martes, febrero 12

100 años con José Mallorquí


Hoy, doce de febrero de 2013, se cumplen cien años del nacimiento de José Mallorquí, escritor de novela popular, guionista de radio y cine, y mi padre. El pasado 7 de noviembre escribí un post conmemorando el 40 aniversario de su muerte; una conmemoración ésa, la de una muerte, que siempre tiene un sabor amargo. Pero celebrar un nacimiento ha de ser un acto feliz. Hace cien años mi padre nació en Barcelona; no fue un hijo deseado, su padre, casado con otra mujer, no le reconoció. Su madre, una humilde cocinera, nunca se ocupó demasiado de él. Pero, teniéndolo todo en contra, mi padre llegó muy alto y muy lejos. Su nombre brilló con gran intensidad antes de empezar a desvanecerse y, aparte de su gran talento, fue un hombre bueno, generoso y entrañable. Hoy quiero recordarle en sus mejores momentos, pero no hablando de él, sino de su guarida. Una guarida similar a la que don César de Echagüe utilizaba para convertirse en El Coyote, y que mi padre empleaba para dejar de ser Pepe y transformarse en el famoso escritor José Mallorquí.



Hay lugares especiales, mágicos, donde las leyes del espacio y del tiempo se trastocan; lugares donde al entrar te ves transportado a un universo distinto. Uno de esos lugares era el despacho de mi padre, situado en su casa de la calle Españoleto.

Era una habitación muy grande, de unos cuatro metros de ancho por diez de largo (en realidad eran dos habitaciones unidas tirando el tabique que las separaba). Se trataba de un piso antiguo, así que el techo era muy elevado. El despacho tenía dos puertas; la principal, que conducía al salón, y otra al fondo, dando al pasillo. Sólo había una ventana, con vistas a la calle. La mesa de trabajo –grande, vieja, de madera, con muchos cajones y tiradores de bronce- estaba situada frente a la puerta principal; a la derecha (según te sentabas) estaba la ventana y la izquierda había una pequeña mesa auxiliar de acero con una máquina de escribir eléctrica (Olivetti y luego IBM), que era donde realmente trabajaba mi padre. Detrás de la mesa grande se alzaba una librería con la enciclopedia Espasa, y otras dos librerías más pequeñas a izquierda y derecha. También había un sillón de trabajo, un viejo mueble archivador, dos butacas y un par de sillas.

Al fondo, en lo que antes fue una habitación independiente, había otro escritorio, de metal. No sé qué narices pintaba ahí, porque nadie lo usaba, pero ahí estaba, con su correspondiente máquina de escribir... Ahora que lo pienso, puede que en algún momento lo utilizara mi hermano Eduardo cuando ayudaba a mi padre, pero desde que tengo memoria esa mesa estuvo casi siempre vacía. En ese tramo del despacho había dos enormes librerías, una frente a la otra, y al fondo un gran armario.

¿Os hacéis una idea? Bien, ahora imaginaos ese despacho absolutamente abarrotado de cosas y en el más caótico de los desórdenes. Pilas de folios (en realidad guiones de radio), de libros y de revistas amontonándose por todas partes, en el suelo, sobre las mesas, sobre las sillas y sobre una de las butacas, porque la otra la usaba mi padre para leer. Por supuesto, todas las librerías estaban atestadas de libros y papeles.

Un despacho grande y desordenado, vale; pero ¿qué tiene eso de especial? Pues lo que había dentro. Comencemos por la parte noble, la zona donde trabajaba mi padre. Frente al escritorio había una librería con decenas de álbumes; era la colección de sellos de mi padre, que era un notable filatélico. De pequeño me pasaba horas mirando aquellos sellos con una lupa, sellos antiguos de países tan remotos que yo ni siquiera conocía. Y no hay que olvidar la Espasa, toda una fuente de datos curiosos.

