martes, septiembre 30

La mujer del César

No, con el título de ahí arriba no me refiero a Pepa, mi ama y señora, sino a ese viejo dicho que reza: “La mujer del César no sólo ha de ser honrada, sino que además debe parecerlo”. Aunque no nos engañemos, lo cierto es que no tiene por qué ser honrada; basta y sobra con que lo parezca. En nuestra sociedad (y en todas, me temo) la imagen no solo prevalece sobre la realidad, sino que se convierte en la única realidad accesible. ¿Por qué? No se me ocurre más que una respuesta: porque los seres humanos somos gilipollas. Sólo percibimos lo que parece evidente, lo que está claro sin tener que darle muchas vueltas, lo que se explica a sí mismo, y rara vez nos cuestionamos esa realidad aparente, porque hacerlo, en cierto modo, sería como cuestionarnos a nosotros mismos o, cuando menos, poner en entredicho el suelo que pisamos. Además, tampoco tenemos capacidad para ir mucho más lejos. Esto me recuerda una frase que debería incluir en el coleccionista de idems: “La religión existe porque los seres humanos somos inteligentes, pero no demasiado”. Bueno, pues lo mismo puede decirse, no solo de la religión, sino acerca de todos los aspectos de la vida. Siempre nos quedamos inevitablemente cortos.

Somos gilipollas, sí, y además lo sospechamos. Vale, desde un punto de vista personal todos nos consideramos más listos que el hambre, todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos; pero debe de existir una zona en nuestro cerebro, dedicada al cómputo de datos, que nos susurra: “mira, chaval, teniendo en cuenta la cantidad de soplapolleces que has hecho y dicho en el pasado, lo más probable estadísticamente es que en este mismo instante estés haciendo o diciendo una soplapollez”. Esto no se lo reconocemos ante nadie, por supuesto, pero la vocecita está ahí, haciéndonos dudar de nuestra capacidad para interpretar el mundo. No lo formulamos de una forma coherente, ni siquiera articulada, pero en el fondo desconfiamos seriamente de nosotros mismos, y nos tememos que, en cualquier momento, los demás acaben por darse cuenta de que somos un bluf y nos digan con una ceja levantada: “Coño, César, ahora que caigo eres un capullo integral”. Y eso no lo podemos aceptar, claro, de modo que tenemos que esforzarnos en mantener íntegra la farsa de nuestra propia imagen. Para ello, no hay nada como jugar a lo seguro; es decir, aceptar lo que acepta la mayoría y no cuestionar jamás lo que parece evidente.

Vamos a imaginar un caso práctico. Supongamos que estamos en una reunión de trabajo en la que se pide a los participantes que valoren y den su opinión sobre algo, un asunto importante que tiene equilibrados sus pros y sus contras. Bien, los tontolculo totales dirán la primera chorrada que se les ocurra y se quedarán tan panchos. Pero, en contra de lo que podría pensarse, tampoco hay tantos tontolculo totales en el mundo. Por supuesto, hay muchos más que genios, pero no son la mayoría; en realidad, la mayor parte de los humanos nos movemos en las grises franjas de la mediocridad. Entonces, ¿qué hacemos los mediocres en el caso de esa hipotética reunión de trabajo? Pues decir unas cuantas vaguedades que no comprometan a nada y esperar a ver qué rumbo toma la mayoría. Entonces, cuando la mayoría de los participantes perfilen una respuesta concreta, nos sumaremos a ella con entusiasmo. Porque si resulta ser la respuesta correcta, yo formaré parte de los victoriosos, y si es incorrecta, no la habré cagado yo, sino que la habremos cagado mancomunadamente la liga de los mediocres, con lo cual la responsabilidad se diluye. Claro está que podría enfrentarme a la mayoría y dar mi propia respuesta, en cuyo caso, si acertara, me convertiría en el héroe. Pero, conociéndome como me conozco, ¿cómo cojones voy a fiarme de mí?

El mecanismo que acabo de exponer no es una mera teoría, sino el fruto de haber participado en centenares de reuniones de trabajo en mi época de publicitario. De hecho, al comienzo de mi carrera tuve una jefa –directora del Departamento Creativo de una prestigiosa agencia multinacional-, que actuaba exactamente así. Era una pésima creativa y no tenía ni zorra idea de publicidad, aunque al mismo tiempo era una brillantísima relaciones públicas dedicada en cuerpo y alma a promocionarse a sí misma. El caso es que, a la hora de decidir la creatividad para una campaña importante, reunía al departamento, escuchaba la opinión de todos y finalmente decidía lo que decidía la mayoría. Jamás mostró el menor indicio de poseer criterio propio, pero eso no le supuso un obstáculo a la hora de desarrollar una exitosa carrera profesional. Más bien al contrario.

Pero no creamos que esto se circunscribe al mundo del trabajo, pues en realidad afecta a todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, a la cultura. ¿Cómo valoramos la calidad de un producto artístico? ¿Basándonos exclusivamente en si nos gusta o no? De ninguna manera; eso es arriesgadísimo. Supongamos que leo una novela de un autor desconocido recién aparecida en el mercado y me gusta un huevo. ¿Eso indica que se trata de un buen libro? Para nada; la zona cerebral de cómputo de datos me recuerda la cantidad de veces que me han gustado auténticas chorradas –o no me han gustado obras maestras-, y eso me hace dudar. Para tomar una postura con respecto a ese libro, o cualquier otro, necesito baremos distintos. En primer lugar, su acogida entre los lectores y/o la crítica (es decir, la opinión mayoritaria). En segundo lugar, la reputación del autor; si es un escritor consagrado, el libro será bueno (porque la mayoría así lo dicta). Por último, la apariencia: ¿el libro parece serio? Porque si no lo parece, no puede ser bueno, claro.

