
No tengo nada contra los relatos de superhéroes; de hecho, leía muchos comics de ese género cuando era un chaval o un pizpireto jovenzuelo. No obstante, reconozcamos que hay algo intrínsicamente ingenuo y un tanto ridículo en la figura del superhéroe: su inconsistencia. No son creíbles; y no me refiero a que no nos podamos tragar que alguien vuele, tenga superfuerza o proyecte rayos por los ojos, no, eso es lo de menos; lo increíble es que alguien se enfunde un traje extravagante y se ponga a luchar contra el mal en solitario y de forma anónima, sencillamente porque sí. Que lo haga a base de puñetazos, o cualquier otra forma de fuerza bruta, no hace más que añadir tosquedad a la ingenuidad.
Vale, podemos recurrir a la suspensión de la incredulidad, aceptar la figura del superhéroe sin más preguntas y disfrutar de las historias. Lo malo es que, con el tiempo, aquellas historias de superhéroes acabaron resultándome cada vez más grotescas y repetitivas, así que dejé de leer ese tipo de comics durante mucho tiempo. Concretamente hasta que, a finales de los 80, comencé a oír hablar maravillas de un tebeo de superhéroes llamado
Watchmen. Lo compré, lo leí y me quedé de piedra pómez. porque Mr. Moore había conseguido conducir al género por sendas nunca antes transitadas. No voy a enrollarme ahora con
Watchmen; quizá lo haga en otra ocasión. Me limitaré a señalar que Alan Moore hizo en ese tebeo lo mismo que Nikos Kazantzakis en
La última tentación de Cristo: llevar hasta sus últimas consecuencias, de forma realista, una idea absurda.
Tras la alucinada lectura de
Watchmen, me puse a buscar más comics de superhéroes “de la nueva hornada”, y me encontré con obras tan excelentes como
Batman año 1,
Dark Knight o el
Daredevil: Born Again, todas de Miller. O el
Miracleman del propio Moore. O
Astro City, de Kurt Busiek, una serie con grandes hallazgos de la que se ha hablado muy poco. O la
Doom Patrol de Grant Morrison, puro surrealismo. También encontré un montón de malas imitaciones, pero eso es otra cuestión.
Con todo esto quiero decir que no tengo nada contra los superhéroes. De hecho, escribí una novela –La compañía de las moscas-, donde jugaba de forma tangencial con la idea de superhéroe. Su protagonista es Daniel, un chaval de quince años superdotado intelectualmente que intenta encontrar su lugar en la vida buscando el modo de marcar la diferencia entre el bien y el mal. Cuando diseñé a Daniel me propuse crear un personaje que fuera absolutamente bueno y, al tiempo, interesante; creo que lo conseguí. Daniel es un ángel, pero un ángel muy complicado. Daniel intenta hacer el bien a pequeña escala rodeándose de gente que necesita alguna clase de ayuda moral. Es una especie de diminuto superhéroe que vuela por Internet oculto por el nick de Mr. Cristal. Por otro lado, Daniel dibuja (para él, sin enseñárselas a nadie) unas tiras cómicas protagonizadas por una pareja de superhéroes: Mr. Cristal, un niño que puede volverse invisible, y el Profesor Furia, un tipo vestido con toga y birrete que emite rayos de pura mala leche. Y es que Daniel, pese a su superior inteligencia, adora los tebeos de superhéroes. Permitidme que transcriba aquí un diálogo de la novela:
— ¿Te gustan los tebeos de superhéroes?
— Me encantan.
— Vaya, no dejas de sorprenderme –Julián arqueó una ceja-. Creí que tú sólo leías a Joyce, Dostoievski, Rilke y cosas por el estilo.
— Pero también comics.
— ¿De vigilantes enmascarados? Vamos, Daniel, eso es basura.
— ¿Ha leído usted alguno, señor Echevarria?
— No necesito leerlos para saber de que no hay nada más absurdo que un tipo musculoso con antifaz y los calzoncillos por fuera de los leotardos.
— Sí, es absurdo –aceptó Daniel-. Por eso los comics de superhéroes son mejores que la vida.
Julián hizo un gesto de extrañeza.
— ¿Qué quieres decir?...
— Los superhéroes –le explicó Daniel-, sólo tienen sentido porque existen los supervillanos. Un hombre de acero con rayos X en los ojos sería una pasada si se limitase a detener navajeros y carteristas. Pero no, el archienemigo de Superman es Lex Luthor, un supervillano.
— Ya; ¿y qué?
— Que eso mismo sucede con los demás superhéroes: todos se enfrentan a supervillanos. El mayor enemigo de Batman es el Jocker; el de Daredevil, Kingpin; el de Spiderman, el Duende Verde; el de la Patrulla X, Magneto; el del Capitán Marvel...
— Vale, vale; creo que lo he captado. Hay superhéroes y hay supervillanos.