A la izquierda, colgando de la pared, había doce láminas enmarcadas; eran reproducciones de estampas coloniales de la Norteamérica de los siglos XVIII y XIX. Y yo, de pequeño, también me pasaba las horas muertas contemplándolas, transportándome con la imaginación ese mundo tan exótico y lejano. Bajo las láminas, sobre el cubrerradiador, había miniaturas de cañones antiguos, reproducciones de estatuillas precolombinas, puntas de flecha prehistóricas, calabazas para beber mate, una pipa de opio... En esa zona del despacho, por todas partes, se veían objetos curiosos: puñales gurkas formando una panoplia sobre la puerta, idolillos polinesios, cuchillos lapones, una espada india, una máscara antigás, revólveres antiguos en pequeñas vitrinas (entre ellos, el mítico Colt 45), reproducciones de radiadores de coches clásicos a escala, una surtida colección de pipas (mi padre fumaba en pipa), un látigo húngaro, una silla de montar mexicana a escala, un rifle del somatén... Sobre el escritorio, dos extraños recuerdos de la guerra: un trozo de hierro retorcido que servía de pisapapeles, pero que en realidad era metralla de una bomba (me ponía los pelos de punta). Y un cenicero de acero que en realidad no era un cenicero, sino parte del pistón del motor de un barco de guerra. Ahora, mientras escribo, ambos objetos descansan sobre el escritorio frente a mí.

También había sorpresas ocultas. En la librería que estaba a la derecha de la Espasa, dentro de un armarito, mi padre guardaba ingentes cantidades de tabaco de pipa. Solía hacer sus propias mezclas, así que había tabaco de muchas clases. Aún recuerdo el olor; me encantaba. Y había cartones de cigarrillos; americanos, ingleses, egipcios... Ignoro qué pintaban ahí, porque mi padre no fumaba cigarrillos, pero durante la preadolescencia distraje más de un paquete para dar mis primeros pasos en la adicción a la nicotina. En el armarito de la librería gemela situada a la izquierda, había una colección de botellines de whisky. Mi padre solía iniciar colecciones que luego abandonaba (salvo los sellos), y entre ellas estaban esos botellines. Durante mi primera juventud, solía dar buena cuenta de ellos; me bebía uno y lo ponía en las filas de atrás, donde no se veía. Al final sólo estaban llenos los botellines de la primera fila.

Al fondo del despacho había, como he dicho, dos grandes librerías atestadas de libros de documentación, la mayor parte de ellos en inglés. Sobre Estados Unidos, sobre el Oeste, sobre armas, sobre historia, sobre fotografía, sobre arqueología, sobre cine... En la librería de la izquierda, mi padre guardaba una colección encuadernada del National Geographic comenzada en los años 40. De niño, yo solía coger algún tomo y contemplar las fotos de lugares remotos de aquellas revistas que olían a aventura. En esas librerías también había otra cosa muy especial de la que hablaré más adelante. Ahora volvamos la mirada hacia el sancta sanctorum del despacho: el armario que se alzaba al fondo del todo.

Era de madera marrón oscuro, grande, con tres cuerpos. Sobre él había unas láminas enmarcadas con imágenes de pájaros exóticos sudamericanos, y encima del armario un montón enorme de latas de cerveza de diversos países apiladas. Porque a mi padre le había dado por coleccionarlas también, pese a que no le gustaba la cerveza. Al principio las guardaba llenas, pero con el paso del tiempo la cerveza fermentó y las latas comenzaron a explotar. A partir de entonces, mi padre las vaciaba haciendo dos pequeños agujeros en el parte superior. Por entonces yo debía de rondar los 18 años y me gustaba la cerveza, así que mi padre, antes de vaciar las latas, las metía en la nevera y me daba a beber el contenido. En una tarde podía tomarme tres o cuatro cervezas... Pero muchas veces no eran la cerveza ligera a la que estamos acostumbrados, sino cervezas norteñas de alta graduación, así que con frecuencia, gracias a mi padre, acababa pillando una simpática cogorza.

Volviendo al armario, mi padre sólo utilizaba el cuerpo de la izquierda para guardar su ropa, en concreto los abrigos y las chaquetas. Y algo más: bebidas alcohólicas; por ejemplo, dos cajas de botellas de whisky. ¿Por qué y para qué había comprado todo ese alcohol? Ni idea, porque mi padre era absolutamente abstemio. Ah, en esa parte también acumulaba material de aseo de reserva. Utilizaba after shave y colonia Old Spice, de modo que a eso olía todo el armario: a Old Spice.