Ese último punto es el responsable de que géneros literarios completos hayan sido arrojados al cubo de la basura. Comenzando por el humor. El humor, por naturaleza, no puede adoptar el tono típicamente grave y engolado que se le supone a la “literatura trascendente”; el humor es burbujeante, ligero y sospechosamente divertido. Eso último nos perturba mucho: si el libro me ha divertido, a mí que soy un idiota, hay que recelar. En el fondo, sospechamos que la “alta literatura” se alcanza como el cielo: mediante el martirio. Si el libro se me cae de las manos, buena señal; si me aburre monstruosamente, debo de estar frente a una obra maestra. Desde esta perspectiva, resulta evidente que el humor es indigno, porque no dice cosas “importantes”; y si las dice, no lo hace en tono “importante”.

Personalmente creo que el humor es uno de los géneros más complejos, y que algunas de las mejores disecciones de la naturaleza humana se encuentran en obras humorísticas. Ahora bien, teniendo en cuenta que probablemente soy un tontolculo total, esta opinión carece de importancia. No obstante, el criterio mayoritario incurre con frecuencia en flagrantes contradicciones. Al parecer, el humor es un género menor, pero... ¿cuáles son las dos novelas clásicas más aclamadas, las que están consideradas gérmenes de la novelística moderna? 1. El Quijote. 2. La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy. Mmmm... vaya, resulta que las dos son novelas de humor, menudo conflicto. De hecho, El Quijote estuvo considerado durante casi dos siglos una obra menor (opinión que su autor compartía). Era un best seller, era divertido y daba risa, por tanto no podía ser del todo bueno. En cualquier caso, ahora es un clásico y eso, ser un clásico, nos proporciona el apoyo de sucesivas generaciones de opiniones mayoritarias, lo que nos permite afirmar sin rubor que se trata de una obra maestra, aunque no la hayamos leído. De modo que no lo leemos. ¿Para qué, si ya sabemos que nos va a gustar aunque no nos guste?

Igual suerte que el humor corren otros géneros. El thriller, la ciencia ficción o el terror son poco serios, porque no engolan la voz, porque no parecen importantes y, sobre todo, porque con frecuencia producen obras divertidas, y eso es una señal muy mala. En cuanto a la fantasía, podemos decir que se encuentra bajo permanente sospecha. Hay demasiados clásicos fantásticos como para echar el género a la basura, pero, qué demonios, la fantasía habla de cosas que no existen. Y ahí está la clave: lo fantástico trata sobre cosas irreales, pero la irrealidad no es seria, sino infantil. Por contra, la realidad si que es seria y, cuanto más real, mejor. Somos adultos y tenemos los pies en el suelo, ¿no? Pues entonces agarrémonos con fuerza al realismo, que si bien no nos da la menor garantía de calidad, al menos nos permite pisar un terreno menos resbaladizo. Podría señalarse, por supuesto, que con frecuencia esos géneros despreciados emplean sus recursos para analizar la realidad con tanta o más eficacia que el realismo, pero sería inútil; si lo hacen, no lo parece. Y ya sabemos que las cosas son lo que parecen a primera vista, no lo que, escarbando un poquito, son en realidad.

No obstante, amigos míos, todo esto funciona en ambos sentidos. Para que nos tomemos en serio algo, ese algo tiene que parecer serio; por consiguiente, nos tomaremos en serio cosas que no son serias en lo absoluto, pero lo parecen. Basta con engolar la voz, con mostrarse grave y circunspecto, con tratar temas trascendentales o, al menos, en tono trascendental, con emplear un estilo afectado y pedante; todo eso, si se hace bien, basta y sobra para que cualquier chorrada parezca una obra maestra. Y si lo parece, lo es.

Me mojaré poniendo un ejemplo: la película El Piano, de Jane Campion. Se trata de un film técnicamente impecable, con una excelente fotografía de Stuart Dryburgh, una dirección de arte soberbia, magníficas interpretaciones y una música preciosa. Guay. El único problema es que nada de lo que sucede en esa película posee la menor coherencia, el más mínimo sentido. De entrada tenemos a una mujer, Holly Hunter, que parece muda, pero no es que sea muda, sino que por alguna razón no especificada ha decidido no hablar. No ha sido por un trauma; sencillamente, la buena señora fue y dijo un día: “me callo”, y no volvió a pronunciar palabra, ni siquiera para hablar con su hija (¿qué culpa tendrá la pobre niña de las extrañas manías de su madre?). Pero ojo, no es que renuncie a expresarse, pues emplea el lenguaje de signos; se limita a no hablar, una actitud cuya consecuencia inmediata es complicarse mucho la vida a sí misma y tocarle las narices a cuantos no conocen el lenguaje de signos. Muy lógico. Ah, pero es que la mujer ha renunciado a la voz, pero se expresa mediante la música que interpreta con su piano. Muy poético. Vale, supongo que todo eso es una metáfora cuyo significado concreto se me escapa, aunque suena vagamente pseudofeminista; en cualquier caso es una metáfora tan forzada, tan ridícula en el fondo, que la señora Campion tendría que habérselo pensado dos veces antes de emplearla.

