“Nunca
pienso en el lector, porque el mayor acto de respeto hacia el lector es
ignorarlo. Si piensas en el lector, ya sería algo falso porque no estarías
haciendo lo que quieres. Yo escribo para mí, pero supongo que es para construir
e investigar mi propio mundo poético y material”.
El párrafo que he reproducido ahí
arriba lo he extraído de una entrevista con un más o menos conocido presunto
escritor, presunto narrador, presunto novelista que ya ha aparecido en esta
tierra ignota de Babel. ¿Sabéis quién es? Ya sé que es difícil adivinarlo, pues
pseudointelectuales dispuestos a decir soplapolleces los hay a paletadas. Os
voy a dar una pista: es un autor que, literariamente hablando, en vez de
ofrecerte delicioso chocolate suizo, te da Nocilla.
¡Premio! El escritor (aquí fue donde
puse “escrotor”) en cuestión es el inefable Agustín Fernández Mallo -autor de
la no menos inefable Trilogía Nocilla-, que hace unos meses, cuando dijo otra
chorrada, ya tuvo su momento de gloria en este blog (aquí).
El caso es que leí el comentario de
AFM en una entrevista que le hicieron en El País, y me entraron ganas de
comentarlo aquí, pero me pareció que era darle demasiada cancha al personaje.
Más adelante, leí en el mismo periódico un artículo de Carlos Boyero en el que
comentaba la bobada dicha por Mallo (calificándola de eso, de bobada). Y, como
estaba claro que el destino así lo quería, recorté esa parte del texto para
reproducirlo en el blog. Entre tanto, vi en una librería el reciente libro de
Alfaguara que reúne los tres títulos del Proyecto Nocilla y... no, no lo compré
(¿creéis que estoy tan loco?), pero si me quedé ahí un rato hojeando el libro,
picoteando aquí y allá. No es una forma adecuada de leer, es cierto; pero en
este caso da igual. Dado que no existe el menor hilo narrativo, puedes empezar
a leer donde quieras para luego saltar a donde te dé la gana. Cierto es que si
lo lees en diagonal no le encuentras sentido. Pero creo que si lo lees de
principio a fin tampoco.
Por
lo visto, AFM presume de no leer demasiada literatura. Se nota. Se nota
mucho. Se nota muchísimo. Porque escribe rematadamente mal. Entendedme, no es
que no me gusta lo que escribe, sino que lo que escribe, con independencia de
que me guste o no, está incorrectamente escrito, con errores de sintaxis, un
notable desconocimiento de las normas de puntuación y una severa dificultad
para expresarse. Por lo demás, es una especie de collage con pensamientos
supuestamente profundos que en su mayor parte son banales, un pretendido y
pretencioso tono poético y unas reflexiones farragosas que, o están mal
expresadas o no significan nada.
Pero bueno, a lo que íbamos. Mi mala
cabeza me hizo perder el recorte, así que busqué la entrevista en Internet. Y
no la encontré, pero sí otras entrevistas, tres o cuatro, en las que Mallo
decía lo mismo con más o menos las mismas palabras (como si se lo hubiese
aprendido de memoria). Aunque en la entrevista de El País no decía “para
construir e investigar mi propio mundo poético”, sino “mi propia poética”, que
queda más cool. Pero bueno,
vamos a reflexionar sobre tan brillante
frase.
De entrada, justo es reconocer que
AFM tiene razón en cierto sentido. En
cuanto al tema y al argumento, no debes basarte en lo que crees que pueda
interesarle más a los lectores, sino en lo que te interesa a ti. Esa es la
única forma de que tu texto sea auténtico y honesto. Si luego le interesa a los
lectores o no es otra cuestión. Pero si escribes dependiendo de los intereses
de los demás, lo máximo que llegarás a ser es un mercenario de las letras.
Ahora bien, AFM añade a
continuación: “Yo escribo para mí”. De hecho, acabo de encontrar otra
entrevista donde afirma: “Yo escribo para mí, para investigar mi poética, creo
que escribir para el lector es un error. La presunción de inteligencia en él te
obliga a ser honesto en cuanto a tu poética”. ¿Veis?: dice poética. Dos veces.
Una pregunta: Estimado AFM, si
escribes para ti, si lo único que te interesa es investigar tu... eh...
poética, todo lo cual me parece estupendo, ¿por qué demonios publicas? Porque
al publicar tus textos conviertes ese supuesto acto de introspección en un acto
de comunicación, lo que es muy distinto.