En los otros dos cuerpos, mi padre guardaba sus cosas más valiosas y personales. Por ejemplo, sus relojes. Le encantaban, tenía muchos; de hecho, en cuanto te descuidabas te regalaba un reloj. También almacenaba ahí sus máquinas de fotografiar. Tenía muchas, muy sofisticadas y muy caras. Mi padre siempre fue excesivo en sus aficiones. Recuerdo también una entonces modernísima radio multi-banda (si no me equivoco, en aquella época de la dictadura estaban prohibidas). Con ella se podían captar emisoras de todo el mundo (aparte de la emisora de la policía), pero hacía falta una antena exterior que no teníamos. Lo que hacíamos era conectar la radio mediante un cable a un radiador, para que todas las tuberías de la calefacción sirvieran de antena (sorprendentemente, funcionaba bastante bien). Ahora, con Internet, captar una radio de, qué sé yo, Afganistán, por ejemplo, no tiene nada de sorprendente. Pero en los años 60 era mágico.

En ese armario había muchas cosas, aunque citaré sólo una más: su colección de armas cortas. A mi padre, el hombre más pacífico del mundo, le encantaban las armas. Aparte de las históricas, debía de tener alrededor de una docena de pistolas automáticas, todas en perfecto estado de uso y con abundante munición. Mi padre había practicado el tiro olímpico durante su juventud, pero hacía décadas que lo había abandonado, así que no tenía licencia para aquel arsenal. Aunque en aquellos tiempos todo era un poco raro, porque sus dos principales proveedores de armas ilegales eran un inspector de policía y un militar, ambos fans suyos.

Cuando mi padre se ponía a trabajar, el despacho era un lugar vedado. Prohibido molestarle. Cuando no estaba, se suponía que no debíamos entrar allí. Pero yo lo hacía con frecuencia, me fascinaba ese lugar tan lleno de cosas raras. Me gustaba su olor, una mezcla de tabaco de pipa y Old Spice. Me gustaba la luz, la claridad del primer tramo de la habitación y las penumbras del fondo. Me gustaba aquella acumulación de libros. Me gustaba el desorden. Me gustaba todo. Y muy especialmente aquellas armas prohibidas. De pequeño, cuando no había moros en la costa, abría el armario tabú y empuñaba todas y cada una de las pistolas.

Un inciso: Supongo que pensaréis que mi padre estaba loco al dejar al alcance de un niño un montón de armas y municiones. El caso es que tomó una precaución: desde que me enseñó, siendo yo muy pequeño, la primera pistola, me metió en la cabeza que antes de manipular un arma debía comprobar si había balas en el cargador o en la recámara. Me enseñó cómo hacerlo y yo lo hacía siempre que cogía una pistola. Pero estaba un poco loco, sí.

Como decía antes, en el despacho, en una de las librerías, había otra cosa muy interesante: una nutrida pila de Playboys. Por aquel entonces, esa revista, como todas las revistas eróticas, estaba archiprohibida en España. ¿Qué hizo mi padre? Suscribirse a la edición americana, así que periódicamente llegaba al correo, junto con el Time, el Newsweek o el National Geographic, el último número de Playboy. Un tesoro para un adolescente de la España franquista, qué queréis que os diga.

Ahora que lo pienso, en el despacho de mi padre encontraba alcohol, tabaco, armas de fuego, sexo... Y también drogas, porque por aquel entonces las anfetaminas se vendían en las farmacias sin receta, y mi padre solía consumirlas para poder darse panzadas de trabajo; de modo que en un cajón de su mesa siembre había un botecito o dos de Profamina (aunque yo sólo le cogí una vez, para preparar un examen). La verdad es que teniendo cerca un despacho así no es raro que haya salido como he salido. Es broma; eran otros tiempos y, bueno, sí, mis padres eran un poco raros.

Durante mis primeros 19 años de existencia, la banda sonora de mi vida fue el tecleo de la máquina de escribir de mi padre. Para mí, ese sonido, el impacto de los tipos contra el papel, era dulce, melancólico y evocador. El sonido que acompañaba al trabajo de mi padre. El sonido que procedía de su despacho, de aquel lugar prodigioso y mágico.

¿Habéis leído El aleph, de Jorge Luis Borges? Quizá sea su cuento más conocido. Narra la historia de un hombre que en el sótano de la casa de un amigo encuentra un aleph, “un punto en el espacio que contiene todos los puntos”. Un punto que contiene el universo. Pues bien, el despacho de mi padre era para mí un aleph. Y también un reflejo de su dueño. Caótico, imaginativo, fascinante, contradictorio, apacible, complejo, curioso, reservado, expansivo, interesante, cálido...