En fin, podría pasar horas hablando de todos los absurdos que hay en esa película, pero me limitaré a citar uno que los resume todos. Holly Hunter llega a Nueva Zelanda para casarse con Sam Neill, un granjero tosco y aparentemente bonachón. Junto con el equipaje, la Hunter se trae su piano; unos braceros lo están descargando en la playa, para subirlo después a un carro. Entonces, de repente, se pone a llover y los peones, como si la lluvia fuese para ellos algo mortal, deciden no cargar el piano, dejarlo abandonado en la playa y largarse echando leches. No parece una actitud muy lógica que digamos, pero vale. Ahora bien, ¿dónde dejan el piano? Lo natural sería ponerlo lejos del agua, quizá debajo de unas palmeras... pues no, lo dejan en la orilla; ya son ganas de joder. Pero, ¿por qué hacen eso, por qué se comportan de una forma tan extraña? Por un excelente motivo: para que la directora nos regale poco después unos preciosos y poéticos planos de las olas del mar lamiendo las patas del piano. Qué estético, qué forzado, qué vacío. Pero coño, cómo da el pego.

Cito esta película porque es el mejor ejemplo que se me ocurre de un producto cultural absolutamente hueco cuya apariencia, seria y trascendente, le hace parecer una obra maestra a ojos de la mayoría. Se trata de una obra tan astuta que, lo reconozco, logró engañarme mientras la veía; aunque al poco, en cuanto reflexioné sobre lo que en realidad había visto, me di cuenta de que la señora Campion estaba vendiéndome como si fuera un diamante lo que sólo era una cuenta de cristal. Ah, por cierto: seguro que algún que otro merodeador querrá discutirme mi opinión sobre El Piano. Pues es inútil, lo siento; a quien se proponga hacerlo, le sugiero que vuelva a ver la película sin fijarse en su envoltura externa y prestando mucha atención a la coherencia interna. Luego, si quiere, hablamos.

Para terminar, que esto ya es más largo que un discurso de Fidel, me gustaría señalar lo más triste de todo. Antes di a entender que sólo los tontolculo totales se atreven a expresar opiniones distintas a las de la mayoría, y eso evidentemente es falso. También los genios van contra corriente (y gracias a eso el mundo avanza poquito a poco). El problema, la deprimente cuestión, es que muchas veces, a nosotros, los mediocres, nos resulta imposible diferenciar al genio del tontolculo total. Y así vamos.

21 comentarios:

Juanmi dijo...

"La religión existe porque los seres humanos somos inteligentes, pero no demasiado" ¡Que bueno!

Por otro lado, lo que dices de "El piano" es muy cierto. Lo que pasa es que en el cine, a veces, las imágenes tienen tanta fuerza que nos la meten doblada, y funciona mientras lo estamos viendo. Lo que pensemos a posteriori, sin las imágenes delante, igual ya no tiene nada que ver con la película.

Desde la primera vez que vi “Blade Runner”, por ejemplo (una de mis películas favoritas), le pillé un montón de absurdos de guión, pero la fuerza de las imágenes de Ridley Scott nos convencen de que todo es coherente.

CeJota (ceja grande) dijo...

No he visto el piano :P

Menuda Trepa tu ex-jefa, hay que tener en cuenta que el mundo progresa también por su culpa.

Lo que comentas es lo que tiene la culpa de que los best seller se vendan tanto sin diferencias en el fondo sino en todo el marketing que tienen alrededor, por poner un ejemplo que me gustó "La sombra del viento", de los últimos bestseller sin moverme de mi entorno próximo (familia-amigos) localizo cuatro ejemplares fácilmente.
Esto es lo que hace en música o literatura haya un abismo entre los que consiguen llegar al marketing y tener pilas de ejemplares en el corte inglés y los que se limitan a librerías especializadas, y bajo pedido.

Suevo dijo...

Fascinante, como siempre, don César.

Y, una vez más, discrepo: Es cierto que "El piano" adolece de todos los defectos que usted señala. Y de muchos más. Pero no por ello deja de ser una buena película.

El audiovisual -creo recordar que usted ha trabajado para él, y yo sigo en ese mundo cabrón- no funciona con lógica ni con razón, sólo con sensaciones. Los "porqués" no suelen interesar. Fíjese: una vez, en un seminario de guión en mi lejana juventud, cometí la osadía de criticar a Hitchcock por lo absurdo de sus guiones.
Naturalmente estaba equivocado: los fallos de guión no se notan si no son el objetivo fundamental de la película (si no enturbian lo que "queremos contar"), del mismo modo que la gente normal no nota los fallos de rácord.

A mí, por cierto, no me gustó El Piano. Pero es que sólo me creí al marido y algo a la hija, nunca a la protagonista. Rarito que es uno.

Saludos.

Rodolfo Martínez dijo...

Gran post, pardiez.