Verás, es la misma diferencia que
entre masturbarse y hacer el amor. Cuando te masturbas, lo haces pensando única
y exclusivamente en tu propio placer. Dicho a tu manera: Te masturbas para
investigar tu propia erótica. Ahora bien, cuando haces el amor, además de
buscar tu placer, se supone que también debes contribuir al placer de tu
pareja. De hecho, tu placer dependerá en gran medida del placer de ella. Así
que, en vez de dedicar un escaso par de minutos a un apresurado mete-saca y luego a otra
cosa, lo que debes hacer es postergar tu orgasmo (la más estimulante forma de
procrastinación que existe, por cierto), acariciar, besar, decir cosas bonitas,
ya sabes (supongo). Para que me entiendas: eso es narrar; lo que haces tú es
masturbarte.
Pues bien, si lo único que quieres
es investigar tu... esto... poética, ¿no habría sido mucho más consecuente
guardarte los textos y no enseñárselos ni a tu abuelita? Antes de morir,
podrías dárselos a un amigo para que los quemara. Es lo que hizo Franz
Kafka con Max Brod. Lo que pasa es que
Brod le traicionó y publicó los textos, haciéndole de paso un favor a Kafka -o
al menos a su memoria- y a todos nosotros. En tu caso, no te preocupes: si
eligieras a un auténtico amigo, te haría un favor (a ti y al resto del mundo) y
los quemaría.
Pero estoy siendo injusto; AFM no es
el único ¿escritor? al que le he leído ufanarse de no escribir para los
lectores. Hubo uno, lamento no recordar quién, que más o menos dijo: “Yo hago
todo el trabajo al escribir un libro, así que le corresponde al lector el
esfuerzo de leerlo”. Pues no, olvidado amigo, de ninguna manera. Ya sé que te
has esforzado mucho en escribir tu libro, pero nadie te ha pedido que lo hagas.
Además, el libro no lo regalas; el lector paga por él, así que tiene todo el
derecho a exigir, porque los veinte eurazos que ha soltado podría haberlos
dedicado a comerse unas gambas, o a comprar otro libro, así que debes darle un
buen motivo para que elija el tuyo. Él es el cliente, y tú quien le proporciona
un servicio.
La novela es narrativa, y la
narrativa consiste en contar una o varias historias. Lo cual significa que lo
primero que debe tener un escritor es algo que decir, historias que contar. En
cuanto al arte de narrar, consiste en contar historias de la forma más
atractiva y efectiva posible, persiguiendo el placer del lector. Porque ése es
el objetivo de toda forma de arte: el placer (estético, intelectual y/o
emocional) de quién se expone a él.
Contar
una historia de forma ardua, embarullada y aburrida ES FÁCIL. Lo puede hacer
cualquiera, está al alcance del más inepto. Por el contrario, contar un
historia de forma fluida, con interés, con inteligencia y provocando emociones
ES DIFÍCIL. Para poder conseguirlo hace falta mucho aprendizaje, mucho tiempo y
mucho esfuerzo.
Además, ¿qué significa eso de
“escribir para mí”? ¿Acaso aparte de escritor no eres lector? Pues entonces
querrás que el autor, aunque seas tú, narre lo mejor posible. Salvo que tengas
mucha manga ancha con ese autor que eres tú mismo, claro. O que no leas
demasiada literatura, lo que explica muchas cosas.
Me pondré de ejemplo. Como he comentado
muchas veces, escribí La isla de Bowen
para mí. Cierto género literario, la aventura clásica, me gustaba mucho y hoy
casi no existe. Quería volver a leer una novela así, y como nadie la escribía,
lo hice yo, sin importarme lo más mínimo si eso de la aventura clásica le
interesaba a alguien más o no. Ahora bien, yo como lector le exigí a mi yo
escritor que me contara una buena historia de forma atractiva y emocionante,
respetando mi inteligencia y divirtiéndome. Que narrara bien, vamos; a fin de
cuentas, es lo que me exijo siempre (aunque supongo que no siempre lo consigo).
En resumen: Lo que quiero contar es
asunto mío; la forma en que lo cuento pertenece al lector.


