— Los superhéroes defienden el bien frente al mal –prosiguió el muchacho-; protegen a la gente incluso poniendo en riesgo su propia vida, y lo hacen sin obtener ningún beneficio, simplemente porque creen que deben hacerlo. Generalmente triunfan, pero incluso cuando no es así, hay, no sé..., hay grandeza en su derrota. Por ejemplo, el Duende Verde (que en realidad se llama Norman Osborn) mató a Gwen Stacey, la novia de Peter Parker. La tiró desde un puente y Spiderman no pudo hacer nada por salvarla, pero al menos el hombre araña estaba allí para llorar su muerte.
— Conmovedor. ¿Y qué?...
— Bueno, ¿no se ha dado usted cuenta?
— ¿De qué?
— De que en la vida real no existen superhéroes –concluyó Daniel-; pero sí supervillanos. Hitler lo era, como Mussolini, Franco o Stalin. Y también Pol Pot y Ariel Saharon y Milosevic y Ben Laden y... En fin, todos supervillanos. Pero ningún superhéroe se enfrentó a ellos.
— Bueno, hubo algunos héroes de carne y hueso que les plantaron cara –objetó Julián, pensativo.
— Sí, pero ¿qué pueden hacer las personas normales para acabar con los supervillanos? Muy poca cosa; para eso hacen falta superhéroes. Y no existen, salvo en los tebeos. Por eso los comics son mejores que la vida: porque en los comics el mal y el bien están equilibrados, y en la vida real no.
En efecto, creo que del fango de los superhéroes pueden surgir insospechadas obras maestras, y no sólo en lo que respecta a los cómics, sino también a la mismísima literatura. Tigre, tigre..., de Alfred Bester, y El señor de la luz, de Roger Zelazny, son dos excelentes novelas de ciencia ficción con elementos extraídos directamente del mundo de los superhéroes. Es decir, con material de derribo también puede hacerse arte. Por cierto, Bester, en los inicios de su carrera como escritor, fue guionista de Batman (entre 1942 y 1947). Y esto nos conduce a donde yo quería llegar: a Batman. Vale, diréis, ¿era necesario tanto rodeo para eso? Pues probablemente no, pero no olvidemos que, por desgracia, una de las señas de identidad de este blog son los largos rodeos.
Suele decirse que Batman es un superhéroe más creíble porque no posee poderes sobrehumanos, pero a mí me produce exactamente el efecto contrario. Vamos a ver, si un tipo decide ponerse unas mallas azules, calzoncillos rojos por encima de las mallas y botas y capa a juego con los calzoncillos, yo difícilmente podría contener la risa, salvo que le viera en un escenario rodeado de Drag Queens. Pero si veo a ese tipo, vestido de idéntica manera, arrancando un secuoya con la fuerza de sus brazos, os juro que me lo tomaría muy en serio. Vamos que Superman podría llevar pololos rosa y nadie se cachondearía de él, con la posible excepción de Lex Luthor. Así pues, un tipo normal vestido de murciélago dando brincos por la ciudad me parece un espectáculo sencillamente grotesco.
No obstante, hay algo que redime a Batman: su galería de villanos. El Joker, El Pingüino, El Espantapájaros, El Acertijo, Dos Caras, la voluptuosa y sado-maso Catwoman... Todos ellos son figuras deliciosamente surrealistas y llenas de encanto. Dicen que el tamaño de un héroe se mide por la talla de sus enemigos, y en ese sentido Batman es un héroe enorme. Pero sólo en ese, porque, reconozcámoslo, Batman es un fascista, como se evidencia en el Dark Knight de Miller. O un loco; Moore sugiere que Batman y el Joker no son más que dos chiflados persiguiéndose mutuamente.
Así que tenemos un personaje que, o es un facha, o es un pirado. O un facha pirado que, además, va disfrazado de murciélago. ¿Eso mola? A mí, lo reconozco, no mucho. Pero, evidentemente, el personaje tiene tirón popular. Dejando aparte la famosa serie pop de TV, Batman fue, tras Superman, el segundo superhéroe en ser llevado al cine por todo lo alto. Tim Burton dirigió dos películas que eran un auténtico coñazo, aunque contaban con una excelente dirección de arte. Ah, vale, en la segunda Michelle Pfeiffer componía a una Catwoman de quitar el hipo que por si sola justificaba el precio pagado por la entrada. Joel Schumacher continuó la franquicia dirigiendo otros dos títulos que oscilaban entre la psicodelia barata y lo explícitamente hortera. Pura basura; aunque, eso sí, basura cara. Tan malas fueran estas dos películas, que la serie se dio por clausurada.
Pero en 2005 llegó el Batman Begins, de Christopher Nolan con un nuevo enfoque para el hombre murciélago, y tanto el público como la crítica acogieron el film con cierto entusiasmo. ¿Mi opinión? Me divirtió moderadamente la primera parte del metraje y me aburrí profundamente con la segunda mitad. Pese a todo, me pareció la mejor aproximación cinematográfica al personaje realizada hasta el momento. Lo sé, lo sé, más de uno intentará reivindicar la labor de Tim Burton; pero es inútil, al menos en lo que a mí respecta, pues creo que Burton es el director vivo más sobrevalorado y sólo le reconozco una buena película; el resto no me parecen más que excelentes ejercicios de dirección artística envolviendo al vacío absoluto.