Y la mención a "El piano" me ha llegado al alma. De hecho, es una película que me gustó en su momento y no he tenido narices para volver a ver porque sospecho que, pasado el deslumbramiento inicial, me parecería una estupidez bien envuelta.

Algo parecido a lo que me pasa con las películas de Peter Greenaway (sí, confieso que vi algunas y hasta las disfruté; por suerte, con la llegada de la madurez tanta chorrada intelectualoide se me fue por algún desagüe y nunca me he molestado en buscar adónde).

En cuanto al post, como he dicho, de los mejores que te he leído en los últimos tiempos. Y tu blog es de los que sigo con más interés.

Anónimo dijo...

La realidad no es si no aquello que percibimos de forma nítida y clara. No sirve de nada dudar de lo que vemos o sentimos, especular con la percepción sólo puede conducir a comportamientos paranoides. Los convencionalismos son alienantes en su mayoría y por eso la deducción y el análisis primario de lo que nos rodea debe traducirse en conclusiones propias a las que sólo el SENTIDO COMÚN debe poner contornos.
Un hombre observa una nube, al poco tiempo la nube se desvanece. El hombre mira al suelo y piensa en su vida.
Eso es un momento de percepción que induce un ánimo determinado, pero no siempre es así.
Un hombre observa una nube, al poco tiempo la nube se desvanece. El hombre mira al suelo y piensa en el cambio climático.
Parece un ejercicio muy simplista, pero real. Las percepciones están sujetas a la capacidad de análisis del sujeto, a las circunstancias que rodean al sujeto en ese momento y al nivel de concentración del sujeto en lo observado.
El piano puede ser un pestiño de película o un ejercicio estético muy interesante.
Un Director Creativo puede parecer inseguro en sus dictámenes o aparecer como todo un estratega con su equipo y sus trabajos.
Un libro sin firma debería comunicarnos lo mismo que ese mismo libro firmado por Cesar Mallorquí.

eulez dijo...

Pues a mi me parece que otra forma de comportarse de la gente, bastante "mediocre" por otra parte, es la siguiente: como soy totontalba (y no lo quiero ser) y como los demás son gilipollas, pues entonces tengo que llevar la contraria a la mayoría, independientemente de, por lo que sea, resulte que la mayoría tiene razón o simplemente buen gusto.

Hay que tener mucho cuidado en eso de considerar a todo el mundo "gilipollas" y en lo del criterio de la mayoría. Desde luego el ejemplo del trabajo no se aplica porque ahí todo el mundo lo que quiere es salvar el culo y mantener el puesto.

En cuanto a los gustos "artísticos" el contrajemplo que se me ocurre es cuando una persona mayor, culta, con dos carreras y amante de la música clásica me vino a decir que la novena sinfonía de Beethoven era música para el populacho (tachíntachán). La novena de Beethoven es la puta obra maestra de la puta música y el que se deje influir porque a todo el mundo le guste (a todo el mundo le gusta!!!) es que es imbécil.

En resumen, que hay que andarse con mucho cuidado con eso de criticar lo que diga la mayoría. Porque se está en la frontera entre tener criterio propio (que es el caso, creo, de César) y ser un imbécil como el de la novena.

marino dijo...

En mi experiencia he comprobado que la mayoría de las veces si lo que se opina se hace de forma convencida y valiente, el interlocutor suele reflexionar sobre esa opinión aunque no la comparta.
En una ocasión tuve que presentar ante una audiencia muy heterodoxa una propuesta que no esperaban ver ya que el procedimeiento daba a entender que el camino era uno y sólo uno. Pensé que lo mejor era enseñar lo previsible para después presentar lo imprevisible.
Una vez ante aquella audiencia les presenté lo que ellos esperaban y querían ver, a lo que aplaudieron cómplices. Justo en ese momento de simbiosis total rompí en mil pedazos lo presentado. Hubo un silencio producto de cierta perplejidad y alguna risilla entre los más jóvenes. Ahí noté que manejaba la situación a mi gusto y entonces les convencí de que lo previsible no suele ser lo más eficaz y les conté la propuesta no previsible. El aplauso fue unánime.
Los procesos por los que llegamos a transmitir lo que queremos que el otro entienda son infinitos, todo depende de elegir el más adecuado al mensaje, al tipo de interlocutor y sobre todo a nuestra capacidad.

Perséfone dijo...

César, ¿quieres leer un libro inteligente, bueno, divertido, culto, absurdo, humorístico y jodidamente genial? El caso Jane Eyre, de Jasper Fforde. Es un libro sobre literatura, viajes en el tiempo, mundos fantásticos, dodos retornados a la vida... pero genial. La serie continua con, por el momento, cuatro libros más, pero ninguno tan chulo como el primero. Imprescindible haber leído Jane Eyre, pero te lo recomiendo encarecidamente, vaya.

Big Brother dijo...

