jueves, agosto 28

Noche de agosto en Madrid

Hace muchos, muchos años, cuando yo era un niño, un adolescente o un alocado jovenzuelo, Madrid era una ciudad amable. En realidad, Madrid era un pueblo grandote, un pueblo lleno de pueblerinos emigrados de otros pueblos, un pueblo con aires de pueblo, olor a pueblo y ritmos de pueblo. ¿Me he pasado con lo de “olor a pueblo”? Pues no, porque en todos los barrios de Madrid había vaquerías; es decir, tiendas donde se vendía leche recién ordeñada de las tres o cuatro vacas que había en la parte trasera del establecimiento. De modo que ibas por el centro de la ciudad y era enteramente normal percibir olor a vaca y estiércol.

(Nota: no me gusta contar estas anécdotas jurásicas porque me hacen consciente de lo alarmantemente talludito que soy. Y también, por cierto, provocan mi asombro al evocar el sombrío y casposo mundo donde nací)

Cuando digo que Madrid era una ciudad amable, quiero decir que había un tráfico moderado, que la gente era simpática, que el ritmo de vida era apacible, que las calles invitaban al paseo. Así era once meses al año, pero al llegar agosto la amable villa se convertía en un páramo. La gente, igual que ahora, huía en masa del atroz calor de la ciudad; sólo se quedaban cuatro pringados, lo cual se traducía en que todo cerraba. Era una odisea encontrar una farmacia abierta, o una tienda de comestibles, o un simple bar; ni siquiera se estrenaban películas. La verdad es que Madrid se convertía en un remanso de paz, pero también en un ominoso desierto. La cosa era un poco aburrida, si queréis que os diga la verdad.

Madrid, hoy, es un caos, una ciudad histérica y agresiva donde todo el mundo va como si llevara una guindilla insertada en el recto. El tráfico parece una invasión de mecánicos y cabreados extraterrestres, las personas son bordes a la primera de cambio, todo va rápido, nadie pasea. Una mierda de ciudad, para seos sincero. Hasta que llega agosto. Porque al llegar ese mes, Madrid, igual que antaño, se vacía. Pero no tanto como antes, de modo que sigue habiendo tiendas abiertas y no tienes que encasquetarte un salacot para buscar un bote de aspirinas. Y, al mismo tiempo, apenas hay tráfico, puedes aparcar donde quieras, el ritmo es más lento, la gente es más agradable y todo invita al tranquilo paseo (menos el calor, por supuesto). De hecho, Madrid en agosto se convierte en la ciudad perfecta.

Veréis, si entráis en Madrid por el sur o por el este, os haréis una idea bastante aproximada de la realidad: la ciudad está en medio de un secarral y tiene unos alrededores horribles. Si entráis por el norte, la cosa mejora un poco, pero conforme os acerquéis a Madrid tropezaréis con un Dédalo de autovías salpicado de polígonos industriales y parques empresariales. Ahora bien, si entráis por el noroeste la cosa cambia mucho. Vais por la A-VI en medio de feraces urbanizaciones y lujosas zonas residenciales y, de repente, os encontráis con la ciudad, a lo lejos, elevándose sobre un mar de verdor. Esa es, sin duda, la entrada más mentirosa de Madrid, pues esa explosión vegetal se debe a que ahí están las dos mayores zonas verdes de la ciudad: los montes del Pardo y la Casa de Campo. Y su segundo jardín público, el Parque del Oeste, así como los jardines del Palacio Real y de la Cuesta de la Vega. El noroeste de la ciudad siempre me ha gustado.

De todas formas, decir “noroeste de la ciudad” es ser poco preciso. En realidad, me refiero al arco comprendido entre el Viaducto de Segovia y la Moncloa. El viaducto es eso, un viaducto que salva el desnivel de la calle Bailén sobre la calle Segovia. Antes era el lugar preferido de los suicidas madrileños, pues sus 22 metros de altura garantizan un eficaz espachurramiento, pero hace unos años el ayuntamiento puso unas mamparas de cristal protegiendo la barandilla para evitar los vuelos en picado. El viaducto no es especialmente bonito en sí mismo, pero me encanta su entorno, las callejas que lo rodean y las pequeñas zonas ajardinadas que hay en sus costados. Muy cerca está la Calle Mayor, la más antigua de Madrid, y justo al lado contrario, partiendo de la (espantosa) catedral de la Almudena, se encuentra la Cuesta de la Vega, uno de mis lugares favoritos. Es una sinuosa y pronunciada bajada que lleva desde la calle Bailén hasta la Ronda de Segovia; su trazado es árabe (cerca, en los Jardines del Emir Mohamed I, se conservan -muy mal- restos de la primitiva muralla) y está cubierta de pequeños jardines. Las vistas sobre la Casa de Campo son impresionantes y en verano no suele haber mucha gente. Un poco más allá se encuentra uno de los escasos lugares castizos que le quedan a Madrid: la Vistillas, unos jardines así llamados por sus vistas sobre la Ribera del Manzanares, el Parque del Moro y el Palacio Real. Allí, a mediados de agosto, se celebran las famosas fiestas de La Paloma.

Si seguimos hacia la Moncloa, justo al lado de la Cuesta de la Vega y de la Almudena, tenemos el Palacio Real y sus jardines . Allí, junto al patio de armas del palacio, pueden contemplarse los mejores atardeceres de Madrid (y Madrid, al estar a casi 700 m. de altura, tiene unos atardeceres preciosos). Continuando hacia el norte por la calle Ferraz está el Parque de la Montaña. Se llama así, porque en ese lugar estuvo el Cuartel de la Montaña, que en julio del 36 se alzó en armas contra la República y fue literalmente arrasado. Tan arrasado, que ya no queda ni rastro de él, salvo un horrible monumento fascista que Arias Navarro –a la sazón alcalde de la villa- erigió en 1972. Dejando aparte esto, el parque es un bonito jardín (en realidad, una prolongación del Parque del Oeste) que contiene una de las mayores curiosidades de la ciudad: el Templo de Debod, un santuario egipcio de 2.200 años de antigüedad. Egipto se lo regaló a España en 1.968 por su colaboración en el salvamento de los tesoros artísticos que iban a ser anegados por la presa de Asuán. Es un lugar muy mágico, aunque suele haber mucha gente, incluso en verano; entre otras cosas, porque allí, al atardecer, se celebran conciertos al aire libre.

Y, pegadito al Templo de Debod, comienza el Parque del Oeste. Veréis, el parque más famoso de Madrid es El Retiro, y con razón, porque es una maravilla. Pero está lleno de gente, sobre todo los fines de semana. El Parque del Oeste es mucho menos conocido y, por tanto, está menos frecuentado. Pero, antes de seguir, una pequeña digresión:

En el Retiro existe lo que posiblemente sea la única estatua del mundo dedicada al demonio: el Ángel Caído. Pues bien, Álvarez del Manzano, anterior alcalde de Madrid, era un meapilas de cuidado, y eso de que hubiera una estatua de Satanás le reconcomía por dentro, de modo que hizo una suscripción popular para sufragar una estatua de la virgen con el objetivo de colocarla en el Retiro como celestial desagravio. Afortunadamente, Patrimonio Nacional le dijo que eso de modificar el parque no era buena idea y le negó el permiso. Entonces, el beatorro alcalde se encontró con una estatua de la virgen sin ubicación, de modo que la puso en el Parque del Oeste. Bajando por el paseo de Camoens puede verse a la izquierda; afortunadamente está bastante oculta, porque es un espanto.

Volviendo al Parque del Oeste, reconozco que siento debilidad por él. Se trata de un jardín de estilo inglés, con grandes extensiones de hierba; el terreno tiene muchos desniveles, así que forma colinas y diminutos valles recorridos por senderos sinuosos. Hay una hermosa rosaleda, una ruta botánica, instalaciones deportivas, un observatorio de aves y un teleférico que conduce a la Casa de Campo, pero lo mejor es perdersepor el parque y pasear sin rumbo fijo, disfrutando de la tranquilidad.

En fin, esa es la zona de mi ciudad que más me gusta. Es agradable contemplar el atardecer junto al Palacio Real, y luego cruzar a la acera de enfrente para tomar un helado en Palazzo, o unas cañas en la vieja taberna El Anciano Rey de los Vinos. Después podemos dirigirnos al cercano Paseo de la Florida, junto al Manzanares, al lado de la Ermita de San Antonio de la Florida (la de los frescos de Goya), y cenar en Casa Mingo, una sidrería fundada en 1888 donde sirven los mejores pollos asados de la ciudad. Por último, no es mala idea dirigirse a la calle Rosales; allí, a la vera del Parque del Oeste, hay varias terrazas, de las de toda la vida, viejos quioscos flanqueados por largas filas de mesas y sillas donde puede tomarse horchata, granizado de limón o leche merengada.

Madrid en agosto, de noche, me recuerda a un cuadro de Edward Hooper; soledad y calidez al mismo tiempo, el ritmo lento de un blues en la madrugada, anónimos paseantes que se cruzan como barcos bajo las estrellas.

Por desgracia, agosto está a punto de concluir y dentro de poco Madrid volverá a ser una ciudad neurótica sin pizca de poesía. Qué pena.

lunes, agosto 25

Chapeau

He logrado resistirme a la tentación de escribir sobre la Olimpiada, pero ahora que ha acabado me voy a permitir un espero que breve comentario. Como todo el mundo sabe, los deportistas de élite norteamericanos suelen ser bastante antipáticos; supongo que se consideran a si mismos los superhombres & supermujeres del imperio y han acabado dominando como nadie el arte de mirar por encima del hombro al resto del mundo. En particular, los baloncestistas yanquis se llevan la palma de la antipatía, pues además de ser superhombres, están forrados de pasta y saben que su liga es la mejor del mundo, todo lo cual los convierte en auténticos monumentos a la vanidad y al desdén. El ejemplo perfecto es Kobe Bryan, un extraordinario jugador que no sólo es despectivamente borde con el mundo en general, sino también con sus propios compañeros.

