martes, noviembre 20

20N

Pasé los primeros veintidós años de mi vida bajo la dictadura de Franco. Pero digamos que fue a partir de mis catorce cuando comencé a darme cuenta de que aquello no era correcto; es decir, durante ocho años viví con la plena consciencia de estar protagonizando una injusticia. Entonces aquello me parecía tremendamente real –lo era-, pero ahora, cuando vuelvo la vista atrás, lo que me parece es fantasmagórico. ¿Cómo es posible que yo provenga de un mundo como aquél? Y lo que es peor, ¿cómo es posible que todo aquello me pareciera entonces normal?

No estoy hablando de los grandes y abyectos crímenes del franquismo, de los fusilamientos, del secuestro de la libertad política, de las detenciones arbitrarias, de las listas negras, de los juicios sin garantías, de los asesinatos impunes... no, los adjetivos que merece todo esto están claros y no hace falta repetirlos. A lo que me refiero es a la vida cotidiana, al día a día, y eso sólo puede definirse como mediocridad en estado puro. Imaginaos no poder leer ciertos libros ni ver determinadas películas, porque están prohibidos; o lo que es peor: leer libros amputados por la censura y ver películas cortadas con el objeto de librarnos del gravísimo pecado de contemplar un simple beso en la boca. Imaginaos un mundo dominado por la más cavernaria moral católica, un mundo en el que, al llegar Semana Santa, las radios sólo podían emitir música clásica y los cines proyectar cintas religiosas. Imaginad una sociedad en la que la prensa está amordazada por el Estado, o directamente a su servicio, una sociedad donde el poder habla de Imperio mientras la miseria se adueña de las calles, una sociedad en la que no puedes expresar libremente tus ideas ni escuchar las ideas de los demás. Imaginad un país que desprecia la cultura y el arte, un país paleto, ignorante y gris.

Bueno, pues así era el puñetero franquismo que yo viví. Y es que uno de los peores pecados de la dictadura fue sumergir a España en un baño total de mediocridad, una mediocridad que hoy, 32 años después, seguimos sufriendo, quizá en parte porque todavía hay gente, mucha más de lo que cabría esperar, que sigue añorando aquellos tiempos grises y aburridos, o que piensa que el franquismo se vivió por muchas familias con gran placidez. Claro que sí: sus familias, esa placida clase social que tanto prosperó chupando de la teta de la dictadura y cuyos vástagos, convenientemente maquillados de demócratas, siguen hoy convencidos de que el poder les pertenece por cuestión de estirpe y de casta.

¿Sabéis algo? Cuando el hijo de puta de Franco estaba vivo, yo no concebía que se fuese a morir en algún momento; de algún modo, mi inconsciente había decidido que aquel anciano cruel y miserable siempre había estado ahí y siempre iba a estar. En el fondo, creo que eso nos pasaba a todos. Por aquellos tiempos se contaba un chiste: Franco está moribundo en la cama y una gran multitud se reúne frente al Palacio del Pardo aclamando al dictador. Franco, alarmado por el ruido, pregunta qué sucede, y Carmen Polo responde: “Es el pueblo, Paco, que viene a despedirse de ti”. Franco alza una ceja y dice: “¿Ah, sí? ¿Y adónde se va?”. Puede que ni su excremencia contase con su propia muerte.

Pero se murió. Tardó en hacerlo el muy cabrón, pero al final, después de pudrirse en vida, la espichó, la diñó, estiró la tromboflebítica pata. Y yo me alegré; no porque muriera un monstruo, sino porque por fin iba a cambiar algo en aquel país dormido. En cuanto a por qué no me alegré especialmente de la muerte del monstruo..., pues porque el mediocre tirano murió en la cama, de viejo, después de ejercer plácidamente el poder durante cuarenta años y, la verdad, no encuentro ningún motivo para enorgullecerse, o alegrarse, de nada de eso.

7 comentarios:

Alicia Liddell dijo...

Pues sí, César. La miseria en su sentido más amplio. La miseria económica, la miseria social, la miseria moral.
El agua potable, en 1975, no había llegado a miles de pueblos de España. La electricidad y el suministro de agua sufrían continuos cortes. Yo no llegué a vivirlo, pero mis hermanos sí: las cartillas de racionamiento, cuyo uso se alargó hasta bien entrados los años 50. Las virguerías que hacían nuestras madres para que cada día hubiera un plato de caliente en casa; el pollo que era artículo de lujo; los impuestos de abastos a la entrada de las ciudades; los paquetes de prueba de la matanza que nos envíaban los parientes del pueblo para alegrar el diente ... Las sopas de ajo que eran cena obligada, porque no había otra cosa.
La ropa que pasaba de hermano a hermano; los abrigos a los que se les daba la vuelta cuando se habían desgastado; los puños de las camisas que se cambiaban cuando se rompían. Los zapatos remendados hasta la saciedad; los calcetinos zurcidos, los huevos de madera para zurcir calcetines; las piezas que se ponían para arreglar las sábanas donde se habían roto por el desgaste ... Y mientras tanto en el país de al lado había lavadoras, ¡frigoríficos!, televisiones ...
Las letras, los plazos del piso (con una placa del yugo y las flechas en el portal: Instituto Nacional de la Vivienda) que tras una espera de años te concedían en un barrio con calles sin asfaltar ...
Y todavía hay nostálgicos. La madre que los parió.