Hace muchos años formaba parte de un grupo de gente aficionada a una rara actividad deportiva. Entre los implicados se encontraba Salvador, un tontoelculo de libro. Como siempre he sido un punto ingenioso, Salvador me servía de maravilla para hacer continuas muestras del mencionado ingenio. No eran bromas crueles ni ofensivas pero eran muchas. Un día, en un aparte, me dijo algo así: "José Carlos, tú eres arquitecto y yo delineante, tú jóven y yo mayor, tú inteligente y yo menos, tú muy ingenioso y yo yo muy pco. Pero te gano en una cosa: yo te aprecio mucho a tí y tú a mí no"
Quedó clarísmaente establecido quien era el tontoelculo. Desde entonces procuro no clasificar a nadie empezando por no hacerlo conmigo mismo.
Aborrecí, aborrezco y aborreceré por los siglos de los siglos "El Piano; por todo lo dicho aquí y por ese insufrible autocomplacencia ombligomirante que la inunda y la hace apestosa.
Y ya puestos a ello, ¿qué no decir de "El Paciente Inglés". Y eso que cualquier película con Kristin Scott Thomas dentro lleva todos los números para gustarme?. Pues ni por esas (Perdón, Kristin, juro que te sigo amando)

Suevo dijo...

Por cierto, una confesión: como aficionado a la literatura "de género" he ocultado en ocasiones el título y la portada de un libro a las miradas indiscretas.

Asimov, Clarke, Bradbury, Scott Card, incluso Tolkien no son muy recomendables si quieres quedar bien en ciertos ambientes.

En cuanto a la opinión del anterior lector: le felicito. Uno que sabe reconocer cuando actúa mal es alguien especial. No hay mucha gente capaz de eso. Felicidades.

Abuelo Igor dijo...

Como no he visto "El piano", no puedo opinar sobre ella. Siempre pensé que no me gustaría, pero ahora que ya llevo leídas un par de críticas despiadadas seguidas en los blogs que leo, me está empezando a picar el espíritu de contradicción.

No obstante, doy la razón a Suevo: César juzga "El piano" con criterios de escritor, que a mi juicio no son los que mejor pueden aplicarse al cine. Una sola imagen memorable puede barrer todos los fallos de coherencia del argumento, y también Suevo dio el ejemplo definitivo con Hitchcock: ¿alguien se ha parado a considerar con un poco de calma el guión de "Vértigo", que está absolutamente cogido con alfileres? y quien dice "Vértigo" dice muchas otras que están en el Parnaso del cine.

Creo que ahora se está poniendo demasiado de moda descalificar las películas por supuestos fallos del argumento, lo cual muchas veces no es justo, y otras me hace un poco reír. Resulta que ahora, por ejemplo, recién se ha dado cuenta mucha gente de que Indiana Jones no puede caerse por tres cataratas seguidas sin que le pase nada. Pero en 1981, podía recorrerse un montón de kilómetros bajo el mar agarrado al periscopio de un submarino, sin escafandra, y al público le parecía tan lógico.

Manuel dijo...

Yo me voy a centrar en el tema lateral que has dejado caer sobre la mentira en el cine (con vehemencia especial en ese ejemplo de "El Piano").

A ver: el cine es todo mentira. Así de claro. Lo que ocurre es que estamos más acostumbrados a un tipo de mentiras que a otras.

Por ejemplo, la deslumbrante "Guerra de las Galaxias" tiene más trampas que una película de chinos: "queremos creer" que las batallas de cazas espaciales son como nos las pintan, como si fueran vulgares aviones atmosféricos pero que disparan rayos laser, y además en la palpitante oscuridad de un medio donde no reverbera la luz. Pues vale; cerramos los ojos de la razón y a disfrutar.

Y hablando de películas chinas. "Tigre y dragón", como otras estupendas películas chinas que nos han llegado últimamente, me decepcionó en cuanto empezaron a volar los personajes... mi cultura de "la mentira cinematográfica" no me permitía pasar ese detalle. Para los chinos, sin embargo, es de lo más normal; es más, seguro que una buena película para ellos tiene que tener sus buenas peleas con vuelo de los protagonistas.

¿Y qué me dices de las películas musicales? De repente, en plena trama "realista", unos tipos se ponen a cantar... ¡a tomar por....! ¡No me tomen el pelo! Pero resulta que estas películas tienen su público, que no cuestionan lo más mínimo semejante incongruencia.

Más ejemplos. El cine español de comedia/melodrama nos ha acostumbrado a unas situaciones estrambóticas, muy pilladas por los pelos, irreales o surreales. Ya lo vemos como algo "natural".

Incluso una película tan aclamada como "buena" por todo el mundo como "Una noche en la Ópera", de los hermanos Marx, se pasa la verosimilitud por el forro en la escena del camarote... ¿quién se cree que tanta gente iba a agolparse así en un camarote? Es que es el humor del absurdo, oiga. Sí, pero el humor de lo verosímil es también muy eficaz y esa escena, para el teatro, vale... ¡pero para el cine...!

En fin, yo tampoco he visto "El Piano". Pero de tu descripción sólo puedo concluir que sus trucos no coinciden con tus expectativas de mentira. Y sus trucos están puestos al servicio de un determinado lenguaje de la imagen, que seguro tocará la fibra de quienes no se cuestionan esas "pequeñas" faltas de verosimilitud que apuntas.

Anónimo dijo...