Durante mucho, mucho tiempo, el baloncesto norteamericano estaba a años luz del baloncesto de los demás países. Tan superior era, que para ganar les bastaba con mandar selecciones universitarias a las competiciones internacionales. Sencillamente, arrasaban. Pero los tiempos cambian, y poco a poco el baloncesto fue sofisticándose en los demás países. En los Juegos Olímpicos de Seúl 88, Rusia, comandada por un espléndido Sabonis, derrotó a los cándidos universitarios de USA en semifinales. Cuatro años después, en Barcelona 92, los yanquis presentaros su famoso Dream Team, un equipo plagado de estrellas de la NBA que, como es natural, arrasó. A partir de entonces, quedó claro que ya no bastaba con mandar a un puñado de críos larguiruchos para subir al podio; había que seleccionar jugadores de la NBA. Eso hicieron, y USA ganó el oro tanto en Atlanta 96 como en Sidney 2000, pero cada vez les costaba más trabajo, cada vez subía más el nivel del resto de las selecciones.

Y llegó Atenas 2004. Los yanquis presentaron un supuesto nuevo Dream Team formado por jugadores de la NBA. Muy buenos, desde luego, pero no los mejores o, al menos, no todos los mejores. Argentina los derrotó en semifinales y el todopoderoso basket USA tuvo que conformarse con el bronce. De lo que sucedió en los Mundiales no voy a hablar, porque está en la dulce memoria de todos.

Heridos en su orgullo, los yanquis han presentado en Pekín 2008 un auténtico Dream Team formado por los mejores jugadores de la NBA. Un excelente equipo, muy, pero que muy motivado, que durante el torneo ha vapuleado sin piedad a todos sus contrincantes... hasta llegar a la final. También vapuleó a España, es cierto, pero permitidme una opinión: ese partido de la primera fase no tenía ninguna importancia, pues ambos equipos estaban ya clasificados, de modo que España se guardó muy mucho de mostrar su mejor arma frente a los yanquis: la defensa. En ese partido, si hacéis memoria, España jugó con una defensa muy débil, centrándose en el ataque, algo sin duda suicida frente a un equipo como el americano (es jugarles con sus mismas armas, siendo ellos muy superiores en este aspecto).

Pero llegó la final, amigos míos, y se acabó el garbeo de los yanquis. La selección española –que no estaba ni mucho menos tan fina como en los Mundiales-, plantó cara a los petulantes “superhombres” y jugó uno de los mejores partidos que he presenciado en mi vida, con una defensa en zona que volvió literalmente locos a los rivales. Salvo durante el primer cuarto, España estuvo por detrás en el marcador, pero siempre cerca, echándole el aliento en el cogote a esos gigantones adictos a los esteroides (a escasos minutos del final, USA ganaba sólo por dos puntos). Al final, los yanquis ganaron por 118-107, pero tuvieron que sudar la camiseta. Aunque... no quiero ser chauvinista, pero durante todo el torneo, los árbitros parecían aplicar las normas NBA a los yanquis y las normas FIBA a los demás equipos, lo cual es evidentemente injusto. Vale, los yanquis están acostumbrados al paso extra de salida y a defensas más contundentes; pues juguemos con la normativa NBA, pero todos igual. Sinceramente, si los árbitros hubiesen pitado todos los pasos y personales que cometieron los yanquis, no estoy seguro de quién habría ganado.

En cualquier caso, da igual. Ganaron los yanquis y probablemente sea justo, pues son un gran equipo. Pero ya no pueden seguir pavoneándose como antaño. Para ganar deben seleccionar sus mejores jugadores, sus estrellas, y ni aún así lo tendrán fácil. Los yanquis se han llevado el oro, en efecto, pero más vale que borren esa sonrisa suficiente de la boca, porque, permitidme un pareado, se les ha encogido tanto el ojete que no cabía ni un cacahuete. En cuanto a la selección española, chapeau, por supuesto.

Una cosa más. Estados Unidos es el imperio, vale; pero me toca las narices la prepotencia que demuestran. Entendedme, no soy antiamericano, ni mucho menos. Hay muchísimas cosas de los americanos que me gustan y sé que su cultura forma parte inseparable de mi cultura (el cine, por ejemplo). Admiro gran cantidad de valores consustanciales a USA, la capacidad de innovación, el pragmatismo, el sentido de la libertad y de la independencia, pero al mismo tiempo me tocan las narices sus defectos. Las grandes naciones, como los grandes hombres, tienen grandes virtudes y grandes defectos, y uno de los grandes pecados de los yanquis es su desmesurado ombliguismo. Para ellos, sólo hay un país de verdad en el mundo: USA; el resto de los estados son poco más que parques temáticos a su servicio.

Así pues, Estados Unidos, en su imaginario, debe estar siempre por delante de los demás, y sus ciudadanos deben ser mejores que los del resto del mundo. A ellos les corresponden los grandes récords; y, en particular, la velocidad. Los yanquis adoran las marcas, los superlativos; sobre todo, les chifla el título de “hombre más rápido del planeta”. ¿Concebís algo más americano? Ése es el motivo de que USA haya dominado tradicionalmente las carreras de velocidad. Hasta que en esta olimpiada los jamaicanos, capitaneados por ese extraterrestre llamado Usain Bolt, no sólo le han sobado el morrillo a los yanquis, tanto en las pruebas masculinas como femeninas, sino que además han pulverizado todos los récords.

Llamadme mezquino si queréis, pero encuentro muy satisfactorio que un diminuto país lleno de descendientes de esclavos humille al gigante americano. A fin de cuentas, si Goliat se hubiese cargado a David, nadie se hubiese molestado en contar la historia. ¿Un coloso vapuleando a un chaval?... eso no es noticia. Pero el pequeño David se cargó al enorme Goliat, y eso es lo que en el fondo todo el mundo deseaba. Yo creo que incluso los filisteos se alegraron de que alguien le bajara los humos a aquel chulo culturista.

Y es que no hay nada más tonificante que ver cómo, de vez en cuando, alguien le da una colleja al matón del barrio.

martes, agosto 19

Soy una especie en extinción

Pensaba escribir sobre otra cosa, pero el azar ha determinado que esta mañana tropezara con una información tan inquietante que me siento obligado a divulgarla cuanto antes. Veréis, mi apellido tiene ventajas e inconvenientes. De entrada, es un apellido poco común, lo cual resulta útil a la hora de reservar mesa e identificarte en los restaurantes. Además, se le relaciona inmediatamente con el Mallorquí más famoso, mi padre, y eso me ha granjeado las automáticas simpatías de muchos desconocidos.

Anécdota: hace tiempo, estaba yo en el aeropuerto de Barajas sacándome la tarjeta de embarque en clase turista para un vuelo a Barcelona. El empleado de Iberia que me atendía –un caballero de unos cincuenta años- realizó todos los trámites, pero antes de entregarme la tarjeta se fijó en el apellido que figuraba en el billete. “¿Es usted pariente de José Mallorquí?”, me preguntó. Le respondí que era su hijo y el buen hombre estuvo un rato hablando maravillas de mi padre. Entonces se detuvo un momento, rompió la tarjeta de embarque que acababa de imprimir e hizo una nueva, pero esta vez de primera clase. “No puedo consentir que un hijo de José Mallorquí viaje en turista”, dijo al tiempo que me entregaba la tarjeta.

El problema de mi apellido es su, al parecer, confusa ortografía. Con frecuencia lo escriben “Mallorquín”, o “Mayorquín”, o “Mayorquí”, o incluso “Marroquí”. Una lata, vamos; hasta tal punto que, cuando me preguntan cómo me llamo, suelo responder, todo seguido y sin respirar: “Mallorquícondoselesyacabadoenilatina”. En cualquier caso, estoy razonablemente contento con mi apellido. Según me contó mi padre, es judío y su origen se encuentra en una familia valenciana que tenía una barca con la que realizaba frecuentes viajes comerciales a Mallorca. Sus vecinos, en vez de molerlos a palos –como solía hacerse con los judíos en el pasado -, les llamaban “los mallorquí”, los de Mallorca. Ignoro si esta historia es cierta o no; indudablemente es un apellido judío, pero no estoy seguro de lo de la barca, entre otras cosas porque no hay ni un puñetero Mallorquí en Valencia. Sea como fuere, jamás me había preocupado particularmente por mi apellido. Hasta hoy.

Veréis, esta mañana, mientras escribía la segunda novela de Carmen Hidalgo, se me ha ocurrido comprobar el origen del apellido de uno de los personajes (“Zayat”, en concreto). Lo he buscado con ayuda de Google y he acabado en kindo.com, una página que ofrece información genealógica. Y también la posibilidad de averiguar al instante cuánta gente con un determinado apellido hay en España. Una tentación demasiado grande para dejarla correr, de modo que he tecleado “mallorquí” y he pulsado enter. ¿Sabéis la respuesta? En total, hay 226 personas así apellidadas en nuestro país. 135 en Gerona, 56 en Barcelona, 20 en Tarragona y 6 en Madrid (ya, faltan nueve; supongo que no estarán localizadas).

¡226 personas, vaya miseria! Con eso no llenas ni un cine de barrio, es deprimente. Si un día los López (hay casi 900.000) se cabrean con los Mallorquí, nos corren a gorrazos. ¿Pero qué demonios le pasaba a esa familia de barqueros valencianos? ¿No les gustaba follar o es que seguían un severo plan de control de la natalidad? ¿O quizá los Mallorquí somos un grupo de inadaptados incapaces de hacer carrera en el viejo juego de Darwin? Joder, me siento una especie en peligro de extinción. Peor aún, porque se habla mucho de los linces, pero aún quedan 1.200 ejemplares, una multitud en comparación con los Mallorquí. ¿Y qué me decís de los tigres? Los ecologistas se rasgan las vestiduras llorando por los tigres, pero quedan unos 6.000 ejemplares; es decir, 26’5 veces más que ejemplares de Mallorquí. ¿Y los gorilas de montaña? Todo el mundo va por ahí diciendo: ay que nos quedamos sin gorilas de montaña, ay que penita más grande que la diñan los gorilas, pero joder, quedan 700 ejemplares, el triple que especímenes Mallorquí. Pongamos las cosas en su sitio: cuando te dan envidia hasta los gorilas de montaña, es que algo marcha condenadamente mal.

