viernes, diciembre 23

Llega la Navidad, suspende la incredulidad


Éstas son las navidades menos navideñas que recuerdo. Al menos en Madrid, no veo ambiente de fiesta por las calles; hay menos luces y adornos y la gente va de un lado a otro como triste, deprimida, sin pizca de humor. Por la crisis, claro, por las constantes malas noticias, por los cinco millones de dramas personales que hay en el país. Supongo que es natural que la gente no esté para muchas celebraciones.


¿O no?... Porque, a fin de cuentas, ¿la Navidad no existe precisamente para esta clase de situaciones? ¿No es ahora, con todo chungo a nuestro alrededor, cuando necesitamos grandes dosis de Navidad?


Tiene gracia, ¿no?; un ateazo como yo hablando así. Supongo que debería explicar cómo entiendo la Navidad, aunque ya lo he hecho otras veces. La Navidad son muchas cosas a la vez, todas sumadas por acumulación. Hay un relato explícito: el nacimiento de un profeta/dios. Ése es el último disfraz que ha adoptado esta fiesta y, por tópico, resulta escasamente motivador (salvo que seas creyente, claro). En cualquier caso, el relato explicito es un remake de otro relato más antiguo de índole simbólica: el ciclo solar. Ayer, día 22, fue el solsticio de invierno, el día más corto del año. El Sol murió (la oscuridad venció a la luz). A partir de ese momento y durante tres días, el Sol sale y se pone por los mismos lugares aparentes. El Sol permanece muerto. Y, al tercer día, el tiempo de luz comienza a crecer de nuevo. El Sol resucita. Eso celebraban nuestros antepasados antes de que la apisonadora del cristianismo les pasara por encima. Me gusta más ese relato antiguo, quizá porque el paganismo siempre me ha parecido más divertido que el monoteísmo. Supongo que el culto al Sol vinculado a los solsticios surgió en el neolítico, cuando por primera vez pudo medirse con precisión el año solar, así que estamos hablando de una fiesta condenadamente antigua.


Pero hay un significado previo a cualquier historia. La Navidad marca el final de un ciclo y la llegada del invierno, del frío y la oscuridad. Los celtas llamaban a este periodo la Estación del Sueño, porque todo se ralentiza, porque los rigores del clima hacen que nos volvamos hacia dentro, que nos cobijemos en el cálido útero del hogar. Es un momento de calma y serenidad. Los seres humanos somos muy sensibles a los ciclos; por eso celebramos nuestros cumpleaños, por eso conmemoramos tantas cosas. También somos proclives a los ritos, así que cuando queremos dar importancia a algo los ritualizamos. Hacemos las mismas cosas en los mismos momentos. La Navidad es cíclica y ritual, porque la necesitamos.


Y también es una enorme mentira. La Navidad es tan falsa como un abeto de plástico, como una estrella de papel maché, como la nieve de harina y los ríos de Albal. Jugamos a ser buenos, pero no lo somos; aparentamos querer a los demás cuando siguen cayéndonos gordos, simulamos una alegría que distamos mucho de sentir. Compramos, bebemos y comemos sin ninguna razón. Nada es auténtico.


Salvo una cosa: lo que sienten los niños, lo que sentíamos todos cuando lo éramos. Eso es verdadero. Y, ¿sabéis?, dicen que la patria de las personas es la infancia. Por eso, si queremos recuperar un jirón del paraíso, tenemos que volvernos niños, aunque sólo sea por un momento. Y para eso hace falta un poquito de inocencia.


La Navidad es como un cuento, como una historia fantástica, como una película de Frank Capra. Para disfrutar con la ficción hace falta algo que se llama “suspensión de la incredulidad”. Ese término, inventado por Coleridge, se refiere al pacto tácito que establecen el autor (o director de cine) y el lector (o espectador). El autor se compromete a contar mentiras de la forma más convincentemente posible y el lector, por su parte, deja momentáneamente aparcado el escepticismo. Este principio es de vital importancia sobre todo en la fantasía y la ciencia ficción, porque esos géneros tratan de cosas irreales.


Pues bien, así deberíamos aproximarnos a la Navidad: jugando a creernos lo imposible, suspendiendo por unos días la incredulidad. Todo es falso, de acuerdo; pero ¿acaso sería mejor tirarnos todo el tiempo de malhumor y con acidez de estómago; aunque, eso sí, lúcidos de cojones? Entremos en la Navidad con la misma disposición de ánimo con que nos ponemos a ver por enésima vez Qué bello es vivir. Es decir: dispuestos a tragarnos todas las mentiras del mundo por la sencilla razón de que son mentiras bonitas .