Un tema que me llamó la atención sobre psicoñogia social, es el que llaman "going to Alabama", y ejemplifica lo estupidos que somos. El nombre del ejemplo viene por una familia que decide un mes de agosto ir a Alabama, y se van el fin de semana. Pero claro, creo que alabama y sevilla en agosto tienen la misma temperatura y pronto empiezan los cabreos y discusiones. A la vuelta resulta que ninguno quería ir a Alabama, pues era una idea absurda. El padre lo hizo por agradar a la madre, y ésta por agradar a su nuera, y esta por no discutir con el suegro, y el hijo por no hacerlo con su mujer. Resultado: ninguno quería ir, pero decidieron irse por UNANIMIDAD. De subnormales vamos, pero por lo visto no es tan infrecuente en las reuniones de grupo.
Mazarbul

Anónimo dijo...

y en cuanto al tema literario, me leí recientemente el Juego del Angel y ZigZag, y mi opinión, por ejemplo, no suele corresponderse con la mayoría de críticas que he leido.
El JDA me pareció una novela bien escrita, muy por encima de la media habitual, entretenida y de un autor con oficio. Como pero, la trama, que al final se desboca sin que logremos enterarnos qué pinta quién en todo el desaguisado. Pero exceptuando este tema,que entiendo baje la puntuación, mi opinión no coincide con esas críticas que la califican de novela "churro", escrita en serie, y que la califican de exponente de Best seller. Realmente creo que exceptuando el numero de ejemplares (lo que es en si un fenómeno no se si inexplicable), desde un punto de vista literario no se corresponde con lo que entiendo por un best seller.
En cuanto a Zigzag, de cuyo autor he oido glorias, aparte de que el tio me parezaca tela de majo, su novela zigzag no me pareció en absoluto interesante. Me pareció una novela corta hinchada al extremo, que en ratos me aburrió por la abundancia de páginas y que aguanté por conocer ese final sorprendente que, al final, no me sorprendió ni medianamente. Sb las críticas la ponen muy bien.
En opinión a ambos se les aplican valores independientes a los literarios: el en caso del JDA, su nivel de ventas la hace merecedora de un castigo ejemplar y encono por parte de la crítica, y en el del segundo, siendo escritor de género que ha logrado salir con éxito afuera, se le cantan unas loas que quizá, al menos en mi opinión y en esa novela (que aún no me he leido las otras, luego no voy a juzgarlas), no se merece.
Supongo que esto tiene que ver con las apariencias y juicios que hacemos de las obras. Siento haberme enrollado.

Mazarbul

Mazarbul dijo...

Se me ha colado el post dos veces, lo siento, no me acabo de aclarar con las identidades blogueras y anonimas.
Mazarbul

César dijo...

Ya sabía yo que el ejemplo de “El Piano” iba a traer cola (como los idem de idem). En general, se me señala que determinados fallos de guión son aceptables si el conjunto de la obra es brillante. También se dice que la fuerza de las imágenes puede dar categoría de obra maestra a un guión absurdo. En concreto, un merodeador pregunta por qué me trago las inverosímiles peripecias de Indiana Jones y no los absurdos de “El Piano”.

Veréis, todo género –en realidad toda película- propone sus propias normas de juego y lo que cabe exigirle es que sea fiel a esas normas. Los films del Dr. Jones son historias de aventuras fantásticas, llenas de humor y acción, en las que, para participar en el juego, se nos solicita el viejo principio de “suspensión de la incredulidad”. Así pues, me trago sin rechistar que Indi recorra medio océano agarrado a un periscopio, por muy absurdo que esto sea. Sin embargo, imaginemos una película de la serie en la que el Dr. Jones diserte eruditamente durante media hora sobre las culturas del calcolítico. A fin de cuentas, eso sería lo lógico; Jones es profesor de arqueología, ¿no? Pues no, esa erudita disertación rompería las normas del juego y nos parecería un coñazo absurdo que, por muy coherente que sea, estropearía el relato. Comparando películas del mismo director, las absurdas peripecias que le acepto al Harrison Ford de los films de IJ, no se las aceptaría jamás al Tom Hanks de “Salvad al soldado Ryan”. Sencillamente, ambas películas tienen reglas distintas.

Ahora bien, ¿qué es “El Piano”? Un drama histórico realista de corte psicológico y poético. Vale, esas son sus reglas y a ellas debo remitirme a la hora de juzgarla. Pero también son las reglas que las señora Campion debería haber seguido para realizar su película. Y no lo hace. La psicología de los personajes es arbitraria e injustificada, y sus actos, arbitrarios e injustificados, no obedecen más que a los caprichos del guionista/realizador en pos de una estética efectista y de un discurso que se pretende solemne, pero que sólo es palabrería con escaso sentido. En cuanto a la presunta poesía... digamos que, si existe, es una poesía vacua y esteticista.

Queda el último punto: ¿puede una película ser magistral sólo por la fuerza de sus imágenes? Para ver si esto es cierto o no, me he puesto a buscar ejemplos... y he encontrado uno: “Metrópolis”, de Fritz Lang, una historia estúpida que se convierte en una obra maestra por la inmensa fuerza de sus imágenes. Seguro que hay más ejemplos, pero no los he buscado; me basta con uno para aceptar la veracidad del aserto. La cuestión es: ¿poseen esa fuerza las imágenes de “El Piano”? Sinceramente, no lo creo. A la señora Campion le sucede igual que ese fotógrafo que estuvo tan de moda en los 70: David Hamilton. La primera vez que ves sus imágenes dices “¡qué bonito!”, pero conforme las sigues viendo acabas harto de tanto almíbar estético. Al principio es muy chachi ver un piano entre las olas del mar, pero con el tiempo acaba siendo una imagen irritante, por forzada, pretenciosa y vacía. Como la propia película.