Y yo me pregunto: ¿es que nadie va a hacer nada? Vamos a ver, circunscribámonos a los Mallorquí locales; es decir, los de Madrid. En total hay seis. Mi hermano (Big Brother), mi sobrina, mis dos hijos y yo. Queda por ahí un Mallorquí suelto al que no tengo el gusto de conocer (pero está claro que o es una mujer, o no se ha reproducido). Bien, mi hermano tuvo una hija y no repitió la jugada. Ahora, sinceramente, le veo un poco mayor para cargar sobre sus espaldas un plan extensivo de salvación de la especie. En todo caso, podríamos clonarlo, aunque no sé si vale la pena. Mi sobrina Leonor ha tenido dos hijas, de modo que a la siguiente generación se perderá el apellido. Mis dos hijos son voluntariosos, pero quizá aún demasiado jóvenes. Así pues, sólo quedo yo, the last semental. Ahora sólo faltan las numerosas hembras que necesito para aparearme y salvar la especie.

Chicas, no lo dudéis, es por una buena causa. Si estáis en edad fértil, venid a mi y tened cachorros conmigo; yo reconoceré a los vástagos y el apellido Mallorquí se salvará. Creo que con doscientas o trescientas hembras será suficiente, aunque si queremos ir a por los López harán falta unos cuantos centenares más.

¿Cómo, que yo también estoy bastante añoso?... Vale, puede que sí, pero contempladme como a un viejo gorila de lomo plateado: las canas me escarchan el vello corporal, pero sigo siendo el macho alfa, regio, sereno, imponente, con todo el encanto de un galán maduro. Además, no es momento de ponerse tiquismiquis: los Mallorquí vamos a desaparecer, y aún no he visto a un puñetero naturalista preocuparse por el asunto. ¿Os podéis creer que ni siquiera me han anillado todavía?

Así pues, esto no es un post, sino una llamada de auxilio. Si no hacemos algo y rápido, los Mallorquí acabaremos ingresando en el club de los mamuts, los dientes de sable y los dodos.

Aunque vete tú a saber; a lo mejor nos lo merecemos.

lunes, agosto 11

Petit tour française


Estas vacaciones, mi tercer largo viaje por Francia, han corroborado dos cosas sobre el país vecino. En primer lugar, que Francia es una tierra bellísima llena de historia (de historia muy bien conservada, añado), y en segundo lugar, que los franceses son extremadamente amables. Mejor dicho: los franceses son, en general, gente muy educada, algo que deberíamos imitar los españoles. Una tercera cuestión sería que las francesas son muy guapas y tienen mucho estilo.

Hacía tiempo que tenía ganas de conoce la Occitania. En esa región se desarrolló durante el siglo XII una cultura sorprendentemente avanzada para le época, una sociedad más igualitaria y justa donde floreció el arte y el pensamiento intelectual. También desarrolló (y amparó) la gran herejía de occidente, el catarismo, razón por la cual, a principios del siglo XIII, el papa Inocencio III montó una cruzada contra los cátaros que durante más de cuarenta años cubrió de sangre y fuego las tierras occitanas, hasta acabar con la herejía y, de paso, con los nobles que la apoyaron y la sofisticada cultura que habían creado. Las ciudades fueron saqueadas y las tierras pasaron a ser propiedad de los mucho más toscos nobles franceses de la época. Otro bello sueño de libertad hecho trizas con dolor y muerte gracias a la Iglesia Católica. Como símbolo de todo esto, tras destruir la ciudad de Albi –un gran centro de catarismo- y cargarse a todos los herejes, el papado mandó construir una catedral que representara el poder de la Iglesia. La catedral –muy bella, es cierto- tiene el voluntario aspecto de una fortaleza, como prueba de que la fuerza de la Iglesia no se basaba sólo en la oración, sino también, y sobre todo, en las armas.

Por desgracia, la historia de los cátaros ha sido pasto de los ocultistas durante tanto tiempo que ha acabado por tergiversarse hasta resultar casi irreconocible. Hoy en día, si hablas de los cátaros (o de los templarios) pareces un friki; pero la auténtica historia de los cátaros (y de los templarios) es lo suficientemente apasionante como para no necesitar absurdos añadidos esotéricos y mágicos. En particular, resulta grotesca la supuesta vinculación entre los cátaros y el Grial; pero también es fascinante, porque esa falacia se ha sumado a lo que yo considero que es hoy en día la más difundida leyenda de occidente. De eso hablaremos en otra entrada.

Hay lugares que respiran historia por todas partes, tierras donde el pasado se mezcla con el presente, como si el tiempo formara allí una laguna. Uno de esos lugares es, sin duda, el Languedoc, una región eminentemente rural y agrícola, probablemente una de las menos ricas de Francia. De hecho, en el resto del país se considera a esta zona bastante paleta, y su idioma, la “lengua de oc” (“oc” significa “sí”), que se parece muchísimo al catalán, es despectivamente denominado “patois” por los franceses. En la Occitania hay muchas villas muy hermosas; Toulouse lo es, igual que Foix, Pamiers, Mirepoix, Albi o Ambialet. Carcassonne, sin embargo, me decepcionó un poco; la ciudadela medieval es una auténtica maravilla... pero sólo por fuera, porque su interior (totalmente reconstruido a finales del XIX) no es más que una sucesión de braserías y tiendas orientadas al turismo. Un bajonazo, vamos. Rennes-les-Bains, un pueblecito encajonado entre dos montañas y el río Sals, es una estación termal deliciosamente decimonónica y decadente. Y muy cerca de allí se encuentra el famoso pueblo de Rennes-le-Château, pero de él hablaré en otra entrada.

Pueblos muy hermosos, sí, pero no se trata sólo de eso: todo el Languedoc está plagado de restos históricos, de modo que vas por cualquier carretera y te encuentras con innumerables fortalezas, castillos, abadías, iglesias o viejas mansiones salpicando el paisaje. Como el tristemente célebre Montsegur, o el Château D’Arques, o Saint Hilaire, o Quéribus, o Château Di Negre... Por desgracia, reservamos el último día en Occitania para visitar la Gascuña. Suena bien, ¿verdad? Dumas, D’Artagnan, los tres mosqueteros, uno espera grandes cosas de un sitio como ése, ¿no es cierto? Pues no, no lo es. La Gascuña es una aburrida sucesión de viñedos salpicados por pueblos más bien sosos. Si os fijáis en la foto situada junto a estas líneas, distinguiréis la torre de una iglesia y los tejados de unas casas; es el pueblo de Lupiac, el lugar donde nació el auténtico D’Artagnan, Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, el personaje que sirvió de inspiración a Dumas para su novela. Pues bien, quizá os preguntéis por qué hice la foto desde tan lejos. La respuesta es sencilla: porque Lupiac es una mierda de pueblo donde no queda la menor huella del famoso mosquetero. Dicen que allí hay un Centre D’Artagnan con audiovisuales sobre el personaje; si existe, y aunque el pueblo es muy pequeño, fuimos incapaces de encontrarlo. Auch, la capital de la Gascuña, no está mal; la Cathédrale de Sainte-Marie es interesante, con una asombrosa sillería del coro, pero el resto de la región... en fin, lo mejor que puede hacerse en ella es tomarse un armagnac. Ah, por cierto, el plato típico del Languedoc es la cassolulet, una especie de fabada hecha con cerdo y oca. Es deliciosa; pese a su contundencia y el calor reinante, me zampé una.

Pepa y yo abandonamos la Occitania para dirigirnos a la Provenza justo el día en que todos los franceses habían decidido salir de vacaciones, con el resultado de que tropezamos con varios atascos memorables. La Provenza es una región bellísima, pero tiene el defecto de ser una de las más solicitadas zonas de vacaciones de Francia. Eso se tradujo en lo mucho que nos costó encontrar alojamiento allí; finalmente, habíamos conseguido un hotel a las afueras de Marsella.

A primera vista, Marsella es una ciudad feísima. Pero si uno se detiene para echar un segundo vistazo, tendrá la oportunidad de ver plenamente confirmada su primera impresión. Además, es un caos, pues la ciudad está construida en las faldas de las colinas que rodean la bahía, de modo que toda aspiración de urbanismo racional quedó abandonada desde que se construyó la primera casa. De hecho, Marsella (la segunda población más grande del país) es la ciudad francesa menos francesa que conozco. Parece una confusa mezcla de lo francés, lo italiano, lo español y lo argelino, y eso, pese a lo fea que es, le da cierto encanto. No sé, uno espera ver pasar por ahí a Alain Delon persiguiendo a –o siendo perseguido por- la mafia marsellesa. Es, por decirlo así, una ciudad canalla. Y además, tiene el peculiar honor de ser la patria mundial de la bullabesa, quizá la mejor sopa de pescado del mundo. Os recomiendo el restaurante Chez Fonfon, situado en un diminuto (y nada fácil de encontrar) puerto de pescadores; su bullabesa es, según dicen, la mejor de la ciudad. Pepa y yo nos tomamos dos; pero no seguidas, ¿eh?, sino en diferentes días.

En Avignon, que es una ciudad bellísima, se estaba celebrando su famoso Festival de Teatro con más de setenta obras en cartelera. Dada la competencia, los actores salían a las calles disfrazados para repartir publicidad de las salas donde actuaban; era divertido y muy colorista. En Arles hay un enorme circo romano bastante bien conservado; en él tenían lugar combates de gladiadores y ahora, para continuar la barbarie, se celebran corridas de toros. También se encuentra en Arles los Alyscamps, un cementerio romano que, en época medieval, se convirtió en un famoso camposanto. Es un lugar tremendamente sugerente y romántico; y, como es poco conocido, apenas hay turistas.
El famoso Pont D'Avignon

Los Alyscamps

Pepa en los Alyscamps

La Camarga, situada al oeste de Marsella, es un hermoso parque natural donde el delta del Ródano forma innumerables lagunas e islotes. Al suroeste se encuentra la villa de Stes-Maries de la Mer, donde hay una curiosa iglesia románica, Nuestra Señora del Mar. Juanmi, un buen amigo y asiduo merodeador de Babel, me recomendó que la visitase, pues allí, en la cripta, está Santa Sara –Sara la Kali-, patrona de los gitanos. Anualmente tiene lugar una famosa peregrinación romaní. Además, la tradición dice que en ese lugar desembarcó –entre otras santas- María Magdalena. De esto hablaremos en un futuro post (el mismo que tratará sobre Rennes-le-Château y la nueva gran leyenda).