Finalmente, este año se estrena el segundo Batman de Nolan, The Dark Knight, y a todo el mundo se le hace el culo Pepsicola. La crítica ha puesto la película por las nubes de forma casi unánime y en cuanto a los espectadores, baste decir que ya es el segundo film más taquillero de la historia. Todo dios ha hablado maravillas de este caballero oscuro e incluso se reclama un Oscar póstumo para Heath Ledger. En fin, ante tanta alabanza, y pese a que el anterior título no me había hecho mucho tilín, fui a ver la película hace una semana.
¿Mi opinión? Me divirtió moderadamente la primera mitad del film y me aburrí monstruosamente con la segunda. De hecho, me aburrí más que en el anterior título, porque la nueva entrega es aun más larga. Me apresuro a aclarar que hay al menos dos aspectos sobresalientes en el film. En primerísimo lugar, la actuación de Heath Ledger. Veréis, el Joker de Jack Nicholson era en el fondo un payaso simpaticote; pero el Joker de Ledger hace exactamente lo que debe hacer: acojona. ¿Que Ledger se pasa tres pueblos en su composición del personaje? Cierto, pero si hay un personaje que pide a gritos sobreactuación, ese es el Joker. En cualquier caso, la película alza el vuelo cada vez que aparece en escena Ledger y se hunde en el muermo cuando no está. El segundo aspecto sobresaliente es la actuación de Gary Oldman, que consigue dar una densidad insospechada a un personaje que, al menos sobre el papel, no la tiene. Añadiría también la secuencia inicial del robo al banco por el Joker y sus secuaces, realmente bien rodada.
Ahora bien, toda la película tiene un tono solemne, engolado, que a mí me toca bastante las narices. Es como si Nolan dijese: vale, es Batman, un loco disfrazado, es ridículo, pero fijaos en lo serio y trascendental que me pongo. Pues lo siento, toda esa trascendencia y gravedad se va a hacer puñetas en cuanto aparece Batman, un facha, un pirado vestido de fantoche. Sencillamente, no me lo puedo tomar en serio. O, más apropiadamente, por mucho que engole la voz, Nolan no consigue que me lo tome en serio. Pero eso no es lo peor de la película; lo realmente chungo es que la segunda mitad del metraje consiste en una serie acumulativa de clímax que, lejos de conducir a un tsunami de tensión, sólo consiguen que el espectador se desconecte y, como en mi caso, se aburra mortalmente. ¿Por qué va a importarme lo más mínimo que Maggie Gyllenhaal vuele o no por los aires? Su personaje no está desarrollado, sólo es una presencia sin demasiado interés. ¿O es que tengo que acordarme de la sosa de Katie Holmes para intentar sentir un poco de empatía? Por favor... ¿Y quién es Harvey Dent? Es Aaron Eckhart haciendo de fiscal, nada más. En cuanto a Bruce Wayne, sólo puedo decir que Chistian Bale se muestra igual de expresivo cuando lleva máscara que cuando no la lleva. Parece como si se hubiera tragado el palo de una escoba. Por lo demás, es una pena que actores tan portentosos como Michael Caine y Morgan Freeman estén en esta película tan absolutamente desaprovechados.
Pero vayamos al supuesto meollo trascendental de la cinta, la tenue frontera que separa el bien del mal. Como apunte no está mal, pero se queda en eso, en mero apunte sin desarrollar. Porque, vamos a ver, el Joker será un hijo de puta, pero al menos es un hijo de puta consciente, lúcido, mientras que Batman es un facha que se salta alegremente las leyes, practicando desde la tortura hasta el secuestro, y no parece enterarse. Qué queréis que os diga, personalmente me quedo con el Joker, que en resumidas cuentas es lo único estimulante y magistral de esta aburrida película (y también la actuación de Gary Oldman, vale).
¿Es The Dark Knight, en mi opinión, un mal film? No, es un film mediocre, con algunos aciertos y numerosos fallos. Lo que no me explico, lo que no logro entender por mucho que lo intente, es a qué se debe el desmesurado éxito crítico y comercial de la película. Supongo que hay algo que se me escapa, sin duda debo de estar equivocado, pero los bostezos que amenazaban con desencajarme la mandíbula mientras veía la segunda parte del film eran totalmente sinceros, os lo juro.
Para mi gusto, la mejor película de superhéroes que he visto es Spiderman 2, seguida a cierta distancia por X Men 2. El resto me parecen entre mediocres, malas y horrendas. Y es que, a mi modo de ver, el medio natural de los superhéroes es el comic, y su traslación al cine no acaba de cuajar. Aunque, claro, en esto también puedo estar equivocado. Esperemos a ver qué pasa con el Watchmen de Zack Snyder, aunque desde ya me atrevo a aventurar que, aunque sea una buena película, será una mala película, en el sentido de que forzosamente traicionará al comic original de Moore y Gibbons.
Ya veremos.