Ah sí, hay gente que se queja de que la Navidad les pone tristes. Ya, ¿y qué? Eso no es tristeza, sino melancolía; y, como en cierta ocasión expresó atinadamente mi buena amiga Conchita Balmaseda, la melancolía es la felicidad que extraemos de la tristeza. Recordar a los que se fueron, recordar lo que hemos perdido, recordar los tiempos que ya no volverán, también es bonito.


Felices fiestas, amigos míos. Que la Estación del Sueño os traiga paz y sosiego.


7 comentarios:

Estigia dijo...

¡Qué bella entrada César!
Y coincido contigo en que las Navidades en Madrid, están repletas de gente triste y amargada. Todo se ve muy gris, incluso con el diseño tan chabacano que han optado para las calles principales este año, más propias de un carnaval, pero bueno, cosas mías supongo.

Yo siempre he tenido un espíritu navideño, pese a que también soy atea, porque es en estas fechas donde conservo los mejores recuerdos; ya no sólo de la infancia, sino que a lo largo de toda mi vida, ver pasar un año nuevo me reconforta bastante.

Sin ánimo de armar polémica, recuerdo que leí una gloriosa entrada donde una cristiana criticaba que los ateos o los no creyentes celebrasen la Navidad, o que conservaran esa felicidad por esas fechas, ya que "no tenía ningún sentido, y era hipocresía" entre otras perlitas. Me puso de muy mala uva porque considero que la Navidad es algo más allá del nacimiento del Mesías: como bien has dicho, es una tradición, un cúmulo de cosas, regalos, familia, turrón, un vago "feliz navidad" en la boca de la gente, una perfecta excusa para reunirse todos y recordar quiénes somos. Y claro, fue leer aquello y flipar en colores.

Una muy feliz Navidad César.

Samael dijo...

ya, ¿y el cuento?

Conchita dijo...

a mí (por alusiones) me ha encantado todo lo que dices aunque no tenga cuento. Besos.

Cristina S. Baixauli dijo...

Tü también te has dado cuenta, así que ya es oficial. Si te aburres, lee: http://soloconectar.blogspot.com. Aquí hablo de lo mismo. Y yo estoy inaguantable, no tengo ganas de fiestas, me hubiera quedado en Granada. Ainsss... Un abrazo,

Cristina

Natalia dijo...

¡Feliz Navidad César! y muchas gracias por el cuento, mañana lo leeré ^_^

Carmen dijo...

Pues esta vez no estoy de acuerdo contigo, César.

Para mí la Navidad no se diferencia del día de los enamorados, con la diferencia, en su contra, de que en San Valentín sí hay más vida por la calle porque hay más gente que no tiene pareja o que, incluso teniéndola, no lo celebra.

Para mí el problema no es que me produzca tristeza, sino más bien que me cabrea y me aburre y además que no puedo contar con nadie porque todos están demasiado ocupados en sus quehaceres familiares. Por lo tanto, no puedo mirarla con otros ojos, sólo puedo enfrentarme a ella cogiendo carrerilla y tirando para adelante deseando que se acabe lo antes posible y que comiencen las rebajas, pero no para comprar nada, pues ir de compras es una de las cosas que menos placer me provoca.

Sin embargo, la felicidad en los rostros de la gente es palpable, al poder encontrar gangas que podrán utilizar durante un tiempo más prolongado que lo que dura una cena de Navidad y sin el sentimiento de culpabilidad de haber cogido algún quilito de más. Además, con el piquito que sobra de las compras, se animan a tomar un café o una cerveza y, antes de volver a casa para encerrarse entre sus cuatro paredes, llaman a sus amigos y ahí, algunos de ellos, consiguen acabar con mi aburrimiento.

Así que, lo siento, no me convence ni siquiera el hecho de que no tenga un origen religioso, sino pagano que pueda darle misterio y hacer que cobre interés.

¡Lo que quiero es que acaben pronto y aumenten las horas de sol! :)

De cualquier modo, feliz Navidad y disfrútala, ¡tú que puedes y sabes! ;)

César dijo...

Carmen: Para gustos los colores, amiga mía. De todas formas, una fiesta (una celebración) es, salvo que te la impongan, lo que tú quieras que sea. Si quieres que la Navidad sea especial, lo será; y si quieres que sea un incordio, no dudes que te incordiará

¿Te gustaba la Navidad cuando eras pequeña? Si la respuesta es "no", o "no me acuerdo", no hay nada que hacer. Pero si la respuesta es "sí", entonces ¿no será que has extraviado a la niña que fuiste?