El Luberon es un extenso valle lleno de pueblos bellísimos; Gordes, Roussillon, Apt, Bonnieux... Lo malo es que también es el lugar donde los parisinos buscan su “casa campestre”, así que decir que está lleno de gente sería quedarse tan corto como afirmar que la bomba de Hiroshima fue un petardo. Resultaba un auténtico problema aparcar en los pueblos, y no me refiero sólo al casco urbano, sino hasta en los alrededores. No obstante, allí me llevé una sorpresa: en el cementerio parroquial de Lourmarin está enterrado Albert Camus. En fin, siempre he pensado que los franceses son únicos cuidando y conservando su patrimonio artístico y cultural, pero desde luego eso no puede aplicarse en este caso, porque la tumba de Camus está completamente abandonada.


El cementerio de Lourmarin



Aunque la tumaba está señalizada, no es fácil de encontrar



A la derecha la tumba de Camus y a la izquierda la de su esposa Francine Faure.
Como veis, la meleza lo invade todo


La lápida está prácticamente borrada


En fin, amigos míos, tras dos semanas de periplo francés, fuimos a Gerona, recogimos a nuestros hijos en el aeropuerto y nos tiramos otra semanita en un Hotel-spa cercano a Platja d’Aro tocándonos las narices guapamente. El único problema –porque siempre hay un problema- es que la mitad de las habitaciones del hotel estaban ocupadas por rusos. Rusos nuevos ricos. Algún día, cuando reúna el suficiente número de adjetivos, hablaré de ellos.

En resumen: Pepa y yo nos lo hemos pasado estupendamente recorriendo el sur de Francia. En lo que a mí respecta, me ha gustado más el Languedoc; la Provenza es preciosa, sí, pero hay demasiado turismo. Sea como fuere, ya tengo programado nuestro siguiente periplo francés: el Perigord. ¿Cuándo? Chi lo sa... (no muy tarde, en cualquier caso)

Pues ya está, amigos míos; se acabó el rollo. Espero que, aparte de daros la paliza, también os haya dado un poquito de envidia.

Pérfido que es uno.


lunes, agosto 4

Feliz cumpleaños, Pepa

Sí...

Sí...

Probando...

Uno-dos, uno-dos...

¿Mesescucha?...

Cuatro de agosto, amigos míos, plena temporada estival, todo dios de vacaciones. Mientras escribo esto me parece oír esa clase de eco que se produce en los locales vacíos mientras un deprimido, pero voluntarioso, orador desgrana su discurso. ¿Hay alguien ahí o está todo el mundo fuera? En fin, volví el sábado de vacaciones y me he encontrado con el mejor Madrid posible; es decir, un Madrid vacío. Pero bueno, ya hablaremos más adelante de mi viaje y de las delicias de una ciudad casi sin ciudadanos, porque ahora lo importante es otra cosa.

Porque hoy, amigos míos, merodeadores todos, es cuatro de agosto, y el cuatro de agosto es la fecha del cumpleaños de Pepa, mi reina, mi diosa, mi ama y señora, mi mujer. ¿Que cuántos años cumple? Por favor, las obras de arte –y Pepa lo es- no tienen edad. En cualquier caso, ahí arriba tenéis su imagen tomada este verano en la ciudad francesa de Arles.

Así pues, Pepa querida, si lees esto, sólo te diré una cosa: cada año que cumples sólo se nota porque te sirve para perfeccionar aún más lo que ya parecía perfecto.

¡Feliz cumpleaños, reina mora!

(Y un cariñoso hola-hola para todos los demás)

viernes, julio 11

Cerrado hasta el 4 de agosto

Se acaba la temporada, amigos míos; Babel se toma unos días de descanso y Fray César de Baskerville también. Como sabéis los que hayáis leído la entrada “Vacaciones”, me voy con Pepa, mi mujer, al sur de Francia; una semana al Languedoc y otra semana a la Provenza. Luego, nos reuniremos con Óscar y Pablo, nuestros hijos, en Gerona y pasaremos juntos otra semana en la Costa Brava.

Aún no he decidido los libros que me voy a llevar; de hecho, sólo tengo claros tres títulos: Spin, de Robert Wilson (Ómicron, 2008); me la regaló Julián Díez por mi cumpleaños y, según asegura, es una de las mejores novelas de ciencia ficción de la última década. Hace siglos que no leo cf, así que le daré una oportunidad. La segunda novela es Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson (Destino, 2008). Según todas las críticas, se trata de un excelente y renovador thriller. El tercer libro es un ensayo, Universos paralelos, de Michio Kaku (Atalanta, 2008); lo estoy leyendo desde hace un mes y voy por la mitad, pero es que eso de la cosmología hay que tomárselo con calma. Supongo que me llevaré dos o tres libros más; nunca lo leo todo, pero me gusta tener dónde elegir.

Salgo mañana y regresaré el cuatro de agosto, justo cuando la mayor parte de vosotros inicie sus vacaciones, así que me temo que Babel será un lugar solitario el mes que viene. En cualquier caso, os deseo a todos que vuestras vacaciones estén llenas de estímulos, sorpresas y felicidad. Pero antes de despedirme, quiero ofreceros una pequeña curiosidad, sobre todo a aquellos que hayáis leído mi novela La Catedral. Como decía en una entrada anterior, durante el verano de 1999 fui con mi familia a recorrer la Bretaña francesa. Por aquel entonces, estaba escribiendo La Catedral, así que utilicé aquel viaje para documentarme. La novela, ambientada en el siglo XIII, comienza en Estella (Navarra), y cuenta cómo Telmo Yáñez, un joven aprendiz de cantero, debe abandonar esa localidad para dirigirse a Kerloc’h, un pueblo costero de Bretaña -que por aquel entonces era una de las regiones más remotas y aisladas de la cristiandad- con el propósito de participar en la construcción de una misteriosa catedral.

Pues bien, justo antes de salir de viaje escribí toda la parte del relato que se desarrolla en España. Conozco bien Estella y todo el camino hasta Roncesvalles, así que no tuve mayores problemas. No obstante, debía elegir un lugar en Bretaña donde ambientar el resto de la novela. Cogí un mapa y me puse a buscar. Decidí situar la novela en la península de Crozon, el punto más occidental de Francia, un lugar que, como el Finisterre español, fue punto de destino de peregrinaciones prehistóricas, un centro de culto pagano. Esto era importante, porque al final de la novela allí se celebraría un ritual pagano. Vale, en Crozon pues; pero ¿dónde exactamente? Se trata de una zona muy despoblada y quería un pueblo de origen bretón; el único que encontré fue Kerloc’h (“ker”, en bretón, significa “villa”; el 90% de los pueblos bretones comienzan por “ker”, para desesperación del viajero). En fin, Kerloc’h sonaba bien, pero sólo era un nombre en un mapa, puede que el terreno no fuese adecuado para la acción. Eso sólo lo sabría cuando lo viese.

Iniciamos el viaje, recorrimos la costa atlántica de Francia, nos adentramos en Bretaña, dejamos atrás Morbihan y, al cabo de unos días, llegamos a Finisterre, a la península de Crozon. Se trata de un parque natural, de modo que hay muy pocas construcciones por la zona. Recuerdo que, la primera vez, pasé de largo Kerloc’h; el pueblo es muy pequeño y está oculto por una arboleda. Tuve que retroceder y, sí, ahí estaban la playa y el pueblo de Kerloc’h. Además, el lugar era perfecto para ambientar la historia de Telmo Yáñez. Permitidme que reproduzca un fragmento de la novela, justo cuando Telmo y sus compañeros de viaje Eric, Gunnar y Loki, llegan a su destino:

Era un bahía muy ancha que parecía estrechar entre sus brazos a un mar tranquilo e intensamente azul. A la izquierda, en la cima de unos acantilados, se alzaba una fortaleza muy antigua, con grandes muros de negro basalto. En lo alto de la torre ondeaba una bandera blanca con la roja silueta de un águila.
(...) Al pie de los acantilados había una playa de arena dorada que, conforme se extendía hacia la derecha, acababa convirtiéndose en un pedregal batido por las olas. A unos quinientos pasos de la orilla, en el otro extremo de la bahía, situado sobre la falda de una colina, se alzaba un poblado en el que reinaba una intensa actividad.
Al instante tuve la certeza de que aquel lugar era nuestro destino. Y lo supe porque, un poco más allá de la aldea, en una verde franja de tierra que penetraba en el mar encaramada sobre unos acantilados, se alzaba la construcción más extraordinaria que jamás he contemplado. Era un templo, una catedral. La catedral de Kerloc'h
”.

Pues bien, estando en Crozon tomé unas fotos para documentarme. Éstas son dos de ellas:

Aquí tenemos el lado sur de la bahía visto desde Kerloc’h. Tenéis que imaginaros una antiquísima fortaleza negra sobre el promontorio, al borde del acantilado.

Éste es el lado norte de la bahía visto desde la supuesta fortaleza. Si os fijáis, a la derecha se ven algunas casas del pueblo. En el extremo izquierdo, cerca del acantilado, se alzaría la catedral de Kerloc’h, grande, con arbotantes a los lados y una inmensa torre semejante al aguijón de un alacrán.

Bueno, amigos míos, pues éste es el escenario de mi novela La Catedral. Ya sé que esto es una chorrada que no le interesa a nadie, pero me apetecía recordar aquel maravilloso viaje.

¡Felices vacaciones!

martes, julio 8

Thomas M. Disch

Estoy anonadado. Acabo de enterarme de que Thomas M. Disch murió el pasado cuatro de julio. Causa de la muerte: suicidio.

Esta noticia no aparecerá en los telediarios, ni en los periódicos, ni siquiera en las revistas literarias. A fin de cuentas, ¿quién narices es Thomas Disch? Sé que algunos merodeadores de Babel –el sector especializado- lo conocen muy bien, pero la mayoría no, aunque se trate de personas cultas interesadas por el arte y la literatura. Pero es que Disch es un autor prácticamente desconocido en nuestro país, lo cual no solo es injusto, sino que pone de relieve las graves carencias del mundo cultural español, tan provinciano, tan corto de miras, tan pacato.

