El domingo 1 de octubre de 2017,
fecha del célebre referéndum catalán (que por lo visto era de mentirijillas),
Pepa y yo estábamos en Barcelona. En realidad, saliendo de Barcelona, pues
habíamos pasado el fin de semana allí y regresábamos en coche a Madrid. Salimos
temprano, así que no fuimos testigos de ningún incidente; pero pasamos por
delante de cientos, miles de banderas esteladas. La ciudad estaba llena de
ellas.
Recuerdo que por el camino comenté
con Pepa que lo que más me jodía del nacionalismo catalán era que, por el
principio de acción/reacción, azuzaría al nacionalismo español. Madre mía, cómo
me jode a veces tener razón. Cuando llegamos a casa nos encontramos con que
nuestra calle estaba plagada de banderas españolas. El jueves, cuando salimos,
sólo habría un par, pero al cabo de tres días se habían multiplicado como una
plaga. Creo que nuestra terraza era la única en la que no ondeaba un trapo.
Detesto
el nacionalismo; me parece un sentimiento cuasi-religioso, paleto, miope y destructivo
(sólo hay que recordar las monstruosas consecuencias del nacionalismo en el
siglo XX). Pues bien, ¿que no quieres caldo? Toma dos tazas. Al efervescente
resurgimiento del cavernario nacionalismo catalán le ha seguido el no menos
espumoso alzamiento del cavernario nacionalismo español.
Ahora es el momento de citar a
Samuel Johnson (y a Kirk Douglas, y a
Kubrick): “El patriotismo es el último refugio de los canallas”. Porque el
patriotismo es un eficaz medio de control social, que los canallas catalanes
(esa derecha burguesa que se hinchó a robar mientras estaba en el gobierno) y
los canallas del resto de España (esa derecha de Barrio de Salamanca que se
puso ciega a robar cuando gobernaba), utilizan para tapar sus trapos sucios. Y
mientras tanto, el pueblo, esos catalanes que son “buena gente”, o los otros
que son “españoles de bien”, entran al trapo como becerros y bailan al son que
les tocan, sin pararse un segundo a pensar. Supongo que el pensamiento está
sobrevalorado. Mejor embestir.
Pues bien, como era de prever, gran
parte de la sociedad española se ha volcado a la derecha, porque es la derecha
quien siempre ha preservado las esencias del nacionalismo español. Lo que pasa
es que las cosas no han ido como yo pensaba (sino mucho peor).
De hecho, soy famoso por lo errado
de mis previsiones políticas. No doy ni una. Por ejemplo, siempre había pensado
que el hecho de que, tras el derrumbe de la UCD, sólo hubiera un partido que
aglutinara a toda la derecha, desde el centro hasta el extremo diestro, era una
anomalía democrática. Así que, cuando entró en escena Ciudadanos, creí que el
asunto se iba a solucionar; el PP se quedaría en la derecha extrema y
Ciudadanos en el centro derecha. Por fin una derecha civilizada, pensé
tontamente…
Porque me había olvidado de Vox. Ahí
estaban los trogloditas, agazapados, sin que nadie les prestara atención. Y de
pronto, zas, los tienes delante de tus
narices, mostrando orgullosos su patriótica estampa de señoritos a caballo. Qué
miedo me dan, madre mía; qué miedo y qué asco. Y qué dejà vu tan siniestro.
Pero lo que ha pasado después me ha
dejado aún más turulato. Pensaba yo que los distintos partidos conservadores
buscarían, cada uno, su propio nicho en el espacio de la derecha, pero qué va.
Vox se ha quedado en lo que es: extrema derecha. Pero el PP, por razones que
luego intentaré explicar, se ha corrido tanto a la diestra que resulta difícil
diferenciarlo de los del diccionario. Y Ciudadanos, hala, también ha girado
hacia el extremo. Y ahí tienes a los tres, peleando por el voto jurásico.
Siempre he pensado que los líderes
políticos actúan en base a sus propios intereses. No los de sus conciudadanos,
ni los de su partido: los suyos personales como individuos. De todos los
líderes que van a competir en las elecciones, quien más se la juega es Pablo
Casado. A Vox para triunfar le basta con entrar en el Parlamento, cosa que
ocurrirá seguro, de modo que Abascal tan tranquilo. Ciudadanos incrementará con
seguridad sus escaños; aunque Rivera no llegue a gobernar, nadie de su partido
le discutirá el liderazgo. El PSOE será, según todos los indicios, el partido
más votado; gobierne o no, Pedro Sánchez no temerá que sieguen la hierba bajo
sus pies.
