíz de una entrevista televisiva en la que comentó que, tras su etapa política, había vuelto a leer por placer y que, para ello, había releído toda la colección de El Coyote, que tanto le había entusiasmado en su juventud. Recuerdo que comentó lo buen escritor que era José Mallorquí, y Cela, que también estaba presente, hizo un comentario despectivo al respecto. Calvo Sotelo insistió diciendo: “Ojo, que Mallorquí tenía muy buena pluma” y Cela respondió: “Bueno, bueno, no era Quevedo”. Qué oportunidad para responderle: “Don Camilo, usted tampoco es ni remotamente Quevedo, pero, miré qué cosas, le han regalado el Nobel”.

Sin duda, el hecho de que hablara tan bien de mi padre aumentó mi simpatía hacia Calvo Sotelo. Sin embargo, hay algo objetivo: cuando una persona de prestigio intelectual reconoce públicamente su admiración por un producto de la cultura popular, eso significa que está tan seguro de su propio bagaje cultural que no tiene que fingir ni presumir de nada. Y eso le enaltece.

Por lo demás, Calvo Sotelo ejerció la política en una época muy difícil para nuestro país, y basta recordar lo que ocurrió el día en que supuestamente iba a ser elegido presidente de gobierno. Era un hombre conservador y yo no comparto su ideología, pero la labor que contribuyó a realizar –básicamente desguazar el anterior régimen- estuvo bien hecha. Dicen que fue un hombre honesto y yo me lo creo. Descanse en paz.

lunes, abril 28

Hombres

Seamos sinceros: los varones de nuestra especie, al igual que los machos de casi cualquier otra especie, somos biológicamente desechables, un producto de usar y tirar. Nuestra función (biológica) prácticamente comienza y acaba con el acto de la concepción; a partir de ese momento, es la mujer quien se ocupa de todo el proceso de fabricación, desarrollo y mantenimiento de la prole. Supongamos que sólo quedaran vivos cien mujeres y un hombre; al cabo de algo más de nueve meses (salvo que el tío sea un toro), ¿qué tenemos?: cien bebés y un hombre feliz. Pero sí sólo quedaran cien hombres y una mujer, lo que conseguiríamos es un bebé al año. Es decir, la clave para la proliferación de una especie reside en el número de hembras, no en el de machos.

Pero las cosas no son tan sencillas; los varones no nos limitamos a ser abejorros polinizadores (aunque nos encantaría), sino que asumimos una serie de roles mediante los que contribuimos al mantenimiento de la especie. Dado que poseemos mayor masa muscular que las mujeres, hemos adoptado el papel de proveedores de alimentos (aunque esto, como veremos, es relativo) y defensores. Catering y servicios de seguridad, esas son nuestras especialidades. Así pues, en los primitivos grupos humanos los hombres protegían al clan y cazaban, mientras que las mujeres se ocupaban del cuidado de la prole y de recolectar alimentos. Este modelo prehistórico de reparto de papeles se ha perpetuado durante milenios hasta hace muy poco, con la única diferencia de que los machos dejaron de cazar y se pusieron a ejercer los trabajos remunerados necesarios para mantener, no al clan, sino a la familia.

No obstante, hay dos puntos que conviene aclarar. En primer lugar, los antropólogos que han estudiado a los actuales grupos humanos de cazadores-recolectores, han descubierto que aproximadamente (cito de memoria) el 80% de las proteínas consumidas por el grupo provenían de la recolección y sólo el 20% de la caza. Pero, ojo, de la recolección se ocupaban las mujeres, los niños y los ancianos, no los varones adultos, de modo que hay que cuestionar mucho el papel del macho como proveedor de alimentos. Además, en el neolítico, con el advenimiento de la agricultura, el trabajo se distribuyó por igual entre hombres y mujeres; aunque, eso sí, la mujer siguió ocupándose en exclusiva del cuidado de la prole. En segundo lugar, hubo un momento en el pasado en que las bestias salvajes descubrieron que los humanos éramos mucho más bestias y salvajes que ellas, así que decidieron no meterse con nosotros. Entonces, ¿de qué protegían los hombres a las mujeres? Sencillo: de otros hombres. Nuestro sexo era la solución y el problema al mismo tiempo. Aunque, me apresuro a añadir, esto no era arbitrario; como hemos visto, la supervivencia de un clan (de una comunidad humana) depende del número de hembras, de modo que éstas se convierten en un bien fundamental. Así pues, no era nada raro el “robo” de mujeres. Por ejemplo, el padrino de boda cumplía antaño el papel de guardaespaldas de la novia, para evitar que fuera secuestrada.