Thomas Disch fue uno de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX. El problema es que le dio por escribir ciencia ficción y fantasía, algo al parecer imperdonable en el miope mundo de la cultura mainstream. En cierta ocasión, Julián Díez me comentó que, en su opinión, sólo cuatro autores de cf podían competir en igualdad de condiciones con lo mejor de la literatura mundial: J. G. Ballard, Ursula K. Le Guin, Stanislaw Lem y Thomas Disch. Luego añadió a Ray Bradbury. No recuerdo si mencionó también a Philip K. Dick, ni estoy seguro de que la lista sea rigurosa; son todos lo que están, pero quizá no están todos los que son. De los autores citados, tanto Ballard, como Le Guin, Lem, Bradbury y Dick han recibido el reconocimiento de la crítica, o al menos de parte de ella. Sin embargo Disch, sin duda el mejor estilista que ha dado el género, es absolutamente ignorado. ¿Por qué? Resulta difícil responder a esta pregunta. Disch era un autor incorrecto, de ideología izquierdista, homosexual y polifacético. Sus novelas no son fáciles ni sencillas de catalogar; Los genocidas (1965), la primera que publicó, es una historia absolutamente deprimente y Campo de concentración (1968) no le anda a la zaga. 334 (1972) desborda por todos lados las fronteras del género y En alas de la canción (1978, incluida por Harold Bloom en su Canon Occidental) abarca tantos temas, y desde tantas perspectivas diferentes, que no puede ser encasillada.

Disch era un autor minoritario dentro de un género minoritario. Surgió de la New Wave, el movimiento que renovó la ciencia ficción en los sesenta, y la New Wave se extinguió. El mundillo de la cf, ese fandom mayoritariamente infantiloide, le ninguneó. Sus textos mainstream -Clara Reeve (1975) y Neighboring Lives (1981)- no fueron reconocidos por la crítica ni los lectores. El intento de abordar la literatura comercial con Doctor en Medicina (1991) tampoco le condujo a ninguna parte. De hecho, quizá su mayor éxito sea un cuento infantil, The Brave Little Toaster (1986). Con todo, pese a lo mucho que le costaba encontrar editores dispuestos a publicarle, Disch escribió novela, relatos cortos, poesía, ensayo y libretos para ópera. Nada de eso le permitía subsistir decentemente, así que su producción se fue espaciando y, finalmente, dejó de escribir (su última novela, The Sub, apareció en 1999). Al parecer, ahora se dedicaba a la pintura.

Es triste comprobar que el talento no siempre se premia, y deprimente ver cómo autores mediocres, o directamente infumables, venden cientos de miles de ejemplares, mientras que grandísimos escritores como Disch son displicentemente ignorados. De acuerdo, nadie ha dicho que la vida sea justa; pero, ¿por qué narices tiene que ser siempre tan injusta?

Thomas M. Disch se suicidó en su apartamento de New York hace cuatro días. ¿Los motivos? Una severa depresión a causa de la muerte de su pareja, Charles Naylor, y la preocupación por sus problemas económicos y un posible desahucio... Los ateos (él lo era) no podemos recurrir al consuelo de la oración, pero existen muchas formas de rezar. A fin de cuentas, leer no es más que pensar los pensamientos de otra persona, de forma que cuando leemos el texto de un autor fallecido estamos resucitando una parte de su mente. Yo rezaré por Thomas Disch releyendo alguno de sus libros; Campo de concentración o, quizá, 334.

Os sugiero, amigos míos, que también recéis por él leyéndole. En las librerías podéis encontrar El cura (Berenice, 2007) en tapa blanda, un vigoroso alegato contra la iglesia católica; no es su mejor novela, pero aún así es muy buena. Con suerte, también podéis encontrar esa obra maestra que es En alas de la canción (Bibliópolis, 2003). Si rebuscáis en librerías especializadas, quizá deis con alguna de sus obras anteriores. Sea como sea, leedle; no por él, sino por vosotros.

Thomas Michael Disch: 2 de febrero de 1940 – 4 de julio de 2008.

Descanse en paz

lunes, julio 7

Vacaciones

Para muchas personas, las vacaciones consisten en no hacer nada. Suelen veranear en el mismo lugar todos los años, por lo general en una localidad costera donde ya tienen su grupo de amigos y donde hacen siempre lo mismo: tomar el sol, bañarse en el mar o la piscina, echar la siesta, comer y cenar en chiringuitos... No digo que esté mal eso de no hacer nada y repetir ritos, incluso reconozco que tiene su punto, pero en mi caso sólo puedo hacerlo durante una semana como máximo. Al cabo de ese tiempo, comienzo a ponerme nervioso y siento la imperiosa necesidad de moverme, de irme, de hacer algo. Soy un culo inquieto, qué le vamos a hacer.

Supongo que eso se debe a mi educación. A mi padre le encantaba viajar; cuando yo era niño, solíamos veranear en Santander, pero no nos quedábamos quietos; por el contrario, hacíamos constantes excursiones, e incluso mini-viajes dentro del viaje. Otras veces realizábamos largos periplos, por el Sur, por la Cornisa Cantábrica, por Levante... Fuera de la temporada de vacaciones, mi padre salía los fines de semana para recorrer los alrededores de Madrid y aprovechaba los puentes para realizar salidas más largas. En fin, que mi padre era un culo inquieto y yo lo he heredado.

Sea por la razón que fuere, a mí la carencia de estímulos, en vez de relajarme, acaba poniéndome de los nervios. Veréis, la vida diaria suele consistir en la repetición de las mismas costumbres. Nos levantamos, trabajamos, comemos, volvemos a trabajar, vemos la tele, leemos, dormimos, y así una y otra vez, en un ambiente conocido rodeados por personas conocidas. Tan familiar nos resulta todo, que nuestro cerebro se adormece y dejamos de prestar atención a lo que nos rodea. Hay estímulos intelectuales, por supuesto; los podemos encontrar en el trabajo (con suerte), en la lectura, en el cine, en la buena conversación, pero la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos en una especie de limbo nebuloso que a la larga acaba petrificando las neuronas.

Sin embargo, cuando se viaja a lugares desconocidos, todo lo que nos rodea está lleno de estímulos, porque todo es nuevo para nosotros. Y a mí me encanta esa sensación de descubrir cosas, de maravillarme con algo que desconocía, igual que disfruto con la inquietud previa al descubrimiento, con ese comecome que se siente al saber que al día siguiente vamos a ver algo maravilloso. Por eso, mis vacaciones ideales consisten en largos periplos en coche; y no sólo por las razones que he expuesto, sino también por las sorpresas “fuera de programa” que te encuentras. Por ejemplo, mi viaje de boda consistió en recorrer la costa mediterránea francesa y el norte de Italia hasta llegar a Venecia. Pues bien, una noche circulábamos Pepa y yo por la Haute Corniche buscando cierto pueblo para dormir, pero llovía, había niebla y no encontrábamos el pueblo ni de coña, así que decidimos parar en la primera población que viéramos. Que resultó ser La Turbie, donde nos hospedamos en el hotel Napoleón. Al día siguiente, cuando me desperté, abrí la ventana de la habitación y lo que vi me dejó boquiabierto: un precioso pueblecito típicamente francés presidido por las inmensas ruinas de un monumento romano, el Trofeo de los Alpes, erigido por Augusto para conmemorar su victoria sobre los ligures. Y yo ni siquiera sabía que existía.

He realizado largos periplos por Colombia, Venezuela y Costa Rica; he recorrido el sur de México por Chiapas, Campeche y Yucatán, y el centro-oeste de Estados Unidos visitando algunos de los asombrosos parques naturales de Arizona, Utha y California. También realicé, junto con mi familia, dos largos viajes por Francia. El segundo fue al Loira y a Normandía, una región con una arquitectura magnífica y una gastronomía espléndida, pero, sobre todo, un lugar donde la memoria de la Segunda Guerra Mundial está siempre presente. El primero fue a Bretaña, y creo que ha sido uno de los viajes más hermosos y estimulantes de mi vida. Recorrimos toda la costa atlántica, con una parada en La Rochelle, hasta llegar al golfo de Morbihan. Allí están los famosos alineamientos megalíticos de Carnac, pero en realidad toda la zona es una especie de Disneylandia megalítica; hay restos prehistóricos por doquier, no se puede dar un paso sin tropezar con un menhir, un túmulo o un dolmen. O todo a la vez. Es uno de los lugares más mágicos que he visitado. Luego, seguimos recorriendo la costa en dirección a Normandía, pasando por el Finisterre bretón. Se daban dos circunstancias en aquel viaje. La primera, que me estaba documentando para escribir mi novela La Catedral, así que para mí fue una mezcla de fantasía y realidad, pues tenía que imaginarme cómo sería aquel trayecto en la Edad Media. Por otro lado, años atrás había conseguido en la Cuesta de Moyano una guía de Bretaña editada en los años treinta, lo cual me permitía comprobar qué había cambiado y qué no.

Finalizamos el viaje en Mont Saint Michel, justo en la frontera entre Bretaña y Normandía, y esa fue la guinda del helado. Veréis, cuando era niño leí la historia de Saint Michel; creo que fue en un Miscelánea Juvenil, unos libros del Reader’s Digest que contenían artículos y relatos dirigidos a los chavales (Houdini, el rey de las esposas, Extraños moradores de la selva virgen, Cómo construir un sencillo aparato de radio, y cosas así). El caso es que me fascinó la historia de esa abadía, reconvertida varias veces, a lo largo del tiempo, en fortaleza y cárcel. Pero, sobre todo, me llamó la atención esas tremendas mareas que hacían desaparecer el mar y lo hacían volver más deprisa que un caballo al galope. Siempre, desde que de pequeño leí su historia, deseé visitar Saint Michel. Por eso, al final de nuestro viaje por Bretaña, cuando vi la abadía a lo lejos, experimenté una de las mayores impresiones estéticas de mi vida, algo así como el síndrome de Stendhal. San Michel está al final de una inmensa llanura, en un lecho marino igualmente llano; es el único promontorio que hay a la vista, de modo que puede distinguirse desde muchos kilómetros de distancia. Al principio sólo es un trazo vertical en el horizonte, luego, conforme te vas acercando, ves ese promontorio imposible sobre el que se encarama, fundiéndose con él, un edificio imposible con un pináculo imposible, en medio de un mar imposible. Se queda uno sin aliento.