Anónimo dijo...

¡Que buena la sopa de ajo!
Pero tenéis razón... Franco joputa!

Yolanda dijo...

Y el miedo, señores, no nos olvidemos del miedo.

Esa sensación de estar "marcado" por pertenecer a una familia "roja", ese tener que sentirse agradecido porque te dan trabajo a pesar de tus antecedentes, ese no atreverte a llevar a tu nieta a la primera manifestación del 11 de septiembre en Barcelona por si hay cargas de los grises... Sí, afortunadamente (porque lo viví poco) soy del 69 y estoy pensando en mi abuelo...

DJ dijo...

¿Porqué somos un país que estando en el siglo XXI tiene estatua para recordar a los caídos en el bando nacional y no hay para los caídos en el republicano? Me hace gracia la hipocresía de los que dicen que mejor no remover la historia: claro, pensarán, los muertos republicanos en fosas comunes no eran personas.

maldoror dijo...

ustedes han sufrido, pero en Venezuela se les recibió con los brazos abiertos. Hoy, que tenemos un obtuso en la presidencia, que debemos partir porque se nos discrimina por haber solicitado un referendo en contra del gobernante, se nos dan patadas, se nos tira como a basura. Será que se teme que deba volver la sopa de ajo si nosotros vamos para allá? Yo aprendí a odiar a Franco guiado por un profesor canario, Antonio Betancor, el hombre más bueno que conocí nunca.

Samael dijo...

gerneralÍSIMO, caudillo, su excelencia el jefe del Estado... nada más fijarnos en las palabras utilizadas para referirse al siniestro personaje, ya dan una idea clara de cómo era aquella sociedad de la que nosotros formamos parte, aunque a regañadientes, y algunos, sin dientes.
Nada más ver en el NODO a la Custodia y a Franco, juntos, bajo palio.
Nada más y nada menos. pero lo peor, lo peor de todo es la enorme cantidad de gente que como nosotros vivía en el mismo pais pero en otro mundo, que acudían a la Plaza de Oriente a gritar ¡franco, franco! con pancartas de apoyo al dictador frente a los ataques de la modernidad europea e internacional, con el lema "si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos". Ingenioso.
¡Dios mio qué manera de destrozar un pais, hasta arrebatarle su voluntad, pundonor y sentido crítico!
Ahora sus descendientes disfrutan del Pazo de Meirás,y hasta hace nada, tenían el derecho a que no se revisase su patrimonio y rentas...
La cosa parece que ha termninado, pero no te creas...

j p dijo...

Yo era un crío cuando se murió aquel anciano pequeñito y arrugado de gafas negras. Recuerdo que me parecía lo que dice César, que era imposible que Franco se fuera a morir algún día. Simplemente no estaba en nuestros esquemas mentales, no cabía esa posibilidad.
Pero lo hizo.
Recuerdo que mi padre, no sé cómo, aquellos días se agenció una radio y, de noche, se ponía a escuchar emisoras alternativas al parte de Radio Nacional. También recuerdo miedo, más que nada al futuro y a los "comunistas", que yo creo que muy bien no sabía nadie de mi familia qué eran ni quienes eran esa gente pero que debían ser malísimos por lo que se comentaba por allí.
Yo no he pasado escasez, no he cenado sopas de ajo todas las noches (una de las pocas comidas que me produce vómitos), en el piso de mis padres,en una ciudad del Sur, había agua corriente y electricidad. Estoy hablando de mediados de los setenta. De antes no recuerdo, no tengo edad. Sé que mis padres no lo pasaron nada bien el posguerra. No por sus ideas políticas, que no tenían, sino por aquel entonces creo que era la norma general.
NO parece entonces que tenga motivos para quejarme. Pero lo cierto es que ese ambiente de mediocridad, de sordidez, de cerrazón intelectual, de prejuicios morales insanos,...que menciona César sí que creo que llegaba yo a respirarlo de alguna manera.
Es triste recordar que procedemos de aquel tiempo y que aquel tiempo fue una vez posible...