¿Os habéis fijado en que la vida tiene un “sabor” de fondo? Empleo la palabra “sabor” como metáfora, porque no existe ningún término para denominar a lo que me refiero; podría decir “tonalidad” o “sentimiento”, pero me parece más apropiado “sabor”, sobre todo en el sentido de “regusto”. Se trata de una sensación muy tenue, una especie de melodía mental absolutamente indefinible que nos acompaña en todo momento, como un suave sonido de fondo, una impresión que cambia con el tiempo y las circunstancias. Además, no siempre somos conscientes de ella; de hecho, cuantos más años tenemos, menos conscientes somos. Por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto, no la percibo. Pero podría percibirla; bastaría con adoptar la actitud mental adecuada, aunque, al ser ésta básicamente contemplativa, tendría que dejar de escribir. Lo dejaremos para luego.Ahora vamos a hacer un experimento. Recordad un episodio del pasado, uno relacionado con vuestra infancia; da igual que sea bueno o malo, significativo o banal; lo importante es que sea intenso. Vale, cerrad los ojos y concentraos en ese recuerdo... ¿No notáis la suave sensación que lo acompaña, no paladeáis su sabor? Pues a esa sensación me refiero. Si ahora evocarais otro recuerdo, uno de una época diferente, volveríais a notar una sensación de fondo, sólo que distinta. Cada momento tiene su sabor.
¿Qué es y de dónde procede esa sensación? Creo que de tres fuentes distintas. En primer lugar, de la percepción de nosotros mismos, el auto-reconocimiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Esto me recuerda un chiste: Dos cincuentones se encuentran por la calle y uno dice: “Hombre, cuánto tiempo sin verte; ¿cómo estás?”. Y el otro responde: “Muy bien; pero si cuando tenía veinte años me hubiera despertado un día sintiéndome como me siento ahora, habría ido corriendo al hospital más cercano”. El caso es que nos percibimos a nosotros mismos constantemente; si tu cuerpo tiene buen tono, tu percepción mental también lo tendrá, y si tu cuerpo está, por ejemplo, cansado, ese cansancio impregnará tu mente. Hay un diálogo constante entre nuestro mundo emocional y nuestro cuerpo. Por ejemplo, estoy acatarrado, así que tengo una percepción “nublada” de mí mismo.
Todas estas percepciones del mundo exterior afectan a mi estado de ánimo; a veces mucho (por ejemplo, durante una tormenta, que es un auténtico cóctel de sensaciones), y a veces, como ahora, poco. En ocasiones, algo nos produce un gran impacto emotivo-sensorial y esa impresión queda registrada indeleblemente en nuestro cerebro. Seguro que todos recordamos una luna maravillosa, o un firmamento estremecedor, o un atardecer deslumbrante, o una mañana especialmente luminosa. Todos esos momentos, todos esos factores, crean y modelan el “sabor” de fondo de nuestras vidas.
La tercera fuente es la imaginación. Es decir, la parte emocional que añadimos a nuestros recuerdos y sensaciones, sólo porque queremos que sea así, pues en realidad nos lo estamos inventando. Que estas impresiones tengan un origen falso no importa lo más mínimo, pues son tan intensas o más que las reales.
Por otro lado, lo cierto es que percibíamos mucho más el “sabor de fondo” de la vida cuando éramos niños, o muy jóvenes, que de adultos. Creo que eso tiene que ver con la forma en que percibimos el mundo y cómo cambia con el paso de los años. De pequeños, todo era nuevo; los primeros brotes de la primavera, la luz incidiendo sobre el aire polvoriento de una habitación cerrada, el frescor del agua cuando te zambulles, el olor de la hierba cortada, las personas, los paisajes, todo era nuevo para nosotros, porque lo vivíamos por primera vez, de modo que poníamos toda nuestra atención en percibir cada detalle de la vida. Así surge el “sabor”. Sin embargo, conforme envejecemos la vida pierde novedad y empezamos a dejar de prestar atención a las cosas importantes. Ya no nos fijamos en los brotes de la primavera, ni nos detenemos a contemplar cómo cambian las cosas a nuestro alrededor conforme la luz del sol declina. Dejamos de prestar atención a la vida, y el “sabor” se diluye hasta desaparecer.