La verdad es que me encanta Francia; no sólo tienen un extraordinario patrimonio cultural y artístico, sino que además lo han sabido conservar como nadie. Se come de maravilla, los hoteles son buenos y los franceses, salvo los parisinos, suelen ser personas amables y colaboradoras. Por eso, amigos míos, el próximo sábado mi mujer y yo nos vamos de vacaciones a realizar otro periplo gabacho, esta vez por el sur. Pasaremos una semana en el Languedoc, visitando los castillos cátaros y buscando el Grial, y luego otra semana en la Provenza (Aviñón, Arlés, Orange, La Camargue...). Finalmente, nos reuniremos con nuestros hijos en la Costa Brava, donde pasaremos una semana más, esta vez sí, tocándonos las narices a dos manos.

Así pues, queridos merodeadores, ésta es la penúltima entrada del mes. Entre el doce de julio y el cuatro de agosto, estaré desaparecido en combate. Como me muero de ganas de estrenar a tope la Nikon D300 que me regaló Pepa por mi cumpleaños, en agosto colgaré en Babel una selección de fotos del viaje.

(Coño, ahora que me doy cuenta, se puede dar la barrila con las fotos de vacaciones sin necesidad de invitar a cenar a las víctimas. A distancia, de forma digital. Eso es progreso, si señor).

Por cierto, ¿qué preferís vosotros, vacaciones relajadas o estimulantes?

lunes, junio 30

Zozobra


¿Qué sucede cuando una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible? Nada; se trata de una pregunta con trampa, porque en un mismo universo no puede haber a la vez fuerzas irresistibles y objetos inamovibles. O lo uno, o lo otro, y en este caso, amigos míos, nos ha tocado vivir en un universo de fuerzas irresistibles. Supernovas, agujeros negros, quasars, hornos nucleares en el corazón de las estrellas, galaxias que chocan... el mismísimo nacimiento del universo fue fruto de un irresistible Big Bang.

No obstante, en medio de ese huracán cósmico, había lugares donde imperaba el orden; o, al menos, el suficiente orden como para que surgiese la vida y evolucionase hasta la aparición de una especie inteligente. Me refiero al Sistema Solar y a la Tierra (lo aclaro, porque lo de “especie inteligente” podría sembrar alguna duda). El caso es que los seres humanos estamos habituados a vivir en un entorno más o menos ordenado y predecible. De hecho, nuestro equilibrio mental depende en gran medida de la exactitud con que se cumplen nuestras predicciones. Oprimimos un interruptor porque predecimos que, haciéndolo, se encenderá la luz. Conducimos un coche del punto A al punto B porque aventuramos: 1º que el coche va a funcionar; 2º que el punto B está donde se supone que está; y 3º, que completaremos el trayecto sin sufrir un accidente o ser alcanzados por un rayo. Conectamos la televisión presuponiendo que sintonizaremos el programa deseado, saltamos confiando en que la fuerza de la gravedad impedirá que salgamos despedidos hacia el espacio, escribimos correos electrónicos augurando que llegarán a su destino... A lo largo de la vida, vamos acumulando un bagaje de experiencia cuyo único fin es permitirnos conocer y predecir el comportamiento del mundo que nos rodea. Eso, la predictibilidad del universo local, nos conforta y estabiliza.

Porque, ¿qué pasaría si oprimiéramos el interruptor y no se encendiera la luz, si abriéramos el grifo y no saliera agua, si las cosas cambiaran de lugar espontáneamente, si lanzáramos al aire una piedra y la piedra nunca cayese? El orden del mundo se tambalearía y nuestra mente zozobraría igual que una barca en medio de una galerna. En gran medida, la locura no es más que la imposibilidad de realizar predicciones correctas.

Necesitamos orden para sentirnos seguros, pero cada vez hay menos orden al que agarrarse. Antes no era así; por el contrario, el orden de las cosas estaba tan claro que la palabra esquizofrenia ni siquiera se había inventado. Por ejemplo, la Tierra era plana y estaba sustentada sobre una inmensa tortuga. “¿Y sobre qué está sustentada la tortuga?”, le preguntó el discípulo al sabio. “Sobre otra tortuga”, respondió el sabio. “¿Y esa otra tortuga sobre qué se sustenta?”, insistió el discípulo. El sabio carraspeó, se rascó la axila y respondió: “Mira, de la tortuga para abajo, todo son tortugas”. ¡Genial! Eso es una respuesta tranquilizadora que permite predecir confortablemente el universo. Si haces un agujero lo suficientemente hondo, ¿qué encontrarás? Pues tortugas hasta aburrirte.

Sin embargo, este universo tan reconfortante se tambaleó cuando empezó a correr el rumor de que la Tierra era esférica. ¿Esférica? Entonces, ¿por qué diantres no se caen los que están abajo? Y ahí tienes a todos los habitantes del hemisferio sur, hechos un manojo de nervios ante la lógica posibilidad de que un buen día acaben precipitándose al vacío estelar, y desconcertados porque algo tan evidente no haya sucedido todavía.

En fin, esférica o no, la Tierra ocupaba el centro del universo y el firmamento giraba a nuestro alrededor desgranando la música de las esferas. Eso, ser el eje de la creación, quieras que no tonifica. Pero entonces apareció Copérnico y, zas, la Tierra dejó de ser el centro y se puso a girar en torno al Sol, como el resto de los planetas. Eso desanima a cualquiera, aunque al menos el Sol, nuestro Sol, era el centro del universo. Algo es algo. Pero la alegría duró poco, pues no tardó en descubrirse que nuestro maravilloso Sol era en realidad una birria de sol situado en la periferia de la Galaxia (algo así como vivir en Parla). Bien, vale, pero la Galaxia es el universo, ¿no? Pues no; nuestra galaxia sólo es una más entre los millones de galaxias que pueblan el verdadero universo.

Deprimente, ¿verdad? Pero al menos teníamos las férreas leyes de la mecánica newtoniana poniendo orden en el cosmos y haciendo que todo fuese tranquilizadoramente previsible. Entonces llega Einstein y nos dice que el tiempo es elástico y que el espacio tiene una simpática tendencia a curvarse. Ya no podemos ni preguntar la hora, porque si lo hacemos, nos responderán: “¿Qué hora es dónde y a qué velocidad?”. Bueno, al menos la velocidad de luz es una constante fija. Y siempre nos quedaba la sólida materia que nos rodea, lo que podíamos tocar y sentir... Hasta que aparecieron Planck y sus amigotes con la teoría cuántica, demostrándonos que la materia no está constituida por ordenadas pelotitas de diversos tamaños, sino que el micromundo es un lugar desconcertantemente parecido al País de las Maravillas de Alicia. Para colmo, el gamberro de Heisenberg va y se marca el Principio de Incertidumbre. De incertidumbre, tú; es decir, lo contrario a la certidumbre. Un principio que viene a decir: “no sólo no tienes ni idea, chaval, sino que nunca la vas a tener” (Gödel también dijo algo deprimentemente parecido). Incluso el mismo Universo, que antes lo era literalmente todo, ahora puede no ser más que un universo de mierda entre infinitos universos paralelos.

Vale, todo lo que antes era sólido se derrumba a nuestro alrededor. Pero siempre nos queda Dios, ¿no? Pues no. Aparte de que Nietzsche asegura que ha muerto, las evidencias nos dicen que, o bien Dios no existe, o bien juega de puta madre al escondite. En cualquier caso, no podemos contar con él. Entonces, ¿qué nos queda? ¿Acaso hay algo predecible y constante a lo que podamos agarraros? ¿El inmutable ciclo de las estaciones, quizá? Pues no, el puñetero cambio climático ha mandado el orden estacional a hacer puñetas, y si no que se lo pregunten a las cigüeñas.

No obstante, aún disponíamos de algo fijo e inalterable, un último baluarte del orden y de la previsibilidad al que podíamos aferrarnos para sentir que pisábamos terreno sólido. Pues bien, amigos míos, ese bastión ha caído.

Porque, vamos a ver, ¿quién en su sano juicio podría haber predicho que la Selección Española de Fútbol, en vez de caer derrotada en cuartos de final practicando un juego pesado y aburrido, iba a ganar la Eurocopa mediante un bellísimo juego de control y tiralíneas que recuerda a la mejor selección brasileña? ¿Es que nos hemos vuelto locos o qué?

Cosas así hacen que el suelo zozobre bajo nuestros pies.

sábado, junio 21

B.C.

¿Os habéis fijado en que la vida tiene un “sabor” de fondo? Empleo la palabra “sabor” como metáfora, porque no existe ningún término para denominar a lo que me refiero; podría decir “tonalidad” o “sentimiento”, pero me parece más apropiado “sabor”, sobre todo en el sentido de “regusto”. Se trata de una sensación muy tenue, una especie de melodía mental absolutamente indefinible que nos acompaña en todo momento, como un suave sonido de fondo, una impresión que cambia con el tiempo y las circunstancias. Además, no siempre somos conscientes de ella; de hecho, cuantos más años tenemos, menos conscientes somos. Por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto, no la percibo. Pero podría percibirla; bastaría con adoptar la actitud mental adecuada, aunque, al ser ésta básicamente contemplativa, tendría que dejar de escribir. Lo dejaremos para luego.

Ahora vamos a hacer un experimento. Recordad un episodio del pasado, uno relacionado con vuestra infancia; da igual que sea bueno o malo, significativo o banal; lo importante es que sea intenso. Vale, cerrad los ojos y concentraos en ese recuerdo... ¿No notáis la suave sensación que lo acompaña, no paladeáis su sabor? Pues a esa sensación me refiero. Si ahora evocarais otro recuerdo, uno de una época diferente, volveríais a notar una sensación de fondo, sólo que distinta. Cada momento tiene su sabor.

¿Qué es y de dónde procede esa sensación? Creo que de tres fuentes distintas. En primer lugar, de la percepción de nosotros mismos, el auto-reconocimiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Esto me recuerda un chiste: Dos cincuentones se encuentran por la calle y uno dice: “Hombre, cuánto tiempo sin verte; ¿cómo estás?”. Y el otro responde: “Muy bien; pero si cuando tenía veinte años me hubiera despertado un día sintiéndome como me siento ahora, habría ido corriendo al hospital más cercano”. El caso es que nos percibimos a nosotros mismos constantemente; si tu cuerpo tiene buen tono, tu percepción mental también lo tendrá, y si tu cuerpo está, por ejemplo, cansado, ese cansancio impregnará tu mente. Hay un diálogo constante entre nuestro mundo emocional y nuestro cuerpo. Por ejemplo, estoy acatarrado, así que tengo una percepción “nublada” de mí mismo.