En fin, prácticamente todas las sociedades humanas adoptaron una estructura patriarcal en la que el hombre era dominante y los papeles estaban claramente distribuidos. Hasta hace poco. En la entrada anterior comenté la revolución femenina del siglo XX, así que no voy a repetirme; la mujer comenzó a abandonar sus roles tradicionales y está ocupando nichos laborales y sociales secularmente destinados a los hombres. Esto supone una revolución social, pero también psicológica, pues poco a poco se va consolidando un modelo de mujer –libre, autosuficiente y fuerte- que hasta hace nada era inimaginable. Paralelamente, los valores sociales cambian y los modelos sexuales se cuestionan; la sociedad, poco a poco, se feminiza.

Todo lo cual, como es lógico, nos afecta de lleno a nosotros, los machos de la especie. Ellas cambian, así que nosotros debemos cambiar también, pero ¿en qué sentido? ¿Qué significa ahora ser “hombre”? A primera vista, la revolución femenina (que a fin de cuentas es una revuelta contra el macho) no ha hecho más que arrebatarnos privilegios y socavar el pedestal sobre el que se alzaba nuestro sexo. Aparentemente, los hombres hemos salido perdiendo al vernos obligados a compartir con las mujeres lo que tradicionalmente era nuestro. Pero ojo, sólo aparentemente; luego daré mi opinión al respecto.

Pero antes vamos a comentar un tema que se suscitó en la anterior entrada: ¿Son los hombres más simples que las mujeres? Mucha gente (sobre todo mujeres, claro) afirma que sí; de hecho, se trata de uno de los tópicos hembristas (equivalente femenino a machista) más extendidos: las mujeres son complejas y los hombres simples. Pero, ¿es cierto? En mi opinión, evidentemente no; hombres y mujeres somos igual de complejos, aunque la complejidad no está idénticamente repartida. Porque, reconozcámoslo, ese falso tópico parte de una realidad parcial: la sexualidad masculina es más simple que la femenina. En realidad, nuestra sexualidad, la de los machos, parte de un principio biológico sencillísimo: “si puedes follar, folla”. Punto. La mujer, por el contrario, debe elegir para aparearse al macho más adecuado (según los criterios del momento), y ese proceso de elección complica sumamente las cosas. Por lo demás, la sexualidad de la mujer es más lenta y llena de matices que la del hombre y... en fin, qué os voy a contar que no sepáis. Los hombres hacemos muchas tonterías a causa del sexo, y eso se debe a lo primario de nuestro instinto. Ahí, ellas nos ganan por goleada.

No obstante, hay algo en lo que los hombres somos mucho más complejos que las mujeres: nuestra habilidad para jugar. Pero antes de seguir, definamos “juego”. Según la RAE: Ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde. Ahí está todo dicho; el juego consiste en una actividad divertida, reglamentada y, esto es muy importante, sujeta al éxito o al fracaso y, por tanto, competitiva. Pues bien, al parecer el núcleo de la agresividad humana reside en el hipotálamo, y se da la circunstancia de que los hombres tenemos más grande el hipotálamo que las mujeres, lo cual justificaría la evidencia cotidiana de que los hombres somos más agresivos que las mujeres. Así, de entrada, lo de la agresividad suena chungo, pero es un factor importantísimo para la supervivencia, de modo que no la desdeñemos alegremente. El caso es que los hombres somos más agresivos, lo que nos impele a competir; si a eso le unimos que, al no estar sujetos a las cadenas de la maternidad -lo cual nos libera de múltiples responsabilidades-, nuestra visión de la vida es más individualista y menos pragmática que la de las mujeres, ¿qué obtenemos? Jugadores natos.