Pero, por muy carrozas que seamos, podemos recobrar esas sensaciones. Basta con detenernos unos minutos y prestar atención a lo que nos rodea... Los trinos de un pájaro, el rumor de la brisa en los árboles, la textura de la luz... No pensar, sentir... Y poco a poco, como un suave bolero, el sabor de la vida va concretándose. Es distinto a lo que sentía hace treinta años, claro, pero está ahí y lo noto como una parte inseparable de mí mismo. En gran medida, sentirse vivo no consiste más que en prestar atención.
Pues bien, todo este rollo viene a cuento –si es que viene a cuento, cosa que dudo- porque ayer me di un inesperado atracón de “sabores” pasados. Veréis, a comienzos de los 70, Luis Gasca fundó la editorial Buru Lan, que estaba dedicada al comic. Lanzó varias series destinadas a recuperar lo mejor del comic clásico norteamericano (el Rip Kirby o el Flash Gordon de Alex Raymond, por ejemplo) y un par de excelentes revistas: El Globo y Zeppelin. Entre las series que publicó había dos –editadas en formato de libro de bolsillo- que yo (y mi buen amigo Samael) seguía con fidelidad: B.C. y Edad Media (The Wizard of Id). La primera estaba escrita y dibujada por Johnny Hart, y en la segunda el guión era de Hart y los dibujos de Brant Parker. En ambos casos se trataba de daily strips, tiras diarias de tres o cuatro viñetas, al estilo Peanuts.
Me encantaban B.C. y Edad Media. Su humor se basaba en el sarcasmo y el surrealismo, y también en los juegos de palabras, algo que lamentablemente se perdía con la traducción. B.C. era tanto el nombre de uno de los personajes como las iniciales de Before Christ, pues la serie versaba sobre un grupo de irónicos cavernícolas. Edad Media era lo mismo, sólo que trasladado a eso, la Edad Media. En realidad, ambas series eran un incisivo cachondeo sobre la naturaleza humana, una visión divertida, y bastante ácida, de la vida moderna y sus neurosis. Una pequeña obra maestra que no llegaba a la altura de Peanuts, su directo referente, pero que en muchas ocasiones bordeaba la genialidad. El caso es que, no sé muy bien por qué, asocio mis dieciocho y diecinueve años con esas dos series. Puede que sea porque al poco cerró Buru Lan y jamás volví a leer (ni siquiera ver) nada relacionado con B.C. y Edad Media. Ambas series aparecieron y desaparecieron en ese periodo de mi vida, quedando desde entonces íntimamente ligadas a él en mi recuerdo.Pero ayer fui a Elektra, una tienda de cómics, para comprarle un regalo a un amigo y, de paso, para agenciarme el Lost Girls de Moore y Gebbie, cuando de pronto vi algo inesperado: El libro de oro de B.C., una antología publicada por Astiberri Ediciones con motivo del cincuenta aniversario de la serie. Huelga decir que lo compré y, después de treinta y seis largos años, volví a disfrutar de los sarcásticos cavernícolas de Johnny Hart. Fue como reencontrarme con un viejo amigo, aunque descubrí con tristeza que Mr. Hart había muerto hacía un año, en abril de 2007, poco antes de que el libro fuera publicado en inglés.
La cuestión es que, mientras leía una tras otra las tiras que aparecen en el libro –algunas las conocía, otras no-, percibía con toda nitidez el “sabor mental” de mis dieciocho y diecinueve años. No puede describirse, claro; no hay palabras adecuadas ni en este ni en ningún otro idioma, pero aun así voy a intentar explicar cómo es ese sabor:
Una brisa templada, el sol describiendo hileras al pasar a través de una persiana, un Bloody Mary, olor a lavanda, un cielo azul sin nubes, tacto a hierba fresca, sabor a vainilla, tintineo de cristales, espuma de cerveza, tierra mojada tras la tormenta, cabellos lacios acariciándome las mejillas, eternidad.
A eso “sabe” mi primera juventud, aunque imagino que la suma de sensaciones del párrafo anterior sólo tiene sentido para mí. Era, en cualquier caso, una sensación sumamente agradable, pura vitalidad y optimismo. No duró mucho; poco después mi vida cambió y el sabor se volvió más amargo. Quizá por eso lo valoro tanto, quizá por eso El libro de oro de B.C. me ha devuelto tan nítidamente el recuerdo de ese sabor, quizá por eso he decidido escribir esta entrada tan poco interesante.
Hoy es el día del solsticio de verano, un día que sabe a Sol, a piedra y a historias antiguas.
Feliz solsticio, amigos míos, y mil perdones por aburriros con mis pajas mentales.