La segunda fuente es la percepción del mundo exterior. Mientras escribo esto, noto una determinada temperatura en la piel (calor, ya ha llegado el verano), noto una leve brisa procedente de la ventana, noto la luz (intensidad, inclinación, color...), debería notar olores (pero estoy acatarrado), noto el tacto de las teclas, del sillón, de la mesa y del suelo; percibo sonidos (una persiana enrollándose a lo lejos, un coche pasando por la calle, el tecleteo...) y veo lo que me rodea: me encuentro en mi despacho, un lugar que conozco tan bien que ni me fijo en él; pero ahí están los libros en sendas librerías, las decenas de objetos absurdos que pueblan las baldas, la desordenada mesa de cristal sobre la que trabajo, el gran póster de King Kong (sujetando a Fay Wray y machacando un biplano) que se alza frente a mí, la puerta abierta mostrando la fuga del pasillo...

Todas estas percepciones del mundo exterior afectan a mi estado de ánimo; a veces mucho (por ejemplo, durante una tormenta, que es un auténtico cóctel de sensaciones), y a veces, como ahora, poco. En ocasiones, algo nos produce un gran impacto emotivo-sensorial y esa impresión queda registrada indeleblemente en nuestro cerebro. Seguro que todos recordamos una luna maravillosa, o un firmamento estremecedor, o un atardecer deslumbrante, o una mañana especialmente luminosa. Todos esos momentos, todos esos factores, crean y modelan el “sabor” de fondo de nuestras vidas.

La tercera fuente es la imaginación. Es decir, la parte emocional que añadimos a nuestros recuerdos y sensaciones, sólo porque queremos que sea así, pues en realidad nos lo estamos inventando. Que estas impresiones tengan un origen falso no importa lo más mínimo, pues son tan intensas o más que las reales.

Por otro lado, lo cierto es que percibíamos mucho más el “sabor de fondo” de la vida cuando éramos niños, o muy jóvenes, que de adultos. Creo que eso tiene que ver con la forma en que percibimos el mundo y cómo cambia con el paso de los años. De pequeños, todo era nuevo; los primeros brotes de la primavera, la luz incidiendo sobre el aire polvoriento de una habitación cerrada, el frescor del agua cuando te zambulles, el olor de la hierba cortada, las personas, los paisajes, todo era nuevo para nosotros, porque lo vivíamos por primera vez, de modo que poníamos toda nuestra atención en percibir cada detalle de la vida. Así surge el “sabor”. Sin embargo, conforme envejecemos la vida pierde novedad y empezamos a dejar de prestar atención a las cosas importantes. Ya no nos fijamos en los brotes de la primavera, ni nos detenemos a contemplar cómo cambian las cosas a nuestro alrededor conforme la luz del sol declina. Dejamos de prestar atención a la vida, y el “sabor” se diluye hasta desaparecer.
Pero, por muy carrozas que seamos, podemos recobrar esas sensaciones. Basta con detenernos unos minutos y prestar atención a lo que nos rodea... Los trinos de un pájaro, el rumor de la brisa en los árboles, la textura de la luz... No pensar, sentir... Y poco a poco, como un suave bolero, el sabor de la vida va concretándose. Es distinto a lo que sentía hace treinta años, claro, pero está ahí y lo noto como una parte inseparable de mí mismo. En gran medida, sentirse vivo no consiste más que en prestar atención.

Pues bien, todo este rollo viene a cuento –si es que viene a cuento, cosa que dudo- porque ayer me di un inesperado atracón de “sabores” pasados. Veréis, a comienzos de los 70, Luis Gasca fundó la editorial Buru Lan, que estaba dedicada al comic. Lanzó varias series destinadas a recuperar lo mejor del comic clásico norteamericano (el Rip Kirby o el Flash Gordon de Alex Raymond, por ejemplo) y un par de excelentes revistas: El Globo y Zeppelin. Entre las series que publicó había dos –editadas en formato de libro de bolsillo- que yo (y mi buen amigo Samael) seguía con fidelidad: B.C. y Edad Media (The Wizard of Id). La primera estaba escrita y dibujada por Johnny Hart, y en la segunda el guión era de Hart y los dibujos de Brant Parker. En ambos casos se trataba de daily strips, tiras diarias de tres o cuatro viñetas, al estilo Peanuts.

Me encantaban B.C. y Edad Media. Su humor se basaba en el sarcasmo y el surrealismo, y también en los juegos de palabras, algo que lamentablemente se perdía con la traducción. B.C. era tanto el nombre de uno de los personajes como las iniciales de Before Christ, pues la serie versaba sobre un grupo de irónicos cavernícolas. Edad Media era lo mismo, sólo que trasladado a eso, la Edad Media. En realidad, ambas series eran un incisivo cachondeo sobre la naturaleza humana, una visión divertida, y bastante ácida, de la vida moderna y sus neurosis. Una pequeña obra maestra que no llegaba a la altura de Peanuts, su directo referente, pero que en muchas ocasiones bordeaba la genialidad. El caso es que, no sé muy bien por qué, asocio mis dieciocho y diecinueve años con esas dos series. Puede que sea porque al poco cerró Buru Lan y jamás volví a leer (ni siquiera ver) nada relacionado con B.C. y Edad Media. Ambas series aparecieron y desaparecieron en ese periodo de mi vida, quedando desde entonces íntimamente ligadas a él en mi recuerdo.

Pero ayer fui a Elektra, una tienda de cómics, para comprarle un regalo a un amigo y, de paso, para agenciarme el Lost Girls de Moore y Gebbie, cuando de pronto vi algo inesperado: El libro de oro de B.C., una antología publicada por Astiberri Ediciones con motivo del cincuenta aniversario de la serie. Huelga decir que lo compré y, después de treinta y seis largos años, volví a disfrutar de los sarcásticos cavernícolas de Johnny Hart. Fue como reencontrarme con un viejo amigo, aunque descubrí con tristeza que Mr. Hart había muerto hacía un año, en abril de 2007, poco antes de que el libro fuera publicado en inglés.

La cuestión es que, mientras leía una tras otra las tiras que aparecen en el libro –algunas las conocía, otras no-, percibía con toda nitidez el “sabor mental” de mis dieciocho y diecinueve años. No puede describirse, claro; no hay palabras adecuadas ni en este ni en ningún otro idioma, pero aun así voy a intentar explicar cómo es ese sabor:

Una brisa templada, el sol describiendo hileras al pasar a través de una persiana, un Bloody Mary, olor a lavanda, un cielo azul sin nubes, tacto a hierba fresca, sabor a vainilla, tintineo de cristales, espuma de cerveza, tierra mojada tras la tormenta, cabellos lacios acariciándome las mejillas, eternidad.

A eso “sabe” mi primera juventud, aunque imagino que la suma de sensaciones del párrafo anterior sólo tiene sentido para mí. Era, en cualquier caso, una sensación sumamente agradable, pura vitalidad y optimismo. No duró mucho; poco después mi vida cambió y el sabor se volvió más amargo. Quizá por eso lo valoro tanto, quizá por eso El libro de oro de B.C. me ha devuelto tan nítidamente el recuerdo de ese sabor, quizá por eso he decidido escribir esta entrada tan poco interesante.

Hoy es el día del solsticio de verano, un día que sabe a Sol, a piedra y a historias antiguas.

Feliz solsticio, amigos míos, y mil perdones por aburriros con mis pajas mentales.

lunes, junio 16

Adiós, cine clásico

Hace poco, les recomendé a mi hijo Óscar y a su novia Bea (ambos de 21 años) tres películas clásicas: El Padrino I, El Padrino II y Al final de la escalera. De hecho, les dejé los DVD’s para que las vieran. Y las vieron. Y no les gustaron. Menuda plancha, pensé, porque yo les había hablado maravillas de esas películas; ¿acaso soy de una generación tan distinta?, me pregunté. Pues sí, me respondí; soy de una generación muy distinta, y no tanto por mis gustos como por mi acceso a esos gustos. Me explicaré.

Digamos que yo empecé a ir solo (sin mis padres) al cine a partir de mediados de los 60. En aquella época existía la posibilidad de contemplar en pantalla grande no sólo películas recientes, sino también clásicos; sobre todo, es cierto, clásicos norteamericanos. Veréis, por aquel entonces había en Madrid –y supongo que en toda España- tres tipos de salas cinematográficas. Estaban los cines de estreno, que eran más o menos lo mismo que son ahora. Después teníamos los cines de reestreno, más baratos, donde se proyectaban las películas que hasta poco antes habían ocupado las carteleras de los cines de estreno. Y finalmente estaban los cines de barrio, de programa doble, donde podían proyectar literalmente cualquier cosa.

Yo, como todos los chavales de mi edad, solíamos acudir a los cines de barrio porque eran los más baratos (la entrada costaba entre 1’50 y cinco pesetas) y porque ponían dos películas seguidas. Es cierto que la programación solía ser horrible (recuerdo un pseudo Superman japonés que todavía me pone los pelos de punta), pero entre Santo, el enmascarado de plata, o Maciste el coloso, podía caerte Ciudadano Kane, La diligencia o King Kong. En aquellos cines de barrio no existía ningún criterio de programación; compraban paquetes a las distribuidoras y lo exhibían todo, sin orden ni concierto. Así pues, ir a uno de esos cines era como una ruleta rusa donde podías tragarte una infame serie Z inmediatamente seguida de una obra maestra. Eso sí, las copias siempre estaban en un estado infecto; pero éramos jóvenes y eso no nos importaba.