Supongo que conocéis la teoría de los múltiples universos. Me gustaría creer que es real, y que en alguno de esos infinitos mundos, llenos de infinitos despachos prodigiosos, mi padre no murió y hoy cumple cien años.

En tal caso, feliz cumpleaños, papá, estés en el universo que estés.

12 comentarios:

CorsarioHierro dijo...

Magnífico texto.

Jose Luis G. dijo...

Tan fantástico como todos los textos que escribes sobre tu familia. Felicidades para tu padre.

Laura T. Marcel dijo...

Entrañable texto para conmemorar el nacimiento de tu padre. Has heredado bien de tu maestro.

César dijo...

Conmovedor.

Samael dijo...

Por un momento creí que no ibas a mencionar la colección de Playboys. Justo en la librería del fondo a la derecha, pero no en estantes verticales, sino dentro del mueble, en la parte baja, donde había unas puertas y unas baldas horizontales. Repletas de criaturas deslumbrantes.
Del resto también me acuerdo, que conste. Me has llevado a momentos increíbles, gracias.

Arthur dijo...

Antes de nada, felicidades a tu padre!! Y a ti por tus novelas, las cuales solo me he leído dos (por desgracia).

Me da un poco de vergüenza pedírtelo, pero... ¿Podrías responder a unas preguntas para mi blog de literatura? Es que he reseñado uno de tus libros juveniles (La Cruz de El Dorado), y me encantaría que pudieses hacerme este gran favor. Si aceptas, solo tienes que responder a este comentario. Y no te preocupes, que serán 5 o 6 preguntas, nada más.
Espero que puedas concederme este gran favor!! ^^

P.D.: Buen artículo!!

César dijo...

Arthur: por supuesto que contestaré encantado a tus preguntas. Si te fijas, al final del blog hay una dirección de correo electrónico; envíame ahí el cuestionario.

Un saludo.

Anónimo dijo...

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Rosaura Zavala dijo...

Ha sido muy conmovedor e interesante entrar a tu blog y leer ''100 años con José Mallorquí''.
Me maravilla la gran fortuna que has tenido de crecer en un ambiente así. ¡Vaya! :)
Sinceramente, yo creo que la vida no empieza ni termina aquí, así que, efectivamente, ¡tu padre ha cumplido 100 años!. Pero que hombre tan más interesante ha sido tu padre.
Como siempre, ha sido un gusto leerte.
Un abrazo!

Anónimo dijo...

realmente interesante. un personaje tu padre, de novela. En mi caso además, reconozco que tengo cierto fetichismo sobre las costumbres y manías de los escritores; y el gabinete de tu padre era desde luego la cueva de alí babá (armas, mujeres hermosas, y objetos de allende los mares). Y no digamos para un quinceañero. Que por cierto, ¿de donde sacaba esos objetos que decoraban el despacho?. Cualquiera diría que se lo traían sus personajes. Y pensando, o repensando sobre su oficio (y el tuyo)...la de horas y horas diarias con la vista y la mente en otros mundos e historias...casi vivía dos realidades distintas, o más bien en una que en otra, a juzgar por lo prolífico que era. Una pregunta: ¿solía comentar en casa argumentos, ideas, personajes e historias, o se los guardaba para sí hasta que lo publicaban?.

Y gracias por desvelarnos sus secretos, y compartirlos.

Mazarbul
.

César dijo...

Mazarbul: La mayor parte de esos objetos raros se los traían amigos suyos, y él por su parte compraba en anticuarios o similares.

Pues sí, mi padre solía comentar sus ideas antes de escribirlas. Sobre todo con mi madre, pero también con mis hermanos, o incluso conmigo cuando fui lo bastante adulto.

Antonio Luis Gómez dijo...

Hola César,

Hace años no sé cómo, llegué a tu blog y leí lo que habías escrito sobre tu padre. Me pareció tan conmovedor y tan gracioso a la vez que no lo he olvidado nunca. Hoy he vuelto a leerlo.

Luego he seguido investigando por internet, y para mi sorpresa me he encontrado que alguien ha utilizado ese texto tan especial tuyo para dar una conferencia sobre el centenario del nacimiento de tu padre.

Aquí te paso el enlace. Espero que el hombre tuviera permiso tuyo porque hay que ser muy descarado. En fin, un abrazo, encantado de poder escribirte.

http://elblogdedonbenito.blogspot.com.es/2013/03/centenario-jose-mallorqui.html?showComment=1364250501426#c6528643514361350463