En cuanto a
Podemos, todo augura que se pegará un señor batacazo, pero como Iglesias ya ha
eliminado toda la competencia interna y ha hecho del partido su cortijo, no
tendrá problemas.
Lo de Casado es distinto. De
entrada, no está consolidado como líder del PP, y muchos en su partido están
esperando y deseando que se la pegue. En segundo lugar, está en un partido
herido por la corrupción y los escándalos. Por último, tiene una hemorragia de
votos que se van a Ciudadanos y, sobre todo, hacia Vox (de hecho, Vox es un
destilado del PP). Va a perder escaños por un tubo. La única oportunidad que
tiene Casado de salvar la cabeza es que los tres partidos de la derecha
consigan la mayoría mediante una alianza y que el PP quede por delante de
Ciudadanos, de forma que pueda gobernar. Cualquier otra opción, kaput.
Si intentáis poneros en su piel (ya
sé que es difícil, pero encasquetarse un chaleco acolchado ayuda a
conseguirlo), os daréis cuenta de que Casado está haciendo lo único que puede
hacer. La mayor pérdida de votos del PP es hacia Vox, de modo que para intentar
recuperar a esos votantes, Casado se ha escorado radicalmente hacia la derecha
(que probablemente sea lo que le mole, pero da igual). Además, así le será más
fácil negociar una posible alianza con esos machotes a caballo.
Lo que ya no entiendo es el
comportamiento de Ciudadanos. Su nicho natural es el centro-derecha; ¿qué gana
Rivera yéndose a la caverna? Vale, por lo visto tenía una fuga de votos hacia
Vox; pero cabe suponer que si se va demasiado a la derecha perderá votos en
beneficio del PSOE. Por otro lado, Ciudadanos nació como reacción frente al
nacionalismo catalán. Su principal seña de identidad es el nacionalismo
español. Así que ahí tienes a Rivera, Casado y Abascal, compitiendo a ver quién
la tiene más grande (la bandera, la bandera). Aunque creo que, en el fondo, se
trata de algo más primario. Hubo un momento en que las encuestas daban como
ganador a Ciudadanos; Rivera ya se veía en el trono. Y de pronto va Pedro
Sánchez y organiza una moción de censura. Y lo que es peor: la gana. Y las
aspiraciones de Rivera, su rápido ascenso al poder, se esfuman. No sé, creo que
es como un niño al que le enseñan un juguete para, acto seguido, quitárselo.
Tiene una pataleta.
¿Y qué pasa con la izquierda? Creo
que Pablo Iglesias es un hombre talentoso que, cegado por la vanidad y la
ambición, no ha parado de meter la pata hasta dejar su partido hecho una ruina.
Podemos se pegará un batacazo en las generales, aunque probablemente menor de
lo que auguran las encuestas (al menos, eso espero). Respecto a esto, puedo
alardear de una de mis escasísimas predicciones políticas acertadas. Cuando
Podemos estaba en la cresta de la ola, auguré que acabaría deshinchándose hasta
ocupar el nicho natural de la izquierda extrema (que antes pertenecía a IU); es
decir, en torno al 10 o al 15 %
En cuanto al PSOE, creo que Pedro
Sánchez es un mediocre. Pero también me parecen mediocres el resto de los
políticos españoles. Además, Sánchez es un mediocre, sí, pero no un sociópata.
Como sí lo es algún que otro líder del bloque de la derecha.
Hace años, juré que no volvería a
hablar de política en el blog, porque me indignaba demasiado. Pero lo acabo de
incumplir, y lo volveré a hacer en las próximas semanas. Pasé mis primeros 22
años de vida en el seno de una dictadura fascista; no quiero volver a nada que
me recuerde a aquello. Y últimamente, amigos míos, llega a mi delicada nariz un
tufo facha de lo más alarmante.
Cuando la utopía queda lejos, y la
distopía se aproxima, lo que hay que hacer es apostar por el mal menor. No es
emocionante, pero sí muy práctico.