Luego teníamos la televisión, que era en blanco y negro, y su programación se nutría, sobre todo, de películas en blanco y negro. Ahí, en la caja tonta, vi lo mejor de John Ford, lo mejor de Capra, lo mejor de Hawks, lo mejor de Sturges, lo mejor de Walsh, gran parte de John Huston, casi todo Welles, casi todo Wilder, gran parte de Hitchcock, mucho de Wellman, mucho de Hathaway, mucho de Wyler... en fin, casi todo el cine clásico norteamericano. Y también bastante cine italiano y, en menor medida, francés. Y todo eso lo vi antes de cumplir los 18 años. Por ejemplo, ¿sabéis cuáles eran mis películas favoritas en 1966, cuando tenía trece años de edad?: King Kong, de 1933, Beau Geste, de 1939, y Los viajes de Sullivan, de 1941.

Y es que, por aquel entonces, para mí el cine no tenía fecha de caducidad, ni importaba lo más mínimo que fuera en color o en blanco y negro. Todo era cine; lo único importante era si me gustaba o no. Y disfrutaba igual con el sobrio y clásico estilo de Howard Hawks que con la más sincopada dirección de, por ejemplo, un Peckinpah. Estaba abierto a todo porque había “mamado” de todo.

Más tarde, la TV pública (la única que había) comenzó a emitir interesantísimos ciclos de cine. Recuerdo dos dedicados al western, otros dos al thriller, uno a la ciencia ficción, otro al neorrealismo italiano, u otros enteramente consagrados a Hitchcock, a Preston Sturges o a Billy Wilder. Pero no sólo la TV programaba ciclos; a finales de los 60 y comienzos de los 70, algunas salas cinematográficas exhibieron, y con cierto éxito, ciclos dedicados a determinados directores o géneros. Ciclos, por ejemplo, donde descubrí a ese genio insuperable que fue Buster Keaton, o donde contemplé la etapa inglesa de Hitchcock... De vez en cuando, además, se volvían a estrenar con todos los honores películas que habían tenido en su momento una gran acogida; por ejemplo, Lawrence de Arabia o 2001: Una odisea del espacio.

Pues bien, nada de eso existe ya. Los cines de barrio pasaron a mejor vida, la TV en abierto sólo emite películas en color y lo más recientes posible, se acabaron los ciclos, las salas cinematográficas no proyectan más que películas actuales, sean lo que sean. ¿Y qué pasa en los videoclubs? Pues sí, en algunos hay algo de cine clásico acumulando polvo en los estantes... Es decir, en una época en la que más que nunca se tiene acceso a la producción audiovisual y a la reproducción casera de la misma, las nuevas generaciones están más alejadas que nunca del cine clásico en su conjunto. O, dicho de otra forma, las nuevas generaciones son profundamente incultas en lo que respecta al séptimo arte.

Óscar y Bea son un par de jóvenes inteligentes y sensibles; entonces, ¿por qué no les gustaron dos obras maestras indiscutibles como El Padrino I y II? Pues porque no están habituados a ese tipo de narrativa. Ellos han nacido en el seno de la cultura MTV, donde el ritmo de las imágenes es pura histeria visual, una cultura donde todo es más rápido que el pensamiento. Están acostumbrados a directores como Tony Scott y su cámara epiléptica o Baz Luhrmann (a-ver-cuántos-planos-me-caben-en-diez-segundos-de-montaje). En el cine que conocen no suele haber puesta en escena, sino una especie de malabarismo del montaje que por lo general sólo sirve para ocultar los errores y las carencias de directores que, precisamente, lo ignoran todo sobre la puesta en escena. Así pues, no es de extrañar que les parezca lento y aburrido el cadencioso clasicismo de Coppola, ni que les haga bostezar una película tan sobrecogedora como Al final de la escalera, pues para percibir su extraordinaria calidad hace falta verla con calma, empapándose poco a poco de su malsano ambiente.

Mi hijo Óscar, por ejemplo, se niega a ver películas en blanco y negro, o anteriores a digamos los años 90. En realidad, carece de cultura cinematográfica. Pero no es su culpa... La verdad es que es culpa mía; debería haberle mostrado en su momento la maravilla del cine clásico, pero no lo hice. Porque no caí en ello. A mí nadie, ningún adulto, me abrió las puertas de ese cine; pero es que no hacía falta, pues el cine clásico “estaba en el aire”. El problema es que hoy ya no está en ninguna parte, salvo en remotos canales digitales que nadie, salvo los dinosaurios, visitan.

Alto, ¿no será eso? ¿No será que estoy hablando como el maldito carroza que soy? Pues no, amigos míos, lo niego: el cine clásico es clásico porque es intemporal y puede gustar a cualquiera en cualquier momento. Además, en cierta ocasión tuve la oportunidad de demostrarlo. Hace cuatro o cinco años, tuve que dar una charla en el colegio de mis hijos sobre el humor. Ilustrando la charla debía llevar la escena de alguna película, pero ¿cuál? ¿Qué fragmento de comedia podía gustarle a chavales de tercero y cuarto de la ESO? Tomé una decisión arriesgada; di la charla, que trataba sobre todo acerca del humor en literatura, y luego, cuando acabé, les dije que iba a poner en el video una secuencia de una película en blanco y negro producida en 1935. Como era de esperar, todo el mundo protestó. Les dije que, si al cabo de un par de minutos se aburrían, la quitaba. Y conecté el vídeo.

Era la secuencia del camarote de Una noche en la ópera, de los hermanos Marx. Al principio, los chavales cuchicheaban, distraídos; al poco, comenzaron las carcajadas y a los tres minutos tuve que subir el sonido porque el estruendo de las risas hacía inaudibles los diálogos. Cuando acabó la secuencia y corté la película, todos insistieron en verla completa. Les había encantado. Esos chicos detestaban el blanco y negro, lo desconocían todo acerca de los ochenta o noventa primeros años de la historia del cine, y la anticuada dirección de Sam Wood les parecía marciana, pero el talento de los hermanos Marx está más allá del tiempo y de las modas, así que les conquistó por completo. Eso es lo bueno del cine clásico: no hace falta explicarlo, basta con verlo de la forma adecuada.

En resumen: hoy en día, las nuevas generaciones están totalmente alejadas del cine clásico. Lo desdeñan, no porque no les guste o pueda gustarles, sino porque no lo conocen. Me parece injusto; injusto para ellos, porque al no poner a su alcance ese maravilloso patrimonio artístico, se les priva de un inmenso placer. A veces me pregunto por qué, si en los colegios se estudia literatura, no se estudia también cinematografía. Acto seguido me respondo, claro, que sería una auténtica cagada conseguir que a los chavales se les exigiese aprender de memoria las películas de John Ford o la historia del expresionismo alemán. No, esa no es la solución. Pero, ¿por qué no hacer algo mucho más sencillo, barato y, a la larga, eficiente? ¿Por qué no incluir en el plan de estudios una sesión semanal de cine? Cada semana, los alumnos de todos los colegios e institutos de España estarían obligados a ver en el aula una película clásica. En total, unas 35 películas al año. Sólo verlas, sin trabajos ni deberes adicionales. Bien elegidas, esas 35 películas podrían crear entre los chavales verdadera afición por el cine clásico; o cuando menos, quitarles el miedo a verlo. ¿No os parece?

Estoy casi convencido de que ningún político merodea por Babel, pero si por ventura pasara por aquí alguno con acceso a la ministra de educación de turno (últimamente suelen ser mujeres), le agradecería que le pasara la sugerencia. Aunque, bueno, quién sabe, quizá Mercedes Cabrera sea adicta a este blog... En tal caso, Mercedes, guapa, ¿por qué no te lanzas y te pones de lleno con eso de la película clásica semanal? Di que es idea tuya; quedarás bien, saldrás en los papeles y en la tele, y no te costará un duro. Además, aunque ya sé que eso no importa mucho, probablemente sería una medida eficaz...

Alto, un momento... ¿no oís algo así como un eco?... De repente, no sé por qué, me ha dado la sensación de estar hablando solo...

martes, junio 10

55

Hoy, diez de junio, es mi cumpleaños. Cincuenta y cinco tacos. Maldición. “La juventud es una enfermedad que se pasa con el tiempo”; no sé quién dijo eso, pero no me cabe duda de que era un imbécil. ¿Tiene algo de bueno envejecer? Pues no, nada. Ah, sí, la experiencia... Lo que pasa es que tener experiencia sólo significa que has dispuesto de más tiempo para hacer gilipolleces. No, envejecer es una cagada se mire como se mire, sobre todo cuando tu cerebro se empeña en ser más joven que tu cuerpo. Aunque supongo que lo contrario sería peor... En fin, qué le vamos a hacer.

Pues no resignarme, eso es lo que voy a hacer. De acuerdo, mi organismo y mi DNI pueden empañarse en acumular años como avaros, allá ellos si les gusta; pero mi pertinaz falta de madurez seguirá anclada en unos estupendos y eternos catorce años de edad. Me niego a madurar, amigos míos, me niego a ser el añoso, aburrido y convencional adulto que el calendario y la sociedad insisten que debo ser. Por eso, si algún día leéis algo escrito por mí, por ejemplo en este blog, y pensáis: “mira, éste es el típico texto que escribiría un cincuentón”, decídmelo, porque iré al veterinario más cercano para que me ponga una inyección que acabe de una vez por todas con mi patética existencia. No hay nada peor que morirte por dentro antes de que la muerte te alcance.

Por lo demás, mi bella y hermosa ama y señora me ha regalado una Nikon D300 y un zoom 19/200. Y mis hijos unas preciosas camisetas. Tengo una familia cojonuda. Y también tengo un montón de buenos amigos que me han felicitado por teléfono o por correo electrónico. Además, me he comprado seis libros en Crisol (justo lo que me hacía falta: más libros) y he comido en Sanxenxo, un excelente restaurante gallego. Acabo de soplar las velas y de tomarme un pedacito de tarta. Ha sido un buen día.

Y ahora, para despedirme, reproduciré el texto que mi buena amiga Almudena me ha mandado:

"El cincuenta y cinco (55) es el número natural que sigue al 54 y precede al 56.

Representación de 55:

Numeración romana: LV
Numeración china: 五十五

Propiedades matemáticas:

Es un número compuesto, que tiene los siguientes factores propios: 1, 5 y 11. Como la suma de sus factores es 17 < 55, se trata de un número deficiente.
Es el décimo término de la sucesión de Fibonacci, después de 34 y antes de 89.

Características: 55 es el número atómico del cesio".

Y 55 son los besos que os mando a todos y cada uno de vosotros