No, no critico a “El Piano” por tener unos cuantos fallitos de guión, sino por incumplir sus propias normas internas y por su tramposa intención de parecer –sólo parecer- un producto de calidad a cualquier costa. En realidad, la película es como esos políticos que engolan la voz y adoptan un tono solemne para luego no decir absolutamente nada.

samael dijo...

¿No te parece mejor una decisión tomada de forma compartida, fruto de la discusión y comparación de ideas y finalmente del consenso, a una decisión impuesta por los galones del que manda, que no necesariamente es del que tiene la razón?
Recuerdo haber leído en algún sitio especializado en contar mentiras del mundo de la empresa que había un prohombre, CEO de una multinacional, que pagaba a un alto ejecutivo para que le llevara la contraria. Su trabajo consistía en argumentar de forma razonada y lógica en contra de las decisiones de su jefe, con las que, a lo mejor, estaba totalmente de acuerdo, pero aún así, debía discutirlas. ¿Y sabes por qué? Precisamente porque nadie se atrevía a hacerlo a no ser que le despidieran si no lo hacía.
Un trabajo envidiable... llevar de forma sistemática la contraria del amo.
Este suceso puede ser una prueba más de que efectivamente somos gilipollas.

Lo que comentas de aquella directora creativa, qué quieres que te diga, no me parece que sea para quejarse. Yo he tenido una vicepresidenta creativa que imponía su criterio para demostrar que era incapaz de discernir entre lo bueno de lo mediocre y te aseguro que era una tortura. Su caso, al igual que el de IY, también es ejemplo de exitosa carrera profesional. Qué cosas.

Uno de los grandes misterios de la cultura universal es precisamente lo que mencionas en tu post, así que no voy a repetirlo, pero sí a adherirme a tan sabias conclusiones. Muchas veces la valoración se sale del ámbito artístico y entra en el puramente comercial. Yo tengo en mi oficina un cuadro que vale un Congo y nadie en su sano juicio podría explicar por qué, pero se trata de un artista ensalzado por las galerías de arte que han visto en sus pinturas un marcado color verde dólar. Seguro que hay miles de pintores mil veces mejores, con más sensibilidad artística, mejor técnica y mejor gusto que no se comen una rosca.

El ejemplo de las películas El Piano, El Paciente Inglés,... también podríamos encontrarlo en literatura, y en pintura, y en óperas, ... y todos tienen en común que son serios, sí. Se ve que el ser humano además de tener una mente simbólica, tiene una mente ciscunspecta.

Abuelo Igor dijo...

Yo sigo dale que te pego y sólo por animar el debate, pues estoy casi seguro de que "El piano" me parecería una castaña.

"Un drama histórico realista de corte psicológico y poético". Vale, pero cuando empezamos a juntar en la misma frase los conceptos de realismo y poesía, nos metemos en arenas movedizas. Desde el momento en que suceden cosas que no tienen más razón de ser que servir de pretexto a imágenes de pretensión seria o simbólica, desde el momento en que las psicologías son deliberadamente aberrantes con misteriosos fines metafóricos, yo no sé hasta qué punto podríamos calificar esa película como "realista".

Quizá quepa argumentar que son preferibles las imágenes al servicio de la historia y no viceversa, pero eso entra dentro del ámbito de lo opinable, o simplemente que la señora Campion se propone hacer un arrebatador poema fílmico pero la película le queda justita.

Lo que yo no firmaré nunca es que convertir la imagen fílmica en un vehículo de figuras retóricas que se saltan la dramaturgia verosímil sea rechazable en sí mismo. Yo disfruto tanto con una película contada según las normas tradicionales como con una de "cine de autor", a condición de que posean la calidad suficiente (que churros los hay en todos los partidos estéticos). Pero ya sabemos que César, en todos los sentidos de la palabra, es un clásico.

Y bueno, no nos metamos tanto con David Hamilton, por favor, que es el director de "Tiernas primas".

Rodolfo Martínez dijo...

Creo que el problema no es que una película tenga agujeros argumentales o unos personajes que no se sostienen de pie. Como se ha comentado aquí, tenemos el caso clarísimo de Hitchcock.

La diferencia es que Hitch era tan buen narrador que poco importaba que la trama estuviera sujeta con chicle y saliva, porque sabía cómo contar las cosas de un modo que te enganchase a la butaca y no te importase un pimiento lo absurdo de la trama. De hecho, era tan buen narrador que cuando volvías a ver la película y veías cómo todo estaba apuntalado de pura chiripa, seguía sin importante.

El caso de "El piano", sospecho (y digo "sospecho" porque nunca la he vuelto a ver) es que está narrada de un modo "efectista". El resultado es que en un primer visionado, te deslumbra y no te deja ver lo que hay detrás. En un siguiente visionado, pasado ese deslumbramiento, ves la tramoya y comprendes, no sólo que las cosas están sujetas por qué si, sino que ese supuesto drama humano de poética intensidad es una tontería como... como un piano.

Creo que el meollo es ese: la diferencia entre un buen narrador, que hace que no nos importen los fallos del argumento o los personajes y veamos la película una o mil veces y un narrador que funciona a golpes de efecto que nos deslumbra la primera vez pero no es capaz de repetir el truco en las siguientes.