De hecho, nuestra actividad reproductiva tiene matices lúdicos. Los machos damos la salida a un montón de espermatozoides que compiten –echan una carrera- para ver quién llega primero al óvulo. El clásico juego de pierde-gana. Pero hablemos en serio y echémosle un vistazo bajo esta óptica a la distribución de roles en las sociedades primitivas. Los hombres se reservaban la actividad de la caza, aunque ya hemos visto que esa práctica sólo aportaba un quinto de las proteínas necesarias para el clan. Vale, de acuerdo, un filete de mamut resulta mucho más suculento que un montón de bayas, frutas, raíces, vegetales y huevos, pero no deja de ser un lujo, un capricho; sin duda, los machos hubiesen sido mucho más productivos si, en vez de pasar días y días cazando, se hubieran dedicado a recolectar. Pero es que cazar es divertido –un juego-, mientras que recolectar es un coñazo; y prueba de ello es que la caza sigue siendo hoy una actividad recreativa por la que es necesario pagar, mientras que la recolección es un duro trabajo por el que se cobra. En cuanto a la guerra, en sus formas primitivas, era sin duda el juego por excelencia, la actividad de pierde-gana definitiva. De hecho, hoy en día muchísimos deportes, empezando por el fútbol y acabando por el ajedrez, no son más que simulacros de la actividad bélica. Eso por no hablar del tiro con arco, la esgrima, el lanzamiento de jabalina o el boxeo y todas las variedades de lucha personal, que son directamente actividades bélicas. Quizá el primero de todos los juegos consistiera precisamente en dos machos dándose de leches.

La cuestión es que esas habilidades lúdicas han ido evolucionando con el tiempo hasta el punto de que los hombres pueden convertir en juego casi cualquier actividad susceptible de ganar o perder, algo que se ve claramente en el mundo empresarial, donde la competición externa (contra otras empresas) y la interna (contra otros colegas) se acaban transformando en un juego abstracto donde lo importante es ganar o perder, no qué se gana y qué se pierde. El ejemplo más extremo de esto sería la bolsa, un puro juego de azar capaz de erigir imperios y destrozar vidas. Resumiendo, los hombres poseen una especial habilidad para jugar y para crear los juegos más sofisticados; algunos de esos juegos son terribles, otros son obras de arte; pero todos son, o pueden llegar a ser, tremendamente complejos. En eso, el hombre es más sofisticado que la mujer. De hecho, la naturaleza pragmática y realista de muchas mujeres les impide entender el sentido de los juegos masculinos, así que los consideran una muestra más de la superficialidad del hombre, cuando en realidad son complejos mecanismos de supervivencia. Me apresuro a añadir, que eso no significa que la naturaleza lúdica del hombre sea incompatible con la naturaleza pragmática de la mujer; por el contrario, lo que significa es que hombres y mujeres son socios perfectos, pues cada uno aporta habilidades y estrategias distintas, pero compatibles, para afrontar la realidad.

Hay otros aspectos en los que el hombre es más complejo que la mujer, y viceversa, pero no vale la pena seguir tratando este tema; los seres humanos somos tremendamente complicados por naturaleza y ahí no hay distinción de sexos. Pero, volviendo al principio, ¿hemos salido perdiendo los varones con la revolución femenina?

En mi opinión, todo lo contrario: hemos salido ganando, porque al liberarse la mujer, los varones nos hemos liberado de nosotros mismos. Vale, puede que haya un puñado (o muchos puñados) de tarugos que, al ser despojados de su condición de machos alfa, van por ahí como zombis sin identidad, sintiéndose castrados y preguntándose cuál es su rol de hombres. La pregunta que yo me hago es ¿por qué narices debo configurar mi identidad en base a mi sexo? ¿Por qué tengo que echar de menos el papel de patriarca si los patriarcas me aburren y ni yo mismo me creo ese papel? Antes que varón, o cualquier otra cosa, soy César, un ser humano con su propia identidad; el sexo sólo es una parte de mí, y no la más importante. Me alegro infinitamente de que las mujeres nos hayan librado a los hombres de esa carga milenaria que eran los roles tradicionales; ahora ya no tenemos que fingir fuerza cuando estamos exhaustos, no tenemos que bloquear la expresión de nuestras emociones ni que rumiar en soledad nuestras debilidades y problemas. Ahora, por fin, tenemos compañeras con las que compartirlo todo, porque no esperan que seamos Superman o el príncipe azul, sino simplemente sus iguales. A hacer puñetas los roles tradicionales; ya no son necesarios y, a fin de cuentas, ¿no es mejor que cada cual invente su propio papel en la vida?

Bueno, pues ahí está; lo que más me gusta de los hombres es su habilidad para jugar. Y precisamente por eso, porque el juego es la especialidad de nuestro sexo, estoy seguro de que más temprano que tarde los hombres inventaremos un juego en el que los nuevos roles sexuales tengan perfecta cabida. Sólo es cuestión de tiempo, imaginación y ganas de jugar.