Algo parecido, volviendo a la literatura, a lo que me pasó con "Neuromante". La primera vez que la leí me deslumbró por completo y me tuvo enganchado hasta que la terminé. Todas las veces que he intentado releerla, el libro se me ha caído al suelo a las pocas páginas. El efecto "¡toma ya!" deja de funcionar pasada la sorpresa.

Y es lo que pasa con muchos directores de cine que priman, no ya la estética, sino los golpes de efecto narrativos, sobre la solidez de su narrativa.

Los que simplemente priman la estética sobre lo demás, pueden en algunos casos llegar a construir películas interesantes si su imaginería visual es lo bastante poderosa, a pesar de sus defectos como narradores (pienso ahora en David Lynch, por ejemplo, cuyas películas casi siempre me parecen fallidas, pero que están pobladas de imágenes potentes e inquietantes que hacen que, pese a todo, funcionen). Los segundos... se ponen de moda unos años, quizá, pero acaban pasando sin pena ni gloria con el tiempo.

Y, por supuesto, los que son unos narradores sólidos y eficaces, capaces, simplemente, de mantenerte atado a la butaca aunque seas consciente durante todo el metraje de que aquello no cuadra, tiene agujeros por todas partes y los personajes los son todo menos coherentes o bien construidos... bueno, son los que sigues viendo una y otra y otra y otra vez.

En mi humilde opinión y todas esas cosas, por supuesto.

César dijo...

Suevo: la narrativa audiovisual tiene tanta lógica y razón como cualquier otra narrativa. Narrar es estrategia y táctica, y por tanto razonamiento. Los fallos de guión pueden, en efecto, ocultarse bajo la alfombra de la buena narrativa, pero no hay en este mundo alfombra lo suficientemente grande como para tapar todos los fallos de lógica que hay en "El Piano". Por cierto, si en el caso que nos ocupa no te crees a la protagonista, es imposible que te creas la película.

Ah, yo tembién he ocultado, por vergüenza, las portadas de ciertos libros. Por ejemplo, muchas de la colección de cf de Martínez Roca, que eran realmente vergonzantes.

Rodolfo: Sí, Greenaway es otro de los que quieren dar el gato de la impostura por la liebre de la calidad. Lo que pasa es que a él se le ve venir enseguida, en realidad no engaña.

Por lo demás, estoy total y absolutamente de acuerdo contigo en lo que dices sobre la narrativa y su capacidad de ocultar los errores. En cuanto a la relectura de libros... a mí me ha pasado más de una vez con otros títulos lo mismo que te sucedió a ti con "Neuromante", así que decidí no releer jamás ningún libro que me haya gustado mucho.

Eulez: tan estúpido es aceptar siempre lo que decide la mayoría como rechazar por sistema los criterios mayoritarios. Estamos de acuerdo.

Marino: supongo que tienes razón; parte de la genialidad de los genios consiste en su capacidad para convencer a los mediocres de que sus ideas son las correctas. Lo que pasa es que a veces uno se encuentra con comités de mediocres a los que sencillamente resulta imposible venderles nada que no sea la misma chorrada de siempre.

Perséfone: ¡Jesús, María y José, cuánto entusiasmo por un libro! Bueno, pues tu entusiasmo ha surtido efecto y el viernes pasado me compré "El Caso Jane Eyre". Ya le había echado el ojo a ese libro, pero el traductor es malísimo y no me decidía a comprarlo... Gracias por la recomendación.

Bif Brother: no hay nada más estúpido que creer que todo el mundo es estúpido menos uno mismo. En cuanto al Paciente Inglés, vale es irritantemente preciosista, pero al menos su argumento tiene cierta coherencia.

Abuelo Igor: no, no juzgo "El Piano" con criterios de escritor, sino de narrador. Se puede narrar con palabras, con imágenes o con las dos cosas, pero a la narrativa siempre se le debe exigir coherencia con las reglas de juego, aunque sean las que ella misma establece.

Por otro lado, no veo qué inconveniente hay en juntar realismo con poesía, ni creo que de esa conjunción surja la irracionalidad. Por lo demás, una obra que no se ha visto puede ser cualquier cosa, es cierto. Pero al verla, las posibilidades se reducen.

Sí, es verdad, "Tiernas primas"... y "Bilitis". Preciosas chicas jovencitas follando entre sí con mucho flou. El paraíso de los viejos verdes pajilleros; como yo mismo, sin ir más lejos.

Manuel: pera responder a tu comentario, me remito a la respuesta general que he dado sobre la película.

Mazarbul: de José Carlos Somoza te recomiendo encarecidamente que leas "La caverna de las ideas" y "Clara y la penumbra". Son, sencillamente, asombrosas. Ah, cuando acabe de responder eliminaré tus comentarios repetidos, no te preocupes.

Samael: no, si no me quejo del comportamiento de IY; era muy cómodo trabajar con ella. Simplemente, ilustraba con su ejemplo la tendencia a sumarse a la mayoría.

En cuanto a las artes plásticas... no me he metido en ese terreno, porque eso ya es pura economía de mercado.

Luis Recuenco dijo...

Las obras de arte se dividen en dos grandes grupos: las que me gustan y las que no me gustan. Y no conozco otro criterio.

Anton Chéjov